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El hermano de Savannah no debería haber falsificado la firma de Ethan en los papeles del banco de esperma, pero sabía cuánto deseaba ella tener un hijo. Además, le había prometido encontrarle "un buen padre"… El problema era que el mejor candidato que se le ocurrió fue Ethan McKenzie, antiguo jefe de Savannah. Hacía años que nadie tenía noticias de él, así que no pasaría nada si decidía seguir adelante sin su permiso. Savannah conseguiría el hijo que tanto anhelaba y Ethan no se enteraría jamás. A menos que...
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Linda Susan Meier
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Matrimonio inmediato, n.º 1726 - febrero 2015
Título original: married Right Away
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6070-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Savannah abrió la puerta de su hostal de Thurmont y no se sorprendió al ver a Ethan McKenzie, su antiguo jefe de la empresa de Atlanta en la que había trabajado como auxiliar legal.
–Savannah, lo siento –dijo Ethan nada más entrar en el recibidor. Llevaba el pelo corto y muy bien peinado, tal y como ella recordaba de dos años atrás. Tenía un gesto de preocupación. Pero vestido con vaqueros y una camiseta, sin su eterno traje, tenía un aspecto más juvenil. Con aquel atuendo parecía también más accesible.
–¿Que lo sientes? –dijo Savannah, mirando al suelo, incapaz de encontrarse con sus ojos. En solo doce horas, toda la felicidad que su embarazo le había provocado se había desvanecido. No solo había descubierto por la policía de Georgia que el esperma con el que se había quedado embarazada pertenecía a su ex jefe, sino que, además, su hermano era un fugitivo de la justicia–. Mi hermano y yo somos los únicos que tenemos que sentirlo.
–Sé que no has tenido nada que ver con esto –dijo él–. Por como ocurrió todo, la policía dedujo que tú eras inocente. Pero aunque no me hubieran dicho que tú no eras cómplice, he trabajado contigo el tiempo suficiente como para tener la certeza de que no sabías nada…
–¿Sobre que mi hermano había falsificado los informes de la clínica en que trabajaba y que había robado tu esperma?
–Exacto –dijo Ethan con una sonrisa sincera.
Confusa y cansada después de un día demasiado largo y difícil, Savannah se pasó la mano por la nuca.
–Tenemos mucho de qué hablar –dijo ella–. ¿Pasamos al salón?
La expresión de Ethan se hizo angustiosa. Miró el vientre ligeramente abultado de Savannah.
De pronto, ella tomó conciencia de la situación.
Aquel bebé les pertenecía a los dos.
Él carraspeó.
–Lo siento, Savannah –le dijo–. Sé lo que todo esto debe de estar afectándote y, más aún, como te afectarán sus consecuencias.
La tomó de la mano y la condujo hacia el salón.
Savannah encendió la lampara de mesa y se sentó en el sofá.
Ethan se sentó a su lado.
–¿Hay algo que yo pueda hacer?
–No. Estoy perfectamente –una parte de ella habría preferido que él no hubiera sido tan amable, pues hacía que se sintiera tremendamente culpable. La otra parte se alegraba de que lo estuviera llevando mucho mejor de lo que ella había esperado. Ya era bastante duro tener que enfrentarse a que su hermano hubiera cometido un delito solo porque ella estaba preocupada por conseguir un buen padre para su hijo en la fecundación in vitro.
–Savannah, aunque tu hermano no tenía derecho a hacer lo que ha hecho, yo debería asumir la responsabilidad que me corresponde en el caso. Debería haber destruido las muestras hace dos años, cuando mi mujer y yo nos divorciamos.
–Te agradezco que digas eso –respondió ella–. Pero lo dejaste todo en manos de una reputada clínica. Se supone que eso garantizaba que no debías preocuparte de nada.
–Cierto. Pero yo tampoco hice lo que debía, por lo que soy responsable de algún modo –insistió Ethan con total lógica y aún más calma.
Inmediatamente, el instinto de Savannah hizo saltar la alarma. Recordó a Ethan como profesional. Era un abogado agudo, directo, inteligente. El único motivo de que asumiera la responsabilidad de todo aquello era porque quería hacerlo. Y eso solo podía significar una cosa: quería al bebé.
Con la confusión del suceso, su temor había sido que la policía la acusara de complicidad con su hermano. Pero había olvidado que el único problema real en todo aquello era lo relacionado con el bebé. Ningún hombre guardaba su esperma como él lo había hecho, si no era para asegurarse de que algún día tendría un hijo. Aunque jamás hubiera sido ella la madre a la que habría elegido, no había vuelta atrás. El niño estaba de camino y lo quería.
Quizá Ethan creyera sinceramente que ella no había tenido nada que ver con el caso, pero, ante un jurado, sería capaz de que pareciera cómplice de su hermano. Ethan era un hombre rico, que procedía de una poderosa familia. Su padre había sido senador durante toda su vida y había trabajado para el presidente. Tenía poco que hacer para ganar aquella batalla. Tenía todas las posibilidades de perder aquella criatura que había llevado durante cinco meses en su vientre y a la que quería más que a nada en este mundo.
Tratando desesperadamente de no llorar, se enrolló uno de sus mechones pelirrojos alrededor del dedo.
–Quieres la custodia del niño, ¿verdad?
–Esa es una de las cosas de las que tenemos que hablar.
–De acuerdo –dijo Savannah, casi paralizada por el miedo. Las lágrimas amenazaban con salir–. ¿De qué otras cosas tenemos que hablar?
Durante unos segundos, Ethan no dijo nada. Pero finalmente habló.
–Me han dicho que un amigo de mi padre, Sam Ringer, va ha presentarse a las elecciones a la presidencia y quiere a mi padre como vicepresidente.
–¡Dios santo!
Las cosas cada vez se ponía peor. La batalla judicial contra el hijo de un vicepresidente estaba, sin duda, perdida a priori. Se imaginaba también el modo en que toda su vida saldría a la luz, convirtiéndose en noticia en todas las primeras páginas de los principales periódicos de la nación.
Ella agitó la cabeza.
–¡Esto se va a convertir en un circo!
Ethan se removió en su asiento.
–No necesariamente –le tomó la mano y la obligó a mirarlo–. Savannah, lo único que podría convertir todo esto en una desagradable noticia es que se haga público que tu hermano falsificó mi firma y que tú fuiste inseminada sin que yo lo supiera. Pero si todo el mundo pensara que te has quedado embarazada porque somos amantes, no pasaría nada.
–¿Quieres que finja que hemos estado viéndonos?
Él negó con la cabeza.
–No. Lo que quiero es que te cases conmigo.
Savannah sintió que el corazón se le paralizaba. Apoyó la mano sobre su pecho.
–¿Casarme contigo? –susurró.
–Si no lo haces, tu hermano va a ser el fugitivo más popular en el mundo y mi padre va a tener que responder a más preguntas sobre ese bebé que sobre su campaña política –dijo él–. Pero, si lo haces, retiraré los cargos contra tu hermano y este embarazo, junto con nuestra boda, no serán más que un reportaje en algunas revistas de sociedad.
–Ya –dijo Savannah, casi sin poder creerse lo que estaba oyendo. Solo el día antes, no era más que una sencilla propietaria del hostal que había heredado de sus padres. De pronto, recibía una propuesta de matrimonio de uno de los hombres más deseados del país.
–Antes de que contestes, quiero aclarar que tendremos que hacer que todo esto sea creíble. No implica que vaya a obligarte a ejercer como esposa y a serlo para siempre. Pero sí que tendremos que fingir estar enamorados cara al público y cara a mi familia. Tendrás que trasladarte a Atlanta hasta después de que el bebé haya nacido. Esperaremos un mes o dos para que parezca que todo es auténtico y, después, nos divorciaremos.
Savannah tragó saliva con dificultad.
–¿Tengo que trasladarme a Atlanta?
–Sí. Es donde yo vivo y donde tú estuviste durante el tiempo que trabajamos juntos. La gente creerá sin dificultad que teníamos una relación.
Abrumada por tantos hechos y posibilidades, Savannah inspiró largamente.
–Si me caso contigo, ¿no tratarás de quitarme la custodia?
–No, no lo haré. Pero el tema de las visitas es algo completamente distinto. No quiero ser un padre de fin de semana. Quiero ser parte de la vida de ese niño.
Las cartas estaban sobre la mesa y, aunque Savannah no estaba precisamente satisfecha, al menos se sentía aliviada de que Ethan no quisiera negarle por completo sus derechos de madre.
La situación no era fácil. Tenía además el problema del hostal y muchas reservas a las que atender en los próximos meses. Pero eso podría solucionarlo pidiendo a sus amigos que se ocuparan del negocio durante un tiempo. Eso sería mejor que enfrentarse a Ethan y a la familia McKenzie ante los tribunales.
Ethan le apretó suavemente la mano.
–Savannah, no pretendo que me respondas ahora mismo, pero me gustaría que lo hicieras mañana a primera hora. Cuanto más tiempo pase, más se complicará el asunto –dijo él–. Hoy solo sabe este asunto la clínica y unos cuantos policías. Pero, para la semana que viene, ya serán millones de personas. Con una palabra mía puedo conseguir que la policía archive el caso o lo destruya.
–¿Y la clínica?
Ethan sonrió.
–Podría llevarlos a la bancarrota por esto. Así que, en el momento en que le diga al gerente que no voy a presentar cargos, será como si este asunto nunca hubiera ocurrido. Pero, si dejamos que esto se prolongue durante veinticuatro horas más, habremos perdido la oportunidad de borrarlo todo, porque para entonces demasiada gente sabrá que es verdad. Necesito tu respuesta antes de las siete de la mañana.
Savannah asintió.
–Te voy a dejar sola ahora, para que pienses sobre ello. Creo que has tenido demasiadas emociones para un solo día.
Su voz sonaba suave, gentil, como la de alguien que, a pesar de estar empujándola a tomar una gran decisión, lo hacía con cuidado, sin herirla, sin violentarla.
A pesar de haber terminado, seguía allí, sentado a su lado, y la había tomado de la mano. En aquel instante, reconoció plenamente la sensación de lo que compartían, de que el bebé que llevaba en su vientre era de ambos, y se ruborizó. Aunque jamás habían estado solos en la intimidad, compartían la experiencia más íntima que un hombre y una mujer podían tener. Juntos, habían creado un hijo, ese hijo que crecía dentro de ella.
Savannah se sintió extraña. Retiró suavemente la mano.
–Tienes razón, las últimas doce horas han sido muy estresantes. Necesito un poco de tiempo para digerirlo todo y poder tomar una decisión.
–Descansa –él se levantó–. Volveré mañana a primera hora.
Savannah asintió y también se levantó.
No pudo entonces sino mirar a Ethan con una nueva perspectiva. Observó su pelo oscuro y brillante, y pensó que su hijo podría parecerse a él, podría tener sus ojos, su inteligencia y su talento, llegar a ser también alguien importante en la vida.
El estómago le dio un vuelco al pensar en que acababa de hacerle una propuesta de matrimonio. Podría casarse con el hijo del futuro vicepresidente del país. Pero, además de su poder, riqueza y valía, era adorable y lo había sido siempre, incluso como jefe.
Sin embargo, trabajar con él era algo completamente diferente a casarse con él.
–Nos divorciaremos, ¿verdad?
–En cuanto sea posible –dijo Ethan mientras se encaminaba hacia la puerta–. Pero ya tendremos tiempo para hacer un calendario de visitas.
Ethan sonrió y ella le devolvió la sonrisa.
Pero él no creyó ni por un momento que ella se sentía a gusto con la propuesta, lo que de algún modo lo aliviaba, porque tampoco él tenía la certeza de sentirse bien.
Su falta de entusiasmo era un punto a favor. Era cierto que no creía que tuviera ninguna culpa en el fraude de su hermano, pero tenía que asegurarse que no se haría alguna idea equivocada y que no pensaría en nada descabellado como el soborno.
La dulce y tímida Savannah que había trabajado con él años atrás jamás habría pensado en usar a su hijo para obtener un beneficio, pero en ese momento no tenía la misma certeza respecto a la mujer que se había encontrado aquella noche.
Había cambiado, incluso de aspecto.
Su pelo corto se había transformado en una larga y abundante cascada de rizos y, a pesar del embarazo era patente que había perdido peso. No llevaba maquillaje y, a pesar de todo, estaba hermosa. Jamás la había visto así. Durante aquellos dos años había madurado hasta convertirse en una mujer ciertamente deslumbrante.
Una mujer que, además, llevaba en el vientre a su hijo.
En circunstancias normales, habría reconocido sin más que se sentía atraído. Pero no solo era una mujer hermosa, sino alguien con quien había trabajado, una persona que le gustaba y a la que respetaba, y la madre de su hijo. Sentía ganas de abrazarla, de cuidarla. Habría deseado poder olvidar las circunstancias de los hechos y haber podido disfrutar de que a sus treinta y cinco años estaba a punto de convertirse en padre.
No podía y lo sabía. No tenía la certeza de qué ocurriría con aquella situación y tenía que estar preparado para cuanto pudiera acontecer.
A pesar de todo, se permitió una pequeña muestra de debilidad paternal.
–¿Te puedes quedar sola esta noche sin problemas? ¿Estarás bien?
–No te preocupes –respondió ella–. Solo tengo que asimilar todo esto.
–Sí, yo también –dijo Ethan, convencido de que, una vez que las cosas tomaran un cauce normal, el espejismo de aquella inesperada e inadecuada atracción desaparecería.
La miró, y una nueva sensación lo tomó por sorpresa. Aquella mujer estaba triste y era comprensible. Mientras que para él el descubrimiento de su futura paternidad era motivo de regocijo, para ella suponía la decepción de verse forzada a tener que compartir a su hijo.
Su gesto le recordó una vez más a la persona que había sido cuando trabajaba para él: tímida, dulce, vulnerable. Se sintió culpable.
–Sé que has tenido un día espantoso. No me siento bien dejándote sola.
–No me quedo sola. Dentro de un minuto vendrán unas amigas. Desde que me quedé embarazada jugamos al póquer todos los viernes.
–¿Póquer?
El tono de su pregunta pareció divertir a Savannah.
–¿Es que piensas que a las mujeres no nos gusta jugar y juntarnos para cotillear un poco?
Él habría preferido que ella no le hubiera confesado que le gustaba jugar. Pero al menos eso lo trajo de vuelta a la tierra y le hizo tomar conciencia, una vez más, de cuánto había cambiado ella en aquellos dos años.
Pensó que Savannah quizá no fuera responsable de lo del robo de su esperma, pero no tardaría en darse cuenta del beneficio que aquella maternidad podría reportarle.
Antes de que Ethan pudiera decir nada, alguien llamó a la puerta. En cuestión de segundos la casa había sido invadida por dos gemelas pelirrojas, una rubia y una castaña, que él asumió serían sus compañeras de juego. Todas tenían veintitantos años y vestían con vaqueros y camisetas.
–¡Hola, Savannah!
–Hola –dijo ella. Hizo una pausa y miró a su visitante. Lo presentó–. Este es Ethan McKenzie. Ethan, estas son mis amigas Andi, Mandi, Becki y Lindsay.
–Encantado de conocerlas –dijo Ethan y todas respondieron a coro.
–El gusto es nuestro.
Cuatro pares de ojos lo miraban fijamente, pero no se alteró.
Rápidamente se dio cuenta de que aquella visita semanal, cuya excusa era un juego de póquer, tenía como objetivo el que sus amigas comprobaran cómo estaba Savannah.
Decidió que lo mejor que podía hacer era marcharse cuanto antes, y no correr el riesgo de decir algo inconsistente, aunque solo fuera por compasión hacia la mujer que llevaba a su hijo en el vientre.
Su hijo.
Casi no podía creerse que aquel bebé fuera suyo. La idea lo dejaba sin respiración. La última vez que había permitido que las emociones lo controlaran había corrido un riesgo que no se podía permitir.
Miró a Savannah y se obligó a sí mismo a hacerlo con objetividad y bajo el filtro de todas las horrendas posibilidades que aquella situación podía provocarle.
–Hablaremos mañana.
Ella asintió.
–De acuerdo.
En el instante mismo en que Ethan se marchó, Savannah se volvió hacia sus amigas. Se puso la mano sobre el vientre en un gesto protector.
–Tengo graves problemas.
–¿Qué? –dijo Becki, una de las gemelas–. Por favor, no me digas que ese hombre tan estupendo te está presionando o algo similar.
–Algo similar –dijo Savannah y se llevó a sus amigas al salón. Una vez allí se sentaron dispuestas a escuchar el resto de la historia–. Es el padre de mi hijo. Yo no lo sabía. Él tampoco. Pero Barry sí. Ethan había solicitado a la clínica que congelaran su esperma, por alguna razón, cuando estaba casado. Al parecer, mi temor de obtener un buen padre para mi hijo empujó a Barry a buscar en el banco de esperma de los que no eran donantes. Cuando encontró el nombre de Ethan, que sabía que era mi jefe y cuyas características conocía por referencias, decidió que era la persona perfecta. Así que falsificó su firma en la autorización y usó su esperma en mi inseminación.
–¡Cielo santo! –dijo Mandi.
–¿Y ese tipo va presentar cargos? –preguntó Lindsay.
–No si me caso con él –respondió Savannah.
–¡No puedes hablar en serio! –exclamó Becki.
–Pero todavía hay más. Su padre es…
–Parker McKenzie –dijo Andi, quien trabajaba como periodista autónoma para varios periódicos de Washington y conocía a todo el mundo en el Capitolio. Tenía a su disposición datos a los que el gran público no podía acceder–. Es un senador que ha tenido que luchar contra su pasado, con una madre artista y un padre drogadicto que trataba de llegar a ser jugador de fútbol americano. El robo del esperma de su hijo sería un escándalo insalvable, mientras que un matrimonio, aunque no fuera en las circunstancias deseadas, pasaría desapercibido.
–Eso es aproximadamente lo que él me ha dicho –le confirmó Savannah.
–Pues tiene razón –dijo Andi–. Un matrimonio sería un problema menor.
–¿Crees que debería casarme con él? –le preguntó.
–Yo no sé lo que tú deberías hacer… –comenzó Andi.
–Si te casas, tiene todas las cartas a su favor para quedarse con la custodia –interrumpió Mandi.
–No necesita casarse con él para que eso ocurra –afirmó Lindsay–. Ethan tiene todas las armas legales de las que quiera disponer, porque es el padre y le resultará más fácil probarlo que si hubierais sido amantes. No necesita ni la prueba del ADN. Los papeles lo dicen.
Todas las miradas se volvieron hacia Savannah.
–La policía de Georgia me dijo que Barry había falsificado la firma de Ethan, así que deben de tener un papel al menos. Pero supongo que tienen muchas cosas más.
Becki miró a Savannah.
–¿Sabes dónde esta Barry?
–No. La última vez que me llamó me dijo que se marchaba a un nuevo trabajo en Canadá. Cuando se negó a decirme dónde, me di cuenta de que algo ocurría. Ocho horas después de que él llamara, llegó la policía y me dijo que se estaba haciendo una auditoría en la clínica y que iban a investigar mi caso. Barry debió de decidir marcharse al saberlo. Nadie se dio cuenta de su ausencia hasta que, al ponerse en contacto con Ethan descubrieron que él no había sido un donante voluntario y que había sido reclasificado. Ethan no sabía nada. Ante la ausencia de Barry, dedujeron que tenía algo que ver.
–Sinceramente, parece culpable –dijo Becki.
–Sí, así es –confirmo Savannah–. Lo irónico del caso es que ni siquiera sé dónde puedo localizarlo para decirle que Ethan va a retirar los cargos.
–¿Y podría regresar a casa sin más, como si no hubiera ocurrido nada? –preguntó Mandi.
–En realidad, él no hizo nada malo. Fue mi insistencia de que no podía hacer algo así sin saber a ciencia cierta si iba a tener un buen padre lo que lo empujó a hacerlo.
–Sí, pero podría haberte llevado a la cárcel –dijo Becki.
–Esa no fue su intención.
–Savannah, tienes que dejar de defender a ese chico –dijo Mandi.
Pero Lindsay la detuvo con una mirada.
–Barry es su hermano –dijo Lindsay, y Savannah entendió lo que ese comentario significaba.
–Es mi única familia –les recordó ella. Todas sabían el desgraciado accidente que habían sufrido sus padres–. Además, si no me caso con Ethan podría llevarme a los tribunales y pelear por la custodia del niño. Yo no tengo armas para luchar contra el dinero de los McKenzie.
–¡Oh, Savannah! –Andi se levantó y la abrazó–. No creo que tengas que preocuparte por eso. Esa gente no puede permitirse mala prensa. Aunque no te casaras con él, dudo que tratara de quitarte al bebé.
–¿Tú crees que el bebé estará a salvo?
–Lo que creo es que tienes que ponerte en tu sitio. Los McKenzie estarán dispuestos a lo que sea con tal de mantener todo esto en secreto –dijo Andi.
–Estoy de acuerdo –asintió Lindsay añadiendo su punto de vista legal–. Los padres tienen más derechos de los que solían tener, pero este asunto acabaría en pleito si lo llevan a juicio y no pueden permitírselo. Tú también puedes hacer presión con exponer sencillamente la verdad.
–Pero no tienes los papeles que prueben esa «verdad», ¿me equivoco? –preguntó Becki.
–No, no te equivocas –respondió Savannah.
