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La enfermedad, ¿es solo una instancia de sufrimiento? Por medio de la trascendencia que le da la Fe, el padecimiento humano se transforma en una oportunidad, un punto de encuentro, un umbral. Es que allí donde haya una persona sufriendo, el Señor de los Consuelos será atraído como por un imán. En este libro, anécdotas y testimonios fueron reunidos gritando a una sola voz: ¡ÉL está allí! ¡No se ha ido! Con un estilo ameno y de fácil lectura, se nos presentan situaciones vividas en torno a los enfermos, donde el Reino de Dios se pone de manifiesto. A lo largo de estos relatos breves, se nos ofrece una oportunidad de descubrir una verdad olvidada: Dios no ha abandonado al que sufre. Muy por el contrario, Él bendice, acompaña, consuela, atiende, se compadece, ayuda y sufre junto al enfermo y su familia. Sufrir duele… ¡Pero también salva!
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2019
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rodriguez, Gonzalo Martín
Medicina con Fe : una continua y amorosa presencia / Gonzalo Martín Rodriguez. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
172 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-436-8
1. Medicina. 2. Religión Cristiana. 3. Pensamiento Religioso. I. Título.
CDD 234
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Gonzalo Martín Rodríguez.
© 2019. Tinta Libre Ediciones
A Dios…
A mis pacientes…
A mi familia y benefactores…
A mis compañeros de trabajo…
Deseo agradecer de un modo especial a Juan Manuel “el negro” Zeballos, por haber realizado las ilustraciones de este libro.
Gracias negro por tu aporte generoso y desinteresado. Que el Señor que te regaló el hermoso don que tenés, te conserve la creatividad.
Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.
Mateo 25, 37-40
MEDICINA CON FE
Una continua yamorosa presencia
Prólogo
Es popularmente sabido que la Medicina es una ciencia y es un arte. Es una disciplina con un profundo contenido teórico y es depositaria de un gran legado histórico, que tiene como misión la resolución de los problemas concretos del hombre enfermo.
La medicina es un humanismo científico y una ciencia aplicada. Pero a su vez es un arte puesto que, al igual que el artesano, el médico debe dominar un conjunto de técnicas que, aplicadas sobre materiales específicos, producen un resultado deseado.
La medicina no se inició con la ciencia; surgió con la inclinación natural del hombre de ayudar al prójimo afectado por una dolencia. De este modo, el arte médico (lat. Ars, artis, habilidad) se desarrolló con anterioridad al saber científico.
Sumado a ello, en la antigüedad, por ser las enfermedades consideradas de origen mágico, estaban más ligadas al plano espiritual. Tanto es así que los primeros médicos fueron los chamanes de las tribus aborígenes, hombres cultivados en sanar y en guiar espiritualmente a su pueblo. Luego, paulatinamente, el arte de curar se fue incorporando al saber científico, tomando así la rigurosidad del razonamiento ordenado y sistemático, es decir, el método científico.
Por todo lo dicho, para quienes la ejercemos, la jornada de trabajo discurre entre la rigurosidad científica y la creatividad para tratar a esta persona que se encuentra enfrente, que ya no es un párrafo leído en un libro, sino alguien concreto, con una historia, con un presente y con un futuro y que reclama atención profesional. Imagino que esa es la punta en la que deviene todo lo demás. Y cuando digo todo, me refiero, incluso, a este libro.
La ciencia médica tiene por objeto de estudio a la persona humana, y por lo tanto, es un saber que se vincula con un alguien antes que con un algo. Todo el esfuerzo de quien la ejerce estará destinado a un TÚ concreto.
Pero si damos un paso más, tendremos que poner en relieve otra realidad tan palpable como aquella verdad primera de la presencia del otro. Junto con el hombre, será indiscutible la presencia de su Dios. Porque allí donde haya un hijo de Dios, la presencia de su Padre amoroso y todo lo que esa presencia conlleva será entonces indiscutible.
De allí que la medicina se convierta en una ciencia, en un arte y, ahora también, en un medio. Un canal para la teofanía, es decir, para la manifestación de Dios.
Habiendo reconocido esa presencia de Dios en torno al enfermo y a su historia, me vi motivado a escribir este libro.
Con mucho asombro comencé a descubrir esa familiar presencia que enseguida se deja sentir y que se manifiesta como un bálsamo en medio del dolor y del sufrimiento. Empecé a darme cuenta de que allí donde había un paciente, se abría entonces la insondable posibilidad de hallarlo a Él.
Cada enfermedad pasó a ser una cita espiritual, un espacio concreto donde reconocerlo, alabarlo, suplicarle, buscar su consuelo y su paz. El enfermo y su entorno son como un portal a través del cual Dios se nos manifiesta.
Entretejida en la presencia del paciente está también su continua y amorosa presencia. Sutil y concreta manifestación de Dios que lejos de abandonar a los que sufren, se hace presente en ellos y a través de ellos de un modo especial. Muchas veces, al final de la jornada he podido decir como los discípulos de Emaús: “¿No ardía acaso nuestro corazón?” (Lc 24, 32).
Es hasta extraño a veces, porque uno como médico se acerca al paciente con la tención interior depositada en una intención muy concreta. Uno llega a la cita médica concentrado y atento, intentando prestar atención a los detalles y razonando desde la formación recibida cómo ayudar a esa persona. Y de repente, casi sin quererlo, allí está Él.
Quizás así de silenciosamente como se le manifestó al profeta Elías. Cuenta la Palabra de Dios en 1 Re 19, 9-13:
Allí, entró [Elías] en la gruta y pasó la noche. Entonces le fue dirigida la palabra del Señor. El Señor le dijo: […] “Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor”. Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta.
A veces uno termina la consulta médica queriendo que el guardapolvo sea un manto con el cual cubrirse el rostro.
En varias ocasiones al atender a un paciente o al hablar con algún familiar pude encontrarme con la presencia viva de Dios resucitado. Fue entonces cuando decidí dejar testimonio escrito de ello. Les pedí permiso a los pacientes y cambié sus nombres para preservar su identidad. El Dios que curó a tantos enfermos en Galilea, el que curó a la suegra de Pedro, a la hija del centurión, a la hemorroisa. ¡Ese mismo y único Dios, también hoy sale a hacer la revista de sala!
Y reconozco que al principio comencé a escribir para no olvidarme esas experiencias de fe que había vivido. Pero luego, decidí compartirlas con ustedes, lectores, porque la obra de Dios merece ser anunciada para la Gloria de su Santo Nombre.
Es ahora la una y media de la mañana de una típica guardia. Me encuentro escribiendo en la computadora de la Terapia Intensiva. Y es curiosamente aquí donde surgió la primera iniciativa. Cristo vivo, el Cristo que acompaña y consuela anda por aquí entre las camas, haciéndose más cercano que los sueros y los respiradores que secundan la estadía de los pacientes. A ese Dios del enfermo me encomiendo y los encomiendo a ustedes, para que gocemos todos de su continua y amorosa presencia.
PREFACIO
Todos alguna vez hemos hecho experiencia de lo que es la enfermedad y el sufrimiento que ella conlleva. Si no es porque hemos estado enfermos nosotros mismos —o lo estamos— será porque nos ha tocado —o nos toca— acompañar a algún ser querido enfermo.
Estaremos sometidos a la enfermedad, porque nuestra naturaleza es plausible de deterioros y de debilidades. Diría que el ser humano, por ser de naturaleza física y espiritual, es vulnerable, y por lo tanto se enferma. Físico, mente, espíritu… cada una de las facetas que forman parte de nuestra esencia humana pueden padecer sufrimiento en grados diversos. Sumado a lo dicho, valga de fundamento el hecho de que, las enfermedades están determinadas por un compendio de factores, que cuando se encuentran entre sí, determinan el proceso de enfermedad. Pero dichos factores son inherentes a nuestra realidad: genética, hábitos adquiridos, tipo de trabajo que ejercemos, constituciones socioculturales en las que participamos, noxas a las que nos exponemos, etc. Me refiero a factores que forman parte del arte de vivir, y que, al estar, pueden indefectiblemente sumarse a modo de determinación para provocar una enfermedad. Así que de más está demostrado que la enfermedad es una realidad que a todos nos toca.
Pero la gran pregunta es: ¿Hay algo más allá de la enfermedad? El sufrimiento humano, ¿es algo trascendente o intrascendente? Este libro intenta mostrar, a modo de pantallazo grueso, que allí donde hay sufrimiento se abre un umbral. Allí donde coexisten el enfermo, su familia, y el equipo médico que los asiste, hay además un factor extra, que puede pasar inadvertido, pero que es tan real como los anteriores. Dios prometió que estaría con nosotros por toda la eternidad. El Señor Omnipresente y Misericordioso forma parte también de la compleja realidad de la enfermedad.
Allí donde haya un enfermo, el Reino de los Cielos se manifestará con fuerzas. Porque la Misericordia de Dios es atraída como por un imán, allí donde haya alguien que la necesite. En este libro, anécdotas y testimonios fueron reunidos gritando a una sola voz: ¡ÉL está allí! ¡No se ha ido! La gran tentación del creyente es pensar que el sufrimiento ha llegado porque Dios lo ha abandonado, olvidándose de él. Los capítulos de este libro intentan poner de manifiesto que esa falacia se cae de cuajo cuando uno presta atención agudizando los sentidos del alma. Dios bendice, acompaña, consuela, atiende, se compadece, ayuda y sufre junto al enfermo y su familia.
El deseo que motivó a la escritura es poder mostrar que esa presencia está y es real. Solo nos hace falta aprender a reconocerla, conectar con ella, y poder entonces sustentarnos en ella.
Dios siempre ha estado. El problema quizás es que nosotros no siempre hemos podido verlo. Pero en esto, como en tantas otras cosas de la vida, estamos llamados a madurar y crecer. Y es allí cuando este libro, plagado de ejemplos, intenta ser un espaldarazo. También en la vida espiritual se aprende: a reconocer el paso de Dios, a sufrir con eco de eternidad, a darle sentido espiritual al sufrimiento, y a utilizarlo entonces como herramienta, herramienta de encuentro y de fortalecimiento espiritual. De allí que el leitmotiv de esta escritura haya sido: “Sufrir duele… ¡Pero también salva!”
He venidoa adorarte
Llega el informe de un laboratorio. Me llaman de Guardia Central para que vea a un paciente. La enfermera me avisa que el señor de la cama cuatro tiene la temperatura alta. Debo controlar qué pasó con aquella radiografía. Suena la alarma de un respirador artificial…
La guardia estaba ese día a todo vapor; no me había dado tregua en ningún momento.
Pacientes inestables y otros que iban llegando para sumarse al plantel. Gente para asistir a cada momento. Y entonces, en medio del trajín de las cosas, caigo en la cuenta de que es la víspera del 6 de enero.
Automáticamente, se reactivó en mi corazón la esperanza y el gozo que, teñidos de inocencia, me hicieron pensar en los Reyes Magos. Como un eco de mi infancia, vi a esos hombres de oriente, trayendo regalos y alegría. Aquella tradición cristiana aprendida de niño se reactivó en mí como cada año. Solo que esta vez tomaría una forma especial.
Cuenta el Evangelio que mientras el niño Dios yacía en el pesebre, pobre y humilde, acompañado apenas por un puñado de campesino y por algunos animales, llegaron de oriente unos Reyes para adorarlo.1 Son estos hombres estandartes vivos de la universalidad de la salvación, porque fueron a alabarlo y a ofrecerle sus regalos en nombre de toda la humanidad. Incienso, para reconocer su divinidad. Oro, para exaltar su realeza. Mirra, como anuncio de sus padecimientos como Redentor. Regalos preciados y cargados de sentido.
Ya no soy un niño, pero este año la víspera del 6 de enero me encuentra despierto y con sueño. Así pasaba también hace algunos años atrás, cuando el entusiasmo y la ansiedad por esperar los regalitos hacían que la noche anterior prácticamente no durmiera. Claro que la razón de hoy en día es bien distinta.
Resulta que soy médico, estoy de guardia y tengo una terapia intensiva a mi cargo en esta larga velada. Primero creí que estar en pie esa noche particular era apenas una coincidencia del calendario. Pero enseguida comprendí que no se trataba de una coincidencia sin más, sino que era verdaderamente una “diosidencia”.
A unos pocos pasos de la computadora donde me encuentro escribiendo estas líneas tengo un pesebre. Un gran pesebre al que habitualmente llamamos Terapia Intensiva. Allí en sus camas/cunas se encuentran los jesuses a los que visitar.
Me di cuenta que soy convocado al costado de cada cama para arrimarme hasta allí con la misma ternura y veneración con la que uno se acerca al pesebre de Belén. Allí, escondido tras la carne magullada de mis hermanos enfermos, el mismo Dios naciente me ofrece una posibilidad para visitarlo y acompañarlo.
El niño Dios nació despojado de todo, en la sencillez y la simplicidad de un pesebre. Y ahí también, los pacientes yacen recostados en sus camas, tapados apenas con una sábana, sin pertenencias personales, necesitando cuidado, dependiendo de los demás para subsistir.
Hoy puedo ser el Rey Mago de ese Dios que vive en cada paciente y que habita en ellos esperando ser acompañado. ¿Pero qué tengo para darte, Señor, además de mi fe y mi ciencia? Los Reyes cuando te visitaron en Belén te llevaron sus regalos, ¿qué quieres entonces que te ofrezca yo en esta noche? El incienso de mi ciencia, el oro de mi trabajo y la mirra de mi servicio. Así, en clave de Mago, te ofrezco Jesús mi deseo de venerarte en cada paciente como en un pesebre.
Y creo que, en medio de los quehaceres del trabajo, haciendo lo que es cotidiano, entre las responsabilidades y los desafíos diarios... allí, Señor, te manifiestas para ser la gloria del mundo. Porque ahora tu teofanía es también en medio de mi propio mundo, allí donde la vida se me gasta y consume... allí me esperás Jesús, con la fragilidad de un enfermo.
Ojalá que siempre podamos decir aferrados a nuestro día a día como aquellos Reyes: “Hemos venido a adorarte”. No he venido a trabajar, no he venido a revisar pacientes. No, Jesús, he venido antes que nada a adorarte, a descubrirte vivo y a darte mis regalos más preciados. Hoy descubrí que el mismo Jesús que se manifestó al mundo, se quiere manifestar a este mundo, a mi mundo. Se hace concreto en lo concreto de mi vida.
Así, en medio de las camas de una clínica o en medio de los papeles de tu oficina, o en medio de los cuadernos de clase, o en medio de los quehaceres de tu hogar, o en medio de la fábrica donde trabajás, o en medio de la panadería o la carnicería o las góndolas del supermercado. Donde sea que pases tu día a día, Dios desea que vos lo adores.
El Señor ha puesto su morada entre nosotros y nosotros estamos convocados a ir hacia Él.
Cada día es una ocasión para encontrarnos de nuevo con el Sol que nace de lo alto. Como los Magos, que representan a todos aquellos que buscan, sin cansarse, la luz de Dios, siguen sus señales y, cuando encuentran a Jesucristo, luz de los hombres, le ofrecen con alegría todo lo que tienen.
Ahora ya son las 5 de la mañana, y con todo en orden, con los pacientes estables y lo administrativo ya listo, puedo tomarme un momento de descanso. Me saco el calzado para descansar los pies. Entonces surgió en mi corazón una nueva oración:
—Señor, Dios de Belén, hoy pongo mis zapatos en tu presencia. No tengo agua y pasto para ponerles cerca, pero quiero, Jesús, cumplir con ellos el gesto cristiano de esta noche.
»Ellos me representan, Dios mío, porque es desde adentro de ellos que he vivido esta guardia, este año, esta vida. Ellos han sufrido el desgaste del ir y venir, ellos se han manchado con Pervinox por fuera y con sudor por dentro.
»Ellos me han mantenido firme, evitando que me cayera al reanimar paros cardiacos. Ellos me han sacado ampollas de tanto estar de pie en las noches interminables de guardia. Ellos pueden dar testimonio de cada paso dado hacia adelante en mi profesión, y de cada paso dado hacia atrás por mis errores y fracasos.
»En cierto sentido, Jesús, ellos resumen mis guardias y mis días. Manchados y gastados, con los estigmas de lo vivido.
»En ellos estoy yo mismo, y en mí el deseo de decirte una vez más: ¡he venido a adorarte!
Una amorosa espera
Dios tiene un inmenso amor por nosotros. Esto, además de sonar lindo, es una gran verdad. Es así, realmente. Pero ¿con qué podría compararse ese amor? ¿Hay algún modo humano de conocerlo, de semejarlo?
No es momento de detenerme a comentar cuántas huellas de ese amor nos circundan. Las hay por doquier, en toda la creación puede percibirse ese amor. Pero me refiero aquí a si existen situaciones, testimonios, experiencias de vínculo humano en las que ese Amor se transluzca.
Yo creo que sí, y la historia que deseo contarles a continuación es una muestra de ello.
Cuando ese lunes llegué a la terapia intensiva a tomar mi día habitual de trabajo, Mariano ya estaba internado allí desde hacía un día. Se trataba de un chico con síndrome de Down que era paciente habitué de la clínica. Yo mismo lo había ingresado en la anterior internación, así que lo conocía bien y me acordaba de él.
Ni bien lo vi supe de quién se trataba. Esta vez, un problema intestinal lo había conducido directamente a esta unidad de asistencia. Hasta allí todo marchaba dentro de la normalidad. Pero conforme comenzaron a trascurrir los días y la internación de Mariano se prolongaba, comencé a notar algo que me movió a realizar este capítulo.
No es de extrañar lo que voy a comentar, porque ya lo había notado en las ocasiones anteriores. Pero esta vez se dio con tanta nitidez, que decidí dejarlo escrito.
Al tiempo que el paciente permanecía internado en la unidad cerrada, del otro lado de la puerta de acceso restringido, en la sala de espera, su madre aguardaba cualquier tipo de noticias. Siempre sentada en las sillas laterales del pasillo, esperaba al acecho ver cruzar a cualquier persona que saliera de allí para averiguar información de su hijo.
Es sabido que en la terapia intensiva los informes se dan una sola vez por día, al mediodía. Pero la preocupación de esta mamá iba mucho más allá de esta limitación. Ella esperaba allí, pacientemente, la posibilidad de saber algo más de su niño. No se iba hasta muy tarde y volvía siempre tempranísimo. La veía sentada al irme cada día a las 5 de la tarde, y al día siguiente a las 7.30 de la mañana, cuando iba llegando a comenzar la jornada de trabajo, ella ya se encontraba ahí, denotando en su rostro el cansancio acumulado. Pero siempre vigil, siempre expectante, siempre a la espera. Con un esfuerzo físico que estaba a la vista y que comenzaba a notarse en su cansado rostro, ella siempre estaba allí.
Y aquí me detengo a hacer la primera reflexión. Permanecer vigil, permanecer atento. Esta mujer había doblegado toda su existencia tras la actitud de acecho, de espera. Me hizo pensar en aquel ejemplo que nuestro Señor nos da en el Evangelio de las Vírgenes que esperan la llegada del esposo. Algunas esperaban con las lámparas encendidas y otras, menos precavidas, sin el aceite suficiente. Solo aquellas que supieron disponer de todo consiguieron dar con su amado, porque estaban preparadas y habían perseverado en la espera atenta. Por ser prudentes, por prepararlo todo, consiguieron lo que tanto anhelaban: el amado llegó y dio con ellas.
La actitud de esa madre era un fiel reflejo de la actitud de aquellas, solo que en este nuevo contexto. Ella también estaba prudentemente expectante, tenía, podríamos decir, “todo preparado”. Casi no dormía, a veces ni comía, ni siquiera se levantaba de esa silla a la espera de novedades. Ella sabía que le iban a traer noticas de su hijo enfermo, así que las esperaba por horas.
Vos y yo sabemos que Dios viene, porque Él lo prometió, sabemos que Él está, porque lo hemos sentido en muchas ocasiones, o al menos sabemos que tiene esa responsabilidad de Padre: hacerse cargo de sus hijos. Pero ¿cómo lo esperás? ¿Cuán prudentemente preparado estás? Es más, ¿qué significaría concretamente en tu hoy, en tu aquí y ahora estar preparado? ¿Cómo podrías disponer mejor tu corazón para recibir a ese Padre Bueno que viene, que se manifiesta, que se hace presente?
Esa madre era una catedrática de la prudente preparación. Ella me enseñó con su tesón y su perseverancia el sentido tangencial de aquella expresión del Señor en el Evangelio.
Pero las enseñanzas que aquella mujer me dejó no se limitaron exclusivamente a lo dicho hasta aquí. Además, su actitud me hizo pensar que cuando el amor es puro, real, como el de una madre por su hijo, la insistencia y la expectación por el otro se vuelven un hábito esencial. Sin medir las consecuencias, olvidándose de sí por completo, aquella señora no tenía más deseo que saber de su hijo y esperar su mejoría. Creo que su testimonio fue una manifestación más del amor de Dios. Eso fue como aprender en la cancha lo que uno puede leer por ahí.
No sé si vos que ahora tenés la posibilidad de leer este relato has tenido experiencia personal del amor de Dios. Pero si hubieras tenido la oportunidad de conocer a la mamá de Mariano, podrías entender un poco más de qué se trata ese amor.
Él también se encuentra allí, del otro lado de una puerta restringida que no puede cruzar, y esa es la puerta de la propia libertad. Allí, del otro lado de tu vida, Él aguarda pacientemente la posibilidad de entrar, ya no en un horario de visita, sino de entrar a formar parte de tu vida.
El Dios que tiene poder sobre todo el universo, el Soberano de todo cuanto existe, el que gobierna desde los astros más inmensos a los insectos más diminutos. Aquel, tiene un único límite en toda la extensión de lo que existe.
