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Considerado uno de los grandes pensadores del estoicismo romano, el emperador Marco Aurelio (121-180 d.C.) escribió hacia el final de su vida estas singulares " Meditaciones ": notas y apuntes tomados al hilo de las circunstancias y de los caprichos de la imaginación que se articulan en párrafos generalmente breves y desconectados entre sí. Dividido en doce libros, este manual de los principios de psicología y de moral del último estoicismo romano reflexiona sobre la inevitabilidad de las cosas, la búsqueda de la virtud y la indiferencia del sabio ante los bienes y los males, principios que influirían después tanto sobre la moral cristiana como sobre el humanismo secularizado. Traducción e introducción Antonio Guzmán Guerra
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Seitenzahl: 243
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Marco Aurelio
Meditacioneso Soliloquios
Traducción y notas de Antonio Guzmán Guerra
Introducción
Herencia de familia, o la educación del príncipe
Filósofo... y emperador de Roma
Tenemos el tiempo tasado: el emperador se rodea de filósofos para gobernar
Deja que Cloto teja tu destino: las Meditaciones
Apéndices
Índice de términos
Cronología de acontecimientos históricos
Bibliografía y lecturas de referencia
Meditaciones
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Libro VI
Libro VII
Libro VIII
Libro IX
Libro X
Libro XI
Libro XII
Créditos
A Marco
¿Por qué... no podemos hacer de la búsqueda del bien común el valor supremo de nuestra convivencia?
Gustavo Martín Garzo (5-10-2013)
Ofrecer una nueva traducción de la obra de Marco Aurelio al español, y en estos años, merece algún tipo de justificación. Al menos nos surgen dos preguntas para las que inexcusablemente habremos de contar con alguna respuesta satisfactoria. Veamos, por tanto: ¿resulta nuestra traducción necesaria porque no se disponga en el mercado de alguna versión fiable?, ¿o es que nuestro trabajo va a aportar al lector de nuestros días algo verdaderamente original y sustantivo desde el punto de vista literario o que afecte y enriquezca la interpretación del pensamiento, la biografía o los postulados filosóficos de Marco Aurelio? Pues bien, respecto de la primera cuestión, no parece ser –afortunadamente– el caso, pues hay al menos media docena de versiones autorizadas y correctas de las Meditaciones1 al castellano. En esta misma editorial ha estado durante largos años disponible una muy esforzada traducción de la obra del emperador-filósofo. Y en cuanto a nuestra segunda interrogación, hemos de contestar con toda modestia también negativamente, en tanto que nada hay en nuestras páginas que vaya a mejorar el lúcido análisis –muy puesto al día, además– de Pierre Hadot en su obra La ciudadela interior, o la información exhaustiva del mejor biógrafo moderno de Marco Aurelio, Anthony Birley.
Sin embargo, pocas afirmaciones hay más ciertas en el mundo de los textos antiguos que la constatación de que cada autor necesita ser retraducido una y otra vez cada cierto tiempo. No porque el original sea sustancialmente distinto o nuevo, ya que son muy pocas y casi siempre irrelevantes las lecturas variantes que puedan introducirse al texto de una edición comentada de un autor clásico, sino porque cualquier traducción inexorablemente envejece. Y las traducciones envejecen y se ajan efímeramente por diversas razones: porque la propia lengua de llegada está en permanente y continuo cambio desde luego, pero sobre todo porque cualquier traductor proyecta sobre su quehacer su propia sensibilidad y su personal gusto literario y estético o busca rendir su original en sintonía más o menos próxima a la receptividad de sus futuros lectores. Una nueva –y mayor– complejidad representa la traducción de textos filosóficos, como es el caso de esta obra, dado que frecuentemente hay que encontrar en la lengua de llegada, esto es, el castellano en esta ocasión, un especial y feliz maridaje entre conceptos y términos. Nuestro objetivo y reto como traductor ha sido, por otra parte, no añadir a la traducción ambigüedades innecesarias, sino buscar un castellano terso y sobre todo inteligible para un lector moderno. Cada vez deberían ser más escasos ese tipo de pasajes, por desgracia tan frecuentes todavía en traducciones que se tienen por canónicas, en los que nuestra lectura se traba o claudica porque la expresión castellana es verdaderamente incomprensible. No se trata de vulgarizar la expresión o simplificar lo complejo, sino de rendir con claridad el pensamiento, pues por muy abstruso o denso que sea su significado, su formulación debería ser siempre inteligible. Ya está bien de enmascarar con expresiones, sintaxis y construcciones castellanas incomprensibles algo que puede y debe ser expuesto con el mínimo de claridad narrativa que toda lengua posee. De modo que ahora sí que nos sentimos autorizados legítimamente a brindar un texto de nuevo traducido, que por otra parte siempre será, además de efímero también él, deudor del esfuerzo de los traductores que le precedieron.
Algo similar ocurre necesariamente con las introducciones a este tipo de autores. ¿Cómo será posible redactar unas páginas novedosas a guisa de prólogo a una obra que ha sido tantas veces reeditada y comentada en diversas épocas y lenguas? Entendemos que unas páginas prefaciales a un autor antiguo no deben atosigar a un lector medio con la erudición propia de un profesional. Más bien –y solo– deberán invitar a la lectura del texto, a disfrutar de las palabras del autor, a quien debemos admitir como único y auténtico protagonista. De ahí que nuestra introducción no vaya a ser erudita, ni exhaustiva ni pretenciosa, sino que ocupará unas escasas páginas, cuya lectura resulte en todo caso subsidiaria de la obra. En definitiva, pretendemos ofrecer solo una traducción del texto original, y no dar una interpretación o exégesis del pensamiento estoico de Marco Aurelio. Buscamos lealtad y fidelidad al griego, pero sobre todo claridad y tersura en el castellano.
En cualquier caso, nuestro personaje –Marcus Aurelius Antoninus Augustus– es verdaderamente singular e incluso levemente extraño, y bien merece ser revisitado. Se trata de un emperador romano, y además filósofo, autor de una obra –o de unos apuntes personales– ciertamente sorprendente. Por su contenido, por su propio perfil, por su peculiar carácter literario, por su intencionalidad, las Meditaciones2 nos proporcionan una lectura en la que conviene sobre todo dejar hablar al autor para que el lector sea quien se deleite. Le vendrán a la mente evocaciones, recuerdos, experiencias, vivencias y reflexiones ante las que nadie permanece indiferente.
Nuestro conocimiento sobre Marco Aurelio y su familia3 reposa sobre diversas fuentes literarias e históricas que nos hablan de que a lo largo de aquella época (desde el año 96 al 180 d. C.) el Imperio romano conoció cinco emperadores buenos (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio)4. De todos ellos nos informan con desigual noticia el historiador Tácito, el biógrafo Suetonio y Casio Dión (quien idealizó a Marco Aurelio tanto como odió a su hijo Cómodo). Tenemos además los escritos del propio Marco Aurelio (cuyas Meditaciones, redactadas en los años postreros de su existencia, nos hablan sobre todo de su vida personal) y su correspondencia con Frontón, su preceptor y amigo, y con otros contemporáneos. También podemos recurrir a la complicada, dispar y misteriosa Historia Augusta, obra escrita por seis autores entre los siglos iii y iv. Por ejemplo, en ella encontramos un pasaje (III, 3) muy esclarecedor a propósito de la influencia que en el joven Marco Aurelio ejerció una figura tan importante como su maestro Junio Rústico. Suele admitirse que sin tal influencia, Marco Aurelio habría sido sin duda emperador de Roma, pero no filósofo ni autor de las Meditaciones. El testimonio de otro grupo de autores tiene menor interés para Marco Aurelio, aunque de vez en cuando es posible encontrar en ellos una anécdota bien sazonada o un detalle biográfico curioso. Citaremos a Herodiano, Aulo Gelio, Filóstrato, Luciano de Samósata, el médico Galeno o finalmente a Amiano Marcelino.
Marco Aurelio se remonta a la familia de los Annio, cuyos antecedentes lejanos aparecen documentados en la provincia de la Bética, en las proximidades de Córdoba, en Sevilla y en Cádiz, y parece que dicha familia poseyó desde antiguo extensas explotaciones olivareras en aquellas zonas, donde consiguieron amasar su amplia fortuna. No obstante, Marco Aurelio ya nació en Roma, en el año 121, y debió de ser educado en la casa que la familia poseía en el monte Celio; es también probable que alguna de sus nodrizas fuese griega, lo que le facilitaría el aprendizaje de dicha lengua, conocimiento que le resultaría posteriormente de no poco provecho para su formación. Muy joven quedó huérfano, pues su padre murió cuando Marco era niño, y este fue adoptado por su abuelo, Vero, a quien recuerda con especial cariño en el primer capítulo de sus Meditaciones:
De mi abuelo Vero heredé un carácter afable y poco dado a la cólera.
Su madre, Domicia Lucila, ejerció gran influencia en el joven Marco, como él mismo declara (I, 3):
De mi madre, en cambio, heredé la religiosidad, la generosidad y una tendencia a no obrar mal, a ni siquiera pensar mal; y también a llevar una vida frugal y poco apegada a las riquezas.
Lamentablemente para ambos, también ella murió joven. Reconoce igualmente una enorme deuda de gratitud a su bisabuelo:
A quien le debo la costumbre de no discutir en público y de frecuentar a los mejores maestros, consciente de que en tales asuntos no conviene reparar en gastos.
Unos años más tarde, el emperador Adriano se interesó por la educación del joven Marco, quien se traslada el año 138 a vivir en su casa y es probable que fuera ese mismo año cuando Marco es prometido en matrimonio a Faustina, con quien se casará el año 145. La celebración de los esponsales incluyó la acuñación de moneda con la efigie de la pareja y la concesión de una paga especial a los soldados.
De su tío, y padre adoptivo, el emperador Antonino Pío nos ha dejado un extenso párrafo de elogio:
De mi padre aprendí la mansedumbre de ánimo y una serena firmeza a la hora de sostener las decisiones que tomo tras sopesar pros y contras; a no vanagloriarme con honores vacuos; a amar el trabajo y a ser perseverante; a prestar atención a quienes pueden aportar algún beneficio a la comunidad. [...] Aprendí a ser riguroso y constante a la hora de investigar y a no darme por satisfecho con las primeras impresiones; el afán por conservar los amigos, sin disgustos ni acaloramientos locos; la autosuficiencia y la serenidad en todo; [...] Me enseñó a usar los bienes que contribuyen a hacer la vida más fácil –y la fortuna se los había ofrecido generosamente– sin afectación y con honradez; él los tomaba con naturalidad cuando estaban a su alcance, y no los echaba en falta cuando escaseaban. [...] Nunca fue cruel, ni hosco ni violento, y nadie pudo decir de él: «Está que bufa». Al contrario, sopesaba cada cosa en su momento y con calma, sin inmutarse, ordenadamente, con decisión y sentido de la proporción. Y cuadraría a la perfección decir de él lo que se decía de Sócrates: que podía abstenerse y disfrutar al mismo tiempo de aquellos placeres que pocas personas son capaces de rechazar y a cuyo goce se abandona casi todo el mundo. Tener tal vigor y mostrarse superior y sobrio al mismo tiempo es algo propio de una persona que posee un espíritu equilibrado e indómito, cosa que demostró durante la enfermedad que llevó a Máximo a la tumba.
En el ámbito del antiguo Imperio romano no resultaba infrecuente que determinadas personas de la clase influyente y de las familias más destacadas compatibilizaran en algún momento de su vida la dedicación a la actividad pública en el foro o en el Senado con una intensa aplicación al estudio, bien de la filosofía, de la poesía, la historia o de la literatura en general. Algunos casos son emblemáticos y bien conocidos: Cicerón, Séneca o el propio Marco Aurelio. Nos consta que nuestro autor se sintió fuertemente atraído por la filosofía estoica tras haber leído una copia de las Disertaciones del filósofo Epicteto, copia que le proporcionó –como él mismo confiesa (Meditaciones, I, 7)– su maestro Rústico6. Y aunque no es menos cierto que nuestro autor sentía un verdadero horror imperii, su educación y su sentido de la responsabilidad le llevó a asumir las obligaciones políticas y mili-tares que le correspondían cuando fue nombrado Imperator el día 7 de marzo del año 161. Se dio la circunstancia de que por primera vez Roma estuvo gobernada simultáneamente por dos emperadores, Marco Aurelio y Lucio. Corría el año 161 y las monedas de la época atestiguan la armonía en el mando, la concordia Augustorum7. Las obligaciones del cargo empezaron a reclamar a los dos emperadores una actividad frenética. Hubieron de hacer frente a las dificultades de la grave inundación del Tíber, que además de arrasar buena parte de la ciudad trajo como secuela la aparición de la peste en Roma. Aunque más preocupante aún eran las noticias que llegaban de las fronteras del Imperio.
Los reyes de Partia, en el lejano Oriente, en las zonas limítrofes del Éufrates, amenazaban con insistencia la tranquilidad de la región desde los últimos años del gobierno de Antonino Pío, y cada día se iban envalentonando más. A ello se añadía la fatal circunstancia de que Marco Aurelio no tenía experiencia como jefe militar; jamás había estado en un frente de batalla ni al mando directo de tropas. El año 162 se decidió que el emperador Lucio comandara una expedición contra los partos, acompañado de algunos generales detraídos de las fronteras del Rin. Al año siguiente las tropas romanas, bajo las órdenes del general Estacio Prisco, tomaron Artaxata, la capital de Armenia, lo que autorizó a que Marco Aurelio recibiera el titulo de Armeniacus. Las campañas se fueron prolongando durante los años siguientes: el 165 (combates en Dura Europos, Seleucia y Ctesifonte, la capital de Partia); el 166 los ejércitos de Roma invaden el núcleo del reino de los partos, llegando hasta los límites del río Indo y aun más allá. Al cabo de poco tiempo, Lucio regresa a Roma donde celebra junto con Marco Aurelio un triunfo por las victorias en Oriente contra los partos.
Cancelada, al menos de momento, la preocupación por Oriente, se abría ahora una nueva –y más seria– fuente de inquietud en el norte, en las fronteras del Rin y del Danubio. Presionados a su vez por pueblos que vivían más al norte, los bárbaros que se asentaban a las orillas de los dos grandes ríos empezaban a lanzar sus incursiones y saqueos contra el limes romano. Ahora es Marco Aurelio quien decide tomar la iniciativa y ponerse al frente –por primera vez– de un contingente militar para combatir a los bárbaros del norte. Estamos en el año 167. Pero de nuevo se declara una epidemia de peste en Roma (quizá traída por los legionarios que habían regresado con Lucio desde oriente). La situación se hace tan angustiosa, que Marco debe posponer su marcha hacia las fronteras del norte.
Un asunto algo escabroso y comprometido es el que se refiere a la relación que Marco Aurelio, emperador de Roma, mantuvo con la aparición del cristianismo. Nuestra principal fuente de información para conocer el cristianismo primitivo, anterior al edicto de Constantino (año 313) es la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea8. La primera persecución contra los cristianos tuvo lugar en tiempos de Nerón (en Tácito, Anales, 15.44 se nos narra que durante el año 64 fueron condenadas un gran número de personas); Domiciano las continuó; y al menos fueron toleradas o permitidas –quizá con menor virulencia– por orden de uno de los emperadores «buenos», Trajano.
Por lo que se refiere a Marco Aurelio, y aunque no es lugar este para abordar el asunto a fondo, sinteticemos diciendo que los diversos estudiosos que han analizado la situación se dividen entre quienes interpretan que Marco Aurelio sintió un cierto grado de simpatía hacia los cristianos, y quienes defienden que ni siquiera tuvo conocimiento de su existencia de manera directa9. El caso es que en las Meditaciones hay un pasaje (XI, 3) cuya lectura refleja esta doble interpretación. La cita literal dice así:
¿Qué clase de alma es la que se muestra siempre preparada para desgajarse del cuerpo, disiparse o permanecer unida a él, según sea su hora? Esta buena disposición debe lograrse a partir del propio juicio, y no de una simple confrontación –«como pasa con los cristianos»–, sino como resultado de una reflexión, con dignidad y sin hacer teatro, de modo que pueda convencer a otro.
Las palabras entrecomilladas no aparecen en ciertos manuscritos, y algunos editores consideran que fueron incorporadas en época posterior a la redacción de la obra que hizo Marco Aurelio, quien, por consiguiente no hace referencia crítica a los cristianos. En cambio, quienes las tienen por genuinas creen encontrar en ellas una cierta toma de postura anticristiana por parte de Marco Aurelio.
Por entonces es probable que Marco Aurelio fuera rumiando y dando forma en su mente a algunos de los principios que iban a constituir su estilo de vida y su manual de recomendaciones. Por ejemplo, se decía10:
debo tener buen carácter, ser frugal, no pensar mal de nadie, no calumniar, no dar crédito a taumaturgos, estudiar filosofía, leer sin prisas, tener paciencia con el ignorante, no carecer de sentimientos, hablar bien de los maestros, amar la verdad y la justicia, ser generoso con los amigos, no quejarnos de lo que tenemos que hacer, estar siempre de buen humor11.
En la Antigüedad, el concepto de «filósofo» no es –como quizá ahora– el de un profesor que imparte clases o escribe libros de filosofía, sino más bien el de alguien cuya vida transcurre de acuerdo y en consonancia con las ideas de alguna escuela de filósofos. Es una actitud más vital que profesional. En cualquier caso, Marco Aurelio aparece vinculado al movimiento o escuela filosófica del Estoicismo, que suele definirse como «la filosofía de la coherencia con uno mismo»12. Como sistema de pensamiento en cierta medida articulado, el estoicismo hunde sus raíces y desarrolla buena parte de su doctrina en las tres herencias siguientes:
a) la ética socrática y su definición de que el ideal de la vida de un hombre reside en su virtud y en el bien moral;
b) la física de Heráclito, que sirve de arranque al postulado estoico de que la naturaleza está en continua transformación;
y c) en la dialéctica de la escuela de los filósofos megarenses y del propio Aristóteles.
Es –nuevamente– un sistema ecléctico que procura hacer compatibles enfoques y análisis de tradiciones originariamente diversas. Como escuela de pensamiento, el estoicismo reconoce la dificultad que supone que un hombre pueda llegar a ser verdaderamente sabio, pero nos invita a que lo intentemos, y ya que no sabios, procuremos al menos ser filósofos.
No es fácil afirmar categóricamente que Marco Aurelio se considerara a sí mismo miembro del estoicismo, y de hecho poco o nada se interesó por algunos aspectos técnicos de dicha escuela como la lógica o la física. Tan sólo la ética mereció plenamente su atención13. En verdad, Marco Aurelio jamás menciona en sus Meditaciones a Zenón ni a Cleantes, los fundadores del estoicismo, (de quienes le separaban más de cuatro siglos) y sólo parece aludir un par de veces a Crisipo, el sistematizador de los principios estoicos.
Para él resulta clave el concepto de «discurso interior», es decir, el juicio que cada uno de nosotros nos podemos formar sobre las representaciones (phantasíai). De ahí que repetidamente encontremos en su obra la afirmación de que no son las cosas lo que nos perturba, sino las representaciones o juicios que de ellas nos hacemos. Como pauta de vida, el estoico debe acomodar armónicamente su vida a la naturaleza de la que formamos parte, en tanto que el universo constituye un cuerpo o realidad unificada. Esta conformidad de vida con la naturaleza nos proporciona la libertad y la independencia de los demás factores externos. Subyace, por otra parte, la idea de una fraternidad universal entre todos los seres humanos, como partes del conjunto, en términos similares a como los que encontramos en el estoicismo de Séneca o de Epicteto.
Transcribimos también ahora en forma literal alguno de sus principios:
no puedo enfadarme con quien es mi semejante ni odiarlo; hemos nacido para colaborar entre nosotros; tomar conciencia del mundo al que pertenecemos; realizar cada tarea como si fuera la última de nuestra vida; procurarse tiempo libre para aprender; hacer caso al genio que vive en nuestro interior; ¿no será innecesario lo que estoy haciendo?
Ya hemos comentado brevemente la singularidad del título de la obra de Marco Aurelio. Tenemos una serie de datos ciertos en cuanto a que se trata de un conjunto de escritos o notas de carácter personal, cuya copia manuscrita debió de heredar o conseguir algún amigo a la muerte del propio autor. El léxico Souda (especie de diccionario bizantino del siglo x) nos transmite que constaba de un total de doce libros, y cita diversos pasajes breves de la obra, lo que nos da a entender que se debía de conocer y leer en determinados círculos de intelectuales de dicha época. En forma de manuscrito debió de conservarse durante varios siglos, aunque sólo se nos ha transmitido un único manuscrito que contenga la totalidad de la obras, el Ms. Vaticanus Graecus 1950, del siglo xv. Luego encontramos la primera edición impresa en griego, con traducción latina, editada en 1559 en Zúrich.
Ya desde época antigua, la disposición del texto y su división fue muy inestable e incierta, lo que ha dado pie a innúmeras conjeturas a la hora de fijar la edición definitiva. La más comúnmente aceptada fue la disposición que se remonta a la traducción latina que llevó a cabo Thomas Gataker en Cambridge el año 1652. Con el pasar de los años y tras el trabajo denodado de varios otros filólogos (Barth, Joly, Renan o Brunt), Farquharson piensa que Marco Aurelio pudo ir tomando notas durante un cierto tiempo con vistas a redactar posteriormente su obra de forma sistemática, y que lo que tenemos, en cambio, parece ser un resumen de dicho libro, si es que definitivamente llegó a existir como tal.
Es lo cierto que hoy disponemos de un conjunto de doce libros, aunque nos resulta imposible afirmar si se trata de la división que hiciera el autor, un secretario o algún copista posterior. También se tiene por probado que ni el orden actual de los libros ni su disposición interna reflejan directamente lo que debió de ser el original. Solemos igualmente dar por bien fundado el hecho de que Marco Aurelio debió de redactar el libro primero con posterioridad a los demás, y que sólo algo más tarde lo incluyó como libro inicial del conjunto de su obra.
Aunque más importante que la mera enumeración de capítulos es preguntarnos si dicha disposición obedece a algún tipo de criterio orgánico o está motivada por alguna intención concreta. Pues bien, leyendo y releyendo el texto –que es al fin y a la postre lo que hace el traductor de una obra–, nos encontramos con una considerable mezcolanza de ideas, como si se tratara de unas notas o apuntes desordenados y repetidos. Unas veces ciertos capítulos están redactados con elegancia y buen estilo, aunque la mayoría, por el contrario, muestran un aspecto formal descuidado. Así, encontramos tanto frases muy breves, casi entrecortadas, como párrafos extensos que pueden ocupar hasta dos o tres páginas de una edición estándar moderna. Además de la mayor o menor amplitud de los capítulos, interesa destacar que también la forma narrativa y el discurso se desenvuelve en una forma híbrida: ya en primera persona, cuando el autor parece hablar por sí y para sí mismo, ya en tercera persona, ya en forma de citas directas de otros filósofos o pensadores.
Quisiéramos ahora, a guisa de ejemplo, comentar uno de los tópicos o motivos más recurrentes en las Meditaciones: la consideración de que nuestra vida es efímera, y que más bien pronto que tarde todos desapareceremos. Es el tema que conocemos bajo el enunciado Ubi sunt de los antiguos clásicos, y que resulta tan grato a Marco Aurelio y a nuestros mejores autores medievales y prerrenacentistas. Recordemos tan sólo un par de hitos: desde el canciller Ayala a la famosa composición de Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre, cuyos iniciales versos todos recordamos de memoria:
... Cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando.
Y más adelante, mediada la copla, en sus versos 169-174:
Dexemos a los troyanos,
que sus males no los vimos
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque leemos y oímos
sus estorias.
O cuando trae a colación la referencia a los propios emperadores romanos (versos 325-330):
Antonino Pío en clemençia,
Marco Aurelio en igualdad
del semblante;
Adriano en eloqüencia,
Theodosio en umanidad
y buen talante...
Si confrontamos dichos versos con algunos otros pensamientos de Marco Aurelio, vemos que la pervivencia de sus ideas fue muy duradera. He aquí algunas nuevas citas literales de Marco Aurelio a propósito de la muerte y de la efímera e inestable fortuna del hombre:
presta atención a quienes son sabios; vas a morir mañana, o a lo más tardar pasado mañana; no me sucederá nada que no concuerde con la naturaleza del conjunto; es como si te afligieras porque tus antepasados no te han dedicado unas palabras de elogio; Alejandro Magno y su palafrenero, después de muertos, vinieron a lo mismo; es una vergüenza que tu alma renuncie a continuar, cuando tu cuerpo insiste en seguir viviendo; en la medida de lo posible, ponte en el alma del que te habla; lo que no conviene a la colmena, tampoco conviene a la abeja; recibir sin orgullo los bienes de la fortuna, perderlos sin lamentaciones; la naturaleza nunca es inferior al arte; como el amado reconoce el amor en la mirada de su amante; recordar siempre a algún antepasado famoso por sus virtudes; familiarízate con todo lo que te resulte desconocido.
No estará de más ahora que abordemos el caso curioso de un autor español, Antonio de Guevara (1480-1545)15, y su Libro áureo del emperador Marco Aurelio. Guevara lo intentó hacer pasar por traducción de la obra de Marco Aurelio, versión que él mismo decía haber hecho a partir de un sospechoso manuscrito florentino. El fraude de Guevara conoció un éxito extraordinario, hasta el extremo de que, junto a su otro libro Relox de Príncipes, circuló profusamente por España y Europa. Guevara –un perfecto falsario– lo quiso hacer pasar por obra auténtica, y aunque es cierto que pudo beber de alguna fuente histórica como la Historia Augusta, su Marco Aurelio no pasaba de ser un ingenioso y fraudulento producto de su inventiva. Ciertamente hay que reconocerle a su favor su rica prosa castellana y su desenfadado estilo, con el que sazona una enorme cantidad de citas eruditas, consejos y sentencias de tono moralizante puestas en boca nada menos que del emperador Marco Aurelio. Al cabo de no mucho tiempo, el fraude quedó al descubierto, y a pesar de que como afirma García Gual «Guevara [...] recargaba el texto con sentencias y citas de otros autores, en general inventados o trastocados, para admirar y embaucar a sus lectores más ingenuos», su obra cayó en un olvido casi total a partir del siglo xviii.
Para terminar, consignemos una última extrañeza. ¿A qué se debe que Marco Aurelio, emperador romano que tenía el latín como lengua propia, redactara sus Meditaciones en griego? Se han barajado diversas explicaciones tentativas. Ya hemos dicho que de niño pudo aprender la lengua griega gracias a una nodriza o cuidadora –cosa por lo demás nada infrecuente entre los hijos de clase acomodada–, y es probable que la perfeccionara de joven por medio de sus lecturas de formación y su contacto con algunos de sus pedagogos. Mas aun así, una vez admitida su destreza y competencia para escribir en griego, ¿cuál pudo ser su última motivación para utilizar dicha lengua?
No parece absurdo suponer que dado que Marco Aurelio no es un filósofo profesional, ni su pensamiento es propiamente original, le debió de resultar muy cómodo recoger en forma de notas o apuntes una serie de sentencias y anécdotas con las que se familiarizó en su estudio (en griego) de las enseñanzas de los estoicos. Para su propósito de registrar por escrito un catálogo de máximas destinado a su uso personal, le bastaba con contar con un stock de citas, frases, expresiones o máximas de autores griegos. No sintió la necesidad de traducirlas a su lengua latina, empresa por lo demás no tan fácil como pudiera parecer dado el prestigio y la precisión terminológica de muchos de los conceptos que ya estaban acuñados en griego. Algo así como lo que hacemos en nuestros índices terminológicos, donde recogemos los términos griegos (en alfabeto griego o transliterados en forma latina) sin dar a veces la traducción o equivalencia al castellano. ¿Cuestión de prestigio? ¿Prurito de puristas?
1. Además de la anterior en esta misma editorial a cargo de Bartolomé Segura Ramos, he tenido estos años sobre mi mesa –consultadas todas ellas con mayor o menor sorpresa y provecho– las de Ramón Bach Pellicer, Javier Recas Bayón, Francisco Cortés Gabaudán y Manuel J. Rodríguez Gervás, Jorge Cano Cuenca, Nicolás Estevanez, y aun otro par de ellas anteriores. La más antigua castellana es la de Jacinto Díaz de Miranda, Madrid, 1875, con el título de Soliloquios o reflexiones morales.
2. En cuanto al título convencional en español de Meditaciones, no es poco lo que cabría discutir. El título original de la obra parece que fue Ta eis heautón (idéntico al que aparece en la editio princeps); aunque en algunos manuscritos leemos ta kat’ keautón, mientras que un autor del siglo iv la denomina Paraggélmata «Exhortaciones»; el bizantino Aretas, Ta eis heautòn Ethiká, y el diccionario bizantino Souda prefiere el término Agogé «Regla de vida personal».
3. Presentamos en uno de nuestros Apéndices el cuadro sinóptico de la familia imperial.
4. Ni Nerva, ni Trajano, ni Adriano, ni Antonino Pío tuvieron hijos directos capaces de sucederles como herederos, de suerte que cada uno de ellos tuvo que transmitir el poder a algún pariente a quien transferir el mando del Imperio.
5. Excelente es el trabajo de G. R. Stanton, «Marcus Aurelius, Emperor and Philosopher», en Historia, 18, 1969, pp. 570-587, contestado por B. Hendrickx, «Once Again: Marcus Aurelius, Emperor and Philosopher», Historia, 23, 1974, 254-256.
6. Sobre estos primeros contactos con las enseñanzas de los estoicos y sus consejos de vivir «conforme a la naturaleza», cfr. Meditaciones, I, 9 y Hadot, La ciudadela..., p. 59.
7. Cfr. A. Birley, Marco Aurelio, p. 167.
8. Un estudio excelente es el de T. D. Barnes, Constantine and Eusebius, Cambridge, Mass., 1981.
9. A. Birley ha recogido en su «Apéndice 4: el cristianismo» detalles de la discusión.
10. Hemos intercalado a lo largo de la Introducción determinadas frases que constituyen en buena medida el núcleo del pensamiento de Marco Aurelio.
11. A pesar de que es sabido que Marco Aurelio era de natural irascible.
12. Casi literalmente, hallamos la expresión en Meditaciones, IV, 23, y en Séneca, Cartas a Lucilio, 20, 2-5.
13. A los estoicos les gustaba la metáfora de comparar la filosofía con el cuerpo humano: la lógica correspondía a los huesos y músculos, la física representaba la carne y la sangre, y la ética su alma.
14. Imprescindible todavía y quizá por muchos años sigue siendo el trabajo (edición y comentario) de A. S. L. Farquharson y el más reciente ensayo de Pierre Hadot, recogidos ambos en nuestra bibliografía.
15. La mejor edición actual es la de E. Blanco, Obras completas de Fray Antonio de Guevara,
