Memoria de pez - Juan Dean - E-Book

Memoria de pez E-Book

Juan Dean

0,0

Beschreibung

Discutimos para tener la razón, para ganar. En una controversia, muchas veces, la verdad es relativa y lo que realmente importa es la habilidad para construir argumentos sólidos que sustenten nuestra afirmación. Esta es la premisa que da pie al presente trabajo y bajo la cual Juan Dean nos introduce en el milenario arte de la dialéctica.  Memoria de pez es, entonces, una caja de herramientas. En su interior, fundamentadas por un marco teórico sólido, se encuentran las estrategias necesarias para defender nuestras ideas, rebatir las del contrario y no sucumbir en el complejo mundo de las disputas verbales. Todo esto, desarrollado con su estilo ágil y cercano y cimentado en ejemplos de la vida cotidiana, la historia y la semiótica.  En estos tiempos, cuando la polarización parece dominar el discurso público, Memoria de pez se presenta como una guía necesaria para todos aquellos que desean mejorar sus habilidades argumentativas y aprender a debatir de manera eficaz y respetuosa. El objetivo que subyace en cada uno de sus capítulos: enriquecer el pensamiento y nuestra relación con los demás.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Memoria de pez

Memoria de pez

Retórica de la apariencia

Juan Dean

Dean, Juan

Memoria de pez : retórica de la apariencia / Juan Dean. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-631-6602-40-4

1. Liderazgo. 2. Crecimiento Personal. I. Título.

CDD 158.4

© Tercero en discordiaDirectora editorial: Ana Laura GallardoCoordinadora editorial: Ana Verónica SalasCorrección: María Fernanda ReyMaquetación: Ana Verónica SalasDiseño de tapa: Ludmila Riveiro

www.editorialted.com

@editorialted

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

ISBN 978-631-6602-40-4

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Prólogo

Una hipótesis socialmente instalada asegura que los peces tienen memoria de corto plazo. Pero de cortísimo plazo, ¿eh? Se dice, a partir de alguna innominada corriente científica, que en cuestión de microsegundos el pez se descubre en un lugar al que no sabe cómo llegó y, según afirma esta hipótesis, así le ocurre secuencialmente, siempre. ¿Por qué? No lo sé, no lo sabe nadie. La ciencia tampoco puede afirmar ningún porqué, todavía. Quizás porque los mecanismos de investigación aún no han desarrollado las herramientas necesarias para tal afirmación, quizás porque les resulte irrelevante o, como es lógico suponer, nadie pudo nunca preguntarle a un pez por qué motivo tolera vivir preso en una pecera habiendo una vida mejor en la inmensidad de los océanos. Lo cierto (o lo que a uno lo convence de que sea cierto) es que lo que a priori se presenta como un Alzheimer crónico y despiadado, a la postre, es la natural respuesta que le encuentran a, como decía, poder vivir eternamente en una pecera: los peces, un segundo antes de darse cuenta de que la vida los ha condenado a vivir en un cubo de agua de 20 × 20 cm… se olvidan. Y así siguen nadando, convencidos de estar en alta mar, evitando, en consecuencia, suicidios masivos o rebeliones de consideración. Adicionalmente, y a partir de esta hipótesis, siempre me pregunté cómo era posible que multitudes de peces, a lo largo de la historia, siguieran mordiendo del anzuelo sin siquiera percatarse de que atrás de eso no podía haber un buen negocio. Digo, ¿la humanidad se alimenta de la vida en el agua desde que el mundo es mundo y estos pescados todavía no se enteraron? Dios sabrá (que además de ser sabio y bueno también a veces es lo suficientemente abstruso como para no entender tantos motivos de tantas cosas). Vale aclarar, por si no se dieron cuenta, que no soy ictiólogo ni mucho menos, solo soy amigo de Juan y refiero una colorida y desoladora historia a la que le sobran elementos para afirmarla y abrazarla casi con el corazón.

Mi hija, que se llama Milagros por inspiración de su madre y de su padre (yo); una muchacha encantadora, inteligente y hacendosa que, además de ser mi hija, es la amorosa compañera que le da brillo a mi fatigada vida, me hizo esta revelación de peces cortos de memoria una noche en la que mirábamos un programa de televisión en el que, en algún segmento, desarrollaba el “Top ten de animales inteligentes”. Esta nómina la encabezaban los delfines, los chimpancés, los cuervos, etc. Hasta los elefantes se subían al podio. Los peces, a los que hago referencia, no figuraban ni en los márgenes más recónditos, relegados seguramente a ser los últimos de la tabla de posiciones, muy próximos al descenso de categoría. Debo reconocer que me impresionó mucho el destino fatal de no saber el dónde estoy ni cómo me llamo de los peces, y que esto fuera una constante.

Lejos de consternarme, me pareció una interesante historia para desparramarla en cualquier mesa de café cuando faltan las palabras y es menester encontrar algún disparador de debates. Así fue como, a la mañana siguiente, me lo encontré a Juan en la oficina. Él venía cansado de hablar con no sé quién de no sé qué cosa, algo del trabajo cotidiano, alguna obviedad repetida cien veces a quien solo quiere escuchar lo que Juan, por impecabilidad profesional, no se lo iba a decir nunca. Mientras me sonreía a cuenta de su cansancio, se quedó mirando fijo la pantalla apagada de su PC. Como para sacarlo del sopor, y seguramente influenciado por el documental de la noche anterior, le pregunté por la salud de su mascota: un perro viejo con cara de bueno que estaba convaleciente de una operación y en la que Juan había invertido todo su cariño, tiempo y dinero solo para prolongar unos días más su fiel compañía. Sin mirarme me contó que había muerto. Nos quedamos en silencio un rato y, solo con muecas, le dijimos adiós al recuerdo de su perro.

—¿Sabrán los animales algo de lo que les pasa cuando les pasa? —se preguntó Juan en voz alta.

—No saben nada, no entienden nada —dije con autoridad.

—¿Y vos cómo sabés?

—Yo no sé nada, pero tengo sesenta años y, fundamentalmente, soy argentino, lo cual me da permiso para hablar de cualquier cosa en cualquier momento y con total impunidad.

Nos reímos un rato y nos invitamos mutuamente a tomar un café, uno de esos que otorgan unas máquinas de dudosa calidad y procedencia.

Fue allí cuándo le comenté la hipótesis de la memoria de corto plazo de los peces. Juan es de esas personas que escucha con atención, que ayudan al que cuenta. Entonces me tomé mi tiempo para desarrollarla: le puse todo el misterio, el dolor y el humor correspondientes para que mi historia fuera tan inapelable como científicamente incontrastable. No voy a decir que se le iluminó el rostro ni que le brillaron los ojos, pero luego de un segundo me miró fijo y me dijo:

—Le acabás de poner el título a mi libro.

Un tímido orgullo me recorre la piel.

Yendo ahora a lo importante, debo decir con convicción que Juan Dean es un profesional de la Comunicación. Personalmente, me honra con su amistad hace mucho tiempo a pesar de los veintitantos años que nos separan. Quienes tenemos la suerte de acompañarlo en la vida sabemos de su pasión, de su ética de trabajo, de su reinvención permanente, de su empeño inclaudicable para que cada conversación, cada discusión o cada debate no se salgan de sus carriles y que todo termine sonando como en una verdadera orquesta. Me consta.

En su obra, Juan nos invita a pensar, a pensarnos. A discutir con argumentos, a negociar con convicción y a procurar que, en la disputa, todos nos llevemos un pedacito de gloria, de modo que todos nos sintamos parte de la victoria.

Parafraseándolo, diré que su estilo desprejuiciado maneja con soltura la magia a que lo invitan las palabras; que su vuelo docente no le quita los pies de la tierra, intentando siempre que el otro sea parte constitutiva de su historia, para que, en el arduo camino de la búsqueda de la verdad uno sea acompañante y protagonista, experimentador del valor de la persona propia y de la ajena.

José María Mangisch

Introducción

No discutimos para alcanzar la verdad… discutimos para tener razón.

¡El problema es que, en la mayoría de los casos, lo hacemos mal!

Cuando discutimos, al igual que los peces, tenemos memoria de corto plazo. A los cinco minutos de estar inmersos en una discusión en la que empezamos creyendo que teníamos “la verdad”, de repente se desvanece esa necesidad filantrópica y desinteresada de llenar a la humanidad de toda nuestra sapiencia para pasar a convertirnos en seres despreciables que lo único que quieren es ver al otro tirado, revolcándose en el piso implorando piedad y reconociendo, básicamente, ¡que estaban equivocados! Al carajo con la verdad… ya solo nos importa tener razón. Mejor si, además, venimos con la verdad debajo del brazo, pero si no, ¡ya no interesa!

Ahora bien, en general, no lo sabemos llevar adelante porque no sabemos exactamente cómo discutir. ¿Por qué discutimos mal? Porque, muchas veces, nos falta capacidad dialéctica. Sí. Esto es algo que, con mucha dedicación, desarrolló Arthur Schopenhauer de una manera muy profunda, detallada y, a mi gusto, algo aburrida. Pero, en fin, con él nace el desarrollo conceptual de lo que hoy en día conocemos como dialéctica. Si bien Aristóteles había mencionado esta idea con anterioridad, no le dio ni la profundidad ni el enfoque que le damos en la actualidad. O, al menos, el enfoque que quiero darle yo en esta obra, en la que intentaré sentar las bases para que vos, como lector, te lleves las herramientas prácticas y el marco teórico para que puedas “ganar” tus discusiones.

Para esto va a ser necesario, por un ratito, que te olvides de la idea de verdad y mentira. Nosotros acá no buscamos llegar a la verdad; eso, en todo caso, se lo dejamos a la lógica. Nosotros vamos a ver cuáles son esos artilugios que necesitás para poder defenderte de los ataques expositivos y argumentativos de tu rival y, en lo posible, cómo atacarlo con altura, efectividad y sin la posibilidad (o, al menos, minimizándola) de que nos refuten. Se trata de entender cómo defender nuestras afirmaciones y atacar las del otro, sin importar quién tiene razón. Desde ya, si objetivamente partimos de una premisa verdadera, será mucho más fácil defender nuestra posición. Pero no caigamos en suponer que esto es indispensable para hacerlo. Cuando discutimos con alguien, la mayoría de las veces, ninguno de los dos (o ninguna de las dos partes, en caso de que sean más de uno los que debaten) tiene la menor idea del lugar donde surge el paradero de aquello por lo que se está defendiendo una idea. A veces, uno comienza creyendo que tiene razón y, en el devenir de la discusión, internamente pone en duda sus propios argumentos. Lo mismo pasa con la otra parte. En este punto, si la humanidad tuviera la humildad suficiente de reconocerse equivocada, muchas de las discusiones que tenemos a diario durarían solo unos minutos. ¡Cuántas guerras, muertes, Gobiernos nefastos, familias rotas y amantes de turno no hubieran tenido lugar de haberse reconocido “la verdad” de una situación en el momento justo! Pero no, diría mi abuela: “Antes muerta que reconociendo mis miserias”. Y así es como entra la importancia de saber atacar y defender, atacar y defender, y así sucesivamente hasta ver a nuestro adversario pidiendo clemencia y derrotado por sus propias contradicciones. ¿Hay algo más reconfortante en la vida que tener la verdad? Pues sí, ¡tener la razón! Y hacia eso vamos en este libro.

Lo que veremos a continuación intenta recopilar técnicas, situaciones de la vida cotidiana, semiótica, hechos históricos y sistemas de expresión verbal y no verbal para que nos despertemos un poco y, frente a una discusión real, podamos detectar los mecanismos utilizados por la otra parte y destruirlos automáticamente. Y, si en el camino podemos hacer quedar mal a nuestro contrincante, mejor.

Es por esto por lo que, como mencionaba antes, es importante que podamos corrernos de la idea de verdad y mentira ya que imperiosamente vamos a tener que jugar con ambas para salir bien parados. El marco teórico de muchos de los elementos que vamos a recorrer está debidamente detallado en mi libro El arte de administrar la verdad. En esta obra parto de la base de que nos cansamos de exigir la verdad, pero, una vez que la tenemos, nos damos cuenta de que no tenemos idea de qué hacer con ella, con la otra persona y, en muchos casos, ni con nosotros mismos. Allí repasamos algunas cuestiones en términos de persuasión y oratoria que me permiten, en este momento, profundizar crudamente en el arte de llevar adelante una discusión (dejando de lado las susceptibilidades del caso).

Fundamentos básicos

Las que considero las cuatro estratagemas más importantes de Arthur Schopenhauer

A quien no lo conoce, le cuento que Arthur fue un filósofo alemán (nació en el año 1788 y murió en el año 1860). Me animo a decir que, en la sociedad en la que vivimos actualmente, este individuo no tendría lugar. Era un ser extremadamente antipático, racista y misógino. Por supuesto, mis opiniones pueden ser debatidas, e incluso refutadas. Pero, como el libro es mío…

A pesar de esta descripción tan real como superficial, también debo reconocer que fue un pensador que cambió la historia de la filosofía. Aquello que atrajo a Schopenhauer a esta ciencia, aparte de sus inquietudes interiores, fue profundizar en la idea de que todas las cosas que encontramos en el camino solo las conocemos tal como se nos aparecen, es decir, por su apariencia. El mundo es un mundo de fenómenos (es decir, de interpretaciones) y no de la realidad.

Todos somos rehenes de la voluntad. Todo querer nace de una necesidad, y la necesidad, de una carencia. Pero, una vez satisfecha la carencia, nos ahoga el tedio, hasta que volvemos a correr detrás de otras cosas. Esas cosas son representaciones, señuelos que la voluntad nos tiende para cumplir con su ley. La filosofía de Schopenhauer coincide con lo que se dio en llamar “los años salvajes de la filosofía”, la era de Kant, Schelling, Fichte, Hegel. Todos ellos opacaron el brillo público de Schopenhauer. La fama llegaría en los últimos años, pero sería más permanente. Lo tardío se impone, y lo prueban desde Richard Wagner hasta, más recientemente, Michel Houellebecq, que le rindió su homenaje en el libro En presencia de Schopenhauer. Incluso podemos acercar a este personaje con ideas desarrolladas por el mismo Freud. Vale decir, existe un punto de contacto entre el mundo científico de Freud y el mundo filosófico de Schopenhauer. De igual manera que en los sueños, de acuerdo con lo desarrollado por Freud, nuestra propia voluntad, sin sospecharlo, aparece como el destino inexorable, y todo en los sueños viene de nosotros mismos, y cada uno es el secreto director teatral de sus sueños. Así también, en la realidad, nuestros destinos son un producto brotado de lo más íntimo de nosotros mismos, de nuestra voluntad, y por eso nosotros somos, propiamente, los que hemos dispuesto aquello que parece pasarnos. Nadie entendió mejor los sueños que Schopenhauer cuando dijo que la vida era en la vigilia. Tanto el inconsciente como el deseo freudiano son equivalentes a la voluntad schopenhaueriana.

A Schopenhauer la primera mitad del siglo xix le dio la espalda; la segunda le abrió las puertas y fue en el siglo xx que ganó una súbita actualidad, que no decayó. Oscar Wilde decía: “Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza”. En línea con esto, ¡Schopenhauer fue un campeón! Quiso mostrarnos en cada una de sus obras nuestra propia vergüenza (aunque, para mi gusto, se fue un poco al carajo).

Arthur desarrolló, en una de sus obras, treinta y ocho estratagemas que nos ayudan a ganar cualquier discusión. Claro está que aquello se desarrolló hace muchísimo tiempo, en un contexto social, político y económico particular. Hoy las cosas cambiaron: la gente cambió, las dinámicas sociales cambiaron. En la actualidad, para un joven de trece, catorce o quince años, la vida se pone en juego en Instagram, en YouTube, en Twitter; lo más cercano que tiene a un filósofo hoy lo llaman influencer