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Ante lo que parece el final del hispanismo o de una importante etapa del mismo, este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones –aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, por la difusión que hicieron de la cultura española y porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron–, sino dejar testimonio de un periodo y un modo de hacer. Quienes escriben aquí, conscientes del momento de cambio, se preguntan quién es el hispanista y en qué consiste serlo. La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad; pero no es menos importante que esa mirada suele ser comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirve, o puede servir, para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso. El libro es, también, una suerte de homenaje a figuras que, como Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens o José Manuel Blecua, alentaron el estudio de nuestra cultura dentro y fuera de España.
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Seitenzahl: 378
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Siglo XXI
Joaquín Álvarez Barrientos (ed.)
Memoria de hispanismo
Miradas sobre la cultura española
Autores del volumen: Edward Baker - Carlos Blanco Aguinaga - Alfonso Botti - Jean Canavaggio - Margit Frenk M.ª Cruz García de Enterría Martínez-Carande - Nigel Glendinning - Clara E. Lida Hans-Joachim Lope - Antonio Morales Moya Joseph Pérez - Álvaro Ruiz de la Peña Solar - Russell P. Sebold
Ante lo que parece el final del hispanismo o de una importante etapa del mismo, este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones –aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, por la difusión que hicieron de la cultura española y porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron–, sino dejar testimonio de un periodo y un modo de hacer. Quienes escriben aquí, conscientes del momento de cambio, se preguntan quién es el hispanista y en qué consiste serlo.
La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad; pero no es menos importante que esa mirada suele ser comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirve, o puede servir, para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso.
El libro es, también, una suerte de homenaje a figuras que, como Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens o José Manuel Blecua, alentaron el estudio de nuestra cultura dentro y fuera de España.
Joaquín Álvarez Barrientos es Investigador Científico del CSIC. Centra su labor de investigación en asuntos relacionados con la literatura y la historia cultural de los siglos xviii y xix. Profesor invitado en universidades españolas y extranjeras, ha participado, como comisario o en consejos científicos, en varias exposiciones.
Es autor o coeditor, entre otras publicaciones, de La novela del sigloxviii (1991); Costumbrismo andaluz (1998); Sistema de adornos del Palacio Real de Madrid (2002); Se hicieron literatos para ser políticos (2004), Ilustración y Neoclasicismo en las letras españolas (2005), Los hombres de letras en la España del sigloxviii (2006); Teatro y música en España: los géneros breves en la segunda mitad el sigloxviii (2008); La Guerra de la Independencia en la cultura española (2008), Miguel de Cervantes, «monumento nacional» (2009). Es «Premio Leandro Fernández de Moratín» de estudios teatrales.
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RAG
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Nota a la edición digital:
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© los autores, 2011
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2011
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1638-8
Mirarlasmiradas
El origen de este libro está en una lejana conversación que mantuve con Russell P. Sebold, allá por los años noventa, en un viejo café ya desaparecido de la calle del Prado, cerca del Ateneo. Me habló, entre otras cosas, del Madrid que había conocido en sus primeros viajes a España y sentí la necesidad de que esa experiencia no se perdiera. Pero nada se pudo hacer entonces; pasó el tiempo y muchos años después, en 2007, volví a tener la misma sensación de que algo desaparecía mientras charlaba con Edward Baker y él recordaba su llegada a Madrid en 1961 y la impresión que le produjo la ciudad de que aún no había acabado la Guerra Civil, a pesar de los años transcurridos. Le propuse entonces que escribiera esos recuerdos y reflexiones, idea que rechazó de inmediato para mantener su pose de perezoso, aunque seguimos aún hablando de esa posibilidad y de unir su testimonio al de otros colegas hispanistas.
La conversación derivó luego hacia nuevos asuntos, pero me quedé con la idea de organizar algo que pudiera responder a lo que habíamos hablado durante aquella comida. Por entonces preparaba La Guerra de la Independencia en la cultura española, que publicó Siglo XXI en 2008. De modo que aproveché la ocasión y le propuse esta nueva idea al que era su director entonces, Tim Chapman, que la aceptó, y ahora ve la luz en forma de libro.
El hispanismo, su historiografía, su pasado, presente y futuro, es asunto que me ha interesado desde que tomé conciencia de algo tan obvio como la importancia que tenían muchos de los trabajos de profesores de fuera de España en la elaboración de las interpretaciones de nuestra historia. Fruto de ese interés, y de palpar cierta sensación de crisis, fue el monográfico que coordiné en marzo de 2001, en la revista Arbor, dedicado a estudiar los derroteros del hispanismo. Se tituló «El hispanismo que viene». Ya por entonces, pero sobre todo en los últimos años, había crecido la atención a este asunto, con la peculiaridad de que han sido los historiadores, y no los filólogos ni los historiadores de la literatura, los que se han dedicado a estudiar el fenómeno. Hasta no hace mucho, lo frecuente era aplicar el término «hispanista» a quienes se ocupaban de la literatura y la filología hispánica, no a los historiadores; lo cual, seguramente, tiene que ver con el canon de estudios antiguo y con el origen del fenómeno, centrado en los géneros valorados de la producción del Siglo de Oro, y con la idea de que ésa era la época que indiscutiblemente había que estudiar.
Números de revistas, congresos, libros, dan muestra de esta creciente atención, que, a mi parecer, tiene también que ver con los momentos de duda y crisis de identidad nacional y con la preocupación por la imagen que ofrecemos fuera del territorio. Una preocupación que comparten los gobiernos del Estado. Pero este interés se relaciona, así mismo, con los cambios políticos de nuestro propio país, lo que lleva a hacer un balance del modo en que los otros, en este caso los hispanistas, han contribuido a interpretar nuestra historia, a dibujar nuestro retrato, y a preguntarnos sobre si nos identificamos con esas representaciones.
La antigua situación de desequilibrio, de asimetría por causas políticas, que impedía determinados estudios, ha desaparecido, lo que hace inevitable la revisión de lo ya hecho, ante la sensación de que una etapa se ha acabado y otra comienza. Los términos puestos en circulación por Jean-François Botrel –«Hispanismo de sustitución, hispanismo de cooperación»– pueden servir para articular la realidad escénica en que nos movíamos hace más de diez años[1], aunque ese hispanismo de cooperación seguramente periclita ya también y nos dirigimos hacia otro tipo, no sólo de estudios, sino de modo de entender los trabajos. No sé si los jóvenes extranjeros que se dedican a los estudios hispánicos se consideran y denominan a sí mismos hispanistas, o si la categoría es ya, más bien, la de simple historiador, de la literatura, de la economía, de la cultura española. Quizá, en un futuro inmediato, el estudio de las cosas de España sea tan «normalizado» como cualquier otro.
Por otro lado, cabe pensar así mismo que estos balances del hispanismo implican un final –al menos un final del hispanismo tal y como lo hemos conocido–, dada la nueva etapa política que permite abordar cualquier asunto y época desde cualquier enfoque, algo vedado a los investigadores españoles del siglo xx. ¿Nos encontramos, pues, al final del hispanismo? ¿Hay nuevos modelos de hispanismo y nuevas formas de ser hispanista? Y no me refiero sólo a los cambios de paradigmas y cánones que en los últimos años se han producido como consecuencia de la actividad investigadora. En algunos países no parece haber relevo generacional y, de forma muy extendida, la fascinación que España producía –fruto en parte del Romanticismo, de los viajeros y de la Guerra Civil– también ha tocado a su fin. Es posible que siga habiendo hispanismo, pero será otro hispanismo, porque tal vez ya no se nos ve tan raros, atrasados y extravagantes como en otros tiempos.
En todo caso, inquirir por el hispanismo, por sus formas, vigencia, aportaciones, futuro, etc., manifiesta, seguramente, la necesidad, reiterada una y otra vez, de preguntarse por la naturaleza de lo español e incluso por el modo de ser español.
Por eso, además de por lo señalado al comienzo, me parecía interesante recuperar algunas de las memorias, algunos recuerdos de los hispanistas de esa época que ya se acaba, los cuales, en no pocos casos, han ofrecido lecturas e interpretaciones de nuestro pasado cultural que han tenido eco en la sociedad.
Este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones, aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, tanto por la difusión que hicieron de la cultura española, como porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron, como destacan Margit Frenk, Clara E. Lida y Nigel Glendinning. La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad, pero no es menos importante que esa mirada, como señala Alfonso Botti, sea una mirada comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirva o pueda servir para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso. Ahora bien, si es verdad que las miradas de dentro y de fuera se mezclan y establecen diálogos, no es menos cierto que, cuando esto sucede, ya no se habla de España, sino de los discursos sobre España. Igualmente oportuno es el debate sobre quién es hispanista y en qué consiste serlo. No está muy desarrollado, pero en las páginas que siguen casi todos los intervinientes se lo preguntan. En unos casos porque han trabajado en España y la definición del diccionario de la Academia Española explicaba en anteriores ediciones que hispanistas eran los no españoles que se ocupaban de las cosas de España; en otros, porque son hispanoamericanos o españoles exiliados que vivieron en América: ¿son también hispanistas? Hay quien se considera hispanista, a cambio de que el concepto incluya al mundo hispanoamericano, como Carlos Blanco Aguinaga. Algo que también reclama Joseph Pérez.
En mi opinión, hispanismo e hispanista son términos y conceptos que han cambiado en poco tiempo. De tener una reducida significación han pasado a denominar a cualquiera que estudie asuntos hispánicos, en gran parte porque en 1962 se fundó en Oxford la Asociación Internacional de Hispanistas, y a ella pertenecen desde entonces no pocos españoles que viven y trabajan en España. Lo mismo sucede con el Portal del hispanismo del Instituto Cervantes. Si, por otra parte, acudimos a los diccionarios para aclarar un poco la cuestión de quién es y quién no es hispanista, encontramos que el Diccionario de Autoridades define hispanismo en 1734 como el «modo de hablar particular y privativo de la lengua española», que es significado repetido hasta hoy. La nueva acepción que interesa aquí aparece en 1936: «Afición al estudio de la lengua y la literatura españolas y de las cosas de España».
Alfred Morel-Fatio, como indica Antonio Niño, había acuñado el término hispaniste en 1879[2], y Rafael Altamira, que en 1898 habló de «Hispanólogos e hispanófilos», en 1902 dedica al «hispanista» Arturo Farinelli su Psicología del pueblo español.
Ahora bien, la nacionalidad del interesado en las cosas de España no debería preocupar a los que se preguntan si son o no hispanistas, porque no interesó en principio a la Academia, que, cuando incorpora la palabra al diccionario, en 1914 la define como «persona versada en la lengua y literatura españolas» sin más –y la lengua y la literatura implican en seguida a la historia, la política, las costumbres, etcétera. Este significado, que no restringía orígenes ni nacionalidades, continuó hasta que en 1956 se añadió la siguiente cláusula: «Se da comúnmente este nombre a los que no son españoles», para hacerla desaparecer treinta años después en la edición de 1984, donde se define hispanista como «la persona que profesa el estudio de las lenguas, literaturas o cultura hispánicas, o está versada en él».
Los matices, ampliaciones y restricciones, de la definición se explican bien contextualizando los momentos en que se producen los cambios. Es obvio, por otro lado, que las limitaciones de sentido revelan cierto grado de problema e incomodidad, por parte de quienes vigilan la actividad cultural, respecto de aquellos incontrolados que pueden producir interpretaciones «alternativas», lo cual, a su vez, muestra la Historia española como un espacio ideológico.
El interés exclusivista que parece haber existido durante algún tiempo y la necesidad de controlar los discursos entre los políticos y lexicógrafos españoles, no está en las definiciones de otros diccionarios, como por ejemplo en las que dan el Webster y The American Heritage Dictionary of the English Language, cuya primera edición es de 1969, que definen hispanist como «a specialist in the study of the languages, literatures, or cultures of Spain, Portugal, or Latin America», ampliando así el campo, como muchos hispanistas requerían.
En todo caso, y al margen cuestiones terminológicas, lo cierto es que debemos a la producción extranacional significativas aportaciones, tanto como propuestas de método que han abierto o enriquecido líneas de trabajo e interpretación. Pero también hay sombras en el hispanismo, o, al menos, éste las ha producido, pues en algunas épocas y casos esas producciones han sido el germen de la desconfianza y de la sensación de padecer una forma de colonialismo, como si hubiera que apropiarse la cultura española mediante interpretaciones y explicaciones, de las que eran incapaces los nativos, que significaban el control del objeto de estudio. De esta forma, los trabajos de los hispanistas entraban en pugna, como si lo que se estuviera dirimiendo fuera el poder y el control, la preeminencia del hispanismo de una nación sobre otro. Pero, una vez más, lo que se manifestaba era que la historia y el pasado español continuaban siendo un territorio ideológico y de enfrentamiento. Y, en este sentido, cuántas veces se ha preferido una obviedad de alguien con nombre extranjero a una novedad de alguien con apellido español.
Debo agradecer su disposición a los autores que participan en este libro. La limitación de espacio era un problema añadido a la hora de seleccionar, y ha habido problemas de diferente orden, empezando por los relativos a la salud. Podrían haber sido otros y distintas las anécdotas, pero similares, seguramente, el sentido y el contenido. Como suele decirse, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Algunos de los que faltan no se encontraban en condiciones de colaborar; alguno falleció; otros declinaron la invitación por timidez o por estar muy ocupados.
Los textos ofrecen ejemplos de trayectorias individuales, pero parecidas en muchos casos; casos de colaboración y ayuda, de creación de redes; y manifiestan, aún, gran amor al trabajo y a su materia de estudio. Proporcionan una imagen de la España de los años cincuenta y sesenta que ahora sólo conocemos por las películas de entonces. No cuesta nada imaginarlos caminando por la Gran Vía, Atocha, el Paseo del Prado o la Puerta del Sol, mientras Tony Leblanc, Laura Valenzuela, José Luis López Vázquez, Pepe Isbert, Antonio Ozores o Emma Penella ruedan alguna escena de El pisito (1958), Los tramposos (1959) o Lola, espejo oscuro (1965), por ejemplo. Y tampoco es difícil suponer a algunos de ellos en las manifestaciones universitarias de los sesenta, ni en las tertulias de las figuras de aquellos años.
Por otro lado, de varios de estos textos emerge repetido un grupo de nombres que funciona como foco que irradia su personalidad, o como imán, ya para los profesores extranjeros que se acercaban, ya para los que, estando fuera, querían iniciarse en las cosas de España: Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens, José Manuel Blecua, Enrique Tierno Galván. Una red de nombres, dentro y fuera del país, que formó una estructura más allá de lo nacional y empujó el interés por las cosas de España, hasta dar un giro, al ampliarlo, al hispanismo que se conocía por entonces, centrado, sobre todo en Francia e Inglaterra, en el Siglo de Oro y en la Edad Media. Los siglos xviii, xix y xx conocieron el interés de nuevas figuras, llevados por nuevas interpretaciones políticas e ideológicas.
Los ensayos que figuran a continuación se pueden dividir en dos grandes grupos. Los que priman lo personal y autobiográfico, y desde ahí hacen su reflexión sobre la materia a la que se dedicaron y el lugar del hispanismo, así como acerca de la vida, la política, las costumbres españolas que conocieron y conocen ahora; y los que directamente se preguntan por la condición y carácter del hispanismo. Pero prácticamente todos, de un modo u otro, se interrogan por el futuro de esta actividad. En algún caso, visto como posible disciplina; en otros, vinculado a la imagen e idea de España como nación, para hacer evidente la crisis de identidad referida al comienzo de estas paginas. Es el caso de Joseph Pérez y Antonio Morales Moya. Algunos, como Álvaro Ruiz de la Peña, M.a Cruz García de Enterría, Hans-Joachim Lope y Jean Canavaggio, aprovechan para poner de manifiesto el estado y evolución del hispanismo en el momento en que deciden (o deciden las circunstancias) dedicarse a estudiar la literatura española y su cultura. Se puede pensar que hay tantos hispanismos como hispanistas, pero de los testimonios se desprende que hubo un canon que ahora está en cambio y revisión, a lo que contribuyeron, entre otras, las figuras que componen este libro, y que hasta no hace mucho esa noción de hispanista tenía unos referentes bastante claros, que empezaron a cambiar, seguramente primero en Norteamérica, por el influjo de las nuevas últimas (o penúltimas) corrientes teóricas: los estudios de género, culturales, etc. También se confirma la importancia que los exiliados tuvieron en el desarrollo del hispanismo, sobre todo en el continente americano, y cómo les somos deudores de la difusión de lo español por aquellas tierras, así como de favorecer la curiosidad por la cultura española. En no pocos casos, esos estímulos iban dirigidos a recuperar del olvido partes de nuestra historia entonces silenciadas, no sólo por razones políticas, sino también por lo que se ha llamado «hispanismo oficial o integrado».
Los ensayos que se editan dialogan entre sí. No sólo por las perspectivas individuales y las ideologías que están detrás de cada caso, sino porque los autores representan la variedad de la época, o, al menos, cierta variedad. Unos son españoles; otros, no. Unos se quedaron en España; otros, no. Por otra parte, faltan representantes del hispanismo oriental y africano, pero éstos comenzaron más tarde, y hay poca presencia femenina, no tanto porque en la época hubiera menos mujeres dedicadas a estudiar lo español, como sucedía, cuanto por cierto pudor que ha retraído su colaboración.
Queden estos trabajos como un paso más hacia la Historia del hispanismo, relato que aún espera ser contado.
Joaquín Álvarez Barrientos
CSIC (Madrid)
[1] «Las miradas del hispanismo francés sobre la España contemporánea», en Ismael Saz (ed.), España: la mirada del otro. Ayer 31 (1998), pp. 59-82.
[2] Véase su excelente libro, Cultura y diplomacia. Los hispanistas franceses y España, 1875-1931, Madrid, CSIC/Casa de Velázquez, 1988, p. 3.
I.Commentpeut-onêtrehispaniste?Etapasdeunjuegoderol
Hans-Joachim Lope
Rien ne se fait sans un peu d’enthousiasme.
(Voltaire)
Nací en abril de 1939. Mi padre está enterrado en alguna parte de Rusia. Vagamente me acuerdo de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y de mi ciudad natal en llamas. A principios de 1945 fuimos liberados por los aliados occidentales. Y nunca olvidaré al G. I. que, desde su tanque, le lanzó el primer chicle de su vida al arrancapinos andrajoso que yo era, mientras le miraba con curiosidad ante un decorado kafkiano de ruinas. De repente, todo cambió: Benny Goodman y Glenn Miller en vez de Erika y Heidi, Heido, Heida, pero también la Guerra Fría, la división alemana, el silencio de los padres sobre el pasado inmediato y la experiencia de un adolescente que tuvo que constatar lo poco atractivo que era ser identificado como alemán más allá de las fronteras. En el mundo en que vivíamos se había acordado que la inocencia antifascista residía en la República Democrática Alemana, y que Beethoven había sido austríaco y Hitler alemán... Sin embargo, las ideas paneuropeas también ganaban terreno y permitían a sus adeptos juntarse y buscar contactos más allá de las fronteras estatales y generacionales. Yo he podido crecer, vivir y estudiar en una Alemania que no ha conocido la guerra desde hace ahora más de sesenta años.
¿España? A mediados de los años cincuenta, al iniciarse la primera ola de inmigración de obreros extranjeros a la República Federal, un joven cura español se dirigió a nuestra parroquia (reformada) pidiendo ayuda para sus compatriotas en lo que concernía al papeleo administrativo, la busca de alojamiento y los problemas de comunicación en general. Este joven nos impresionó, no sólo por su falta absoluta de prejuicios, sino también por su repertorio inagotable de chistes sobre Franco y su Régimen. El calvinista renano que era y sigo siendo se dio cuenta de que, manifiestamente, hubo otras patrias difíciles en Europa, aparte de Alemania, y que algo estaba cambiando en el mundo católico –una esperanza que se corroboraría poco después con la llegada del papa Juan XXIII. La consecuencia era clara: ni España ni Portugal debían quedarse apartados de la Europa nueva. Quería aprender español. Pero el español no se enseñaba en el liceo que frecuentaba. «¿Qué quieres hacer con el español? Nadie lo habla» –ésta era la tesis algo atrevida de uno de mis profesores de instituto. Pues bien: inglés, francés, latín. Y el castellano por iniciativa propia. Sería una nueva generación de hispanistas la que introduciría y anclaría firmemente el español en el sistema escolar de la República Federal.
Mi primer viaje a España, en 1958, me condujo a la familia de una amiga por correspondencia que vivía en Zaragoza. El paisaje, el río, Nuestra Señora del Pilar, mi primera corrida de toros... En compañía de Carmen y sus dos hermanos, que estudiaban ya en la Universidad de Valencia, visitamos también la Costa Brava (casi intacta en aquel entonces), donde mis nuevos amigos me informaron de que, por razones de moral pública, se les prohibía a las chicas y mujeres llevar bikinis en la playa. Entonces los chavales se mostraron con la parte de arriba de los bikinis de sus novias para dar la lata a los guardias encargados de vigilar las playas. La cosa funcionaba de verdad. Y en el cine vimos La violetera, una historia de amor bastante kitsch construida en torno a la famosa canción de Eduardo Montesinos (música) y José Padilla (letra) que Raquel Meller había presentado, ya en 1919, en el Olympia parisino. No comprendí por qué este melodrama había recibido el Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo, y por qué la gran Sara Montiel, que se presentaba aquí al lado del latin lover Raf Vallone, había aceptado este papel. Yo estaba enamorado de ella desde su aparición en Veracruz (1955), de Robert Aldrich, y sigo apreciando hasta hoy en día el tono nostálgico de sus boleros: Contigo aprendí, Fumando espero, Bésame mucho.
No sé si realmente comprendí gran cosa en mi primer viaje a España. Las piedras que se necesitaban para un proyecto de construcción en el centro de la ciudad se transportaban con asnos y se alzaban al tercer piso en cestos de paja. En los terraplenes se notaban figuras miserables que trabajaban el macadán con las manos desnudas. ¿Presos forzados de los tiempos de represión de la posguerra inmediata? En los quioscos se vendían todos los periódicos importantes de la prensa internacional. Y en las conversaciones privadas con mi familia anfitriona –la cual pertenecía, a juzgar por su nivel de vida, a los ganadores (aunque modestos) de 1939– se oían repetidas veces los nombres de Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres. Hoy se sabe que estos ministros acabaron de manera prudente y decidida con los sueños de autarquía de los años cuarenta y cincuenta y que lograron, en un proceso lento pero seguro, acercar la economía nacional española al estándar europeo. Ambos pertenecían al OpusDei, que no dejaba de ganar terreno en el aparato franquista de aquellos años, a pesar de las controversias conocidas. Con la distancia del tiempo ya no cabe duda de que, con la llegada de Manuel Fraga Iribarne al Ministerio de Información y Turismo (1962-1969), el regreso de España a Europa durante el franquismo tardío se inició (también) gracias a esta organización internacional de laicos católicos.
En 1959 empecé a estudiar Filología Románica en la Universidad de Colonia. Mi asignatura principal era el francés y en ella me gradué en 1966. Es muy probable que el francés, reforzado por un año universitario en Aix-en-Provence (1961-1962), se hubiera quedado como mi primera especialidad si el lector de español en Colonia no se hubiera llamado Gonzalo Sobejano. Para sus clases siempre hubo hueco en mi agenda. A esto se añade el encuentro intelectual con Fritz Schalk, uno de los grandes catedráticos de su generación, que se había convertido en un europeo convencido durante el nazismo. Con él descubrimos el siglo xviii español –Feijoo, Cadalso, Jovellanos– y él nos recomendó el libro de Jean Sarrailh sobre La España ilustrada de la segunda mitad del sigloxviii. Lo que más me fascinó en este estudio pionero fue el hecho de que no sólo abría perspectivas inesperadas sobre el fenómeno de la Ilustración en España, sino que trataba de relacionar, de manera decidida, dichas perspectivas con las heridas abiertas del propio siglo xx. Dice el autor en su «Advertencia»:
El drama que ensangrentó a España en 1936 [...] [me] tocaba demasiado en lo vivo para que fuera de nuevo a explorar archivos y bibliotecas como lo había venido haciendo fielmente en Madrid cada verano [...]. Tenía que resignarme a escribir una obra [...] incompleta, fragmentaria, y que otras zambullidas en el pasado de esta España mal conocida vendrán a enriquecer y precisar más tarde. Un drama distinto y más vasto, la guerra de 1939 [...], me alejó de nuevo de mi trabajo. Y, sin las vacaciones forzadas con que me obsequió Vichy, quizá no habría tenido el valor de reanudar la redacción de mis cuartillas.
Años más tarde, al publicar Werner Krauss su libro Die Aufklärung in Spanien, Portugal und Lateinamerika (1973), la imagen se iba a corroborar. Manifiestamente se trata de una temática que atrae a un tipo de investigador que no ha salido ileso de la historia del pasado inmediato: como se recuerda, Werner Krauss se había salvado por los pelos de ser ejecutado por los nazis, debido a su pertenencia a la Orquesta roja.
Como mi familia no pudo pagarme, después de Francia, un año más de estudios en España, tenía que cultivar mis intereses hispánicos, de momento, mediante una serie de becas a corto plazo, cursos de verano, vacaciones lingüísticas, etc. Hoy me doy cuenta de que esta constelación tenía la ventaja de confrontarme con la realidad española en varios lugares y regiones del país. El recuerdo que conservo de estas estancias está lleno de colores vivos y no exento de contradicciones: Madrid (varias veces), Salamanca, Valladolid y Oviedo (varias veces) con su «Cátedra Feijoo», fundada en tiempos difíciles por José Miguel Caso González, la cual reunía desde los años sesenta, como precursora del actual Instituto Feijoo de Estudios del siglo xviii, a los dieciochistas españoles e internacionales. Ahí pude conocer, en lo sucesivo, a algunos de los especialistas más destacados en la materia: Miguel Batllori, John Dowling, David T. Gies, Antonio Maravall, François Lopez y otros –sin olvidar a Joël Saugnieux, el jansenista, que tuvo que morir demasiado pronto. Vista desde la perspectiva del hispanismo extranjero, esta empresa ovetense constituye una referencia de gran importancia, cosmopolita, servicial, competente –inimaginable, en suma, en la Alemania Federal, donde se cultivan, hoy como antes, los sueños de autosuficiencia cultural en cada uno de los länder. Siento mucho, de verdad, que la rutina cotidiana en la que tuve que sobrevivir en mi vida universitaria no me haya dejado más tiempo para cultivar estos contactos: Álvaro Ruiz de la Peña Solar, Inmaculada Urzainqui, Lola Mateos y –en tiempos más recientes– Elena de Lorenzo, Francisco Sánchez-Blanco Parody y todos los demás. En 1970, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas me concedió una beca de tres meses para rematar mi estudio sobre las Cartas Marruecas en el Archivo de Simancas.
Una vez, en un viaje con la Renfe de León a Santander, pasando por Oviedo, mis copasajeros habían hecho demasiado honor a la sidra asturiana. Y después de haber satisfecho su curiosidad por saber si tenía novia (con la foto inclusive), habían empezado a enseñarme el bello himno regional Asturias, patria queri-i-da. El volumen acústico de estos ensayos musicales debió de haber traspasado lo admisible, ya que en la siguiente estación (creo que era Pimiango) se asomó la Guardia Civil. Como yo era el único extranjero en el tren, me llevaron a su oficina para examinar mis papeles: «Soy estudiante alemán. Tengo una beca del Estado español. Me gusta España. Quiero conocer el país...». Después de dos horas de procedimientos burocráticos tuve que probar también la sidra que se había fabricado en la aldea paterna de uno de los guardias civiles. Después de esta prueba de resistencia me encontré de nuevo en el andén para esperar el próximo correo. Dormí la mona en un banco público...
Asturias: el europeo que hay en mí se dejó impresionar por la Cruz de los Ángeles y la Sancta Ovetensis. El lector de La Regenta trató de localizar las escenas cruciales de la novela en la geografía urbana de Vetusta. Descubrí el Lago de Enol, Covadonga, Cangas de Onís y me familiaricé con Pelayo y su hermana Hormesinda. Y evidentemente me dejé llamar la atención por el papel de la heroica ciudad durante las guerras napoleónicas. Sólo en conversaciones privadas se hablaba del octubre español de 1934: la sublevación de casi treinta mil mineros asturianos que, durante quince días, opusieron una resistencia desesperada al ejercito de África que bajo el mando de Francisco Franco se hizo cargo de acabar con los disturbios en nombre de la República. Como consecuencia de estos acontecimientos, Franco fue nombrado jefe del Estado Mayor antes de ser enviado a Canarias por el Frente Popular después de las elecciones de 1936. En los años sesenta había todavía muchos testigos presenciales de los acontecimientos en cuestión, quienes –una vez establecida la confianza– no dudaban en contestar con franqueza a las preguntas respectivas. De vez en cuando se oían rumores sobre la represión de la posguerra y la existencia de fosas comunes en varios lugares del país. Hoy se sabe que no sólo eran rumores.
Por lo que a los cursos aludidos se refiere, hay que subrayar que las universidades organizadoras solían tomarlos muy en serio. Más de una vez, Rafael Lapesa y Enrique Segura Covarsí (Madrid), Fernando Lázaro Carreter y Feliciano Pérez Varas (Salamanca), José Varela Iglesias (Valladolid) y Emilio Alarcos Llorach (Oviedo) han entusiasmado a sus oyentes con conferencias impecables. Pero hubo también decepciones. Joaquín de Entrambasaguas, por ejemplo, casi nunca se asomaba en persona. Prefería enviar un ayudante que leía –con más pena que gloria– el manuscrito del maestro y que, obviamente, no veía ninguna razón para sacarle las castañas científicas del fuego. Además, visto el nivel lamentable de los salarios en la universidad española de aquel tiempo, muchos profesores y docentes acabaron por aceptar docencias suplementarias y mejor pagadas en las sucursales de universidades americanas residentes en España.
Uno de los problemas más debatidos en la España de aquellos años fue la controversia de Claudio Sánchez Albornoz (España, un enigma histórico) y Américo Castro (La realidad histórica de España). Según Sánchez Albornoz, que vivía en Argentina, la identidad nacional de España se fundaba esencialmente en sus orígenes cristiano-europeos, adquiridos durante la Reconquista y anticipados ya, en ciertos aspectos (como la organización de la Iglesia, etc.) en el reino visigodo. Por oposición a esta teoría, Américo Castro, que vivía en Estados Unidos, insistía en la idea de que la conciencia nacional de España estribaba en la convivencia cristiano judeo-islámica durante la Edad Media –con lo que a los españoles de hoy se les ofrecería, al lado de la europea y la atlántica, una opción africana que harían bien en meditar para construir su futuro. A pesar de mi profunda simpatía por el Sur, por la Alhambra y al-Andalus, me inclino más bien por la tesis de Sánchez Albornoz, pese al entusiasmo con que leí, en su día, la Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo: un gran libro que tiene y mantiene su sitio privilegiado en el contexto del cambio de los años 70. Sin embargo, por lo que a la Edad Media en España se refiere, hay que diferenciar, ya que la así llamada convivencia no ha sido, en absoluto, un período idílico de paz y de armonía (y Goytisolo es el último en negarlo). Aparte de algunos representantes de la intelligentsia y las élites privilegiadas, la gran mayoría la habrá vivido más bien como un apartheid duro y rígido, con su separación (a veces agresiva) de los grupos religiosos y étnicos, con sus barrios circunscritos, sus interdicciones matrimoniales y profesionales, su libertad de culto otorgada a cambio de impuestos excesivos, etc. Añadamos que también la investigación arabística moderna –Serafín Fanjul y otros– critica «la perspectiva [...] idilizada de la escuela arabófila» (W. L. Bernecker) como el desacierto de una voluntad de armonía que permite a los descendientes de los cruzados de antaño calmar su mala conciencia notoria. El debate sigue despertando emociones considerables en la sociedad española. Es decir, que hasta nueva orden no tendré que pedir perdones a nadie si confieso que las salas reservadas a los visigodos en el Museo Arqueológico Nacional forman parte de mis visitas favoritas en Madrid.
A principios de los años sesenta se iba a España en tren, ya que los precios de los vuelos eran impagables. Las etapas principales eran París e Irún y de ahí se viajaba –con una anchura de carril inusitada– a Madrid: más o menos doce horas para seiscientos kilómetros. El metro en la capital era aún como en 1936 y no tenía ni punto de comparación con el metro actual, que figura sin exageración entre los mejores del mundo. Aunque los organizadores de los cursos que frecuentaba ofrecían en general buenas posibilidades de alojamiento, prefería alojarme, siempre que era posible, con una familia y conocer gente de varias capas sociales y credos políticos, inclusive aquel veterano de la Guerra Civil –admirablemente acogedor y dadivoso–, que me hablaba con entusiasmo de la alianza del Führer y del Duce con el Caudillo. Hubiera estado fuera de lugar, en ese momento, hacerse el sabelotodo alemán, que, con el índice levantado, explica el mundo a los demás. La verdad era que, hacía apenas veinticinco años, Alemania e Italia habían ayudado a Franco a establecerse en el poder y que no incumbía a un estudiante alemán de los años sesenta pedantear sobre lo que podría ser la democracia en España. El retrato de Franco en las monedas llevaba la inscripción Caudillo de España por la Gracia de Dios y luego de una visita al Valle de los Caídos nos aseguraron que este monumento megalómano estaba dedicado a la memoria de todas las víctimas de la Guerra Civil, lo que, evidentemente, no pudimos verificar en aquel momento. El cuadro general se complicaba todavía más en vista de la ayuda que la España franquista había prestado a aproximadamente diez mil refugiados judíos más o menos famosos (L. Feuchtwanger, F. Werfel, por ejemplo) para alcanzar, en los puertos del país, los buques que los llevaron al exilio. Esta ayuda es un hecho histórico, aun cuando en algunos trabajos recientes (B. Rother, C. Rodríguez Molina, y otros) se explica más por la necesidad política de cultivar una cierta imagen de España en los países anglosajones que por el filantropismo del Régimen franquista. Sin embargo, es innegable que el embajador de Franco en Budapest en 1943-1944, Ángel Sanz Briz, hizo distribuir pasaportes españoles en gran número para salvar de la persecución nazi a los sefardíes y demás judíos de la ciudad. Este Schindler español aparece hoy en la alameda de los Justos entre los pueblos en Yad Vashem. En cuanto al debate sobre Gibraltar, yo estaba entre dos fuegos: ¿Habría que dejar a Franco el triunfo de reunir el Peñón a España? En cambio, estaba de acuerdo con los proyectos de riego y de reforestación iniciados por el régimen. Desde luego, no todos estaban realmente bien pensados y ejecutados, pero en principio se trata de un tema epocal que ocupará todavía a la generación de nuestros bisnietos –y eso no sólo en España. Poco después descubrí que el tema de la España verde había preocupado ya a los ilustrados del siglo xviii.
La capital de España estaba habitada, ya a principios de los años sesenta, por gente que no necesita dormir. Me arrastraban a bailar en el Pasapoga (fundado en 1942, Gran Vía, 37) y a cantar boleros empalagosos en los bares de la plaza de Santo Domingo, donde hasta hace poco se alzaba un horrible garaje aparcamiento de hormigón: Perfidia, Te quiero dijiste,Solamente una vez. El pasodoble Quiero a Madrid de Gloria Lasso era ya pura nostalgia en aquellos días, igual que el pasacalle agresivo Al pasar por la calle Toledo con el que Diana Márquez estremecía la fachada moral, sosa y santurrona de la sociedad de aquel tiempo entre los bastidores de una metrópoli pulsante y pecadora. Copeando, corríamos los barrios madrileños. Una señora que hubiera podido ser mi madre me explicaba con gran paciencia el lenguaje del abanico. Y en un ambiente en el que los Beatles ya habían conquistado las listas de los superventas, me enseñaron a bailar el chotis en un ventorrillo a orillas del Manzanares: Madrid, Madrid, Madrid. Que los señores tenores me perdonen, pero nunca he comprendido cómo Agustín Lara –quien regaló esta canción preciosa a su mujer, la actriz María Félix, cuando iba a rodar una película en España (1948)– puede haber escrito también el Granada, mucho más ruidoso y lleno de tipismos folclóricos baratos. Y como se debe, tomé mi agasajo postinero en el Chicote para mejor imaginarme lo que sería la Gran Vía si realmente se alfombrara de claveles... Pero también en este lugar se necesitaba ya mucha imaginación para evocar el recuerdo de Ava Gardner, Grace Kelly, Ernest Hemingway y Frank Sinatra, que se habían presentado allí hacia finales de los años cuarenta. Además, me hice preguntas sobre un Madrid que oficialmente no existía. Rafael Chirbes lo describe de la manera siguiente: «A quienes aseguran que aquellos fueron años de beatería e intolerancia me gustaría que hubiesen tenido la oportunidad de salir de paseo por la noche [...]. La ciudad era una crisálida que estallaba en ciertos lugares en los que abrían las alas de su seducción millares de deslumbrantes mariposas. Revoloteaban alrededor de ti en todos los lugares donde se movía el dinero. Florecían en apartamentos, en casas de citas, asomaban sus uñas esmaltadas por encima de las barras de los bares americanos, sus dedos largos envueltos en humo, te miraban con ojos de fuego desde la pista de baile o desde detrás de un piano cuyas notas respiraban nostalgia de no sé qué» (Los disparos del cazador, 1994). Este Madrid prohibido materializaba el ansia por la vida de una capital que bailaba sobre las ruinas para olvidar el trauma pasado. No sé cuantas veces fui abordado por individuos impenetrables que, con un «Yo, División Azul» conspirativo para establecer una base de complicidad hispano-alemana, pretendían venderme de todo: antigüedades, pisos con vistas al mar, soplos infalibles para el hipódromo, direcciones topsecret de mandrachos ilegales, de casas de citas, etc. Como Berlín, Madrid estaba lleno de seres humanos que sobrevivían quia absurdum. Me dediqué a una lectura paralela de Alfred Döblin: Berlin Alexanderplatz y Camilo José Cela: La colmena.
A los madrileños les gusta el teatro. Tuve la oportunidad de ver la Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, recelada por la censura y al mismo tiempo premiada con el Premio Lope de Vega. El drama comienza como un sainete costumbrista, evocando unas historias de patios traseros en las que va estallando, poco a poco, la frustración de toda una generación de perdedores: la única cosa que se impone es esperar tiempos mejores. Sin embargo, el interés del público mayoritario iba más bien hacia un teatro ligero (no forzosamente superficial) de diversión. El nombre –casi olvidado hoy en día– de Alfonso Paso representa este tipo de la pièce bien faite. Y encima de todo planeaba el teatro nacional dominado por José María Pemán, el poetaalférez del Régimen. Pero también ahí hubo sorpresas como, por ejemplo, La muralla (1954) de Joaquín Calvo Sotelo, que cuenta la historia de un trepador de la posguerra a quien le remuerde la conciencia por los métodos con los que ha estafado su fortuna a la familia de un rojo en tiempos de la Guerra. Afortunadamente, el culpable muere a tiempo para llevar su secreto a la tumba, de manera que su familia hereda legalmente y sin escrúpulo alguno las riquezas injustamente adquiridas. La pieza ataca abiertamente el engreimiento de los vencedores de 1939 e hizo surgir debates espinosos en las familias.
Poco después, los disturbios estudiantiles de los años sesenta en Madrid y otras ciudades españolas anunciaban ya la crisis universitaria centroeuropea del 1968. Sólo los conozco de oídas, pero me hizo mucha gracia el episodio que me contaron del zapato que se había lanzado a un policía en la Ciudad Universitaria: la redada siguiente fracasó porque todos los estudiantes salieron del edificio con sólo un zapato. Por lo demás, las autoridades del Estado se contentaban con una presencia más bien discreta y los desfiles públicos eran poco frecuentes. Sin embargo, en la cabalgata de los Reyes Magos, el folclore tomaba su revancha: Gaspar, Melchor y Baltasar con camellos, caballos y asnos por delante y María, José y el niño Jesús con un escúter por detrás. Era como un saludo español a mi querida Renania con sus tradiciones carnavalescas profundamente arraigadas en la iconografía cristiana. De vez en cuando el príncipe Juan Carlos aparecía en los periódicos y en los noticiarios del cine, siempre en presencia del Caudillo. Sólo las personas mejor enteradas podían prever en aquellos momentos que este joven modesto iba a conducir a España por el camino de la monarquía parlamentaria.
En 1971 presenté mi habilitationsschrift sobre las Cartas marruecas de José Cadalso en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Técnica de Aquisgrán. Algunos meses más tarde recibí el documento de mi primer nombramiento de profesor de manos del rector magnificus Hans Schwerte, sin imaginar en absoluto que años después se descubriría el pasado nazi de este personaje al parecer tan apacible y generoso. Se trataba ni más ni menos que de Hans Ernst Schneider, uno de los colaboradores íntimos del ReichsführerSS Heinrich Himmler. En el caos del hundimiento del Tercer Reich se había inventado una identidad nueva y gracias a ella había logrado integrarse en el cuerpo docente de nuestra universidad.
En 1973 me llegó el llamamiento de la PUM, la Philipps-Universität de Marburgo. Ahí fui nombrado catedrático de Filología Románica en 1974. Históricamente, Marburgo es la primera universidad protestante del mundo, fundada en 1527 por el landgrave Felipe I, elMagnánimo, de Hesse. Aquí Lutero había debatido con Zwinglio el problema de la transubstanciación; aquí el sabio hugonote Denis Papin, expulsado de Francia como consecuencia de la revocación del edicto de Nantes, había encontrado cobijo en el siglo xvii; aquí Christian Wolff había enseñado después de sus desavenencias con Federico Guillermo I de Prusia. En Marburgo se había graduado Mijaíl Lomonosov antes de volver a Rusia y fundar la Universidad de Moscú y ahí habían comenzado los amores de Hannah Arendt con Martin Heidegger. Y en Marburgo estudiaron y tienen sus placas conmemorativas Boris Pasternak y José Ortega y Gasset. El texto que Ortega ha consagrado a la ciudad y a la universidad permanece como un testimonio notable del diálogo entre las culturas española y alemana: «yo no podré mirar nunca el paisaje de El Escorial sin que vagamente, como la filigrana de una tela, entrevea el paisaje de otro pueblo remoto y el más opuesto a El Escorial que quepa imaginar. Es una pequeña ciudad gótica puesta junto a un manso río oscuro, ceñida de redondas colinas que cubren por entero profundos bosques de abetos y de pinos, de claras hayas y bojes espléndidos. En esta ciudad he pasado yo el equinoccio de mi juventud; a ella debo la mitad, por lo menos, de mis esperanzas y casi toda mi disciplina. Ese pueblo es Marburgo, de la ribera del Lahn. [...] Recordaba que hace unos cuatro años pasé un estío en ese pueblo gótico [...]. Estaba entonces Hermann Cohen, uno de los más grandes filósofos que hoy viven, escribiendo su Estética. Como todos los grandes creadores, es Cohen de temple modesto y se entretenía discutiendo conmigo sobre las cosas de la belleza y del arte. El problema de qué sea el género novela dio sobre todo motivo a una ideal contienda entre nosotros. Yo le hablé de Cervantes. Y Cohen, entonces, suspendió su obra para volver a leer el Quijote. No olvidaré aquellas noches en que sobre los boscajes el alto cielo negro se llenaba de estrellas rubias e inquietas, temblorosas como infantiles entrañuelas. Me dirigía a casa del maestro y le hallaba inclinado sobre nuestro libro, vertido al alemán por el romántico Tieck. Y casi siempre, al alzar el rostro noble, me saludaba [...] con estas palabras: “¡Pero hombre!, este Sancho emplea siempre la misma palabra de que hace Fichte el fundamento para su filosofía”. En efecto, Sancho usa mucho, y al usarla se le llena la boca, esta palabra: hazaña, que Tieck tradujo con Tathandlung,
