Memoria del hispanismo - Joaquín Álvarez Barrientos - E-Book

Memoria del hispanismo E-Book

Joaquín Álvarez Barrientos

0,0

Beschreibung

Ante lo que parece el final del hispanismo o de una importante etapa del mismo, este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones –aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, por la difusión que hicieron de la cultura española y porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron–, sino dejar testimonio de un periodo y un modo de hacer. Quienes escriben aquí, conscientes del momento de cambio, se preguntan quién es el hispanista y en qué consiste serlo. La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad; pero no es menos importante que esa mirada suele ser comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirve, o puede servir, para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso. El libro es, también, una suerte de homenaje a figuras que, como Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens o José Manuel Blecua, alentaron el estudio de nuestra cultura dentro y fuera de España.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 378

Veröffentlichungsjahr: 2015

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Siglo XXI

Joaquín Álvarez Barrientos (ed.)

Memoria de hispanismo

Miradas sobre la cultura española

Autores del volumen: Edward Baker - Carlos Blanco Aguinaga - Alfonso Botti - Jean Canavaggio - Margit Frenk M.ª Cruz García de Enterría Martínez-Carande - Nigel Glendinning - Clara E. Lida Hans-Joachim Lope - Antonio Morales Moya Joseph Pérez - Álvaro Ruiz de la Peña Solar - Russell P. Sebold

Ante lo que parece el final del hispanismo o de una importante etapa del mismo, este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones –aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, por la difusión que hicieron de la cultura española y porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron–, sino dejar testimonio de un periodo y un modo de hacer. Quienes escriben aquí, conscientes del momento de cambio, se preguntan quién es el hispanista y en qué consiste serlo.

La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad; pero no es menos importante que esa mirada suele ser comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirve, o puede servir, para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso.

El libro es, también, una suerte de homenaje a figuras que, como Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens o José Manuel Blecua, alentaron el estudio de nuestra cultura dentro y fuera de España.

Joaquín Álvarez Barrientos es Investigador Científico del CSIC. Centra su labor de investigación en asuntos relacionados con la literatura y la historia cultural de los siglos xviii y xix. Profesor invitado en universidades españolas y extranjeras, ha participado, como comisario o en consejos científicos, en varias exposiciones.

Es autor o coeditor, entre otras publicaciones, de La novela del sigloxviii (1991); Costumbrismo andaluz (1998); Sistema de adornos del Palacio Real de Madrid (2002); Se hicieron literatos para ser políticos (2004), Ilustración y Neoclasicismo en las letras españolas (2005), Los hombres de letras en la España del sigloxviii (2006); Teatro y música en España: los géneros breves en la segunda mitad el sigloxviii (2008); La Guerra de la Independencia en la cultura española (2008), Miguel de Cervantes, «monumento nacional» (2009). Es «Premio Leandro Fernández de Moratín» de estudios teatrales.

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© los autores, 2011

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2011

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1638-8

Mirarlasmiradas

El origen de este libro está en una lejana conversación que mantuve con Russell P. Sebold, allá por los años noventa, en un viejo café ya desaparecido de la calle del Prado, cerca del Ateneo. Me habló, entre otras cosas, del Madrid que había conocido en sus primeros viajes a España y sentí la necesidad de que esa experiencia no se perdiera. Pero nada se pudo hacer entonces; pasó el tiempo y muchos años después, en 2007, volví a tener la misma sensación de que algo desaparecía mientras charlaba con Edward Baker y él recordaba su llegada a Madrid en 1961 y la impresión que le produjo la ciudad de que aún no había acabado la Guerra Civil, a pesar de los años transcurridos. Le propuse entonces que escribiera esos recuerdos y reflexiones, idea que rechazó de inmediato para mantener su pose de perezoso, aunque seguimos aún hablando de esa posibilidad y de unir su testimonio al de otros colegas hispanistas.

La conversación derivó luego hacia nuevos asuntos, pero me quedé con la idea de organizar algo que pudiera responder a lo que habíamos hablado durante aquella comida. Por entonces preparaba La Guerra de la Independencia en la cultura española, que publicó Siglo XXI en 2008. De modo que aproveché la ocasión y le propuse esta nueva idea al que era su director entonces, Tim Chapman, que la aceptó, y ahora ve la luz en forma de libro.

El hispanismo, su historiografía, su pasado, presente y futuro, es asunto que me ha interesado desde que tomé conciencia de algo tan obvio como la importancia que tenían muchos de los trabajos de profesores de fuera de España en la elaboración de las interpretaciones de nuestra historia. Fruto de ese interés, y de palpar cierta sensación de crisis, fue el monográfico que coordiné en marzo de 2001, en la revista Arbor, dedicado a estudiar los derroteros del hispanismo. Se tituló «El hispanismo que viene». Ya por entonces, pero sobre todo en los últimos años, había crecido la atención a este asunto, con la peculiaridad de que han sido los historiadores, y no los filólogos ni los historiadores de la literatura, los que se han dedicado a estudiar el fenómeno. Hasta no hace mucho, lo frecuente era aplicar el término «hispanista» a quienes se ocupaban de la literatura y la filología hispánica, no a los historiadores; lo cual, seguramente, tiene que ver con el canon de estudios antiguo y con el origen del fenómeno, centrado en los géneros valorados de la producción del Siglo de Oro, y con la idea de que ésa era la época que indiscutiblemente había que estudiar.

Números de revistas, congresos, libros, dan muestra de esta creciente atención, que, a mi parecer, tiene también que ver con los momentos de duda y crisis de identidad nacional y con la preocupación por la imagen que ofrecemos fuera del territorio. Una preocupación que comparten los gobiernos del Estado. Pero este interés se relaciona, así mismo, con los cambios políticos de nuestro propio país, lo que lleva a hacer un balance del modo en que los otros, en este caso los hispanistas, han contribuido a interpretar nuestra historia, a dibujar nuestro retrato, y a preguntarnos sobre si nos identificamos con esas representaciones.

La antigua situación de desequilibrio, de asimetría por causas políticas, que impedía determinados estudios, ha desaparecido, lo que hace inevitable la revisión de lo ya hecho, ante la sensación de que una etapa se ha acabado y otra comienza. Los términos puestos en circulación por Jean-François Botrel –«Hispanismo de sustitución, hispanismo de cooperación»– pueden servir para articular la realidad escénica en que nos movíamos hace más de diez años[1], aunque ese hispanismo de cooperación seguramente periclita ya también y nos dirigimos hacia otro tipo, no sólo de estudios, sino de modo de entender los trabajos. No sé si los jóvenes extranjeros que se dedican a los estudios hispánicos se consideran y denominan a sí mismos hispanistas, o si la categoría es ya, más bien, la de simple historiador, de la literatura, de la economía, de la cultura española. Quizá, en un futuro inmediato, el estudio de las cosas de España sea tan «normalizado» como cualquier otro.

Por otro lado, cabe pensar así mismo que estos balances del hispanismo implican un final –al menos un final del hispanismo tal y como lo hemos conocido–, dada la nueva etapa política que permite abordar cualquier asunto y época desde cualquier enfoque, algo vedado a los investigadores españoles del siglo xx. ¿Nos encontramos, pues, al final del hispanismo? ¿Hay nuevos modelos de hispanismo y nuevas formas de ser hispanista? Y no me refiero sólo a los cambios de paradigmas y cánones que en los últimos años se han producido como consecuencia de la actividad investigadora. En algunos países no parece haber relevo generacional y, de forma muy extendida, la fascinación que España producía –fruto en parte del Romanticismo, de los viajeros y de la Guerra Civil– también ha tocado a su fin. Es posible que siga habiendo hispanismo, pero será otro hispanismo, porque tal vez ya no se nos ve tan raros, atrasados y extravagantes como en otros tiempos.

En todo caso, inquirir por el hispanismo, por sus formas, vigencia, aportaciones, futuro, etc., manifiesta, seguramente, la necesidad, reiterada una y otra vez, de preguntarse por la naturaleza de lo español e incluso por el modo de ser español.

Por eso, además de por lo señalado al comienzo, me parecía interesante recuperar algunas de las memorias, algunos recuerdos de los hispanistas de esa época que ya se acaba, los cuales, en no pocos casos, han ofrecido lecturas e interpretaciones de nuestro pasado cultural que han tenido eco en la sociedad.

Este libro no pretende hacer balance de la actividad de los hispanistas, ni valorar o criticar sus aportaciones, aunque es claro su papel en la elaboración de nuestra imagen, del mismo modo que fue importante la presencia de los exiliados españoles en países como México y Reino Unido, tanto por la difusión que hicieron de la cultura española, como porque dinamizaron la vida intelectual de los lugares donde vivieron y trabajaron, como destacan Margit Frenk, Clara E. Lida y Nigel Glendinning. La mirada del otro nos identifica y aporta elementos de identidad, pero no es menos importante que esa mirada, como señala Alfonso Botti, sea una mirada comparativa y que, por tanto, el resultado de la actividad hispanística sirva o pueda servir para la historiografía española tanto como para la del lugar de procedencia del estudioso. Ahora bien, si es verdad que las miradas de dentro y de fuera se mezclan y establecen diálogos, no es menos cierto que, cuando esto sucede, ya no se habla de España, sino de los discursos sobre España. Igualmente oportuno es el debate sobre quién es hispanista y en qué consiste serlo. No está muy desarrollado, pero en las páginas que siguen casi todos los intervinientes se lo preguntan. En unos casos porque han trabajado en España y la definición del diccionario de la Academia Española explicaba en anteriores ediciones que hispanistas eran los no españoles que se ocupaban de las cosas de España; en otros, porque son hispanoamericanos o españoles exiliados que vivieron en América: ¿son también hispanistas? Hay quien se considera hispanista, a cambio de que el concepto incluya al mundo hispanoamericano, como Carlos Blanco Aguinaga. Algo que también reclama Joseph Pérez.

En mi opinión, hispanismo e hispanista son términos y conceptos que han cambiado en poco tiempo. De tener una reducida significación han pasado a denominar a cualquiera que estudie asuntos hispánicos, en gran parte porque en 1962 se fundó en Oxford la Asociación Internacional de Hispanistas, y a ella pertenecen desde entonces no pocos españoles que viven y trabajan en España. Lo mismo sucede con el Portal del hispanismo del Instituto Cervantes. Si, por otra parte, acudimos a los diccionarios para aclarar un poco la cuestión de quién es y quién no es hispanista, encontramos que el Diccionario de Autoridades define hispanismo en 1734 como el «modo de hablar particular y privativo de la lengua española», que es significado repetido hasta hoy. La nueva acepción que interesa aquí aparece en 1936: «Afición al estudio de la lengua y la literatura españolas y de las cosas de España».

Alfred Morel-Fatio, como indica Antonio Niño, había acuñado el término hispaniste en 1879[2], y Rafael Altamira, que en 1898 habló de «Hispanólogos e hispanófilos», en 1902 dedica al «hispanista» Arturo Farinelli su Psicología del pueblo español.

Ahora bien, la nacionalidad del interesado en las cosas de España no debería preocupar a los que se preguntan si son o no hispanistas, porque no interesó en principio a la Academia, que, cuando incorpora la palabra al diccionario, en 1914 la define como «persona versada en la lengua y literatura españolas» sin más –y la lengua y la literatura implican en seguida a la historia, la política, las costumbres, etcétera. Este significado, que no restringía orígenes ni nacionalidades, continuó hasta que en 1956 se añadió la siguiente cláusula: «Se da comúnmente este nombre a los que no son españoles», para hacerla desaparecer treinta años después en la edición de 1984, donde se define hispanista como «la persona que profesa el estudio de las lenguas, literaturas o cultura hispánicas, o está versada en él».

Los matices, ampliaciones y restricciones, de la definición se explican bien contextualizando los momentos en que se producen los cambios. Es obvio, por otro lado, que las limitaciones de sentido revelan cierto grado de problema e incomodidad, por parte de quienes vigilan la actividad cultural, respecto de aquellos incontrolados que pueden producir interpretaciones «alternativas», lo cual, a su vez, muestra la Historia española como un espacio ideológico.

El interés exclusivista que parece haber existido durante algún tiempo y la necesidad de controlar los discursos entre los políticos y lexicógrafos españoles, no está en las definiciones de otros diccionarios, como por ejemplo en las que dan el Webster y The American Heritage Dictionary of the English Language, cuya primera edición es de 1969, que definen hispanist como «a specialist in the study of the languages, literatures, or cultures of Spain, Portugal, or Latin America», ampliando así el campo, como muchos hispanistas requerían.

En todo caso, y al margen cuestiones terminológicas, lo cierto es que debemos a la producción extranacional significativas aportaciones, tanto como propuestas de método que han abierto o enriquecido líneas de trabajo e interpretación. Pero también hay sombras en el hispanismo, o, al menos, éste las ha producido, pues en algunas épocas y casos esas producciones han sido el germen de la desconfianza y de la sensación de padecer una forma de colonialismo, como si hubiera que apropiarse la cultura española mediante interpretaciones y explicaciones, de las que eran incapaces los nativos, que significaban el control del objeto de estudio. De esta forma, los trabajos de los hispanistas entraban en pugna, como si lo que se estuviera dirimiendo fuera el poder y el control, la preeminencia del hispanismo de una nación sobre otro. Pero, una vez más, lo que se manifestaba era que la historia y el pasado español continuaban siendo un territorio ideológico y de enfrentamiento. Y, en este sentido, cuántas veces se ha preferido una obviedad de alguien con nombre extranjero a una novedad de alguien con apellido español.

Debo agradecer su disposición a los autores que participan en este libro. La limitación de espacio era un problema añadido a la hora de seleccionar, y ha habido problemas de diferente orden, empezando por los relativos a la salud. Podrían haber sido otros y distintas las anécdotas, pero similares, seguramente, el sentido y el contenido. Como suele decirse, no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Algunos de los que faltan no se encontraban en condiciones de colaborar; alguno falleció; otros declinaron la invitación por timidez o por estar muy ocupados.

Los textos ofrecen ejemplos de trayectorias individuales, pero parecidas en muchos casos; casos de colaboración y ayuda, de creación de redes; y manifiestan, aún, gran amor al trabajo y a su materia de estudio. Proporcionan una imagen de la España de los años cincuenta y sesenta que ahora sólo conocemos por las películas de entonces. No cuesta nada imaginarlos caminando por la Gran Vía, Atocha, el Paseo del Prado o la Puerta del Sol, mientras Tony Leblanc, Laura Valenzuela, José Luis López Vázquez, Pepe Isbert, Antonio Ozores o Emma Penella ruedan alguna escena de El pisito (1958), Los tramposos (1959) o Lola, espejo oscuro (1965), por ejemplo. Y tampoco es difícil suponer a algunos de ellos en las manifestaciones universitarias de los sesenta, ni en las tertulias de las figuras de aquellos años.

Por otro lado, de varios de estos textos emerge repetido un grupo de nombres que funciona como foco que irradia su personalidad, o como imán, ya para los profesores extranjeros que se acercaban, ya para los que, estando fuera, querían iniciarse en las cosas de España: Antonio Rodríguez-Moñino, Américo Castro, José Fernández Montesinos, Vicente Llorens, José Manuel Blecua, Enrique Tierno Galván. Una red de nombres, dentro y fuera del país, que formó una estructura más allá de lo nacional y empujó el interés por las cosas de España, hasta dar un giro, al ampliarlo, al hispanismo que se conocía por entonces, centrado, sobre todo en Francia e Inglaterra, en el Siglo de Oro y en la Edad Media. Los siglos xviii, xix y xx conocieron el interés de nuevas figuras, llevados por nuevas interpretaciones políticas e ideológicas.

Los ensayos que figuran a continuación se pueden dividir en dos grandes grupos. Los que priman lo personal y autobiográfico, y desde ahí hacen su reflexión sobre la materia a la que se dedicaron y el lugar del hispanismo, así como acerca de la vida, la política, las costumbres españolas que conocieron y conocen ahora; y los que directamente se preguntan por la condición y carácter del hispanismo. Pero prácticamente todos, de un modo u otro, se interrogan por el futuro de esta actividad. En algún caso, visto como posible disciplina; en otros, vinculado a la imagen e idea de España como nación, para hacer evidente la crisis de identidad referida al comienzo de estas paginas. Es el caso de Joseph Pérez y Antonio Morales Moya. Algunos, como Álvaro Ruiz de la Peña, M.a Cruz García de Enterría, Hans-Joachim Lope y Jean Canavaggio, aprovechan para poner de manifiesto el estado y evolución del hispanismo en el momento en que deciden (o deciden las circunstancias) dedicarse a estudiar la literatura española y su cultura. Se puede pensar que hay tantos hispanismos como hispanistas, pero de los testimonios se desprende que hubo un canon que ahora está en cambio y revisión, a lo que contribuyeron, entre otras, las figuras que componen este libro, y que hasta no hace mucho esa noción de hispanista tenía unos referentes bastante claros, que empezaron a cambiar, seguramente primero en Norteamérica, por el influjo de las nuevas últimas (o penúltimas) corrientes teóricas: los estudios de género, culturales, etc. También se confirma la importancia que los exiliados tuvieron en el desarrollo del hispanismo, sobre todo en el continente americano, y cómo les somos deudores de la difusión de lo español por aquellas tierras, así como de favorecer la curiosidad por la cultura española. En no pocos casos, esos estímulos iban dirigidos a recuperar del olvido partes de nuestra historia entonces silenciadas, no sólo por razones políticas, sino también por lo que se ha llamado «hispanismo oficial o integrado».

Los ensayos que se editan dialogan entre sí. No sólo por las perspectivas individuales y las ideologías que están detrás de cada caso, sino porque los autores representan la variedad de la época, o, al menos, cierta variedad. Unos son españoles; otros, no. Unos se quedaron en España; otros, no. Por otra parte, faltan representantes del hispanismo oriental y africano, pero éstos comenzaron más tarde, y hay poca presencia femenina, no tanto porque en la época hubiera menos mujeres dedicadas a estudiar lo español, como sucedía, cuanto por cierto pudor que ha retraído su colaboración.

Queden estos trabajos como un paso más hacia la Historia del hispanismo, relato que aún espera ser contado.

Joaquín Álvarez Barrientos

CSIC (Madrid)

[1] «Las miradas del hispanismo francés sobre la España contemporánea», en Ismael Saz (ed.), España: la mirada del otro. Ayer 31 (1998), pp. 59-82.

[2] Véase su excelente libro, Cultura y diplomacia. Los hispanistas franceses y España, 1875-1931, Madrid, CSIC/Casa de Velázquez, 1988, p. 3.

I.Commentpeut-onêtrehispaniste?Etapasdeunjuegoderol

Hans-Joachim Lope

Rien ne se fait sans un peu d’enthousiasme.

(Voltaire)

Nací en abril de 1939. Mi padre está enterrado en alguna parte de Rusia. Vagamente me acuerdo de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y de mi ciudad natal en llamas. A principios de 1945 fuimos liberados por los aliados occidentales. Y nunca olvidaré al G. I. que, desde su tanque, le lanzó el primer chicle de su vida al arrancapinos andrajo­so que yo era, mientras le miraba con curiosidad ante un decorado kafkia­no de ruinas. De re­pente, to­do cam­bió: Benny Goodman y Glenn Miller en vez de Erika y Heidi, Heido, Heida, pero tam­bién la Gue­rra Fría, la división alemana, el silencio de los pa­dres sobre el pa­sa­do inmedia­to y la experiencia de un adolescente que tuvo que consta­tar lo poco atractivo que era ser identifica­do como alemán más allá de las fronteras. En el mundo en que vi­víamos se ha­bía acordado que la ino­cencia an­ti­fas­cista residía en la República Democrática Alemana, y que Beet­­­ho­ven había sido austríaco y Hitler ale­mán... Sin embargo, las ideas pan­eu­ro­peas también gana­ban te­rreno y per­mitían a sus adep­tos jun­tarse y bus­car contactos más allá de las fronteras estatales y ge­neracionales. Yo he podi­do cre­cer, vivir y estudiar en una Ale­ma­nia que no ha co­no­cido la guerra des­de hace aho­ra más de sesenta años.

¿España? A mediados de los años cincuenta, al iniciarse la primera ola de inmigración de obreros extranjeros a la República Federal, un joven cura español se dirigió a nuestra parro­quia (reformada) pidiendo ayuda pa­ra sus compatriotas en lo que concernía al pape­leo admi­nis­trativo, la busca de alojamiento y los problemas de comunicación en general. Es­te joven nos impre­sio­nó, no sólo por su falta absoluta de prejuicios, sino también por su repertorio ina­go­table de chis­tes sobre Franco y su Ré­gi­men. El calvinista renano que era y sigo sien­do se dio cuen­­ta de que, manifiestamente, hubo otras patrias difíciles en Eu­ro­pa, aparte de Ale­ma­nia, y que algo estaba cambiando en el mun­do católico –una es­pe­ran­za que se corroboraría poco después con la llegada del papa Juan XXIII. La con­se­cuen­cia era cla­ra: ni Es­pa­ña ni Portugal debían quedarse apar­­ta­dos de la Europa nue­va. Que­ría apren­der español. Pero el español no se enseñaba en el liceo que frecuen­ta­ba. «¿Qué quie­res hacer con el español? Nadie lo habla» –ésta era la tesis algo atre­vi­da de uno de mis pro­feso­res de ins­tituto. Pues bien: inglés, fran­cés, latín. Y el castellano por ini­ciativa pro­pia. Sería una nue­va generación de hispanistas la que introduciría y an­claría fir­me­men­te el español en el sistema escolar de la República Federal.

Mi primer viaje a España, en 1958, me condujo a la familia de una amiga por correspondencia que vivía en Zaragoza. El paisaje, el río, Nuestra Señora del Pilar, mi primera corrida de toros... En compañía de Carmen y sus dos hermanos, que estudiaban ya en la Univer­si­dad de Valencia, visitamos también la Costa Brava (casi in­tac­ta en aquel enton­ces), donde mis nuevos amigos me informaron de que, por ra­zones de moral pública, se les prohibía a las chicas y mu­jeres llevar bikinis en la playa. Enton­ces los chavales se mos­traron con la parte de arriba de los bikinis de sus novias pa­ra dar la lata a los guar­dias encargados de vigilar las playas. La cosa funcionaba de ver­dad. Y en el cine vimos La violete­ra, una histo­ria de amor bastante kitsch construi­da en tor­no a la famosa can­ción de Eduardo Montesinos (música) y José Padilla (letra) que Ra­quel Meller había pre­sentado, ya en 1919, en el Olym­pia parisino. No comprendí por qué este melodrama ha­bía recibido el Premio del Sin­dicato Nacional del Espectácu­lo, y por qué la gran Sara Mon­tiel, que se pre­sentaba aquí al lado del latin lover Raf Vallo­ne, ha­bía a­ceptado este papel. Yo estaba en­­amorado de ella desde su apa­rición en Veracruz (1955), de Ro­bert Al­drich, y sigo apreciando hasta hoy en día el tono nos­tál­gico de sus bo­le­ros: Con­ti­go apren­dí, Fumando espero, Bé­same mucho.

No sé si realmente comprendí gran cosa en mi primer viaje a España. Las pie­dras que se necesitaban para un proyecto de construcción en el centro de la ciudad se transportaban con asnos y se alzaban al tercer piso en cestos de paja. En los terraplenes se no­ta­ban figuras miserables que trabajaban el macadán con las manos des­nu­das. ¿Pre­sos for­zados de los tiempos de represión de la posguerra inmediata? En los quioscos se ven­­dían to­dos los periódicos importantes de la prensa in­ternacional. Y en las conver­sa­cio­nes priva­das con mi familia anfitriona –la cual perte­ne­cía, a juzgar por su nivel de vi­da, a los gana­dores (aunque modestos) de 1939– se oían repetidas veces los nom­bres de Maria­no Na­varro Rubio y Alberto Ullas­tres. Hoy se sabe que estos minis­tros acabaron de mane­ra pru­dente y decidida con los sue­ños de au­tar­quía de los años cuarenta y cincuenta y que lo­graron, en un pro­ceso lento pero se­guro, acercar la economía na­cio­nal español­a al es­tán­dar euro­peo. Ambos pertenecían al OpusDei, que no de­ja­ba de ga­nar terreno en el apa­ra­to fran­quis­ta de aquellos años, a pe­sar de las controversias conocidas. Con la distancia del tiem­po ya no cabe duda de que, con la llegada de Ma­­nuel Fraga Iri­bar­ne al Mi­nis­terio de In­for­mación y Turismo (1962-1969), el re­gre­so de Es­pa­ña a Euro­pa du­ran­te el franquis­mo tar­dío se inició (también) gracias a es­ta organización interna­cio­nal de lai­cos católi­cos.

En 1959 empecé a estudiar Filología Románica en la Universidad de Colonia. Mi asignatu­­ra principal era el francés y en ella me gradué en 1966. Es muy probable que el fran­cés, reforzado por un año universitario en Aix-en-Provence (1961-1962), se hubiera que­da­­do como mi primera especialidad si el lector de español en Colonia no se hubiera lla­ma­­­do Gonzalo Sobejano. Para sus clases siempre hubo hueco en mi agenda. A esto se aña­de el encuentro intelectual con Fritz Schalk, uno de los grandes catedráticos de su ge­ne­ración, que se había convertido en un europeo convencido durante el nazismo. Con él des­cubrimos el siglo xviii español –Feijoo, Cadalso, Jovellanos– y él nos re­co­men­dó el li­bro de Jean Sarrailh sobre La España ilus­trada de la segunda mi­tad del sigloxviii. Lo que más me fascinó en este estudio pionero fue el hecho de que no sólo abría perspectivas in­esperadas sobre el fenó­me­no de la Ilus­tración en España, sino que trataba de relacio­nar, de manera decidida, dichas perspectivas con las heri­das abiertas del pro­pio siglo xx. Dice el autor en su «Adver­ten­cia»:

El dra­ma que ensangrentó a España en 1936 [...] [me] tocaba dema­sia­do en lo vivo para que fuera de nuevo a explorar archivos y bi­blio­tecas co­mo lo había venido haciendo fiel­mente en Madrid cada verano [...]. Te­nía que resi­gnarme a escri­bir una obra [...] in­com­pleta, fragmentaria, y que otras zam­bu­lli­das en el pa­sado de esta España mal cono­cida vendrán a enriquecer y precisar más tar­de. Un dra­ma distinto y más vasto, la guerra de 1939 [...], me alejó de nuevo de mi tra­bajo. Y, sin las vacaciones forzadas con que me obsequió Vichy, quizá no habría tenido el valor de reanudar la reda­cción de mis cuarti­llas.

Años más tarde, al publicar Werner Krauss su li­bro Die Aufklä­rung in Spanien, Portu­gal und Lateinamerika (1973), la imagen se iba a co­rroborar. Ma­ni­fies­tamente se tra­­ta de una temática que atrae a un tipo de in­ves­ti­ga­dor que no ha salido ileso de la histo­ria del pasado inmediato: como se recuerda, Werner Krauss se había salvado por los pelos de ser ejecutado por los nazis, debido a su per­te­nen­cia a la Orquesta ro­ja.

Como mi familia no pudo pagarme, después de Francia, un año más de estu­dios en España, tenía que cultivar mis intereses hispánicos, de momento, mediante una serie de be­cas a corto plazo, cursos de verano, vacaciones lingüísticas, etc. Hoy me doy cuenta de que esta cons­te­lación tenía la ventaja de confrontarme con la realidad española en varios lugares y regiones del país. El recuerdo que conservo de estas es­tan­cias está lleno de colores vivos y no exento de contradicciones: Madrid (varias veces), Salamanca, Vallado­lid y Oviedo (varias veces) con su «Cátedra Fei­joo», fundada en tiem­pos difíciles por Jo­sé Miguel Caso González, la cual reu­nía desde los años sesenta, co­mo pre­cursora del ac­tual Instituto Feijoo de Estudios del siglo xviii, a los die­ciochistas españoles e internacionales. Ahí pude conocer, en lo suce­si­vo, a al­­gunos de los especialistas más destacados en la materia: Miguel Batllori, John Dowling, David T. Gies, Antonio Maravall, François Lopez y otros –sin olvidar a Joël Sau­gnieux, el janse­nista, que tuvo que morir demasiado pronto. Vista des­de la perspecti­va del hispa­nis­­­mo ex­tran­jero, esta em­pre­sa ovetense constituye una referencia de gran im­portancia, cosmo­po­lita, servicial, competente –inimagi­na­ble, en suma, en la Alemania Fe­deral, don­de se cultivan, hoy como antes, los sueños de autosuficiencia cul­tu­ral en ca­da uno de los länder. Siento mu­cho, de verdad, que la rutina coti­diana en la que tuve que sobrevivir en mi vida univer­si­ta­ria no me haya dejado más tiem­po para cultivar estos con­tac­tos: Álvaro Ruiz de la Peña Solar, Inmaculada Ur­zainqui, Lola Mateos y –en tiempos más re­cientes– Ele­na de Lorenzo, Francisco Sán­chez-Blanco Paro­dy y todos los demás. En 1970, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas me con­­cedió una beca de tres me­ses para rema­tar mi estudio sobre las Car­tas Ma­rrue­cas en el Archivo de Simancas.

Una vez, en un viaje con la Renfe de León a Santander, pasando por Oviedo, mis copa­sa­jeros habían hecho demasiado honor a la sidra asturiana. Y después de haber satis­fecho su curiosidad por saber si tenía novia (con la foto inclusive), habían empe­za­­do a en­señarme el bello himno regional Asturias, patria queri-i-da. El volumen acústico de es­tos ensayos musicales debió de haber traspasado lo admisible, ya que en la siguiente es­ta­ción (creo que era Pimiango) se asomó la Guardia Civil. Co­mo yo era el único extranje­ro en el tren, me llevaron a su oficina para examinar mis pa­pe­les: «Soy estudiante alemán. Ten­go una beca del Estado español. Me gusta Es­pa­ña. Quie­ro co­nocer el país...». Después de dos horas de procedimientos burocráticos tuve que pro­bar también la sidra que se ha­bía fabricado en la aldea paterna de uno de los guardias civiles. Después de esta prueba de re­sis­tencia me encontré de nuevo en el andén para es­pe­rar el próximo correo. Dormí la mo­na en un banco público...

Asturias: el europeo que hay en mí se dejó impresionar por la Cruz de los Ángeles y la Sancta Ovetensis. El lector de La Regenta trató de localizar las escenas cruciales de la no­­vela en la geografía urbana de Vetusta. Descubrí el Lago de Enol, Covadonga, Cangas de Onís y me familiaricé con Pelayo y su hermana Hormesinda. Y evidentemente me dejé lla­mar la atención por el papel de la heroica ciudad durante las guerras napoleónicas. Sólo en conversaciones privadas se hablaba del octubre español de 1934: la sublevación de casi treinta mil mineros asturianos que, durante quince días, opusie­ron una re­sis­tencia deses­pe­rada al ejercito de África que bajo el mando de Francisco Fran­co se hizo cargo de aca­bar con los disturbios en nombre de la República. Co­mo conse­cuen­cia de estos aconte­ci­mientos, Franco fue nombrado jefe del Es­tado Mayor antes de ser enviado a Canarias por el Fren­te Popular después de las elecciones de 1936. En los años sesenta había toda­vía muchos tes­ti­­gos presenciales de los aconteci­mien­­tos en cuestión, quienes –una vez es­tablecida la con­fianza– no dudaban en con­testar con franqueza a las pre­gun­tas res­pec­tivas. De vez en cuando se oían rumores so­bre la re­pre­­sió­n de la pos­gue­rra y la exis­ten­cia de fosas comunes en varios lugares del país. Hoy se sabe que no sólo eran rumo­res.

Por lo que a los cursos aludidos se refiere, hay que subrayar que las universidades organi­za­do­ras solían tomarlos muy en serio. Más de una vez, Rafael Lapesa y Enrique Segu­­­­­ra Covar­sí (Ma­drid), Fernando Lázaro Carreter y Feliciano Pérez Varas (Salaman­ca), Jo­sé Varela Iglesias (Valladolid) y Emilio Alarcos Llorach (Oviedo) han entusiasmado a sus oyentes con conferencias impecables. Pero hubo también decepciones. Joaquín de Entrambasaguas, por ejemplo, casi nunca se asomaba en persona. Prefería enviar un ayu­dante que leía –con más pena que gloria– el manus­cri­to del maestro y que, obvia­men­te, no veía ningu­na razón para sacarle las castañas científicas del fuego. Además, vis­to el ni­vel lamentable de los salarios en la uni­ver­sidad española de aquel tiempo, mu­chos pro­fe­sores y do­cen­tes aca­baron por aceptar docencias suple­men­ta­rias y me­jor pa­­ga­­das en las su­cursa­les de uni­ver­sidades americanas residentes en España.

Uno de los problemas más debatidos en la España de aquellos años fue la controversia de Claudio Sánchez Albornoz (España, un enigma histórico) y Américo Castro (La rea­li­dad histórica de España). Según Sánchez Albornoz, que vivía en Argentina, la iden­tidad na­cional de España se fundaba esencialmente en sus orígenes cristiano-eu­ro­peos, ad­qui­ridos durante la Reconquista y anticipados ya, en ciertos as­pec­tos (como la or­ganiza­ción de la Iglesia, etc.) en el reino visigodo. Por oposición a es­ta teoría, Amé­rico Castro, que vivía en Estados Unidos, insistía en la idea de que la conciencia nacional de España estribaba en la convivencia cristiano judeo-islámica duran­te la Edad Media –con lo que a los españoles de hoy se les ofre­ce­ría, al lado de la eu­ropea y la atlántica, una op­ción afri­cana que harían bien en meditar para cons­truir su fu­turo. A pesar de mi profunda sim­pa­­tía por el Sur, por la Alhambra y al-Andalus, me inclino más bien por la tesis de Sán­chez Al­bornoz, pese al entusias­mo con que leí, en su día, la Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goyti­so­lo: un gran libro que tiene y mantiene su sitio privile­gia­do en el contexto del cam­bio de los años 70. Sin embar­go, por lo que a la Edad Media en Es­paña se refiere, hay que di­ferenciar, ya que la así lla­mada convivencia no ha sido, en ab­soluto, un período idílico de paz y de ar­mo­nía (y Goytisolo es el último en negarlo). Apar­te de algunos represen­tan­tes de la intelligentsia y las éli­tes privilegiadas, la gran ma­yo­ría la habrá vivido más bien como un apart­heid duro y rígido, con su separación (a ve­ces agre­si­va) de los grupos religiosos y étni­cos, con sus barrios circunscri­tos, sus inter­di­cciones ma­trimo­nia­les y profesio­nales, su libertad de culto otorgada a cam­bio de impues­tos exce­si­­vos, etc. Añadamos que también la in­ves­tigación arabística moderna –Se­ra­fín Fan­jul y otros– critica «la perspectiva [...] idi­lizada de la escuela arabófila» (W. L. Ber­ne­­cker) como el desacierto de una vo­lun­tad de ar­­mo­nía que per­­mite a los des­cen­dien­tes de los cruzados de antaño calmar su mala con­ciencia no­to­ria. El debate sigue despertan­do emocio­nes considerables en la so­ciedad es­pañola. Es decir, que hasta nueva orden no tendré que pedir per­­do­nes a na­die si confieso que las salas reservadas a los visi­godos en el Mu­seo Ar­queo­­ló­gi­co Na­cio­nal forman par­te de mis visitas favoritas en Ma­drid.

A principios de los años sesenta se iba a España en tren, ya que los precios de los vuelos eran impagables. Las etapas principales eran París e Irún y de ahí se viaja­ba –con una an­chura de carril inu­sitada– a Madrid: más o menos doce horas pa­ra seiscientos kilómetros. El metro en la capital era aún como en 1936 y no tenía ni pun­to de comparación con el me­tro ac­tual, que figura sin exageración entre los mejores del mundo. Aunque los orga­ni­za­dores de los cursos que frecuentaba ofrecían en general bue­nas posibilidades de alo­ja­miento, prefería alojarme, siempre que era po­si­ble, con una fami­lia y conocer gen­te de va­rias ca­pas socia­les y credos políti­cos, inclusi­ve aquel veterano de la Guerra Civil –ad­mi­ra­ble­men­­te aco­ge­dor y dadivoso–, que me hablaba con entusiasmo de la alianza del Füh­rer y del Duce con el Caudillo. Hubiera estado fuera de lugar, en ese mo­men­to, hacerse el sabelotodo ale­mán, que, con el índice le­van­tado, ex­plica el mundo a los demás. La ver­dad era que, ha­cía ape­nas veinticinco años, Ale­mania e Italia habían ayudado a Franco a esta­ble­cer­se en el po­der y que no incumbía a un es­tu­diante alemán de los años sesenta pedan­tear sobre lo que po­dría ser la de­mo­cra­cia en España. El retrato de Franco en las mone­das llevaba la inscri­p­ción Caudillo de España por la Gracia de Dios y luego de una visita al Valle de los Caí­dos nos asegu­raron que este monu­mento me­ga­lómano estaba dedicado a la me­mo­ria de todas las víc­ti­mas de la Guerra Ci­vil, lo que, evidente­mente, no pudimos verificar en aquel momento. El cuadro general se complica­ba todavía más en vista de la ayuda que la Espa­ña franquista había prestado a aproximadamente diez mil re­fu­giados judíos más o me­nos famosos (L. Feuchtwanger, F. Werfel, por ejemplo) para alcan­zar, en los puer­­tos del país, los buques que los lle­varon al exilio. Esta ayuda es un hecho históri­co, aun cuando en algunos trabajos re­cientes (B. Rother, C. Rodríguez Molina, y otros) se explica más por la ne­ce­sidad política de cultivar una cierta imagen de Espa­ña en los países anglosa­jo­nes que por el filantropismo del Régimen franquista. Sin embargo, es inne­ga­ble que el embaja­dor de Fran­co en Budapest en 1943-1944, Ángel Sanz Briz, hizo distri­buir pasaportes es­­pa­ño­les en gran nú­mero para sal­var de la persecución nazi a los se­far­díes y de­más ju­díos de la ciudad. Es­te Schindler español aparece hoy en la alameda de los Jus­tos en­tre los pue­blos en Yad Vashem. En cuanto al de­bate so­bre Gi­bral­tar, yo es­taba entre dos fue­gos: ¿Ha­bría que de­jar a Fran­co el triun­­fo de reunir el Peñón a Espa­ña? En cam­bio, esta­ba de acuer­do con los proyectos de riego y de refores­tación ini­cia­dos por el régi­men. Des­de lue­go, no todos esta­ban realmente bien pensados y eje­­cutados, pe­ro en prin­ci­pio se trata de un tema epo­­cal que ocupará todavía a la ge­ne­ra­ción de nues­tros bis­nie­tos –y eso no sólo en Es­pa­­ña. Poco después descubrí que el te­­ma de la España ver­de había preocupado ya a los ilustrados del siglo xviii.

La capital de España estaba habitada, ya a principios de los años sesenta, por gente que no necesita dormir. Me arrastraban a bailar en el Pasapoga (fundado en 1942, Gran Vía, 37) y a cantar boleros empalagosos en los bares de la plaza de Santo Domingo, donde hasta hace poco se alzaba un horrible garaje aparcamiento de hormigón: Perfidia, Te quie­ro d­ijiste,Sola­mente una vez. El pasodoble Quiero a Madrid de Gloria Lasso era ya pura nos­talgia en aquellos días, igual que el pasacalle agresivo Al pa­sar por la calle Toledo con el que Dia­na Már­quez estremecía la fa­cha­da moral, sosa y santu­rro­na de la socie­dad de aquel tiem­po entre los bastido­res de una me­tró­poli pulsante y peca­do­ra. Copeando, co­rríamos los barrios madrileños. Una seño­ra que hu­biera podido ser mi madre me expli­ca­ba con gran paciencia el lenguaje del abani­co. Y en un am­bien­te en el que los Beatles ya ha­bían con­quistado las listas de los super­ven­tas, me en­se­ñaron a bailar el cho­­tis en un ventorrillo a orillas del Manza­na­res: Ma­drid, Madrid, Ma­drid. Que los señores tenores me perdonen, pe­ro nunca he com­prendido cómo Agus­tín La­ra –quien regaló es­ta canción pre­­ciosa a su mujer, la actriz María Félix, cuan­do iba a ro­dar una pelí­cula en España (1948)– puede ha­­ber es­crito tam­bién el Gra­nada, mucho más ruidoso y lleno de tipismos folc­ló­ri­cos ba­ra­tos. Y como se debe, tomé mi agasajo postinero en el Chicote para mejor imaginarme lo que se­ría la Gran Vía si realmente se al­fom­brara de cla­ve­les... Pero tam­bién en este lu­gar se ne­cesitaba ya mu­cha imaginación para evocar el re­cuerdo de Ava Gardner, Gra­ce Kelly, Er­nest He­mingway y Frank Sinatra, que se habían pre­sentado allí hacia finales de los años cuarenta. Ade­más, me hi­ce pre­gun­tas sobre un Ma­drid que ofi­cial­­men­­te no existía. Ra­­fael Chirbes lo des­cribe de la ma­ne­ra siguiente: «A quie­­nes ase­gu­­ran que aque­llos fue­ron años de bea­te­ría e intoleran­cia me gustaría que hu­biesen te­ni­do la opor­tu­nidad de sa­lir de paseo por la noche [...]. La ciudad era una crisálida que es­ta­lla­ba en ciertos lu­ga­res en los que a­brían las alas de su seducción milla­res de des­lum­­bran­tes ma­riposas. Re­volo­te­aban alre­de­dor de ti en todos los lugares don­de se movía el dinero. Flo­­re­cían en apar­­ta­mentos, en ca­sas de citas, aso­maban sus uñas es­maltadas por en­ci­ma de las ba­rras de los bares americanos, sus de­dos largos en­vuel­tos en humo, te mira­ban con ojos de fuego desde la pista de bai­le o des­de detrás de un piano cuyas notas res­­pi­ra­ban nos­talgia de no sé qué» (Los disparos del cazador, 1994). Es­te Madrid prohi­bi­do materia­li­za­ba el ansia por la vida de una ca­pital que bailaba so­bre las ruinas para ol­vidar el trau­­ma pa­sa­do. No sé cuantas veces fui abordado por in­divi­duos impenetrables que, con un «Yo, División Azul» conspirativo para establecer una ba­se de complicidad hispano-ale­ma­na, pre­ten­dían venderme de todo: antigüedades, pi­sos con vis­tas al mar, so­plos in­falibles para el hipódromo, di­re­ccio­nes topse­cret de mandra­chos ilegales, de ca­sas de citas, etc. Co­mo Berlín, Ma­drid esta­ba lle­no de seres humanos que sobre­vivían quia ab­sur­dum. Me dediqué a una lec­tu­ra para­lela de Al­fred Dö­blin: Ber­­lin Ale­xander­platz y Ca­mi­lo José Ce­la: La colmena.

A los madrileños les gusta el teatro. Tuve la oportunidad de ver la Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, recelada por la censura y al mis­mo tiempo pre­miada con el Premio Lope de Vega. El drama comienza co­mo un sai­ne­te costumbris­ta, evocando unas historias de patios traseros en las que va estallando, po­co a poco, la frustración de toda una ge­ne­ra­ción de perdedores: la única cosa que se impone es esperar tiempos mejores. Sin embar­go, el interés del pú­bli­co ma­yoritario iba más bien ha­cia un tea­­tro lige­ro (no forzo­sa­­men­te superficial) de di­versión. El nombre –casi olvidado hoy en día– de Alfonso Paso repre­sen­ta este tipo de la pièce bien faite. Y encima de todo pla­nea­ba el teatro nacional domi­nado por José Ma­ría Pemán, el poetaalférez del Ré­gi­men. Pero también ahí hubo sor­pre­sas como, por ejemplo, La muralla (1954) de Joa­quín Calvo Sotelo, que cuenta la his­­to­ria de un trepador de la posgue­rra a quien le remuer­de la con­ciencia por los mé­todos con los que ha esta­fa­do su fortuna a la familia de un rojo en tiempos de la Gue­rra. Afortunada­men­te, el cul­pa­ble mue­re a tiempo para lle­var su se­creto a la tumba, de ma­ne­ra que su familia he­reda le­gal­mente y sin escrúpulo alguno las riquezas injusta­men­te adqui­ri­das. La pie­za ataca abiertamente el engrei­­­mien­to de los vencedo­res de 1939 e hizo sur­gir de­bates es­pi­nosos en las familias.

Poco después, los disturbios es­tu­diantiles de los años sesenta en Madrid y otras ciu­dades españolas anunciaban ya la cri­sis universitaria centroeuropea del 1968. Sólo los conozco de oídas, pero me hi­zo mucha gracia el episodio que me contaron del zapato que se ha­­­­­bía lan­za­do a un po­li­cía en la Ciudad Universitaria: la redada siguiente fracasó porque todos los estudian­tes sa­lieron del edificio con sólo un zapato. Por lo de­más, las au­torida­des del Esta­do se con­­ten­taban con una presencia más bien discreta y los desfiles públi­cos eran poco frecuentes. Sin embargo, en la ca­balgata de los Rey­es Magos, el folclore to­­maba su revancha: Gaspar, Mel­chor y Baltasar con came­llos, ca­ba­llos y asnos por de­­lante y María, José y el niño Jesús con un escúter por detrás. Era co­mo un saludo español a mi querida Renania con sus tradiciones carna­va­lescas profundamente arraigadas en la iconografía cristiana. De vez en cuando el prín­ci­pe Juan Car­los apa­recía en los periódicos y en los noticiarios del cine, siempre en pre­sen­cia del Caudillo. Sólo las personas mejor en­­teradas podían prever en aquellos mo­men­­tos que este joven modesto iba a condu­cir a España por el camino de la monar­quía parlamentaria.

En 1971 presenté mi habilitationsschrift sobre las Cartas marruecas de José Cadalso en la Facultad de Filosofía y Letras de la Uni­versidad Técnica de Aquisgrán. Algunos meses más tarde recibí el documento de mi pri­mer nom­bra­miento de profesor de manos del rector magnificus Hans Schwerte, sin imaginar en absoluto que años después se descu­bri­­ría el pasado nazi de este personaje al parecer tan apacible y ge­ne­ro­so. Se trataba ni más ni menos que de Hans Ernst Schneider, uno de los colaboradores ín­timos del Reichs­führerSS Hein­rich Himmler. En el caos del hundimiento del Tercer Reich se había inven­tado una identidad nueva y gracias a ella había logrado integrarse en el cuerpo do­cente de nues­tra universi­dad.

En 1973 me llegó el llamamiento de la PUM, la Philipps-Univer­si­tät de Marburgo. Ahí fui nom­bra­do catedrático de Filología Románica en 1974. Históricamente, Marburgo es la primera universidad protestante del mundo, fundada en 1527 por el landgrave Feli­pe I, elMa­gná­nimo, de Hesse. Aquí Lutero había debatido con Zwinglio el pro­ble­ma de la transubstanciación; aquí el sabio hugonote Denis Papin, expulsa­do de Francia como consecuen­cia de la revocación del edicto de Nantes, había encontrado co­bi­jo en el si­glo xvii; aquí Chri­stian Wolff había enseñado después de sus desa­ve­nen­cias con Fede­ri­co Gui­ller­­mo I de Prusia. En Marburgo se había graduado Mi­jaíl Lomonosov antes de vol­ver a Rusia y fundar la Universidad de Moscú y ahí habían comenza­do los amo­res de Han­nah Arendt con Martin Heideg­ger. Y en Marburgo estudia­ron y tie­nen sus placas conmemorativas Bo­ris Pasternak y José Ortega y Gasset. El texto que Orte­ga ha con­sa­grado a la ciudad y a la uni­ver­sidad perma­nece co­mo un tes­timonio nota­ble del diá­logo entre las culturas espa­ño­la y alemana: «yo no podré mirar nunca el pai­­saje de El Escorial sin que vaga­men­te, como la filigrana de una tela, entre­vea el pai­sa­je de otro pueblo re­mo­to y el más opues­to a El Escorial que quepa imaginar. Es una pe­que­ña ciudad gótica puesta jun­to a un manso río oscuro, ceñida de redondas co­linas que cubren por entero profundos bos­ques de abetos y de pinos, de claras hayas y bojes esplén­didos. En esta ciu­­dad he pa­sa­do yo el equinoccio de mi juventud; a ella debo la mitad, por lo me­nos, de mis espe­ran­zas y casi toda mi disciplina. Ese pueblo es Marburgo, de la ribera del Lahn. [...] Re­cor­da­ba que hace unos cuatro años pasé un estío en ese pueblo góti­co [...]. Es­ta­ba en­ton­ces Her­mann Cohen, uno de los más grandes filó­sofos que hoy vi­ven, escri­bien­do su Es­téti­ca. Como todos los grandes creadores, es Co­hen de temple mo­desto y se entre­te­nía dis­cu­tiendo con­mi­go sobre las cosas de la belleza y del arte. El problema de qué sea el gé­nero no­ve­la dio sobre todo motivo a una ideal contienda entre nosotros. Yo le ha­blé de Cer­vantes. Y Co­hen, entonces, suspendió su obra para vol­ver a leer el Qui­jo­te. No olvidaré aquellas no­ches en que sobre los boscajes el alto cielo negro se llenaba de estrellas ru­bias e inquietas, temblorosas como infantiles entrañuelas. Me dirigía a casa del maestro y le ha­lla­ba inclina­do so­bre nuestro libro, ver­ti­do al alemán por el romántico Tieck. Y casi siem­pre, al al­zar el ros­tro noble, me saludaba [...] con estas palabras: “¡Pero hombre!, es­te San­cho em­plea siempre la mis­ma palabra de que ha­ce Fichte el fundamento para su filosofía”. En efecto, San­cho usa mucho, y al u­sarla se le llena la boca, esta palabra: hazaña, que Tieck tradujo con Tathand­lung,