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Que veinte años no son nada, dice el tango. Veinte años pueden no ser nada para muchas cosas. O mucho para otras. Depende. Son en cualquier caso un tramo de la vida bastante largo. ¿Un tercio?, ¿un cuarto?, ¿una antesala? Quién lo sabe. En realidad da un poco igual. También los lugares. Luanda, Madrid, Windhoek, San Salvador... No hay periferia porque no existe un centro. Solo importa el vínculo que hayamos construido. La vida es un intento insuficiente. Y lo que reste, un memorial.
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Seitenzahl: 438
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Una mirada personal desde la periferia a dos décadas bastante infructuosa
© Alberto Quintana
© Memorial de intentos. 2004 - 2023
Ilustración de portada: Ramón Esono
Noviembre de 2025
ISBN Libro en papel con solapas: 978-84-685-9294-7
ISBN eBook en ePub: 978-84-685-9293-0
Depósito legal: M-24617-2025
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
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Dedicado a Francisco Ballovera Estrada,
poeta, militante ecuatoguineano y antiguo colega de trabajo
que a la hora de ordenar estas notas
lleva muchos meses en la cárcel de Oveng Azem
secuestrado por el régimen criminal de Obiang1
1. Francisco Ballovera permaneció preso entre el 22 de julio de 2024 y el 18 de junio de 2025. Su delito fue haber firmado junto a otras 200 personas una carta al defensor del pueblo en protesta por las explosiones que la empresa marroquí Somagec estaba llevando a cabo en su pequeña isla de Annobon. Le detuvieron cuando se acercó a la cárcel de Black Beach a llevar comida a otros presos annoboneses. Tras casi once meses encarcelado fue incluido en la lista de indultados de ese año con ocasión del 5 de junio, Día de Natalicio de Su Excelencia el Presidente de la República, Jefe de Estado y de Gobierno. Todo ha sido cruel y medieval.
A LA SOMBRA DEL FMLN Y DEL FRELIMO
I. A LA SOMBRA DEL MPLA 2002-2008
II. A LA SOMBRA DEL SWAPO 2008-2010
III. A LA SOMBRA DEL FRENTE GUASÚ 2010-2017
IV. A LA SOMBRA DEL PDGE 2017-2021
V. A LA SOMBRA DEL PP 2021-
2004 11 de febrero
29 de abril
17 de noviembre
2005 17 de mayo
2 de septiembre
13 de noviembre
2006 4 de febrero
19 de agosto
10 de octubre
2007 3 de enero
20 de mayo
6 de noviembre
2008 5 de febrero
1 de marzo
18 de mayo
28 de junio
20 de septiembre
2009 14 de enero
17 de abril
19 de julio
15 de agosto
17 de septiembre
2010 12 de enero
28 de febrero
25 de abril
9 de septiembre
2 de noviembre
2011 8 de febrero
3 de junio
29 de julio
3 de noviembre
2012 28 de abril
26 de junio
17 de julio
19 de agosto
2 de octubre
2013 14 de enero
17 de mayo
1 de diciembre
2014 24 de marzo
18 de junio
28 de agosto
2015 27 de enero
25 de mayo
31 de julio
7 de noviembre
12 de diciembre
21 de diciembre
2016 22 de mayo
27 de junio
29 de diciembre
2017 4 de febrero
16 de marzo
20 de junio
6 de septiembre
12 de septiembre
17 de septiembre
23 de septiembre
20 de octubre
2018 4 de enero
10 de marzo
7 de septiembre
2019 23 de enero
5 de junio
13 de noviembre
2020 16 de enero
22 de marzo
15 de abril
1 de julio
2021 3 de enero
16 de febrero
3 de junio
27 de noviembre
2022 10 de marzo
2 de octubre
2023 21 de marzo
29 de agosto
Siempre me han interesado los esfuerzos por ayudar a los pobres a intentar dejar de serlo. Debe de ser un rescoldo cristiano. Probablemente eso me llevó a dedicarme de manera profesional a la cooperación.
Soy consciente, sin embargo, de que el alivio a la miseria es un asunto mucho más político que técnico. Me sorprende que algo tan obvio parezca estar olvidado.
Salvo en el periodo 2014-2017, que participé con entusiasmo en el crecimiento de Podemos, nunca he tenido militancia política. Al menos en un sentido partidario.
Las páginas que siguen no son un anecdotario y tampoco pretenden ser un análisis, aunque tienen algo de ambas cosas.
Su intención es dejar constancia de mi perplejidad respecto a lo vivido durante los últimos 20 años, en los que estuve trabajando en proyectos internacionales de cooperación en las cercanías de políticos de distinto signo. Son continuación, de alguna manera, de un texto anterior –El brillo de los reversos– que publiqué en 2004 recogiendo la experiencia de mi primera década como cooperante.
En aquel tiempo llegué a coordinar la sede oriental de la Asociación Salvadoreña Promotora de la Salud, una de las ongs que en su día promovió el ERP3 para captar fondos. Trabajé también en un programa de Naciones Unidas cuya razón de ser consistía en facilitar a FRELIMO el acceso a una zona que le era hostil, por ser bastión de la RENAMO4. Es frecuente que los cooperantes no sean muy conscientes de la dimensión política que tienen los proyectos en los que trabajan.
En alguno de los equipos en que he participado se referían a los resúmenes de las reuniones con el nombre –tan cursi– de ayuda memoria. Este libro trata de ser, en el sentido más literal, exactamente eso: una muleta que contribuya a que los recuerdos, que hoy a menudo tenemos externalizados en algo tan intangible (y sospecho que tan vulnerable) como es la nube, permanezcan un poco más.
Espero que sirvan para llegar a un puñado de personas a las que quiero y con las que he compartido algunos tramos de este periodo. Será, si así ocurre, un relato complementario al de sus propios recuerdos.
Al fin y al cabo –frente a tanto olvido– conservamos la libertad de elegir lo que queremos recordar, y eso es algo importante que apenas se reivindica. La memoria histórica es otra cosa.
Este memorial está especialmente dedicado a mis hijos. Y, por supuesto, a Angélica. También a algunos amigos que compartieron parte de lo descrito. Lo recordarán seguro de otra manera.
Va por todos ellos. Porque les concierne.
2. Corresponden a las siglas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y al acrónimo del Frente de Liberación de Mozambique. Ambos fueron guerrillas que llegaron al poder. En el primer caso se trata de un conglomerado de organizaciones que entre 1980 y 1992 se enfrentaron militarmente al gobierno salvadoreño (respaldado por los EEUU). Reconvertido tras los Acuerdos de Paz en partido político, el FMLN llegó finalmente al gobierno por la vía electoral en 2009. En cuanto a FRELIMO, hizo la guerra a los portugueses y gobierna el país desde su independencia. Hace ya 50 años. Ambos se convirtieron en muy poco tiempo en estructuras corruptas de poder.
3. EjércitoRevolucionariodelPueblo, una de las organizaciones integrantes del FMLN.
4. Resistencia Nacional Mozambiqueña, la guerrilla anticomunista propiciada en su día por Rodesia que luchó contra FRELIMO en una guerra civil que duró más de 15 años.
5. Movimiento Popular de Liberación de Angola. Partido político. A través de su brazo armado (las FAPLA) combatió a los portugueses desde los años 60 hasta 1974. Inmediatamente después de obtenida la independencia –a consecuencia de la Revolución de los claveles– se inició en Angola un largo y sangriento conflicto a tres bandas alentado por los bloques geopolíticos. La guerra no fue allí en absoluto fría.
Simplificándolo hasta la caricatura, el MPLA de Agostinho Neto –hasta su muerte en Moscú devorado por el cáncer en 1979, que fue sustituido por Eduardo dos Santos– combatió con respaldo soviético y el involucramiento directo de las tropas cubanas al FNLA de Holden Roberto (Frente Nacional para la Liberación de Angola, al que apoyaban China y el Zaire) y a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola de Jonás Savimbi, que contaba a su vez con el apoyo de Sudáfrica y de EEUU.
Derrotado el FNLA, la guerra entre el MPLA y UNITA se mantuvo durante un cuarto de siglo. La victoria cubana sobre las tropas sudafricanas en Cuito Cuanavale provocó el final del apartheid en África del Sur, la liberación de Nelson Mandela y la independencia de Namibia.
El 22 de febrero de 2002 Savimbi cayó abatido en Lucusse en un operativo facilitado por el mossad israelí. Desaparecido Savimbi, la cosa fue rápida y la paz se firmó el 4 de abril.
Tres días antes yo había sido nombrado coordinador adjunto de la cooperación española en Angola. Llegué a Luanda con mi familia el día 16. Eva Utomi tenía tres meses.
Las notas que siguen las comencé dos años después.
11 de febrero 2004
Villa de la Cooperación Española
Luanda
El policía diplomático detiene, diligente, el tráfico para facilitarme la entrada. Hoy sólo he tardado hora y veinte en recorrer los catorce kilómetros que nos separan de Luanda. Menos de la media. Es miércoles. Tengo que fijarme si la intensidad del atasco tiene alguna relación con los días de la semana. No lo creo.
Me llevo bien con este policía. Es simpático. Sé que la Villa de Cooperación para ellos es un destino codiciado por los incentivos que AECI6 les paga. Hace poco me enteré de que para mantenerse en el puesto tienen que entregar a sus jefes la mitad de ese dinero.
He hecho el viaje ansioso por poder mostrarle a Angélica el libro. Me han llegado hoy por valija diplomática dos ejemplares. El uso de ese servicio es una de las ventajas que tiene trabajar para la Embajada.
Angélica ha pegado al desenvolverlo un gritito de entusiasmo. No sé si algún día se animará a leerlo. Me gusta verla gordísima como está, con su séptimo mes a cuestas de embarazo, y me admira la agilidad con la que todavía se mueve.
Hasta la noche no he podido revisarlo. Comenzaba a pensar que no iba a ser nunca, y únicamente ha sido tarde. Vale más. El texto ha adquirido por fin forma de libro. De libro de los de antes, lleno de páginas. El brillode los reversos. Publicarlo sin apoyo institucional además de coherente es un motivo de satisfacción.
Compruebo que tiene algunos errores menores, pero en general está bien terminado. Juan se ha portado. Fue una suerte encontrarle en internet. Ha sido para mí una especie de mecenas generoso. Adinerado, radical, verborreico y descreído, se ha animado a imprimir de una tirada tres mil ejemplares. A ver qué pasa.
Me resulta extraño reencontrarme ahora con el texto. Más de dos años después, en Angola, casado y con dos hijos –casi tres–, me encuentro a mucha distancia emocional de cuando fue escrito, pero eso no me hace menos feliz. Permitirá considerar de una vez cerrada la etapa salvadoreña y cumplido el deber de decir algunas cosas que en su día pensé que debían ser dichas.
Ha sido un proceso larguísimo desde que comencé a escribirlo en San Salvador y soy consciente de que algunas anécdotas (las más personales, sobre todo) no han envejecido bien. Igual da. Estoy satisfecho de haberlo por fin parido. Me hace gracias además la coincidencia de esta especie de doble y simultánea paternidad.
Las semanas finales del embarazo nos están resultando raras. Para fines de abril seremos uno más. Ya lo somos, sumergidos como estamos en el mundo de las ecografías, ácidos fólicos y sulfatos de hierro. Cumpliremos de nuevo el mandato bíblico de creced, multiplicaos y poblad el mundo de niños mulatos. Es un acto de amor y de no poca irresponsabilidad.
Esta vez va a ser un rapaz. Se llamará Lucas, como el evangelista. Y como el pato.
El otro día bromeaba con Angélica (pero en serio) sobre cómo es este periodo en el que laten en ella dos corazones. El único de la vida en el que podemos sentirnos un poco como dios, que no consiste en consumir mucho sino en crear vida. Luego ya no.
Los hermanos están también impacientes. Kevin no hace más que preguntar y Eva Utomi se da perfecta cuenta y anda alborotada. La semana pasada la llevamos a que le hicieran la gota espesa para descartar una malaria y no dejó de sonreír ni siquiera cuando la aguja le pinchó la yema del dedo. Es un encanto. Luego crecerá y llorará, porque casi siempre se llora de miedo y no de dolor.
No consigo sacarme de la cabeza que hubiéramos podido perder a Lucas de haber hecho caso a un médico local, que confundió el embarazo con unos pólipos y nos citó para hacerle a Angélica un raspado de útero. Hay que ser animal. Pobres, los enfermos angoleños.
Aparte de peligrosa, la anécdota nos ubica en las cosas que suceden en este país, en el que llevamos ya dos años viviendo. Llegamos el mismo mes en el que acabó la guerra civil. Un conflicto que duró 27 años. La española fueron 3 y ésta 41, si se cuenta la lucha previa inmediatamente anterior contra los portugueses.
Comenzó en la lógica de la descolonización y la guerra fría, pero lo que la mantuvo activa tanto tiempo fueron el petróleo y los diamantes (y la cantidad de hijos de puta que se hicieron ricos con ellos durante el conflicto). Petróleo, diamantes y cuatro décadas destrozándolo todo ayudan a explicar que hoy Luanda sea una de las ciudades más caras del mundo. También seguramente de las más corruptas. Vaya escenario.
La reconstrucción pendiente no sólo son infraestructuras, sino la urdimbre social. Que es mucho más difícil. Llevará su tiempo. Cuando me postulé al puesto la guerra estaba próxima a finalizar y pensé que acompañar ese proceso como funcionario ultramarino sería un empleo estimulante.
Hoy, dos años después, estoy menos seguro. La escasez de electricidad, la logística imposible, algún malariazo de por medio y las cucarachas que sorprendo en la cocina cada vez que enciendo la luz por la noche me lo cuestionan. Son pequeñas y marrones, menos repulsivas que las españolas, pero indestructibles. Ya no me parece que pasar en este lugar el tramo de vida en el que estamos haya sido tan buena idea.
Me pesa un poco además la complicidad del gestor. Y es que decimos que trabajamos por los miserables, como si no nos diéramos cuenta de que su pobreza es una cuestión política. Tanto niño desnutrido y enfermo como se muere no lo hace porque no haya habido técnicos lo bastante competentes. Es otra cosa. Más complicada. O a lo mejor no. Tal vez sea más simple.
Esa duda genera un runrún continuo, como el del generador. ¿No sería más ético denunciar el mal gobierno que gestionar el envío de unos pocos cientos de miles de euros para organizar grupitos de mujeres? ¿no participamos de una maniobra muy poco inocente de despolitización de la pobreza? A lo mejor la ayuda que traemos no siempre ayuda. El asunto es endiablado, porque esas preguntas remiten a otras y a otras más en una interminable bola de nieve.
Las horas diarias en el embotellamiento permiten pensar mucho. También hartarme de sumar matrículas. Probablemente sean uno de los pocos espacios democráticos en el que los extranjeros privilegiados nos mezclamos con los angoleños de a pie. Lo pensaba en un atasco –un domingo a la vuelta de la playa– la noche que un energúmeno apoyó su pistola contra la ventanilla del nissan. Eva Utomi y Kevin estaban en el asiento de atrás.
Angélica me dice que a lo mejor el arma era falsa, pero yo no lo creo. Acá hay muchísimas más pistolas auténticas que de juguete. Y el cañón contra el vidrio sonó metálico.
Otro día, sin mediar palabra, un tullido le calzó a Kevin una buena hostia en el mercado de Futungo. No supe reaccionar. A un niño de nueve años. El tipo llevaba muletas, una sucísima chamarra militar y una historia supongo que terrible a cuestas. Demostró que los mercados también son espacios democráticos.
Angélica lo lleva mejor que yo. Aunque añora intensamente su tierra, no se impacienta. Confía en que su nacionalidad española y la adopción de Kevin no tarden mucho en salir. Nuestra invitación de boda (nos casamos a los pocos meses de haber llegado a Angola) fue una fotografía de los dos chicos con el texto Papá y mamá al fin se casan. Lo hacen porque se quieren mucho y les han dicho que así van a tener más fáciles los papeles.
Ella está este tiempo sumergida en lo doméstico. Ahora, en la transformación de su propio cuerpo.
Por mi parte hace diez años ya que vivo en países en los que no existe la primavera. Rodar y rodar. Parece un bolero. Tengo ganas de volver a España y me duele que cuando lo haga ya no encontraré a mi padre.
Estos días comienza el carnaval. En Luanda, por una costumbre que nadie me ha sabido explicar, decenas de gatos volverán a ser crucificados.
Entretanto estoy satisfecho de haber recibido el libro y aguardo impaciente junto al resto de la familia al que está por llegar. A Lucas. El por venir.
6. Agencia Española de Cooperación Internacional, el organismo de ayuda del gobierno. Posteriormente le añadirán al nombre una D (que significa para el Desarrollo) como aclaración más o menos puntillosa.
29 de abril 2004
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Ayer día 28 a las 20.00 h. nació Lucas. 51 cm, 3.500 gr de mulato sano. Parto normal. 24 horas después estamos ya en casa. Bien.
Abrazo a Angélica y pienso que, diga lo que diga la corrección política, esta experiencia nos hace definitivamente desiguales.
Ahora toca estar atentos y acompañar cómo lo vivan los chicos. Sobre todo Eva Utomi.
Cuando esta mañana he ido a inscribir a Lucas en el Registro angoleño la funcionaria me ha preguntado si España era también República Popular. Hubiera querido grabarlo.
Ha fallado el generador y la Villa de Cooperación está con cortes de agua y de energía. Lleva así varios días.
Pienso en Machado. Españolito (¿españolito?) que vienes al mundo te guarde Dios y todo eso.
17 de noviembre 2004
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Anoche soñé con Teodoro. El despertador del móvil lo interrumpió. Era un sueño muy nítido.
Teodoro fue mi tío. Era un hermano mayor de mi padre. Falleció en agosto, hace tres meses. Coincidió que estábamos en Madrid.
Yo no tuve con él una relación especialmente cercana, más allá de la cortesía familiar, pero su muerte me impactó. Me hizo acordarme de mi padre. Todavía me sorprendo llevando de vez en cuando alguna corbata suya. Es una especie de fetichismo poco razonable. Será un símbolo de resistencia, no sé bien de resistencia a qué.
Es como si continuaran siendo arrancadas las páginas de una generación que se extingue, a la que recuerdo cuando eran mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora. Un bofetón de realidad. Remite a un tiempo lejano en el que el 1º de noviembre se honraba a los muertos en lugar de a las calabazas y lo que adornaba en semana santa los balcones eran las palmas del domingo de ramos en lugar de banderas arcoiris. No digo que fuera mejor, es simplemente la constatación de un recuerdo. En los estadios de fútbol había carteles de dyc, seat y ponche caballero. Nada de leds cambiantes de apple y movistar.
Al acordarme de Teodoro me hago consciente de que esa memoria sólo dura una generación. Yo apenas sé cómo se llamaban mis abuelos, y nada de mis bisabuelos. En el mejor de los casos para los hijos de Eva Utomi mi padre será poco más que un nombre. No somos nada.
Esa reflexión aconseja desconectar el móvil por un rato, dar atrás tres pasos y ponerle a la cuestión del tiempo un interés como de entomólogo admirado ante un escarabajo raro.
Pocas cosas hay en la vida que nos conciernan tanto. El tiempo es la principal riqueza que tenemos y, a diferencia del dinero, nadie sabe de cuánto dispone. De hecho, la importancia del dinero reside en que proporciona comodidad y tiempo libre. Lo describió bien Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda y lo malo es que cuando llegue ¿adónde? la muerte estará en la esquina con su escoba en alto.
Y es que tanto que nos dieron la tabarra los cristianos cuando éramos adolescentes con el sentido de la vida, y la vida tiene sólo un sentido. El de ida. No hay vuelta atrás posible.
Deberíamos por eso prestar más atención a expresiones como perder el tiempo, darse un tiempo o –directamente– matar el tiempo. En algún sitio he leído que con el paso del tiempo no cambiamos, sólo perdemos fuerza. Tiene mucho de verdad. Podrá alegarse, desde luego, que ningún llanto es eterno y que las viudas se casan de nuevo, pero será en todo caso un consuelo momentáneo. El hijoputa sigue andando y andando. Y los amigos, no sólo los tíos, casi siempre se van.
Escribo esto y me acuerdo de que Andrés regresa esta semana de Afganistán para seguir un curso intensivo de árabe y de que Eduardo se va a Camboya. Camboya remite a templos budistas y genocidios lejanos. Hay un hermoso catálogo de lugares remotos.
Lo queramos o no el reloj, que es necio, nos acerca a ese momento tan feo en que el cuerpo comenzará a andarnos mal …como los viejos cuando oyen hablar de cibernética y mueven despacito la cabeza pensando en que ya va a ser la hora de la sopa de fideos chinos, porque a esa edad ya se sabe que el juego está jugado. Las cursivas son frases de Julio Cortázar.
Me ha sorprendido por inesperado. Lo del sueño. Algo habrá tenido que ver lo mayores que nos estamos haciendo. No tengo idea cuándo ha sucedido –sin darnos cuenta, creo– pero hemos pasado a ser seniors y a tener la piel curtida ya como esquimales. Antes, los 60 años remitían a amigos de nuestros padres o a padres de nuestros amigos. Ya no.
Temo parecer un viejo prematuro escribiendo así. A lo mejor está relacionado con que ahora tengo a mi cargo una familia numerosa y me da miedo que requiera más energías de las que siento.
Debe tener también relación con que este verano hayamos decidido liarnos la manta a la cabeza y dar la entrada de un piso. Nos permitirá disponer de un espacio propio cuando vayamos a Madrid, que nuestra logística empieza a parecerse a la del circo Price. Está en una urbanización antigua de Villalba, a 40 kms de Madrid. Nos hemos hipotecado por 25 años, la expectativa que me queda de vida laboral.
Fue un viaje bien aprovechado. Enterramos a Teodoro, compramos un piso, avanzamos algunos trámites en la adopción de Kevin y a él lo enviamos dos semanas a una granja-escuela. Que aprenda que en Europa las vacas son blancas y negras. Como las cebras.
Lucas ha crecido mucho. Me pone contento, porque los niños son mucho más divertidos a medida que se puede ir interactuando con ellos. Antes, aunque nos duela, pertenecen a un territorio en el que manda la madre.
Cuando paseo en Madrid –por la calle de Alcalá, como la violetera– me siento como en un cartel de propaganda de alguna elección municipal: espacios abiertos, fuentes, autobuses, niños jugando en los parques, aceras, colegios públicos, policías patrullando, quioscos de prensa… los españoles no paran sin embargo de quejarse. Creo que no se dan cuenta de lo que tienen y que por esa razón no entienden la inmigración.
He comenzado a leer Y dios entró en La Habana, una crónica larguísima y estupenda que Vázquez Montalbán escribió con ocasión de la visita a Cuba hace seis años del Papa polaco. Al final Fidel Castro no sólo ha sobrevivido al Papa, sino al propio Montalbán. El día menos pensado él también se acaba.
La vuelta a Luanda me ha causado una enorme pereza. Creo que nos la ha provocado a todos. Incluso al bebé. Coincidió con una fiebre alta que le duró unos cuantos días y nos tuvo preocupados. Suerte que los chicos pequeños se recuperan rápido, pero no sabemos qué tuvo y empieza a ser recurrente.
Angélica enfermó también de malaria al poco de regresar. No fue grave. Le obligó sin embargo a medicarse y a dejar de dar el pecho antes de tiempo. Ahora nos la pasamos esterilizando biberones. El reino de lo doméstico. Menos mal que no la tuvo antes del parto.
De manera que volvimos a la Villa de Cooperación con la resignación de quien regresa al redil. Y, como siempre, al día siguiente de haber aterrizado en Luanda parecía que nunca nos hubiéramos ido. Volví a sumergirme en la rutina. El trabajo y tratar de escribir algo.
Tengo lista la estructura de lo que será El viaje insuficiente, una novelita compuesta por 39 capítulos breves de los que llevo avanzados media docena.
Será una trama policiaca ubicada en Angola, con un diplomático maricón como prota –el embajatriz–, monjas un tanto agnósticas, periodistas con vocación, cooperante informador del CNI y un armador de Huelva que utiliza sus pesqueros para sacar diamantes del país con la complicidad de altos cargos del gobierno.
En cuanto a El brillo, no está circulando. Juan está furioso con la distribuidora porque no ha cumplido nada de lo que dijo. En lugar de ocupar estantes en El Corte Inglés y en Fuentetaja, unos 2.950 ejemplares (de 3.000) continúan embalados en cajas ocupando espacio en algún almacén de Barcelona.
La Villa la encontramos bien. A los diplomáticos sigue fastidiándoles compartir su piscina con las novias negras de los cooperantes. Sorprendí a uno de ellos cogiendo por el morro combustible del generador para repostar su barco. Y ahí siguen los policías angoleños, vigilando el perímetro y cuadrándose a lo militar cada vez que paso. Nunca sé si decirles que descansen o sacarles una foto.
Tras el verano tuve oportunidad de viajar un poco por el interior. Visité algunos proyectos. Vi –de lejos– cómo hacían el desminado en un tramo que hemos pagado nosotros y acompañé en Kuito una distribución de comida donada por España a través del Programa Mundial de Alimentos. Los chavales que la recibieron parecían sacados de un calendario del domund.
Viajé también a Malanje y a la vera del camino encontramos bastantes blindados y vehículos militares quemados. Residuos de la guerra que nadie todavía ha retirado. En los alrededores de las Piedras Negras de Punga Ndongo había muchos casquillos en el suelo. Debió de ser escenario de algún combate fuerte.
Contemplando encorbatado la miseria de las familias que recogieron la comida en Kuito (a las que con seguridad jamás voy a volver a ver) resultaba imposible no acordarse de que Angola produce más de dos millones de barriles diarios de petróleo. Y sin embargo tiene uno de los índices de desarrollo más bajos del mundo. Es obsceno. Los pobres siempre son la coreografía. La coartada.
Escribo obsceno y me viene a la cabeza que desde hace un tiempo estoy recibiendo en el correo electrónico muchas ofertas de maestrías falsas y propuestas pornográficas. Me tiene desconcertado.
No son países pobres. En absoluto. Sólo sociedades injustas.
Las agencias de cooperación camuflamos esa obviedad con jerga técnica. Demasiados palabros sofisticados –y el nudo de la corbata bien hecho–.
Soltamos la turra con estrategias y programaciones operativas y a continuación simulamos que nos lo creemos. Nos va en ello el sueldo.
Bueno, no a todos. He conocido a una monja que lleva aquí casi 50 años. A pesar de eso cree todavía en Dios, pero desde luego no en la ayuda institucional. Y encontré también a una militante verborreica y latina de la vieja escuela. De ésas que siguen hablando de agentes de cambio y de formas de alienación en la sociedad burguesa sin atisbo de rubor …y a salubristas mayores de la primera generación de cooperantes españoles –fogueados en Guinea Ecuatorial– reconvertidos veinticinco años más tarde en consultores de altos vuelos.
Ahora andamos mudando otra vez el vocabulario. Pretenden jubilar el marco lógico. Consideran más moderno hablar de cadenas de resultados. Los ciclos de las jergas son cada vez más cortos, e insistir en la conveniencia de utilizar procedimientos locales peca de ingenuidad y de buenismo. Igual da. Las ongs se han transformado en eficaces maquinarias de obtención de fondos públicos. La verdad es que nada que no seamos capaces de hacer entender con palabras simples a nuestros hijos (o a las familias que recibieron la ayuda en Kuito) va a funcionar.
Mientras tanto la industria secundaria (maestrías, fondos, redes de organizaciones, congresos, metodólogos, concejales, empresas de consultorías…) empujan su negocio con un argot pastoso –desarrollo sostenible, gestión por resultados, reducción de vulnerabilidades bla, bla, bla– que hace fluir mejor el dinero. Aparte de engorrosa de desbrozar, la jerigonza provoca que los proyectos parezcan todos iguales y acaben por no querer decir nada.
Produce un poco de coraje que los planificadores no conozcan a uno sólo de los desgraciados en cuyo nombre hablan para vender su producto.
Justamente hoy he recibido a una delegación que venía a proponernos un proyecto para la instalación de un centro de apoyo empresarial y una incubadora de empresas. El discurso es el mismo de siempre. Igual que en la Fazenda Experimental de Funda. Lo he visto escrito doscientas veces. Pero que funcione en la realidad, ninguna.
Estamos a mediados de noviembre y aún no sé si habrá alguna posibilidad de volver a casa este año por navidad. No lo creo.
17 de mayo 2005
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Está siendo un horror.
Todo el mundo anda espantado ante la posibilidad de que el virus pueda llegar a Luanda.
No había oído hablar jamás del marburg. Es una variante del ébola. Parece que nunca hubo antes un brote tan grande como éste que ha surgido en la provincia de Uige.
Tengo ante mí el último informe de la OMS. Reportan 308 casos comprobados, de los que 277 ya han fallecido. Los contagiados se mueren antes casi de que los cuenten y la cifra aumenta cada día.
Médicos Sin Fronteras han sido rapidísimos en su despliegue y están haciendo un trabajo extraordinario. Y eso a pesar de que enfrentan la hostilidad de la población, que en más de una ocasión les han recibido a pedradas. Los trajes blancos de protección con los que tienen que trabajar les hacen parecer demonios. Entierran a los cadáveres vestidos como astronautas.
Siento una enorme admiración por su labor.
La OMS ha contratado a Julienne. Como es antropóloga y africana intentará ayudar a buscar un punto de encuentro entre la medicina occidental, los remedios tradicionales y los ritos funerarios locales para evitar que continúen contribuyendo a la propagación.
Es la primera vez que escucho sobre una intervención en crisis antropológica. Desde un punto de vista teórico es apasionante, pero verlo de cerca acojona. El protocolo de seguridad para ponerse y quitarse correctamente el traje es larguísimo. Trabajan en el borde mismo de la muerte.
Mientras tanto en la capital la vida continúa más o menos igual. Los atascos de tráfico son, si cabe, todavía peores. Esta semana he terminado de escuchar en el coche el Quijote completo. Sus dos partes. Son 37 cds. No hay mal que por bien no venga, como dijo Franco en su discurso navideño de 1973 aludiendo al asesinato de Carrero Blanco. Nadie ha sabido nunca a qué coño se refería. Si el tiempo que empleo en ir y volver a la oficina lo dedicara a estudiar creo que podría hacerme sin demasiado esfuerzo experto en cualquier cosa.
Hoy escribo con Eva Utomi subida a mis rodillas. Está asustada porque ha visto una salamandra grande al lado del aire acondicionado.
Seguimos preocupados con Lucas porque continúa teniendo infecciones a cada rato, pero ya sabemos qué las provoca. Un problema renal.
Oleg nos está ayudando mucho. Es un médico ucraniano que trabaja formando cirujanos infantiles en el hospital pediátrico. Fue nuestro testigo de boda. Su hijo Vitali es colega de travesuras de Kevin y su mujer, que también es médico, está ahora embarazada. La Villa se está llenando de bebés.
Yo trato de seguir escribiendo. Y eso que entre el corre corre del trabajo y los tres niños alrededor me resulta difícil encontrar tiempo. Aprovecho las noches. Me he propuesto coger el próximo año el puente aéreo a Barcelona con un mazo de folios debajo del brazo para tratar de convencer a Juan de que me publique la novela. Estoy seguro de que al menos nos echaremos unas risas.
Para documentarme sobre la guerra de Angola utilizo unos libros que vienen envueltos en el formato infumable de la propaganda cubana.
El brillo me ha proporcionado una satisfacción inesperada. Hace unas semanas pasó por Luanda mi antiguo jefe en Mozambique –entonces trabajaba para un programa de las Naciones Unidas– y aproveché la ocasión para regalárselo. En su momento había tenido con él frecuentes desacuerdos y una parte de eso está reflejado en el texto. Una pequeña venganza.
Como ahora me siento en el lado de los donantes se ha arrimado a pedirnos dinero. Un jefe mendicante. Al final, tras su apariencia de estrategas del desarrollo, los funcionarios internacionales se mueven igual que los vendedores de tupperware, o como se llamaran aquellos recipientes de plástico con las tapas de colores.
He tenido buenas noticias laborales. En marzo renové por otros dos años mi contrato con AECI.
Antes de que se desencadenara la crisis del marburg tuve oportunidad de visitar Lunda Norte. Me invitó una ong interesada en que conociéramos el estado de algunos hospitales (cualquier idea preconcebida se queda corta). Pocas semanas después fui a Moxico para ver el trabajo que hacen allí los salesianos y en Lucusse me enseñaron el lugar exacto en el que hace algo más de tres años el ejército emboscó y acribilló a Jonás Savimbi.
En el trabajo también me ha sucedido algo un poco chusco. Fui a visitar en Viana un lugar en el que en el pasado una ong española instaló varias hectáreas de riego por goteo (se trataba de un proyecto agrícola para la reinserción de excombatientes) y descubrí que, aunque las tuberías fueron puestas, nunca ha llegado a ellas una gota de agua. La propuesta fue formulada contando con un canal intermedio que el gobierno no construyó. En este país es estadísticamente poco frecuente que alguien haga lo que ha dicho que va a hacer. La inversión es un despropósito de juzgado de guardia.
Cuando informé a AECI me dijeron que me quedase tranquilo, porque el proyecto está ya justificado y todo es correcto. Que tienen las facturas. Seguro que les ha llevado el expediente (eso no me lo han dicho, pero puedo imaginarlo) un ujier uniformado a través de pasillos decorados con tapices viejos y fotos de iberoamérica en los años 60. Más bien rancio.
En Castilla La Mancha en cambio han sido más receptivos. Cuando se lo conté se escandalizaron, porque ellos han subvencionado a la ong otras dos fases posteriores. Parece que van a enviar a alguien.
Al pensar que esa ong ha enterrado cientos de miles de euros en hacer tres proyectos perfectamente inútiles es inevitable acordarse de los sanitarios de Médicos Sin Fronteras, que están ahora mismo jugándose la vida en Uige para tratar de evitar que el marburg se propague. Qué diferencia.
En fin, parece mejor huir tanto del cinismo como de la impotencia. No es que antes creyera mucho en lo que hacemos, pero los ejemplos de inversiones mal hechas se acumulan y como tiendo a decir en voz alta lo que pienso empiezo a convertirme en un personaje antipático a nivel institucional. No estoy nada seguro de que sea bueno sentir –ni pensar– las cosas en términos institucionales.
Hace unas semanas sucedió algo terrible. Uno de los guardas de la Villa ha resultado ser un maltratador. Su mujer acudió a nosotros para quejarse de que la había golpeado. Probablemente no supimos darle respuesta. Tampoco tengo muy claro qué podríamos haber hecho. Poco, desde el ámbito laboral. Y la recomendación de que denuncie formalmente no tiene recorrido en una comisaría angoleña. Él es joven y fuerte. Le saca casi dos cabezas a su esposa.
El caso es que la buena ¿buena? mujer una noche esperó a que él durmiera y puso una olla grande con agua al fuego. Cuando rompió a hervir se la arrojó por encima. Remite a lo bárbaro de este país. No sólo. También al peligro que tiene no atender a lo que nos piden.
Pero no todo son cosas crueles.
Durante estos años en Luanda he conocido a tres tipos que están recorriendo en solitario el planeta en bici.
Dos de ellos son maestros. Lorenzo es vasco, lleva nueve años pedaleando y ésta es ya su segunda vuelta al mundo. Se costea con el alquiler de un piso que tiene en Vitoria. Salva en cambio es de Granada –un tipo afable y curioso que escribe muy bien–. Álvaro nació en Asturias. Dos bajaron desde el Congo y el otro subía por Sudáfrica. Deben ser sin duda gente muy especial para poder plantearse su vida de esa manera.
Con quien más congenié fue con Lorenzo. A diferencia de los otros, que tienen seguidores en las redes y el propósito de escribir sobre su viaje, Lorenzo –debe de tener más o menos mi edad y fuma más que yo– en estos años sólo ha publicado un puñado de artículos. Todos en el Garay en euskera. Le pregunté, por provocarle, qué pensaba sobre eso que dicen de que el nacionalismo se cura viajando. Me miró con conmiseración y creo que un poco de desprecio y nos fuimos a tomar unas cervezas.
Por cierto, ayer cumplí años.
2 de septiembre 2005
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Hoy he visto a Dos Santos, el presidente.
Ha sido en una inauguración. En la cárcel de Viana. Hemos pagado a través de una ong la instalación de unas porquerizas. El propósito es mejorar la alimentación de los presos, pero sospecho –no me he atrevido siquiera a sugerirlo– que lo que vamos en realidad a engordar son los negocios corruptos de los funcionarios. Y no sólo de los guardias. De fondo planea siempre la duda de si lo que hacemos contribuye a provocar algún cambio o sirve más que nada para apuntalar lo existente.
Me sorprendió verle allí, porque hace poco hubo rumores de sables en la ciudad alta y se dijo que había salido del país. Destituyeron al jefe de los servicios secretos. A saber si ocurrió de verdad de esa manera. Todo acá es muy hermético.
En lo que a Angola y a otros muchos países africanos se refiere, estoy convencido de que son muy pocos los europeos que comprenden lo que pasa. Por más que muchos estén bien informados. La inmensa mayoría no nos enteramos de la mitad de la misa, aunque llevemos años viviendo en ellos. Se nota con claridad en el trabajo de los cooperantes. Y en tanto turista que opina sobre África utilizando yo he estado allí y lo he visto como credencial (si te descuidas, te enseñan las fotos). Es tan idiota como quien se cree arquitecto porque ha entrado en una casa. Quien no sea consciente de ello es que no ha entendido siquiera la otra mitad.
Hay ya varias generaciones de africanos a quienes hemos becado en nuestros cursos y enseñado nuestra jerga. Eso provoca la falsa impresión de que unos y otros nos entendemos. No es así; son ellos –a veces– los que nos comprenden a nosotros. Al revés no hemos hecho el mismo esfuerzo.
AECI se empeña en incluir sistemáticamente a Mozambique y Angola en los mismos convenios y las mismas estrategias. Como son negros, hablan portugués y tuvieron una larga guerra civil les parece todo igual. Distinguen entre un sueco y un turco, pero no entre un tsonga y un ovimbundu. La ignorancia es muy atrevida.
En lo que a nosotros respecta, la primera premisa debería ser aceptar que cualquier proceso que quiera acompañarse requiere de mucho tiempo. No hay atajos. El compromiso estable es mucho más importante que el volumen de dinero. Y la necesidad de gastar el presupuesto en un plazo administrativo empuja a menudo a hacer tonterías.
Yo soy consciente de que desde hace años no tengo ya vínculo personal con ningún destinatario. Les veo de figurantes en inauguraciones como la de esta mañana. Al principio no era así. Luego, cuando empecé a conseguir contratos un poquito mejores, me reunía al menos con gente que sí los conocía. Hace mucho ya que mis interlocutores –coreografía aparte– tampoco saben quiénes son. Ni les importa.
Estos días estoy en casa solo con los chicos. Cuando falta Angélica me doy más cuenta de cuántas energías absorben, y eso que tengo la ayuda doméstica de una empleada. En su momento creímos ingenuamente que la diferencia entre criar a dos o a tres hijos no sería para tanto (de perdidos al río). Estábamos equivocados.
Cuando pienso en los niños dudo de que para su futuro sea una buena idea continuar prorrogando nuestra estancia en Angola. La vida es en cierta forma una partida de cartas y en algún momento hay que aprender a plantarse. Aquí nada va a mejorar lo suficiente.
Un horizonte razonable podría ser la vuelta a casa. Entonces surge la duda de a la casa de quién, y si el regreso se llama Madrid o Maputo. Es una reflexión que ameritaría de sobre y sellos. Rular tiene el inconveniente de que quien lo hace mucho no llega a pertenecer nunca a los lugares a los que va, pero deja un poco de ser de los que viene.
Aunque la idea no me entusiasme, podría dar clase en alguno de los tropecientos masters dirigidos a chavales en paro con deseo de hacer currículo en temas de cooperación. Tendría la ventaja a la vez de permitirme estudiar salud pública, y eso podría tentarme. Lo peor de este asunto es que yo mismo no sé qué es lo que quiero para nuestro futuro.
A saber. Otra alternativa sería registrar en España una Asociación de Amigos de Mozambique. Algo a medio camino entre los comités de solidaridad con Nicaragua y el club de amigos de la Unesco que sirva para montar unas siglas y vivir del cuento, la subvención, el marco lógico y el baile (y que se enfermen de malaria otros). Es broma. A medias. Estaré en todo caso atento, por si en el futuro se cruzase alguna oportunidad de escapar a otro sitio con la prole.
He tenido novedades sobre la situación legal de Kevin. Un juez de Colmenar Viejo pretende verlo para que confirme si soy o no un buen padre. Si uno lo piensa parece extraño que un opositor exitoso, que seguro ha pasado años pagando en negro las clases de algún preparador, sea quien establezca quién es o no hijo mío.
La adopción está siendo una carrera de obstáculos. Tiene sentido. Recuerdo que cuando me casé con su madre en la Embajada nos entrevistaron por separado para garantizar –eso nos dijeron– que no fuera un matrimonio de interés. Y luego en el acta que nos dieron para firmar figurábamos como los interesados.
Me temo que por el momento nos va a tocar seguir cuidándonos de los policías y de los mosquitos. Y a mí continuar atendiendo la obsesión insaciable por la visibilidad de los diplomáticos (que se vea mucho y se convierta en propaganda cualquier cosa que hagamos), calmar a cooperantes hartos de que las autoridades les multen por no tener al día el visado que esas mismas autoridades les niegan y jugar con las matrículas que suman veintiuno en los atascos. Ya no se me ocurre qué escuchar.
He conseguido leer –tiene mérito a salto de mata, entre atascos y niños– la biografía de Machado que escribió Ian Gibson y me ha conmovido. Vaya un tipo. Y la semana que viene he quedado a cenar con un obispo. Necesito salir de aquí.
13 de noviembre 2005
Luanda
Ayer nos encontramos con un microbús recién accidentado. El espectáculo era dantesco. Había muchos muertos. Ofrecimos ayuda para transportar a los heridos. Angelica venía conmigo. Subieron a cinco al todoterreno. Nos encontrábamos a más de 60 kilómetros por caminos de tierra del hospital más cercano. El viaje fue agónico. Cuando llegamos era ya de noche y dos de ellos habían fallecido. Me queda la duda horrible de si aplicando algún tipo de primeros auxilios hubiéramos podido salvarlos. Ha sido jodido.
4 de febrero 2006
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Hoy no he ido a trabajar porque es la fiesta nacional. 4 de febrero. Los angoleños se empeñan en celebrar ser lo que son. Y también a luta armada de libertação nacional.
Me alegra haberme podido quedar en casa porque Lucas ha estado con fiebres muy altas. Crece a golpe de entusiasmo y de infecciones. Al principio nos despistó una gota espesa que le dio positiva y le tratamos como si fuera malaria, pero la fiebre no le pasaba. Hicimos más pruebas y resultó ser una infección de orina. Le pusimos antibióticos y la cosa parecía haber pasado, hasta que hace unos días volvió a ponerse con 39.4 de fiebre.
Sus informes describen un riñón de contornos irregulares con presencia de múltiples focos hipoecogénicos diseminados. Vaya jerga. Por suerte tenemos cerca a Oleg, nuestro amigo cirujano, que los interpreta. Nos recomienda que le hagamos más pruebas y añade que conviene hacérselas fuera de Angola.
Ahora estamos más tranquilos porque en este momento no tiene fiebre. Creo que se mantiene bien mientras toma antibióticos. No debe de ser bueno tenerle tan medicado mucho tiempo.
Hemos pasado las navidades en Maputo visitando a la parte mozambiqueña de la familia. Para que conocieran a Lucas, Eva se vinculase con sus primos africanos y Kevin se reencontrara con la abuela.
Aunque nos apetecía no pudimos ir a Beira, la ciudad portuaria en la que Angélica y yo nos conocimos. Sí estuvimos en cambio unos días en Manjakaze, el pueblo de su familia.
Mozambique es siempre mucho más agradable que Angola. También más simple. El visado es más fácil, la movilidad mayor y los sobornos a la policía más baratos. Encontramos además la ciudad un poco más limpia, con más tiendas; un lugar estupendo para vivir en comparación con Luanda.
Pese a ello me ha parecido prudente desincentivar el entusiasmo de una amiga española que fantasea con montar en Maputo un negocio de artesanías. Alquilar un local probablemente sea más caro que en Barcelona; le obligarán a pagar un año completo de renta por adelantado; si no instala un generador le fallarán a cada rato el agua y la luz; tendría que contratar a varios guardas para que no le roben el generador; siempre habrá alguno de ellos que necesite más dinero para atender a un familiar enfermo; las artesanas faltarán a menudo al trabajo porque no conseguirán transporte; precisará de mil papeles, y a pesar de plegarse a todos los sobornos es más que probable que no consiga nunca dejar de tener deudas con la burocracia.
Los extranjeros estamos en desventaja, y nada acostumbrados a la falta de seguridad jurídica. Una conocida española que compró una empresa en Mozambique se topó a los dos meses con otro comprador con los papeles tan en regla como ella. En África las cosas tienden siempre a ser más difíciles de lo que parecen.
Hemos disfrutado las fiestas en veladas interminables. Patios viejos con sillas de plástico y cajas de cerveza, el volumen muy alto distorsionando las kizombas, arroz y pollo asado hasta aburrir y muchísimos niños jugando en chanclas alrededor. Nadie relaciona allí el primero de enero con los saltos de esquí, pero en cambio la mayoría son fervientes miembros –o miembras, o como se diga– de todo tipo de iglesias evangélicas.
Regresar a lugares en los que he vivido me produce una cierta inclinación a la melancolía.
Los niños lo han pasado bien y ahora de vuelta a Luanda tenemos que comenzar a pensar en que Eva vaya a una guardería. Las complicaciones logísticas para llevarla y traerla son en este momento casi irresolubles. La vida acá es difícil.
Incorporarme al trabajo me ha costado más de lo habitual. Necesito algo que me haga comenzar la jornada con ganas. Y eso que de vez en cuando encuentro cosas simpáticas.
El otro día almorzaba con un brigada gallego. Es el instructor de un curso de adiestramiento pagado por la cooperación que imparte la guardia civil. Están entrenando a la policía angoleña en lucha antiterrorista (da pavor pensar cómo puedan ser en el futuro utilizados algunos de los apoyos que prestamos). Resultó ser un tipo tatuado y divertido. Había que escucharle contando que alguien había perdido las llaves del almacén donde estaba la munición y habían tenido que hacer la práctica sin balas gritando ratatatatá como los niños, sin que a nadie le diera vergüenza –son unos desvergonzados–. El gallego añadió y menos mal que ha pasado eso, porque el campo de tiro estaba rodeado de chabolas. No me invento nada.
El martes viajaré a Benguela con el embajador, que le ha pedido una cita al gobernador.
Continúo dando vueltas a cómo hilvanar el presente continuo con el futuro perfecto. Cuando pienso en la salud de Lucas y la escolarización de sus hermanos veo razones objetivas para tirar la toalla y replegarnos. Mudar otra vez de país o tal vez mandar a paseo la cooperación y regresar de manera definitiva. Lo primero tiene el inconveniente de que las etapas de la vida y los amigos seguirían siendo distribuidos como en compartimentos estanco. El segundo que no está nada claro cómo cuadraríamos las cuentas domésticas.
Podría, creo, reincorporarme a mi plaza en Madrid como funcionario: horario de verano, moscosos, café con periódico en el bar de abajo y si pregunta el jefe que ahora vuelvo. Suena bien, mas la hipoteca recién firmada y la obligación de mantener una familia de cinco miembros juegan a la contra. Lo normal, supongo. Otro riesgo es morirme en el futuro de aburrimiento.
Me lo había advertido un amigo cuando celebramos mi primer contrato en condiciones: no te olvides nunca de que vienes del arroyo y que lo de ´señor Alberto´ es circunstancial. No lo he olvidado.
Salí hace doce años de casa y creo que los últimos seis en África están afectando a mi humor y a mi capacidad de trabajo. No sé si serán los diplomáticos, AECI, los angoleños o todo junto, pero siento que me estoy embruteciendo. Y no me satisface demasiado lo que hago.
A lo mejor fue por mi propio momento personal, mas en ningún país he vuelto a sentir la implicación que tuve en su día con El Salvador. Angola es un mal lugar y tiene un peor gobierno.
Este fin de semana volveremos a la playa de Santiago. Hay allí embarrancados varios barcos que alguien dejó abandonados (seguro que por ahorrarse algún impuesto). Uno de ellos perteneció en algún momento a Repsol y en su casco todavía puede leerse entre herrumbres el nombre Moncloa.
19 agosto 2006
Villa de la Cooperación Española
Luanda
Lo que iba a haber sido una emocionante excursión acabó convirtiéndose en otra cosa. Peligrosa.
Ocho amigos fuimos en dos todoterrenos dispuestos a pasar unos días de acampada en el sur de Angola. El plato fuerte lo íbamos a hacer el segundo día y consistía en recorrer los más de 150 kms que separan Tômbua de la desembocadura del río Cunene, en la frontera con Namibia.
Se trata de una zona totalmente desértica que por tierra sólo puede ser atravesada por la orilla del mar, aprovechando el tramo de arena pegado a la duna que queda al descubierto cuando baja la marea. Habíamos oído de gente que lo había hecho. Pasaríamos frente a la isla Bahía de los Tigres y al regreso podríamos visitar el parque nacional de Iona. Íbamos bien surtidos de comida, bebida y buen rollo.
Lo que sucedió fue bastante simple; habíamos recorrido unos 70 kilómetros cuando se averió uno de los coches y, en un acto de absoluta estupidez, quemamos el embrague del otro tratando de apartarlo del mar.
