Memorias de tierra y mar - Anton Daughters - E-Book

Memorias de tierra y mar E-Book

Anton Daughters

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Beschreibung

Separado del continente por mares interiores y canales sinuosos, el archipiélago de Chiloé ha sido durante siglos un territorio de identidad propia, forjado por la relación entre sus habitantes y el mar. A través de un enfoque etnográfico y un profundo trabajo de campo, Anton Daughters reconstruye la vida de generaciones de chilotes: desde los pueblos indígenas y las antiguas mingas comunitarias hasta la llegada del neoliberalismo y la industria salmonera en el siglo XX. Este libro traza la evolución histórica y cultural de estas islas, a través de los relatos de isleños mayores y jóvenes que revelan un proceso de cambio acelerado y redefinen el significado de ser chilote en la actualidad.

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Seitenzahl: 343

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Comité editorial colección Antropologías ContemporáneasPIERGIORGIO DI GIMINIANI, Pontificia Universidad Católica de ChileMAITE YIE GARZÓN, Pontificia Universidad Javeriana, ColombiaMARCELO GONZÁLEZ, Pontificia Universidad Católica de ChileCARLA PINOCHET, Universidad Alberto Hurtado, ChileCRISTIÁN SIMONETTI, Pontificia Universidad Católica de Chile FLORENCIA TOLA, Universidad de Buenos Aires, Argentina

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

MEMORIAS DE TIERRA Y MAR.

UNA HISTORIA ETNOGRÁFICA DE LAS ISLAS DE CHILOÉ

Anton Daughters

© Inscripción Nº 2025-A-2459

Derechos reservados

Abril 2025

ISBN N° 978-956-14-3416-5

ISBN digital N° 978-956-14-3417-2

Título original: Memories of earth and sea: An ethnographic history of the islands of Chiloé (The University of Arizona Press, 2019)

Traducción: José Joaquín Saavedra

Diseño: Carolina Valenzuela

Impresor: A Impresores

CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Daughters, Anton, autor.

Título: Memorias de tierra y mar : una historia etnográfica de las islas de Chiloé / Anton Daughters ; traductor José Joaquín Saavedra.

Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC

Incluye bibliografía y notas bibliográficas.

Materias: CCAB: Etnología - Chile - Chiloé. | Chiloé (Chile) - Historia. | Chiloé (Chile) - Vida social y costumbres.

Clasificación: DDC 983.56 --dc23

Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma997614987203396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

AGRADECIMIENTOS

Son muchas las facetas de Chiloé que encantan e inspiran: el sublime paisaje costero, las coloridas casas de tejuelas de madera, los festivales religiosos y las “fiestas costumbristas”. Pero por sobre todo está la hospitalidad de los isleños, a la que tanto le debo. Pamela Urtubia fue la primera antropóloga en recibirme en la provincia, respondiendo a un e-mail que le envié desde Tucson en el año 2002. Fue ella quien me presentó a Armando Bahamonde, quien luego me llevara a su casa en la comunidad de San Juan. Armando me invitó a “curantos”, a festivales locales y a animadas discusiones en torno a la mesa de su cocina. Él, su esposa, Doris Barría, y sus hijos –Fabián, Marcelo y Nelson– me han entregado una hospitalidad genuina a lo largo de los años.

Renato Cárdenas Álvarez, extraordinario historiador cultural de la provincia, también me entregó su apoyo desinteresado desde que nos conocimos en el año 2004. Estoy especialmente agradecido de su disposición a compartir conmigo sus historias, y por llevarme a las casas de sus muchos amigos y contactos a lo largo y ancho de Chiloé. Su amistad imperecedera me hizo sentir parte de una comunidad chilota más amplia y profunda. Ana Rosa Uribe, fundadora y directora de la biblioteca de Achao, me contactó con residentes de Achao y de Llingua empezando en el 2006. Prestó su ayuda en encontrarles alojamiento a estudiantes de Truman State University y de Cornell College, como parte de mis cursos en el extranjero en Chiloé a lo largo de los años. Irene y Hugo Mansilla, junto a su hija Raquel, me ofrecieron una visión de Llingua desde adentro, invitándome a “mingas”, “majas” y a faenas de marisca, y dejándome abiertas las puertas de su casa desde el año 2004.

Danny Leviñanco merece un agradecimiento especial. Su mirada es única por su amplitud y profundidad, habiendo crecido en la isla Caguach, asistido a la educación secundaria en Castro, viajado a México, Brasil, Perú y Colombia, y trabajando como profesora en la remota isla Chuit de 93 habitantes. Danny es capaz, como pocas personas, de poner la vida isleña en perspectiva. Juan Rivera y Delia Sánchez también me han entregado perspectivas únicas, y me siento agradecido de las conversaciones y de las deliciosas “onces” que he compartido con ellos. Extiendo también un sincero agradecimiento a Carlos Ainol y María Eliana Vidal, Marijke van Meurs Valderrama, Ramón Contreras, Sandra Henríquez, Ramón Yáñez, Miguelina Guenchur, Juan Eduardo Mansilla, Aristides Mansilla, Pablito Mansani, Juvenal Guenchur, Víctor Paredes, Anita Ainol Mansilla, Rosio del Pilar Ainol Mansilla, Gastón Escobar, Juliana Calbuyahue Uribe, Rodrigo Calbuyahue, Padre José Andrade, Edith Mansilla, Gonzalo Zúñiga, Alberto Trivero, Miguel Jiménez Colin, Sergio Mansilla Torres y Patricio Castillo. Mi visión incondicionalmente romántica de la cultura chilota es el resultado de la generosidad, la alegría y la amistad que ellos me entregaron.

El antropólogo José Joaquín Saavedra ha llevado a cabo el minucioso trabajo de traducir este libro del inglés al español. Le doy las gracias no solo por la exactitud de la traducción, sino también por sus excelentes sugerencias para afinar el contenido. Muchas gracias también a Sofía Törey Fernández, que dio al manuscrito un último y profesional retoque.

Agradezco el interés que Ediciones UC ha mostrado por esta traducción, así como el apoyo de Piero DiGiminiani, Marcelo González, Pedro Vera, el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR) y la Escuela de Antropología de la Pontificia Universidad Católica de Chile durante mi estadía como profesor visitante en 2023.

Parte del texto de los capítulos 6 y 7, así como de la conclusión de este libro, fueron publicados en artículos para Anthropology Now y para el Journal of Latin American and Caribbean Anthropology, y en un capítulo para el libro Chiloé: The Ethnobiology of an Island Culture. Agradezco los permisos de reimpresión otorgados por Taylor & Francis, Wiley y por Springer Nature.

Si bien Chiloé ha sido un lugar de fascinación para artistas y académicos por mucho tiempo, es solo recientemente que se ha vuelto objeto de una merecida atención académica internacional. Cada nueva tesis, cada artículo, cada capítulo de libro y cada monografía ayudan a una mayor conciencia sobre esta maravillosa región de América del Sur. Aprecio particularmente los trabajos de Rachel Schurman, Giovanna Bacchiddu, Ana Pitchon, Richard Vercoe, Jacob Miller, Philip Hayward, Sarah Ebel y Eric H. Thomas, y estoy expectante de que el círculo de investigadores crezca cada vez más. También agradezco a los dos revisores anónimos del manuscrito original (en inglés), cuyos comentarios y reflexiones, capítulo a capítulo, fortalecieron este libro.

Mi familia ha sido, sin duda alguna, la influencia más importante en estos últimos años, dando forma a mis intereses y curiosidad. Mi padre, Laurence Daughters, fotógrafo freelance y profesor de inglés de oficio, me llevó por primera vez al sur de Chile durante sus incursiones fotográficas en las faldas del volcán Llaima, respaldadas por Fulbright a principios de la década del ochenta. Fue ahí que nació mi interés por el sur rural de Chile y mi familiaridad con él. Mi padre ayudó también a mejorar la calidad de imagen de las fotografías que se presentan en este libro. Mi madre, Sofía Törey, nació en Hungría. Fue destetada en el sótano de un departamento durante el asedio soviético a Budapest del año 1945. Llegó a Chile a la edad de cuatro años con sus padres y su hermano mayor, buscando escapar de la Hungría controlada por los soviéticos. Criada en Coquimbo, y viviendo hoy en Santiago junto a mi hermano Cristóbal Zepeda, me tuvo siempre arraigado a Chile. La más firme fuente de apoyo durante estos últimos dieciocho años ha sido mi esposa, Amy Brazier; sin su paciencia, flexibilidad e inquebrantable respaldo este libro jamás se habría terminado. Para ella, para Marco y para Lucas, mis más grandes inspiradores: este libro es para ustedes.

CONTENIDOS

INTRODUCCIÓN

1. ORÍGENES INDÍGENAS: CHONOS Y HUILLICHE

2. LOS AÑOS COLONIALES Y MÁS ALLÁ: EL NACIMIENTO DEL CHILOTE

3. LA VIDA RURAL Y LAS MINGAS: MEMORIAS DE LOS ISLEÑOS MAYORES

4. DICTADURA, NEOLIBERALISMO Y LA NUEVA ECONOMÍA DE CHILOÉ

5. TRABAJO ASALARIADO Y LAS NUEVAS MINGAS: MEMORIAS DE LOS JÓVENES CHILOTES

6. OPOSICIÓN IDENTITARIA: EL CASO DE LLINGUA

7. RETOS FUTUROS: ENFRENTANDO LA GLOBALIZACIÓN

CONCLUSIONES: OBSERVACIONES SOBRE LA IDENTIDAD

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Desde hace tiempo, los antropólogos han defendido que ningún grupo existe en total aislamiento o permanece inmutable. Todas las culturas cambian, no importa qué tan remotas y ocultas puedan parecerles a personas externas. Sin embargo, el ritmo con el que cambian puede variar enormemente, acelerándose o desacelerándose en respuesta a circunstancias cambiantes. “Las sociedades y las culturas siempre formaron parte de sistemas más grandes”, escribe Eric Wolf en Europa y la gente sin historia; “expuestas a las presiones generadas en los campos más amplios de interacción que las rodean" (2006, 2) están continuamente en flujo, pero de manera variable.

Este es el caso del grupo de islas que conforman el archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. Por siglos, los residentes de estas islas –conocidos como “chilotes”– labraron una existencia difícil pero estable, extrayendo lo que podían del mar, la tierra y las frías selvas, y confiando en un ethos de dependencia mutua. Separados del continente por estrechos canales y mares interiores, y viviendo a más de mil kilómetros de la capital de Chile, Santiago, se consideraron a sí mismos como diferentes, culturalmente distintos de otros chilenos.

Sin embargo, hace cincuenta años las circunstancias políticas y económicas que afectaban a los chilotes comenzaron a cambiar. Tras el golpe de Estado de 1973 en Chile, los recursos naturales de Chiloé, como los de muchas otras regiones del país, fueron puestos a disposición de compañías nacionales e internacionales de exportación. Los medios de vida iban cambiando a medida que muchos isleños aceptaban trabajos en plantas de procesamiento de pescado, fábricas y centros de cultivo acuícola, al mismo tiempo que otros permanecían ligados a la agricultura de subsistencia y a la pesca artesanal. De forma similar, las memorias e identidades declaradas por los chilotes –las expresiones colectivas de lo que significaba ser un isleño– comenzaron a transformarse: nuevos elementos y visiones fueron adoptados, mientras otros más antiguos eran reafirmados o abandonados.

Este libro examina este proceso de cambio y continuidad, todavía en curso. Traza los últimos quinientos años de historia del archipiélago, enfatizando el desarrollo de una identidad isleña distintiva a lo largo de los siglos y los cambios económicos que, en décadas recientes, han forzado a los chilotes a reinterpretar el pasado y reconsiderar lo que es más importante para ellos. En general, este libro se pregunta cómo la industrialización reajusta las opciones de vida a las que distintas personas se enfrentan, y cómo, a su vez, ese reajuste lleva hacia nuevas maneras de entender la propia cultura.

Génesis del libro

Mi interés por Chiloé nació de una combinación entre memorias de infancia y viajes más recientes al sur de Chile. A principios de la década del ochenta, mi familia y yo nos mudamos a ese país para una estadía de tres años. Mi madre chilena –criada en la ciudad porteña de Coquimbo, en el norte de Chile– y mi padre nacido en Boston (que es en parte chileno) trabajaban como profesores de inglés en la capital, Santiago de Chile. Preparándonos para nuestro regreso a Estados Unidos en 1984, nos aventuramos hacia el sur para una excursión de una semana por las islas de Chiloé. Algunos detalles de ese viaje memorable se destacan todavía: el movido viaje en ferry hacia la Isla Grande del archipiélago, los techos musgosos de tejuelas de madera bajo los que dormimos, el delicioso “curanto” de tortillas de papa y de mariscos cocidos en la tierra que comimos a las afueras del pueblo de pescadores de Dalcahue.

Pasaron dieciocho años antes de que volviera a Chiloé, esta vez como un licenciado en Antropología que investigaba las vidas de los pescadores locales. Los cambios que noté eran sorprendentes: Dalcahue, con las plantas de procesamiento y centros de cultivo de salmón, era más un puerto industrial que una villa de pescadores, mientras que Castro –la capital de la provincia– se había transformado en una ciudad compacta y bulliciosa. Sin embargo, extensas porciones de Chiloé seguían siendo rurales, con familias que todavía se ocupaban en la agricultura de subsistencia y la pesca, a pesar de los rápidos cambios en el paisaje económico. El archipiélago era ahora un contraste entre formas de vida, con elementos de su pasado rural mezclados con el presente globalizado.

Mapa 1. El archipiélago de Chiloé. Mapa elaborado por Gino Sandoval para esta publicación.

Figura 1. El pueblo de San Juan con marea baja. Fotografía del autor.

En el año 2004 regresé nuevamente a San Juan –pueblo de unas cinco casas esparcidas por las orillas de un silencioso estuario, cerca del centro del archipiélago– para visitar a los Bahamonde, una familia que me había ayudado durante mi investigación. Una tarde, en torno a la estrecha cocina calentada con una estufa a leña, fui testigo de una discusión que puso en entredicho muchos de mis supuestos básicos sobre la provincia. Sentados a la mesa, Armando Bahamonde, en sus cincuenta años en aquel entonces, entregó una mirada de la historia de Chiloé que enfatizaba las tradiciones colectivas de una vieja e inquebrantable solidaridad entre los vecinos. En un tono nostálgico, nos habló acerca de cómo los miembros de las comunidades “trabajaban juntos en todo” –plantando, cosechando, pescando, mariscando–, y cómo ese trabajo colaborativo le daba forma a un ethos de obligación mutua que era compartido entre las casas cercanas. Los cambios en el presente, argumentó, eran una afrenta en contra de esa forma de vida. El capitalismo estaba reemplazando las tradiciones de reciprocidad; el individualismo y el materialismo estaban desplazando a la solidaridad.1

Los dos hijos de Armando, ambos en sus veintitantos, respondieron. Acusaron a Armando de romantizar el pasado, de ignorar las muy reales dificultades que enfrentaban las familias rurales. Le recordaron que Chiloé siempre había sido una provincia pobre, políticamente marginada y económicamente oprimida. Faltaban los servicios básicos como el agua potable y la electricidad. Las casas eran pequeñas, oscuras, llenas de humo, con pisos de tierra, condiciones que, argumentaban ellos, no eran adecuadas para “una vida digna”. ¿Cómo podía pasar por alto aquellas circunstancias –lo espetaron–, siendo que él mismo las había vivido?

A medida que la noche avanzaba, se hizo evidente que el padre y sus hijos tenían dos visiones distintas sobre el pasado. La primera era la de una existencia comunitaria, colectiva y relativamente igualitaria, en la que los vecinos se relacionaban los unos con los otros por medio de obligaciones recíprocas continuas y por un sentido de solidaridad; más aún, estas prácticas y valores estaban siendo borrados por los cambios económicos del presente. La segunda era la de una vida dura, marginalizada y exigente, en la que los isleños habían luchado contra circunstancias difíciles. Bajo esta mirada, los cambios económicos y los modos de vida de las últimas décadas representaban, en ciertos aspectos, cambios positivos, una inevitable apertura al mundo que permitió un mayor acceso a bienes materiales, trabajo e información.

Mientras más tiempo pasaba en Chiloé, más me daba cuenta de que aquel episodio en la cocina de los Bahamonde reflejaba una dinámica más amplia en el archipiélago, con generaciones mayores que frecuentemente romantizan el pasado y generaciones más jóvenes que lo critican explícitamente. Muchos isleños me instaron a conocer a fondo la historia de Chiloé para entender mejor sus perspectivas. Sin embargo, e incluso tomando el pasado del archipiélago en consideración, esas perspectivas parecían variar de una generación a la siguiente.

He venido explorando esta desconexión generacional desde mi visita a San Juan en el año 2004. Estuve un año en Chiloé durante el 2006, con el respaldo de una beca Fulbright, viviendo en el pueblo costero de Achao y visitando comunidades rurales en las islas más pequeñas del mar interior del archipiélago. Regresé seis veces más entre el 2009 y el 2018. En estos viajes entrevisté a decenas de isleños mayores, mujeres y hombres que crecieron en los años treinta, cuarenta y cincuenta, antes del rápido cambio hacia la industrialización de fines del siglo XX. Su crianza consistió, en gran medida, en la pesca, la agricultura, el cuidado de las tierras familiares y la participación en trabajos recíprocos y sin paga conocidos como “mingas”. También entrevisté a muchos jóvenes isleños, jóvenes adultos y adolescentes que crecieron en los ochenta, los noventa y los primeros años de la década del dos mil, tiempos de cambios rápidos, con plantas de proceso y pequeñas fábricas a la vista, nuevas tecnologías como automóviles y televisión y, más recientemente, teléfonos celulares e internet al alcance de la mano. Sus medios de vida consistían mayoritariamente en trabajos asalariados –muchos de ellos en la creciente industria acuícola– que eran escasos en el archipiélago hacía tan solo una generación.

Para llegar a comprender las circunstancias históricas que le dieron forma a la identidad isleña a lo largo de los siglos, recurrí a distintas fuentes: documentos archivados en el Archivo de Chiloé de la ciudad de Castro, fuentes primarias escritas por cronistas españoles y por exploradores, e investigaciones contemporáneas sobre la historia de Chiloé, muchas de ellas producidas por intelectuales locales. Particularmente, fueron de mucha ayuda los trabajos de los historiadores culturales Renato Cárdenas Álvarez, Rodolfo Urbina Burgos y María Ximena Urbina Carrasco, así como los del escritor Sergio Mansilla Torres. Consulté además un gran número de artículos, monografías, libros de poesía e historiografías no publicadas, escritas por chilotes.

Estructura del libro

Lo que presento aquí es una historia y etnografía concisa del archipiélago, construida en torno a la pregunta sobre la identidad isleña. Espero que este libro hable de manera más amplia acerca de los cambios y desplazamientos que hoy ocurren en las zonas rurales del mundo, lugares donde los medios de vida de subsistencia han persistido hasta bien entrado el siglo XX, pero que se ven presionados por el influjo del trabajo asalariado en las industrias globalizadas. En este sentido, este libro sirve como un caso de estudio sobre la globalización, un ejemplo de cómo el cambio económico acelerado puede reflejarse en las expresiones colectivas de un pueblo.

A la fecha, no se ha escrito ningún libro como este acerca de Chiloé. El geógrafo Philippe Grenier publicó, en francés, un impresionante panorama de la vida en la isla en 1984. Sin embargo, el libro es anterior al cambio económico más significativo que Chiloé ha sufrido en tiempos modernos, y no ha sido traducido ni al inglés ni al español. Más recientemente, Waldo Garrido, Dan Bendrups y Philip Hayward (2018) coescribieron un volumen fascinante que examina las tradiciones musicales de Chiloé y cómo estas reflejan el sincretismo cultural y el cambio. Es una de las contribuciones más importantes a la investigación anglófona sobre Chiloé, pero dada su atención en torno a la música, ofrece solo breves consideraciones sobre la historia y las importantes tradiciones agrícolas del archipiélago.

Uno de los historiadores preeminentes de Chiloé es Rodolfo Urbina Burgos. Sus libros describen la vida diaria de los isleños en los siglos XVIII, XIX y los primeros años del siglo XX. Se limitan, no obstante, a períodos históricos particulares y no incluyen datos etnográficos de la vida contemporánea en el archipiélago. La hija de Urbina Burgos –María Ximena Urbina Carrasco, historiadora de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso– ha hecho contribuciones similares, por medio de un trabajo que cubre desde el siglo XVI hasta el siglo XIX. Y Renato Cárdenas Álvarez, uno de los intelectuales más conocidos de Chiloé, natural del pueblo de pescadores de Calen en la Isla Grande, ha enfocado sus publicaciones en la mitología, etnobotánica y en el folklore de la región.

Dada la singularidad de Chiloé desde el punto de vista histórico y cultural, sorprende que ningún libro, hasta la fecha, haya examinado las raíces profundas de la vida isleña contemporánea, y las disrupciones que esta vida sufrió debido a los cambios económicos de las últimas décadas. Es por esto que he escrito un libro que pone juntos el pasado y el presente. Los primeros capítulos describen las circunstancias históricas y los eventos que hicieron surgir un fuerte sentido de distinción cultural entre los chilotes; mientras que los últimos, resumen la industrialización de las últimas décadas del siglo XX y las maneras en que los chilotes han lidiado con esos cambios.

Este amplio barrido tiene un orden cronológico. El Capítulo 1 se enfoca en los grupos indígenas que ocupaban el archipiélago en los tiempos del contacto con exploradores europeos en el siglo XVI. Identifico los elementos de la cultura chona y huilliche que persistieron hasta el siglo XX, en algunos casos hasta el presente: patrones de trabajo, estrategias de subsistencia y medios de transporte que los chilotes todavía declaran como indicadores de la identidad isleña.

El Capítulo 2 examina el impacto de la colonización española y las intromisiones entre prácticas hispanas e indígenas. Describo los eventos regionales y globales que alteraron la trayectoria histórica de Chiloé: el levantamiento mapuche de 1598 que aisló a los primeros colonos españoles en el sur, y que contribuyó a las condiciones de marginalización política y de pobreza, así como las guerras de independencia en América del Sur que pusieron a chilotes y chilenos en bandos contrarios. Estos conflictos están grabados en las memorias colectivas de los isleños, y los chilotes recurren frecuentemente a ellos cuando se sienten políticamente enemistados con el Gobierno de Chile. Este capítulo también ofrece un panorama de los cambios más significativos en el archipiélago durante aquellos años coloniales y poscoloniales.

Los capítulos siguientes recurren extensivamente a entrevistas con isleños mayores y más jóvenes, para presentar un cuadro de la vida en el archipiélago desde mediados de los 1900 hasta los primeros años de la década del 2000. Exploro las diferencias en la crianza de estas generaciones, sus diferentes recuerdos y los eventos históricos que son puestos como marcadores de la identidad chilota. Separando estos largos testimonios está el Capítulo 4, que describe la dictadura de Augusto Pinochet y los cambios que produjo en Chiloé: la violencia política como la sintieron y la recuerdan los isleños, la implementación de las políticas neoliberales, la llegada de la pesca de gran escala y de las operaciones acuícolas, y las disrupciones en los medios de vida rurales y en las prácticas de reciprocidad como la minga. Así, describo el fin del siglo XX como un punto de inflexión para Chiloé: su población pasó de ser mayoritariamente rural a mayoritariamente urbana, como lo es en la actualidad. ¿Cómo es que los isleños jóvenes, urbanos, hablan de este cambio? ¿De qué maneras su evaluación del cambio difiere de la de las generaciones más antiguas?

En el Capítulo 6, describo la vida rural contemporánea de Chiloé enfocándome en Llingua, una isla donde los hogares han mantenido la pesca y la agricultura de subsistencia a pesar de la industrialización en otras partes del archipiélago. Llingua destaca como un lugar donde muchos residentes rechazan abiertamente la opción del trabajo asalariado, articulando una identidad indeleblemente ligada a la vida rural y las mingas. ¿Por qué este antagonismo contra los centros de cultivo de salmón, y esta idealización de la pesca y la agricultura? ¿Cómo la historia particular de los residentes de Llingua les ha dado forma a los puntos de vista que los llinguanos sostienen hoy?

Luego, en el Capítulo 7, discuto la crisis ecológica de 2016, así como los retos más importantes que los isleños enfrentan hoy: la dependencia cada vez mayor de la industria acuícola, susceptible a mortandades catastróficas, y el fenómeno creciente de la marea roja, que amenaza con clausurar definitivamente el mar interior como fuente de sustento.

Enfoque conceptual

La mezcla entre etnografía e historia que se presenta en este libro no es inusual en antropología. Desde mediados del siglo XX, los antropólogos se han alejado de representaciones estáticas de las comunidades –el llamado “presente etnográfico”– y le han prestado mayor atención a las causas y consecuencias del cambio cultural. Dado que las actitudes del presente están relacionadas con los desarrollos del pasado, el registro histórico se yuxtapone cada vez más con entrevistas y observaciones de campo.

El lente conceptual a través del cual observo el cambio en Chiloé es la “identidad”: las expresiones de especificidad cultural, y de afiliación a un cierto grupo, articuladas por los chilotes de varias generaciones. Por mucho tiempo, la identidad ha sido un tópico destacado de conversación entre los isleños. Dado que el archipiélago ha sido golpeado por grandes cambios desde la década del ochenta, los debates sobre esos cambios a menudo conducen a reflexiones sobre lo que significa ser chilote. Se hacen frecuentes referencias a “nuestra identidad”: qué es, cómo está cambiando, qué es lo que se pierde y qué es lo que se gana. Este tipo de autorreflexión colectiva es común entre comunidades que han sido afectadas por cambios culturales rápidos (Jenkins 2008; Peacock, Thornton, & Inman 2007; Risør & Postero 2018).

La creciente literatura sobre la identidad se presenta frecuentemente como un tira y afloja entre el campo esencialista y el construccionista: aquellos que enfatizan las continuidades duraderas y arraigadas en características culturales versus aquellos que reconocen la naturaleza construida de las autorrepresentaciones que las personas hacen (ver la Conclusión para un panorama de esta literatura). Las expresiones identitarias del Chiloé de hoy muestran las complejidades de este asunto. En las varias formas en que los chilotes mayores y los más jóvenes discuten acerca del pasado emergen algunos patrones claros que revelan, simultáneamente, elementos de continuidad y discontinuidad. Mientras que la identidad es sin duda performativa, basada en relaciones creativas con el pasado, ella también refleja convicciones culturales profundas y el traspaso de disposiciones colectivas.

Dos conceptos útiles emergen de mi investigación. El primero es el de “identidades abstraídas”: autorrepresentaciones que nacen no de experiencias directas o de los problemas de la vida cotidiana, sino de experiencias acumulativas de generaciones previas, que podríamos llamar el peso agregado de nuestros antepasados. A menudo pensamos acerca del pasado como distinto y separado de nuestras acciones en el presente. Asumimos que el ethos que conservamos y los valores fundamentales con los que nos identificamos se basan en lo que hemos visto, oído y sentido directamente. Sin embargo, muchas veces nos tomamos de las experiencias de otros. Nuestras palabras reflejan el peso de la historia de nuestras comunidades, lo que han visto, oído y sentido. De este modo, los valores culturales están, en parte, abstraídos, desprendidos de aquellas experiencias que están en su origen. En el Capítulo 5 profundizo en este tema a través de mis entrevistas con los isleños más jóvenes, y en la Conclusión en un debate más extenso sobre la identidad.

El segundo concepto es el de “oposición identitaria”:2 articulaciones de identidad cultural que, bajo ciertas circunstancias, se vuelven factores importantes para las decisiones prácticas y cotidianas que hacen las personas. A pesar de que solemos pensar en la identidad como un fenómeno inmaterial, esta puede tener un impacto real en las opciones que tomamos. Las expresiones colectivas de identificación cultural pueden adquirir un impulso propio y conducir a comunidades completas en direcciones particulares. Cuando las comunidades sienten que elementos fundamentales de su identidad están siendo asediados, amenazados por cambios demasiado rápidos, ellas pueden oponerse al reafirmar aquellos elementos que consideran esenciales, tomando decisiones que, al evaluarlas, representan una forma de resistencia al cambio. Esto puede verse en la comunidad isleña de Llingua, en la que las opciones de trabajo asalariado son usualmente rechazadas en favor de la pesca y la agricultura de subsistencia (ver Capítulo 6). Las decisiones de estos isleños provienen de una mezcla entre racionalidad económica pragmática y convicciones culturales atesoradas profundamente.

Estilo

Este libro no es de ningún modo una descripción exhaustiva del pasado del archipiélago y su presente etnográfico, pero espero que su mezcla entre narrativa histórica sucinta y observaciones contemporáneas en terreno ofrezca a los lectores un retrato vívido de esta región única de Chile. Existe una larga tradición en antropología que funde la historia y la etnografía, desde los trabajos de E. E. Evans Pritchard (1948), June Nash (1979) y Marshall Sahlins (1985), a los de Eric Wolf (1959, 1969) y Sydney Mintz (1985). Menciono aquí a tres autores contemporáneos que han sido especialmente inspiradores para mí.

En Tracing the Veins (1998), Janet Finn conecta las voces de los mineros de Butte, Montana, y las de los mineros de Chuquicamata, Chile, por medio de la historia profunda de esas regiones. El resultado es una comprensión históricamente fundada sobre cómo hombres y mujeres en estas comunidades mineras se enfrentan al cambio. En su bellamente escrito Tibetal Diary (2004), Geoff Childs teje narrativas de hace cuatrocientos años con observaciones y testimonios de la vida actual en las tierras altas de Nepal, mostrando que algunas tradiciones religiosas persisten mientras que otras son reinterpretadas y adaptadas a circunstancias cambiantes. Y Cathy A. Small, en su libro Voyages de 1997, describe las luchas de inmigrantes tonganos en Estados Unidos, yuxtaponiendo los testimonios de isleños mayores e isleños jóvenes en el marco más amplio de la historia de la inmigración. Estos libros destacan no solamente por sus vívidas y emocionantes representaciones del cambio cultural, sino también por la manera en que reconocen explícitamente el pasado y lo integran en su etnografía.

Mis capítulos sobre la historia de Chiloé fueron escritos en gran parte como respuesta al énfasis que chilotes mayores y más jóvenes ponen en eventos y circunstancias particulares del pasado. Los isleños me hablaron recurrentemente acerca del aislamiento político y geográfico que sufrieron las generaciones pasadas; de prácticas que existen desde hace mucho tiempo, como la minga, y que le dieron forma a su ethos de solidaridad isleña; de la anexión forzosa de Chiloé a Chile; y del impacto que han tenido los cambios económicos neoliberales durante las últimas décadas. Este pasado es debatido de manera activa y discutido entre muchos chilotes, y es difícil comprender plenamente sus expresiones colectivas de identidad hoy en día si no nos situamos desde él.

He escrito deliberadamente sin jerga académica y de forma descriptiva. Con demasiada frecuencia en las ciencias sociales, y particularmente en antropología, la información etnográfica queda enterrada bajo capas de abstracción, ocultándole a una potencial audiencia más amplia detalles inherentemente interesantes de la vida cultural. Por esta razón, he evitado largas discusiones teóricas en el cuerpo principal del libro, manteniendo los contenidos de los capítulos al nivel de las narrativas históricas, entrevistas y observaciones de primera mano. Permito que mis interpretaciones emerjan de los datos etnográficos, con un tratamiento más detallado de la teoría –y de la literatura acerca de la identidad– en la Conclusión. Mi objetivo es hacer que este libro sea accesible al público de la manera más amplia posible. También he decidido no cambiar los nombres de las personas que he entrevistado. Si bien el usar seudónimos para proteger la identidad de los informantes ha sido una práctica común en antropología, casi todos los chilotes con los que hablé preferían que sus nombres aparecieran en el texto. Para ellos, el cambio cultural era un fenómeno palpable, algo que a veces discutían abierta y apasionadamente con sus amigos y sus vecinos. Así, querían que sus opiniones e identidades no fueran disimuladas por un seudónimo. Hay dos excepciones a esto, y cambié los nombres en ambos casos (referidos en notas al pie cuando aparecen por primera vez).

Los seudónimos pueden hacer de la investigación antropológica un esfuerzo prácticamente imposible de rastrear. En este sentido, el usar nombres verdaderos tiene la ventaja añadida de hacer mi trabajo más transparente para cualquiera que desee criticarlo o enriquecerlo. Como lo ha notado Linda Seligmann, que tomó esta misma aproximación en Peruvian Street Lives (2004, 11): “Estas son personas reales; otros pueden hablar con ellas, y ellos pueden responder. Vivimos en el mismo mundo”.3

NOTAS

1. Notas de campo, 8 de enero de 2004, San Juan.

2. En el original, “identity pushback” (N. T.).

3. En el original, “These are real people; others can talk to them, and they can talk back. We live in the same world” (N. T.).

1. ORÍGENES INDÍGENAS: CHONOS Y HUILLICHE

“La conquista española significó en su tiempo la transformación de las formas de vida locales. Hoy hablamos castellano, somos mayoritariamente católicos y hemos incorporado parte del imaginario europeo a nuestra conciencia. Pero entonces las transformaciones duraron muchos siglos… Esos encuentros y desencuentros entre españoles y mapuches de este archipiélago, durante tres siglos, construyeron al chilote como entidad biológica, cultural y social. Esa historia en común constituye nuestra tradición, la esfera de los recuerdos, los afectos y, en una palabra, las identidades de esta región.”Renato Cárdenas Álvarez, “La esmoltización del chilote”

Los investigadores no están seguros de cuándo exactamente los seres humanos llegaron a las islas que conforman el archipiélago de Chiloé. En el sitio arqueológico de Monte Verde, localizado en el continente solo a unos pocos kilómetros al norte de Chiloé, los hallazgos sugieren que personas habitaron ese territorio continental hace catorce mil años aproximadamente (Dillehay et al. 2015, 2008; Dillehay 2000). En ese tiempo, los hielos del último período glaciar estaban en las fases finales de su retirada hacia los polos. La Isla Grande de Chiloé y las islas que la rodeaban, alguna vez envueltas en hielo, ahora aparecían como masas de tierra distinguibles, separadas entre sí por una red de estrechos canales. El archipiélago se ubicaba a eso de sesenta kilómetros al oeste del continente, pero en su sección norte casi tocaba la saliente de la costa occidental de América del Sur. Se presume que desde algún lugar de este último borde –donde el canal que divide al continente de la isla no llega a tener más de tres kilómetros y medio de ancho– las primeras bandas de humanos cruzaron hacia el archipiélago.

En Chiloé, los vestigios arqueológicos más antiguos datan de alrededor del 6000 AP. Se encuentran en los conchales de los sectores meridional y nororiental de la Isla Grande, esparcidos por la costa. Estos conchales contienen herramientas, puntas de flecha de piedra, trozos cerámicos y conchas descartadas que habrían sido utilizadas como ornamentos y raspadores. Uno de estos sitios, ubicado en la pequeña península de Lacuy, al oeste de Ancud, posee esqueletos de cuatro individuos en lo que parece ser una tumba superficial (Aspillaga et al. 1995). En el Golfo de Quetalmahue, otro sitio muestra evidencia de un foso para hornear, con restos de moluscos (Munita, Mera, & Álvarez 2016; Rivas & Ocampo 2005, 70). Así, estos sitios sugieren que los primeros isleños tenían una vida trashumante, moviéndose a lo largo de las costas del archipiélago en pequeñas canoas de madera, construyendo chozas transportables de ramas y pieles de animales, y sobreviviendo con una dieta que consistía predominantemente en pescados y mariscos.

Los chonos

Las descripciones de exploradores durante el siglo XVI nos ofrecen una radiografía de los habitantes del sur del archipiélago: los chonos. Alrededor de la época del contacto, los chonos ocupaban gran parte de Chiloé, así como las islas que luego serían llamadas con su nombre (el Archipiélago de los Chonos) (Cárdenas Álvarez, Montiel Vera, & Hall 1991, 93).1 Para ser más precisos, la palabra chono no se refiere a una nación específica o a una unidad política, sino a un conjunto de bandas que practicaban una misma forma de vida –el nomadismo a lo largo de la Patagonia costera–, marcadamente distinto del sedentarismo de los mapuches que habitaban el centro y sur de Chile (Lira 2016; D. Weber 2005). Como argumento más adelante, se pueden encontrar elementos de esta cultura en la vida isleña contemporánea.

Una de las primeras descripciones de los chonos fue la de Miguel Goizueta, el escribano oficial de la expedición española que buscaba explorar las costas de Chiloé y de la Patagonia a mediados del siglo XVI.2 Comandada por Juan Fernández Ladrillero, la expedición se inició en respuesta a las órdenes del conquistador Pedro de Valdivia de encontrar una ruta hacia el Estrecho de Magallanes desde el Pacífico. Tres barcos zarparon desde Chile central en noviembre de 1557, regresando por la costa unos pocos meses después de localizar la codiciada entrada a dicho estrecho.3

Los exploradores se encontraron con los chonos en varios puntos del regreso de su viaje. En un campamento levantado en un lugar del sur de Chiloé, divisaron humo que venía desde un cerro a eso de dos kilómetros de distancia. “Oímos muchas voces de indios de la tierra”, nos dice Goizueta, y entonces uno de los capitanes fue a pie a saludarlos. Un rato después regresó con catorce hombres “de razonable estatura”. Llevaban lanzas de madera, “puñales de hueso de ballena” e iban cubiertos con arcilla marrón y pieles de lobo marino. Los españoles les dieron brazaletes de metal, “llantos de paño de colores” (ropas coloridas, de género) y anzuelos de pesca. A cambio, los españoles recibieron “un zurrón de cuero de lobo lleno de tierra colorada”, un regalo sin significado para ellos con el que “nos reímos mucho”, según quien escribiera el relato (Goizueta 1880, 410).

Varios días después, los exploradores se encontraron con otra banda de chonos. Goizueta los observó zambullirse desde sus canoas de madera en el gélido océano en busca de mariscos. “No poca admiración”, reporta Goizueta, “nos fue ver el frío que sufrían porque el agua salada se helaba, cuajándose... y si acaso metíamos la mano en el agua nos dolía y quemaba como fuego, y ellos iban nadando como peces” (Goizueta 1880, 414).

Más tarde, en tierra, los españoles intentaron capturar a varios chonos para usarlos como traductores. Los miembros de la tripulación no quisieron usar sus armas, puesto que “[los hombres] si por fuerza de armas habíamos de tomar los que quedaban muertos o heridos y no eran de provecho”. En cambio, intentaron atraparlos con las manos. Sin embargo, la piel de los indígenas estaba tan embadurnada de aceite de lobo marino, para protegerse del frío, que “se deslizaban… del cuero del corso que traían cubierto largábanse luego, y dejándole en nuestras manos se huían” (Goizueta 1880, 414).

Casi cada aspecto de la cultura chona mostraba una notable adaptación a la vida nómade en el frío y adverso clima de Chiloé y la Patagonia. Como recolectores del mar, viajaban de un lugar al otro en canoas pequeñas y transportables llamadas “dalcas”, que podían ser desarmadas y rearmadas fácilmente (Urbina Carrasco & Chapanoff 2010). Llamadas “la embarcación más perfecta de las dos Américas” por un escritor, las dalcas se construían de tres o cinco tablas de madera tejidas con “ñocha” (una pequeña planta nativa de los bosques de la región, con la que se suelen confeccionar objetos artesanales como canastos) y sus costuras eran selladas con corteza de alerce (Trivero 2005, 66).4 Los tablones se arrancaban cuidadosamente de grandes árboles con conchas de moluscos, hachas de piedra y fuego. El antropólogo Nicolás Lira (2016) refiere que las dalcas eran muy maniobrables en las agitadas aguas costeras del Pacífico, permitiéndole a una pequeña tripulación deslizarse fácilmente de una isla a la otra. Tenían entre ocho y doce metros de largo, y a ojos de los exploradores europeos se veían endebles e inestables. Según un cronista, “solo al verlas intimidan al hombre más esforzado” (González de Agüeros 1791, 186).

Los chonos se alimentaban principalmente de pescado y marisco (que hoy siguen siendo una de las principales fuentes de sustento de los isleños en zonas rurales). Cazaban lobos marinos con lanzas, consumían su carne, se vestían con sus pieles y bebían su grasa derretida para aumentar su resistencia al frío. Embadurnaban sus brazos, piernas y torsos con una capa de esta misma grasa para proteger sus cuerpos (González de Agüeros 1791, 187).

Las mujeres solían recolectar el marisco, sumergiéndose en las aguas gélidas, “no haciendo en este caso ni del frío ni del calor; ni si se encuentran bien o mal de salud, si están encinta o si recién dieron a luz” (Venegas [1614] 1927, citado en Trivero 2005, 47). Un explorador observó que solo momentos después de dar a luz, las mujeres chonas acarreaban a sus recién nacidos a la costa y los bañaban en las aguas del océano (Hanisch 1982, 248-49). Los hombres, cuando no estaban cazando lobos marinos y pescando, generalmente permanecían en la playa cerca de las fogatas, cuidando del fuego y recolectando madera. Sus chozas transportables, hechas de ramas, corteza y pieles de animal, eran tan pequeñas que sus ocupantes debían “ponerse de rodillas, para no tocar arriba, y su longitud apenas es la del cuerpo tendido” (Venegas [1614] 1927, citado en Urbina Burgos 1988b, 32).

Cuando había que pescar, las bandas de chonos colaboraban con una técnica que a fines del siglo XX todavía se utilizaba en las zonas rurales del archipiélago. Construían pequeños cercos de ramas entretejidas en la boca de los estuarios más estrechos, durante la marea baja. El aumento en el nivel de las aguas permitía que los peces nadaran por sobre los cercos hacia la parte “acorralada” del estuario. Cuando el mar retrocedía otra vez, los peces atrapados eran recogidos a mano en la misma playa y repartidos en el grupo (Munita, Mera, & Álvarez 2016; Álvarez Abel 2004).5 Los pescados eran luego cocidos en cuencos de madera y en contenedores hechos de corteza gruesa; entonces, piedras al rojo vivo eran puestas en dichos tiestos para que el agua hirviera (Rosales [1877] 1989). La construcción de los corrales y la recolección del pescado eran un esfuerzo colectivo.

Las observaciones de John Byron

Una de las más íntimas y detalladas descripciones de la vida de los chonos fue escrita a mediados del siglo XVIII por John Byron, abuelo del conocido poeta inglés Lord Byron. Si bien fueron la casualidad y la aventura las que llevaron al viejo Byron a entrar en contacto con los chonos en Chiloé y en la Patagonia, esta narración ofrece decidoras impresiones sobre el pasado indígena del archipiélago. Referiré brevemente las partes más relevantes de esta historia.