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Memorias de un desmemoriado de Benito Pérez Galdós es una obra imprescindible de la literatura española clásica, donde el autor despliega su humor e ironía para ofrecer una autobiografía literaria única. A través de estas páginas, Galdós nos transporta al siglo XIX en España, revelando anécdotas personales, reflexiones críticas y un retrato vivo de la sociedad de su tiempo. Ideal para amantes de la narrativa galdosiana, estudiosos de escritores españoles célebres y lectores que buscan una obra original, cercana y perspicaz.
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
MI LLEGADA A LA CORTE. I
II
III
IV
ADELANTE, AMIGOS. I
II
III
IV
PEREDA Y YO. I
II
III
IV
VIDA PARLAMENTARIA. I
II
III
IV
V
ESCAPATORIA OTOÑAL. I
II
III
IV
LO QUE ME CONTÓ UN ABATE. I
II
III
IV
V
RECUERDOS DE ITALIA. I
II
III
IV
V
VI
«ÁNGEL GUERRA» Y TOLEDO. I
II
VISITA A UNA CATEDRAL. I
II
III
AUTOR TEATRAL. I
II
ESTRENOS DE «REALIDAD», «LA LOCA DE LA CASA» Y «LA DE SAN QUINTÍN». I
II
ANSÓ. «LOS CONDENADOS». I
II
III
NUEVOS VIAJES. I
II
III
GALDÓS, EDITOR. I
II
III
IV
ÚLTIMAS NOTAS. I
II
ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. LA REINA ISABEL I
II
III
EJECUCIONES
EL GENERAL PRIM
ESTADO DE MADRID
FUROR NEOCATÓLICO
PARTES TELEGRÁFICOS DE LA GRANJA
PARTIDA DE LA CORTE A ZARAUZ
«EL ABOLICIONISTA»
EL PRÍNCIPE AMADEO
EL CALLAO. BOMBARDEO DE LA UNIÓN
DESASTRES
CONFLICTOS DENTRO Y FUERA DE ESPAÑA
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Fecha primera publicación en México: Febrero 2026
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Primera edición en libro electrónico: diciembre de 2025
REF.: OBDO928
ISBN: 978-84-1098-822-4
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n amigo mío, con quien me unen vínculos sempiternos, ha dado en la flor de amenizar su ancianidad cultivando el huerto frondoso de sus recuerdos; más en esta labor no le ayuda con la debida continuidad su memoria, que a las veces ilumina con vivísimo esplendor los días pasados y luego se eclipsa y los deja sumergidos en noche tenebrosa. Estas intermitencias del historial retrospectivo de mi amigo le turban y desconciertan. Escrita la primera parte de sus apuntes biográficos, no a muchos días que las puso en mis manos, pidiéndome que llenase yo las lagunas o paréntesis que hacen de su obra una mezcolanza informe, sin la debida trabazón lógica de los hechos que se refieren.
A tales escrúpulos respondí yo:
«Simplón, no temas dar a la publicidad los recuerdos que salgan luminosos de tu fatigado cerebro y abandona los que se obstinen en quedar agazapados en los senos del olvido, que ello será como si una parte de tu existencia sufriese temporal muerte o catalepsia, tras de la cual resurgirá la vida con nuevas manifestaciones de vigorosa realidad».
Asintió a este parecer mi fiel amigo y no tardó en enviarme el primer capítulo de sus desmemoriadas memorias, que a continuación verá el ocioso lector.
ncapacitado para el orden cronológico por la rebeldía innata de mis ideas, doy comienzo a esta primera parte de mi existencia por el fin o los medios de ella.
Omito lo referente a mi infancia, que carece de interés o se diferencia poco de otras de chiquillos o bachilleres aplicaditos. El 63 o el 64 —y aquí flaquea un poco mi memoria—, mis padres me mandaron a Madrid a estudiar derecho, y vine a esta corte y entré en la universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía, como he referido en otro lugar. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos.
En aquella época fecunda de graves sucesos políticos precursores de la revolución, presencié, confundido con la turba estudiantil, el escandaloso motín de la noche de San Daniel —10 de abril del 65—, y en la Puerta del Sol me alcanzaron algunos linternazos de la Guardia Veterana, y en el año siguiente, el 22 de junio, memorable por la sublevación de los sargentos en el cuartel de San Gil, desde la casa de huéspedes, calle del Olivo, en que yo moraba con otros amigos, pude apreciar los tremendos lances de aquella luctuosa jornada. Los cañonazos atronaban el aire; venían de las calles próximas gemidos de víctimas, imprecaciones rabiosas, vapores de sangre, acentos de odio… Madrid era un infierno. A la caída de la tarde, cuando pudimos salir de casa, vimos los despojos de la hecatombe y el rastro sangriento de la revolución vencida. Como espectáculo tristísimo, el más trágico y siniestro que he visto en mi vida, mencionaré el paso de los sargentos de artillería llevados al patíbulo en coche, de dos en dos, por la calle de Alcalá arriba, para fusilarlos en las tapias de la antigua plaza de toros.
Transido de dolor les vi pasar en compañía de otros amigos. No tuve valor para seguir la fúnebre traílla hasta el lugar del suplicio, y corrí a mi casa, tratando de buscar alivio a mi pena en mis amados libros y en los dramas imaginarios, que nos embelesan más que los reales.
Respirando la densa atmósfera revolucionaria de aquellos turbados tiempos, creía yo que mis ensayos dramáticos traerían otra revolución muy honda en la esfera literaria; presunción muy natural en los cerebros juveniles de aquella y esta generación. Todo muchacho despabilado, nacido en territorio español, es dramaturgo antes que otra cosa más práctica y verdadera. Yo enjaretaba dramas y comedias con vertiginosa rapidez y lo mismo los hacía en verso que en prosa; terminada una obra, la guardaba cuidadosamente, recatándola de la curiosidad de mis amigos; la última que escribía era para mí la mejor, y las anteriores quedaban sepultadas en el cajón de mi mesa. Claro es que yo frecuentaba los teatros, principalmente en los estrenos. En una localidad alta del Teatro Español asistí al estreno de Venganza catalana, del maestro García Gutiérrez, y quedé tan maravillado, que al volver a mi casa no se me ocurría más que quemar mis manuscritos…, pero no los quemé; lo que hice fue imaginar otras cosas conforme al patrón del grandioso drama que había visto representar a Matilde Díez y Manuel Catalina… Al relatar este suceso, dudo si lo coloco en el lugar cronológico que le corresponde. Pasaron días, y al aproximarse el verano del 67 llegó a Madrid una persona de mi familia con un hijo suyo, mi sobrino, y me dieron la grata noticia de que me llevarían a París a ver la Exposición Universal, el acontecimiento culminante de aquel año. ¡Oh, sorpresa del destino en la vida de las criaturas! ¡Ora sean estas hombres barbados, ora muchachos imberbes! Parecíame un sueño, un cuento de hadas, verme yo transportado a París, la metrópoli del mundo civilizado.
evorado por febril curiosidad, en París pasaba yo el día entero calle arriba, calle abajo, en compañía de un plano, estudiando las vías de aquella inmensa urbe, admirando la muchedumbre de sus monumentos, confundido entre el gentío cosmopolita que por todas partes bullía. A la semana de este ajetreo ya conocía París como si este fuera un Madrid diez veces mayor. Frecuentes paradas hacía en los puestos de libros, que allí son cajones exhibidos en los quais, a lo largo del Sena. El primer libro que compré fue un tomito de las obras de Balzac —un franco; Librairie Nouvelle—. Con la lectura de aquel librito, Eugenia Grandet, me desayuné del gran novelador francés, y en aquel viaje a París y en los sucesivos completé la colección de ochenta y tantos tomos, que aún conservo con religiosa veneración.
De la Exposición Universal no hablemos; estaba instalada en un inmenso barracón elíptico —Campo de Marte o de Marzo— y rodeada de magníficos jardines, donde cada nación había levantado un edificio de su peculiar estilo. Si he de decir la verdad, la exposición me mareaba, me aturdía, y siempre salía de allí con dolor de cabeza. Me agradaba más admirar las joyas artísticas del Louvre, del Luxemburgo o las riquezas arqueológicas del museo Cluny. Pero mi mayor goce era presenciar las grandes solemnidades públicas, como la revista militar que pasaba el emperador a las tropas en los Campos Elíseos. Me parece estar viendo a Napoleón III con sus bigotes engomados y su perilla, según la moda de aquel tiempo; el pecho lleno de cruces; figura en verdad poco napoleónica. También hice entonces conocimiento visual con la bellísima emperatriz Eugenia y con los soberanos europeos que fueron a visitar la exposición, entre ellos el rey de Portugal, D. Luis I, el sultán de Turquía y el rey Guillermo de Prusia, que tres años después, derrotado Napoleón III en Sedán, se coronó emperador de Alemania en Versalles.
El resto de mi tiempo, aquel verano, lo empleaba paseándome observando la transformación de la gran Lutecia, iniciada por el Segundo Imperio. Los bulevares Hausmann, Malesherbes, Magenta y otros de la orilla derecha, así como los de Saint Germain y Saint Michel en la otra orilla izquierda, estaban en construcción. No se veían más que derribos de barrios enteros y enormes hileras de andamios. Los progresos de esta reforma pude observarlos al año siguiente, pues el cielo benigno me deparó la inaudita felicidad de volver a París al año siguiente. Estaba escrito que yo completase, rondando los quais mi colección de Balzac —Librairie Nouvelle—, y que la echase al coleto, obra tras obra hasta llegar al completo dominio de la inmensa labor que Balzac encerró dentro del título de La comedia humana.
Con las personas que me llevaron a París volví a Madrid sin incidente notable, y en el intervalo entre este primer viaje y el segundo —1868— saqué del cajón donde yacían mis comedias y dramas, y los encontré hechos polvo; quiero decir, me parecieron ridículos y dignos de perecer en el fuego. Pasados algunos meses, reanudé mi trabajo literario, y sin descuidar mis estudios en la universidad, me lancé a escribir La Fontana de Oro, novela histórica, que me resultaba fácil y amena. Un impulso maquinal que brotaba de lo más hondo de mi ser me movió a este trabajo, que continué metódicamente hasta que llegaron personas de mi familia para llevarme a París por segunda vez. Heme aquí viajando por etapas, ferrocarril del Norte, frontera pirenaica, Mediodía de Francia y Orleans, hasta dar fondo en la ciudad luminosa. Esta que fue tan hospitalaria como en la etapa del 67.
Por abreviar, referiré que fuimos por jornadas cortas a través de la bella Francia hasta llegar a Bagnères-de-Bigorre, estación de baños en el Pirineo. Al escribir esto, surge en mi memoria una lamentable confusión. Ello es que, como también estuve en Cauterets, no sé si fue en este viaje o en anterior. Sea lo que fuere, reanudo el hilo de mi narración relatando que en el delicioso pueblo de Bagnères-de-Bigorre proseguí escribiendo La Fontana de Oro, sin llegar a terminarla. Luego continuamos nuestro viaje a lo largo de Midi francés, llegando hasta la hermosa Provenza, Aviñón, Montpellier, Perpiñán… Aquí se embarulla otra vez mi memoria, pues recuerdo a Marsella como si la estuviera viendo. Sin duda retrocedimos de Marsella a Perpiñán, y entramos en España por carretera en viaje molesto y peligroso, hasta parar en la ciudad de Figueras, donde tomamos el ferrocarril para ir a Gerona. Vi y examiné esta población a mi gusto, visitando sus monumentos y recorriendo todas sus calles y plazas. ¡Qué lejos estaba yo de pensar que seis años después había de escribir el episodio de Gerona! Tan fijos quedaron en mi mente las bellezas, accidentes y rincones de la invicta ciudad que no necesité más para describirla.
l llegar a Barcelona, me encontré de manos a boca con la revolución de España que derribó el trono de Isabel II. Eran los últimos de septiembre. La escuadra con Topete y Prim se había sublevado en Cádiz al grito de abajo los Borbones. Serrano, Caballero de Rodas y otros caudillos militares desterrados en Canarias habían vuelto clandestinamente en el vapor Buenaventura, mandado por el valiente capitán Lagier. Toda España estaba ya en ascuas. Barcelona, que siempre figuró en la vanguardia del liberalismo y de las ideas progresivas, simpatizaba con ardorosa efusión en el movimiento.
Recuerdo haber visto al conde de Cheste, capitán general de la región, paseando por la Rambla al frente de los Mozos de Escuadra. Su actitud imperiosa y un tantico teatral dejaba en el público impresión semejante a la de los espectadores de una tragedia donde todo se expresa en versos fríos y retumbantes.
Atento a la bullanga política, desde la fonda me sobraba tiempo para recorrer la ciudad risueña, verdaderamente encantadora. Aún existía la Muralla de Mar, paseo delicioso desde Atarazanas hasta el jardincillo del capitán general. Iniciado estaba ya el grandioso ensanche con sus hermosas vías y el Paseo de Gracia, incomparable avenida que pronto había de rivalizar con las mejores de Europa. En mis sucesivos viajes a Barcelona he visto, año por año, el desarrollo de esta ciudad, que supera en belleza a las joyas del Mediterráneo, Marsella, Génova y Nápoles… Dejo esta materia para otra ocasión y continúo mi relato político diciéndoos que al siguiente día de haber visto en la Rambla al prepotente conde de Cheste llegó la noticia de la victoria de Alcolea, y ¡Viva España con honra…! ¡Abajo los Borbones! ¡Adiós, generosa Isabel, hasta que volvamos a vernos en París, Palacio de Castilla, donde has de contarme interesantes casos de tu azaroso reinado!
Mi familia se asustó del barullo revolucionario, y como estaba anclado en el puerto el vapor América, correo de Canarias, nos fuimos a bordo para partir hacia las Afortunadas al siguiente día. Por la noche, desde el vapor, presenciamos las demasías de la plebe barcelonesa, que se limitaron a quemar las casetas de consumos. Era una revolución de alegría, de expansión de un pueblo culto. Al amanecer zarpó el América para Canarias, y como yo ardía en curiosidad por ver en Madrid los aspectos trágicos de la revolución, rogué a mi familia que me dejase en Alicante, donde hacía escala el correo; y con tanto calor me expresé, añadiendo el pretexto de continuar mis estudios en la universidad, que mi familia me dejó bajar a tierra. Del muelle corrí a la estación; poco después me metía en el tren para Madrid… A las pocas horas de llegar a la villa y corte tuve la inmensa dicha de presenciar en la Puerta del Sol la entrada de Serrano… Ovación estruendosa, delirante.
los pocos días de presenciar en la Puerta del Sol la entrada del general Serrano, vi la entrada del general Prim, el héroe popular de aquella revolución. El delirio de la multitud llegó al frenesí. Delante de Prim iba en un coche Tamberlick cantando el himno de Garibaldi. Desde el balcón del ministerio hablaron Prim, y creo que Topete. El embravecido oleaje de la multitud creció de tal modo, que no pudimos entender lo que dijeron los caudillos de la revolución. Creo que aquel mismo día se formó el Gobierno provisional, cuyos nombres omito, porque pertenecen a la historia bien conocida de todo el mundo, y sigo narrando la historia anecdótica, principal asunto de estas páginas tan verídicas como deshilvanadas. De Zaragoza recibieron nuestros gloriosos generales una invitación para asistir a un certamen de artes e industrias que en aquella ciudad se celebraba. Prim no pudo ir porque tenía que quedarse en Madrid al frente del Gobierno. Fueron Serrano y Topete, y con ellos y tras ellos una caterva de políticos, literatos y periodistas. Entre estos, varios amigos me colocaron a mí, que en aquellos días escribía en no sé qué semanario. El tren que conducía la variada muchedumbre de expedicionarios partió una mañana de octubre.
Si los magnates de la política y los literatos eminentes iban satisfechos, los chicos folicularios reventábamos de gozo. Sin detenerse pasaba el tren por las estaciones, y en la Sigüenza ocurrió un gracioso caso. En el andén estaba el pueblo en masa con todas las autoridades y entre ellas el obispo, y una música que tocaba desaforadamente el himno de Riego. Serrano, que al paso veloz del tren reconoció en el obispo a su amigo Benavides, mandó parar y retroceder. Escena tumultuosa y patética. Se abrazaron el general y el prelado, y el pueblo prorrumpió en aclamaciones frenéticas, mientras el chin chin de la música amalgamaba compases del himno de Riego con La Marsellesa. Al fin seguimos nuestro camino: nos despedimos de aquel gentío, agitando nuestras manos y vociferando como energúmenos. El obispo Benavides era un señor muy campechano. De la sede de Sigüenza pasó al Patriarcado de las Indias; luego fue arzobispo de Zaragoza y cardenal… No describo la recepción que nos hizo el pueblo zaragozano, porque ya la supondrá el entendido lector. Discursos en calles y plazas, en balcones y en lo alto de un farol, en el pedestal de una estatua; abrazos de personas que no se habían visto nunca; plácemes, resonante murmullo de alegría, esperanza y fraternidad en todo el pueblo. Por la noche funciones teatrales, banquetes, donde se improvisaron programas políticos y se leyeron versos muy picantes, como una quintilla que, entre aclamaciones frenéticas, recitó Manuel del Palacio en el Teatro Principal.
Al día siguiente, tempranito, me eché a la calle animoso de conocer ciudad tan interesante, renombrada por su grandeza histórica y singularmente por el valor de sus hijos. En pocas horas recorrí sin guía el Coso, el Mercado, el Pilar y la Seo; vi la Torre nueva; después, la Escuela Pía, la parroquia de San Pablo, la Puerta del Carmen, acribillada por los balazos de los dos famosos sitios; la Trinidad, la Aljafería, el Torrero y, por último, las ruinas de San Agustín. No puedo decir que todo esto lo viera en una sola caminata, sino en varias aquel día o en los siguientes; ello fue que, por un misterioso móvil de observación, me fui apoderando de todos los aspectos característicos de la capital aragonesa. Mucho aprendí en aquel primer viaje, pero hasta mi segunda o tercera visita, no conocí al famoso Mariano de Gracia, el hombre más salado, más simpático, más ameno, que ha nacido a orillas del Ebro. La Jota y los dos Marianos, Cavia y Gracia, son las mejores flores de Aragón.
uestro regreso a Madrid no careció de notas que pudiéramos llamar históricas. Almorzando en la estación de Alcalá de Henares, se nos agregaron D. Salustiano de Olózaga, Cristino Martos y otras conocidas personalidades. Los generales Serrano y Topete nos habían precedido en un tren expreso. Los periodistas veníamos en un mixto. No recuerdo cómo coincidimos en aquella estación con Olózaga y Martos; lo que está bien presente en mi memoria es que Olózaga, el gran antidinástico, pronunció un grave discurso desvaneciendo las ilusiones de los que creían que las futuras Cortes Constituyentes proclamarían la República, y Martos, después de breve controversia, coincidió con la serena templanza del patriarca progresista. Parlotearon otros oradores y oradorzuelos. Sobre la marejada de aquellas disertaciones en que imperó el tono familiar, flotó la idea de que las Constituyentes se inclinarían a mantener el principio monárquico con una dinastía francamente democrática y popular. Tal era la idea de Prim, alma y verbo de nuestra revolución, que hasta entonces parecía más que radical doméstica.
Pongo término a esta divagación anecdótica para decir que en Madrid seguí cultivando mi huerto literario. Volví a poner mano en La Fontana de Oro y en otros trabajillos, en periódicos y revistas. En aquel tiempo trabé amistad con Albareda, fundador de la Revista de España, hombre sugestivo y mundano, dotado de extraordinaria sagacidad política… En mi narración llego a los días en que se apodera de mí el sueño cataléptico; no sé dónde vivo, ni lo que me pasa, ni en qué me ocupo. Para llenar estos vacíos de mi relato, evoco mi memoria y le hablo de esta manera: «Memoria mía, mi amada memoria, cuéntame por Dios mis actos en aquella época de somnolencia».
La memoria refunfuña, se despereza y me contesta: «Tontín, ¿has olvidado que escribías articulejos de política en la Revista de España, nueva creación de Albareda? ¿Tan aturdido estás que no te acuerdas de que en la Revista de España publicaste tu segunda novela El audaz y que al propio tiempo imprimías en la imprenta de Nogueras La Fontana de Oro
