Memorias de un semidiós - Héctor Libertella - E-Book

Memorias de un semidiós E-Book

Héctor Libertella

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Beschreibung

 En tiempos de convenciones realistas, la lectura de Memorias de un semidiós es una alternativa refrescante. Sus escenarios van de la pampa argentina a Nueva York y Massachussets, y en bares, vagones de tren o bancos de plaza los personajes aparecen y reaparecen como fantasmas en una historia que el lector deberá hilvanar, como quien reconstruye una vida a partir de fragmentos indefectiblemente sueltos pero llenos de sentido. Recordatorio también de que la escritura siempre tiene que ser nueva, radical, un experimento, esta novela compone además el manual táctico que es toda la obra de Héctor Libertella. Dispersa, hermosa, pequeña, interminable, atestigua nuestro modernismo y nuestra vanguardia, entre los años sesenta y los ochenta del siglo pasado, desde donde viene a levantar un dedo hacia un futuro mejor. 

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Seitenzahl: 99

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Memorias de un semidiós

Héctor Libertella

 

Presentación de Malena Rey

 

Índice

Cubierta

Portada

Presentación por Malena Rey

Memorias de un semidiós

Dedicatoria

Epígrafe

Primera parte

I

II

III

IV

V

VI

Segunda parte

I

II

III

IV

V

VI

Tercera parte

I

II

III

IV

V

Cuarta parte

I

II

III

IV

V

Epílogo

Posdata

Sobre el autor

Créditos

Landmarks

Tabla de contenidos

Presentación

por Malena Rey

Esta novela se publicó por primera vez en 1998 en Buenos Aires, en la extinta editorial Perfil. A diferencia de otros libros de Libertella, este parecía tener un cariz comercial ya desde la portada: había ahí un retrato del autor –que por entonces tenía 53 años– mirando a cámara por encima de sus lentes y hasta una faja roja escrita en mayúsculas con la siguiente leyenda: “Una muerte dudosa. Un negocio sucio. Una novela argentina”. Leída desde esas premisas, hay que decir que esta es sin dudas la ficción más detectivesca de Héctor Libertella, pero el registro marketinero es como siempre un poco engañoso, porque se monta sobre un enigma que el libro no resuelve del todo. Hay un crimen, sí, pero por esas dilaciones de la justicia argentina nunca termina de resolverse. Hay varios negocios turbios también; de hecho su protagonista, Héctor Cudemo (alter ego del autor que ya había aparecido en su primera novela, El camino de los hiperbóreos), nos cuenta que tuvo una educación sentimental por lo menos curiosa en la trastienda del piano bar que regenteaban sus padres, rodeado de criminales, abogados, prostitutas. Pero sobre todo nos encontramos con una de las novelas más “convencionales” de su autor, a quien se suele inscribir en la tradición literaria del siglo XX como un “hermético”, quizás por la dificultad de clasificar su literatura de otra forma. Esta sería entonces una de sus novelas más minimalistas y accesibles, puerta de entrada posible para quienes nunca lo hayan leído.

Memorias de un semidiós avanza por la vida, los dramas y los sueños de Cudemo, un joven que se va de la casa familiar a los 15 años munido de una Biblia y un revólver. A partir de ese hecho, la trama se mueve a los saltos alternando varios planos temporales y se desplaza por distintos escenarios que van de Mar del Plata a Nueva York, y de Iguazú o Carhué a Salem, Massachusetts. Como lectores, nos dejamos arrastrar por las piruetas libertellianas, que empujan la narración hacia territorios inesperados y, al mismo tiempo, la sumergen en una deliberada opacidad. Entendemos y no entendemos del todo lo que ocurre, porque Cudemo desarticula la lógica causal del relato y despliega una extraña capacidad de anticipación, como si supiera más que el propio texto sobre lo que está por suceder.

También se destacan una serie de personajes felizmente extravagantes: la nodriza Ludivina, la prostituta Nafka, el turco Chabán (¿un guiño al artífice de Cemento y Cromañón?), el polaco Karol Laszlas y los miembros de la familia del protagonista, entendida aquí en el sentido mafioso del término. No es menor señalar que la publicación de Memorias de un semidiós coincide con los estertores del menemismo –una época igualmente poblada de figuras excéntricas y opacas– y con el supuesto suicidio del empresario Alfredo Yabrán. De hecho, Daniel Link, en su reseña para Radar, sugiere que el semidiós del título bien podría leerse como una alegoría de Yabrán mismo: un personaje poderoso, oscuro y enigmático, vinculado al crimen del fotógrafo José Luis Cabezas, cuyo asesinato quedó impune.

 

Héctor Libertella nació en Bahía Blanca en 1945 y además de escritor fue editor de sellos como Monte Ávila y Fondo de Cultura. Con su primera novela, El camino de los hiperbóreos, de 1968, ganó el prestigioso Premio Paidós y con él cierto lugar en la escena literaria de la época, que tuvo que refrendar con otros títulos, como Aventuras de Los Miticistas (1972), Personas en pose de combate (1975), El paseo internacional del perverso (1990), y con varios libros en el registro del ensayo y la crítica literaria, entre los que podemos mencionar Nueva escritura en Latinoamérica (1977) y Las sagradas escrituras (1988). Estuvo en pareja con la poeta y ensayista Tamara Kamenszain entre 1973 y 1998, y juntos se exiliaron en México durante la dictadura del 76. En 1984 regresaron al país con sus dos hijos, Malena y Mauro Libertella, quien también es escritor (de hecho, publicó Mi libro enterrado sobre la relación con su padre).

Héctor perteneció a la generación de escritores y escritoras argentinos que se juntaba a conversar y discutir en bares, que hacía revistas como Literal o Los Libros, y que empezó a publicar a finales de los sesenta. Entre sus amigos más cercanos podemos mencionar, según la década, a Osvaldo Lamborghini, César Aira, Josefina Ludmer, Margo Glantz, Enrique Lihn, María Moreno (quien le dedica un apartado en Black out), Luis Chitarroni, Charlie Feiling, Daniel Guebel, Ricardo Strafacce, Rafael Cippolini y Laura Estrin. Memorias de un semidiós está dedicada a dos de sus amigos: al artista Eduardo Stupía (gran cómplice en la composición de imágenes que muchas veces se incluyen en sus libros) y a Fogwill (que en esa época pedía que lo nombraran sólo con el apellido, como una marca, pero Libertella, para provocarlo, dedica el libro a Rodolfo Enrique Fogwill Pinzone). Le gustaba mucho el tango (en especial el fraseo de Goyeneche) y era habitué de los bares. Se lo solía encontrar al caer la tarde en el Varela Varelita, donde al día de hoy está todavía colgado su retrato. Murió en Buenos Aires a los 61 años, por un cáncer de pulmón, mientras estaba en imprenta La arquitectura del fantasma, su autobiografía.

A diferencia de lo que ocurrió con algunos de sus contemporáneos, como Laiseca o Fogwill, desde su fallecimiento en octubre de 2006 su obra prácticamente desapareció de las librerías. Hoy, al recuperarla de manera póstuma, adquiere una potencia reveladora: aquello que antes desconcertaba y la volvía “hermética” se revela como uno de sus rasgos más fascinantes. En un presente dominado por la literalidad y la pérdida de terreno de la imaginación, Libertella apostó por la novela como un artefacto sofisticado capaz de volver el mundo más interesante. Fue –y sigue siendo– un autor exigente, que pide lectores atentos, dispuestos a perderse y dejarse llevar por su ingenio, su humor culto y sus juegos verbales. Su obra desconfía de la profesionalización de la escritura, rehúye de la complacencia del mercado y se inclina hacia la experimentación, la reescritura, la reflexión sobre el lenguaje y el futuro de la lectura. “El lector del futuro es un lector sintético, un hombre pinchándose las venas con una lapicera Parker”, escribió en El árbol de Saussure (2000). Que sus libros vuelvan a circular no sólo es una oportunidad para descubrir a un escritor único: es también una invitación a leer de otro modo.

Memorias de un semidiós

A Eduardo Stupía

A Rodolfo Enrique Fogwill Pinzone

Iban en sombras, por la noche iban

bajo la luz maligna de una luna

que le quitó el color a las cosas

 

Eneida, Canto VI

Primera parte

- I -

A los quince años me vestí y salí de casa. Me puse encima todo un ajuar: camisa blanca sucia con el cuello deshilachado, pantalones de gabardina, el revólver, la Biblia y unas alpargatas ya gastadas de lo que les tocaría andar.

Era la fiesta de Reyes Magos. A través de la persiana como del ocre o verde oxidado de mis lagañas presentí el jardín de piedra (allí está, desde el neolítico). En ese cuarto, al fondo del sucio PIANO BAR familiar, no quedaba espacio para nada. Entre el ropero derruido y el catre, de un extremo al otro, mi pequeño cuerpo con una mano en la valija. Nunca nadie había salido por la puerta, sin duda, porque estaba atascada y sólo pude abrirla de un buen trancazo. Lo que apareció a continuación, afuera, fue el campo argentino.

En el tren de las 6.10, bajo el sol naciente de esa festividad de enero partí entonces, dispuesto a cumplir mi trabajo –tres jornadas completas y corridas sin chistar–.

Para proceder por etapas, diré que descendí en Coronel Dorrego y allí estuve horas junto a la ruta hasta que conseguí una camioneta. Bastante cómodo sobre la caja, hice una marcha irregular y a los tumbos. Viajamos otros cien kilómetros por la llanura bonaerense llena de pasto y vacas. En Tres Arroyos transbordé a un camión de ganado que me dejó cerca de Necochea, sobre el puente colgante, desde donde se hizo fácil llegar a la Mar del Plata cósmica en el automóvil de unos turistas.*

Es increíble cómo se puede andar tanto en tan poco tiempo de vida. Pasé tres días desplegado entre avenidas y mar, luces de sodio, cabarets. Ciudad y naturaleza que se aparecían al asalto a cada vuelta de tirabuzón de esquina.

Caminé las playas junto a la rambla sobre una arena bañada de petróleo, mirando los colores del océano Atlántico y dejándome llevar por algún reflejo de esos de lejanía de ultramundo. Cuando ya el panorama se agotaba, los ómnibus de ocasión me permitieron conocer explanadas, plazas, la maravillosa ruta que cavaba en el cielo la avenida Colón… En la Gran Vía, en Constitución, me detuve sistemáticamente a contemplar decenas de boliches, Alioha, Viva María, Kokeshi, Rendez-vous, cientos de predios privados, parques de estacionamiento de albergues transitorios con sus dedos de neón aquí-allá, aquí-allá, gente a pie entre la que yo circulaba sin que nadie lo percibiera.

Bajé despacio hacia las carreteras brillantes de gris perla, donde en otras épocas corrieron los coches de Fórmula Tres. Después me interné por calles y cortadas con la obligación de visitar a un viejo colega de mi padre, el turco Chabán, que había abierto un establecimiento a pocas cuadras con ciertas ideas que papá le prestara. (Papá, quién lo diría, rey sin coronas de este palacio lleno de vitrinas, acuarios, esclavas. Y ahora tanta intuición comercial explotada por el infeliz de Chabán). Hasta el nombre que él había sugerido, y que debía titilar en lo alto de la mansión, hacía una deliciosa armonía con la noche. Todo un saludo transoceánico al gran Georges, asomando al tope del galpón: Brassens-Brassens/Brassens-Brassens.

Atravesé jardines bañados por el fresco del mar y me sentí un poco la mascota, el heredero único de tantos delirios de grandeza familiar, porque allí me esperaba Brassens con su decorado de seis millones de dólares y un tierno ambiente de humo y parejas bailando. No faltaban los acuarios alrededor de la pista, ni dos jaulas de vidrio colgantes con sendas chicas desnudas que se exhibían durante horas por un sueldo de nada. Al principio eran un cuadro llamativo estas chicas, “Las Esclavas”, pero pronto pasaban a ser partes del todo como las piscinas, las alfombras y los taburetes de terciopelo, y sólo quedaba la percepción del lujo de una nave yendo de estrella a estrella.

Por un simple procedimiento físico de inducción (ya hablaremos de esta práctica) adiviné el futuro de Chabán: en cinco horas estaría muerto con un pimpollo de sangre en la boca. Así que intenté advertírselo, pero corría muy rápido entre las mesas; un blanco móvil. Desesperado.

De pura casualidad, y sin más objeto que disimular un poco lo que iba a ocurrir, pegué mi hocico contra el vidrio de una de las jaulas y me puse a espiar hacia el interior. Hasta que vi, de pronto, qué. Adentro, quieta, muda, toda desnuda, estaba mi esposa Nafka. Me observaba desde su estatua con dos lágrimas de cera, como diciéndome: “¡Mirá lo que hiciste de mí!”. Y yo me quedé mirándola a través del vidrio con los ojos licuados. No sé cómo ella estaba allí ni qué podría haberle hecho yo, que todavía no había tenido el gusto de conocerla.