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En esta obra, que parte de manera autobiográfica, la autora intenta plasmar como vivió su enfermedad: Psicosis. Dentro de toda la odisea que supuso, la obra está orientada a tener otra visión de la enfermedad mental. No se cura pero se sobrelleva y se puede convivir con ella, con la medicación adecuada. A todos aquellos que estéis en la misma situación: No os rindáis nunca.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
Memorias de una psicótica
Breena García
ISBN: 978-84-19528-92-6
1ª edición, octubre de 2022.
BOCETOS Y COMPOSICIONES DE RAP: Juan Manuel Barea García.
ASESORAMIENTO: Salvador Barea García.
PORTADA: Martín Barea García.
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
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A mi familia, a mis hijos, a mis amigos. Y aunque resulte paradójico, a mi ex marido por aguantar todos estos años conmigo, ayudándome y animándome a no rendirme nunca.
A María por guiarme y asesorarme en este nuevo camino que emprendo.
Gracias a todos.
Ni una palabra de esto a nadie.
Así es como empieza una libreta en su primera página. En ella es en la que escribía en su día de mi enfermedad y en la cual trasladaré mis vivencias durante aquellos días.
Pero eso será más adelante.
Mi intento no es el de ser escritora, sino el de procurar desentrañar qué es lo que me llevó a la psicosis. Si es que hay algo a lo que echarle la culpa...
De no ser así, siempre me servirá como desahogo el haber contado mi vida; plasmarla en el papel es y ha sido como una catarsis para dejarlo atrás, aún sabiendo que conviviré con ello para siempre.
Si además esto puede servir de ayuda a alguien que esté en una situación igual o parecida, o a algún familiar que esté ayudando a esa persona, me alegraré sinceramente por ello.
Me llamo Abril.
Ese es el nombre que pensaba ponerle a mi hija si hubiera llegado a nacer.
Más adelante lo entenderéis.
Mi infancia transcurrió de lo más normal. O eso creía yo. No sabía lo que me esperaría más adelante.
Mis padres eran de la llamada “vieja escuela”: muy rectos, estrictos y algo sobreprotectores. Mi educación fue marcada exactamente con esos adjetivos, al igual que la de mis hermanos.
Soy de una familia humilde: desde pequeña, mis padres se pasaban el día trabajando en un negocio y cuando fui más mayor, me encargaba yo de mis hermanos.
Yo soy la mayor y todavía me recuerdo a mi misma con ocho años haciéndome una tortilla para cenar. Hoy rozo los cuarenta y es impensable que eso lo haga con mis hijos a día de hoy.
Aunque no siempre era así.
A veces, cuando llegábamos a casa del colegio, bajábamos todos a la calle. Era una calle cerrada al tráfico por un extremo. Éramos una buena pandilla de amigos del vecindario y lo pasábamos en grande organizando cenas delante de un solar que no estaba edificado en el que montábamos casetas y hogueras para bajar todos a cenar.
Algunas veces, volvía de la biblioteca (yo no tenía ordenador ni internet, ni nada de todo eso en casa) y veía la luz tenue de la cocina de mi casa en la que estaba mi madre haciendo la cena.
Me gustaba esa luz y que mi madre nos estuviera esperando allí.
Eran tiempos felices.
