Memorias visuales - Adriana Valdés - E-Book

Memorias visuales E-Book

Adriana Valdés

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Beschreibung

¿Qué puede encontrar aquí un lector interesado en el arte actual de Chile? No son estos los escritos de un artista (según T.S. Eliot, los poetas no aprecian a otros poetas, si lo hicieran tendrían el mismo proyecto). No son tampoco los de un galerista, que busca sobre todo entusiasmar a un posible comprador con ánimo de armar una colección. No son tampoco como los de los curadores, que muchas veces arman una narrativa propia en la que las obras tienen apenas el papel de una ilustración. Una aproximación a lo que esta escritura es tendría que ver, tal vez, con el amargo y fascinante ejercicio de traducir. Esta vez no de un idioma a otro, sino de un trabajo de pensamiento que se hace con lo material y lo visible, a otro trabajo de pensamiento, hecho con palabras. Sabiendo siempre que con palabras no se puede realmente llegar a las obras, sabiendo que no se da nunca perfectamente en el blanco. En el mejor de los casos, se hace un gesto que de alguna manera corresponde a la obra. En el mejor de los casos, se logra abrir un buen espacio de conversación en torno a ella...

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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ISBN Edición Impresa: 956-8415-08-4

ISBN Edición Digital: 978-956-9843-60-0

Reg. de Prop. Int. N° 158.570

Diseño y diagramación: Paloma Castillo Corrección de textos: Paloma Castillo Imagen de Portada: Isidora Correa, Medidas mínimas, detalle, instalación. Galería Gabriela Mistral, 2006.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

© ediciones/metales [email protected] José Miguel de la Barra 460 Teléfono: (56-2) 638 75 97 - (56-2) 632 89 26

Santiago de Chile, octubre 2006

Índice

Prefacio

Visitas

Roser Bru. Los ojos de los enterrados

Carlos Leppe. Exposición: Operaciones

Mario Soro, Paulina Aguilar. El “buen gusto” como represión

Hugo Marín. El espectador es responsable de su propia experiencia

Alicia Villarreal. El gran texto del mundo (y sus fragmentos diversos)

Roser Bru. Una luz distinta

Gonzalo Díaz. Unidos en la gloria y en la muerte: instalación

Carlos Leppe. El brillo (o “pinte como condenado a vivir”)

Francisco Ariztía. Los perplejos y los furtivos

Para Carlos Montes de Oca. Con qué cara: Apuntes sobre la desigualdad

Aravena, Cifuentes, Egaña. País de la ausencia

Alicia Villarreal. Sobre La escuela imaginaria

Enrique Matthey. (Bits and Pieces)

Ximena Zomosa. De inquietud y seducciones (Diario íntimo)

Mónica Bengoa. Al son de un suave y blando movimiento

Alfredo Jaar. Muxima: ritmo en el corazón

Isidora Correa. A escala real

Migraciones

Eugenio Dittborn. Escala en Santiago (efectos de extrañamiento)

Antoni Muntadas en Santiago. Sobre los medios y la política

La arquitectura y su sombra. Noticias de Gordon Matta-Clark

Notas de viaje. “The centre cannot hold”: la experiencia de Documenta 11

Itinerarios

Gonzalo Díaz y la escritura sobre arte. Un retrato, un paisaje, una dedicatoria

Los ojos, esos cerebros (Material para una mesa sobre psicoanálisis y artes visuales)

A partir del libro de Pablo Oyarzún. Provocaciones y perturbaciones

October. El fantasma de la propia obsolescencia

A los pies de la letra

Arte, mujer, imagen

Roser Bru. Cita con la pintura

Eugenio Dittborn. Gesta

Alfredo Jaar. No pienses cómo un artista, piensa como un ser humano

Prefacio

Memorias visuales es algo así como un libro de bitácora. De los que hacen los viajeros en barco (pobre barquilla mía, en palabras de Lope de Vega) para dar cuenta de los encuentros y sucesos de su navegación. Es teórico sólo si tomamos la palabra en su acepción etimológica estricta y simple, en la dupla theoria- poiesis: la primera mira lo que la segunda hace... Es principalmente algo así como el registro parcial de lo que he podido mirar en el arte chileno a lo largo de los últimos diez años. También un registro de mis comienzos, con cinco textos breves que no incluí en Composición de lugar (1996) por no cargar la balanza de ese libro hacia las artes visuales. Entre ellos, los primeros dan la impresión de ir en color sepia, tal vez por eso me interesan —por eso y por su tensión, reflejo de mi condición de advenediza, entonces, y de la dureza del campo en que me estaba metiendo, la plástica en esos años de dictadura.

¿Qué puede encontrar aquí un lector interesado en el arte actual de Chile? No son estos los escritos de un artista (según T.S. Eliot, los poetas no aprecian a otros poetas, si lo hicieran tendrían el mismo proyecto). No son tampoco los de un galerista, que busca sobre todo entusiasmar a un posible comprador con ánimo de armar una colección. No son tampoco como los de los curadores, que muchas veces arman una narrativa propia en la que las obras tienen apenas el papel de una ilustración. Se trata más bien de los escritos de una testigo, de alguien que ha ido siendo llamada (en general por los artistas mismos) a mirar obras, a lo largo del tiempo, y a emplear los medios que en cada caso tenía para escribir sobre ellas. Por eso me acomodó lo de “memorias”, en su sentido casi biográfico; registros de las obras, registros también de las formas de pensar posible, según el momento en que escribía y el instrumental disponible.

Una aproximación a lo que esta escritura es tendría que ver, tal vez, con el amargo y fascinante ejercicio de traducir. Esta vez no de un idioma a otro, sino de un trabajo de pensamiento que se hace con lo material y lo visible, a otro trabajo de pensamiento, hecho con palabras. Sabiendo siempre que con palabras no se puede realmente llegar a las obras, sabiendo que no se da nunca perfectamente en el blanco. En el mejor de los casos, se hace un gesto que de alguna manera corresponde a la obra. En el mejor de los casos, se logra abrir un buen espacio de conversación en torno a ella.

No soy ni la primera ni la última en sentir este ejercicio de la escritura sobre artes visuales como un viaje emprendido sin certezas, sin mapas. (Hay aquí algunos trabajos sobre las incertidumbres actuales de la crítica.) Siempre me ha interesado escribir sobre obras que exceden mis capacidades y mis parámetros de análisis, y que por lo tanto me exigen y me van formando. No era un recurso retórico el agradecer, en mi libro anterior, a los artistas sobre los que escribo. Al contrario, era entonces, y es ahora, un reconocimiento práctico.

Juntar estos escritos y leerlos todos juntos me ha traído algunas sorpresas. Creí escribir siempre sobre cosas particulares, ceñirme a una sola obra o a un tema muy determinado. A mis espaldas, el tiempo —el otro autor de este libro— estaba escribiendo otra cosa, algo así como un relato, una especie de novela con una acción centrada en Santiago, muchísimos personajes, tramas varias, preguntas, temas recurrentes. Se va configurando así una experiencia que no es sólo la mía ni la de los artistas sobre los que escribo, y que indica un clima intelectual y un modo de vivir los temas de nuestro tiempo. Quisiera pensar que este, junto con otros libros que existen y los que vendrán, podrá servir a los más jóvenes para asomarse a lo que ha sido, aquí, pensar las artes de los últimos años.

Adriana ValdésSantiago, septiembre 2006

Visitas

Roser Bru

Los ojos de los enterrados

Hay un título de novela: Los ojos de los enterrados.

Todos los ojos de estos enterrados miran al espectador: las cabezas lo miran, fijas.

Sólo Lea Kleiner no mira al espectador. Sus ojos no sustentarían la expresión de los ojos de los enterrados. Ella mira (puede mirar) otro horizonte.

***

Desde las imágenes, los ojos crean el lugar del espectador. Incómodo lugar de alguien que es observado —fijamente— por los muertos.

***

Los rostros que miran se parecen entre sí. Se parecen en la muerte, se van haciendo progresivamente transparentes delante de la muerte que llevan dentro. Es la muerte quien va borrándolos: a través de ellos, es la muerte quien mira.

Roser Bru, Sin título, grabado intervenido, 75 x 50 cm.

***

Se reiteran las mismas figuras en una y otra imagen. Pero también se reitera, en una misma imagen, la mirada, como si se superpusieran varias imágenes en una: como si se recuperaran miradas dispersas por el tiempo.

***

Trabajo de reiteración de la imagen: trabajo de la memoria; trabajo de la reflexión. Cada recuerdo una variación de lo mismo; paro cada recuerdo también una revisión de lo mismo, una reinvención, una nueva versión de lo mismo.

***

Dibujos y pinturas están fijados en otras imágenes, las de las fotografías, obscenas escenas primeras de un trauma colectivo. Se recrean tales imágenes, se reiteran, se revisan, se hacen objeto de reflexión. La reiteración como procedimiento: los múltiples intentos de asimilar lo inasimilable.

***

Kafka se parece al niño de Auschwitz, el niño se parece a Ana Frank. En los rasgos del retrato de Kafka está la matriz de los rasgos de la muerte.

***

Desde la imagen de Kafka se despliegan las demás. Un niño de Auschwitz, una Ana Frank que repiten sus rasgos. Una imagen de Milena, unida a la de Kafka, luego sola, luego borrándose. Desde la imagen de Kafka las otras imágenes se despliegan hacia el futuro; desde allí, el conjunto de imágenes es prospectivo (Kafka profético).

***

Las imágenes llevan en sí signos de futuro. El triángulo amenazante en la imagen de Ana Frank —una de las puntas de la estrella de David— se reitera como signo de la suerte que vendrá.

***

Kafka: el campo de concentración en una mirada que no lo conoció.

***

Pero desde el incómodo espectador observado por los muertos, el conjunto de imágenes tiene carácter retrospectivo. Se multiplican las referencias al pasado: las franjas del luto, las marcas de fotografías extraídas del álbum, la densidad de un tiempo atravesado por esas miradas.

***

El triángulo cifra futuro (estrella que surge) y pasado (esquinas de luto).

***

El desdoblamiento: una imagen en otra y en otra y en otra. Todas las imágenes pueden pensarse como si estuvieran contenidas en la caja china de la imagen de Kafka. De ella brotan.

***

El desdoblamiento: las imágenes en serie. La coexistencia del pasado y del futuro en la serie de imágenes. La gradación: cada ser se desdobla hacia su nada, cada imagen hacia su esfumación.

***

La inserción personal en el trauma colectivo. Roser, Lea, las niñas contemporáneas de una muerte, pequeños personajes que cifran la propia extrañeza, pequeña firma al extremo de una larga mirada.

***

La imagen de Milena se esfuma, pero no se demacra. La “madre Milena” conserva sus rasgos. La muerte se traslada hacia ella desde las otras imágenes, la contagia por proximidad.

***

Kafka en colores cárdenos, “creador de situaciones intolerables”. Kafka, las orejas del niño de Auschwitz y también las del vampiro. Los ojos de la víctima y la imaginación del victimario.

***

Todas estas imágenes, una sola obra. Efectos producidos por relaciones de contigüidad. Imposibilidad de desperdigarlas.

Catálogo exposición Kafka y nosotros,Galería Cromo, Santiago de Chile, 1977.

Carlos Leppe

Exposición: Operaciones

(Una obra que se está haciendo y cambiando: “este se presenta de nuevo, pero en versión corregida”. Una obra que hay que imaginarse, porque antes de la exposición veo los materiales, los dibujos de cosas que serán objetos, las fotografías. La Serie de la policía: documentos es todo lo que se puede realmente ver, lo que se plantea a la mirada; lo demás, conjeturas. Armar así un juego que también tendría que estarse haciendo y cambiando, y que hace la mala jugada de quedarse encerrado en estas letras).

I

Primero: las operaciones. Esta aproximación libresca goza viendo recursos de texto: se entretejen, por ejemplo, en la Serie de la policía: documentos, estos elementos yuxtapuestos. La discontinuidad presente en cada una de estas cajas, la simultaneidad de espacios ajenos unos a los otros, pero puestos en conjunción para “acotarse”, para crear un sentido que no está en ellas sino en su mutuo espejeo, en las relaciones de conjunción, disyunción y gradación que establecen entre sí. La relación dentro de cada caja, pero también la reiteración de elementos, su reaparición calculada en otra caja; el cuadriculado, el papel arrancado, los ojos de las figuras borradas como en fotos policiales o médicas, los edificios —horizonte fabricado— que sirven de leit-motiv de la serie. El sentido a través de la interacción, de la “comparación por amor a la semejanza o por amor a la desemejanza”. Las perspectivas interrumpidas —rieles— e imposibles, sacudidas por la contigüidad impuesta, abriendo rajaduras por las cuales se puede colar un sentido que no está en la imagen aislada.

II

La serie cuenta una historia, pero no en sus imágenes, sino en sus operaciones con las imágenes. Con ellas no se puede hilar un imposible argumento, pero sí se puede saber que trata de violencias. Una historia en la que se censura: los ojos de la mujer de la Caja número dos, los del joven en la Caja número seis, el cuerpo de Leppe en la Caja número uno, todo borrado geométricamente por el negro. Unos sin ojos, otro sin cuerpo. Borrar los ojos es dejar allí toda la cerril materialidad testimoniada por la fotografía, pero destruir la identidad, la condición de sujeto, llegar a ser N.N. Nadie, como las víctimas sin identificar; nadie, como el verdugo encapuchado, sin mirada, también él puro cuerpo, de la Caja número cuatro. La agitación y al movimiento de ese cuerpo, registrado en las fotografías en serie, hacen a la vez los movimientos de violencia del victimario y los gestos de dolor de la víctima. Ese cuerpo antes censurado —Leppe— se distancia de su identidad y asume las diferentes y ambiguas posturas del atormentador. Cuerpos de víctimas sin ojos, cuerpo que —aparte de sus ojos— realiza su quehacer destructivo. Cuerpo social, en fin: “que cada cual acepte y se reconozca como autor de todo cuanto ejecuta aquel que así asuma la persona de cada uno”.

En la Serie de la policía: documentos, la violencia se ejerce sobre los materiales mismos. Además de ser censurados, tienen partes arrancadas a tirones, (cajas números tres y cuatro). La actividad del verdugo deja aquí huella en sus víctimas, las cajas de la serie. Censurar, arrancar, borrar, utilizar el sellador, tapar con gasa, encerrar, clavetear. Dejar los textos ilegibles, las caras humanas inidentificables: la mano deja en la serie las huellas que en la víctima deja la mano del verdugo. La serie no muestra la violencia, sino que la hace. Sabe cómo se hace.

III

La simultaneidad, la yuxtaposición, no sólo está en esta serie. El cuerpo de Leppe, “sujeto a tenderse como objeto,” al decir de Vallejo, se superpone a sí mismo, y en la parataxis de sus partes — en los límites arbitrariamente puestos, en los tamaños superpuestos, en los recuadros— los retratos del cuerpo se cuestionan mil veces a sí mismos, se comentan, limitan, metaforizan. El cuerpo se usa a sí mismo para cubrirse (kodalit con pelos) y en la cita del rostro de Gertrude Stein, finalmente, se da como una máscara. El rostro desnudo como máscara, el cuerpo desnudo como máscara: ser (estar allí) es hacer un papel.

Exponer el propio cuerpo, trabajar el propio cuerpo, imaginar en el propio cuerpo. El cuerpo expuesto: sujeto tendido como objeto, objeto de la fría mirada del sujeto que ya no esta allí, en lo expuesto por la exposición de la fotografía. El cuerpo expuesto, puesto en peligro, fragmentado, vendado, tendido bajo la sábana. El cuerpo propio como material de trabajo.

Ser voyeur de sí mismo. Pero no simple, inocentemente, como en el narcisismo mínimo y cotidiano. La fotografía transforma el voyerismo. El cuerpo fotografiado es el cuerpo pasado. Es el cuerpo remitido a lo remoto. Más aún en esta fotografía, encerrada, claveteada, tapiada por el acrílico, rodeada de la frialdad aséptica de materiales como el hule y el metal. De nuevo, el cuerpo propio alejado, transformado en material de trabajo. Objeto de las operaciones que crean sentido.

Lejos de constituir “el principio mismo”, la primera evidencia, el cuerpo se transforma en el lugar de la cita. El cuerpo fotografiado es la huella de una etapa de la constitución de sucesivos cuerpos imaginarios, productos del deseo. (Gertrude Stein; cita. Objeto.) El cuerpo propio se ha deseado otro, ha posado, ha construido una falsa identidad desiderativa. Completamente desnudo, la pose de ese rostro es su disfraz; y a la vez la parodia de la pose de otro. El cuerpo de hombre posa de mujer que posó de hombre. La carcajada de la seriedad del rostro-máscara.

IV

Los lugares de este cuerpo, los materiales que lo rodean. Ha desaparecido la madera. Ya no hay bronce: “es reminiscente”. Hule, azulejos, materiales de baño y de sala de hospital. Acrílico y metal. Todo aquello en que el cuerpo no deja huella física ni mnemónica. Cajas, encierros. Lo que está se ofrece a la vista, como el más distanciador, el más intelectual de los sentidos: y los objetos suelen incorporar su propia luz, fría, fluorescente, o la mica que cambia su color. Se recuerda First Elemental Presence, de hace un tiempo: la primera presencia elemental no era ya de los objetos -arena, tierra, piedras, plumas- sino el de su desconexión, el distanciamiento, la clausura a la que nos sometemos. Se crea el espacio de la mirada de Medusa, la contemplación distante de lo petrificado, la regularización y el encierro (Analogías): el espacio tiende, como el cielo en la Caja número uno y en la Caja número seis de la Serie de la policía, a cuadricularse, a adquirir la regularidad de lo fabricado. La exclusión absoluta de los elementos de la naturaleza, salvo en relación de mutilación o de presión frente a las cosas fabricadas.

Carlos Leppe, “Serie de la policía” (detalle), técnica mixta, 29 x 29 cm, 1977.

Los materiales fríos, la luz, los bordes, los límites, la cuadriculación: se resiste toda ilusión de profundidad, se reemplaza por el choque de las superficies, por el distanciamiento de la visión. El espacio que se abre no va hacia una “interioridad” a través del objeto, sino a la distancia que el objeto crea a su alrededor. Los materiales rechazan la participación, como las máscaras rechazan la identidad, a menos de transformarla en complicidad, carcajada oculta.

V

Nuevamente al cuerpo y las operaciones. La sinócdoque, la fragmentación del cuerpo, la desmesura de algunas de sus partes frente a las otras, las fotos movidas, los vendajes, las laceraciones. Las partes del cuerpo como piezas de una totalidad “ortopédica”, todavía por lograrse. La unificación se hace a través de la pose, instancia salvadora y pasajera.

La operación de la metáfora es tan psicoanalítica que llega a la alusión —nueva carcajada oculta, nuevo rechazo de la ilusión de profundidad. El cactus erecto, equivalente en terror a la imagen psicoanalítica de la vagina dentada. El cactus mutilado. Los materiales de la represión, como el alambre de acero, encierran el retrato movido y el cactus, la irreconocible identidad —irreconocible por fugaz— y el falo. La violencia ejercida sobre todos los elementos de rescate, análoga a la de la Serie de la policía. La escisión, la rajadura por todas partes, reemplazada momentáneamente por la máscara y las actuaciones (Fraulein Annie) de la máscara, incluso la de melancólico guardián de los falos mutilados (¿repertorio de antiguas identidades?).

(Artaud: “Hay signos en el Pensamiento. Nuestra actitud de absurdo y de muerte es la de mejor receptividad. A través de las rejas de una realidad que ya no es viable, habla un mundo voluntariamente sibilino”).

Catálogo exposición Serie de la Policía Nº3,Galería Cromo, Santiago de Chile, 1977.

Mario Soro, Paulina Aguilar

El “buen gusto” como represión

Harold Bloom propone, desde el título de uno de sus libros, Poetry as Repression, la idea de que todo poeta escribe desde la represión de sus precursores literarios. Represión doble para ambos lados: toda la poesía actúa corno un aparato represivo sobre la propia escritura; ésta es solo posible si el poeta reprime a su vez a esos precursores, busca una instancia propia que pasa por malentenderlos. La escritura como un acto de usurpación: esa sería la ley, y la historia de la escritura la sucesión de esos actos. En ese sentido toda la escritura existente, anterior, es vista como lo establecido, como las imposiciones y las amenazas de lo establecido, que podrían hacer imposible la instancia propia.

Hacer la analogía con el trabajo en lo visual, empezar así a mirar esta exposición. Mirarla y preguntarse ¿quiénes son aquí los presuntos reprimidos? ¿Contra quién este trabajo visual?

***

Pensar entonces la represión, aquí, en esta sala de exposiciones ubicada en un mundo y en una situación de represión. Pensar primero en la represión que viene desde fuera de la galería —en lo preexistente como imagen de la vida social general, en el travestismo de lo sublime que conforma esa vida social, esa imaginería social: la presencia aquí de los monumentos triviales y retóricos, la degradación de ciertas imágenes religiosas, las imágenes del “amor” y de la “vida familiar” insertan, identifican el trabajo dentro de ese ámbito de represión social, se ríen furibundamente de un mundo enano y disfrazado de sublimidad, de la epopeya como género (“Wild West”). Si estas imágenes sociales, si este travestismo de lo sublime que es lo que conforma nuestra vida social es lo anterior que reprime, este trabajo visual lo toma y hace con él una acción. Ver la acción de devolver —de vomitar— ese mundo.

Pero verla también en relación con los medios con que lo hace: ver la represión no desde fuera de la galería de arte, sino desde dentro de la galería de arte, espacio de expectativas y conocimientos o ignorancias, espacio de precursores, espacio de imposiciones y de la amenaza de lo establecido. La ocupación de la galería como acto de usurpación, como una toma. Pensar cuáles son los “precursores” presentes aquí.

***

Paréntesis chilensis. Estos términos epopéyicos de Bloom se están volviendo incómodos. La tentación de transformar esta epopeya en la Gatomaquia. La escala precisa estaría en algún punto intermedio que sintonizara con la áurea mediocritas —delachilenapinturahistoria. Uno tiene la fundada sospecha de que las epopeyas suceden en otra parte; que aquí las calcamos, nos disfrazamos con ellas. Pongámosle comillas a todo. No es ésta la polémica entre Kosuth y la transvanguardia.

***

Aun así, un “precursor” de este trabajo es el trabajo del pintor. “La pintura me llena el corazón”. Aquí hay ultraje al trabajo del pintor: se vomita también ese trabajo. El lápiz arruga y mancha el papel. Se usan todos los colorinches que el “buen gusto” reprimiría (El “buen gusto” es también un “precursor” lejano: el “buen gusto” como represión). El objeto kitsch se refugia en una buena factura. Aquí se hacen —¿se remedan?— muchas facturas malas. La instancia del pintor, la instancia del buen gusto, la instancia del kitsch: todas ellas reprimidas en el planteamiento de esta otra instancia.

***

Aquí, como se remedan las malas facturas, se remeda también (Soro) el mal dibujo, el dibujo de revistas femeninas de los años cincuenta, por ejemplo: un dibujo de líneas análogas al del modelaje del corsé o de los sostenes con barbas y rellenos duros. Las líneas del dibujo cliché aprisionan y delimitan, meten el cuerpo en un modelo de mierda. Le construcción de la femineidad como un modelo de mierda: trabajo del pintor como el de la costura casera —el tránsito de la mujer desde vestida a vestidora, la repetidora del modelo. Un remanente: el corazón como alfiletero. Y el andar de la máquina de coser, el tranca-tranca incesante del sexo, el motor del proceso de su propia represión. La represión soy yo, la matriz en una misma, en los trabajos de Paulina Aguilar: la matriz, doble valencia, la ambigüedad misma, la vida perforada para su propia e inútil repetición.

***

El último gran “precursor” reprimido: la limpieza de factura, la limpieza conceptual. Entre heces y mugre nacemos, más o menos eso dice la frase de San Agustín.

***

Negarse también a la asepsia de le presentación, al rigor —ver esa asepsia como un acto de salvación respecto de esas heces y esa mugre en la que realmente se nace.

***

La línea del discurso se me inclina hacia la madre. Recordando a Soro: las revistas de las que salen esos dibujos, el passepartout “acretonado”, las estampas y las agujas, todo eso no es el “ahora”, es los años cincuenta o sesenta, los años en que se era niño —los adminículos y las creencias de la madre.

***

En la otra sala, las matrices de Paulina Aguilar internalizan la madre; la miran con el horror de sentir perforado el propio cuerpo, de llevar la matriz adentro, el modelo adentro, de reproducirlo periódicamente, de ser esa repetición como la de los motivos del papel mural.

***

Ambas —madre y matriz— se perforan y sangran. En el contexto de la repetición ridiculizada, sólo el dolor es real. El dolor de la sangre pintada con Bic rojo.

***

La relación entre espacio público y espacio privado es puesta aquí también como tema. Esta vuelta al ámbito doméstico, señalada una y otra vez por los materiales, es una vuelta con saña. Nada de elaborarse ahí ni de celebrarse ahí: ya se dijo, es un vomitarse ahí. Pensar en el retiro obligado a lo privado por la veda de los espacios públicos. Pensar también en la continuidad entre la represión privada y la represión pública. En la posibilidad de que la represión sea la misma, con otros agentes: pensar que en nuestra vida privada somos represores y reprimidos. No dejar el conflicto puertas afuera, como si puertas adentro hubiera otra cosa.

Soro y los deseos cursis de la madre. Soro y el modelo de una femineidad de mierda. Entrañable (de entraña) pero por eso mismo de mierda. Mundo edípico: los submodelos de los años cincuenta. No los de ahora; los de la madre, los que se imprimieron en la infancia y se marcan en la frente como la herida purulenta de Santa Rita de Casia. El pus en nuestra idea de nosotros mismos. El modelo de femineidad como el pus.

***

La pasión de la máquina Singer. Los símbolos cristianos a escala doméstica, contaminados. La inyección de esa simbología en el tejemaneje cotidiano. El ridículo martirio del papel femenino: las estaciones de esta crucificada (enagujada) puertas adentro.

Separata Nº 6, 1983.

Hugo Marín

El espectador es responsable de su propia experiencia

(Instrucciones para el uso de este texto. Leer después de haber visto lo expuesto; no pretende funcionar como introducción. Comparar la experiencia del espectador con la experiencia de otro espectador, recogida aquí sólo como un instrumento para que cada uno ahonde en la suya propia, ya sea por convergencia o divergencia, da lo mismo, casi... El sentido de la experiencia no es lo que el artista quiso decir, sino lo que el espectador se dice a sí mismo en el contexto proporcionado por el artista)1.

Presencias provocadoras

Entrar en un recinto donde el espectador es mirado fijamente por unos ojos cuyas miradas lo traspasan. Entrar en un espacio donde hay muchas miradas para las que uno es invisible. Entrar en un espacio delimitado por miradas cuyo horizonte no soy yo, el espectador. La extrañeza inquietante, lo que Freud llamó unheimlich, la variedad del miedo que lleva hacia muy atrás, hacia algo que no conocemos pero tiene algo de conocido, algo que nos ha sido por mucho tiempo familiar, pero que no logramos fijar en un punto determinado de la memoria. Lo que reconocemos y desconocemos al mismo tiempo: el elemento de miedo lo da algo reprimido, algo olvidado, que vuelve a hacerse presente. Presencias, eso es lo que son estas figuras, ubicadas en una zona intermedia entre el ídolo, la estatua y la muñeca, entre el objeto de culto, el objeto de contemplación y el objeto de juego.

Presencias figurativas, que miran. Los ojos son ojos de vidrio, son prótesis: fueron de alguien, fueron hechos para alguien cuyos ojos no veían. Ojos que no ven, y su mirada es la más inquietante de todas, la que más exige, la que remite directamente al territorio de nuestras fantasías, personales y colectivas. Leer esas miradas no es revelarlas a ellas, es revelarse uno mismo a través de las cosas que ellas, las ciegas, provocan, invocan, convocan. Y comienza el desfile de los propios sueños, de los propios fantasmas.

“Los juegos imposibles que olvidaron sus reglas. Los juegos olvidados que imposibles sus reglas”2.

Deliberadamente, estas figuras permiten el desfile de fantasmas propios. Evocan culturas no contemporáneas, sin duda, pero una mirada más atenta las percibe no como citas, sino como complicados entrecruzamientos iconográficos: “olmecas”, digo de repente, pero también, es cierto, tibetanos y mapuches, y otros, peruanos... y de cuantos otros tiempos y lugares, y esos gorritos fantasiosos que esperan al imaginario arqueólogo capaz de ubicarlos en una periodización del todo fantástica, y esas impresiones de volúmenes enormes y primitivos, pero también actuales y futuros, porque aluden a lo eternamente funerario, y nos asimilan, espectadores actuales, a la experiencia humana constante de la corporalidad y la muerte. Mis palabras han perdido un poco el aliento, es natural. El juego de entrecruzamientos de tiempos y espacios, para acceder a un tiempo y un espacio no incluidos en la cronología ni en la geografía.

Hugo Marín, “El chamán del cactus”, 180cm, técnica mixta, 1989.

La corporalidad como juego. Recién llegadas a la vida, como estas guaguas enormes, o salidas de ella, como la mujer cuyo cuerpo es su propia vasija funeraria, o suspendidas en un espacio donde la distinción entre la vida y la muerte carece de vigencia, como la Pachamama, estas figuras proponen metáforas del propio cuerpo. El estremecimiento de dientes que podrían ser los míos o los de un muerto. La mirada no siempre rectilínea ni coincidente de los ojos de vidrio, para que yo lea en ella mi propia malignidad. Los volúmenes de la hinchazón y el paroxismo, o bien de la serenidad simétrica y estatuaria, autosuficiente, o la de las vaginas multiplicadas en toda la superficie corporal, rellenas de plumas dulces, una de ellas caligráfica. Entrar sin vuelta en la imaginación, el juego del cuerpo propio, que vacila al percibirse en relación con estos cuerpos.

El juego fundamental, tal vez, es el de dar con estos materiales una forma física a fuerzas que aún no afloran, o no afloran ya, a la superficie de la conciencia, pero se encuentran latentes en ella.

Such stuff as dreams are made of3

El material del que se hacen los sueños. Hugo Marín enumera materiales con que hace su juego: adobe endurecido con cola, y a veces con un agregado de paja; estuco con polvo de polvo de ladrillo; tierras de color; gasas; ganchos; ramas; calabazas; esponjas endurecidas con barro...

Such stuff as dreams are made of. “Stuff”, en inglés, significa material, pero también material de desecho; se emparenta con el francés étoffe, tela, género, pero también con el castellano estofa, calaña. Con qué calaña de material se construyen nuestros sospechosos sueños, con materiales que parecen, pero no son los que parecen: con un material espeso, cuya lectura sigue abriendo constantemente nuevas asociaciones y posibilidades al espectador.

Y a qué operaciones es sometido ese material, para transformarse en estas presencias que vemos, en estas figuras de sueño, en estos ídolos provenientes de un pasado inubicable en el tiempo lineal. Para el espectador, el juego de seguir mirando materiales y operaciones, como una especie de subtexto, tras la primera presencia, que va permitiendo una multiplicidad de lecturas.

Calaña de materiales que, pasando por el alambique del juego, por el trompe-1’oeil o la ilusión óptica, se transforman en los materiales nobles de un objeto de culto, o como dice el es/cultor, de adoración.

Paseo por un campo (semántico)

Adorar. Hieráticos. Totémicos. Ídolos. Estas figuras de sueños —individuales, psicoanalíticos, colectivos, míticos— y su impresionante apelación al espectador.

Qué querrá decir, en este caso, adorar. Remontémonos a los orígenes de las palabras, como estas figuras se remontan a orígenes imaginarios. Adorar: adorare, orar a ; y orare, emparentado con lo oral. El que adora habla, con su boca, a lo adorable: lo adorable no responde, lo adorable calla, y el espacio del adorador es el silencio de lo adorado, la distancia que ese silencio le impone. Todo este texto no es otra cosa que la cháchara con que tratamos de llenar ese silencio, ante figuras que citan la función de ser objetos de adoración.

Hieráticos. Del griego hieros, sagrado. Pero también, por su paso por jeroglífico (hieroglífico, escritura sagrada), lo difícil de entender: la resistencia que oponen a cualquier imposición de un determinado sentido. Recuerdo de cosas leídas: el arte tiene sentido, pero no un sentido. El arte es la inminencia del sentido. Emparentamiento entre el arte y lo sagrado, tema eternamente recurrente, eso por una parte. Por la otra, la relación con los materiales y sus subtextos presentes, pero nunca adivinados del todo, siempre entregando algo nuevo a cada nueva mirada, aunque sea la de un mismo espectador.

Totémicos. La postulación implícita de ciertos lazos entre el espectador y las figuras, de cierta relación indeterminadamente simbólica de uno con otro. Recordar aquí a Freud, nuevamente, pero esta vez en Totem y Tabú, donde muestra cómo el espacio tradicional del arte se sustituye al de la religión, con sus diferencias, y pone al arte en el contexto de la fiesta totémica, es decir, el asesinato del padre y su divinización4.

Ídolos. Del griego eidolon, fantasma, imagen, imagen de un dios. Con las palabras fantasma, imagen, volvemos al principio de este juego, volvemos a la palabra sueño. El paseo por este campo semántico, que rozó las zonas de lo sacro, vuelve a las zonas de lo visual y de lo imaginario. Y nos conviene la noción de fantasma, que, como la palabra ídolo, marcada por el Éxodo bíblico, sugiere la fabricación, por parte de los hombres, de sus propios dioses.

Aquí no termina nada: collage5

Los elementos cadavéricos incorporados a las figuras de esta exposición dan pie, tal vez, para la analogía entre la figura de arte y el cadáver, que propone Sarah Kofman: ambos presencias insólitas y ambiguas, que son también el signo de una ausencia... En el momento en que se muestran, se revelan como ajenas a este mundo, pertenecientes a un más allá inaccesible. Desaparece aquí la oposición entre el reino de las sombras y el mundo “real”, el de los vivos, y ante el derrumbe de esa oposición se crea el espacio de lo extrañamente inquietante, lo unheimlich, y con él la fascinación.

Hugo Marín, “Chamán mapuche”, 45 cm, técnica mixta, 1988.

El lenguaje con que nos tendríamos que referir a esta fascinación necesariamente deberá irse desplazando de un sentido al otro, intentando vana y angustiosamente suplir lo que falta en ese espacio. Llenar el vacío.

Para no terminar aquí, una historia que se cuenta sobre antropólogos y mahometanos. Estos últimos, como se sabe, no toleran la pintura o la reproducción en que figure el hombre u otra criatura viviente. En Abisinia, un antropólogo mostró una vez a un mahometano un pez pintado. Este comenzó por sorprenderse, pero luego reaccionó diciendo: “Si este pez, en el juicio final, se pusiera frente a ti, y te dijera ‘me has hecho un cuerpo, pero no un alma viviente’: ¿Cómo podrías tú responder a esa acusación?”.

Catálogo exposición Huacas, Galería Praxis, Santiago de Chile, 1989.

1 Maharishi International University, Art and Science of creative Intelligence, s/f.

2 Lihn, Enrique, “Joseph Cornell”, en Pena de extrañamiento, Santiago de Chile, Ediciones Sinfronteras, 1986.

3 Shakespeare, W., The Tempest, Acto IV, escena 1.

4 Kofman, Sarah, La melancholie de L’art, París, Galilée 1982.

5 Ibid., pp. 16-33 passim.

Alicia Villarreal

El gran texto del mundo (y sus fragmentos di-versos)

...el Ángel de la Historia. Su rostro se vuelve hacia al pasado. Allí donde vemos una serie de acontecimientos, él no ve más que una sola —una única— catástrofe, que no cesa de amontonar ruinas sobre ruinas y de lanzarlas a sus pies. Querría demorarse, revivir a los muertos, reunir a los vencidos. Pero desde el paraíso una tempestad agita sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede ya plegarlas (...) A esta tempestad llamamos el progreso.

Walter Benjamin, en Tesis sobre la Filosofía de la Historia

“Amarrando fragmentos queriendo atrapar algo de sentido”, dice Alicia Villarreal. “Querer atrapar algo de sentido” es una de las pocas tareas indeclinables que tenemos, y es difícil. Cada cual se cuenta un cuento para comprender el conjunto de fragmentos inclasificables de que está hecha su vida. En estos tiempos los cuentos se vuelven cada vez más provisorios y esquivos, no hay —dicen— un gran relato que nos transforme en fantasmales protagonistas (o nos dé siquiera un lugar fijo), y andamos queriendo atrapar algo de sentido, cada cual como puede. De la filosofía se ha pasado a la metáfora —dicen— del relato coherente y “verdadero” al tanteo incierto, a la búsqueda en que se va “ejercitando el inconsciente” (de nuevo Alicia Villarreal).

En esta situación a cada cual se le impone una metáfora (digo yo). Un juego, es cierto, pero obligatorio, como el juego de ajedrez con la muerte que se veía en una película de Bergman. Cada uno tiene el suyo, más que buscarlo le llega —¿de dónde?— como marido o mortaja: del cielo bajan (decían). Alicia Villarreal tiene su metáfora y su juego. Su tablero es el alfabeto. Las piezas que hoy nos presenta son cinco (“vocales”), y lo que propone como juego es combinarlas, produciendo “versos” enunciados a partir de las cinco. Sólo que no enuncia. Busca tal vez un idioma “del cual no conoce una sola palabra, una lengua en que las cosas mudas se hablen entre ellas”1. Sus vocales no son sonoras, son efectivamente “signos mudos”, imágenes fotocopiadas de objetos a los que se llega mediante una generosa contribución del azar, mediante el encuentro surrealista entre un objeto de desecho y la impredecible y finalmente incomunicable emoción subjetiva. Como si, a la manera de Benjamin, el recuerdo (la incomunicable emoción subjetiva) fuese lo que transforma una ex-mercancía un desecho, una “pequeña nada” en un objeto de colección2. La fervorosa atención a estos objetos, la recuperación fotográfica de su huella física, su reproducción obsesiva, hablan de esa emoción subjetiva, finalmente incomunicable: crean el hueco de esa emoción, hueco donde puede ubicarse por un momento la emoción fluida y distinta de cada uno de los sujetos espectadores.

Me interesa entrar un poco en el trasfondo de esta metáfora, de este juego. Al llamar “vocales” (letras del alfabeto) a los módulos de imágenes que entran en relación entre sí, se nos invita a leerlas como si pertenecieran a un texto; el mundo de las cosas mínimas, “las cosas/ que nadie mira salvo el Dios de Berkeley”, escribió Borges3, pasa a ser un inmenso texto que se escudriña con el afán de los cabalistas. Para la cábala, cada signo, letra o palabra del libro sacro provenía de Dios, tenía directamente por autor al Espíritu Santo; no había azar posible; toda aproximación encerraba un sentido4.

Alicia Villarreal, “El pasado aparente”, dimensiones variables, instalación compuesta por dos cajas de madera y dos proyecciones de diapositivas. Galería Gabriela Mistral, “Fuera de Caja”, 1994.

En la obra de Alicia Villarreal, el gran texto del mundo aparece sólo a través de cinco fragmentos del alfabeto: cinco letras, cinco vocales. El afán de encontrar sentidos se ejerce sobre los pedazos de un texto destruido. Ha sobrevenido, por lo tanto, una catástrofe muy parecida a la del ángel de la historia, de Walter Benjamin. Al astillarse ese gran texto, el deshacerse de sus enunciados y quedar sólo en los elementos de su combinatoria, se han destruido las certidumbres y los vínculos entre las cosas. El gesto de la obra es el de trabajar con el fragmento: lo ajeno a la lógica de los conceptos, ajeno a la continuidad y estructuración de la experiencia5. Se entra entonces a combinar fragmentos, a reconstruir posibles nexos entre ellos, a interrogarse por restos y briznas de un sentido ausente: en definitiva, a medir un vacío de sentido.