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Memorias y representaciones es el primer volumen de la trilogía Sobre la elaboración del genocidio, consagrada al análisis crítico de las consecuencias de las prácticas sociales genocidas desde la perspectiva de la experiencia argentina. El trabajo se centra en tres ejes: las memorias y representaciones de la violencia estatal, las problemáticas del juicio y los niveles de responsabilidad.
En este primer volumen, Daniel Feierstein realiza diversos entrecruzamientos disciplinarios sobre los conceptos de memoria y representación para salvar una de las mayores dificultades con las que se encuentran los estudios sobre la memoria: las disputas entre diferentes áreas de conocimiento que producen un parcelamiento de la realidad y obstaculizan un diálogo acerca de ella. De este modo, articula diversos argumentos de las neurociencias, el psicoanálisis, la filosofía y la psicología social para explorar los modos en que los procesos de memoria pueden afectar la constitución de la identidad a partir del trabajo de elaboración de las situaciones traumáticas generadas por los genocidios entendidos como prácticas sociales, como procesos de destrucción y de reorganización de relaciones sociales.
Memorias y representaciones constituye un análisis riguroso e iluminador y también una fuerte apuesta política: "Dar una fundamentación más sólida a la relevancia de la utilización de la calificación de genocidio para referir a la violencia estatal masiva sufrida en nuestro país, en función de sus múltiples consecuencias jurídicas y simbólicas, de sus múltiples efectos en los posibles trabajos de elaboración del trauma y en la posibilidad de instituir narrativas contrahegemónicas".
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Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2012
Primera edición, 2012 Primera edición electrónica, 2012
Imagen de tapa: Hole, de Oleg Shipov Foto de autor: Mariana Lerne
D. R. © 2012, Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A. El Salvador 5665; C1414BQE Buenos Aires, Argentina [email protected] / www.fce.com.ar Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F.
ISBN: 978-950-557-931-0
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Daniel Feierstein (Buenos Aires, 1967) es sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es profesor titular de la materia “Análisis de las prácticas sociales genocidas” en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. También es vicepresidente primero de la International Association of Genocide Scholars. Se ha desempeñado como experto independiente de las Naciones Unidas para numerosos proyectos en Argentina y otros países. Ha sido compilador de diversos volúmenes colectivos y colabora asiduamente en publicaciones académicas argentinas e internacionales. Entre sus libros, traducidos a varios idiomas, se cuentan: Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión, exterminio (2000) y Terrorismo de Estado y genocidio en América Latina (2009). El Fondo de Cultura Económica ha publicado El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina (2007).
Agradecimientos
Introducción
I. Las neurociencias y los procesos de memoria
II. Memoria, trauma y trabajo de elaboración. Una mirada desde Sigmund Freud
III. Algunos dilemas acerca del análisis de los procesos de memoria en las ciencias sociales, la historia y la filosofía
IV. Consecuencias de los conceptos y las representaciones sobre los procesos identitarios
Anexo. Reflexiones a propósito del concepto de “realización simbólica de las prácticas sociales genocidas”
Bibliografía
Índice de nombres
Al Zeide Isaac, porque me enseñaste los primeros palotes de la sed de justicia con tu castellano trabajoso de difícil pronunciación y porque a más de veinte años de tu partida, sigo extrañándote y recién ahora puedo comprender cuánto.
A Adriana Calvo, porque de vos aprendí la incansable voluntad de ir por más como la única manera de no caer en la cotidiana tentación de ir a menos. Porque me cuesta seguir sin tener a mi lado tu implacabilidad, tu voz áspera y crítica ante cada desacuerdo.
A MEDIDA que pasan los años, la lista de las personas con las que uno se ha cruzado y de las que ha aprendido infinidad de cuestiones (académicas, políticas o éticas) se amplía de tal modo que produce una difícil sensación de injusticia el intentar sintetizarlo en apartados como éste; una sensación que lleva a pensar si no valdría la pena directamente anular la propia idea del agradecimiento y cometer así la injusticia de un modo más democrático, olvidando por igual a todos quienes nos han enseñado algo y no sólo delegando en nuestras crecientes fallas de memoria este recuerdo discrecional.
Pero no me resulta posible ceder a semejante democratización de la injusticia, porque sigo considerando que la intención de explicitar nuestras deudas debe tener algo más de valor que el olvido intencional, por injusta que finalmente resulte la selección de agradecimientos. Por eso mencionaré a algunas personas (todas las que puedo recordar en este momento), confiando en que, al tratarse de un libro sobre las dificultades y la subjetividad en los modos de construcción de la memoria, los ausentes en esta lista podrán interpretar de múltiples formas por qué no pude recordarlos, aunque a todos les aseguro que no fue por razones conscientes, sino por la modificación que permanentemente produce nuestro presente en los modos en que accedemos al pasado. Y aunque no renuncio a mi responsabilidad por no poder controlarlo, valgan pese a ello mis disculpas.
En un primer nivel, tengo claro que el libro debe mucho a algunos amigos y colegas que participaron tanto en su concepción como en ¡sus distintas etapas. Ubico allí a los compañeros de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos, al Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial (muy en especial a Lucila Edelman, Diana Kordon y Silvana Bekerman, pero a todos los que participaron de las sesiones de discusión de versiones previas de los capítulos de esta obra durante 2010 y 2011), a mi hermana Liliana Feierstein, a Beatriz Granda, a Christian Gudehus y al equipo del Kulturwissenschaftliches Institut (de Essen, Alemania, con quienes pasé una estancia de investigación de dos meses entre diciembre de 2009 y enero de 2010 gracias a una beca del programa Scholars in Residence del Goethe Institut), a Guillermo Levy, Hamurabi Noufouri, Alberto Sucasas (de la Universidade da Coruña), Adriana Taboada, Graciela Daleo, Gianni Tognoni (secretario del Tribunal Permanente de los Pueblos), Alexander Laban Hinton (de la Rutgers University), Tiberius Gallis (del Auschwitz Institute for Peace and Reconciliation), Marcelo Ferreira, Emmanuel Taub, Lior Zylberman. A los miembros de mis equipos en el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y de mis proyectos de investigación en la Universidad de Buenos Aires (UBA), todos los cuales hicieron aportes agudos y sugerentes para mejorar esta obra o incluso para cuestionar sus aspectos centrales y obligarme a afinar y dar solidez a mis fundamentaciones. Cada uno de ellos fue fundamental no sólo de modo parcial sino por su propia posibilidad de diseñar y escribir el conjunto de la obra.
En un segundo nivel, he contado con lecturas específicas, que me han aportado también críticas y sugerencias muy valiosas: Marcelo Burello y Rodrigo de Marco para el capítulo I, Eduardo Smalinsky y Ana Berezin han hecho aportes sugerentes para el capítulo II. Asimismo la lectura de los trabajos (o las charlas, o ambas cosas) de Alejandro Alagia, Matías Bailone, Eduardo Barcesat, Osvaldo Barros, Marga Cruz, Eduardo Luis Duhalde, Cachito Fukman, Inés Izaguirre, Verónica Jeria, Rodolfo Mattarollo, Tina Meschiatti, Horacio Ravenna, Carlos Rozanski, Carlos Slepoy, Raúl Eugenio Zaffaroni, entre otros, fue fundamental en el diseño del capítulo IV, coincidan ellos o no con sus postulados.
No puedo dejar de mencionar los distintos acompañamientos institucionales con los que he contado a lo largo de la concepción y el desarrollo de esta obra, que es parte de mi trabajo como investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), institución pública a la que me honra pertenecer. A su vez, mi radicación como investigador (previa y posterior a mi ingreso a CONICET) ha sido en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, cuyas autoridades (rector, vicerrector, secretario académico) siempre han acompañado y apoyado todos y cada uno de mis proyectos desde mi ingreso, en el año 2000, como docente investigador. Asimismo la cátedra que dicto desde 2001, “Análisis de las prácticas sociales genocidas”, como sociología especial en la UBA, me ha permitido enriquecerme con el aporte de centenares de estudiantes lúcidos, comprometidos y críticos, de los cuales seguramente he aprendido tanto o más que ellos de mí. Y agradezco también a la editorial Fondo de Cultura Económica, y muy en especial a Alejandro Archain, por haber confiado en esta obra cuando era apenas un proyecto, y a Mariana Rey por el cuidado de la edición.
Me queda por agradecer el aporte militante de centenares y miles de compañeros que han bregado y siguen bregando por una Argentina y un mundo mejor, y cuya presencia late en estas páginas. He tenido el orgullo de transitar codo a codo apenas con algunos de ellos: Justicia Ya, Liga Argentina por los Derechos del Hombre, Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia de Zona Norte, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos nacional y muchas de sus regionales en las distintas provincias argentinas, las distintas regionales de HIJOS (muy en especial las del Alto Valle, Oeste, La Plata y Tucumán), el Instituto Espacio por la Memoria, el Archivo Nacional de la Memoria, la Comisión Provincial por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, el Tribunal Permanente de los Pueblos y la International Association of Genocide Scholars. Otras decenas de asociaciones han sido y siguen siendo parte fundamental de estas luchas, pero quería destacar en especial aquellas de las que pude aprender y compartir personal y directamente en este recorrido teórico político.
Me queda lo esencial, incluso más allá de esta obra. Mi compañera Fabiana y mis hijos Ezequiel y Tamara constituyen el basamento afectivo sin el cual nada de lo que aquí se presenta sería posible. No hay palabras, entonces, que puedan dar cuenta de su importancia.
ÉSTEES el primer volumen de un proyecto de trilogía que, con el objetivo de analizar crítica y rigurosamente las diversas consecuencias de las prácticas sociales genocidas, abordará en una primera etapa los procesos de memoria y representación.
Los estudios sobre la memoria constituyen uno de los campos en los que se observa con mayor claridad las dificultades creadas por las taxonomías disciplinarias rígidas en su parcelamiento de la realidad. Diversos grupos de investigadores que provienen de campos muy distintos se disputan áreas de explicación de los procesos de memoria, sin que los entrecruzamientos entre éstas sean comunes ni produzcan enriquecimiento alguno, más allá de que unos y otros se solapen al producir sus hipótesis, la mayoría de las veces sin siquiera percibirlo.
La neurología, el psicoanálisis, la filosofía, las artes y las ciencias sociales han reflexionado sobre aspectos diferentes de estos procesos de memoria y representación, pero por lo general el diálogo ha sido bastante pobre. Las neurociencias se han abocado, en su mayor parte, a tratar de encontrar el sustrato material del recuerdo (su localización física en el cerebro) y a explicar e intentar tratar algunas de sus anomalías. El psicoanálisis (pese a la amplitud disciplinaria de los trabajos de Sigmund Freud) ha tendido a disociarse cada vez más del sustrato químico-biológico como de las consecuencias sociopolíticas, filosóficas e incluso a veces médico-clínicas de sus propios planteos y, por lo tanto, ha tratado con un aparato psíquico que, cada vez más, parece escindido de los niveles de organización que lo determinan, tanto material como socialmente; incluso, en algunos casos ha llegado a postular una justificación bizarra de esta escisión entre cuerpo y consciencia. Las ciencias sociales, por último, han tendido a estancarse durante el último medio siglo en las disputas entre los campos de la historia y la memoria, haciendo caso omiso del impacto de los avances en otras disciplinas sobre dicha discusión o de la materialidad e incluso falsabilidad de muchos de sus planteos, a la luz de otras lógicas disciplinarias.
Esto no significa que no hayan existido intentos de entrecruzamiento, como puede observarse en gran parte de la obra del propio Freud, en especial en su olvidado Proyecto de psicología para neurólogos, así como en muchas de sus reflexiones en Más allá del principio de placer; Inhibición, síntoma y angustia; Tótem y tabú o Moisés y la religión monoteísta, entre otros textos que buscan dialogar, a lo largo de todo el acervo de producción freudiana, con la neurología o las ciencias sociales. También merecen destacarse los intercambios entre Jean-Pierre Changeux y Paul Ricœur que buscan un diálogo y una discusión posibles entre neurología y filosofía (pese a las dificultades de Ricœur para ingresar a un lenguaje que no siente como propio); el conjunto de los trabajos de la psicología genética y, muy en particular, las brillantes intuiciones transdisciplinarias de Jean Piaget en obras como La equilibración de las estructuras cognitivas o La toma de conciencia, o de Rolando García en obras como Psicogénesis e historia de las ciencias, La epistemología genética y la ciencia contemporánea o Sistemas complejos. Por último, cabe incluir sugerencias aisladas pero ricas por sus aportes a la sociología y la psicología en obras de neurocientistas como Gerald Edelman, Eric Kandel o Israel Rosenfield. Estas excepciones, sin embargo, constituyen ámbitos relativamente marginales en una discusión que hegemónicamente cree poder prescindir del conocimiento que se aleja de manera disciplinaria de sus ejes, aun cuando esté muy próximo de los problemas planteados y resulte fundamental para muchas de las hipótesis sugeridas o de los análisis realizados.
No es objetivo de este primer volumen dar cuenta del conjunto de las posibles articulaciones disciplinarias entre estos campos (aclarando, además, que ha quedado relativamente afuera de esta obra el complejo territorio de la estética, el arte y su vinculación con los procesos de memoria), pero sí analizar algunos entrecruzamientos que harán posible desarrollar con mayor riqueza y sustento las hipótesis que guían el conjunto de la trilogía.
Este primer volumen se centra en las memorias y representaciones del horror, con eje histórico en la experiencia argentina. El segundo volumen trabajará las problemáticas del juicio, entendidas tanto en su sentido filosófico (la capacidad de juzgar como parte de los mecanismos de la consciencia) como en la materialidad de los procesos judiciales librados en nuestro país. El tercer volumen se abocará a un análisis crítico de los distintos niveles de las responsabilidades, también centrándose en el caso argentino. Y en los tres volúmenes —memorias, juicios, responsabilidades—, las preguntas buscarán articularse con los posibles trabajos de elaboración de las marcas dejadas en las subjetividades y en el tejido social por las prácticas sociales genocidas.
Cabe aclarar que el acceso a los distintos marcos disciplinarios no se lleva a cabo desde una posición neutral ni desde un saber que los desborde. Las ciencias sociales serán el punto crucial de interrogación, desde donde se intentará incorporar algunos de los aportes de los otros campos disciplinarios para enriquecer y avanzar en las propias postulaciones sociopolíticas sobre los procesos de memoria y su impacto en la construcción de identidades, así como en los modos de constitución de las responsabilidades.
La trilogía puede leerse como continuidad de obras previas, en particular de El genocidio como práctica social y de Seis estudios sobre genocidio, y que, más allá de resultar algo más árida (sobre todo en este primer tomo), comparte las mismas preocupaciones y objetivos políticos.
Este volumen no pretende aún una mirada verdaderamente transdisciplinaria, lo cual excede las posibilidades del autor, sino simplemente avanzar en el propio campo de las ciencias sociales, sin despreciar ni ignorar, desde luego, algunas de las hipótesis, preguntas y respuestas sugeridas por las otras disciplinas, lo cual quizás cabría calificar más cabalmente como ejercicio interdisciplinario.
Se recorrerán a lo largo de este libro las ideas de un selecto grupo de autores de las neurociencias (Gerald Edelman, Eric Kandel, Jean-Pierre Changeux, Israel Rosenfield), el psicoanálisis (básicamente Sigmund Freud y luego algunos de los análisis sobre las consecuencias del trauma en Yael Danieli, René Kaës, Janine Puget, Marcelo Viñar, los miembros del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial [EATIP], Haydeé Faimberg, entre otros), la filosofía (Henri Bergson, Walter Benjamin, Paul Ricœur, Hayden White), o la sociología y la psicología social (Maurice Halbwachs, Frederic Bartlett), pero no para dar cuenta exhaustiva del estado de la cuestión en cada campo, sino sólo para aprovechar algunas intuiciones que han sugerido herramientas para analizar lo que constituye el corazón de esta problemática: los modos en que los procesos de memoria pueden afectar la constitución identitaria, a partir del trabajo de elaboración de las situaciones traumáticas generadas por los genocidios, entendidos éstos como prácticas sociales, como procesos de destrucción y reorganización de relaciones sociales.[1]
Es posible, sin embargo, que en alguno de los capítulos se haya caído en una exagerada remisión a los aspectos técnicos de cada discusión, por lo que se piden disculpas anticipadas al lector.
El ordenamiento lógico y disciplinario de este primer libro es el siguiente:
El capítulo I busca introducir algunas de las conclusiones fundamentales de las neurociencias en los últimos treinta años, desde las cuales se plantean hipótesis propias con relación al carácter adaptativo de lo que se llamará en esta obra “procesos de desensibilización”, así como al carácter creativo y no reproductivo[2] de los procesos de memoria.
El capítulo II, previo desarrollo de algunos conceptos básicos de la obra de Freud, se propone revisitar la noción de desensibilización construida en el capítulo previo, articulándola en su sentido intersubjetivo con lo que gran parte de la bibliografía sobre las consecuencias del genocidio en el Cono Sur de América Latina ha dado en llamar “pactos denegativos” y con lo que se define en esta obra, a partir de este análisis, como “ideologías del sinsentido”. Éstas han resultado muchas veces hegemónicas en los discursos sobre el horror, vinculándolo a la irracionalidad, y se postulará que dicho sinsentido juega un rol específico en el modo de clausurar las posibilidades de elaboración del terror traumático.
El capítulo III retorna sobre estas hipótesis pero desde la filosofía, la historia y las ciencias sociales, intentando recuperar la vinculación entre memoria y acción (Bergson), y memoria e identidad (Ricœur). Asimismo busca producir nuevas interpretaciones en la trillada discusión sobre las diferencias entre los procesos de la memoria y de la historia, a fines de rescatar el carácter sociopolítico de los procesos de memoria y su posible articulación con un trabajo de elaboración, lo cual constituía el eje de la tarea del historiador comprometido, tal como la pensara Walter Benjamin.
El capítulo IV, por último, da cuenta del propósito central del presente volumen: analizar las consecuencias de distintos modos de representar y calificar jurídicamente el terror estatal masivo (guerra, genocidio, terrorismo de Estado, crímenes contra la humanidad) en los posibles trabajos de elaboración y su vinculación con la constitución y transformación de las identidades personales, grupales y colectivas, incorporando en dicho análisis las construcciones previas sobre el papel que juegan en ellas las lógicas de la desensibilización, de los pactos denegativos y de las ideologías del sinsentido.
Es éste el objetivo eminentemente político que guía al conjunto del volumen. Los recorridos disciplinarios se han propuesto ir construyendo los conceptos necesarios para dicho punto de llegada, pero la interrogación general gira en torno al capítulo IV, punto de llegada y elemento crucial de este primer libro: dar cuenta de los efectos y las consecuencias intersubjetivas y sociopolíticas de distintos modos de caracterizar lo ocurrido en Argentina en los posibles trabajos de elaboración o incluso en la obstaculización o clausura de éstos.
Dicho abordaje no es ni podría ser neutral, como se ha señalado, sino que pretende dar una fundamentación más sólida a la relevancia de la utilización de la calificación de genocidio para referir a la violencia estatal masiva sufrida en nuestro país, en función de sus múltiples consecuencias jurídicas y simbólicas, de sus múltiples efectos en los posibles trabajos de elaboración del trauma y en la posibilidad de instituir narrativas contrahegemónicas.
La propuesta, esta vez, es compartir con el lector los fundamentos últimos de orden político y no, como en otras oportunidades, la argumentación técnica, con respecto a la viabilidad u oportunidad de la figura de genocidio en su aplicación al caso argentino. Esto es, que este volumen no se propone demostrar la existencia de un genocidio en Argentina (lo que se ha intentado hacer en muchas obras previas, utilizadas incluso en las sentencias argentinas), sino dar cuenta de qué ventajas en términos de procesos de memoria puede implicar construir una representación de los hechos como genocidio, en comparación con aquella que los comprende como guerra, como terrorismo de Estado o como crímenes contra la humanidad.
Afortunadamente, la sociedad argentina se ha caracterizado por una fuerte resistencia a los planteos negacionistas o minimizadores. A ello se ha sumado una experiencia más que interesante en lo que hace al juzgamiento de los responsables de las violaciones masivas de derechos humanos, que ha conducido a la posibilidad de garantizar un juzgamiento sin límites preestablecidos, realizado por tribunales nacionales (no internacionales ni cámaras especiales) y con un respeto por los derechos de los acusados que pocas experiencias históricas han demostrado, pese a tratarse de los crímenes más graves cometidos en el último siglo en el país.
Esta peculiaridad del fenómeno de los juicios en Argentina ha habilitado y enriquecido, por lo tanto, una discusión profunda y compleja sobre los procesos de memoria y elaboración, que constituye el trasfondo fundamental de toda la trilogía y que, como se verá, logra instalar estas cuestiones a partir de discusiones que parecieran ya resueltas en Argentina (la inviabilidad de regímenes de impunidad, la condena mayoritaria al tipo de negociaciones a que han dado lugar conceptos como el de “justicia transicional”, la imposibilidad del perdón y la reconciliación sin pasar previamente por la justicia).
Habrá que esperar al segundo volumen de esta obra, titulado Juicios, para abordar la complejidad efectiva de estas vinculaciones entre la capacidad humana del juicio, la realización efectiva de los juicios y los procesos de memoria y representación.
Al no existir un peligro inminente de negacionismo ni impunidad, la sociedad argentina ha logrado entonces comenzar a hacerse cargo en estos años de una discusión más compleja y mucho más profunda pero, a su vez, fundamental en cuanto a la posibilidad de lidiar con los efectos del proceso represivo: en qué medida los procesos de memoria y representación pueden constituir prolongaciones del terror, pero también en qué medida pueden ser un aporte para intentar elaborar las consecuencias del trauma, sin que ello implique creer (véase en especial el anexo sobre la “realización simbólica de las prácticas sociales genocidas”) que una mera calificación pueda resolver por sí misma procesos de enorme complejidad como los que aquí se analizan.
Todo este primer volumen se inscribe en la discusión sobre la vinculación entre procesos de memoria y representación y su expresión en la calificación jurídica, discusión que hoy recorre gran parte de los juzgados argentinos, así como también casi al conjunto de los organismos de derechos humanos y ámbitos importantes de los movimientos sociales, de las universidades, las organizaciones barriales, sindicales y estudiantiles, entre otras.
El volumen cierra con un anexo, donde se busca aclarar algunas confusiones y malentendidos a que ha dado lugar el concepto de “realización simbólica de las prácticas sociales genocidas”, término que también atravesará algunas partes del presente libro.
Como resulta lógico en toda discusión académica o política que nos atraviesa en tiempo presente, soy consciente de que tanto esta obra como todo mi trabajo previo y el de las muchas organizaciones de derechos humanos, sociales y políticas, con las que he compartido esta lucha durante años, pueden estar errados. Sólo el futuro nos dará claras indicaciones acerca de los efectos y consecuencias de las direcciones que se han seguido, así como nuevas pautas de hacia dónde continuar. Y respeto profundamente a aquellos colegas u organizaciones que no comparten esta visión sobre la relevancia de la categoría de genocidio y prefieren librar la lucha desde los conceptos de crímenes contra la humanidad, Estado terrorista o guerra civil.
Pero, por otro lado, no puedo dejar de señalar que este trabajo se ha llevado a cabo desde la más profunda convicción, con una enorme dedicación, rigurosidad y estudio, y con el mayor cuidado y responsabilidad por las posibles consecuencias de cada uno de los planteos que se socializan en esta obra. Sólo se espera de aquellos colegas y compañeros que disienten con estas visiones una actitud similar en cuanto a la seriedad, profundidad, rigurosidad y responsabilidad para plantear visiones alternativas.
Vale una pequeña anécdota para cerrar esta introducción: el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata —integrado en 2006 por los jueces Carlos Rozanski, Norberto Lorenzo y Horacio Insaurralde— fue el primer juzgado argentino (a esta altura no el único, ya que lo han acompañado tribunales de Santiago del Estero, Tucumán y Mendoza y sentencias de segunda instancia de Mar del Plata) en reconocer la existencia de un genocidio en Argentina. La primera sentencia de este tipo recayó en la causa en la que se juzgaba a Miguel Osvaldo Etchecolatz (luego acompañada por pronunciamientos similares del mismo tribunal en las causas en las que se juzgó a Christian Von Wernich y al personal que actuó en la Unidad Penitenciaria Nº 9 de La Plata, y durante 2010 y 2011 por los otros tribunales mencionados). La lectura de la sentencia de aquel juicio de 2006 fue filmada por numerosas organizaciones (hay una muy buena edición realizada por la Comisión Provincial por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires). Vale la pena observar los rostros de familiares y sobrevivientes de las víctimas cuando los jueces leyeron el fragmento de la sentencia que menciona que la condena se realiza por “crímenes contra la humanidad cometidos en el marco de un genocidio”. Quizás la observación de dichos rostros pueda dar otra pauta para entender las consecuencias de ciertas “verdades jurídicas” en las posibilidades de elaboración. Este primer volumen se propone como un aporte, entre otras cosas, para comprender el origen y el sentido de dichas expresiones.
[1] Véase el desarrollo de los conceptos de prácticas sociales genocidas y de genocidio reorganizador en Daniel Feierstein, El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007.
[2] Aun cuando las neurociencias utilizan el verbo replicar para dar cuenta de una memoria que se postula como reproductora fiel de la realidad, se ha preferido en esta obra remitir a una memoria reproductora o no reproductora (o sea, creadora), ya que el término replicar puede dar lugar a malentendidos en la filosofía o la ciencia social, debido a que su definición da más cuenta de la posibilidad de refutación que de la de copia, la cual se encuentra mejor expresada en el verbo reproducir.
DURANTEMUCHOS años, los trabajos hegemónicos en las neurociencias se propusieron identificar las funciones de las distintas áreas cerebrales, basados en la creencia de que sería viable –en el presente o en el futuro– localizar dichas funciones en algún lugar del cerebro. A ellos se sumaron corrientes –no siempre reconocidas ni muy públicas– que intentaron utilizar estos supuestos conocimientos a fines de manipular ideológicamente a la población.[1]
Desde este tipo de perspectivas, basadas en la importancia de conocer la localización funcional de los procesos mentales, han sido pocos los neurocientíficos dedicados al estudio de la memoria que, menos interesados en la posibilidad de localizar procesos complejos y múltiples, se abocaran más a analizar su carácter procedimental, la memoria entendida no como función sino precisamente como proceso.
Entre quienes sí se dedicaron a una visión de este tipo (autores cada vez más conocidos y premiados como Eric Kandel, Gerald Edelman o Jean-Pierre Changeux, entre otros), se postula una visión que ha comprendido y dado cuenta de una plasticidad mucho mayor en el funcionamiento cerebral. Esto es, más allá de la existencia localizada de algunos procesos básicos, el concepto de plasticidad lleva a comprender por qué algunos individuos se caracterizan por un uso ligeramente diferente de sus distintas regiones cerebrales, producto de la historia de desarrollo de cada sujeto (y, por lo tanto, de cada cerebro). A la vez, quienes se han empeñado en encontrar la localización de determinadas funciones sólo han logrado probar que se requiere de numerosas zonas interrelacionadas para cada una de las operaciones elementales de memoria, aun cuando sí pueden distinguirse determinadas regiones cerebrales para la realización de procesos sumamente básicos. Y vieron también que resulta infinitamente más compleja la profusa interrelación de casi todas las áreas cerebrales para lo que conocemos desde las ciencias sociales como memoria.
Cuando referimos, entonces, al análisis procedimental de la memoria, en lugar de priorizar qué áreas están involucradas en cuáles tareas, ni qué áreas se encontrarían lesionadas ante tales disfunciones, este conjunto de trabajos se ha propuesto explicar el funcionamiento y la interacción entre las distintas regiones cerebrales identificadas, a partir de la formulación del concepto de procesos de memoria, lo cual daría cuenta de un creciente consenso actual de las neurociencias con respecto a que ya no es posible seguir insistiendo en la búsqueda de la localización de “recuerdos”, sino que nada parecido existe dentro de nuestros cerebros. Por el contrario, de este paradigma cada vez más aceptado se sigue la convicción de que estos procesos de memoria son resultado de una compleja articulación creativa de numerosos sistemas de memoria calificados por las neurociencias como olfativo, visual, gustativo, semántico, episódico, procesal, entre muchos otros, y que el número de estos sistemas crece exponencialmente a medida que crecen los trabajos de investigación.
La coincidencia de este conjunto de autores e investigaciones se basa en la convicción de que el recuerdo es una reconstrucción y no una reproducción, y que opera articulando procesos complejos y diversos, que son los únicos que sí podrían tener niveles de localización en el sustrato neuronal.
La obra de Gerald Edelman[2] –alrededor de la cual girarán algunos de los ejes del presente capítulo– fue precedida, acompañada y/o continuada entre otros por la de Giulio Tononi e Israel Rosenfield o bien por trabajos más centrados en la divulgación pero herederos de similares lógicas de argumentación, como los de Oliver Sacks[3] o Jonah Lehrer.[4] Por otra parte, este capítulo también se basará en muchas de las reflexiones de Eric Kandel[5] y, en menor medida, de Jean-Pierre Changeux,[6] así como de muchos científicos anteriores que resultaron fundamentales para el trabajo de los autores escogidos, aun cuando los primeros sean utilizados apenas como conocimientos ya supuestos o tematizados en las obras citadas.
Pese a que el ingreso al lenguaje de las neurociencias puede resultar farragoso, epistemológicamente cuestionable o políticamente provocativo, a lo largo de esta obra se verá que tiene numerosos puntos de contacto y articulación con hipótesis provenientes de otros campos disciplinarios, y que la conjunción entre estos diferentes niveles de análisis puede sin duda enriquecer y matizar las conclusiones, aportes y posibilidades de cada uno de los niveles.
Como para ahuyentar malentendidos, se reiterará el eje de este volumen: no se pretende aquí construir una visión neurocientífica de los procesos de memoria ni aplicar las neurociencias para comprender los modos de construcción identitaria. Nada más lejano de los objetivos de esta obra.
Tal como se adelantó en la introducción, este volumen se propone analizar los efectos de los procesos de memoria y representación en la constitución de identidades, los modos en que dichos procesos se encuentran atravesados por ciertos eventos que producen un involucramiento emocional particularmente fuerte (distintas disciplinas los han catalogado como “traumáticos”) y, entre todos ellos, interesará solamente el tipo de afección emocional generado por el aniquilamiento sistemático de grupos de población como una tecnología específica de poder en tanto reorganización de las relaciones sociales, cuestiones que se han rastreado y desarrollado desde la historia, la sociología o el derecho en obras previas.
Pero en este volumen se intentará un abordaje distinto de la problemática, reconociendo que es necesario ser mucho más específico en la comprensión de los modos de afección del terror y de la peculiaridad con que opera esta reorganización de relaciones sociales a nivel de los modos de representación. Asimismo se intentará plantear probables vías para un trabajo de elaboración de sus efectos, que se transforme en obstáculo para la reorganización buscada o en posible facilitador de otros modos factibles de relación social, en los que el terror pueda ser de algún modo retrabajado.
La ausencia de diálogo interdisciplinario ha generado muchas veces cierta pobreza en el intento de comprender los efectos del terror generalizado o, al mismo tiempo, niveles de especulación que postulan procesos de los que no pueden dar cuenta más que asumiendo supuestos que funcionan teleológicamente.
Ello no quita que este recorrido también planteará hipótesis, sugerencias que deben ser discutidas y contrastadas; pero lo que se busca en el presente capítulo es que los avances producidos en las neurociencias –algunos definitivamente consolidados, otros que funcionan aún como especulaciones con cierto sustento– puedan permitir enriquecer otro conjunto de ideas y conceptos, al articular explicaciones en distintos niveles de organización de la realidad.
La referida ausencia de diálogo entre disciplinas ha llevado a algunos neurocientíficos a postular análisis psicológicos, comportamentales, sociológicos, filosóficos o incluso éticos, trasladando automáticamente los descubrimientos en el funcionamiento de las conexiones neuronales al análisis de la consciencia[7] o los lazos sociales, cayendo en banales reproducciones del sentido común o en analogías forzadas e insostenibles. Simultáneamente, autores de las ciencias sociales y del psicoanálisis han tendido a analizar al aparato psíquico o a las relaciones sociales como si no tuvieran sustrato material y se encontraran abstractamente “en el aire” (insistiendo en la dualidad cartesiana entre mente y cuerpo, incluso en la idea de una “escisión” originaria que separaría al ser humano del reino animal).
Por el contrario el objetivo de esta obra –ambicioso, sin duda, a la vez que riesgoso– será intentar preservar las lógicas de cada nivel de organización de la realidad (objetivo de cada una de las disciplinas), proponiendo a la vez articulaciones posibles entre ellos.
El propósito de este capítulo, por lo tanto, será sugerir en qué medida las hipótesis sobre los modos de construcción de la memoria y de la consciencia, explicadas desde su sustrato físico-químico-biológico, pueden aportar herramientas –supuestos, contrastaciones, hipótesis enriquecedoras– para sustentar el análisis de los procesos de memoria, representación, consciencia e identidad en otros niveles de organización.
Proviniendo de una u otra disciplina, de ninguna o de varias, el lector juzgará en qué medida la apuesta podrá resultar enriquecedora.
Uno de los elementos más sugerentes –a la vez que provocativos– de muchas obras neurocientíficas actuales es su insistencia en la comprensión del funcionamiento cerebral desde las teorías biológicas de la evolución.
Gerald Edelman, por caso, analiza el carácter adaptativo del desarrollo del pensamiento, que no se basa en una sucesión de cadenas lógicas ni en la realización de “programas” de procedimientos. Por el contrario, postula al funcionamiento cerebral como producto de una evolución y cambio permanente que, operando sobre la realidad, logra el desarrollo de aquellas vías más eficaces en tanto inhibe las respuestas que han resultado fallidas.
Para Edelman, no sólo la memoria sino también la consciencia constituyen procesos y no cosas ni propiedades, y esta es una diferencia crucial para ubicar el modo de comprensión de la problemática. La memoria o la consciencia no existen como tales, sino que son el producto de una construcción permanente e ininterrumpida, resultado de la sorprendente plasticidad del funcionamiento cerebral.[8]
Esta perspectiva difiere de muchos de los autores neurocientíficos o filosóficos que previamente intentaron representar al pensamiento desde el orden lógico, a partir de premisas estériles del frustrado dominio de la “inteligencia artificial” o de la cibernética, utilizando los paralelismos con el funcionamiento de una computadora. Un ejemplo de esta corriente es la obra de Adam Zeman.[9]
Sin embargo, resulta no sólo más coherente y plausible sino también mucho más enriquecedor analizar al cerebro como un órgano que se ve afectado por el proceso de la “selección natural”. Esta línea de desarrollo se encontrará en fuerte sintonía tanto con los trabajos de Sigmund Freud como con los de Jean Piaget, que precedieron en décadas y hasta un siglo a las que aquí se refieren, pero que fueron capaces de intuir brillantemente muchos de los resultados a los que el trabajo experimental arribaría con bastante demora.
Pero resulta necesaria aquí otra aclaración. Después de casi un siglo de deslegitimación del evolucionismo –en particular por sus derivaciones sociales y ético-políticas en tanto herramienta legitimadora del racismo– resulta difícil rescatar desde las ciencias sociales del siglo XXI una mirada centrada en lo que los neurocientíficos y biólogos llaman “seleccionismo natural”. Más aún, el nombre con el que Edelman identifica sus propias hipótesis –“darwinismo neural”– espantaría a la mayoría de los investigadores de las ciencias sociales o incluso del derecho.
Por otra parte, sin comprender el sustrato del funcionamiento neural, muchas de las hipótesis histórico-sociológicas sobre los procesos de memoria sólo pueden continuar desarrollándose sobre la base del dualismo cartesiano –la separación tajante entre los procesos conscientes y su sustrato físico–. Esta limitación impide que estas teorías avancen más allá de las lógicas de su propia especulación, alienando las reflexiones sobre el funcionamiento “espiritual” de su basamento corporal (material), lo cual puede dar lugar a los más diversos idealismos, en tanto al desgajarse de su sustrato material, la especulación puede ascender en infinitas espirales sobre sí misma, sin estar obligada a dar cuenta de ninguna articulación con el campo de “lo real”, en su sentido filosófico. Incluso algunas reflexiones psicoanalíticas han tendido a internarse en dicho laberinto, sin encontrar salida alguna y rondando cada vez más cerca de lo que en el capítulo IV se llamará ideologías del sinsentido.
El dualismo cartesiano fue un modo de producir cierta autonomización de la filosofía y de las ciencias sociales en relación con la biología de los siglos XVII a XIX, ante la imposibilidad técnica y epistemológica de ésta para dar cuenta del sustrato neuronal de los procesos de la consciencia y de la memoria. Constituía en ese tiempo una necesidad real ante el estancamiento de la neurología y la necesidad de desarrollar otros caminos de comprensión, que fueron efectivamente mucho más fructíferos hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, los presupuestos del dualismo sólo seguirían resultando válidos en tanto la biología y la neurología continuaran siendo incapaces de producir novedades en dichos terrenos. Pareciera que los últimos treinta o cincuenta años de investigaciones (en biología molecular y en genética, entre otros campos) han comenzado a horadar el límite de lo incognoscible y de nada servirá hacer oídos sordos, insistiendo en un dualismo que “atrasa” el desarrollo científico contemporáneo y que sólo logra oponerse a él ignorando sistemática e intencionalmente dichos cambios.
Debe reconocerse que uno de los presupuestos que ha permitido avanzar muchos de los debates sobre la construcción social de la memoria en el campo de las ciencias sociales y del psicoanálisis en el siglo XIX y la primera mitad del XX ha sido el escepticismo acérrimo acerca de la posibilidad de que las neurociencias encuentren el sustrato físico de los procesos que se describen, o la formulación más radical sobre la inexistencia de dicho sustrato.
Pero esta disociación llevó a las ciencias sociales y a la psicología a un abandono de la necesidad de actualización en materia de desarrollo, discusiones y procedimientos neurocientíficos, ya que no sólo se trataba de un conocimiento innecesario, sino incluso molesto si pudiera contradecir algunas de las tesis más aceptadas en otras disciplinas.
Así se ha llegado a la triste situación actual en la que comienzan a producirse hipótesis sobre los procesos de memoria en el propio campo de la neurología, pero se prefiere ignorarlas, en lugar de discutir con ellas, por miedo a que dichos avances pudieran deslegitimar todo un edificio construido sobre la base de la manifiesta decisión de escindir las explicaciones psicológicas, lingüísticas y sociológicas de su sustrato material (el funcionamiento fisiológico, bioquímico y eléctrico del cerebro y los modos de transmisión neuronal).
Por contrapartida, esta escisión y abandono del terreno de la disputa por parte de psicólogos, lingüistas, filósofos o cientistas sociales también condujo a que las neurociencias creyeran sin demasiada discusión en su capacidad de localizar y explicar ya no sólo funciones sino incluso los mismos procesos de los que hablan, lo cual se encuentra muy por encima de sus posibilidades de experimentación (y es lógico que así sea), ya que requieren hipótesis que vinculen el funcionamiento neuronal con lo que ocurre mucho más allá de las neuronas o de las redes neuronales, por ejemplo, en los procesos de simbolización con los que cuenta el ser humano. Es la diferencia esencial entre las lógicas que guían un universo de causalidad cerrado (lo físico-químico-biológico) de un universo causal abierto, producto de la simbolización y la imaginación.
Los procesos de memoria no ocurren en el ámbito de lo físico, por lo que no pueden ser rastreados por ninguna de las tecnologías existentes o por crearse, en tanto exceden el plano de la comunicación neuronal, que sólo constituye su sustrato. Sin embargo, escindidas tanto de las ciencias sociales como de la psicología o la filosofía, las neurociencias construyen hipótesis propias sobre el funcionamiento de los procesos de memoria y simbolización que también suelen ignorar los avances filosóficos, psicológicos, lingüísticos o sociológicos de los últimos dos siglos, en paralelo con la ignorancia de sus propios trabajos fuera del ámbito de las neurociencias. Poder probar e incluso localizar el sustrato neuronal de un proceso no es equivalente a explicar su funcionamiento, sus efectos y sus consecuencias, elementos que no pueden ser detectados por maquinaria alguna.[10]
Lo sugerente de obras como la de Edelman –si nos permitimos por un momento abandonar el prurito de seguir con atención los desarrollos del creador del “darwinismo neural”– es que algunas de sus hipótesis pueden resultar realmente “iluminadoras” en lo que hace a los procesos de construcción de la memoria. Pero no porque haya detectado dichos procesos con sus máquinas –cosa que jamás podría lograr–, sino precisamente por intentar dar cuenta de funcionamientos que no le resultan localizables pero que infiere de aquello que sí puede probar y localizar, y porque, aun cuando no lo haga de modo sistemático, su apertura a otras miradas –filosóficas, psicológicas, sociológicas– ha sido bastante superior a la media de apertura de los neurocientíficos. Por otra parte, su proveniencia de otro campo disciplinario permite aportar lógicas más que sugestivas para esta obra.
La hipótesis de un funcionamiento neural adaptativo y la comprensión de sus lógicas “seleccionistas” puede resultar una perspectiva particularmente enriquecedora de las relaciones entre los sistemas consciente e inconsciente y de sus efectos en los procesos de construcción de la memoria, en los modos de pasaje de la memoria de corto plazo a la memoria de largo plazo, en los llamados procesos de consolidación o reconsolidación de la memoria, en los desaprendizajes, en los efectos desensibilizadores del terror, entre muchas otras cuestiones vinculadas al funcionamiento procesal, psicológico e histórico-social de la memoria.
Valga entonces, antes de ingresar al universo del “darwinismo neural”, una aclaración más ético-política que epistemológica. Que el hombre –como cualquier ser vivo– tenga un organismo cuyo funcionamiento se estructure de modo “seleccionista” no dice nada todavía sobre las necesidades del funcionamiento social. Por el contrario, se puede suponer que uno de los elementos que convierten al animal hombre en ser humano es la aparición de la ética, en tanto posibilidad de desafiar las determinaciones seleccionistas de lo biológico para la estructuración social.
Emmanuel Levinas sugiere que “la ética es previa a la ontología”, como mandato filosófico que construye su perspectiva.[11] Uno de los desafíos más importantes –ya en términos generales y no sólo para el estudio de la memoria– de la ciencia actual es la posibilidad de reconocer el monumental aporte de Charles Darwin a la comprensión del funcionamiento biológico del mundo logrando, a la vez, confrontar con las tremendas consecuencias que ha traído expandir la mirada darwinista al entendimiento de las relaciones sociales, construyendo éticas de la necesidad, en obras como las de Herbert Spencer y sus seguidores de fines del siglo XIX y de todo el siglo XX. Obras que, a su vez, no sólo cayeron en un reduccionismo biologista sino que leyeron a Darwin con un solo ojo, priorizando el carácter adaptativo de la lucha por la supervivencia pero ignorando el igualmente adaptativo carácter de los mecanismos de cooperación, fundamentales para cualquier proceso de vida con otros y que Darwin no ha dejado de señalar con profusión en sus obras.
