Mensaje de amor - Cathy Forsythe - E-Book

Mensaje de amor E-Book

Cathy Forsythe

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Beschreibung

Jace Farrell, un hombre rico y poderoso, estaba acostumbrado a conseguir todo aquello que quería. Y un día quiso que Danielle Simmons se convirtiera en su mujer. Ella le había roto el corazón en una ocasión, y su orgullo, sumado a las noches solitarias que había pasado sin ella en su rancho de Wyoming, le hizo desear que se casara con él. Pero, ¿le costaría ese matrimonio más de lo que él había calculado? La familia de Danielle necesitaba dinero, así que tuvo que aceptar casarse con Jace. Ella no iba a hacerlo por amor. Pero una vez que tuviera el anillo en su dedo, ¿no se despertaría en ella el anhelo de amar a su marido para siempre?

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Seitenzahl: 215

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Cathy Forsythe

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Mensaje de amor, n.º 1099 - abril 2020

Título original: The Cowboy Proposes… Marriage?

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-086-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SÍ QUE sé más o menos cómo quiero mi traje de novia, pero…

Algo que pasó a su lado, distrajo a Danielle Simmons de la conversación, pero cuando se volvió para ver qué era, ya no había nada. Y de pronto, perdió todo interés en la charla que estaba manteniendo acerca de su boda.

Ligeramente inquieta, se excusó y decidió averiguar cuál era la fuente de su nerviosismo. Así, se puso a examinar la habitación cuidadosamente, observando a todos los invitados.

Todo estaba perfecto. Había mucha comida y estaba muy bien presentada, el champán era caro y abundante, y los invitados parecían disfrutar de él.

O así lo esperaba ella.

De pronto tuvo de nuevo una sensación extraña, y antes de que pudiera descubrir a qué se debía, Raymond la tomó del brazo.

–¿Te lo estás pasando bien, cariño?

La agarró dulcemente, de un modo que debería provocarle cierto hormigueo en la piel, pero no era así.

No le sucedía como con otro hombre que la había agarrado de la misma forma en el pasado.

A pesar del tormento que le provocaban esas dudas, Danielle se obligó a sonreír.

–Por supuesto. ¿Cómo no me lo iba a pasar bien rodeada de amigos? –lo cierto era que ella no podía recordar la mitad de sus nombres.

Él se acercó a su oído y ella se arrimó un poco, con esperanzas de sentir algo. Pero fue en vano. No había deseo entre ellos, sólo el afecto y la amistad la unía a su prometido. Quizá si nunca hubiera conocido lo que era la pasión, no se sentiría tan decepcionada cada vez que Raymond la tocaba. Pero ella había disfrutado del placer del sexo y conocía lo que era el peligroso juego del amor.

Raymond la besó con delicadeza.

–A medianoche bailaremos juntos –ella sintió el aliento de él contra su rostro mientras le hablaba–, justo después de que tu padre anuncie nuestro compromiso. Luego, podremos huir de aquí e ir a divertirnos.

Danielle le sonrió, a pesar de que estaba empezando a dolerle la cabeza. Además, sabía que Raymond no se enfadaría cuando ella le dijera que quería acostarse temprano.

–¡Qué tiernos! –se oyó decir a una voz ronca llena de sarcasmo.

Al ver al hombre alto y ancho de hombros, a Danielle le vinieron cientos de imágenes a la cabeza. Era un hombre moreno y llevaba sombrero de vaquero; sus ojos eran azules y tenían un brillo diabólico.

Hacía once años que no escuchaba esa voz, toda una eternidad, pero no se había olvidado de ella.

Danielle notó la boca seca mientras lo contemplaba. El hombre parecía fuera de lugar, rodeado de toda esa gente vestida tan elegantemente. Su rostro delataba el paso del tiempo, pero las arrugas le hacían todavía más atractivo.

Danielle no podía hacer otra cosa que parpadear con incredulidad. Pero cuando abrió los ojos, él seguía allí.

No podía ser. Él no se atrevería… y ella tampoco se lo habría permitido.

Se obligó a moverse hacia él, a pesar de que el dolor de cabeza estaba empezando a hacerse casi insoportable. Trató de reprimir las emociones que se agolpaban en ella al volver a verlo de nuevo. Después de todos esos años, ya debería haberlo superado.

–Me gustaría ser el primero en felicitaros –dijo el hombre, acercándose hasta donde estaban ellos. Le quitó a ella la copa que tenía entre las manos y la levantó, haciendo un brindis–. Por vosotros –dijo, haciendo una inclinación de cabeza hacia Raymond.

Luego, el vaquero se giró hacia Danielle y ella se sintió atrapada en sus ojos azules, unos ojos que le recordaban todo lo que había ocurrido entre ellos dos. Una mezcla de dolor y rabia la invadieron al acordarse de su pasado común.

–Bebo a tu salud –el hombre apuró la copa de champán como si fuera agua. Luego, dejó la copa vacía sobre una mesa–. Un poco escaso para mi gusto, pero ya me doy cuenta de que debe de haberte costado mucho.

La miró con gesto desafiante, como retándola a que hiciera algo. A que tomara una posición ante su presencia en la fiesta de compromiso. Y ella nunca había podido resistirse a un reto.

Especialmente, cuando éste atañía a Jace Farrell.

–Jace, me alegro de que hayas venido –comentó ella, consiguiendo sonreírle. Luego, se volvió hacia Raymond–. Cariño, ahora te veo. Quiero charlar con un viejo amigo.

Raymond frunció el ceño mientras sus manos se tensaban sobre el brazo de ella, pero Danielle se soltó y se encaminó hacia Jace, desconcertada por el hecho de que el magnetismo entre ellos siguiera siendo tan fuerte. Ni el tiempo ni el dolor habían hecho desaparecer la atracción que los unía.

Danielle le agarró por el codo e intentó llevárselo al patio, pero él no se movió de donde estaba, y siguió mirándola con una sonrisa irónica en los labios.

–Me gustaría hablar contigo, Jace. En privado. ¿Te parece que salgamos fuera? –ella sintió el calor que emanaba de él, pero no se apartó. Jace siempre la hacía sentir esa pasión que buscaba en vano en Raymond, pero cuando le había confiado su amor y su corazón, él los había pisoteado. Así que no pensaba darle una segunda oportunidad.

–Sólo si me lo pides por favor –murmuró él.

Su voz grave la hizo estremecerse y tuvo que apretar los dientes para contener su reacción. En el pasado, él había utilizado esa atracción que provocaba en ella para controlarla y no iba a permitir que se repitiera. No le importaba cuánto tuviera que sufrir por ello.

–¿Quieres salir conmigo a hablar un rato, por favor, Jace? –preguntó Danielle, sorprendida de que su voz sonara tan nítidamente a pesar de que seguía con los dientes apretados.

Él la tomó de la mano y, sin decir nada más, la condujo a través de la doble puerta afuera.

El pasado se repetía. El día que conoció a Jace, estuvieron hablando en el mismo lugar. Pero entonces, sus gafas de color rosa estaban firmemente en su sitio. El tiempo y la traición habían cambiado aquello. La habían cambiado a ella.

La noche allí, en Wyoming, era fresca y Danielle lo agradecía, ya que le ardían el rostro y los hombros desnudos. Jace siempre conseguía que se acalorase, o bien haciéndola enfadarse, o bien despertando su pasión. Lo que no podía quedarse era indiferente, estando ese hombre cerca, todo lo contrario que con Raymond.

Danielle trató de soltar su mano para apartarse un poco, pero él no se lo permitió y siguieron avanzando en silencio hasta el borde del porche. Las luces de dentro dejaban ver a Danielle más de lo que hubiera querido.

La mujer jugueteó con el medallón de oro que llevaba en el cuello, tratando de recuperarse. Sabía que iba a necesitar todas sus energías durante los próximos minutos.

Finalmente, no pudiendo controlarse más, se detuvo, y él la soltó. Danielle se agarró a la barandilla de madera. Luego, se abrazó a sí misma.

–¿Se puede saber a qué has venido? –le preguntó sin volverse hacia él, con la mirada perdida en la oscuridad, en la que sólo resaltaba la luz de las estrellas del cielo de Wyoming.

Recordaba otros tiempos, más felices, en los que ella pensaba que pasaría el resto de su vida en los brazos de aquel hombre.

Luego, recordó el dolor que había sentido al perderlo.

Danielle se enfadó, de pronto, al darse cuenta de que él no tenía ninguna intención de responder.

–¡Maldita sea, Jace! Te he preguntado…

Él la besó sin previo aviso. Danielle se dio cuenta de su error al verse envuelta por el inconfundible aroma de él. Un olor masculino que sólo Jace emanaba.

Él trató de hacer el beso más profundo, pero ella se resistió a abrir los labios. Entonces, él le levantó la barbilla con su mano libre y ella sintió cómo su lengua la invadía.

Eso provocó en ella nuevos recuerdos. Imágenes que había tratado de olvidar todos aquellos años. El amor, las risas, las peleas… Nunca habían conseguido ponerse de acuerdo en nada, salvo en una cosa. En que se amaban. Finalmente, incluso aquello había desaparecido y ella había hecho lo único que se podía hacer.

Se había marchado.

Y desde entonces, lo había lamentado todos los días de su vida.

Pero ella no podía perdonarle que le hubiera mentido. No podía perdonarle que no la hubiera amado lo suficiente.

Soltó un gemido y Jace comenzó a acariciarle el cuello con sus largos dedos. Luego, se apartó ligeramente de ella.

La miró fijamente y ella pudo notar, incluso en la semipenumbra que los rodeaba, el fuego que desprendían sus ojos. Ella siempre había tenido la facultad de hacerle perder el control.

Pero eso no había sido suficiente. Ella había buscado algo más en él. Ella había querido el absoluto. Y él no había estado dispuesto a renunciar al control de sus emociones.

Por eso él jamás le había llegado a decir lo que ella había necesitado desesperadamente oír para quedarse a su lado, para seguir intentándolo, para amarlo siempre. Porque lo que habían compartido era algo muy especial a lo que ella no hubiera querido renunciar. Finalmente, él se había marchado, traicionando y vendiendo su amor por algo mucho más atractivo. Algo con lo que ella no había podido competir porque ni siquiera era una mujer.

Volvió en sí cuando Jace se apoyó en la barandilla, separó las piernas y la apretó contra sí. El roce de los fuertes muslos masculinos, hizo que su interior se abrasara de calor.

–No, Jace –susurró ella con un hilo de voz.

–Sí, Dani, sí.

Volvió a besarla y toda la resistencia de ella se vino abajo. Seguía deseando a ese hombre con toda su alma.

Al volverle a agarrar la barbilla, Danielle sintió que un gran calor le descendía por el cuello. Los labios de él la besaron, y su piel respondió como no hacía con ningún otro hombre. Se estremeció de placer al tiempo que se sentía cada vez más débil

Cuando él le apartó el pelo para mordisquearle el hombro, ella se dio cuenta de que tenía que detener aquella locura… antes de que su prometido la encontrara allí con ese hombre.

–Jace, por favor.

Él se detuvo y ella respiró hondo, pensando que por una vez él iba a mostrarse comprensivo con ella y la iba a dejar en paz. Pero eso parecía imposible para Jace.

–¿Por favor, qué? –él le apartó un mechón de pelo que tenía sobre los ojos–. ¿Que te bese? ¿Que te lleve conmigo? ¿Que te haga el amor?

Ojalá pudiera ser tan fácil. Ella se sentía tan débil, que no pudo ni contestar.

–¿Es que piensas que a tu prometido puede molestarle compartirte conmigo?

Tampoco a eso pudo responderle como merecía.

Él sonrió ante el silencio de ella.

–¿O es que a él no le importaría descubrirte aquí conmigo? ¿Es eso? Pobre Dani –el hombre sacudió la cabeza, apretándola aún más contra él. Tan cerca, que ella se dio cuenta de lo excitado que estaba.

–Jace, deténte –ella lo empujó, tratando de escapar–. Sí que le importaría, y mucho. Y también a mí –mintió. Pero sabía que eso era lo que tenía que decir.

–Pues no parece que te importe mucho. Por tu forma de besarme, no parecía que te importara. Así que ponme otra excusa, Dani.

–Me llamo Danielle.

–Te llamarán así todos esos idiotas de la alta sociedad. Pero para mí tú siempre serás mi Dani.

–Ya no soy tu Dani, Jace. Ya hace mucho de eso –volvió a tratar de apartarlo.

Sin saber cómo, él consiguió que su intento se volviera contra ella y de repente se viera aún más cerca de él. Danielle se sonrojó, dando gracias a que estaban casi a oscuras. Había existido un tiempo en el que a ella le encantaba estar así con Jace, pero todo eso se había terminado.

–Así que tu papá te ha encontrado al hombre perfecto en esta ocasión.

Jace trazó la línea de sus labios con el dedo. Sentir la piel curtida de él, la puso fuera de sí.

–Apuesto a que Raymond es un hombre muy rico. ¿Y qué le darás tú a él a cambio?

Ella no contestó, no podía hacerlo. Lo único que deseaba era que la amaran por lo que era y no por lo que un hombre pudiera obtener de ella. Pero eso se había convertido en un sueño imposible en el mundo en el que le había tocado vivir. Se sentía más bien como un bien que se pudiera intercambiar para obtener algún beneficio.

–Ah –Jace volvió a agarrarle la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos–. Raymond te quiere para obtener una cierta posición social. Un hombre importante lo único que necesita es a una mujer bien relacionada.

Su dolor de cabeza había dejado paso a un dolor más profundo. Ella deseaba que Raymond la amara por sí misma, pero se temía que Jace estuviera en lo cierto. Danielle Simmons había sido entrenada para ser la esposa perfecta y para su padre era una mercancía con la que negociar.

Jace se dio cuenta de que ella estaba distraída y trató de llamar su atención, estrechándola entre sus brazos. Ella volvió a sonrojarse.

–Antiguamente no te sonrojabas cuando te abrazaba.

–Entonces no me importaba que me abrazaras. Ahora, todo eso se ha acabado. Así que, ¿quieres explicarme qué estás haciendo aquí?

–Estoy aquí porque tú me perteneces y no tengo intención de compartirte… ni con Raymond ni con ningún otro.

Ella cerró el puño y lo golpeó en el pecho. Luego, le dio una bofetada, tratando desesperadamente de hacerle comprender, de hacer que se marchara.

–No sé si te has dado cuenta de que estoy comprometida con otro hombre, Jace. Este anillo me une a él y no a ti.

Él la agarró por la muñeca. Danielle trató de apartarse, temerosa de la furia que brillaba en aquellos ojos. Jace Farrell era capaz de cualquier cosa para conseguir lo que deseaba y a ella no le hubiera extrañado que él le sacara el anillo de diamantes del dedo y lo arrojara por la barandilla.

–Una piedra muy bonita –dijo él sonriendo con ironía–. Pero yo puedo conseguirte una mejor. ¿Qué te parece, Dani? ¿Te casarías conmigo si yo te regalara un anillo más grande que ése?

Ella, por un momento, llegó a creer que eso pudiera ser cierto y que su antiguo amor podría volver a hacerse realidad, pero pronto despertó de su sueño, al ver la furia que había en los ojos de Jace.

La amargura en su tono de voz, la hizo sentirse culpable. Trató de soltar su mano, pero sólo consiguió hacerse daño.

–Jace, deténte. Ya está bien de juegos.

Ella nunca le había pedido mucho a Jace. Nunca nada que no se mereciera. Nada que no fuera sinceridad o amor. En ese momento, incluso, le hubiera gustado oírle decir que la quería, pero como siempre, él hablaba de deseo y pasión. No de amor. Ella trató de ponerse firme.

Era el único modo en que podría salvarse.

–Tú quieres negociar con mi amor, y yo no estoy dispuesta a nada por el estilo, así que olvídalo. Lo nuestro se acabó. Tendrás que conformarte con una de esas chicas a las que nos les importa vivir en un rancho en medio de la nada, rodeada de vacas y hierbajos.

–No exageres, cariño. La última vez que estuviste en mi rancho, ya no había hierbajos alrededor.

Ella sintió tanta rabia que perdió el control y volvió a golpearlo con el puño. Pero él la detuvo sin ningún esfuerzo.

La agarró por la muñeca y le retorció el brazo, colocándoselo en la espalda. Luego le agarró el otro brazo y también se lo colocó en la espalda, los sujetó ambos con una mano y con la otra comenzó a acariciarle el cuello.

Ella trató de apartarlo, consciente de que el contacto con él hacía que su cuerpo reaccionara de inmediato, pero Jace la tenía bien sujeta. Danielle apretó los labios con rabia, tragándose sus palabras. No quería ponerle más nervioso aún.

Jace trazó la línea de su clavícula y después bajó para trazar la del escote de su vestido. El vestido que Raymond le había regalado y que Jace estaba mirando en esos momentos con gesto lascivo. Su expresión delataba que le gustaría explorar sus posibilidades más tarde. Era un vestido rojo de satén con encajes.

El dedo de Jace se deslizó bajo el vestido para explorar la piel que había debajo. Ella trató de no estremecerse, pero no lo consiguió.

Jace sonrió con la boca tensa por la rabia contenida y siguió su exploración.

–Esto no prueba nada –ella se mordió el labio cuando se dio cuenta de que el tono de su voz contradecía sus palabras.

–Eres mía, Dani. Siempre serás mía y ambos lo sabemos –él comenzó a acariciar uno de sus pechos.

–Lo nuestro se acabó hace ya mucho tiempo.

–Lo nuestro nunca se acabó. Lo que pasa es que yo necesitaba algún tiempo para reorientar mi vida. Y ahora, espero que respetes la promesa que me hiciste de que te casarías conmigo.

–No, Jace –dijo con la respiración agitada, tratando de liberarse.

Él bajó aún más su dedo y comenzó a trazar círculos que se aproximaron poco a poco al pezón. Éste se puso duro antes de que lo tocara siquiera. De pronto, se detuvo.

–Vas a casarte conmigo, Dani, y con nadie más.

Él la estaba retando y ella decidió aceptar el reto. Levantó el pie y trató de alcanzar la espinilla de él. Jace sintió la patada a pesar de las botas duras de piel que llevaba.

Sin apenas esfuerzo, Jace extendió su mano para sujetar el muslo de Danielle. La abertura de la falda del vestido se abrió, revelando la pierna desnuda. Él pareció disfrutar con el espectáculo.

Luego, le levantó todavía más la pierna y la besó.

–Sé que me deseas –le dijo con una sonrisa–. Pero, ¿crees que es éste el lugar adecuado?

Ella se vio invadida por un fuerte sentimiento de rabia, pero se vio incapaz de hacer nada al respecto. Lo único que podía hacer era tambalearse sobre un tacón de varios centímetros mientras él tenía sujetas sus manos y su otra pierna.

–¡Maldita sea, Jace! No voy a dejar que arruines mi vida de nuevo. Vete de aquí.

Tras aquellas palabras hubo un silencio tenso. Finalmente, Jace le soltó la pierna. Lo hizo muy despacio, acariciando las medias que cubrían los muslos de ella. Luego, le soltó las manos y, agarrándola por los hombros, la apartó.

–Te casarás conmigo. Ahora, me necesitas. Y tu padre también. Yo os salvaré. Sólo tienes que decir que sí –dijo con tono amenazante–. Cortejar a una mujer es como domar a una yegua. Sólo se necesita tiempo.

Jace acarició el rostro de Danielle con su mano llena de durezas, haciendo que se estremeciera de nuevo.

–Y yo te deseo a ti. Bueno, se me acaba el tiempo –chasqueó los labios–, y la paciencia también. Así que ahora vamos a jugar según mis reglas.

Él se detuvo como si esperase que ella le diera una respuesta. Pero Danielle estaba demasiado sorprendida como para decir nada.

–Te doy veinticuatro horas para decidirte –él miró su reloj–. Y espero que digas que sí. No te olvides, Danielle. Esta vez tengo dinero. Suficiente para comprar a tu padre o para arruinarlo. Suficiente para liberarte de tu familia. ¿Es que preferirías casarte con ese pobre diablo?

Ella sintió que una mezcla de miedo y deseo se apoderaba de su estómago. Sus palabras habían sonado como una amenaza. ¿Sería capaz de arruinar a su padre como había dicho que podía hacer?

Volvió a agarrarla y sin previo aviso y, una vez más, apretó su cuerpo contra el de él y la besó, escribiendo todas sus demandas en aquellos labios femeninos. Quería que la derrota fuera completa, deseaba someterla del todo… y no se quedaría satisfecho con menos.

Por un breve instante, un instante absurdo, ella estuvo a punto de entregarse.

–¿Qué demonios está pasando aquí?

La voz de Raymond penetró con suavidad en la nube sensual que envolvía sus pensamientos. Danielle trató de empujar a Jace, pero éste la acercó más aún hacia él, si es que eso era posible. Finalmente, consiguió separar la boca y tomó aire.

Raymond se puso a su lado y la tocó en el hombro de una manera más bien brusca.

–¿Danielle, qué diablos haces?

Jace se puso rígido. Luego, se colocó entre ella y Raymond. Danielle se dio cuenta de que tenía que detener a Jace si quería evitar problemas mayores, pero no sabía cómo hacerlo.

–Apártate, vaquero. Danielle me va a explicar algo y es mejor que sea cuanto antes.

Raymond, mientras decía aquello, trató de apartar a Jace, pero éste dio un paso hacia delante.

–No hables a mi futura esposa de ese modo –replicó Jace con voz dura y amenazante.

Danielle se quedó inmóvil, viendo cómo sus planes terminaban de arruinarse. Miró la expresión de Raymond y se dio cuenta de que era inútil dar cualquier explicación. Él no la escucharía, no la creería. Sabía que estaba a punto de perderlo todo y no tenía ni idea de cómo evitar la catástrofe.

–Creo que te equivocas, vaquero.

Trató de empujar de nuevo a Jace, pero el vaquero no se movió de donde estaba. Se limitó a quedarse allí con una seguridad aplastante.

–Tu compromiso ya no vale nada, niño bonito. Entérate de una vez y márchate de aquí cuanto antes.

Raymond miró a Jace y luego a Danielle, con los ojos entornados.

–Estás cometiendo un grave error, Danielle.

Con un movimiento deliberadamente lento, Raymond sacó de su bolsillo un cheque. Era el cheque que significaba la salvación del negocio de su padre.

–Creo que ya no vas a necesitarlo.

–Raymond… –dijo ella con pánico.

Él movió la cabeza.

–No podrías disfrazar con palabras bonitas lo que acabo de ver, Danielle. No lo intentes siquiera.

Danielle dio un paso adelante para detenerlo, pero Jace la detuvo. Ella sólo pudo extender la mano en un gesto impotente mientras veía cómo Raymond rompía el cheque y, con un movimiento ostentoso, dejaba caer los pequeños trozos al suelo.

Mientras el futuro de ella caía hecho pedazos y acunado por una brisa fría, Raymond se dirigió hacia la casa.

Ella quiso llamarlo para que volviera, para explicarle todo, pero, ¿cómo podría convencerlo? ¿Cómo podría siquiera hablar con ese miedo que atenazaba su garganta?

Jace se quedó mirando al hombre que se alejaba de ellos y, finalmente, se volvió a Danielle, a la que contempló con una mirada intensa y posesiva. Se tocó el ala de su sombrero, como despidiéndose, y se fue hacia el interior. Danielle interpretó el sonido de sus botas alejándose como un signo que demostraba su fracaso, la destrucción de la única oportunidad que tenía de ayudar a su padre.

Sintió frío, sus pensamientos estaban paralizados y su mirada no podía apartarse de las luces brillantes que salían por las ventanas de la casa. Todos se habían quedado quietos y miraban a la orquesta, que acababa de parar de tocar. Con un estremecimiento que tenía que ver muy poco con la temperatura, Danielle se dio cuenta de que era justamente medianoche. Vio que Raymond le decía algo a su padre y luego se alejaba de él sin mirar atrás.

Danielle decidió entrar. Ya iba a atravesar la puerta cuando los ojos de su padre la impidieron avanzar.

Había fracasado.

Le había fallado, les había fallado a él y a la familia, y eso era imperdonable.

Se mordió el labio inferior cuando vio que Jace también se marchaba. Él no había hablado de amor, sólo de dinero. Hasta ese momento, el dinero había supuesto siempre para ella un obstáculo, que le había impedido alcanzar la felicidad. ¿Por qué nadie podía amarla por sí misma?

Su compromiso con Raymond era un ejemplo de cómo había hecho siempre las cosas su familia. Su madre se había casado por motivos económicos y así lo había hecho también su abuela. Danielle siempre había sabido que ella tendría que hacer lo mismo.

Si Jace no hubiera atrapado su corazón por completo…

Si Jace no hubiera llegado al fondo de su alma…

Si Jace no la hubiera herido profundamente…

Si…

Danielle inclinó el rostro hacia delante, dejando que sus ojos se llenaran de lágrimas. Sólo tardó unos segundos en poder controlar sus sentimientos. Luego, alzó el rostro y recobró una postura digna, decidida a volver a la fiesta de la que ella era la anfitriona.

Pero cuando entró, su padre estaba ya comunicando a los invitados que la fiesta, debido a circunstancias inesperadas, iba a terminar en seguida. Después, bajó de la tarima e hizo un gesto a Danielle para que lo siguiera.

Ella se dio cuenta de que, con toda certeza, sus problemas no habían hecho nada más que comenzar.