Mensajes del sur - Jane Hormuth - E-Book

Mensajes del sur E-Book

Jane Hormuth

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Beschreibung

Escocia, siglo XV. Clarion McLeod acude al castillo de Coill para reencontrarse con Daimh, su antiguo compañero de armas y laird del clan Mackenzie. Cuando la mujer de Daimh, Aila, abraza a Clarion para saludarlo, tiene una visión en la que este tendrá que ayudar a una dama inglesa que está huyendo. Elinor Multon, hermana de Brayton, barón de la hacienda inglesa de Burgh by Sands, se ve forzada a escapar de las garras del terrible padre Dagger, quien la desea desde siempre y que, al no conseguirla como anhela, la acusa de brujería. La noble inglesa acaba en tierras escocesas, donde el destino la llevará a cruzarse con Clarion, quien, advertido por la visión de la hechicera Aila, no dudará en prestarle su ayuda y protección. El odio sin fin entre escoceses e ingleses, el fanatismo religioso que recorre Inglaterra y la amenaza del padre Dagger empujarán a Clarion y a Elinor a tener que tomar la decisión de desposarse para que el highlander pueda proteger a la dama inglesa. El rescate del escocés llevará a Elinor por la inesperada senda del amor. Elinor logrará enfrentarse a sus demonios con la inquebrantable ayuda de Clarion, quien cada vez se siente más rendido ante su hada del sur.

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Seitenzahl: 370

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Primera edición: febrero de 2022

Copyright © 2022 Yanira Fumero Almeida

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-18491-65-8BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografía del modelo: IIstudiotop/Depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

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Agradecimientos

Contenido especial

A todas aquellas mujeres acusadas de brujería

cuyas cenizas dan fuerza a su recuerdo.

1

Castillo de Coill, Escocia

Agosto de 1450

A pocas semanas de despedir el verano, Daimh Mackenzie, el laird del clan Mackenzie, daba la orden de elevar el rastrillo de la fortaleza para dejar paso a los visitantes. Llevaban días esperando su llegada. Los McLeod, más que un clan amigo, era un clan al que llamaban familia. En especial para Daimh, quien creció sintiéndose uno más de ellos hasta que el destino lo situó a la cabeza de los Mackenzie.

Daimh aguardaba junto a su esposa, lady Aila. Esta había tenido que transitar por las oscuras garras del miedo y el fanatismo de la época. Era una mujer fuera de lo común que se regía por las leyes de la naturaleza, era devota de su propio don y le rendía pleitesía a la Madre Tierra. En definitiva, alguien que levantaba suspicacias y miedo a partes iguales, que era incómoda cuando dictaminaba verdades y que intimidaba cuando realizaba predicciones. Muchos la llamaban «Gente de Astucia»; otros sabían que era la mensajera de Elphame; el resto del mundo la llamaba «bruja».

La castellana Mackenzie acompañaba a su esposo en su labor como jefe del clan con entusiasmo, aunque a menudo se metiera en líos al discrepar con la mentalidad de muchos de sus habitantes. En más de una ocasión deseó volver a la isla de Skye, a su cueva, lejos del caótico, ambicioso y destructivo mundo en el que vivía. Siempre que sus pensamientos giraban en torno a una huida, sus ojos recaían en Daimh y en sus hijos. Cuando captaba la perspicaz mirada de Nimue, la primogénita, o cuando reía ante la tozudez que marcaba el carácter de Eiden; entonces, en ese instante, todo merecía la pena.

Días como aquel le generaban gran alegría, pues se volvía a encontrar con los amigos McLeod. Aila ensanchó su sonrisa cuando reconoció a Clarion y a Archie sobre sus exhaustas monturas. Los seguía la comitiva que escoltaba al laird del clan McLeod, Alistair McLeod. La última vez que pudieron visitarse había sido en primavera. Daimh y Aila levantaron la mano a modo de saludo: ella la agitó en el aire, él se la llevó al pecho. Enseguida descendieron por los escalones que los separaban del patio de armas. Allí se abrazaron a los guerreros, a los que consideraban hermanos.

Archie fue el primero en recibir la bienvenida de la castellana. Levantó por los aires a Aila antes de depositarla en el suelo. Era un hombre de gran estatura, hombros anchos debido a los duros entrenamientos y mirada serena; tenía el pelo castaño cobrizo y ojos color ámbar, y ostentaba un carácter tranquilo pero fiero si ponían a prueba su lealtad hacia los suyos. Era la antítesis de Irvyng, quien se había consagrado como consejero de los Mackenzie y era fiel a Daimh en particular. A pesar de su nobleza solía mostrar malos modales, prefería los gruñidos antes que las palabras y detestaba todo lo que era foráneo o desconocido para él. Su frialdad solía ser ignorada por la mayor parte de su clan, pues sabían que Irvyng era tan bárbaro como inteligente y sensible.

Irvyng dejó que Aila fuera la primera en saludar a Archie antes de acercarse a este. El abrazo de oso de Irvyng hizo crujir las costillas del recién llegado, quien respondió con una sonora carcajada. Estaban de nuevo juntos, Daimh, Clarion, Irvyng y Archie. Manotazos, espaldarazos, risotadas y comentarios jocosos formaron parte del reencuentro.

En plena bienvenida Aila corrió a abrazar a Clarion. De los cuatro guerreros que se sentían hermanos era quien se tomaba las cosas con el mejor humor, complementándose de esta manera con la tendencia fatalista que solía acompañar a Daimh. Era el McLeod más risueño, quien lograba transformar el relato de la mayor tragedia en una anécdota divertida. Todos contaban con Clarion en las celebraciones, pero nadie se dejaba engañar por su buena disposición, pues era de sobra conocida su destreza en el campo de batalla. No existía la comedia para él si había que defender la justicia, el honor y el clan. Su rostro se transformaba cuando entraba en combate y sin miramiento alguno atacaba como un auténtico salvaje. Después, una vez terminaba todo, volvía a brotar la chispa bellaca con la que se dirigía por la vida.

El roce de sus brazos con las manos de Aila forzaron una visión en ella. El fogonazo de imágenes, sensaciones, olores y ruidos desbordó a la hechicera. Su melena castaña cubierta de hebras rubias bailó ante su tropiezo, pues sus rodillas le fallaron. Los ojos rasgados de color verde se cubrieron del brillo ambarino que anunciaba la activación de su don. Sus manos se clavaron en los brazos de Clarion, aferrándose a él, consciente de que era la fuente de su clarividencia.

Por un momento creyó que la habían devuelto al pasado. En cambio, la sucesión de terroríficas imágenes le mostraron su equivocación. Los dioses le revelaron una realidad que se vivía a cientos de kilómetros de allí pero que estaba íntimamente relacionada con el destino de Clarion McLeod.

—Me considero harto irresistible, milady, pero creo que os excedéis con vuestro entusiasmo.

Clarion hizo el comentario ajeno al tormento por el que pasaba Aila al mismo tiempo que trataba de mantenerla en pie.

—¡Eh, Aila! ¿Qué sucede? —Clarion, algo más preocupado al atisbar el rostro níveo de su amiga, cambió el tono de sus palabras, y comprobó cómo la joven se doblaba en dos sobre su antebrazo, comenzaba a sudar y sus ojos dorados se inyectaban en sangre. Ante la fatalidad del momento decidió que era hora de pedir auxilio al esposo de Aila, quien estaba más acostumbrado a ese tipo de trances—. ¡Daimh! —llamó.

Para sorpresa de todos, Daimh tampoco fue capaz de hacerla reaccionar en cuanto le apartó el pelo del rostro. Con un movimiento involuntario, Aila vomitó con desconsuelo.

El azul que dominaba la mirada del jefe Mackenzie quedó expuesto ante la congoja. Jamás había visto a Aila en aquel estado, y le aterraba pensar que le podía ocurrir algo malo. Todos sus sentidos se mantuvieron pendientes de ella, al mismo tiempo que la llamaba para que volviera al mundo de los vivos. Esto le permitió adivinar que Clarion era quien había provocado que el don surgiera con violencia. Con un rápido movimiento la separó de él y la tomó en sus brazos. La distancia logró que cesara la reacción virulenta antes de que llegara la inconsciencia.

Abrumados, siguieron a Daimh hacia el interior de la fortaleza. Todos quisieron saber qué había ocurrido con la entrañable Mackenzie. Irvyng fue quien se hizo cargo de los invitados. Los mantuvo al margen y dejó espacio al matrimonio para que todo volviera a su cauce. Hacía años que se había erigido como el protector de Aila, por lo que nadie osó llevarle la contraria cuando había ordenado que esperaran a tener noticias de la castellana mientras se instalaban en los aposentos reservados para cada uno.

En el instante en que Daimh depositó a Aila sobre el lecho una sirvienta apareció con aceites, paños y agua para reanimarla. Las pestañas, empapadas en lágrimas, comenzaron a moverse inquietas. El laird no se separaba de su lado, y la tomaba con fuerza de la mano. Con un quejido, Aila recobró la lucidez.

—¿Cuán grave es lo que has visto para que me hayas estrujado el corazón como lo has hecho? —preguntó con el miedo aún bailando en su mirada—. Creí que no lograría traerte de nuevo.

—Clarion —logró pronunciar Aila antes de verse sorprendida por un sollozo.

—¿Qué le va a ocurrir? ¿Podemos evitarlo? —Ella meneó la cabeza como respuesta—. No puedes decirme esto, Aila… Lo lograste con Alistair…

—No. —Aila necesitó unos segundos antes de continuar hablando—. Nada podremos hacer por ella.

—¡Aila! —Daimh no estaba dispuesto a dejar que uno de sus mejores amigos muriera sin luchar antes. En cuanto su cerebro volvió a analizar la respuesta de su esposa, se detuvo—. ¿«Ella»?

Aila comenzó a describir la violenta visión al mismo tiempo que trataba de darle cierto orden y sentido a cada imagen. Exhausta por la experiencia vivida, notó cierta somnolencia, pero antes hizo prometer a Daimh que no le contaría nada a Clarion.

—No hay nada que él pueda cambiar. Tampoco nosotros —se lamentó Aila—. No debemos impedir que siga el curso natural. De lo contrario, nada terminará como es debido. Los dioses me han mostrado parte de lo que va a ocurrir para estar atentos cuando llegue el momento y prestar nuestra ayuda cuando debamos ofrecerla.

—¿Qué relación tiene esa muchacha con Clarion?

—No se conocen aún, por eso no podemos perturbarlo con ello.

—Sea —aceptó Daimh, cabizbajo.

—Agasaja bien a nuestro amigo —le aconsejó Aila a su esposo tras recibir un beso cargado de consuelo—. En unas semanas todo cambiará para él. Deberá enfrentarse a la mayor oscuridad que reina en esta tierra, y sospecho que lo hará en nombre del amor.

2

En tierras inglesas

Lejos del clan Mackenzie, más allá del dominio escocés, una joven se veía abocada al terror. Elinor Multon había nacido en Carlisle, Westmoreland. Nadie que creciera al norte de Inglaterra era ajeno a las historias sobre escoceses, menos aún a las fábulas que relataban las hazañas de los terribles highlanders. Quinta en la línea de sucesión de una familia que llevaba con orgullo su título de barones de Burgh, creció bajo la influencia de su nodriza, Forbia, de origen escocés.

Su educación estuvo marcada por las regias normas católicas, en las que siempre se encontró cómoda. No tuvo la presión de su hermana mayor, Sigourney, quien fue obligada a casarse joven para traer buenos acuerdos para la familia. Ella apenas había vivido una década cuando la vio marchar, ahogada en llanto por un devenir junto a un hombre demasiado mayor para ella. Cierta congoja la recorrió, pero pronto sus deberes en el hogar la hicieron evadirse de la futura probabilidad de contraer matrimonio como intercambio de intereses económicos.

Su familia se había instalado en las tierras pertenecientes a la baronía. Burgh by Sands fue la aldea donde creció al amparo de su familia. La relación con sus progenitores siempre fue distante, algo habitual en su entorno. Todos andaban demasiado ocupados en sus quehaceres y obligaciones. Elinor agradeció que su niñera, quien le enseñó a hablar no solo el inglés, sino también las distintas lenguas escocesas, se mantuviera a su lado a pesar de los años.

Sus hermanos menores necesitaban de su atención, por lo que se sintió afortunada por poder ayudar en su educación. Para ello la baronesa estuvo conforme en que Elinor aprendiera a leer y escribir, y llegó a aprobar que recibiera clases de francés, pues rondaba la posibilidad de que la joven se emparentara con una familia noble de Lyon. De esta forma, en Elinor fue fraguándose una personalidad noble, comprometida, pero, sobre todo, independiente.

A sus catorce años, próxima a acatar la alianza con una familia de origen francés, la tragedia se cernió sobre los Multon. La peste asoló Carlisle cuando el padre de Elinor se encargaba de unos negocios en la ciudad. A su vuelta aparecieron los síntomas, y su esposa lo acompañó poco después. Los barones fallecieron con meses de diferencia y dejaron a su prole huérfana. El heredero, Brayton, conmocionado por su nueva condición y abrumado por la responsabilidad, pidió ayuda a Sigourney. Esta aceptó volver con el fin de velar por la educación y salud de sus hermanos y de paso alejarse de un matrimonio que había logrado agriarle el alma. Nadie reconoció a aquella mujer vestida de negro, de mirada envejecida y rostro crispado. En cambio, la acogieron con la esperanza de recuperar el carácter amable de la hermana que se había marchado años atrás.

Sigourney tomó las riendas de la familia con férrea determinación. Le disgustó soberanamente la libertad con la que se movía Elinor. No soportaba la protección fraternal de la que hacía gala Brayton. Los celos comenzaron a tejer una fina capa sobre Sigourney; tal era la envidia que llegó a cegarla. Nada de lo que hacía o decía su hermana lograba calmar la inquina que anidó en ella. La rabia bullía en sus entrañas, pues Elinor encarnaba la belleza ideal, poseía buenos modales e inteligencia, sus bordados superaban a los suyos y podía comer cuanto quisiera que su figura no se veía deformada. Su mente enfermiza no dejaba de hacer comparaciones, y culpaba de sus males a Elinor.

Sigourney no reparaba en que los rasgos más bellos recaían en Cecily, la benjamina. Si bien Elinor era una joven de rostro armonioso, su rasgo más destacable era el color de sus ojos. El azul violáceo de su mirada desviaba la atención de su nariz chata y su boca de finos labios. Era cierto que Elinor competía en apetito con su hermano mayor, pero Sigourney no reparaba en que solía realizar grandes trayectos a pie, ayudaba en las cocinas y corría detrás de los pequeños con el fin de evitar que se hicieran daño. El ejercicio físico era la clave para mantener un cuerpo atlético. En cuanto a su habilidad para bordar, no respondía a otra cosa que a los meses de encierro cuando la enfermedad vagaba por la ciudad. Si bien le gustaba leer, la biblioteca de su padre no le ofrecía lecturas entretenidas. En cambio, gustaba de ayudar a su hermano con la redacción de cartas oficiales. Elinor no era una intelectual, por más que Sigourney se quejara del mal hábito por saber de todo: tan solo le gustaba tener largas charlas con Brayton y que este le hablara de sus viajes. En especial cuando acudía a la frontera para mantener a raya las incursiones escocesas.

Desde el primer día que Sigourney se impuso como figura materna, se fijó el objetivo de expulsar a Elinor de la vivienda, bien por medio de un matrimonio concertado o por la vía monástica. Al comprobar que Brayton, como cabeza de familia, no estaba dispuesto a buscarle un buen partido, Sigourney se volcó en su relación con el sacerdote de la iglesia de St. Michael.

Jeffrey Dagger era el hijo segundón de una familia de comerciantes. El santo oficio le resultó atractivo, pues le garantizaba un plato de comida a cambio de su devoción a Dios. Tras pasar un largo período en Francia, se hizo cargo de la parroquia imbuido del deber de erradicar la herejía. A sus cuarenta años, Dagger regresó convertido en seguidor de las corrientes católicas en las que se dotaba a Satanás de más protagonismo en la vida diaria. Desde ese punto de vista comenzó a vanagloriarse de llevar al rebaño lejos de las garras de Lucifer.

Sigourney obligó en varias ocasiones a Elinor a acudir a la iglesia fuera de las horas de misa. Aseguraba al sacerdote que su hermana menor se comportaba de forma pecaminosa. La hermana mayor se regocijaba al ver cómo Elinor era reprendida por el sacerdote: por fin, alguien comenzaba a valorarla más a ella que a su hermana pequeña. Este aliciente fue suficiente para continuar llevando a Elinor para que Dagger la azorara con sermones relativos a las almas que arden en el infierno y alabara la gran devoción que Sigourney mostraba por Dios.

En un principio, Elinor no comprendía qué mal había en ella para merecer el castigo eclesiástico. Pasaba horas arrodillada frente al altar rezando las oraciones que le imponía Dagger sin apenas resistencia. Durante las largas tardes mirando al altar sospechaba que la locura había invadido a su hermana mayor, que algo en su interior no andaba bien. Quiso expresarle sus miedos al sacerdote, pero este se removió con enfado en su asiento antes de recriminarle que trataba de calumniar el alma bondadosa que residía en Sigourney.

Elinor, desesperada, recurrió a Brayton a la vuelta de uno de sus viajes. El nuevo barón reprendió a Sigourney por todo lo que había hecho a Elinor, avivando de esta manera el odio en Sigourney.

Durante las semanas que siguieron, gracias a que estaba Brayton, la joven pudo librarse de los sermones del padre Dagger. Respiró tranquila, volvió a ocuparse de sus hermanos pequeños y creyó que todo había terminado. Muy al contrario, sin poder evitarlo, su juventud, entremezclada con su mirada envuelta en inocencia, fue suficiente para hacer crecer la llama del deseo en la fervorosa mente de Jeffrey Dagger, el clérigo, al haberle sido arrebatado el tiempo que pasaba a solas con la joven. Este hecho avivó en él la atracción que Elinor representaba como fruto prohibido.

En una ocasión decidió acudir a la residencia de los Multon, pues llevaba demasiado días con la imagen de la muchacha provocándole oscuros pensamientos.

—¡Oh! Qué honor supone vuestra visita, padre —lo agasajó Sigourney, contenta de que tuviera esa deferencia con ella.

—Sí, llevo más de una semana preguntándome cómo os encontráis vos y vuestra hermana —comentó Dagger sin quitar los ojos de encima de Elinor, quien se sentaba sobre unos almohadones colocados sobre el alféizar, con el bastidor en sus manos y la mirada puesta en su bordado. La presencia del sacerdote comenzaba a asfixiarla. No le gustaba la forma en la que trataba de ahondar en ella con la mirada, ni la manía de relamerse los labios viscosos como si Elinor fuera un bocado a punto de ser ingerido. Ella se había criado bajo las enseñanzas de la religión católica, pero rechazaba la pasión exacerbada de la que hacían gala su hermana y el sacerdote. Tuvo que tomar aire despacio para soportar la presencia de ambos.

—Agradecemos su preocupación —comentó Sigourney al comprobar que Elinor no se iba a dignar en contestar al sacerdote—. Mi hermano ha vuelto de su viaje y requiere de la presencia de ambas en la casa.

—Una lástima; apenas habíamos avanzado en nuestras enseñanzas. ¿No lo creéis así, querida Elinor? —Dagger rogó al cielo que la doncella volviera sus ojos violeta hacia él. Necesitaba su contacto visual para aliviar su tormento.

—Ya que hace mención a mis lecciones, creo que he terminado por comprender la palabra del Señor —respondió Elinor con hastío—. Estoy segura de que habrá otras almas a las que iluminar en su camino. Yo me siento agradecida: creo que podré conducirme como una buena cristiana después de haberlo conocido.

Elinor sonrió, contenta por deshacerse del sacerdote, de sus sermones y de sus interminables oraciones arrodillada bajo su mirada. Él, en cambio, atisbó una invitación en ella. Azorado por su propia reacción ante su sonrisa, balbució antes de lograr idear un plan:

—¡Oh! Lo he hecho con sumo gusto. Ahora que veo que ha asimilado las palabras del Señor, creo que está usted preparada para ingresar en el convento benedictino…

Elinor no pudo evitar carcajearse. Su reacción provocó que el sacerdote diera un respingo, molesto.

—¿Quién os ha dicho que tomaré los hábitos? —preguntó Elinor, divertida.

—Eh… creo… Veréis… —tartamudeó el sacerdote mientras buscaba ayuda en Sigourney.

—Tienes más de dieciocho años y no has contraído matrimonio —contestó con frialdad Sigourney, sonrojada por la vergüenza que su hermana le estaba haciendo pasar ante Dagger—. ¿Acaso crees que tienes muchas más opciones? El reverendo ha sido muy amable al ofrecerte su influencia para que te acepten en el convento…

—No es algo que te incumba, Sigourney, y, con todos mis respetos, padre, pero a vos tampoco. El único a quien debo obedecer es al barón, y por suerte este me prefiere doncella.

—¡La soberbia que mostráis debería avergonzaros! —El padre Dagger se levantó a la vez que Elinor y se acercó a Elinor con violencia—. Os azotaré si hace falta para que respetéis a vuestra hermana. La vida monacal no puede ser despreciada como lo habéis hecho.

—Si eso creéis, señor, entonces será que no soy merecedora de tan alto rango. —Elinor elevó el mentón y contestó con fiereza—: Ahora, si me disculpáis, tengo asuntos más importantes que resolver.

—¿Qué puede ser más importante que vuestra propia alma? —Dagger la siguió hasta la puerta, incapaz de dejarla marchar.

—¡Oh, padre! —Lo recorrió con la mirada de manera irreverente— Mi alma se enriquece sin necesitar la sombra de un crucifijo. Ahora, si me disculpáis… Hermana…

Elinor realizó una reverencia antes de cerrar la puerta con un sonoro portazo. El mismo que hizo que la lujuria que llevaba fraguándose en el interior del sacerdote llegara a su punto álgido. Necesitaba someter a esa muchacha, por su bien y porque así, se dijo, se lo había ordenado el Señor.

3

Castillo de Coill, Escocia

Tras un arduo entrenamiento, donde habían medido sus capacidades, los guerreros McLeod se tomaban un descanso. Una joven doncella se acercó con jarras de cerveza fresca cuando el jefe Mackenzie le hizo una señal. Daimh estaba contento de poder pasar unos días con sus amigos de la infancia. Su tío, Alistair, aunque mucho mayor que ellos, había culminado el combate con gran éxito. Nadie podía dudar de la fortaleza del laird McLeod. En algún momento de la charla alguien hizo alusión a los cambios de un hombre después de contraer nupcias.

—Decídmelo a mí: he accedido a que mi esposa visite a los Fergusson.

—¿La castellana viajará a las Lowlands? —se extrañó Daimh.

—¿Qué se le ha perdido en esas tierras? —gruñó Irvyng alzando una tripa llena de agua.

—Más bien quiénes —rectificó Alistair—. Su hermano contrae nupcias con una Maxwell y desea estar presente en el enlace. Es el primogénito, y al parecer es una gran alianza. Han acordado celebrarlo en el castillo de Caerlaverock. No es común una petición así, por eso no he tenido más remedio que claudicar. Desde que Aila nos reconcilió, vivo en una continua negociación. Os aseguro que Meribeth puede ser tan dura como un Campbell a la hora de exigir un acuerdo.

Todos se carcajearon ante la mueca de fatalidad que mostró el laird.

—Por suerte, tengo a mis muchachos para evitarme el suplicio de acompañarla. —Alistair guiñó un ojo a Clarion y a Archie al mismo tiempo que les pasaba la jarra de cerveza.

—Será un honor, laird —respondió Archie con solemnidad antes de beber.

—Sí, laird, el mismo honor que si nos enviaseis a una batalla crucial para la historia de Escocia —replicó Clarion, sarcástico, sin evitar mofarse del carácter conciliador de Archie. En voz baja añadió—: Se me antoja una misión tan interesante como ir en busca de una vaca lechera.

—Recuerdo que no hace mucho os envié a por una curandera a la isla de Skye y la vida de más de uno ha cambiado desde entonces —contestó Alistair sonriendo ante los manotazos que se intercambiaron Archie y Clarion.

—¡Pardiez, no quisiera terminar enredado con una Fergusson! —escupió Irvyng tras su exclamación.

—Amigo, no tienes remedio —avisó Clarion con gesto compungido y con la mirada en Alistair.

Irvyng fingió no entender.

—¡Meribeth era una Fergusson! —barbotó el aludido.

—Sé lo que me digo, laird: las gentes de las Lowlands no son de fiar.

Como de costumbre, Irvyng se mantuvo imperturbable. Si creía en algo, nada, ni nadie, podía hacerlo cambiar de opinión. La conversación continuó largo tiempo después entre anécdotas y refriegas dialécticas. Cuando acordaron acudir al riachuelo a quitarse la suciedad de encima, Daimh e Irvyng se quedaron rezagados. Poco antes de atravesar la barbacana el Mackenzie colocó una mano sobre el hombro del rubicundo consejero.

—Creo que deberías acompañar a los muchachos en la incursión al sur —sugirió Daimh.

Irvyng se rascó la barba y entrecerró los ojos antes de contestar:

—Es por lo que vio Aila, ¿no es cierto?

Daimh dibujó una media sonrisa, divertido ante la suspicacia de su compañero de batalla. Tan solo asintió.

—No sé si a los demás, pero a mí no me convenció la historia de la tormenta de vuelta a casa y el posible riesgo de desprendimiento —comentó Irvyng—. Aila vio algo aterrador, y no entiendo por qué no nos ha obligado a detener lo que quiera que haya visto. Si quieres que viaje al Sur, debes decirme a qué me enfrento.

—La visión traspasaba fronteras, años y siglos —confesó Daimh—, pero también se le presentó una joven que llegará de muy lejos y pondrá a prueba la lealtad de muchos de nosotros.

Anduvieron en reflexivo silencio.

—Sea, los acompañaré —aceptó Irvyng—. Cuando hay una mujer en el camino de alguno de nosotros las cosas se vuelven de lo más divertidas.

—¡No he dicho que estés a salvo de esa muchacha! —quiso amedrentarlo Daimh.

—¡Bah! Si llegara a estarlo, me mandarías de cabeza sin decirme una palabra, como estás haciendo con ellos. —Irvyng lo agarró del cuello con fiereza para restregarle los nudillos en la coronilla—. Te perderás una buena, Daimh.

—¡Lo sé! —se carcajeó— No puedo dejar mis obligaciones con el clan, pero estoy seguro de que Clarion agradecerá que estés allí cuando todo pase.

—¡Clarion es el elegido! —gruñó Irvyng, triunfal, antes de reírse con la maldad dibujada en sus facciones.

Minutos más tarde Irvyng se prestaba para sumarse a la comitiva de Lady Meribeth.

—¿Y qué oscuro motivo guardas para querer venir con nosotros? —le preguntó Archie, desconfiado ante el nuevo y conflictivo miembro de la misión.

—Hace tiempo que no le rompo la nariz a nadie de las Lowlands. —La helada sonrisa que surgió del fiero rostro hizo resoplar al grupo.

—No traerás nada bueno, Irvyng; no concibo un viaje tranquilo contigo gruñendo a toda persona que se cruce en nuestro camino —le aseguró Archie—. Mi laird, pensaos bien si aceptar la oferta de este animal. Daimh, ¿no lo tenías bien atado aquí con los Mackenzie?

—Lo siento, amigo, pero necesito que alguien acuda en mi nombre y de paso logre algún trueque de mercancías interesante —contestó Daimh—. Por la zona sur se mueven piezas muy valiosas.

—Si te fías de Irvyng y de lo que pueda considerar valioso para los Mackenzie, ten por seguro que traerá la cabeza de algún jefe de clan —contestó Clarion—. Y, con ella, una lujosa guerra con las Lowlands. Son de sobra conocidas las habilidades de Irvyng para negociar.

Clarion compuso una expresión de fatalidad tras sus últimas palabras.

—Al contrario que vosotros, creo que Meribeth estará más segura si Irvyng se suma —confesó Alistair.

Y como laird de los McLeod, tuvo la última palabra en el asunto.

4

El padre Dagger necesitó tres semanas para sembrar el recelo entre la población de Burgh by Sands. Desde el púlpito, o en el interior de los confesionarios, el sacerdote advertía de la tendencia demoníaca de Elinor. Esta no tardó en toparse con miradas desconfiadas cuando iba al mercado. Tampoco le pasaron desapercibidos comentarios e insultos cuando se cruzaba con algunos vecinos. La Iglesia se había encargado de expandir la creencia de que la peste fue un castigo divino contra la herejía que reinaba en Europa. Por tanto, poco necesitaba el burgo ignorante para convencerse de que el demonio se escondía entre ellos, acechando para llevárselos al infierno.

Elinor, aconsejada por Forbia, se encerró en la vivienda de los Burgh por miedo a represalias. Todos deseaban que se acabara pronto la histeria sobre su persona y que los rumores menguaran. En cambio, el enemigo seguía en casa. Sigourney alimentaba las fábulas sobre su hermana. Disfrutaba con la condescendencia y la imagen santificada que se había creado a su alrededor. Más de una vez insinuó que su hermana mantenía hechizado al barón; otras, comentó que la insolencia que caracterizaba a Elinor evidenciaba su maldad, también describió a su hermana danzando en la oscuridad con un macho cabrío y aseguró que llegó a verla volar.

Una mañana, la aldea costera despertó con el alarido desgarrador de una madre al encontrarse a su bebé de pocas semanas inerte en su cuna. No había signos de enfermedad, ni maltrato, por lo que pronto se alzaron voces acusadoras que esgrimían que alguien se había llevado su alma. La indignación, el miedo y la ignorancia fueron ingredientes suficientes para que la turba llegara hasta la capilla St Michael. Allí exigieron que el padre Dagger se hiciera cargo de la situación y atrapara a la bruja de Elinor.

Brayton, demasiado ocupado con las obligaciones de la baronía, se había mantenido ajeno al conflicto. Hasta la tarde en la que Elinor entró en sus aposentos con los ojos llenos de espanto al mismo tiempo que le suplicaba su ayuda y protección. En cuestión de minutos Brayton supo del tormento al que sometían a su hermana y decidió aplazar su viaje a la frontera norte con el fin de defender su honor. Al anochecer el barón había recurrido a la piedad del sacerdote, además de exigir lealtad al alcaide y a sus vasallos. Sus esfuerzos no fueron suficientes para detener a la muchedumbre enfebrecida. El miedo era demasiado poderoso.

Cerca del anochecer, varias antorchas ondulantes en el camino de entrada a la vivienda de los Multon anunciaban un fatídico final. Sigourney, siempre dispuesta a aceptar los designios divinos, recibió a los aldeanos en la misma entrada. Brayton, tras asegurarse de que sus hermanos pequeños se refugiaban en uno de los aposentos, junto a los sirvientes, bajó las escaleras con Elinor de su mano. Sus ojos azules, desbordados por las circunstancias, tardaron en reconocer la actitud de Sigourney.

—¡¿Hasta este punto te mueve la envidia?! —bramó—. ¿Tan cristiana te crees? Jamás hubiera creído que tu infamia llegara tan lejos. La crueldad lleva tu nombre, Sigourney.

—¡Ella es el mal, ella debe pagar por sus pecados! —gritó enajenada frente a sus congéneres.

—¡No van a llevarse a Elinor! —declaró Brayton.

Tal era la furia que arrastraba a los aldeanos que Brayton se vio obligado a cerrar la puerta para guarecerse del aluvión de insultos.

—¡Hechizado!

—¡Bruja!

—¡Nos llevaremos a la bruja!

—¡El demonio, a la hoguera!

—¡Hereje! ¡Solo has traído desgracia a este pueblo!

El padre Dagger saboreaba su victoria. Su boca salivaba ante el inminente triunfo de su causa mientras su mente generaba imágenes de la doncella en estado de sumisión. Se abrió paso con las manos alzadas, tomando entre las suyas las de Sigourney y mostrando su agradecimiento y futura compensación divina por combatir el mal.

—Barón Burgh, ya poco podéis hacer por vuestra hermana Elinor —sentenció con voz atronadora—. ¡Entregádnosla! Debe expiar sus pecados. Debéis contribuir a la eliminación de la herejía en este pueblo.

Varios hombres, inducidos por el alcohol, cargaron con un tronco con el que golpear la puerta. La siguieron las ricas vidrieras al estallar a pedradas. Esto provocó que el pánico se extendiera por el interior. Elinor, horrorizada, obedeció la orden de su hermano de esconderse dentro de una alacena. Brayton desenvainó su espada, dispuesto a defender con su vida el honor de su familia.

Todo ocurrió en pocos minutos. Una vez la puerta fue derribada, piernas y brazos se abalanzaron sobre Brayton. Muchos aprovecharon su momento de poder para pisotear a quien debían servidumbre. Después de poner la vivienda del revés encontraron a Elinor. Esta gritó, pataleó, suplicó y pidió ayuda a Dios para que toda aquella locura acabara. Brayton pudo sobreponerse a la paliza al tiempo que lograba arrastrarse hasta la entrada. En su pecho se intensificó la frustración.

—¡Brayton! ¡Brayton! —gritaba Elinor cuando la subieron a la carreta y comenzaron a lanzarle verduras podridas—. ¡Hermano! Ayúdame…

—¡Elinor! ¡Elinooooor!

El rugido fraterno quedó amortiguado por el sonido de las ruedas al ponerse en marcha. Las voces se volvieron más graves después de tanto gritar. Las súplicas desde la carreta poseían todos los colores, pero nadie hizo caso, a nadie le importó.

Dagger logró dispersar a la gran turba con la promesa de organizar un juicio con su pena correspondiente siguiendo las normas impuestas por la Inquisición Pontificia. Llevó consigo a Elinor hasta el habitáculo que tenía preparado desde hacía días con todo lo necesario para satisfacer sus bajos, infectos y perversos deseos en el nombre del Señor. Elinor, doncella, inocente y desamparada, comprobó hasta qué punto reinaba la maldad en ese pueblo. Fue víctima de la naturaleza humana más corrosiva. Sola, a merced de Dagger, descendió al infierno en la tierra. Aquella oscura, fría y desoladora noche Elinor confesó lo que Dagger quiso que confesara, sin por ello evitar que aquel habitáculo fuera testigo de una violación física y mental atroz. Jeffrey Dagger, exhausto y habiendo satisfecho sus más anhelados deseos sin sentir el menor remordimiento hacia tamaña perversión, se dirigió a la casa parroquial. Su mente insaciable alcanzaría el culmen al día siguiente tras un juicio con un final que no sería otro que la hoguera. Escribió varias misivas al obispado de Carlisle con un informe detallado de su obra.

Por su parte, Brayton y varios amigos fieles a los Multon ya se habían organizado para rescatar a Elinor de las garras del demoníaco reverendo. El joven barón, que apenas alcanzaba la veintena, era consciente de que cada hora que su hermana pasara encerrada era una hora de horror. En ningún momento creyó posible que alguien pudiera hacer tanto daño en tan poco tiempo. En cuanto entró en la celda donde la tenían encerrada supo que era de vital importancia alejar a Elinor de allí. La muchacha apenas balbució unas palabras, sumida en el más absoluto terror. Los gemidos se unían al temblor de su cuerpo castigado.

Brayton la envolvió en su capa con cuidado e intentó ser lo más veloz en su huida. No tardaron en llegar hasta las monturas, que esperaban dispuestas a emprender el camino a la salvación. Brayton galopó en dirección norte hasta que alcanzaron la frontera. Llevaba mucho tiempo bordeando las tierras escocesas para vigilar que sus terribles guerreros invadieran sus tierras para sembrar el mal. Jamás imaginó que el otro lado de la linde supusiera libertad y seguridad para Elinor.

Dado que estaban a pocos días del comienzo del otoño, las noches se volvían más frescas, y las aguas del canal de River Esk fluían frías. Aun a riesgo de que Elinor enfermara, Brayton creyó conveniente ayudarla a limpiar su cuerpo. Por ello, decidió detenerse en un recodo apartado del camino. Ayudó a Elinor a acomodarse en la orilla y usó la camisola hecha jirones como paño. La joven apenas era consciente de lo que ocurría: hacía demasiado rato que su mente la había alejado de la realidad.

—Elinor, hermana, ya ha acabado todo. Estás a salvo. —Brayton deslizó la tela mojada por su rostro inflamado por los golpes.

—¡Brayton, oh, eres tú! —Elinor lloró con alivio mientras sacaba fuerzas para surgir del infierno en el que se encontraba su torturada mente—. ¡Es terrible lo que te han hecho! —susurró con la mirada perdida.

—Por dios, Elinor, ¿has perdido la cordura? Apenas es nada con lo que has sufrido tú.

El frío del agua y la voz de Brayton lograron que la joven volviera en sí.

—¡Brayton! —Un lastimero sollozo surgió de Elinor.

—¡Shhh! —Brayton la acunó como mejor pudo entre sus brazos. Las entrañas le ardían al verla en ese estado. La urgencia de su situación le hizo ser pragmático—. Forbia ha preparado las alforjas para tu viaje. Elinor, es importante que prestes atención a lo que voy a decirte.

Elinor comenzó a tiritar con más fuerza al mismo tiempo que balbucía palabras inconexas. Brayton lanzó el paño a un lado y rebuscó entre las bolsas de cuero hasta hallar ropa limpia para ella.

—Debemos darnos prisa; pronto amanecerá, y para entonces debes estar en Escocia —la urgió Brayton.

Ambos dejaron a un lado el pudor y la recatada educación bajo la que habían crecido, pues la desnudez de Elinor era la menor perturbación en aquellos momentos. La torturada mente de la joven logró captar la urgencia en la voz de su hermano. Fue consciente de que continuaba estando en peligro y que por alguna razón debía huir, después de haber pagado con creces los pecados impuestos por el fanatismo.

Dejó que le deslizara la camisa interior, cuyo olor la llevó a su hogar, y alzó sus brazos cuando le llegó el turno a la saya burdeos que se ajustaba a su cuerpo con cuerdas atadas en la espalda. Las ricas telas de terciopelo e hilo dorado fueron cubiertas por una capa forrada de seda.

—Siento mucho que hayas tenido que pasar por todo esto. Juro que reclamaré hasta el mismísimo rey Enrique que se te devuelva tu honra y que castiguen al malnacido de Dagger.

Subieron cada uno a su montura y cabalgaron unas millas más hasta que el nuevo día les permitió vislumbrar el poblado perteneciente a Gretna Green.

—Elinor, hermana, ahora tendrás que seguir el camino sola. —Brayton vio cómo Elinor asentía como un autómata y sacó una bolsa con monedas de plata—. Debes buscar refugio; llega lo más lejos posible, intenta mantenerte fuera de los caminos convencionales y en cuanto estés establecida escríbeme. Cuando acabe con Dagger y limpie tu nombre, volveré en tu busca. Habla lo menos posible con estos salvajes, no son de fiar.

—¿Y quién lo es? —respondió Elinor con la voz amortiguada por la capa.

—Llevas dinero suficiente para mantenerte un año con holgura. —Brayton no tenía respuesta, por lo que continuó con su lista de consejos.

Ruidos de caballos los pusieron en alerta. Elinor se abrazó a él como despedida. Le aterraba la idea de adentrarse en tierras salvajes sin escolta, aunque aún le aterraba más volver a verse bajo el yugo del padre Dagger. Brayton, por su parte, giró el caballo para ir en sentido contrario y con apremio se despidió de ella con un nuevo abrazo.

—Gracias, hermano, por no abandonarme —musitó Elinor contra su hombro.

Y en ese mismo instante Brayton se derrumbó. Las tensiones del día cayeron a plomo sobre él. El dolor y la impotencia por no proteger a Elinor como era debido brotaron en forma de lágrimas.

—Elinor, llegué demasiado tarde —se disculpó—. Espero que algún día puedas perdonarme.

—No podías hacer más, no te tortures. —Elinor le acarició una mejilla—. Estaré bien.

Brayton asintió con pesar y esperó a que la montura de su hermana se alejara. Rezó para que pudiera alejarse todo lo posible para que la sombra de Inglaterra apenas la rozara y que las garras de la Inquisición no pudieran atraparla.

5

El séquito de los McLeod de Lewis desembarcó en el puerto de Ayr. Lady Meribeth se había negado a viajar por tierra cuando el clan poseía embarcaciones para ahorrarle los tortuosos caminos. Ella fue de las pocas personas contenta con tal idea, pues los guerreros se sentían inseguros sobre el mar fuera de su zona habitual. Aun habiéndose ahorrado varias jornadas a caballo, les quedaban tres días de camino hasta llegar al castillo de Caerlaverock.

La recepción de la comitiva del clan de las Tierras Altas fue fría y distante. Los Maxwell eran conocidos por su altivez y gustos refinados. Por su parte, los Fergusson, menos poderosos que los primeros, poseían una educación cristiana bien arraigada y cultivaban los conocimientos en las artes. Ambos clanes dieron la bienvenida a Meribeth como correspondía a su jerarquía. En cambio, pronto comenzaron las tiranteces entre la escolta McLeod y el resto de habitantes de la fortaleza.

Ya en la primera cena, pocas horas después de su llegada, los comentarios maliciosos siseados entre grupos de guerreros caldearon el ambiente. Unos se expresaban en scott, otros en gaélico, y todos interpretaban a su conveniencia lo que decía el contrario. Jarra a jarra, trago a trago, la sensibilidad fue aumentando, hasta que los puños monopolizaron la conversación. La conmoción fue tal que una azorada lady Meribeth rogó a sus escoltas que acamparan en la parte exterior de la muralla con el fin de evitar más enfrentamientos.

Con algún rasguño en los pómulos, labios ensangrentados y cejas marcadas, los tres highlanders se retiraron. Sus carcajadas, acompañadas del sonido gutural de su conversación, resonaron en el foso de la fortaleza. No parecían ofendidos, mucho menos afectados por la expulsión. Archie, Irvyng y Clarion se sentían orgullosos de haber dejado clara su opinión sobre aquellos pusilánimes del sur.

—Si por mí fuera, ya podría dar esta misión por concluida —se carcajeó Irvyng mientras movía su hombro dolorido por haber embestido a dos Maxwell a la vez.

—Aquel pelirrojo remilgado no soportaba tenernos cerca —se mofó Archie, continuando con las chanzas—. Os juro que detesto comprender el scott. Me hubiera evitado enervarme con tanta sandez. ¡«Sucios salvajes», nos decían!

—A mí no me hace falta saber scott para entender que nos detestan y nos temen a partes iguales —afirmó Irvyng—. El pelirrojo gritó como un borrico en cuanto Clarion se le echó encima.

—Estaba deseando que le enseñaran a pelear —lo secundó el aludido con la voz amortiguada, pues su labio empezó a sangrar de nuevo.

Continuaron largo tiempo más valorando las posibilidades que tenían de que les ofrecieran buenas viandas y bebidas después de la trifulca. Una vez el fuego estuvo bien avivado, escucharon cómo los centinelas les daban las buenas noches de malas maneras. Los tres guerreros, ebrios y con ganas de continuar con las provocaciones, comenzaron a gritar como respuesta.

—¡Salid de vuestra guarida si sois hombres! —les dijo Archie, presto a presentar batalla.

—¡No os tememos, panda de cobardes! ¡Venid a probar más cortesía salvaje! —les interpeló Irvyng.

—¡Lo de ahí dentro ha sido apenas un comienzo! ¡Salid a por el resto! —remató Clarion.

Entre carcajadas e invitaciones se colocaron en fila frente al fuego siendo conscientes de que tenían la atención de los vigías puesta en ellos. Clarion dio varias indicaciones a sus compañeros antes de que se coordinaran para subirse el kilt y enseñar sus traseros alumbrados por la luz de la hoguera.

—¡Eh! Hemos traído el postre.

—¡Venid a probar las delicias del norte!

Sus risas amortiguaron las airadas respuestas, por lo que la guardia decidió levantar el puente levadizo como señal de rechazo. Irvyng continuó largo rato lanzando pullas contra las voces que surgían de la muralla. Archie y Clarion decidieron que era hora de disponer las pieles con las que cubrirse durante las horas de sueño.

No muy lejos de allí, Elinor había decidido llegar lo más al norte que le fuera posible. Sabía que si mantenía la costa a su izquierda no se desviaría de su objetivo, aunque tardara más en lograrlo. La fugitiva llevaba más de un día cabalgando por las marismas del golfo de Solway. En más de una ocasión se vio atrapada entre terrenos pantanosos, por lo que se vio obligada a desmontar para ayudar al caballo a avanzar. Apenas se cruzó con gente, cosa que la hacía sentirse más segura. Tan solo algún ave zancuda apareció en su camino. Sus ropas se humedecieron, por lo que se le iban haciendo cada vez más pesadas.

El gran esfuerzo, junto con la conmoción vivida el día anterior, forzó a la joven a la extenuación. En algún momento del camino cayó desplomada sobre el lomo de la yegua. El último destello de lucidez lo tuvo al contemplar las marismas. El desmayo la arrastró al mundo de los sueños perturbadores, donde los traumas regresan junto al dolor y la agonía. Sin apenas haber comido, con signos evidentes de fatiga y la carga emocional y física de la tortura, Elinor cayó horas después sobre tierra firme. Su cuerpo había dejado de responderle, y tampoco quería moverse, ni pensar, ni tan siquiera respirar. Estaba dispuesta a yacer en aquellas extrañas tierras escocesas hasta que la vida se extinguiera. Antes de que el sol se pusiera, su torturada mente logró reconocer que se encontraba en el interior de un sotobosque.

Despuntaba el alba cuando Clarion se desperezó. Atontado por los efluvios del alcohol, se sentó con el firme propósito de abrir sus ojos. Enseguida sus sentidos lo ubicaron en las Lowlands, frente al castillo Caerlaverock y en la víspera de una boda entre clanes del sur. La fortaleza seguía cerrada, y el agua del foso no le pareció salubre para saciar su sed,