Mente y mundo - Juan Vázquez Sánchez - E-Book

Mente y mundo E-Book

Juan Vázquez Sánchez

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Beschreibung

"Mente y mundo" es un ensayo filosófico en el que se da respuesta al viejo problema de cómo se vinculan el lenguaje y el pensamiento con el mundo, pero desde una perspectiva enteramente nueva: la que en la actualidad nos proporcionan la psicología cognitiva y la neurología. La aparición en los últimos años de nuevas técnicas en la exploración de la actividad funcional del cerebro, tales como las tomografías por emisión de positrones o las imágenes funcionales por resonancia magnética, entre otras, junto con la información derivada de las lesiones cerebrales, proporcionan en el momento actual unos cimientos relativamente sólidos sobre las bases neuronales que gobiernan tanto los procesos de percepción como el funcionamiento del lenguaje. Es a partir de estas aportaciones como en este ensayo se va a abordar y a proporcionar una respuesta consistente a esta cuestión.

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Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Akal / Hipecu / 71

Juan Vázquez Sánchez

Mente y mundo

Aproximación neurológica

Director de los complementa

José Carlos Bermejo Barrera

Maqueta de portada

Sergio Ramírez

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Ediciones Akal, S. A., 2007

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4047-7

Introducción*

«How language hooks on to the world» es el título de un trabajo que publiqué hace ya algunos años en Truth in Perspective (Martínez, 1998, pp. 331-347) y ese mismo título, en su traducción española –«cómo el lenguaje se ancla en el mundo»–, podría ser muy bien el que figurase en la portada de este libro, ya que mi objetivo último al escribirlo no ha sido otro que el de ofrecer una respuesta consistente al viejo problema filosófico de cómo se vinculan lenguaje y pensamiento con el mundo. El problema es viejo, tan viejo como la filosofía misma; lo que ha cambiado es su formulación.

Hasta la aparición de la tradición analítica a finales del siglo xix y comienzos del xx, el problema se planteaba en términos de algún tipo de correlación entre pensamiento y mundo. A raíz del surgimiento de la tradición analítica, esa correlación es más habitual verla planteada en términos de lenguaje y mundo pero, aunque no en la forma, en el fondo el problema que hay que resolver sigue siendo el mismo. Se trata de una cuestión epistemológica fundamental que, como nos recuerda H. Putnam en Realism with a Human Face, los fundadores de la filosofía analítica –Frege, Carnap, Wittgenstein y Russell– no dudaron en situar en el centro mismo de la filosofía (Putnam, 1990, p. 150).

A pesar de la centralidad del problema y de lo mucho que se ha escrito sobre él, el propio H. Putnam, que ha dedicado también al estudio de esta cuestión una parte importante de su extensa producción filosófica, reconoce expresamente en Words and Life (Putnam, 1994, p. 71) que la cuestión de «cómo el lenguaje se ancla en el mundo» sigue siendo una cuestión abierta y con muy pocos visos de que alguien pueda clausurarla al gusto de todos.

De acuerdo con H. Putnam, posiblemente este libro no logre clausurar la cuestión, si esa clausura pretende alcanzar una total aceptación, pero el libro deja medianamente claro que el viejo problema filosófico de cómo el lenguaje y el pensamiento se vinculan con el mundo no es un auténtico problema, sino un pseudoproblema generado por el propio marco en el que ha sido planteado. La elaboración de ese otro marco en el que el viejo problema filosófico debe ser abordado constituye una de las aportaciones más relevantes de este ensayo.

Aun siendo cierto que todos los capítulos del libro están encaminados a proporcionar una respuesta consistente al problema de cómo se vinculan lenguaje y pensamiento con el mundo, los términos que figuran en su portada, mente y mundo, representan los dos pilares sobre los que se asienta esa vinculación. De hecho, el que podamos o no establecer la conexión entre mente y mundo depende, justamente, de lo acertados o desacertados que hayamos estado en la localización de esos dos pilares. Si comenzamos por situar al mundo tan alejado de la mente como lo ha hecho el dualismo cartesiano, entonces ninguna conexión será ya posible. Si, por el contrario, logramos desvelar el artificio de esa separación, entonces posiblemente se haga transparente que el problema de cómo se vinculan el pensamiento y el lenguaje con el mundo no es sino un pseudoproblema generado por el propio marco en el que se ha planteado. Con el propósito de desvelar el artificio de esa separación, lo primero que se hace en el libro (capítulos I, II, III, IV y V) es analizar el punto de encuentro de esos dos pilares: la percepción. En un segundo momento (capítulo VI), se analizan las bases neurológicas del lenguaje y de la percepción a fin de poner de manifiesto la conexión entre ambos procesos y, por último, en los capítulos VII y VIII se lleva a cabo una doble aplicación de los resultados alcanzados. En el capítulo VII esa aplicación consiste en la elaboración de un criterio de verdad para los enunciados de percepción y en el VIII en la demostración de una base empírica del conocimiento científico, una base empírica que no es afectada por la tesis de la inconmensurabilidad.

En el capítulo I, «La identificación perceptiva en el proceso de percepción», se elabora una caracterización de la percepción conceptual, del tipo de percepción que da lugar al reconocimiento consciente de los «ítems» percibidos.

En el siguiente apartado, «Identificación perceptiva y representación», se analizan las nociones de percepción y representación con el propósito de mostrar la falta de sentido que arrastra consigo la concepción de las identificaciones perceptivas como representaciones. De estos análisis surgirá una manera de entender la representación distinta a la clásica y que no incurre en la falacia de la división.

En el capítulo III, «Identificaciones perceptivas verídicas y no verídicas», se proporciona un criterio que permite distinguir las identificaciones perceptivas verídicas de las no verídicas. Se entiende por identificaciones perceptivas no verídicas las derivadas de ilusiones sensoriales, las que se producen en los casos de alucinación y las identificaciones perceptivas equivocadas.

El epígrafe «Los objetos y su identificación en el proceso de percepción: una doble noción de objeto» introduce una doble noción de objeto, similar a la formulada por Peirce en 8.182 de sus Collected Pappers y por Husserl en el parágrafo 131 de las Ideas. Esa doble noción de objeto permite dar cuenta, por una parte, de los objetos en su dimensión de ítems conceptualizados y, por otra, de esos mismos objetos en su dimensión de ítems epistémicamente trascendentes.

Por último, en el capítulo V, «Identificación perceptiva y pluralidad de mundos», se muestra cómo a partir de la doble noción de objeto introducida en el capítulo anterior, es posible postular una pluralidad de mundos, relativa a los marcos o redes conceptuales disponibles, sin que por ello se pierda la existencia de un único y mismo mundo, el mundo epistémicamente trascendente.

Así como los cinco primeros capítulos están dedicados al estudio de la percepción conceptual y sus implicaciones epistemológicas, en el cuarto, «Identificación perceptiva y lenguaje», se produce un cambio de plano y pasan a analizarse las conexiones entre percepción y lenguaje tomando como punto de referencia la información que en estos momentos nos proporciona la neurología.

La aparición en los últimos años de nuevas técnicas en la exploración de la actividad funcional del cerebro, tales como las tomografías por emisión de positrones (Positron Emission Tomography - PET) o las imágenes funcionales por resonancia magnética (functional Magnetic Resonance Imaging - fMRI), entre otras, junto con la información derivada de las lesiones cerebrales, proporcionan en la actualidad una base relativamente sólida sobre la que fundamentar el estudio de la conexión entre lenguaje y percepción. Lo que, en última instancia, se demuestra en este capítulo es que los contenidos de los que habla el lenguaje se encuentran distribuidos por las áreas asociativas de la percepción en las que esos contenidos han sido procesados a nivel perceptivo. O, lo que es lo mismo, que el lenguaje toma sus contenidos de las áreas asociativas de la percepción en las que esos contenidos han sido procesados y almacenados. Y, aun en el supuesto de que no estuvieran allí almacenados, lo que sí se sabe con certeza es que las áreas en las que esos contenidos han sido procesados resultan imprescindibles para recuperarlos. De tal modo que la lesión de una cualquiera de las áreas asociativas de la percepción, especializada en procesar un determinado tipo de información (color, forma, orientación, movimiento, localización espacial, etc.) conlleva no sólo la pérdida de la capacidad para seguir procesando el tipo de información en el que el área lesionada estaba especializada, sino que también conlleva, en cuanto al lenguaje, la pérdida de la información dependiente de esa área, incluida la información procedente de anteriores percepciones y de la que, por supuesto, el sujeto disponía antes de producirse la lesión.

Finalmente, en los capítulos VII y VIII se lleva a cabo, como ya se indicó, una doble aplicación de los resultados alcanzados. En VII esa aplicación consiste en la elaboración de un criterio de verdad para los enunciados de percepción y en el capítulo VIII se muestra, en contra de la tesis de la «carga teórica» de la observación, cómo en los procesos de observación científica experimental existe una base empírica del conocimiento que no es afectada por la tesis de la inconmensurabilidad.

Dada la centralidad de los problemas abordados en el libro, sus resultados son igualmente aplicables al análisis de otras muchas cuestiones epistemológicas tales como las implicadas en el estudio de los distintos tipos de realismo, del antirrealismo, del relativismo, o las que tienen que ver con la base empírica del conocimiento y, en general, con una gran parte de los problemas de naturaleza semántica.

* Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación BFF2003-01962, financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

I. La identificación perceptiva en el proceso de percepción

Tanto en el ámbito de la filosofía como en el de la propia psicología, el término percepción puede y suele ser entendido en múltiples sentidos; se trata, indudablemente, de un término polisémico.

Algunos autores suelen distinguir entre sensación y percepción, entendiendo por sensación la captación de experiencias muy básicas y simples, como la detección de un pequeño punto de luz o la sensación de dolor producida por un pinchazo, y reservan el término percepción para designar las experiencias producidas por estímulos complejos, como los implicados en la identificación de personas, animales o cosas.

Otros autores, en cambio, prefieren utilizar los términos «sensación» y «percepción» como sinónimos, dado el cúmulo de dificultades con las que uno se encuentra a la hora de distinguir entre percepciones simples y complejas, ya que, como puede demostrarse empíricamente una experiencia tan elemental como el dolor producido por un pinchazo puede verse influida por la cultura del sujeto o por la empatía o antipatía que siente el sujeto que recibe el pinchazo hacia quien se lo produce.

Puesto que los problemas de los que aquí voy a ocuparme son de naturaleza epistemológica, el término percepción estará referido en todo este ensayo a la percepción consciente que tiene lugar cuando un sujeto lleva a cabo la identificación de un ítem del campo perceptivo, como por ejemplo cuando identifica visualmente, o a través de cualquier otro sentido, un bolígrafo, una silla, un ordenador, un teléfono, o también alguna de sus múltiples propiedades (color, forma, tamaño, etc.). En definitiva, lo que aquí se entenderá por el término «percepción» va a ser algo muy similar a la noción de «ver epistémico» propuesta por Harold I. Brown en Observation and Objectivity. De hecho, voy a servirme de la caracterización que hace dicho autor del «ver epistémico» para precisar el sentido exacto en el que van a ser utilizadas las expresiones «percepción» e «identificación perceptiva».

No obstante, y a modo de introducción, puede resultar ilustrativo el esquema siguiente, en el que se contemplan tres tipos distintos de percepción visual consciente:

La percepción visual periférica proporciona información poco definida de la periferia del campo visual. Se trata de una percepción mediante la que captamos poco más que movimientos y una muy leve indefinición de lo que se mueve. Para poder identificar perceptivamente un ítem cualquiera del campo visual, es preciso centrar la mirada en él a fin de que la estimulación procedente de ese ítem sea captada por los fotorreceptores de la fóvea de la retina, como luego veremos con más detalle. Aun así, tal como se recoge en el esquema anterior, se hace necesario distinguir entre dos tipos distintos de percepción central: la subcategorial y la categorial.

La percepción visual subcategorial proporciona información disponible atencional y conductualmente, pero no cognitivamente. Sus contenidos son no conceptuales, vinculados a la presencia, imposibles de recordar y, por lo tanto, de identificar transtemporalmente. Son contenidos de esta naturaleza los relativos al color, orientación, movimiento, localización espacial, etc. Es sobre este tipo de información sobre la que se asientan las nociones de sensación, datos sensibles o qualia, y que, debemos suponer, es la percepción que tiene un niño en los primeros meses de su vida. De hecho, los seres humanos nacemos con áreas de la corteza cerebral capacitadas para procesar estimulación relativa a esa clase de información.

Reproducción de una versión de la figura «el vaso y las caras» de Rubin.

Frente a este tipo de percepción, y sin anular la información a ella debida, está la percepción categorial o conceptual, que proporciona información disponible atencional, conductual y cognitivamente. Este último tipo de percepción se produce cuando prestamos atención a un determinado ítem del campo visual y lo identificamos en términos del marco conceptual disponible. Se trata, pues, de un tipo de percepción que implica aprendizaje. Aunque la percepción categorial o conceptual se constituye sobre la base proporcionada por la información subcategorial, a nivel consciente, el contenido fenomenal emerge simultáneamente con y en dependencia del contenido conceptual, hasta el punto de que el propio contenido fenomenal es relativo al contexto, tal como se pone de manifiesto en ejemplos como los proporcionados por el triángulo de Kanizsa, las líneas de Müller-Lyer y tantos otros.

Puesto que las cuestiones de las que voy a ocuparme son de naturaleza epistémica, será este último tipo de percepción –la percepción categorial o conceptual– la que va a ser tomada en consideración en las páginas que siguen.

Es obvio que para que un ítem pueda ser identificado perceptivamente, la estimulación sensorial procedente de ese ítem ha de ser captada, en primer lugar, por los receptores sensoriales del sujeto perceptor, pero de los estímulos captados el sujeto sólo toma conciencia una vez que la estimulación ha sido procesada e integrada en la constitución de los ítems identificados perceptivamente. La identificación perceptiva de esos ítems, como luego veremos, ya no depende sólo de la estimulación que llega a nuestros receptores sensoriales sino también de los marcos o redes conceptuales de que dispone el sujeto, de tal modo que la «misma» estimulación puede dar lugar a identificaciones perceptivas distintas y estimulaciones distintas a la misma identificación perceptiva. Así, ante el mismo dibujo del vaso y las caras de Rubin y, por lo tanto, ante el mismo flujo de estimulación sensorial, un mismo sujeto o sujetos distintos pueden identificar en un momento ese dibujo como una copa y en otro momento como dos caras o como ninguna de las dos cosas, pero difícilmente identificará una copa en el vaso y las caras de Rubin quien nunca hayan visto una copa. Y, a la inversa, pequeños cambios en la estimulación procedente de un mismo ítem, como los que se derivan de ligeros movimientos del ítem objeto de identificación o del movimiento de la cabeza del sujeto perceptor, no afectan a la identificación perceptiva que hace del ítem dicho sujeto.

Aunque aquí sólo vaya a tomar en consideración las identificaciones perceptivas conscientes, es indudable también que a nivel experimental podemos constatar la existencia de percepciones no conscientes, como acontece en los casos de visión ciega o en aquellos otros en los que los sujetos sólo son conscientes de ver los objetos que se encuentran en una parte de su campo visual, por ser ciegos para la otra mitad.

Al margen del caso excepcional de la visión ciega, existen otros muchos tipos de percepción en los que el sujeto no lleva a cabo la identificación consciente de ningún ítem en particular del campo perceptivo. Este tipo de percepción, posiblemente el más frecuente en nuestra vida diaria, tiene lugar cuando el sujeto no presta atención explícita a ningún ítem en particular del campo perceptivo; pero no por ello podemos concluir que el sujeto no esté percibiendo nada, ya que, pongamos por caso, si alguno de esos ítems del campo visual cobrase interés vital para el sujeto porque implica un peligro para su vida, éste lo detectaría y le prestaría atención.

Muy próximo al tipo anterior de percepción se encuentra aquel otro en el que el sujeto tampoco tiene una conciencia explícita de estar identificando ningún ítem en particular del campo perceptivo, pero en el que, de hecho, se ha producido una identificación, como, por ejemplo, cuando un sujeto echa mano de un bolígrafo situado en su campo visual para tomar una nota o subrayar una palabra del texto que está leyendo. Esa conducta práctica muestra que el sujeto en cuestión ha percibido e identificado el bolígrafo como tal bolígrafo, por más que esa conducta práctica no vaya acompañada de una conciencia explícita de esa identificación.

Todos estos casos de visión ciega o de percepción en los que el sujeto no toma conciencia expresa de estar percibiendo ítem alguno en particular han sido y merecen seguir siendo estudiados, pero no son los que nos interesan aquí, porque, desde un punto de vista epistémico, su importancia es menor. El tipo de percepción que se va a tomar en consideración es la percepción consciente en la que el sujeto perceptor presta atención a un determinado ítem de su campo perceptivo y lo identifica conceptualmente como tal ítem, ya que son precisamente éste tipo de percepciones las que utilizamos en los procesos de justificación empírica de cierta clase de enunciados: los enunciados de percepción1.

En el estudio del problema epistémico de cómo se vinculan el lenguaje y el pensamiento con el mundo, lo que nos interesa, pues, es elucidar este último tipo de percepción, la percepción implicada en los procesos de «identificación perceptiva» consciente, y en esa elucidación puede constituir un buen punto de partida la noción de «ver epistémico» desarrollada por Harold I. Brown en Observation and Objectivity.

Según la caracterización hecha por Harod I. Brown en Observation and Objectivity, «ver epistémicamente un ítem I es distinguir a ese ítem en el campo visual e identificarlo en términos de un marco conceptual disponible»2.

En la caracterización del «ver epistémico» de Harold I. Brown se distinguen dos momentos: a) distinguir un ítem I en el campo visual y b) identificarlo en términos de un marco conceptual seguir disponible.

Analicemos lo que implican estos dos momentos, primero desde un punto de vista meramente fenomenológico y a continuación desde el punto de vista de la fisiología de la visión.

Punto de vista fenomenológico

Desde una perspectiva meramente fenomenológica, para poder distinguir un ítem I en el campo visual, éste debe estar presente en el campo visual del sujeto perceptor y tendrá que tratarse de un ítem accesible a su aparato visual. Ondas electromagnéticas, electrones, rayos gamma o rayos alfa pueden encontrarse presentes en el espacio correspondiente al campo visual de un sujeto perceptor humano en un momento dado, pero no forman parte de su campo visual porque el ojo humano no dispone de receptores sensoriales para ese tipo de entidades. Así pues, qué ítems formen parte del campo visual es relativo al mundo y a la naturaleza del aparato visual. Los rayos ultravioleta no pueden formar parte del campo visual del ser humano y, sin embargo, sí parecen formar parte del de las abejas.

Una vez que un ítem I del campo visual ha sido destacado, su identificación como tal ítem es dependiente no sólo de la estimulación procedente de dicho ítem y de su entorno sino también de la información ya disponible del sujeto perceptor, de su marco conceptual. Si yo no distingo, dentro de la categoría de los pájaros, los gorriones de los petirrojos, si un gorrión o un petirrojo se encuentran ante mí, podré centrar la mirada en él, hacer que ese ítem sea el ítem a identificar, pero si yo no dispongo de los conceptos de gorrión o petirrojo sino tan sólo del concepto de pájaro, podré identificarlo como un pájaro pero no como un gorrión o un petirrojo. Del mismo modo, un sujeto que jamás haya visto un reloj y que no conozca su función, cuando vea por primera vez un reloj, podrá hacer que ese ítem sea el foco de su atención, centrar su mirada en él, pero por más que la información sensorial esté ahí disponible, lo que ese sujeto no podrá hacer es ver la hora. Lo que todo esto significa no es otra cosa que la constatación de un aprendizaje perceptivo, un aprender a discriminar entre los distintos ítems en función de los qualia o datos sensoriales constitutivos de esos ítems. Rasgos de un vino que para un profano son signos única y exclusivamente de un buen o mal paladar, para un buen catador de vinos pueden ser indicativos del tipo de uva, de la zona en la que ha sido producido e, incluso, del año de la cosecha.

Identificar un ítem no consiste en aplicarle una etiqueta lingüística sino en situarlo en la geografía de un marco o red conceptual. La etiqueta lingüística puede estar presente y coadyuva a esa identificación, pero no es necesaria. Si, pongamos por caso, deseo salir de mi despacho, no intento hacerlo a través de la pared ni saltando por la ventana (en el supuesto de que la ventana se encuentre a gran altura del suelo), sino que lo hago a través de la puerta; y si me comporto así es porque he identificado la puerta como tal, sin que para ello haya sido necesaria la activación explícita del signo lingüístico «puerta». En nuestra conducta diaria identificamos sin más los objetos de nuestro entorno y porque los identificamos como tales, adoptamos una conducta coherente con esa identificación, sin que tenga que estar mediatizada por etiquetas lingüísticas. Si deseo llamar por teléfono, descuelgo el auricular y marco el número correspondiente; y si en el curso de la conversación quiero tomar nota de algo, echo mano del papel y del bolígrafo o lápiz y no del abrecartas o del pisapapeles. Pero para que todos esos objetos puedan ser identificados como tales, la información a ellos asociada debe formar parte de nuestro marco conceptual. De no ser ese el caso, papel, bolígrafo y lápiz serían vistos como cosas, como cosas extrañas. Nuestra percepción de ellos se irá enriqueciendo a medida que vayamos descubriendo sus propiedades, usos y funciones, independientemente de que ese conocimiento esté o no mediatizado por las correspondientes etiquetas lingüísticas.

En el proceso de socialización e incardinación de un sujeto en la sociedad, el lenguaje desempeña un papel fundamental, porque en el lenguaje están recogidos los tipos de codificación que han resultado útiles para la mejor supervivencia del grupo. Como nos recuerda Thomas Kuhn en la «Posdata de 1969» a La estructura de las revoluciones científicas,

un mecanismo perceptual programado apropiadamente tiene valor de supervivencia. Decir que los miembros de grupos diferentes pueden tener distintas percepciones cuando se enfrentan a un mismo estímulo, no implica precisamente que ellos no puedan tener ninguna percepción en absoluto. En muchos ambientes un grupo que no supiera distinguir los lobos de los perros no podría perdurar; ni hoy podría un grupo de físicos nucleares sobrevivir como científicos si fueran incapaces de reconocer las huellas de las partículas alfa y de los electrones; precisamente debido a que tan escasas maneras de ver lo lograrán es que aquellas que han resistido a los usos de las pruebas de grupo, son dignas de transmitirse de generación en generación» (Kuhn, 1969, p. 299).

Como comentaba, la percepción conceptual en el caso de la visión es dependiente no sólo de la estimulación que llega a los receptores de nuestra retina sino también de la información ya disponible por parte del sujeto perceptor, de tal modo que sujetos con marcos conceptuales distintos, en presencia de la misma estimulación, podrán llevar a cabo identificaciones perceptivas también distintas. Rasgos que para un sujeto resultan irrelevantes en el proceso de percepción (o sólo son indicativos, pongamos por caso, del reconocimiento de los miembros de una especie), para otro sujeto pueden ser indicativos no sólo de la especie sino también de los tipos de variedades existentes dentro de la especie. Lo que un niño ve simplemente como un pájaro, un ornitólogo podrá verlo como un petirrojo, un gorrión o un pardillo, pongamos por caso. Y de una manera similar, lo que un profano ve simplemente como un viñedo, un viticultor puede verlo como una plantación de albariño, godello, mencía o cualquier otra variedad vinícola. Una parte importante del proceso de aprendizaje consiste precisamente en eso: en adquirir una mayor capacidad de discriminación a nivel perceptivo. Identificar algo simplemente como un pájaro o como un viñedo supone menos información que identificarlo como un petirrojo o una plantación de albariño. La información epistémica que se deriva de haber percibido un petirrojo como un pájaro o una plantación de albariño como un viñedo es menor que la que se sigue de haber percibido el pájaro como un petirrojo y al viñedo como una plantación de albariño, de godello o de cualquier otra variedad vinícola.