Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Mercedes, la novena gema es la historia profunda y espiritual de una niña cuya vida, aunque breve, dejó una marca imborrable en quienes la conocieron. En este relato, su padre, Daniel González, nos guía a través de la existencia de Mercedes González Corbalán, la cual estuvo entrelazada con lo sagrado y lo místico, hasta el punto de conectarla con el venerado Bhagavan Sri Sathya Sai Baba, figura espiritual que dio sentido y propósito a la familia. Con una honestidad profunda y una narrativa llena de amor, Daniel y Cristina, sus padres, relatan la corta, pero maravillosa, estancia de su hija en este mundo. Describen cada evento con detalle y reverencia, sumergiéndose en lo espiritual, lo extraordinario y lo divino que envolvió a su hija desde antes de su nacimiento. Este libro no es solo un testimonio de vida; es un tributo a Mercedes y una exploración de la fe, el amor y los misterios de la existencia. Su historia no se terminó con su partida, pues su propósito recién comienza. Por eso, esta obra es una invitación a conocer a Mercedes a través de los ojos de quienes la amaron profundamente y a descubrir la conexión que ella forjó con el universo y con lo eterno.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Mercedes: dádiva, gracia.
Mercedes: la que libera.
Mercedes, la novena gema
© de los textos: Daniel VïDâ González, 2024
© de esta edición: Editorial Tequisté, 2024
Corrección: M. Fernanda Karageorgiu
Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo
1ª edición: septiembre de 2025
ISBN: 978-631-6704-02-3
Editorial Tequisté:
www.tequiste.com
Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, auditiva, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
- - - - - -
González, Vida
Mercedes, la novena gema : la conmovedora historia de una vida rodeada de milagros / Vida González. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6704-02-3
1. Experiencias Personales. I. Título.
CDD U860
Afectuosamente dedicado a la memoria de
don Manuel Sai Rojas Ortiz
Este libro no estaría completo si yo no exteriorizase mi profunda gratitud a algunas de las personas que lo han hecho posible, ya sea que me esté refiriendo a quienes han apoyado nuestro trabajo con sus generosas donaciones a lo largo de tantos años o a los médicos que atendieron a Mercedes en el hospital, quienes —sin saberlo o siquiera intentarlo conscientemente— nos fueron llevando de la mano, derechito hacia el oscuro abismo de la desesperación. Fue esa desesperanza la que nos hizo mirar hacia adentro, y es importante aclarar que sabemos que en todo momento los facultativos actuaron sin malicia y con el franco convencimiento de que su trabajo profesional sería apreciado por nosotros y por la posteridad.
Así que, quisiera dar las gracias a Teresita Zuluaga, Miryam Aguilar, Marta Viera, Juan Piedra, Mayte Juárez, Vicente Herrera y a un casi sinnúmero de personas que se han ocupado de nosotros y que nos mantuvieron alimentados cuando nosotros no podíamos siquiera comprar alimentos.
A la editorial Tequisté, por el magnífico trabajo que ha hecho guiándonos y ayudándonos a entender los aspectos técnicos de la compleja tarea que se nos ha encomendado, aunque sé que mi carácter errático y mis ideas vetustas no han facilitado este proceso.
A Annie y Nicolás González, por su amor y por haber sacrificado tantos de sus planes para ayudarnos a seguir.
A Peter Phipps, por haber escrito un prólogo tan hermoso, a pesar de no conocernos personalmente.
A Herta Pfiefer, por traducir muchos de mis escritos, incluyendo el primer manuscrito de este libro.
A cada uno de los animalitos que nos ha acompañado en este camino que nunca ha sido fácil, pero que ellos han dulcificado con su presencia y su amistad incondicional, así que sentidas gracias a Mono, Lobo, Nano y Perla, a Rosita y Negrita, a Dharma y Lulu, a Dory, a Nandini y a tantos más.
Pero claro, a cada paso de esta intensa y fascinante travesía ha estado Cristina, siempre a mi lado, a sol y sombra, y eso no se puede agradecer con palabras.
Y, por supuesto, que el más grande reconocimiento tiene que ser para Mercedes González Corbalán, “Macedito” para su papá, quien con la monumental sabiduría que exhibió durante su corta vida nos acarreó sobre sus delicados hombros a lo largo de nuestro escabroso trayecto hacia la Luz. Sin Mercedes no hubiésemos podido llegar a los Divinos Pies de Loto del Gran Avatar.
Por último, quisiera expresar mi profundo agradecimiento a cada persona que lea este relato, cuya intención es la de describir algunos de los altibajos que quizá todo peregrino sincero deba atravesar para alcanzar la tan deseada Paz Divina.
En definitiva, esta modesta labor esta devotamente dedicada al Ser Supremo Absoluto del que cada uno de nosotros es una célula singular.
VïDâ González
Casterton, 28 de mayo del año 2021
Jai Sai Ram
Vivimos en una era sin fe en la que el materialismo representa la visión dominante del mundo. Por lo tanto, la historia que se narra en este libro es una que la mayoría de las personas del presente tendrían dificultades en aceptar. No obstante, para aquellos cuyas mentes y corazones están abiertos a las realidades espirituales ocultas y para quienes son considerados sabios en términos mundanos, hay aquí un relato muy conmovedor que tiene algo que decirnos a todos. Este libro narra una notable historia acerca de la vida de una niña pequeña, pero de un alma muy vieja. Es una historia de fe, de valor y de triunfo ante la adversidad, tanto de los padres como de la niña. Es también una historia de milagros que dejaron confundidos a varios médicos y a un mecánico automotriz.
Mercedes González vivió cuatro años difíciles, los cuales en el nivel físico fueron de dolor y de sufrimiento, pero que representaron una victoria en el nivel espiritual. No caben dudas en mi mente de que Mercedes había encarnado con el propósito de facilitar el crecimiento de sus progenitores, Cristina y Daniel. Y también fue ella quien los preparó para ser los padres adecuados para su próxima vida en esta familia.
En esta historia, los padres crecieron claramente en cuanto a fe y experiencia espiritual. Daniel aprendió a comunicarse directamente con la mente de Dios y a recibir nítidos mensajes. También logró obtener la fe y la confianza necesarias como para actuar de acuerdo con la información recibida. En unos pocos años, tanto Cristina como Daniel habían crecido en sabiduría como resultado de la corta estadía de Mercedes con ellos.
Encontré que esta es una historia muy conmovedora, relatada simple y claramente. Resuena en ella un positivo eco de verdad. Representa un testimonio de los Poderes Divinos de Sri Sathya Sai Baba y de la transformación que puede producir en las vidas de aquellos que confían en Él y que siguen Su inspiración. También representa un testimonio en cuanto a las recompensas que encuentran aquellos que confían en Dios y que no se dejan desanimar por la enfermedad, la pobreza y la adversidad. Hace falta valor para decir la verdad, en especial cuando esta pareciera entrar en conflicto directo con lo que otros “creen saber”. Cristina y Daniel son personas valerosas. Han encontrado favor a los ojos de Dios. Me siento grandemente bendecido por habérseme dado el privilegio de leer este libro y ruego que sean muchos otros los que también sean bendecidos por él.
Peter Phipps
Nueva Zelanda
Autor del libro
Sathya Sai Baba y Jesucristo:
Un Evangelio para la Edad de Oro
Hoy es el cuarto día del mes de mayo del año 2020, y yo, Daniel González, el papá de Mercedes, muchos años después de su fallecimiento, me dispongo a relatar la historia de la maravillosa existencia de nuestra hijita adorada.
La vida de esta nena se ha contado en otras ocasiones en algún libro, pero esta vez lo vamos a hacer nosotros, sus progenitores, porque su corta estancia física en esta tierra merece ser relatada con amor y con absoluta veracidad y se nos ocurre que somos Cristina y yo quienes debemos narrarla.
Para poder describir con fidelidad lo ocurrido deberé ingresar al irrevocablemente enigmático mundo de lo místico, o sea que hablaré de milagros y de ángeles, porque la vida de Merceditas estuvo llena de esas maravillas desde antes de que ella naciera.
Describiré con cierto detalle lo que experimentamos a través de los cuatro años que ella vivió corporalmente con nosotros y lo que aún hoy ocurre en este hogar. Pero también me referiré a Bhagavan Sri Sathya Sai Baba y a nuestra estrecha relación con ese Ser Magnífico, porque la conexión directa entre el Avatar de nuestra Era y nuestra hija es incuestionable.
Se me ocurre que antes de comenzar con mi relato valdría la pena aclarar que esta semblanza aún no ha terminado, porque la historia de Mercedes no acabó con su muerte. Baba nos dijo que ella había encarnado para llevarnos a Sus Divinos Pies de Loto, pero también expresó que esto recién comienza, así que me dispongo a revelar lo que sé, y ya veremos hasta dónde puedo llegar.
Esta es entonces la historia de Mercedes González Corbalán.
Me he esforzado hasta el límite de mi capacidad para narrar una historia que es difícil de contar y que sé que, porque suena tan fantasiosa, es casi imposible de creer. A la vez me queda claro que mis “ídolos” literarios —léase Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez y Franz Kafka—, aún en sus días más inspirados, no hubiesen podido hacerle justicia a una historia semejante, o sea que supe desde antes de empezar mi relato que yo en ningún momento tendría la menor posibilidad de hacer un buen papel. Pero, bueno, aquí está el resultado de mi humilde trabajo.
Víctor Daniel “VïDâ” González
Casterton, Victoria, Australia
Para comenzar mi relato voy a ingresar a un tópico sumamente complicado sobre el que quizá no debería hablar, ya que no me siento calificado para hacerlo con la escrupulosidad que se merece.
A la vez, siendo un hombre que tiene una profunda fe en Dios, no dudo que ese mismo Dios guiará mis pasos y no me permitirá exagerar y mucho menos mentir.
Cristina y yo hemos tenido la maravillosa oportunidad de encontrar al Creador personificado en Bhagavan Sri Sathya Sai Baba de India.
Al principio de nuestro periplo, la idea misma de que el Ser Supremo Absoluto hubiese decidido encarnar en un cuerpo físico en esta era, en la que el caos y el miedo que este crea dominan a los hombres, nos parecía absurda. Aún la mera existencia de un Dios Todopoderoso nos resultaba difícil de aceptar, dada la injusticia y la ausencia total de empatía que se ven en todas partes. ¿Cómo podría alguien imaginarse que una fuerza tan descomunal pudiese existir?, y aún si uno llegara a visualizar algo así, ¿quién se animaría a pensar que ese poder infinito hubiera decidido descender a la densidad de la tercera dimensión para salvar a la humanidad de su propia ceguera?
Pues debo decir que en mi humilde opinión eso es exactamente lo que ocurrió. Esa es mi experiencia de vida y se me ocurre pensar que el período actual, en el que el desconcierto impera de manera desenfrenada y sin siquiera ser cuestionado por la mayoría, sea quizá el momento más idóneo para el ingreso a la densidad de esa fuerza magnánima e inconcebible. Ha sido el caos imperante el que nos ha regalado semejante oportunidad.
Los tiempos bíblicos se están repitiendo, pero esta vez el Creador mismo ha dispuesto Su propio Advenimiento, trayendo consigo todo su poderío y magnificencia, y esa maravilla ha sido concebida para nuestro beneficio.
La situación del mundo es tal que me queda claro que únicamente esa voluntad sempiterna podrá salvarnos.
En tiempos idos, personajes como Nerón y otros de su género sembraron el miedo y abusaron de su poder, pero cuando se los compara con los déspotas de nuestra era, Nerón luce como un bebé de pecho. Por eso fue necesaria la triple Encarnación Divina.
Yo soy el primero que debe confesar que la simple idea de que un fenómeno como una Avatara o algo semejante pudiese ocurrir me resultaba absurda y que, si un hombre me lo hubiese contado, yo no le habría creído y lo hubiese tildado de loco o de fanático, o de las dos cosas. Por lo tanto, el Creador, en Su infinita sabiduría, supo de mi descreimiento y optó por darme las buenas nuevas a través de los monos y las aves.
Mi relación personal con Swami siempre ha sido un tanto peculiar, aunque estoy seguro de que de alguna manera todas las historias son únicas, y me queda claro que es así como debe ser.
A nosotros, una vez que pudimos comenzar a procesar el concepto de Avatar, por alguna razón que está más allá de nuestro entendimiento, Sri Sathya Sai Baba nos dio algo para hacer que es posible que —al menos en apariencia— luzca diferente a lo que les ha dado a otras personas. Sin embargo, la realidad es que todos tenemos una misión que deberemos completar en un tiempo no muy lejano, ya sea que seamos conscientes de ello o no.
Cristina y yo sabemos que nuestra labor no es imprescindible. O, dicho de otra manera, nos damos cuenta de que el Avatar no nos necesita para cumplir con Su Divina Determinación de salvar a la humanidad de su propia obcecación y que los que de alguna manera estamos envueltos en Su trabajo somos, simplemente, increíblemente privilegiados.
Entiendo que la idea misma de que Dios haya decidido descender a la densidad de esta dimensión seguramente suena irracional para muchos, pero para nosotros esto es innegable.
Consecuentemente, muchos años después de haber llegado ante la Augusta Presencia y sin ánimo de compararme con nadie, me doy cuenta de que sería absurdamente egoísta el no compartir esta experiencia tan magnífica, la cual ha transmutado para siempre los destinos de esta familia.
Antes del gran encuentro, mi existencia estaba regida por el miedo y la incertidumbre, pero el descubrimiento de la presencia del Avatar cambió el rumbo de mi vida de una forma tal que no importa cuánto yo escriba al respecto, sé que nunca podré narrar la experiencia con exactitud y además hacerle justicia. Debe entonces quedar claro que no he sido entrenado para escribir, por lo tanto, mi relato contendrá todos los defectos que mi carácter usualmente exhibe.
Desde muy pequeño he escuchado a las personas relatar su relación con Dios y, de alguna manera, siempre he sentido un poco de desazón porque yo no podía concebir lo que ellos experimentaban. Pero el encuentro con Sri Sathya Sai Baba significó un antes y un después en mi vida. Ante Su Divina Presencia, todos los miedos se desvanecieron como por arte de magia. La clara intuición de que había encontrado aquello que había buscado por quién sabe cuántos nacimientos se estableció en mí y todas mis inseguridades fueron instantáneamente sustituidas por el Amor Infinito.
Como he dicho, sé que el querer explicarlo es para mí un esfuerzo fútil, ya que la sensación de majestad que se siente ante La Venerable Figura de un Ser de esa talla no puede compararse con nada y se me ocurre que quizá la mejor forma de absorber tamaña experiencia sea de rodillas y en silencio.
De pronto, cuando la voluntad Omnipotente de Dios nos enfrenta a la experiencia transcendental del Darshan, uno se reconoce a sí mismo como un ser eterno y consiguientemente inmortal. Al menos es posible que comencemos a transitar el difícil camino que nos conducirá a poder considerar nuestra propia Divinidad como algo asequible.
El encuentro con un Ser Celestial le brinda a uno la posibilidad real de darse cuenta de que no había nada que temer, de que todo lo que nos había causado tanto miedo había sido simplemente un sueño dentro de un sueño.
Entonces, en nuestra humilde opinión, Mercedes encarnó con la transcendental misión de llevarnos ante la Omnipotente Presencia del Avatar de nuestra era. El poder arribar a esa conclusión nos costó lágrimas de sangre, pero, un buen día y por la Gracia de Dios, llegamos a ella. Fue Mercedes —con su dulzura y coraje— quien nos allanó el camino para que pudiésemos tener esta increíble oportunidad, y eso nunca vamos a poder terminar de agradecérselo.
Cristina y yo nos conocimos el día 20 de diciembre de 1972 en la ciudad de Buenos Aires, de la que ella es oriunda. Dos años antes yo había llegado a la Argentina desde Montevideo, mi ciudad natal, para reencontrarme con mi madre, alguien a quien apenas conocía. Ella vivía con su segundo esposo y los hijos de ambos en el barrio de Almagro, en Buenos Aires.
Mi infancia en Montevideo había sido una mezcla de mucho dolor e incertidumbre con un poco de maravilla, pero, dado que la intención de este libro es la de relatar la corta vida de Merceditas y no la mía, no creo que adentrarme en mi niñez sea necesario. Quizá alcance con decir que yo llegaba a la gran ciudad en busca de un refugio, después de que mis cortos años me hubiesen mostrado algunos de los aspectos más grotescos de la vida.
Hoy, muchos años después, me doy cuenta de que todo lo que viví tenía un propósito muy significativo y que nada de lo que ocurrió podía haber acontecido si no hubiese estado concluyentemente plasmado en el Plan Divino. Me doy cuenta de que Dios me quitó a mis padres a una edad temprana para que un glorioso día, al final de una larga búsqueda, yo pudiese encontrar a mi Madre Celestial. Pero para eso faltaba mucho, ya que primero tendría que hallar a Cristina, y juntos, ella y yo, recorreríamos el arduo camino que conduce a la liberación. A la sazón, aunque yo no conocía el motivo, había algo en mi interior que me decía que debía buscar a ese ser que me completaría y con quien viviría el resto de mi vida.
Mi llegada a Buenos Aires, con mi pelo largo y mi acento montevideano, llamaba la atención de algunas chicas del lugar, pero de alguna manera yo sabía que ninguna de ellas era quien yo estaba buscando, así que mi enigmática exploración debería continuar.
Así transcurrieron los primeros dos años de una vida bastante solitaria e incomprendida sin que ocurriesen grandes novedades, por lo tanto, solamente me dediqué a trabajar con mi padrastro y a leer cuanto libro llegase a mis manos. Hasta que un día un amigo me habló de Cristina Corbalán y yo sentí que el nombre resonaba en mí y supe, instantáneamente y sin poder explicarlo, que había encontrado a ese ser tan especial que siempre había estado buscando.
Para mí, el encuentro con Cristina fue algo magnífico y sé que ese hecho fundamental me devolvió la cordura, o al menos una parte de ella.
Al principio, dada nuestra juventud y el hecho de que ella estudiaba y yo trabajaba todos los días, nos veíamos cada tanto, pero de a poco nuestra relación se fue asentando y formalizando. Tuvimos un noviazgo muy hermoso que duró diez años, a través de los cuales yo aprendí un poco de disciplina y me fui amoldando a la vida de una familia que funcionaba normalmente, ya que la mía no había sido demasiado estable. Además, los años que yo había vivido en la calle me habían transformado en un ser desconfiado y temeroso, pero eso, con la amorosa ayuda de los padres de Cristina, de a poco fue cambiando.
Una vez que logramos juntar algo de dinero y tuvimos edad suficiente como para hacerlo, nos casamos, el 8 de enero de 1983 en la parroquia de San Ambrosio, en el barrio de Belgrano.
Económicamente hablando, la situación del país estaba mal, así que decidimos buscar la forma de irnos a Europa, donde podríamos trabajar y prosperar. Yo soñaba con desarrollar una carrera como ilustrador de libros para niños que me haría rico y famoso y los dos estuvimos de acuerdo en que solamente viviendo en algún país europeo podríamos lograr nuestros anhelos.
Luego de sopesar todas nuestras posibilidades, nos dimos cuenta de que ese viaje no estaba a nuestro alcance y decidimos que Australia podría ser el lugar desde donde alcanzar nuestro destino final que seguramente sería España, o quizá Italia.
Australia no nos atraía como lugar de residencia. Además, mi madre y mis medio hermanos vivían allí desde hacía unos años, lo cual complicaba las cosas aún más, ya que yo nunca había vivido con ellos, salvo por la relativamente corta y conflictiva estadía en la casa de Buenos Aires. Pero, una breve visita a la gran isla durante la navidad de 1983 me permitió conseguir un contrato de trabajo en la ciudad de Melbourne y, finalmente, después de volver a la Argentina y de tramitar nuestra residencia en la embajada australiana en Buenos Aires, nos radicamos definitivamente en Australia en abril del año 1986.
No vale la pena narrar detalles de nuestro encuentro con mi madre y describir los primeros dos años de residencia en nuestro nuevo país, pero puedo decir sin temor a equivocarme que ciertamente no fueron placenteros.
Sin embargo, nosotros éramos jóvenes y estábamos decididos a trabajar duro; queríamos aprender el idioma inglés y yo había empezado a trabajar el día siguiente a nuestro arribo, así que, juntando fuerza de la adversidad, de alguna manera nos las arreglamos para empezar a construir una vida en este lugar tan extraño.
Yo había trabajado en la construcción desde muy joven, aprendiendo diferentes oficios, particularmente la carpintería, algo que siempre me había fascinado, así que después de trabajar en un empleo por casi un año y medio —y a través de conocidos— busqué trabajo en esa área y, al poco tiempo y con mi mal inglés, pude iniciar mi pequeña empresa y empezamos a prosperar.
Luego de trabajar muy duro por un par de años, pudimos juntar los fondos necesarios para hacer un viaje a Buenos Aires, el cual nos permitiría ver a la familia de Cristina y evaluar muy seriamente la posibilidad de volver a nuestro terruño.
El reencuentro familiar fue maravilloso, pero ni bien llegamos nos dimos cuenta de que la situación del país, aunque económicamente había mejorado un poco, en el aspecto social no había cambiado lo suficiente como para que pudiésemos retornar, así que luego de tres meses de vacaciones nos volvimos a Australia.
Nuestro viaje nos había dado la oportunidad de visitar mi ciudad natal y de ver a mi venerada abuela paterna por última vez. Además, pudimos pasar la mayor parte de nuestra estadía con el papá de Cristina, don Dardo Corbalán, quien fallecería unos meses más tarde.
Nuestra vida en Melbourne se componía de mucho trabajo y muy poca actividad social, así que en relativamente poco tiempo reunimos el dinero necesario para un depósito y con él compramos nuestra primera casa, aunque solo vivimos en ella por unos meses. Mientras tanto empezamos a considerar la posibilidad de tener hijos. Al principio no tuvimos suerte y, como seguía pasando el tiempo y no teníamos novedades, decidimos consultar con un médico. El tratamiento fue largo y frustrante, pero el sacrificio valió la pena ya que el siete de abril de 1991 nació Nicolás y su arribo llenó nuestra vida de dicha.
Vivíamos en un hermoso país, éramos jóvenes, teníamos nuestra casa, mucho trabajo y un hermoso hijo, pero de pronto las cosas empezaron a complicarse. La economía australiana, después de décadas de prosperidad, acababa de detenerse. Los intereses bancarios se fueron por las nubes y eso —combinado con un accidente de trabajo que causó bastante daño en mi columna vertebral— nos llevó a perder nuestra casa recién construida. Pero eso no nos hizo perder el rumbo y de alguna manera logramos recomponer la economía de nuestra familia y seguir adelante.
Dejamos nuestra flamante casa en las afueras de la ciudad y nos mudamos a Melbourne.
Alquilamos una hermosa propiedad en el barrio de Kensington y yo conseguí trabajo como oficial para las artes en la vecina municipalidad de Flemington y así pudimos volver a empezar. Mientras tanto, el tratamiento para ayudarnos a concebir continuó y un buen día Cristina volvió a quedar embarazada.
Nuestra vida continuaba mejorando, lo cual compensaba el hecho de que extrañábamos la Argentina y que nuestra relación con mi familia en Australia iba de mal en peor.
El seis de diciembre de 1994 nació Mercedes. El círculo cósmico pareció completarse y nuestra felicidad no tenía límites. Mi trabajo artístico, algo que yo había querido hacer en Europa, empezó a tener cierto éxito y mi empleo nos permitía vivir cómodamente, así que todo estaba andando sobre ruedas.
Pero un día, cuando Mercedes tenía unos tres meses de edad, la sociedad en su sabiduría sin límites decidió aplicarle unas vacunas que la enfermaron gravemente y que terminaron matándola unos pocos días después de su cuarto cumpleaños.
Los primeros dos años de la vida de nuestra hijita transcurrieron en un constante entrar y salir del Hospital de Niños de la Ciudad de Melbourne, uno de los mejores del mundo, según se nos hizo saber.
Los paramédicos que llegaban a casa en la ambulancia, algo que en un momento ocurría casi a diario, ya nos conocían y nos llamaban por nuestros nombres de pila, lo cual no era una buena señal.
En el hospital, el equipo médico que atendía a nuestra hijita no lograba ponerse de acuerdo sobre un diagnóstico, así que probaban una cosa y la otra, pero no había caso, no podían encontrar la razón por la cual Mercedes tenía convulsiones y decidieron medicarla para tratar lo que ellos consideraban que podría ser epilepsia. Cada tanto podíamos volver a casa y a algún tipo de normalidad, y eso nos hacía pensar que todo estaría bien.
Hasta que un día, el jefe del equipo de facultativos del hospital nos convocó a Cristina y a mí para darnos la peor noticia que se le puede dar a unos padres. Nuestra hijita adorada estaba muy enferma y nunca se curaría, viviría medicada de por vida, y además esa vida sería muy corta.
Esto ocurría allá por el año 1996 y nosotros no sabíamos qué hacer ni a quién recurrir por ayuda. La ciencia no tenía las respuestas que pudiesen contestar nuestras preguntas y, cuando eso ocurre, los médicos, que son seres humanos con sus inseguridades y sus desaciertos, generalmente se asustan porque se sienten atacados y se comportan de formas muy extrañas.
En esta situación que estoy relatando, la fe y la compasión no juegan ningún papel porque los médicos han sido entrenados para hacernos creer que ellos están en control y —aunque hoy nosotros sabemos que eso no es así— en ese momento el miedo controlaba nuestras vidas y no nos permitía ver más allá de lo que la sociedad nos había enseñado, por lo tanto decidimos continuar escuchando a los médicos.
Por otro lado, Cristina y yo habíamos nacido en familias católicas y nos habíamos casado por iglesia, pero hasta allí llegaba nuestra relación con Dios, así que aparentemente nuestra única salida era confiar en que el equipo médico le encontraría una solución a nuestro dilema. Pero eso no ocurrió.
Entonces, una mañana, totalmente desmoralizado, decidí bajar a la capilla del hospital para hablar con Jesús. En ese momento yo ya había adoptado el vegetarianismo como modo de vida, ya hacía mucho tiempo que había comenzado a practicar Yoga y estaba empezando a tratar de meditar, pero nunca había hecho la conexión entre lo que yo hacía y el vínculo con Dios, que es literalmente lo que la palabra Yoga significa: conectarse con el Creador.
La imposibilidad que tenían los doctores de encontrar una salida a nuestro problema nos dejaba claro que los hombres no podían ayudar y que solo podíamos apelar al espíritu, y eso se consigue mirando hacia adentro, así que a allí me fui. Desesperado y sin saber bien qué hacer, entré al recinto que en ese momento estaba vacío. La capilla no tenía ningún tipo de denominación religiosa porque este es un país concluyentemente multicultural, o sea que no había símbolos de índole alguna. Uno podía, de así desearlo, solicitar la asistencia de un cura católico, la de un monje budista, o lo que fuera que uno creyese necesitar, pero yo no creía en nada de eso, ya que para mí las religiones organizadas no significaban absolutamente nada, así que tendría que improvisar.
Hasta ese momento mi concepto de Dios se basaba en lo que se me había dicho a través de los años, pero esa idea no me quedaba clara, así que me dirigí directamente a Jesús de Nazaret, a quien yo consideraba mi hermano y le pedí, sin más, que por favor me llevase a los pies del Padre Celestial porque Cristina y yo no sabíamos qué hacer y alguien nos tenía que ayudar.
Lo que estoy relatando seguramente suena arrogante y sin sentido, pero mi actitud era de absoluta humildad y de asombro ante la paz interior que me daba lo que estaba haciendo. Yo estaba pidiendo ayuda para nuestra hijita y sabía que los hombres, representados por el equipo médico, eran incapaces de ayudarnos. Por lo tanto, me dirigí al Ser que se me había dicho hasta el hartazgo que sin duda vendría en nuestro auxilio.
Como he dicho, pedirle ayuda a Dios me daba una sensación de bienestar que nunca había sentido antes. Al terminar mi ruego, volví a la sala en la que estaba internada Mercedes y le conté lo que había hecho y eso, aunque sabía que mi nena estaba en coma y que seguramente no me entendería, me hizo sentir muy bien.
El sentimiento de serenidad me acompañó toda la noche. Me había animado a entrar en un mundo al que no conocía. Hice algo que nunca pensé que podría hacer y eso me dio coraje para seguir, ya que el plan era que al día siguiente nos llevaríamos a Mercedes a casa porque nos habían dicho que no había nada que los médicos pudiesen hacer por ella.
A la mañana siguiente, justo antes de que nos diesen el permiso para volver a casa, la madrina de Nicolás llegó al hospital para visitarnos y me dijo que tenía que hablar conmigo en privado. Lo que ella empezó a decir no parecía tener el menor sentido para mí, pero decidí escuchar en silencio hasta el final y luego ver qué resultaba de toda esa perorata.
Rocío, quien es también prima mía aunque lejana, me contó que otra prima que tenemos en común le había hablado sobre un hombre que vivía en la India y que este le había salvado la vida a su hija.
“Un curandero”, pensé yo, pero seguí escuchando.
Martha Dos Santos, nuestra prima en común, tenía dos hijas. Estela, la mayor, había empezado a tener a diario severos dolores de cabeza, lo cual la llevó a hacerse revisar por su médico, quien le encontró un tumor cerebral del tamaño de una pelota de golf. Los dolores eran tan fuertes que la chica había perdido totalmente la visión en un ojo y la condición se estaba estableciendo en el otro.
La junta medica que la atendía decidió operarla de urgencia, pero el tamaño del tumor y su proximidad al cerebro reducían las posibilidades de éxito a la mitad, y eso sería si tenían suerte y todo salía bien. La extirpación se llevaría a cabo en dos semanas a partir del diagnóstico, a las siete de la mañana de un miércoles.
Mientras esto ocurría en Melbourne, otra familia uruguaya había viajado a la India para visitar a Sathya Sai Baba.
Una mañana, durante la ceremonia del Darshan que ocurre cada día, Sai Baba se detuvo frente a una mujer que estaba con su hija y les dio un paquete de Vibhuti diciéndoles que se lo entregaran a la mamá de la niña que debería ser operada de un tumor cerebral, y agregó: “díganle que no se preocupe, que Swami se encargará de todo” y sin más siguió su camino.
Esto dejaba a estas dos personas con la responsabilidad de encontrar a esa niña, o a su madre, y entregarles el paquete de ceniza sagrada. Pero ellas no tenían idea de quién se trataba, ya que hacía semanas que estaban en el Ashram y no se habían enterado de la situación de Estela, y ni siquiera sabían si la persona a la que le entregarían el paquete estaba en la India, en Australia o en algún otro lugar.
A los pocos días, luego de una experiencia tal, la familia decidió retornar a Australia acarreando aún el misterioso envoltorio que contenía la ceniza.
Al día siguiente de regresar, la madre de la familia en cuestión se encontró en el mercado con Martha Dos Santos, quien se veía muy afligida. Al preguntarle qué estaba pasando, Martha le relató su desdicha y le dijo que Estela sería operada al día siguiente a las siete de la mañana. La mujer estaba confundida y dolorida por la mala noticia, pero en el momento se dio cuenta para quién era el Vibhuti que Sai Baba le había dado.
Horas más tarde le entregaron a Martha la ceniza sagrada con instrucciones de poner una pequeña cantidad en un vaso con agua y de dárselo a beber a Estela justo antes de la operación.
El corolario de esta historia es que a las cuatro de la tarde del mismo día en el que le habían abierto el cráneo para remover un tumor de buen tamaño, Estela estaba sentada en su cama de hospital bebiendo té con su madre y su padre.
Al escuchar esta historia maravillosa, mi corazón se llenó de esperanza y, siguiendo el consejo de Rocío, llamé a Martha por teléfono ese mismo día.
Los Dos Santos habían mantenido este episodio oculto por temor al qué dirán y así me lo hicieron saber, pero de alguna manera se daban cuenta de que la ceniza podría ayudar a nuestra hija y ofrecieron venir a casa y aplicarle Vibhuti a Mercedes, para ver qué pasaba.
Al día siguiente llegó Martha a nuestro hogar y nos pidió que la dejásemos sola con la niña por un momento. Le aplicó ceniza en la frente y nos llamó para mostrarnos lo que había hecho.
Un rato más tarde, Martha se fue a su casa y yo me fui a trabajar a mi taller de arte que estaba ubicado en el fondo de casa.
Esa tarde, mientras trabajaba en la cocina preparando nuestra cena, Cristina escuchó un ruido fuerte, como de algo que se había caído y cuando fue a nuestro dormitorio para inspeccionar qué había sucedido, encontró a Mercedes, aún en un coma profundo, pero tirada en el suelo al lado de nuestra cama.
