Mester de batería - Ce Santiago - E-Book

Mester de batería E-Book

Ce Santiago

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Beschreibung

«De ritmo solo carece lo muerto», afirma Ce Santiago, y la vitalidad de este ensayo lo demuestra. Enamorado de la batería desde siempre, Santiago recorre la historia del instrumento y del arte de tocarlo, pero el compás de su prosa única también nos arrastrará hasta el filo del tiempo, el breve aunque crucial lapso que media entre un tic y un tac, allí donde convergen la literatura, la música y la vida entera, donde la tríada ritmo-cuerpo-instrumento se funde en un solo mandato que dice: bailemos.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Índice

Portadilla

Créditos

Mester de batería

Portadilla

Créditos

Primera edición: octubre de 2023

© Del texto: Ce Santiago, 2023

© De esta edición:

H&O Editores

www.hyo-editores.com

Imagen de la cubierta: Freepik

Diseño de la colección: Silvio García-Aguirre López-Gay

Maquetación: Fotocomposición gama, sl

Corrección: Guillermo Pérez

Impresión: Arteos

ISBN: 978-84-127696-7-8

Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el al­quiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titu­lares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.

A Jesu. Amigo mío, en mi pecho hay un aulaen la que siempre es viernes por la tarde

El batería con el que tocaste una vez hacía pedazos las baquetas, las aporreaba hasta que las virutas salían volando literalmente a su alrededor, dando golpes fortísimos contra los bordes, y tú solías imaginarte que al cabo de un rato acabaría tocando con unas ramitas finas y desaliñadas, no, con un par de palillos de dientes astillados, al final nada, tocaría golpeando con las manos, hasta que la piel y la carne se le desprendiesen de las manos, tocaría la batería solo con los huesos de los dedos, golpe tras golpe, sin parar, hasta que los huesos de la mano se le rompieran y se hicieran añicos y, a continuación, con los brazos, las piernas, finalmente con la cabeza, aporreando el cráneo contra la caja, y la música no se desvanecería hasta que su cráneo se convirtiese en esquirlas y polvo, o continuaría en el más allá.

Tor Ulven, Reemplazo

Uso frases cortas. Y uso frases de longitud media. Y a veces, cuando estoy seguro de que el lector está descansado, lo atraigo con una frase de longitud considerable, una frase que arda de energía y se erija con todo el ímpetu de un crescendo, del redoble de batería, del estrépito del sonido de los platillos para decir: escucha esto, es importante.

Gary Provost

Mester de batería

Ritmo en todo y en todos.

Hay ritmo en nuestros presentes, ritmo en nuestros espacios y en nuestros ambientes, hay ritmo en las mareas, los ríos y sus afluentes, en los solsticios, en los vientos y en las borrascas, hay ritmo en las miradas, los fracasos, los fervores y también en los rencores; hay ritmo en el vuelo de los mirlos, los carboneros y los cuervos, y lo hay en el deseo de los cuerpos; hay ritmo en nuestros anhelos y lo hay en nuestras narrativas, que el lenguaje conforma a su antojo y siempre a su imagen y semejanza; así pues, así está escrito, hay ritmo dentro y hay ritmo fuera: en la debacle, la caída, la pérdida, el duelo; hay ritmo en las tardanzas y hay ritmo en las esperas, hay ritmo en «el tiempo que nos queda», me apunta el poeta, hay ritmo en el ser y hay ritmo en el estar, oídlo: tictac, tictac, tictac, ahí está, el implacable metrónomo de la existencia, que no deja de sonar, allegro ma non troppo, pues es así como, del brazo amigo de Kermode, acabamos por aceptar que en lo nuestro y en lo relativo a nosotros a todo tac sigue y seguirá siempre un tic para dar formar así al sortilegio, al ángelus íntimo de todo lo tangible, a la obra maestra, redonda, rotunda e insuperable de la literatura que somos que todo tictac es.

Nos llevamos las yemas de los dedos a la muñeca, al cuello. Ahí lo tenemos. Derecho izquierdo, derecho izquierdo, derecho izquierdo: los dedos índices contra el borde de la mesa, el volante, los muslos quizás. O al final del día, bolso y abrigo al suelo, tintineo de llaves arrojadas a la cómoda, vuelan los zapatos a un rincón y la palma de la mano a la frente: no aguanto este ritmo. Durante la cena, estamos nerviosos, acelerados, impacientes, sin saber bien qué nos sucede, y por libre elige cualquiera de nuestros pies una cadencia para acompasar esa inquietud sin nombre ni objeto aparente. O de madrugada, el grifo de la cocina que hasta entonces no sabíamos que goteaba. En la cama, bocarriba y a oscuras, huérfanos del abrazo del sueño, que nunca llega en casa ajena, a la escucha de lo por venir, me sugiere Walser, con el oído secuestrado por ese reloj que, una y otra y otra vez, repite un instante que es siempre el mismo —tictac, tictac, tictac—, fundamento, matriz de la letanía, único versículo del dogma universal, tan tautológico como descarnado: en nuestro trayecto hacia el olvido y más tarde la nada, todo después acaba por ser antes y todo antes, después.

Pero no es de los modos de sublimar hasta apaciguar esto de lo que quiero hablar. Al contrario. Lo que pretendo es invocarlo, celebrarlo.

Pero vayamos a otro lugar. A otro espacio. A otro tiempo a ocupar.

Si ser suena a tic y estar a tac, propongamos, si en todo y en todos hay ritmo y hay repetición, eterno retorno, según gustos, repetición y cadencia tan recurrente como insustituible sobre la que «se desliza lo nuestro», me susurra Bloch, ¿no es mientras, no es en medio, no es en el intervalo —tic(¡aquí! )tac—, no es en pleno compás de espera donde se extiende, se abre el abismo, el cosmos, la expectación, un espacio crucial, paradójico à la Zenón, un espacio y un tiempo en el que, he ahí lo milagroso, caben múltiples improvisaciones y variaciones?, ¿no es ahí donde aparecen, donde se dan las ocasiones de hacer (llamémoslo a placer) redobles existenciales sobre la estructura de nuestras expectativas y nuestras experiencias?, ¿redobles que resuenen mientras con una puntera titubeante tanteamos para progresar lenta pero irreversiblemente por la interminable cuerda floja de nuestra cotidianidad (un redoble del «tambor de las horas», me apunta un tal Kästner, al que apenas conozco) para encontrar, o intentarlo al menos, entre cada tic y cada tac, otra forma desde y con la cual crear, crear y recrear, y, claro está, también arriesgar, o coquetear quizás con un mal paso (pues, como la nota mala de Miles Davis, hacen falta dos), siempre entre cada tic y cada tac, e incluso —por qué no, si así somos, a qué negarlo—, darlo?

Con o sin red, la vida va de eso. Pese a todo, la vida es eso.