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Mhontí es una historia de amor y miedos compartidos entre dos jóvenes que luchan por contradecir el destino al que han sido condenados. Bajo la sentencia de una separación definitiva, deciden escapar hacia una tierra de libertad, donde más tarde logran vivir la plenitud de sus más anhelados sueños. Sin embargo, una traición oculta por años pone fin a una etapa de felicidad. El joven que descubre el engaño deberá encarar sus peores fobias: el desamor, un deseo suicida y una enfermedad mortal. Encuentra valor y resignación a través de experiencias en el mundo onírico donde logra crear un espacio paralelo a su realidad. El joven que logra sobrevivir intentará conseguir el perdón de sus culpas en este mundo paralelo.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Tania Castro
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17818-80-7
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Dedico este libro a los círculos de amor y miedo en los que me he visto envuelta:
A todos ustedes.
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El amor es mayor a cualquier miedo;
el desamor una fobia de la que pocos se logran sanar.
Prólogo
América, 26 de Julio
Casa beige y marrón en la avenida Adams de la calle 25.
Finalmente estaba en el lugar donde hacía unos minutos tenía prisa por llegar, fue después de estacionar el coche frente al edificio cuando deseé que aquel momento no hubiera llegado jamás.
Pude observar desde el interior de mi coche una ambulancia con las luces encendidas y las puertas traseras abiertas de par en par, vi que faltaba la camilla y enseguida puse a trabajar mi mente imaginando que su cadáver, si es que acaso fuera ella, ya debía de estar acomodado sobre aquel aparato listo para ser transportado a la morgue. Presintiendo el dolor de tan desgarradora escena me encontraba cuando caí en la cuenta de que el motor del coche llevaba buen rato apagado; ver los vidrios hasta arriba me provocó de inmediato una sensación de asfixia que me obligó a salir de él.
Metí las llaves del coche en mi bolsillo y continué examinando el panorama introductorio del lugar; todo en el vecindario me pareció lúgubre, me sentí falto de hombría para poder enfrentarme a lo que me esperaba más adelante.
Supuse que la persona encontrada muerta en el apartamento número 5, situado en el sótano del edificio, no debía de haber sido nada popular en la zona y deduje que su muerte debía de haber sido por causas naturales, ya que no había ninguna aglomeración de personas como acontece en las escenas de asesinatos.
Me acomodé las muletas debajo de las axilas e hice mi mejor esfuerzo por caminar pese a las molestias físicas provocadas por un accidente ocurrido unos meses atrás. La misma sensación paradójica que me había angustiado en el coche me atormentaba mientras me acercaba a la puerta del sótano del edificio: deseaba tener aire suficiente en los pulmones para poder llegar hasta ahí y, al mismo tiempo, anhelaba no llegar nunca. Pero, pese a mis deseos, el pavoroso momento había llegado, estaba frente a la puerta abierta del apartamento; había que bajar unos siete escalones antes de poder ver el interior del lugar.
Me quedé parado, suplicando al cielo por valor, inmóvil, sudoroso, sintiendo frío en la carne bajo la piel. Un ataque de esta maldita fobia que imité de ella me impedía entrar a verla. ¿Cómo podría entonces convencerme de que aquella mujer fallecida la noche anterior no era en realidad mi amada? Necesitaba entrar y verla con mis propios ojos.
En esta agonía estaba cuando vi llegar a tres personas: Carolina, a quien había visto una sola vez, y Ricardo y su esposa, que acompañaban a su hija. Los tres tenían cara de estar pasando por una terrible ansiedad, estaban allí para constatar lo mismo que yo. Sentí que sus miradas me culpaban, y al mismo tiempo eran como amenazas; si es que acaso era cierta toda aquella desgracia yo sería el único culpable. No sabiendo cómo defenderme agaché mi rostro evitando mirarles a la cara; pero mi conciencia se unió a ellos condenando a mi espíritu a un sentimiento de congoja casi inaguantable.
Carolina me pidió de forma poco amable que me quitara de la puerta para que ella pudiera entrar al lugar donde los cuatro queríamos llegar. Lo intenté, pero no lo conseguí. Ricardo sintió compasión de mi situación física y me sujetó del brazo derecho, ayudado por su esposa, que me tomó del izquierdo con sus dos manos y, entre los dos, me ayudaron a bajar los escalones lentamente; mi pierna fracturada y mis miedos no me permitían dar más que un paso a la vez.
El aire ahí dentro olía a cosas sin vida, cada vez era más difícil caminar. De pronto comencé a escuchar las voces de varias personas argumentando algún asunto y, con cada paso lento que daba, se volvían sus palabras más claras a mi oído; habíamos llegado a la habitación.
Después de solo unos segundos ahí instalado, quedé completamente sordo y la visión me falló. Todo aquello me desestabilizaba, como si una enorme nube negra de pronto me impidiera ver con claridad.
«Respire profundo». Logré escuchar cómo una mujer del grupo de paramédicos que estaban ahí pronunciaba estas palabras mientras me ayudaba a sentarme en una silla que retiró de un viejo escritorio. Después de un par de inhalaciones profundas y dos tragos de agua que me obligaron a beber, la nube negra desapareció de mis ojos.
En silencio observé la reacción que tuvieron al ver el cadáver las tres personas que habían llegado al lugar conmigo. «¡Ay, mi Dios!», exclamé en mi interior, mis fuerzas no eran suficientes para permitirme pronunciar ningún sonido. Mi cuerpo desistió de continuar en pie y cayó desmayado al suelo.
Primera Parte
Primer diario de Helena Pentz
Soñar o estar despierta son realidades de dos mundos diferentes entre los que me encuentro perdida.
Si despierto, veo mi mundo en color gris, no hay imagen alentadora que permanezca en mi mente un poco más que solo un parpadeo, no hay sonrisa que me dure más de cinco segundos, no hay olor que refresque mis recuerdos y no hay sabor que endulce esta bebida diaria de pérdida, soledad, abandono, dolor y confusión. En cambio, cuando estoy soñando, y es que ahora mismo no sé si lo estoy, no sé si mi presente es un sueño de los malos —los comúnmente llamados pesadillas— o es mi realidad este sueño alucinante del que aún no he despertado, no lo sé. Por esto considero una buena opción relatar mi historia antes de abandonar definitivamente uno de los dos montes sin suelo en los que ahora camino.
Mi nombre es Helena Pentz, mi bandera ya son trozos de muchas otras que mis ojos vieron flamear en cierto tiempo de mi vida. Cuando toda mi locura comenzó, había vivido solamente un año de la etapa de adultez, y aún seguía siendo difícil comportarme como tal. De las cosas que hace la gente mayor, la que menos deseaba obedecer me fue impuesta por mis padres y la que más anhelaba era solo un derecho que a una dama no le era permitido ejercer. Debía casarme y como señorita de una familia decente la oportunidad de elegir mi propio destino no me pertenecía y no era algo negociable bajo ninguna circunstancia. Una decisión de mi padre jamás podía ser apelada, un solo intento de hacerlo bastaba para ser cortada de su árbol genealógico. Fue entonces cuando pensé en huir del lugar donde nací porque allí no me era posible gozar del mayor privilegio que puede tener un ser humano: ser libre.
Entre otras muchas libertades, yo quería libertad para amar —sí, para amarlo a él y solamente a él —, pero me fue negada. Entonces, en medio de aquella dificultad y añoranza, descubrí mi propia grandeza.
Yo era una joven sin experiencia alguna, más que la de ser la buena hija de unos padres convencionales, embrujados con insensibles tradiciones de un pueblo que poco a poco se ha ido desintegrando. Y, ¡ay, de los que permanecen en su territorio!, imposible les es soñar con librarse del yugo de las costumbres arcaicas.
Los miedos sin superar de mi infancia me hacían temer a la oscuridad, pues para mí era sinónimo de muerte, y la muerte era un pensamiento escalofriante y perturbador que me atacaba frecuentemente. También tenía miedo de sonrisas desconocidas, desconfiaba hasta de la apariencia más inocente. Temía a los monstruos asesinos de los mares, al ruido colérico de la lluvia y a muchas otras cosas infantiles que habitaban en mi cabeza; y, aunque he olvidado algunas de esas cosas, aún recuerdo aquellas personas, aquellos lugares y recuerdo, detalle a detalle, ese día y esa voz diciéndome:
—¡Estás loca! ¿Pero cómo vamos hacerlo? No es posible, no hay forma de hacerlo —Su voz recia intentaba susurrar, temiendo que alguien más escuchara aquella alocada idea que acababa de oír. —No sé de qué cielo me ha caído esta idea —insistí—, pero ¡sé que es una idea grandiosa! Realmente es posible escaparnos de este lugar, es posible, es posible… —gritaba mientras daba vueltas sin parar mirando hacia el cielo.
Cuando me cansé, me detuve e intenté normalizar mi respiración y aquietar el corazón que me latía con fuerza, aunque los latidos no se debían solo a la agitación provocada por las vueltas, sino también a sus ojos dormilones y traviesos que me miraban de arriba abajo.
En un momento certero, Walter y yo nos miramos, estábamos frente a frente, nuestros cuerpos solo se separaban por un par de centímetros abusivos que impedían el contacto con la carne más deseada. Recuerdo la curiosidad con la que él observaba mi pecho mientras yo inhalaba y exhalaba agresivamente, movimientos que parecían un coqueteo descarado, insinuándole lo prohibido. Luego me escaneó la figura por debajo del vestido. Yo me deleitaba en su sonrisa, sintiendo ganas de sentir su boca, sus manos, quería robarle su quietud y hacer que su corazón latiera como el mío en aquel momento; y como si hubiese entendido lo que estaba pensando, él correspondió mis deseos. Fue una noche de agitación mutua, uno de los últimos y más hermosos recuerdos que me llevé del lugar de mi juventud.
Como si fuese una maga con poderes ilimitados para cambiar mi completa realidad, un día de un mes cualquiera me encontré en medio de un grupo de muchas personas que presenciaban un evento en Corea del Sur: había griegos, filipinos, canadienses, latinoamericanos y, por supuesto, muchos coreanos. ¡Había logrado escapar! La algarabía de aquel acontecimiento era para muchos de los que integraban el grupo algo antes ya visto. En cambio, para mí, era la primera vez que mis ojos presenciaban algo tan increíble: ¡Un buque recién construido que por primera vez es echado al mar! Su nombre era Capitán Michael y era enorme. Aún puedo sentir el miedo paralizante que me atravesó cuando llegó la hora de abordarlo.
«Esta podría ser la última vez que pise tierra firme», pensé mientras me encomendaba a Dios. Di los primeros pasos hacia la pasarela y me quedé en una esquina, tratando de ser la última en subir, mientras buscaba el valor para hacerlo. Con la garganta seca observaba a los demás subir de uno en uno. Empecé a sentir el hormigueo en las manos, la cara y los pies, que me sobrecogía cuando presentía algún peligro. «Mis sueños y la vida misma podrían quedar truncados si subo a esta nave», pensaba mientras peleaba con mi voz interna que insistía en buscar enemistad con mis deseos de libertad. Algunos de los que en el grupo estaban se ofrecieron ayudarme a subir la pasarela; el pánico debió de ser bastante visible en mi cara. Sin embargo, rehusé a empezar mi travesía mostrándome débil, cobarde; así que me inventé el valor y, aunque casi arrastrando las rodillas, logré mi objetivo solo con la ayuda del avemaría que repetía mentalmente como una cotorra mientras trepaba aquellos escalones blancos.
Una vez a bordo, me repuse de los temblores en las piernas y me dediqué a matar mi curiosidad recorriendo el buque de lado a lado y de arriba abajo. Todo el interior olía a pintura fresca, por sus pasillos había personas chocando unas con otras. Vi muchas cosas desorganizadas: ollas en el piso, escobas sin estrenar, colchones aún cubiertos con el plástico y sus sellos, maletas por aquí y por allá... Después de recorrer los lugares que me estaban permitidos en ese momento, tuve la impresión de que, una vez terminado el arduo trabajo que llevaría organizar todo aquello, el Capitán Michael podría ser un lugar confortable.
—Tú nueva casa —me dijo mi voz interna.
La tristeza me invadió el pecho cardíaco descompasándome el corazón. Recordé que ya no tenía un hogar y pensé en los miles de kilómetros y la inmensidad de aguas que me separaban de Walter, me era difícil entender cómo era posible que el amor que sentía por él me hubiera llevado a hacer semejante locura; pero fue precisamente por aquellos años cuando llegué a tener conciencia de que el amor era el único sentimiento mayor a mis miedos, y mi mayor miedo era vivir sin su amor, pues era este el calmante más eficaz para sosegar mis fobias.
Y aunque ahora mismo mi mente está extraviada entre Mhontí y el planeta Tierra, puedo asegurar que estos fueron los acontecimientos ocurridos antes de ese día en Corea del Sur.
Tenía ya fecha de matrimonio, pues mis padres, como parte de un convenio, me habían ofrecido en matrimonio a un «fatul». El mero hecho de pensar en tal hombre como marido me ponía casi a reventar de indignación. «¡Es una injusticia!», le reclamaba al viento con un sentimiento de impotencia que me hacía sufrir. Y es que este hombre era viejo e insoportable, había enviudado muchos años atrás y no se había visto en la necesidad de casarse de nuevo, pues su condición económica y su poderosa influencia en el pueblo lo capacitaban para poseer a cualquier mujer que le apeteciera. No solo era famoso por sus múltiples negocios, también era un popular rompecorazones que daba la gloria a sus amantes por un tiempo, hasta que las cambiaba por otras más jóvenes o más hermosas y las abandonaba en un infierno de críticas y señalamientos con los que tendrían que cargar toda la vida, ya que los habitantes de mi comarca no olvidan fácilmente y los amoríos son su tema favorito. Era, además, sucio de mente y de apariencia, y detestado por la mayoría de las personas en el pueblo, a excepción de aquellos que recibían algún favor de él, casi siempre monetario. En esa escasa lista se encontraba mi padre, a quien daba limosnas a cambio de lo mejor de su pesca cuando tenía antojos de mariscos todavía vivos, pero fuera del agua. Había logrado acumular dinero haciendo este tipo de negocios injustos con los más humildes y necesitados, quienes daban sus mejores trabajos por escasas monedas que no representaban nada para este fatul, pues con astucia comercial sabía recuperarlas por duplicado o, a veces, triplicado en la venta de los productos y servicios que negociaba en toda la comarca. Era conocido por los de mejor condición económica como un «genio en los negocios», para mí era solo un estafador.
Cuando mi madre estaba a punto de dar a luz al último de mis tres hermanos, tuvo complicaciones en el parto que casi la llevan a la tumba, así que mi padre se vio obligado a pedir ayuda al único con la capacidad de darle todo el dinero que necesitaba en ese momento. El señor estafador aprovechó la emergencia familiar y, a cambio del dinero que le salvaría la vida a mi madre y al nuevo miembro de la familia, en lugar de exigir altos intereses que obligarían a mi padre a ser su deudor hasta el final de sus años, como había hecho con otros en el pueblo, mientras nos subíamos a su coche de lujo le dijo:
—Celebraremos la boda en cuanto su esposa y su hijo estén recuperados.
Temí preguntarle a mi padre en ese mismo momento a qué boda se estaba refiriendo aquel maloliente hombre, pero no lo hice y no fue necesario hacerlo. Cuando llegamos al hospital, mi padre se adelantó para entrar a ver a mi madre, que esperaba en una camilla a ser ingresada a la sala de operaciones, y me dejó asolas con el fatul, que me dijo:
—Soy un conocedor de negocios y también de mujeres, puedo decir que soy afortunado en el amor. Desde que mi esposa falleció he recibido muchos ofrecimientos para tomar en matrimonio a mujeres puras y, según sus padres, de buenos valores morales que yo mismo he comprobado que dejan de ser tan buenos cuando tienen un par de billetes en su mano, razón por la que continuo soltero; pero mi buen ojo sabe reconocer algo valioso a primera vista, soy exitoso en mis negocios porque soy muy buen observador, en un solo contacto descubro la calidad de lo que otros fabrican y que ellos mismos aprecian muy poco al venderlos por cantidades miserables. En tu caso, aunque sea esta la primera vez que nuestros ojos se encuentran, debo confesar que tu belleza distinta me ha embrujado de inmediato y confío lo suficiente, quizás demasiado, en mi buena experiencia, que jamás ha sido burlada por un mal juicio sobre algo o sobre alguien. Sé que serás una buena esposa para mí, tú complacerás mis deseos y yo cumpliré hasta el más mínimo de los tuyos, cualquiera que pudieras tener.
No creo que sea desgaste de memoria el no tener recuerdos de haber hecho nada contrario a la voluntad de mi padre en mi adolescencia, pero al verme sin opciones de vivir —estaba segura que moriría el mismo día de mi boda, si es que acaso la dejaba acontecer—, comencé a planear el acto de insubordinación que le daría a mis padres todos los dolores de cabeza que les había evitado durante muchos años.
Cada día me acostaba buscando cualquier diminuta alternativa para evadir mi destino. Una noche en la que me resultaba imposible dormir encontré al fin una grieta que tal vez podría transformar en una ruta de escape hacia un mundo diferente para mí: marcharme de mi pueblo en el pequeño bote pesquero que llegaba a nuestra playa frecuentemente. Era la opción perfecta ya que el dueño de aquel bote era un buen amigo mío y tenía la certeza de que estaría dispuesto a darme la ayuda que tantas veces me ofreció y, aunque lo que iba a pedirle no era precisamente el tipo de ayuda a la que él se había referido en ocasiones anteriores, tenía esperanzas, ya que hasta ese día jamás me había negado nada.
Desde niña continuamente tenía sueños trágicos y dramáticos, y esa noche, en el instante que logré dormir, tuve uno de ellos.
En el patio trasero de la iglesia de mi pueblo, se encontraban reunidos un grupo de hombres; entre ellos mi padre y el pastor de la iglesia. Habían excavado un foso con no pocos metros de profundidad, me obligaron a entrar en él con órdenes de acostarme y cruzar los brazos. Yo me negué hacerlo quedándome en pie, luego miré como uno de ellos comenzó a tirar tierra sobre mí con la pala que sujetaba en sus manos y grité horrorizada porque sabía que estaba siendo enterrada viva. Suplicaba con desespero y agonía ayuda a mi padre gritándole: «No estoy muerta, déjame salir». Pero él solamente pronunció estas palabras que jamás olvidaré: «Debes sentirte orgullosa de cumplir con las tradiciones de tu padre».
Desperté ahogada en mi propio llanto, sacudiéndome con desespero la tierra que pensé que tenía por todo mi cuerpo; temblaba y mi corazón latía tan aceleradamente que me causó un dolor terrible en el pecho que permaneció por muchas horas.
«Fue solo una pesadilla», me dijo mi madre intentando calmarme. Pero yo sabía que aquel drama irreal tenía un octavo de verdad. Sabía que mi padre era un hombre fiel a sus promesas y a sus costumbres, aunque estas a veces fueran inhumanas. Como era inhumana su determinación de darme en matrimonio a quien él mismo consideraba un tramposo timador y de quien yo no soportaba ni su nombre. Las dudas que me mantenían todavía en aquel lugar desaparecieron completamente después de aquella pesadilla imborrable.
Siguiendo un plan infantil y motivada por la certeza de que sería, de alguna forma, enterrada viva por mis padres, les dije adiós en silencio. También me despedí de mi mejor amiga Joanna, no le dije que ese era un adiós que quizás sería para siempre, pues sabía que me extrañaría como yo a ella, era una de mis personas favoritas en el mundo, podía pasar horas y horas en su compañía y nunca era suficiente. Era dulce y su energía me inspiraba ternura, si fuese posible el amor sin un orden que cumplir creo que la hubiese elegido para ser mi compañía eterna.
De mi amado Walter no me fue posible despedirme, el valor no me alcanzaba para hacerlo. Lo vi un día antes de partir, tuvimos una conversación corta, pero emocionante y divertida; como si el juicio nos faltara, nos reímos a carcajadas imaginando la reacción de mi padre al enterarse de mi desaparición, casi podíamos verlo mugiendo como un toro furioso, mientras me buscaba por todos lados de la comarca. Para cerrar con broche de oro el espectáculo de aquel circo mental en el que estábamos, nos fuimos al suelo en un ataque de risa al imaginar la cara del fatul analizando las fallas en sus predicciones de que yo sería una buena esposa; su buen ojo y su mal habida experiencia le habrían fallado esta vez. Una vez agotamos la risa, nos emocionamos hablando del futuro. A mí me alentaba saber que él creía en mi capacidad para lograr contravenir nuestro destino. Su confianza en mí y nuestro panorama del mañana eran lo más importante en mi equipaje.
Unas cuatro prendas de vestir eran todo lo que llevaba en una mochila cuando, a bordo del decadente barco pesquero, le dije adiós a mi playa. Esa fue la última madrugada en el hogar de mis padres.
—¡Oye, niña, despierta! —me dijo el señor Morris.
Dormir era a veces un escape a mis fobias, yo amaba mi playa desde tierra firme, pero mientras nos adentrábamos en las profundas aguas empecé a pensar en la muerte, así que me eché a dormir para soportar, de la forma más valiente que podía, las horas de viaje que tendríamos que navegar.
Este señor era un extranjero que tenía ya algunos años viviendo en suelo centroamericano, a unas horas de distancia de mi hogar. Vestía siempre pantalones cortos, camisetas desteñidas por el uso y sandalias semiabiertas que ya habían marcado su estructura en la piel colorada de sus pies. Se protegía del sol con una gorra que jamás olvidaba en casa, esta tenía en la parte de enfrente una bonita bandera de barras y estrellas de cinco puntas. Era viejo y noble, solía juzgar fuertemente las tradiciones de mi gente.
La comunidad indígena donde crecí ya era para el tiempo de mi nacimiento una tierra libre de la esclavitud ejercida en épocas pasadas por los conquistadores españoles; los hombres habían logrado zafarse de ella, sin embargo, las mujeres seguían viviendo en condición de «esclavas» de sus hombres. El señor Morris esperaba que algún día nos libráramos de todas aquellas costumbres abusivas que cegaban a un pueblo entero impidiéndoles ver una manera de vivir diferente de un estilo de vida machista, antiguo y estático. Supuse que esa fue la razón por la que no se negó ayudarme a llegar hasta el puerto principal de la capital.
—Ten mucho cuidado allá afuera. Eres muy valiente, pero duda lo suficiente para no confiar demasiado en quien no debes —me dijo mientras me daba unos billetes y un par de cosas que pensaba que iba a necesitar en mi viaje.
El señor Morris se preocupaba decentemente por mí, sus deseos de protegerme, escucharme y aconsejarme eran cosas que me habría gustado recibir de mi padre. Siempre pensé que él era distinto a los hombres de mi comunidad porque había venido de un país extraño, donde quizás a los hombres los educaban para tener más sensibilidad, sobre todo con las mujeres. A él le gustaba comparar a mi pueblo con el suyo, decía que en su tierra las personas eran libres y me contaba sobre todas las locuras que su gente hacía viviendo en libertad. Sus historias endulzaban mis oídos y hacían vagar mi imaginación de niña en la que tantas veces me vi a mí misma siendo tan libre como un ave. Me dio también un abrazo tierno, más tierno y compasivo que los que recibí alguna vez de mi propio progenitor.
Después de despedirme de mi querido amigo Morris, caminé sin rumbo durante horas. La tarde parecía estar acabando, comencé a sentir los latidos de mi corazón golpear las paredes de mi estómago y, a pesar de ser un día caluroso, recuerdo haber sentido un frío que helaba hasta mis huesos. Era la primera vez fuera de mi hogar.
Me senté en una esquina sobre un viejo cajón plástico a descansar mis pies. Después de intentar ubicar con la mirada un lugar donde conseguir agua, vi mi sombra y justo entonces me di cuenta que estaba sola en una ciudad desconocida. Mi disparatado plan de escape acababa al llegar al puerto principal, en ese momento no sabía en cuál de los puntos cardinales se encontraba la tierra de la libertad, ni siquiera sabía en qué punto me encontraba yo misma.
Walter, mi madre, el fatul, la libertad… ideas, sentimientos y emociones me quemaban por dentro mientras caminaba como un zombi de vuelta al puerto, un tanto decidida a regresar al lugar del que había escapado un par de horas antes. Entonces, de repente, el ruido de una hoja seca en mi zapato encendió una chispa de conciencia: ya era de noche, había pocas probabilidades o ninguna de que a esa hora pudiera encontrar alguien que me llevara de vuelta a mi playa, así que necesitaba un lugar donde pasar la noche. De otro modo, mis miedos acabarían conmigo antes del amanecer.
A unos cuantos metros, un hombre se acercaba a mí; podía ser un alma buena o un ser con maldades ocultas, podía ser ambas cosas. El nerviosismo casi me impedía dar pasos seguros, así que pensé rápidamente en ignorar su presencia y seguí caminando mirando hacia el suelo; pensé que de ese modo él tampoco me observaría. Después de quedar en línea recta y a una corta distancia de él, me apresuré a dar unos cuantos pasos más hasta quedar a sus espaldas, luego volteé mi rostro hacia atrás intentando ver la cara de aquel hombre y, para mi sorpresa, él hacía lo mismo. Al ver que me miraba, le dije un «hola» casi espontáneo, a lo cual él respondió con un saludo de mano y volvió a su camino. Yo me quedé pausada con la mente en blanco y él, como inspirado por el cielo, se detuvo de nuevo, se volteó hacia mí y me preguntó:
—¿Estás bien? ¿Por qué caminas sola a esta hora?
