Mi esquizofrenia - Klaus Gauger - E-Book

Mi esquizofrenia E-Book

Klaus Gauger

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Beschreibung

"En febrero de 1994, sobre las tres de la madrugada, perdí por completo el control. Tuve un ataque de pánico porque creí que detrás de las paredes de mi cuarto había micrófonos. Al ver lo ocurrido y el estado en que me encontraba, mis padres no pudieron hacer otra cosa que llamar al médico de urgencias. Este llegó enseguida, y con él la policía." Klaus Gauger, nacido en 1965, sufrió durante veinte años de esquizofrenia paranoide. Con un intenso historial clínico que incluye varios tratamientos de ingresos forzosos, Gauger ha podido librarse de los síntomas. Este libro es fruto del balance de su profunda experiencia con la enfermedad. Escrito con una narrativa implacable y un lenguaje ágil, esta obra presenta una excelente visión y descripción de la propia experiencia en el proceso de tratamiento de la psicosis paranoide. Su lectura ayudará al lector a obtener una comprensión de la enfermedad en sí misma y de los daños colaterales que acarrea (exclusión social, efectos secundarios irreversibles de los tratamientos, frustración por la falta de empatía de más de un médico, etc.). El poderoso testimonio que Gauger nos ofrece es, además de un interesante y cautivador relato, un alegato para tratar esta enfermedad con comprensión y resolver los problemas que aún tiene pendiente la sociedad y la medicina con estos pacientes.

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2019

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KLAUSGAUGER

Mi esquizofrenia

Traducción deCarmen Gauger

Herder

Título original: MeineSchizophrenie

Traducción: Carmen Gauger

Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

© 2018, Herder Verlag GmbH, Friburgo de Brisgovia

© 2019, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4289-6

1.ª edición digital, 2019

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

PRÓLOGO Jorge L. Tizón

VOLANDO SOBRE EL NIDO DEL CUCO

FUNESTA RESEÑA DE UN CONCIERTO

DEJAD TODA ESPERANZA

RECAÍDA PROGRAMADA

MI ESQUIZOFRENIA RESURGE CON FUERZA

TREGUA PASAJERA EN EL CAMINO DE SANTIAGO

CARTAS DELIRANTES

¿QUIÉN ES MARTIN HEIDEGGER?

EL INFLUYENTE BLOGUERO MENTAL

PERSECUCIÓN CIBERNÉTICA

PESE A TODO, UN HOMBRE FELIZ

A LA DESESPERADA POR ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ

LA VUELTA AL MUNDO EN CIEN DÍAS

HUESCA: UNA FELIZ CASUALIDAD

REGRESO A LA VIDA

EPÍLOGO

POSFACIO Hans-Martin Gauger

APÉNDICE. CUMPLIMIENTO E INCUMPLIMIENTO DEL PACIENTE ESQUIZOFRÉNICO

BIBLIOGRAFÍA

Con-Vivir con la psicosis

JORGE L. TIZÓN

Este libro de Klaus Gauger —que se enmarca en la parte de la colección 3P dedicada a describir las experiencias y vivencias acerca del trastorno psicótico y sus consecuencias— representa una oportunidad para que quien lo lea pueda acercarse a esas dificultades humanas desde una perspectiva más integral, más global, que es en último término el objetivo fundamental de la colección. Además, porque puede resultar especialmente útil a aquellas personas con sufrimientos psicóticos y sus familiares. Sin desdeñar, desde luego, su posible utilidad para los profesionales de los servicios sociales, comunitarios y, por supuesto, para especialistas de los medios de comunicación, planificadores y políticos.

Si hace unas décadas, para quien quería adentrarse en el conocimiento de las vivencias de las psicosis, los libros La esquizofrenia incipiente de Konrad,1ElYo dividido de Laing2 o El delirio, un error necesario de Carlos Castilla3 representaban una puerta de entrada, el libro de los Gauger (pues en él participan varios miembros de la familia) sin duda significará lo mismo en estos años y en el futuro.

Desde ya quiero indicar uno de los valores del libro que, al menos de entrada, tal vez no sea tenido muy en cuenta: se trata de su valor narrativo. Sin faltar a la veracidad, su principal valor. Su escritura indica una cierta técnica narrativa y literaria, a la que seguro no es ajeno Klaus, por sus estudios y formación, y tal vez también por la de sus padres. Por eso, el libro puede ser recomendado incluso como una novela (dura y realista), como la narración de un viaje. Ciertamente de un viaje «iniciático», al estilo de tantas publicaciones «antipsiquiátricas» sobre la «locura» y la «metanoia»;1 como uno de esos viajes estimados y narrados de la Generación Beat, bien conocida por Gauger… En muchos momentos el lector podrá sentirse inmerso en las peripecias (internas y externas) de Klaus y deseoso de saber cómo sale de algunos atolladeros y continúa con su viaje.

Ese es tan solo uno de los valores, uno de los resultados que Gauger ha logrado con su arrojo al escribir sobre estos temas, sobre su propia «esquizofrenia». Y como preámbulo a las páginas que siguen, quiero decir que, para mí, la narración de Klaus posee también otros valores que tal vez unos lectores perciban, aunque otros probablemente no logren hacerlo. Al agruparlos, con ello trato de contextualizar el libro, algo que me siento obligado a hacer como prologuista de cada volumen de la colección 3P.

A nivel técnico valoro, como profesional, la utilidad que puede tener el libro para los sujetos en sufrimiento psicótico o que temen padecer ese sufrimiento ellos mismos o por parte de sus familiares y allegados, pues describe muy bien en qué consiste la psicosis paranoide o al menos esa evolución que suele rotularse como «esquizofrenia paranoide». Como profesionales interesados por la prevención y los cuidados precoces en salud, y como ciudadanos solidarios, algunos pensamos que para los cuidados preventivos, para los cuidados precoces, es fundamental conocer de cerca, «desde dentro», en qué consiste la psicosis. Por un lado, para que no siga siendo en nuestras sociedades supuestamente desarrolladas una «compañera repudiada».4 En consecuencia, para una renovación de su tratamiento o cuidados, que han de basarse en la atención comunitaria, pero integrando varios sistemas de cuidados «adaptados al sujeto y su familia en la comunidad»: lo que nosotros llamamos el Tratamiento Integral Adaptado a las Necesidades de la Familia en la Comunidad (TIANC),5 siguiendo las ideas del modelo escandinavo NAT (Need Adapted Treatment), desarrollado por nuestros amigos y coautores de esta colección Yrjo Alanen,6 Johan Cullberg y Jukka Aaltonen.6,7. Por eso hemos incluido en la colección títulos como el de Hardcastle et al. sobre las vivencias en los ingresos psiquiátricos;8 el de Williams, acerca de las vivencias del sufrimiento mental grave en la infancia;9 el de Jackson y Magagna, sobre el sufrimiento psicótico en personalidades excepcionales;10 o el de Saraceno,11 que en último término trata del sufrimiento y las contradicciones de los planificadores de la salud mental.

Como consecuencia de esa transmisión veraz de la experiencia y de las vivencias de la psicosis paranoide, pienso que el libro de Gauger puede poseer además un valor pragmático no desdeñable: servir como ayuda al autodiagnóstico, al autoconocimiento del sujeto con crisis psicóticas y de su familia, algo que después puede complementarse con sistemas o herramientas más influenciados por los conocimientos científico-técnicos actualizados. Me refiero a procedimientos como los que describe Morrison en esta colección12 o yo mismo en dos de los volúmenes5,13 orientados todos ellos a la autocomprensión del sujeto con psicosis y su familia.

A nivel técnico, para los profesionales que lean este libro puede representar, estoy seguro, una visión o perspectiva más vivencial de la psicosis y la esquizofrenia que la que suelen darles durante su formación en gran parte de los países «desarrollados» del mundo. A menudo, tal formación y entrenamientos se hallan consciente y voluntariamente alejados de las vivencias de estas personas y de la comprensión y empatía con ellas, como una y otra vez lo remarcan aquí tanto Klaus como su padre. Aunque ellos no lo digan así, en último término están reivindicado también la utilización de otros modelos de psicopatología y psiquiatría. En particular, de una psicopatología que tenga en cuenta las relaciones humanas, tanto en sus teorías como en sus prácticas; de una psicopatología basada en la relación, trabajo al que hemos dedicado los últimos años.15 Para los profesionales de formación más biologista o incluso biocomercial podría serles de gran utilidad personal acercarse a estas vivencias. Pero hay muchos profesionales y técnicos comunitarios que, con este libro, podrán ilustrarse sobre otro aspecto de ese trastorno y de sus repercusiones sociales: percibir el verdadero poder, las grandes capacidades intrusivas, organizadoras y al mismo tiempo desorganizadoras de la delusión, del delirio paranoide, así como de los mecanismos que dan lugar al delirio paranoide: la des-integración del self, de la identidad, el poder de la proyección, la des-identificación por proyección, la escisión y la disociación, de los aspectos maníacos y disruptivos del delirio paranoide no confrontado, tratado o contenido…

La narración de los Gauger cumple, a mi entender, otro papel sumamente interesante: nos sirve para rastrear la ideología que rodea aún hoy a las psicosis, incluso en las clases acomodadas y cultas europeas. En el libro, Klaus Gauger, a pesar de sus sufrimientos, y en parte por ellos, muestra directamente todo el poder de la ideologíabiocomercial sobre nuestras sociedades: en su conside­ración de la «esquizofrenia» como una «enfermedad» y no, por ejemplo, como «una reacción humana extrema ante dificultades biológicas, psicológicas y/o psicosociales extremas»13 o incluso un trastorno biopsicosocial resultado de una psicosis mal tratada;14 en su hipervaloración de las psicofármacos, que a veces considera la única terapia, pero que en numerosos momentos de su vida rechaza; en su desvalorización de la psicoterapia y las ayudas psicoterapéuticas que, sin embargo, busca en decenas de ocasiones… Toda una serie de temas que al lector asiduo de esta colección pueden parecerle contradictorios con muchos otros volúmenes que forman parte de ella. Sin embargo, como he insistido en varias ocasiones, nuestro conocimiento de la psicosis sigue siendo hoy tan primitivo que no podemos desdeñar ninguna de las perspectivas, ni soslayar un escrito porque utilice términos que no sean los nuestros o que incluso estén siendo criticados por investigadores y autores internacionales.14 Lo realmente importante es lo que los autores transmiten y que ello nos proporcione una mayor cercanía, bien vivencial, bien teórico-técnica, a las psicosis y a sus consecuencias.4

Porque el gran valor del libro, o al menos el motivo fundamental por el que lo hemos incluido en nuestra colección, es su poder ilustrativo: desde las propias experiencias y vivencias, la familia Gauger nos recuerda frecuentes errores que deberíamos desaconsejar o no cometer en tales situaciones. Puesto que ya los he tratado ampliamente en otros libros sobre el tema incluidos en la colección 3P,5,13 permítanme nombrarlos aquí al menos de entrada con los términos que allí utilizo (que son míos y no de Gauger, desde luego): los «principios pragmáticos» del «mas fuele peor»; la necesidad de la ayuda sistemática a la familia en varios ámbitos y, entre ellos, en sus sentimientos de culpa; el «pacto a tres bandas»; la importancia de la relación simbiótico-adhesiva y los efectos contraproducentes de no tenerla en cuenta desde sus primeras manifestaciones; la importancia de atender con juicio de realidad (que, por definición, está alterado en el paciente con psicosis) al mundo externo y, entre otras cosas, al trabajo y al tipo de trabajo, al dinero y su regulación, a la higiene, al ejercicio físico, a las drogas, a la correcta alimentación.

Vayamos por partes. Con el «principio de mas fuele peor» me refiero, siguiendo nada menos que a Francisco de Quevedo,16 a la frecuente ilusión, megalomaníaca y peligrosa donde las haya, de que con un viaje, un cambio de residencia, una ruptura «decisiva» en los ámbitos afectivos, eróticos, económicos, geográficos u otros, es decir, cambiando de lugar y posición externa, va a «curarse» la «enfermedad».1 Es difícil que haya un paciente o la familia de un paciente con un trastorno mental grave que, en su desesperación o exasperación, no haya pensado eso mismo, o que incluso lo practique. Gauger es un ejemplo casi extremo: más de una decena de viajes, por buena parte de los países de Europa central y meridional, Estados Unidos, Canadá, Japón… Y varias veces a punto de entrar en países realmente peligrosos para un sujeto psicosocialmente vulnerable como son algunos de Extremo Oriente o de América. Con todo, es una tendencia tan marcada en estos sujetos y sus familias, que puedo asegurar que no es el caso de viajes más extremos que he visto, con ser uno de ellos. Puedo asegurar que, en mi experiencia, he encontrado personas que han viajado aún más y de forma más arriesgada, incluso en pleno episodio psicótico. El problema, como bien lo muestran Klaus y su padre, es que esas son esperanzas ilusorias, casi delirantes, basadas en procesos mentales proyectivos y disociativos que, por lo tanto, es difícil que traigan algo diferente a complicaciones y empeoramientos.

Ciertamente, para quien no haya convivido de cerca con la psicosis es asombrosa la capacidad de estos pacientes para, como suelo decir, «vivir en los intersticios de la sociedad». Es algo que Klaus muestra con claridad: viviendo semanas en cibercafés, en restaurantes de comida rápida, en estaciones de trenes, de autobús o en aeropuertos, durante trayectos en Greyhound por Estados Unidos, en parques, hoteles y hostales de toda clase en todo tipo de barrios, en sus tres «caminos de Santiago», etc. Pero no hay que idealizar esa realidad: supone graves peligros, graves sufrimientos y es una muestra de la «necesidad y capacidades de salir adelante» de algunas de estas personas y, al mismo tiempo, de su tendencia a la desconfianza extrema y al aislamiento social. Klaus explica muy bien y en repetidas ocasiones los pensamientos y las emociones que lo llevaban a ello. Pensamientos y emociones que él vivió en una y otra ocasión en soledad y aislamiento, soportando toda clase de estrecheces y carencias. Como muy bien decía Quevedo, esos «viajes para escapar», esos idealizados «viajes iniciáticos», tienden a suponer antes que un cambio radical y una mejora de la situación (como a menudo sueñan el paciente o su familia), más bien un empeoramiento. De ahí el pesimista «mas fuele peor».

Otro «descubrimiento» de Klaus y su familia, tras largos y tremendos sufrimientos, es la importancia de integrar a la familia en el tratamiento y de ayudarla a soportar y orientarse en esta situación. Como ellos mismos explican a través de su propia experiencia, es una visión reduccionista de la autonomía del paciente, teórica y técnicamente acomodaticia, la que hoy lleva a que muchos psiquiatras y equipos psiquiátricos se refugien en ella para evitar las dificultades que las entrevistas familiares, los grupos familiares y los grupos multifamiliares suponen en estas situaciones. Como no han sido formados para ello ni para las entrevistas familiares (¡qué barbaridad que sea así en la mayoría de los casos!), la tendencia a evitar los duros momentos que acontecen en esos encuadres está hoy muy extendida. Una evitación que puede comprenderse, pero no racionalizarse, desde luego. Porque ese apartamiento de la familia, esa disociación de los allegados, supone un sufrimiento adicional para todos, incluidos los propios profesionales, que se ven privados de otros sentimientos, otras perspectivas, otras aportaciones, y así van viendo cómo sus concepciones de la psicosis se estrechan más y más. Finalmente, eso permite que algunos puedan encontrarse tranquilos «manejando con sistemas simples a enfermos con psicosis» mediante el típico «tratamiento unidimensional»: fármacos y solo fármacos. Algo bien diferente a ayudar al sujeto y a su familia a elaborar, en la medida de lo posible, su psicosis y cada uno de sus episodios, y a encontrar (pocas veces re-encontrar) «un lugar en el mundo». Pero es que el otro tipo de trabajo, orientado a mantener en lo posible las capacidades emocionales, relacionales, sociales y laborales de estas personas puede convertirlas en pacientes más «inestables», más reivindicativos, más autónomos y autogestionados y, por lo tanto, menos «manejables».

En ese sentido, se entiende que se eviten las relaciones con la familia y que los sentimientos de culpa casi omnipresentes en gran parte de ellas hayan sido «marginados» de la asistencia contemporánea con el «brochazo burdo» (disociativo-proyectivo) de «no hay que culpar a la familia». Como hemos explicado en otros lugares, y los Gauger descubren por su propia experiencia, es difícil que no haya momentos en los cuales el sentimiento de culpa no inunde al menos temporalmente esas relaciones familiares. Algo muy diferente es que la familia tenga culpa, sea culpable o sea responsable (moral o legalmente) de una situación tan compleja y multifactorial. Lo que sí existe hoy, al menos en los países «desarrollados», es una culpa y una responsabilidad social por no ayudar antes y mejor a esas personas y a sus familiares y allegados, por la inexistencia o pobreza de una perspectiva de los cuidados basada más en la solidaridad y en la reparatividad13,15 y menos en los principios neoliberales de «tú y tú familia tenéis que poder salir adelante». Como si en estas circunstancias la sociedad no tuviera ninguna obligación ni responsabilidad, cosa que hoy sabemos que no es así.8,11,13 Pero hay quien lo cree así y difunde una difusa ideología, ampliamente extendida, que lo facilita: la ideología «neoliberal» esencialmente negadora de otras perspectivas globales de la sociedad, la comunidad, la humanidad vulnerable en un planeta vulnerable.

El resultado real es que sí se les trata como culpables; como si se les dijera una y otra vez «sois vosotros los que no queréis o no sabéis salir de ahí». Todo un postulado del individualismo neo y pseudoliberal. Por el contrario, algunos consideraremos no solo opcionales sino imprescindibles las «entrevista familiares periódicas», las «ayudas familiares», los grupos psicoeducativos, los grupos multifamiliares, las terapias familiares y grupales…14-21,5,13

Esa imprescindible y necesaria ayuda familiar viene también motivada por la importante colaboración que la familia puede proporcionar para evitar numerosos errores, medicalizaciones, sobredosificaciones medicamentosas o institucionales y, en definitiva, la yatrogenia biológica y psicológica en los cuidados contemporáneos de estos sujetos y sus allegados. Es uno de los motivos por los cuales propongo su participación en los que llamo «pactos a tres bandas» [sujeto-profesionales-familiares] en numerosos momentos de la evolución de las psicosis: en el seguimiento de los síntomas premórbidos y los estados prodrómicos, en la determinación de los factores precipitantes de cada coyuntura, en la prevención de los futuros, en la aceptación de algunas de las modalidades del tratamiento (psicoterapia, farmacoterapia, internamientos…), en el seguimiento de la evolución tras los episodios, en el uso del dinero y los medios económicos, en la vuelta al trabajo… Porque si hay una consecuencia segura de los elementos psicológicos fundamentales de una psicosis (entendida como la des-integración del self pareja a la des-integración progresiva con la realidad externa) son las alteraciones del «criterio de realidad».3,5Y en ese sentido, poco criterio de realidad posee una asistencia que no es capaz de tener en cuenta las opiniones y percepciones de las personas que conviven y ayudan cotidianamente al sujeto en esas crisis. Una consecuencia: los profesionales conscientes de esta contagiosa pérdida del juicio de realidad, si no les contagia a ellos también, pueden ayudar con «pactos a tres bandas», o con otros procedimientos, a regular por ejemplo el uso del dinero, las tendencias agresivas si existen, la incontinencia de otras emociones, las exigencias delirantes, las exigencias no delirantes pero excesivas, etc., etc., etc.13 Las técnicas de entrevistas y relación que llamamos «las realidades alternativas» o «mudarse al sentimiento» serían algo fundamental a transmitir a esos allegados para que puedan soportar los difíciles momentos que el paciente con delusión crea. Pero, claro está, eso implica que el profesional las conozca y se haya formado en ellas.

Desde luego, hay que pensar que, en estos casos, son «elementos o criterios de realidad» (externa) fundamentales la consideración desde el principio del trabajo (protegido o no) como una de las principales «terapias de la psicosis», la importancia del dinero y su regulación, la importancia de la higiene, del ejercicio físico, la abstinencia de determinadas drogas y el uso prudente y subordinado al tratamiento global de la medicación, sí como la correcta alimentación.

En definitiva, en este libro los Gauger nos transmiten, a partir de sus experiencias personales de muchos años y en varios países, cuán importante sería una concepción de los cuidados de la psicosis realmente integral, global: la que llamamos TIANC.5,6,13 En efecto, hoy disponemos de más de dos docenas de técnicas o sistemas de ayuda que hay que saber escoger, combinar y adecuar a cada paciente y familia en cada coyuntura y evolución y dentro de la comunidad. No solo fármacos e ingresos. Pero esa consecuencia práctica estaría más subrayada y apoyada si la psicopatología y la psiquiatría de la psicosis partieran de una perspectiva «basadas en las relaciones interhumanas», desde luego; de una perspectiva que tuviera en cuenta la importancia del modelo de relación simbiótico-adhesiva de estas personas15 y los efectos contraproducentes de no tenerla en cuenta desde sus primeras manifestaciones.

Y así, a menudo a borbotones, Klaus va desgranando en su narración el enorme monto de sufrimientos, conflictos y accidentes que a él y a su familia los ha llevado a «descubrir mediante la experiencia» todos y cada uno de los elementos de lo que en otros momentos hemos llamado el «decálogo [familiar] sobre la psicosis».13 Comenzando, desde luego, por la idea de la «parcialidad de las psicosis»: en todos los momentos, incluso en los más agudos o de mayor confusión, el sujeto y la familia conservan «islas sanas», aspectos sanos y capacidades reparatorias. Es tarea nuestra y tarea social saber contactar con ellas y desarrollarlas para ayudar al conjunto (del sujeto y de su medio social). Para ello, y para poder dosificar y a menudo amortiguar conflictos y emociones, diversos sistemas psicológicos profanos, semiprofesionales y profesionales pueden ser imprescindibles, pero con una preparación técnica específica y adaptados a cada momento de la evolución.7,13,14,19 Todo ello no siempre logra evitar los tratamientos más «radicales» o peor aceptados por los pacientes: ingresos, ingresos involuntarios, fármacos neurolépticos depot, pero ayuda a introducirlos en el momento preciso y con mayor cuidado y respeto a la individualidad (a la dañada individualidad) del paciente.

Son formas o vías para mantener la capacidad de contacto emocional indispensable para lograr un nuevo «lugar en el mundo».5,22,23 A él solo puede llegarse manteniendo la esperanza, un sentimiento básico para la vida, también en las psicosis; tanto en el paciente, en su familia como, por supuesto, en los equipos asistenciales. Probablemente es también la esperanza de que hoy ya se puede mejorar la atención a esos conflictos desbordantes lo que ha llevado a los Gauger a comunicarnos estas páginas.Y es lo que puede llevar a los pacientes y sus familias a, justamente, reivindicar medios y sistemas de prevención primaria, secundaria, terciaria y cuaternaria15 más adecuados a nuestros conocimientos técnicos y a un entorno de «democracia real», aun no conseguido.

Esa valoración de lo emocional y de la autonomía y capacidades de autogestión del paciente es algo en lo que tanto Klaus Gauger como su padre insisten, y que tal vez influye en una de las muchas observaciones novedosas e incluso chocantes que incluyen en él: la valoración de la capacidad de contacto (emocional) y de la posibilidad de cuidar real y no retóricamente la autonomía del sujeto; la valoración de un cierto respeto y de capacidades de colaboración con la familia que aprecian más en los servicios españoles que en los de otros países más dotados de medios y técnicas.

En definitiva, el tratamiento o la ayuda real a estos sujetos y a sus familias ha de partir de considerarlos seres humanos también autónomos, por vulnerable y discutible que sea su autonomía; ha de partir de entender la psicosis como un fenómeno personal, una forma de responder a presiones biológicas, psicológicas o psicosociales excesivas para la vulnerable personalidad del sujeto. El estigma social de estos pacientes comienza con las teorías y formas de aproximación que la psiquiatría biocomercial ha difundido masivamente, y no con las respuestas de la población.

Referencias

1. CONRAD, K. [1958], La esquizofrenia incipiente, Madrid, Fundación Archivos de Neurobiología, 1997.

2. LAING, R.D. [1961], El yo dividido, México, FCE, 1964.

3. CASTILLA, C., El delirio, un error necesario, Oviedo, Nobel, 1998.

4. TIZÓN, J.L. [1978], La locura, compañera repudiada, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1982.

5. TIZÓN, J.L., Entender las psicosis. Hacia un enfoque integrador, Barcelona, Herder, 2013.

6. ALANEN, Y., LEHTINEN, V., LEHTINEN, K., AALTONEN, J., RÄKKOLAINEN, V., «El modelo finlandés integrado para el tratamiento de la esqui­zofrenia y psicosis afines», en Johannessen, J.O., Martindale, B.V., Cullberg, J. (eds.), Evolución de las psicosis. Diferentes fases, diferentes tratamientos, Barcelona, Herder, 2008.

7.JOHANNESSEN, J.O., MARTINDALE, B.V., CULLBERG, J. (eds.), Evolución de las psicosis. Diferentes fases, diferentes tratamientos, Barcelona, Herder, 2008.

8.HARDCASTLE, M., KENNARD, D., GRANDISON, S., FAGIN, L., Experiencias en la atención psiquiátrica hospitalaria. Relatos de usuarios del servicio, cuidadores y profesionales, Barcelona, Herder, 2009.

9. WILLIAMS, P. El quinto principio. Experiencias en el límite, Barcelona, Herder, 2014.

10. JACKSON, M., MAGAGNA, J. (eds.), Creatividad y estados psicóticos en personalidades excepcionales, Barcelona, Herder, 2016.

11. SARACENO, B., Discurso global, sufrimientos locales. Análisis crítico del Movimiento por la Salud Mental Global, Barcelona, Herder, 2018.

12. MORRISON, A.P., RENTON, J.C., FRENCH, P., BENTALL, R., ¿Crees que estás loco? Piénsalo dos veces, Barcelona, Herder, 2011.

13.TIZÓN, J.L., Familia y psicosis.Cómo ayudar en el tratamiento, Barcelona, Herder, 2014.

14.READ, J., DILLON, J. (comps.), Modelos de Locura II, Barcelona, Herder, 2016.

15.TIZÓN, J.L., Apuntes para una psicopatología basada en la relación. Varia­ciones psicopatológicas,Barcelona, Herder, 2018.

16.QUEVEDO, F., Obras Completas. I. Obra en prosa, Madrid, Aguilar, 1966.

17.MARTINDALE, B.V., BATEMAN, A., CROWE, M., MARGINSON, F. (eds.), Las psicosis. Los tratamientos psicológicos y su eficacia, Barcelona, Herder, 2009.

18.FULLER, P.,Sobrevivir, existir, vivir. La terapia en cada fase de la psicosis grave, Barcelona, Herder, 2015.

19. SEIKKULA, J., ARNKIL,T.E., Encuentros terapéuticos en la red social, Barcelona, Herder, 2016.

20. BLOCHTHORSEN, G-R., GRÖNNESTAD T., ÖXNEVAD A.L., Trabajo familiar y multifamiliar en las psicosis, Barcelona, Herder, 2009.

21.LASA, A., El autismo infantil y la psiquiatría. Una historia de búsquedas y desencuentros, en prensa.

22. GEORGACA, E., ZISSI, A. «Living with Psychosis: strategies and social conditions for recovery», Psychosis 10(2) (2018), pp. 81-89.

23. AALTONEN, J., SEIKKULA, J. y LEHTINEN, K., «Comprehensive Open-Dialogue Approach in Western Lapland: I. The incidence of non-affective psychosis and prodromal states», Psychosis 3(3) (2011), pp. 179-191.

1Dice don Francisco: «Determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como usted mismo verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Fragmento del final de la Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos de Francisco de Quevedo (¿1626?).

Sometimes it feels like a game of deadly hide and seek.And when you’re reading this, then I will be gone.Maybe then, you will see.IRON MAIDEN, «Futureal»

Volando sobre el nido del cuco

En febrero de 1994, sobre las tres de la madrugada, perdí por completo el control. Tuve un ataque de pánico porque creí que detrás de las paredes de mi cuarto había micrófonos. Al ver lo ocurrido y el estado en que me encontraba, mis padres no pudieron hacer otra cosa que llamar al médico de urgencias. Este llegó enseguida, y con él la policía. Los dos policías, jóvenes y altos, contemplaron asombrados mi habitación: «Aquí, desde luego, alguien ha descargado a fondo su furia», dijeron. En el revestimiento de madera de la pared paralela a mi cama se abría un hueco enorme. Lo había hecho yo a puñetazos y luego había arrancado con las manos varios tablones de madera. Además, había volcado la cama para buscar micrófonos debajo de ella.

Sin oponer resistencia me dejé conducir hasta el coche de la policía. Los agentes me llevaron a la recepción de la clínica psiquiátrica de la universidad. Cuando el médico, que había viajado en el mismo coche, me entregó a sus colegas de la clínica, le dije: «One flew east, one flew west, one flew over the cuckoo’s nest». No sé si captó mi alusión. Esa rima infantil dio el título a la novela de Ken Kesey Alguien voló sobre el nido del cuco (1962). Yo conocía el libro y la película de Miloš Forman, con Jack Nicholson en el papel principal. Sin duda estaba paranoico entonces, pero veía con asombrosa claridad lo que vendría a continuación: lo que viví aquel año en la clínica psiquiátrica sería una anonadante y desoladora experiencia. En ese ámbito, apenas había habido cambios desde la publicación en los años sesenta del libro de Ken Kesey.

Ese primer ingreso forzoso en una clínica psiquiátrica partió mi vida literalmente en dos. Hasta entonces mis años de infancia y juventud habían trascurrido con normalidad y sin mayores complicaciones. Los veinte años siguientes fueron una larga y laboriosa lucha con mi enfermedad.

Nací en Tubinga en 1965. Mi padre era entonces ayudante de cátedra en la universidad de esa ciudad y más tarde pasó a ser catedrático en la de Friburgo de Brisgovia, donde viví casi toda mi infancia y juventud. Mi madre es española, de Madrid. Mi padre y mi madre se conocieron durante un curso de verano en la Universidad de Santander. Mi madre ha sido catedrática de instituto en Friburgo. Mis padres son, pues, funcionarios los dos. Tengo también un hermano menor que trabaja como desarrollador de software.

Fui buen estudiante, aunque no destaqué entre los primeros. En primaria y en el bachillerato me mantuve en la delantera del pelotón central y en 1984 aprobé el Abitur, la reválida de bachillerato, con 2,3, una buena nota final en aquella época.* Inmediatamente después empecé a estudiar ciencias económicas en la Universidad de Friburgo, porque en el reconocimiento previo al servicio militar quedé clasificado como no apto debido a una luxación crónica que había sufrido jugando al tenis. Al cabo de un semestre cambié de carrera y estudié historia y filologías germá­nica y románica.Ya de niño fui un lector incansable y en el instituto me gustaban sobre todo las asignaturas de letras. En alemán e historia siempre destaqué como buen estudiante, mientras que las matemáticas y la física fueron un mundo más bien cerrado para mí.

Además de los libros me gustaba la música, y en la adolescencia me entusiasmé con el jazz. Como tocaba el clarinete clásico desde los 12 años, a los 18 años pude cambiar fácilmente al saxofón tenor.Tomé clases con un profesor de saxofón y toqué en una banda de jazz que antes había sido banda escolar, en la que tocaba el contrabajo mi mejor amigo, Pierre.

A los 17 años me enamoré de Monika y poco después éramos novios. Monika era alta y guapa, compañera de clase y, desde un viaje a Praga que hicimos con el instituto, mi novia. Como ya en la enseñanza secundaria, también en la universidad todo marchó bien: mis trabajos de seminario y mis ponencias de clase obtuvieron buenas notas.Durante la carrera colaboré con el Badische Zeitung, el diario de Friburgo, en el que al principio escribí sobre todo críticas de música en el campo del jazz, del blues y del rock; después también reseñas de libros y, de vez en cuando, artículos para el suplemento semanal del periódico.

Los primeros síntomas de una evolución psíquica sospechosa aparecieron en 1988. En la primavera de ese año obtuve una beca Erasmus para estudiar un año en la Universidad Complutense de Madrid. Madrid era mi segunda patria. Una gran parte de mi familia española vivía allí. Mis padres tenían un pequeño chalet en Navacerrada, un pueblecito a 1200 metros de altitud, en la sierra de Guadarrama, al norte de Madrid. Más tarde comprarían también un apartamento en el mismo Madrid.

Entretanto, Monika estudiaba en la Escuela Normal de Friburgo para ser profesora de primaria. Siempre le gustó aprender idiomas y conocer otros países, y por eso habíamos decidido ir juntos a Madrid. Ella quería financiarse la estancia dando clases de alemán en una academia de idiomas. Rescindimos en el otoño de 1988 el contrato del piso que habitábamos juntos y nos preparamos para el traslado a Madrid.

En aquel cálido verano de 1988 salimos muchas veces juntos Monika y yo, mi amigo Pierre y Andrea, la hermana de Monika. Pierre y Andrea también eran novios. Andrea era, como su hermana, una chica guapa e inteligente, que estudiaba derecho. Como hacía tanto calor, nos reuníamos a menudo a orillas de un lago próximo a la ciudad.Y así fue como me enamoré de Andrea. Al menos es lo que yo creí entonces. En aquel verano me encontraba en un estado de ánimo raro, casi maníaco. Desde la perspectiva actual, en aquella labilidad y extraña energía que había en mí veo ya un primer síntoma de esa fase prodrómica que a menudo precede durante varios años a la enfermedad. Porque, en el fondo, mi enamoramiento, que era solo un pequeño flirteo, poco más tarde desencadenaría en mí una grave conmoción psíquica.

Como ya entonces aquello no me parecía poco importante, determiné decirle a Andrea que me había enamorado de ella. En aquellos días, Monika había ido a ver a una prima, que vivía en otra ciudad. Los cuatro éramos amigos. Pero, en ese aspecto, fui algo ingenuo. Pierre era un chico muy atractivo y de vez en cuando mantenía varios affaires al mismo tiempo. Cuando empezó su relación con Andrea, reanudó al mismo tiempo el contacto con la chica que fue su amor de años escolares. Con esta la relación era intermitente.Aquello no podía terminar bien, pero realmente nunca terminaba del todo.

Una tarde me cité con Andrea en casa de sus padres, donde ella vivía entonces. Sus padres habían salido aquella tarde. Cuando le hablé de mis sentimientos, pareció alegrarse, y yo tuve la impresión de que ella también sentía algo más por mí. En cualquier caso, me consoló con mucho cariño y fue amable y comprensiva. Después de ese encuentro, hicimos algunas cosas juntos y también nos acercamos un poco más físicamente.

Eso lo notó finalmente Pierre, que se puso furiosísimo. Por lo visto, mi amigo —a pesar de sus numerosos affaires— estaba celoso. Durante los días siguientes todo fue complicándose. Pierre, Andrea y yo nos reunimos varias veces y solo discutimos. A mí me resultaba extraño, porque en principio todos éramos amigos. Pierre y yo andábamos a la greña mientras que Andrea parecía indecisa y me daba la impresión de que tenía que decidirse entre nosotros dos.

Así continuamos algún tiempo hasta que un día Andrea me llamó por teléfono y dijo: «Bueno, este tira y afloja tiene que terminar de una vez».

Y me mandó a hacer gárgaras.

Al cabo de unos días llamé, un poco perplejo, a Pierre. Poco después nos reunimos una tarde en casa de mis padres. Pierre seguía furioso y me hacía reproches continuamente: «¡Eres un imbécil! ¡Tenías que haberte callado la boca! ¡Por tu culpa he tenido que hacer toda clase de promesas a Andrea!».

Y entonces comprendí. Andrea había aprovechado la situación para poner a raya a Pierre en cuanto a la otra chica.

Cuando Monika volvió de casa de su prima, Andrea le contó, antes de que yo mismo pudiera hacerlo, que me había enamorado de ella. Eso desde luego no estuvo bien. Monika me pidió explicaciones:

—¿Qué historia estúpida es esa que has tenido con mi hermana? ¿Es verdad lo que me ha dicho, que ahora es ella la que te gusta?

—En realidad había querido decírtelo —respondí— pero es cierto, me he enamorado de ella.

—¡Pero si llevamos juntos seis años! ¿Y ahora quieres a mi hermana? ¡A ti te falta un tornillo!

En eso dio bastante bien en el clavo.

Así que yo había armado un estropicio emocional. Andrea no volvió a querer saber nada de mí. Pierre estaba enfadado conmigo porque yo ya no era su mejor amigo sino su rival.Y Monika estaba furiosa porque de pronto se había enterado de que yo no la quería a ella sino a su hermana.

Estábamos en vacaciones, y Monika se marchó poco después con su prima a hacer un viaje por el sur de Francia y por España. Yo viajé con mi hermano y con dos amigos suyos a Grecia. Primero tomamos un avión a Creta y allí alquilamos un coche. Llevá­bamos mochilas y sacos de dormir, viajábamos a lo largo de la costa y casi vivíamos en la playa. El tiempo era fantástico. En las tabernas de los lugares de la costa, llenas de turistas jóvenes, el ambiente era estupendo.A las dos semanas pasamos a tierra firme, a Atenas. Los griegos que encontramos eran en general de lo más amables. En realidad, fueron unas semanas magníficas.

Pero yo estaba completamente hundido, como herido, ausen­te, ensimismado. No conseguía quitarme de la mente las escenas vividas con Pierre,Andrea y Monika antes de mi partida. Mis compañeros de viaje estaban asombrados. ¿Cómo podía encontrarme yo en tal estado de ausencia durante aquel fantástico periplo?

En uno de los días de playa me metí en el mar para bañarme. Ya estaba en el agua cuando mi hermano me gritó desde la playa:

—Klaus, ¿estás loco?

—¿Qué ocurre? —respondí.

—¡Mira a tu alrededor! —replicó mi hermano.

Había un montón de billetes flotando en el agua. En mi ensimismamiento había entrado en el mar con un fajo de dracmas en el bolsillo del bañador.

Cuando regresé a Friburgo me vi de nuevo con Monika. Estaba muy morena y muy guapa.Y seguía en la idea de pasar un año conmigo en Madrid. Así que, en realidad, yo habría podido olvidar toda aquella historia de Andrea. Con Pierre también se fueron arreglando las cosas. Solo nos perdimos de vista mucho más tarde, cuando él se marchó a Suiza para trabajar allí como pediatra. Ahora vive en Delémont y desde hace algunos años nos vemos otra vez con regularidad, cosa que me alegra mucho.

En el otoño de 1988 viajé en tren con dos maletas grandes a Madrid y me alojé en casa de mi abuela. Monika viajó unos días después con el Volkswagen Polo, el antiguo coche de su madre que ella le había regalado.

Nos encontramos en el piso de mi abuela.Yo seguía apático y más o menos ausente. Unos días antes la había llamado por teléfono desde Madrid proponiéndole que hiciéramos un año de pausa en nuestra relación. Le pedí también que no fuera a Madrid porque yo de momento no estaba en condiciones de continuar la relación con ella y me encontraba en muy mal estado. Pero ella no quiso saber nada de aquello y siguió aferrada al plan de Madrid.