Mi vida con Marx - Alain Minc - E-Book

Mi vida con Marx E-Book

Alain Minc

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Marx es el gran pensador de nuestra época. Ya sea para situarse a favor o en contra, la filosofía política de los últimos doscientos años necesitó siempre dialogar con él para poder comprender mejor la realidad. Esto también le ocurrió a Alain Minc, reconocido economista e intelectual liberal que se presenta, con sutil ironía, como «el último marxista francés». Encara, así, una lectura del autor de El capitalque pone el foco en la influencia que sus ideas han tenido en el capitalismo y la globalización tal y como las conocemos hoy en día. Este libro invita a pensar a Marx desde una perspectiva al principio más personal, pero que se revela luego como una auténtica reinterpretación del filósofo. Minc descubre así un Marx poco común y traza un retrato novedoso: alejado del comunismo, liberal, motor del reformismo y padre de la socialdemocracia.

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Alain Minc

Mi vida con Marx

Traducción deJulia Argemí

Herder

Título original: Ma vie avec Marx

Traducción: Julia Argemí

Diseño de la cubierta: Toni Cabré

Edición digital: José Toribio Barba

© 2021, Editions Gallimard, París

© 2022, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN EPUB: 978-84-254-4861-4

1.ª edición digital, 2022

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

ALAIN MINC, «EL VISITANTE VESPERTINO»

Prólogo de Gregorio Luri

INTRODUCCIÓN

1. EL PODER DEMIÚRGICO DEL CAPITALISMO

2. LA AUDACIA PROMETEICA DE PENSAR LA GLOBALIDAD

3. MARX, POR FIN LIBERADO DEL COMUNISMO

4. UN HOMBRE TOTAL

5. LA ETERNA CUESTIÓN DE LOS JUDÍOS RUPTURISTAS

6. CINCO CONTRA UNO

7. ¡MARX, VUELVE!

ALAIN MINC, «EL VISITANTE VESPERTINO»

Alain Minc nació el 15 de abril de 1949, el año de la creación de la OTAN, cuando la Guerra Fría teñía de incertidumbre el futuro de una Europa que aún conservaba muy frescas las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial. Apenas hacía un año que sus padres habían conseguido la nacionalidad francesa. Los Minc eran judíos polacos, criados en familias ortodoxamente religiosas, pero a los que el viento de la historia empujó hasta el otro extremo occidental de Europa, primero a Burdeos, en cuyos muelles se integraron en una célula comunista y donde conocieron a Caridad Mercader, la madre del asesino de Trotsky, y después, en 1937, a París. Al estallar la guerra, participaron en la resistencia. El padre de Alain, Joseph Minc cuenta todo esto de manera honesta en sus memorias, La extraordinaria historia de mi vida ordinaria.

Alain se define más como un europeo francés, que como un francés europeo. Lo europeo —insiste en ello— ni anula ni disuelve sus raíces. «Cada uno puede ser francés a su manera», proclama en Un français de tant de souches (2015). Ha crecido políticamente convencido de que «Europa es nuestro único futuro». Pero, «lamentablemente», me reconoce, «no se convertirá en la Federación con la que he soñado». En una conversación telemática (neologismo, por cierto, creado por él), me revelaba su frustración porque «no logrará tener una identidad estratégica y militar plena. Ahora bien, gracias al euro no se disolverá. En un mundo dominado por la economía de mercado, una moneda es un cemento inigualable».

Pasados sus años de ruido y furia, la anciana Caridad Mercader se instalará en París e irá a comer con sus amigos cada miércoles. En una ocasión, Alain, que tendría 8 o 9 años, se atrevió a llevarle la contraria a la tronante invitada, que montó en cólera, lo trató de pequeño insolente y, a partir de aquel momento, le negó su afecto. Tengo la sensación de que siempre ha llevado el despecho de Caridad como una especie de medalla al valor precoz.

Fue un niño estudioso, de excelente memoria, inteligente, metódico y muy vivaz; alegre, dispuesto a echar una mano a sus camaradas y que alcanzó una gran popularidad gracias a sus extensos conocimientos deportivos, especialmente de fútbol y ciclismo. Aprobó brillantemente el bachillerato y se dirigió, como parecía su destino natural, a una de las Grandes Écoles, en concreto a la École des Mines. Pero su vocación estaba más en la ingeniería política que en la mineral, como se lo hizo ver un profesor espabilado, que lo animó a que cursara, al mismo tiempo, Sciences Po (Políticas). De esta manera consiguió que se le abrieran posteriormente las puertas de la ENA (École nationale d’administration).

Trabajó en la inspección de finanzas, como un representante más de la meritocracia de la que Francia se sentía tan orgullosa antes de que el populismo erosionase el prestigio de las élites republicanas. Pero tampoco tenía suficiente con la alta administración y se pasó al (alto) sector privado. No creo que lo hiciera simplemente para ganar más. Obviamente, el dinero no le desagrada, pero lo que lo impulsó fue, sobre todo, la necesidad de dar salida a una ambición más amplia. Quería tomarle el pulso al presente continuo de la vida política y económica. Si la aventura es vivir apasionadamente lo que se hace en la intersección del azar y la necesidad, hay en Alain un singular espíritu aventurero, que parece haber conseguido hacer del cartesianismo una geometría del riesgo. No hay en él nada de tartarinesco. No improvisa. No va de mascarón de proa de sí mismo.

La agenda de Alain es el «quién es quién» de la Europa intelectual, política, periodística, empresarial, artística… Ahora bien, aunque utiliza con facilidad la palabra «amigo», sus amigos de verdad, aquellos que considera como hermanos, son, como tiene que ser, pocos. Creo acertar si incluyo entre ellos a Philippe Labro (periodista, escritor, director de cine, autor de más de una veintena de libros), a Jean-Michel Darrois (el abogado más influyente de Francia, especializado en fusiones y compras de empresas) y, sobre todo, a Franz-Olivier Giesbert. Con este último, conocido como el «don Juan del poder» —e incluso como «la mayor bestia mediática francesa»— conviene hacer punto y aparte.

Giesbert es un escritor, ensayista y polemista brillante que disfruta metiéndose en todas las charcas del poder y nunca es él el que sale salpicado. Ha sido director del Nouvel Observateur, Le Figaro y Le Point. Se ha enfrentado a Mitterrand, Chirac, Sarkozy, Villepin y Hollande y tiende a ver a los políticos con los ojos de un ayudante de cámara. Alain y él son, aparentemente, tan distintos que Marion van Renterghem los trata de «Descartes y Victor Hugo». Pero su amistad se ha fortalecido con sus diferencias (y con algunas afinidades electivas, como su común admiración por Pierre Mauroy o Raymond Barre). Giesbert reconoce, abiertamente, su fascinación por la inteligencia conceptual de Alain.

«Uno», me cuenta Alain, «puede definirse claramente en política priorizando los tres o cuatro resortes de la propia Weltanschauung, que pueden ir más allá de las clásicas líneas divisorias entre izquierda y derecha. Me considero, ante todo, europeísta. Luego viene una concepción liberal de la democracia, es decir, el sufragio universal y la existencia de checks and balances. Finalmente tengo una visión universalista, asimilacionista de la ciudadanía y no comunitaria. Por lo general, los liberales tienen una percepción comunitaria de la democracia y aquellos que, por el contrario, ven solo el sufragio universal como base de la democracia son universalistas y asimilacionistas. Desde este punto de vista, no soy reducible ni a unos ni a otros».

Le han ofrecido cargos políticos muy relevantes, incluso ministeriales (con Sarkozy y Macron), pero los ha rechazado. Prefiere —dice— mantenerse al margen para, si es necesario, poder criticar a los políticos con franqueza. Lo que le gusta es ser influyente, ser «el hombre en las sombras». Por eso se ha ganado el mote de «el visitante vespertino» o de «el hombre que susurra al oído de los poderosos».

Alain, como me han asegurado personas que lo consultan en España, es un fiable consejero de príncipes. Gracias a su perspicaz inteligencia, su descomunal capacidad de trabajo y la red de sus amistades, sus fuentes son muy fiables. «La vida», nos cuenta él en su Voyage au centre du système (2019), «me ha dado, desde hace cuarenta años, la oportunidad de encontrarme en el cruce de varios mundos: político, económico, mediático, intelectual». Esto es lo que nos pone de manifiesto en uno de sus últimos libros, «Mes» présidents (2020): «La quinta República ha acompañado toda mi vida, y sus presidentes —nuestros reyes— también: primero de lejos, después de cerca, finalmente, de muy cerca». A Emmanuel Macron lo guio en sus primeros pasos por el mundo de la política. Y quizás la evolución de Ciudadanos en España hubiera sido diferente si hubiesen seguido sus consejos.

«Yo no tengo poder, tengo influencia», le gusta decir. Pero el que sabe susurrar a los oídos del rey no es un influyente cualquiera. Para ser honesto con este ser humano llamado Alain Minc añadiré que no es omnisciente. Por ejemplo, el 25 de octubre de 2016 anunció en L’Express que «Hillary Clinton será elegida —a Dios gracias— y hará una política clásica».

No sabe estar con los brazos cruzados. Su mente debe estar ocupada continuamente. Nunca pierde un minuto. Su puntualidad es tan notable «que da la impresión de que tiene un reloj suizo en el cerebro», me dice alguien que lo conoce muy bien. A menudo ha explicado en entrevistas que la vida es tan corta que para vivirla intensamente hay que multiplicar el tiempo por 2 o por 3, y que para ello no hay otro camino que la gestión cuidadosa de la agenda. Disfruta aprovechando al máximo sus fines de semana. Si no se ha afiliado a ningún partido, sospecho que es porque está decidido a ser el único dueño de su tiempo y disponer así de la posibilidad de escabullirse de lo inmediato y elevar el vuelo teórico hasta las alturas en las que se puede poner a dialogar con sus principales referentes intelectuales: Braudel, Tocqueville, Keynes, Renan… y Marx.

En Une humble cavalcade dans le monde de demain (2018) constata algo que parece preocuparle especialmente, y que no sé si tiene algo de humilde confesión personal: «vivimos en relación con los problemas contemporáneos en un desierto intelectual. Sin ideología no existe fuerza social. Sin fuerza social, no hay política posible».

Lleva 43 libros publicados, todos escritos con un lenguaje claro, directo, austero pero elegante, bien tramados, en los que, con frecuencia, el lector lamenta que no haya dedicado un poco más de tiempo a desarrollar las muchas intuiciones que atraviesan sus páginas y quedan meramente esbozadas. Marx es una presencia constante. Admira su ambición teórica y práctica, en un tiempo en que, como el nuestro, «la creciente fragmentación del saber y del saber hacer hará cada vez más difícil el surgimiento de intelectuales “globales”, con ilimitados campos de intervención. La audacia de los académicos a salir de su esfera de confort se verá reducida, mientras que el mundo académico será más que nunca el baño amniótico de la intelectualidad. Nuestras universidades se amoldarán cada vez más al modelo anglosajón. Sin embargo, ni Harvard ni Berkeley ni el MIT favorecen la aparición de perfiles atípicos y disruptivos; crean especialistas indiscutibles que solo se desvían de sus campos de competencia para firmar peticiones sobre simples cuestiones éticas».

A ninguno de los que seguimos a Minc nos sorprendió que en 2021 publicara Ma vie avec Marx, resaltando, eso sí, que ni él ni Marx se consideran marxistas, aunque el segundo se empeñe a veces en demostrar lo contrario de forma caricatural. Minc —insisto en ello para recoger su propia insistencia— echa de menos la ambición de «un pensamiento que conjugue de manera indisociable la filosofía, la historia, la economía y la sociología» con la finalidad de transformar lo real. «Por su ambición, por su desmesura, Marx no tiene parangón». En este sentido se considera, sin reparos, «el último marxista francés».

«Desde entonces, el viejo Karl y yo no nos hemos separado. Cuanto más la vida me hacía penetrar en los arcanos del capitalismo, más me parecía único Marx: solo él había entendido, descrito, ensalzado, calado a fondo un sistema en el que la economía de mercado y los movimientos profundos de la sociedad están unidos indisolublemente». Pero «el tiempo de los pensamientos globales ha terminado. No habrá otro Marx y el hecho de que ya no habrá un pensamiento global hace que la ambición marxista sea aún más fascinante porque habrá sido única en su género».

Alain es, claro está, un marxista sui generis, que cree que «el mercado —o el capitalismo— no es una idea. Es el equivalente en el ámbito económico de la ley de la gravedad en la física. Es un estado de naturaleza del que no podemos escapar. Esto es lo que me hizo entender Braudel con su trilogía. Hay varias formas de capitalismo y puedes pasar de una a otra. En mi opinión, la mejor forma es el mercado templado por el Estado de derecho y los mecanismos redistributivos, es decir, la economía social de mercado o la socialdemocracia; entre los dos, solo difiere el nivel de redistribución».

Alain es una persona muy celosa de su privacidad, a pesar de ser un personaje eminentemente público. Ningún periodista ha conseguido que le revelara una intimidad. A menudo dice de sí mismo: «Je ne m’intéresse pas». Quiere decir que no siente ningún deseo de dedicarse a la introspección y el autoanálisis. Pero no parece desdeñar el interés que los demás muestran por él. Yo lo admiro. Admiro su europeísmo, su inteligencia siempre despierta, su capacidad de trabajo. Y agradezco que me haya prestado su ayuda siempre que se la he pedido.

GREGORIO LURI

INTRODUCCIÓN

Cuando en mi infancia leía a Erckmann-Chatrian —dos autores unidos por un guion, olvidados hoy en día—, oía hablar a mis padres, que eran comunistas en aquel entonces, de Marx y Engels, que me parecían ser los equivalentes para los adultos. Estos apellidos emparejados mecen mis recuerdos, del mismo modo que el escubidú, o el vaso de leche que nos distribuían en clase, por indicación de Pierre Mendès France. Así fue la primera aparición de Karl Marx en mi vida; después, en las encendidas conversaciones entre militantes comunistas, llegó otra expresión doble: el marxismo-leninismo, como si el pobre Marx tuviera vetada una existencia individual.

Cansado de esta extraña melodía de las palabras —Marx-Engels, marxismo-leninismo—, había expulsado a Marx de mis intereses de adolescente antes de que la vorágine de Mayo del 68 lo convirtiera en un personaje cotidiano. Y heme aquí, como tantos otros, soltando peroratas en las aulas entusiastas y en reuniones acaloradas sobre la ruptura epistemológica, es decir, sobre la transición entre el Marx idealista y el Marx científico que Louis Althusser rastreaba incansablemente. Algunos, los menos entre nosotros, habían leído suficientemente a Marx como para crear ilusiones en este debate conceptual. Otros, muy numerosos, entre los que estaba yo, disertaban sobre este tema durante horas, sin tener la menor idea de la cuestión, pero convencidos de que la ruptura epistemológica establecía el punto de partida de una ciencia que se había convertido en acción, de esta acción que desembocaba en un poder, y de este poder que engendraba una revolución. En lo que a mí respecta, un ejercicio tanto más absurdo, cuanto que la revolución apenas me entusiasmaba y que el mendesismo me parecía que ofrecía una dosis más que suficiente de reformismo.

Habiendo empezado tan curiosamente, incluso de forma un poco cómica, mi vida con Karl Marx podría haber sido muy corta. No me obsesionaba como al joven Jorge Semprún, que cuenta en El largo viaje cómo, en el momento en que el tren de la deportación hacia Buchenwald se detiene en la estación de Tréveris, no puede evitar pensar en Marx, nacido y educado en esta pequeña ciudad de Alemania.

El valor de uso, el valor de cambio, la acumulación originaria del capital, el capitalismo monopolista de Estado, la dictadura del proletariado: eran conceptos a los que, en mi juventud, me parecía inútil dedicar tiempo. Por un curioso vericueto, tras una larga ausencia, Marx se me hizo presente. Y se lo debo a un desvío a través de la historia, es decir, a través de Fernand Braudel. La lectura de su trilogía sobre el capitalismo, Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, fue una revelación, como ocurre a veces con algunas obras. Los tres niveles del mercado, la salida a la economía-mundo, el mercado como estado de naturaleza y no de cultura de la sociedad, la imbricación entre el juego económico y los movimientos sociales, las pulsaciones del tiempo largo: todos ellos son elementos de un pensamiento global a contracorriente de las visiones parcelarias de la economía tradicional. Ceder a los espejismos y a los misterios del pensamiento global conduce naturalmente al maestro de los maestros, Karl Marx. Braudel era el primero en estar de acuerdo con ello.

Desde entonces, el viejo Karl y yo no nos hemos separado. Cuanto más la vida me hacía penetrar en los arcanos del capitalismo, más me parecía único Marx: solo él había entendido, descrito, ensalzado, calado a fondo un sistema en el que la economía de mercado y los movimientos profundos de la sociedad están unidos indisolublemente. Ciertamente, no leo El capital cada noche al acostarme, como otros leen la Biblia. Pero de vez en cuando me sumerjo en este texto como en aguas profundas, y me dejo llevar por la fuerza bruta de las demostraciones, de los enunciados y evidentemente de los presupuestos. Cuando la opacidad y el peso de la obra magna me dan miedo, un breve desvío por el Manifiesto del Partido Comunista es un contrapunto útil a la verborrea de los Financial Times, Wall Street Journal