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Estudio sobre la histórica región de Michoacán que complementa las abundantes obras de investigación sobre la historia de México, brindando una visión panorámica y sintética, pero no simplificada, del apasionante proceso histórico del estado. A través de una narración sugestiva, el lector no especializado encontrará un recorrido por la historia de esta entidad, región de notable presencia en la conciencia nacional, como una invitación a evaluar las repercusiones de éste proceso en su vida cotidiana. Esta edición permite entrar en contacto con la historia general de Michoacán, desde la época prehispánica hasta llegar al Michoacán contemporáneo.
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2012
ÁLVARO OCHOA SERRANO. Doctor en historia por la Universidad de California en Los Ángeles, profesor-investigador en el Centro de Estudios de las Tradiciones de El Colegio de Michoacán y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus estudios se enfocan en personajes populares del Occidente de México.
GERARDO SÁNCHEZ DÍAZ. Doctor en historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor-investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia Mexicana de Ciencias. Director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana y coordinador de la Comisión Institucional para la Conmemoración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana.
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
MICHOACÁN
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011 Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4031-4 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZPresidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
EL ESTADO DE MICHOACÁN SE ENCUENTRA en la parte oeste de México, entre las coordenadas 18° y 20° 30’ de latitud norte y 100° y 104° de longitud oeste. Tiene una extensión territorial de 59 864 km2, y representa 3.03% de la superficie total de la República. Los estados que colindan con Michoacán son: al norte, Jalisco y Guanajuato; al noreste, Querétaro; al este, los estados de México y Guerrero; al sur, parte de Guerrero, así como el Océano Pacífico, y al oeste, Colima y parte de Jalisco. A grandes rasgos, Michoacán se divide en cuatro zonas: la del norte, que comprende la Ciénega de Chapala y el Bajío; la del centro, ubicada en el altiplano; otra es la de Tierra Caliente y finalmente la del sur; estas tres últimas son las más extensas.
El litoral michoacano del Océano Pacífico abarca una longitud de 208.5 km; va de sureste a noroeste, entre Boca de San Francisco en Barra de Zacatula, y Boca de Apiza en la desembocadura del Río Coahuayana. Se caracteriza por la presencia de acantilados, bahías y escotaduras, desprendidas de las pendientes de la Sierra Madre del Sur, que se sumergen en el océano y dan origen a formaciones rocosas graníticas y basálticas, las cuales producen diversas clases de arena y grava que conforman el cordón litoral playero. Casi toda la franja costera forma una línea dentada debido a que ha estado expuesta a diversos fenómenos de sumersión y emersión recientes.
Los acantilados marinos de granito y basalto y las terrazas forjadas por la erosión de las olas están cubiertos por depósitos de arena, grava y cantos rodados que constituyen tanto la superficie como la estructura del sistema de playas a lo largo del litoral. Todos ellos se han creado por la constante erosión de las formaciones rocosas de la Sierra Madre del Sur que hace millones de años emergieron del océano. A primera vista, también se advierte una continua retirada del acantilado, a diferentes velocidades, como consecuencia de la desigual dureza de las rocas y de los distintos grados de erosión que el oleaje produce sobre ellas; de esa manera se han formado diversas bahías, caletas, caletillas, escotaduras y senos. Entre las bahías más importantes destacan Maruata, Pichilinguillo y Bufadero, esta última también conocida como Caleta de Campos.
La bahía de mayores dimensiones es la de San Telmo, formada como resultado de la inmersión de la costa. Los promontorios separados de la línea costera son isletas, pilares y peñascos, y se encuentran en gran número frente a la bahía de Pichilinguillo, entre Punta Piedras Blancas y Punta Tizupan. La presencia exclusiva de playas en las cabeceras de las bahías se debe a que las olas convergen hacia ellas moviendo arena a las escotaduras. Las barras, que son un tipo de obstrucciones de arena y grava, se forman en el fondo del mar litoral por la acción de las olas y las corrientes; se encuentran en los principales ríos y generalmente en posición transversal a su desembocadura, como ocurre en todos los ríos michoacanos, con algunas excepciones.
Es común que las planicies costeras sean estrechas, excepto las que se ubican junto a la desembocadura del Río Balsas y las que forman el Valle de Coahuayana. La primera planicie corre en dirección noroeste, interrumpida por el estero Caimán, paralelo a la playa, y perpendicular a esta playa se extiende el estero del Pichi. Hacia el oeste, después de Playa Azul al llegar a las peñas, una saliente de las montañas al mar interrumpe esta planicie, conformando un litoral muy irregular en el que se alternan pequeñas playas con cantiles.
A partir de los arroyos el Bordonal y el Salado comienza una planicie costera angosta y alargada, denominada Plan de Mexiquillo, la cual continúa hasta cerca del Río del Tanque, donde comienza otra vez la irregularidad de la costa, en la que se alternan los acantilados con pequeñas caletas y ensenadas hasta llegar a Maruata. En la desembocadura del Río Colotlán comienza la planicie de Colola, interrumpida por algunos acantilados, como los de Punta San Servando y Punta San Telmo; esta alternancia de cantiles y planicies sigue hasta Punta de San Juan de Alima, después de La Placita, donde la planicie antes angosta se ensancha considerablemente hasta penetrar después en la desembocadura del Río Coahuayana.
Después de la franja costera, tierra adentro, se levanta el conjunto montañoso de la Sierra Madre del Sur, que se extiende a lo largo de 200 km en los municipios de Chinicuila, Coalcomán, Aquila, Aguililla, Tumbiscatío y Arteaga, con elevaciones que alcanzan los 2 000 m. Dicha sierra presenta en su constitución rocas metamórficas del Precámbrico y del Paleozoico, rocas sedimentarias del Mesozoico y en ocasiones rocas de origen volcánico, con cenizas asociadas del periodo Cuaternario. En esta formación montañosa se localizan esporádicos y diminutos valles intermontañosos, paralelos al rumbo general que sigue la cadena.
Al norte de las laderas de la Sierra Madre del Sur se derrama una gran planicie a una altitud de entre 200 y 600 metros sobre el nivel del mar, en una superficie de 225 km de largo por 30 km de ancho, conocida como Plan de Tierra Caliente. Irrigan esta planicie dos grandes cuencas hidráulicas formadas por los ríos Grande de Tepalcatepec y Balsas, a cuyos cauces se unen diversos afluentes producidos por los escurrimientos acuíferos que bajan de los macizos montañosos que la circundan. En su mayoría, los suelos de la zona de Tierra Caliente están constituidos por terrenos planos y pequeños lomeríos de origen volcánico, en los que afloran rocas metamórficas del periodo Paleozoico, sedimentarias del Mesozoico, intrusivas del Mesozoico y el Cenozoico, y extrusivas y sedimentarias del Cenozoico.
En el límite norte del plan de Tierra Caliente emergen las laderas del conjunto montañoso que constituye el Sistema Volcánico Transversal, resultado del levantamiento producido por la erupción de innumerables conos volcánicos, cuyas cenizas han dado forma a sus suelos. Esta región fisiográfica está comprendida por la Meseta Tarasca o Purépecha y las sierras de Comanja, Acuitzio, Curucupaseo, Mil Cumbres, San Andrés, Tlalpujahua y Angangueo. De oriente a poniente, hacia el lado norte del Sistema Volcánico Transversal, se extienden diversos valles y llanuras que conforman el llamado Bajío michoacano, circundante de las cuencas lacustres de Cuitzeo y Chapala, alineadas en torno a la gran cuenca del Río Lerma.
Con excepción de la zona norte, cruzan el territorio michoacano dos grandes cordilleras: la del centro y la del sur. La sierra del centro forma parte del mencionado Sistema Volcánico Transversal; se desprende del Nevado de Toluca, atraviesa el estado de este a oeste y se ramifica hasta constituir ejes montañosos secundarios. Esta cordillera origina las sierras de Tlalpujahua, Angangueo y Zitácuaro; a su vez, los ramales más importantes de ésta son los de Maravatío, Zinapécuaro, Chaparro y Otzumatlán. Las elevaciones naturales más destacadas en esta sierra son el Tarimangacho, el Cacique, el San Andrés y el Pico Azul. Sus pequeños ramales continúan hacia el oeste y hacen que la cadena montañosa se estreche al sur de los municipios de Charo y Morelia, y vuelva a ensancharse en los municipios de Acuitzio y Villa Madero. Ubicado al noroeste de Morelia se encuentra el volcán Quinceo, con 3 324 metros sobre el nivel del mar.
Una de las cúspides volcánicas más elevadas de la región media occidental de México es el Nudo de Tancítaro (3 860 m), ubicado en el oeste del estado. De él se desprende, hacia el norte, la Sierra de Patamban, en cuyo trayecto destaca el Pico de Patamban (3750 m). Al ramificarse, esta cadena montañosa da pie a las sierras de Tarécuato, San Ángel y Chilchota. Del mismo macizo parte la Sierra de Paracho, que, al subdividirse, constituye la de Nahuatzen. La prolongación de esta última, hacia el oriente, se conoce con el nombre de Santa Clara, y en ella se alojan los elevados municipios de Ario de Rosales, Tacámbaro, Nuevo Urecho, Santa Clara y Pátzcuaro. La Sierra de Paracho se une a la de Comanja, que comprende la montaña del Zirate (3 340 m). Ambas, junto con la de San Andrés, forman otra cadena montañosa que cruza los municipios de Acuitzio y Villa Madero, unida, a su vez, a los ramales laterales de la sierra de Otzumatlán.
Del Nudo de Tancítaro, en dirección sur, se desprende la Sierra de Acahuato, que toca los municipios de Parácuaro, Apatzingán y Múgica, y termina en Uruapan. En la Sierra de Acahuato se encuentran muchos conos volcánicos, entre ellos el más joven de la entidad, el Paricutín, nacido en febrero de 1943. Otras formaciones de origen volcánico que se hallan en Tierra Caliente son los Picos de Cucha, ubicados en el municipio de Tuzantla, las serranías de Inguarán en Churumuco y la de Curucupaseo al sur de Villa Madero. En el municipio de La Huacana están los cerros de El Chivo, El Hortigal y El Jorullo (1299 m), este último surgido de las entrañas de la tierra el 29 de septiembre de 1759.
En el suroeste del estado se localiza la Sierra de Coalcomán, grandiosa derivación de la Sierra Madre, que comprende los elevados municipios de Tumbiscatío, Arteaga, Aguililla, Chinicuila, Aquila, Coalcomán y parte de Tepalcatepec.
La exuberancia del paisaje del territorio estatal se debe en gran medida a su vasto sistema hidrográfico, el cual consta de abundantes manantiales, ríos, arroyos, lagos y lagunas, además de esteros en varios puntos de la costa. Las principales vertientes son la del norte (que llega al Lerma y a las cuencas lacustres de Cuitzeo y Chapala), la del Balsas y la del Océano Pacífico. En el centro se encuentran varios lagos e importantes depósitos artificiales, representados por el sistema de presas de almacenamiento y derivación construidas durante el siglo XX. El Río Lerma surge en Almoloya, en un extremo del Valle de Toluca, recoge los escurrimientos del norte, rodea Michoacán por el noreste y constituye el límite natural con el estado de Querétaro; luego entra en los municipios de Contepec y Maravatío, pasa al estado de Guanajuato y regresa de nuevo a Michoacán a la altura del municipio de Puruándiro. A partir de este punto marca el límite natural con los estados de Guanajuato y Jalisco. Finalmente, el Lerma descarga su caudal en el Lago de Chapala. Sus afluentes son los ríos Tlalpujahua, Cachivi, Angulo y Duero.
En colindancia con el estado de Guanajuato se encuentra el Lago de Cuitzeo, cuyas aguas son saladas y poco profundas. En sus riberas se explota sal y tequesquite blanco; además, se pescan varias especies, sobre todo charal. En este lago confluyen numerosos arroyos y ríos, además del Río Grande de Morelia y el de Queréndaro, así como las aguas corrientes emanadas de los manantiales termales del volcán San Andrés y del Río de la Pasión. La región sureste del lago pertenece a Michoacán, mientras que en la región norte de la entidad se localizan las lagunas Verde y Larga, las de Zipimeo, la Magdalena, San Juanico, Tacátzcuaro y el lago más pequeño del estado, conocido como Camécuaro. En la zona central se hallan los lagos de Pátzcuaro y Zirahuén.
La segunda gran vertiente corresponde a la cuenca del Río Balsas, el cual corre por el sureste de la entidad en el territorio del municipio de San Lucas; después de seguir de este a oeste, tuerce bruscamente hacia el sur, se embalsa en la presa de El Infiernillo y llega hasta el Océano Pacífico. En su recorrido recoge las aguas de numerosos ríos como el Cutzamala, que a su vez se nutre de las corrientes de los ríos Pungaracho, Tuzantla y Purungueo, y el Grande o Tepalcatepec, que constituye parte del límite natural con Jalisco. Este último río entra en dicha entidad, regresa a Michoacán por Tepalcatepec y, tras recorrer 193 km, desemboca en la presa de Chilatán; más adelante el cauce se sustenta de los ríos Itzícuaro, Tzaripitío, Acahuato, Chila, Marqués y otros. Sobre el curso del Río Balsas se han construido dos presas importantes: El Infiernillo y José María Morelos, que regulan las avenidas del río, generan energía eléctrica y benefician las tierras agrícolas costeras de Michoacán y Guerrero.
La tercera vertiente, la del Océano Pacífico, se compone básicamente por el Río Coahuayana; procedente de Jalisco con la designación de Tamazula, pasa a Michoacán por el municipio de Chinicuila y recibe varios afluentes que descienden de la sierra, continúa a través del municipio de Coahuayana y desagua en el Pacífico formando la Boca de Apiza. Esta corriente marca el límite natural de Michoacán con el estado de Colima. Además de la desembocadura de los ríos Coahuayana y Balsas, el Océano Pacífico recibe las corrientes de más de 40 ríos y arroyos, que bajan de las laderas montañosas de la Sierra Madre del Sur. Entre otros, destacan los ríos Aquila, Ostula, Motín, Colola, Cachán, Aguililla y Acalpican.
La entidad también cuenta con muchos manantiales de aguas termales, algunos con propiedades terapéuticas; la mayoría se localiza en la zona norte del estado, sobre todo en los municipios de Hidalgo, Zinapécuaro, Puruándiro e Ixtlán, desde el este hasta el extremo noroeste de la Ciénega de Chapala.
Las lluvias se precipitan de mayo a octubre y con mayor intensidad de julio a septiembre, pero en algunas partes de la sierra y la costa comienzan desde junio. La temporada de sequía varía de seis a ocho meses. Las zonas norte y central se benefician con el clima benigno que producen las lluvias en los meses calurosos de mayo y junio. La temperatura más alta se registra en Tierra Caliente y la costa, 29°C, mientras que la más baja, en las montañas, y en el resto de la entidad alcanza un promedio de 20°C.
En invierno, las heladas caen principalmente en las zonas central y norte, y en su mayoría son perjudiciales para los cultivos. Los vientos más frecuentes son los del suroeste, pero la velocidad máxima anual corresponde a los del noroeste, que raras veces son huracanados. Los que más afectan a la agricultura son los del suroeste, más frecuentes en la costa. Por otro lado, la construcción de presas en el curso del Río Balsas ha provocado cambios climáticos y ecológicos en las áreas vecinas.
DESDE HACE MÁS DE CUATRO MILENIOS, el escenario terrestre michoacano fue ocupado poco a poco por diversas etnias con diferentes grados de desarrollo, las cuales durante su peregrinar encontraron lugares propicios para establecer sus asentamientos. Las huellas de esa presencia étnica, en la mayoría de los casos, sólo las conocemos mediante los vestigios arqueológicos, especialmente cerámicos y de construcciones que se han encontrado, además de las aisladas referencias lingüísticas y etnográficas que registraron los religiosos franciscanos y agustinos en sus crónicas durante la época virreinal.
Por los trabajos de exploración arqueológica realizados hasta ahora, aparte de los grandes centros ceremoniales de Tzintzuntzan, Ihuatzio, Pátzcuaro, Tingambato y San Felipe de los Alzati, se sabe de antiguos e importantes asentamientos humanos en diversos puntos de la cuenca lacustre de Cuitzeo, como Huandacareo, Tres Cerritos, San Juan Tararameo, Chehuayo, Cuitzeo, La Bartolilla y Zinapécuaro. Hubo otros en varios sitios ubicados en las márgenes de la ciénega de Zacapu, en el Opeño, situado en las cercanías de Jacona, en el Otero, junto a Jiquilpan, y en Mesa Acuitzio, en La Piedad; recién se han reportado vestigios de poblados prehispánicos en los municipios de Tuzantla, Carácuaro, Apatzingán, Lázaro Cárdenas, Aquila y Coahuayana.
De acuerdo con las investigaciones realizadas por Donald D. Brand a mediados del siglo XX, en el primer tercio del siglo XVI, en territorio michoacano radicaban etnias que se comunicaban en idiomas de amplia distribución y en dialectos locales, en la cuenca lacustre de Pátzcuaro, en la zona de Tierra Caliente y en varios lugares de la franja costera. Entre las estribaciones de la sierra de Coalcomán y la costa habitaban quienes se hacían llamar a sí mismos cuauhcomecas y hablaban el cuauhcomecatlatoli. En ambos lados del cauce del Río Balsas existían asentamientos de nahuas, tolimecas, pantecas, chumbias y chontales, mientras que en las planicies correspondientes a los actuales municipios de Huetamo y San Lucas habitaban los pirindas.
En el oriente y noreste del territorio michoacano se localizaban poblamientos mazahuas, otomíes y pames. A lo largo del Bajío michoacano, siguiendo la cuenca del Río Lerma, grupos de cazadores-recolectores, comúnmente llamados chichimecas, se movían de un lado a otro. A su vez, en el Valle de Guayangareo había asentamientos de matlazincas; y al occidente, en lugares cercanos a las cuencas lacustres y ciénagas de Zamora y Chapala, vivían los tecos, emparentados lingüísticamente con los nahuas. Al suroeste se localizaban los xilotlanzincas y los cocas. En una etapa tardía, mediante diversas guerras de conquista, todos estos pueblos quedaron bajo el dominio de los tarascos, cazadores provenientes del norte, del área de Zacapu, luego asentados en el entorno de la cuenca de Pátzcuaro, de donde se expandieron por todo el territorio michoacano y sus alrededores.
Antes de la llegada de los conquistadores europeos a Michoacán, a lo largo y ancho de la franja costera de lo que hoy es dicho estado convivían diversos grupos humanos, casi todos de ascendencia nahua. Se llamaban a sí mismos cuitlatecos, serames, cuires, cuauhcomecas y eplatecos, y se comunicaban en dialectos derivados de la lengua náhuatl o mexicana.
Estos grupos étnicos vivían en asentamientos dispersos o en pequeñas aldeas organizadas con base familiar y se mantenían de la práctica de una agricultura incipiente, combinada con actividades de caza, pesca y recolección. Sus aldeas casi siempre se ubicaban en las orillas de ríos, arroyos, manantiales y esteros. Todavía en el último tercio del siglo XVI, los informantes indígenas a quienes entrevistó Juan Alcalde de Rueda para redactar la Relación de la Provincia de Motines referían que sus antepasados “estaban quietos si no era cuando traían guerra con los tarascos, que algunas veces les entraban, cautivaban, mataban y comían; lo mismo les daban guerra a los eplatecos que están al poniente, que era gente advenediza de la provincia de los tarascos, que se apoderaron de esta tierra y costa del Mar del Sur”.
Al parecer la organización política era incipiente. Por los datos etnográficos recogidos en 1580 sabemos que en la mayoría de las aldeas de agricultores-pescadores-recolectores de la provincia de Motines, “no había caciques ni señores y al que respetaban por cacique y mayor era el que mejor maña se daba para sembrar una gran sementera, y como cogía mucho maíz allegábansele convidados y así le respetaban por más principal que a los demás”. De los pueblos nahuas y cuitlatecos situados en la franja costera, a ambos lados de la desembocadura del Río Balsas, se cuenta que “no había entre ellos señor general; traían guerras unos con otros; adoraban ídolos como los mexicanos; no daban otro tributo a sus capitanes, que así los llamaban, sino comida y ropa para vestir porque eran muy pobres”. Fuera del territorio costero, principalmente en los valles y cañadas de la Sierra Madre del Sur, la situación era distinta. Algunos habían sido sometidos al dominio de los tarascos, a quienes obedecían y tributaban.
Comúnmente, las viviendas costeras eran construcciones rústicas, “todas casas bajas, armadas sobre unos horcones de madera con unas varas atravesadas y embarradas que hacen pared y son cubiertas todas de paja; la tierra no sufre otras cosas a causa de los grandes temblores”. En cuanto a la vestimenta de los habitantes prehispánicos de la costa, la mayoría acostumbraba usar taparrabos. Algunos llevaban camisa y calzones cortos de algodón, decorados con tintes vegetales. La Relación de la Provincia de Motines cuenta que “en su gentilidad solían vivir más por los pueblos, porque había en esta provincia grandes pueblos y mucha gente”.
En general, los antiguos moradores de la región se alimentaban con tortillas, tamales, pinole, atoles preparados con masa de maíz mezclada con frutas, y semillas de parota y de cacao. La dieta incluía también carne de venado, conejo, armadillo, tlacuache, ardilla y mapache; guajolote, domesticado o silvestre; iguanas, lagartos, peces y mariscos que recogían en el mar o los ríos. En la Relación se menciona que
comían carnes asadas como venados y puercos monteses; comían tigres y leones, tejones en hornados, cuyas carnes les sabían muy bien con su chile y pipián y criaban una casta de perros para comer que tenían el pelo muy corto y con poco mantenimiento engordaban y criaban enjundias y estando así de gordos los mataban y hacían banquetes.
Aprovechaban las frutas, como el zapote negro, chicozapote y cuiridos, guamúchiles, anonas, cirianes, cabezas de negro, bonetes, ciruelas, uicumos, camichines, uvalanes, mingueles y uvas silvestres; asimismo, los frutos de algunas palmeras como el coyul y el cayaco, además de tasajos y pitahayas, timbiriches y guámaras. Por otro lado, existen referencias sobre el empleo de semillas de mojo y parota para preparar pinole y atole. En temporada de lluvias, recolectaban verdolagas, quelites y camote del cerro. En las fiestas y celebraciones religiosas, acostumbraban ingerir bebidas fermentadas, preparadas con frutas, especialmente ciruelas silvestres, así como pulque.
En algunos casos, según los informantes indígenas, los topónimos respondieron a los cultos efectuados en los lugares respectivos. En el caso de Tehuantepec, tuvo por tal “un ídolo que tenían y que adoraban, hecho de piedra a manera de león”, y quiere decir “animal que espanta”; “otro sujeto que se dice Uitotlán, se le puso aquel nombre porque está metido en una quebrada y en un cerro que allí estaba antiguamente un rostro de una creatura que adoraban los naturales e por esta causa se llama Uitotlán”.
El pueblo de Pómaro debía su denominación a un acontecimiento religioso, ya que “en lengua de los naturales quiere decir coloquio de dioses; dicen que sus antepasados ancianos dijeron a sus hijos, los que ahora son viejos, que antiguamente, en días de su gentilidad, hicieron allí una junta los diablos y aclararon grandes y muchas cosas y de allí se recibió el nombre de este pueblo”.
Aunque los documentos hasta aquí consultados no hacen referencia a sistemas religiosos más complejos, algunos cronistas franciscanos informaron sobre la práctica de sacrificios humanos en varios pueblos. Una noticia acerca de ese ritual la encontramos referida por los naturales del pueblo de Coahuayutla, según se asienta en la Relación
que había debajo de una peña grande [en donde se hacía un estanque hondo] una gran sierpe o dragón que salía del ojo de aquel agua cuyo cuerpo tenía muy grande y las alas de plumas ricas que tenía, y doradas y las partes del cuerpo de escamas grandes de conchas y que le sacrificaban y daban de comer algunas veces indios jiotes porque de éstos comía y demandaba mejor que de los otros que no eran jiotes y que esto hacían con ayunos y abstinencias para que el dragón les diese de las plumas ricas que tenía, y que en reconocimiento de este su sacrificio que se le hacía o consentía volviendo las espaldas y cola a que le quitasen algunas plumas que después vestían los naturales de plumajes para sus fiestas y areitos y que este dragón murió o desapareció un poco antes de que los españoles llegaran a esta tierra.
En condiciones semejantes vivían los habitantes de algunos asentamientos nahuas ubicados en las orillas de los afluentes del Río Tepalcatepec, en Tierra Caliente. Sólo en algunos casos, los pocos estudios arqueológicos realizados sobre la región hacen referencia a influencias culturales externas a la zona, especialmente a las de Colima y el sur de Jalisco.
Acerca del origen del pueblo tarasco existen diversas teorías expuestas por arqueólogos e historiadores interesados en los acontecimientos antiguos de Michoacán. Algunos apuntan que fueron parte de un movimiento migratorio que llegó al Occidente de México procedente de América del Sur, costeando el Pacífico, y que se introdujo a tierra firme en diversas etapas por la boca del Río Balsas. Otros sostienen que su llegada a territorio michoacano ocurrió como parte de las corrientes migratorias provenientes de Asia, pasando por el Estrecho de Bering, y que luego se dispersaron a lo largo del continente.
Cierto es que la Relación de las ceremonias y ritos y población y gobernación de los indios de la provincia de Mechuacán, tradición oral depositada en el gobernante principal o irecha y recogida en los primeros decenios de la dominación colonial por el religioso franciscano Jerónimo de Alcalá, sitúa la llegada de los primeros pobladores de lo que hoy es Michoacán a las orillas de la Ciénega de Zacapu en el siglo XII. A este lugar arribó un grupo de cazadores-recolectores que se hacían llamar chichimecas. Al entrar en contacto con pobladores sedentarios, agricultores, establecieron una alianza mediante el matrimonio de Ireticatame, cabeza del grupo chichimeca, con una hermana del señor de Naranxan, llamado Ziranzirancamaro.
La alianza se rompió poco tiempo después y el grupo chichimeca continuó su peregrinar por las montañas de la región, hasta establecerse durante algún tiempo al norte del lago de Pátzcuaro, en un sitio llamado Uaiameo. En sus continuas exploraciones por las riberas lacustres, los chichimecas entraron en contacto con otros pobladores asentados en la isla de Xarácuaro, quienes practicaban la pesca y la agricultura. Con ellos establecieron una nueva alianza mediante el matrimonio de Huapeani, cabeza de los chichimecas, y una hija de un pescador de Xarácuaro, lo que les permitió constituir nuevos asentamientos. Fue así como poco a poco se logró la fusión de ambos pueblos y la constitución de lo que más tarde sería el pueblo tarasco, cuyos gobernantes, a partir del reinado de Tariácuri, iniciaron la expansión territorial: primero avanzaron por los alrededores del Lago de Pátzcuaro, más tarde en dirección a la sierra y las llanuras del noreste, y poco después sobre la Tierra Caliente y la costa, hasta constituir el gran territorio que gobernaban desde Tzintzuntzan, la ciudad que llegó a ser su capital, a la llegada de los españoles.
Con el paso de los años, los gobernantes tarascos construyeron un complejo sistema de organización política que sirvió de base para la formación de un Estado teocrático militar. En la jerarquía político-administrativa predominante sobresalió el cargo del irecha o cazonci, el jefe supremo en lo político, administrativo y militar, al tiempo que se asumía como gran sacerdote del dios Curicaveri. Una vez ganados nuevos territorios mediante guerras de conquista, el irecha en turno designaba gobernadores que tenían la función de resguardar y ampliar las cuatro fronteras del reino; una de ellas, la del poniente, era Jacona.
En orden descendente, figuraba un grupo de funcionarios llamados caracha-capacha; ubicados en todos los pueblos, fungían como caciques locales “y entendían en hacer traer leña para los cúes con la gente que tenía cada uno en su pueblo, y de ir con su gente de guerra a las conquistas”. También aparecen los ocambecha, comisionados para recoger los tributos y reunir a la gente que trabajaría en las obras públicas, y había una serie de funcionarios encargados de preparar, organizar y conducir a los contingentes de guerreros participantes en las campañas militares de expansión territorial, que hacían en nombre de su dios Curicaveri.
En cuanto a las tareas relacionadas con las actividades económico-productivas, en la Relación de Michoacán, elaborada en 1540 por Jerónimo de Alcalá, se mencionan varios funcionarios: los atzipecha vigilaban los campos de cultivo propiedad del irecha en los pueblos conquistados. El tareta-uaxatati se desempeñaba como coordinador de quienes vigilaban el cultivo de la tierra. El urucauandari era el responsable de recoger las mantas de algodón, las esteras y los petates. Los cuaspati tenían la misión de recolectar el maíz, el frijol y el chile, y llevarlos a los lugares de almacenamiento, mientras que el quengue se encargaba de coordinar a los recolectores del maíz.
La misma fuente advierte la existencia de otros grupos especializados en el trabajo; así, el quanicuti dirigía a los cazadores, el curu-hapidi guiaba a los cazadores de patos y codornices, el uaruri organizaba a los pescadores con red y el tarama a los pescadores con anzuelo. Entre los grupos dedicados al trabajo artesanal encontramos, entre otros, al uzquarecuri, jefe de quienes trabajaban las plumas; el curiuari, que era el encargado de construir tanto los tambores usados en la guerra como las canoas y, además, supervisaba a los carpinteros; el cuanicua-uri, quien dirigía la confección de arcos y flechas, y el ucatzicuauri, que orientaba la producción de objetos de alfarería.
Entre los tarascos, como en otras sociedades mesoamericanas, el uso de la tierra desempeñó un papel fundamental por tratarse de pueblos sedentarios cuya economía y vida social tuvo su base en la agricultura. El control de la tierra permitía a un grupo reducido dominar a los demás estratos de la sociedad. Tal control y aprovechamiento de cultivos permitió que el pueblo tarasco se consolidase económica y militarmente, y que hiciera frente a la hegemonía que los mexicas ejercían sobre los pueblos mesoamericanos. Según informes aportados por la Relación de Michoacán referentes a la tenencia de la tierra, el cazonci o irecha era el representante de los dioses en la tierra, concentraba los poderes económico, político y religioso, y también era el verdadero dueño de la tierra, pues ésta se conquistó para ensanchar los dominios del dios Curicaveri. Es decir, el territorio llamado Irechequa, que el estudioso Maturino Gilberti, en su obra Arte de la lengua de Michoacán, de 1559, traduce como reino. De ahí que el cazonci fuera la persona principal, dominante absoluto de las tierras conquistadas y el único que podía decidir su distribución, explotación y usufructo.
Según podemos observar en la Relación de Michoacán, prevalecían dos formas de tenencia de la tierra: la propiedad pública, en posesión de caciques, administradores, etc., y la comunal, en manos de campesinos; ambas formas explotadas en usufructo mediante la concesión del cazonci a cambio del pago de tributos. La primera forma, controlada por las altas capas de la sociedad, la encontramos distribuida en diversas categorías correspondientes a los estratos que conformaban el grupo social dominante. Así, en orden de jerarquía, existían tierras usufructuadas directamente por el cazonci y administradas por el tareta-uaxatati, “diputado sobre todos los que tienen encargo de las sementeras del cazonci”.
Las tierras controladas directamente por el cazonci tenían la categoría de tierras de los dioses, y sus frutos se destinaban al culto y al sostén de las guerras de conquista con el fin de ensanchar las fronteras del Irechequa. por la misma Relación de Michoacán se sabe que había tierras en manos de la “nobleza”, es decir, en poder de familiares y colaboradores del cazonci. primaban los hijos de éste: “tenían casas cada uno de por sí desde que se les daba a criar”; lo mismo ocurría con familiares y colaboradores cercanos. Sin embargo, quienes mostraban mala conducta perdían el derecho a la tierra.
Los caciques y gobernantes nombrados por el cazonci, llamados caracha-capacha, gozaban de muchos privilegios: se les asignaban tierras de cultivo para su manutención y para dar de comer a sus huéspedes, y tenían la libertad de emprender nuevas guerras para ensanchar las tierras por cuenta propia. Así ocurrió cuando “un principal llamado Capauaxnzi por cacique en La Huacana”, mediante nuevas conquistas, sometió a varios pueblos de Tierra Caliente.
La Relación no precisa la existencia ni la organización de tierras comunales; sólo menciona algunas formas de trabajo en las tierras controladas por el cazonci, destinadas al culto de los dioses y a las guerras de conquista, aunque se deduce que las trabajaba gente común, los purépechas, o las clases bajas de la sociedad tarasca. Poco sabemos de cómo era la organización del trabajo en las tierras trabajadas en común y acerca de cómo se dividía y repartía el usufructo de esas tierras, aparte del sostén y la satisfacción de las necesidades de los comuneros. Intuimos que los excedentes destinados al pago de tributos mantenían al ejército, la administración y la mano de obra utilizada en las obras públicas y en la construcción de centros ceremoniales, calzadas y caminos.
La Relación menciona cierta forma de uso de la tierra individual entre los purépechas, gente común que desempeñaba una función importante en los lazos de parentesco matrimoniales. De tal manera, el padre decía a su hija —en referencia a su futuro yerno—: “Si tuviera hacienda ese que te pide, casárase contigo y labrara alguna sementera para darte de comer y sirviérase de tal, y a mí, que soy viejo, me guardara”; después de efectuado el matrimonio, el suegro les mostraba las tierras dadas para sembrar. A partir de tales referencias se presume que la asignación de la tierra o su usufructo en las comunidades campesinas tarascas era individual, y sólo tenían ese derecho los jefes de familia cuya titularidad les permitía heredarla.
Las tierras para construir viviendas eran concedidas por los ocambecha o administradores de barrio, por lo que no extraña encontrar reclamos de antiguas posesiones familiares de Pátzcuaro, como el Códice Cuara, fechado en la primera mitad del siglo XVI, que ofrece testimonio sobre “la antigua posesión de tierras pertenecientes a esta familia en Pátzcuaro”.
La explotación de la tierra tenía estrecha relación con las formas de tenencia; de igual manera, el cazonci decidía cómo debía aprovecharse, especialmente en la extracción de metales. Un documento de la época colonial temprana señala que en Cocián, perteneciente a Turicato, hay una mina muy rica de donde se sacaba mucho cobre por orden del cazonci. otro testimonio indica que en esas minas trabajaban unos 40 hombres y extraían una carga de mineral por día y durante el tiempo necesario para reunir la suma que requería la elaboración de los instrumentos para segar y labrar sus sementeras; también por mandato del cazonci, los instrumentos tenían relieves de Curicaveri, dios que les ayudaría en estas labores.
Algunas actividades relacionadas con el trabajo de la tierra, en especial con la agricultura, se encuentran en la obra de Maturino Gilberti: huczqua, la siembra; huczcani, sembrar el maíz; picunsqua, la cosecha, y uaruriequa, el trabajo en la pesca. La citada Relación de Michoacán señala varios tipos de labor: el tareta-uaxatati atendía las tierras del cazonci que trabajaba la gente común, campesinos purépechas, lo mismo que las tierras de los caciques. El trabajo de los campesinos llamado anchequarequa, en las tierras mencionadas, consistía en la siembra, limpia y cosecha. De acuerdo con referencias que se encuentran en diversas fuentes del periodo colonial temprano, se sabe que los tarascos cultivaban siete variedades de maíz, seis variedades de amarantos, además de frijol, chile y calabaza. En algunos lugares de la Tierra Caliente y de la costa, los pueblos sujetos al dominio del cazonci le tributaban tabaco, algodón y cacao.
La organización religiosa expresa una compleja jerarquía de dioses, sacerdotes y fiestas. Entre los primeros sobresale Curicaveri, que personifica el Sol, el fuego y la guerra; era el dios de la fertilidad y de los medios de sostén. Se le representaba con una navaja de obsidiana de color negro; se le ofrendaban plumas de perico y collares de turquesa, oro, plata y huesos de pescado, y en su honor se sacrificaban prisioneros de guerra. Cuerauaperi era una deidad femenina, la madre de todos los dioses, quien tenía sus templos principales en Araró, Zinapécuaro y Tzintzuntzan. En su honor se celebraba la fiesta de Sicuíndiro.
A la deidad femenina Xaratanga, hija de Cuerauaperi y esposa de Curicaveri, se le identificaba con la Luna. Era la diosa protectora de los medios de subsistencia y de la reproducción humana, además de los temascales y del juego de pelota. Se le ofrendaban patos y codornices, y sus templos principales estaban en Tzintzuntzan, Zipiajo, Uricho y Zacapu. La Relación de Michoacán menciona también a los dioses del inframundo, los cuales protegían las cuatro partes del Universo, además de nombrar diversas deidades de cultos locales.
Los tarascos prehispánicos mantenían una amplia y compleja estructura sacerdotal encargada de promover y sostener el culto de los dioses. En primer lugar, el petámuti o sacerdote mayor representaba al dios Curicaveri, impartía justicia y presidía las ceremonias religiosas de mayor relevancia. Vestía una túnica negra y portaba los atuendos del dios Curicaveri, los cuales consistían en unas tenacillas de oro pendientes del cuello y una guirnalda en la cabeza. En la espalda llevaba un guaje con incrustaciones de turquesas, y portaba un bastón de mando adornado con plumas de colores que en la parte superior tenía una navaja de obsidiana, símbolo del dios Curicaveri. A su vez, los curitiecha se encargaban de quemar incienso en los templos, los axámecha eran los sacerdotes sacrificadores y los xopitiecha auxiliaban al axámecha deteniendo las manos y los pies de los sacrificados mientras este último les extraía el corazón. La especialidad de los thiumecha era sostener la imagen del dios Curicaveri durante las guerras de conquista; los patzariecha custodiaban las imágenes de los dioses en los templos, en tanto que los curípecha organizaban las ceremonias religiosas previas a las guerras de conquista, y los pungaracha tocaban los instrumentos musicales durante las ceremonias religiosas.
Entre los tarascos prehispánicos, el culto a los dioses se expresaba mediante la celebración de un amplio ciclo de fiestas, entre las que sobresalían las siguientes: Sicuíndiro era la fiesta dedicada a la diosa Cuerauaperi antes del inicio de la temporada de lluvias, durante la cual se sacrificaban esclavos y prisioneros de guerra, a quienes se les arrancaba el corazón, que era arrojado a las fuentes termales de Araró con el fin de propiciar la abundancia de lluvias y el buen temporal; se les quitaba la piel y con ella se revestían los sacerdotes mientras danzaban alrededor del templo con atados de cañas de maíz a la espalda.
Otra fiesta era la de Caheri-uapansquaro, también dedicada a la diosa Cuerauaperi, que tenía lugar en Zinapécuaro y Araró; al final de ésta se celebraba una tercera, llamada Curíndaro, que comenzaba con el traslado de la imagen de Cuerauaperi de Zinapécuaro a Tzintzuntzan. La Relación menciona igualmente la fiesta de Equata-conscuaro, llamada también la fiesta de las flechas, durante la cual el petámuti impartía justicia ataviado con las insignias del dios Curicaveri y mandaba ejecutar a los malhechores, a los espías de guerra, a quienes se mostraban renuentes a ir a la guerra, a los médicos charlatanes, a las mujeres y los hombres adúlteros, a los vagabundos, a los hechiceros y a los funcionarios que por negligencia habían dejado perder las cosechas en las tierras asignadas al cazonci, a los dioses y a la guerra.
La fiesta de Uri-hisperanscuaro tenía lugar después de una guerra de conquista, y durante ella se rendía homenaje a los guerreros caídos en batalla. El sacerdote sacrificador contaba la historia de los huesos de los valientes que habían muerto peleando para ensanchar el territorio. Después de esta ceremonia, los sobrevivientes de guerra eran bañados y se les juntaba con sus mujeres. La misma fuente informa que antes de comenzar una guerra de conquista tenía lugar una ceremonia llamada Hansiuansquaro, la cual se iniciaba con la recolección de leña, encabezada por el irecha, para mantener el fuego encendido en todos los templos dedicados al dios Curicaveri.
Otra fiesta representativa era la de Purecoraqua, efectuada durante febrero en Taximaroa, adonde acudían peregrinaciones de todos los pueblos y a lo largo de tres días practicaban autosacrificios, es decir, los participantes se sacaban sangre de diversas partes del cuerpo para ofrendarla con copal y tabaco al dios Curicaveri. Durante la celebración de esta fiesta, en 1521, tuvo lugar el primer encuentro de los españoles con los tarascos en Taximaroa.
Desde la época prehispánica, la música fue parte fundamental del ser cultural de los michoacanos.
YLLEGÓ EL ESPAÑOL, ANTECEDIDO de cometas y augurios. Después de la caída, la toma y la destrucción de Tenochtitlan, el conquistador Hernán Cortés recibió en Coyoacán a los enviados del cazonci. A su vez, él despachó a varios de sus seguidores a buscar oro a las provincias de Michoacán, Sayula y Tamazula. Otros españoles en Tzintzuntzan, de paso a Colima, contaron que en dicha busca, “los naturales de la tierra nos resistieron que no pasásemos adelante, y sobre ello nos quisieron matar muchas veces; y de esta ida trajimos grandes relaciones de las tierras que habíamos visto”.
En julio de 1522, Cristóbal de Olid incursionó en dominios purépechas. Con la gente que traía y con la que tomó en Tzintzuntzan, juntó 50 hombres de a caballo y 150 de a pie; con este contingente marchó a las provincias de Michoacán, Sayula y Tamazula, y por el camino pacificó algunos pueblos y le dieron mucho oro y plata, pero como estaba recién casado y la mujer era joven y hermosa, apresuró el regreso a la Ciudad de México-Tenochtitlan.
Así empezó el contacto lugareño con el español, con Europa. La conquista, de la que bien da cuenta Benedict Warren en La conquista de Michoacán, se dio sin encontronazos. Hay noticias de que los naturales de la región no presentaron resistencia; además, el cazonci ya se había rendido por completo. La entrada de Olid y su rápido retiro de territorios del dominio purépecha, acompañado de un informe igualmente precipitado, no dejaron del todo complacido a Cortés; por eso mandó a Antonio de Carvajal, a mediados del año siguiente, para verificar e inspeccionar mejor los pueblos que se habían entregado de forma pacífica. En 1524, Carvajal retornó a México, justo cuando Cortés preparaba su expedición a las Hibueras (Honduras) para reprender a Cristóbal de Olid por la ligereza de su actuación frente a la autoridad. En cambio, Carvajal llevaba la relación de pueblos cabeceras, personas, viviendas y número de habitantes; en fin, contaba con la medida tributaria de cada lugar y de su gente, datos que sirvieron de base al conquistador para el reparto de pueblos en encomienda.
Enterado de lo que había en cada lugar, Cortés inició el reparto oficial de encomiendas en los territorios occidentales, antaño bajo el dominio del irecha o cazonci
