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Imprescindible lectura Mientras Víctor está predestinado a redimir la memoria de su antepasado en el lugar injusto que perpetúa el olvido, la promesa hecha a su abuela embarcará a Águeda en un viaje hasta el origen de su nombre; allí el destino la empujará a enmendar la sinrazón que enturbia el recuerdo de un alma que busca redención. El azar ha cruzado sus vidas, pero para poner en orden sus cuitas no será suficiente el nexo que les une. Mientras todo transcurre es una historia cargada de pasión, intriga y emotiva crudeza que te llevará desde la posguerra española y la Alemania de la II Guerra Mundial hasta las lavas destructoras del monte Etna.
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Seitenzahl: 694
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Primera edición: julio de 2021© Copyright de la obra: Lola Martínez Lorenzo© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-123754-4-2Código ISBN digital: 978-84-123754-5-9
Depósito legal: B-8425-2021
Corrección literaria: Teresa PonceMaquetación: Celia Valero
Imagen de portada: Lola Martínez Lorenzo
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
A la vida, que no siempre es justa
Índice
PRIMERA PARTE
I. Klaus y la angustia
II. Los sueños reincidentes
III. La misión de Ángela
IV. Desafío a la memoria
V. La cotidianidad y los sueños
VI. Revelación
VII. Desalojo inminente
VIII. Y también la vida
IX. La suerte está echada
X. Sobre la tumba
XI. El compromiso de José
XII. La madame de Badajoz
XIII. Se casan
XIV. Parte Juan Corví
XV. Confusión y desorden
XVI. Aparece Crisanda María
XVII. La debilidad vence
XVIII. El éxodo de José
XIX. Las confesiones
SEGUNDA PARTE
XX. Aparece Águeda
XXI. Nuevo destino
XXII. La memoria de Silvana
XXIII. Víctor y Águeda se encuentran
XXIV. La realidad no se detiene
Prólogo
No eran los personajes más relevantes, como tales, de esta historia, pero sí imprescindibles. Su misión, determinante para sacar a las almas de su deambular penoso. Concluida, se fundió como la niebla dando paso a un amor primitivo, de esos a primera vista. El destino había unido a Águeda y Víctor después de vivir por separado una extraordinaria experiencia, en unos momentos cuando la vida brotaba con ilusiones de juventud. Lo que en un principio no empañó el arrebato de su pasión, apareció pronto minando el temple del inmaduro Víctor. Ahora, transcurrido el tiempo de semblanzas, tenían la ocasión de reconducir sus vidas.
Primera parte
I
Klaus y la angustia
Tras la ventana, frente al descuidado jardín que le separaba del mundo, Klaus permanecía impasible presa de su obsesiva inquietud.
Instalado en su vaga esperanza, aceptaba con poca sumisión la inexistente posibilidad de huir de aquella población alemana, en plena guerra que le era ajena. Un enérgico gemido desde el dormitorio lo sacó del enajenamiento, volvió a escudriñar las manidas hojas del calendario del año 1941, casi un año sin renovar, donde ya no cabían anotaciones inútiles, antes de entrar con desgana en la habitación donde Anna permanecía en la cama como siempre; como desde hacía un año por estas fechas, a raíz del trágico suceso cuyas graves secuelas la retenían encamada y presa de una depresión permanente. Anna ya no podía cobijarse en aquella quimera. Frustrado el embarazo, enferma y hundida anímicamente, su intención de atarle para siempre había fracasado. Ya no existía el compromiso que pudiera retenerle a pesar de las crudas circunstancias que latían afuera y que parecía ignorar al resguardo de aquella casa a la que solo llegaban los ruidos de los bombardeos y de las sirenas. Por retenerle, Anna se había hecho el firme propósito de no levantarse jamás, pero la infección derivó en complicaciones graves y sus maquinaciones cobraron una fuerza real. Klaus vagaba por aquella casa como un muerto, convencido de que Anna era capaz de todo por conseguir sus fines. No podría liberarse de toda la angustia que arrastraba desde que supo que la documentación, que ella misma le había conseguido y que le permitiría moverse sin ser detenido por su condición de judío, la guardaba Ángela, la única hermana de Anna, en su casa.
Klaus, plantado como un pasmarote frente a los turbios cristales, cobijado de los peligros, hacía y deshacía planes absurdos que caducaban como el día, sin más horizonte que la pared del jardín.
La resistencia era la venganza de Anna. Solo le quedaba ese placer, verle preso a su merced. Retenerle sería ya el único objetivo de su vida. Desde esa cama como una tumba, cada vez más apelmazada; perseverando en la perenne obstinación y el aguante más acérrimo, controlaba sus movimientos.
Sobre la mesa del regio despacho, una carta iniciada; una misiva para cuando estuviera muerta. La impaciencia empujaba a Klaus a llevarla a término como si de ello dependiera el plazo vital, pero ella permanecía viva a pesar de las complicaciones. Cada mañana un ronquido asemejado a una protesta anunciaba otra jornada de hastío. Los lamentos y amenazas de Anna, otro día, volvían a hacer trizas la esperanza de cambio. Su obstinada persistencia tenía más fuerza que todo el cansancio y tedio que él arrastraba.
Después de haber puesto en orden las cuentas de la familia, Klaus usaba el despacho a hurtadillas gracias a que la cerradura estaba rota; era una forma de conservar un ápice de su maltrecha dignidad. El mobiliario decía mucho de la clase perfeccionista y fría del hombre que lo había usado en otro tiempo. Detalles como la esvástica dentro de un círculo blanco sobre fondo rojo, y un principio nazi, enmarcado sobre la mesa. En el otro extremo dos fotografías del Führer. En una de ellas, en la que aparecía con el brazo extendido al frente, una frase manuscrita: «Vino a salvar al pueblo del mal»; en la otra se le veía en la tribuna en pleno discurso en olor de multitudes. Otras en las que el general aparecía marcial y en actitud grave o en compañía de otros militares de su rango ocupaban uno de los estantes de la librería, donde los libros más pequeños permitían su ubicación. En ese espacio al que solo él tenía derecho, ni una foto de temática familiar; como si el mundo del general se redujera a su pasión por Hitler y dedicación absoluta al régimen. Un espacio que siempre fue prohibido a su esposa y sus hijas, y que a su muerte Ángela se encargó de preservar.
Sobre la cama, cubierta tan solo por aquel camisón, arrugado y pardo, húmedo por el sudor, Anna ofrecía un aspecto de abandono y desgana. Klaus no quiso acercarse —ni siquiera hizo un esfuerzo como gesto de compasión— más allá del marco de la puerta.¿Cómo podría yacer con aquel desecho de mujer? Esa sensación de asco pudo más que cualquier propósito que Klaus hubiera podido hacerse y que ya no era capaz de mantener.Ella, sin claudicar en su empeño de someterle, reclamaba a cada momento su presencia pidiéndole que se tumbara a su lado. Imperativamente al principio; sucumbiendo tras desfallecer ante su propia indefensión, lo pedía con más ponderación después. Él esquivaba siempre que podía su caprichoso requerimiento, seguro de que, si cedía a su exigencia, después vendrían sus asquerosas caricias que ya no toleraba, como tampoco su fétido aliento insufrible.
Toda la aspiración de Anna era obtener de Klaus cariño y atenciones; aunque le sentía cada día más distante, no valoraba la alternativa de echarle. Aquel hombre inconveniente con el que se tropezó por casualidad y al que no se resignaba a perder significó materializar la ilusión de tener un hombre en su vida. No sabía si aún seguía amándole, si alguna vez lo había amado, pero eso ya no era relevante.
Klaus se sentía preso del cerco insoportable que conformaban aquellas paredes habitadas únicamente por la desidia de unas vidas condenadas a la amargura de una resistencia vacía. Que ella hubiera ocultado su origen judío y le protegiera no podía darle un derecho vitalicio sobre su persona, pensaba desesperado. Pero así era y seguiría siendo mientras tuviera fuerzas para arañar a la vida ganando días a la muerte. Los únicos y mezquinos intereses de Anna se limitaban a conseguir su sometimiento bajo el control férreo de Ángela, su hermana.
La vida de Klaus antes de que su mundo se redujera a aquellas paredes la presidía el olvido. Ni siquiera guardaba en sus recuerdos una voz ni una sonrisa, ni un olor, ni un mal sentimiento. Nada era su pasado, borrado desde el día del accidente en la librería. Nada seguía siendo su vida instalado en un presente que soportaba como una condena en el más absoluto hastío. Aun así, debía agradecer a las dos hermanas el cobijo que le aislaba del peligro, de cuya magnitud ni siquiera era consciente. Antes de los incidentes Klaus, un hombre tranquilo sin mucha ambición, llevaba las cuentas de dos negocios de alimentación que funcionaban muy bien, hasta que una mañana se sorprendió con una pintada en uno de los establecimientos en la que ponía «no compren aquí, son judíos». Ya se habían dado altercados, pero le puso en guardia que despidieran a su hermano, maestro en una escuela pública donde era muy apreciado. Después vinieron las detenciones de amigos. No había esperado a que llegaran a su casa cuando entraron los soldados en su edificio pidiendo la documentación a los vecinos. No tenía que velar por nadie, nada le ataba. Un impulso le animó. Salió por la ventana y empezó a correr.
Mientras intentaba librarse del sentimiento de culpa que a veces atenazaba su conciencia, Klaus permanecía erguido ante la ventana que le separaba y protegía del ceniciento y agitado mundo que discurría tras el muro del arruinado jardín. Un resplandor que rompió la oscuridad le alertó. ¿Qué era esa figura tan próxima? ¿Se estaría volviendo loco entre aquellas paredes? Aquella sombra recortada por la luz de la luna, poblando el jardín despoblado, caminaba impenitente en círculo; se detuvo y enfiló en línea recta hacia la ventana. El aterrador rostro, rozando el cristal al otro lado, tenía ese toque frío, esa mirada inquisidora y escalofriante que solo la muerte es capaz de otorgar. Klaus dio un paso atrás y se abrazó a sí mismo tratando de atajar al corazón y los deseos irrefrenables de gritar. La sombra desapareció entre las brumas; el jardín volvía a convertirse en un espacio de tinieblas donde se detenía la vida.
—Klaus, ¿no duermes? ¡Ven! —gritó Anna desde su cama, que era su presidio, como aquella sala de rincones oscuros lo era para él—. ¡Klaus, contesta! Sé que estás despierto. ¿Por qué no duermes? —Klaus se había tapado los oídos como gesto de liberación inútil ante las reiteradas llamadas de Anna.
Todo volvía a ser lo mismo. Aquella aparición escalofriante no consiguió alterar la monotonía. Todo seguía detenido, amarrado a un destino descarnadamente cierto.
—¡Porque te sueño! —respondió con sorna y asco, ante la expiación a que era sometido.
Se arrepintió de inmediato; el hastío de Anna debía ser tanto o más que el suyo propio, reconoció. Un sentimiento de indulgencia le despertó una sensación de culpabilidad. Recapacitó y consideró que un poco de caridad por su parte no estaría de más. Empezaba a vencerle aquella maldita situación insoportable. «¡¿Por qué no se muere?!», pensó casi en voz alta.
Confuso por la presencia al otro lado de la ventana, Klaus sucumbió a la llamada de Anna y no solo por caridad. Volvió a sentir algo que nada tenía que ver con la compasión. Ni él mismo entendía aquellos brotes de ternura inexplicables que creía soterrados. Cuando la conveniencia era más fuerte que la inapetencia, surgían como un sentimiento marchito que hacía soportable el momento. La cordura todavía le permitía aquellos gestos; la percepción de gratitud era su autodefensa, le ayudaba a sobrellevar las insufribles situaciones.
—Ya no hace falta, me he orinado en el suelo, ¡maldito! —dijo Anna con ira, para acabar sucumbiendo en un llanto apático—. Mi hermana tiene razón, ¿para qué te necesito?
Esto último lo dijo con un tono de claudicación, como vencida, despertando en Klausun sentimiento de lástima que le hacía odiarse aún más. Pero inmediatamente recomponía su actitud soberbia que no le permitía bajar la guardia y continuaba insultándole furiosa.
—No te preocupes, Anna. Lo limpiaré, lo limpiaré ahora mismo —dijo intentando buscar su mirada para mostrarle una ternura sincera tan surrealista como el patético momento.
—Tengo frío. No puedo dormir. Me siento muy sola, ¿por qué no me acompañas?
Su tono imperativo había desaparecido. Mostraba una vulnerabilidad inusual; aunque siempre imperó la dura e impertérrita naturaleza cerril, ahora flaqueaba. Imploraba compasión, gesto impropio en ella. Había aprendido desde niña a controlar sus sentimientos, sus debilidades. Desde la más tierna infancia tuvo un buen preceptor, su padre; después, su hermana Ángela, tres años mayor, avezada en la misma doctrina, más fría e implacable. Impermeable a sentimientos inapropiados, nunca se dejó llevar por la compasión ni anidó en ella la ternura ni otro tipo de afecto que no fuese el estrictamente conveniente.
—Espera un poco, en unos minutos vuelvo —contestó Klaus con evidente poco interés por complacerla, con la esperanza de encontrarla después dormida.
Desapareció el llanto de forma tajante y su rostro contrariado se tornó severo y frío. Anna no podía permitirse claudicar ante las pasiones; no podía caer y abandonarse a sus propias miserias. Sus gestos, cada vez más duros, iban cobrando fuerza conforme su cólera aumentaba, dejando atrás unos momentos de debilidad en los que no se podía permitir caer. No existía tal proceder en el dogma de conducta que su padre les inculcó como la más ortodoxa de las actitudes ante la vida. Un militar de carrera ascendente desde el nombramiento del nuevo canciller; consecuente con su cargo en aquella Alemania que hervía, secundando y apoyando la incipiente monstruosidad que empezaba a perfilarse, hasta que la muerte repentina le sorprendió.
La ternura, la dulzura de su madre, nunca les llegó. No tuvo ocasión para hacerse un hueco entre los firmes fundamentos inquisitorios; no cabían los sentimentalismos en esa casa donde todo fue metódico, donde imperaba rigurosamente la marcialidad y la disciplina. La madre, una mujer sana cuya alegría natural se fue apagando, murió joven dejando el campo libre. Aquellas niñas crecieron sin el más mínimo accidente que enturbiara el propósito del severo y soberbio general, su padre. Se educaron bajo férreos y estrictos métodos donde no cabía la tolerancia ni condescendencia alguna fuera de las más rectas y precisas reglas de conducta intachable, tan necesaria —como a menudo repetía el general— para conducirse por la vida con derecho a respeto. El más mínimo gesto de feminidad, él lo convertía en frivolidad y escándalo.
—Estás impaciente por verme muerta, ¿verdad? Pero antes claudicarás tú —le dijo Anna inclinada sobre el lateral de la cama, vomitándole una retahíla de frases hirientes mientras, como un perro a cuatro patas, Klaus limpiaba los orines que su falta de oportuno auxilio precipitó.
Klaus, sumiso, habiéndosele despertado cierto sentimiento de culpa, miró tímidamente hacia arriba con recelo temiendo encontrar su colérica mirada que no podría sostener. Solo acertó a murmurar con recato:
—Lo siento, Anna, sabes que…
Sin dejarle terminar la frase, la extenuada mujer gruñó con apatía y se dejó caer en el centro del lecho húmedo, agotada, que no vencida, emitiendo un resoplido. Klaus, que hubiese deseado que le tragase la tierra antes que tener que soportar de nuevo los reproches de su mirada, salió en silencio buscando la liberación de la sala, su cárcel.
A la mañana siguiente Klaus acudió servil con el frugal desayuno. Otra vez obtuvo su perdón. Otra vez la extraña indulgencia casual de Anna le favorecía. De nuevo sería condescendiente y ocultaría a su hermana sus faltas. Aún alimentaba su ilusión y temía que Ángela le echara aprovechando la más mínima queja.
¿Para qué sustentar aquella presencia fútil que solo reportaba gastos?, argumentaba Ángela deseando deshacerse de aquel parásito. En vano todos los intentos de disuadir a su hermana de su acérrimo empeño de protección. Anna se aferraba a la única ilusión y le defendía ante ella; aún albergaba esperanzas.
Cada día, a las cinco y diez en punto de la tarde, Ángela acudía con su infalible puntualidad. El objetivo de su regular visita, además de recoger la ropa sucia de Anna, de la que ella se ocupaba, era comprobar si todo iba bien; si él seguía atento y pendiente a los requerimientos de su hermana, que se pudría en aquella cama sin ánimo alguno para salir de la rutina insoportable a la que se había aferrado como único asidero, soportando la vida. No era su salud la preocupación primordial de Ángela; se trataba de estar a la altura de un proceder correcto lo que la movía, pensaba Klaus, convencido de que solo atendía escrupulosamente una misión de espionaje: corroborar que un día más él estaba pendiente, como un guardián, estoicamente atento a sus necesidades y caprichos. Ángela, depositaria de su documentación falsa, solo se la devolvería el día que su hermana lo autorizara y ella misma lo estimase conveniente ―o sea, nunca, pensaba Klaus, desesperado―. Tras los exactos quince minutos de rigor, Ángela salía de nuevo por la puerta del dormitorio taconeando los once exactos pasos de siempre, ni uno más ni uno menos, hasta la sala donde él permanecía atento a la improbable novedad. Como todos los días, hacía una leve pausa a modo de despedida con la misma frialdad, con el mismo escueto saludo de todas las tardes, y se marchaba sin esperar respuesta ni comentario alguno por parte de Klaus. Como cada día, hasta el siguiente, que volvería de nuevo con su agria presencia y su aspecto rígido y arisco; su pétrea mirada despectiva; su actitud de insoportable altivez y desprecio que no se molestaba en disimular; sin la más mínima conmiseración ante la desesperada situación de Klaus.
Ángela tenía una bonita figura que sabía lucir a pesar de la sobriedad en el atuendo. Su rostro anguloso, donde prevalecía la marcada barbilla, no dejaba protagonismo a sus duros ojos hostiles, al contrario que en su hermana. Aunque no destacaban demasiado, los ojos de Anna eran despiertos y vivaces; en ocasiones irradiaban cierta calidez, que, como un gesto equívoco, controlaba haciéndola desaparecer como si se tratara de un desliz al que no debía sucumbir.
Al principio, las visitas o inspecciones de cada tarde fueron un entretenimiento esperado para Klaus; se rompía la monotonía de todas las horas de encierro. Pronto aquel extraordinario movimiento engrosó la lista de los movimientos habituales que sin el menor estímulo ni esperanza motivaran sus días; un momento rutinario dentro del soporífero tedio interminable de cada jornada.
Ángela colocó bolas desinfectantes por los rincones del dormitorio. Cuando lo hizo en la sala donde Klaus dormía, comía, soñaba, lloraba —últimamente, mucho—, él permaneció sentado, impasible, con la cara entre las manos saboreando la novedad del movimiento. Ella le miraba cada vez que colocaba una, con actitud recriminatoria, tal vez reprochándole la falta de higiene que imperaba en la casa. Al marcharse, esta vez no fueron los once ininterrumpidos pasos que, como siempre, él esperaba adormecido por la musicalidad del usual compás. Esa tarde Ángela volvió sobre sus pasos y dijo algo a su hermana que él escuchó, pero no logró entender. No tuvo lugar la escueta despedida, tal vez para recuperar aquellos instantes, pensó Klaus con desconsuelo ante el desdén. No despertaba ni un atisbo de consideración en ella. Aunque falsa, la mínima atención era necesaria para no sumirle en la más absoluta humillación. Ángela siempre le odió. Tan solo le soportaba por respeto a la memoria de su padre, al que había prometido que no permitiría que su hermana pequeña, la más débil, se hundiera nunca en las tentaciones y miserias del desorden.
Klaus se había convertido en un parásito, así le consideraba Ángela desde hacía tiempo. Al principio, cuando se hubo instalado en la casa, las ayudó con los documentos que su padre había dejado sin resolver debido a su muerte inesperada. Klaus, que no recordaba nada de su vida anterior, demostró ser un buen gestor. Tal vez fuese contable, se le daban bien las cuentas y las gestiones administrativas; se desenvolvía perfectamente entre aquellos papeles que para las hermanas eran como un puzle. Solucionó en la sombra todos los asuntos de arrendamientos y otras gestiones pendientes dejándoles todo claro y resuelto. Ángela no consiguió convencer a su hermana para echarle. El exterior se recrudecía para los judíos y ocultarle era la forma de agradecerle su trabajo, argumentaba Anna conformándola con plazos que encubrían sus razones.
El sonido estridente del portazo de Ángela, al que Klaus nunca se acostumbraría, volvió a recordarle su condición de reo, reafirmándole en su tortuosa y doliente existencia. Sin otro entretenimiento, Klaus volvió a caer en el vicio de imaginar lo que sucedía tras la ventana. Más allá del abandonado y sombrío jardín, amenazaba con desmoronarse un edificio ruinoso perjudicado por los bombardeos, del que solo podía vislumbrarse la parte más dañada, cuyos escombros casi rozaban la balaustrada. A escasos dos pasos de esta, mostraba un abandono sin disculpa el pequeño promontorio de tierra torpemente aglutinada, bajo el que, a pocos centímetros del suelo, cubiertos de hojas y soledad, reposaban los restos del malogrado feto. Tan solo un difuso círculo de piedras colocadas arbitrariamente, con el propósito de perfeccionarlo después y que siempre fue aplazando, diferenciaba torpemente el lugar exacto donde enterró, la noche aciaga en medio de la confusión, aquel bulto que realmente le importaba muy poco y del que solo deseaba deshacerse. Empujado por el apremio y la estupefacción, había depositado aquellos restos sin un gesto de aflicción. ¿Cómo hubiese sido el curso de su propia vida de haber sobrevivido? Klaus se hacía estas conjeturas sin sentimiento alguno. Instalado en la desidia y tedio más absolutos, la fuerza de la costumbre acabó por normalizar lo que en un momento determinado había dejado para ultimar más adelante. El olor de la podredumbre había hecho saltar la valla a un perro hambriento que husmeó el trozo de tierra removido. Antes de descubrir el escaso bocado, Klaus tuvo el arrojo de espantarlo y reforzar el débil promontorio. Cada día, desde la ventana, miraba aquel rincón sombrío y los pesimismos acuciaban con más fuerza su mente confusa. Le costaba admitir que fuese un ser humano, su propio hijo —ni siquiera hubo reparado en aquellos momentos si era niño o niña; otro de los motivos de recriminación de Anna—, lo que se guarecía inerte bajo una fina capa de tierra a escasos centímetros del suelo. Con el tiempo le vendría bien considerarlo así; tendría algo serio, tangible, que custodiar; un punto cierto donde posar la vista, sin que despertara en él sentimiento fraternal alguno. El abandono de aquel rinconcito funesto desprovisto de inscripción alguna apenas removía su acomodada desazón.
Sin ser consciente de la dimensión que habían tomado los acontecimientos, no era valorado el acomodo que le separaba del peligro en aquella casa protegida de toda incursión. Liberarse, salir del confinamiento amparado por la seguridad de la nueva identidad, ocupaba su mente.
La vida no le esperaba, pero Klaus reptaba tras ella como un moribundo intentando arañar al tiempo. Aunque fuera cargado de sombras y de miedos, necesitaba dar sentido a sus días. A veces la conciencia le martilleaba ante el descarado desdén que mostraba hacia Anna. ¿Qué me cuesta ser un poco amable?, pensaba, a pesar de los insultos a los que últimamente encontraba justificación y del evidente desprecio reiterado que le profesaba Ángela.
—Anna, ¿estás despierta? ¿Quieres que hablemos? —dijo entrando en la habitación con actitud y voluntad conciliadora.
Anna lo miró con menosprecio. Su mirada era afilada, recelosa, aunque podría adivinarse un trasfondo de súplica que cada vez disimulaba menos. Sin apartar los ojos de la intranquila expectación que mostraba Klaus, rasgó su camisón por el escote dejando ver dos senos secos en reposo. Él la miró con desconcierto unos segundos, después fue directo hacia la cómoda para buscar otro camisón. Estos gestos, cuando menos, descorteses, exasperaban aún más el ánimo de Anna, que se retorcía literalmente en aquella cama a la que no dejaba de invitarle noche tras noche, apelando tristemente a un deseo ilusorio como único recurso para paliar el hastío al que ambos estaban sometidos.
Klaus intentaba recordar, pero cuando las imágenes someras y escurridizas acudían a su mente, con la misma facilidad y premura se esfumaban para siempre en el limbo de las cosas que no existen. Le asaltaba a menudo la imagen de aquella silueta fantasmal a través de la ventana. La imagen de aquel hombre con la cabeza partida por el golpe que él mismo le había propinado aunque no lo recordara, mirándole fijamente desde el otro lado del cristal.
Un instinto le llevó a revisar aquellos extraños papeles que guardaba como una incógnita de su pasado. Ello le hizo recordar aquel rostro, aquella mirada, aquella situación; aquel suceso absurdo que dio lugar a unas drásticas y nefastas consecuencias. Aquel hombre había irrumpido frente a él con una especie de machete amenazándole claramente. Klaus no podía recordar desde dónde, ni por qué, el desconocido se había dirigido directo hacia él con la mirada fija, sentenciadora. El acto reflejo más lógico fue propinarle un golpe en la cabeza con lo que llevaba en la mano, un objeto contundente que usó como arma fatídica, recordó con nitidez. Confuso, se creyó ahora salvado de la peligrosa circunstancia exterior. Se jactó por primera vez de estar bajo el cobijo de aquella seguridad dañina.
Klaus no lo recordó, pero, después de propinarle el golpe, había podido comprobar con estupefacción cómo se retiraba sigilosamente una serpiente, a su espalda. La intención de aquel hombre había sido evitar el ataque de la serpiente surgida de entre la leña, sin reparar en la impresión ni efectos que podría provocar el hecho de sacar su navaja en actitud defensiva. Él era el fantasma que ahora le asediaba tras la ventana impidiendo ser olvidado, y del que no podía recordar qué les unía ni por qué, acuciándole con sus reiteradas apariciones fantasmales. La mirada limpia y desconcertada de la víctima se había clavado en él, tras el certero golpe, presumiendo Klaus adivinar en ella el perdón, convencido de que el desconocido, en sus últimos momentos de consciencia, había tenido ocasión de entender la confusión que le llevó a actuar de una forma irreparablemente mortal. Pero esos pensamientos, los últimos que atormentaron la conciencia de aquel hombre, no fueron eximir de culpa a su indeliberado asesino. El desconocido, del que Klaus, ahora, no tenía la certeza de si lo era o no, había ido perdiendo la vida sin dejar de clavar en los suyos sus ojos tristes. Klaus se incautó de cuanto contenían sus bolsillos, que era muy poco: la documentación, un pañuelo sucio de bolsillo, unas monedas extranjeras, un currusco de pan duro y una nota casi ilegible por las dobleces y el trasiego. La intención no fue robarle, sino dificultar las pesquisas cuando se hallase el cadáver; que no fuera posible identificarle y nadie dedicase el más mínimo esfuerzo por buscar al asesino. Esa reflexión, bajo la presión del momento, dejó pronto de tener sentido. Lo lógico sería que con toda aquella confusión nadie reparase en el cadáver, pero, aun con todos los atenuantes que pudiesen disculpar el hecho, él no dejó de sentirse un asesino, sensación de la que pronto se deshizo. Supo, a través de la documentación incautada de su bolsillo, que el hombre era español, tenía treinta y cuatro años, se llamaba José y era hijo de Hilario y Agustina. Pensó en deshacerse de la documentación, que bien pudiese comprometerle; era mucho más conveniente ir ligero de papeles que pudieran perjudicarle, pero le acometió la desazón, la culpa de hacer desaparecer a una persona a todos los efectos. Como mínimo debía conservar sus credenciales; era lo único que prevalecería como memoria de aquel hombre con derecho a la vida que él segó tan fútilmente.
Este nefasto pasaje, recordado tras las apariciones a través de la ventana, dio sentido a la documentación que había guardado como un enigma, seguro de que no era la suya propia, perdida probablemente en el trasiego de la huida. Klaus, ante el estímulo y la esperanza que le producía relacionar aquellos documentos y la imagen espectral, acertó a evocar fugaces imágenes escurridizas en medio de una atmósfera con claro ambiente de sobresalto, donde el menor movimiento le ponía en guardia. Nada más. No pudo acordarse de qué significó o hubiera significado en su vida aquel hombre de no haber resultado tan fatal el desafortunado tropiezo.
Su memoria, anulada tras el fuerte golpe recibido en la librería, no alcanzó más dimensión. Intentó no pensar para no atormentarse por aquella muerte absurda que le convertía en asesino, pero el espectro, el cadáver que se le aparecía una y otra vez, lejos de suscitarle terror o enojo, le reportaba un confortable sentimiento de esperanza al proporcionarle una puerta a su pasado. Le alentaba que alguna imagen, un olor, una música o una sensación le abriera la capacidad más allá de los recursos de su mente; que otros recuerdos le ayudaran a salir de la angustia de la no memoria.
La inquietante imagen a través del cristal, relacionada con aquellos papeles que rescató de sus bolsillos, era el primer eslabón para recuperar su vida exterior antes de su confinamiento. Recuperar ese pasaje de su vida antes de que Anna les rescatara a Karina y a él en la librería suscitó un aliciente que le empujaba a buscar otras señales. Estaba seguro de que, si pudiera recorrer los alrededores, pisar las calles, contemplar los edificios…, con toda seguridad acudirían a su mente otros recuerdos que le llevarían a reconstruir su pasado, su vida. Llevó a la sala la pila de periódicos, bien ordenados por fechas, del despacho del general y se pasaba parte del tiempo ojeándolos en busca de pistas.
—¡Klaus, Klaus!—Anna gritó de nuevo reclamándole.
«Su hermana acaba de irse, no se tratará de ninguna urgencia. Que me suponga dormido», pensó Klaus perezoso.
Klaus cedió a la exigencia de Anna, que no dejaba de requerirle cada vez con más fuerza. Le pidió que calentara agua y la ayudara a bañarse. Klaus, ante la poca disposición que tenía para hacerlo, salió del paso argumentando que mejor al día siguiente cuando viniera su hermana. Por un momento fantaseó con una idea: la supuso capaz de ahogarse ella misma; mataría dos pájaros de un tiro: se libraba de aquella existencia insoportable y su hermana le culparía a él. Después reparó en que, tal vez... «Báñate», sí, es lo que había dicho Ángela a su hermana al marcharse cuando retrocedió en el pasillo, esa misma tarde.
Klaus apuró el resto de coñac que mantenía escondido y venía administrando desde que descubrió la botella, llena, en el fondo de un armario, oculta, preservada posiblemente de la prohibición. Entró de nuevo en la habitación para justificar su negativa, más eufórico después del trago y, como excusa, le dijo que era más conveniente bañarse por la mañana, con una temperatura ambiente más cálida. Hasta le dedicó una sonrisa a la que ella no correspondió adoptando un gesto de resignación muy conveniente. Sin dar muestras de enojo por la negativa, Anna alargó su escuálido brazo hacia el frente señalando la cómoda y le pidió que le acercara el álbum de fotos que guardaba en el primer cajón. No tenía sueño y le apetecía que lo ojearan juntos, añadió exteriorizando un regusto por el placer que le proporcionaba el momento, y un centelleo avivó sus ojos. Le gustaba recrearse con las fotos del hipódromo, donde se lucía con garbo y presunción el jinete de éxito en aquellos momentos cuando la vida discurría con normalidad. Actualmente el hipódromo ya no existía como tal. Estaba abandonado. Las circunstancias habían arruinado un lugar esplendoroso donde la burguesía y otros estamentos de la sociedad gozaron jornadas de carreras con espléndidos caballos de las mejores razas, muchos de ellos de ascendencia árabe y procedencia española. Destacaba por entonces aquel jinete de moda que disfrutaba de popularidad, bastante engreído.
Aquel señoritín, el jinete de figura afeminada y ademanes masculinos, aparecía en las fotos montando o sonriendo entre la gente que le felicitaba, dando cuenta de su galanura. Tan ambiguo era su aspecto como su proceder con mujeres y hombres, despertando en más de un esposo vejado cierto odio y resentimiento. Un trágico y precipitado final había acabado prematuramente con su vida. Lo hallaron reventado en las cuadras por la coz de un caballo. Se rumoreaba que la muerte fue provocada por un marido airado que hábilmente lo había preparado para que pareciese un accidente. El jinete fanfarroneaba, no sin razón, de tener a las mujeres a sus pies. Ella, Anna, presumía de que se le había declarado. Klaus nunca creyó que se hubiera fijado en ella. Anna no era de esas mujeres que encandilan a un hombre y mucho menos a un presuntuoso como suponía al jinete. Ni siquiera tenía armas para enamorar a un simple furtivo como él, pensaba convencido.
En un principio, cuando compartían mejores momentos, Anna, Ángela y él departían de vez en cuando. Una de esas tardes, Klaus, con mala idea, mencionó el supuesto idilio de Anna delante de su hermana, intentando desenmascararla sin consideración alguna. La intención dio resultados. Ángela miró a Anna con clara expectación y asombro, aunque no dijo una palabra. Klaus ya estaba cansado de seguirle el juego, de fingir que sentía celos. Era la cuarta vez que Anna le mostraba las fotos del presumido caballerete, erguido sobre la grupa de un purasangre. No soportaba seguir alimentando aquella ridícula comedia; empezaba a sentirse cansado de aquel circo donde dos mujeres a las que ni quería ni, desde hacía algún tiempo, aguantaba dirigieran su vida a su capricho. No podía seguir disimulando el hastío que le producía la pícara mirada de reojo de Anna tratando de escrutar en su rostro los celos que él, al principio, caritativamente había dejado entrever que le suscitaba la idea de que ella siguiera recordándole con algún tipo de sentimiento. No necesitaba reafirmarse en su sospecha de que todo era un farol de Anna ahora que el jinete había fallecido, pero sí que dejara de representar la patética farsa de un idilio que nunca existió. Anna, sin mostrar turbación, le había mirado con inquina y él vio en sus ojos que se la había jurado. Ella sabía que lo hizo con el propósito de desenmascarar su presunción, tan falsa como ilusoria, pero hasta aquel momento había sido una fantasía torpe que utilizaba para suscitarle interés, para intentar romper la distancia que a menudo veía en sus ojos y a la que ella ponía nombre de mujer, Karina, su eterna rival contra la que no podía luchar porque estaba muerta. Era difícil competir contra un recuerdo idealizado.
La más absoluta e insufrible realidad le tenía cercado, imposibilitado. Klaus solo aspiraba a que le amparara la locura para no ser consciente; para no cargar el peso de una razón que le oprimía y estrangulaba el alma. «Lo sabe, sabe que no la soporto; ha perdido la dignidad y solo le importa conseguir el placer forzado de mi atención para sentirse viva y aliviar su hastío, para olvidar por unos momentos su condición, su espantosa realidad a la que desea arrastrarme. Utilizará hasta la última de sus fuerzas para fustigarme», musitaba Klaus mientras miraba a través de la ventana, desde donde solo podía ver la tapia al otro lado del jardín, todo su horizonte. Mejor así, pensaba algunas veces. No era muy alentador cuanto acontecía al otro lado. Aunque sin noticias del exterior —Ángela se había llevado la radio—, le llegaban los zumbidos de los bombardeos y el trasiego de los vehículos y los soldados fuera de aquellos muros que le mantenían resguardado y alejado del agitado y peligroso mundo al que, ahora, no le importaría hacer frente con tal de alejarse de aquel tedio.
Los viejos periódicos —el nexo que le unía al pasado—, arrugados, maltrechos, hasta grasientos, apilados sobre el aparador con desorden, algunos disgregados por el suelo, habían perdido su prestancia, tan manoseados que a veces le daban ganas de deshacerse de ellos para que no le recordaran constantemente sus miserias. Volvía al refugio de la ventana y buscaba los pequeños cambios con que el viento modificaba el jardín estrafalario y arruinado, cada vez más asolado, en el que no quedaban rastros del manto de acianos que dieron un toque de vivos azules refrescantes cuando aún vivía el padre, que los siguió cuidando en recuerdo de su esposa, cuyas inquietudes y sentimientos, necesidades y deseos poco le importaron y a la que solo respetó después de muerta. No los había plantado ella, nacieron accidentalmente y los cuidó con cariño y dedicación, como la tarea más apacible, donde los miedos no existían, consiguiendo que se propagasen dando un esplendor muy acorde con su personalidad alegre, marchitada.
Aquellos periódicos, que Klaus acababa repasando con desgana, eran como un asidero donde seguir buscando su memoria; donde apelar al tiempo pasado rebuscando entre titulares y textos alguna noticia, alguna frase, algún anuncio que despertara un recuerdo; que le devolviese su entidad y le transportara a su realidad pasada por desagradable o desapacible que pudiera presentarse. Le chocó un anuncio donde un profesor de universidad buscaba «aria pura, joven y sana, para matrimonio». Klaus se entretuvo pensando cómo habría transcurrido la vida de aquel hombre en estos últimos años, si habría encontrado a la joven que cumpliera los requisitos, si habría sido feliz con la mujer que escogiera o si se habría arrepentido con la elección. Enunciados sobre Hitler y sus paseos con su sobrina. Noticiarios confusos sobre política que no le decían nada. Una referencia al incendio en el parlamento, hacía años, en febrero del 1933, que después de leer con atención, tampoco le trajo nada a la memoria. El desconsuelo le llevó a Karina, la joven y adorable criatura a la que la vida había tratado tan mal.
Klaus desconocía la dimensión de la situación. Ángela, la única que podría aportar noticias, nunca hablaba de ello; como si ya estuvieran desahuciados de la realidad, reos de unas circunstancias cuyas consecuencias poco le importaban.
El reloj que presidía la desmantelada sala se había quedado casi solo en aquellas paredes marcadas por el vacío que el efecto del tiempo delataba, dibujando una ausencia patente, resistente a la fina capa de pintura que no consiguió hacer olvidar la silueta que marcó la retirada de lo más regio, aquello que seguiría, de no haber sido por la salvaje usurpación, presidiendo el ambiente con su suntuosa prestancia: las librerías. Ángela se había llevado a su propia casa las más fáciles de desmontar, y parte del fondo de libros: la mitad de los tomos más valiosos por presentación y temáticas. Se había llevado los dos módulos laterales, dejando los centrales anclados a la pared, y la mitad del ajuar de la casa, como mobiliario de lo que se suponía le podría corresponder por herencia. Costó mucho desmontar aquellas librerías. Eran una joya y Ángela no quiso renunciar a ellas, aun consciente de que sufrirían desperfectos considerables al arrancarlas de aquellas paredes que quedarían un poco huérfanas. En uno de los estantes, escondidos tras unos tomos, bien ocultos, encontraron dos libros: una novela de Thomas Mann, Tristán, y Otelo, de Shakespeare. Toda una proeza ocultarlas en la casa, cuando los dogmas y costumbres estaban muy alejados de determinadas temáticas. Enrolladas y sujetas con una cinta de raso azul, habían encontrado unas partituras de Verdi, muy manidas, y un título de profesora de piano. Posiblemente, totalmente abnegada, fuera lo único que pudo conservar la madre, rescatándolo de la tiranía de aquel hombre instruido, de nula sensibilidad, al que la esposa nunca alcanzó a comprender. Las hermanas se miraron con sorpresa ante los hallazgos y, mientras Ángela reparaba en los libros, Anna deshizo el nudo de la cinta de raso y acarició las partituras, que olió intentando evocar el recuerdo de su madre. Ángela, sin hacer la más mínima alusión a las partituras, dijo que se desharían de aquellos libros; pero Anna reaccionó casi con violencia, tal vez molesta por la poca delicadeza de su hermana ante las cosas de la madre, y dijo que quería leerlos. Ángela hizo un mohín despreciativo que ocultaba una curiosidad que no quiso confesar. En cuanto al título de profesora de piano de su madre, surtió distintos efectos en cada una. Ángela apenas se inmutó, como si, teniendo conocimiento de su existencia, no le diera la más mínima importancia. Se dio la vuelta para evitar las preguntas de Anna, a las que jamás quiso responder. Anna, más que dolida, desconcertada, fue hasta el otro extremo de la sala y levantó la alfombra. Reclamó a su hermana y, expectante, no dejó de observarla esperando una explicación o un simple comentario sobre aquellas marcas en el suelo de madera que había descubierto un día, respuesta que nunca obtuvo. Marcas que ahora suponía de un piano de pared que no recordaba. Ángela no dijo una palabra en ese momento, ni después, ni nunca. Anna intentó varias veces hablar del tema, pero su hermana siempre lo esquivaba como si supiera algo de lo que no quería hablar; un secreto atroz que no deseaba compartir con ella. Anna, al contrario de lo que demostraba Ángela, estaba muy afectada por los últimos acontecimientos, de los que no hicieron partícipe a Klaus, que se mantenía al margen, aislado en el despacho, poniendo en orden los asuntos contables que el general tenía un poco descuidados absorbido totalmente por sus obligaciones militares.
—Ángela, ¿te acuerdas de mamá? —preguntó Anna visiblemente triste, incidiendo en el tema que su hermana siempre evitaba—. No sé si nos quería… No recuerdo apenas nada de ella.
—¡Qué cosas preguntas! ¡Claro! —exclamó Ángela con su habitual tono de enfado con el mundo.
—Yo casi no me acuerdo… Solo la recuerdo mirándome con la cara triste; yo quería abrazarla, pero no sé por qué nunca lo hacía —dijo Anna bajando el tono con tristeza, esforzándose por recordar.
—Porque estaba enferma. Siempre estaba aquejada de algo, sobre todo de jaquecas. Papá siempre cuidaba de que no la molestáramos —dijo Ángela, esbozando una sonrisa y mirando al infinito, como cada vez que sus recuerdos evocaban a su padre, por el que sentía devoción.
—Una vez miré por la rendija de la puerta de su habitación, que estaba entornada. La escuchaba hablar bajito, su tono… Como un lamento. —Aquí, Anna hizo una pausa como de reflexión—. Me vio y extendió los brazos desde la cama, pero papá se volvió y cerró la puerta.
—Estaba enferma, ¿no te acuerdas? —apuntó Ángela, atropellando con voz firme y en un tono represor que delataba una clara defensa hacia su padre, anticipándose a una posible sospecha en la que ni siquiera Anna había reparado—. ¡Tú eras pequeña y algo boba, no entendías nada!
—Sí, ya lo sé, pero el día que murió yo la había visto en el jardín por la mañana temprano desde la ventana. —Con la mirada abstraída, como si cavilara retrotrayéndose al momento, Anna añadió—: Después papá dijo a los tíos que esa mañana no se había levantado y tú me sacaste de la sala de la mano.
Ángela salió de la habitación murmurando que ella qué iba a saber, que era pequeña y fantasiosa y confundía las cosas. Jamás le diría que su padre la odiaba por no haber nacido varón, por lo mismo que ya no podía soportar más a su madre, aquel ser débil incapaz de evitar el malogro del hijo deseado, solo once meses antes de nacer Anna.
La decisión de Ángela de marcharse de la casa familiar había surgido tres meses después de regresar de su estancia en otra ciudad, a donde tuvo que acudir para colaborar en misión en un laboratorio, y encontrarse con la atroz sorpresa de que un hombre desconocido, de origen judío, además ―circunstancia del todo intolerable―, se alojaba en la casa y al que su hermana quería encubrir a toda costa.
La residencia que habitaban las hermanas había pertenecido a los abuelos maternos; tras su temprana muerte, se habían trasladado sus padres al ser más grande y luminosa. Aquel piano había estado allí desde que el abuelo se lo regaló a su madre, cuando, muy joven, empezó a estudiar música, hasta que el general, harto de sorprender a su esposa desgranando aquella música que, según él, despertaba en ella ciertas emociones inadecuadas y a él restaba concentración, decidió por su cuenta hacerlo desaparecer un día. Afortunadamente los tiempos decadentes habían terminado, esgrimía desafiante frente a la atribulada esposa, haciendo apología de los derechos y obligaciones respecto a las mujeres. Las niñas, manipuladas por un padre calculador, siempre se mostraron reticentes a mostrar cariño hacia una madre relegada, cada vez más triste, más anulada, sumida en el desánimo y a la que no había que molestar, según el padre. Convertida en una mujer abatida, en una madre desautorizada, solo le quedaba el jardín para sosegar su ánimo maltrecho y olvidar sus carencias.
La casa a la que se trasladó Ángela, una segunda planta en un edificio más céntrico y mejor comunicado, fue heredada de sus abuelos paternos. Nunca antes habían hecho uso de ella ni dispusieron otro fin que mantenerla limpia y en condiciones óptimas para que la habitara algún día la primera de las hijas que contrajera matrimonio, como había determinado su padre.
Klaus se entretenía moviendo las manecillas de aquel reloj que había quedado como un náufrago en esa pared desnuda, posicionándolas en la hora que le convenía, forzando el momento a su capricho e invitándose a fantasear imaginando instantes lejos de aquella casa austera y fantasmal. Desde que quedó desnudo del abrigo de las librerías, cuando daba las horas sonaba a hueco, a espacio desierto, a decadencia y a tristeza palpable, como un retumbar que alteraba el silencio dentro del silencio. Klaus se sentaba a la mesa en el lugar al que llegaba un rayo de luz que desnudaba aquel tablero cubierto de polvo, donde los arañazos daban cuenta de uso, donde algún día se habría sentado la peculiar familia. Entonces imaginaba la suya propia: una mujer dulce de rasgos amables y, acaso, por no poner límites a la imaginación, unos niños alegres y traviesos. Hasta es posible que también hubiese una anciana apacible y abnegada, su propia madre. Estas ilusiones, lejos de confortarle, le enervaban. Aunque había olvidado su pasado, sentía como si su vida anterior hubiese sido tan insulsa y triste como su corta memoria. Le resultaba extraño imaginarse acariciando la cara de su esposa o regañando a un niño; impensable suponerse padre de familia ni regidor de vida alguna, dada la torpeza con que resolvía su situación presente; como si su vida hubiera comenzado bajo aquellas ruinas al lado de Karina. No tenía más consciencia ni memoria, solo la sensación de estar huyendo y la reciente reminiscencia del fatídico pasaje donde dio muerte al español, gracias a la documentación que aún conservaba. Se esforzó por recordar, pero todo su pasado se limitaba a los escasos datos rescatados con empeño de su vago cerebro anquilosado.
Klaus escrutaba una y otra vez los viejos periódicos tratando de que, al igual que los papeles del muerto, pudiesen aportar alguna luz a su memoria; que las noticias atrasadas le vincularan a un lugar, o que ofrecieran alguna pista, a falta de su documentación original, que a saber cuándo ni cómo habría perdido. Se fue acabando la esperanza. Admitió que en su pasado, además del desafortunado y grave incidente con el español, solo existía Karina. Cada día aumentaba la extrañeza por los momentos que no tuvo con ella. El recuerdo de los especiales y trágicos instantes que compartieron confortaba los largos e insoportables espacios.

II
Los sueños reincidentes
Víctor se desperezaba asaltado por las veraces imágenes del sueño reiterado. Sus amigos habían salido a primera hora hacia Sevilla a la Expo 92. Él no se había ido porque no tenía dinero, pero no le importaba seguir instalado en su tranquilo acomodo, del que no tenía prisa por apearse. En las noticias anunciaron lluvias por aquella zona levantina de interior y eso le animaba a seguir arrebujado en el sofá. Aquella historia con entidad propia le suscitaba interés y mucha curiosidad. Seguir la pista de los personajes se había convertido en una necesidad primordial. Una exigencia natural interpelaba a su memoria buscando el sueño, si no afloraba de forma espontánea. Esperaba, diariamente, los nuevos acontecimientos como si se tratara de sucesivas entregas. Si no acudía espontáneo, Víctor, alterado por la posibilidad de haber perdido aquel filón, socavaba nervioso en los recovecos de su cerebro sin aceptar la renuncia a los sucesos acontecidos, las consecutivas secuencias.
Desde la cocina, su madre gritaba que se le hacía tarde. Víctor acababa de cumplir veinticinco años. De estatura y complexión corriente, tirando a bajito teniendo en cuenta la media, resultaba atractivo aun no siendo el prototipo de chico guapo. Su particular simpatía pasaba de arrolladora a un matiz bastante peculiar que bien podría resultar cinismo; actitud que suscitaba sentimientos encontrados en el gremio femenino, como él, sin connotación despectiva alguna, denominaba a las chicas en general. A menudo alardeaba, resultando un poco chulesco, de impactarlas con esa mirada pícara colmada de intención. Sacaba partido a su gracejo, que no siempre resultaba oportuno para todas, pero hasta para las más críticas tenía siempre un gesto o una frase acertada. Se había quedado sin trabajo y sin acceso a ningún tipo de subsidio. Paco había cerrado el taller de recauchutados. Esperando a que las cosas fueran mejor, fue aplazando el momento de asegurarle a efectos legales. Según argumentaba siempre, la situación de la empresa solo podía sostener oficialmente en plantilla a un empleado, y, aunque entraron en el taller prácticamente al mismo tiempo, Juan tenía una familia que sostener. Víctor nunca tuvo grandes ambiciones, y ese trabajo, sencillo y sin gran responsabilidad, le había reportado económicamente lo que necesitaba sin demasiado esfuerzo.
Víctor madrugaba cada mañana y salía a la calle con desgana empujado por su madre, que ya estaba cansada de tenerlo todo el día de la cama al sofá y del sofá a la cama y se negó a lavarle la ropa, prepararle la cena, comprarle tabaco y otras necesidades, desmontando totalmente el estado de confort en el que estaba instalado. Hasta ahora no le había preocupado, pero el caos le empujaba irremediablemente a salir de su insulsa existencia, donde su única motivación era ir al pub para reunirse con los amigos, sin importarle dejarse invitar cuando no llevaba dinero. De no ser por su madre, no tendría un techo, un plato de comida, un mínimo de orden en su vida. Después del desayuno, que últimamente alargaba, perezoso, cogía con desgana la cazadora y la bufanda y salía a la calle contrariado. Para arriba o para abajo, pensaba mientras movía la cabeza de un lado a otro, deseando volver sobre sus pasos e instalarse de nuevo en el acomodo de su sofá recreándose en la historia de su reiterado sueño. Su madre se había empeñado en que saliera cada mañana a buscar trabajo. A pesar de que él le aseguraba que no paraba de dejar currículos, ella, harta de verle ocioso convertido en un pánfilo que solo era un estorbo en la casa, no se daba por satisfecha. No le entraba en la cabeza que ya no se hacía así y le insistía para que se personara. Que le vieran la cara —solía decirle, como un repetitivo sonsonete—, que la presencia y las palabras decían mucho de la persona.
—El desparpajo dice mucho. Nadie va a venir a buscarte a tu casa para ofrecerte un puesto porque hayas dejado un papel en su oficina. ¡Anda, muévete un poco y oxigénate! Y a la vuelta traes el pan, que hoy no voy a salir en toda la mañana. —Era la cantinela de Rosa, cada día, que él escuchaba desde la puerta como una matraca.
Por lo menos hasta la hora de comer la dejaría hacer tranquila las labores sin tropezárselo en pijama, sin afeitar, como si fuese un indigente, pensaba mientras recordaba con cariño cómo había pasado el tiempo. Apenas hacía nada, salía de casa hacia el colegio, con la ropa bien planchada y su pelo empapado de agua de colonia, hecho un pincel, recordaba con cierto sentimiento de añoranza.
Víctor se movía despacio, arrastrando los pies con desánimo. Al pasar por la cafetería de la esquina, el calorcito y el olor a café le invitaron a pasar.
—Te haces caro de ver, Víctor. ¿Y tu madre, cómo está? —le dijo la camarera mientras se apoyaba en el mostrador, con claras intenciones de iniciar un palique fuera de lugar.
Víctor no tenía ganas de conversación y menos de una plática trivial e inoportuna, tan insulsa y mediocre como él consideraba a la propia camarera. Recordó que la oronda señora de aspecto sensual, facciones agradables y oxigenada melena recogida a modo de moño con una pinza vivía en el edificio de al lado de su casa. Sí, también recordaba al pusilánime del marido paseando al perro y a la pizpireta y presumida de la hija. «Leticia, creo que se llama», pensó, recordando a la vivaracha chiquilla con la que alguna vez se había cruzado, siempre sugerente llamando la atención con su provocativo atuendo. Seguramente sería esta mujer a la que se refería su vecina cuando venía a casa alborotando a su madre con los chismes. Sí, la que según María, la vecina, se acostaba con el dueño de la cafetería y había conseguido, con sus favores, obtener algunos extras para que la niña pudiera seguir estudiando. «Porque tonta no es, podría dar mucho más de sí, lo dicen los profesores, ¡eh…! Y todos no pueden estar equivocados», decía la camarera, mientras Víctor asentía con la cabeza por mera cuestión de educación, ajeno a los derroteros que causaron aquel monólogo, deduciendo que lo haría a cada ocasión, propicia o no, que se presentara. Recapacitó sobre lo previsible que puede resultar la gente por sus gestos o apariencia, sin dar lugar a duda. Pensó en su propia imagen, presumiendo siempre grata menos para algunas, inmiscuido en sus propios pensamientos lejos de la trivial conversación de la mujer, que le traía sin cuidado. «¡Bah!, tonterías, ¡qué importa lo que pueda pensar nadie! ¿Por qué iba a preocuparme la impresión que causara a alguien de quien ni me va ni me viene lo que pueda opinar de mí?». Seguía inmerso en estas cavilaciones sin prestar atención, asintiendo mecánicamente a cuanto explicaba la locuaz señora. No estaba dispuesto a tomar con prisas el café. Para librarse de su verborrea se disculpó diciendo que esperaba a un amigo y optó por sentarse en una mesa. Se estaba muy bien allí, calentito, ojeando el periódico y recreándose con las imágenes del vívido sueño que abandonó cuando su madre lo espantó con sus quejas y apremios.
En estas meditaciones andaba Víctor cuando irrumpió en el bar un mendigo que, con evidente timidez, se arrimó a los dos hombres que había en la barra. Los clientes continuaron impasibles ante su humeante y sabroso café; lo ignoraron con tal naturalidad que podría decirse que no se habían percatado de su presencia. El dueño del bar, con gesto contrariado, se acercó apresuradamente hasta la altura del hombre y le invitó a salir del establecimiento recomendándole que no volviese a molestar a los clientes. Víctor observaba la escena quieto en su asiento, sin el menor ánimo de intervenir ante algo que, aun desagradándole, le resultaba ajeno. La camarera, la supuesta señora licenciosa, oronda, de buen ver, se aproximó al indigente, que ya había traspasado la puerta, lo cogió del brazo y lo introdujo de nuevo en el establecimiento. Lo sentó en una mesa y, dirigiéndose al dueño que observaba la escena no sin cierto desagrado, tal vez avergonzado por su propia conducta o molesto por el osado desacato que mostró la generosa mujer dejándole en mal lugar, dijo:
—Le invito yo. —Y se giró de nuevo hacia el hombre con una sonrisa—. Ahora le pongo un desayuno.
Víctor sintió vergüenza. De cinco personas, solo una tuvo compasión, solo una se comportó como un ser humano. Todos habían permanecido impasibles, incluso molestos por la situación o, lo que es peor, invulnerables, insensibles a las miserias de aquel pobre hombre. Víctor pensó que, como él ―él el primero―, posiblemente también los demás se creyeran moralmente por encima de la generosa señora. La miró y vio a una luchadora de gran corazón y pensó que la vida es dura, y no por el hombre pobre que, movido por la necesidad, se atrevía a invadir la paz perturbando la comodidad de los clientes.
Tras el desagradable incidente, Víctor siguió inmerso recreándose en la extraña habilidad que le asistía. Ni el espacio de tiempo transcurrido ni las circunstancias le impedían recordar el sueño con una cronología impecable, siempre precisa. Víctor descubrió con asombroso alborozo que también era capaz de interactuar en el sueño. Una desasosegante responsabilidad le emplazaba a ir más allá.
Aún le pinchaba la silla por el bochorno ante su propia actitud indiferente con el mendigo cuando vio por la ventana a un amigo al que no hacía mucho tiempo que había contado lo de su recurrente sueño, sin entrar en mucho detalle. Contentos por el encuentro, el amigo aceptó la invitación y tomó asiento. Víctor le comentó la incidencia con el indigente unos momentos antes:
—No sabes qué apuro he pasado. Hace un momento ha entrado un pobre hombre y ha pedido en la barra si le podían pagar un café. Macho, no se ha alterado ni Dios. El dueño ha salido para echarlo y, ya en la puerta, la camarera lo ha cogido del brazo, lo ha sentado allí enfrente y le ha puesto un desayuno bien abundante. El hombre no paraba de darle las gracias mientras se tomaba rápidamente el vaso de leche. Después se ha guardado el bocadillo de jamón en el bolsillo y se ha marchado, seguro que para no molestar. ¡Qué vergüenza, tío!
—Es de pena, cada vez hay más gente necesitada. No sé a dónde va a llegar esto —se pronunció el amigo.
En ese momento, en el que ninguno tenía prisa, Víctor, deseando rememorar las emociones que le produjo el sueño la noche pasada, lo compartió con él:
—¿Recuerdas que te comenté lo de mis pesadillas? El sueño este me tiene… Esta noche… Aún tengo la imagen de sus ojos fijos en mí, como pidiendo auxilio. Me he abstraído, no te he dicho que se trataba de la mujer… Bueno, tampoco importa mucho. Fue de espanto. No te puedes imaginar… Desperté sobresaltado, casi aterrado, tío. Si no me despierto, me da algo, te lo juro. Estaba empapado; un sudor frío me recorría el cuerpo.
—¿Qué pasó? Según me dijiste, era una pareja confinada… en una casa, ¿no? ¿Qué te dijo? —preguntó impaciente el amigo mientras arrimaba la silla a la mesa en actitud expectante, instalándose cómodamente para escuchar con avidez el prometedor relato.
—Macho, no puedo eliminar de mi mente aquella mirada dura y arrogante, pero… suplicante al mismo tiempo. ¡Yo estaba allí! Sentí como ella, consciente de mi presencia, me miraba. Yo estaba allí, muy cerca. ¡Al lado de su propia cama! Podía sentir el desagradable olor que impregnaba aquella habitación.
—Se me ponen los pelos de punta —dijo el amigo, al mismo tiempo que temblequeaba simulando un escalofrío.
Víctor siguió con el relato, intentando manifestar la misma intensidad con la que lo había vivido.
—Ella se giró despacio, despacio, despacio... Permaneció de lado dándome la espalda. Como si al sentir mi presencia, consciente de que yo no era real, quitara relevancia al absurdo, menos importante que su situación… tediosa. Sentí un cierto respeto. Qué digo, sentí miedo, pánico a que se volviera de nuevo hacia mí y que aquel rostro se clavara en mí otra vez… Yo permanecía como clavado en el suelo, sin poder moverme. Lo que me estaba temiendo se produjo. Empezó a volverse, despacio, sigilosa... Yo no podía huir; como si no tuviera opción. Tenía el cuerpo paralizado y los pies anclados.
Víctor hizo una pausa mientras tomaba el último sorbo de café, ya frío. Su amigo no le interrumpió, deseoso de conocer más detalles del aquel sueño alucinante.
—
