Mil vidas por él - Mayte Blanquer - E-Book

Mil vidas por él E-Book

Mayte Blanquer

0,0

Beschreibung

Mil vidas por él cuenta la historia de Sofía. El destino la hará despertar en el cuerpo de otra mujer. En su nueva vida conocerá a Adam, solo con mirarlo puede sentir cómo arde su alma. Sofía en su nueva vida quedará atrapada entre las llamas de un amor que deberá resistir intrigas, odios, venganza y descubrir una verdad oculta durante muchos años.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Mayte Blanquer

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-890-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para Daniela,

que solo con una sonrisa

me regala alas para sentirme invencible.

Y para ti, Tomás, por darme el valor de convertir

lo imposible en posible.

Prólogo

Desde el inicio de los tiempos, sobre pocas se ha escrito tanto como del amor. Y, sin embargo, las personas siguen haciéndolo. ¿Por qué? ¿Cuántas historias de amor se pueden escribir?

La respuesta a la segunda pregunta es sencilla: cientos, miles, millones… La respuesta a la primera pregunta es algo más compleja y está directamente relacionada con la segunda: las personas siguen escribiendo sobre el amor porque quieren entender los mecanismos ocultos detrás de esa fuerza que mueve el mundo. ¿Y cómo se relaciona esto con la segunda pregunta? Sencillo: cada historia de amor es única e irrepetible, por eso es que se pueden escribir (y seguir escribiendo) cientos o miles de historias sobre él.

Al comenzar con la lectura de Mil vidas por él, me hice estas mismas preguntas, pues no entendía por qué alguien querría contar otra historia de amor. Página tras página, Mayte me lo explicó y me lo dejó claro: el amor es la fuerza que mueve el mundo, «(…) por él nos sacrificamos, lloramos, reímos (…). Cuando no lo tenemos, lo buscamos sin cesar porque nos sentimos incompletos sin él. Cuando lo tenemos, nos sentimos felices, aunque temerosos de perderlo. Y cuando lo perdemos, sentimos un puñal en el corazón».

Mil vidas por él es una historia de amor única e irrepetible, diferente. Una historia sobre dos personas que se aman y que, por ese amor, son capaces de vivir mil vidas hasta encontrarse. Es también una historia luminosa, que da esperanzas a los que no creen en el poder de esta fuerza motora. Es también una historia de odio, intrigas y venganza, o, lo que es lo mismo, de los obstáculos que muchas veces tenemos que sortear para llegar a vivir la dicha de ser felices.

Los invito a leer estas páginas libres de prejuicios. Estoy segura de que, tras la lectura, entenderán al amor de otra forma.

1

Abro los ojos y miro a mi alrededor, no recuerdo esta habitación. ¿Cómo acabé aquí? Me concentro en mi último recuerdo, me veo tumbada en una fría camilla del quirófano. Siento los nervios actuando en mi cuerpo, no sé realmente qué me ha ocurrido. Decido levantarme. Al mirar hacia la derecha, me fijo en unos botes de pastillas sobre la mesita de noche, pero me distraigo con otra cosa que me llama más la atención. Mi tono de piel es dorado. Mi piel es tan pálida que no lo puedo comprender, ¿cómo me he podido broncear hasta conseguir este tono? No reconozco mis manos, pulseras y anillos. Me fijo también en la melena rizada que me cae hasta la cintura. Sin pensarlo dos veces, me dirijo al pasillo, allí hay un espejo. Avanzo deprisa hacia él, pensando que es imposible. Me giro, la imagen hace que me tire al suelo de rodillas. No tengo otra explicación más que la locura. Me dejo caer al suelo y allí me quedo, tumbada frente al espejo sin dejar de mirarme. Esa mujer que refleja el espejo no soy yo. La miro. Es bastante delgada, tiene el pelo rizado castaño con mechas rubias, sus ojos son color miel. Su piel tiene un color tan bonito, la nariz fina y los labios gruesos. Definitivamente esa no soy yo.

No sé cuánto tiempo permanezco en esa posición, mirando a la mujer que ahora soy. Intento convencerme de que es un mal sueño. Tengo una idea descabellada. Me levanto rápido y me dirijo hacia la mesita de noche, tengo que leer qué tipo de pastillas hay allí. Cuando cojo uno de los botes, el peso me hace saber que está vacío. Compruebo el otro tarro, también vacío. Me siento en la cama. Es imposible que una persona se haya tomado los botes enteros. ¡No, no lo pienses! ¡No puede ser! ¿Estoy pensando en la reencarnación? He perdido totalmente la cordura. ¡Es imposible! Es verdad que las probabilidades de que saliera del quirófano con vida eran muy escasas. Y este cuerpo, el que estoy ocupando, ¿se suicidó? ¡Es increíble!

—¡Dios mío, hubiera sido más fácil que me permitieras superar la operación! —grito desesperada.

Empiezo a andar por el dormitorio como una desquiciada, no sé si salir de la habitación y conocer a lo que debo enfrentarme. Mi cabeza me dice una y otra vez que, si no quiero salir de donde esté con una camisa de fuerza, debo calmarme y ver qué puedo encontrar sobre mi nuevo yo. Me dirijo hacia una silla que hay al lado de la coqueta, la cual tiene unos folletos. Estoy tan impactada que no me había dado cuenta de que estoy en un hotel. Ahora lo importante es saber quién soy. Cojo la cartera que está sobre la coqueta, no hay ninguna tarjeta de identidad ni de conducir, pero sí hay una tarjeta de socia de un gimnasio. Leo mi nuevo nombre: María Alejandra Méndez Aguilar. Sigo buscando. Es como si me hubieran robado: estoy sin dinero, sin tarjetas y sin carnet de identidad. Hay una foto, es ella, bueno, tengo que acostumbrarme, soy yo, con un hombre.

Escucho pasos, introducen una llave en la cerradura y abren la puerta. Frunzo el ceño, ¿estaba encerrada? La chica que entra en la habitación tiene unos veinte años. Tiene la piel morena y ojos marrones, su cabello está cubierto por un pañuelo Malva.

—Buenos días, señora, he venido para ayudarla en lo que necesite.

Mientras yo la examino, ella va corriendo cortinas y ventilando la habitación.

—¿Qué voy a necesitar? Perdona, no recuerdo tu nombre —le digo con tono amable.

—Samira, mi nombre es Samira. Cualquier novia necesita ayuda el día de su boda.

Trago saliva, ¿qué? No puedo entender por qué me está ocurriendo esto. Samira me mira confusa.

—Señora, ¿se encuentra bien? —no sé qué decir, así que simplemente asiento. Veo cómo se dirige al baño. No quiero estar sola, así que la sigo como una niña pequeña. Empieza a preparar la bañera.

—Cuéntame de ti, Samira —ella me mira desconcertada, mientras acomoda las toallas.

—No sé qué quiere que le cuente de mi vida. Trabajo para él —me dice cortante.

Es difícil saber en qué situación me encuentro. No podía sacarle información sin preguntarle directamente, así que lo hice.

—Samira, necesito saber más del hombre con el que me voy a casar —le digo con decisión, esperando con ansias que pueda contarme algo que me ayude a comprender, aunque sea un poco, esta disparatada situación.

—Sé que esto es muy precipitado, ya tendréis tiempo de conoceros bien. No puedo hablar de mi jefe. Lo siento —me contesta esquiva, intentando huir de la conversación.

La siento incómoda, ¿será porque me nota extraña? Quizás piensa que estoy arrepentida y que no quiero casarme con él. No he llegado a arrepentirme, simplemente ¡no quiero casarme!

¿Este cuerpo se iba a casar con alguien obligado o es un matrimonio concertado? Es todo muy raro, ¿en dónde está la familia de la novia? Tengo el presentimiento de estar metida en algo muy turbio. Espero equivocarme. Me empieza a faltar el aire, intento calmarme, pero obtengo el efecto contrario. Ella viene hacia a mí, me ayuda a sentarme y me sirve un vaso de agua. Noto su mirada, comprende que me siento atrapada. Mientras bebo pequeños sorbos, la cabeza me da vueltas con miles de preguntas que no tienen respuesta.

—¿Se encuentra mejor? —me mira con sus grandes ojos marrones preocupados. Necesito tranquilizarla, debo mantener la calma y no alertarla de que algo me ocurre. Llegará el momento en que pueda escapar de esto y comenzar una nueva vida. Me lo prometo a mí misma.

Asiento, me retira el vaso vacío de las manos y vamos al baño. Después de darme un largo baño caliente, Samira me peina, me recoge el cabello en un simple moño bajo y me maquilla con tonos suaves. Me miro al espejo y no logro acostumbrarme a esta mujer tan bella. Mi belleza es delicada, mis facciones son suaves y dulces.

Samira va hacia el armario y saca el vestido, no es el típico vestido de novia, pero es precioso, no puedo decir otra cosa. Es un vestido simple, ajustado hasta la rodilla, de un tono rosa maquillaje. Me ayuda a vestirme, aunque no hace falta. Sin embargo, en ese momento me siento perdida y la necesito cerca. No quiero separarme de ella, aunque se mantiene distante conmigo. Por la forma en que me ha mirado antes, sé que es buena persona, ha mostrado preocupación y compasión.

—Está hermosa, señora —le respondo con una sonrisa, aunque mis ojos solo transmiten tristeza y miedo.

Siento cómo el vestido se ajusta a mi cuerpo y resalta mi delgada cintura, el escote tipo barca le da un toque coqueto y deja lucir mis bonitos hombros. Sinceramente, no sé si quiero verme así, no sé qué es lo que me espera.

Alguien da unos toques en la puerta, Samira camina hacia ella y la abre.

—¿Está lista? La está esperando —escucho la voz de un hombre.

—Sí, Javier —le contesta Samira, ella se gira hacia mí para indicarme que es hora de abandonar la habitación.

Me dirijo a la puerta y veo a un hombre rubio, con el pelo muy corto, es alto y bastante corpulento. Puedo entender que el hombre es un seguridad, ¿acaso temen que huya? Me mira y me hace un gesto para que camine. Samira se queda en la habitación, deseo que me acompañe. Voy andando con Javier, intento seguir sus largos y rápidos pasos. Me sudan las manos y el corazón me empieza a bombear cada vez más deprisa.

—Tranquila Alejandra, se te nota muy nerviosa —dice Javier en un tono amable.

Lo miro, me da la sensación de que quiere ayudarme a estar tranquila, aunque me encantaría que me ayudara de otro modo. Nos subimos a un ascensor, bajamos dos plantas, llegamos a un pasillo bastante largo y entramos en una sala. Hay varios hombres, todos miran, ¿cuál de ellos será? Confirmo que no es una boda normal: no encuentro ni a una sola mujer y tampoco veo que tenga una relación personal con alguno de ellos, ya que nadie se presta a saludarme. ¿Qué habrá detrás de todo esto?

—Alejandra, lo esperaremos aquí. No tardará —me dice Javier tras terminar de hablar por teléfono.

—Aunque te lo hubiera ordenado, no me dejes sola, por favor —le suplico, él asiente y me regala una pequeña sonrisa. Tengo ganas de vomitar, no puedo respirar. Mi mente busca una salida. ¿A dónde iría? Soy realista, no tengo dinero, ni documentación, no sé en dónde estoy, estoy custodiada. Aumentan la presión, el agobio, el miedo y la ansiedad.

—Respira, Alejandra —dice Javier mirándome a los ojos fijamente, queriendo trasmitirme la tranquilidad que él siente.

Le hago caso. Respiro profundamente, calmando poco a poco mis nervios. Permanezco así varios minutos, hasta que lo veo y pierdo todo lo que había avanzado. Es una sensación tan intensa la que siento al verlo, que mi intuición me grita: ¡corre!, si no quieres enamorarte locamente de ese hombre. Camina hacia nosotros sin dejar de mirarme a los ojos. Esos ojos encienden una llama en mi pecho, la cual arde en lo más profundo de mí, quemándome por dentro. Mi corazón se disloca y comienza a latir desbocado. En mis oídos solo puedo escuchar los latidos de mi corazón. Sus ojos son verdes, mezclados con unas pequeñas vetas marrones, tienen un singular brillo que hacen que resalten más sobre su piel morena. Su pelo es negro y está peinado hacia atrás, tiene barba de unos días, es bastante alto, puedo asegurar que tras la ropa hay oculto un cuerpo increíble. Va vestido con un traje gris oscuro y una camisa blanca. No puedo controlar lo que siento al conocer a mi futuro marido. Siempre escuché hablar del amor a primera vista, rezo para que no sea eso lo que me está pasando. No puedo caer, no puedo permitirme sentir nada por él. Tengo que pensar en cómo salir de esta situación y disfrutar de esta segunda oportunidad de vida.

Creí que venía hacia nosotros, pero sigue caminando con esa seguridad que desprende. Se dirige a un hombre situado en el centro de una mesa. Él se posiciona también para la ceremonia. Javier me lleva con él. No sé cómo actuar, pero dejo de preocuparme cuando veo que mi futuro marido no me saluda. Me siento totalmente ignorada, a la vez que pequeña a su lado. Mis manos no se mantienen quietas, no sé dónde ponerlas. Javier me mira y me hace una señal con los ojos, indicándome que me calme.

Mientras dura la ceremonia no hay nada de complicidad, ni se dirige a mí en ningún momento. ¿Se casa obligado? Lo descarto, no creo que haya nadie capaz de hacer eso. Mis nervios no se calman, el cuerpo no obedece a mi ruego. Necesito estar tranquila, sentirme así no me favorecerá en ningún sentido. Debo tener la cabeza fría.

—Ya puede besar a la novia —dice el hombre que oficia la ceremonia.

Escucho unas pequeñas risas a mi espalda. Mi ahora marido se vuelve y les lanza una mirada a sus invitados, al segundo sus risas se vuelven mudas. Se gira hacia a mí y posa sus manos en mi cintura. Junta sus labios con los míos. Cuando espero el beso, ¡me muerde el labio! Sigue tirando de mi labio hacia él. Yo, dócil, lo sigo sin poner resistencia alguna. El contacto con él me hace sentir un cosquilleo en todo el cuerpo. Me armo de valor y lo miro. Lo desafío mientras sigue jugando con mi labio inferior. Estoy segura de que se ha dado cuenta de cómo mi cuerpo reacciona ante su presencia. Nos miramos fijo unos segundos y por fin decide terminar con su juego, se aleja de mis labios sin besarlos. No puedo evitar sentirme desilusionada por no sentir su boca sobre la mía, me maldigo a mí misma por tener esos sentimientos. ¡Lo acabas de conocer, Sofía!

—Vamos a firmar —me susurra al oído. Su voz es ronca, muy varonil. Es una melodía para mis oídos, me atrapa. Tanto así, que me tiene que coger por la cintura para que avance.

Nos dirigimos a la mesa. Estoy dudando sobre cómo firmar. Después de tanto pensar, decido hacer mi firma, pues, si tengo que volver a hacerlo, podría tener un problema al no recordar cómo firmé. En el documento puedo ver el nombre de mi marido: Adam. Estaba tan concentrada en controlar mis emociones que no lo escuché durante la ceremonia. Él se dirige a los demás hombres y veo cómo se despide de todos ellos. Luego, viene hacia a mí mirándome fijamente.

—Vamos al restaurante. Tengo que comentar una cosa con Javier. No te muevas —me ordena con firmeza.

Me quedo quieta, esperando mientras conversa con Javier. Conversan tranquilos, veo entre ellos complicidad, incluso afecto. Adam me hace una señal para unirme a él, camino hacia allí y, cuando estoy junto a él, andamos. No sé si hablar, es un momento bastante incómodo. He descubierto dónde me estoy alojando: La Mounia Place en Marrakech.

Entramos en el restaurante. El lugar es muy bonito y fino, como todo el hotel, incluso hubiera disfrutado del diseño en otro momento, pero en esta situación es lo último que podría hacer. El camarero nos lleva a una mesa en el que hay un pequeño cartel que avisa que está reservada. Nos trae la carta y nos recomienda unos platos, pero no atiendo a nada de lo que dice. No puede ser real lo que me está sucediendo, aún no puedo comprenderlo. ¿Es real? Recuerdo la tontería de pellizcarse para saber si estás en un mal sueño, así que con la mano derecha pellizco la izquierda, siento un ligero dolor. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? Cuando vuelvo a la realidad, él ha pedido por mí.

—Vuelve —me da un toque en la mano izquierda, que está apoyada sobre la mesa. Lo miro desconcertada, aún estoy buscando la respuesta.

—¿Por qué te casaste conmigo? —Adam me mira asombrado y pocos segundos después ríe a carcajadas. Me encuentro tan perdida… ¿Qué le ha hecho tanta gracia? ¿Por qué nos casamos?

—Estamos destinados a unirnos —me dice Adam, luego se queda un momento callado. — ¿No te lo explicó tu hermano? Eres el aval de lo que me debe. Ya que no contáis con el dinero, al casarme contigo, soy dueño de todas vuestras propiedades. Tiene un plazo de 6 meses para reunir la cantidad. Si no, haremos efectivo el acuerdo matrimonial. Me quedaré con todo.

Trago saliva. Este hombre no tiene escrúpulos y mi supuesto hermano tampoco. Si me han dado otra vida, no la voy a desaprovechar. Soy una mujer valiente. He tenido una vida dura, así que pienso agarrarme a esta con uñas y dientes, estos hombres no van a poder conmigo.

—¡Brindemos por mi querido hermano! —digo con ironía, pero él levanta su copa de vino blanco, así que replico su gesto y brindamos. Adam me mira seriamente, y yo le regalo una sonrisa falsa.

En cuanto nos sirven, empiezo a comer, estoy hambrienta y la carne está exquisita. Adam me mira como si me estuviera supervisando. No me aguanto y me dirijo a él.

—Deja de mirarme así —le digo en tono cortante—, no me gusta que me analicen.

—Te miro como quiera y cuando me apetezca —ruge. Vaya, pues sí que tiene mal carácter…

—No me gusta sentirme observada mientras como —digo en tono bajo, intentando que me entienda y se calme un poco. Si quiero salir bien parada, debo morderme la lengua, aunque con este hombre me va a costar.

—Quería aclarar varios puntos. Primero, me debes respetar. Segundo, saldrás solo con Javier o conmigo, es por tu seguridad. Tercero, no te voy a devolver tu teléfono, no quiero que tengas contacto con tu hermano y se te haga más difícil. Si quieres, a través de mí podrás saber de tu hermano.

—No quiero saber nada, te estaría agradecida si no me hablas de él —es lo mejor que puedo hacer para que no me pille en una mentira. No me imagino cómo sería posible hablar con una persona que me conoce a la perfección, bueno, mejor dicho, que la conoce a la perfección, porque para mí es una auténtica desconocida.

—Te comprendo, yo tampoco querría saber nada de él —ni yo, ¿qué persona vendería a su hermana? No me deja de sorprender su comentario. Adam, cariño estás metido en el mismo saco.

Cuando terminamos de comer, subimos a los pisos de las habitaciones, pero no vamos a la mía, sino que nos dirigimos a la suya. Abre la puerta y deja que entre. La habitación es mucho más amplia que la mía, y la decoración es magnífica: grandes cuadros de paisajes, una bella alfombra de colores tierra adorna el suelo… Me fascina.

—Samira te ha traído ropa, la tienes en ese armario —me dice Adam, indicándome dónde está guardada.

No sé qué hacer, estoy nerviosa, disimulo yendo al armario. Estoy deseando quitarme el vestido, mucho más los tacones de aguja que están acabando conmigo. Comienzo a buscar algo cómodo y, cuando veo lo que hay en el cajón, empiezo a ponerme nerviosa. ¿Seré capaz de ponerme algo de esto? Tanteo la posibilidad de seguir vestida por más tiempo.

—No tengo intención de tener sexo contigo, así que puedes tranquilizarte —dice tras de mí Adam.

—No pensaba en eso —miento. Se ríe con ganas.— ¡Capullo!

—Que tengas una buena tarde.

Me giro para mirarlo, veo su ancha espalda caminar hacia la puerta, se marcha. Escucho cómo echa la llave. Piensa, piensa. Empiezo a registrar la habitación cuidadosamente, pero mi marido no tiene nada de tonto, no ha dejado nada que me pueda interesar a mi alcance. Me quito el vestido y decido ponerme uno de los pijamas que vi en el cajón. Nunca he tenido uno así, es casi lencería. ¿Lo habrá elegido él? Me regaño a mí misma por hacerme esa pregunta. Cuando ya tengo el camisón de seda negro puesto, me miro al espejo. El reflejo de la mujer desconocida me mira, sus ojos me miran con preocupación. Me quito las horquillas y dejo caer el cabello, dejándolo suelto a su aire. Después de mirarme unos segundos más decido encender la televisión, comienzo a cambiar de canal y el sueño me vence de todos los nervios que he pasado.

Escucho la puerta abrirse, todo está oscuro, excepto por la televisión, que sigue encendida.

—Levántate, te he traído una hamburguesa —esa voz se ha quedado grabada en mi mente y la reconocería, aunque no la volviera a escuchar en cincuenta años.

Ha sido todo un detalle que, después del cautiverio, me alimentara. Me incorporo y me mira. Le gusta lo que ve, de eso estoy segura.

Me acompaña como siempre supervisando, ¡me desquicia! Mientras recojo los restos de la comida, él se quita la camisa y el pantalón, quedándose en un bóxer negro. Me prometo a mí misma no mirarlo, pero al segundo rompo mi promesa. ¡Te estás traicionando a ti misma! No puedo evitar mirar a ese hombre, todo en él es perfecto: pectorales, abdominales y la famosa v, esa que solo he visto en fotos. A través del espejo del armario sigo echándole un ojo a esa espalda musculosa y a ese culo perfecto. Camina hacia el baño, pero de repente veo sus ojos mirándome por el espejo del armario.

—¡Te pillé! —me grita divertido. Noto el calor en mi cara y él se da cuenta. Su risa suena en toda la habitación.

—Solo quería saber si ibas al baño, quería lavarme los dientes —improviso, aunque sé que no vale de nada, pues me ha cogido con los ojos en la masa. ¿Pero qué le iba a decir?

—Voy a la ducha, entra… —me mira con actitud divertida, está jugando conmigo.

Mi yo más salvaje no entraría solo a lavarse los dientes, pero no puedo hacerlo… Aunque sí puedo seguirle el juego, pero, claro, seguramente termine quemándome, pues mi marido es puro fuego. Lo sigo. Cojo un cepillo, me siento bastante torpe quitando el envoltorio para poder usarlo. Cuando por fin consigo abrirlo, él se desprende del bóxer y puedo ver su espectacular trasero. ¡Madre mía, Sofía! Me doy cuenta de que he derramado casi medio bote de pasta de dientes, que deprisa retiro del lavabo. Entra en la ducha, está girado hacia mí, provocando que lo mire. Lo dejo con las ganas, mejor dicho, ¡me quedo con las ganas! Termino con lo que estaba haciendo y me acuesto. Pasado un rato noto que quita la sábana y se acuesta junto a mí. Siento su cuerpo próximo al mío, mi cuerpo aumenta de temperatura. Esto va a ser un calvario, ¿cuándo un hombre me ha hecho sentir así? La respuesta viene rápido a mi mente: ¡nunca!

—Buenas noches, Alejandra.

—Buenas noches, Adam.

Después de lo que me parecen horas, me quedo dormida con su olor, oyendo su respiración y pensando en cómo salir de este lío.

2

Cuando me despierto, estoy echada sobre su pecho y él me abraza por la cintura. Me repito a mí misma que eso es real. ¿Cuándo terminamos en esta posición? No quisiera separarme de Adam, pero no me gustaría que despertara y se diera cuenta de eso. Empiezo a moverme intentando no despertarlo.

—¿Desayunamos o lo hacemos luego, cuando vuelva del gimnasio? —su voz es aún más ronca al despertar. Su rostro está relajado y parece que está de buen humor. No me ha dicho nada, menos mal. Respiro tranquila.

—Perdona, no quería despertarte. Me gustaría entrenar, ¿te puedo acompañar? —él levanta una ceja y pone una cara bastante cómica, no puedo evitar sonreír.

—Será divertido —pensé que se negaría, pero me ha sorprendido gratamente.

Dejé de practicar deporte cuando me detectaron una cardiopatía, así que solo me dedicaba a dar paseos. Pero ahora podría hacer lo que quisiera sin ningún temor. Camino hacia el armario buscando ropa cómoda, esperando que Samira haya puesto algo en esos cajones. Encuentro unos leggins negros y una camiseta de tirantes blanca. El problema viene con el calzado, solo hay dos pares de tacones y las zapatillas que llevo puestas. Miro a Adam, cuando se va al baño, corro hacia su parte del armario, ayer vi varias zapatillas de deporte, cojo un par, me visto antes de que salga y me calzo sus deportivos azules. Cuando sale del baño, me mira extrañado de que esté tan quieta en medio de la habitación, hasta que baja la mirada a mis pies. Su cara se transforma en una amplia sonrisa y rompe en carcajadas.

—¡Todas tus propiedades ahora son mías también, cariño! —digo, aguantado la risa.

Camino hacia el baño dando zapatazos, mientras él se parte de risa. Estamos listos, vamos hacia el gimnasio del hotel. Decido empezar con cardio, Adam se dirige a la zona de musculación. No llevo ni tres minutos en la cinta cuando creo que voy a echar un pulmón por la boca. Esta mujer, no sé cómo conseguía tener este cuerpo. Pensé que no sería tan incómodo correr con unas deportivas al menos 5 tallas más grandes, pero volvería encantada a la habitación. ¿Es divertido verme sufrir? ¡Maldito! Adam me tiene vigilada y dirige miradas amenazantes a cualquier hombre que ponga un ojo en mí. Después de cuarenta minutos, terminamos. Sigo su paso sin fuerza, me tiemblan las rodillas.

—Lo que haces por salir de tu habitación, payasita —me dice sonriendo. Voy a contestarle, pero suena su teléfono y se pone serio. Se aleja un poco y termina de hablar.

—Vamos, que volvemos a casa.

¿Volvemos? Tengo curiosidad, pero no sé si puedo preguntar. Lo he visto de buen humor conmigo respecto a ayer, así que obedezco y lo sigo. Cuanto más dócil sea, antes terminará esto. Paciencia...

Pedimos el desayuno en la habitación. Aprovecho el tiempo de espera para darme una ducha. Escucho la puerta del baño abrirse. Sin pedir permiso, comienza a afeitarse.

Muestro indiferencia, pero sé perfectamente que puede verme. La mampara es de cristal, no tiene ninguna decoración que impida la exposición de mi cuerpo en el agua. Soy una mujer que siempre ha tenido un alto sentido de intuición y nunca se ha equivocado, y ahora la intuición me dice que este hombre irresistible quiere provocarme, jugar conmigo, así que decido jugar. Me regalo una buena ducha, mimando cada rincón de este nuevo cuerpo. Creo que es el momento más excitante de mi vida, bueno, de mis vidas. En ningún momento lo miro, pero sí noto sus ojos clavados en mí. Estoy orgullosa de mí por no gritar y ordenarle que salga del baño, con este cuerpo no se puede tener complejos. Después de colocarme el albornoz, salgo a buscar mi ropa interior. Cojo un conjunto negro de encaje. Como no sé cómo vamos a desplazarnos, me pongo un vaquero y una camisa burdeos con un discreto escote en pico. Vuelvo al baño y ahora es él quien está en la ducha. ¡Qué calor! Me desenredo el pelo y me lo ato en una cola alta. Me aplico colorete, rímel y un pintalabios rojo oscuro. Como una campeona, no lo miro ni una vez. Se me ha hecho bastante difícil, pero lo he conseguido. Lo espero afuera. Sale del baño con su slip blanco y comienza a vestirse. Ahora sí observo cada movimiento, admirando su cuerpo mientras se viste, desechando el logro que había conseguido antes. Se coloca unos vaqueros y una camisa de licra azul marino. Vuelvo a la tierra cuando lo veo mirándome con una sonrisa torcida.

—¿Adam, coloco la ropa en una maleta? —digo rápido, intentando evitar que me diga algo sobre lo que estaba haciendo.

—No, de eso se encargará Samira.

Llega el desayuno y comenzamos a comer. Todo está exquisito, ambos comemos con gran apetito.

—¿Samira vive en tu casa? —pregunto curiosa, esperando que su respuesta sea afirmativa.

—Sí, ¿por qué?

—Me vendrá bien tenerla cerca —me mira confuso.

—Esta noche tengo una reunión muy importante, salgamos ya —finaliza la conversación que habíamos comenzado a tener y se levanta rápidamente de su asiento. No sé qué le ha podido molestar, ha tenido que ser algo que he dicho. Aunque lo analizo varias veces, no llego a saber qué es.

Salimos del hotel y nos montamos en un Audi Q6 negro, brilla tanto que juraría que lo acaban de limpiar. Él conduce callado, mientras yo recuerdo mi vida como Sofía. Crecí sin padre, mi madre trabajaba para pagar los gastos y ahorrar para darme una buena educación. Pasaba mis días sola o en el local de nuestra vecina, que tenía una academia de baile latino, y acabé amando el baile. Mi madre se obsesionó en cubrir su ausencia con clases extraescolares. No tuve tiempo para divertirme, pero si para aprender. Ella era muy estricta, rara vez me demostraba cariño o me decía cuánto me quería. No tenía amigas, ya que no me dejaba salir, pero era muy buena estudiante. Cuando acabé la carrera de fisioterapeuta, empezaron mis problemas de corazón. Mi madre empezó también a venirse abajo, pensé que era de tanto trabajo, de trabajar dos turnos para salir adelante sin mi padre. Pero, en realidad, estaba muy enferma y me lo había ocultado. En apenas unos meses se fue. Ella, que era toda mi vida. No tenía sentido vivir sin ella. Me había esforzado toda mi vida para que ella estuviera orgullosa y agradecerle así por todo su esfuerzo. Me quedé sola, sin nadie a mi lado. Fue una etapa bastante dura, la soledad me hacía sentir bastante mal, como un mal sueño. Comencé a tener relaciones esporádicas con personas que realmente no me gustaban, por eso no llegamos a nada más, porque no sentía nada. Trabajaba en una clínica de rehabilitación. A mi compañero José, que era cariñoso y atento, noté que le gustaba y empecé a tener una relación con él. Nunca estuve enamorada, solo buscaba compañía, llenar la soledad y la angustia que sentía. Hubo un periodo en el que empecé a empeorar y mi médico, al realizarme pruebas, dio con el peor diagnóstico: había que operar. Fui sincera con José sobre mis sentimientos y se lo tomó bastante mal. Me reclamó que había jugado con sus sentimientos, que le había hecho perder el tiempo. Cuando me dejó, sentí alivio. Me enfrenté a la operación sola, sin ningún apoyo. Mi muerte no habrá hecho sufrir a nadie, ya que mi familia materna le dio la espalda a mi madre por el canalla de mi padre. Así que, después de esa vida, lo que más ansío es poder disfrutar de esta segunda con personas que me aprecien, llenarla de risas y de buenos momentos.

—Estamos llegando —me dice Adam en tono amable.

Llegamos a una preciosa villa. La puerta se abre ante nosotros y veo un maravilloso jardín y una casa de color blanco. Sentado bajo un árbol, un hombre de unos sesenta años en silla de ruedas me mira con sorpresa. Me fijo más en él. Lleva puesta una túnica larga blanca, su cabello está poblado de canas y, aunque lo lleva muy corto, puedo ver cómo sus rizos moldean su pelo. Adam aparca y nos bajamos. Adam camina hacia él, yo hago lo mismo, pero me mantengo un paso por detrás.

—¡No puede ser verdad! ¿Te casaste? —pregunta, mirándome extrañado.

—Perdóname, tío. Te presento a mi tío Farid. Ella es Alejandra, el amor de mi vida —al escuchar eso niego con la cabeza. ¡Será falso!

—Encantado, muchacha —me dice Farid, acompañado de una amplia sonrisa.

—Es un placer conocerlo, Farid —digo y le doy la mano.

—A mí llámame tío. Y me puedes dar dos besos, ¡somos familia! —le sonrío de todo corazón, pues tengo el presentimiento de que ese hombre será fundamental durante esos seis meses.

Adam me da la mano para que lo acompañe. Una sensación eléctrica me recorre el cuerpo y finaliza con un suspiro que se escapa de mi boca. Escucho su risa ronca. Intento soltarme de su mano, pero él fortalece su agarre. Cuando entramos a la casa, me doy cuenta de que es espectacular: de diseño árabe, con muebles contemporáneos, grandes lámparas y alfombras. Una señora rubia, con pelo el recogido y de unos cincuenta años, da un salto cuando nos ve. Su piel es clara, viste un pantalón y una camisa de flores. Veo en sus ojos ese brillo de alegría al ver a un ser querido. Sus ojos marrones transmiten amor cuando mira a Adam.

—Pero niño, con lo que yo he soñado con este día ¿y lo haces en secreto? Perdona, mi niña, soy Juana, la que ha consentido a tu marido desde que nació. Cualquier cosa que necesites, aquí estoy.

Este hombre está rodeado de personas muy amables, ¿cómo es posible que no se le haya pegado nada?

—Encantada de conocerte, Juana. Muchas gracias —le digo sonriendo.

—¡No te enfades, mi Juana! —le dice Adam mientras la abraza y le besa la cabeza. Ella me guiña el ojo y sigue limpiando una mesa.

Seguimos andando por la casa. Adam abre una puerta, doy por hecho que es su dormitorio: todo en tonos grises claros y oscuros, una cama grandísima y un baño propio.

—En esa puerta está el vestidor, ahí está la ropa que mandaste. Ponte algo elegante para el compromiso de esta noche —se va y me deja sola.

¡Capullo! ¡Todo lo que tiene de guapo lo tiene de insoportable!

Cuando salgo del dormitorio, Juana me pregunta si me apetece algo, le digo que no y le agradezco. Salgo hacia el jardín y veo que Adam acaba de salir en su coche. Me doy cuenta de que su tío sigue sentado en el mismo lugar y me dirijo hacia allí.

—¿Le apetece que le haga compañía? —sinceramente, la que necesita su compañía soy yo.

—Siempre que no me llames de usted.

—De acuerdo, tío —él me mira y sonríe.