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En septiembre de 1974 el presidente Gerald R. Ford, adelantándose al torbellino político que se venía encima, reconoció el papel que había tenido el gobierno estadounidense en el desarrollo de los hechos en Chile que culminaron con el golpe de 1973 y la instalación del régimen de Pinochet. Afirmaba que se había apoyado la actividad de las fuerzas democráticas. Su declaración era parte de una oleada de remezón político en Washington, donde entre varios, el asunto de Chile operó como parte de una intensa autocrítica, de lo que aún restan ecos en la vida pública y en el debate político y académico. ¿Fue Washington el responsable o actor fundamental en la caída del gobierno de la Unidad Popular? ¿O constituyó uno de los tantos actores externos que concurrieron a un proceso interno a Chile, que tenía profundas raíces en su historia y dentro de su cultura política, de sus propias pasiones?
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Seitenzahl: 533
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Miradas desclasificadas
El Chile de Salvador Allende en los documentos estadounidenses (1969-1973)
Antonia Fonck Larrain
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869– Santiago de Chile
[email protected] – 56-228897726
www.uahurtado.cl
Primera edición agosto 2020
Este texto fue sometido al sistema de referato ciego externo
Registro de propiedad intelectual Nº 4394
ISBN libro impreso: 978-956-357-256-8
ISBN libro digital: 978-956-357-257-5
Coordinador colección Historia: Daniel Palma Alvarado
Dirección editorial: Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva: Beatriz García-Huidobro
Diseño de la colección y diagramación interior: Francisca Toral
Imagen de portada: Presidente Gerald Ford con el secretario de Estado Henry Kissinger, 1974. © Alamy Stock Photo
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Dedicado a mi familia, mi tribu de nueve,por el camino recorrido, el amor y la inspiración.
AGRADECIMIENTOS
Este libro es el resultado de mi magíster en Historia llevado a cabo en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Antes de empezar con la escritura de tuve un momento de incertidumbre asociado a las expectativas, las dudas, los atrasos y la presión. Mi madre me aconsejó que dejara todos esos pensamientos de lado y me concentrara en contarles lo que aprendí en mi investigación. Me inspiró para que, a través de mi escritura, transmitiera que antes de esta investigación era una persona y después de hacerla soy otra. Me pidió que disfrutara contando esta historia, explicando qué es lo que vi en la fuente y qué es lo que finalmente me hizo sentido. Y este fue un momento clave dónde logré comprender hasta qué nivel la historia no solo es un oficio, sino que también una forma de vida. El siguiente libro narra un fenómeno específico, con una pregunta y las respuestas encontradas. Pero no es solo eso. Es el resultado de una experiencia de investigación, que, durante varios años, fue una parte fundamental de mi vida. Este tipo de proyectos se va entretejiendo con la vida cotidiana y hoy puedo decir que investigar y escribir historia es realmente una experiencia de vida.
Por eso mismo, le quiero dedicar esta tesis a las personas que estuvieron conmigo en este proceso entrelazado. En primer lugar, quiero agradecer a mi tutor Joaquín Fermandois. El profesor me dio desde el inicio un voto de confianza incluso en minutos cuando dudaba de mí misma. Sus consejos, apoyo, lectura y comentarios me acompañarán toda una vida y nunca dejaré de agradecer su empuje que, finalmente, determinó la escritura este libro. Esta investigación tuvo el apoyo del proyecto Fondecyt Regular Nº 160098 “Las relaciones de Chile con los países sudamericanos, 1964-1980” a cargo de Joaquín Fermandois y el historiador Sebastián Hurtado. Este proyecto me invitó a pensar en Chile dentro de la región y a buscar la influencia que tuvieron los países vecinos en la visión norteamericana. Sebastián también aportó mucho, guiándome en momentos de crisis y respondiendo preguntas importantes.
En el Instituto conocí personas que fueron claves en el proceso. Agradezco la oportunidad de encontrarme con Marisol Vidal quien, desde el inicio, me impulsó a atreverme. Gracias por las risas, la comprensión en momentos duros y en darme la confianza para entender que teníamos mucho en común. Agradezco también a Mileny Contreras, quien, desde el primer día de la licenciatura, fue un pilar fundamental de mi experiencia formativa. También conocí a Macarena Ponce de León, quién no solo me enseñó mucho sobre las formas de hacer historia, sino que también me entregó una linda amistad y risas. A ella le debo mis primeras experiencias como historiadora, las cuales me confirmaron que este era el camino que quería seguir. Alfredo Riquelme fue una de las primeras personas en presentarme la belleza del estudio de la Guerra Fría. A él le quiero agradecer sus comentarios, entusiasmo y tener siempre la puerta abierta para responder mis preguntas. Agradezco también a Manuel Gárate, quien me enseñó la importancia de hacer de la historia una literatura contemporánea. A él le debo la comprensión de lo fundamental de la narración. Le agradezco a Véronica Undurraga por ver en la tesis un libro, motivarme a atreverme a publicarlo y ser un ejemplo del poder femenino en la academia. También quiero agradecer a todos los profesores del Instituto, los cuales, de distintas formas, han influido en mi camino por la historia. En esas aulas entendí que la disciplina es más que un oficio, es una pasión.
El Instituto de Historia y el Programa de Magíster me proveyeron de instancias fundamentales para permitirme construir esta historia. Los seminarios de investigación, los cursos, talleres y congresos me brindaron un espacio para compartir, pero también para escuchar y comprender la importancia de la comunidad académica en este trabajo aparentemente solitario.
Cada uno de los integrantes de mi familia tiene un espacio en esta tesis. Mi papá ha sido mi bastón, mi mamá mi consejera, Martín mi riguroso y celebrador lector y Elisa mis pies en la tierra. El amor y el apoyo de mi familia fueron mi motor durante todo este proceso. También agradezco a Sebastián Arellano, mi pareja, quien se llevó la parte más dura de la contención emocional. Cumplió su rol siempre con una sonrisa y oídos para escuchar. Gracias por hacerme las preguntas claves y por mostrarme que a veces lo evidente guarda la clave. En el magíster gané la amistad de José Araneda, a quién le debo tanto. Sin sus consejos, apoyo, compañía y lectura, no lo podría haber hecho. Agradezco a mi gran amiga Antonia Salvestrini, por la cotidiana, contenedora y bella compañía. También a Sebastián Santander, por estar disponible para la lectura y sus consejos. Agradezco a todos mis compañeros de magíster, con quienes compartimos este duro camino, logrando vivirlo con risas. También a Rodrigo Mayorga, quien, en una servilleta de un café, me explicó como se iniciaba una tesis.
Agradezco a todas las personas que están en mi vida. Con las que he compartido mi historia y con quienes la seguimos construyendo. Gracias por tener la paciencia para esperarme y por siempre creer en mí. Les dedico a todos ellos estas páginas que, según mi amigo José, son tan intensas como yo. Cada uno de ustedes tiene un espacio en esta historia, en la cual dejo una parte de mí.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
Una discusión en curso: historiografía de la responsabilidad
Representación, imágenes políticas y discusiones
Desclasificando miradas: la serie Foreign Relations of the United States
CAPÍTULO IUNA POLÍTICA EXTERIOR ESTADOUNIDENSE
Guerra Fría
La caída del consenso
Doctrina Nixon
Una burocracia de política exterior para el “grand design"
América Latina, ¿una relación especial
Los aliados
Chile en los tiempos de Estados Unidos
CAPÍTULO IICHILE COMO UNA PARADOJA: LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DE SALVADOR ALLENDE
Eduardo Frei: la dicotomía y el fin del reformismo
“Chile: The problem”
Una democracia ruidosa y excepcional
Un intento de golpe al klatsch
El patrón, el yugoslavo y el marxista
Chile, ¿una isla?
La pregunta de la intervención
Si los cariocas tienen carnaval, los chilenos elecciones
Un siguiente paso I: la vía de Korry
Un siguiente paso II: la vía de la Casa Blanca
El secuestro y el ascenso
CAPÍTULO IIICHILE COMO UN DESAFÍO: CRÉDITOS, NACIONALIZACIÓN Y DEUDA
El remezón y las opciones
“Fidelismo sin Fidel”: descifrando a Salvador Allende
Un foreign devil
Ser correctos, pero fríos
El símbolo del explotador extranjero
Aviones Boeing para Chile
La nacionalización del “sueldo de Chile
Chile necesita un alivio a la deuda externa
Los ITT papers
CAPÍTULO IVCHILE COMO UNA ENCRUCIJADA: POLÍTICOS, MILITARES O PRIVADOS
Lo evidente se transforma en lo obvio
La prueba de abril
En búsqueda del apoyo estadounidense
¿Partidos políticos o militares
Una sociedad resiliente
El paro de octubre
El viaje de Salvador Allende a las tierras de Goliat
El “plebiscito” de 1973
Debates sobre los próximos pasos
“That Chilean guy may have some problems
Y todo se acaba de golpe
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN1
El Chile de Salvador Allende fue un Chile paradójico y difícil de descifrar desde Washington. Esto porque las representaciones construidas sobre el país se tensionaron en la visión de Chile como un oasis democrático en una región convulsionada. La discusión sobre esta imagen política sigue vigente hasta nuestros días y tiene un poder político decisivo. Es una mirada que recorre imaginarios internacionales, pero también define drásticamente los devenires propios del país. En momentos decisivos de nuestra historia, se nos ha preguntado y nos hemos preguntado qué tipo de democracia tenemos y qué nos define como país, y si bien hay distintas respuestas, siempre la controversia se somete a la percepción de la excepcionalidad democrática chilena. Ese mito ha recorrido nuestra historia y está más presente que nunca.
Esta historia nos puede ayudar a entender los efectos que ha tenido la noción del jaguar latinoamericano o la decepción latina. Si bien no pretendemos estudiar la construcción de la autopercepción de superioridad, proponemos una historia que estudie el impacto que tuvo esa batalla de imágenes políticas en Washington, en el momento que apareció el desafío de la Unidad Popular y tuvieron que comenzar a construir una política exterior. Aferrándose a nociones históricas, preconcepciones ideológicas y anhelos políticos, los estadounidenses comenzaron un proceso de interpretación y proyección, basado en una idea casi narcisista de que estaba en sus manos definir el futuro de Chile.
De esa forma se fue desarrollando un tipo de vértigo institucional en un espíritu de Guerra Fría y de acontecimientos dramáticos. El Chile de Salvador Allende, este pequeño y largo país del sur, tenía el potencial para retar a Estados Unidos y al mundo, y algunos lo leyeron como un duelo a muerte; otros no. Pero ese es el tema con las percepciones: trabajan en la dimensión más íntima, determinando una multiplicidad de lecturas. De todas formas, la pregunta decisiva fue: ¿Era Chile una república bananera o un paraíso democrático?
Lo que propone este libro es valorar históricamente lo que nos entregan los documentos desclasificados estadounidenses, publicados en dos volúmenes, el año 2014 y 2015, por el Departamento de Estado en la serie Foreign Relations of the United States (FRUS). Abarcando desde 1969 hasta 1973, se van a analizar las relaciones entre Chile y Estados Unidos desde la perspectiva de la mirada desclasificada: un análisis de cómo los burócratas y políticos estadounidenses leyeron el Chile de Salvador Allende, rescatando las representaciones e imágenes políticas que definieron las decisiones de política exterior estadounidense.
Los documentos diplomáticos desclasificados por el Departamento de Estado permiten que nos adentremos a ese mundo. Nos abren la puerta a un recorrido por los escritorios donde se narraban experiencias en Chile, las conversaciones de pasillo en Washington, los enfrentamientos y consensos que quedaron plasmados en papeles que, en su mayoría, se han mantenido inexplorados. Esto debido a que historiográficamente solo se consideraron aquellos que contaban una historia de la intervención y dólares.
De esta forma, vamos a entrar a una dimensión a menudo ignorada, pero que nos entrega una oportunidad de análisis invaluable. Detrás de cada debate, decisión y política exterior anunciada, existió un proceso complejo que se nos revela en aquellos párrafos que se desecharon en las primeras lecturas historiográficas. Rescatar esa mirada desclasificada se presenta como una tarea necesaria en el impulso de renovar los estudios históricos desde las preguntas del presente, sobre todo al comprender que las relaciones internacionales son, inevitablemente, un encuentro cultural entre naciones y tienen un efecto profundo en la política interna. El Chile actual, aquella nación que estalló, pide en forma urgente una definición, despejando todas aquellas herencias históricas de excepcionalismo, reactivando el debate sobre los pilares de nuestra sociedad, las fuerzas internas y nuestra posición en el mundo. Una de las formas de animar el debate es proponiendo una historia sobre las imágenes de excepcionalismo y sus impactos.
Como en el presente, el proceso burocrático y político de representar, imaginar y discutir es arduo. Desde ese tiempo y espacio, cualquiera pensaría que responder la pregunta del peligro de Chile en un contexto de Guerra Fría y marxismo democrático fue fácil. Pero el camino estuvo lleno de contradicciones, tensiones, decepciones y arrebatos. Analizar este camino de interpretación desde las narrativas de comprensión del otro, no solo nos permite identificar las imágenes políticas en conflicto, sino que también nos permite develar los antagonismos entre burócratas, políticos y agentes, que fueron surgiendo en la trama, en un proceso donde se entretejieron conflictos institucionales, políticos y personales.
El tema de las relaciones entre Chile y Estados Unidos ha sido profusamente estudiado a través de documentos que develan o niegan una intervención, por una gran variedad de autores. Lo novedoso de este trabajo es su apuesta metodológica: develar la dimensión más cotidiana del proceso de política exterior, trascendiendo a la pregunta de la responsabilidad de Estados Unidos en el golpe de Estado de 1973. Conociendo los límites documentales, se asume una contextualización del conflicto de intervención, pero a la vez se propone un desafío: buscar las otras historias que nos puede contar esta documentación y que permiten enriquecer nuestro conocimiento sobre el fenómeno.
Siguiendo estas pistas se invita a la lectura de una historia de actores, representaciones, imágenes políticas y apuros cotidianos, entrelazados en un conflicto internacional en el momento que Chile se embarcó en aquel experimento de marxismo democrático, inspirando admiración y desafiando el mundo como se había conocido. ¿Era posible? Y de ser así, ¿qué significaba para Estados Unidos?
El libro se divide en seis partes: la introducción, cuatro capítulos y la conclusión. En la introducción, vamos a ver la discusión historiográfica, el marco teórico y una breve reseña de los documentos utilizados.
El primer capítulo va a mostrar a los actores y fuerzas que movieron a la política exterior estadounidense de la época, sentando las bases del escenario en el cual se desenvolvió la cultura política que le dio un significado a Chile. Asumiendo el contexto mundial de Guerra Fría y el convulsionado fin de la década de los años 60, se van a introducir en el factor doméstico de la política exterior estadounidense, las demandas de los ciudadanos y los anhelos de los arquitectos de esta política internacional.
Los siguientes capítulos se ordenan según los hitos que se consideraron significativos en el proceso de interpretación y toma de decisiones estadounidenses con respecto al Chile de Salvador Allende. Tal o cual reacción internacional ante los desafíos de la Unidad Popular, tenía un impacto potente y no era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Ante cada desafío se dieron distintos conflictos de representación, donde fueron apareciendo varios personajes, siempre en tensión. De esta forma se fueron delineando dos bandos, ordenados en dos imágenes políticas: Chile como una excepción democrática y Chile como una república bananera.
El Capítulo II trata la elección presidencial de 1970, retratando la forma en la que fue vivida la posibilidad de una presidencia marxista elegida y estableciendo que la preocupación fue aumentando de forma progresiva. No hubo consenso sobre el dramatismo. Incluso, para muchos, todos los candidatos eran perjudiciales y a Estados Unidos arriesgarse a intervenir le costaría un escándalo internacional. El recuerdo de Bahía de Cochinos y Vietnam era una pesadilla para la Casa Blanca. De esta forma, Chile se fue presentando como una paradoja difícil de descifrar. Las ansiedades aumentaron una vez que fue elegido Salvador Allende por el Congreso Nacional, deteniendo las empresas torpes de las agencias de inteligencia estadounidense. El capítulo trata de delinear los principales actores, las ideas fuerza y busca dar luz sobre las representaciones que fueron surgiendo tímidamente desde las distintas esferas.
El tercer capítulo trata los desafíos que se vivieron en la presidencia de Salvador Allende, partiendo con los primeros meses de su administración y culminando con las reuniones del Club de París sobre la renegociación de la deuda externa de Chile. Una vez elegido Salvador Allende, tuvieron que construir una política para Chile llamada cool and correct, y ella refleja los conflictos entre ambas culturas políticas, los cuales fueron complejizando las relaciones. Poco a poco, las imágenes políticas de excepcionalidad democrática versus estereotipo latino fueron determinando decisiones concretas, significando verdaderas batallas en el aparato de política exterior estadounidense.
El cuarto y último capítulo se centra en la crisis democrática chilena. Para lo mismo, se hizo crucial tratar la forma en la que se interpretaron el sistema partidista chileno, las Fuerzas Armadas y la oposición en Chile. Surgen los primeros diagnósticos y pronósticos de cómo terminaría esta historia. En este capítulo, vemos cómo a medida que aumentaron las tensiones en Chile, aumentaron en Washington, en momentos donde el choque de imágenes políticas determinó la forma en la que se concibió el deterioro del gobierno de la Unidad Popular y las fuerzas que determinarían su final.
Volver a la política estadounidense hace sentido cuando se cambia la pregunta y se define de qué forma van a aportar estos documentos contenidos en FRUS a nuestro conocimiento. Trascendiendo la novela de agentes encubiertos y la búsqueda de culpables, este libro invita a descubrir todo lo que la desclasificación nos puede ofrecer. En los documentos se encuentran voces, representaciones y personajes que pensaron y discutieron con respecto a Chile. Analizando estas imágenes políticas y su rol en las discusiones políticas, nos podremos acercar a una cultura política estadounidense que abrió su paso en la política chilena, con una intención hegemónica, pero con menor espacio de maniobra del que imaginaban.
Una discusión en curso: historiografía de la responsabilidad
La política estadounidense en Chile ha sido ampliamente estudiada, con un especial énfasis en el período de la Unidad Popular y el rol que jugó la potencia en el golpe de Estado de 1973. Los relatos e interpretaciones de estas relaciones han tomado diversas formas, asociadas al contexto social y político desde el cual se han escrito. Principalmente, el debate se ha ordenado en torno al concepto de responsabilidad, que oscila entre el imperialismo y la implosión interna, primando la narrativa condenatoria a las acciones de Estados Unidos. Esto porque el golpe que derrocó a Salvador Allende dejó una huella potente, interpretada desde varios ámbitos como el asesinato de una ilusión, lo que invitaba a buscar un culpable.
En el contexto de la Guerra Fría, los caminos políticos que tomaran los países tenían un significado insigne. El caso de Chile fue especial, en el sentido de que Salvador Allende y Augusto Pinochet encarnaron las imágenes de las opciones políticas en juego. Esperanza inédita y brutalidad trágica. De esta forma, el acontecer político del Chile de los años setenta impactó al mundo, con un Allende y un Pinochet que representaron una utopía y una antiutopía2. Sus devenires e imágenes proyectadas se transformaron en un espejo, desde donde los distintos modelos se miraron y midieron. El impacto internacional del bombardeo a La Moneda y la muerte del jefe de Estado, dieron inicio a la búsqueda de los responsables de la muerte de la democracia chilena. Desde la herida o el júbilo, el mundo comenzó a apuntar, y los dos clásicos culpables fueron la irrupción del comunismo o el capitalismo. Ambos elementos comprendidos como extranjeros habían irrumpido en un país con una tradición democrática percibida como intachable, para contaminar y destruir. Esa percepción se entiende desde la mirada de la Guerra Fría, pero también desde la mirada del dolor. Alguien tenía que ser el culpable de esta tragedia y costó pensar en que fueran los mismos chilenos.
En esta búsqueda se generalizó la percepción del “asesinato de Chile”3. Pero, ¿quién lo había asesinado? El escritor Gabriel García Márquez escribió que el bombardeo a La Moneda había sido obra de “un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habría ingresado al país bajo la pantalla de la Operación Unitas”4. Para otros había sido el destino inevitable de un proyecto que, dentro de una democracia liberal y las reglas del juego mayoritario, buscó transformar el orden establecido. Otros se dedicaron a dudar de la capacidad política de un presidente elegido con mayoría relativa. Raymond Aron, sin dudar de la legalidad, escribió que inevitablemente, este proyecto colisionaría con una poderosa oposición y eso determinaría el fin5.
El rol de la política estadounidense en el Chile de Allende ha sido materia de constante debate, no solo en una escala internacional. Cala en lo más profundo de nuestra sociedad por el hecho de que ha sido una forma de buscar una respuesta al quiebre democrático. Desde el ámbito académico, pero también desde las discusiones privadas, la intervención estadounidense es una discusión controversial, dado que, ante la pregunta de qué papel jugó Estados Unidos en el golpe de Estado, se responde según la interpretación que se tenga de la Unidad Popular. Comprendiendo los matices, se puede decir que desde el ala izquierda se culpabiliza a Estados Unidos, como una interrupción imperial a un proyecto floreciente, y desde la derecha se le exculpa, asumiendo que la vía chilena al socialismo estaba destinada al fracaso. Ambas respuestas refuerzan el argumento de cada bando en el ejercicio de nombrar a un culpable.
Tras el golpe de Estado, se fue creando una imagen política de un imperio infalible que había irrumpido en los asuntos internos de un país lejano, manejando su acontecer político y designándole un final trágico. Los “patrones” no permitieron el cambio. Esta imagen fue alimentada por las víctimas del golpe, pero también por la misma sociedad estadounidense que, indignada, buscó una respuesta. En este proceso de revisión interna, el Comité Church jugó un rol preponderante, y el resultado de esta investigación definió la forma en que, por muchos años, se entendió la política estadounidense en Chile.
La sociedad estadounidense, desde el estallido en las calles en 1968, estaba viviendo un proceso de profundo cuestionamiento. Uno de los focos de atención, en esta ola de dudas, fue la política exterior. La crítica estaba centrada en Vietnam, pero se extrapolaba a todos los aspectos del actuar internacional estadounidense6. Una fuerte crítica hacia el “deber ser” estadounidense en el exterior, fundamentó las voces que pedían un retiro de los asuntos del mundo. En ese contexto, y como veremos más adelante, llega Richard Nixon prometiendo distensión y reducción de los compromisos internacionales. Chile desafió el sentido de esta prerrogativa y, a través de escándalos periodísticos y denuncias, potenció la imagen del gigante interventor. Pero más allá del escándalo del sur, y en medio de la crítica al comportamiento exterior, Richard Nixon protagonizó el escándalo del espionaje doméstico de Watergate. Ya no solo se desconfió del comportamiento secreto en el mundo: el enemigo estaba en casa.La relación entre ambos hechos deviene en el impacto que tuvieron en la sociedad civil estadounidense. Los dos fenómenos unidos pasaron a determinar la imagen de la administración de Richard Nixon revestida de percepciones de corrupción, espionaje e intervención.
El pueblo estadounidense, ante este escenario, clamó por la transparencia y el retorno de los fundamentos de la democracia, viviendo un proceso de transformación bajo el alero de la investigación legislativa. De esta forma fue creado el Comité Church, que investigaba lo que tras bambalinas había hecho el Ejecutivo en nombre de la sociedad. Fundamentalmente se encargó de investigar los abusos de poder. Se convocó a una especie de dream team que unió a demócratas y republicanos, en una misión por esclarecer una oscuridad creada por la malicia de Nixon. Pero, como todo comité político y por ende humano, también existía una cuota de interés en sepultar su presidencia. En Chile asociamos este comité a la investigación de la acción encubierta en el país. Pero fue mucho más que eso. El recuerdo de Chile se fusionó con el trauma de Watergate, en un debate que cuestionó los cimientos de la democracia estadounidense.
La creación del Comité Church fue motivada por el clima de impaciencia, la investigación del caso Watergate (que había cuestionado a las agencias de inteligencia bajo el mandato ejecutivo) y por la denuncia del periodista Seymour Hersh en un artículo en el New York Times. Este último había causado conmoción en el debate público al hablar de las actividades ilegales de la CIA7. En enero de 1975, el senador demócrata John O. Pastore propuso la creación de un comité que investigara las operaciones federales de inteligencia, para determinar su ética y legalidad. El 25 de ese mismo mes, se creó el comité a cargo del senador demócrata Frank Church y se componía de once miembros: seis demócratas y cinco republicanos. David Atlee Philips, agente de la CIA involucrado en la mayoría de los escenarios controversiales de intervención estadounidens de la época, recuerda esta fecha como el momento donde llegó una tormenta que cambió su vida. Desde ese instante, la imagen de la CIA sería destruida por revelaciones diarias que golpearían a los agentes, hasta el punto que sus propios hijos repudiarían su profesión8.
La conclusión general del comité, en su reporte final, fue que a partir de la presidencia de Franklin Roosevelt los excesos de inteligencia domésticos e internacionales no habían sido producto de un partido, administración o individuo, sino que se habían desarrollado junto al crecimiento de Estados Unidos como una superpotencia. Los resultados fueron publicados en catorce volúmenes, que abarcaron desde planes de asesinato a líderes extranjeros hasta los derechos fundamentales norteamericanos, todo enfocado en las actividades de inteligencia. El reporte final incluyó 96 recomendaciones que tenían como fin posicionar las actividades de inteligencia dentro del esquema constitucional de poder gubernamental. Posteriormente, estos resultados desembocarían en la legislación que se encargaría de vigilar y asegurar que las actividades de inteligencia se enmarcaran en la ley9.
Dentro de este contexto de revisión, el caso de Chile se vio revestido de un significado potente. Era un ejemplo de una acción encubierta, que se hacía aún más reprochable ante la ciudadanía por estar relacionada al derrocamiento de un presidente electo. El resultado fueron dos documentos. El primero trató los complots e intentos de asesinato de líderes extranjeros (Senate Report: Alleged Assassination Plots Involving Foreign Leaders)y el segundo (Staff Report: Covert Action in Chile, 1963-1973) se centró en las operaciones encubiertas llevadas a cabo en Chile entre los años 1963 y 1973. Estos dos documentos se convirtieron en la base y fuente primaria de cualquier investigación sobre la política estadounidense previa a la desclasificación iniciada en la década de 1990.
Se hace fundamental entender el contexto histórico en el que se escribieron estos documentos. La investigación legislativa de la intervención en Chile no fue solo fruto de una excepcionalidad del caso chileno. Chile había sido producto de controversia anterior, fruto de la revelación del periodista Jack Anderson en 1972 acerca de la relación de la CIA con la compañía internacional ITT. Esto, sumado al impacto del golpe, convirtió a Chile en un foco significativo de lucha entre el Congreso y Nixon10. Y de esta forma se insertó en un proceso de cuestionamiento de los fundamentos de la acción encubierta, el consenso de la Guerra Fría y, finalmente, el compromiso de los estadounidenses con la democracia.
Leyendo el documento sobre la acción encubierta, no deja de llamar la atención la representación sobre el país. Se escribió que la historia chilena era una de trascendente continuidad democrática, con solo tres breves interrupciones en su tradición. El informe decía que Chile desafiaba el estereotipo que el estadounidense tenía de América Latina. Chile habría sido uno de los países más urbanizados e industrializados en América Latina, con una población alfabetizada casi en su totalidad11. Ante esta imagen construida de excepción, se acentuaba la tragedia del golpe.
Con respecto a sus conclusiones, el comité declaró que no se había encontrado evidencia de que Estados Unidos hubiese estado directamente involucrado en el golpe de Estado. Sin embargo, en 1970 sí había tratado de fomentar un golpe militar en Chile. Tras fracasar, se había adoptado una política abierta y encubierta de oposición a Allende, incluyendo la continuación del contacto con los militares chilenos12. Tampoco había evidencia de que EE.UU. hubiera financiado los distintos paros entre 1971 y 1973. Sin embargo, sí había entregado dinero a grupos que apoyaban a los huelguistas. Finalmente, se determinó que la acción encubierta en Chile era llamativa, pero no era un caso único y se enmarcaba en el contexto de la política exterior estadounidense y también de la participación encubierta de EE.UU. en el mundo.
Varios autores, como Seymour Hersh, James Petras y Morris Morley, tomaron estos reportes como fuentes fundamentales para comprender el rol de Estados Unidos en Chile. Pero otros, sobre todo aquellos que habían jugado un rol en esta historia, lo leyeron como una maniobra política. En palabras del exembajador en Chile Edward Korry, “(…) ese Chile ofrece claves extraordinarias de por qué los “valores”, término generalizado y común en el debate público estadounidense, casi siempre se sacrifican en función de intereses en conflicto. Solo cuando el electorado percibe que se han excedido demasiado los límites del juego limpio en el ámbito partidista, la moral colectiva se impone y reemplaza al sistema imperante”13. Para Korry, los reportes eran un cúmulo de escritos necios acerca de Chile, que asociaba a una mala película de misterio, con un guion lleno de pistas falsas. La verdad quedaba sepultada por la ideología, el partidismo y el interés personal, relegando la verdad al rincón de la memoria14, esto desde su verdad como protagonista de una porción de la historia.
El historiador Mark Falcoff vió en los documentos información útil, pero a la vez insinuó la impresión de que las actividades de la CIA estaban ligadas directamente al golpe de Estado de 197315. Para el historiador Joaquín Fermandois fue un caso asombroso del modo en que una gran potencia expuso sus motivaciones y políticas de manera pública, en medio de un sentimiento de culpa y denuncia por la falta de moralidad del gobierno16. Edward Korry, en su visita a Chile, conversando con Fermandois y Arturo Fontaine, declaró en una especie de catarsis que su país había abordado el proceso de una “manera tonta” por razones complejas y sofisticadas que tenían que ver con un problema real de Estados Unidos. Los políticos estadounidenses habían resuelto, a través del caso de Chile, problemas domésticos, “montando un gran espectáculo”17. Es importante comprender que con estas investigaciones se sepultó la carrera del exembajador, significándole un golpe en su vida política y familiar, debido a que fue utilizado como un chivo expiatorio en la pregunta de la responsabilidad estadounidense. Lo dejaron testificar cinco minutos, pero impactaron su vida entera. Después de este proceso tuvo que irse a vivir a Europa y hasta el último día de su vida buscó aclarar los eventos, puesto que fue culpado injustamente de haber tenido conocimiento de los intentos estadounidenses de motivar un golpe militar en 1970.
El embajador que había sucedido a Korry, Nathaniel Davis, dijo que vio cómo el juego de la moralidad política se escenificó en Estados Unidos con Chile como sujeto18. Davis entendió el rol de Chile en esta historia como un golpe más en la caída de gracia de EE.UU., uno que cargaba más culpa que las anteriores (Arbenz, Bosh, Lumumba o Mossadeq), debido a que, a su juicio, la imagen del presidente era más potente: “Salvador Allende had more going for him”19. De esta forma, Chile jugó un papel en una crisis de credibilidad estadounidense.
Independiente del contexto de escándalo y de “pisoteo de elefantes”20, el informe del Comité Church es una fuente importante para definir las acciones encubiertas de Estados Unidos en Chile y, por muchos años, fue la única fuente de información para los investigadores que trataron el tema. Para comprender la forma en la que se entendió el caso chileno en esos años, es importante ver el contexto de producción de la fuente utilizada. Solo de esa forma se puede entender la manera en que se ha pensado historiográficamente Estados Unidos en Chile.
La política estadounidense en el Chile de esos años se ha estudiado a través de la pregunta de la búsqueda de un responsable. Las reacciones inmediatas, las interpretaciones tras años de dictadura y la postura post desclasificación, han oscilado entre ambas posibilidades de responsabilidad. De esta forma, la trama principal ha sido la acción encubierta, la intervención y sus niveles de impacto, generalizándose la perspectiva condenatoria.
Desde sus orígenes, la discusión de la política estadounidense se ha relacionado con el tema de la dependencia y el nivel de control de la potencia en el tercer mundo. El autor Richard Fagen entendió la política de EE.UU. en Chile como algo inevitable. Esta idea era parte de una corriente heredada de la teoría de la dependencia tercermundista, que definía cómo el rol interno de los países se veía nublado frente a una potencia imperialista21. Las “indecencias en la política” eran un elemento familiar, en un país que percibía cualquier experimento tercermundista como una amenaza a los intereses nacionales vitales22. Más que un problema de vigilancia del Congreso a la CIA, la crisis se originaba en una política exterior que manejaba conflictos en una escala global. Por lo mismo, el tercer mundo, y en este caso, Chile, sufrirían de una política exterior que en sus principios no podía permitir el cambio. Esta perspectiva se generalizó, alimentada por la idea ególatra de que la tragedia de Chile se decidió en Washington23.
Una discusión ilustrativa de la forma en que se interpretó la política estadounidense en Chile en los 70, fue la de tres autores, en base a dos libros: The overthrow of Allende and the politics of Chile, 1964-1976, escrito por Paul Sigmund24, y The United States and Chile: Imperialism and the overthrow of Allende’s Chile, de James Petras y Morris Morley25. Paul Sigmund, inmediatamente después del golpe, comentó el riesgo de asumir la destrucción de la democracia chilena como responsabilidad de Estados Unidos. En su libro, buscó explicar cómo los factores internos habían determinado el destino chileno, un aspecto que discutía con la perspectiva de la dependencia. Estaba convencido de que, independiente de las acciones de la CIA, Salvador Allende no se habría mantenido en el poder los seis años de su mandato. Por el otro lado, y afines a la teoría de la dependencia, Petras y Morley definieron la intervención de Estados Unidos en Chile como parte de una estructura imperial que buscaba mantener la continuidad de las actividades de las corporaciones multinacionales. La subversión, destrucción de la democracia y apoyo a dictaduras militares, se originaron en este capitalismo imperial y la necesidad de que la existencia de regímenes que se abrieran a la explotación. Ambos autores consideraron que, en las palabras de Paul Sigmund, existía un constante esfuerzo por minimizar la intervención estadounidense en Chile, en medio de lo que calificaban como uno de los debates políticos más controversiales del último tiempo26. Sigmund criticó la visión simplista de la teoría de la dependencia, donde se asumía la inefabilidad y efectividad de las acciones estadounidenses en el mundo.
A lo largo de los 70 y principios de los 80, se debatió sobre la perspectiva imperialista versus la que primaba responsabilizar a los chilenos por sus actos. En medio, los protagonistas dieron sus visiones. Armando Uribe escribió desde el exilio que la supremacía política del imperialismo norteamericano había determinado el éxito del golpe, en un juego donde los intereses privados norteamericanos se transformaron en los intereses públicos, definiendo la razón de Estado del Imperio27. El embajador en Chile Nathaniel Davis, en su libro The last two years of Allende, relató en forma detallada su experiencia, asumiendo la influencia de EE.UU. y su incidencia en el mundo, pero a la vez atribuyendo el sentido de responsabilidad estadounidense a un tipo de etnocentrismo, desde donde se exageraba lo positivo y negativo de sus acciones en el mundo. Sin embargo, citando a Ray Cline, el exembajador notaba que Estados Unidos, queriéndolo o no, influía en los eventos en el extranjero a través de su acción, pero también su inacción. Era muy poderoso para ser neutral28.
De la dependencia imperialista a la perspectiva de la agencia interna, comenzaron a aparecer textos que buscaron delimitar el grado de la intervención y, por ende, el impacto de esta en el acontecer político chileno. El Comité Church había determinado los esfuerzos estadounidenses por motivar un golpe antes de la nominación de Salvador Allende por el Congreso. Pero dejaba sujeto a interpretación una participación directa en el golpe final. Gregory Treverton indicó que no se podían separar estos primeros esfuerzos del resultado final. Por lo mismo, independiente si no había lazos directos con el golpe de Estado, existía un alto grado de responsabilidad29. El trabajo de Mark Falcoff sobre la política estadounidense en Chile, analizó cómo estas distintas perspectivas se leyeron a través del prisma de la historia reciente, en vistas del impacto que había provocado Chile en la clase política y el mundo intelectual30.
Uno de los trabajos más relevantes sobre la política estadounidense en esa época es el de Joaquín Fermandois en su libro Chile y el mundo, 1970-1973. El gobierno de la Unidad Popular y el sistema internacional31. En él, a través de un minucioso análisis de la política exterior de la Unidad Popular y su conexión con el mundo, el autor estableció los peligros de tratar la política estadounidense bajo la tónica de la manipulación. Esta perspectiva luchaba con la idea de que el sistema político chileno de la época había estado “penetrado”. La imagen de la acción imperial negaba el grado de autonomía de los actores nacionales. El rol que había jugado la política estadounidense en Chile, según el autor, habría sido a través de una dosificada y meditada entrega de fondos y de ayuda logística a instituciones chilenas que estaban en proceso de actuar como actores extra constitucionales. El ya mencionado Paul Sigmund confirmó esta visión, declarando que su investigación sobre la política estadounidense en Chile había reforzado su idea de que habían sido los chilenos, no los estadounidenses, los actores principales del drama chileno32.
Independiente de las cifras entregadas y las visiones contrapuestas, lo fundamental para comprender esta época y su resultado historiográfico es asumir su posición de reacción. En resumen, la mayoría de las interpretaciones posteriores al golpe se centraron, naturalmente, en la búsqueda de una responsabilidad, encontrando distintos protagonistas. La idea generalizada, y la mayormente aceptada, fue la de centrar la culpa en el norte, influidos por el clima de la época y fundamentando su visión en el informe del Comité Church.
Un hito en esa batalla de responsabilidad fue la detención en Londres del dictador Augusto Pinochet el año 1998. Esto implicó una primera instancia legal internacional, donde se reconoció formalmente la transgresión a los derechos humanos en Chile y se esperó que los perpetradores del régimen pagaran por ello. El hecho de haber sido detenido fuera del país y procesado por agentes internacionales, implicó que esta detención pasara a ser un asunto global. Estados Unidos, el narrado cómplice del golpe, presionado por la opinión pública interna e internacional, decidió iniciar un proceso de desclasificación de los documentos que trataran la intervención estadounidense en Chile desde el año 1968. Esto implicó un programa de desclasificación masiva que concluyó el año 2000, llamado el “Chile Declassification Project”, que se centró en los documentos que probaran conocimiento, complicidad y apoyo de Estados Unidos a la junta militar y sus transgresiones a los derechos humanos33.
Un autor que destacó en esta nueva etapa impulsada por la desclasificación fue Peter Kornbluh. Este autor ha dedicado su vida y trabajo a ejercer presión sobre el gobierno estadounidense en pos de la desclasificación, con grandes resultados, fundamentales en el esfuerzo para desarrollar una transparencia democrática. En su trabajo más connotado, The Pinochet File, un minucioso texto, pero centrado en una pregunta con una respuesta un tanto predeterminada: la acción estadounidense desde la perspectiva de la eficacia infalible, sin dejar un espacio para los actores chilenos34. Su libro significó una apertura documental inédita, pero su análisis entrega la premisa de la culpabilidad, con una respuesta establecida: el esfuerzo estadounidense por abatir la democracia chilena35. Si bien relata en forma concisa la trama de la política estadounidense, asume el éxito de sus protagonistas.
Una autora que sigue la misma línea es Lubna Quershi36. Inicia su trabajo indicando que aún no se ha esclarecido lo que Nixon y Kissinger le hicieron a Chile. Critica a Kristian Gustafson y Jonathan Haslam por intentar relevar la responsabilidad de la Unidad Popular, en vistas de que Allende nunca podría haber equiparado el poder de Washington. Su libro se convierte en una narración de atrocidades perpetuadas por EE.UU. frente a un Chile indefenso. En una discusión con Kristian Gustafson, este nota cómo, lejos de apoyar a los chilenos, su trabajo ignora cualquier tipo de agencia y manejo de los protagonistas sobre sus vidas políticas37. Decide ignorar los problemas internos y sobredimensionar los externos. Desde su interpretación, el éxito de la Unidad Popular estaba en las manos de Estados Unidos. Un ejemplo de esta línea es su posición sobre el asesinato de René Schneider. Roberto Viaux habría tenido que ser sobornado para que se comprometiera con la causa, acusando que finalmente fueron los militares quienes pagaron por los crímenes de sus “patrones”38.
Un autor chileno que se ha sumado a esta línea argumentativa es Luis Corvalán Márquez. Su libro, La secreta obscenidad del Chile contemporáneo. Lo que dicen los documentos norteamericanos y otras fuentes documentales,dice aprovechar la ola de desclasificación, pero a lo largo de su narración aparece una interpretación fundamentada principalmente en el informe del Comité Church. El título de su libro alude a lo secreto y obsceno y una iluminación, pero revisándolo no se encuentra novedad. Según Corvalán, las acciones encubiertas en Chile compraron “casi todo”. Citando de su libro: “No hubo ámbito del quehacer nacional, fuese civil o militar, económico o político, ideológico o diplomático, en que –según estos documentos– Washington no se involucrara. Nada quedó fuera de su alcance”39.
Siguiendo en la línea de la política estadounidense imperial e infalible, no se puede dejar de mencionar a Patricia Verdugo y su trabajo Allende. Cómo la Casa Blanca provocó su muerte. “Esta es, la triste historia de cómo el gobierno del país más poderoso del planeta provocó una tragedia en una pequeña nación de su mismo continente: Chile”40. En este libro, de gran calidad literaria, EE.UU. aparece como el llamado “gran papá” que debía poner orden ante el error de un hijo. En su narración sobre la Unidad Popular y la injerencia estadounidense, se desestiman el contexto y los actores nacionales, en un relato que determina la política estadounidense como una maquinación perfecta y homogénea. La Casa Blanca había escrito el libreto de un fin trágico. Independiente del gran legado de Patricia Verdugo, este libro también se queda en un análisis que deja poco espacio de maniobra para los chilenos. Esta línea de interpretación se detiene en las intenciones estadounidenses y equipara la acción al resultado.
Las cifras de acción encubierta y el “credit squeeze” son medidas perpetuadas por una potencia hegemónica aliada con las fuerzas internas de un país y tienen un peso considerable dentro de la delimitación de las fuerzas y actores del escenario chileno. Pero esta historia tiene más actores y los autores anteriores se niegan a brindarles un protagonismo. En este proceso de reacción al golpe y de revalorización de esta perspectiva tras la desclasificación, se ha persistido en la idea de que esta es una historia de imperialismo, y no una historia que se desenvolvió en un escenario dinámico, de relaciones bilaterales, de trama interna y de Guerra Fría. En el fondo, el fenómeno de la política estadounidense en Chile es más complejo e involucra a más actores que los estadounidenses.
También es peligrosa la idea de solo considerar a los actores chilenos como los relevantes. Los años de la Unidad Popular impactaron al sistema internacional en un contexto de Guerra Fría, donde lo que pasaba en el mundo tomaba un significado determinante. Diferentes países se involucraron en el proceso. La Unión Soviética, Cuba, Alemania e Italia proveyeron fondos a sus respectivos bandos41. Pero en la misma tónica de la responsabilidad y tratando de comprender la historiografía de la política estadounidense en Chile, se hace crucial relevar el problema de solo identificar a la Casa Blanca como el actor determinante.
Diversos autores han discutido con la perspectiva de los trabajos anteriormente mencionados. El trabajo de Kristian Gustafson ha sido clave en revertir este ejercicio intelectual de la búsqueda de responsables42. En su libro busca determinar los “hechos” de las acciones encubiertas perpetuadas por el gobierno estadounidense, ejecutadas por la CIA y los diversos organismos gubernamentales. Sin buscar exonerar a Estados Unidos, comprende el error de hacer de la CIA el chivo expiatorio de los problemas en el mundo. Busca trascender a la búsqueda de culpa o inocencia. Sería imposible comprender la historia del Chile de Allende sin el papel de Estados Unidos y la CIA, pero solo basarse en las acciones de inteligencia les brinda un poder desmedido.
Otro autor que busca ampliar la perspectiva de la forma en que se ha estudiado la política estadounidense en Chile, ha sido Sebastián Hurtado. En su trabajo El golpe que no fue43, introduce a los actores chilenos en la narrativa de la intervención estadounidense, comprendiendo el rol marginal de la potencia y relevando el papel del grupo de democratacristianos que buscaron frenar la llegada de Allende al poder. De esta forma, centrado en la coyuntura de la elección presidencial de 1970, el autor desafía la perspectiva de una potencia infalible, rescatando la acción chilena dentro de la trama y comprendiendo cómo la naturaleza asimétrica de los dos países no era garantía de que el actor más poderoso alcanzara sus objetivos hegemónicos44.
Dentro de esa línea, un trabajo fundamental para comprender la complejidad de la posición internacional de la Unidad Popular y la injerencia extranjera, ha sido el de Tanya Harmer, El gobierno de Allende y la Guerra Fría Interamericana. En este, la autora propone comprender la Guerra Fría como un conflicto dinámico y, por lo mismo, propone posicionar a la Unidad Popular en un escenario de Guerra Fría Interamericana, relevando actores regionales como Cuba, Brasil, Perú, Argentina y Bolivia. La autora evalúa la política estadounidense en su hostilidad y hegemonía, relevando las intenciones que existían detrás de las decisiones políticas frente a un presidente marxista. Pero, a la vez, retrata a un Washington intimidado, frustrado y un Chile con mayor espacio de maniobra de la que imaginaba45. Superando la perspectiva de la responsabilidad, la autora busca demostrar cómo el conflicto tuvo varios escenarios, con múltiples actores que tenían autonomía suficiente para desarrollarse políticamente en la región. Según la autora, tanto Richard Nixon como Fidel Castro se mostraron profundamente frustrados por su incapacidad de manejar los eventos chilenos46.
No resulta extraño que la política estadounidense en Chile se estudie desde la perspectiva de la responsabilidad. Si bien diversos autores han propuesto ampliar la mirada hacia otros actores y han generado otras preguntas, la intervención estadounidense en Chile sigue siendo un asunto muy potente en el imaginario actual sobre esos años. Allende, en sus últimas palabras dirigidas al pueblo chileno, apuntó el dedo hacia el capital foráneo y el imperialismo que, unidos, crearon “el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición”. Apuntó al norte y todos miraron, no solo porque lo decía el mandatario, sino porque también en América Latina se había vivido un fuerte antinorteamericanismo y vigilancia ante el imperialismo. De alguna forma, hacía sentido. Existían ejemplos anteriores, y frente la tragedia resultaba más fácil responsabilizar a otro y la repuesta de EE.UU. era plausible. El autor Joaquín Fermandois ha atribuido esta “teoría de la conspiración” a la “inextinguible necesidad humana de entregar explicaciones simples de hechos y procesos muy complejos”47. Es más sencillo culpabilizar a un director que, tras bambalinas, escribe un libreto y lo reparte entre los actores, quienes, solo de esa forma, saben qué papel juegan en la historia. Ante la pregunta del peón o del actor, se hace fundamental alejarse de las respuestas simples y de los callejones conspirativos48. Ni ocupación extranjera ni guerra civil, sino un país con un desarrollo y dinámicas políticas internas, inserto en el sistema internacional en el marco de una confrontación global49.
Como dice Alfredo Riquelme, comprender los años de Salvador Allende y su derrocamiento desde las dinámicas nacionales, no implica menospreciar la importancia de las estructuras e influencias internacionales en el proceso chileno50, sino más bien significa entender el acontecer en el Chile de los 70 desde una perspectiva que equilibra el rol de los actores involucrados en los acontecimientos. Los estudios sobre la política estadounidense en Chile se han ido ampliando, pasando de la determinación de culpables hacia la comprensión de un proceso desde otras preguntas. Mirar la política estadounidense desde la perspectiva de la responsabilidad se entiende desde una experiencia de reacción ante un golpe que impactó el mundo. Pero hoy se deben asumir otros actores y equilibrar su espacio de maniobra.
Puede parecer una contradicción plantear la importancia de destacar a otros actores dentro de la trama, siendo este un estudio que analiza la perspectiva estadounidense. Pero lo interesante de esta apertura analítica es que permite generar nuevas preguntas sobre los roles y dimensiones de los mismos actores. Dejar descansar la pregunta de la responsabilidad, amplía la posibilidad de análisis y permite volver a revisar la manera en que se desenvolvieron los personajes. De esta forma, nos podemos volver a preguntar sobre la política estadounidense en Chile, pero desde una perspectiva que valora históricamente el cómo se pensó Chile desde Estados Unidos y el impacto de las imágenes políticas construidas en el proceso.
Representación, imágenes políticas y discusiones
Como se indicó, esta investigación busca valorar lo que los documentos compilados en los volúmenes Foreign Relations of the United States pueden aportar al conocimiento sobre su política en Chile. Estos documentos se hacen relevantes en cuanto a que abren las puertas a otras dimensiones de la política exterior que trascienden a las cifras de acción encubierta y las voluntades de Richard Nixon y Henry Kissinger. De esta forma, la fuente nos ayuda a ampliar la perspectiva, plantear otras preguntas y encontrar nuevas historias. Esto porque nos permiten excavar elementos que subyacen a las grandes decisiones de política exterior, en un proceso complejo de toma de decisiones, donde las representaciones, imágenes políticas y discusiones jugaron un rol preponderante.
La política exterior estadounidense en Chile se ha estudiado a través de aquellos documentos clave que probaban, matizaban o negaban una intervención. También se han estudiado las motivaciones de políticos estadounidenses, centrándose en los principales actores que decidían la política exterior. Lo que nos aportan estos documentos es el contexto de tales decisiones, las ideas que circulaban en torno a ellas y los distintos actores que aportaban a la discusión. Como dice Tanya Harmer, “incluso descentrando solo la parte norteamericana de la historia es mucho más lo que se revela, especialmente cuando se trata de explicar las motivaciones de las políticas estadounidenses, el proceso por el cual ocurrieron y sus consecuencias”51.
Estos volúmenes permiten aproximarnos al aspecto más cotidiano de las decisiones políticas en un ejercicio que involucra a distintos actores a través de las etapas que conforman el proceso de decisión en política exterior. Este tipo de decisiones sigue un camino que implica la recopilación de información (principalmente entregado por las agencias de inteligencia y el embajador), el análisis de la información (responsabilidad de los actores que desde Washington deben presentar opciones), la discusión de las distintas posiciones (presentadas en diversos contextos), la delimitación de una política específica y la implementación. En este proceso, la interpretación de la otra nación se hacía fundamental, en un camino que implicaba esclarecer lo que acontecía en el país determinado, con el fin de generar políticas.
Reiterando, las relaciones internacionales son, inevitablemente, un encuentro cultural52. Construir una política exterior implica interpretar otra nación en base a sus dinámicas internas e intenciones. A través de la información que proveen los distintos corresponsales, se produce un evento que implica traducir la realidad de un país, en un ejercicio de interpretación, donde las ideas preconcebidas y las percepciones toman preponderancia. Como escribió Nathaniel Davis, la diplomacia es una profesión de comunicación, empatía y percepción, donde los reporteros deben interpretar, desde el mismo lugar donde se desenvuelven, las dinámicas culturales y políticas de un país para entregarlas a Washington53. En ese lugar se produce otro tipo de encuentro cultural, a través de la lectura del fenómeno, pero desde el norte.
Los que toman decisiones y llevan a cabo las políticas que constituyen las relaciones internacionales son los individuos54. Si bien se puede interpretar desde una perspectiva sistémica o estatal, creemos que este foco amplía las posibilidades para entender la política exterior de un país determinado. Hablar de “acciones soviéticas” o “decisiones chinas”, se convierte en un atajo conveniente que esconde al humano que yace tras el proceso de toma de decisiones55. Los individuos son los que perciben y responden a lo percibido, basados en un sistema de valores que reflejan una cultura política.
La percepción es entendida en este trabajo como el marco desde el cual se interpreta la realidad. Esta se ve influenciada por memorias, valores, necesidades y creencias56. En ella actúan predisposiciones e impulsos internos, así como también experiencias previas y expectaciones futuras. La aplicación de la percepción en los estudios de política exterior se justifica desde la perspectiva de que es el mismo individuo quien debe interpretar este encuentro cultural y generar políticas adecuadas. Esta percepción en política exterior se ha definido desde la psicología cognitiva, pero se hace difícil ingresar a través de estos documentos en las mentes de los políticos estadounidenses, donde se ejecuta este ejercicio cognitivo57. Por eso creemos que la perspectiva adecuada es el estudio de una percepción en un acto de representación que se materializa en una imagen política, concepto que definiremos más adelante.
El escenario político actúa como una caja de resonancia de las identidades, valores, miedos y aspiraciones de una sociedad específica, que se cristalizan en una cultura política determinada58. Esta ha sido definida como el sistema de creencias empíricas, símbolos y valores que definen la situación en la cual se desenvuelve la acción política y surgirían de estructuras de significado socialmente establecidas5960. La cultura política refleja los valores de una sociedad y permea las instituciones que actúan dentro de la misma. Sería el elemento que conecta las actitudes individuales en la estructura general de un sistema político61. En una burocracia de política exterior, la cultura política guía los comportamientos y decisiones de los individuos, en el sentido que esclarece el rol que como sociedad se quiere cumplir en el sistema internacional. Los políticos están bajo el escrutinio de la ciudadanía y sus metas deben estar en sintonía con los valores de la sociedad. Pero, fundamentalmente, la cultura política afecta a la política exterior en cuanto a que son los mismos individuos, imbuidos en estas estructuras de significado, los que toman las decisiones. El papel de la cultura política y los valores que se construyen como sociedad son dinámicos y no determinan las acciones en un sistema infalible, pero el pensar en política exterior y en los individuos que la ejecutan, necesariamente se debe pensar en las ideas que subyacen.
Estas ideas comúnmente institucionalizadas se pueden identificar con una ideología específica de política exterior62. Michael Hunt ha definido la ideología como el conjunto de convicciones y suposiciones que reducen la complejidad de una realidad particular en términos comprensibles, sugiriendo formas apropiadas para lidiar con ella63. Es un conjunto de creencias y valores que hacen el mundo inteligible, posibilitando la interacción con un mundo infinitamente complejo, lo que implica reducir las ideas de individuos y de una sociedad en términos finitos64. Los que interactúan en política exterior se enfrentan al mundo revestidos de este conjunto de ideas que definen cómo ven al mundo y la forma en que se sitúa su nación en él. Se podría definir como una sensibilidad compartida con la que la mayoría de los estadounidenses se identifica65, al menos en el escenario político.
Para determinar el papel de la ideología y este sistema de valores en la cultura política, el historiador debe identificar los grupos, agencias, partidos políticos e individuos, examinando sus metas e ideas. Los valores tales como la excepcionalidad estadounidense, emergen de estos preceptos ideológicos y símbolos culturales66. El rol determinante que juegan estos valores en la construcción de políticas implica considerar su importancia y comprender cómo se construyen en un diálogo constante entre los valores del individuo y la sociedad en la que se inserta. De esta forma, definir una ideología de política exterior centrada en la perspectiva cultural implica indagar en estos sistemas de significado, las ideas que circulan y que la componen. Y estas alimentarían una imagen del mundo, lo suficientemente convincente para apoyar el sentido de identidad colectivo e individual67.
La cultura política estadounidense se ha mantenido estable a lo largo de su vida republicana. Las ideas se enmarcan en un contexto histórico específico, pero hay valores sociales y políticos que han trascendido los devenires de la historia, en una continuidad institucional e ideológica que caracteriza a la vida política estadounidense. La excepcionalidad y el liberalismo son ejemplos de valores que han acompañado a su cultura política. Según James McCormick, la nación fue fundada con un conjunto de valores específicos que hizo que se vieran a sí mismos como diferentes a las naciones del “viejo mundo”, desde el cual se originaron68. La promoción de la democracia y el liberalismo se transformó en la bandera de lucha de una nación que desde sus inicios se designó un rol fundamental en el mundo. La grandeza de su nación dependía de su capacidad de mantener un sistema seguro para el desarrollo de la libertad69. Esta idea fundamentó la acción del país en el exterior, teniendo un fuerte impacto en América Latina, materializado en el apoyo brindado para la independencia del “viejo mundo” y la delineación de una política exterior específica, que sustentaba la defensa de la democracia y la libertad en América denominada “Doctrina Monroe”.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se posicionó como superpotencia y llegó la Guerra Fría. Se puede ver cómo ese mismo mandato de la defensa de la democracia delineó el discurso y la ideología que fundamentaba el conflicto. En su percepción, la Unión Soviética era una amenaza para la libertad, y los héroes de esta debían defenderla. Esto porque la Guerra Fría fue, fundamentalmente, una batalla de las ideas. Las ideologías en conflicto permearon la forma en la que los políticos definían al mundo y a los distintos países que lo conformaban. Desde la bandera de la defensa de la libertad, se delineó la imagen del comunismo como una amenaza inminente, que desafiaba los mismos fundamentos que sostenían los valores estadounidenses . La doctrina de la contención se justificaba en torno a la supervivencia de la libertad en un mundo que se enfrentaba a estos dos caminos de modernidad, que se fundamentaban en el derrocamiento del otro. Uno de los pilares de la libertad era el económico, y ese valor era que el que entraba en directo conflicto con el comunismo.
Los combatientes de la Guerra Fría eran a menudo estos políticos que, desde sus distintos puestos se sentaban a definir qué significaba tal o cual país en el contexto del conflicto mundial. Tenían que definir la imagen de un Estado, en torno a su nivel de enemistad70. La Guerra Fría permeó las percepciones e intensificó la sensación de urgencia, en un conflicto que no solo amenazaba destruir los valores de una sociedad, sino que también presentaba la posibilidad de la Mutual Assured Destruction (MAD). Una destrucción mutua asegurada que alimentaba el miedo y delineaba las reacciones de los ciudadanos frente a los avances del comunismo. También significó una estabilización en el sistema: una paz por medio del terror. Edward Korry, en su visita a Chile en 1997, se lamentaba de que estaba de moda burlarse de los combatientes de la Guerra Fría y de su miedo irracional ante una posible invasión soviética: “(…) el anticomunismo era el tosco adhesivo que mantenía unidos a los disímiles grupos de Occidente que se oponían a la expansión del poder soviético”71. Pero era el miedo al comunismo, vivido de forma real, el que generaba un marco de alerta que afectaba la forma en la que se percibía el mundo. En el proceso, el anticomunismo se transformó en un símbolo potente en una sociedad que justificó políticas intervencionistas, en el nombre de la libertad, bajo un consenso generalizado de amenaza exterior.
De todas formas, es importante comprender los matices de esta ideología, sobre todo al estudiar una época donde este mismo consenso se vio debilitado. La relación entre las ideas y la acción no es rígida. Muchas veces se fundamentó en esta ideología la necesidad de acceder a materias primas y mantener una hegemonía económica en el mundo. De esta manera, en esta compleja interacción entre un ideal y los intereses básicos de una superpotencia, se delinearon decisiones de política exterior que muchas veces poco tenían que ver con la defensa de la democracia. Más bien, respondían a la necesidad de mantener una supremacía y preservar el orden interno, en un diálogo con los grupos de interés y las multinacionales. Además, no debemos olvidar que estos mismos líderes estaban sujetos a elección y que muchas veces los intereses partidistas jugaban un rol preponderante. Las personalidades, presiones burocráticas, necesidad de acceso a recursos y el ambiente internacional, eran potentes motores tras las decisiones políticas72. A pesar de los diferentes intereses que yacen tras una decisión, creemos posible entrever en los discursos y discusiones de los políticos estadounidenses ciertos valores sustentados en la idea que la sociedad estadounidense tenía del mundo y de sí mismos.
En ellos, se hace presente el acto de representar. El concepto de representación utilizado en este trabajo deviene del trabajo de Roger Chartier El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural73
