Mis ganas de vivir - Carmen López Urbano - E-Book

Mis ganas de vivir E-Book

Carmen López Urbano

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Beschreibung

Esta es la historia de Carmen, una mujer que sobrevive a un maltratador junto con sus seis hijos y que, pese a todas las decisiones difíciles que toma en la vida, cuenta siempre con el apoyo de ellos, que no la abandonan en ningún momento. Este libro cuenta la historia de mi madre, parte de la mía y de mis hermanas, un camino lleno de obstáculos, difícil  para todos. Las lágrimas han inundado mi infancia y gran parte de mi vida; en cada renglón que escribo hay muchas de esas lágrimas, que hacen que lo vivas como yo lo he vivido, como lo han vivido mis hermanas, porque nuestras historias están contadas desde lo más profundo de nuestros corazones. Mi madre era una mujer maravillosa, su sonrisa contagiaba y para ella no existía el «no puedo». Era una luchadora innata, llena de vida y con muchas ganas de vivir.

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Seitenzahl: 301

Veröffentlichungsjahr: 2022

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MIS GANAS DE VIVIR

CARMEN LÓPEZ URBANO

MIS GANAS DE VIVIR

EXLIBRICANTEQUERA 2021

MIS GANAS DE VIVIR

© Carmen López Urbano

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2022.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este ocualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en algunode los sistemas de almacenamiento existentes o transmitidapor cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorizaciónprevia y por escrito de EXLIBRIC;su contenido está protegido por la Ley vigente que establecepenas de prisión y/o multas a quienes intencionadamentereprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,artística o científica.

ISBN: 978-84-19269-61-4

CARMEN LÓPEZ URBANO

MIS GANAS DE VIVIR

Presentación

Esta obra va dirigida a todos los públicos, ya que es una historia real, llena de verdades y con nombres reales, donde se reflejan todos los sentimientos por los que puede pasar una persona, e incluso leyendo cada línea, cada párrafo, hace que te envuelva, la vivas y no te sientas como un espectador más.

Pienso que el público, tanto hombres como mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, adolescentes y ancianos, debe empatizar con esta historia que, por desgracia y en ocasiones, se sigue viviendo en otras casas y tenemos que seguir luchando para que no ocurra. Por eso, invito a todos los públicos a que se sensibilicen y conozcan la historia de mi madre.

Escribir esta historia ha removido sentimientos ocultos, porque parte de ella estaba en lo más escondido de mi subconsciente y el de mis hermanas. Volver a revivir esos momentos ha hecho que cada frase que escribía se sumergiera en una piscina de lágrimas, las cuales me dificultaban la visión y lavaban los recuerdos. Pero tenía que hacerlo, tenía que hacer ver al mundo lo que mi madre ha sufrido, por lo que nosotras hemos tenido que pasar y por lo que han pasado mis hermanos pequeños. Gracias a ella, a su lucha por superar todos los obstáculos y por educarnos en los buenos sentimientos, ahora somos lo que somos, mujeres fuertes y hombres con sentimientos capaces de ponernos en el lugar del otro.

Agradecimientos

No hubiese sido posible escribir esta biografía sin la ayuda de mis hermanas: Ángela López Urbano (1974), Ana López Urbano (1975) e Inmaculada López Urbano (1977). Han sido mi empuje y mis cómplices toda la vida, y sus historias contadas por ellas mismas se cuentan en este libro.

También tengo que agradecer la colaboración de dos personas de las muchas importantes en la vida de mi madre: Manuela Alguacil y Esperanza Cafarena.

Mis agradecimientos para las personas que me han ayudado con la corrección y presentación: Francisco Ramón Gómez y Antonio Calzado García.

Y, por supuesto, a mi madre. Gracias, mamá, por haber existido, por haberme educado en el buen hacer y los buenos sentimientos. Te querré siempre y te sigo echando de menos. Estoy orgullosa de ser tu hija.

Por eso le doy a mi madre, a mi abuela y a todos los que han convivido en esa casita portátil con pocas comodidades, pero llena de amor y buenos propósitos, las gracias por estar ahí, por haber existido en mi vida. Te quiero, mamá.

Gracias a mujeres como Carmen, ahora hay leyesque protegen a las mujeres. Una luchadora desde que nacióel 13 de abril de 1953 hasta su fallecimiento el 8 de abril de 2008.

MIS GANAS DE VIVIR

La posguerra marcó un antes y un después en la vida de mi familia. Solo los ricos apostaban por Franco para seguir enriqueciéndose, mientras que los pobres, por más horas que trabajasen, seguían siendo pobres. Y más que pobres cuando la Guardia Civil llegaba a sus casas prefabricadas para derribarlas sin importarle el número de niños que salían de ellas, todos con poca ropa y descalzos, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca y peleándose por un jarro de leche.

La mayoría no podíamos ir al colegio porque teníamos que ayudar a nuestros padres en el campo: aceitunas, algodón, ajos, garbanzos…, todo lo que salía. Allí estábamos sin un jornal, pero ayudando para que los padres sí se lo llevasen.

Para poder comer algo de carne matábamos gatos —su sabor y forma se parecían mucho a los del conejo— y desenterrábamos marranos que no pasaban los controles de sanidad, porque el hambre era más fuerte que lo que pudiese pasarnos.

Mi madre me colocó en una casa con 13 años y estaba encantada, todos los días llevaba algo de la olla a casa. La olla era lo que los señoritos comían ese día. Si sobraba algo no lo tiraba, lo echaba en una lata vacía y me lo llevaba para mis hermanos, Rufina y Rafael. Todos los días esperaban mi llegada frente a las vías del tren, donde fabricábamos nuestras casitas.

Mi padre, Rafael, siempre nos hablaba de mi abuelo, el doctor Habichuela. En tiempos de la posguerra tuvo que deshacerse de sus bienes para poder comer y así terminó, sin nada, y esa fue nuestra herencia: nada.

Pero nos apañábamos con lo que teníamos y estábamos contentos. Mis hermanos pequeños sí fueron a la escuela porque los metió mi madre en un internado religioso, para así poder trabajar y que ellos aprendiesen a leer y escribir, porque alguien tenía que hacerlo en la familia.

Mi madre siempre me decía que yo servía para trabajar y que los manijeros se peleaban porque fuese su jornalera. Realmente me gustaba trabajar, disfrutaba, cantaba todas las canciones que sabía y si no conocía la letra me la inventaba, porque la música me hacía feliz y el saber que mi trabajo servía para poder dar de comer a mis hermanos, más feliz aún.

Cuando cumplí los 17 años, conocí a un chico. Era de una familia de siete hermanos y, por robar una bicicleta, lo recluyeron en un orfanato unos días. Al salir, su padre lo echó de la casa y mi madre le dijo que no iba a consentir que durmiese en la calle, por lo que lo recogió. Cuál fue mi sorpresa cuando mi madre me dijo que me tenía que casar con él, porque las vecinas murmuraban y eso era muy feo, que el muchacho estuviera viviendo bajo el mismo techo de una mocita.

Yo no tenía ni idea de noviazgos. Me casé pensando que a los niños los traía la cigüeña, porque nunca me explicaron nada, ya que jamás mostré interés por esas cosas. Solo quería trabajar y cantar, porque de esa forma era feliz.

Mi primera paliza

Ya teníamos a mi hija Carmen con un añito y un pisito en el Zumbacón (una barriada de Córdoba), en el que estábamos de alquiler.

Yo seguía trabajando en una casa cuando él emigró a Alemania para trabajar en una empresa de coches. Nos carteábamos, pero, como yo no sabía leer, me leía las cartas una vecina que también las respondía, añadiendo lo que le daba la gana. En una carta no tuvo nada más que decirle que no tardara en venir, que me iba a salir novio, y él se presentó a los dos días con la carta en la mano y me pegó una paliza. Al principio no sabía a cuento de qué iba la cosa, pero con el tiempo me enteré de lo que se había escrito en esa carta y lo entendí.

Ahora él estaba sin trabajo y todo el día en casa, mientras que yo me iba a trabajar con mi niña chiquita para poder darle el pecho. El aburrimiento hizo que su cabeza pensara en cosas que no eran. «¿Qué camino has tomado hoy para ir a trabajar?», me preguntaba. O bien: «¿Por qué te has retrasado, con quién estabas?…». Cosas a las que no sabía muchas veces qué responderle, porque no tenían sentido.

Las palizas formaban parte de mi vida por cualquier motivo: porque no le gustaba la comida que había puesto, porque me retrasaba unos minutos después del trabajo, porque la niña lloraba y le molestaba, incluso porque cuando venía mi familia a visitarme se sentía molesto.

Un día se lo comenté a mi madre, pero ella decía que la vida de familia es muy difícil y que tenía que aguantar, que al menos estaba casada, y no como otras, que se iban a quedar «para vestir santos». Yo no era feliz.

El tiempo pasaba y los enfados ya no eran solo por celos. A esto se sumaron las juergas y las drogas acompañadas de alcohol, que hacían de su llegada en la madrugada un infierno; violaciones y embarazos me acompañaron hasta que cumplí los 27.

La señora de la casa donde yo trabajaba me sugirió que yo era muy joven y que con seis hijos ya había cumplido; ¿porque no ponía medios para no quedarme embarazada? Lo cierto es que yo no conocía ninguno y ella misma me proporcionó unas pastillas anticonceptivas y me explicó cómo tomarlas. De esta forma, no conseguía dejarme embarazada cuando me violaba, y yo jamás sentí lo que podía ser un orgasmo. Solo era algo de lo que se hablaba en algunas conversaciones, cuando me visitaban mis hermanas, en las que yo, muy prudente, sonreía pero no opinaba.

No he conocido a una mujer como ella (Esperanza)

Fue por el año 1981 cuando trasladaron a mi marido Rafael a Córdoba. Nos mudamos a un piso céntrico y confortable cerca de la estación de la RENFE. Aunque el piso se adaptaba a nuestras necesidades, para mí era un poco sombrío, por lo que posteriormente nos mudamos a la plaza de Colón.

Al ser mi piso inicial bastante grande, un día le pregunté al portero si conocía a alguien que pudiese ayudarme en casa una o dos veces a la semana. Muy amablemente, el señor me dijo que sí de inmediato, y me comentó que había una señora con seis hijos que iba a casa de una vecina una vez por semana y que estaba muy necesitada. Le dije entonces que, la próxima vez que la viese, le comentara que viniera a mi casa para poder conocernos.

Al día siguiente, alrededor de las 13:30 h, llamaron al timbre.

Era Carmen, una señora bajita de 1,50 m, con unos dientes blancos y perfectos, ojos azules heredados de sus antepasados alemanes —de cuando la repoblación en tiempos de Carlos V— y una sonrisa permanente dibujada en su cara. Al instante dijo:

—¡Hola, señora! Soy Carmen. Me ha dicho el portero que necesita usted una mujer para limpiar.

Le sonreí y la invité a pasar para poder hablar cómodamente. Nada más entrar, le dije:

—Bueno, Carmen, es cierto que necesito a alguien para que me ayude en casa uno o dos días, ya lo vamos viendo.

Ella, casi con lágrimas en los ojos, me dijo:

—Señora, uno o dos es poco. Yo necesito trabajar todos los días y un sueldecito al mes, porque esto no me luce y tengo muchas bocas que alimentar. Además, ¡usted se va a guirrar de cómo limpio! —Después de eso, le comenté que podía empezar a la mañana siguiente y que ya iríamos viendo.

Tras un par de días con Carmen trabajando en casa, Rafael y yo decidimos hacerle un contrato mensual para que trabajara cinco días a la semana y con una nómina. Cuando le di la noticia, ella, agradecida, me dio las gracias y enseguida comenzó a hacer planes para organizarse con el edificio al que iba los sábados.

Carmen comenzó a trabajar a finales del mes de septiembre de 1981. Como realmente tampoco había tanto trabajo en casa para todos los días, y al comentarme ella que no sabía leer ni escribir, decidimos emplear un poco de ese tiempo a enseñarle, aunque solo fuese lo necesario para desenvolverse. Aunque Carmen tenía mucho entusiasmo y ganas de aprender, su situación personal, sus preocupaciones y el estrés no le permitían concentrarse al cien por cien.

Compré una cartilla de Michu y comenzamos con las vocales. Al principio fue todo muy rápido, aprendía a pasos agigantados. No dejaba de sorprenderme, a pesar de no saber leer ni escribir, su capacidad para solucionar cualquier tipo de problema administrativo, de ayudas sociales, becas… Se movía por las oficinas de las distintas administraciones como pez en el agua.

Reír es una de las cosas que más disfruto de la vida, y los momentos que compartí con Carmen enseñándole fueron espectaculares. Con su lenguaje tan coloquial, insultaba a las letras, los puntos, comas… que aparecían en la cartilla. Cualquier humorista hubiera hecho de ello un monólogo de éxito.

A pesar de lo divertido que nos resultaba a las dos, tuvimos que dejar las clases. Los muchos y grandes problemas que la acuciaban no le permitían concentrarse.

Cuando Carmen se jubiló, y con muchos conflictos ya solucionados, retomó las clases por su cuenta y, finalmente, aprendió a leer y escribir.

La decisión más dolorosa

Siempre trabajé para que a mis hijas no les faltara el alimento, porque la ropa se la pedía a señoras del edificio donde trabajaba que tenían los niños de la misma edad que los míos, y todas me ayudaban porque sabían que lo necesitaba. Confiaban en mí porque todo lo que me daban terminaba en los cuerpos de mis hijos, siempre limpios. Nunca me faltó un trozo de jabón para lavar en la pileta, ya que no tenía lavadora ni agua caliente. Pero el brasero de picón nunca faltó bajo la mesa de camilla y el barreño de zinc donde bañaba a mis seis hijos, en un agua hervida con cariño, de una forma rápida para que llegase al último calentita aún.

Una mañana de sábado, cuando las puertas y ventanas se abrían para ventilar la casa y limpiar, aparecieron dos monjitas como caídas del cielo, la hermana Ana y la hermana Pura. Levantaron la cortina que cubría la puerta y me preguntaron: «¿Se puede?». Yo, amablemente, las invité a pasar y a sentarse en el único sofá que tenía de escay color granate, que para nosotros era lo más cómodo del mundo. Todos mis hijos vinieron a ver quiénes eran y saludaron con timidez. Las hermanas nos preguntaron qué tal estábamos y yo vi la luz que necesitaba. Aunque no era muy religiosa, tenía un gran respeto a los que sacrificaban su vida por ayudar a los demás, y ellas eran de esas personas buenas que yo necesitaba en mi vida.

Cuando terminaron de saludar a los niños, me preguntaron de qué vivíamos. Yo les dije que estaba trabajando en la casa de una señora y que mi marido estaba parado. Ellas, impresionadas de lo que veían, me ofrecieron un colegio interno para las cuatro niñas mayores. Decían que veían que no éramos como las demás familias del barrio, que veían en nosotros una familia muy humilde y de buenas personas, y que era una pena que las cuatro niñas, tan bonitas y buenas, se estropeasen por donde vivíamos. Les dije que lo tenía que consultar con mi marido y que ya les diría algo. Al marcharse, me dieron dos papelitos con un sello de la congregación donde ponía «mil pesetas». Eran dos vales para comida en un establecimiento de su confianza. Les di mil gracias, pues para mí dos mil pesetas en alimentación significaban poder alimentar a mis hijos durante una semana.

Al sábado siguiente volvieron a mi casa, donde el panorama era el mismo que el anterior. Volvimos a hablar y me preguntaron si había tomado una decisión, ya que las plazas en los colegios eran limitadas y nos tenían que incluir a las cuatro niñas en el mismo colegio.

Me quedé pensativa un rato y vi claro que era mi oportunidad para quitar a mis hijas de aquel ambiente, un barrio donde los drogadictos se inyectaban heroína en los rincones de las casas sin importarles lo más mínimo si había niños o no; ellos estaban en su mundo. También evitaba que las niñas viesen lo que era su padre, y todo lo que me hacía mientras ellas dormían. Por todo esto tomé la decisión más dolorosa de mi vida y aparté a mis hijas de mi vida temporalmente para que recibieran una buena educación y unos estudios que yo no pude recibir cuando era pequeña. Y con todo el dolor de mi corazón, llevamos a mis hijas a un pueblo de Sevilla, donde estaba el internado. Les dije que estudiasen mucho y que las monjas les iban a enseñar muchas cosas que les vendrían bien para el futuro.

La pena me podía. Me abracé a mis cuatro hijas el primer sábado de septiembre de 1982 en un convento de monjas, de las cuales solo conocía sus visitas a casa y una intuición que me decía que estaba haciendo lo correcto. Mi marido me cogió y, protestando con «qué ruina tantos niños», me dijo que subiera al coche. Cogí a mis otros dos hijos y nos subimos en el coche, alejándonos con despedidas y lágrimas en los ojos por parte de todos, excepto del padre.

Una decisión difícil para Carmen (Esperanza)

Carmen era una mujer muy valiente a pesar de los problemas que tenía que afrontar todos los días. Yo la consideraba una mujer fuerte, con iniciativa y con mucho coraje, pero reprimida por un hombre que no la dejaba respirar. Aunque no totalmente, Carmen vivía anulada, como ocurre con la mayoría de las personas que conviven con un maltratador.

El lunes de un mes de agosto que regresaba de mis vacaciones, noté a Carmen algo distraída. Le ofrecí que se sentara conmigo un ratito para hablar de eso que le preocupaba, pues no me cabía la menor duda de que algo le pasaba. A pesar de sus problemas, siempre estaba sonriente y dejaba a un lado las preocupaciones que traía de su casa. Pero ese día algo había cambiado en ella.

Me comentó entonces que dos monjitas de una congregación habían pasado por su casa para ofrecerles un internado a sus cuatro niñas y que estaba pensando en aceptarlo. Tenía miedo de que su marido, en una noche de esas en las que llegaba borracho sin control, intentara violarlas —ya que en dos ocasiones evitó que abusara de Concepción, la madre de Carmen—.

La abuela Concepción, que también como su hija era una señora extraordinaria y amable, tenía la misma fortaleza y coraje que su hija y, por supuesto, no iba a consentir que su yerno la violase, por muy borracho que estuviese.

El temor a que su marido les hiciera daño a sus hijas empujaron a Carmen a tomar la decisión de refugiar a las niñas. No sabía con qué apoyos podía contar, pero lo que sí tenía claro era que su marido no lo haría. Para él, ella era su sirvienta, su esclava, SU MUJER, en todos los aspectos que conlleva una vida sumisa.

Una mañana, Carmen me sorprendió con el siguiente comentario:

—Señora, como usted lee muchos libros de asesinatos…, ¿no existiría un veneno para echárselo a mi marido y que no apareciese en la artosia?

Yo solté una carcajada y no podía parar de reírme. Mirándola, le dije:

—Carmen, no seas bestia.

Ella contestó:

—Es que es muy malo, señora.

Tras esto, le comenté que la solución no estaba en el veneno, sino en ella misma, en perder el miedo, en comprender que tenía que defenderse de su marido, y que intentara verlo como lo que en el fondo era: una víctima, esclavo de su propia inseguridad. Intenté que comprendiera que ella no podía solucionar los problemas que él tenía, y que lo que estaba en su mano era alejarse de él y de la influencia negativa que este ejercía en su vida.

En otra ocasión, detuvieron a su marido y Carmen pudo disfrutar de dos años de paz. Cuando se acercaba el momento de que saliera de la cárcel, le dijo a mi marido:

—Don Rafael, hable usted con el juez para que mi marido no salga nunca. —Ahí, nuevamente, le comentamos entre risas que las cosas no funcionaban de ese modo.

La historia de Carmen me apenaba mucho. Sabía bien hasta qué punto quería a sus hijas y con el amor que las cuidaba y se ocupaba de ellas. No desfallecía, no se quejaba por nada. Se las arreglaba para que todo lo que ocurría en casa pareciera natural y lo guiaba de manera que sirviera de aprendizaje a sus hijos. Su manera de afrontar la realidad llamaba mucho mi atención; que una chica tan joven como ella poseyera esa sabiduría y paciencia.

Siempre pensé que, en otras circunstancias menos difíciles, habría llegado muy lejos en el ámbito profesional, porque en el personal y emocional creo que no podía haber llegado más lejos. Carmen sacó a su familia adelante y dotó a sus hijos de una gran capacidad para defenderse en la vida, les enseñó buenos valores y el respeto y la bondad hacia los demás. Prueba de ello es, entre otras muchas cosas, esta biografía que le hacen sus hijos como homenaje a una madre a la que tanto admiraban.

—Carmen, yo sé que eres fuerte —le decía—, y seguro que lo que estás pensando es lo mejor para tus hijas. —Seguramente yo pensaba como ella. Por muy dolorosa que fuese la separación, tenía que ponerlas a salvo.

Y así lo hizo. La primera semana de septiembre las trajo a mi casa para que se despidieran de mí.

Quizás fue la decisión más difícil de su vida, pero seguro que también la más acertada. Ella lloraba pensando en sus niñas. En ocasiones venía a casa con sus dos hijos pequeños, pues cuando estaban enfermos no podía dejarlos en la guardería. Siempre la recuerdo con ellos en los brazos, cuidándolos, trabajando y llorando por la ausencia de sus niñas, sus tesoros más preciados, a las que no podía ver crecer por el miedo que le tenía a su marido.

Una vez a la semana, por las tardes, le permitían llamarlas por teléfono. Llamaba desde mi casa, pues no disponía de un aparato en casa.

Era una situación muy dura para todos, en la que yo también me sentía implicada. El dolor que ella sentía también lo sentía yo.

Quise mucho a Carmen. Era imposible no hacerlo. Y por su fuerza y su carácter envidiable, que no pasaban desapercibidos, también la quería mi familia, como si ella fuera una más.

La casa vacía

Después de tomar decisiones difíciles no pueden venir los arrepentimientos, porque el dolor que yo tenía en el corazón no sé cómo me dejaba respirar.

La vida continuaba para todos y yo tenía que seguir trabajando. No me quedaba otra opción, mi casa se mantenía de mi sueldo precario, pero sueldo al fin y al cabo, y era lo que había para sobrevivir.

Yo podía hablar con mis hijas una vez a la semana en horario de tarde, por lo que mi señora (Esperanza), que me ayudó mucho en este camino, me ofrecía su teléfono para hacer las conferencias a Sevilla, pues yo nunca me hubiese podido costear una conferencia a la semana de casi 30 minutos. Las cuatro querían hablar con su mamá y no era para decirles que no, bastante daño les había hecho con dejarlas allí.

El nudo no se me iba de la garganta. Cada vez que me decían mis hijas: «Mamá, ¿cuándo vas a venir a recogernos?» se me partía el alma. Mi respuesta era siempre: «Pronto, hija, aguanta un poquito más». Las lágrimas me corrían por las mejillas y el corazón me latía con tanta rapidez que no podía frenarlo de ninguna de las maneras. Mi señora Esperanza, que me veía cómo sufría, me hacía señales para que me despidiese. Pensaba que las despedidas tenían que ser cortas para que no fuesen muy dolorosas.

Ella era mi confidente, aunque siempre mi señora, pues yo sabía cuál era mi sitio e incluso le pedí un uniforme de criada para identificarme como tal, pero ella se negó. «Somos personas —me decía—, sean de la condición social que sean y trabajen donde trabajen, no hay que etiquetarse uniformando».

La primera Navidad

Fuimos a recoger a mis hijas al convento. Ellas estaban contentísimas, eran las protagonistas ese día, había muchas niñas que se quedaban allí.

No pararon de hablar en todo el camino, contándonos cosas del colegio. Ellas preguntaban por qué estaban allí, pues todas las niñas que había era porque no tenían padres o porque estos eran drogadictos. O incluso había niñas que eran muy rebeldes y los padres no podían con ellas, y era como una forma de castigarlas. Pero ese no era su caso y no lo entendían, a lo que el padre contestó: «Tu madre sabrá». Yo les dije que era por su bien, que las monjas iban a hacer de ellas unas mujeres educadas y les iban a dar unos estudios que yo no pude tener.

Ya en casa se acomodaron, abrazando sus almohadas y acariciando sus colchas, organizando las tareas de casa. Decían que en el cole también las tenían y querían tenerlas en casa. El padre salió sin decir nada y yo me quedé hablando con mis niñas. Ellas abrazaban a sus hermanos con tanta necesidad de cariño y afecto como nunca había visto.

Llegó la noche y el hombre, para celebrar la llegada de las niñas, llegó borracho. Yo lo esperé despierta para ponerle la cena, porque sabía que llegaría con hambre. Cuando me gritó pidiendo la cena, le puse un plato de alas fritas que nos gustaba mucho, pero a él no le apetecían en ese momento, así que empezó a decir barbaridades: «So puta, tú eres la que quieres separarme de mis hijos, cabrona. Te voy a matar», lo que acompañaba tirando la comida a la pared. Yo lloraba en voz baja para no despertar a mis hijos y evitar que viesen esa situación. Cuando se le terminó la comida, me cogió de la camiseta y me lanzó contra la pared, abofeteándome la cara. Yo me agaché para recoger la comida que había tirado y limpiar el salón un poco, y él se fue a la cama. No tuve más remedio que acostarme a su lado y me violó brutalmente.

HASTA AQUÍ LLEGA LA HISTORIA CONTADA POR NUESTRA MADRE. AHORA NOS TOCA A NOSOTRAS CONTAR LA NUESTRA.

Infancia de Ana (Ana)

Soy la tercera de seis hermanos. Mi infancia la recuerdo rodeada de hermanas mayores y pequeñas. No era una niña que diese mucho ruido, por lo que mi infancia fue tranquila.

Recuerdo esa calle recorrida de la mano de mis hermanas mayores camino a la guardería, que estaba al final de la calle, y unas señoritas con bata blanca esperándonos en la puerta. Eso lo recuerdo con claridad, mi madre siempre trabajando y con un bebé en brazos, porque nunca la vi con un carrito. A nosotras, desde chiquititas, nos hacía ser responsables, cuidando siempre la mayor de la pequeña y así en cadena.

Después comenzamos a ir al colegio. El cole sí estaba más lejos, pero mi madre siempre nos llevaba los primeros días para explicarnos el camino. Después íbamos solas, con las mismas normas de cuidar la una de la otra y no mirar a nadie; las drogas y la violencia predominaban en el barrio. Eso era debido, quizás, a la pobreza que allí se vivía.

Mi casa era humilde y a veces había cucarachas que entraban por las tuberías del baño, de las cuales no tengo buenos recuerdos; tenía miedo de entrar en el baño. Cuando tenía mucha necesidad y no aguantaba más, entraba mirando cada rincón y salía corriendo por que mi miedo era fóbico. Sin embargo, era la niña más feliz del mundo al lado de mi madre, la mujer con más cariño que repartir y un corazón que no le cabía en el pecho. Me sentía cómoda en mi casita, compartiendo habitación e incluso cama con mis hermanas, con nuestras complicidades y nuestros ratos de risas, pero ese olor a jabón verde y Flota no se me olvida. Toda la ropa olía a jabón Flota. Mi madre lavaba a mano y la recuerdo siempre cantando, no se molestaba por nada nunca, ni le importaban las cargas que pudiese tener. Al contrario, lo hacía con agrado, con ilusión, con corazón.

Nunca me di cuenta de los malos tratos de mi padre hacia mi madre, pues casi no lo veíamos. Mi madre siempre intentaba que estuviésemos acostadas antes de que él llegase, quizás para no hacernos partícipes del espectáculo.

Pronto llegó lo peor para mí: aquellas monjas en casa diciéndole a mi madre que estábamos mejor en un colegio. ¡Pero si yo era feliz en mi humilde casa!, ¡cómo me iban a llevar a un colegio interna, sin poder ver a mi madre, ni a mis hermanos pequeños, ni incluso a mi padre, que para mí era como un desconocido!

Y lo peor es que mi madre dijo que sí, le parecía una buena opción la propuesta de las monjas. Ella pensaba que era lo mejor para nosotras, tenía que hacerlo por muy mal que lo pasara porque, según ella, era nuestra oportunidad de ser alguien y de recibir una buena educación.

Las vivencias de Carmen en el internado (Carmen)

Para mí, que soy la mayor, fueron momentos duros porque creo que cayó sobre mí todo el peso de la responsabilidad de cuidar de mis hermanas, o al menos ese era el deber que yo misma me había puesto. No era fácil entre una vida de rezos y sacrificios y las responsabilidades de los oficios que teníamos que llevar a cabo. Fue una etapa en la que, aunque convivíamos con más niñas, era como si las tareas del internado solo fuesen para nosotras. Y sentíamos el vacío en que nos dejaron nuestros padres y hermanos aquel triste día de septiembre.

Nuestra primera comida allí fue en un comedor con cuarenta comensales y nos pusieron una mesa en el centro para cuatro, donde nos sentaron a comer. No queríamos llorar ninguna porque nos contagiábamos y jugamos a ver quién era la más fuerte, pero no lo conseguimos. Arrancamos a llorar de una en una y la comida nos vino grande. Solo queríamos que todo el dolor que sentíamos en nuestros pequeños corazones pasase y volviésemos a ser felices.

Los abrazos y las buenas palabras de consuelo no existían en el internado. Nuestra llegada fue algo normal, solo se extrañaron de que fuésemos cuatro hermanas, ya que no era lo habitual.

Nos enseñaron cuáles iban a ser nuestras camas, en un pasillo de cuarenta camas vestidas todas con colchas rosas. Ana y Ángela dormían separadas de Inmaculada y de mí, puesto que nos pusieron juntas para que yo la cuidara, ya que aún no había cumplido los cinco años. La primera noche se acostó conmigo y, abrazadas, nos despertó una campana a las siete de la mañana, anunciando que había que levantarse para ir a misa de ocho.

Yo siempre he sido una niña muy perezosa para levantarme y me gustaba que me levantasen con ternura. Eso no existía en el internado, donde llegaba la monja con la campana y te la hacía sonar en el oído diciéndote: «La pereza es pecado».

Para mí, al igual que para mis hermanas, el periodo de adaptación fue muy largo. Llorábamos siempre las cuatro juntas y abrazadas porque queríamos irnos con nuestros padres. ¿Qué hacíamos allí? ¿Por qué nos hacían eso? Nosotras siempre habíamos sido buenas niñas, mi madre nos decía que éramos modelos para copiar. Entonces, ¿por qué?

El brazo de Dios (Carmen)

Quería escapar de esos pensamientos que me atormentaban y me hacían sentir culpable, en ocasiones buscando respuestas a unas preguntas que no existían.

Nuestra rutina diaria era para no aburrirse, nos levantábamos a las 7:00 con una misa y nos acostábamos a las 22:00 rezando. Durante el día, tenías que haber terminado todas las tareas, tanto las de la casa hogar como las del colegio.

Pero yo necesitaba mi espacio, necesitaba desfogar. Si me iba a la huerta, que era un espacio reservado y prohibido para las niñas internas sin que las monjas estuviesen presentes, me castigaban. Así que tuve que buscar otro sitio menos apetecible pero que con el tiempo me fue gustando: la capilla. Por la tarde, las monjas tenían una hora de oración con el Santísimo y yo me apuntaba, era voluntario. En esa hora buscaba el consuelo que necesitaba en mi corazón. Al principio recitaba mis oraciones sin un libro de ayuda, solo éramos Dios y yo. Con el tiempo fui necesitando más de una hora de retiro y las monjas me lo permitían siempre que estuviese lista a las 20:00 para cenar.

Durante esas tardes en la capilla frente a Dios, contándole mis cosas, yo siempre pensé que había alguien que me escuchaba y eso era lo que yo buscaba, que me escucharan. Pasaba tanto tiempo de rodillas que no las sentía cuando me levantaba. Quizás era ese momento que ahora comparo con el yoga, cuando tú y tu respiración están bajo control, en sintonía, y te sientes bien, sientes alivio del dolor que te atormenta. Esa sensación tenía.

Internado (Ángela)

Mis recuerdos del internado tienen muchas lagunas, pues los medicamentos que me tomaba para la epilepsia eran muy fuertes y me pasaba el día atontada, parecía un fantasma deambulando por el colegio. Solo recuerdo que mis notas eran muy bajas porque me dormía en clase, pero ellas sabían que tomaba cosas que me daban sueño y me lo permitían. Nunca tuve consecuencias por eso y para las actividades de la casa, de limpieza y de costura, le pedía ayuda a mi hermana Carmen.

Lo que sí recuerdo es cuando mis padres nos llevaron allí por primera vez, que no paraba de llorar junto a mis hermanas. Como regalo de las monjas de Córdoba, mi padre llevaba el maletero del coche lleno de cajas de yogur y natillas (una especie de obsequio a las monjas por habernos recogido, digo yo).

Recuerdo que mojaba la almohada de una baba amarilla; me imagino que sería a causa de los medicamentos. Me hacían quitar a diario el almohadón y frotarlo en la pila para quitarle las manchas, lo tendía y a la noche lo recogía para volverlo a colocar en la almohada.

Otra cosa que recuerdo es que acostumbraba a tener las manos en los bolsillos. Quizás me pesaban los brazos, como el resto del cuerpo, pero las monjas me las hacían sacar para darme en ellas una palmada y decirme que no estaba bien, que tenía que mantener las manos fuera de los bolsillos.

También recuerdo el trato que se le daba a una niña que se llamaba Adela, que tenía problemas de enuresis nocturna con seis o siete años. Las cosas que le hacían después de hacerse pipí por la noche eran propias de los tiempos de la Inquisición para niños.

Sí es cierto que para mis hermanas era una privilegiada, pues mis padres venían a recogerme para llevarme al médico cada vez que me tocaba la revisión. Y al menos dos veces al año la tenía, por lo que me marchaba para un día y al siguiente me traían de vuelta.

El internado (Ana)

Cuando llegamos al convento, me invadió el miedo y la incertidumbre, además de la tristeza y la soledad, muchas sensaciones juntas para una niña de tan solo siete años, pero con una madurez obligada por las circunstancias vividas en el hogar.

Solo éramos cuatro niñas sin saber dónde estábamos ni por qué, pero nada más llegar comenzaron las normas. Al entrar vi aquel comedor con tantas niñas y ninguna me parecía que fuese feliz; esa fue mi primera impresión.

Para mí fueron los años más largos de mi vida, ya no porque se portasen mal conmigo, puesto que normalmente pasaba desapercibida, sino por la situación de muchas compañeras que no lo pasaban muy bien. Eso me dolía, me daba mucho sentimiento; mi madre jamás nos hubiese tratado así. Ese sentimiento de llorar cuando los demás lo pasaban mal era solo cosa nuestra. Era como si las demás niñas ya estuviesen acostumbradas y eso me dolía más aún. No había sentimiento, no había una palabra bonita, no había un arrullo ni un «¡no te preocupes! ¡Ya mismo viene mamá a verte!». Solo se escuchaba: «A los niños hay que educarlos a palos, como a los animales», o bien: «Como no hagas esto, no te vas a casa este verano», con un sinfín de reproches de los que mejor no hablar, pero que os podéis imaginar.

No se me quitará nunca de la cabeza Adelita, una niña que se orinaba en la cama, y lo mal que se lo hacían pasar las monjas, levantándola en pleno invierno para lavar las sábanas en un lavadero de una terraza con agua fría y tenderlas. Una niña con siete años, sin ella saber por qué se orinaba por la noche, aunque según las monjas era por floja y por no levantarse. Yo pensaba que no sería eso, porque después del mal rato que pasaba luego no le merecía la pena. Yo, siendo una niña como lo era ella, pensaba que podía ser una enfermedad, sin saber ni siquiera que eso podría existir.