Mitoterapia. El poder curativo de los mitos - Carlos Goñi - E-Book

Mitoterapia. El poder curativo de los mitos E-Book

Carlos Goñi

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Los mitos son historias anónimas, transmitidas de generación en generación, y en ellas late la sabiduría y excepcionalidad de las sociedades humanas. El «conócete a ti mismo» ha quedado relegado al «sé tú mismo». El moderno eslogan (principio y fin de tantos libros de autoayuda) nos dice que debemos ser simplemente lo que somos, actuar de manera natural y espontánea, vivir sin complejos, despreocuparnos de todo… Pues bien, los mitos nos curan justamente de eso, nos ayudan a no caer en la trampa de la banalidad. La mitología clásica nos proporciona un saber arcano que podemos actualizar. Sabemos que la vida no es un camino de rosas, que hay realidades que no podemos cambiar y tenemos que aceptarlas, pero también que muchas otras circunstancias vitales sí las podemos gobernar. Los mitos nos aportan sabiduría para discernir las primeras e inteligencia para arremeter las segundas. Es cuestión de afinar el oído y escuchar lo que nos revela Apolo sobre el autoconocimiento, Atenea sobre la intimidad, Hera sobre el placer, Narciso sobre las apariencias, Antígona sobre la conciencia, Aquiles sobre el egoísmo… Hay más fuerza vital en estas cincuenta y cinco narraciones que en todos los libros de autoayuda. Los mitos no juzgan; presentan modelos a seguir o a evitar, vidas exprimidas hasta el límite, acciones heroicas y ruines, divinas y diabólicas. Estas tradiciones tienen un poder curativo extraordinario que descubrirás en estas páginas.

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Seitenzahl: 296

Veröffentlichungsjahr: 2024

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MITOTERAPIA

© del texto: Carlos Goñi, 2024© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: junio de 2024

ISBN: 978-84-10313-02-6Depósito legal: B 8663-2024

Diseño de colección: Enric JardíDiseño de cubierta: Anna JuvéMaquetación: Àngel DanielProducción del ePub: booqlab

ArpaManila, 6508034 Barcelonaarpaeditores.com

Reservados todos los derechos.Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

ÍNDICE

PRESENTACIÓN

1. Caos, cuando todo va mal

2. Gea y Urano, espacio vital

3. Cronos, tiempo al tiempo

4. Cronos destronado, engañar al tiempo

5. Anteo, con los pies en el suelo

6. Cura, ¡cuídate para cuidar!

7. Prometeo, la chispa de la vida

8. Zeus iracundo, temperamento y carácter

9. Epimeteo y Pandora, esperar el bien

10. Deucalión, borrón y cuenta nueva

11. Hera, el placer es tuyo

12. Atenea, ¡protege tu intimidad!

13. Afrodita, ¡que la belleza te acompañe!

14. Eos, la eterna juventud

15. Ío, el regalo de la conciencia

16. Eros, deseo insaciable

17. Psique, invisible a los ojos

18. Acteón, reconocimiento social

19. Endimión, felices sueños

20. Dánae, seguro a todo riesgo

21. Medusa, la mirada del mal

22. Belerofonte, matar a la Quimera

23. Faetonte, la búsqueda del origen

24. Apolo, ¡conócete a ti mismo!

25. Dioniso, al pan, pan, y al vino, vino

26. Hércules, trabajos forzados

27. Jasón, ser quien dices ser

28. Medea, la alfombra voladora

29. Harpías, el orden de los valores

30. Narciso, el reflejo de una imagen

31. Perséfone, naturalmente

32. Orfeo, tu banda sonora

33. Acontio, palabra de honor

34. Edipo, el destino de la tragedia

35. Esfinge, la clave del enigma

36. Antígona, conciencia obliga

37. Pigmalión, motivación profética

38. Minotauro, el monstruo que llevamos dentro

39. Teseo y Ariadna, la ayuda del ovillo

40. Dédalo e Ícaro, salir del laberinto

41. Ate, las trampas del error

42.Miss Olimpo, el fruto de la discordia

43. Paris, el niño mimado de los dioses

44. Helena, casus belli

45. Ifigenia, el valor del sacrificio

46. Aquiles, la primera rabieta

47. Patroclo, la fuerza de la amistad

48. El caballo de Troya, el regalo envenenado

49. Ulises, volver a casa

50. Polifemo, la inteligencia contra la fuerza

51. Eolo, viento en popa

52. Sísifo, y vuelta a empezar

53. Sirenas, el dulce canto de la seducción

54. Penélope, alta fidelidad

55. Gracias a las musas

EPÍLOGO. PÍLDORAS DE MITOTERAPIA

PERIPLO BIBLIOGRÁFICO

 

 

 

 

Para Aura, diosa sin Olimpo...

 

 

 

 

«A menudo he tenido la fantasía de que existe un mito para cada ser humano».WILLIAM BUTLER YEATS

PRESENTACIÓN

Creo en los mitos. Creo en la verdad de su mensaje, en la ayuda que nos pueden prestar para conocernos mejor, en su poder curativo. Creo en la mitología clásica, donde podemos hallar el viático necesario para transitar por la vida. Creo también en los mitógrafos, profetas del destino, que nos transmiten un saber atemporal. Creo que la esencia de la humanidad está contenida en los mitos como la vida humana en una noche de pasión. Creo que hay más estímulos vitales en las narraciones mitológicas que en todos los libros de autoayuda y que volver a escucharlas es como oír nuestros propios latidos. Esta es la fe que profeso en este libro.

Creo en los mitos, en esas narraciones fabulosas de origen desconocido que aparecen en el inicio de todas las culturas. Registran de manera alegórica nada más y nada menos que el nacimiento de la humanidad, el momento del parto, un acontecimiento imposible de expresar more geometrico, lógico, denotativo, que está fuera de los límites de la mera razón. En ese sentido, Julián Marías decía que los mitos son difíciles de pensar, y lo son porque, según Albert Camus, «están hechos para que la imaginación los anime», porque «despiertan en el hombre pensamientos desconocidos», por usar las palabras del antropólogo Claude Lévi-Strauss.

Los mitos son los susurros de la divinidad a los oídos de los antiguos, como las primeras palabras que nuestra madre nos musitó en su regazo. Y son verdad porque nos transmiten verdades esenciales sobre lo que somos, nuestro origen y nuestro destino, nuestros miedos y nuestros sueños, certezas valederas en todo tiempo y lugar, que están por encima de prejuicios sociales, culturales o religiosos. En los mitos laten las historias del alma humana.

Así como los antiguos consultaban el oráculo de Delfos para conocerse a sí mismos («Conócete a ti mismo» se podía leer en el dintel de la entrada), nosotros acudimos a los mitos para buscarnos en nuestro origen. Si prestamos la atención suficiente, oiremos sus vaticinios, porque, como dice Yuval Noah Harari, «los mitos son más fuertes de lo que nadie podía haber imaginado».

El «conócete a ti mismo» lo hemos sustituido por el «sé tú mismo». El moderno eslogan (principio y fin de las recetas de autoayuda) nos dice que no tenemos que curarnos de nada, que simplemente debemos ser lo que somos, que tenemos que actuar espontáneamente, despreocuparnos de todo, vivir sin complejos… Los mitos nos curan justamente de eso.

Creo en la mitología clásica. Ella nos proporciona un saber arcano que podemos actualizar. Sabemos que la vida no es un camino de rosas, que hay realidades que no podemos cambiar, y tenemos que aceptarlas, pero también que hemos de tomar la iniciativa en muchas otras a lasque sí podemos darles la vuelta. Los mitos nos aportan sabiduría para discernir las primeras e inteligencia para arremeter las segundas. Nos permiten ver lo que de ordinario no vemos. Es cuestión de afinar la vista, como hicieron los miembros de una tribu que, para sorpresa de Lévi-Strauss, eran capaces de avistar Venus en pleno día. La razón era obvia: el planeta está ahí tanto de día como de noche; se trata simplemente de saber adónde y cómo mirar.

Creo también en los mitógrafos. Estas maravillosas historias que nacieron en un tiempo inmemorial necesitan ser contadas una y otra vez. Gracias a los grandes mitógrafos, como Homero, Hesíodo, Sófocles, Eurípides, Apolodoro, Ovidio, Higinio, Boccaccio…, los mitos, nacidos de los arrullos de los hombres primitivos al cobijo de una hoguera, custodiaron lo secreto al ritmo de los milenios. Su fuerza narrativa hace que el paso del tiempo no haga mella en ellos y que sigan interpelándonos también hoy.

Creo que la esencia de la humanidad está contenida en los mitos. En las historias mitológicas, cual laboratorios clandestinos, se ponen a prueba todas las posibilidades de nuestro carácter: los delirios, los afanes, las virtudes y los vicios, las grandezas y las miserias, las ilusiones, los fracasos, los ideales… En ellos se destila la esencia de lo humano. Todo lo que podemos llegar a ser, desde lo más ruin y atroz hasta lo más heroico y magnánimo, se encuentra ya en la alquimia de los mitos.

Creo que hay más fuerza vital en las narraciones mitológicas que en todos los libros de autoayuda. Encontramos en ellas la auténtica ayuda, la cual no consiste en atiborrarnos de recetas morales o fórmulas psicosóficas, sino en estimularnos lo suficiente para que decidamos sobre el curso de nuestra vida. Los mitos no juzgan, nos presentan modelos a seguir o a evitar, vidas vividas hasta el extremo, acciones heroicas y ruines, divinas y diabólicas. Ensayan en la ficción lo que nos puede pasar en la realidad para que apliquemos a nuestra realidad lo que ocurre en la ficción. Nos enseñan que no todo es accidental, que todas las decisiones tienen sus consecuencias. Las exageran a veces, es verdad, porque, cuando nos va la vida en ello, más vale pecar de más que de menos.

Los mitos son patrimonio de la humanidad, nos cuentan lo que somos y lo que podemos llegar a ser, nos ayudan a ser mejores. Esas narraciones fabulosas, increíbles, extraordinarias, tienen un poder curativo que vamos a ir descubriendo en estas páginas. Es cuestión de volver a escucharlas con atención, afinando el oído como ajustaban la vista los miembros de aquella tribu que veían el planeta Venus en pleno día, porque volver a escucharlas es como oír nuestros propios latidos.

1

CAOS, CUANDO TODO VA MAL

En el principio era el Caos. El universo estaba inmerso en las tinieblas, el desorden, la confusión. Nada lo regía. Un torbellino sideral, un huracán desorbitado, un tumulto de materia fosca, sin vida, indeterminada, lo llenaba todo. Era «una masa tosca y desordenada, que no era más que un peso inerte y gérmenes discordantes, amontonados», como lo describe Ovidio (Metamorfosis, I). No había formas de ningún tipo, ni tiempo, ni distancias, ni arriba y abajo. El espacio estaba saturado, no era sino un fundido a negro indefinido. De su honda boca salía un silencio atronador porque no existían todavía las voces ni las palabras.

Un inicio semejante encontramos en la Biblia y en el Poema babilónico de la creación. En el mundo hebreo, el estado primordial «era caos y confusión: oscuridad cubría el abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas». Para los babilonios, antes de haber sido generados el cielo y la tierra por el abismo (Apsu) y la tumultuosa Tiamat, las aguas se hallaban mezcladas en un solo conjunto, todavía los dioses no habían sido creados, ningún nombre había sido pronunciado y ningún destino había sido fijado.

Los egipcios creían que los nueve dioses originales dieron forma al caos por su divina voluntad. En la tradición babilónica, el principio masculino de agua dulce (Apsu) se unió al femenino de agua salada (Tiamat) y de su mezclado oleaje surgieron los primeros dioses; en la mosaica, el orden cósmico fue creado por Dios.

En la mitología griega, el Caos engendró el Érebo y la Noche. El primero fue el nombre que los antiguos dieron a las tinieblas infernales. La Noche (Nix), por su parte, engendró el Día y el Éter, y concibió el huevo primigenio del que nació el Amor. Al separarse, las dos mitades del huevo formaron la Tierra (Gea) y el Cielo (Urano). La fuerza del Amor venció al Caos y entró el orden en el universo, lo que en griego se dice cosmos. Ovidio no nos da el nombre de ese principio ordenador («quienquiera que sea», dice), pero explica que «escindió las tierras y el cielo, las aguas de las tierras y separó el límpido cielo del aire espeso y, tras sacarlos de la masa oscura, los unió en sitios separados con paz armoniosa».

A partir de ahora serán posibles la luz, la belleza, la bondad, la justicia… Gracias al Amor, la felicidad entró en el mundo.

Todos hemos sentido alguna vez el caos en nuestro interior. A todos nos ha atrapado la negra red de la noche inmensa. Todos hemos pasado por momentos difíciles y hemos visitado las tinieblas. Hemos experimentado cómo toda nuestra vida era engullida por un torbellino incontrolable. En esos momentos no existe la luz, no vemos la salida, todo es opaco. Nos sentimos torpes, indefensos, impotentes: de alguna manera, estamos experimentando el caos primigenio. Sin poder evitarlo, el desorden se ha instalado en nuestra vida y, de pronto, se hace de noche.

Hesíodo (Teogonía), cuenta que la Noche (Nix) engendró toda una letanía de alegorías, como la Angustia, la Vejez (Geras), el Sueño (Hipnos), el Sarcasmo (Momo), el Engaño (Ápate), las Moiras (vengadoras implacables), la Venganza (Némesis) y la Discordia (Éride). Y narra cómo esta parió a la dolorosa Fatiga, al Hambre, a los Dolores que causan llanto, a las Guerras y Matanzas, al Odio, las Mentiras, las Ambigüedades, al Desorden y la Destrucción.

Como si estuviera describiendo cómo nos sentimos cuando nos sentimos mal, el mito relata la procesión de nuestra infelicidad. Así sentimos angustia, ese vértigo ante el abismo de un vacío infinito; nos vemos más viejos de lo que somos; nos invade el sueño y el insomnio, el sarcasmo y el engaño, la sed de venganza. Sin pretenderlo, nos persigue la discordia en todo momento, se presenta en casa, en el trabajo, en un restaurante, en la calle…, y acuden al acecho la fatiga física y psíquica, la desgana, el dolor y el llanto; reviven odios que nunca habíamos tenido, mentiras impías, perversas ambigüedades. Sin saber cómo, se declara unilateralmente una guerra de todo contra nosotros a la que respondemos poniéndonos nosotros contra todo. Nuestra vida entra en un estado de desorden y destrucción absoluta. El caos se ha hecho con el (des)control. Pero el mito, que con tanta fuerza describe el problema, también aporta la solución: Caos engendró al Amor. Cuando parece que ya nada tiene solución, cuando cae la noche cerrada, cuando la felicidad pasa de largo, solo el amor puede rescatarte. Mientras haya en tu vida un resquicio de amor habrá esperanza. Podemos decir que el mismo Caos engendró su propia ruina y, si tú le das una oportunidad al amor, si le dejas anidar en tu corazón y lo cuidas, podrás superar cualquier situación por caótica que pueda parecer.

Siempre hay alguien a quien amar, algo que puedes querer tanto que te saque del abismo. Es cuestión de ordenar tu vida hacia esas personas, hacia ese afán, hacia ese sueño. «All you need is love», cantaban The Beatles, porque si amas te amarán, y aunque no se produzca el reintegro de forma inmediata, por lo menos tú te habrás amado. Y verás entonces que, al querer, te quieres de una forma ya no caótica, sino orientada hacia el Amor, ese dios que convirtió el Caos en cosmos y que a ti de saca a flote cuando todo va mal.

Tu vida se parece a un cuadro impresionista: si te acercas demasiado solo ves un caos de pinceladas sin sentido. Tienes que alejarte si quieres contemplar el paisaje que el artista ha pintado, tienes que tomar distancia para que todas esas coloridas impresiones se mezclen con sentido. Se trata de distanciarte del cuadro para verlo mejor, despegarte de emociones y sentimientos intensos, pero que son caóticos y oscuros, expulsar de tu mente las ideas negativas y limitantes, apartarte de todo lo que te empequeñece, liberarte… A todo eso te puede ayudar la mitoterapia.

2

GEA Y URANO, ESPACIO VITAL

Las dos mitades del huevo primigenio, de donde surgió el Amor (Eros), formaron la Tierra (Gea) y el Cielo (Urano). Ambas deidades se hallaban en una cúpula perpetua, razón por la que Gea iba concibiendo hijos y más hijos. El padre, temeroso de que sus vástagos pudieran arrebatarle el poder que tenía sobre la Tierra, permanecía unido a su mujer sin dejar espacio para que nacieran. A lo largo del tiempo, ambos amantes fueron engendrando a los hecatónquiros, enormes monstruos de cien brazos y cincuenta cabezas de dragón (Coto, Briareo y Giges), los cíclopes, gigantes de un solo ojo (Brontes, Estéropes y Arges), los titanes y sus hermanas las titánides: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Tea, Rea, Temis, Mnemosine, Febe, Tetis y Cronos, el más pequeño.

La pobre madre, nuestra madre la Tierra, sufría terribles dolores de parto, por lo que se vio obligada a fabricar una hoz de brillante acero, que entregó a sus hijos para que la liberaran de la opresión de Urano.

—Es vuestro padre quien no os deja nacer. Blandid, pues, esta hoz contra él y liberadme de su carga. Solo así podréis ver la luz.

Pero ninguno de sus nonatos se atrevía a atacar a su propio padre. Tuvo que ser el más pequeño, Cronos, quien, compadecido de los sufrimientos de su madre, tomó la iniciativa:

—¡Seré yo, madre, quien te librará de tus sufrimientos! Por ser el más pequeño, mi padre me dejará acercarme a él y yo empuñaré sin miedo el arma.

Así que Cronos tomó la hoz y de un certero golpe le cercenó los testículos a Urano, quien prorrumpió en un grito sideral. El Cielo se separó bruscamente de Gea y quedó para siempre alejado. Desde el firmamento la observaba con una mirada limpia y brillante debido a que su deseo había sido extinguido. En la violenta separación, el semen de Urano fecundó las olas del mar, de las cuales nació la más hermosa de las diosas, Afrodita. Algunas gotas de sangre de la terrible herida cayeron sobre Gea, quien al cabo de un año de gestación dio a luz a las fieras erinias y a las ninfas de los fresnos, con cuya madera se fabrican las lanzas homicidas en recuerdo de su sangriento nacimiento.

Lo que le sucedía a Gea, nos sucede a menudo a nosotros. A veces nos sentimos agobiados, angustiados, asfixiados, como si nos faltara el aliento, como si no pudiéramos movernos con libertad, como si estuviéramos soportando una pesada carga que nos aplasta, que nos humilla. Nos falta el espacio, el espacio vital.

Y así como Urano no permitía que nuestra madre la Tierra diera a luz a sus hijos, esos momentos de angustia (de angostamiento vital) nos impiden tener una vida plena, incluso nos sentimos morir. En casos menos graves utilizamos también una expresión mitológicamente muy apropiada: «situaciones embarazosas», para expresar ese estar entre la espada y la pared sin espacio para tomar una decisión. La presión que sentimos hace que no podamos sacar toda la riqueza que llevamos en nuestro interior y que nos creamos impotentes, inútiles, anulados.

Pero también podemos actuar como Urano y, consciente o inconscientemente, aplastar a los demás, invadir su espacio, achicarlos. Muchas veces, por un exceso de celo, o de celos, anulamos a las personas a las que queremos, sobre todo, a nuestra pareja. Por ser padres sobreprotectores, invalidamos a nuestros hijos; por ocupar más espacio del que nos corresponde, ninguneamos a nuestros compañeros de trabajo; por estar en todo, no dejamos que estén los demás. Todos podemos llegar a ser, sin darnos cuenta o a propósito, pequeños Firmamentos que se desploman sobre los otros, a quienes les quitamos su espacio.

No hace falta ser grande para solucionar un problema, sino atreverte a afrontarlo. Si sientes que pierdes espacio vital, si crees que tienes una relación tóxica, si alguien te hace empequeñecer, corta por lo sano, recupera tu espacio, habla claro con esa persona que te encoge. No hace falta que tomes la hoz de brillante acero, pero sí que seas cortante si tienes que serlo, que hables con claridad, que pidas ayuda.

Necesitas tu espacio, esa «área con límites invisibles que te rodea», como la definió el psicólogo Robert Sommer. El filósofo estoico Heriocles (s. II) decía que las personas nos relacionamos con los demás en círculos concéntricos: en el primer círculo nos hallamos nosotros mismos; en el segundo, la pareja y la familia; en el tercero, los vecinos y los conocidos; en el cuarto, los compatriotas, y en el último, toda la humanidad.

La distancia íntima, la que se produce en las relaciones sexuales, por ejemplo, no fue respetada por Urano; y a veces nos cuesta mantenerla con la persona a la que amamos, porque, por mucho que nos amemos, debemos respetar siempre el espacio íntimo de la otra persona. Si no, te puedes sentir como Gea o comportarte como Urano. En tales situaciones, la grandeza de la unión íntima se pierde. En esos casos, no dudes en hablar, en preguntar, en expresar cómo te sientes, en llegar a un acuerdo, en respetar algunos límites que tú o la otra persona necesitáis.

Los animales marcan su territorio. Haz tú lo mismo. Determina con las personas con las que convives cuál es tu área personal, remarca las líneas rojas y exige que las respeten. Ten presente, sin embargo, que si dejas o tomas demasiado espacio, puedes condicionar tu vida social. Unos límites demasiado estrictos pueden llevarte a la soledad; unas líneas mal delimitadas, al agobio o, incluso, al abuso.

Y si te sientes como Gea, no dudes en blandir la hoz de brillante acero para recuperar tu espacio vital.

3

CRONOS, TIEMPO AL TIEMPO

Tras su feroz hazaña, Cronos liberó a todos sus hermanos, arrojó al Tártaro a los hecatónquiros, encadenó a los cíclopes y se casó con su hermana Rea. Suplantó a su padre, que no pudo siquiera defenderse, y se convirtió en el dueño y señor del universo. Por su parte, Urano maldijo a Cronos desde las alturas y vaticinó que él también, con el paso del tiempo (valga la redundancia), sería destronado por uno de sus hijos.

—¡Maldito entre los malditos! —como un grito sideral sonó la voz de Urano por todo el firmamento—. ¡Yo te condeno a llevar eternamente la cuenta de mis latidos; y así como tú osaste alzarte contra mí, un hijo tuyo te arrebatará lo que tú me has robado!

Todavía con la hoz ensangrentada en las manos, Cronos comenzó a contar el tiempo y a urdir cómo podría sortear el maleficio. Se le ocurrió la macabra idea de ir tragándose a sus propios hijos según iban naciendo, de modo que ninguno de ellos podría llegar a cumplir el oráculo de su abuelo. Así se comió a Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón.

Entonces, alzó el puño contra el cielo y respondió a su padre, riendo:

—¿Quién, viejo baldío impotente, va ahora a quitarme el poder?

Urano, que estaba ya sometido a la autoridad de su hijo, no pudo sino permanecer en silencio. Solo algunos relámpagos iluminaron la ensangrentada faz del hijo traidor.

Si Gea sufrió terribles dolores de parto por no poder dar a luz a sus hijos, Rea padeció tras cada nacimiento una profunda depresión, pues no pudo siquiera tener en sus brazos a los recién nacidos. Por ello, cuando supo que estaba encinta de su sexto hijo, huyó a Creta y lo alumbró en secreto. Al pequeño lo llamó Zeus y lo dejó al cuidado de la cabra Amaltea con la prevención de que nunca tocara el suelo para no ser descubierto. Pero Cronos, el que cuenta los instantes de nuestra vida, se enteró y exigió a Rea que le entregara al bebé. Entonces, ella, guiada por el instinto maternal, tomó una piedra, la envolvió en pañales y se la dio. Cronos, temeroso de que pudiera quedar alguien fuera de su control y de que se cumpliera la maldición de su padre, la tragó pensando que se comía a su propio hijo.

Cronos, el tiempo, liberó a su madre y a sus hermanos, pero nos encadenó a todos nosotros, nos convirtió en sus esclavos, pues de lo único que no podemos escapar es de la tiranía de ese gran titán. Cuenta todos los instantes de nuestras vidas, uno a uno, y no nos permite volver atrás ni avanzar más deprisa. Accede a que toquemos levemente el presente, pero, en cuanto sentimos su presencia, nos lo arrebata convirtiéndolo en pasado. Nos hace perseguir el futuro, como el burro la zanahoria, pero no deja que lo alcancemos.

El tiempo, como el poderoso titán, se va tragando todo lo que hemos vivido (y «bailao»), todo lo que hemos hecho va a parar a su estómago infinito. Para revivir los buenos recuerdos, tenemos que bucear en su estómago, infecto de jugos gástricos dispuestos a digerirlos; en cambio, sin querer recibimos a nuestro pesar sus agrios reflujos, a los que llamamos remordimientos.

Cronos también controla a su antojo el olvido. Muchas de nuestras experiencias las guarda en lo más profundo de su sistema digestivo, en lo que Freud llamaba el inconsciente. Nosotros, que somos los dueños de esas experiencias, no somos libres para activarlas o desactivarlas. Como los hermanos de Zeus, estamos encerrados en el estómago de Cronos, controlados por él, siguiendo el ritmo que nos marca, obsesionados por la hora y siempre faltos de tiempo.

El tiempo es como una corriente de agua. No la puedes embalsar ni retener, pero sí diseñar el cauce para que no se pierda por el camino. Por eso, dedicar tiempo a gestionar el tiempo es una forma de evitar que se malgaste. Seguro que has tenido la experiencia de haber prodigado el tiempo tontamente justo cuando más disponías de él, y la única razón fue que no lo supiste gestionar. Por el contrario, de un horario apretado has sido capaz de sacar minutos que son oro y lapsos bien aprovechados. Incluso puedes darles vida a los tiempos muertos, a esos minutos vacíos, descuidados, insulsos, insignificantes, desperdigados a lo largo del día… No los des por perdidos, no dejes que se los trague Cronos sin haberlos exprimido al máximo.

Gestiona bien tu tiempo. Para ello, ordena tu vida, conviértela en un cosmos, bello y ordenado, como se imaginaron los antiguos el universo tras el nacimiento de Eros. El orden no ocupa lugar, por eso, en una librería ordenada caben más libros; en una cabeza ordenada, más ideas; en un día ordenado, más horas, y el tiempo cunde más. Establece prioridades y rutinas, organiza sensatamente tu agenda, pero no te dejes «titanizar» por ella. «La mala noticia es que el tiempo vuela —decía Michael Altshuler—; la buena es que tú eres el piloto».

Por otra parte, ten en cuenta que Cronos es un titán poderoso y nos impone un ritmo que debemos respetar. El buen gestor sabe respetarlo y sabe que lo importante no es tanto el tiempo, sino lo que hagas con él. No te dejes llevar por la impaciencia, las prisas, el agobio, ni por la parsimonia, la pereza o la procrastinación. Apunta en tu agenda un último consejo que te da la mitología: dale tiempo al tiempo.

4

CRONOS DESTRONADO, ENGAÑAR AL TIEMPO

Cuando Zeus creció, pidió consejo a Metis (la Prudencia). Ella le entregó una pócima y le dijo que se la diera a su padre mezclada con el dulcísimo vino de Creta. Así lo hizo. Cronos, que desconocía que aquel joven era su propio hijo, bebió con fruición y al tiempo empezó a sentirse mal, tanto que comenzó a vomitar los hijos que se había tragado. Zeus aprovechó la ocasión para, junto a sus hermanos, iniciar una guerra contra su padre y los demás titanes.

La guerra, premonición de la de Troya, duró diez años. Zeus venció gracias a la ayuda de los cíclopes y de los hecatónquiros, a los que había liberado. Los primeros regalaron a Zeus el trueno y el rayo; a Hades, un casco, que lo hacía invisible, y a Poseidón, un tridente con el que podía hacer temblar la tierra. Los segundos fueron de gran ayuda para vencer a los titanes, que fueron encadenados en el fondo del mar.

Acabada la guerra, el victorioso Zeus habló así a su padre:

—¡Tu hora ha llegado, padre infame! Quisiste cambiar el futuro, pero ni siquiera tú puedes hacerlo. Ahora te toca a ti ser sometido por tu propio hijo. ¡Es ley de vida! ¡Es mi ley! Aunque cometiste el crimen más horrendo, te dejaré seguir contando el tiempo de los mortales, para que no puedan nunca alzarse contra mí.

Y lo llevó encadenado a un hermoso lugar del confín del mundo, a las islas de los Bienaventurados, desde donde todavía ejerce su poder sobre las horas, los días y los años.

Disgustada y rencorosa por ver cómo sucumbían sus hijos, Gea engendró con Tártaro un monstruo llamado Tifón, para que se enfrentara a Zeus. Dicen que era tan grande que su cabeza tocaba el cielo y sus brazos extendidos llegaban de oriente a occidente. Temerosos al ver a semejante criatura, los dioses se metamorfosearon en diversos animales para no ser reconocidos. Solo Zeus le plantó cara y lo fulminó con sus rayos.

Vencido Tifón y restablecida la paz, los tres hermanos varones echaron a suertes el gobierno del mundo. A Zeus le tocó el poder absoluto del cielo y de la tierra; a Hades, el gobierno del mundo subterráneo, y a Poseidón, el dominio del mar. Zeus se casó con su hermana Hera y se instaló en el monte Olimpo, el lugar más elevado de Grecia. Desde allí, los dioses inmortales guían los destinos del mundo.

A pesar de lo que hemos dicho anteriormente, algunas veces no sabemos cómo matar el tiempo. Son esos momentos de hastío en que nos sentimos empachados como se debió de haber sentido Cronos con la tripa llena tras haber engullido a sus propios hijos (y una piedra). En plena digestión, el tiempo se nos hace eterno y hacemos cualquier cosa por que se acabe. Generalmente, echamos mano del teléfono móvil o invocamos a Hipnos (el dios del sueño, hermano de la Muerte) para acabar con esos minutos insulsos con los que nos ha castigado el implacable titán. Cuando el tedio ya no se mide en minutos sino en horas e incluso en días, cuando solo pasa el tiempo sin más, podemos caer en la sima del aburrimiento. Entonces, sin darnos cuenta, nos estamos instalando en la nada y quedamos suspendidos en el vacío, donde todas las posibilidades se nos presentan igual de anodinas. Kierkegaard decía que el aburrimiento es «una eternidad sin contenido», la continuidad en la nada, y utilizaba para expresarlo estos oxímoros: «una profundidad superficial, un hartazgo hambriento», como un puro deseo sin objeto. El aburrimiento extremo hace estragos en la personalidad, bien los sabía Ramón Gómez de la Serna, quien advertía que «aburrirse es besar a la muerte».

El aburrimiento es un laberinto del que únicamente se puede salir aburriéndose. Por lo tanto, la única opción que nos queda es aprender a aburrirnos. Debemos aceptar que, cuando Cronos nos ofrece un tiempo en el que no hacer nada, eso no significa tener que caer en el tedio, sino justamente saber saborear ese «no hacer nada», il dolce far niente, que dirían los italianos. ¿De qué manera? Haciendo cosas que no hacemos habitualmente, como leer, reflexionar, imaginar, pensar, hablar con los amigos... En este sentido, el escritor francés René de Chateaubriand decía que «el aburrimiento no puede existir donde quiera que haya una reunión de buenos amigos».

Por eso, no intentes salir del laberinto a base de llenarte de ocupaciones. Cada vez hay más personas que no aguantan estar desocupadas, esa falta de actividad las agobia tanto que echan mano del activismo, del no parar, del estar siempre ocupadas, del no tener tiempo para aburrirse, con la finalidad de un imposible: ganarle la carrera al tiempo. Pero esa no es la solución; porque el tiempo es un titán y nosotros simples humanos y, al final, acabarás agotando tus fuerzas porque el tiempo nunca se agota. Por eso, no te llenes de ocupaciones; ocúpate de ti cuando el aburrimiento te amenace.

Piensa que ni Rea ni Zeus mataron a Cronos, sino que lo engañaron. Es lo que tienes que hacer tú: engañar al tiempo. No intentes matarlo, porque no lo conseguirás; en todo caso, serás tú quien salga mal parado. Ya decía Claudio Magris que matar el tiempo es una forma educada de suicidio. En todo caso, puedes imitar a Zeus y hacerle vomitar lo que se ha tragado, que suelen ser las ilusiones, las ganas de futuro, los azares, la tensión de lo posible, carencias que conforman las condiciones propicias para que, como la Nada en el reino de Fantasía en La historia interminable, el aburrimiento vaya oscureciendo tu vida. Para recuperar todo eso, para engañar al tiempo, debes aprender a aburrirte y a convertir el tedio en creatividad. Inténtalo, no seas una persona aburrida, porque solo los aburridos se aburren.

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ANTEO, CON LOS PIES EN EL SUELO

Tras la traumática separación de Urano, Gea quedó desolada. Su hijo la había liberado de la opresión de su marido; sin embargo, su deseo continuó activo. Por eso, se unió amorosamente a Ponto (el océano), más tarde a Tártaro (el abismo) y, por último, tuvo un idilio con Poseidón, con quien concibió a Caribdis y al gigante Anteo.

La hija mayor, Caribdis, mostró siempre gran voracidad; era capaz de tragarse rebaños enteros, motivo por el que Zeus la fulminó con su rayo y la precipitó al mar en el estrecho de Mesina, entre Sicilia y la costa italiana. Allí vive en una cueva submarina saciando su voracidad tragando tres veces al día gran cantidad de agua y expulsándola después de haberla filtrado. Cuando la nave de Ulises cruzaba el estrecho fue sorbida por Caribdis. Gracias a que el héroe pudo agarrarse a una higuera que crecía en la entrada de la gruta, pudo salvarse. Al otro lado del istmo se encuentra Escila, otra criatura monstruosa. Escila y Caribdis tienen todavía hoy atemorizados a los navegantes.

Por su parte, Anteo nació con una fortaleza descomunal. Cuando llegó a la edad viril, su madre le confesó el origen de su fuerza:

—Hijo mío, mientras permanezcas unido a mí, yo te transmitiré el poder de mis entrañas y nadie podrá vencerte.

Se fue entonces a vivir al norte de África, a la parte más occidental del mundo. Cada vez que pasaba por sus dominios algún viajero le obligaba a luchar con él. A todos vencía y los descuartizaba para adornar con los despojos el templo que había construido en honor a su padre. Pero resultó que, cuando Heracles fue en busca de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, pasó junto a Anteo. Este le obligó a pelear con él. En las primeras embestidas, Heracles sintió la enorme fuerza de su contrincante y se veía perdedor; sin embargo, se dio cuenta de que Anteo buscaba cada cierto tiempo tocar tierra y que, al hacerlo, se renovaban sus fuerzas. Cuando pudo agarrarlo por los hombros, lo levantó del suelo y lo sostuvo así hasta que el gigante perdió el vigor; entonces, el héroe lo ahogó.

La lucha fue quizá el más antiguo de los deportes olímpicos (los que se celebraban en Olimpia cada cuatro años y marcaban el calendario). Todos los púgiles conocían el mítico combate entre Heracles y Anteo y sabían que uno cobra ventaja si mantiene los pies en el suelo, mientras que, si no toca tierra, pierde impulso y fuerza.

Dar golpes en el aire es empeño inútil, pero soltar un derechazo sin tener un apoyo firme alcanza sin dañar demasiado, porque los pies no encuentran soporte para el retroceso. En nuestras luchas diarias necesitamos también la seguridad de hacer pie. Esas peleas suelen tener lugar en el trabajo, en las relaciones sociales, en la familia, pero las más importantes son las que libramos con nosotros mismos, con nuestras debilidades, traumas, inseguridades, caprichos, rencores… que solemos perder por no tener adónde agarrarnos.

No tener los pies en el suelo nos hace ir de Escila a Caribdis, de mal en peor, actuar sin contundencia, como si perdiéramos fuerza, como si no calara lo que hacemos, como si nuestra vida estuviera suspendida en el aire. Y nos perdemos en las alturas creyendo que a base de subir más alto estaremos más cerca de la felicidad.

Pero la felicidad no está allá arriba, no tenemos que ascender a buscarla en un globo aerostático, no nos está esperando en un pedestal que debamos escalar. Esa felicidad es más ligera que una pompa de jabón: si acaso logramos tocarla con el dedo, se desvanece, se pierde en el aire y apenas nuestra dicha durará un momento. Si, en cambio, permanecemos con los pies en el suelo, caminando por el mundo, buscando la felicidad en lo ordinario, sin obsesionarnos por saltar y saltar, estaremos mejor dispuestos a ser felices.

Cuanto mejor asentados tengas los pies sobre el suelo, más posibilidades tienes de ser feliz. Fíjate que, si agitas el aire, las pompas de jabón enseguida revolotean y, a menudo, desaparecen. Vivir con los pies en el suelo significa no ser ilusos, sino afrontar los problemas con objetividad. Que tengas sueños, ilusiones, deseos, proyectos es necesario para que impulses con optimismo tu vida, pero esos sueños, esas ilusiones, esos deseos, esos proyectos necesitan un punto de apoyo para que no se queden en meros sueños, ilusiones, deseos y proyectos por falta de un soporte sólido.