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Esta biografía regional aborda las relaciones de los señoríos étnicos colindantes con Tenochtitlan, la conquista de Cuaunáhuac por Hernán Cortés, los procesos históricos de la Colonia, recorre el siglo XIX y las guerras de independencia y sigue con el zapatismo y la reforma agraria ejidal.
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Seitenzahl: 391
Veröffentlichungsjahr: 2012
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ. Historiadora de la política y de la sociedad nacional y regional mexicana. En sus estudios sobre el ejército como institución laica nacional del siglo XIX sostiene que el papel que éste ha desempeñado ha sido fundamental en la construcción del Estado y de la nación. En sus artículos sobre los procesos electorales, la representación y la cultura política, ilustra la importancia de las instituciones republicanas. En sus análisis del siglo XX concentra su atención en los procesos históricos que dieron origen al estatismo y el nacionalismo mexicano. Un aspecto de su actividad académica es la difusión cultural, de apoyo institucional, que realiza a través del Fideicomiso Historia de las Américas en colaboración con el FCE, con la publicación de 83 títulos, además de esta serie ilustrada de historias breves de los estados de la República Mexicana y la serie Ciudades Prehispánicas. Es autora de México. Una breve historia del mundo indígena al siglo XX, traducido al inglés y al italiano; La tradición republicana del buen gobierno; Anenecuilco. Memoria y vida de un pueblo, y La nueva relación entre legislativo y ejecutivo. Es coordinadora, junto con M. Carmagnani y R. Romano, de Para una historia de América, además de ¿Hacia un nuevo federalismo? y Presidencialismo y sistema político. México y los Estados Unidos, todos ellos publicados por el FCE.
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
MORELOS
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4032-1 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZPresidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
A mi nieta Carmen Sofía Orive Sol, que hoy llegó a mi vida.
19 de octubre de 2009
CADA ESTADO DE LA REPÚBLICA, como cada pueblo y cada familia, tiene una historia particular que a su vez forma parte de la historia de una comunidad más vasta. Así, distintas historias y estilos de vida se juntan en la nación que hoy llamamos México. Conocer nuestro pasado y saber cómo enfrentamos problemas y optamos por alguna de sus posibles soluciones en distintas épocas nos permite comprender el mundo en que vivimos. En tal sentido la historia es un pasado vivo que nos ayuda a vislumbrar posibles rumbos hacia el futuro. Éste es el propósito de esta historia breve del estado de Morelos.
Si pensamos la historia como un presente vivo y no como un museo de antigüedades, comenzamos por observar testimonios de ese pasado que nos rodea. El maíz o teocinte, nuestro pan de cada día, al parecer se domestica y difunde en y desde el valle de Chalco y Morelos hacia el valle de México para convertirse en la base alimenticia de Mesoamérica y de la América del Norte. A partir de la conquista española el maíz se difundió y aún hoy se consume en todo el planeta, incluso recientemente ha subido su precio porque se estudia su uso energético. Antes de la llegada de los españoles, las ciudades mesoamericanas como Chalcatzingo y Xochicalco formaron parte de un sistema de ciudades-estado, llamadas así porque eran centros administrativos, religiosos, diplomáticos y políticos con fuerte interacción con otras ciudades similares, en especial con la gran Tenochtitlan. En el centro histórico de Cuernavaca se encuentra el Palacio de Cortés, que fue el palacio del gran señorío de la Cuauhnáhuac, la capital que conquistó Hernán Cortés y donde recibió el juramento de vasallaje de los 22 tlatoanis o gobernantes de los distintos señoríos nahuas.
La conquista religiosa, obra de misioneros dominicos, agustinos y jesuitas se puede percibir, por ejemplo, en las capillas posas ubicadas en las esquinas del gran patio de los conventos-iglesias, que servían para la catequesis y la oración de los indios. En Tlayacapan las hay por todo el pueblo, y en el convento fortaleza de Tepoztlán se encuentran en su gran patio. Si se mira el paisaje desde su techumbre, llaman la atención sus almenas, que imitan los pilones de lava del cerro del Tepozteco, erosionadas por el viento y el agua. El hecho de que en las cruces del atrio esté ausente la imagen de Jesucristo sacrificado en la cruz se debe a que los monjes querían borrar la práctica del sacrificio humano, presente en las formas de religiosidad india. ¿Y qué significan las fiestas de carnaval en Morelos, la Danza de los chinelos, la presencia de moros y cristianos en los bailes? Son la expresión teatral de la lucha de los cristianos contra los infieles; los españoles con máscara blanca contra los moros de máscara negra y vestimenta oriental.
Los imponentes cascos de la hacienda cuyo perímetro comprendía campos de cultivo de caña, ingenio azucarero, patio para purga de mieles, patios de molienda, acueductos, grandes chimeneas, corrales para animales, talleres de reparación, cuartos para las cuadrillas de los trabajadores y la estación del ferrocarril aún hoy impresionan por su tamaño y altura. Las ruinas de la hacienda de Coahuixtla vistas desde el pueblo de Anenecuilco siempre me han llamado la atención por la aparente fragilidad y pequeñez del pueblo frente al gigantismo de la hacienda. Ruinas y pueblos son testimonio de una región productora de azúcar, miel y aguardiente.
Con los españoles, además de la caña de azúcar, llegaron negros de África a trabajar como esclavos en minas e ingenios, y españoles, indios y negros se mezclaron entre sí y formaron familias. La hacienda de Cortés, hoy lujoso hotel, ocupa lo que fuera el sitio del antiguo señorío de Jiutepec y sus cañaverales; los apantles, antiguos canales de riego de cal y canto, hoy embellecen los jardines de residencias de fin de semana.
Con la monarquía llegaron también nuevas leyes y gobierno, la religión católica y costumbres, artes y técnicas no practicadas en América, que se entreveraron con las de esta tierra para dar vida a un derecho indiano y a formas de gobierno híbridas, como las repúblicas de indios y las repúblicas de españoles. La presencia de nuevos pobladores con civilizaciones avanzadas pero desconocidas para el Viejo Mundo cambió la idea que Europa tenía del mundo, modificó la cartografía y la teología. En fin, el encuentro con el Nuevo Mundo fue un gran choque cultural, científico, y con efectos no siempre positivos, como veremos más adelante.
El español trajo de Europa ganado caprino y vacuno, así como la rueda. Aunque en América se conocía el círculo, pues lo encontramos en los calendarios circulares y en el cálculo del movimiento de los astros, incluso en juguetes, las culturas precolombinas no conocían el mecanismo de cilindro y ejes, o sea la rueda, que permitía el uso de carretas para transporte o la rueda con poleas para molienda o extracción de agua; más todavía, no existían animales de tracción; aun cuando en Perú se utilizaba la llama para transportar hasta 40 kilogramos a lomo, nunca se le usó para tirar de carretas o de gran peso, no era animal de tracción. En México había venados y ciervos, pero tampoco se usaron como animales de tiro. Fue con la llegada de los españoles que el ganado vacuno, caballar, caprino, el cerdo y productos como el trigo, la caña de azúcar, la oliva, la vid, los cítricos, se agregaron a los productos americanos como el maíz, el chile, los colorantes, las plantas medicinales, el jitomate, los frutos de huerto y los animales de corral, en especial el guajalote. Este mestizaje cultural, étnico y culinario fue único en el mundo y conforma en gran parte nuestra historia nacional. Algunos productos americanos pasaron a ser parte de la historia mundial, como el ají, el guajolote, la flor de Nochebuena, el maíz, la papa y las plantas medicinales.
Entre los hechos más impactantes ocurridos durante la conquista destaca la catástrofe demográfica, pues los europeos y los africanos trajeron enfermedades desconocidas en el Nuevo Mundo, ante las cuales el sistema inmunológico de los naturales se encontró indefenso. De acuerdo con algunos datos, en menos de un siglo murieron dos tercios de la población indígena. Sin embargo, no desaparecieron como raza ni como cultura; todo lo contrario, mediante diversos mecanismos lograron rehacerse para imprimir un carácter propio a nuestra nación que no es india ni blanca, sino multicultural.
Confío haber despertado la curiosidad del lector con estos pocos ejemplos. Ahora lo invito a recorrer en las páginas siguientes una historia que comienza con la geografía y sus primeros pobladores; le siguen el mundo prehispánico y el carácter de los pueblos que ahí se asentaron; continúo con la Conquista, cuando los españoles debieron reconocer a los gobernantes indios como aliados en el gobierno del Nuevo Mundo. El texto sigue con una descripción de cómo se desarrollaron las regiones que hoy componen el estado de Morelos, pero que en el pasado colonial formaron parte de la Provincia de México; durante la monarquía de los Borbones, parte de la Intendencia de México, y en 1824, siendo México nación independiente, parte del Estado de México.
Encontrará también una explicación acerca del carácter de los pueblos que se asentaron en la región y la conformación de su territorio. En el apartado que corresponde a la Conquista expongo las rivalidades entre principales y cacicazgos indios, y cómo los gobernadores y las autoridades indios encontraron en el español un aliado que les permitiría liberarse de la fuerte tributación y servicios que pagaban a los mexicas. Destaco el significado que tuvo el reconocimiento español de las jerarquías y de la nobleza india, pues su colaboración fue necesaria para su subsistencia y colonización del Nuevo Mundo; pero más importante fue que mediante este reconocimiento logran sobrevivir y recomponerse las comunidades indias. La importancia que la Corona concedió a los pobladores originarios y a sus señores naturales dio vida a las repúblicas de indios dotadas de gobierno propio, con ejidos, dehesas y fundo legal para su sustento, lo que explica que un centenar de pueblos preservaran sus títulos o derechos patrimoniales a lo largo del periodo colonial y durante el México independiente. Ésta es una constante a la que presto atención por razones que daré a conocer en el desarrollo de esta historia.
Durante la guerra de Independencia la región de Morelos fue estratégicamente importante, motivo por el cual el cura Miguel Hidalgo comisionó a otro cura, el michoacano José María Morelos, para organizar el movimiento insurgente en compañía de otros religiosos, como Mariano Matamoros, y personajes laicos, como Juan Álvarez. Morelos también es la tierra donde la Constitución de Cádiz se adoptó rápidamente, pues el ayuntamiento constitucional respondió a la necesidad de sus habitantes de fundar pueblos nuevos y fortalecer la autonomía de los pueblos históricos. Es importante señalar que en la región se afianzó un republicanismo popular que enarboló José María Morelos cuando convocó en 1813-1814 al Congreso de Chilpancingo para conceder plenos derechos políticos a todos los americanos y declarar a la América libre e independiente de toda nación o monarquía.
Después de la Independencia, tal republicanismo popular se fortaleció en Morelos mediante la conformación de una ciudadanía y sus milicias armadas para defensa de sus comunidades. Esta ciudadanía en armas promovió el derecho de voto, la movilidad política y social y a caudillos populares como Juan Álvarez y Francisco Leyva. La guerra popular se consolidó en una red de autoridades de pueblos que supieron responder a las demandas sociales de sus ciudadanos y de sus pueblos.
La República Restaurada (1867) representó la derrota definitiva de todo intento de gobierno monárquico y el triunfo definitivo de la república federal y liberal. Entre otras cosas, el triunfo de los federalistas impulsó un nuevo equilibrio territorial-político de los estados que condujo a desmembrar al Estado de México y acotar su representación y peso político desmesurado. Recordemos que, en 1824, de su capital, la Ciudad de México, se creó el Distrito Federal como espacio neutral para garantía del libre ejercicio de los poderes federales; en 1849 se formó el estado de Guerrero y en 1869 se le restó mayor representación política, poder económico y territorio al establecer dos entidades más: Hidalgo y Morelos. A partir de 1870 el estado de Morelos atravesó diversas peripecias antes de consolidarse como entidad soberana.
La Revolución, tremenda guerra civil que estalló en la entidad entre 1911 y 1921, fue desencadenada por el fraude electoral de 1909, al ganar Pablo Escandón frente al candidato de los morelenses, Patricio Leyva. La lucha de los morelenses deviene nacional en 1911, ante el llamado de Francisco I. Madero a las armas.
¿Por qué el zapatismo prosperó y se consolidó para convertirse en símbolo de demandas ciudadanas y movimientos populares? Prosperó por el descontento de los habitantes de estratos medios de pueblos y villas, de pequeños propietarios, campesinos, arrieros, trabajadores y artesanos amenazados, desprotegidos, sin medios o tribunales para hacer valer sus derechos civiles y políticos. Ante el riesgo de perder su condición de pequeños propietarios de un bien, de un trabajo, de un pedazo de tierra, o ser deportados de su tierra natal a sufrir trabajos forzados, se levantaron en armas.
La historia del zapatismo es conocida; el lector encontrará una síntesis de mis hallazgos y de los de otros historiadores. Los 10 años de guerra civil (1911-1921) y los decenios de reconstrucción (1921-1940) me permiten explicar los proyectos políticos de los distintos grupos presentes en el estado, y cómo se desenvuelve la reforma agraria ejidal y el cooperativismo en dichas décadas, cuando el estado cuenta con el sostén de un proyecto nacional dirigido al adelanto económico, social y político.
La historia de los años 1950 a 1980 es la del estatismo y el populismo, que dan cabida a movimientos sociales de tipo armado, como el de Rubén Jaramillo; a la obra pastoral de don Sergio Méndez Arceo y los orígenes del movimiento de la Iglesia de los pobres, las colonias populares, del sindicalismo independiente y sus choques con la CTM. La respuesta del Estado fueron proyectos faraónicos de parques industriales, viveros tecnificados y endeudamiento público sin control que provocó una corrupción desenfrenada de políticos, líderes agrarios y sindicales mediante contratos de construcción y servicios. Los resultados fueron rendimientos decrecientes y negativos para todo avance económico-social o apertura democrática.
El cambio del siglo XX al XXI revela una transformación fundamental que pareciera señalar un sistema de representación político nuevo y cambios en la economía global, de los cuales ninguna región del mundo puede sustraerse. Para México el cambio económico fue obligado con la crisis de la deuda de 1982 y la del petróleo de 1984. El cambio político tardó más, pues aun en el caso de San Luis Potosí, con el candidato independiente, doctor Salvador Nava, y el surgimiento de protestas en distintos estados, es en 1989 cuando el gobierno del presidente Carlos Salinas reconoce el triunfo de un gobernador panista en Baja California, Ernesto Ruffo Appel. La creación del Instituto Federal Electoral (IFE), y sus correspondientes estatales, y la campaña para proporcionar a cada ciudadadano una credencial de elector con fotografía marcaron la historia del proceso democrático electoral, en el sentido de que la sociedad en general creyó en el valor del voto y dejó de expresar su oposición política de modo violento o en la plaza pública. Esto que para mi generación marcó un hito histórico ocurrió en el decenio de 1990. El PRI perdió, con elecciones libres y creíbles, el dominio de la vida política nacional que debió compartir con el PAN, el PRD y con nuevos partidos y coaliciones que hoy por hoy se disputan gubernaturas, congresos estatales y municipios y, después del año 2000, la presidencia de la República.
En las elecciones del año 2000, el PRI perdió la gubernatura de Morelos y su mayoría en el Congreso del estado; por vez primera subía al gobierno el Partido Acción Nacional (PAN). La pregunta que me hago es: ¿hubo cambios significativos en la composición del Congreso y en la composición política de los municipios al nacer el siglo XX? En el último capítulo intento arrojar luz en torno a este y otros asuntos económicos y sociales.
El lector y el estudiante encontrarán que mi explicación es de carácter social y político; procuro establecer los nexos con la historia nacional y los grandes cambios mundiales que trascienden la entidad. Dividí el texto en 13 capítulos, con sus respectivos subtemas. Incluyo una breve historia ilustrada, una cronología que retoma los sucesos que considero significativos y una bibliografía comentada. No soy oriunda de Morelos, pero adopté la entidad como interés historiográfico desde mis años de estudiante, en 1968, y a lo largo de mi vida profesional he seguido sus cambios. Espero que, como despedida de mis 32 años de profesora y 40 años o más de estudiosa de la historia, los morelenses acepten mi incursión en su terruño.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ19 de octubre de 2009
En el antiguo México se creía que cuando los guerreros morían en combate, sus almas se transformaban en colibríes y acompañaban al sol desde el amanecer hasta el mediodía.
EL CENSO DE 2005 REGISTRÓ 103 millones de habitantes en dos millones de kilómetros cuadrados, que es la extensión total del país. En el estado de Morelos viven cerca de 1.6 millones de personas en poco menos de 5 000 kilómetros cuadrados, y se proyectó que en el año 2010 esta cifra ascendería a 1.8 millones. El Congreso de la Unión le otorgó el reconocimiento de estado soberano de los Estados Unidos Mexicanos en 1869, y hoy es uno de los 31 estados, más un Distrito Federal, que componen la República Mexicana.
Bernardo García, en su libro Las regiones de México, expresa con claridad que una región es un concepto histórico que cambia no sólo en el tiempo, sino también por criterios políticos, económicos, ecológicos, constitucionales, etc. Se pueden estudiar partes del territorio, como subregiones, macrorregiones o entidades federativas, como sería el caso del actual estado de Morelos. Sin embargo, es fundamental tener presente que el espacio histórico cambia continuamente: migran sus pobladores, muta su organización espacial, su ecología y otros elementos más se afectan. A lo largo de procesos milenarios los nexos entre regiones son difíciles de deslindar exclusivamente por un límite topográfico; son amplios y se forman con las relaciones familiares, religiosas, culturales, rituales, del intercambio material e inmaterial. Pensar que los actuales límites geográfico-políticos de los estados de la República Mexicana siempre fueron así nos impide entender la región histórica. Los estudiosos han recurrido a diversos conceptos para referirse a tan complejo tema. Pedro Carrasco acuñó el concepto de territorialidad difusa para el mundo antiguo en su libro La TripleAlianza, para explicar las múltiples formas de dominio y control que ésta tuvo sobre reinos distantes; una idea similar la analiza Marcello Carmagnani en El regreso de los dioses para explicar la territorialidad de la comunidad indígena en el mundo colonial; otro término, monarquías compuestas, fue usado por John Elliot al referirse a las monarquías europeas, en el sentido de múltiples territorios, no contiguos, que pudieran regirse por leyes, normas, autoridades e idiomas distintos, puesto que cada uno es relativamente autónomo y a su vez parte de la monarquía. El nacimiento de naciones soberanas en América data de 1776, cuando las colonias inglesas de América del Norte se independizaron. En el caso de Nueva España data de 1824, cuando se constituyó la República Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Con la Revolución francesa (1789), el concepto de soberanía nacional tendió a ser identificado con la idea de soberanía popular. Según este principio, el poder supremo del Estado corresponde a la nación o al pueblo, entendidos como el conjunto de ciudadanos que lo ejercen a través de sus órganos representativos. La soberanía popular estuvo en la base de los movimientos que en los siglos XIX y XX buscaron democratizar el sistema político (sufragio universal), y es un fundamento esencial de las democracias liberales modernas. Soberanía y unidad geográfica se vuelven esenciales en función del conteo de población y la representación política.
La geografía histórica, entendida en este sentido tan amplio, nos ayuda a comprender que el actual estado de Morelos, nacido en 1869, es mucho más que una unidad material definida por linderos topográficos; es una historia milenaria inserta en el corazón del mundo antiguo.
La meseta del Anáhuac o región de los lagos, donde se asienta la gran Tenochtitlan, tiene una altura media de 2 200 metros, con picos como el del Águila en el Ajusco, a más de 3 700 metros de altura, o el volcán Popocatépetl, a 5 452; en cambio, la región morelense se sitúa entre 1 500 y 610 metros por debajo, hacia el sur de la Cuenca de México. Los mapas de las láminas en color 1 y 2 ilustran el complejo sistema de lagos de la región, el cual, junto con el agua de lluvia y de los deshielos de los volcanes, conforma la más rica región de agua dulce del país. La frontera natural entre la Ciudad de México o valle del Anáhuac y los valles de Morelos, así como la de otros estados aledaños, es el eje neovolcánico que se extiende del Océano Pacífico al Golfo de México, aproximadamente por el paralelo 19N. Por la parte oriental señorea el Popocatépetl, volcán vivo. Los confines nororientales entre el valle del Anáhuac y el de la Cuauhnáhuac son la serranía del Ajusco-Chichinauhtzin, cadena montañosa localizada entre las delegaciones de Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta; al sur del Distrito Federal, colinda con los municipios de Huitzilac, Tepoztlán y Tlalnepantla, en Morelos. El Ajusco cuenta con más de un centenar de conos volcánicos, entre los que destacan Tláloc (3 690 m), Chichinauhtzin (3 430 m), Xitle (3 100 m), el Cerro Pelado (3 600 m) y el pico Cruz del Marqués, con 3 937 metros de altura, que marca el punto más alto del Distrito Federal. En el periodo cuaternario una intensa actividad volcánica cerró la cuenca lacustre de México de su único drenaje natural hacia la cuenca del Río Balsas, uno de los más largos del país: 771 kilómetros de longitud.
Es importante tener presente que entre la cuenca del Anáhuac y los valles de Morelos los desniveles medios pueden ser de 2 000 m; por ello las cuencas y planicies morelenses se benefician del escurrimiento de aguas dulces de glaciares perennes del eje neovolcánico, lagunas y cráteres lacustres; sus bosques coníferos de efecto “esponja” atraen y retienen el agua de lluvia, y las raíces de sus coníferas regulan la fuerza de torrentes subterráneos. Los deshielos del Iztaccíhuatl, del Popocatépetl y del Ajusco se incorporan al agua de lluvia que baña las depresiones o valles de Morelos para formar ríos, ojos de agua, manantiales, torrentes subterráneos y lagunas como la de Coatetelco y Tequesquitengo, o el particular ecosistema de Las Estacas. A este último lo conozco mejor, así como sus gélidas corrientes, agua fría del deshielo cuyo caudal abre o cierra según el terreno, pero al estrecharse adquiere fuerza torrencial que en el pasado se empleó para la molienda y hoy es sitio de entrenamiento de buceo y de recreación.
El complejo hidráulico forma en parte la cuenca del Río Balsas; ríos y afluentes que se originan en las partes altas convergen en la cuenca desde los estados de Veracruz, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Morelos, Estado de México, Michoacán, Jalisco y Guerrero para desembocar en el Océano Pacífico. Sus afluentes son varios. Relevantes para la región son los ríos Amacuzac, en Morelos; Atoyac, en Puebla; Mezcala, en el norte de Guerrero; en el interior del territorio morelense, los ríos Cuautla o Chinameca, Yautepec y Tetlama o Jojutla desembocan en el Río Amacuzac, y en colindancia con el estado de Puebla convergen los ríos Tenango y Nexapa.
Los morelenses gozan de por lo menos tres microclimas. Los sistemas montañosos y parte del eje neovolcánico aíslan las tierras bajas de la cañada de Cuernavaca y del plan de las Amilpas de las tierras altas. Las corrientes de agua y los microclimas se ordenan de norte a sur, y la región se divide en dos grandes valles: Amilpas y Cuernavaca; en el extremo nororiental surge un triángulo de intenso magnetismo que nace de Tetela del Volcán. Sus serranías, planicies, ríos y mantos acuíferos explican su diversidad climática y sus múltiples ecosistemas. La conformación física es variada, como lo son sus climas: llanuras y valles así como clima frío, templado y semitropical.
Los mapas antiguos muestran trozos de historia; xochimilcas y tlalhuicas poblaron tres regiones: Tetela del Volcán, Ocuituco y Hueyapan, en el extremo oriente, con nexos hacia Chalco y Cholula; de origen xochimilca fueron también quienes poblaron las Amillpan, con sedes principales en Oaxtepec, Atlatlahuacan y Yecapixtla. En el extremo occidental, la Cuauhnáhuac, la provincia tlalhuica tuvo entre otras a Jiutepec como cabecera principal. Al respecto es importante precisar que cada provincia tuvo ciudadesestado, centros ceremoniales, administrativos, cabecera y altépetl autónomos; éstos fueron llamados pueblos sujetos por los españoles, lo cual no significa que no fueran autónomos, con sus caciques, gobernadores, tlatoques, tributarios y riqueza propios, así como aliados de otros centros. Es también importante señalar que los litigios por jurisdicción fueron continuos antes y después de la Conquista, entre los altépetl y con las cabeceras de provincia.
El hombre y sus productos recorrieron viejos caminos y veredas entre valles, ciudades ceremoniales y altépetl de la actual región morelense y de los territorios contiguos. Son varios los caminos que se comunican entre sí: el camino viejo por la serranía del Ajusco pasa por Tres Cumbres, a 3 280 metros de altitud, y se bifurca hacia el Estado de México, o comienza su descenso por dos hermosos pueblos, Huitzilac y Tres Marías; a pocos kilómetros del primero se ubican las Lagunas de Zempoala, hoy descuidadas y contaminadas, pero cuya belleza natural aún impresiona. El viaje en tren ofrecía una vista espectacular del valle de Cuernavaca y del impresionante cerro del Tepozteco, formado por ríos de lava volcánica que el viento y el agua han erosionado formando peñascos que parecen pilones de azúcar o tubas de un órgano. En el extremo suroccidental, los montes de Palpan y Miacatlán albergan las famosas grutas de Cacahuamilpa, cuevas espectaculares de gran altura, con formaciones de estalactitas, hoy en su mayor parte en territorio guerrerense. No muy lejos, la celebre región argentífera de Taxco, perteneciente al municipio morelense de Coatlán de Río, se benefició del camino real para llevar metales de Taxco a Huautla, pasando por Cuautla y luego hacia Hidalgo o México. Al suroriente está la barranca de Amacuzac. Puebla y Morelos guardan legendaria identidad regional: clima, productos y personas; las dos fueron regiones de intercambio, y sus problemas comunes es un tema que retomo más adelante para insistir en la permeabilidad regional.
De norte a sur Morelos se divide en dos regiones, trazadas por una línea virtual que va de la sierra del Tepozteco al cerro de Jojutla, formando dos planicies: la cañada de Cuernavaca, llamada en el pasado Cuauhnáhuac, y en el oriente del Tepozteco, lindando con Puebla, la planicie de Cuautla Amilpas, antes conocida como Amillpan, cuyos nexos se extendían hacia Izúcar de Matamoros, Chietla, hoy en Puebla, y rumbo a Oaxaca.
La flora y la fauna son excepcionales; como botón de muestra sólo diré que en el sur, entre el copal, el tepehuaje y el amate, abundan los tejones, tlacuaches, conejos y víboras; en el norte, en medio de encinos, oyameles, chichicaules y variedades de hongos, merodean venados cola blanca, coyotes, lobos y tejones. Hartan las culebras e insectos varios, como abundan las aves y especies raras. En sus manantiales, lagunas, ríos y zonas húmedas pululan liqúenes, peces, aves, insectos y flora hoy en peligro de extinción por la contaminación y la escasa conciencia ecológica.
Característica particular de esta tierra es su composición de lava y ceniza volcánica, fértil y rica en nutrientes, minerales y agua, que en el pasado aceleraron el proceso de germinación de frutos como el teocinte o maíz, el frijol, los chiles y los tomates, el amaranto, los líquenes y múltiples hierbas medicinales. La piedra de lava sirvió en las construcciones y pirámides de los pobladores originales, y aún hoy varias industrias emplean la roca como materia prima en la fabricación de cemento, material de construcción, mampostería y balasto para las ferrovías. El sitio es privilegiado para los estudiosos de la geología, pues en el eje neovolcánico afloran las rocas calizas de ambiente marino, las más antiguas de Morelos.
Tamoanchán, o lugar de la creación, es un sitio donde, al decir de López Austin, el gran árbol cósmico hunde sus raíces en el inframundo y extiende su follaje hasta el cielo. Todo centro ceremonial reclama ser originario, reclama su mito fundador; se piensa que Xochicalco fue el lugar mítico poblado por los primeros grupos humanos. De acuerdo con información obtenida en excavaciones, Xochicalco estuvo habitado (650-900 a.C.) por dos culturas: la llamada cultura madre, la olmeca, y luego por habitantes del Altiplano Central. Los altépetl, situados en cerros o montículos, gravitaban en torno al más elevado y mejor fortificado centro ceremonial y ciudad-estado: Xochicalco, como se observa en el mapa I.1. El sitio cubría una superficie de cuatro kilómetros cuadrados y tuvo una población de 10 000 a 15 000 habitantes. Cada señor y altépetl cumplía con diversas obligaciones y tributos, y el gobierno se ejercía de manera rotatoria.
Como se mencionó, entre 1250 y 1300, a la caída del imperio tolteca, llegaron a la región los xochimilcas y los tlahuicas. Los tlahuicas, vocablo náhuatl que significa “cerca del bosque”, se establecieron en la parte occidental del estado. Señoríos tlahuicas y xochimilcas organizaron sus pueblos y campos de cultivo de norte a sur para abrazar diversos climas y así asegurar su autosuficiencia alimentaria, minimizar los efectos de los desastres climáticos y de las plagas y obtener los excedentes necesarios para el intercambio. Este tipo de organización por niveles y climas se empleó en casi toda América, y es especialmente conocido el que desarrollaron los incas en Perú.
MAPA I.1. Extension de Xochicalco y sus altépetl
FUENTE: Kenneth Hirth, “Incidental Urbanism: The Structure of the Prehispanic City in Central Mexico”, en J. Marcus y J. Sabloff, The Ancient City: New Perspectives in the Old and New Words, School of American Research (SAR) Publications, Santa Fe, 2008, pp. 273-297.
Gran árbol cósmico de Tamoanchán, Códice Vindobonensis mexicano 3.
Los gobernantes y señores principales, junto con sus “mandones”, administraron con gran eficacia el trabajo, los ciclos agrícolas, la producción y el tributo. En consecuencia, se dio una compleja coordinación del trabajo, un orden político y social en los diversos altépetl o señoríos, como los denominaron los españoles. La jurisdicción de una ciudad-estado comprendía varias sedes, donde se reproducía la jerarquía de la cabecera, que contaban con sacerdotes, astrónomos, señores étnicos y administradores que formaban el estamento alto gracias a su capacidad para gobernar, por sus conocimientos científicos, astrológicos y sus artes adivinatorias.
Tzontecómatl fue el jefe tlalhuica que condujo a las distintas bandas hacia Cuauhnáhuac, territorio importante por el algodón, el papel amate, los frutos de la tierra y el tributo y los servicios que sus habitantes proveían. Alrededor de 1398, cuando Miquiuix reinaba en Cuernavaca, la provincia quedó sujeta al dominio mexica, por lo que el náhuatl se convirtió en la lengua común de la región. Acamapichtli (1384-1404), huey tlatoani o rey de reyes de los mexicas, fue el conquistador. La subordinación a los mexicas duró hasta la llegada de los españoles.
En el pasado la región cumplió diversas funciones: fue vía de comunicación hacia Tierra Caliente y la costa del Pacífico, con recorridos por las vastas provincias mexiquense y michoacana, para luego seguir por el litoral del Pacífico o Mar del Sur y alcanzar el puerto de Acapulco, para retornar vía Guerrero rumbo al oriente, hacia Puebla-Tehuacán y el Golfo de México; asimismo, fue el principal abastecedor de los pueblos del valle de México.
El valle de Tenochtitlan, hoy de México, recibió con regularidad bienes preciosos, gente para el servicio y alimentos para su densa población. Las comunicaciones se hacían por tierra y a pie; se cruzaba el amplio valle de Amecameca, coronado por el majestuoso volcán Popocatépetl, para arribar a los embarcaderos de los lagos desde donde, en trajineras, trasladaban las mercancías a los muchos pueblos de los lagos del valle de México. También se hacían otros recorridos por la sierra del Ajusco que conducían igualmente al sistema de canales, lagos y lagunas del valle. Los trayectos hacia las otras latitudes se hacían con cargadores llamados tamemes, cuyos recorridos son indicados en la cartografía de la época mediante el dibujo repetido de pies.
Con la llegada de los españoles, entre 1519 y 1521, se agregó un nuevo método de transporte, que fue además una gran revolución: la tracción animal, la rueda y el malacate, tanto en la agricultura como en las minas y, como ya se dijo, en el transporte, acabó por sustituir a la fuerza humana. Cabe recordar que aunque en la América prehispánica se conocía el círculo —se usaba para representar al sol, en los calendarios e incluso aparece en algunos juguetes—, no hay testimonio de que conocieran el valor del eje y los rayos para hacer girar el círculo sobre sí mismo y utilizar este mecanismo para transporte o tracción. En toda América tampoco existía el ganado caballar, bovino, las mulas y los asnos, necesarios para el movimiento de la rueda. Poco después de la llegada de los españoles, se emplean en Morelos las carretas tiradas por bueyes, las cuales aceleran la circulación de mercancías y minerales por el camino real hacia los minerales de Cuautla y Taxco. Los caminos prehispánicos se mantuvieron y se abrieron nuevos que respondían a las necesidades de los conquistadores: de Michoacán se llegaba a Cuernavaca vía Toluca; por el sur, de las grutas de Cacahuamilpa se pasaba por Puente de Ixtla hacia los minerales de Huautla y Taxco, sitios importantes para los españoles, pues eran esenciales para fundir cañones para la guerra y piezas para los ejes de carretas. En el sur las recuas corrían hacia las costas del Pacífico y el puerto de Acapulco, donde se extraía madre perla de sus mares. La ruta del oriente corría por Tlayacapan, Yecapixtla, Jonacatepec y Jantetelco hacia Puebla, y de ahí al Golfo de México, o seguía rumbo al sur para alcanzar las ricas tierras de Oaxaca y Yucatán.
Los caminos reales que surcaron el territorio de norte a sur y de este a oeste en el siglo XVIII fueron mejorados notablemente por los ingenieros militares. En la segunda mitad del siglo XIX, Morelos vivió una segunda revolución tecnológica con la introducción del ferrocarril. La ruta Ciudad de México-Cuautla se inauguró en 1881; la de Cuernavaca comenzó en 1893, y la primera locomotora que unió a la capital con Cuernavaca llegó en 1897. La idea de construir el Ferrocarril Interoceánico para comunicar el Golfo de México con el Océano Pacífico alcanzó los márgenes del Río Balsas, mas no tocó las costas. Cabe decir que durante el gobierno de Marco Antonio Adame se remodelaron los patios del Palacio de Gobierno para convertirlos en un museo al aire libre, donde ahora se encuentra el único ferrocarril de vapor de vía angosta que todavía funciona en el país.
En 1902 las ferrovías de Morelos pasaron a formar parte del Ferrocarril Central Mexicano, y en 1908 se fusionaron con los Ferrocarriles Nacionales de México, cuando el Porfiriato optó por la política de nacionalización. Los inversionistas y constructores de la ferrovía abrieron las puertas a nuevas industrias: ladrilleras y materiales de construcción, e incluso construyeron el Hotel Moctezuma en Cuernavaca. Se instaló entonces el primer generador eléctrico para iluminar las calles de la ciudad. El sistema de ferrovías que se observa en el mapa IX. 1 muestra la comunicación entre la vasta región, y la lámina en color número 55 ilustra la instalación del sistema interno de vía ligera, o Decauville, de las haciendas mediante el cual se transportaba la caña de azúcar y las mieles al ingenio, y de ahí a los furgones del ferrocarril.
Los ferrocarriles fueron destruidos o inutilizados en su gran mayoría durante la Revolución; un informe de la Secretaría de Guerra y Marina de 1921 confirma que 74% de los carros de todo el sistema ferroviario del país estaba fuera de circulación, así como 50% de las locomotoras. Quizás éste fue uno de los motivos por los que la política del gobierno se dirigió a impulsar el transporte carretero. En 1922 se estableció el primer servicio urbano de camiones al centro de la ciudad, y a partir de entonces la política de comunicación ha sido por carretera, dejando en desuso el ferrocarril. El actual tramo del ferrocarril entre México y Cuernavaca, con un recorrido de 60 kilómetros, se cerró al transporte en 1997. En la actualidad, parte de las ciclopistas de la Ciudad de México son tramos de ese ferrocarril.
Hoy en día, Morelos es una entidad comunicada sobre todo por cuatro carreteras pavimentadas que convergen a la Ciudad de México, una es una autopista de 86 kilómetros; de Cuernavaca, la autopista del Sol alcanza el puerto de Acapulco; la carretera federal de cuota México-Cuautla es un ramal de la autopista a Cuernavaca y pasa por Tepoztlán, Oacalco y Oaxtepec. Otra carretera importante sale de la Ciudad de México por Xochimilco, pasa por Amecameca, la tierra de sor Juana Inés de la Cruz, y, antes de llegar a Cuautla, se bifurca hacia Tlayacapan, Oaxtepec y Tepoztlán. Otros caminos federales de importancia para el estado son la carretera México vía Cuautla, que se dirige a Oaxaca o se desvía hacia Puebla; el camino que conduce a Ixtapan de la Sal por la vía corta a las grutas de Cacahuamilpa, y la carretera federal Cuernavaca-Cuautla, que pasa por Tejalpa, Yautepec y Cocoyoc. En total, el estado cuenta con 2 265 kilómetros de carreteras principales, troncales y rurales, 259 kilómetros de vías férreas, 380 262 líneas telefónicas fijas, 414 oficinas postales y 33 de telégrafos; operan 24 radiodifusoras y seis estaciones televisoras; hay un aeropuerto auxiliar cerca de Chiconcuac, otro en Cuautla y pistas cortas para avionetas en otras poblaciones. Por las dimensiones de su territorio, Morelos ocupa el lugar 30 entre las entidades de la República, pero su historia y su gente han dejado su impronta en la historia nacional.
Como ya mencioné, los pobladores prehispánicos pertenecían al grupo genérico de nahuas, y su lengua común era el náhuatl. Debido al descenso de la población y a la necesidad de mano de obra, los españoles introdujeron en Morelos la caña de azúcar y, con ésta, a los esclavos negros. Las necesidades de la agricultura en los años de bonanza atrajeron a labradores de Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Puebla y Tlaxcala, lo que dio paso a matrimonios entre culturas y etnias distintas. Al comenzar el siglo XIX, de acuerdo con las cifras proporcionadas por Fernando Navarro y Noriega para la Intendencia de México, la población era 50% india, 25% de sangre mezclada o castas, y 25% “blanca” o española.
Antes de 1810 el criterio para clasificar a la población era racial, y destacaba el predominio de los indios sobre las castas y españoles. En cambio, los registros del siglo XIX ponen al mestizo por encima del indio y las castas, y se identifica este hecho como señal de éxito en el proceso de aculturación o integración del indio al México moderno. El fuerte sesgo ideológico que conlleva el concepto mestizaje me guía a sustituirlo por el de proceso de pluralismo étnico.
En el siglo XIX dos grandes movimientos sociales trasformaron la fisonomía de la entidad. Primero, los ayuntamientos constitucionales de 1812 alteraron el patrón étnico de la población, pues se suprimieron las repúblicas de indios para dar vida al ayuntamiento constitucional y al municipio: un espacio interétnico donde prevalecen los nuevos derechos ciudadanos sobre las jerarquías sociales y étnicas. El segundo fue la introducción del republicanismo, los vatores laicos, el mérito y el patriotismo como valores distintivos de la ciudadanía. El mérito y valor laico se promovieron en las escuelas lancasterianas, donde alumnos y preceptor ejercitaban, mediante preguntas y respuestas y cartillas cívicas, el aprendizaje de materias básicas: el castellano, la geografía, la aritmética y los derechos constitucionales.
Otro hecho que habría que destacar de esa época, y que se muestra en la gráfica I.2, es que la población se duplicó en los distritos de Morelos, pasando de 90 052 a 180 000 habitantes. El crecimiento demográfico favoreció un proceso de interacción étnica y cultural de pobladores residentes y provenientes de estados aledaños, quienes llegaban atraídos por la demanda de mano de obra para la agricultura, los cañaverales, las obras de construcción, las labores en ingenios, acueductos y ferrovías. Un tercer elemento lo constituyeron las guerras del siglo XIX y las de 1910-1920, que movilizaron gran número de personas, politizaron a la sociedad y alteraron las costumbres de pueblos y villas.
GRÁFICA I.1. Población del estado de Morelos, 1560-1830
FUENTE: INEGI, Estadísticas históricas de México.
GRÁFICA I.2. Población del estado de Morelos, 1830-1910
FUENTE: INEGI, Estadísticas históricas de México.
GRÁFICA I.3. Población del estado de Morelos, 1921-2010
FUENTE: INEGI, Estadísticas históricas de México.
A finales del siglo XX, la mayoría de los habitantes hablan español, aunque puede ser engañoso medir la subsistencia de etnias a partir del criterio lingüístico. El proceso de aprendizaje de la lengua española en Morelos se aceleró por la movilización poblacional durante los siglos XIX y XX, la cercanía con el Distrito Federal, las campañas de alfabetización y de educación. Todos estos factores explican que en el año 2000 sólo 1.9% de la población de un total de 1.5 millones hable el náhuatl.
De la gráfica I.1 se desprenden varias cosas: el descenso drástico de la población que se observa a partir de 1560 se acentúa en 1636, cuando la población se reduce a la mitad. Es la época de la reorganización de la población y de la congregación de pueblos. Tanto en esa gráfica como en la I.2 observamos una lenta recuperación a partir de 1700, y un franco ascenso entre 1794 y 1830. El crecimiento es constante entre 1830 y 1910. Se aprecia un descenso importante de casi 80 000 personas durante los años 1910-1920 debido a la guerra, la movilización y reconcentración de población y sobre todo por el hambre y la influenza española. La gráfica I
