Morir en Berlín - Carlos Cerda - E-Book

Morir en Berlín E-Book

Carlos Cerda

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Beschreibung

Los hechos ocurren a mediados de los años ochenta, un mundo sumamente distinto al de hoy y tal vez ya difícil de imaginar. En Chile hay una dictadura militar y toque de queda cada noche. En Berlín hay un muro que divide la ciudad en dos. Todo eso ha desaparecido. Sin embargo, nos trasladamos a ese momento, a ese Berlín que ya no existe. Y aunque ese mundo nos sea ya muy ajeno, lo que encontramos en él nos sacude: seres humanos como los de ayer, de hoy, de siempre que quieren y son queribles. Están atrapados en sus fidelidades e infidelidades de índole matrimonial, familiar y política. La novela desborda su marco histórico concreto y, como un foco, alumbra el presente. Es una obra impregnada de compasión humana y que va a perdurar. Morir en Berlín es una breve novela inmensa. Una de las mejores que se han escrito en Chile. Su reedición por Arbolee-UC y Ediciones UC es una gran noticia. Arturo Fontaine

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Seitenzahl: 349

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

[email protected]

lea.uc.cl

FUNDACIÓN ARBOLEE

www.arbolee.cl

MORIR EN BERLÍNCarlos Cerda

© Registro Propiedad Intelectual Nº 86.656

Derechos reservados

Septiembre 2024

ISBN 978-956-14-3335-9

ISBN digital 978-956-14-3336-6

Edición al cuidado de María Teresa Cárdenas Maturana

Imagen de portada: Fragmento de la obra Sobremesa, de Mariana Herrera, 2004.Óleo y acrílico sobre tela 100 x 140 cm

Diseño y diagramación: Salvador Verdejo Vicencio [versión productora gráfica SpA]

CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Cerda, Carlos, 1942-2001, autor.

Título: Morir en Berlín / Carlos Cerda.

Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC.

Materias: CCAB: Novelas chilenas.

Clasificación: DDC Ch863 –dc23

Registro disponible en: https:// buscador.bibliotecas.uc.cl/ permalink/ 56PUC_INST /vk6o5v/ alma9 997555388203396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Índice

Colección Arbolee-UC.Carlos Cerda, escritor de la memoria

Morir de nuevo en Berlín

Capítulo Primero

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

COLECCIÓN ARBOLEE-UC

CARLOS CERDA,ESCRITOR DE LA MEMORIA

Con enorme satisfacción entregamos un nuevo título de la “Colección Arbolee-UC”, que inauguramos con La generación de las hojas, primera novela de la periodista y escritora Marta Blanco. Gracias al convenio de colaboración suscrito en 2023 por la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Fundación Arbolee, ahora presentamos Morir en Berlín, de Carlos Cerda, cuya aparición, en 1993, situó a su autor entre las voces más relevantes del período.

La publicación de libros es una de las líneas de acción que nos hemos propuesto desarrollar en conjunto para materializar nuestro compromiso con el rescate, la difusión y la puesta en valor del patrimonio literario chileno. De esta manera, reconocemos el aporte clave de sus autores y autoras en la construcción de la memoria cultural del país. Una memoria ineludible a la hora de evaluar nuestro presente y proyectarnos al futuro.

Ambientada a mediados de los años ochenta en la ya desaparecida República Democrática Alemana, Morir en Berlín recrea de manera vívida y honesta el devenir de los exiliados chilenos que encontraron refugio en la zona oriental de Alemania. Su autor, que conoció esta realidad junto a más de cinco mil asilados, volvió sobre esta experiencia una vez caído el Muro y abiertas las compuertas de la memoria. No fue fácil para él, como para tantos, enfrentarse a las enormes fisuras de un régimen que desde lejos habían admirado.

Don Carlos, que recibe el respetuoso trato de Senador, aunque en Chile el Congreso ya no existe, está a la cabeza de la Oficina, la entidad que dirige los destinos de los exiliados en la RDA y que se relaciona, a la vez, con las autoridades anfitrionas. La proximidad de la muerte de don Carlos coincide con el término del matrimonio de Mario y Lorena. En torno a ellos hay medias verdades, mentiras piadosas, mucha nieve y el fin de una era.

Carlos Cerda volvió del exilio en 1985 y casi una década después sorprendió a críticos y lectores con la publicación de Morir en Berlín, ubicándose de inmediato entre los escritores más valorados de la transición. Para entonces ya era autor de cuentos, teatro, ensayo e incluso de una primera novela: Pan de Pascua (Alemania, 1978). Más tarde, abordaría otros aspectos de la dictadura chilena en Una casa vacía —el horror de la tortura— y Sombras que caminan —la censura y persecución de los artistas—. Completan su obra dos volúmenes de cuentos, Primer tiempo y Escrito con L, y un libro póstumo.

El talento y la fuerza narrativa de Carlos Cerda, así como su generosidad y entusiasmo, tuvieron un prematuro y lamentable final el 19 de octubre de 2001, después de haber resistido tenazmente el cáncer que lo aquejaba. Aún no cumplía 59 años.

Hoy ya habría superado los 80 y sin duda seguiría en plena producción y alentando a sus pares y discípulos. Por el contrario, su nombre ha ido desapareciendo y sus libros ya no se encuentran disponibles.

Con esta nueva edición de Morir en Berlín, entonces, hemos querido hacerle justicia a un narrador excepcional y a los lectores y lectoras actuales, que merecen encontrarse con su obra.

Agradecemos la confianza de Mariana Herrera, viuda de Carlos Cerda, quien desde un principio estuvo de acuerdo con esta publicación y la apoyó con cariño y entusiasmo. También a ella le debemos la obra que, en parte, ilustra la portada y le otorga aún más significado a esta edición.

MARÍA TERESA CÁRDENAS MATURANA

Presidenta Fundación Arbolee

IGNACIO SÁNCHEZ DÍAZ

Rector Pontificia Universidad Católica de Chile

MORIR DE NUEVO EN BERLÍN

Un secreto: Lorena, la protagonista, no se atreve a contarles a sus padres que Mario la ha dejado. Se ha ido a vivir con Eva –Efa—, una alemana. Lorena es actriz, pero interrumpió su profesión para seguir a Mario, chileno desterrado en Berlín Oriental. No es que quiera mentirles para siempre, por supuesto. Sólo posterga el momento. Lo que encubre una esperanza: que Mario vuelva a ella y a sus hijos.

Los padres anuncian viaje a Berlín. Quieren conocer, por fin, a sus nietos. Han pasado doce años sin verse. Pero también ellos ocultan un secreto. El padre ha quebrado en Chile, lo ha perdido todo en un negocio, hasta su casa. Los padres no le han contado a Lorena cuál es su plan.

Se cruzan así dos secretos, que, de un momento a otro, se habrán de descubrir. Este es uno de los hilos de la trama de una novela que captura desde la primera página. Releída hoy, 31 años después de su publicación, me parece todavía mejor que cuando la leí por primera vez.

Los hechos ocurren a mediados de los años ochenta, un mundo sumamente distinto al de hoy y tal vez ya difícil de imaginar. En Chile hay una dictadura militar y toque de queda cada noche. En Berlín hay un muro que divide la ciudad en dos. Todo eso ha desaparecido. Sin embargo, nos trasladamos a ese momento, a ese Berlín que ya no existe. Y aunque ese mundo nos sea ya muy ajeno, lo que encontramos en él nos sacude: seres humanos como los de ayer, de hoy, de siempre que quieren y son queribles. Están atrapados en sus fidelidades e infidelidades de índole matrimonial, familiar y política. La novela desborda su marco histórico concreto y como un foco alumbra el presente. Es una obra impregnada de compasión humana y que va a perdurar.

Siguen haciéndose novelas y películas de la Segunda Guerra Mundial. ¿No se podría hacer a partir de Morir en Berlín una estupenda película? ¿Por qué no habría de interesarnos una historia dramática que ocurre cuando la Guerra Fría está próxima a terminar, cuando el Muro está cerca de ser derribado? De hecho, la novela ganadora del International Booker Prize de este año 2024 —Kairós, de Jenny Erpenbeck— transcurre antes de la caída del Muro. Pero, claro, nada ni siquiera parecido a eso imaginan los protagonistas de la novela sumidos, como están, más bien en sus cuitas de orden privado que en asuntos políticos. De hecho, en las conversaciones de don Carlos con Mario, que son frecuentes, casi sólo se habla de cuestiones personales, a menudo referidas a una solicitud de visa. Lo que, como bien sabe don Carlos, tiene implicancias políticas que los interesados tienden a pasar por alto al plantear la cuestión como algo meramente individual, decisiones que afectan sólo a su vida privada. Para la Oficina no es así. Tampoco para el Ministerio.

El narrador principal es un “nosotros”, el “nosotros” de los exiliados chilenos, del “ghetto”, como dicen irónicamente. Es una suerte de coro griego. Este narrador es uno de los principales aciertos del libro. Ese coro es un sujeto colectivo que oye, percibe y comenta sin tener nunca un papel protagónico. Son los testigos y a ellos uno les cree sin vacilar. Es a partir de su relato que se van delineando los personajes.

A veces, Cerda escribe dos diálogos separados, pero intercalando trozos de uno en otro. Así se trenzan varias conversaciones. El recurso está empleado con gran destreza. Uno no se pierde al leer. Al contrario, suscita curiosidad y permite ahorrar muchas páginas. Por otra parte, el manejo de los tiempos —hacia adelante y hacia atrás— es de una fluidez maravillosa.

Mario es un escritor y enseña en la Universidad de Humboldt. Su amor por Eva lo hace sentir culpa respecto de Lorena. Quizá, de alguna manera, todavía la ama. Eva, es hija del ministro del Interior. Su costumbre es darse un baño de tina, mientras Mario alista la mesa y el esturión y el vodka que vienen del refrigerador del padre. ¿Será que el destino de Lorena pasa por los buenos oficios nada menos que de Eva, su rival?

Porque Lorena de pronto ha conseguido trabajo y pasajes para irse con sus hijos a México. Ahí podrá volver a hacer teatro. La ruptura con Mario parece definitiva. Con una amiga parten de noche a celebrar, van al salón de baile del Hotel Unter den Linden. Lo que ocurre ahí es que asoma “lo indebido”. Y no digo más.

Mario entrando al departamento de Eva, en la Karl Liebnecht Strasse, de repente se acuerda de la maña que tenía la cerradura de la puerta de la casa de sus padres, en la calle Seminario, en Santiago. “No, no. Tienes que retirarla un poquito cuando llegue al fondo, después la subes y listo, ya está”, decía su padre. “Es cuestión de mañita decía el viejo”. Y toda la familia aprendió la mañita.

Me tocó participar en la presentación de esta novela. Fue en el Goethe Institut, el 8 de julio de 1993. Dije entonces algo que volví a sentir al releerla ahora: “Morir en Berlín de Carlos Cerda, toma en mi mente la forma de la cerradura y su maña. Los exiliados chilenos en Berlín, que la novela nos pone delante, viven mirando la cerradura y tratando de aprender su maña. Pero, en verdad, no se trata de una cerradura sino de, a lo menos, tres cerraduras: la de la Cordillera (tapada por una “L” en el pasaporte), la del Muro y la de la propia sociedad del “Primer Estado de Obreros y Campesinos en Suelo Alemán”, que los acoge como huéspedes y los administra a través de la “Oficina”.

A Lorena sólo le faltan las visas para poder irse. Y aquí, claro, hay un problema: obtenerlas requiere la autorización tanto de la Oficina como del gobierno alemán, “una doble legalidad” que a ella le subleva. La Oficina está a cargo del “Encargado de Control y Cuadros” del Partido, don Carlos, un exsenador que estuvo un año en el campo de prisioneros de Chacabuco. En la torre de veinte pisos en la que se le ha asignado un departamento viven personas que tienen “en común no sólo su calidad de ancianos sino la común condición de ser viudos recientes”. En el edificio hay olor a viejos, lo que a don Carlos lo hace pensar en la muerte. De regreso de la “Oficina” se demora en un almacén y huele una y otra vez la fruta, el tabaco. El contraste entre estos olores de la vida y el mortuorio del edificio diría que casi lo olemos con nuestras propias narices.

Hay algo más de 5 000 chilenos exiliados en Alemania Oriental. Don Carlos es reacio a dar su visto bueno a las muchas solicitudes de visas que se presentan. Los chilenos no son simplemente extranjeros, son “huéspedes” y “el huésped no puede tener derechos que no tienen los anfitriones”. No se puede “¡aspirar a derechos que aquí nadie tiene!”, exclama. Ahí está “el Muro” para impedir que los berlineses del lado socialista se escapen al lado occidental. La lealtad es la virtud que más aprecia don Carlos. Trata de inculcar esta máxima: “prefiero equivocarme con la Oficina, antes que tener razón contra la Oficina.”

En el “nosotros” del ghetto predomina la culpa: “éramos pecadores… nos habíamos asilado… Los únicos inocentes estaban allá. Eran los mártires”. El narrador acude a un paradigma de tipo religioso tanto en la visión del futuro soñado, el “hombre nuevo”, como en las figuras que deben ser veneradas y en la estructura interna del poder. “Todos estábamos esperando algo”, dice don Carlos recordando su juventud de militante en una oficina salitrera.“… Siempre había que esperar”. El disidente ha perdido esa esperanza. “Existe el virus de la descomposición”, advierte el ministro, el padre de Eva. ¿No estará, quizá, su propia hija infectada por ese virus burgués que, pese a todo lo que se ha hecho y hace por eliminarlo, se propaga sin cesar?

A Efa, cuenta el narrador coral, “la escuchábamos con cariño, pero también con mucha pena. Sabíamos que al abrazarnos ella creía abrazar el mundo de sus padres. Pero ni Mario ni nosotros pertenecíamos ya a ese mundo”. La generación de los padres de Eva había vivido la Segunda Guerra y construido después una sociedad nueva. Esa épica es la que ella imagina en los revolucionarios chilenos.

Leni, una joven bailarina alemana, se interesa por el pasado de don Carlos y se hace amiga de él. Mario le hace de traductor, pues don Carlos ha aprendido poco alemán. Ella le pregunta y él le habla del desierto del Norte de Chile que es tan grande que de él no se puede salir, o del campo de concentración de Chacabuco. De alguna manera ella está pensando en su propia historia. “Usted”, le confiesa al fin, “es un hombre bueno que ha vivido ya su vida. Usted la vivió, como quiera que fuere. Yo tengo la sensación de no poder vivir la mía”. Profunda decepción de don Carlos.

Para atravesar el Muro a Berlín Occidental hay que salir por la estación de la Friedrichstrasse y entrar por la estación del Zoo. “Algo extraño hermanaba ambas estaciones. Algo sórdido”. La Friedrichstrasse está limpia y ordenada. La del Zoo, abierta y sucia. “Aquí soldados, allá desechos; aquí perros guardianes, allá botellas vacías y jeringas tiradas en los rincones”. Don Carlos observa ese contraste con desazón. Estar en esa estación del lado occidental “reforzaba sus creencias”.

Al salir a la calle, “el Senador se sintió perdido. Lo único que había ante sus ojos era una enorme extensión de nieve unida a un cielo igualmente blanco. Necesitó un momento para distinguir las partes de un espacio conocido: en el centro de lo que creía ser la plaza creyó divisar la fuente, cubierta también por la blancura”.

La nieve es un personaje más de la novela. Para los chilenos tiende a ser algo hostil, triste, incluso desolador. Para Leni y una amiga suya, en cambio, la Alexanderplatz nevada era “blanca como una luna recién caída” mientras “sentían el aire limpio y una fragancia de agua suspendida, intocada”. La novela está llena de imágenes diáfanas e inmediatas como estas.

El Senador autoriza la visita a Berlín Oriental de los padres de Lorena. Incluso se encarga de que alguien los vaya a buscar al aeropuerto de Tegel y los acompañe a cruzar al Este.

Días después, Lorena está encerrada en su dormitorio. Para salir a fumar tiene que pasar por la pieza de los niños, donde ahora están durmiendo sus padres. Entonces “abrió la ventana a pesar del frío y se quedó mirando la multiplicación de edificios que no terminaban, ahora todos con las ventanas oscuras: un desierto de cemento, la prefiguración del cementerio, el anticipo del final. La nieve que caía era también parte de ese indeseado anticipo. Pensó que, si no se oía un solo ruido, eso tenía que ver con la muerte… O con Mario, metido en otro nicho, tal vez menos silencioso, tomando un trago con Eva antes de ir a la cama”. La impresión de estar apresada no se alivia al abrir la ventana. El silencio de la nieve y esas moles de concreto la hacen pensar en el cementerio, en don Carlos y en Mario. Se siente ternura en las escenas donde está Lorena. Hay afecto por todos los personajes en la novela.

Dice el narrador: vivíamos “lejos del retorno que soñábamos y nunca lo suficientemente cerca del mundo que pretendía acogernos”. La herida abierta de los desterrados.

Morir en Berlín es una breve novela inmensa. Una de las mejores que se han escrito en Chile. Su reedición por Arbolee-UC es una gran noticia.

A menudo se afirma que un escritor como Carlos Cerda a través de sus novelas y cuentos ha contado su vida. Sí y no. En verdad, lo que hace en esta ficción es recortar, parchar y transfigurar su propia vida para contar la nuestra. En eso consiste la generosidad del escritor. Y Cerda lo hizo, lo logró: pudo construir, como pide Hamlet, un espejo en el que buscar nuestro rostro. Y aquí está.

ARTURO FONTAINE

Julio, 2024

MORIREN BERLÍN

Para Mariana

La ciudad a la que se celebra enestas páginas hace muchotiempo dejó de existir; y losacontecimientos que se relatanresultarían ahora inconcebibles.

PAUL BOWLES, Déjala que caiga.

CAPÍTULO PRIMERO

PENSÁNDOLO AHORA A LA DISTANCIA, parece que todo empezó a verse más claro, a ser distinto y a dolernos de otra manera, el día que supimos que don Carlos se iba a morir. Sin embargo, aunque el Senador ya se acercaba a los setenta y todos sabíamos de sus achaques, ninguno de nosotros se imaginó ese día el motivo de la Zettel que deslizó bajo la puerta del departamento de Mario, escrita con la caligrafía pretenciosa que le conocíamos y en la cual lo invitaba a visitarlo esa tarde “después de que pase por el caujale”.

El caujale…

Don Carlos vive en el edificio de la Volkradstrasse que está a la vuelta del Kaufhalle. Todas las tardes —y en los meses de invierno ya entrada la noche— al regresar de la Oficina don Carlos pasa por el supermercado. Nos cuenta que ahí, en el caujale, se distrae mirando diarios y etiquetas que no puede leer, botellas de licor y habanos que le prohíben probar. Compra un pote de Schmelzkäse —un queso suave que le enseñamos a reconocer por el color plateado del envoltorio—, algo de pan especial que no le produce acidez y una botella de vino Stierblut, por la que se decidió luego de escuchar que Neruda había escrito un poema para canonizar ese vino.

Con la modesta merienda que le impone la gastritis llega a su departamento a eso de las siete. Por lo general no recibe visitas ni habla con nadie hasta el día siguiente, pero a veces —aunque esto de manera excepcional— nos cita en su cuarto para discutir allí asuntos que correspondería más bien tratar en la Oficina. La naturaleza de estos asuntos es bastante variada, pues abarca la amplia gama de demandas insatisfechas y deseos prohibidos que configuran el caleidoscopio de nuestras penurias. En la Oficina se ha determinado que, si bien estas solicitudes deben ser resueltas por el Secretariado, se requiere para su discusión del informe favorable del Encargado de Control y Cuadros, cargo que ocupa el Senador desde los comienzos del ghetto, porque tanto los anfitriones como los allegados son reacios a introducir mudanza en la costumbre. La índole privada y muchas veces conflictiva de la mayoría de estos asuntos aconseja que no sean discutidos en la Oficina, lugar que después de las horas de trabajo es visitado por los residentes que no pertenecen al núcleo de su estructura. Tal vez sea esta la razón por la cual recibimos estas notas de don Carlos en que nos pide pasar por su casa “si es que van a andar por el caujale”, con lo que evita, además, darle al asunto el carácter de una citación perentoria. Estas sesiones extraordinarias que el Senador dedica en su departamento a los asuntos de la comisión reducen en algo sus largas veladas solitarias, las que diariamente se inician tan pronto abandona la Oficina.

Don Carlos enviudó allá en Chile y cuando recién había cumplido los cincuenta. Es larga su costumbre de hablar amistosamente con su sombra, acortando las noches mientras toma algunas copas asustado, sintiendo ahora que su otra compañía, tan permanente pero menos silenciosa que su sombra, es la dolorosa sonajera de sus tripas.

Hay muchas maneras de organizar la soledad de la gente, pero ya estamos convencidos de que aquí se han inventado las más patéticas. La estupidez con capacidad resolutiva puede acercar bastante el infierno a la tierra. Don Carlos fue trasladado por el Rat des Bezirkes —el Consejo Municipal— a un departamento de un ambiente, con baño pequeño y una cocina también diminuta, en un edificio en el cual todos los departamentos eran de un ambiente, todos fueron entregados a personas mayores de setenta y cinco años… y todas estas personas mayores que fueron llevadas a las ciento sesenta viviendas del edificio —ocho departamentos en cada uno de los veinte pisos— tenían en común no sólo su calidad de ancianos sino la común condición de ser viudos recientes. Todos habían perdido a sus parejas en el lapso de los últimos seis meses.

La nave de los viudos naufraga junto a un arroyo que transcurre indiferente a espaldas del edificio. El sol de la tarde alienta las flores que las viudas riegan en sus mínimas terrazas, mirando pasar las aguas contaminadas y el resplandor que va desapareciendo tras la multitud de bloques recién construidos. Por las tardes, siempre a eso de las siete, don Carlos aborda el ascensor rodeado de ancianos, algunos simpáticos y conversadores, otros reconcentrados quién sabe en qué, casi todos acompañados por sus perros, esa última compañía que don Carlos, a pesar de sus años, puede desdeñar.

A la hora en que el Senador regresa al departamento, la presencia de los perros se le hace intolerable. Al llegar al primer piso una verdadera jauría, que se anuncia desde el interior con sus ladridos, abandona el ascensor como si fuera una estampida, perseguidos por los gritos agudos de los ancianos. Los perros que recién van a disfrutar el paseo de la tarde se confunden con los muchos que a esa hora vuelven de la calle. Con ellos y con sus vecinos sube don Carlos al ascensor, esquivando coletazos ansiosos y lengüeteos que siempre están a punto de alcanzarlo. Fue haciéndose hábil en el arte de eludir estas efusiones, pero nunca logró evitar las penurias del olfato. Detesta el olor de la perrada a un grado tal que su presencia le produce náuseas. El único olor que le causa trastornos semejantes es el olor de los viejos, que don Carlos identificó siempre con el olor de la muerte. Así es que en las tardes, al volver de la Oficina, prefiere postergar en el supermercado, olfateando las cajas de tabaco o las frutas, el encuentro inevitable con la fetidez de los perros y de la muerte.

Aunque esa tarde Mario no pasó por el Kaufhalle, igual estuvo a las ocho en punto en el departamento de don Carlos, convencido de que la causa de la cita era su decisión de separarse de Lorena. De abandonar a la pobre y a esos ángeles, según el decir de las viejas en los corrillos del ghetto.

Y la sensación desagradable que se le instaló en la boca reseca desde que leyó la citación esa mañana, tenía que ver con la determinación dolorosa de la ruptura, pero también —según nos contó Mario después— con algo que no se atrevía a reconocer, pues si lo hacía, al dolor de la separación se sumaba un sentimiento indefinible, algo que se parecía mucho a la rabia pero también a la vergüenza, un bochorno que unía en la misma excitación la rebeldía y el sometimiento: la Zettel anticipaba —aun cuando no se dijera en ella nada de eso— una seria amonestación no tanto por haberse separado de su mujer, sino mucho más por su determinación de hacerlo (más aún, por el hecho de haber abandonado ya su casa) sin escuchar antes “la opiniónde la Oficina”.

Supuso entonces que la cita con el Senador caería en una serie de preguntas no muy directas y respuestas más oblicuas todavía “en torno a la cuestión principal”. Y esta cuestión principal nada tenía que ver con los sentimientos de Mario, ni con la amargura que ahogaba las noches insomnes de Lorena, ni con las penurias de los niños, sino con algo ajeno a todos ellos y situado en lo alto. Algo muy importante que no se dejaba contaminar por el dolor ni la compasión; algo que parecía estar por sobre todos ellos como una divinidad indiferente que ignoraría siempre sus efectivos problemas: “la cuestión intransable de la lealtad”. Pero la cuestión de la lealtad tampoco tenía que ver con su fidelidad a Lorena, al matrimonio de tantos años, a los hijos de aquel matrimonio. “La cuestión de la lealtad” estaba, ante todo, vinculada con la “manifestación de un quiebre en la fidelidad a la Institución” y tanto para hacer un homenaje como para dar por terminado un debate, se expresaba así: Prefiero equivocarme con la Oficina, antes que tener razón contra la Oficina.

Sí. Seguro que escucharía de nuevo la frasecita. Y mientras estacionaba el Trabant frente al edificio de diminutos balcones, Mario pensó que lo más deseable sería no reprimir esta vez la carcajada que acompañaba siempre la mención de esa frase en las tertulias del ghetto. Sí, claro. Reírse abiertamente era mejor que fingir esa expresión de recogimiento que adoptábamos al escucharla en la Oficina.

Para Mario el problema era ahora, sin embargo, mucho más complicado. Mal que mal, los sermones del viejo habían llegado a formar parte del chispeante anecdotario del exilio. A lo largo de tantos años prácticamente todos habíamos pasado por el famoso cuartito azul —apodo que tuvo su origen en otro lugar y en otro tiempo, ambos lejanos— y era cosa de ver al Senador paseando por la Alexanderplatz un sábado por la mañana, para que se nos vinieran de golpe a la cabeza varias frases tan geniales como esa y que don Carlos repetía con profunda convicción en las privadísimas reuniones de la Oficina. Pero el problema ahora no era la opinión de la Oficina sobre el divorcio de Mario, sino una autorización aún más delicada, si se tiene en cuenta que en este caso la Oficina sólo puede aprobar la solicitud del residente si cuenta con el consentimiento del Ministerio del Interior.

No se quiere sugerir aquí algún tipo de intromisión del Ministerio del Interior del Primer Estado Obrero y Campesino en Suelo Alemán en las privadísimas tribulaciones de Mario, algo semejante a una autorización de este Ministerio para que Mario pudiera separarse de su mujer. Claro que no. Se trataba ahora del consentimiento del Ministerio en una materia enormemente más delicada, de la cual siempre en la Oficina se hablaba en sordina, a puertas cerradas, con una suerte de recogimiento aún mayor que el provocado por “la cuestión principal”. Se trataba —¡ni más ni menos!— de la cuestión de las visas.

Quien no haya vivido en ese mundo puede pensar que la obtención de una visa no pasa de ser un trámite burocrático menor, en nada comparable a un juicio de divorcio. Allí, entonces, tampoco se estimaba que fueran asuntos de importancia semejante. De hecho, cientos de miles de súbditos del Primer Estado Obrero y Campesino en Suelo Alemán anulaban sus matrimonios cada año, en tanto que eran poquísimos los que podían visitar a un familiar al otro lado del muro.

Tal vez por esta razón, Mario tenía la recóndita esperanza de que el asunto de su separación se resolviera favorablemente —luego, claro está, de un rotundo y explícito acatamiento de la cuestión principal— y la más absoluta certeza de que la petición de las visas daría lugar a escenas muy desagradables, y para ser más exactos, doblemente desagradables: sería penoso plantearle la solicitud al Senador, dentro de un par de minutos, y más triste todavía comunicarle esa misma noche a Lorena el rechazo perfectamente previsible de don Carlos.

En el ascensor, rodeado de la fetidez de los perros y de las sonrisas tartamudas de los ancianos, Mario piensa que no hay derecho a tener al viejo viviendo ahí, tan lejos del ghetto, de esos otros ascensores siempre llenos de giros conocidos y palabras familiares. Piensa que este invierno será aún más duro para don Carlos pasar sus noches solo, ausente de las sobremesas de Elli-Voigt-Strasse, esas con pan amasado y chancho en piedra para acompañar el Stierblut y la conversa que se va enrollando en el tema repetido hasta formar ese carrete inmenso, al que se han ido sumando las voces nuevas de los que llegaron sin palabras. El viejo, mal que mal, era una eminencia en nuestras veladas. Se le sentaba siempre a la cabecera mientras las dueñas de casa salían disimuladamente a la cocina y en un dos por tres le preparaban sus dietas con algo de largona, un poco más de sal esta vez o una cucharadita de pebre disimulada en la gordura del caldito de ave. Los cuarentones, que habíamos escuchado muchas veces las historias del Senador, le hacíamos preguntas como si hubiésemos olvidado algún detalle, dando pie a una reiteración que para los más jóvenes sería la primera vez, el primer contacto con esas imágenes de la pampa que don Carlos recorrió con Neruda en la campaña electoral del 46 y entonces los ojos de los niños se llenaban de trenes antiguos e interminables extensiones de salitre, un país tan raro este que sus padres habían perdido, tener que imaginarse desiertos y cordilleras, y ciudades que jamás habían sentido el beso nupcial de la nieve.

A esa altura en nuestro pequeño mundo todos éramos testigos de la pérdida de ciertos privilegios y de la decadencia de algunas dignidades. El traslado de don Carlos desde Elli Voigt —buyente corazón del ghetto; once bloques en los que se concentró a gran parte de los residentes— a la crepuscular Volkradstrasse, fue el signo más agudo de una serie de cambios que nos desconcertaron no sólo por lo sorpresivos, sino también por la extraordinaria celeridad con que fueron puestos en práctica. De pronto las familias de los dirigentes fueron ubicadas en departamentos más pequeños, en barrios de los suburbios que se iban terminando de construir y ya no en las amplias avenidas de verdes bandejones y edificios de solemnidad pesada, tan característicos de las primeras etapas de la reconstrucción. La casa señorial que el Partido ocupaba en Heinrich-Mann-Strasse, rodeada de tranquilos jardines y residencias de embajadas, se transformó en la Oficina como consecuencia de su traslado a uno de los departamentos de la misma Elli Voigt. Finalmente, todos los solteros, separados o viudos fueron instalados en departamentos de un ambiente. Todos pensamos que con don Carlos se haría una excepción y que el anciano Senador, que ya había sido condecorado una veintena de veces por instituciones sindicales y solidarias, pasaría sus últimos años rodeado de esa calidez especial que es tan común en las comunidades separadas, y que —así lo sentimos nosotros al menos— era la principal característica de Elli Voigt. Sin embargo, dado que allí no había viviendas para personas solas, fue trasladado sin más a un edificio para viudos. Aunque esta fue una de las mudanzas más lamentadas en medio de la serie de cambios y caídas que asolaron a nuestra reducida comunidad a comienzos de los ochenta, ninguno de nosotros se atrevió a discutir la coherencia de la medida. Don Carlos pertenecía tanto al universo de los chilenos como al de los viudos. El propio Senador —recuerda ahora Mario— no hizo nada para impedir el cambio, no sólo porque jamás discutió una decisión de los “dueños de casa”, como solía decir, sino porque a esa altura, bastante cansado y ya enfermo, aceptó la mudanza como el inicio natural de una etapa en que serían deseables noches más largas y más tranquilas.

El departamento de don Carlos está al final del pasillo. Hay una larga fila de puertas a través de las cuales Mario va escuchando los sonidos que acompañan a la soledad: la ópera; un partido de fútbol; algunas toses; el silencio; la voz de una anciana conversando con su perro; otras pálidas réplicas de la vida a través del escuálido muro y de las puertas. Del departamento vecino al Senador no sale sonido alguno, pero Mario advierte que en la puerta hay una nota clavada con un alfiler.

El techo del corredor es más bajo que el de los departamentos y su color blanco ha decaído en un ocre sucio, más oscuro aún en los rincones. Las paredes, en cambio, han sido recién pintadas. No hay manchas sobre su tono esmeralda diluido y se siente aún el olor de la pintura.

A medida que se acerca al final del pasillo, Mario trata de aplacar el ruido de sus pisadas. Ya está ante la puerta blanca, amarillenta como el techo, a punto de llamar. ¿Tiene algún sentido una discusión sobre las visas? ¿Con qué cara pedirlas si sólo faltan unas horas para la llegada de sus suegros? ¿Qué ha resuelto la Oficina sobre su divorcio? Una cosa está clara: no te dejes llevar por la urgencia y procura obtener lo principal. Porque si la Oficina rechaza el divorcio, ¿cómo conseguir un departamento? Ninguna solicitud será considerada por el Consejo Municipal sin el debido respaldo de la Oficina. Recordó la hoja pegada en la pared, detrás del escritorio del viejo, inapelable como el tiempo, como el color amarillento en que fueron cayendo todos los anuncios de la Oficina, como el color de la puerta que ahora Mario tiene frente a sus narices. Estuvo a punto de desandar lo andado y pensó que lo mejor sería ir donde Lorena y decirle derechamente que era ella quien debía encargarse de las visas, al fin y al cabo eran sus padres y él ya tenía bastante con la separación, asunto que caía íntegramente sobre sus hombros, pues Lorena no daría un solo paso para acelerar un trámite que no deseaba. Sin embargo, no se movió de la puerta; es más, acercó la cabeza hasta tocar la fría madera con su oreja también helada y escuchó: Apenas se percibía el traqueteo lento del viejo y el roce de sus pantuflas sobre el piso, un ruido sordo y cansado que a Mario le pareció el retrato acústico del Senador. Hacía tiempo que don Carlos había iniciado su despedida. Su presencia se fue encogiendo y su antigua corpulencia se transformó en algo leve, extrañamente parecido a la transparencia. Sentíamos que le era menos necesario ocupar un espacio. Y sin embargo, de esa presencia ya tan adentro de la muerte seguían dependiendo nuestras vidas.

Finalmente Mario tocó el timbre, resignado a lo que viniera. Tuvo en cuenta que a diferencia de la visita anterior, cuando por propia iniciativa acudió a don Carlos para plantearle su problema, ahora estaba allí porque había recibido una citación, y toda citación era perentoria, aun cuando en el papel que don Carlos deslizó esa mañana bajo la puerta de su departamento dijera “pase a verme hoy si va por el caujale”.

—¿Ya hizo sus compras, compañero?

Lo saludó con una sonrisa amistosa y Mario sintió cierta ansiedad en el apretón de manos.

Los que habíamos estado alguna vez en el departamento del Senador lamentábamos la irremediable soledad del viejo, pero de alguna manera también nos seducía esa total libertad que parecen disfrutar los que viven solos. En su pieza uno tenía la impresión de estar en el cuarto de un hotel, lo justo en el lugar preciso, las cosas allí como de paso, ninguna amarra, nada que hablara de alguna permanencia.

—¿Algo caliente? ¿Un tecito?

—No se moleste, don Carlos.

—¿O mejor un vinito?

—Bueno, un vinito.

Don Carlos pasó del espacio estrecho de su pieza al otro más estrecho de la cocina. Mario observó entonces dos enormes paquetes sobre el escritorio, prolijamente envueltos en papel de regalo. Le pareció extraño que en ese lugar, donde todo era más bien tristón y viejo, hubiera ese alarde alegre de los paquetes, con su despilfarro de cintas que parecían serpentinas. Entonces fue cuando se sintió cazado en una trampa, entrando a escena en un momento en que no correspondía.

¿Por eso el viejo le pidió que viniera? Era una invitación, entonces. Una fiesta. Y él era el primero en llegar y con las manos vacías. ¡Claro! ¡El cumpleaños del viejo! También el año pasado estuvo allí en esa fecha y recuerda la nevazón. Les costó sacar el Trabant hundido en la nieve, hubo que dejar a Lorena al volante y varios empujaron, convirtiendo esa algarabía callejera en el último jolgorio de la noche.

—Un té o un vino tinto, algo hay que tomar con este tiempo de miéchica. Hay que ayudarle al cuerpo, ¿no le parece? Siéntese, compañero. Póngase cómodo.

Pero la alegría se acabó apenas partieron. Dejaron al pequeño grupo de amigos, apretujados bajo la ventisca, dando la pitada final al último pucho de la fiesta. En el regreso a casa no hablaron. Hacía ya varios días que casi no se hablaban. Sí, varios días, porque recuerda ahora que después de esa fiesta, luego de dejar a Lorena en el departamento, fue a casa de Eva. Un mes antes Mario había pasado la primera noche en casa de Eva y algunas semanas después Lorena sabía todo lo que bastaba saber. Por eso no hablaron tampoco esa noche, de regreso a casa. Y es como si estuviera viendo en este momento el perfil de Lorena, ese derrumbe y al mismo tiempo esa dolida dignidad, la vista clavada en el parabrisas, en la nieve que revoloteaba iluminada por los focos, tan silenciosa, tan penosamente vulnerable como Lorena, tan a punto de dejar de ser y sin embargo cubriéndolo todo. ¡Ya había pasado un año! ¡Otro año!

—¿No se va a sentar? Póngase cómodo.

Póngase cómodo. Era una fiesta entonces y ya empezarían a llegar los otros. Seguro que también Lorena estaba invitada. Pensó que ya no tenía sentido dar una excusa.

—Bueno, usted dirá, don Carlos.

—¿Está muy apurado?

El viejo se llevó a los labios el primer sorbo de vino.

—No, no. Cómo se le ocurre.

Claro. Él era el primero, el olvidadizo, el gran volado, el irresponsable sin remedio. Seguro que uno de esos regalos era el del Partido Socialista Unificado Alemán. El enorme, traído muy temprano por los chicos del Ministerio. El otro sería el de la Oficina. Y ahora seguirían sumándose nuevos gestos de simpatía con el viejo, en paquetes más pequeños, pero gestos sinceros, al fin y al cabo. ¡Todos menos él! El huevón de siempre. El que llamaba al viejo todas las tardes para pedirle que apurara su asunto. El que había llegado ahí esa mismísima noche ¿a qué? ¿A saludar al viejo en el que podía ser su último cumpleaños? No, claro que no. El irresponsable venía a pedir un favor… ¡Otro favor!

Don Carlos se quedó junto al ventanal, mirando caer la nieve sobre el balcón.

—Quería hablar con usted una cuestión personal— dijo.

Por supuesto. Por eso lo organizó todo para que fuera el primero en llegar. Mario sintió que se le secaba la garganta y tomó un trago de vino. Sintió que estaba justo en el instante anterior al hundimiento de todo. Las manos vacías, los dos regalos sonriendo por la ancha boca de sus cintas y don Carlos, sin mirarlo, diciendo en tono grave, demasiado grave, que quería hablarle de una cuestión personal.

—Sí, claro. —Mario dejó el vaso sobre la mesa y encendió un cigarrillo—. ¿Hay alguna novedad?

—Hoy hablé con el médico —dijo don Carlos, desentendiéndose de la ventana.

¿Con el médico? Lo llamó por eso, entonces.

—¿Qué le dijo el médico?

—Que habría que operar.

—¿Cómo que habría? ¿Lo tienen que operar?

—Me dijeron que ya tenían el resultado de la biopsia.

—¿Es un tumor?

El viejo vaciló. La pregunta cortaba una débil amarra con su última esperanza. Hizo girar la copa sobre la mesa y Mario vio que tenía la vista fija en la puerta. Seguro que miraba los rasguños en la madera, las infinitas rayas y surcos en la pintura que el perro de otro amo había dejado allí como la huella de otra angustia.

—Es apenas una manchita. Le juro que no es más grande que una aceituna.

El viejo se aferró un instante a la posibilidad del autoengaño, pero luego volvió a clavar su mirada en la puerta y permaneció en silencio. Tal vez ahora está viendo de otra manera esos rasguños, pensó Mario; está sintiendo el aullido, está arañando otra puerta, sabiendo que ya no podrá salir.

—¿Y qué le dijeron de la biopsia, don Carlos?

—Lo que le conté, que tengo que operarme. Y quiero saber su opinión.

Mario apagó concienzudamente el cigarrillo mientras pensaba una respuesta. Intuyó de inmediato que don Carlos no quería un consejo médico, ni mucho menos saber la verdad. Quería un apoyo, una mentira creíble, quería seguir viviendo.

El silencio de Mario duraba hasta doler.

—¿Quién tiene los exámenes?

—Su médico, el doctor Wagemann. Por eso lo llamé.

—Bueno, mañana hablaré con él.

—En cuanto a lo suyo —dijo entonces don Carlos—, en cuanto a eso puedo asegurarle que he hecho todo lo posible. Les informé que usted ya ha tomado una determinación. Supongo que es seria y que ha tenido en cuenta todo lo que una separación conlleva, sobre todo si la compañera sigue en el Partido. Yo creo que en este mes habrá una resolución. Antes que termine el año, como le había dicho —y llevándose el vaso a los labios, agregó tratando de hablar desaprensivamente de su enfermedad—: Supongo que a esa altura ya me habrán operado.

—Perdón, don Carlos, pero eso significa entonces que usted lo informó… (Quiso decir “favorablemente”. No se atrevió y dijo “personalmente”) ¿Usted lo informó personalmente?

—Yo entregué los antecedentes, compañero. Eso lo discute y resuelve el Secretariado.

—Sí, pero usted es parte del Secretariado, don Carlos.

—Parte no más, Mario. Tenga paciencia.

Paciencia. Había pasado años acumulando paciencia. No quiere decirme cómo informó mi caso. Si su informe hubiese sido favorable, ¿qué razón tiene para ocultármelo, sobre todo ahora, que está ya muerto de susto? Lo más seguro es que haya solicitado… No. No había nada seguro, se dijo Mario. Es imposible saber quién está decidiendo tu vida. Siempre el Secretariado, la Oficina, la Comisión de Control… Nunca alguien con nombre de persona, nunca algún compañero del ghetto