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Cuando su actriz favorita desaparece misteriosamente durante un rodaje, Manuela tomará una decisión que cambiará su vida para siempre. Decidida a descubrir qué le ocurrió en realidad a Nora Grau, no dudará en dejar atrás su hogar, donde se ha sentido, desde hace muchos años, un cero a la izquierda por su marido y su hija. En la capital arrastrará a sus amigas hacia una vertiginosa investigación, en la que nada es lo que parece. ¿Saldrán indemnes de una aventura en la que, a medida que avanza, todo se vuelve más peligroso? ¿Querrán llegar hasta el final, porque, cansadas de una vida desdichada, están encontrando un nuevo lugar en el mundo, aun con el riesgo pisándoles los talones? En esta parodia del cine negro, se funden en un relato cargado de temas vitales, lo absurdo, la comedia y el drama. Narrada a dos voces, presente y pasado se irán acercando, poco a poco, hasta encontrarse en un final inesperado.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Mucha mierda
Manuela
Paloma Ruiz Román
Primera edición: julio de 2023© Copyright de la obra: Paloma Ruiz Román© Copyright de la edición: Angels Fortune EditionsCódigo ISBN: 978-84-126725-2-7Código ISBN digital: 978-84-126725-3-4Depósito legal: B 4510-2023Corrección: Irene Fernández Romacho, Víctor J. Sanz, Ajo Pérez Maquetación: Cristina LamataDiseño de portada: Ana DouekEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez©Angels Fortune Editionswww.angelsfortuneditions.com. www.angelsfortune.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
Agradecimientos
Siempre hay mucho que agradecer. En el caso de la creación de una historia, además, es prácticamente imposible que ésta haya nacido tan sólo por la actuación de una persona. Existen muchas maneras de formar parte de ella. Espero no dejarme ninguna.
Gracias a Marcos Prados, Lorenzo Casellas López, Andrea González, Raquel Carrasco, Malena González y, en especial, a mi hermana, Lucía Ruiz Román, por aportar vuestras opiniones y sugerencias respecto a la trama.
Durante la labor de documentación de aspectos técnicos específicos, he tenido la suerte de contar con: Luis Angulo Tusset, experimentado senderista de la sierra de Madrid, para que las escenas que suceden allí transcurrieran con veracidad; mi tía, Concha Ruiz, anestesista, para que Nora Grao pudiera tomar decisiones vitales basadas en la evidencia, y mi amigo, Mariano Sánchez, con el que la continuidad temporal de la tecnología de la época en la que se enmarca la novela ha quedado impecable.
Gracias a sus correctores, Irene Fernández Romacho, Víctor J. Sanz y Ajo Pérez. No es muy común que una novela pase por tres correctores. Pero esta historia comenzó a fraguarse hace diez años, y sus personajes, a medida que el tiempo pasaba, fueron pidiendo cambios acordes a su evolución. Y es que, al igual que sucede en la vida, con el paso de los años habían madurado; sus anhelos y objetivos mutaron y reclamaban otros destinos. De este modo, no me quedó otra que, en distintas ocasiones, parar y escuchar lo que me decían.
El diseño de la portada corre a cargo de Ana Douek. Durante el proceso de su creación ha destilado gusto estético, profesionalidad y un delicioso talento para leer entre líneas. Gracias, Ana.
Gracias a Isabel Montes, editora de este libro, por involucrarse en el proyecto desde el principio con cada fibra de su ser. Los detalles, aquellos que marcan la diferencia, llevados de su mano, son los que han conseguido que todo quedara redondo. Isabel brilla, por ser la editora que cualquier escritor quisiera tener.
Gracias a Teresa Prieto, Sara Carvajal Querol y David Sánchez Lanz, por su implicación apasionada en el marketing promocional del libro. Gracias a ellos, este libro no es sólo un libro.
Gracias a David Moreno Caballero, Lucía Ruiz Román, Olivia Pérez, Manuela López, Malena González, Raquel Carrasco y Jose Miguel Gómez Acosta, por su ayuda en el cierre de las últimas consideraciones del libro, como son la sinopsis y la portada. Sus opiniones han sido fundamentales en la elección de ambos elementos. Además, y de manera particular, quiero agradecérselo a Jose A. Cillero, realizador audiovisual, que me ha acompañado durante esta fase final, como siempre, en perfecto tándem. Darle las gracias también por hacer las fotografías de promoción, desde una mirada que, ya en sí misma, infunde belleza.
Las convenciones del género, es decir, aquellos signos característicos de cada género narrativo, ya sea literario o cinematográfico, a los que el autor o guionista debe ceñirse para satisfacer a un tipo de lector o espectador, han sido siempre un marco para la elaboración de artefactos creativos capaces de saltarse precisamente dichas normas o convenciones de las que parten. Así, las reglas y el imaginario, más o menos aceptados, del género de suspense presentan una larga serie de lugares comunes con los que reconocer dicho territorio narrativo. El género negro clásico, que debe tanto a un puñado de excepcionales autores literarios como a su traslación cinematográfica a mediados del siglo pasado, ha ido evolucionando hasta nuestros días de muy distintas formas. Quizá la apuesta más arriesgada de Mucha mierda, Manuela, de Paloma Ruiz Román, sea precisamente trasgredir las convenciones más clásicamente aceptadas del género mediante el humor, el esperpento, el absurdo.
Construida como un engranaje de piezas bien engrasadas, la estructura narrativa de Mucha mierda, Manuela, tiene algo de cinematográfico. Primero, por su elaborada presentación de escenas, situaciones y personajes, llenos de una riqueza descriptiva nunca gratuita en la que cada detalle juega un papel fundamental en la trama. Después, por la agilidad de su texto, centrado fundamentalmente en una serie de acciones concatenadas que avanzan sin descanso hacia el clímax narrativo y su resolución. Y por último, por la incesante catarata de referencias a la historia del cine, no sólo literales, con títulos concretos que se incorporan con soltura al argumento, sino también generales, con la aparición de «planos», «secuencias»y «encuadres»ampliamente reconocibles por el espectador medio. La novela de Ruiz Román, en este sentido, bebe directamente de la literatura del cine, es decir, del guion.
Uno de los grandes aciertos de la autora es la rotunda confección de los personajes, tanto las dos protagonistas, siempre enfrentadas en espejo en capítulos alternos, como el elenco impagable de secundarios, delimitados en su personalidad específica más allá de su repercusión final en la obra. Al concluir la lectura del libro, no es difícil poder elegir un secundario favorito, como si de uno de esos secundarios de lujo que dan lustre a cualquier película de suspense se tratase. Al mismo tiempo, Manuela y Nora, por su parte, despliegan un particular juego de simetrías incompletas, de carencias y superposiciones, que permiten la construcción psicológica de todos los demás personajes.
Frente a la definición de situaciones y escenas propias del género de suspense, la autora opta por dotar a su novela de un lenguaje completamente actual que va de la mano de una escenografía costumbrista y una ternura inédita en dicho género a la hora de trazar los personajes y su deriva. También de una serie de elementos sociales entre los que aparece, con destacada claridad, la situación de la mujer en un mundo dominado por hombres, y su capacidad para traspasar los límites y la opresión (aguda o crónica) de nuestros días. Así, el espejo de la femme fatale del cine clásico se mira en una mujer aparentemente anodina, fijada en el contexto carente de épica de un pequeño pueblo y una vida sin brillo. La contraposición entre ambas pone de manifiesto las debilidades evidentes de la primera y las fortalezas latentes de la segunda.
¿Qué queda, pues, del género negro después de todas estas transformaciones, propuestas y aderezos? Quizá una sátira donde el humor y el valor de la anécdota ingeniosa se aplican para ridiculizar ciertos defectos sociales e individuales, al tiempo que se pierde el rígido respeto por el propio género del que se parte. También un juego, un texto lúdico en el que la variedad de temas y tonos, así como la velocidad de su desarrollo dibujan una parodia, una incipiente imitación burlesca.
Después de su lectura, quedan los personajes. De una inesperada cercanía. Queda el sueño personal de cada uno y el proceso incansable para conquistarlo.
José Miguel Gómez Acosta
Enero de 1999
Un incómodo silencio se había adueñado de todo el espacio. Era más de media noche y ella aún no había aparecido; la expectación, por minutos, crecía y crecía. Fue justo antes de que alguno de los presentes perdiera por completo los nervios cuando el eco sordo de un tacón, que penetró desde lo más alto de la escalinata, avisó de que el momento esperado por fin había llegado. Decenas de miradas, aliviadas, se alzaron en su busca, y no hubo quien se librase de una íntima agitación cardiaca.
Al principio vislumbraron su estilizada figura solo en sombra, pero unos segundos más tarde se dejó ver en carne y hueso. Por instinto, algunas bocas se abrieron, como queriendo absorber su esencia.
Estaba arrebatadora. Llevaba un vestido largo plateado que marcaba sus curvas, tacones de aguja y los labios color rojo borgoña. De una forma casi imperceptible, meneó con suavidad la cabeza para apartar un mechón de delante de los ojos, que destellaban enigmáticos. Y, tras esta señal de aviso de salida con la que acostumbraba a empezar cada función, inició el descenso de escalones hacia la planta inferior, lenta y ladeada, al compás de pronunciados golpes de cadera.
En ese instante, de fondo, comenzaron a sonar las primeras notas de la canción My love, y cada uno de los hombres que había asistido a la fiesta semanal del hotel Mecenas albergó un único y común deseo: pasar la noche agazapado en su cuerpo.
En el último escalón, al tiempo que abría el abanico desde cuarto creciente, alzó sus brazos lanzando un mensaje de bienvenida y los aplausos la colmaron de satisfacción.
—¡Mierda, mierda y mierda! —gritó Manuela, exasperada, de vuelta a la realidad en el salón de su casa.
Llevaba alrededor de dos años efectuando el mismo ritual: programaba el despertador muy temprano para tener un buen margen antes de que su familia se levantara; después, ya fuera de la cama y aseada, proyectaba en el televisor la famosa escena de la película Un hotel para enamorarse y, siguiendo con atención fotograma tras fotograma, intentaba copiar los andares de la protagonista. Pero no había manera. Por mucho que se fijara en cómo la actriz lo hacía en pantalla, la magia con la que bajaba aquella escalinata, dejando a todos atónitos, se le resistía.
Con un hondo y conocido suspiro de derrota, Manuela fue a por el mando a distancia y pulsó la tecla roja: Nora Grao desapareció de su vista. Enseguida pasó a ajustarse la bata; el tiempo apremiaba, ya que en breve su familia reclamaría el desayuno.
Al igual que cada mañana, la canción, a las siete en punto, se había extendido por toda la casa, proclamando la llegada de un nuevo día tanto a su marido como a su hija, que todavía permanecían acostados. La melodía hizo su entrada primero en la habitación del matrimonio, y provocó que Salvador, que adolecía de sueño ligero, se incorporara de la cama como siempre de sopetón, sin saber muy bien dónde se encontraba. Instantes más tarde llegó hasta la habitación del fondo, en la que Sonia, con la almohada sobre la cabeza, maldecía, entre bufidos y lamentos, que hubiera irrumpido en su dulce sueño. Desde hacía mucho tiempo, ninguno de los dos se molestaba ya en programar el despertador la noche de antes, puesto que contaban con la poco amada My love como sustituta infalible.
Pero no se trataba solo de una canción. No. La actriz y todo lo que tenía que ver con ella se habían convertido en una constante en sus vidas. Cuando Manuela no ponía a todo volumen alguna de sus películas o las respectivas bandas sonoras, rememoraba en voz alta las entrevistas de las que la actriz había sido partícipe; si no, se sumergía en la lectura de la multitud de revistas en las que aparecía la aclamada Nora Grao para obtener datos novedosos que contar después sobre ella.
Aquel lunes no era una excepción, y, en cuanto estuvieron sentados los tres a la mesa, Manuela les informó que su ídolo estaba finalizando el rodaje de su próximo filme. En esta ocasión, tal y como expuso sin dejar un detalle, lo que Nora Grao tenía entre manos era nada más y nada menos que un thriller psicológico, repleto de giros y sorpresas de última hora. Sin duda, un taquillazo asegurado.
—¡Mamá, déjalo ya! —la interrumpió Sonia con muy mal tono—. Ni te imaginas cuánto nos interesa lo que hace o deja de hacer la estupenda Nora Grao. —Y sin levantar los ojos de los grumos del colacao, continuó mordisqueando su tostada.
El sarcasmo de su hija la decepcionó. Aunque Manuela ni siquiera tenía claro qué le molestaba más, que Sonia le hablase con desprecio o que lo hiciera para referirse a Nora, manera con la que, de forma cariñosa, se había tomado la licencia de nombrar a la actriz.
A la velocidad del rayo, miró a su marido, y con la expresión de su cara le instó a acudir en su defensa ante una cría que por las reglas lógicas de la descendencia debía respetarla. Esta era su manera de pedirle a Salvador que se colocara en su bando en lo que ya era una eterna batalla. Pero de nada sirvió; la reacción de su marido brillaría por la indiferencia. Lo cierto es que Salvador no solo estaba harto de Nora Grao; además, y sobre todo, no quería provocar a una hija adolescente en plena efervescencia hormonal que se definía a sí misma como gótica.
Manuela siempre interpretaba la aparente neutralidad de su marido como un posicionamiento descarado a favor de su hija, algo que la sacaba de quicio. No obstante, al igual que él, se quedaba sin decir nada, siguiendo lo que ya parecía el curso natural de la corriente. Y, así, en cada espacio que los tres compartían, confluían sentimientos que nacían, pero que, a diferencia de los ríos, no desembocaban en ninguna parte.
Un largo silencio se impuso, inevitable, durante un par de minutos, hasta que Manuela no aguantó más y lo desterró.
—¿Tienes hoy mucho trabajo?
La concentración de Salvador se mantenía fija en el periódico.
—Sí, como siempre —le contestó sin detener su actividad.
Manuela se impacientó ante tanta parquedad, por lo que probó en la otra dirección.
—Sonia, ¿ya has avisado a todos tus amigos para tu fiesta de cumpleaños?
La adolescente le dio un buen trago a su colacao, haciendo sonar el paso de la bebida por su garganta.
—¿Sonia?
—¡Que sí! —gruñó a la vez que apartaba con brusquedad la taza de delante de su cara.
Manuela sintió una profunda antipatía hacia su hija. Al menos, su marido y ella nunca se levantaban la voz. Puede que el periódico le interesara más que cualquier otra cosa en este mundo, pero no perdía la esperanza de que aquello pudiera cambiar algún día.
—Salvador, te dejaré la cena en el horno, solo tienes que calentarla. —Manuela le miró a la espera de que sus ojos también la buscaran a ella—. ¿Te parece bien?
—Muy bien.
Salvador interrumpió la lectura para comprobar la hora en el reloj de su muñeca: las ocho menos cuarto. Se levantó, dejó su plato y su vaso en el fregadero y fue a por la chaqueta; Sonia, aún con media tostada en la boca, sobrepasó veloz el marco de la puerta, y se esfumó de la casa sin despedirse de nadie; y Manuela caminó hasta la entrada a esperar a Salvador.
—¿Te apetece que te haga una visita en la oficina? Hace mucho que no me paso. A última hora puedo llevarte un café si quieres.
Salvador dirigió su mirada hacia el exterior, anticipándose al trayecto que pronto iniciaría.
—Ya te he dicho que tengo mucho trabajo, Manuela. Más adelante mejor.
Y con un protocolario beso en la mejilla se despidieron.
Manuela se quedó en el portal viendo como su marido se marchaba. A medida que la distancia entre los dos tomaba cuerpo, un pellizco en el estómago de Manuela lo hizo a la par; un pellizco que la dejó sin aire y aceleró sus pulsaciones; un pellizco que le hablaba de las distintas formas de soledad.
Manuela regresó al interior de la casa, y cerró con premura la puerta tras de sí.
Se quedó allí parada, con la espalda y la cabeza apoyadas en la puerta, y comenzó a respirar hondo, esforzándose en hacerlo de una forma pausada. Sumida en diez profundas inspiraciones y espiraciones, imaginó, tal y como lo había hecho en tantas otras ocasiones, que era la heroína de una épica historia que consigue sobreponerse a todos los obstáculos, al igual que sucedía con Nora Grao en sus películas, y la imagen de Salvador se fue esfumando poco a poco. Aquello la llenó de las fuerzas suficientes para regresar hasta donde estaba y poder continuar con la rutina de cada mañana.
Aunque la casa no estaba sucia ni desordenada, era ya una costumbre el repaso de todo, de modo que, sin más dilación, se puso manos a la obra: fregó los platos del desayuno y quitó el polvo a ventanas y muebles para seguir después con el pulido del suelo de mármol. Más tarde recogió la ropa que Sonia había dejado tirada en el salón y la subió a su cuarto.
Allí, en cambio, todo estaba manga por hombro. En medio de la habitación, girando trescientos sesenta grados sobre sí misma, Manuela echó una ojeada a su alrededor, a aquel desorden claramente intencionado, interpretándolo como una evidencia más de la rebelión adolescente de su hija. Si lo de ser gótica tenía o no algo que ver, lo ignoraba. Pero ¿qué iba a hacer? ¿No recogerlo? Le había pedido a Sonia tantas veces que, por favor, cuidara más sus cosas, que aquellas palabras ya huecas parecían provocar en ella el efecto contrario. Llegados a este punto, había preferido no volver a decirle nada más a su hija con relación a este tema y dejarla a su aire.
Manuela se puso a ordenar cada rincón de la habitación hasta que le tocó el turno a la cama. Mientras remetía con ahínco la sábana bajera, sus dedos rozaron algo por debajo del colchón, y, extrañada al percibir un tacto duro, estiró un poco más el brazo para sacar de ahí lo que fuera aquello. Su nariz se arrugó ipso facto: entre sus dedos fulguraba un cuaderno grueso de tapa color ocre y exento de cualquier floritura, salvaguardado por un candado en uno de sus laterales.
Lo meneó un poco hacia ambos lados para intentar entender de qué se trataba, hasta que comprendió que entre sus manos tenía, nada más y nada menos, que el diario de Sonia. Una curiosidad inabarcable se apoderó de ella. Meditó qué hacer, apenas nada, hasta determinar que aquella era una oportunidad como caída del cielo: debía abrirlo y saber si su hermética hija estaba en la fase normal, e inaguantable, propia de los quince años, o si, por el contrario, su indumentaria negra había calado hasta dentro, ensombreciendo todo su espíritu. Preocuparse o no tan solo estaba a un candado de distancia.
Con el corazón en un puño, Manuela buscó y rebuscó sin éxito la llave por todo el dormitorio y, dado que forzar la cerradura no parecía una opción razonable, decidió probar con otras alternativas: un clip, una horquilla, varios bolígrafos… Nada. Salió decidida del dormitorio y regresó con su bolso. De él sacó el pequeño costurero que siempre llevaba encima. En su interior, junto a las bobinas de hilo, una pequeña caja con agujas de distinto tamaño ofrecía una esperanza. Las cotejó con el candado y se decantó por una de las medianas. Expectante, hizo un nuevo intento, pero el candado ni pareció inmutarse. Un gruñido se le escapó entre dientes: era el momento de parar con todo aquello, dejar el diario en su escondite y resignarse a vivir con la intriga. Al guardar la caja de agujas en el costurero, vio el broche de fiesta que Salvador le había regalado por su treinta y cuatro cumpleaños. Le encantaba aquel broche: chapado en bronce antiguo, el contorno de dos palomas se fundía entre las alas creando una sola figura; pequeñas perlas nacaradas y turquesas le daban un toque algo mágico. Aunque aún no había encontrado la ocasión propicia para lucirlo, lo llevaba siempre cerca de ella a modo de recordatorio del amor de Salvador. Lo agarró, lo contempló unos segundos con pena por la forma en la que sentía ahora ese amor, y metió la aguja del cierre del broche en el agujero del candado. Como si hubiera sido fabricado para tal fin, se abrió al primer intento.
Comenzó a leer con rapidez, ya que, hubiera o no alguien más en toda la casa, la poca honestidad de lo que estaba haciendo la urgía a acabar cuanto antes: un chico que le hacía tilín y algunas discusiones tontas con sus amigas; todo estaba dentro de lo normal. Pero, para su sorpresa, unas páginas más adelante su hija le concedía un indeseado protagonismo. Pasó una página más, después otra y otra más sin poder parar de leer. No era algo anecdótico, las referencias a ella estaban por todos lados.
Manuela, incrédula ante lo que leía, se llevó una mano a la boca. Segundos después las piernas comenzaron a fallarle, por lo que tuvo que sentarse en la cama para poder seguir traicionando la privacidad de su hija.
Sonia era una adolescente como cualquier otra, sí, llena de ambiciones a la vez que de inseguridades, pero, literalmente, detestaba a su madre:
15 de abril: (…) No quiero que mis amigos vengan a casa porque seguro que diría alguna tontería de las suyas (…). 9 de mayo: (…) Papá y yo estamos todo el santo día aguantando las mismas fantasías, las mismas estupideces (…). 20 de junio: (…) ¿Por qué me ha tocado a mí esta madre? ¿No podría haber tenido mejor suerte? Las madres de mis amigas son más normales, la de Raquel incluso le deja beber cerveza (…). 3 de agosto: (…) Hoy ha seguido con sus historias de la actriz esa. ¿Es idiota o qué le pasa? Ojalá me dejara en paz para siempre (…). 28 de septiembre: (…) ¡La odio! No se puede hablar con ella. Mi madre es una inútil que no sirve para nada, joder. 5 de octubre: (…) Cuanto menos caso le haga más feliz seré. No quiero que tenga nada que ver con mi vida. (…) 10 de octubre: Cuando era pequeña la adoraba, sobre todo cuando me hacía reír. Todavía la recuerdo dándome las buenas noches. Se ponía a hacer el payaso imitando a un robot y para mí no había nadie mejor que ella. Pero esa persona se fue, y la de ahora no es más que una fracasada.
Una vez que llegó a esta frase no pudo continuar. Cerró el diario de un golpetazo, y, tras ponerle el candado, lo colocó de nuevo en su escondite. Al incorporarse, sintió de forma repentina tales náuseas que tuvo que apresurarse a meter la cabeza en el inodoro para así devolver todo lo que el día le había dado hasta ese momento.
Cuando pasados unos minutos salió del baño, se sentía algo mejor, y, consciente de que no soportaría pensar en lo que había encontrado escrito en el diario de su hija, optó por proseguir con las labores domésticas e intentar dejar a un lado, como fuera, todo lo demás. Lo hizo como siempre, cantando y recitando sus diálogos cinematográficos favoritos. Motivada por los pasos de Nora Grao, había realizado numerosos cursos de interpretación cuando era más joven, y aprovechaba cada oportunidad que encontraba para no perder práctica y, de este modo, a la vez, sentirse más cerca de la actriz. Cuando a las dos horas dio por concluida la faena, tomó una ducha rápida, se vistió con sus mejores galas y salió de casa.
El día estaba soleado, y corría una agradable brisa húmeda que ayudó a Manuela a refrescar un poco el ánimo. Durante el camino pasó por delante de la frutería, la mercería y la tienda de todo a un euro del pueblo. Las pasó todas de largo. Donde no pudo evitar pararse unos segundos fue junto al escaparate de la zapatería; los tacones, prenda fetiche del vestuario de Nora Grao, la volvían loca.
Estaba concentrada comparando precios, cuando vio su imagen reflejada en el cristal. En lugar de apartar la vista, contempló la imagen de sí misma, repasando cada rasgo, cada particularidad, y sintió cómo le recorría por todo el cuerpo una mezcla equilibrada de vergüenza y de orgullo por percibirse bien parecida. Era una mujer guapa. Y lo había sido tiempo atrás. Puede que las proporciones de su trasero hubieran aumentado con el paso de los años, pero lo cierto era que sus ojos seguían teniendo un brillo juvenil que, sumado a su larga y castaña melena, hacían impensables los cuarenta años.
Se puso en marcha de nuevo, un par de manzanas más hasta llegar a la peluquería. Sus vecinas estarían allí reunidas hablando de todo y de nada, y aquel era uno de esos días en los que las caras amigas sentaban bien al alma.
Al abrir la puerta del local, el tintineo de la campana avisó de una llegada y todas las clientas giraron sus cabezas para descubrir la novedad. Encontrar a Manuela en la entrada supuso un motivo de alboroto.
—¡Menos mal, ya pensábamos que hoy no vendrías! —chilló Amparo con la cabeza metida en el secador.
Lola, la joven aprendiz de peluquería, que se ocupaba de los tintes en la esquina de enfrente, le regaló la mejor de sus sonrisas.
—Hola, mi niña bonita —la siguió Soles, la mujer del pescadero.
Y, así, una a una, todas las presentes se fueron sumando a la bienvenida, acogiendo a la recién llegada en la parcela más transparente y benévola de su realidad compartida.
La peluquería constituía un refugio para todas ellas. Cuando entraban allí, se desprendían del papel de regalo que las envolvía, quedando al descubierto lo que cada una era en realidad: mujeres normales; no un intento de «mujer diez». Llegaban allí con tanta urgencia por comunicarse entre sí que las voces de unas y otras a veces se solapaban, creando un griterío que en los picos más altos superaba los decibelios soportables por cualquier oído.
Los saludos, exentos de presión y de prisa, se habían dilatado largo rato; pero fue Concha, la peluquera y mejor amiga de Manuela, quien al verla dejó una cabellera a medio lavar y corrió a atiborrarla de sonoros besos y a exprimirla en un abrazo.
—Te traigo lo que me pediste —articuló Manuela como pudo con el moflete apretado contra el de su amiga.
Concha, emocionada, la separó de un empujón para poder hablarle directamente a la cara.
—¿Ya?, ¿tan pronto? —preguntó con efusividad—. Venga, ya puedes ir enseñándomelo.
Con delicadeza, Manuela extrajo del bolso un pequeño cuadro bordado a mano en el que podía leerse: «Peluquería Concha».
—He ido sacando huecos de aquí y allá, y lo he dejado listo antes de lo que pensaba. —Manuela examinó su obra—. ¿Te gusta? —añadió insegura.
Concha se echó hacia atrás los metros necesarios para que su ángulo de visión gozara de todas las presentes.
—¡Maldita sea! ¿Pero vosotras habéis visto la pedazo de artista que tenemos entre nosotras? —exclamó señalándola con el dedo—. ¿Habéis visto qué cosa tan preciosa? Ahora mismo lo vamos a colgar.
Todas a las que el estado de su pelo se lo permitía se pusieron en pie y, mientras la anfitriona subida a un taburete fijaba el obsequio en la pared, alabaron con entusiasmo tanto la precisión del bordado como la idónea elección de colores. A Manuela le invadió una enorme sensación de felicidad, aunque bien sabía que Concha diría lo que fuera con tal de verla contenta. Por lo que al resto se refería, le constaba que ninguna se atrevería a contradecir las palabras de su amiga, y mucho menos en su peluquería.
Terminados los cumplidos, las clientas se sentaron de nuevo, y el tema de conversación derivó de una cosa a otra como sin querer. Comenzaron discutiendo sobre la conveniencia de una nueva señal de tráfico en la calle veintitrés, hasta concluir con algunas anécdotas picantes protagonizadas por Soles y el pescadero. «¡Como os lo estoy contando, mis niñas!», asentaba Soles tras cada tanda de risas. Aquel día Manuela apenas participó en la charla; se limitó a escucharlas, como si el sonido de sus voces fuera su mantra personal.
Manuela comprobó la hora: la tregua dentro del microcosmos fraternal había llegado a su fin. Se levantó y, antes de partir, fue a darle un beso a Concha, que manejaba con pericia las planchas de pelo en un difícil alisado.
—¿Vas a tu cita de los lunes? —susurró bien flojito la peluquera.
—Sí —le confirmó Manuela reduciendo, de igual modo, el volumen de voz—. Mañana a las doce vengo a peinarme y te cuento. —Y deseó que pronto llegara el mediodía siguiente para reencontrarse con su fiel confidente.
A la cita de cada lunes llegó puntual como siempre. Los primeros minutos de las sesiones con Carmen, su psicóloga, siempre le resultaban embarazosos; pero la experimentada terapeuta, después de más de un año viendo a Manuela, sabía ingeniárselas para que entre ellas el hielo no solo se rompiera, sino que se evaporase.
Manuela le relató cómo había sido su mañana, detallando aquellas sensaciones de ansiedad que había experimentado al ver a Salvador alejarse de casa. Compartió con ella sus dudas ante la estrategia que debía seguir para relacionarse con Sonia, con la que sentía que hablaban idiomas diferentes. Y se sinceró al afirmar que no encontraba plenitud en sus días.
—¿Y estás respirando como hemos practicado?
—Sí.
—¿Hasta dejar la mente en blanco?
—Sí… Más o menos.
Como si estuvieran en pleno oeste a punto de batirse en duelo, hubo un cruce de miradas entre las dos, durante el que se tantearon. A Manuela le pareció ver como una pequeña bola de polvo atravesaba en un silbido la mesa rectangular de caoba que las separaba.
—¿Cómo llevamos el tema de Nora Grao? —disparó primero la psicóloga.
Manuela resopló, vencida.
—Bueno…
Se quedó callada durante unos segundos, estirando su blusa hacia abajo para darse algo de tiempo antes de contestar.
—¿Sí? Continúa, por favor.
Manuela alzó la vista hacia la psicóloga.
—¿Qué quieres que te diga, Carmen? Pues como siempre. —La miró con ojos de corderito degollado—. Sé que no es lo que debería decir, pero Nora es la única que hace que me sienta viva.
—Entiendo.
La terapeuta, que se caracterizaba por mantener una expresión afable escuchara lo que escuchara, en esta ocasión esbozó un sutil gesto de desaprobación.
—Ya lo hemos hablado muchas veces, Manuela: debes perseguir metas propias y no refugiarte en la imagen que has creado de otra persona. Estoy convencida de que, si quieres, puedes lograr que el mundo que te rodea cambie. Lo importante son las decisiones que tomas. Si no te valoras a ti misma, no puedes pretender que el resto lo haga. Llevamos tiempo intentando encontrar estímulos que te motiven, que te refuercen, y yo no los puedo encontrar por ti, de eso te tienes que encargar tú.
Continuó hablando durante quince minutos más y Manuela escuchó con atención, intentando retener cada una de las palabras que su consejera emocional le cobraba a buen precio. Durante el trayecto de regreso a casa se dijo que las cosas iban a cambiar; puede que aún no supiera cómo, pero algo dentro de ella le repetía que, tal y como pasaba en sus películas favoritas, un inesperado acontecimiento estaba a punto de suceder, algo que la requeriría estar más decidida que nunca y que la trastocaría para siempre.
Por el momento, se concentraría en cuerpo y alma en la fiesta de cumpleaños de Sonia, tan esperada por la adolescente. Manuela llevaba meses organizando la mejor fiesta del mundo, en la que no iba a faltar de nada, y por fin solo quedaban unos días para que su hija se diera cuenta de que su madre no era una fracasada y que la quería más que a nadie en este mundo.
El resto del día lo pasó más tranquila, cocinando a la espera de las ocho de la tarde, hora en la que entraba a trabajar. Ni Salvador ni Sonia habían vuelto todavía a casa y el momento de partir se anunciaba con la caída del sol. Dejó la cena dentro del horno lista para recalentar y se marchó.
Puede que limpiar en horario nocturno los grandes almacenes DeTodo no fuera, ni por asomo, el trabajo con el que había soñado de niña, pero al menos, en la actualidad, le hacía sentir independiente.
Tenía previsto ir al preestreno de la nueva película de Nora Grao; así conocería la capital, en la que nunca había estado, y, desde más lejos o más cerca, daba igual, contemplaría la figura de Nora, bien protegida ante una multitud enloquecida por su presencia. El dinero para ese sueño solo podría salir de su bolsillo. De lo contrario, Salvador pondría el grito en el cielo.
La media jornada transcurría sin novedades hasta que el teléfono móvil de Manuela vibró en uno de los bolsillos del uniforme. Se trataba de un número desconocido y con muchas cifras, por lo que respondió con cierta suspicacia.
—¿Quién es?
—¡Buenas noches! ¿Hablo con Manuela Armenta?
—Sí, soy yo, ¿quién es?
—¿Está usted sentada, Manuela? ¡Siéntese, vamos!
Manuela echó un vistazo a su alrededor, hacia aquellos interminables pasillos de exposición de todo tipo de artículos. Sí, ya le hubiera gustado más de una noche tener a su disposición algún sitio en el que descansar sus posaderas un ratito. Como alternativa, se aferró un poco más fuerte a la fregona.
—¿Ya está? ¿Se ha sentado ya?
—¿Se puede saber quién es? Voy a colgar, eh.
—No, no, Manuela, no cuelgue, por favor. ¡La estamos llamando en directo desde Radio Séptimo Arte para comunicarle que usted ha sido la ganadora de nuestro concurso!
—¿Qué?
Miles de mariposas revolotearon por todo su cuerpo en un santiamén, y por poco la hacen levitar.
—¡Así es, Manuela! Usted ha sido una de las poquísimas personas que ha acertado cada una de las preguntas que hemos ido haciendo en nuestra página web durante todo este mes sobre nuestra actriz más célebre: ¡Nora Grao! Y tras realizar un sorteo ante notario con todos los acertantes, ¡su nombre ha sido el ganador!
—¿Qué? ¡No! ¿Es en serio?
—¡Sí, Manuela! ¡Por lo que nos complace anunciarle que el sábado que viene podrá asistir como invitada especial al rodaje de Huellas en la noche, la nueva película de Nora Grao, que, como todo el mundo sabe, está rodando en Madrid y muy pronto podremos ver en el cine!
—¡No me lo puedo creer! ¡Madre mía! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias!
Por segundos, los aplausos enlatados de la emisora de radio acrecentaban su sensación de victoria y su tremenda emoción.
—Dispone de todos los gastos pagados del viaje, de desplazamientos y de la estancia, Manuela. Pero eso no es todo. Además, el sábado, al finalizar el rodaje… ¡Podrá conocer en persona a Nora Grao y a todo el reparto de la película! ¿Qué le parece, Manuela?
—¡No puede ser!¡No puede ser! ¡Aaaaaaaaah! Pero, pero… ¡No es posible!
Pero sí era posible. Manuela, por primera vez desde hacía mucho tiempo, pensó que los sueños podían hacerse realidad. Una vez que, ya fuera de antena, dio todos sus datos a la emisora y le informaron de los detalles del viaje, colgó el teléfono, brincó y brincó, tapándose la boca con la mano para que nadie escuchara sus gritos de alegría, y después danzó con la fregona, canturreando alguna de las melodías de las películas de Nora Grao como si de un vals de recién casados se tratara.
Ante la certeza de que alzarse con el premio suponía un imposible, dada la cantidad de personas que seguro habrían participado en el concurso, no le había contado a nadie que, al menos, lo había intentado, y quería que las primeras personas en escuchar la noticia, ahora que ella era la ganadora, fueran su familia y Concha. Esperaría al día siguiente, y esa noche disfrutaría de las sensaciones que se experimentan al guardar un secreto lleno de dicha.
A las doce en punto sus compañeras pasaron por su lado y la encontraron enzarzada en una disputa contra una mancha del suelo. Manuela solía finalizar a tiempo sus obligaciones, pero, a veces, minutos antes de la hora de salida, sin que nadie la viera, derramaba en el suelo un poco de tierra o tiraba algunos papeles para poder escenificar una conveniente farsa. «Marchaos vosotras, a mí me queda un poco», solicitaba cada dos o tres días para no levantar sospechas.
Por culpa de este usual teatrillo, entre sus compañeras se había ganado la fama de tardona. Pero no le importaba; era un mal menor comparado con las ganancias que obtenía cuando se quedaba con el establecimiento a su entera disposición.
Rematada la tarea por segunda vez, se cercioró de que no quedaba nadie más por allí y se dirigió a la sección de audiovisuales.
Con cuidado de no romper nada, Manuela encendió el televisor más grande de todos los allí ofertados, y en él puso una de las películas de su adorada actriz; después, mientras la música de apertura del filme comenzaba su presentación, dándole tiempo para su cronometrado ritual de preparativos, anduvo con tranquilidad hacia la sección de mobiliario, donde eligió un sillón ligero de cuero marrón que arrastró por varios pasillos hasta colocarlo a unos metros de distancia del aparato. Por último, dando un pequeño paseo, llegó hasta la parte de alimentación, en la que se hizo con un enorme paquete de patatas fritas que no abrió hasta estar sentada frente a sus ilusiones.
La primera escena empezó y, con un crujiente bocado, Manuela se transportó al otro lado de la gran pantalla.
Tras hora y media de plena identificación con su querida Nora, los títulos de crédito iniciaron su ascenso, y Manuela pasó de ser la mujer más bella del espectáculo a ser una espectadora normal y corriente en mitad de un centro comercial. Recogió todo hasta dejarlo como estaba y, entre bostezos, se fue al vestuario.
Mientras se quitaba el uniforme una risa nerviosa se le escapó entre dientes; se sentía radiante: estaba a punto de cumplir su sueño… Pero entonces se dio cuenta de que… Un momento; no, no era posible: el cumpleaños de Sonia… ¡Era el mismo día!
Para impedir la salida de lágrimas, Manuela presionó enseguida ambos ojos con las yemas de sus dedos. Tendría que elegir y no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Pero lo que tampoco sabía es que este suceso estaba a punto de carecer de importancia ante la llegada de otras aguas; de un afluente impetuoso, despiadado, imposible de apaciguar, que se llevaría todo a su paso.
Febrero de 1982
Salir en prensa llegó a parecerme algo insulso, casi estúpido. Con el paso de los años dejó de ser un acontecimiento, y en su nueva condición rutinaria toda emoción quedó aniquilada; ni siquiera me molestaba ya en leer nada. Aunque sí recuerdo de forma un tanto especial un artículo que se publicó poco después de alcanzar el estrellato, cuando que hablaran de mí todavía alteraba con dulzura mi ánimo. Se titulaba «Tras los pasos de Nora Grao».
Nunca conocí a mis padres, de modo que hasta los dieciocho años peregriné por distintas casas de acogida como un perro de quien nadie termina de encariñarse. Me independicé en cuanto obtuve el derecho legal para poder hacerlo, decidida a ganar mi propio dinero para sacarme la carrera de Letras.
Cuando supe de la aparición de un artículo sobre mi pasado, de primeras me asusté. Entre mis temores estaba la idea de que hubieran contactado con mis numerosos padres postizos y que alguno de ellos hubiera contado alguna anécdota vergonzosa a cambio de cuatro perras. Las que tenían mayores papeletas eran dos. La primera tuvo lugar el día que lloré durante horas cuando me vino mi primera regla. Al igual que le sucedía a la protagonista de la película Carrie, yo ignoraba lo que significaba aquello, aunque sí tenía claro que la sangre no vaticinaba nada bueno. El colegio católico en el que estaba matriculada tenía vetados ciertos temas, y ninguna de las familias con las que había convivido creyó que la información sobre la menstruación me sería valiosa en algún momento. Para la segunda anécdota debo remontarme a la pubertad, cuando le confié a mi cuarta madre que había besado a una chica en una fiesta del instituto. «¿Pero no te habrá gustado?, ¡dime la verdad!», repetía mi madre mientras me zarandeaba como si el destino de la humanidad dependiera de mi respuesta. Y tras esa morbosa pregunta lo que se escondía era el pecado original: la traición. En este caso, a unos padres que me lo habían dado todo sin estar obligados a ello, como si aquel beso tuviera algo que ver con el hecho de que no me quisieran allí. Lo peor llegaría cuando me sonsacó que había sido con lengua.
Para mi grata sorpresa, nada de lo que data de aquella época fue mencionado en el artículo, ni más adelante quedaría inmortalizado en ningún otro medio. Todo lo que han contado sobre mi vida siempre parte con mi mayoría de edad, como si hablar de mi niñez supusiera despojar a Nora Grao de lo que el público más enaltece de ella, es decir, su erotismo. Pude respirar en paz y reconciliarme con mi yo de quince años y sus besos lésbicos con lengua.
De lo que se ocupaba aquel artículo, en concreto, era de valorar un talento innato para la interpretación, así como de ensalzar mis distintas cualidades: determinación, constancia y esfuerzo, máximas que, según apuntaba, me habían valido para obtener la licenciatura a la vez que trabajaba. Y qué decir de mi sentido del compromiso y el decoro: antes de mi marido, nadie.
Tal y como aseguraba, Nora Grao nunca se había desviado de su camino, orientado desde el principio a la consecución de metas íntegras y bien definidas. A partir de su publicación, los padres y las madres de todas partes animaban a sus hijos a estudiar siguiendo mi ejemplo. Las frases de aliento dejaron de ser «si te esfuerzas, podrás conseguir todo lo que te propongas en la vida», para pasar a «si Nora Grao pudo conseguirlo, tú también podrás».
Fue en esa época cuando empecé a recibir numerosas cartas de fans. La mayoría eran de agradecimiento por haberme convertido en una inspiración para el mundo.
Pero los pasos de Nora Grao son muy diferentes de los que todos imaginan.
Para empezar, en mi niñez siempre hice de árbol o de pueblerina del montón en todas las funciones escolares. Con indiferencia de que se representara El mago de Oz o Sonrisas y lágrimas, siempre hacía falta que uno de los pequeños de la clase —a preferir el más impopular— estuviera dispuesto a mimetizarse con el atrezo para asumir una responsabilidad de poca envergadura.
Es cierto que en mi juventud tuve varios trabajos a tiempo parcial, lo complicado fue mantenerlos. La impaciencia que me caracterizaba, unida a una baja tolerancia al estrés, dificultaba mis relaciones con las figuras de autoridad. Las demostraciones de poder por parte de mis superiores, a expensas del trabajo que se tratara, desataban en mí una furia que siempre desembocaba en dos resultados: las penosas lágrimas de mis jefes y mi despido inmediato. Estas situaciones tomaban un cariz extremo cuando las partes más altas de la jerarquía laboral estaban ocupadas por hombres, como solía ser frecuente. Soportar sus miradas lascivas cuando no sus palmaditas en el trasero, para despué
