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Mujeres situadas. Las parteras autónomas en México captura un panorama global, histórico y regional del contexto de las parteras, examina cómo se mueven dentro de las estratificaciones de la sociedad al mismo tiempo que se posicionan en intersecciones complejas en términos de género, clase social, etnicidad y la (de)colonialidad. Contiene historias obtenidas durante los encuentros con la autora. "¿Cómo negociar la lucha por la partería en el mundo poscolonial?", es la pregunta de fondo.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Hanna Laako
Créditos
Primera edición en formato electrónico: julio de 2017
DR © El Colegio de la Frontera Sur
www.ecosur.mx
El Colegio de la Frontera Sur
Carretera Panamericana y Perférico Sur, s/n.
Barrio de María Auxiliadora
CP 29290
San Cristobal de Las Casas, Chiapas.
Catalogación en la fuente
EE
362.19820972
L3
Laako, Hanna (autora)
Mujeres situadas: las parteras autónomas en México / Hanna Laako.-San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México: El Colegio de la Frontera Sur, 2017.
Tamaño: 2.7 MB
Bibliografía
E-ISBN 978-607-8429-38-7
1. Tocología, 2. Comadronas, 3. Parto, 4. Testimonios personales, 5. Derechos de la mujer, 6. Derechos humanos, 7. Salud sexual y reproductiva, 8. Movimientos sociales, 9. Historia, 10 Chiapas (México), 11. Oaxaca (México), 12. Ciudad de México (México), 13. Quintana Roo (México)
Producción
Corrección de estilo: María Isabel Rodríguez Ramos
Ilustración de portada: Linda Lönnqvist
Desarrollo de ebook: Nieve de Chamoy,
www.nievedechamoy.com.mx
Los contenidos de esta obra fueron sometidos a un proceso de evaluación externa de acuerdo con la normativa del Comité Evaluador de El Colegio de la Frontera Sur.
Todos los derechos reservados. Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro electrónico, su transmisión, descarga, descompilación, tratamiento informático, almacenamiento o introducción en cualquier sistema de repositorio y recuperación, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, conocido o por inventar, sin el permiso escrito de los editores.
Hecho en México Made in Mexico.
A mis hijas
Extiendo mi profundo agradecimiento a todas las parteras que me abrieron sus puertas durante los últimos años, que me compartieron sus historias y me permitieron publicarlas en estas páginas. Los caminos y las conversaciones que mantuve con ellas han enriquecido mi vida inmensamente.
Agradezco al Programa de Becas Posdoctorales de la Universidad Nacional Autónoma de México porque a través de él me fue posible realizar esta investigación, y al doctor Jaime Page de El Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (cimsur) por el apoyo que me brindó entre los años 2014 y 2016.
Por su apoyo profesional, también estoy en deuda con la Dra. Georgina Sánchez, el Lic. Juan Carlos Velasco Santos y Linda Lönnqvist de El Colegio de la Frontera Sur y (ecosur), con la Lic. María Isabel Rodríguez Ramos y el Dr. Manuel Martínez Espinoza del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (cesmeca-unicach), Dra. Rosalba Icaza de Institute of Social Studies (iss), y con el Comité Editorial de ecosur, así como también con los investigadores que arbitraron el manuscrito. Gracias a todos ellos por su disposición y sus valiosas aportaciones.
Abril de 2017, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México,Hanna Laako
En los últimos diez años ha eclosionado en México el interés por documentar, visibilizar y analizar la partería como práctica y profesión, así como los estudios sobre las parteras quienes, desde diferentes ubicaciones, por lo común se han definido o adaptado a otras denominaciones que de ellas han realizado otros profesionales (sobre todo relacionados con la biomedicina), otros actores (grupos antisistémicos que también trabajan por la salud de las poblaciones) y las propias protagonistas del parto: las mujeres.
En este libro, la voz captada es la de las parteras que se definen desde sí mismas como autónomas, lo que las diferencia de las empíricas, que han aprendido por su cuenta pero generalmente están avaladas por la Secretaría de Salud, las de “don”, que adquirieron sus saberes por aprendizajes oníricos, y las profesionales, que recibieron una formación escolarizada, presencial y bajo un esquema curricular.
Estas parteras autónomas se presentan en la obra como si de un holograma se tratase, el cual, a trasluz, permite ver su ser y hacer como un crisol de saberes, prácticas y conocimientos que maravillan, pero también nos hacen dimensionar sus luchas, resistencias y continuidades, que persisten como una opción más para atender la salud sexual y reproductiva desde un marco de derechos humanos. Más símiles a las “Belladonas” sacrificadas en el Medievo que a las nuevas generaciones de egresadas de la Licenciatura en Enfermería y Obstetricia, a quienes el Estado perfila como las sucesoras de las parteras en el sistema de salud institucional, las autónomas poseen conocimientos no estáticos, claramente situados, en esa hibridación entre lo colonial, la propia historia y las necesidades contemporáneas, lo que las define como un grupo aparte dentro de la partería en el país.
“Autonomía” es en sí misma una palabra fuerte y sus significados son provocadores. Así son las mujeres descritas en este texto: fuertes, cargadas de significados, provocadoras ante el sistema, con posturas políticas a veces incluso discordantes entre sí, pero antisistémicas, defendiendo a ultranza su independencia para ser y hacer en un mundo que pretende globalizar y medicalizar todos los procesos inherentes a lo humano: la muerte, las emociones, la sexualidad y el nacimiento.
Las parteras autónomas saben que, cual míticas amazonas, samuráis e iniciadas, necesitan trascender, “performarse” y reposicionarse para continuar y constituirse en otra opción de atención a la salud materna en México.
Deseo que disfruten este libro. Es un viaje en el que se entraman tensiones, conflictos, problemas y retos, pero también invita a moverse desde el confort que tanto ha servido al capitalismo colonial, desde donde hemos aceptado que todo sea peor que antes, hacia una nueva vía para atrevernos a asumir un paralelismo de libertad y autonomía y para solidarizarnos con la ejemplar causa de estas mujeres para contribuir desde nuestra ciudadanía a modificar el status quo del nacimiento de las nuevas generaciones.
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, abril de 2017Georgina Sánchez Ramírez
¿Cómo negociar la lucha por la partería en el mundo poscolonial? En Mujeres situadas: Las parteras autónomas de México, Hanna Laako aporta una serie de respuestas a esta pregunta que, por su propuesta teórica y metodológica, no pasarán desapercibidas en los debates académicos sobre las prácticas de la partería en el México contemporáneo. Nos encontramos ante una reflexión informada a partir del enfoque epistémico, metodológico y ético de los “conocimientos situados” que se propuso desde el feminismo a finales de los ochenta, como un cuestionamiento a los universalismos, a los eurocentrismos y, más recientemente, al extractivismo colonizante de la investigación en ciencias sociales.
A través de cinco capítulos, Hanna Laako interroga, de manera sólida y consistente, los aportes y los límites de la antropología del parto, del feminismo y de los enfoques subalternos y poscoloniales en el estudio de la partería. Al hacerlo, nos propone un texto claro y cautivador, “híbrido”, al cruzar lo científico social y la no ficción con elementos biográficos, autoetnográficos y literarios. Sin duda, un ejemplo de la dirección transdisciplinaria que están tomando en la actualidad las investigaciones en las ciencias sociales y las humanidades.
Consistente con la apuesta epistémica y metodológica de los conocimientos situados, se interrogan las teorías y los conceptos a partir de las experiencias de mujeres plurales involucradas en la partería. Y es a partir de ese movimiento epistémico, que resulta clave para el resto del argumento, como la partería se resignifica como plural e intensamente política, como una “lucha” por la autonomía de las prácticas que la componen, pero también de los cuerpos de las mujeres que la practican (parteras) y de los cuerpos de las mujeres a las que va dirigida (las parturientas). La partería, como lucha por la autonomía, deviene entonces en un asunto de poder y de negociación de ese poder a distintos niveles, que va de lo estructural a lo más íntimo.
Y al investigar sobre la complejidad de esta realidad plural, Hanna Laako vuelve la vista hacia donde pocas investigadoras han mirado y que prácticamente no han cuestionado: las mujeres de las llamadas “clases medias” que practican la partería y que, como tales, constituyen una encrucijada de clase, género y etnicidad a partir de la cual se interroga la teoría feminista, poscolonial y subalterna que tiende a ignorarlas u homogeneizarlas. De esta manera, nos encontramos ante un aporte valioso para las investigaciones feministas interesadas en dar cuenta de la pluralidad de formas de lucha y en denunciar los esencialismos que homogeneízan a las mujeres, sus cuerpos, sus vidas.
En la cuidadosa investigación académica que sustenta Mujeres situadas, resulta particularmente interesante la interrogación crítica y sistemática de textos escritos en inglés, finlandés y castellano; un ejemplo interesante de cómo luce en la práctica la traducción intercultural en la investigación social de un fenómeno biopolítico como el parto. Y es precisamente por este aspecto de traducción intercultural por lo que Mujeres situadas resulta un libro innovador y sin precedentes, pues aporta detalles que no se habían tratado, al quedar aplastados bajo el peso de la tradición antropológica eurocentrada. En Mujeres situadas, textos disciplinarios y disciplinantes publicados en inglés dialogan con las mujeres parteras, de manera tal que logramos aprender acerca de la asociación automática en México de la partera con la mujer indígena, mientras que en el contexto europeo se vincula con la partera moderna capacitada e institucionalizada. De igual forma, aprendemos cómo la partería en Europa y México se vincula a dimensiones individuales o estructurales, a cuestiones de derecho y lujo, o de actividad y pasividad frente al parto, dimensiones que sin duda arrojan detalles importantes que no serían posibles sin la visión intercultural que nos plantea Hanna Laako.
Encuentro en Mujeres situadas una herramienta de referencia para estudiantes interesadas en una mirada no esencialista sobre las parteras en México. Me resulta fácil imaginarme compartiendo con mis estudiantes y colegas feministas el proceso a partir del cual Hanna Laako logra la compresión de las parteras como agentes políticos, en luchas plurales por formas varias de autonomía y en una negociación constante ante los poderes que circulan en las estructuras, las instituciones y sus cuerpos.
La Haya, Países Bajos, abril de 2017Rosalba Icaza
El destino de nuestro viaje nunca es un lugar,sino una nueva forma de ver las cosas.Henry Miller
Hay algo evocador y magnético en las parteras. Algo que genera tanto sensaciones de lo inesperado, como de lo inefable. Esto podemos percibirlo cuando nos permitimos entrar en su mundo, cuando vamos más allá de nuestros rígidos imaginarios resultado de siglos de batallas políticas y territoriales que sustentan el sistema dominante que tenemos hoy, en el que se ha calificado a las parteras a partir de estereotipos y prejuicios.
A lo largo de esta investigación, iniciada en 2013, cuanto más me he adentrado en su mundo, más asombrada e inquieta me he sentido por su posicionamiento en las coyunturas políticas e históricas actuales, lo que me motivó a explorar con profundidad el horizonte en el que batallan.
Me tomaron por sorpresa y despertaron mi curiosidad porque ellas, sin buscarlo expresamente, retan los prejuicios de su época y van a contracorriente. Son mujeres sabias, autodidactas, curanderas no aceptadas, que han sido cazadas y quemadas a lo largo de la historia. Son las que humanizan cuando la mayoría de nosotros, incluyendo a las feministas más liberales, creímos que ya habíamos logrado todo en el sistema médico porque nos atienden, eso sí, cuando nos sujetamos a su autoridad, y a veces nos sometemos a esa autoridad por nuestra propia voluntad. Las parteras despiertan lo humano donde no lo vemos, pero también nos recuerdan la autorresponsabilidad y la autodeterminación que habíamos olvidado. Nos acarician el cuerpo y el alma, nos conectan con la comunidad, y luego nos demuestran de manera firme su independencia, su voluntad propia, su personalidad y pasión por el camino que han tomado.
Pero más tarde, cuando uno no lo ve, se van con el flote ligero de la época y se unen a otras mujeres progresistas, de modo que se han ganado un margen de respetabilidad que las sujeta a un lugar incómodo porque están al servicio de la estratificación de la sociedad en la que se encuentran insertas. Es una gran responsabilidad la que asumen. Desempeñan un oficio muy complejo que se debate entre poderes, clases y sistemas-mundo porque tienen que responder simultáneamente a las expectativas cambiantes de las sociedades y de los individuos con sus miedos, y porque están al servicio de las mujeres mientras luchan por asegurar su autonomía, su propio espacio y su forma de hacer las cosas para conservar la sabiduría que han adquirido por generaciones.
En consecuencia, las parteras libran las mismas batallas que cualquier mujer en el mundo.
Además, a través de su trabajo, en el que cruzan por los diferentes niveles sociales y se adentran en lo más íntimo de las vidas de las personas, nos permiten ver cuestiones de la sociedad que para muchos de nosotros se mantendrían escondidas y fuera del alcance sin su punto de vista específico. En este sentido, conocer su trabajo es conocer la sociedad misma.
Y, aun así, sería un error suponer que todas ellas comparten la misma visión, ya que los caminos que les llevaron a la partería y la forma en que cada una ejerce su vocación son tan distintos como las personas mismas. Cada una tiene sus propias historias, caminos, contextos y bagajes.
Así, a lo largo de esta investigación me he preguntado repetidamente: ¿qué es lo que ven ellas en este mundo a través de su trabajo?, ¿quiénes son estas mujeres y cómo llegaron a ser parteras?, ¿cómo llevan a cabo su trabajo?
De estos cuestionamientos surge el título de este libro, Mujeres situadas. Enraizada en los estudios poscoloniales, posmodernos y subalternos, esta obra se apoya en la trayectoria de los conocimientos situados pensando en que todas las visiones son parciales y, por este motivo, son honestas; sin embargo, cada una de las mujeres, desde su posicionamiento, nos cuenta algo relevante sobre el mundo y la sociedad en que vivimos. Para tales fines, esta obra se enfoca en explorar el contexto desde donde las parteras autónomas levantan sus voces, ¿qué mundos nos revelan desde su posición?
Simultáneamente se busca desafiar y poner sobre la mesa los mismos conocimientos situados que enfatizan la ubicación, la clase social, la etnicidad y el género hasta producir una competencia de marginalidades en las que la expresión “clase media” pareciera ser impropia, un lugar incómodo en el que nadie quiere ser ubicado pero donde, en realidad, muchos de nosotros nos encontramos, aunque a la vez esta ubicación nos lleva a la reproducción de binarios cómodos. Desde los estudios subalternos, la clase media suele ser la que apoya el status quo y reprime las voces subalternas. Mientras esto puede ser cierto en la mayoría de los casos, en este trabajo nos preguntamos: ¿qué es esa clase media desde los conocimientos situados y realmente contextualizados?
El concepto de clase media fue concebido en Europa para delimitar la transición del sistema feudal hacia el capitalismo, cuando se generó una nueva clase de carácter más urbano situada “en medio”, entre la aristocracia rural y el campesinado rural, antes de la emergencia del proletariado urbano durante la industrialización. El término se refería inicialmente al hombre libre burgués que impulsó, entre otros procesos, la Revolución francesa, o sea, que era anti-status quo. Y se refería también al hombre blanco que cargaba con el peso de la ética protestante y del espíritu del capitalismo durante el ascenso de este sistema hoy dominante, vinculado entonces a los procesos de colonización.[1]
En su excelente biografía sobre Karen Blixen (más conocida en Estados Unidos por su pseudónimo, Isak Dinesen), Judith Thurman (1982) narra la herencia familiar de esta escritora danesa, de raigambre europea, con una herencia “o/o bien” (either/or), es decir, que se ubicaba entre la rama aristócrata de su padre y la rama burguesa de su madre. Isak Dinesen sentía que, a pesar de la fortuna acumulada por la familia burguesa de su madre, le pesaban las exigencias opresivas, la disciplina laboral y el quehacer individualista que demandaba superioridad moral. Esta rama burguesa ética, nacida en la Europa del siglo xix, estaba en constante conflicto con la “estética” de la clase aristócrata en la que, para Karen Blixen, lo burgués representaba una vida llena de tabús, mientras que lo aristocrático representaba una vida de libertad. Admiraba las raíces aristócratas de su padre porque el estatus garantizaba la posibilidad de una libertad instintiva para llevar a cabo aventuras: su padre había viajado a Norteamérica, donde había convivido con un pueblo indígena. Efectivamente, los aristócratas estaban cobijados por el estatus, por lo que la acumulación de fondos no era su tarea principal y podían arriesgarse a vivir aventuras, aunque muchos terminaron pobres viviendo en sus castillos, como le ocurrió a la familia de su padre. Este destino aristócrata era el que iluminaba a Karen Blixen, quien se casó con un amigo que tenía tal condición, con el que se mudó a Kenia para establecer una granja de café. Allí fue donde eventualmente se convirtió en escritora. Sin embargo, a pesar de haber alcanzado una posición aristocrática que le permitió viajar a África, durante toda su vida dependió de los fondos de la rama burguesa de su madre, ya que la granja consumía más de lo que producía. Es decir, llevaba una vida “o/o bien” que puede tal vez ilustrar las vidas de las clases medias mundiales de hoy, y que también puede resultar útil para ilustrar las vidas de las parteras autónomas de México que se mueven entre las diferentes clases en el contexto llamado poscolonial.
Efectivamente, hoy en día los libros de Karen Blixen sobre su vida en África se valoran con frecuencia como colonialistas desde el punto de vista poscolonial a pesar de que en su época ella era una mujer radical, ya que trató de garantizar educación y tierras a los nativos que vivían en su granja (ciertamente, con métodos cuestionables hoy en día), en un momento en que los colonialistas estaban despojando de sus tierras a los nativos de manera radical. Otra escritora de otro tiempo y país (Finlandia, suecoparlante de nuestra época), Vivi-Ann Sjögren (2003), se refiere al tono colonialista de la vida y la obra de Karen Blixen al describir su propio viaje a Benin en la primera década del siglo xxi. No obstante, ella describe meticulosamente su propio proceso de descolonización cuando reparó en cómo transfirió su bagaje colonial europeo hacia otra persona europea —un hombre blanco que se alojaba en su mismo hospedaje—, al proyectar sus imaginarios negativos sobre lo colonial hacia esa persona. Al final, ella se dio cuenta de que ese hombre en realidad no tenía las características colonialistas imaginadas, sino que ella misma había proyectado sus propios bagajes y miedos sobre él.
Este ejemplo puede servir para plantear el contexto de los estudios poscoloniales en los que se ha discutido sobre la necesidad de “reconocer los privilegios”, sobre todo en el marco de los whiteness studies, que se centran en la cuestión del color de la piel y del privilegio en el mundo occidental, aunque esto también ha sido criticado (McIntosh, 1988; Ahmed, 2004).
Menciono los ejemplos anteriores en este contexto porque ilustran, cada uno en su momento, la complejidad de la emergencia de la llamada clase media en Europa y los dilemas y tensiones que causa definir esta noción, aún más cuando giramos la vista hacia el mundo poscolonial y no europeo, porque las épocas de colonización fueron también épocas de construcción del “otro”. En este sentido, aunque se puede partir de supuestos fáciles para describir la emergencia y cohesión de la clase media europea, se observan de forma simultánea realidades muy difíciles y complejas. En este libro no se pretende capturar todos los elementos de esta problemática, sino analizar la cuestión de la clase media en el caso concreto de las parteras.
En la época moderna el concepto de clase media es aún más vago y complejo. En general, sigue refiriéndose al estatus situado entre la élite y la clase obrera, compuesto principalmente por “trabajadores de cuello blanco”: por personas con trabajos de oficina y administrativos, a veces académicos, que han logrado una cierta estabilidad económica. Por lo común se refiere a una clase con un tipo de capital social y cultural logrado a través de una educación (pública). Hoy, el concepto de clase media se utiliza con frecuencia en todo el mundo, ya que la modernización ha permitido, incluso en los países del llamado tercer mundo, un crecimiento económico que ha creado nuevas clases con posibilidades de realizar trabajos de oficina, vivir en zonas urbanas y acceder a educación, estabilidad y capital social. La pregunta sobre las formas en que las parteras se integran a las clases medias en el mundo es relevante y no sencilla de contestar.
Por otro lado, de manera simultánea también las clases elitistas financieras y las clases obreras se han transformado, lo que ha ocasionado que definir cuáles son las clases medias actualmente sea todavía más difícil. En unas partes del mundo, como en Europa, ha surgido una nueva generación precaria académica que no logra alcanzar el mismo nivel de bienestar que sus padres de clase media. En algunos países, la élite proletaria ha llegado a ser clase media gracias al sindicalismo. En otros, nuevos bohemios con capital social y cultural (artísticas, cosmopolíticas) están en niveles de pobreza según los estándares occidentales. En otros más, la clase media es la que promueve la cultura dominante, y en otros es la que crea la cultura pop radical.
Con estas bases, en este libro se asume la difícil tarea de reconocer que las parteras —protagonistas en este trabajo—, como también la autora, se ubican, por lo menos en cuanto a sus orígenes, en este lugar incómodo y vago de las clases de “en medio”. Sin embargo, el propósito va más allá de las apologías, de competencias en cuanto a marginalidad o del reconocimiento simple de que se carece de privilegios, ya que las clases medias también tienen orígenes diversos y además engloban mundos distintos completos. Más que binarios cómodos, entonces, se busca explorar los tonos grises bajo los siguientes cuestionamientos: ¿qué tipo de encuentros se producen desde ahí?, ¿cómo cruzan las parteras clases diferentes?, ¿qué nos puede enseñar su situación sobre nuestro mundo actual?, ¿cómo negociar la lucha por la partería en el mundo poscolonial?
Este proyecto de investigación inició de manera más sistemática en otoño de 2014, cuando el Programa de Becas Posdoctorales de la Universidad Nacional Autónoma de México me otorgó una beca para llevar a cabo un estudio sobre la politización de la partería en el caso de las parteras autónomas mexicanas. Para dar cuenta tanto de los debates emergentes sobre la crítica al sistema biomédico en México y a nivel internacional, como de la aparición de parteras autónomas más activas socialmente en este país, junto con las políticas de desarrollo que toman en cuenta la partería, en la investigación opté por explorar este fenómeno como una forma de politización e incluir los derechos humanos en los partos. Como hipótesis, se planteaba que esta politización podría tener implicaciones en términos de género, interculturalidad y clase social, y que los conocimientos alternativos producidos por tales movilizaciones retaban al sistema dominante; en otras palabras, muy en el rumbo de los movimientos sociales y las redes transnacionales de la llamada política de la protesta.
La politización en este caso se puede entender, retomando la teoría de Palonen (2007), como una reinterpretación de un fenómeno desde el punto de vista político. Para él lo político se entiende como algo que deja de ser dado, y la política como un intento de cambiar el estado existente de las cosas. Así, la politización siempre tiene que ver con las dimensiones de poder, con el antagonismo, la relación de fuerzas, lo conflictivo o lo contradictorio, pero también se trata de una construcción de prácticas, discursos e instituciones, y de la unidad a partir de los movimientos.
La investigación realizada (2014-2016) ha producido resultados que giran en torno a estas afirmaciones originales (Laako, 2016a, 2016b), sin embargo, este libro se incrusta en el marco más amplio de los “conocimientos situados”[2] para sondear los resultados de esta politización en relación con las parteras, tomando en cuenta los siguientes aspectos, que también son parte importante en la estructura del libro:
Las parteras como mujeres situadas: se explora la historia de las parteras para dar cuenta de las batallas de territorio en momentos de transformación y estratificación de las sociedades. Estas luchas por el territorio son importantes para entender los grandes imaginarios relacionados con las parteras, desde antiguamente hasta las sociedades contemporáneas, como resultado de la politización histórica vinculada a la emergencia de la medicina moderna y a otros cambios en las sociedades, que no dejan de ser batallas por cohesionar conocimientos autoritativos. En efecto, en el capítulo 2, “Las parteras como mujeres situadas y actoras políticas”, se habla tanto sobre la caza de brujas, como sobre la competencia con médicos y enfermeras, mencionando el intento de eliminar a las parteras tradicionales, pero también otros factores que han influido en su situación dependiendo del rol societal que se les ha brindado en cada época y de la forma en que las propias parteras han buscado transformarse. Así, el capítulo da cuenta de la emergencia de la “partera posmoderna” con raíces en el activismo de la década de 1960, cuando se hizo una crítica severa al sistema biomédico y al uso de la tecnología en los partos, mientras que en la actualidad optaron por un camino más político en el que combinan, desde su posición contracultural, tanto elementos científicos como tradicionales. Se argumenta que las parteras autónomas mexicanas tienen raíces en esta coyuntura particular. Sin embargo, en estas batallas por el territorio desempeñan un papel importante tanto el género como la clase social, elementos presentes en sus luchas de forma específica.
Las parteras como mujeres situadas en el contexto mexicano histórico y actual: se da cuenta de la forma en que las parteras han persistido, han emergido y han sido marginadas en este país durante siglos, pero especialmente en las últimas décadas. Efectivamente, en el capítulo 3 se describe cómo en el contexto mexicano las parteras profesionales fueron eliminadas en la década de 1960 y, por lo tanto, se ha producido una politización especial porque la partera autónoma se encuentra entre la profesional (que existe de manera marginal en México) y la tradicional (que lleva a cabo su propia batalla, a veces colaborando, a veces chocando con la partera autónoma). Lo curioso del contexto mexicano es que de manera simultánea se diluye y se enfatiza la arraigada división entre las parteras tradicionales y las profesionales.
Las parteras como mujeres situadas en el activismo político local, nacional y global: las parteras no sólo han sido víctimas de las luchas en las que se han visto inmersas, sino que vuelven a emerger, por lo regular, en movilizaciones contraculturales, pronatales, de sufragistas, de feministas y de salubristas. Más recientemente, como se discutirá en el capítulo 4, donde se da cuenta de los movimientos sociales y de las redes transnacionales, se han enfocado en luchas pro-mujer en cuestiones de derechos: derechos reproductivos, derechos de las mujeres y derechos humanos en los partos. Más específicamente, se han producido movilizaciones recientes en América Latina en torno a dos conceptos particulares: la humanización del parto y la visibilización de la violencia obstétrica, ambos temas insertos en la crítica a la tecnología de los partos.
Las parteras como mujeres situadasen las políticas de desarrollo global, con un enfoque específico en países del llamado tercer mundo y también en los pueblos indígenas. Así, el capítulo 5, último del libro, se incrusta en el contexto complejo de las políticas de desarrollo en relación con el cuidado materno y la situación de las parteras, para describir cómo se ha politizado el modelo occidental de atención en partos, pero también cómo las parteras se encuentran en una situación compleja, entre recibir el apoyo de la política actual como profesionales, y frente a las parteras tradicionales estigmatizadas. En este capítulo se plantea sobre todo la necesidad de explorar el vínculo entre los derechos reproductivos y los derechos indígenas en el caso de las parteras indígenas: ¿en qué sentido deberían tomarse en cuenta los conocimientos indígenas de las parteras en las políticas de desarrollo?
No obstante, este libro también incluye otra estructura paralela relacionada con las “mujeres situadas”: la de los caminos, las historias y las voces de las propias parteras autónomas entrevistadas durante la investigación. Estas historias son principalmente transcripciones de pláticas que mantuve con parteras autónomas en Chiapas, Ciudad de México, Oaxaca y Quintana Roo, en las que ellas cuentan tanto su camino hacia la partería, como su modo de ser parteras y sus batallas por ejercer en México.
Resulta importante mencionar que las minihistorias (como aquí las llamo) integradas en esta obra han sido revisadas y corregidas por ellas mismas. Por este motivo, eliminaron algunos de sus comentarios originales, pues sentían que podrían perjudicarles. Para evitar este tipo de autocensura se planteó la opción de publicar las minihistorias de forma anónima. De hecho, una partera incluso propuso “tomar una postura política fuerte”, que todas las historias fueran anónimas.
Sin embargo, la mayoría opinó que en la coyuntura política mexicana actual era importante que aparecieran en la obra con su propio nombre y apellidos, siendo transparentes con su palabra, para hacerse de esta manera “parteras públicas”. Así, por decisión colectiva de ellas mismas se presentan las minihistorias con sus nombres, tomando en cuenta que han tenido el derecho de modificarlas. Agradezco a todas las mujeres que han participado en esta investigación por darme permiso para publicar sus historias y voces.
De la misma manera, vale la pena hacer notar que las parteras autónomas a las que nos referimos en esta obra no son sólo las entrevistadas, y éstas tampoco son las mejores ni las más famosas ni las más importantes: son algunas parteras autónomas mexicanas que se han movilizado por los derechos reproductivos y por la partería en el país durante las últimas décadas. Fueron seleccionadas por mis relaciones anteriores con algunas de ellas, otras por recomendaciones, y otras simplemente porque en momentos oportunos estaban disponibles para platicar. En México existen muchas más parteras brillantes e importantes que no se encuentran en estas páginas.
Efectivamente, este libro se incrusta en una coyuntura particular que se está transformando con gran rapidez, difícil de captar, y cuyo avance no se podrá detener. Se trata de una coyuntura que inició en México en los años ochenta y que alcanzó más fuerza a partir de la primera década de este siglo, cuando aparecieron parteras que conscientemente se identificaban como autónomas y criticaban el sistema médico moderno, establecieron casas de partos a pesar de las dificultades de regulación y se movilizaron en todo tipo de activismos promujer, pero, sobre todo, llevando a cabo un esfuerzo colectivo organizado a través de asociaciones regionales, nacionales e internacionales. Ellas insisten en trabajar de forma independiente y en defender la naturaleza especial de su vocación, al mismo tiempo que mezclan conocimientos derivados tanto de la partería tradicional mexicana (con la que buscan tejer puentes), como del ámbito científico (pero no necesariamente tecnológico). Y, en su mayoría, han defendido derechos humanos de todo tipo, pero en especial los derechos de las mujeres.
Al momento de escribir estas líneas no es posible saber cómo se desarrollará esta movilización en las décadas que vienen. ¿Lograrán algunas de ellas regularizar y profesionalizar la partería en México desde su pasada posición marginal?, ¿se consolidará su labor en algún otro modo viable?, ¿cómo influirá la llamada “modernización” del cuidado materno o la partería tradicional e indígena en las políticas de desarrollo?, ¿pasará simplemente el momento del activismo como un ciclo de protesta, y quedara sólo en un intento heroico de unas personas que practicaban su vocación en contextos dados de manera marginal, un riesgo que las parteras autónomas enfrentan a nivel global?
Sólo el tiempo podrá responder a estas preguntas, pero quiero creer que una captura de este momento coyuntural, y un análisis de la situación y de lo situado de esta coyuntura desde los ojos tanto de la autora como de las propias parteras autónomas, darán pistas potenciales que nos permitirán comprender mejor la partería mexicana y global, así como la sociedad y el mundo en el que habitamos.
En consecuencia, esta obra está dirigida a quienes les interesa el destino de la partería en México: académicos, especialistas, estudiantes y estudiosos, sobre todo de ciencias sociales y humanísticas, pero también de otros campos enfocados en el tema, como especialistas de instituciones y activistas que apoyan los derechos reproductivos, los derechos humanos en los partos y los derechos de las mujeres.
Sin embargo, este libro está sobre todo destinado a quienes no conocen bien la partería y no están seguros de qué tiene que ver con el México contemporáneo; para quienes no tienen una idea clara de cómo es el trabajo de estas mujeres y cuáles son sus preocupaciones. También está dirigido a quienes piensan que las parteras son reliquias de tiempos pasados, que están desgastadas y han sido marginadas de forma natural por los avances de la ciencia moderna. Sin embargo, a decir verdad creo que mi deseo está destinado a fracasar en este punto, ya que por lo general las personas convencidas de sus creencias no se atreven a retarlas leyendo este tipo de páginas.
No obstante, por lo dicho anteriormente, también habrá que aclarar que este libro no cubre todo lo que se debe saber sobre la partería mexicana ni sobre la partería global, ni abarca a todo tipo de parteras en México, sino que se enfoca en una clase de parteras en particular: las autónomas o “posmodernas”, que se encuentran en la encrucijada entre la partería tradicional y la profesional, en el contexto de la movilización contracultural de los años sesenta del siglo pasado por la que se intentó rescatar el poder de las mujeres sobre su propio cuerpo. A pesar de que en este libro se sostiene la importancia de visibilizar y entender a la partera autónoma en el contexto actual de este país, no tiene el objetivo, en absoluto, de reducir la importancia de otras parteras, por ejemplo, de las tradicionales e indígenas. Más bien, considero que los trabajos en torno a los diferentes tipos de parteras ayudan a la retroalimentación y sirven para capturar realidades distintas, con elementos comunes y compartidos.
Durante la investigación realicé entrevistas semiestructuradas y abiertas en cuatro estados: en Chiapas a tres parteras, en Oaxaca a dos parteras, en la Ciudad de México a cinco parteras y en Quintana Roo a una. En Chiapas, a lo largo de los años he visitado cuatro casas de partos (algunas de ellas varias veces), en la Ciudad de México dos y en Quintana Roo una.
Además, he realizado observación participante en varios eventos organizados por parteras: el Día de las Parteras organizado en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 2012; el Primer Foro Regional de la Asociación Mexicana de Partería en Tulum, Quintana Roo, en abril de 2015, y el Foro Nacional de la Asociación Mexicana de Partería en Ciudad de México, en noviembre de 2015. En estos eventos llevé a cabo pláticas informales con las asistentes.
En el foro regional que tuvo lugar en Tulum realicé un cuestionario que respondieron quince parteras: diez indígenas de las regiones de Quintana Roo y Chiapas, y cinco autónomas y profesionales de otros estados del país. Esto me permitió efectuar un análisis comparativo inicial de las relaciones y visiones de los diferentes tipos de parteras en el país, aunque no es el enfoque específico de esta obra.
También vale la pena notar que yo misma parí a mi segunda hija con dos parteras entrevistadas en esta obra, un tema que desarrollaré con más detalle al final del capítulo 1, en el apartado que lleva por título “La autora situada”.
Además del trabajo estrictamente empírico, durante la investigación exploré literatura especializada sobre el tema, así como material de primera y segunda mano consultado en internet y en las redes sociales, por ejemplo, en las conversaciones en la página de Facebook de la Asociación Mexicana de Partería, en las páginas de las casas de partos, y en folletos, reportes y noticias periodísticos.
La obra también se ha beneficiado de un uso modesto de novelas, no solamente escritas por y sobre parteras, sino también otras que se enmarcan en la literatura poscolonial, porque tienen el mérito de ilustrar conocimientos situados acordes con los objetivos del trabajo. En este sentido, describo este libro más bien como una obra híbrida, que cruza lo científico social y la no ficción con elementos biográficos, autoetnográficos y literarios.
Antes de pasar al primer capítulo en el que nos referiremos a los conocimientos situados, en esta introducción plantearé tres cuestiones de suma importancia para este trabajo. En primer lugar, resumo brevemente los puntos principales de la obra clásica de Brigitte Jordan (1993), Birth in Four Cultures: A Crosscultural Investigation of Childbirth in Yucatan, Holland, Sweden, and the United States (Nacimiento en cuatro culturas: una investigación intercultural sobre partos en Yucatán, Holanda, Suecia y Estados Unidos), cuya primera edición se publicó en 1978, la segunda en 1980 y la tercera en 1983. El libro ha sido descrito como pionero en el campo de la antropología del parto y en otras disciplinas: introdujo una perspectiva comparativa de los sistemas bioculturales del parto que hasta hoy nos permite poner bajo la lupa crítica los sistemas bioculturales en los que se producen y reproducen también los “conocimientos autoritativos”, término acuñado por Jordan, que estoy convencida de que puede contribuir con elementos clave no solamente para entender las culturas del parto hoy en día y el posicionamiento de las parteras en ellas, sino también para añadir elementos a los “conocimientos situados” sobre las luchas y dificultades de los conocimientos alternativos frente a los conocimientos dominantes.
En segundo lugar, paso a plantear el reto de precisar quién y qué es una “partera”, el actor principal de esta obra. Aunque tal definición se ofrece en el apartado que sigue —y se continuará hablando sobre el tema a lo largo de la obra—, es importante explicar que la definición de la partera juega un rol fundamental en su politización. En otras palabras, un resultado de esta investigación ha sido la politización de la misma definición de la partera: ¿quién es partera y quién debería ser?, ¿al servicio de quién está, quién le paga y cómo por su trabajo?, ¿cómo y en dónde trabaja?, ¿cómo se educa y en dónde?, ¿quién la reconoce y quién la limita?, ¿quién tiene la autoridad de decidir quién es partera? Todas son preguntas clave que van al fondo de la politización del término.
Por último, mencionaré brevemente la noción de autonomía, con enfoque en la autonomía profesional de la que han carecido las parteras en México, y, a partir de ahí, explicaré las razones por las que introduje el término “parteras autónomas” en el título de este libro.
La pionera de la antropología del nacimiento y el parto,[3] Brigitte Jordan (1993), introdujo dos conceptos de suma importancia para entender tanto el tema de los partos, como el de las parteras involucradas en ellos, los sistemas bioculturales de los partos y el conocimiento autoritativo.
En este apartado mi intención es resumir brevemente la contribución de Jordan a estos dos conceptos ya que sirven para entender la politización en torno a las parteras en marcos más amplios y la importancia de los partos en el escenario “político” de las sociedades. Argumento que, aunque ni Jordan ni los autores contemporáneos que se refieren a los conocimientos situados se comunican dados sus temas y contextos diferentes, este tipo de interacción podría ser útil tanto para los estudios de los partos y de las parteras, como para los relacionados con los conocimientos situados, ya que los dos ámbitos buscan visibilizar sistemas de conocimientos y su legitimidad en contextos diferentes. En tal sentido, a lo largo de este libro busco tejer puentes entre estas dos ramas de estudio.
En primer lugar, Jordan (1993) hace visibles los sistemas bioculturales de los partos. Ella define el parto/nacimiento como un evento culturalmente anclado, biosocialmente mediado y que se logra en interacción. En todas las sociedades, argumenta ella, los partos y los nacimientos comparten ciertas características físicas comunes, y todas las sociedades los identifican como una crisis marcada desde lo social que, por tales razones, se modifica y se perpetúa por consenso social.
En otras palabras, ya que el parto se identifica como una crisis, o sea, como una transición potencialmente peligrosa que volverá, entre otras cosas, a modificar las relaciones humanas (el nacimiento de un bebé siempre transforma relaciones, ya sea familiares o de la comunidad, ya que también cambia el estatus de todas las personas involucradas), se construyen prácticas diferentes en torno a este evento.
Entonces, de acuerdo con Jordan, si el parto y el nacimiento constituyen un evento biosocial, se sugiere y reconoce de manera simultánea su función biológica universal y la matriz social y culturalmente específica en que se incrusta la biología humana.
Ya que el parto y el nacimiento son universalmente tratados como un evento de crisis de la vida, quienes los atienden consideran que sus maneras de hacerlo, culturalmente construidas, son las formas correctas y adecuadas, incluida la forma de traer a un bebé al mundo. En este sentido, las prácticas de los partos y nacimientos parecen empacadas en una rutina relativamente uniforme, sistémica, estandarizada y ritualizada, e incluso moralmente requerida a partir de un sistema dado. Así se construyen los sistemas bioculturales de partos y nacimientos.
Dado que tales sistemas tienen que ver con un fuerte sentido de superioridad, incluido un requerimiento moral alto que se construye dentro de cada sistema en función —lo cual normalmente deja a sus practicantes desinformados sobre otros modos alternativos de conocimiento—, argumenta Jordan que los partos deberían investigarse no solamente a partir de la antropología, sino desde las ciencias sociales en general. Sostiene que no se debe dejar que esta área de estudio quede sujeta a exploraciones a partir de visiones orientadas a lo médico (que enfatizan lo anormal y patológico-fisiológico) o de visiones antropológicas limitadas a rituales, sino que se debe tomar en cuenta el aspecto biosocial y político del evento y las relaciones de poder de quienes toman decisiones.
A pesar de que Jordan planteó esta afirmación en 1978, cuando los partos y nacimientos casi no se habían estudiado desde la antropología y sólo se investigaban desde visiones médicas, a la luz de la presente investigación considero válido volver a retomarla.
La autora mencionada (1993) también defiende los beneficios de la investigación comparativa, que pueden contribuir a visibilizar la política relacionada con estos sistemas, ya que frecuentemente los practicantes suelen permanecer ciegos a sus propios sistemas de conocimiento porque los consideran órdenes naturales. No obstante, también menciona que es necesario estar consciente de no imponer las categorías de la propia sociedad al trabajo comparativo, un sesgo común por el que se ha criticado el eurocentrismo, lo que se tratará con más profundidad en capítulo 1.
Esta autora considera que los sistemas biosociales de los partos son generalmente muy estables a pesar de las grandes diferencias que presentan entre sí, de modo que un problema que específicamente no emerge desde el interior de estos sistemas estables es la evaluación radical y crítica de las prácticas propias. El examen autoconsciente parece ser una característica que únicamente se presenta cuando un sistema atraviesa por una transformación.
Jordan reflexiona que los sentimientos de lo correcto, incluso el requerimiento moral, relacionados con las prácticas de parto y nacimiento de la propia cultura son generalmente compartidos por todas las personas que participan: la parturienta, su familia y quienes se encargan de ella, sean profesionales o empíricos (1993: 45). Por lo tanto, en un sistema dado resulta difícil separar las necesidades que son realmente fisiológicas de las que tienen que ver con la producción social. Dado que las prácticas de partos son tan rígidas y resistentes a la práctica experimentada desde adentro, es la investigación comparativa la que puede iluminar cuestiones no visibles en el interior de los sistemas.
Con el fin de demostrar sus resultados de investigación comparativa, con base en los sistemas biosociales de partos en Yucatán, Suecia, Holanda y Estados Unidos, Jordan creó su propio marco interpretativo relacionado con los elementos biosociales de los partos. Estos son: la definición cultural de los partos, sus formas de preparación, los encargados de ellos y sus sistemas de apoyo, el territorio de los partos, el uso de medicamentos en los partos, la tecnología en los partos, y el lugar de toma de decisiones sobre el parto.
Considero que no es relevante resumir aquí todos sus resultados de investigación, pero mencionaré un ejemplo importante que tiene que ver en específico con las luchas de las parteras: el territorio. Un parto y un nacimiento siempre tienen un lugar. Sin embargo, no es trivial considerar, argumenta Jordan (1993: 67), que, como el parto de por sí se ubica en un lugar, inevitablemente sucede en un territorio de alguien, por lo que es importante analizar con cuidado qué tipo de interacciones ocurren en ese territorio. Por ejemplo, en Estados Unidos hoy en día los partos invariablemente suceden en el territorio de los hospitales, un terreno marcado y especializado del que se ha adueñado la jerarquía médica. Por otra parte, en Yucatán, cuando se realizó la investigación, la mayoría de los partos sucedían en la casa, en la esfera personal de la mujer, no marcada, en donde ella podía parir en su propia hamaca.
También nota Jordan que el territorio de los partos y nacimientos se ve influido por la clase social dependiendo del sistema biosocial (1993: 72). Por ejemplo, en algunos lugares los partos de alto riesgo se llevan a cabo en hospitales y los de bajo riesgo en las casas; en otros, las mujeres de clase media y alta paren en hospitales, mientras que las mujeres de clases bajas lo hacen en las casas, y, en otros contextos, las mujeres bien educadas y de clase media paren en sus casas, mientras las mujeres de clase baja lo hacen en hospitales.
“De quién es el territorio donde el parto toma lugar”, sostiene Jordan, “define los recursos que están disponibles y la designación de responsabilidades, así como también el crédito por el nacimiento” (1993: 75).
Lo mismo ocurre con todos los elementos identificados por Jordan como características de los sistemas biosociales de los partos. Esta autora se inclina por subrayar un último elemento: el lugar de la toma de decisiones, ya que una de las diferencias más grandes entre los sistemas que ella estudió era el grado de autogestión que se le permitía a la mujer en cada sistema: ¿quién es el dueño del parto?
Mientras en Yucatán las decisiones sobre los partos eran resultado de una negociación entre todas las personas participantes (la partera, la parturienta y sus familiares) y la partera no era la encargada de tomar decisiones, sino de buscar la forma en cómo llevarlas a cabo, en Holanda las parteras no tenían que seguir las ordenes de los médicos, aunque los partos se manejaban de forma institucional. Por su parte, en Suecia la mujer hospitalizada tenía cierto poder para decidir sobre su cuidado y tratamiento médico, y en Estados Unidos la mujer no tenía competencia alguna para tomar decisiones sobre su cuerpo.
Tras observar partos en estos lugares, Jordan narra que los sistemas biosociales de los partos toleran un alto grado de justificación que deriva de estándares con base en la definición local de los partos. Simultáneamente, las justificaciones sirven para que los practicantes asuman la superioridad técnica y moral de sus propios sistemas. Esto es importante ya que, como nota Jordan, la creencia en la superioridad del sistema propio se traduce en expresiones de recelo e indignación, las cuales los participantes, debidamente socializados, demuestran hacia las prácticas de otros sistemas (1993: 122). Asegura Jordan que este es un fenómeno común no sólo en sistemas tecnológicamente muy desarrollados (como en Estados Unidos), sino en cualquier sistema estable (que en ese momento, por ejemplo, también se aplicaba en Yucatán, donde los partos se realizaban en casas).
Esto puede explicar los gestos de recelo e indignación que las parteras han enfrentado a lo largo de su historia, y también los que el sistema médico moderno dominante muestra hacia las mujeres que eligen parir en casa, o las difíciles relaciones entre el sistema médico moderno y el sistema obstétrico de los pueblos indígenas.[4]
En segundo lugar, a través de un análisis comparativo de los sistemas biosociales de los partos, Jordan llega a su concepto principal, el “conocimiento autoritativo”. Traduzco authoritative como “autoritativo” para ilustrar la noción de esta autora sobre el proceso en que un sistema de conocimiento se superpone a otros, más que para indicar una autoridad o algo autoritario.
Precisamente, Jordan enfatiza que el concepto de conocimiento autoritativo no se refiere al conocimiento de las personas en posiciones de autoridad, sino:
La observación central es que, para cualquier contexto particular, existen varios sistemas de conocimiento; algunos por consenso llegan a tener más peso que otros porque explican el estado del mundo mejor para los propósitos del momento (“la eficacia”) o porque están asociados con una base más fuerte de poder (“la superioridad estructural”) y, frecuentemente, ocurren las dos cosas. […] A veces existen sistemas de conocimiento igualmente legítimos y paralelos, y la gente se mueve más o menos con facilidad entre ellos, usándolos en secuencias o de manera paralela para usos particulares. Pero frecuentemente un tipo de conocimiento impera sobre los otros. Para legitimar una forma de saber como autoritativo, en un sistema se devalúan, y muchas veces incluso se descartan, todas las demás formas de saber. […] Quienes apoyan los sistemas alternativos de conocimientos suelen ser vistos como atrasados, ignorantes o conflictivos ingenuos. Lo que sea que ellos puedan decir sobre las cuestiones a negociar se califica como irrelevante, sin fundamento y alejado del punto principal. […] La constitución del conocimiento autoritativo es un proceso social continuo que tanto construye, como refleja, las relaciones de poder dentro de una comunidad de práctica. Se hace de tal forma que todos los participantes llegan a ver el orden social actual como un orden natural, en otras palabras, la forma en que las cosas (obviamente) están (Jordan, 1993: 152-153, traducción propia).
De esta manera, explica Jordan, la devaluación de los sistemas de conocimiento no autoritativos es un mecanismo a partir del cual las estructuras sociales jerárquicas se generan, mantienen y exponen. Los sistemas de conocimiento autoritativo son atractivos y convincentes porque aparecen como naturales, razonables y colectivamente construidos.
Asimismo, estos sistemas también conllevan la posibilidad de sanciones poderosas que oscilan entre la exclusión de un grupo social y la coerción física. La gente no solamente acepta tales sanciones, sino que está activa y sencillamente involucrada en su producción y en su reproducción rutinaria.
Jordan también menciona que es importante darse cuenta de que un cuerpo de conocimiento autoritativo no nos habla, como analistas o científicos sociales, sobre lo “correcto”, adecuado y preciso de este conocimiento, sino sobre la posición dentro de un grupo social particular y sobre lo que hace que se mantenga la definición del grupo en relación con la moralidad y la racionalidad:
El poder del conocimiento autoritativo no es que sea lo correcto, sino que cuenta. Hemos visto, entonces, que en la sala de partos están en realidad presentes varios conocimientos diferentes, pero el único que cuenta es el conocimiento emitido por el médico. Este conocimiento se comunica hacia abajo según la estructura jerárquica, en la que la mujer es el miembro más distante (1993: 154-165, traducción propia).
Efectivamente, los conceptos de “sistema biocultural de los partos y nacimientos” y de “conocimiento autoritativo” nos sirven para entender mejor las batallas de territorio y de politización de las parteras que se abordan en esta obra, ya que se tratan de cruzar, encontrar y criticar diversos elementos, no solamente las clases sociales, sino los sistemas autoritativos y los sistemas biosociales dominantes.
Tal como sostienen Davis-Floyd y Sargent, a pesar de que Jordan fue la precursora de lo que se podría llamar “antropología del parto”, como consecuencia de los movimientos de mujeres en los años ochenta se produjo un importante incremento en los estudios antropológicos sobre este tema, y hoy en día la necesidad de información intercultural sobre el nacimiento está creciendo ya que las mujeres reclaman cada vez más el control sobre su propia reproducción a niveles globales (1997: 1-51).
A pesar del optimismo de los años ochenta del siglo pasado, argumentan las autoras, la realidad no es tan diferente hoy: los partos hospitalarios dominantes bajo el sistema médico moderno, de carácter autoritativo, siguen siendo atractivos para la mayoría de las parturientas en los países occidentales, pero también es necesario explorar los sistemas ajenos a la cultura occidental que, en su creciente tendencia hacia la “modernización”, se están asimilando al proceso autoritativo del mismo modelo occidental:
A pesar del aparente rango amplio de las opciones para los partos en los noventa, el tecnoparto sigue siendo lo hegemónico: el 98% de las mujeres norteamericanas dan a luz en hospitales; en muchos hospitales, el 80% recibe anestesia epidural. Aproximadamente la mitad de los partos están siendo acelerados con pitocin, y se realizan episiotomías en más del 90% de los primeros partos. A casi todas las mujeres se les conecta a monitores fetales electrónicos, y la tasa de cesáreas es del 21%.
Las muestras de oposición más heréticas a este hacer hegemónico —la partería independiente y los partos en casa— las realizan menos del 2% de las mujeres parturientas. […] Los métodos y valores de estas personas activistas, su lenguaje y discurso, sus creencias y prácticas, éxitos y fracasos, tienen mucho que enseñarnos sobre el cambio cultural; merecen más atención antropológica que el sistema tecnomédico al que se resisten. […] A donde sea que uno mira, los sistemas indígenas de conocimiento relacionados con el parto están siendo reemplazados por las prácticas tecnomédicas, y compiten con ellas, o se puede acceder a ellos como estatus de segundo rango —un proceso que requiere de análisis antropológico […] (Davis-Floyed y Sargent, 1997: 1-51, traducción propia).
Efectivamente, estas dos autoras, que publicaron su compilación Childbirth and Authoritative Knowledge: Cross-Cultural Perspectives (Los partos y el conocimiento autoritativo: perspectivas interculturales)[5] en 1997 como homenaje a la obra de Brigitte Jordan, siguen afirmando que su teoría sobre los sistemas biosociales de los partos y el conocimiento autoritativo continúa siendo actual. Para ellas, hacen falta más estudios antropológicos y de ciencias sociales que traten, entre otros temas, sobre: los conflictos y tensiones en los sistemas de conocimiento autoritativo, el lenguaje de los partos, los flujos entre los discursos sobre los partos y las experiencias privadas de las mujeres, el proceso de investigación de los partos, las agendas de las feministas sobre los cuerpos de las mujeres y los roles reproductivos, las opciones de las parturientas, los discursos, ideologías y trato de las mujeres parturientas en las culturas en que viven, los factores culturales e ideológicos que influyen para que la mujer se dirija hacia las rutas hegemónicamente aprobadas, y las políticas de parto como representaciones culturales.
A continuación plantearé brevemente cómo todos los puntos anteriores influyen y ponen sobre la mesa el reto de definir quién y qué es una “partera”.
Como bien se sabe, la partería es una de las vocaciones femeninas más antiguas del mundo. En la antigüedad, solían provenir de las comunidades y atendían a las mujeres durante el embarazo, el parto y el posparto. Esta es la definición más sencilla de lo que implica ser partera.
También ha sido común considerar la partería como una de las profesiones femeninas más antiguas del mundo, un ámbito en el que las mujeres han podido acumular conocimiento y ejercer su capacidad y sabiduría propias. Como parteras, sacerdotisas, curanderas y obstetras, se les ha brindado un estatus en sus comunidades. Tal como escriben Veronika Sieglin y Georgina Sánchez:
Ayudar a otras mujeres a dar a luz es una de las profesiones femeninas más antiguas en el mundo. Dibujos del antiguo Egipto muestran el acompañamiento a mujeres parturientas por parte de otras mujeres, quienes les administraban masajes y remedios para aliviar los dolores de parto o para acelerar la expulsión del feto, al tiempo que revisaban y atendían al recién nacido. En la Grecia antigua, algunas parteras gozaron de gran prestigio por sus conocimientos médicos y sus habilidades obstétricas. Este es el caso de Aspasia de Mileto y de Lais en el segundo siglo antes de Cristo, quienes adquirieron fama por sus técnicas de voltear al feto dentro del útero y por sus estudios y tratamientos de la fiebre puerperal. Otra partera notable fue Olympia de Tebas en el primer siglo antes de Cristo, quien era gran conocedora de remedios abortivos y anticonceptivos. En la antigua Roma se distinguieron las obstétricas —mujeres con conocimientos médicos sobresalientes en los diversos campos de la reproducción humana— de las parteras, quienes asistían a la mayoría de las mujeres a la hora de dar a luz. La obstetricia era reconocida como un ámbito de saber femenino, por lo que los primeros tratados ginecológicos escritos por varones reconocieron como fuente de conocimientos sobresalientes, tanto a las médicas, como a las parteras.
Como especialistas en el ámbito reproductivo, las parteras gozaron en la antigüedad del mismo estatus que los demás médicos y curanderos. La invalidación gradual de la partería ejercida por mujeres, su subordinación a la ciencia médica y los controles cada vez más estrictos sobre las prácticas de la partería son un fenómeno característico apenas de la modernidad (Sieglin y Sánchez, 2015: 12).
Para definir lo que significa la partería, no obstante, es necesario prestar una cuidadosa atención al utilizar la palabra “profesión” ya que tiene implicaciones y bagajes múltiples. De manera sencilla se puede decir que una profesión es aquello que en la modernidad ocupa el tiempo completo de una persona y le proporciona fondos económicos. En otras palabras, la profesión es algo a lo que la persona se dedica más o menos de tiempo completo y utiliza como medio para ganarse la vida, como su empleo o trabajo. Hoy, el concepto de profesión se vincula en alto grado al ámbito de la especialización: se considera que una persona profesional es aquella de formación y conocimiento especializado, por lo general escolarizado, académico y regularizado. En casos más estrictos, el término profesional refiere a la persona que puede demostrar esa profesionalidad con diplomas o certificados.
Evidentemente, en el caso de la partería el concepto de profesión se ha adjudicado de forma más flexible: la partera se ha considerado como una profesional de su época, avalada por su comunidad para realizar su trabajo, en el que ocupaba la mayoría de su tiempo; una mujer dedicada a un ámbito específico, lo que le permitía acumular y ejercer su propio conocimiento especializado aunque no se reconociera en el ámbito formal de las sociedades.
Sin embargo, no ha sido siempre claro si en las comunidades la partera antigua se ocupaba de esta actividad a tiempo completo o sencillamente apoyaba a las mujeres cuando la necesitaban y el tiempo restante lo utilizaba para realizar trabajos comunales y familiares como las demás personas. Este ha sido un punto planteado por los estudiosos, que comentan que la palabra “profesión” puede resultar problemática para identificar a las parteras tradicionales de hoy.
Lo que sí se ha planteado en la literatura sobre la partería antigua es que la tradición de ser partera comúnmente se transmitía por generaciones y a través de aprendices, o sea, en formas en las que se acumulaba el conocimiento necesario sobre los cuidados de la mujer durante el embarazo, parto y posparto; en este sentido, la aspirante a partera pasaba por un proceso de aprendizaje que se transfería a las siguientes generaciones.
Efectivamente, si se consideran la tradición familiar y el modelo aprendiz como estudios para lograr un conocimiento especializado, entonces sería adecuado considerar la partería antigua y tradicional como una profesión semejante a otras profesiones artesanales (prioritariamente masculinas) que también por siglos se han apoyado en el modelo aprendiz.
Sin embargo, ya que hoy estamos sujetos a los modelos de la educación formal, a partir de los sistemas autorizados por los Estados o por los sistemas internacionales, que requieren de certificados y especialización, no podemos evitar tomar en cuenta el bagaje del término “profesional” tal como se entiende hoy. De este modo, como se discutirá en el capítulo 2 sobre la historia de las parteras en la época moderna, el término profesión ha implicado la creación de sistemas excluyentes de “profesionales” que frecuentemente han sido caracterizados por el elitismo, el racismo y el sexismo. En la trayectoria de establecimiento y cohesión de una profesión, frecuentemente se ha dado un proceso de discriminación de otros grupos u otros conocimientos, excluidos ahora del grupo “profesional” más poderoso, tal como se señaló en el apartado anterior sobre los conocimientos autoritativos.
En este sentido, la profesionalización ha sido históricamente una amenaza para la partería y sus modelos de aprendizaje. Sin embargo, tal como comentan Sieglin y Sánchez (2015: 13), en el caso europeo, por ejemplo, la partería se convirtió en una profesión técnica como cualquiera que se desarrolló de forma escolarizada e institucional. Como me mencionó una partera autónoma en una entrevista:
Entiende que hoy una gran parte de las parteras [oficialmente reconocidas] en el mundo, pero sobre todo en países europeos, son mujeres que no han tenido ningún sentido de vocación hacia este trabajo, sino que la profesión les ha convenido como una carrera técnica cualquiera, que primero estudian en las escuelas, luego entran a trabajar en los hospitales, les pagan más o menos bien, y están cobijadas por el sistema ante cualquier riesgo, y nada más. Sólo somos como 10% de este grupo las que elegimos la profesión por vocación y pensamos más allá de las carreras, en los orígenes de ser parteras, en las raíces y la autonomía (entrevista, febrero de 2015).
En este punto considero importante traer a colación tres términos más. El primero es el concepto de “vocación”, que implica que una persona siente pasión o algún tipo de llamado interior para dedicarse a una labor. En este trabajo utilizamos el término con referencia específica a las parteras que han elegido serlo más por vocación que por profesión, aunque sean profesionales.
