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Freud enunció esta pregunta: "¿Qué quiere la mujer?". Lacan reformuló la pregunta y la transformó radicalmente al plantearla como: "¿Qué quiere una mujer?", ya que a ellas, decía, hay que tomarlas "una por una". Muchas veces se tiene la impresión de que, en lo concerniente a la cuestión de los sexos –a la sexualidad tanto masculina como femenina–, el discurso social se deja arrastrar hacia una pseudo-simplicidad. Sin embargo, la sexualidad no es una cuestión sencilla. Es el núcleo más opaco de lo humano y da cuenta de las modalidades propias a cada sujeto de obtener su satisfacción; más allá y más acá de su propia anatomía. Cada uno produce una respuesta singular a lo enigmático del sexo; a lo que no puede transmitirse como se transmitiría un conocimiento práctico, una técnica. La posición sexual es cuestión de una decisión electiva para el sujeto. Si lo masculino puede situarse en el marco de una lógica de lo universal, lo femenino se abre hacia una dimensión de incompletud. Eso hace que la feminidad sea un enigma fecundo que concierne tanto a los hombres como a las mujeres. Compilación de Shula Eldar.
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2018
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© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO484
ISBN: 9788424937973
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
INTRODUCCIÓN
I. LA DIFERENCIA DE LOS SEXOS EN EL DISCURSO SOCIAL
EL PSICOANÁLISIS Y LAS DIFERENCIAS SEXUALES EN LA ACTUALIDAD
SE BUSCAN HOMBRES. INTERESADOS PRESENTARSE EN CUALQUIER ESQUINA
LA FEMINIZACIÓN DEL MUNDO
EL SEXO DÉBIL
II. MALTRATOS
LA SUPUESTA PELIGROSIDAD FEMENINA
RESPONSABLE DE SUS ACTOS
EL RECHAZO COMO GOCE EN LA ANOREXIA FEMENINA
III. LAS MUJERES Y SUS SÍNTOMAS
LAS MUJERES, EL AMOR Y EL GOCE ENIGMÁTICO
ESTAR SOLA Y SER LA ÚNICA: UN ESTUDIO PSICOANALÍTICO DE LA SOLEDAD FEMENINA*
HOY COMO AYER: «LA PROTESTA HISTÉRICA»
A PROPÓSITO DE LA NEUROSIS OBSESIVA FEMENIN*
IV. ESCRITURA Y ARTE
«THE DEATH OF THE MOTH». SOBRE UN ENSAYO DE VIRGINIA WOLF
LAS MUJERES, EL AMOR, EL CUERPO
DE LA SOCIEDAD DE MUJERES
EL «CHER(E) MAÎTRE» DE GUSTAVE FLAUBERT
SOBRE LOS AUTORES
NOTAS
Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda sciencia trascendiendo.
SAN JUAN DE LA CRUZ
Elegimos estas bellas palabras del místico para presentar este volumen compuesto por una serie de trabajos, en su gran mayoría inéditos. Cada uno de los autores, en su estilo particular, aborda la cuestión de la feminidad o, para decirlo en nuestros términos, razona sobre algún aspecto de la cuestión del «Otro sexo». La cuestión femenina como tal no podría tocarse prescindiendo de una reflexión sobre lo masculino, su desconstrucción actual por ejemplo,1 así como de la pregunta por la civilización.
En la nuestra, con su marcada tendencia a las conclusiones generalizantes, se va perfilando una cultura que se adhiere, cada vez más, a la banalidad de las «cosas simples y fáciles»2 entendidas, generalmente, en función de su conversión a términos de medida; es decir, en función de su subordinación al número y la cifra como medios instrumentales para limitar la potencia del goce.
Muchas veces tiene uno la impresión de que en lo que concierne a la cuestión de los sexos, a la sexualidad masculina y femenina, el discurso social se deja arrastrar hacia ese nivel de pseudo-simplicidad con el cual comulga muchas veces una ideología de igualitarismo. No sorprende, pues, que nos encontremos por regla general con formulaciones que tienden a la corrección política en materia de sexualidad. Es decir, con construcciones vaciadas de la dimensión del sujeto, al modo de la ciencia; o con un sujeto cognitivizado concebido como un ser altamente educable (!). Quizás por eso las plagas sociosexuales, al menos algunas de aquellas que hoy en día más nos golpean en la cara por su exceso y su violencia, despiertan una inquietante extrañeza que toma consistencia como un factor esencial del imaginario actual.
Como resultado de este tipo de política la sexualidad, que es el núcleo más opaco de lo humano, y por ello también el más patógeno, tanto resbala por la pendiente puramente sociológica y se dice: «conducta», «cuestión de género» o de «roles» como se deja aspirar en una mitología científica que se apodera del cuerpo para convertirlo en un conjunto de unidades neuronales; es decir, en elementos de ficción genética, rechazando lo esencial: la economía libidinal responsable de las modalidades que tiene cada sujeto de obtener su propia satisfacción; más allá y más acá de su anatomía.
Estas modalidades son las que marcan la disparidad de los modos de gozar, cuya acción pone de relieve el fondo insondado de nuestra época.
Si lo masculino y lo femenino no dependen en su condición fundamental de la anatomía, ¿de qué dependen entonces? Dependen de lo que cada uno produce, por sí mismo, como respuesta a lo enigmático del sexo, que es aquello que no puede transmitirse como se transmitiría un conocimiento práctico, una técnica. (El psicoanálisis no inventó ninguna nueva perversión, decía Lacan.)
En tales respuestas, singulares, se encuentran los elementos que deciden la posición sexual; del lado del universal o del lado del no-todo; un masculino y un femenino fruto de una elección y no de una determinación biológica.
Es un hecho sorprendente, y que merece una reflexión no prejuiciosa, que después de más de un siglo desde la invención del psicoanálisis se hayan recrudecido tanto los esfuerzos por acallar la subversión del sujeto que introdujo Freud, por convertir el mundo en una zona limpia de freudismo, desterrando la teoría psicoanalítica de la enseñanza en las universidades y, lo que es mucho más grave aún, intentando erradicarla de raíz de la práctica clínica.
¿Qué escándalo es éste, que aún provoca tanta resistencia?, podría preguntarse uno hoy en día cuando, aparentemente, la cuestión sexual ha dado por tierra con casi todos los tabúes. ¿No será, precisamente, porque no ha cedido en abordar la dimensión femenina? Freud extrajo del clamor del inconsciente de muchas mujeres el fondo de insatisfacción sexual que causaba los síntomas de dolor en sus cuerpos y de él dedujo el método psicoanalítico, para su aplicación general.
Vale la pena volver a dar relieve a estos datos por más que hayan sido muy repetidos porque, actualmente, las cosas se resuelven con una metodología muy diferente: haciendo tragar la píldora de una rectificación por vía química a la que se le supone equilibrar el sistema, pero que tiene como efecto el cortocircuito del decir inconsciente y por ello sirve tan bien de coartada a las exigencias imperativas que deprimen nuestras vidas.
Si la pasión por lo que decían los síntomas fue escandalosa no lo fue menos que Freud osara abrir la caja de Pandora que encerraba un endemoniado enigma: «¿Que quiere la mujer?». Freud no dejó de emplearse en su desciframiento y dio la palabra a sus discípulas, que sacaron de sus propios dramas subjetivos consecuencias insospechadas. De allí bebieron muchas de las corrientes del feminismo, a su pesar o no.
La pregunta freudiana chocó, como tal, contra algunos escollos. Se encontró con puntos de impasse: la envidia del pene es el más divulgado y sirvió para acusar al psicoanálisis de un falocentrismo que fue confundido con el machismo. Es cierto que la cuestión de la feminidad se abordó, en un primer término, a partir de una premisa universal que daba predicamento a lo fálico. O sea, a una función de significancia que ordena la imparidad entre los sexos. «Ser o tener el falo» se estableció como principio de repartición de los sexos en categorías diferenciables, aunque no complementarias.
No se puede decir que las mujeres queden fuera de la lógica fálica. La lógica fálica es determinante de la estructura del sujeto; si las mujeres estuvieran del todo fuera de ella no dirían nada, no hablarían, se mantendrían en un silencio eterno, por fuera del lenguaje, o serían del todo locas. Sólo que ese tipo de lógica no responde por el «todo» de la sexualidad; allí donde la noción de unidad cojea es donde hay «no-todo» que escapa a ella y es desde esta perspectiva desde la que Lacan cambió la formulación de la pregunta freudiana, sólo en un pelo quizás, cambiando el artículo determinado por el indeterminado: «¿Qué quiere una mujer?», porque a ellas hay que tomarlas una por una, decía.
Esto es algo que no sólo los partenaires de las mujeres pueden olvidar; a menudo lo olvidan ellas mismas. Este olvido es una fuente de muchas de las dificultades que tienen con su propia existencia.
«La mujer no existe». Esta es una afirmación que dio lugar a un segundo escándalo, lacaniano esta vez. Hay mujeres una por una, y esa zona de indeterminación, fuera de límite, en la cual el patrón fálico es inoperante es lo propio del heteros femenino. Requiere, por lo tanto, ser abordado por medio de otra lógica que demuestre cómo es posible sostener la disparidad que existe entre un sexo que responde de lo universal y el Otro que le existe. Eso hace que la feminidad sea un enigma fecundo y que concierna tanto a los hombres como a las mujeres. Es algo que los escritores y los artistas, como sucede con muchas cuestiones, saben desde siempre.
Agradecemos a todos los que hicieron posible este volumen; les agradecemos su esfuerzo y su disposición. Cada uno de ellos ha seguido algún hilo, guiado por su propio interés, dando lugar a la variedad de los temas con los que nos dirigimos, aquí, a los lectores.
Hay hombres y hay mujeres. No siempre se distinguen por la diferencia biológica, ya que en el ser humano la biología no marca el destino sexual. Esto se demuestra de modo inequívoco en el empuje al transexualismo, o al travestismo, en algunas personas. La no adecuación del sexo psíquico y del sexo físico nos parece a todos, en esos casos, evidente. A esta evidencia la sanidad pública presta oído en algunos lugares financiando las operaciones de cambio de sexo. Pero la no adecuación del sexo psíquico y el biológico no suele pasar por el empuje a la transformación corporal.
La lógica masculina y la femenina no son iguales. La lógica masculina se rige por el culto a la uniformidad. La lógica masculina sufre del horror a la excepción, a lo que se sale de lo previsto, a la particularidad. Por eso instituciones como la Iglesia o el Ejército han sido, o siguen siendo, de estructura masculina. Allí donde la jerarquía, el ritual y la obediencia constituyen la base del funcionamiento, allí donde rige siempre lo mismo y de la misma manera, allí donde todo está establecido de antemano, allí donde la excepción adquiere el carácter de herejía o traición, allí tenemos la lógica masculina.
La lógica femenina no se rige por el aplastante y obsesivo para todos lo mismo. En este sentido, los sujetos en posición femenina —independientemente de su sexo biológico— son la mejor garantía contra la uniformidad. Toda mujer es una excepción, mientras que los hombres son mucho más predecibles. Los hombres están más apegados a las normas, a lo que debe ser, a la opinión conveniente. A esta opinión sacrifican su libertad, su particularidad y sus deseos. Los hombres tienen, también, un mayor apego al poder. En este sentido, sería muy esperanzador lograr que lo femenino pasase a ser un factor de la política.
Aquí comienza el problema: la presencia paritaria de mujeres en las listas electorales, o en un gobierno, no garantiza nada en términos de discurso. La igualdad sexual se ha planteado casi siempre en términos de equiparación de las mujeres a los hombres. Ésta es la paradoja del movimiento feminista, que al defender la igualdad puede verse abocado a que ésta se realice mediante la inclusión de todos en el discurso masculino. Así realizaríamos el imperio de lo unisex: todos iguales, bajo el modo hombre.
Algunos sectores históricos del movimiento feminista —es el caso, por ejemplo, del feminismo de la diferencia— se apartaban de este planteamiento del feminismo-igualdad. De todos modos, al defender el carácter de «clase social» de la mujer —en el sentido marxista— y propugnar una sociedad de las mujeres, la particularidad volvía a quedar negada en el universal de ese «todas mujeres» que algunas llevaban a la propuesta del lesbianismo como único modo de goce válido y coherente para una mujer feminista.
Al hilo de estas reflexiones no se puede dejar de evocar las posibles consecuencias bizarras de la imposición, por ley, de la paridad sexual en las listas electorales. Esto podría implicar, como ya han destacado algunas voces, el hecho paradójico de que un partido feminista tuviera que intercalar a hombres en sus listas, lo que supondría una limitación en el ejercicio democrático de su opción ideológica.
El discurso de los partidos políticos está dominado por la uniformidad, por lo conveniente, por defender todos lo mismo —incluyendo, si es necesario, defender la misma mentira—. Es difícil encontrar ahí la posición femenina. Los sujetos, hombres o mujeres, en posición femenina no niegan ni la verdad ni la falta y están siempre más cerca de lo particular y de lo sorpresivo. A veces aparece una Celia Villalobos que, encarnando la excepción, vota contra su propio grupo parlamentario y da su aprobación a la ley que regulariza el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero esto no es frecuente, no es fácil encontrar lo femenino en política. Hombres políticos y mujeres políticas hacen y dicen lo mismo. No encontramos Antígonas frente a Creontes. Ni siquiera el acto político de las mujeres en búsqueda de la paz, pleno de ironía y sabiduría, reflejado por Aristófanes en su comedia Lisístrata.
En la época de la defensa de la particularidad —nacional, étnica, religiosa o cultural— frente a la tendencia a la uniformidad, podemos encontrarnos con que la diferencia primaria y fundamental que es la diferencia sexual sea cada vez más difícil de percibir. La debilidad del pensamiento que caracteriza el momento actual puede llevarnos a creer que con actuaciones en el orden del imaginario social, como las políticas de paridad, se promociona el discurso de las mujeres. Esto puede ser un espejismo. La posición sexual no se deriva, automáticamente, de la diferencia anatómica de los sexos. La posición femenina está más próxima al deseo. Es una posición menos sujeta a la coacción de la demanda de uniformidad.
Constituye un progreso fundamental de la civilización que las mujeres puedan ocupar cualquier espacio social y profesional, sin ningún tipo de limitación en función del sexo. Este progreso debe ser aún más valorado por el hecho de que no está garantizado de modo universal. Sin embargo, uno de los riesgos de las políticas de igualdad pudo ser la identificación colectiva al universo masculino. En ese caso podríamos decir: todos iguales, todos hombres. He dicho, en pasado, que éste pudo ser uno de los riesgos porque ahora parece apuntarse otra tendencia en el campo de la diferencia sexual relacionada con los fenómenos que caracterizan a la sociedad hipermoderna y a la globalización.
Jacques Lacan en L’étourdit define a la mujer como no-toda.1 La mujer, al contrario que el hombre, no se puede alcanzar a definir en el orden simbólico. Cosa que, por otra parte, la mujer rechaza: los psicoanalistas lo sabemos bien.
Esto supone una antinomia entre mujer y universal, así como entre mujer y medida. Aunque sólo fuera por esto, por esta razón estructural, el concepto de igualdad entre los sexos se torna problemático. Ésta puede ser la razón por la que se busca remediar con la ley lo que la estructura impide. Las políticas que buscan regular, normativizar, la paridad entre hombres y mujeres: en las listas electorales, en el gobierno y hasta en la dirección de las empresas, pueden suponer un intento de domesticar a través de la contabilidad —que por ser del orden de lo discreto, de lo numerable, siempre está en el orden fálico— lo imposible de cifrar de la diferencia de los sexos. La mujer existe al significante y por eso las mujeres objetan cualquier definición que se les dé de su ser, aunque ellas mismas la reclamen. Cuando Lacan establece la lógica de la diferencia sexual, con el desarrollo de las fórmulas de la sexuación en el Seminario XX: Aún,2 sitúa del lado masculino la posibilidad de constituir un conjunto cerrado: el conjunto de todos los hombres, recurriendo a la excepción que fundaría el conjunto, al Uno de la excepción. Lacan nos dice que «El todo se apoya entonces aquí en la excepción postulada como término».3
La lógica del Uno y de la excepción es la lógica edípica, que funda la castración universal en la excepción mítica del padre de Tótem y tabú,4 el único que no tendría limitado su goce. Pero hay un más allá del Edipo. Y, de algún modo, todas las mujeres, además de participar en la lógica edípica, están en el más acá y en el más allá del Edipo. En el más acá, porque siempre persiste, en su organización pulsional, la demanda oral dirigida a la madre, que nunca la amó lo suficiente. En el más allá porque la mujer no-toda está, también, dentro de la función fálica.
Efectivamente, del lado mujer de las fórmulas de la sexuación, no hay excepción a la función fálica, lo que no permite construir el conjunto de «todas las mujeres» bajo la lógica del universal. Las mujeres no son reducibles a un conjunto, son una por una, son particulares, objetan la uniformidad, no hay un modelo de La mujer.
Se ha desarrollado ampliamente que la época actual, la hipermodernidad, viene precedida de la desaparición de los discursos basados en propuestas universales. Lyotard habla del fin de los grandes relatos, de los grandes Nombres del Padre, y Vattimo propone un «pensamiento débil» como correlato lógico del fin del pensamiento trascendente, del fin de la metafísica. Esta tendencia va acompañada de la desaparición de los grandes hombres, los hombres de excepción, como ya Jacques Lacan profetizó en su día, tomando apoyo en las Antimemorias de Malraux.5
Las crisis del universal y del Uno de la excepción conducen a la pluralización y a la fragmentación de lo social, así como a la crisis del sentido. Por eso, el sentido y la tradición han perdido su eficacia en la regulación de los goces, lo que comporta modificaciones en la clínica de los sujetos de la hipermodernidad. Los síntomas de los sujetos actuales son menos neuróticos, están menos ligados al conflicto y a la interdicción. Menos ligados, en definitiva, a la función paterna.
Estamos frente a una paradoja: la sociedad actual, liberada del padre, liberada del universal, ha dado paso a la globalización. Podríamos pensar que nada es más universal que la globalización, pero no es así. La globalización sólo es universal en el aspecto más imaginario como universo de consumidores de los mismos productos, pero promueve efectos de individualismo extremo y se asienta en la lógica del no-todo. Esto ha sido esclarecido de modo brillante por Jacques-Alain Miller en su intervención publicada bajo el título de Intuiciones Milanesas, donde caracteriza a la globalización como la máquina del no-todo. Para afirmar esto se basa en que «la sociedad, que se está modificando en la época de la globalización, ha dejado de vivir bajo el reino del padre».6 Y añade: «¿Por qué no decirlo en nuestro propio lenguaje? La estructura del todo ha dado paso a la del no-todo».7 Miller nos recuerda que «la función del padre está ligada a la estructura que Lacan encontró también en la sexuación masculina. Una estructura que comporta un todo, dotado de un elemento suplementario y antinómico que hace de límite, que le permite al todo, precisamente, constituirse como tal».8
Para Jacques-Alain Miller, «admitir que la máquina que pone en escena lo que llamamos globalización es el no-todo, supone decir —para Jacques Lacan, que lo articula con la sexualidad femenina— que esto se puede relacionar con el auge de los valores llamados femeninos en la sociedad, los valores compasionales, la promoción de la actitud de escucha, de la política de proximidad, que ahora deben afectar los dirigentes políticos. El espectáculo del mundo se torna quizás descifrable, más descifrable, si lo relacionamos con la máquina del no-todo».9 Fenómenos como la metrosexualidad, el declive de la virilidad, o la inseguridad del macho pueden ser formas de percibir, en el registro imaginario, la feminización social.
Esta tendencia a la feminización de la sociedad ha sido destacada por algunos analistas de la hipermodernidad. Es el caso, por ejemplo, de Vicente Verdú, que en La feminidad sin la mujer advierte que «el mundo se globaliza con un modelo de inspiración femenina»10 y que «el erotismo femenino se ha convertido en el paradigma general de la cultura».11
Vicente Verdú plantea un horizonte que incluye la posibilidad de generar el sexo propio como una performance: «Cada cual, dentro del universo electivo que ha desarrollado el consumo, podría ahora elegir la dotación sexual y estilística según su conveniencia [...] un papel que se desempeña a voluntad y de acuerdo con las diferentes secuencias de la biografía, un sexo, por tanto, de elección y coyuntura tal como hacen las drags y los travestis».12
Él también destaca que si las modalidades de goce fuesen elegibles por el sujeto, entre la variedad de todas las posibles (objetos y sujetos combinables: sobjetos, en palabras de Verdú), la única transgresión posible sería la antisexualidad, como alternativa anticonsumista. Tal vez esa lógica del exceso, se nos ocurre decir, conduciría a la anorexia sexual. Al parecer, ya existe un movimiento organizado, a nivel internacional, de los ateos del sexo.
Tengo que decir que el planteamiento de Vicente Verdú me parece muy sugerente, aunque parte de un supuesto muy difícil de compartir para un psicoanalista. Nuestra experiencia nos ha venido demostrando que no es posible elegir, cambiar, o combinar a voluntad, el modo de goce. El sujeto no puede cambiar de modo de goce como de champú o de marca de vino porque está constreñido a gozar en el marco de su fantasma.
Sabemos que tradicionalmente los hombres pueden separar amor y goce sexual o que, esa separación misma, es condición de su goce. La elección masculina, dentro de la lógica fetichista, exige que el objeto de goce pueda ser recortado del cuerpo del otro para obtener la satisfacción sexual propia. Este goce puede ser un goce mudo, un goce del objeto aislado en el cuerpo del otro.
La mujer, por su parte, consiente con frecuencia en ocupar ese lugar de objeto de goce para el hombre pero para obtener, de éste, un signo de amor. Tradicionalmente, la obtención del amor, del signo de amor, constituye para la mujer la condición para su goce. Si el hombre se interesa en la ropa interior femenina, la mujer se interesa en las palabras y los signos de amor, en ser la elegida; de ahí la afinidad del goce femenino con la posición erotomaníaca y el carácter de estrago que la ausencia del amor puede tener para la mujer mientras que, para el hombre, el objeto aparece más en el registro de lo sustituible.
Decía que tradicionalmente éstas son las posiciones masculina y femenina ante el amor y el goce sexual. Sin embargo, cada vez más, esta distinción parece perder relevancia a la hora de repartir las aguas entre hombres y mujeres. Muchas mujeres, actualmente, mantienen posiciones activas de goce al margen del discurso amoroso, lo que lleva a primar la metonimia, la serie, la sustitución de partenaires —en ocasiones con el auxilio de Internet—, sobre la metáfora del amor.
Esta metonimia del objeto intercambiable, en mayor medida masculina, viene a sustituir a la metonimia de los rasgos y objetos de la feminidad que la niña toma de la madre. Sustituye a esos bits of bits, «pedacitos que jamás lograrán formar una mujer», en palabras de Marie-Hélène Brousse.13
Lo expuesto hasta aquí marca una trayectoria, en nuestra civilización, de la lógica de la diferencia sexual. El reino del padre, basado en el universal, ha cedido su lugar a la lógica de lo fragmentario, de lo particular, del no-todo. Esto ha inducido una feminización de las lógicas discursivas cuyos efectos ya se dejan ver a nivel de la organización social y en el estilo de las relaciones entre hombres y mujeres. La pluralización de los modos de goce, como series ilimitadas que no hacen conjunto, hace problemático establecer categorías, clases, como la de masculino y femenino.14 Esto provocará una dilución creciente de las categorías masculinofemenino.
La desaparición de las diferencias tiene efectos sobre los modos de goce. Recordemos que Lacan relaciona el ocaso de la función paterna con la entrada de la civilización en un horizonte de segregación. La diferencia, ahora, tiene que ver más con los pequeños mundos de cada uno. Así la diferencia hombre-mujer se vuelve más inesencial frente a las diferencias que definen y organizan a las minorías sociales. Minorías que, llegado el caso, pueden reducirse a la unidad, al caso único, donde la diferencia sería totalmente imposible de incluir en ninguna lógica del universal, del para todos.
Éste es el triunfo de un modo de diferencia absoluta, lo que no deja de tener similitudes con lo que logra un psicoanálisis llevado a su término. Por eso el psicoanálisis podría tener su más serio competidor en la lógica de la civilización actual, tal como desarrolló J.-A. Miller en su conferencia en Comandatuba difundida bajo el título de Una fantasía.15
La clínica psicoanalítica clásica se basaba en la distribución en clases: las estructuras clínicas. Por eso ha perdido vigencia. J.-A. Miller16 lo ha subrayado, ésta tenía como eje el Nombre del Padre y respondía a la estructura de la sexuación masculina. Esto era la base de la clínica estructural, que se basaba en los modos de defensa frente al deseo. Miller nos advierte que «la clínica contemporánea a la cual nos enfrentamos ya desde hace años, bascula hacia otro lado, el lado del no-todo. Esta clínica del no-todo es aquella en la que florecen las patologías que se describen como centradas en la relación con la madre o bien centradas en el narcisismo que, cuando se disponía de la jerarquía anterior, correspondían al registro edípico, pero que ahora de algún modo se han independizado».17
También la categoría de perversión ha perdido vigencia: «Es asimilada a un estigma. No se puede borrar de la categoría de la perversión el hecho de que hace referencia a una norma, pertenece al régimen anterior en que normas e ideales prevalecían».18
Una de las consecuencias de dejar al Otro de la diferencia sexual al margen, y del declive del falo como ordenador del goce, es que el sujeto queda a menudo confrontado al imperativo superyoico materno sin mediación. El declive de la función paterna conduce a una sociedad de los goces que no pasan por el falo. Por eso nos enfrentamos a un incremento de las patologías del acto y de las relacionadas con las dependencias. Nos enfrentamos con los estragos de no poder aceptar el destete —como en las toxicomanías— o el empuje a producirlo en lo real —como en la anorexia—. La dependencia se puede deducir también del acto suicida que sigue, en cortocircuito, al asesinato de sus parejas o ex-parejas cometido por algunos hombres como testimonio dramático de la dependencia más radical.
Los síntomas característicos de nuestra época son síntomas mudos que se presentan en formaciones transclínicas, como es el caso de la anorexia y de las toxicomanías. Si el concepto de clase ya no es operativo, sólo nos queda para orientarnos en la clínica lo más elemental, la unidad elemental, el síntoma. Ya no se trata tanto de cómo gozan los hombres o las mujeres, sino del goce asexuado que se extrae del síntoma.
Síntoma asexuado donde ello goza.
Lo dicen las mujeres jóvenes, las maduras, las mayores.
Mujeres de toda condición coinciden en afirmar un hecho que se repite en cualquier sector de la vida social: los hombres se han batido en retirada.
La imagen es más o menos la misma en todas partes. Los sábados por la noche, legiones de mujeres forman pequeños grupos que pueblan las discotecas, los restaurantes, las salas de ocio. Son ellas las que asisten a los eventos culturales, se apuntan a cursos, talleres y tertulias, en parte para mejorar sus conocimientos, en parte para satisfacer la ingenua esperanza de conocer a un hombre.
Pero ellos se han vuelto evanescentes, han desertado de la conquista, han abandonado el arte de la seducción y parecen encontrar un goce mayor en sus sofisticados juguetes electrónicos. Su mirada está demasiado pendiente de las pantallas de móviles, ordenadores, televisores y Play Stations, y poco disponible para el amor. La mujer-objeto, representación abominada por las feministas, va dando paso al hombre-objeto, presa cada vez más codiciada por su escasez.
Las mujeres se adueñan de los distintos espacios de la vida pública y son mayoría en casi todo. Los hombres conservan todavía su cuota de poder en la esfera política, pero ya sólo es cuestión de unas pocas décadas para que las mujeres dominen también ese terreno que durante milenios fue patrimonio masculino. El legítimo ascenso histórico de las mujeres, celebrado públicamente como un logro de la civilización occidental, se acompaña por una duda que las asalta en la intimidad: «¿Vivimos ahora mejor que nuestras abuelas o nuestras madres? Habernos liberado del yugo que asimilaba nuestra condición femenina a la función de esposa y madre, ¿nos ha reportado una mayor satisfacción?». Sin duda, la posibilidad de elegir otro destino que el de soportar maridos incompetentes o brutales les ha abierto la puerta a un mundo que siempre les estuvo vedado, pero esa misma puerta las conduce a una realidad en la que los hombres no han concluido aún la reprogramación de sus esquemas mentales, y huyen desorientados de cualquier compromiso con el otro sexo, buscan consuelo en la homosexualidad, se niegan en rotundo a ser padres, se aferran cada vez más a una patética prolongación de la adolescencia, o sencillamente repudian a toda mujer mayor de veinticinco años. A fuerza de lucha, dolor y tenacidad, las mujeres han aprendido, poco a poco, a vivir de acuerdo a los nuevos tiempos, mientras ellos se resisten a abandonar sus antiguas posiciones y sólo a regañadientes acceden a compartir con ellas las tareas que tradicionalmente se consideraron femeninas. Los defensores del progresismo cultural son optimistas, y están convencidos de que sólo será necesaria una generación más para que las diferencias de género se disuelvan definitivamente en la gran pasión democrática de la igualdad.
Sin embargo, las cosas no parecen ser tan sencillas, puesto que los hombres no se asimilan a este proceso sin presentar al mismo tiempo síntomas diversos, fundamentalmente inhibiciones en el plano de su virilidad, que en definitiva no sólo los afectan a ellos, sino también a las mujeres. Una mujer joven dedica una sesión de su psicoanálisis a expresar una doble queja: por una parte, le indigna que en la calle algún hombre le dirija un piropo; por otra, se lamenta de que su pareja se haya desinteresado casi por completo del sexo. Más allá de lo que sus dichos revelen sobre su inconsciente, es indudable que los hombres son cada vez más censurados por practicar la masculinidad, al tiempo que simultáneamente se les reproche no querer ejercerla. Atrapados ambos sexos en esta paradoja, los hombres se mueven en la incertidumbre de no saber ya cómo ser, y las mujeres intentan resolver una ecuación que se les ha vuelto la cuadratura del círculo: conseguir que el gatito que ahora friega los platos y plancha la ropa siga siendo un tigre en la cama.
El mundo occidental desarrollado manifiesta un fenómeno que se extiende lenta pero inexorablemente: la desvirilización del macho, condenado a convertirse en una especie en extinción.
El cambio de las mujeres ha afectado de manera dramática a los hombres, poco acostumbrados históricamente a ocuparse de su identidad, puesto que de algún modo venía garantizada por la posesión de un órgano. Desembarazadas de la maternidad como identidad femenina por antonomasia, las mujeres tienen ante sí un espectro mayor de posibilidades. Los hombres, por el contrario, despojados de sus clásicas insignias, se desorientan, quedan empantanados en el resentimiento, cuando no en la depresión. Esa criatura salvaje y bárbara, que ha practicado desde tiempos inmemoriales un innoble despotismo sobre el sexo femenino, debe pagar por su terrible crimen con el sacrificio de aquello que ha sido siempre su bien más preciado. La historia los señala con su dedo acusador, y a falta de una postura colectiva, algunos aceptan mansamente su derrota masticando pastillas de Viagra, otros se refugian en las diversas modalidades de la misoginia, y los menos contraatacan con una ferocidad que se ha convertido en los últimos años en una cuestión de estado. La violencia hacia las mujeres, que las estadísticas coinciden en señalar como una atrocidad en aumento, no es independiente de una época en la que los hombres, no sin razón, experimentan los cambios culturales como una amenaza a su identidad. Acorralados por los avances de las mujeres, algunos no dudan en emplear incluso las armas para aniquilar un deseo inédito, una voluntad de ser a la que no estaban acostumbrados.
¿Qué es lo que ocurre? Nada más, ni nada menos, que la efectuación histórica y progresiva de un fabuloso desmantelamiento. El sistema patriarcal, que durante siglos funcionó como un marco de referencia y ordenamiento para el lazo entre hombres y mujeres, se hunde irremisiblemente. Con sus méritos y sus injusticias, lo cierto es que ese sistema asignó un lugar preciso para cada sexo, y aseguró una serie de vías institucionales y ritualizadas para perpetuar uno de los fundamentos estructurales de la cultura: el intercambio de mujeres entre los hombres. Sin entrar en el detalle de las innumerables críticas que se han dirigido al régimen patriarcal, por exceder los límites y los objetivos de este artículo, es innegable que uno de sus mayores beneficios ha sido el de construir una serie de representaciones que tenían por objetivo proporcionar una creencia en el presunto orden natural de las obligaciones y responsabilidades propias de cada sexo. Así, que la tarea del hombre fuese atender a las necesidades individuales mientras a la mujer correspondía la supervivencia de la especie, fue durante milenios una ley que se fundaba en un orden natural e incontestable, como por otra parte continúa siéndolo en las tres cuartas partes del planeta. Fue necesario esperar a las sucesivas revoluciones —ilustrada, industrial y tecnológica— para que asistamos a la moderna desintegración de la familia como unidad social y a la emergencia de nuevas formas y fórmulas de lazos familiares que demostraron definitivamente la desvinculación de las estructuras de parentesco y de alianza de toda razón argumentada en las necesidades biológicas del individuo y la especie.
La desaparición de las representaciones tradicionales en lo concerniente a las significaciones de género, impulsada a partir del siglo XX por los movimientos emancipatorios, es posiblemente una de las transformaciones históricas más importantes que ha conocido la humanidad. Algunos exponentes del pensamiento filosófico y sociológico feminista olvidan con demasiada ligereza el papel que el psicoanálisis cumplió en este cambio, no sólo por la extraordinaria subversión que supuso su concepción específica de la sexualidad, sino también al inaugurar un modo de participación intelectual femenina hasta entonces desconocida en las restantes agrupaciones científicas. El psicoanálisis fue, probablemente, una de las primeras profesiones que incorporó desde sus inicios a un gran número de mujeres y en la que tantas destacaron de forma notable, hasta el punto de encabezar algunas de las escuelas analíticas más importantes y ocupar puestos jerárquicos de máxima relevancia en la conducción de sus instituciones.
Resulta muy instructivo apreciar hasta qué punto algunos representantes del feminismo, incluso los que durante años se abanderaron en las corrientes más radicales, comienzan a revisar sus postulados y a interrogarse sobre las consecuencias de esta profunda transformación social. Nadie que posea un mínimo de honestidad intelectual puede dejar de advertir que al desaparecer la base de sustentación en la que se apoyaba la praxis de las identidades sexuales, o al menos al desvelarse la relatividad de su fundamento, los hombres y las mujeres de la modernidad contemporánea acusan sintomáticamente una desprotección ontológica sin precedentes. Los adultos son niños que han perdido las referencias de su sexo, huérfanos en un mundo donde el símbolo de la paternidad es progresivamente sustituido por el tutelaje de expertos que diseñan una codificación universal de la conducta. Aun cuando la tesis lacaniana de la no-relación no se basa en absoluto en una razón histórica o social, sino en un desarrollo lógico del concepto freudiano de pulsión, lo cierto es que sus consecuencias clínicas no se habían mostrado nunca antes con la singularidad de la época actual. Somos testigos de una paradoja que en sí misma constituye un síntoma del desconcierto existencial de los sujetos. Por una parte, los hombres y las mujeres se redescubren como seres privados de un saber sobre su sexo, o al menos dudosos en cuanto a la eficacia del saber que poseen y por lo tanto se declaran deseosos de aprenderlo todo. La sexología, pseudociencia de la felicidad sexual, sólo podía prosperar en una época en la cual los sujetos se confesaran ignorantes del goce de su sexo y reconociesen que en ese terreno tienen que volver a cursar desde el parvulario. Un sinnúmero de saberes ofrecen un mundo de posibilidades a estos niños grandes, a los que hay que enseñarles cómo practicar el coito, cómo llevar a buen término un alumbramiento, y fundamentalmente cómo ocuparse de una prole cuya educación no se inspira ya más en la tradición pedagógica patriarcal. Pero, por otra parte, los medios de comunicación se han convertido en transmisores de un nuevo evangelio que promete una forma inédita de salvación: la genética.
Al igual que el mensaje evangélico clásico, esta variante tampoco acaba de llegar, pero promete un gran alivio: la posibilidad de confiar en que nuestros genes saben todo lo que es preciso saber, desde lo que determina el interés de un sexo por el otro (incluso por el mismo) hasta lo que garantiza el buen desempeño de la maternidad. En definitiva, la salvación consiste, en este caso, en devolvernos a una naturaleza que habíamos perdido. Cómo y cuando se producirá esta restauración de nuestra condición humana, en la que nos hemos enredado durante siglos atribuyéndole determinaciones simbólicas, lingüísticas e históricas, es algo que aún está por verse, pero sólo es cuestión de unos pocos años más, según dicen, para regocijarnos con el reencuentro de nuestra primitiva felicidad de seres vivos.
¿Por qué razón, tras el indiscutible avance científico que ha supuesto la eliminación del antropomorfismo en la investigación de la naturaleza, las ciencias del comportamiento se empeñan en animalizar al hombre? Ésta es una pregunta que la filosofía y el psicoanálisis no pueden desatender, puesto que incumbe a un proyecto social y a una concepción de lo humano que amenaza lo más propio de la subjetividad: la diferencia.
El individualismo moderno, origen de un pensamiento sobre el ser que asentó la noción de diferencia, propagó asimismo el concepto de la igualdad como uno de los valores supremos de la democracia. Esta tensión entre igualdad y diferencia, que hizo vibrar los tres últimos siglos de la historia de Occidente, se deshace de un modo creciente en beneficio de la uniformización de la vida en todos sus órdenes. Las formas democráticas, que parecen aseguradas en los sectores más avanzados del capitalismo occidental, disimulan un totalitarismo de nuevo cuño, que no se impone mediante la brutalidad represiva, sino a través de la infiltración paulatina del credo científico-técnico en la totalidad de la existencia. La universalidad exigible por la ciencia en todos los objetos a los que se aplica, y la exaltación de la igualdad —no en el sentido político y humanitario proclamado por la Ilustración, sino en el de la uniformidad absoluta del individuo—, encuentran una alianza histórica sin precedentes. El psicoanálisis, que introdujo en el pensamiento sobre el ser la diferencia irrecusable de la sexualidad, constituye un fastidioso obstáculo en el camino del progreso. Tanto su método como su doctrina teórica suponen una rémora en el avance contemporáneo de la razón totalitaria sobre la que se establece el pacto entre formas democráticas, capitalismo y tecnociencia.
Es evidente, al menos desde la perspectiva del psicoanálisis, que el sujeto moderno se halla atravesado por una doliente división entre su identidad y su diferencia; que se adhiere de manera voraz a la ideología de la igualdad, pero que no por ello deja de sufrir en la carne el tormento de su exclusividad. El ejemplo de la vivencia de las mujeres actuales es elocuente: a medida que obtienen el reconocimiento de su igualdad, las posibilidades para el ejercicio y el goce de su feminidad se deterioran. La paulatina pero irreversible detumescencia de los símbolos sagrados que distribuían el lugar y la función de cada sexo ha hecho surgir una nueva realidad: el peligro de extinción del macho. A pesar de que algunas teóricas feministas celebren con trompetas y atabales el advenimiento de una era sin hombres, la mayoría de las mujeres empieza a percibir las consecuencias más bien pírricas de su victoria.
¿Cómo ser mujer en un mundo desvirilizado? Más aún ¿seguirá teniendo sentido la noción de feminidad, cuyo encanto y sensualidad residió desde siempre en su misterio, en su profunda ambigüedad, en la equivocidad de sus máscaras y sus velos?
Si afinamos un poco más el enfoque de nuestro análisis, podemos advertir una diferencia entre los países anglosajones y los que se inscriben en la tradición europea católica y latina. En estos últimos parece imponerse una feminización de la vida, como forma de reordenamiento del goce que ha quedado desprovisto de sus referentes clásicos. Ser femenino es ser limpio y educado, respetuoso de las leyes, controlado en los impulsos, tierno y sensible, diversificado en la orientación de la libido, cuidadoso con el medio y la naturaleza, atento a la estética de la propia imagen y a la salud del cuerpo, moderado en el apetito carnívoro y dispuesto a las excelencias vegetarianas. Ser hombre o, mejor dicho, persistir en querer serlo es condenarse a ser visto como una mancha en el proceso purificatorio de la civilización.
En el radio anglosajón, por el contrario, la solución al goce se presenta de un modo más radical: la asexuación de los vínculos entre hombres y mujeres. Como lo ha expresado de manera magistral y conmovedora Coetzee en una de sus novelas, la sexualidad es una desgracia que debe ser vigilada y en lo posible arrancada de raíz.
