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Con excesiva frecuencia, las experiencias de las personas consideradas «locas», en particular las mujeres, han sido colonizadas o explicadas por otros, ya sea por la teoría o por la ciencia. Aquello que constituye el «saber» o la «verdad» está dictado por quienes poseen poder institucional. De allí que en este libro se busque desestabilizar adrede los textos académicos tradicionales de un modo que honre las experiencias femeninas, subjetivas y marginadas, de lo que, comúnmente, recibe el nombre de «psicosis». La obra se divide en cuatro partes: «Las mujeres y la psicosis en el arte y la cultura»; «Las mujeres, la psicosis y el cuerpo»; «Las mujeres, la psicosis y la espiritualidad» y «Perspectivas psiquiátricas sobre las mujeres y la psicosis». Dentro de cada sección, se incluyen diversos enfoques epistemológicos. Algunos capítulos son teóricos mientras que otros son científicos, históricos o narran experiencias en primera persona. En este recorrido se busca comprender no solo la interacción de dos identidades marginadas, aquellas consideradas «psicóticas» y las mujeres, sino también luchar contra esta doble marginación y sus raíces discriminatorias. La originalidad de este libro radica en su enfoque multidisciplinario, tanto en el contenido como en la forma.
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Seitenzahl: 573
Veröffentlichungsjahr: 2022
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MARIE BROWN Y MARILYN CHARLES (EDS.)
Mujeres y psicosis
Perspectivas multidisciplinarias
TRADUCCIÓN DE AGUSTINA LUENGO
Herder
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte
Título original: Women & Psychosis. Multidisciplinary Perspectives
Traducción: Agustina Luengo
Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: Martín Molinero
© 2019, The Rowman & Littlefield Publishing Group, Inc., Lanham
© 2022, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN: 978-84-254-4907-9
1.ª edición digital, 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Herder
www.herdereditorial.com
PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLAJorge L. Tizón
PREFACIOMarie Brown
INTRODUCCIÓNMarie Brown y Marilyn Charles
PARTE I
LAS MUJERES Y LA PSICOSIS EN EL ARTE Y LA CULTURA
1. LAS MUJERES Y LA LOCURA EN CONTEXTO
Marilyn Charles
2. EXPLICAR O RELATAR. RECONOCER Y DIFERENCIAR A LAS LOCAS LITERARIAS
Helen DeVinney
3. HISTORIAS
Berta Britz
PARTE II
LAS MUJERES, LA PSICOSIS Y EL CUERPO
4. SERPIENTES EN LA CUNA. FACTORES PSICOSOCIALES EN LA PSICOSIS POSPARTO
Marie Brown
5. ALIMENTACIÓN DESORDENADA Y PENSAMIENTO DESORDENADO EN LAS MUJERES. UN CONTINUO EN LA COSIFICACIÓN EN LA ANOREXIA Y LA PSICOSIS
Jessica Arenella
PARTE III
LAS MUJERES, LA PSICOSIS Y LA ESPIRITUALIDAD
6. ¿MÍSTICAS, BRUJAS O HISTÉRICAS? LAS HOGUERAS TERAPÉUTICAS CUANDO LA ESPIRITUALIDAD SE VUELVE SÍNTOMA
Liane F. Carlson
7. DE ENFERMA A DOTADA. DESCUBRIENDO LA ENFERMEDAD CHAMÁNICA
Gogo Ekhaya Esima
PARTE IV
PERSPECTIVAS PSIQUIÁTRICAS SOBRE LAS MUJERES Y LA PSICOSIS
8. LA PSICOSIS EN LAS MUJERES. UNA PERSPECTIVA DESDE LA PSIQUIATRÍA
Simone Ciufolini y Nicola Byrne
9. LA ESQUIZOFRENIA EN LAS MUJERES, EN COMPARACIÓN CON EL CASO DE LOS VARONES. TEORÍAS PARA AYUDAR A EXPLICAR LA DIFERENCIA
Mary V. Seeman
ÍNDICE DE NOMBRES Y CONCEPTOS
SOBRE LOS COLABORADORES
NOTAS
INFORMACIÓN ADICIONAL
Jorge L. Tizón1
Era necesario que nuestra colección 3P (Psicopatología y psicoterapia de las psicosis) abordara un tema que hoy es fundamental en cualquier aproximación a la asistencia en salud y a la salud mental que aspire a alcanzar un carácter integral u holístico. ¿Qué hay más integrador, más propio de una visión de la humanidad como «objeto total», que tener en cuenta a ese 49,5 % de la humanidad que es siempre preterido? Nos referimos a ese porcentaje postergado no solo en la distribución del poder, sino también en la organización social, en la vida cotidiana e incluso en los libros y trabajos científico-técnicos. El libro editado por Marie Brown y Marilyn Charles, que aquí les presentamos, nos ha parecido una brillante introducción multidisciplinaria a esa visión integral u holística de la humanidad en nuestro ámbito concreto de la psicopatología y la psicoterapia de las psicosis.
En efecto, el libro incluye vivencias, aportaciones y revisiones clínicas, análisis teórico-científicos, casos clínicos e historias personales vistas desde la perspectiva del género femenino. Este acercamiento pluridisciplinar e interdisciplinar a la psicosis desde una mirada femenina es hoy totalmente necesario porque incluso las aproximaciones médicas actuales negligen a menudo las diferencias de género; un asunto no baladí si tenemos en cuenta que uno de los elementos definitorios del género, y por supuesto, del sexo, es la biología: la existencia de hombres y mujeres, machos y hembras de la especie humana, es una característica biológica básica y, desde luego, trasciende los usos y concreciones de esas diferencias en las diversas etnias y culturas humanas.
Mujeres y psicosis es uno de los primeros libros que hemos conocido que intenta presentar perspectivas multidisciplinarias para la comprensión de una doble marginación, o, mejor dicho, sobre la interacción de dos identidades marginadas: mujeres y psicosis, las personas consideradas «psicóticas» y las mujeres. Es cierto que, en su marcha hacia una percepción más globalizante de la humanidad, más de «objeto total», como diríamos en psicoanálisis, o más «humanista integral», como podría decirse desde otras perspectivas, la consideración del género es fundamental. En el camino hacia mayores cotas de solidaridad, cooperación y bienestar de la humanidad global, hay grandes brechas marginadoras que dificultan el avance hacia un humanismo globalizado. La primera, milenaria, es la marginación y opresión de género. Otras, las de clase social y etnia o las marginaciones creadas por las migraciones, por enfermedades, por diversos tipos de estigma… Por eso, porque no hay un avance real en la solidaridad, la equidad y la democracia social sin los cambios que el feminismo lleva siglos exigiendo, tener en cuenta la perspectiva de género en todas las actividades y ámbitos hoy en día es perentorio. Pero es que, además, no hay, no puede haber una comprensión real de las psicosis ni una integralidad en sus cuidados si no se puede atender a las diferencias genéricas, a las diferencias probablemente existentes entre hombres y mujeres también en este tema.
Marie Brown cuenta ya en la introducción que decidió «dar comienzo a Mujeres y psicosis con un fragmento de mi propia experiencia» aunque «sería falso afirmar que he experimentado un “brote psicótico”». Eso ha favorecido un aspecto de la estructura del libro: la combinación de datos y estudios científicos o histórico-sociales con aportaciones experienciales y vivenciales, muy en la línea de otros volúmenes de nuestra colección, entre los que siempre hemos deseado que figuraran «narraciones en primera persona» (por ejemplo, con los libros Williams, Jackson y Magagna, Morrison, Volkan, Gauger…). Eso hace que el libro que el lector tiene en sus manos sea también un volumen vivencial, clínico y con numerosas referencias a la narrativa y las novelas «de género»: es decir, un libro experiencial, clínico, vivo…
Sin embargo, en la medida en que se trata de marginaciones y de seres (más o menos) marginados, sabemos aún muy poco acerca de cómo interactúan la marginación y el estigma de las psicosis, tan frecuentes, con esas otras marginaciones fundamentales en la especie: género, clase, etnia, migración… Es cierto que los trabajos académicos e incluso las novelas sobre «mujeres y locura» han sido y son relativamente frecuentes en la literatura. Pero en pocas ocasiones pueden encontrarse aproximaciones «de género» que, además, intenten la convergencia, la puesta en contacto de esas aportaciones culturales con los conocimientos científicos y técnicos sobre el tema y que, por tanto, sean radicalmente pluridisciplinarias e interdisciplinarias, tanto en el contenido como en la forma. Ahí resalta la aportación de Mujeres y psicosis, que incluye cuatro partes bien diferenciadas pero interconectadas: «Las mujeres y la psicosis en el arte y la cultura»; «Las mujeres, la psicosis y el cuerpo»; «Las mujeres, la psicosis y la espiritualidad» y las «Perspectivas psiquiátricas sobre las mujeres y la psicosis».
De ahí también la variedad formal de sus enfoques: algunos de sus capítulos son formalmente más narrativos, otros, más socioculturales e históricos y otros, más científico-técnicos. Casi todos incluyen narrativas, historias y casos demostrativos, pero algunos están escritos directamente en el formato de «comunicaciones en primera persona». Otros capítulos siguen las pautas propias de la «revisión científica». Por último, algunos capítulos se atreven con la perspectiva interdisciplinaria que incluye esos diferentes temas y formatos. Pero la descripción vívida y las historias vividas son indispensables porque, como demuestran varias coautoras en ámbitos diversos, las experiencias de las personas consideradas «locas», en particular las mujeres, han sido colonizadas o explicadas por otros, ya sea por la religión, las artes, o las ciencias y técnicas. Y, casi siempre, esos otros son de género masculino.
Lo dicho hasta aquí señala la importancia de desarrollar estudios médicos y psicopatológicos sobre la relación entre los trastornos mentales, sus vivencias y los efectos de la cuádruple dominación de la que hablábamos: género, clase, raza… y psicosis. Contemplar las rupturas del conocimiento producidas por las tres primeras formas de dominación es fundamental, como también lo es observar las rupturas y la desacreditación de la identidad que (casi) siempre acompañan a la psicosis.
La mujer a la que se califica o diagnostica como «loca» está subestimada no solo por su identidad (género, raza, migración, etc.), sino también por una característica psicosocial y cultural más marginadora: la locura, la psicosis. Entender a esas triples o cuádruples marginadas podría ser una vía muy adecuada para aproximarnos a la comprensión y a las vivencias de múltiples identidades minoritarias y para lograr el necesario respeto y la validación de las diferencias, asunto tan crucial en nuestro momento cultural, tecnológico… y político.
En una sociedad todavía asentada en la exclusión o el sometimiento del diferente (más aún si es débil), el grupo con más poder y privilegios tiende a rechazar o a minimizar las características o cualidades que amenazan su capacidad para conservar el poder. Rasgos como la menor fuerza (física o militar), la emocionalidad, la sensibilidad y la vulnerabilidad son considerados una carga y, por tanto, se los rechaza en el seno del grupo con poder. Ello repercute ya de entrada en estas mujeres en una triple marginación-dominación sectaria y disociadora (ideológica y personal): por ser mujeres (que lo son), por atribuirles esos rasgos «secundarios» (que ya es una atribución), y por ser «psicóticas» y, por tanto, en teoría, más psicológicamente vulnerables que otras mujeres y otros hombres.
De ahí que, a lo largo de los siglos (y no solo en otras culturas, sino también en la nuestra, supuestamente la más democrática del planeta), las mujeres son ingresadas por parte de sus familias mucho más que los hombres. Sobre todo, por familiares masculinos, como ya se mostraba en Women of the Asylums (Geller y Harris, 1994): históricamente, las mujeres han sido encerradas en contra de su voluntad, a menudo por los miembros masculinos de la familia, y a menudo a causa de comportamientos u opiniones consideradas aberrantes o que se desviaban de las normas sociales existentes. Los varones de sus familias, con la ayuda de los médicos, podían aplicarles diversos aparatos mecánicos, mutilación y cauterización de los genitales, ablación del clítoris y castración. En efecto, también en nuestras culturas cristianas, al menos hasta 1950, las mujeres han sido cliteroidectomizadas a miles para curar «sus desviaciones» (Cohen, 2016), algo que aún pocas personas conocen, pues la cliteroidectomia, lo mismo que el feminicidio y el infanticidio, como componentes de nuestra cultura, están aún sometidos a la más feroz de las disociaciones mentales y culturales. Y eso es así porque la representación de las mujeres como objetos (de compraventa, de dominación, de utilización para el consumismo…), más que como sujetos y personas, sigue persistiendo y siendo un rasgo ideológico dominante, tal como señalan las teóricas feministas y culturales (Arruzza et al., 2019; de Lauretis, 1984; Hooks, 2017; Walker, 1994).
Posiblemente la «locura» tiene más de código relacional y cultural que de bioquímica, aunque, sin duda, en el establecimiento de dicho código los funcionamientos neurobioquímicos y conductuales no son del todo ajenos. Por eso se somete a los sujetos con psicosis a tratamientos unidimensionales de corte biomédico totalmente despectivos hacia una perspectiva de género; y aún más a «las sujetos».
Hasta la llegada de los replanteamientos feministas radicales, estábamos tan cegados por el sectarismo y las visiones supremacistas que no veíamos como traumas, como atentados a la identidad, buena parte de las experiencias que las mujeres sufren desde la cuna, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las calles, en los espacios para el ocio… Ser mujer aún significa pasar mucho más miedo que un hombre al salir por la noche, caminar o ir a determinados lugares, vestir de maneras diferentes, moverse de formas distintas… Y no hay que olvidar que ese conjunto de prohibiciones y frustraciones, con lo que tienen de traumas y duelos, son tan dominantes y extendidas que resultan potentemente disociadas a lo inconsciente, pero conforman la mente, la memoria, la personalidad… Así, ciertas vivencias pueden volverse «substancia» (cerebral y de la personalidad), tal como ocurre en los traumas graves y en los trastornos por estrés postraumático. La identidad se desarrolla en los relatos entre padres e hijas, adultos y niñas y niños, sucesos, historias y vivencias cotidianas… Y en casi todos ellos, la mujer ocupa papeles secundarios, marginalizados, humillados, predeterminados por el poder, por los diversos poderes, incluido, sobre todo, el poder «capilarizado» de la vida y las relaciones cotidianas.
Desde el punto de vista psicoanalítico, Marilyn Charles nos recuerda que en las fantasías y relaciones internas más determinantes de la personalidad futura se halla el temor más o menos consciente al engullimiento por parte de la «madre primitiva». Ello tal vez ayude a mantener a las mujeres atrapadas entre el deseo de crecer y las actitudes y relaciones evasivas, que las conducen precisamente en la dirección opuesta, hacia la dependencia. De ahí también que la adopción del papel de protector sea una solución tan socorrida y viable para el hombre ante esas mismas fantasías: casi siempre puede encontrar a una mujer dispuesta a adoptar el papel complementario de víctima / protegida.
Pero la niña va uniendo los hilos del ser, de la identidad, gracias a la introyección de las experiencias y vivencias cotidianas, a medida que las relaciones y la cultura se interiorizan. Hasta el extremo omnipotente y supremacista donde los haya: el mansplaining. A menudo son los hombres los que explican con condescendencia a las mujeres temas de los que ellas están perfectamente informadas. Empero, en el extremo de esta actitud «sobreprotectora», se ha tendido durante milenios y todavía tendemos a caer en el hábito de explicar a las mujeres aspectos específicos de la experiencia de ser mujer, por ejemplo, mediante mitos culturales y religiosos. Un buen ejemplo de la colonización del mansplaining sobre la visión de la mujer aparece en los textos de ginecología y obstetricia aún utilizados en medicina: gran parte de ellos son escritos por hombres, y, desde luego, tienen poco en cuenta las vivencias y las particularidades del género…2
Como la identidad se construye en el contexto de las relaciones, la madre que no puede valorarse suficientemente como sujeto y como mujer suele comunicar esa minusvaloración a su hija, de forma consciente e inconsciente. Esos rasgos identitarios son calurosamente confirmados por los varones y, en particular, por los varones culturalmente influyentes. Puesto que el dolor y el sufrimiento de los traumas y duelos que ha padecido esa mujer (tan solo por ser parte de esa mitad sojuzgada de la humanidad) han quedado sin resolver, el trauma generalizado, estructural, puede experimentarse (y, por tanto, trasmitirse) como un legado inevitable, vergonzoso, humillante, difícil de enmendar. Asimismo, ese trauma generalizado no solo se transmite a través de la cultura, sino incluso también neurológicamente a partir del moldeamiento en múltiples experiencias emocionales cotidianas marcadas en exceso por el miedo, el apego ansioso, las ansiedades ante la separación, el sexo vivido como vergonzante, la ira y la indagación castradas, y la alegría y los juegos unidireccionalmente sesgados (Panksepp y Biven, 2012; Tizón, 2018a). Un ejemplo de lo dicho hasta aquí queda ilustrado en estas palabras de Antonio Vallejo-Nágera, influyente psiquiatra durante el franquismo y el posfranquismo:
[...] para comprender la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista [hay que tener en cuenta] su característica labilidad psíquica, la debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad y la tendencia a la impulsividad, cualidades psicológicas que en circunstancias excepcionales acarrean anormalidades en la conducta social y sumen al individuo en estados psicopatológicos. Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso débese a los frenos que obran sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer y se liberan las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las inhibiciones inteligentes y lógicas [...]. Caracteriza la crueldad femenina que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión. (Vallejo-Nágera y Martínez,1939, pp. 398-399)
Aquello que constituye el «saber» o la «verdad» está dictado por quienes poseen poder institucional, habitualmente vedado para las mujeres y las personas con psicosis. En ese sentido, el capítulo de Berta Britz, titulado, muy apropiadamente, «Historias», es una excelente contribución personal para comprender cómo esos mitos y símbolos retardatarios se introducen como estructura de la mente y las significaciones personales básicas. Su relato personal del trauma y de las experiencias anómalas explica cómo los relatos impuestos por los otros la llevaron a experimentar creencias limitantes sobre sí misma o a agravar las consecuencias de tales creencias sobre su vida y su organización como sujeto.
Tras casi un siglo de negaciones y denegaciones, hoy se sabe que los abusos, y en particular los abusos sexuales sufridos en la infancia, son un factor de riesgo grave para las psicosis, y especialmente en las mujeres, tema que se ha tratado en varios libros de la colección 3P. ¿Cómo es posible que durante más de un siglo se hayan explorado científicamente tan poco esas realidades, al menos a partir de narraciones «en primera persona», como lo hace Britz en este volumen? Tendríamos mucho que pensar y repensar a partir de las vivencias de Gogo Ekhaya Esima sobre cómo se viven y vivirán por parte de las sujetos los abusos sexuales y sobre las particularísimas salidas que ella puso en marcha para encontrar su «lugar en el mundo», tras una tormentosa y atormentada historia psiquiátrica de decenios de duración. Desde una perspectiva personal, en su capítulo «De enferma a dotada. Descubriendo la enfermedad chamánica», Gogo Ekhaya Esima enfoca asimismo el tema de las vulnerabilidades del posparto. En esa delicada situación, la terapia no le era útil ni la hacía sentirse entendida; la medicación no hacía más que nublarle la mente y los sentimientos, hasta llevarla a la descorazonadora visión del tratamiento como prolongación de los ciclos de falta de respeto hacia el individuo por parte de quienes se declaran sus cuidadores.
En un nivel más cultural e ideológico, todo el volumen abunda en referencias a narraciones, obras y manifestaciones de la psicosis en nuestra cultura, en nuestras ideologías o en nuestras espiritualidades. Estas referencias podrían ser utilizadas por cualquier lector o estudioso como apuntes para desarrollar su propia idea y su propia investigación sobre el tema. Aparecen una y otra vez en estas páginas «mujeres con psicosis» culturalmente relevantes, tales como la Casandra de Esquilo y de Eurípides; Ofelia, de Shakespeare; Geneviève, paciente de Jean-Martin Charcot en La Salpêtrière y buscadora empedernida de Louise Lateau, una vidente famosa con estigmas («todos los jueves por la noche, puntualmente, la sangre le manaba de los pies, de las manos, del costado izquierdo y del corazón»); Cathy Earnshaw, personaje de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; la Bertha Mason de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y su desarrollo en El ancho Mar de los Sargazos, de Jean Rhys; Emma Bovary, de Gustave Flaubert; Virginia Woolf; Camille Claudel; la protagonista y autora de El empapelado amarillo, Charlotte Perkins Gilman, o Sethe, personaje de Beloved, de Toni Morrison. Quizá también podrían haber aparecido, si nuestra cultura hispánica hubiera sido menos antifeminista, Aurora Rodríguez y Hildegart Rodríguez (Gilman, 1976; Grandes, 2020; Perkins Gilman, 1981; Rendueles, 1989; Tizón, 2004, 2013).
Las cosas son más complejas de lo que ha solido mostrar la literatura histórica, sociológica o narrativa sobre la relación entre brujería y psicosis (o, mejor dicho, sobre las relaciones múltiples entre la psicosis, la histeria, la brujería y la espiritualidad). Dichos análisis pueden quedar lastrados por la idea, adoptada de forma tal vez inadvertida por varias de las autoras (pero tan extendida), de que la psicosis y la esquizofrenia son «enfermedades». Un hecho que tal vez sorprenda a los seguidores y lectores de la colección 3P es que hay personas con un pensamiento reflexivo y alternativo que siguen utilizando la «metáfora de la enfermedad» como vía de enfoque de lo que son diferencias vitales y vivenciales y, tal vez, trastornos o problemas psicopatológicos. Se trata de una realidad que nos asombraría si no hubiéramos tenido que estudiar una y otra vez la potencia del biologismo en nuestra cultura y, más aún, en los enfoques psicopatológicos y psiquiátricos (Tizón, 2018a, 2019).
La historia de la histeria desde un punto de vista médico tiene mucho que ver con las «relaciones dramatizadoras» de algunas mujeres, sí, pero también de muchos médicos y del aparato sanitario, comenzando por J.-M. Charcot (Tizón, 2018b). Por eso resultan especialmente reveladoras las páginas de la tercera parte, centradas en la espiritualidad y las psicosis, todo lo discutibles que se quieran, pero merecedoras de amplias reflexiones. Nos introducen en una interesante controversia histórica, social y psicopatológica sobre la «psicosis histérica» y la «psicosis mística». En particular, sobre las manipulaciones y luchas soterradas entre monjes y médicos, entre la religión y la medicina, por apropiarse o, alternativamente, disociar para el otro bando las relaciones entre histeria, éxtasis y estigmas religiosos y psicosis. Este es un tema que varias autoras del presente volumen mencionan y que merece una adecuada profundización, también desde el punto de vista de la psicopatología basada en la relación (Tizón, 2018a, 2018b), ya que se remonta a las primeras comunidades cristianas y, por supuesto, a los cátaros y muchos milenaristas cristianos.
Teresa de Ávila, Geneviève y Louise Lateau, la Marie «Blanche» Wittman del óleo de Pierre André Brouillet «Lección clínica en La Salpêtrière» u otras místicas y religiosas eran fundamentalmente ¿histéricas, es decir, dramatizadoras?, ¿espirituales/religiosas?, ¿psicóticas?, ¿manipuladoras? Lástima que, como decíamos, estas reflexiones puedan quedar empobrecidas en su capacidad epistemológica y teórica a causa de los dogmas biologistas que predominan en nuestra cultura y en las aproximaciones psiquiátricas al tema: se tiende a entender la psicosis como una «enfermedad» y, por tanto, no se puede comprender la diferencia entre delirio o delusión (vividos y creídos) y los deliremas (comunicación de delirios realizada para movilizar a los otros, fundamentalmente a los médicos y/o a los creyentes...; Tizón, 2018a, 2018b, 2021).
Fulford y Jackson (1997) llegaron a mantener que la diferencia entre experiencia religiosa y psicosis reside en que la persona que tiene delirios o alucinaciones religiosas puede llegar a vivir mejor porque posee un mejor funcionalismo gracias a esos encuentros espirituales… Pero esta es una postura cultural, religiosa y psico(pato)lógica que podría ser mucho más útil si tuviéramos en cuenta una psicopatología basada en las relaciones interhumanas y que, por tanto, considerase la activación de las relaciones dramatizadas o de lo que hemos llamado «la organización dramatizadora» (Tizón, 2018b) en algunas de tales personas. Por ejemplo, algunos testimonios místicos, dulcinianos, cátaros y actualmente algunos de tipo «orientalista», en particular en el ámbito de la contención del sufrimiento psicológico, podrían inscribirse dentro de tales relaciones dramatizadoras. Este cambio de perspectiva nos podría ayudar a mantener un encuentro a la vez más amplio y más respetuoso con quienes tienen cosmovisiones y formas de describir su experiencia muy diferentes a las dominantes en nuestra cultura.
El retraso en el desarrollo de una perspectiva menos sesgada de las psicosis, de las experiencias psicóticas y, en particular, de la relación entre género y psicopatología es especialmente deplorable porque hoy ya contamos con una serie de datos más o menos probados y fehacientes para enfocar también las psicosis con una perspectiva de género y teniendo en cuenta el género. Muchos de tales datos son desgranados en este volumen y en algunas revisiones psicológicas y psiquiátricas sobre el tema (Barajas et al., 2015; Doucet et al., 2009; Ochoa et al., 2012a, 2012b; Tizón, 2013, 2014), pero no quiero dejar pasar la oportunidad de recordar algunos de ellos, agrupados, para ilustrar la amplitud de la disociación que se ha ejercido sobre el tema.
En cuanto a la clínica, hoy ya está bastante establecido que las mujeres en nuestra cultura tienen menores probabilidades de ser diagnosticadas de psicosis que los varones. Cuando el cuadro clínico es manifiesto, en las mujeres aparecen más «síntomas en positivo» que en los hombres. Por ejemplo, las «alucinaciones auditivas» (o la «escucha de voces») son más comunes en las mujeres diagnosticadas de esquizofrenia que en los varones con el mismo diagnóstico. También suelen darse con mayor frecuencia manifestaciones (o «síntomas») afectivos. En consecuencia, hay menos casos de evolución tórpida y, en general, la evolución es mejor, tanto en las mujeres que siguen los tratamientos usuales como si evitan el tratamiento. Todo el cuadro de psicosis en la mujer posee un mayor componente afectivo, lo cual implica diversas consecuencias: por ejemplo, una menor concordancia diagnóstica para las mujeres que para los varones (entre otras cosas porque los criterios de diagnóstico actuales se basan en estudios con un exceso de participantes masculinos).
Otro resultado diferencial es la permanencia de mayores niveles de apoyo social y una red de relaciones más cercana que los hombres, aunque el impacto de las EAI o ERA (Experiencias Adversas en la Infancia o Experiencias Relacionales Adversas) es mayor en las mujeres. Además, los signos y síntomas cognitivos y, en general, de deterioro, son menores y suelen ser aparentes las variaciones de la intensidad de los síntomas en relación con las amplias variaciones hormonales y los factores inmunitarios propios de las mujeres.
Un hallazgo mucho más controvertido es la mayor tendencia a la «esquizofrenia tardía», un diagnóstico también polémico, pues a menudo los estudios no aclaran cuándo se trata de diagnósticos de «esquizofrenia» retardados y cuándo de trastornos delirantes o trastornos esquizoafectivos. Y, en todo caso, es muy discutida su relación con la disminución de estrógenos propia de la menopausia.
En general, la DUP(Duration of Un-Treated Psychosis) y la DUPP(Duración de la Psicosis PsicosocialmenteNo Tratada) (Tizón, 2013, 2014) son más largas, aunque otras revisiones no hallan diferencias significativas (Barajas et al., 2015). Esto es altamente relevante porque muchos datos clínicos tienden a indicar que en hombres y mujeres ese retraso en los primeros tratamientos agrava la evolución y el pronóstico… Pero el pronóstico es mejor en mujeres que en hombres, a pesar de ese retraso. Sobre todo, porque los síntomas «en negativo» y la pobreza en la red social son más frecuentes en hombres que en mujeres, no solo con la ruptura psicótica, sino ya antes, en las fases premórbida y prodrómica (Barajas et al., 2015; Ochoa et al., 2012a, 2012b; Tizón, 2013, 2014). He ahí otro motivo para replantear toda la Atención Precoz a las Psicosis (APP) desde una perspectiva de género.
Desde el punto de vista de nuestros conocimientos biológicos sobre la relación entre psicosis y género, hoy damos por descontado que los cerebros de varones y mujeres poseen desde la vida fetal un ambiente hormonal bien diferenciado. El «baño estrogénico» de los cerebros femeninos experimentado desde la vida fetal influirá no solo en su respuesta ante procesos bioquímicos como los hormonales, sino posiblemente en otros muchos procesos bioquímicos y neurobioquímicos aún no suficientemente dilucidados. Por ejemplo, cada vez parece más segura la capacidad de los estrógenos para moderar los efectos epigenéticos del estrés temprano, además de su influencia en la neuroplasticidad y en la resistencia a la neurotoxcidad.
En el caso de las psicosis, las variaciones en la intensidad de los síntomas pueden estar relacionadas con las amplias variaciones hormonales y con los factores inmunitarios, que influencian el cuadro clínico, pero también con las diferencias de la apoptosis en la adolescencia. Las respuestas inmunitarias tienden a ser más pronunciadas en las mujeres.
Los estrógenos moderan el efecto neurológico de las principales hormonas del estrés (glucocorticoides y catecolaminas) y tal vez por eso las anomalías cerebrales estructurales en las mujeres con psicosis son menos graves que en los hombres. Aunque, en general, tanto en hombres como en mujeres todavía se discute qué aspecto de esas anomalías cerebrales, epigenéticas o no, se debe a la etiología del trastorno (embarazo y periparto, factores epigenéticos), a su cronicidad, o al efecto neurotóxico de los fármacos administrados.
La intensidad de la clínica psicótica tiende a aumentar con la fase lútea del ciclo y disminuir con la fase estrogénica. Los estrógenos posiblemente influyen en la clínica de los cambios con el embarazo, el puerperio y la menopausia.
Desgraciadamente, a causa de esos sesgos genéricos en nuestros conocimientos, incluso científicos, hay pocos estudios sobre fármacos y sexo, e incluso sobre qué ejercicios físicos y cuidados biológicos son más seguros para el feto, el neonato y la madre. Me gustaría recordar aquí que pocas necesidades humanas básicas han estado más sujetas a modas, dogmas y aventurerismos que la lactancia, fenómeno específicamente femenino, pero que en las clases acomodadas ha sido durante siglos regulado por hombres, incluso a nivel médico.
En este ámbito biológico, o estrictamente biomédico, sugiero realizar una lectura reflexiva de los capítulos de la segunda parte del libro. Como ya hemos insistido en diversas ocasiones (Tizón, 2013, 2021), en toda psicosis las vivencias sobre el cuerpo y la identidad corporal o self corporal están más o menos afectadas y suelen suponer aspectos de difícil integración para las personas que padecen esos problemas. De ahí lo novedoso de estos capítulos: ¿cómo pueden verse afectadas esas vivencias en la psicosis cuando ya las vivencias primigenias de relación con el cuerpo han sido alteradas, no solo por el trastorno o la desviación psicopatológica, sino, mucho antes, por la transmisión cultural e intergeneracional de los mitos y traumas supremacistas, de modo que las relaciones de las mujeres con sus cuerpos son socavadas o profundamente oscurecidas en su conocimiento?
De ahí la importancia de replantearse desde una perspectiva de género las vivencias sobre la anorexia, el cuerpo, su forma y crecimiento, sus enfermedades, asuntos que han sido tan negligidos que incluso en el grave problema de la psicosis puerperal no suele profundizarse en esas vivencias del cuerpo (¡ni siquiera en esos casos!) con una perspectiva de género. También llama la atención la escasez de datos y de investigaciones científicas actualizadas sobre una vivencia biopsicosocial especialmente femenina como es la maternidad. Subyace ahí el desprecio supremacista que se nos sigue pasado por alto en las culturas «cristianas» y occidentales del planeta: desprecio de la identidad de mujer, de la identidad de madre y de la identidad o ruptura de la identidad en las psicosis… ¡Hasta el extremo de que, como decíamos, en algo específicamente femenino como es la psicosis puerperal escasean los estudios científicos que incluyan una perspectiva de género al respecto! Y eso incluso cuando ya sabemos que, en términos generales, hay más probabilidades de que las mujeres sean ingresadas en una unidad psiquiátrica tras haber dado a luz que en cualquier otro momento de sus vidas (Doucet et al., 2009).
Este desprecio supremacista de género se agrava por la influencia de otras dos supremacismos habituales: el de clase social y el de etnia. En el ámbito epidemiológico, por ejemplo, el nivel socioeconómico se ha asociado con la psicosis posparto: es más frecuente en las mujeres de niveles socioeconómico bajos o que viven en comunidades marginadas por causas étnicas, culturales o migratorias. Ya hace tiempo tenemos indicadores de que los factores de riesgo más asociados con la psicosis posparto son la juventud, los bajos ingresos económicos, la ausencia de pareja colaboradora y contenedora y las complicaciones en el embarazo y el puerperio, cada uno de ellos co-potenciados por los demás. También hay datos que hacen pensar que la respuesta de este tipo de psicosis a unos cuidados integrales, que incluyan lo psicológico y lo psicosocial, es mejor que en otras psicosis.
La relativa escasez de estudios científicos sobre estos problemas contrasta con la abundancia de literatura no científica sobre ellos, como muestra la segunda parte del volumen. Pero debido a que suelen ser relatos artísticos, o «en primera persona», es decir, escritos por mujeres, esa literatura ha sido muy poco atendida por los científicos (hasta hoy, fundamentalmente hombres). Lo mismo ocurre con los deseos de embarazo y otras múltiples vivencias de la maternidad y la marentalidad en las psicosis, especialmente desatendidas o incomprendidas por provenir de «seres doblemente sumergidos»: como mujeres y como «psicóticas».
Hasta que aparece el infanticidio posparto… Entonces sí que se atiende a esos sucesos, y desde múltiples perspectivas (particularmente, desde la prensa sensacionalista y los ambientes legales…). Dominan entonces las lamentaciones y las expresiones de horror e incomprensión más dramatizadas, y estas mujeres cargan y absorben el interés y la fascinación morbosos de todos, comenzando por «el gran público». Pero, si consideramos que los dos rasgos característicos de las psicosis son los trastornos del self y la confusión interior/exterior, ¿cómo es que no estamos todos, científicos y profesionales incluidos, mucho más atentos a una situación como el embarazo, que altera radicalmente el self y el self corporal de la embarazada, que luego vuelven a ser alterados radicalmente en el puerperio? ¿Cómo es que ni la psicopatología ni la obstetricia y la ginecología han podido reflexionar e investigar sino escasamente sobre los problemas y conflictos biológicos, psicológicos y sociales que está obligada a elaborar cada mujer embarazada (y en cada embarazo)? Ha de afrontar y elaborar una compleja serie de conflictos biopsicosociales, causa y consecuencia de ese cambio radical del self y del self corporal durante el embarazo. Es lo que la prepara para la necesaria simbiosis madre-feto y madre-hijo, vitales para la supervivencia del nuevo ser y de la especie. Luego se presentan los cambios que siguen a la ruptura parcial de esa fusión durante el puerperio, pero con la necesidad de mantenerla en parte para cuidar al nuevo ser y a la familia (y a la especie). Pero se trata de cambios de identidad que pueden ser vividos como imposición y, por tanto, como un nuevo atentado a la identidad de la mujer. Más tarde, al menos en nuestro mundo, la mujer, con nuevos esfuerzos y trabajos, tendrá que tratar de reapropiarse de su identidad o construir una nueva identidad en un mundo lleno de presiones tendentes al sometimiento y la secundarización de ese ser-humano-madre…
¿Cómo puede vivir todos esos procesos una mujer psiconeurológicamente «especialmente vulnerable», una mujer con un EMAR (Estado Mental de Alto Riesgo), con una identidad por definición ya vulnerable? Hay investigaciones que apuntan a que las mujeres tienen de veinte a treinta veces más probabilidades de ser hospitalizadas por un episodio psicótico en el primer mes posterior al parto que en cualquier otro momento de su vida (Twomey, 2009), lo que sugiere vínculos entre el alumbramiento y la transición a la maternidad, por un lado, y la evolución de la psicosis, por otro. En los casos más aparatosos, llegan luego las expresiones horrorizadas ante las «locuras» de estas mujeres, y no digamos si llegan al extremo del infanticidio… Pero ¿qué atención social, asistencial e incluso científica se les está dando hoy a esos cambios y procesos que ocurren en cada mujer con cada embarazo, y máxime si hay factores de riesgo asociados de tipo psicosocial o biológico? ¿Creen ustedes que se están realizando suficientes estudios y cuidados sobre esos momentos o etapas significativas de la vida de la mujer (y de la especie), como la maternidad o «matrescencia»? ¿Y sobre la indudable vulnerabilidad marcada por algunos factores de riesgo psicológicos o sociales?
Aún son muy escasos los estudios específicos sobre cómo ayudar en esos casos de psicosis o EMAR durante el embarazo y el puerperio, como no sea la idea empobrecedora de que a estas mujeres hay que aplicarles TEC (Terapia Electroconvulsiva). Tampoco se ha cuestionado la pobreza biopsicosocial de nuestros dispositivos asistenciales para estas mujeres-embarazadas-pobres-con psicosis, ni la ignorancia olímpica, por parte de nuestros servicios psiquiátricos, acerca de la importancia en estos casos de la «red social», comenzando con las co-madres…
Se trata de un olvido o disociación extrema similar al que atañe a la vinculación entre las psicosis y los trastornos alimentarios en mujeres (Felitti et al., 1998). En su capítulo, Arenella nos recuerda que en ambas situaciones coexisten vivencias y mundo interno con un self corporal deficitario o vulnerable y con una frecuencia de abusos en la infancia mayor que en la media de mujeres.
Acerca de los tratamientos y, desde luego, de los cuidados integrales del paciente y su familia en la comunidad (CIANC o TIANC; Tizón, 2013, 2014), poseemos también toda una serie de datos sobre la relación entre psicosis y mujer que habría que perfilar, desarrollar e investigar.
Siguiendo con las influencias hormonales que ya hemos mencionado, un ejemplo de la posibilidad de mejorar nuestros conocimientos gracias a la perspectiva de género es la hipótesis terapéutica del posible uso complementario de estrógenos o moduladores selectivos de los receptores estrogénicos en el tratamiento integral de las psicosis.
Sabemos también acerca de la mayor aceptación y mejores efectos de la psicoterapia en mujeres con psicosis que en hombres. En cuanto al uso de los neurolépticos (NLT), sabemos que su farmacocinética y su farmacodinámica son diferentes en hombres y en mujeres a causa de las diferencias en el volumen corporal, la composición lipídica, la actividad enzimática del hígado y el tabaquismo y el consumo de cannabis, entre otras diferencias metabólicas y conductuales. En general, la respuesta a los NLT en mujeres es más rápida y se obtiene con menores dosis. Ello debería llevar al uso de dosis menores de NLT, ajustadas por sexo y edad. Pero, dada la ausencia de estudios con números representativos de mujeres y la falta de una perspectiva de género por parte de los psiquiatras, se trata a las mujeres con las dosis recomendadas (para los hombres), lo cual posiblemente lleve a un aumento de los efectos secundarios, al usar dosis inadecuadas, tal como ya han insistido mujeres profesionales como Moncrieff (2013) o Valls (2016). Todo ello con el agravante de que esas dosis inadecuadas de NLT determinan (en las mujeres y no en los hombres) irregularidades del ciclo, amenorrea, reducción del efecto protector de los estrógenos, mayores perturbaciones en la autoestima y en el self corporal… Además, aumentan la osteoporosis y el riesgo de cáncer de mama y los cambios en el peso.
En otro ámbito, los NLT y otros fármacos interfieren con las capacidades y responsabilidades marentales porque afectan la emocionalidad y las capacidades relacionales (Moncrieff, 2013; Tizón, 2018a). En una sociedad en la cual la marparentalidad recae aún sesgadamente sobre las mujeres, eso añade conflictos suplementarios para ellas y dificulta los cuidados integrales (CIANC) de las mujeres con psicosis.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, sería pues urgente replantearse el uso de los NLT en las psicosis en mujeres y, tal vez, pensar en tratamientos y sistemas de cuidados específicos para los colectivos LGTBI.
Incluso los sistemas integrales de cuidados tipo CIANC pueden presentar dificultades especiales en las mujeres, llevando a su no aplicación o a la disminución de su frecuencia porque con los tratamientos ellas se ven más afectadas en su autoestima, su self corporal, su metabolismo y sus capacidades parentales.
Por otra parte, al personal de enfermería de los servicios psiquiátricos de ingreso clásicos le es más difícil trabajar con mujeres: describen un efecto emocionalmente más agotador, que las mujeres son más oposicionistas en el ingreso que los hombres y, además, manifiestan su resistencia frecuentemente de un modo pasivo-agresivo, un modo de relación que es más difícil de abordar en los cuidados y en la psicoterapia. Un oposicionismo cognitivo-relacional agravado por el mayor rechazo a los NLT, por las alteraciones de los equilibrios hormonales, sexuales, corporales, sobre la fertilidad, sobre la osteoporosis y demás efectos nocivos que producen. Y, como acabamos de recordar, esas alteraciones pueden estar agravadas porque, por ignorancia y sesgos psicosociales de género, la dosificación puede ser aún más inadecuada que en los hombres con psicosis (Moncrieff, 2013; Valls, 2016).
En el nivel cultural y psicosocial, tenemos bastantes datos que indican que las experiencias psicóticas, culturales y espirituales de las mujeres con psicosis son cualitativamente diferentes de las de los hombres con psicosis (Rector y Seeman, 1992; Seeman, 2012). De ahí que las mujeres tengan entre veinte y treinta veces más posibilidades de ser ingresadas por psicosis en el puerperio que en cualquier otro momento de su vida (Twomey, 2009) y que las «alucinaciones auditivas» (o la «escucha de voces») sean más comunes en las mujeres diagnosticadas de esquizofrenia que en los varones (Rector y Seeman, 1992).
Como el inicio de la psicosis es más tardío en las mujeres que en los hombres, aquellas pueden mantener más que estos cierta protección social y redes sociales, y, en consecuencia, pueden completar estudios, establecer amistades o relaciones de pareja, lograr un empleo… Se trata de factores protectores contra el deterioro habitual de algunas formas de «ruptura psicóticas» (Tizón, 2018a, 2021). En consecuencia, las mujeres diagnosticadas de esquizofrenia son menos propensas al retraimiento social, mantienen una calidad de vida mejor, desarrollan grados menores de deterioro social y relacional, practican comportamientos de riesgo con menor frecuencia que los varones, tienen más posibilidades de seguir con un empleo, menores índices de suicidio, mayor probabilidad de emparejarse y tener hijos, menor probabilidad de uso concomitante del alcohol y otras drogas (aunque el cannabis parece tener peores efectos sobre su cerebro)... En general, las redes sociales de las mujeres con psicosis están mejor mantenidas que en los hombres con similares diagnósticos y, en consecuencia, hay una tasa menor de delitos, violencia y condenas de prisión y, desde luego, una menor probabilidad de ser empujadas a las marginaciones «sin techo»…
Como género sojuzgado y oprimido, las mujeres sufren un mayor impacto de las presiones sociales para que cumplan los estándares de capacidad de seducir, características corporales, modas, dedicación a la crianza, fertilidad… A pesar de ello, al menos en nuestra cultura, la estigmatización y la marginación de las personas con psicosis suele ser menor en las mujeres que en los hombres, aunque tengan mayores complicaciones psicosociales y morales por causa de sus responsabilidades descompensadas en la crianza y en los cuidados de los congéneres (hijos, familiares, otras personas…). De hecho, hay una cierta tendencia a que sean estigmatizadas como «malas madres» o malas cumplidoras de las «funciones marentales», cosa que no ocurre en el caso de los hombres con psicosis (cuyas obligaciones parentales pocas veces se tienen en cuenta, con grave perjuicio para ellas… y para ellos). En consecuencia, las mujeres con psicosis pierden más a menudo los derechos de custodia de los hijos.
Como resumen, podemos decir que con respecto a la psicosis hay mejor evolución en las mujeres que en los hombres, a pesar de que las mujeres están expuestas a más abusos previos que los varones con psicosis (Felitti et al., 1998). Es sabido el impacto que esos abusos poseen como factores de riesgo para la psicosis, tanto en hombres como en mujeres (Dangerfield, 2019; Felitti et al., 1998; Nolan et al., 2018; Read et al., 2006; Read y Dillon, 2016; Savage et al., 2019; Shonkoff et al., 2012; Varese et al., 2012). Y sin embargo, paradójicamente, el género más abusado tiende a desarrollar una mejor evolución: una explicación posible es que, como ya hemos recordado, las mujeres con psicosis mantienen mejor la red social y la vida relacional y emocional que los hombres que padecen esa ruptura personal que es la psicosis.
En sentido contrario, Jessica Arenella recoge en su capítulo cómo los poderes ideológicos, comerciales y socioculturales crean factores de riesgo en las mujeres jóvenes. Por ejemplo, la ideología de que el cuerpo es, ante todo, importante por su atractivo visual más que por sus funciones, su salud o vitalidad, fomenta dietas poco saludables, pérdida de peso y una alimentación desordenada.
Brown y otras coautoras señalan la sorprendente escasez de investigación y becas sobre los tratamientos médicos y psicológicos aplicables durante el embarazo y el puerperio. Se trata de situaciones personal y sanitariamente graves muy influenciadas culturalmente: por un lado, por la desvalorización de las mujeres y su experiencia, que conduce a presiones para proteger al niño a expensas de la madre. Por otro lado, por el inmediatismo cultural, la tendencia a las «soluciones rápidas», que a menudo hacen más daño que bien, como la terapia electroconvulsiva, que con frecuencia puede resultar más punitiva que útil y que hoy es aplicada fundamentalmente… a mujeres (¿para la protección del feto o para proteger a sistemas de cuidados incapaces de atender necesidades tan humanas como las propias de la mujer durante el embarazo y el puerperio?).
Suele pensarse que el feminismo es un tema ideológico y político y que por eso no debe ser considerado en las discusiones científicas. Pero, en sentido contrario, el feminismo, para todo el mundo y para todos los mundos (Arruzza et al., 2019; Hooks, 2017), hoy es necesario precisamente por los atrasos y sesgos que produce el no incorporarlo radicalmente en nuestra cultura y en nuestra organización social. Y no solo en el tema de la guerra —ya en Las troyanas Eurípides subrayaba la oposición de las mujeres a todo tipo de guerra— ni desde luego en la cuestión de las supuestas «guerras justas», sino en todos los asuntos y ámbitos de nuestra cultura. Acabamos de ver cómo no tener en cuenta el feminismo al estudiar las psicosis produce atrasos y desviaciones en nuestras investigaciones y tratamientos… y daños físicos y psicológicos en las personas tratadas.
La realidad es que los temas políticos, ideológicos y de poder impregnan siempre nuestras visiones de todo tipo: culturales, científicas, sociales, asistenciales, artísticas… ¿Cómo no va a influir el hecho de soslayar y subestimar al 49,5 % de la humanidad? ¿Cómo no va a repercutir en el humanismo radical y el ecologismo radical hoy tan necesarios y urgentes, no solo para la supervivencia de la especie, sino incluso en el conocimiento científico y profesional que se desarrolla cada día? ¿Cómo se puede pensar que esa parcialización no va a tener repercusiones globales, en la cultura y en el bienestar de la población?
A pesar de los escotomas y sesgos que supone el predominio de una psicopatología que entiende la diferencia o el trastorno como «enfermedad», con una concepción «biomédica» (en realidad, «biocomercial»), la perspectiva de género ha entrado también, trabajosamente, en el mundo de las psicosis y, en general, de la psicopatología, y ya está produciendo sus frutos, reflexiones y discusiones, muy adecuadamente introducidas en este libro. Desde un punto de vista psicológico, el volumen de Brown y Charles en realidad es un intento de mentalizar situaciones difíciles de mentalizar: por un lado, la denigración crónica y trágica de miles de millones de mujeres, de gran parte de las mujeres, a lo largo de la historia. Por otro, la mentalización de que hoy estamos ante una posibilidad de cambiar ese cruel sesgo de la cultura humana en favor de un feminismo radical y mayoritario (Arruzza et al., 2019; Hooks, 2017).
El que podamos vislumbrar esa controversia también en el ámbito de las psicosis, de la «locura», proporciona un indicio de cuáles deberían ser las vías radicales de la democracia real y el humanismo hoy necesarios: han de basarse en la lucha contra todo tipo de supremacismos (incluidos los genéricos, clasistas, étnicos y migratorios) y, por lo tanto, en un ecologismo y un humanismo integrales, en una inclusión y valoración de los diferentes y las diferencias. De base, hoy no puede haber humanismo ni democracia real sin feminismo.
El término «psicosis», de etimología griega, se aplica en psicopatología para designar un tipo de anomalía o trastorno psico(pato)lógico: de ahí el sufijo -osis. Pero psyché, en griego clásico, parece que tenía que ver también con el alma, la vida, el vigor, la vigorización… Resulta interesante que ya en las raíces del término encontremos esa dialéctica entre trastorno, dificultad, anomalía, y a la vez, alma, vigor, vigorización.
En el ámbito de las psicosis y, en general, en la psicopatología, los enfoques y puntos de vista de este libro tienden a converger en una perspectiva sociocultural, ideológica y política relacional o relacionalista; una perspectiva que se encuentra en conflicto directo con la tendencia a la medicalización de las emociones, de los «síntomas» y de los «síndromes» y a la distribución de los síntomas o «señales» en categorías estigmatizadoras. Muchas de tales categorías y concepciones, que hace decenios estaban destinadas a facilitar los tratamientos, hoy solo añaden nuevas dificultades y cargas y no contribuyen a remediar la aflicción o el trastorno. Hay que revisar y replantear nuestra concepción de esas categorías y, por supuesto, sus clasificaciones. Y en esos profundos replanteamientos, la reflexión y la investigación sobre las psicosis, las mujeres y las mujeres con psicosis deben formar parte indisociable de otros replanteamientos y evoluciones más generales, en los ámbitos globales de la cultura y la organización social.
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Marie Brown
«¿Cuál es la historia de la idea de mantener este encuentro?».
Crecí en un hogar signado por el alcoholismo, el caos y la violencia doméstica. Me sentía muy sola en mi sufrimiento, pues los miembros de mi familia coexistían, pero como islas aisladas. No tenía a nadie con quien poder hablar sobre lo que estaba sucediendo. En consecuencia, para cuando alcancé la adolescencia temprana, el mundo parecía un lugar extraño. A veces, mientras charlaba con alguien o simplemente me encontraba sentada en la clase, era como si, de repente, las luces se volvieran realmente muy brillantes. Podía ver las cosas en hiperrealidad. Era como si —sin advertencia alguna— me hubiera vuelto consciente de «La Verdad de las Cosas» y contemplara con visión cristalina el ambiente que me rodeaba. Eso me hacía sentir alejada de los demás y separada de mi entorno. Los cuerpos de las otras personas parecían carnosos y extraños; eran como simios capaces de hablar, sonreír y reír. Todos se movían juntos y participaban de un juego que parecía absurdo. ¿Se daban cuenta de que, por alguna razón, yo era diferente? Durante esas experiencias, me invadía una sensación de terror inefable y de miedo a la fragmentación mental (o incluso espiritual). Bajaba la vista hacia mis manos y sentía una desconexión con respecto a mi cuerpo, que parecía funcionar por su propia cuenta, como una especie de máquina o autómata. Movía una mano y me aterrorizaba la claridad con que la experimentaba.
Por las noches, sola en mi cama, sentía que dolorosas descargas eléctricas salían disparadas de ambos flancos del cuello, en dirección a la cabeza. La electricidad era, a la vez, un zumbido y una sensación: una sensación horrible, abrasadora. Yo conjeturaba que las descargas procedían de mis padres: para torturarme por las noches, habían inventado cierto tipo de máquina que dirigía rayos invisibles hacia mi cabeza. Me preocupaba que las descargas estuvieran destinadas a deformarme el cerebro. Me daba miedo que aquello acabara por realizar cambios fundamentales en mi personalidad. Me echaba almohadas sobre la cabeza, en un intento de bloquear los rayos de la máquina. Por las mañanas olvidaba que había sucedido todo aquello.
Para hacer frente a mis profundos sentimientos de tristeza, ansiedad y alienación, desarrollé un rico mundo de fantasía. Establecí una estrecha conexión con otra niña, llamada Sara, quien pasó a desempeñar un papel protagónico en mi vida de fantasía. Cuando caminábamos juntas al aire libre, el patio trasero adquiría una condición mística, sobrenatural. Era como si nos adentráramos en otra dimensión. En esa otra dimensión teníamos nombres secretos; allí se nos consideraba como seres profundamente mágicos y especiales. Cobré gran afición al ocultismo. Iba a la biblioteca y me abismaba en la lectura de libros sobre los juicios a las brujas de Salem, el Malleus Maleficarum y la Wicca de los tiempos modernos. Me encantaba leer sobre las brujas; solía imaginarlas desnudas, adentrándose furtivamente en el bosque por las noches, pintándose el cuerpo y danzando frenéticamente en torno a impetuosas hogueras. Me parecía que Sara y yo éramos brujas, guardianas de capacidades sobrenaturales que otras personas no podían comprender. Juntas encendíamos velas y entonábamos cánticos. Me sentía sumamente poderosa.
En una ocasión, de visita en casa de Sara, váyase a saber por qué, acabé sola en el cobertizo de la vivienda. No recuerdo cómo llegué hasta allí, pero sí recuerdo que, ya metida en el cobertizo, perdí la capacidad de mover el cuerpo. Me había quedado atrapada en una posición fetal, escondida debajo de una mesa. Experimentaba la hiperconciencia de que mi cuerpo permanecía bloqueado en ese lugar. La sensación no era del todo nueva para mí. Ya había experimentado antes momentos en los que perdía la capacidad de movimiento. Si mis padres discutían, mi cuerpo a veces adquiría vida propia y se enrigidecía como una estatua: hasta los ojos se me paralizaban e inmovilizaban. Años después di con una cita de Wittgenstein y sentí que esas palabras me describían; hablaba del resto de dolor, incluso tras la conversión en piedra.
Solo tengo recuerdos fragmentarios de aquel día en el cobertizo de la casa de Sara. Recuerdo que era invierno y la tierra estaba cubierta por una delgada capa de nieve; sin embargo, por alguna razón, yo no llevaba ni zapatos ni chaqueta. Recuerdo que vestía un corto cheongsam —un vestido chino tradicional—, de un rojo brillante, con dorados dragones bordados. Tenía una especie de conciencia exterior de que había gente que me buscaba. Casi podía ver los helicópteros que volaban en lo alto, pero seguía sin poder moverme: los brazos y las piernas permanecían rígidamente encogidos en la misma posición. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero en determinado momento apareció un perro policía, que empezó a olisquearme el cuello. Poco después llegó la policía. El impacto de sus linternas y uniformes me trajo de vuelta al cuerpo y pude ponerme de pie y caminar, aunque no sin aturdimiento. Recuerdo que mi madre me ayudó a ponerme los zapatos y la mochila, que pesaba a causa de los libros de texto. Tras eso, mi siguiente recuerdo es que me llevaron al CPEP, el Comprehensive Psychiatric Emergency Program.
El CPEP fue una experiencia extraña. Recuerdo que deambulaba por la sala de espera, en mi corto cheongsam
