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"Los mayas elevaron hacia el Sol que tanto veneraban sofisticadas construcciones de piedra y sacrificaron víctimas humanas en sus altares. Fue un pueblo dominado por guerreros y sacerdotes que combinó con sorprendente paridad el talento con la barbarie, la belleza con la fuerza, el arte con la sangre."(Wen El bolígrafo) Una cultura que compaginó una sofisticación astronómica, matemática y arquitectónica sin parangón con los sacrificios humanos y la guerra continua. Mundo maya nos acerca de un modo breve pero enormemente preciso a una de las culturas más enigmáticas de la humanidad. Los mayas fueron ejemplares astrónomos, capaces de levantar observatorios y de crear un calendario más preciso que el que tenemos; fueron sobresalientes matemáticos que desarrollaron un sistema de cálculo y de lectura con que podían administrar un imperio de un modo exacto y ecuánime, además de ser los primeros que utilizaron el número 0; además su sistema social fue revolucionario e irrepetible ya que mezclaba un rígido sistema militar de castas con un protosocialismo. ¿De dónde procedían esos saberes? ¿Qué se esconde tras su misteriosa desaparición? George Reston es un investigador incansable que ha indagado durante años para intentar responder estas cuestiones, y nos presenta sus conclusiones en este libro de un modo accesible y sintético, claro y divulgativo. Hace hincapié en los factores más revolucionarios de la cultura, como su astronomía o sus construcciones que, a día de hoy, siguen admirando al mundo entero, pero no oculta que existen numerosos puntos sin explicar de la historia maya, inmensos vacíos que aún no han sido llenados por la investigaciones científicas: llenar esos huecos de un modo riguroso y fundamentado es la tarea principal que acomete en esta obra. Razones para comprar la obra: - Los estudios sobre la cultura maya se han multiplicado en la actualidad y, con ellos, los misterios y enigmas que rodean a esta civilización.
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Seitenzahl: 155
Veröffentlichungsjahr: 2010
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MUNDOMAYA
MUNDOMAYA
Claves para entender una civilización fascinante
GEORGE RESTON
Título: Mundo MayaSubtítulo: Claves para entender una civilización fascinante.Autor: George Reston
© 2007 Ecommerce Quality Consulting S.L.L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madrid
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño y realización de interiores: JLTV
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN 13: 978-84-9763-905-7
Libro electrónico: primera edición
Introducción
Capítulo 1: Los antiguos mayas y su legado
Capítulo 2: El orden político y social
Capítulo 3: La caída de los dioses
Capítulo 4: La lengua y los mitos
Capítulo 5: El códice maya de Dresden
Capítulo 6: La religión
Capítulo 7: El calendario
Anexos
Bibliografía
¿Por qué volver a pensar en la misteriosa desaparición de la civilización maya? El antropólogo trabaja para descubrir cómo vivían quienes ya no están, y parte de ese estudio es descubrir qué los llevó a la extinción. En esencia, porque identificar esa razón contribuye a que la humanidad pueda observar con ojos críticos su propio presente. No vaya a ser que las mismas circunstancias que terminaron con el pueblo maya se estén reproduciendo peligrosamente en nuestra civilización actual.
Porque lejos de toda duda, una cultura que fue capaz de descubrir el valor matemático del cero, que pudo diseñar un calendario mucho más preciso que el que hoy nos guía, que se ordenó política y socialmente –más allá de las castas– con un criterio infinitamente menos destructivo que el que rige hoy en nuestras comunidades, no pudo haber caído sólo por la evolución natural de los tiempos. Existieron otras razones, y bien valdría tomar cuidadosa nota de ellas.
El fenómeno de la cultura maya atrae, cada día más, a curiosos, aficionados y estudiosos de todas partes del planeta. Para un niño que vive en Canadá, por ejemplo, los mayas, los jíbaros o el ejército troyano pueden ser más o menos lo mismo. Y tal vez por eso, por suponer que los indígenas mexicanos eran la versión americana de los antiguos griegos comencé a interesarme por ellos.
Mi padre trabajaba como crítico literario en los periódicos locales de Ottawa, lo que permitió que tuviera un acceso, casi incondicional, a todo tipo de material que se abocase al tema. La equitación y la lectura fueron los pasatiempos que convirtieron mi infancia en uno de los momentos más felices de mi vida.
Cuando crecí y comprendí que los deportes no me darían de comer me adentré por completo en la investigación. Terminé la educación media y decidí –influido en buena medida por las delirantes historias de Castaneda que consumía con fruición– que no debía existir carrera más atrapante que la antropología. Cursé a toda velocidad los primeros tres años de universidad y viajé en vacaciones a México. Así, los dos meses que debieron haber sido de distensión se convirtieron en cinco años de mucho trabajo pero también de mucho crecimiento. Aprendí el castellano, terminé mi carrera en el Distrito Federal, conocí a mi actual mujer y tuve mi primer hijo.
Cuando mis padres murieron volví a Canadá con mi familia para resolver los asuntos legales, y lo que comenzó como un viaje de negocios terminó dando origen a este libro.
Los contactos laborales que mi padre había cultivado con empeño me sirvieron como salida laboral. Y mi amor por la antropología logró que sacrificara tiempo de ocio para penetrar, cada vez con mayor profundidad y cuidado, en los claroscuros de una civilización desaparecida misteriosamente y que empezaba a obsesionarme.
Todas las herramientas que incorporé como antropólogo están expuestas en este trabajo. Pero también es fácil descubrir todo el amor y el respeto que siento por esta cultura. Sé que la unión sentimental con el tema afecta mi objetividad, pero creo que si Malinovsky lo leyera lo aprobaría.
Cómo no enamorarse de un pueblo que logró los más destacados avances en las matemáticas, que deleita con su arte, que con sus leyendas emociona y con sus enseñanzas cautiva. Cómo ser objetivo con un pueblo que fue –tal vez– la primera víctima de una conquista salvaje, y que fue martirizado por el “pecado” de poseer oro en sus territorios. Un pueblo que supo dar batalla, aun en inferioridad de condiciones hasta que ya no tuvo más sangre que ofrecer.
Este libro es fruto de mucho estudio, pero también de mucha pasión, y por eso estoy orgulloso de él. Porque quizá eso sea lo más importante que aprendí en mi larga estadía en México; que la pasión es el único motor para alcanzar la razón. La razón fría y dura no tiene sentido si no está gobernada por el corazón y esto es lo que tenía muy claro el pueblo maya. Tan claro lo tenían que se extinguieron pero no traicionaron sus creencias más profundas, es decir, las creencias del corazón.
Cuando regresé a Canadá sentí algo muy raro. Era un extranjero en mi país. Acaso porque la brecha que el tiempo y la historia han abierto entre el norte de América y el resto del continente habla de una fractura antropológica, capaz de explicar hasta la economía y la política. Asombra ese surco que nos separa de una Europa que, pese a guerras y devastaciones, sigue pudiendo preservar una identidad continental.
En este trabajo encontrarán mucha y muy calificada información sobre un pueblo extinguido, pero me daré por satisfecho sólo si una apasionante duda y necesidad de más información los asalta y los conduce, también a ustedes, a indagar en la huella de quienes, de una manera u otra, son nuestros ancestros.
George Reston.
La centena de ciudades que la densa vegetación tropical centroamericana guardó en su seno a lo largo de más de un milenio representan, sin ningún lugar a dudas, uno de los mayores misterios de la historia de la civilización.
Templos imponentes que se alzan sobre pirámides de cincuenta metros de altura, cipos, estelas y altares de piedras, tapizados con magníficos y misteriosos grabados, dan cuenta de ceremonias rituales y celebraciones que la humanidad debe aún terminar de interpretar.
Eso fueron los mayas. Para algunos, los herederos de una civilización perfecta y avanzada, anterior a la griega, que vivió en un continente perdido (la Atlántida); para otros, las grandes víctimas de los conquistadores españoles.
Finalmente, sin embargo, el legado de los mayas empieza a descubrirse en todo su esplendor. A través de excavaciones, del descifrado de su antigua lengua y de sus continuas investigaciones, los arqueólogos conocen cada vez más sobre un pueblo que desarrolló un calendario tan preciso como el que usamos hoy en día. Además eran astrónomos consumados, arquitectos y matemáticos.
El explorador norteamericano J. L. Stephens, junto al célebre dibujante inglés Catherwood, tuvieron el enorme privilegio de ser los primeros en comunicar al mundo que habían descubierto algo misterioso y fascinante. Fue la tarde del 17 de noviembre de 1839, cuando frente a sus ojos aparecía Copán, una desconocida ciudad en medio de la selva.
Meses más tarde, desde Palenque (acaso uno de los mayores emblemas mayas), Stephens comunicaba su teoría respecto de que, entre una ciudad y la otra, todo un extenso territorio debió de haber sido habitado por una sola comunidad, y una única civilización. Su hipótesis se sustentaba en la identidad formal que había hallado entre los jeroglíficos descubiertos en ambas ciudades.
Era el comienzo de una larga serie de hallazgos vedados hasta entonces para la humanidad.
Era el comienzo, decimos, porque cuando treinta años más tarde el sacerdote francés Brasseur de Bourbourg se encontró, en la Biblioteca Nacional de Madrid, con la Relación de cosas del Yucatán, una obra escrita en tiempos de la conquista por el padre Diego De Landa, el sendero hacia el esclarecimiento definitivo de lo que fuera la civilización maya quedó definitivamente expedito.
LAS SUPOSICIONES Y LA HISTORIA
Nuestros antepasados mayas observaron mucho antes que nosotros el fenómeno del cambio continuo y lo expresaron con estas palabras llenas de sabiduría y poesía tomadas del Chilam Balam de Chumayel, libro en el que se recogió la tradición oral de los antiguos mayas: “Toda luna, todo año, todo día, todo viento camina y pasa. También toda sangre llega al lugar de su quietud, como llega a su poder y a su trono. El hombre mismo, tal como hoy lo conocemos, ha sido producto de una larga evolución de cientos de miles de años”.
Uno de los rasgos más importantes que diferencian al hombre del animal es que este último, para subsistir, se sirve de los productos de la naturaleza tal como surgen de ella. En cambio, el hombre modifica la naturaleza y la somete, transformándola para obtener de ella lo necesario. Es decir, mediante el trabajo, el hombre establece relación entre la naturaleza y sus necesidades. A través del trabajo, el hombre modifica la naturaleza en conjunto y al mismo tiempo modifica su propia naturaleza.
En un principio el ser humano fue recolector, cazador y pescador. Pero, para obtener los productos de la naturaleza necesarios para su subsistencia, comenzó a elaborar utensilios que lo auxiliaran en la búsqueda, obtención y preparación de sus alimentos. El empleo del fuego amplió las posibilidades de que usara productos de la tierra, mares y ríos, antes no aprovechados.
A medida que los hombres aumentaron en número, se desplazaron hacia nuevas tierras en busca de alimentos, es decir, se vieron obligados a llevar una vida nómada. En la persecución de los animales que le proporcionaran carne y pieles, el hombre avanzó en distintas direcciones. Así fue como algunos provenientes del Asia, hace aproximadamente cuarenta mil años, aprovecharon las posibilidades de paso por el estrecho de Behring y las islas Aleutianas y llegaron al continente, que miles de años después recibiría el nombre de América.
Estas migraciones se realizaron en varios períodos. Luego, conforme iban llegando a la nueva tierra, los grupos marcharon hacia el sur y se fueron dispersando en el norte, centro y sur del continente. Las rutas seguidas por estos grupos humanos y los lugares donde se establecieron, por tiempo más o menos corto, han podido ser determinados mediante los descubrimientos de utensilios de piedra por ellos empleados, de restos óseos de animales y, en ocasiones, de seres humanos.
En el caso particular del actual estado de Yucatán, investigaciones recientes que aún no han aportado conclusiones definitivas permiten, sin embargo, anticipar que la prueba más antigua de la existencia del hombre y de sus actividades se remonta aproximadamente al año 8000 antes de nuestra era, como lo comprueban los hallazgos de las grutas de Loltún al sur de la provincia de ese nombre, a corta distancia de Oxkutzcab. Estas grutas constituyen el único lugar del estado donde existen depósitos profundos de tierra en cuyas capas quedaron sepultados restos de instrumentos, de huesos de animales y humanos que ahora han podido ser estudiados.
En las capas o estratos más antiguos se hallaron vestigios de fauna extinta, para la que se ha calculado una fecha tentativa de 24.800 años. Se encontraron también instrumentos que indican el desempeño de labores diarias de la gente que habitaba el lugar, como raspadores (utensilios que servían para la limpieza de pieles y de otros materiales suaves como algunas cortezas vegetales), raederas, hachas, cuchillos y navajas empleados para cortar materiales más duros como la madera; perforadores, buriles para hacer incisiones y puntas de proyectil. Estas últimas, pequeñas o grandes, son prueba de que se dedicaban a la caza. Los utensilios de Loltún están tallados principalmente en silex, mineral propio de la localidad. Hay también algunos instrumentos elaborados en obsidiana y basalto, lo que indica la relación de estos habitantes con pobladores de regiones distantes del norte o del sur de la península.
Además de los objetos de piedra, el hombre de Loltún contaba con instrumentos de madera y de hueso como agujas, cuentas, mangos, entre otros, de los cuales se conservan muy pocos debido a su calidad orgánica de fácil descomposición.
Hasta hace relativamente no mucho tiempo se pensaba que el poblamiento de la península de Yucatán por los mayas había comenzado durante la quinta centuria; sin embargo, descubrimientos recientes muestran que dicho poblamiento tuvo lugar en fechas mucho más tempranas, con seguridad anteriores en varios siglos a nuestra era.
Entre los años 5000 y 4000 a.C. (aproximadamente) los antepasados directos de los mayas llegaron en pequeños grupos, acompañados de miembros de otros pueblos, de similar aspecto físico (cabeza redonda y baja estatura), a las tierras que después serían su asiento definitivo.
La ocupación parece haberse efectuado por oleadas sucesivas de colonización. El estudio de los monumentos arqueológicos permite establecer tres subprovincias, surgidas quizá de diferentes colonizaciones: la que está al norte de Petén, con prolongación hacia Campeche y Quintana Roo, es decir, la región de los chenes; la que le sigue más al norte, o sea la Puuc, y la que rodea a la capital, Itzá.
Estos recién llegados –y lo mismo sucede con gran parte de sus actuales descendientes– se caracterizaban por nacer con una pequeña mancha, llamada coccígea (uah, en maya) de color entre azul y violeta en la base de la columna vertebral, que desaparecía a los pocos años de edad; por el pliegue del ojo parecido al de los asiáticos; por el vello escaso en el cuerpo y porque las líneas de las manos eran más sencillas; rasgos comunes entre los asiáticos.
Tanto el color cobrizo de la piel como el cabello lacio y negro los identificaban como parte de los grupos étnicos de la América prehispánica. Pero, por otra parte, presentaban y presentan otros rasgos que los diferencian de la mayoría de los demás habitantes de América y Asia, entre los cuales cabe mencionar su baja estatura, la cabeza ancha, los pómulos salientes, los hombros anchos, las manos y los pies pequeños, la nariz carnosa y aguileña y el labio inferior algo caído.
Se comunicaban a través de una lengua común que dio origen aproximadamente a otras veinte, entre ellas el maya. Su organización social se basaba en unidades no muy numerosas de individuos ligados entre sí por lazos de parentesco (clanes) que decían descender de un antepasado común (en algunas ocasiones éste era algún animal considerado sagrado y al cual rendían culto).
En el seno de cada grupo predominaba la igualdad social. Las diferencias estribaban únicamente en la edad y en el sexo. El mando era ejercido por los más experimentados o los más ancianos; en el primer caso debido a la capacidad demostrada en la caza, la pesca y la recolección; en el segundo, merced a la solvencia para la aplicación de conocimientos prácticos, adquiridos a través de la experiencia.
Entre los años 2800 a 2600 a.C, en la zona maya que comprende Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Chiapas, Tabasco, Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador, había ya grupos que comenzaron a practicar la agricultura. Este conocimiento se extendió por la región y proporcionó a los mayas nuevos elementos para su alimentación, basada hasta entonces exclusivamente en la caza, la pesca y la recolección de frutos.
Posteriormente, el cultivo del maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el camote, la chaya, el macal, el algodón, el henequén y la obtención de copal constituyeron la base fundamental de su economía. Por eso a esta etapa se le llama agrícola.
Estos agricultores mayas elaboraban objetos de barro, madera, hueso, obsidiana, jade y de conchas de mar. Sabían confeccionar trampas, lazos y cerbatanas para cazar, así como herramientas de piedra: cuchillos, punzones y hachas. También hilaban prendas de vestir con fibras de algodón y hacían collares de cuentas para su adorno personal. Desarrollaban el comercio, intercambiando sus productos con los de otras regiones habitadas por grupos mayas y en ocasiones con pueblos ajenos a la península.
La práctica de la agricultura de milpa les exigió una suerte de observación “científica” de la naturaleza. Era necesario saber el momento más oportuno para preparar el campo, para efectuar las siembras y para levantar las cosechas; conocer cuáles eran las semillas adecuadas y los métodos más aptos para obtener los mejores frutos.
Así fue como surgieron los brujos (hmenoob) que, por su gran conocimiento de la naturaleza comenzaron a organizar las labores del campo y a dirigir la economía de cada grupo. Por el nivel de sabiduría práctica que poseían, llegaron a constituir el grupo dirigente que empezó a surgir en esta época.
Las brujas fueron cubriendo, aceleradamente, las lagunas en el conocimiento que existían hasta entonces, atribuyendo virtudes mágicas a todo lo que se daba en la naturaleza; y, con la creencia de que así alejarían los males, crearon un culto a las deidades que imaginaban y materializaban en dioses de madera, barro y piedra.
Paulatinamente, éstos fueron adquiriendo mayor influencia en los grupos, hasta constituirse en los rectores materiales y espirituales de sus respectivas comunidades. Fue así como surgieron los sacerdotes que dejaron sentir su influencia en la siguiente etapa llamada teocrática.
En este período la igualdad social desapareció. Los hombres comunes del pueblo trabajaron con sus manos para sostenerse y para mantener a los brujos que, cada vez más, se fueron alejando del trabajo material en el campo para dedicarse a las observaciones y ritos. Muchos hombres laboraron en la producción material y sólo algunos lo hicieron a través del conocimiento, en la producción de ideas.
Al convertirse en sedentarios, los pueblos mayas vivieron en aldeas pequeñas. Más tarde, cuando la población creció, éstas se subdividieron para crearse otras, vinculadas entre sí por su origen. Habitaban en casas de forma redonda, rectangular u ovalada, con paredes de bajareque, ramas entretejidas con cañas y barro; con techos de zacate o palma de guano, más o menos como las que aún encontramos en las poblaciones rurales y suburbanas del Yucatán actual.
Los elementos que participaban en la agricultura, tanto vegetales como animales, fueron deificados. La lluvia adquirió singular importancia y representó, como el agua, una deidad, lo mismo que el sol, la luna y otros astros. Se comenzaron a construir pirámides truncadas y sobre ellas templos. Inventaron una escritura y algunos elementos calendáricos, sistema relativo a la medición del tiempo, entre otros muchos logros en el campo del conocimiento.
Hacia el año 320 de nuestra era, los mayas comenzaron a generar una cultura con características propias, a partir de un nivel cultural común a todos los pueblos de Mesoamérica –territorio comprendido entre los ríos Pánuco, Moctezuma, Tula, Lerma, Santiago y Sinaloa por el norte, y el golfo Nicoya y el lago Nicaragua por el sur.
En el aspecto económico, la base de la alimentación del pueblo maya siguió siendo fundamentalmente la agricultura de la milpa, sin abandonar la caza, la pesca y la recolección.
