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Fernando Alfaro es uno de los músicos de referencia del rock independiente nacional y el líder y vocalista de uno de los grupos de culto de los noventa: Surfin' Bichos, recientemente reunidos tras un hiato de tres décadas para grabar un disco que ha visto la luz en 2023. Mundo turbio es la primera novela de Alfaro y parte de las letras de sus canciones para ampliar la vida de su nutrido grupo de personajes atormentados, entre los que destaca Ángel Turbio, trasunto quizá del propio autor. En un estilo seco, hiriente y lírico —entre la novela picaresca y Céline—, Mundo turbio es una suerte de bildungsroman ibérico plagado de personajes inolvidables, de épica carcelaria, drogas duras y amores fugaces. Además, este volumen recoge la totalidad de las letras escritas por Fernando Alfaro, tanto las compuestas para Surfin' Bichos como las de encarnaciones posteriores en grupos como Chucho o proyectos en solitario. La originalidad del libro radica en que no solo presenta las letras, sino que busca establecer paralelismos temáticos entre canciones —algunas alejadas en el tiempo— con el fin de establecer una correlación de temas y motivos recurrentes en la intensa y torturada poética del cantante.
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Seitenzahl: 589
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño: Carles Murillo
Maquetación: Carles Murillo y Emma Camacho
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Febrero de 2024
Primera edición digital: Febrero de 2024
© 2023, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2024, Fernando Alfaro, de la novela y de las canciones
© 2024, Carlos Zanón, del prólogo
ISBN: 978-84-10045-04-0
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
La vida será cruenta y fugaz.
RICARDO ARDIENDO
Tienes en las manos la novela de un escritor que también es músico. Un tipo, Fernando Alfaro (Albacete, 1963), que cuando hace discos resulta que también es escritor. Puede parecer algo baladí, pero no lo es, y viene a cuento de que, con independencia de cuál sea la manera a la que hayas llegado a este libro, su solvencia literaria está asegurada. No es el capricho de un músico que concluye que si puede hacer historias de tres minutos puede hacer canciones de doscientas páginas. Ni mucho menos. Fernando Alfaro va en este Mundo turbio tras la búsqueda de la verdad literaria construyendo con su propio y personalísimo material de desguace —a base de mentiras, recuerdos, olvidos y fantasías— un mundo verosímil que se levanta del papel y te grita a la cara «esto es verdad».
Alfaro ha construido un museo de autómatas con agujeros en la arena por donde se cuelan los gusanos que nos unen con las canciones que el albaceteño compuso solo o con sus compadres en Surfin’ Bichos, Chucho o al dictado de sus Diarios de Petróleo. Nos plantea el novelista un juego con Ángel Turbio, que es un trasunto del autor, que es y no es él, como debe ser en la buena ficción. Catorce capítulos de novela en los que los fans de su trayectoria musical nos encontramos a hermanos carnales, amigos de la tormentas o gemelos que aprietan fuerte en su incesto. Los recuerdos de Alfaro, ¿nos dan las claves de sus canciones? Sí, probablemente; en muchas de ellas, seguro. Pero el juego también va en sentido contrario, ya que cabe la posibilidad de que los recuerdos sean invenciones para dotar de un buen relato a los personajes que deambulan por sus canciones. Las dos direcciones son buenas decisiones del autor, y no importa dónde esconda la bolita el trilero.
Su prosa —lo que cuenta, cómo lo cuenta— me ha hecho como lector y seguidor de su música parecida impresión a cuando empecé a escuchar a Surfin’ Bichos, que no eran como los demás porque no venían de donde los demás. Carecían de la sofisticada tontería de quien vivía en Barcelona y Madrid creyéndose que lo hacía en Londres o Nueva York. Ellos eran tus amigos del pueblo que, los primeros días de las vacaciones, te hacían sentir pequeño, débil y estúpido; que hablaban raro, raso y al pie, que tiraban piedras a dar y volvían de noche por la carretera. Aquellos músicos parecían sonar desde un pozo en medio del campo y eran secos y tenaces, y te recordaban más a Violent Femmes y a Los Enemigos que a otras bandas patrias que a principios de los noventa compartieron ruidismo, psicodelia y escenarios. Ellos exhibían un inaudito complejo de superioridad de provincias, porque de su situación fuera del centro habían hecho su fuerza y su campo magnético. No iban a las fiestas de los otros. Tenían su propio agujero negro.
Las letras de Fernando Alfaro y la manera de decirlas, esa burrada atroz de una Biblia a la que le hubieran arrancado el Cantar de los Cantares y todo el Nuevo Testamento, cantadas no como un predicador poseso (que es la tradición de Gordon Gano o Nick Cave, cada uno en su estilo y haber), sino como un tipo en la barra de un bar que habla para sí mismo y recrea todos los benditos tarados —en palabras de un tema de Nacho Vegas— con los que se ha tropezado o a los que partió en dos un rayo. En las canciones de Surfin’ Bichos y Chucho sigues sintiendo que existen las atrocidades y los pecados, los crímenes siguen siendo inconfesables, al contrario que en otras letras y otras canciones, donde todo suena afectado o como la representación de una representación de una cosa que alguien vio en una película. El imaginario de Alfaro suena incómodo e inhóspito, cercano, tribal y, en especial, terriblemente solitario, porque los tipos abollados no encajan en ningún sitio.
Mundo turbio es también la recreación de cómo la infancia y las herencias, nuestras vivencias y carencias conforman el imaginario de un artista que, si tiene talento, llegado el momento creativo adecuado sabrá gestar un mundo personal e intransferible. Nadie ha habido ni habrá como tú. Y las taras y las necesidades, los defectos y virtudes los arrastras y solo van cambiando de traje de temporada. Alfaro nos señala esa búsqueda de calle para dotar de verdad a sus fantasías, y la necesidad de maltratarse para que te sucedan cosas. Ese talento de encontrar «en los solares, en los pudrideros, en los barrios o poblados, entre la mugre los corazones brillantes, las flores sobre el estiércol, el improbable amor de putas o la imposible amistad de camellos», de detectar señales de radares estropeados o la «soledad astronómica» de Ángel Turbio, la del que vive como una acumulación de perder cosas, de enamorarte de la primera o el primero que llega, de la necesidad de redención con las drogas y la amistad, las drogas y el amor, las drogas y las drogas.
No hay clemencia en este libro; hay talento y la belleza de las flores raras, esas que crecen en cualquier lado, sin que nadie las espere, sin pedir permiso.
CARLOS ZANÓN
Este libro se puede leer de dos formas diferentes. Una sería leerse solamente la primera parte, la novela en sí. Ir al grano y dejarse de pajas, saltándose incluso esta explicación: deje de leer esto y vaya directamente al capítulo Uno. Podrá leer la historia de Ángel Turbio y no necesitará saber más. No es imprescindible, vaya. Puede usted desconocer y seguir ignorando la entera obra musical de quien esto suscribe, ignorar asimismo al propio autor, y aun así obtener la experiencia completa de la novela. Sea esta la que sea.
Otra forma, algo más exigente, sería leer la novela y después (o incluso antes) leer los capítulos de letras de corrido: se verá así cómo las canciones han ido permeando la escritura de la novela como recuerdos de una pasada reencarnación. Cómo los personajes de la novela vivían ya antes, en su gran mayoría, en las canciones. Cómo las situaciones y los desgarros que relatan las canciones, unos vividos previamente en la vida real y otros no, conforman después muchos pasajes de la trama de la novela, dando lugar finalmente a otra nueva vida real.
Una variante de este segundo camino podría ser la lectura alterna de capítulos: un capítulo de novela (marcado con un número cardinal) y después el correspondiente capítulo de letras (marcado con el respectivo número romano). Porque los capítulos de letras se conforman como catorce bloques en los que cada uno recoge un álbum señalado y los discos relacionados o proyectos paralelos de esa época. Obviamente, el orden es prácticamente cronológico (en cuanto a la publicación de las canciones, no tanto a su composición). Y la novela se articula, así, también en catorce capítulos en la cronología de una vida o unas vidas, etapas existenciales espectralmente reflejadas en cada capítulo de canciones.
Pero esa especie de posesión fantasmal que las canciones ejercen sobre el relato se da de forma, las más de las veces, aleatoria, sin respetar la cronología de los hechos o de los discos. Es decir: quien de antemano conociera las canciones oirá resonar sus ecos durante la lectura de la novela, desde el capítulo Uno. Por eso, una tercera variante del camino segundo, más anárquica o más suelta, sería ir picando aquí y allá en los capítulos de letras de canciones. Un desorden, en gran parte, como el de la vida.
Y ya para quien quiera ir más allá, llegar hasta el final en este juego turbio, están esas llamadas que hay, en los capítulos de letras, de una a otra canción, o a varias canciones, de época cercana o bien lejana, o lejanísima. Ventanas que se abren de repente y comunican esta canción con aquella, ampliando o dinamitando su significado. Llamadas que advierten de relaciones internas entre situaciones o sensaciones, personajes que aparecen en esta historia y también en aquella, frases más o menos lapidarias que se repiten, a lo largo de una vida. Porque eso son las canciones: toda una vida.
FERNANDO ALFARO
Desde muy pequeño, Ángel siempre había estado en guerra. Todo el día con la guerra en su cabeza, leyendo tebeos de Hazañas bélicas, viendo las películas de la tele de los sábados después de comer, jugando luego a los submarinos dentro de la mesa camilla o dentro de cajas de cartón, con pasadizos hechos con colchas y cortinas, con el periscopio que hizo en el colegio con una cartulina y dos espejos. Espiando. En su submarino. Escuchando burbujas y pitidos.
Después, ya el lunes, yendo al colegio, por la calle todos los coches eran vehículos militares dotados de armamento diverso y todos de un verde oliva o caqui, como los uniformes de todas las personas que andaban por ahí esa mañana. Y Ángel se iba ocultando entre los árboles y entre esos coches o vehículos, y la misión no terminaba nunca.
—¡Que no te enteras! ¡Que estás en la inopia siempre, Turbio, maldita sea mi estampa! —le estaba gritando don Antonio al estamparle en la frente el manojo de llaves desde la tarima, a cinco metros de su pupitre. El manojo de llaves duro y frío. Muchas llaves en ese manojo. Ángel salió abruptamente de su ensoñación. Don Antonio era un hombre inteligente y muy áspero como su garganta, curada a base de una media de dos paquetes de Ducados por jornada de clase. Tenía el aspecto que Ángel, mucho tiempo después, vería en los mafiosos de las películas, con el pelo negro engominado hacia atrás, rasgos duros y fenicios, brazos arremangados, gafas levemente ensombrecidas y siempre con el cigarro de tabaco negro, negrísimo.
—Sal a la pizarra. Venga. Que nos vamos a divertir… —por alguna razón o alguna decisión entrópica de alguien, don Antonio era, además de profesor de Literatura, su profesor de Música ese año.
—Solfea esto.
—Do… la… mi-sol-mi-sol si… —Ángel notaba en la frente crecer el chichón.
—¡No! ¡Pero tú eres tonto, chaval! ¡Y además negado, negado absoluto para la música, inútil!... ¡Anda, vete a tu sitio, tienes un cero! —el hombre estaba fuera de sí, vivía su profesión, desde luego—: Ya me has dado el día… —dijo para concluir, antes de aspirar una profunda calada de su cigarro, que todavía encendió más la mañana.
Pero Ángel admiraba a don Antonio, a pesar de que sacaba muy buenas notas en todas las asignaturas menos en Música y Literatura; él veía dentro de don Antonio y veía cuánto saber encerraba aquel hombre. Veía dentro de aquel hombre y quizá era por ello por lo que aquel hombre lo odiaba:
—Qué te pasa, Turbio, ¿no estás de acuerdo? —le soltó de repente otro día que estaba hablando sobre Pío Baroja—, ¿no crees que es así, como lo digo? Ah, ¿que sí? Y entonces, ¿por qué me tuerces el morro, eh? ¡No me tuerzas el morro, Angelillo, que la vamos a liar!
Una mañana en el recreo Ángel se peleó con otro niño, otro niño que abultaba como dos Ángel. Ángel siempre se estaba metiendo en peleas a pesar de lo pequeñajo que era, aunque aquello normalmente ocurría a primeros de curso, cuando venía asalvajado después de todo el verano en el pueblo. Luego, ya lo dejaban en paz. Sabían que, aunque Turbiete —así lo llamaban, por su apellido diminuido— perdiera la lucha, siempre iba a haber hostias, y no les compensaba la trifulca.
El padre Emeterio llamó a los dos chicos a su despacho, primero uno, después el otro. El padre Emeterio era un hombre místico y melifluo, de trato demasiado suave, acento levantino y todavía bastante joven.
—Ven, siéntate aquí, Ángel —le hablaba muy suavecito—. ¿Qué es lo que te pasa? ¿De dónde sale toda esa rabia?
El niño no contestó. Se le saltaban las lágrimas. Se le saltaban las lágrimas muy a menudo, en ese colegio.
—¿Sabes que tú podrías hacer lo que quisieras? Puedes ser lo que quieras cuando seas mayor, ¿sabes? —las eses silbaban sobre su cabeza segando sus pensamientos—. He visto los test de inteligencia que has hecho. Pero tienes que encauzarte, ¿sabesss? Tienes que centrarte y no estar siempre en todos los problemas —la rodilla del sacerdote estaba muy cerca de la del chico, aunque sin tocarse, y el chico se sintió muy cerca del cura entonces—. ¿Tú qué quieres ser de mayor?
—Sacerdote.
Ángel vivía la religión intensamente, pero más que como un asceta la vivía como uno de sus juegos, esas alegorías eternas de su mente, historias profusas y muy complicadas de amores en guerra, sacrificios extremos por un amigo, acciones de heroicidad enfervorizada, hazañas de osada rectitud. Alegorías como las que recogían las pinturas al fresco de la iglesia a la que solía ir con sus padres los sábados a las ocho de la tarde: amasijos de cuerpos desnudos precipitándose al infierno, donde un buitre ya se merendaba las tripas de un desgraciado que, aún vivo, mostraba el abdomen desgarrado como una carnicería; en otra pared, los cuatro jinetes terroríficos del Apocalipsis; en otra, una persona deforme: Leda, de sexo indeterminado, mirando hacia arriba mientras sujetaba el cuello de un cisne blanco; o, más allá, el cadáver sobre una mesa de autopsias, sobre el colector de fluidos, de una mujer muerta por sobredosis a los veintiséis años… (Hay que señalar que estas dos últimas escenas no las veía realmente el crío en aquella época ni en aquellas paredes, sino un Ángel tres lustros mayor, en el túnel del tiempo de una exposición del Fotógrafo del Cielo, Joel-Peter Witkin, en el Museo de Arte Reino de Ork, en octubre de 1987). Y todo lo contemplaba embobado y con un hambre negra, toda vez que había de ir a misa en ayunas para poder tomar la comunión, el párvulo pedazo de pan ácimo consagrado que le ofrecía el cura cuando por fin llegaba el tramo final de la interminable celebración, y que Ángel engullía llegando casi a morder los dedos del párroco —de manera similar a lo que le sucedía al dedo pulgar de algún que otro amigo en el patio del colegio, cuando a regañadientes accedía a ofrecer a Turbiete un bocado de su almuerzo y, desconfiando aún, ponía el dedo gordo en el bocadillo para que no mordiera de más—. Cuando por fin el cura decía, para cerrar el acto, «podéis ir en paz» y la gente respondía «demos gracias a Dios», Ángel siempre se quedaba con la interpretación que suponía que el alivio de la gente no era por irse en paz, sino simplemente por irse. Y Ángel salía entonces, presa de los nervios y el hambre acuciantes, deseando meter prisa a sus padres, corriendo con sus hermanos y pisando (¡ojo!) solo las baldosas blancas, para llegar cuanto antes al bar-restaurante donde les esperaba el suculento aperitivo de todos los sábados. No era desde luego en aquel entorno, en aquella vetusta catedral, donde Ángel Turbio vivía su espiritualidad con más emoción, aunque las lecturas de las Sagradas Escrituras —y particularmente las historias de violencia, injusticia, catástrofes y sexo soterrado del Antiguo Testamento— se quedaran mucho tiempo vibrando en su interior. Donde realmente encontró lo que creyó que era Dios, o ese pedazo de sí mismo que se elevaba en la humedad, que se elevaba por encima de sus propios huesos y tendones, que entraba en lumínica comunidad con los demás seres, a los que amaba como una catarata, era en las reuniones que organizaba el padre Emeterio después de las clases de Religión con los chicos más proclives, más impresionados o más locos. Era, además, la época en la que Ángel había descubierto la injusticia severa del mundo de los humanos —la piedra dura de la vida adulta, el fracaso, el crujiente fracaso del ser humano—, y la imagen, la figura radical de Jesús se le aparecía resplandeciendo contra el caos. Aun en esas reuniones, aun en esa comunidad de tan estrechos lazos, él se sentía absolutamente solo, quizás más que nunca, y apenas se veía impelido a hablar en público compartiendo su intimidad, como sí hacían sus compañeros. Se sentía más solo aún que aquella vez en que, a los cuatro años, con la merienda de sus dos hermanas mayores y la suya preparadas, finalmente lo dejaron en casa, dándole esquinazo, para irse a la excursión, ellas sí pero no él, que se quedó en casa, demasiado pequeño, siempre demasiado pequeño, comiéndose en soledad el bocadillo de la merienda campestre. Solo lo pudo consolar un poco Dori, la modista que iba de cuando en cuando para hacer los arreglos de ropa de la familia. Dori, la recordaba ahora en aquel sueño que quizá fue verdad, después de quedarse dormido escuchando sus propios latidos en el oído apoyado en la almohada, y los latidos eran procesiones de muertos y calaveras, y Dori, con la gabardina puesta, no podía salir tampoco del cuartito donde estaban los niños porque estaba la cabalgata de espectros en el pasillo. Espíritus, introspección, soledad que le provocaba amor ciego a los demás. La entrega absoluta, el sacrificio extremo, Jesús, algo tembloroso y candente dentro de él que lo impulsaba a llevar a cabo acciones de heroicidad enfervorizada, la llama de una vela dentro de sí mismo que le hacía trascender fuera de sí mismo…
Cuando salió finalmente del despacho del padre Emeterio, Ángel se cruzó con Alberto Tomás, el otro crío, el grandullón con el que se había liado a hostias.
—Como te chives, te mato —le dijo Ángel.
Ángel y Alberto Tomás, o Alberto a secas, terminaron siendo muy amigos, una alianza indestructible. Jugaban a mil cosas: con los canutos de los bolis Bic a modo de cerbatanas lanzando granos de arroz como ametralladoras, persiguiéndose por el patio; o en la Asociación de Químicos Unidos que, junto a otro compañero de ellos, el empollón Juan Bautista —el más listo de la clase y que sería en los años venideros el mejor amigo de Ángel—, formaron para hacer explosionar, por distintos métodos (como el de la oquedad de una piedra del solar sobre la que caía otra piedra desde lo alto del muro), distintas cantidades de pólvora que fabricaban —era muy sencillo— con nitrato potásico, carbón y azufre, ingredientes que sin ningún problema compraban en la droguería; o en guerras auténticas contra otros chicos del colegio, con una suerte de tirachinas de tamaño reducido que en lugar de piedras arrojaban grapas en forma de U con las puntas afiladas que vendían en la ferretería…
En cambio, las grapas que utilizaban Ángel y los otros guachos en las guerras urbanas en el pequeño pueblo de sus veranos, el pueblo de su padre, las grapas de las guerras bastante más salvajes de sus amigos del pueblo, las fabricaban ellos mismos: con una piedra de pedernal partida para generar un filo cortaban pequeñas secciones del alambre que utilizaban las máquinas de empacar la paja, normalmente el alambre sobrante ya enrobinado, y con la misma piedra las doblaban para lograr la buscada forma en U. Una vez el Eladio le disparó una grapa en la polla a un burro de los que por entonces rodeaban, atados a una piqueta en el suelo, los pueblos al atardecer. El burro estaba excitado y su miembro era enorme y el Eladio no pudo sustraerse a esa maldad, que todos los críos celebraron con alborozo entre los rebuznos estentóreos del pobre animal.
Pero normalmente el objetivo de aquellas grapas eran los chiquillos de la otra banda, la formada por los que vivían de la plaza del pueblo para abajo, y no de la plaza para arriba como ellos. Ellos mismos también recibían grapazos de metal oxidado e incluso alguna vez la grapa venía malhadadamente de puntas y les provocaba una herida como los ojos de una araña, aunque lo habitual era una hinchazón enrojecida, calco mismo de la propia grapa que les zumbaba de costado. Esto era en la guerra urbana, dentro del pueblo, donde no podían utilizar material pesado para no levantar las iras de las señoras o los braceros si reventaban alguna teja o algún cristal; cuando se trataba de la guerra a campo abierto, en los montes y pinares de los andurriales, la cosa cambiaba y las armas preferidas eran, según el caso, el tirachinas y la honda. El tirachinas era el arma reglamentaria para los enfrentamientos a corta o media distancia, y usaba como munición cantos rodados del tamaño aproximado de una almendra con cáscara. La honda, para cuyo manejo había que adquirir o poseer las ancestrales habilidades de los pastores, permitía arrojar piedras de mayor calibre, como una manzana o así, y con bastante más lejanía, gracias a la parábola que cogían cuando, en el momento exacto y con la precisa fuerza de rotación para alcanzar el objetivo, el operador soltaba uno de los extremos del utensilio. La honda era como el mortero en la guerra de verdad y servía para bombardear desde lejos, mantener las distancias o socavar la moral del enemigo.
El enemigo eran, aparte de los chavales más mayores, de edad parecida a la de Ángel y compañía, tres o cuatro criaturas, todos hermanos o primos del Gusano, el jefezuelo de la banda de abajo, todos de pelo rubio y edades entre los tres y los cinco años. Una de esas criaturas, siguiendo a un perro y saliendo de su parapeto, se puso una vez a tiro del Jero, el hermano mayor por un año del Eladio, que enarbolaba justo en ese momento en la mano derecha una piedra caliza, no redondeada sino aplastada y con profusión de picos, del tamaño de una tartaleta. El Jero no lo dudó y arrojó el proyectil a modo de granada de mano, que impactó de lleno sobre la cabeza del zagalillo, que obviamente empezó a sangrar y salió corriendo y llorando sin rumbo ni control. No sabían entonces los de la banda de arriba si celebrar el impacto o preocuparse y optaron por lo primero, aunque esa tarde se fueron pronto a casa. A casa llegaban todos, los supervivientes, a menudo descalabrados y con heridas de diversa consideración, normalmente en la cabeza, así que tampoco les desasosegó mucho lo del crío aquel. Que no hubiera ido. A la guerra se va a muerte o no se va.
Para fabricar los tirachinas, el saber popular de los chiquillos les servía de guía: una horquilla en forma de Y sacada de una rama de almendro, lo que implicaba una búsqueda exhaustiva de kilómetros a la redonda para encontrar la mejor Y; una badana de cuero cortada de un zapato viejo del vertedero —o sea, de todo el campo que rodeaba el pueblo— para albergar la china o proyectil; y el elemento impulsor, las gomas. Para los tirachinas y lanzagrapas de los chicos de ciudad era habitual utilizar gomas de suero de origen clínico, pero en la guerra salvaje rural se buscaban la vida de forma menos sofisticada y normalmente recortaban las tiras a partir de las gomas de la cámara de algún neumático de motocicleta o automóvil.
Una vez el Jero vino diciendo que en el antiguo pozo de prospección de aguas freáticas (abandonado hacía ya tiempo) había visto unas mangueras de gran diámetro cuya goma tenía pinta de ser bastante más gruesa que las de las cámaras de neumático, y por tanto los tirachinas serían con ella más potentes. Emprendieron su expedición al pozo, que se levantaba herrumbroso y sombrío como los pozos petrolíferos de las películas del Oeste. Además de las gomas para los tirachinas encontraron viejos cascos amarillos abandonados por los operarios, y decidieron adoptarlos para evitar pedradas en el cráneo durante las guerras futuras. Esta decisión se convirtió en estratégica: a partir de entonces la banda de arriba, claramente inferior en número, se impuso progresivamente, avanzando bajo el abrigo de sus cascos y la potencia de fuego de sus nuevos tirachinas, y consiguió en más de una ocasión tomar prisioneros, que eran sistemáticamente torturados con métodos como la gota fría o el fustigamiento con primitivos látigos de esparto, material obtenido de los matojos que poblaban aquellos cerros y que también usaban para fabricar ellos mismos las hondas, siguiendo asimismo el atávico saber de los pastores.
Ángel y Eladio se habían conocido de una forma curiosa. El padre de aquel, don Carlos Turbio, era terrateniente por herencia, y los miembros de la familia eran conocidos en el pueblo como «los señoritos», apelativo que enervaba hasta los tuétanos al pequeño Ángel. La enésima ocasión en que escuchó esa palabra como un insulto, bajando una cuesta a toda leche, recibió a su vez una pedrada en un radio de su bicicleta. Soltó la bici sin miramientos y salió corriendo hacia el pendenciero chaval que sonreía de medio lado de forma burlona, mirándolo. Era moreno y de piel oscura por el sol o por la roña. Ángel le lanzó un puñetazo nada más llegar, pero erró el ataque y el otro muchacho, mayor que él en edad y sobre todo en tamaño, lo derribó con una zancadilla y le pateó las costillas, a lo que Ángel respondió levantándose como un muelle y dándole al otro un cabezazo en la boca del estómago. Pero recibió un nuevo golpe, esta vez con el puño, y cayó de nuevo a los pies del zagal. Ese zagal era el Jero, aunque Ángel aún no lo conocía y lo detestó profundamente entonces, mientras lo veía alejarse entre risillas, y después también. Lo tuvo entre ceja y ceja mucho tiempo.
Por entonces sus padres habían decidido construir una piscina, e hicieron abrir para ello un enorme socavón en el patio de la casa. También el muro que lo rodeaba iba a ser reedificado, así que lo habían hundido dejando espacio vano a la calle trasera, y ahora apenas se elevaba tres o cuatro filas de bloques de hormigón, algo así como un metro. Durante unos cuantos días Ángel había ido viendo cómo un chiquillo de su edad, pelirrojo y lleno de pecas, se apoyaba en ese murete, observando silencioso las evoluciones de los juegos de Ángel y sus hermanos. Al final terminaron hablando, tú que haces ahí, a ti qué te importa, vivo aquí, esta es mi calle, yo me llamo Ángel, yo Eladio, bueno mira, vente, estamos haciendo esto, con estas raquetas de tenis les metemos a toda hostia para arriba a las piedras estas del agujero de la piscina, si te pones luego la red de la raqueta en la cabeza no te pasa nada si te cae la piedra…, hasta que empezaron a aparecer en la puerta del domicilio paterno una serie de agraviadas mujeres del vecindario que intentaban tomar el fresco con sus familias, sentados todos a la puerta de sus casas. Ahí se acabó el juego y empezó la bronca de su madre.
Pero fue mucho peor la bronca cuando, al siguiente verano, su madre descubrió las cacerías nocturnas de gatos en las calles del pueblo que emprendían Eladio, Jero y Ángel con sus rifles de plomos o balines: «Puedo entender algunas de vuestras travesuras, pero no que seáis así de retorcidos…». En realidad esos plomazos apenas herían a los felinos, pero esa no era precisamente la intención de los tres amigos, que, cuando no encontraban gatos o el mero brillo de sus ojos en la oscuridad, se detenían en las esquinas a practicar tirándoles a las salamanquesas que cazaban a su vez bichos a la luz de las farolas. También jugaban, luego por el día en el campo, a asustarse mutuamente disparándose balines un metro por encima de la cabeza, cuando uno de ellos se rezagaba en el camino de vuelta; o disparando a los pies, como en las películas de vaqueros: ¡baila!, ¡baila para mí! Los balines siseaban en la quietud de la tarde de verano y se perdían en el aire, o bien se alojaban justo delante, en la tierra del camino. Alguna que otra vez se daban un plomazo más o menos involuntariamente, o bien a conciencia se disparaban al culo o a las piernas trocitos de chicle metidos en el orificio de la carabina de aire comprimido. Sobre todo estas violencias eran la culminación de la inquina entre los dos hermanos, Eladio y Jerónimo, que eran distintos en muchas cosas, uno pelirrojo y el otro moreno, uno más introvertido y el otro dicharachero… y se peleaban abiertamente por quién era el mejor amigo de Ángel, que contemplaba, un poco aterrado y sin saber ponerles fin, los combates a pedrada limpia entre los dos hermanos, cada dos por tres, en los aledaños del pueblo, cuando volvían al caer la tarde.
Ángel no había dicho nada, se había limitado a guardar un silencio cauto, el día en que con Eladio vino también el Jero, que resultaba que era su hermanico. Hicieron como que no había pasado nada. Y el odio, como había ocurrido antes con Alberto, su amigo del colegio, se convirtió con el tiempo en cercanía y hasta en devoción. Esto sería la historia futura de la vida de Ángel: siempre vería en los solares, en los pudrideros, en los barrios o poblados, entre la mugre los corazones brillantes, las flores sobre el estiércol, el improbable amor de putas o la imposible amistad de camellos: «He vendido hasta a mis padres —le diría un día a uno de esos amigos—, sabes que todo te lo di a ti, pero hoy no tengo para pagarte; la tarde es fría como tú, no puedes dejarme tirado así».
Y así era ahora con Jero, esa fascinación por un nuevo amigo… Se hicieron uña y carne; Ángel iba a menudo a casa de Jero, que le presentó a su familia, a su madre, a su hermana —su padre se mantuvo hosco y distante—, y le enseñó sus cosas más preciadas, «sus mierdas», guardadas bajo la cama en una caja metálica de esas de dulce de membrillo.
Lo mismo o algo muy parecido le ocurriría, trece años después, con Ricardo Ardiendo. Uña y carne, hueso y tendón, dos jóvenes en los huesos explorando los límites de la amistad: Ricardo, que sería su amigo del alma; Ricardo, con el que lo confundirían varias veces hasta concluir que eran hermanos gemelos; Ricardo, que lo acogería en su seno como a un pajarillo sangrante; Ricardo, al que acompañaría un fin de semana para acampar junto a un río —cuyo sonido de noche semejaría las conversaciones de mil voces de muertos— para que se desenganchara del caballo, infructuosamente; Ricardo, que justo después, volviendo de esa acampada en el autobús de línea, aceptaría para su sorpresa la sugerencia de Ángel:
—Bueno… ha estado guay el finde —diría Ángel arrellanándose en el asiento.
—Sí, pero yo el que viene me voy a ir a la playa, a las discotecas a partir el bacalao… ¿Vamos? ¿Le pillas el coche a tu viejo?
—Bof, no puedo. Tengo dos exámenes. Y no tengo un puto duro… Díselo al Suso o a Pepe, que vendrán forraos de ordeñar tragaperras… A lo mejor te tienes que buscar otros amigos con más dinero, yo no puedo ir cada fin de semana a la playa ni a las discotecas. Y las mescalinas y las copas… Yo no tengo curro.
Estos colegas de Ángel y Ricardo vivían como reyes en aquella época, vaciando de monedas las tragaperras marca Baby Boom de los establecimientos de toda la costa cercana. Solo podían ser de esa marca, porque eran las que tenían ese resorte oculto junto al conducto de salida de las monedas que los avezados mozos activaban con un boli, haciendo saltar la banca. Los propios Ángel y Ricardo habían participado en esa pequeña pero lucrativa delincuencia: Ángel, mayormente, tapando con su cuerpo las posibles miradas de los bármanes o los clientes. Cuando Ángel le dijo aquello a Ricardo, «a lo mejor te tienes que buscar otros amigos con más dinero…», pensaba que este rehusaría dejarlo en la estacada:
—Vale. Además el Suso tiene coche.
Y empezaba así otra de las etapas de soledad astronómica de Ángel.
«Hoy me he encontrao que me dejó tirao mi amigo —se dijo al despertarse al día siguiente—, corre el aire…».
En diciembre del invierno en que Ángel contaba once años, fue con su padre y unos amigos de este a cazar a la finca. Ángel disponía de una escopeta de calibre 20 que había pertenecido a su madre, pero casi nunca le acertaba a una pieza, aunque fuera una perdiz del tamaño de una morsa, y además el arma era de un solo cartucho, lo que mermaba gravemente sus opciones. Tampoco es que sintiera verdadero deseo de alcanzar con sus perdigones a algún animal, sobre todo desde que, meses atrás, un amigo de su padre lo había conminado a rematar a un conejo malherido de un golpetazo en la nuca con el canto de la mano derecha. Por supuesto necesitó varios golpes, que sonaron secos y sordos y potentes como petardazos en el silencio de los montes, solo rasgado por los chillidos de agonía del pobre bicho, que, con los ojos saltándole de las órbitas, se agitaba con violencia, sujeto de las dos patas traseras por la mano izquierda de un Ángel que, acto seguido, una vez muerto y quieto el animal, se puso a vomitar. A partir de ahí no se esmeraría tanto con la puntería, y empezó crecientemente a perder interés por la caza. Ese día de diciembre, se había descolgado del grupo de cazadores y se había ido alejando voluntariamente hasta dar con una zona recóndita del monte que ni él mismo conocía. Se quitó la gorra y, como un soldado que deserta, se dejó caer de hinojos sobre las matas de tomillo y mejorana, a sus pies. Luego se tumbó boca arriba y, distraído, se colocó la gorra sobre los ojos para sestear un rato al calorcito del sol de invierno; se cubría la cara para taparse la luz, o acaso para ocultarse del mundo. Al rato se incorporó y, recordando la manera en que los indios nativos americanos se comunicaban con señales de humo, visibles en la distancia, o como el náufrago que trata de avisar a la tripulación del avión que pasa de largo, dio en la idea de hacerse ver por unos supuestos o imaginados compañeros por el procedimiento de lanzar hacia arriba, con todas sus fuerzas, una piedra caliza del tamaño de una tartaleta, jaspeada de musgo ennegrecido, repetidamente, para hacerse ver, hasta que la piedra finalmente le cayó justo sobre el cráneo, y mientras llorando en silencio y soledad se agarraba la cabeza con las dos manos —un hilillo de sangre le corría por la sien abajo—, se decía entre dientes: «Tonto, tonto, tonto, tonto».
—¡¡¡Eladio!!! —gritó con toda su fuerza Ángel, recién llegado de nuevo al pueblo en las vísperas de San Juan de aquel año. Su amigo caminaba por la ardiente plaza en dirección al barrio de abajo, y parecía no oírlo. Con este último grito, volvió por fin la cabeza y Ángel se le acercó. Un poco embarazado, dijo el chico:
—Ah, hola… Es que voy a casa de mi amigo allí abajones… Luego esta tarde te vienes a mi casa si eso…
—Vale… Y ¿tu hermanico?
—Nah, ya nunca nos juntamos.
Por la tarde Ángel acudió obediente a casa de Eladio. Allí, en el palomar de la planta superior, no estaba Eladio solo: había otro muchacho con él. Este nuevo amigo, ya se lo temía, no era otro que el Gusano, el que había sido durante años su mortal enemigo. Durante aquel invierno, mientras Ángel estaba en la ciudad, Eladio y la némesis, aquel zagal, se habían hecho íntimos. Por lo visto ya lo fueron cuando eran muy pequeños, en la escuela; en la escuela del pueblo, a la que él nunca había ido: él había ido al colegio, esa cosa de señoritos. «Eladio y el Gusano…», pensaba un atónito Ángel; pero Eladio no lo llamaba el Gusano sino Ríchar, por Ricardo, su verdadero nombre muy a pesar de Ángel, que veía y tenía que tragar cómo ambos chavales cuchicheaban cuando él se alejaba un poco, o hablaban abiertamente, pero en la cerrada jerga rural que, cada inicio de verano, Ángel tenía que esmerarse en dominar de nuevo. Era como aprender un idioma, y lo que tanto solaz intelectual y emocional le había procurado otros veranos —conseguir poco a poco un cierto dominio del registro idiomático de sus amigos—, ahora se le presentaba como una barrera, un muro. Un muro de lágrimas. Pasó unas cuantas noches agitadas y sudorosas: hubo justo entonces una ola de calor, o era una ola de calor interna suya. Se despertaba soñando…, soñando que era su amigo…, soñaba que estaba abrazando a su enemigo…, y así mucho rato, pensando en que era como lo que había visto en la tele, viendo el boxeo con su padre, cuando uno de los púgiles se abrazaba al otro en el sudoroso fragor de la lucha, y Ángel pensaba que era un arrebato de amor en medio del odio, pero su padre lo había corregido con la lógica adulta:
—Lo abraza porque lo está vapuleando —le dijo, divertido por la ocurrencia del hijo—, es la única forma, así lo agarra y no le saca ningún golpe, y así de paso se toma un respiro.
«Es como yo con el Gusano», pensaba él (lo seguía llamando así en su fuero interno). Y a la mañana siguiente: «He vuelto a soñar que era mi mejor amigo, con el asco que le tengo…». Esa misma tarde se fijó, no se había dado cuenta, en que los antebrazos de los dos chicos lucían, por así decirlo, sendos tatuajes primitivos, hechos por ellos mismos con una aguja de coser y tinta azul de bolígrafo. Los reducidos tatuajes mostraban, más o menos, las iniciales BLM.
—¿¡Sííííí!? ¿¡¡Con tinta de boli!!?... Pues no se entiende casi. ¿Qué es «BLM»?
Eladio, ante el rostro perplejo de Ángel, y con cierta acritud chulesca, le espetó:
—Es de Banda Los Mejores.
El Gusano soltó una risilla entre dientes. Ángel decidió sacar todas sus tropas y desplegarlas en el campo de batalla: había terminado de leerse Las aventuras de Robin Hood y les empezó a contar a los otros dos chavales una serie de historias, más basadas en su propia fantasía que en lo relatado en el libro… Enseguida se vio imbuido de sus propias imaginaciones y, de pie en el palomar, divagando locuaz entre el relato y los planes de lo que habían de hacer, acabó contagiando a los dos chicos, sobre todo al Eladio, que fue el primero en levantarse:
—¡Vale! El padre del Ríchar, donde ha montao la fragua, tenía un taller de muebles y tiene listones de madera y cosas para los arcos… ¿Eh, Ríchar?
El otro guacho, sentado en el suelo, asintió, algo reticente.
—Yo soy Robin —dijo Ángel, con la autoridad que le daba el imaginario que se había creado en la tarde cálida. Y, antes de que nadie rechistara, prosiguió—: Tú, Eladio, serás Will Scarlet, que es muy bueno con la espada y también con el arco. Y el Ríchar puede ser Juanito.
—¿Qué? ¿Juanito? —protestó este—. Y una mierda voy a ser Juanito.
—Bueno, también se le llama el Pequeño Juan…
—¡Que te follen! ¡Tú sí que eres pequeño, chaval! —la cosa se ponía fea.
—Pero le dicen «pequeño» como en broma, porque es un tío muy grande y además pelea muy bien con los palos…
—¡Que no!
—Bueno, pues serás Much, el hijo del molinero.
Al rato ya estaban en la estancia situada en el piso superior de la fragua del padre, que ahora, después de probar como carpintero y tapicero, se había hecho herrero. Se conoce que era un hombre hábil para todo trabajo manual. Al padre del Ríchar también lo llamaban el Gusano, por supuesto, e igualmente al hermano de este, y les venía a su vez el mote por vía paterna. No se sabía la razón primigenia del apodo, pero ambos, eso lo sabía Ángel, eran buena gente… El padre del Ríchar era Diego el Gusano, y su tío, que ahora trabajaba con él en la fragua, Rafa el Gusano. Y allí estaban ahora los muchachos, en el almacén. Allí se conservaban todavía algunos muebles, y una cantidad indeterminada de tableros y listones de madera de múltiples tamaños y colores. Eligieron unas estrechas barras de madera de pino, de sección triangular, que por su ligereza y rigidez serían perfectas para las flechas. Las cortaron en trozos de medio metro, les afilaron la punta con una navaja y les adhirieron plumas de paloma con esparadrapo en la parte posterior, para dotarlas de estabilidad. (Cuando más adelante descubrieron, con la práctica, que las flechas necesitaban un contrapeso en la parte delantera, les fueron pegando, a cuatro dedos de la punta, secciones longitudinales de caña rodeando el listón). Pero era evidente que toda aquella madera ya muerta no tenía ni de lejos la flexibilidad que los arcos requerían. Y, al igual que hicieran con los almendros para las horquillas de los tirachinas, eligieron esta vez la retama, la planta más elástica, y ahora para encontrar las ramas más adecuadas recorrían decenas de kilómetros en sus bicicletas. Con cuerda fina de pita atada a una punta, forzando la retama hasta la forma de arco y atando entonces el cabo de la cuerda al otro extremo, ya lo tenían. Fueron corriendo a probarlos a una de esas enormes formaciones en prisma rectangular en las que se almacena la paja, en pacas o paquetes a modo de ladrillos gigantes. Semejaba un castillo medieval recortándose oscuro contra el cielo de la tarde y, en su cabeza, lo era. Una vez solventado el referido problema del contrapeso para las flechas, repararon en la potente arma que habían creado: desde más de cincuenta metros de distancia, las saetas se ensartaban poderosas en las paredes de paja prensada. Y pronto adquirieron la habilidad y puntería necesarias. Una vez, ya con la media luz de la hora tardía, Ángel apuntó firmemente al pecho del Ríchar, allá en la distancia. Tensó el arco con toda la fuerza que pudo, y soltó los dedos, suavemente, pero moviendo in extremis el arco un poco a su derecha de modo que la flecha terminó clavada en el prieto forraje, justo a la izquierda del chaval.
Los chicos frecuentaban aquel castillo, que cada año se construía ahí de forma mágica al terminar la cosecha, desde que eran muy pequeños, saltando desde alturas cada vez mayores a lechos de paja suelta, moviendo las pacas a su antojo… y ahora su labor era recrear con ellas las murallas de una fortificación, con sus almenas y troneras. Ya habían crecido, e iban más y más rápido en su carrera hacia delante porque se acababa la infancia y el Jero ya no estaba. (Porque su amistad era aire; todo el amor había sido aire; los planes de gloria, aire, y no existían ya).
Por el montón de pacas iban otros chavales a jugar entre perros. Chicos y chicas, y hubo una que jugaba con sus amigas y que a Ángel le parecía igualica que las mujeres de las películas, de tan guapa. Tenía el cabello negro, largo y rizado y los ojos oscuros como ascuas. Se parecía también a la lady Marian de sus ensoñaciones en el bosque de Sherwood. Algo le dijo al Eladio y este, ante el apuro ruborizado de Ángel, fue corriendo y trajo a la muchacha cogida del brazo:
—No me llamo Marian, atontao, ¡me llamo Inés! —y la chavala no se podía aguantar la risa.
Inés era prima segunda del Eladio y el Jero. Era la hija del Colgao, al que llamaban así porque un día encontraron al padre (y abuelo de Inés) ahorcado en el granero. Y así llamaban ahora a toda la familia, los del Colgao. Y a su padre, directamente, el Colgao. El desparpajo de Inés asoló enseguida las defensas de Ángel, se hicieron amigos para todos los juegos y muy pronto se encontraron tendidos en el lecho del muchacho a la hora de la siesta, en la que él había colado subrepticiamente a la chica, y tendidos en el lecho jugaban a los médicos y se metían mano. Él con su camisa negra, ella con su vestido blanco. Con la luna entre los brazos ella había llegado. Él le dijo:
—Voy a operarte, será coser y cantar —eso se lo escuchaba, de muy pequeño, a Dori, la modista—, te voy a coser por dentro un poco de esta tela de flores para que seas feliz. Soy el Cirujano Patafísico —Ángel se acababa de leer Ubú rey, la obra de Alfred Jarry, que tenía su hermana en una edición de bolsillo. Siempre tuvo suerte eligiendo lecturas.
Se unió Inés a la pandilla, a pesar de las objeciones del Eladio. El Ríchar no decía nada; solo dijo una vez que a él no le parecía guapa, que se parecía a su hermano, que tenía cara de tiburón, y que a su hermana mayor, que era deficiente mental, se la follaban los zagales de la pandilla del Jero: él los vio una vez haciendo caracolillos con los dedos en los pelos del pubis de la chica, y también vio todo lo que vino después. Ángel decía que nada de eso importaba, que Inés le había dicho que ella ya lo sabía, que ella cuidaba de su hermana lo que podía, pero que podía hacer lo que quisiera si le gustaba.
Una tarde de agosto, mientras jugaban al pillao persiguiéndose unos a otros, Inés se agarró con las dos manos, para trepar y ponerse a salvo, a los barrotes de la reja de una ventana de la fragua. El tío del Ríchar, al parecer y por un descuido, se había dejado un cable pelado del soldador pegado a esa verja, que daba al rellano de entrada a la herrería, donde jugaban los niños una vez cerrado el negocio. Ángel bajaba de su casa con el bocadillo, y ya nunca más olvidaría aquella imagen: la chiquilla, que se había cortado el pelo y con su nariz prominente y todo su cuerpo flacucho negro por el sol parecía un chico, agarrada a los barrotes sin poder soltarse, agitándose como endemoniada, sumando sus gritos a aquel ruido como de alta tensión… La propia Inés, que supervivió (solo sufrió unas quemaduras y una corta recuperación), le contaría a Ángel, años después, toda la verdad de lo que había vivido en ese instante.
Al verano siguiente, cuando ya habían empezado a aparecer huecos de incredulidad en la ensoñación, en el juego de los chiquillos, huecos cada vez mayores hasta la —casi— definitiva disolución de la vida imaginada, volvió a ocurrir en el pueblo un hecho luctuoso. Un crío de siete años que se llamaba Javi desapareció. No volvió a su casa a dormir una noche, ni la siguiente, ni la siguiente. El pueblo se organizó en misión de búsqueda, decidido y firme como una sola persona. Ayudados por la fuerza pública y sus perros de rastreo, se patearon los montes, hollaron los cerros, no dejando arbusto ni pinar sin remover, llamando al niño por su nombre. Ahí, el Gusano dejó de ser definitivamente el Gusano, cuando fue el que sostuvo la búsqueda como ninguno, accediendo a barrancos y ramblas a los que nadie llegaba, arriesgando sus huesos, y todo sin desfallecer. Ángel lo admiró sinceramente y se dio cuenta de lo errado que había estado… Y el chiquillo apareció. Muerto. Había caído al interior de un pozo ciego, mal tapado por un vecino, el dueño del terreno.
Ese verano fue amargo por todo esto. Y porque ya el Jero no venía nunca ni se juntaba con la panda de amigos; había cambiado, parecía un mayor, casi. Y también porque esa pérdida de la niñez que un día vivieron era cada vez más cruda. Aprendieron que a partir de entonces ya todo sería perder cosas, una derrota interminable. Ya no se creían sus propios juegos. Eran esos huecos de incredulidad, intromisiones de lo adulto, que significaban la progresiva pérdida de la fe, y la equivalente quiebra de la infalibilidad de los propios adultos; ya empezaban a ver las debilidades en sus padres, su lado humano. No eran ya esos gigantes formidables, habían empequeñecido.
Ángel e Inés se acercaban cada vez más. La chica se había repuesto bien de su accidente, y su natural inquietud le confería fuerza vital. Siguieron arreglándoselas para hacer juntos las siestas, y una tarde fresca de finales de agosto estaba el chico sentado en la cama sin el pantalón ni el calzoncillo, y tenía el pene erecto, enhiesto. A Inés le pareció que era como una palanca de cambio de marchas y empezó a meter primera, luego segunda, tercera… Acabaron masturbándose mutuamente, intentando con ambas manos agarrar la ensoñación de la infancia que se iba…
Pasado un nuevo invierno, al regresar Ángel otra vez, el Jero se había marchado del pueblo. Se fue a las islas, a trabajar en la hostelería, la pujante hostelería que el creciente turismo masivo había propiciado. Y un año después le siguió su hermano. Y también Inés marchó lejos, con su familia, los Groizard, los del Colgao, a la furiosa capital del país… Ya solo le quedaba el Ríchar. Una tarde fue a casa del muchacho; este salió a la puerta y le dijo:
—Hola… ¿Sabes que mi padre ha encontrado un trabajo en la ciudad? En una fábrica, la de detonadores EMX-3, para el Ministerio de la Guerra. Nos vamos allí a vivir la semana que viene.
—¿Ahora, en verano?
—Sí.
El apellido de Ángel —Turbio— fue una deformación de Tubio, a su vez otra mala lectura, hecha por un funcionario un día lejano, de Tubío o Tobío, apellido de origen gallego extendido posteriormente por la península y por los países de ultramar. Su padre, don Carlos, orgulloso de su linaje, siempre hacía gala del apelativo parental a pesar de sus connotaciones. Bastaba con no recordar, en la narración de las anécdotas familiares, que su padre, don Amancio, había hecho la mayoría de su fortuna con el estraperlo durante la infame Guerra Civil, de cuyos dividendos había salido el pecunio para la compra de una considerable cantidad de tierra de labor en su pueblo natal, que sumó ávido a la que ya poseía la familia. También se hizo con un boyante negocio de material de construcción en la ciudad, que resultaría clave en los años venideros, los años de la especulación y la edificación salvaje. En su juventud don Amancio había sido marino, y en sus últimos años, en las tardes en la piscina familiar, todavía exhibía en su brazo derecho, aunque ya muy ajados, dos tatuajes: uno con un ancla sobre la que se anudaba una serpiente, y el otro con un nombre de mujer que no era el de la abuela de Ángel, ya fallecida. Los tatuajes en la piel progresivamente envejecida y arrugada del anciano iban a su vez perdiendo nitidez, difuminándose, desliéndose, y acabó también desleyéndose el nombre de la mujer, que ya no era reconocible ni en el recuerdo.
Don Carlos era un padre razonablemente flexible y por lo general de buen talante, pero albergaba una serie de manías, también referidas a la educación o la crianza de su hijo. Por ejemplo, insistía siempre en acompañar a Ángel cada vez que había de comprarse algún calzado. El chico buscaba, claro, la comodidad, pero también gustaba de los zapatos o botas grandes, aparatosos. Y el padre insistía e insistía en calzados más comedidos, y seguía insistiendo en que se probara siempre un número menos, hasta que el muchacho se terminaba llevando unos zapatos demasiado pequeños y apretados, como de geisha, que acababan por provocarle uñeros o heridas en el dedo gordo y mucho sufrimiento al andar. Era esa la obsesión de su progenitor. Que no crezca mucho el cachorro de grandes patas, que no amenace su dominio… Con todo, manías aparte, era un hombre afable y familiar, y, aunque era delgado y bien parecido, no era muy amigo de la vida social ni mucho menos del alterne. Eso se lo había escuchado a sus hermanas mayores, que murmuraban para que la madre no las oyera. Su padre era sin duda alguien en quien confiar. Pero desde luego a Ángel ya no le parecía infalible. Había empequeñecido. Ya no era aquel gigante mitológico que nunca podía equivocarse, aquel coloso que les hablaba de tú a tú a las montañas, donde les mostraba a sus hijitos las formas de distintos animales que parecían pertenecer todos a su cabaña:
—¡Mirad, el burro… Y esa otra es la vaca! —les iba diciendo a los niños, señalando desde el coche a las diferentes montañas, cada una con sus peculiares formaciones de rocas y de vegetación que las convertían de verdad en esos animales, y los pequeños, sus cuatro hijos, que viajaban en el asiento de atrás para bañarse en el río, contemplaban la distancia maravillados—. ¡Y el tiburón! ¿Lo veis?
Pero esto fue cuando era muy pequeño y creía en la mitología. Todo ese tiempo acabó. Ahora, con cada nuevo estío, cada vez le gustaba menos volver a la pequeña población de sus días felices: ya no había nadie. Estaba otra vez solo. Ni siquiera estaba mucho con sus hermanos, que andaban siempre por ahí con sus amigas y amigos y apenas si paraban por la casa. Comenzó a hacer excursiones en soledad, llevándose en una pequeña mochila la merienda y un par de libros de historietas: de superhéroes de Marvel, de Tintín, de Astérix, de Mortadelo y Filemón; de Steve Pops, agente muy especial, o de Cocobill, donde los vaqueros disparaban a las encías y había un mejicano con bigotazos llamado Carmen… Y daba buena cuenta de todo ello al abrigo fresco de alguna oquedad en las peñas de algún monte, hasta que la luz empezaba a decaer y volvía a casa. Otros días veía el atardecer desde la azotea, donde la vista dominaba todos los tejados del pueblo, la intrincada red de tejados por las que un Ángel solitario se aventuraba a veces, caminando o gateando sobre las tejas, llegando más, más allá, como un barón rampante —otro de los libros de bolsillo de su hermana Celia—. O como un pajarillo. Un día lo sorprendió su padre desde el patio, cuando regresaba a la azotea caminando por uno de los tejados a dos aguas del caserón. «Pero… ¿qué narices haces ahí, Ángel, te crees que vuelas o qué?». «No te preocupes…, no me voy a caer». Y llegaba ya septiembre, y en este nuevo tiempo, a diferencia de lo que había vivido siempre —cuando el inevitable fin del verano con toda su dulce amargura significaba también el adiós a sus amigos—, albergaba ahora una mezcla entre el deseo de marchar del pueblo y su tristeza y la excitación por llegar a la ciudad.
Los regresos de septiembre al piso familiar ciudadano siempre habían sido chocantes. Al volver del pueblo, la vivienda les parecía cada año extraña a los hermanos, como ajena, y recorrían todo el inmueble y les parecía como un decorado, porque habían pasado casi tres meses, todo un verano, que era toda una vida. «¡Miraa… las esponjas!... ¡parecen piedra pómez!», había dicho una vez Leonor, la hermana mayor. Era como recorrer un sueño, que duraba hasta que los espíritus se dormían y la vida hogareña se adueñaba de nuevo de la casa. Sin embargo, este septiembre era distinto: ya todo estaba despierto, y no tardó Ángel en hacerse con el dominio de su habitación, justo el tiempo necesario para ponerse los zapatos y salir raudo a la calle. Eran tiempos en los que la calle era lugar habitual de los chiquillos sueltos; no había temores, o, si había temores y miedo, la vida cabalgaba sobre ellos. De manera que Ángel llevaba ya años, desde bastante más niño, saliendo en tromba a la calle, que era también una extensión —más libre— del hogar, como si siguiera en el pueblo. A veces se llevaba a Pajarillo, su hermano pequeño, y recogían a su primo Abel e iban juntos hacia afuera, siempre hacia afuera, alejándose del centro, a buscar los descampados donde jugar con palos y piedras con otros chiquillos (alguno era el mismo solar donde después harían los experimentos con pólvora de la Asociación de Químicos Unidos…). Muchas veces esos juegos degeneraban en guerras a pedradas y a hostias con algunos críos: con gitanillos o quinquis —contra los que normalmente salían escaldados—, o con chiquillos de barrios de más postín —a los que normalmente apalizaban—. Ángel siempre defendía a Pajarillo, lo ponía a salvo en algún sitio seguro, lo escondía bajo su ala. Pajarillo era el mote que le pusieron unos guachos de Las Cuevas, porque el chavalín tenía aspecto frágil: nunca tuvo muy buena salud, y según decía su madre, había heredado de ella su lóbrega dolencia, la enfermedad de Ravens-Brück, que muchas veces la postraba en cama durante días. Y ello, además de la fibromialgia que padecía: esa mujer parecía estar en el mundo para sufrir, con lo buena que era… Nunca esa condición ni ese dolor torcieron su ánimo ni su innata bondad. Ya lo sabía bien Ángel. Y Julián, Pajarillo, era depositario de la mala herencia de la enfermedad congénita, pero también de la buena herencia del corazón de oro.
En una de aquellas peleas conocieron a una pandilla de esos chavales de extrarradio que, situados en medio de ambos grupos sociales —el de los quinquis y el de más postín—, andan siempre situados en medio de la nada, y entablaron fuerte amistad con ellos. Uno se llamaba Mateo. Enseguida congenió con Ángel. Y con palos y piedras jugaban a ser el mal, ese juego que algún día los llevaría a la cárcel… Empezó Ángel a ir con Mateo y los otros a un depósito de agua abandonado, en el barrio de estos. Ese era su reducto, el sitio seguro donde soltar a sus alimañas interiores y donde, jugando con anestesia, llegar hasta el final. Allí se juntaban a veces, los días en los que una mezcla de buen humor y testosterona los animaba a hacerse confidencias sobre tal o cual mujer, mujeres famosas o de las películas, pero sobre todo mujeres y chicas conocidas, la tía de tal o la hermana de cual, y allí, en la intimidad del refugio se masturbaban en grupo entre risas y chanzas. Y se imaginaban a la Juana, la que era medio puta y estaba tan buena, saltando de un chaval a otro, y decían que era como una abeja, siempre de capullo en capullo. «¡Ven, mi anestesia, ven a follar…!», había soltado el Charli, al que también llamaban Caín, en pleno paroxismo…
La anestesia… Las primeras sustancias que probaron, por tenerlas más a mano, eran las tropecientas marcas de tabaco que había entonces, y que los dos hijos de la estanquera, el Charli y su hermano, iban sustrayendo en la tienda y trayendo al refugio. En aquellos primeros días, su primo Abel, tan grande y bonachón, todavía intentaba con contumacia unirse a la pandilla de zagales, seguir los pasos de Ángel… Pero este y el resto de chicos, no dispuestos a aceptarlo en su seno pero sin atreverse a decírselo abiertamente, decidieron darle esquinazo repetidamente. Un esquinazo en ocasiones literal, puesto que lo enviaban a cruzar la calle con algún subterfugio y cuando trataba de volver salían corriendo justo al doblar la esquina y, cuando el chico llegaba, ya no había nadie. Al final y tras varios intentos, acabó desistiendo y ya no vino más. Pero pasado un cierto tiempo retornó, y entonces los dos hijos de la mujer del estanco le dijeron: «Venga, sí, vente, mira, pégale una calada a este cigarro, tienes que tragarte el humo, así…». El muchacho se puso a toser y se le saltaban las lágrimas, pero se quedó. Y entonces lo hicieron. El «secuestro» de Abel. A punta de navaja en el cuello lo intimidaron, se lo llevaron a un rincón oscuro en la noche, lo amenazaron con no volverlo a soltar, con matarlo incluso, si sus viejos no pagaban el rescate. En un momento dado lo soltaron y el chaval corrió aterrorizado. Esta vez sí que no volvió más. Ángel no había movido un dedo en su favor, y ese recuerdo le estuvo doliendo mucho, mucho tiempo. Como un papel de lija amargo.
