Nací para ser policía - Roberto Trigo - E-Book

Nací para ser policía E-Book

Roberto Trigo

0,0

Beschreibung

Este libro está basado en una experiencia personal y real de superación en la que se pretende, al narrarlo, que otros/as opositores/as sepan que se puede conseguir a pesar de las adversidades que se puedan cruzar en su camino. Se detalla cada fase del proceso de oposición, contando la experiencia personal en cada una de las mismas incluida la entrevista personal. Abarca entrenamientos físicos tanto personales (los que he realizado a lo largo de mi fase de opositor) como profesionales que se pueden utilizar para superar las pruebas físicas, así como consejos para afrontar la entrevista personal y poder salir victoriosos de ella, así como algunas palabras del argot policial para que vayáis interiorizando esta profesión tan bonita, pero a la vez tan dura. Contiene mensajes de motivación para cuando, los opositores, os veáis en un túnel sin salida y necesitéis un "chute" de ánimo para poder seguir adelante con vuestro objetivo que es ser POLICÍAS. Además, diversos compañeros/as pertenecientes al Cuerpo Nacional de Policía, Policía Local, Cuerpo de maestros/as y OPOSITORES han dejado huella describiendo anécdotas, experiencias personales, así como palabras de motivación para los futuros compañeros/as y, por qué no, a los compañeros que estén desmotivados y necesiten revivir o recordar el porqué entraron a este cuerpo tan especial dónde se ven muchas penas, pero se viven muchas alegrías.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

 

© del texto: Roberto Trigo

© diseño de cubierta: Equipo Mirahadas

© corrección del texto: Equipo Mirahadas

© de esta edición:

Editorial Mirahadas, 2022

Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24

Edificio SEVILLA 2,

41018 - Sevilla

Tlfns: 912.665.684

[email protected]

www.mirahadas.com

Producción del ePub: booqlab

Primera edición: febrero, 2022

ISBN: 978-84-19106-88-9

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

Índice

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

COLABORACIONES

CAPÍTULO I

La llegada de la vocación

¿Alguna vez soñaste con ser POLICÍA?, ¿Recuerdas cuál fue la situación en la que hizo despertar esa vocación que llevabas dentro de TI? Recuerdo como si hubiera ocurrido ayer ese primer contacto con la que es, hoy en día, mi profesión y vocación. Recuerdo la cara de fascinación cuando miré por primera vez a ese policía...

Tendría aproximadamente unos seis años cuando, mi padre, presidente de una asociación de vecinos, me llevó con él a un típico bar de mi pueblo en Alcalá de Guadaíra. En ese momento, estaba junto a él y vi cómo una persona con un «traje raro» se acercaba a mi padre. De repente, me quedé anonadado, paralizado, tanto, que ese hombre con el «traje raro» se dio cuenta de ello y no dudó en saludarme.

En uno de esos instantes, al saludarme, pude reaccionar asombrado mirándolo desde la punta del zapato hasta la visera de su gorra, diciéndole ese «hola» tan esperado para él.

Mi padre, al darse cuenta de lo sorprendido que quedé, me dijo con una sonrisa en los labios: es POLICÍA, si alguna vez te pierdes y ves a un policía no dudes en acercarte a él porque están para ayudarnos.

Atónito, el policía fue aún más allá agachándose y poniéndome su gorra con esa sonrisa de oreja a oreja pensando que había hecho «la buena labor del día» y lo que no sabía es que, en ese momento, y solo en ese momento, despertó la gran vocación que se encontraba dentro de mi interior. Recuerdo que le miré al rostro y me dije: «Quiero ser como tú, quiero ser POLICÍA».

A partir de ese día, cada vez que salía a la calle a jugar estaba deseando ver un vehículo policial pasar junto a mí, momento en el que aprovechaba para quedarme mirándolo fijamente entusiasmado. Cada vez que iba a una juguetería, me dirigía corriendo por los pasillos de aquella tienda para ir a buscar algún juguete que contuviera pistola, placa o cualquier objeto similar para poder parecerme a un policía de verdad. Me encantaba cuando íbamos a algún evento del pueblo y veía a policías, siempre les decía a mis padres: «¡¡Mira, mira, la policía está ahí!!, ¡¡pregúntale si me puedo montar en el coche!!» y, mis padres, respondían: «Déjalos, que están trabajando, hijo».

Los adultos tenemos la costumbre de preguntarles a los pequeños/as que qué quieren ser de mayores, pues recuerdo cada vez que mi madre me preguntaba que qué quería ser de mayor le decía sin dudar: «¡¡POLICÍA!!», ella me gritaba asustada: «¡¡Policía NO, que te van a matar!!», «¡¡Policía es muy peligroso, hijo!!». pero yo estaba decidido a ello y esas respuestas de mi madre no me hacían achantar esa ilusión que recorría todo mi cuerpo.

De pequeño, sin conocimiento alguno, no sabía que ser policía era tan peligroso. En esos tiempos, ETA estaba haciendo estragos en nuestra sociedad y más aún con miembros de las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado.

Conforme iba creciendo, con una edad de entre diez y catorce años y, teniendo más conocimiento sobre ello, empezaba a buscar información en internet sobre qué era la policía, a qué se dedicaba, así como un sinfín de imágenes policiales que imprimía y empezaba a poner por toda la habitación como de pósteres se trataran, me sentía como si fuera uno de ellos en las intervenciones e imaginaba cómo se desarrollaba en mi cabeza la actuación policial cuando miraba aquellas fotografías. Era tal mis ganas de ser policía que pinté la habitación de color azul marino y amarillo similar, al aquel entonces, un vehículo policial.

Me gustaría contar que nací y me crie en un barrio obrero... por no decir marginal, era una de esas zonas en las que ver droga era tan normal como ir a hacer la compra, en el que la policía cuando iba a hacer alguna actuación se presentaba, como mínimo, con dos vehículos policiales. Recuerdo que mientras estábamos jugando a la pelota, los que estaban allí esperando para jugar la siguiente ronda, aprovechaban para vender algún «porro» o similar para sacarse algo de dinero.

Cuando quedaba con mis amigos para jugar al escondite, al esconderme, más de una vez, te podrías topar con algún drogodependiente o toxicómano inyectándose heroína o fumándose algún «porro» en aquel lugar, por lo que, al encontrarme con eso de sopetón me llevaba algún susto y salía corriendo de allí. En ese barrio, se tenía hasta la zona de «fumadero» o venta más conocida del pueblo, así que os podéis hacer una idea de cómo era el lugar por el que me movía.

Muchos de mis amigos, a la edad de entre diez y trece años, ya estaban probando alguna de esas sustancias como el hachís, polen, cocaína... una pena, ya que no se daban cuenta que, poco a poco, se estaban destrozando la vida que tenían por delante. Hoy en día, la mayor parte de ellos, son drogodependientes o siguen siendo consumidores de esas sustancias, aunque algunos también fallecieron a causa de estas. Otros, en cambio, han sabido salir adelante, precisamente, uno de ellos, forma parte del ejército, concretamente, en la unidad de zapadores, destinado en la zona de Extremadura. Otros, han sabido encontrarse un hueco en el mundo laboral, ya sea a través de empresas privadas o siguiendo la tradición familiar.

A la edad de dieciséis años y, como a muchos chavales de hoy en día, estudiar no era uno de mis fuertes. Tengo que contaros que no fue la mejor decisión de mi vida, sí, pero no me arrepiento de ello en ningún momento, ya que me sirvió para aprender a desarrollar habilidades que solo se consiguen a través del mundo laboral como: adquirir confianza, desarrollar la fluidez verbal y social, valorar económicamente el dinero para no malgastarlo en objetos innecesarios, así como habilidades para resolver problemas, entre otros. Por otro lado, también me ayudó a valorar el esfuerzo que hacían mis padres para educarme o mantenerme a lo largo de mi vida.

Mi primer trabajo fue al siguiente día de cumplir los dieciséis años. Empecé a una distancia de 1000 kilómetros, es decir, inicié mi vida laboral en la comunidad catalana gracias a uno de mis hermanos que era autónomo, claro. Ya me contaréis, un chico de esa edad fuera de casa, sin tener ni pizca de idea de lo que era la vida y, aún peor, sin tener a mis padres cerca para poder patalear o lloriquear y conseguir lo que en ese momento necesitara, ya sea un plato de comida que me apeteciera en ese momento, un nuevo juego de la videoconsola o ¿por qué no?, un pantalón de una tienda de ropa.

Nos dedicábamos a montar estanterías metálicas industriales por toda esa zona. Vivía con seis personas más en una vivienda de 100 metros cuadrados. Cada uno con una personalidad distinta y, por supuesto, con edades muy dispares. Había desde exconvictos, según mi hermano, para darle una nueva oportunidad, hasta padres de familia. Entre ellos, mis dos hermanos, los causantes de que el «estreno» de mi vida laboral fuera tan lejos. Sí, pensaba que por ser el más pequeño de los tres iban a cuidarme o les iba a recorrer un sentimiento de «compromiso» o «consideración» conmigo, pero no fue así, al contrario, me trataban peor para que espabilara con rapidez y no fuera una carga para ellos. Tuve que aprender a cocinar, hacer la compra, lavar la ropa, administrarme para llegar a fin de mes... tuve que aprender a ser RESPONSABLE y madurar con una rapidez indescriptible. Fue todo un reto para mí, ya que nunca había vivido nada igual en mi vida.

Al principio fue bastante duro, no os voy a mentir, pero al cabo de unas pocas semanas ya lo tenía más o menos controlado, excepto la comida. Bendito fue el día que inventaron las latas de comida ya precocinadas «je, je, je». Me ayudó bastante para poder alimentarme y tener fuerzas para los días de trabajo tan agotadores que hacía, aunque de vez en cuando me cocinaba algo que no fuera proveniente de una «lata», todo hay que decirlo «je, je, je».

Durante un año estuve formándome profesionalmente y creciendo como persona, pero desafortunadamente, terminó el contrato que había por ese lugar y tuve que emprender la vuelta a mi tierra, Sevilla.

En el segundo trabajo que realicé comenzó lo interesante. Me surgió la oportunidad, con diecisiete años, de comenzar en una empresa privada fabricando mamparas de baño. Era una cadena de producción donde la persona responsable de la misma podía elevar la velocidad y así subir el ritmo de los trabajadores. Pues sí, sí que la subía, sí. No dudaba en hacerlo para conseguir, a través de destrozar a sus empleados, esa productividad económica que le ofrecía la empresa a final de mes por superar la cantidad estipulada de producción de mamparas.

Al cabo de un año aproximadamente de estar trabajando en esa misma empresa me di cuenta de que había dejado de lado aquello que llamé vocación, había RENUNCIADO a lo que soñé tantísimos años de mi vida y que tantas veces imaginé en mi cabeza. Me di cuenta de que iba a ser infeliz toda mi vida por no haber intentado o mejor dicho, LUCHADO, en su día, por ser policía.

Entonces, de un día para otro, sin dudarlo, mientras limpiaba una mampara, cambié el chip y dije con fuerza e ilusión dentro de mí: «¡¡VOY A SER POLICÍA!!». Recuerdo que los vellos se me pusieron de punta, la sonrisa me llegaba a las orejas y las ganas de trabajar se multiplicaron como si del primer día de trabajo se tratara.

CAPÍTULO II

La reflexión

Una vez en casa, concentrado en cómo lo iba a hacer, pensé que no tenía ni la más mínima idea de los requisitos que hacían falta, ni mucho menos de las pruebas que había que cruzar para llegar al objetivo fijado, lo que sí tenía claro... es que iba a ir a por ello, que nada ni nadie me iba a arrebatar lo que siempre quise ser que era poder trabajar de POLICÍA. Al salir de casa, esa misma tarde, me topé de frente con un vehículo policial, por lo que, a través de ellos encontré la forma perfecta para informarme de los requisitos que hacían falta para acceder al cuerpo. En el momento que los tenía lo suficientemente cerca les levanté la mano y, tembloroso, pero con fuerza, les pregunté: «disculpe, agente, ¿que se necesita para ser policía?», a lo que él me respondió: «solo se necesita el graduado de la ESO (Educación Secundaria Obligatoria)». En ese instante, emocionado por su contestación, recordé que hacía tiempo lo dejé porque pensaba que hacían falta miles de requisitos y estudios, ya que para mí un policía era como una divinidad, algo imposible y difícil de alcanzar. Pero mientras estaba pensando eso, que solo duró milésimas de segundo, el policía, al ver lo joven que era, me preguntó: «¿Qué edad tienes, chico?», a lo que respondí: «Dieciocho años». Me miró con cara de asombro y me dijo: «Si quieres ser policía, lo vas a lograr, así que tranquilo que tienes una vida por delante, lucha, que algún día con la edad que tienes vestirás el uniforme». Me quedé paralizado, esa frase fue la guinda del pastel para terminar de encender esa llama que ardía en mi interior, pero que no conseguía brotar hacia fuera debido a los miles de pensamientos negativos que se cruzaban por mi mente. Ahora sí, ahora ya llegó el momento de emprender la aventura. No tenía herramientas, pero sabía por dónde empezar, por el graduado de la ESO.

Llegó el momento. Procedí a realizar todas las gestiones y comenzar el curso para la obtención del graduado de la ESO en el colegio de adultos. Una vez comencé, tenía los días completos. Por la mañana, fabricando mamparas de baño y, por la tarde, estudiando para sacar mi formación adelante. Tengo que contar que se hizo un poco cuesta arriba, ya que no estaba acostumbrado a tener tan poco tiempo libre para descansar, pero eso no iba a deshacer ni un ápice las ganas, ilusión de seguir adelante con mi sueño. Recuerdo que, más de una vez, tenía que hacer las tareas que nos mandaban los profesores, por lo que, al llegar a casa y después de una cena y una buena ducha para recuperar fuerzas... tenía que hincar codos para finalizar aquello. Había días que dormía menos de seis horas. No lo he dicho, pero el horario de mi trabajo era de siete a cuatro. Sí, una hora de más... y, el horario del colegio de adultos de cinco y media a diez y media, lo que se dice una «locura».

Finalizado el curso, el gran día se avecinaba y, por fin, obtuve mi diploma acreditativo. Pensé que con eso ya podía empezar mi objetivo, ya me imaginaba empezando a preparar tanto las pruebas físicas como las teóricas y, a corto plazo, esa plaza ansiada... pobre de mí, no imaginaba lo que se me venía encima.

Pues con todo ello, lo primero que hice fue dirigirme a la tienda para adquirir mis primeras zapatillas de correr y todo lo relacionado con el mismo. Más tarde, a los pocos días, me informé en una academia que se situaba en Sevilla, concretamente, en el «Edificio Sevilla 2». Existía una academia muy conocida en esos tiempos y allí empecé mi andadura con la oposición. Entre el trabajo y la academia estaba destrozado, pero merecía la pena. Iba a conseguir mi sueño de vestir ese uniforme.

Uno de los días que me levantaba para ir al trabajo, me levanté realmente cansado, destrozado. Me dolía todo el cuerpo y, es que llevaba cerca de dos meses trabajando y estudiando como si la vida se fuera en ello. Solo pensaba que así no iba a poder conseguirlo, que había compañeros/as opositores que se pegaban horas y horas estudiando, corriendo y que en el estado que yo me encontraba con tan pocas horas de sueño acumuladas no iba a rendir como se merecía la ocasión, es más, aún no había empezado ni a correr. Tomé la decisión más importante de mi vida en ese momento. Os lo imagináis, ¿verdad? Pues sí, determiné marcharme de mi puesto de trabajo fijo, en el que llevaba cuatro años trabajando. Fue una de las decisiones más duras, ya que por un lado no sabía cómo iba a ser mi trayectoria en la oposición, lo iba a dar todo de sí, pero el miedo siempre te invade cuando tienes que tomar una decisión de esas características y, por otro, comunicárselo a mis padres... eso sí que era todo un reto. Para que me entendáis, mis padres empezaron en el mundo laboral aproximadamente a los nueve años, sus estudios son muy escasos, por no decir nulos. Son personas que no han tenido las mismas facilidades que nosotros y, que al haber vivido eso, solo veían que trabajar era lo único adecuado que se podía hacer para labrarse un futuro, que si ya había dejado los estudios anteriormente, ahora tocaba apechugar y seguir adelante con lo que había decidido. No había marcha atrás para poder tener la posibilidad de retomar los estudios de nuevo, según ellos.

A los compañeros/as que os haya pasado esto me comprenderéis cuando digo que fue bastante duro y, a los que les haya pasado lo contrario, os doy la enhorabuena. Tener a personas apoyándote en tu sueño no tiene precio. Valorad eso porque no sabéis lo que tenéis.

Pues llegó el momento y me puse delante de ellos. La voz me temblaba muchísimo, las cuerdas vocales parecía que estaban tocando un acorde, las manos me sudaban como si las hubiera metido en un cubo de agua. Era una situación complicada, pero terminé como pude y tengo que decir que no se lo tomaron tan mal como me esperaba. Sí que es verdad que no les gustó, es más, recibí varias reprimendas por parte de ellos, pero pienso que me dieron un pequeño voto de confianza y no actuaron como de costumbre podrían haberlo hecho.

Al cabo de unos meses me di cuenta de que las personas que nos preparaban en dicha academia, nos daban sus «propios temas» resumidos y me pregunté: ¿De dónde sacan ellos los temas resumidos?, pues ni corto ni perezoso me lancé y le pregunté al profesor. Su contestación me hizo valorar en seguir adelante o estudiar por mi cuenta, ya que la respuesta que me dio fue que lo sacaban de una editorial muy conocida, por lo que, pensándolo detenidamente decidí hacerlo por mi cuenta. Me hice con los temarios de esa editorial y emprendí mi oposición en solitario.

CAPÍTULO III

Primer día como opositor oficial y 1º convocatoria

El primer día recuerdo que abrí los ojos y pegué un brinco de la cama. No pude dormir bien esa noche pensando que ya iba a ponerme a estudiar solo y exclusivamente la oposición. Levanté las persianas, subí las cortinas y me senté en la mesa del escritorio. Esa jornada la tomé como de «planificación». Preparé varios folios en blanco, bolígrafos, subrayadores y comencé a organizar lo que iba a ser mi «horario de trabajo». En él, puse la hora a la que me iba a levantar cada mañana, a la hora que iba a parar para desayunar, los días de la semana que iba a salir a correr y qué ejercicios tenía que realizar. Absolutamente TODO. Aprovecho para decir que os recomiendo que os hagáis una planificación de cómo va a ser vuestro día, es más, os aconsejo que vayáis modificándolo conforme os deis cuenta de que os va mejor hacer algún ejercicio o deporte a diferente hora de la que teníais puesta anteriormente.

Una vez terminada la planificación lo siguiente fue ponerme las zapatillas y salir a correr para ir haciendo al cuerpo.

He de decir que tuve suerte de haber hecho deporte durante toda la vida. Empecé con seis años a jugar al fútbol y lo dejé cuando comencé a trabajar, como os comenté anteriormente, a los dieciséis años. Al finalizar el día y tumbarme en la cama me quedé mirando hacia el techo con una cara de satisfacción indescriptible pensando que ya estaba ahí preparándome para ser lo que siempre quise ser. Se me venía a la cabeza todo tipo de preguntas sobre la oposición como las plazas que había ese año, que en ese momento eran 5000, de hecho, fue la última convocatoria con tantísimas plazas, el día que podrían realizar las pruebas físicas, así como imaginarme el día de la entrevista o qué me iba a poner para ese día tan especial. Un sinfín de preguntas que rondaban por mi cabeza siendo aquel día bautizado como «el primer día como opositor oficial».

Al cabo de unos meses y ya con la instancia tramitada que, por cierto, tengo todas las instancias plastificadas como recuerdo y más adelante diré cuántos años oposité, salió la fecha de las pruebas físicas. Estaba nervioso pero preparado, iba bastante bien con respecto a ese tema, pero yo quería más. Quería reventar las pruebas físicas y demostrar que valía para ello, que valía para ser POLICÍA. Por aquel entonces se iban a realizar en el Estadio Olímpico de Sevilla, así que seguí preparándome para cuando llegara el día a la vez que subrayaba y memorizaba el temario.