Nada que temer - Cristian Barría Huidobro - E-Book

Nada que temer E-Book

Cristian Barría Huidobro

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Beschreibung

NADA QUE TEMER es una invitación a dudar de la veracidad y contundencia de los relatos apocalípticos acerca del presente y futuro de las máquinas en nuestras vidas. La idea de que vivimos amenazados por dispositivos asociados a los sentidos -ojos y oídos- omnipresentes de la web, que leen todo lo que hacemos y saben todo sobre nosotros, nuestros gustos, nuestras preferencias, ha derivado en un discurso determinístico que se ha vuelto no solo patrimonio de las elites intelectuales, sino que ha ido infiltrando y moderando copiosamente el pensamiento y el habla de sujeto común, del ciudadano de a pie. Tanto es así, que ya nadie parece dudar de ello y por lo tanto el dominio de las máquinas sobre los humanos puede considerarse un hecho. En consecuencia, los autores exploran en este libro los orígenes del temor, la necesidad genuinamente humana de construir desconfianza, de describir escenarios ominosos por improbables que estos puedan parecer, y nos invitan a contrastarlos con las posibilidades y los eventuales alcances de la inteligencia artificial, aspecto que a la larga constituye el eje temático del libro. Una invitación a explorar desde múltiples perspectivas (políticas, psicológicas, filosóficas) un espacio que recién comienza a desplegarse, y a discutir, sin temor, sus posibles repercusiones.

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Seitenzahl: 298

Veröffentlichungsjahr: 2021

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NADA QUE TEMER

De la utopía de Tomás Moro a la singularidad de Ray Kurzweil

Cristian Barría Huidobro, PHD

Sergio Rosales Guerrero, MSC

Primera edición: Noviembre de 2021

©2021, Cristian Barría Huidobro y Sergio Rosales Guerrero

©2021, Ediciones Universidad Mayor SpA

San Pío X 2422, Providencia, Santiago de Chile

Teléfono: 6003281000

www.umayor.cl

ISBN Impreso: 978-956-6086-13-0

ISBN Digital: 978-956-6086-12-3

RPI: 2021-A-9529

Dirección editorial: Andrea Viu S.

Edición: Pamela Tala R.

Diseño y diagramación: Pablo García C.

Diseño de portada: Joaquín Mourguet H.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

ÍNDICE

Prólogo

Introducción

I DESPERTAR SIN MIEDO

El deber hacia lo desconocido

Despertar sin miedo

Síntesis

II LOS SUEÑOS DE LA RAZÓN

Del hacha de mano al colisionador de hadrones

Eso que nos une y nos separa

Tecnología y cultura

Síntesis

III EL HACEDOR DE SEÑALES

La primera red social

Una tumba sin sosiego

Las trampas de la red

Síntesis

IV EL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO

Érase una vez

¿Una Disneylandia sin niños?

Prometeo

El factor humano

¿La malicia o la estupidez?

Síntesis

Epílogo: Equivalencia de la guerra y la paz

Referencias

Biografía de los autores

Qué era el hombre?

En qué parte de su conversación abierta

entre los almacenes y los silbidos,

en cuál de sus movimientos metálicos

vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?

Pablo Neruda

Los hechos son más interesantes y memorables cuando forman parte de un drama.

Roger Scruton

Prólogo

Estos son tiempos de cambio en todas las visiones e imaginarios que hemos tenido en los años inmediatamente anteriores sobre nuestra vida y las relaciones con las máquinas. A mediados del siglo XX diversos autores desde la ciencia ficción plantearon múltiples perspectivas y sembraron las semillas de duda sobre la realidad cotidiana y las relaciones existentes entre individuos, sociedades, colectivos, enmarcados en los más variados contextos sociales, culturales, políticos y económicos.

Todo este cuestionamiento estaba atravesado por el desarrollo tecnológico de las más variadas maneras, alcances y posibilidades que podían proponer las relaciones políticas, el uso de las máquinas de guerra, las relaciones familiares, las construcciones de subjetividad y el agenciamiento que la inteligencia artificial podría ejercer sobre ellas.

Entre estos podemos nombrar a George Orwell, con su obra visionaria 1984; Ray Bradbury que en sus novelas Crónicas marcianas y en Fahrenheit 451 describieron desde la literatura fantástica y de ciencia ficción perspectivas algorítmicas de la relación entre el hombre y la tecnología; los hombres abolirían la cultura en favor del puro entretenimiento de video para asegurar su felicidad, mientras que la escuela tendría como único fin la producción de conocimiento para la apropiación de la tecnología.

Isaac Asimov indagó por el quehacer humano en un futuro tecnologizado en La Serie de la Fundación; William Gibson describió con terror en Neuromante un mundo controlado por multinacionales y tecnologías totalizadoras allanando el camino al cine de ciencia ficción, del estilo de Matrix.

Un mundo feliz de Aldous Huxley anticipó el desarrollo en tecnología reproductiva, cultivos humanos e hipnopedia, manejo de las emociones por medio de drogas que contribuirían al cambio total de las relaciones sociales y con el Estado y el poder.

En el siglo XXI, el año 2020 marcó un punto de inflexión radical en la relación de la especie humana con la tecnología, con sus usos y aplicaciones. Se pasó de la novela de anticipación, futurista, a la realidad contundente e impactante en la vida colectiva.

El mundo vivido con las TICs y el mundo social, financiero, comercial, educativo, de estudiantes y familias en el periodo de la pandemia provocada por el Covid–19, colocó en primera escena el uso, creación y aplicación de múltiples formatos y variedades de narrativas digitales, que bien vale la pena analizar e intentar comprender, con la perspectiva e intencionalidad de aprehender sentidos de la vida, que nos proporcionen puntos de inserción para analizar nuestras intuiciones, manifestaciones y desempeños actuales en el mundo de la socialización, el aprendizaje y la vida.

Este volcarse de los ciudadanos al uso masivo de las TICs para relacionarse en todos los ámbitos de la vida colectiva de la especie, dio lugar a la emergencia de manera contundente de las narrativas digitales en variados formatos, con múltiples intencionalidades, y como reflejo de diversas realidades individuales y colectivas. Estas se pueden definir, describir e interpretar como películas multimedia, que combinan racionalidades hipertextuales, fotografías, video, animación, sonidos, bandas musicales, textos, voces, narradores. Estas narrativas en general son breves, personales, o con intencionalidades claramente establecidas. Proporcionan alternativas y medios de expresión propios, autónomos relativamente y de interés particular.

Desde esta perspectiva abordar el uso durante la pandemia del lenguaje digital, nos permite asomarnos a los desarrollos desde múltiples experiencias vitales de niñas y niños, adolescentes, adultos, mujeres y hombres, en todos los escenarios de la vida social, y a través de las cuales eventualmente propiciaron y fomentaron transformaciones en los escenarios de la vida social afectada y atravesada por la tecnología.

Acercarse a las subjetividades de los individuos y colectivos sociales a través de las narrativas digitales se convierte en una forma válida e interesante de indagar por el conocimiento transmitido, asimilado por las conductas y comportamientos de los actores y por las mediaciones utilizadas.

Estas son algunas de las vías de reflexión y las herramientas de corte histórico que en este libro nos proponen Cristian Barría Huidobro y Sergio Rosales Guerrero para observar con detenimiento el momento real que atravesamos; nos advierten de los cambios que se podrían prever en las relaciones entre ciencia y tecnología, entre esta y la sociedad humana, entre esta y los individuos que la componen, en múltiples y, por qué no decirlo, en todos los aspectos de la vida humana.

El libro que hoy se encuentra a punto de leer, es como los autores lo nombran en la introducción “Una cita a ciegas” que presenta al lector en situaciones reales o imaginadas, traídas de la historia conocida, que lo convierte en autor, espectador y lector de sí mismo desde una mirada posible, real, constatable, ya no solo desde la ficción, sino desde los hechos cotidianos de los que está construida la realidad global del ciudadano y de las sociedades contemporáneas.

A lo largo de los capítulos los autores nos ubican en momentos históricos diversos, que dan lugar a la irrupción en nuestras vidas de la tecnología, en todos nuestros recovecos íntimos, secretos, que antes eran inaccesibles para el otro, el externo, máximo para el sicólogo o el sicoanalista, el sacerdote, o el adivino. Cada uno está ilustrado con multitud de anécdotas, datos históricos, relaciones y conjeturas de cómo se han imbricado la ciencia, la tecnología y obviamente el quehacer humano y su destino colectivo. Hoy en día, las redes, la Web, los portales, el mundo de la web 2.0 constituyen el escenario nuevo, creado y recreado continuamente para visibilizar la vida humana.

En el Capítulo I, Despertar sin miedo, recorren consecutivamente el lenguaje como vínculo, como creación de realidades, de relaciones posibles, reales o ficticias que crean realidades e impactan las vidas colectivas en cada momento, en cada época. El rol preponderante de la tecnología ha evidenciado el desempeño humano en su desarrollo actual, y en los que es necesario pensar que “El futuro de lo humano tal vez se esté moviendo en la dirección de las herramientas, hasta el extremo de que probablemente sean ellas el medio y el modo que tengamos de trascender”. (p. 42)

El Capítulo II, Los sueños de la razón, es un vuelo de pájaro por la historia humana en el cual se reseñan los cambios que la tecnología, o más bien, los desarrollos tecnológicos introducidos por la especie que han afectado, transformado radicalmente, nuestras vidas desde el pasado lejano, hasta el presente de los últimos 70 años y vislumbra, enuncia el posible desarrollo de acontecimientos apocalípticos, siempre presentes en la historia humana, y que al parecer solo en este reducido espacio de tiempo, pueden tomar forma, hasta transformarnos.

El Capítulo III, El hacedor de señales, es la descripción del trasegar la vida diaria del peligro de muerte del cazador del paleolítico, al mendicante indio o latinoamericano o africano del siglo XX, pone de presente la importancia de la tecnología y la creación que gracias a internet toma forma en el ciberespacio creando nuevas relaciones económicas, de interacción personal, grupal, antes solo soñadas y enunciadas por los autores de la ciencia ficción.

Al final del texto, el Capítulo IV, El pájaro que da cuerda al mundo pone de presente la inteligencia artificial, que es el verdadero centro temático de este libro, emerge con fuerza, planteando posibilidades diversas de su desarrollo y afectaciones de la vida humana, y de las inter-relaciones establecidas entre estas. Abre el camino a la comprensión de las relaciones humanas a través, entre otros medios, de las narrativas digitales, de las expresiones cotidianas creadas y construidas a lo largo de estos tiempos por las herramientas proporcionadas por la inteligencia artificial y sus variadas plataformas y herramientas.

El epílogo de este texto es bastante categórico: “Si acabamos con nosotros mismos, solo nos queda esperar que en algún otro sitio emerja un tipo de vida capaz de construir máquinas inteligentes. A la larga, toda clase de vida sucumbirá frente a la largueza de la vida del cosmos. No solo el tiempo sino la distancia hará inviable la preservación de las especies orgánicas, de modo que la única opción será la trascendencia. Y quién lo diría: a través de las máquinas”.

Claudia Velez De La Calle Ph.D

Universidad de San Buenaventura, Cali/Colombia

Mayo 2021

Introducción

Una mujer se detiene en la esquina de una calle en espera de la señal de cruce peatonal. Viste informalmente, pero luce atractiva: concurre a una cita a ciegas. Lleva un bolso de mano con un pequeño computador en el interior. El computador está apagado, pero el teléfono, ubicado en uno de los compartimentos del bolso, está encendido. Aunque ella no lo sabe, su teléfono se comunica con el computador. Y toda la información que el computador y el teléfono se comunican tiene que ver con ella. La cita a la que acude fue agendada por una plataforma virtual que establece afinidades, correspondencias fuertes (matches) entre cualidades de candidatos posibles. En el lugar al que acude, la esperan. El hombre que la espera no sabe quién es ella, pero ambos confían igualmente en la plataforma.

El semáforo sigue en rojo. Es más largo que lo habitual debido a la hora de la mañana: es una hora punta. En horas punta el semáforo extiende la duración de ciertas luces hacia un sentido y la disminuye en el otro. Es otra plataforma.

A medida que pasan los segundos, el teléfono mejora la georreferenciación de la mujer en esa esquina. Es ella, pues acude a una cita siguiendo un recorrido que el mismo sistema de referenciación le sugirió. Está todo allí, en su historia. Si alguien lo quisiera, podría comprobarlo, estableciendo que coinciden el día, la hora, el lugar y la razón. Especialmente este último aspecto: hay una razón por la que ella está ahí a esa hora, ese día, en esa época del año. No es ella ese punto luminoso en una pantalla que nadie observa, es cierto, son sus aparatos electrónicos, pero esos aparatos son ella.

De pronto, la luz cambia. Ella da un paso y su zapato se apoya en la calzada sobre la línea blanca del cruce. Todo este recorrido se le ha hecho un poco interminable. Ella cruza hacia el otro lado de la vereda y del otro lado de la vereda otro grupo hace lo propio en sentido contrario. Todos ellos son puntos luminosos en una pantalla que nadie observa. Algunos prefieren el running a la lectura, la natación al béisbol, el blanco y negro al color. Otros siguen dietas, otros son activos en redes sociales, otros apenas las conocen.

Ninguno de ellos se siente observado, mucho menos vigilado. Se sienten libres y creen haber tomado sus propias decisiones. Como la mujer que ahora se acerca a la vereda de enfrente y da un paso sobre la solera, avanza y descubre su reflejo en la vitrina. Ella decidió estar allí, acudir a aquella cita. Lo mismo que el sujeto que la espera nervioso en el café y que la busca entre la multitud.

El match (o correspondencia) es de un noventa y cinco por ciento. Tienen razones para estar optimistas.

*

Actualmente, el número de personas que busca pareja en sitios web es relevante. Según el Pew Research Center, tres de cada diez adultos en Estados Unidos ha usado alguna vez una aplicación de citas, lo que varía según la edad y la orientación sexual. En términos porcentuales, sin embargo, solo el 12% de este universo ha llegado al matrimonio o a mantener una relación sentimental estable.1 Por otra parte, un estudio de 2012, realizado por equipos de psicólogos de ese mismo país, llegó a la conclusión de que “los algoritmos no pueden predecir si dos personas serán compatibles”. Pese a ello, los hombres gastan mucho menos tiempo en visitar los sitios de citas que las mujeres y, por otro lado, la etnia y la clase social siguen siendo significativos.2

¿Es artificial un matrimonio o una relación si se ha visto mediada por un algoritmo informático? ¿Vale menos una relación si entre las partes ha mediado una máquina? La respuesta a las dos preguntas es no. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que el medio que propició los encuentros, hayan acabado estos o no en relaciones más o menos estables, condicionan nuestra respuesta. Tampoco podemos dejar de reconocer que no pensamos en términos de azar cuando las relaciones se forman a partir de encuentros fortuitos, cuando estos son, digamos, naturales. Pocas personas se detienen a pensar en que sus propias relaciones surgieron como fruto de condiciones que no se controlaron: la época, el lugar de nacimiento, la educación recibida, la edad, el nivel social; por nombrar algunos. En otras palabras, cada una de las parejas que se ha formado lo han hecho siguiendo un patrón que se repite. Y si se repite, si hay un patrón, entonces es —o sería posible— darle la forma de un algoritmo. Por lo mismo, el algoritmo es tan artificial y natural como nosotros mismos.

En general, los sitios de citas ofrecen y combinan alguno de los siguientes tres elementos: 1) acceso, 2) comunicación y 3) encuentro (Finkel et al., 2012). Estos tres elementos son los mismos que hicieron posible que en la era pre Google las personas se buscaran, se conocieran y se comprometieran.

*

Un día, se dice usted, las máquinas acabarán con nosotros. Pero, ¿será efectivamente así? Un algoritmo al interior de una plataforma generó las condiciones para que Elisa se encontrara con Eduardo en un café que les quedaba cercano a los dos. Se encuentran y entablan una conversación. Quizá algún día se casen, quizá tengan hijos, quizá esos hijos, en el futuro, escriban poemas, cuiden ancianos o incendien supermercados. Nada de esto es especialmente importante para la plataforma.

Piense en esto: los seres humanos somos un insumo que cierto programa computacional generó para que a su vez estos mismos seres construyeran máquinas que, llegado el momento, van a prescindir de ellos. Las máquinas son el estado final deseado. No es un problema que las máquinas carezcan de emociones, de hecho, esa es la ventaja que ellas tienen. Las emociones son un lastre del que es necesario deshacerse, pues los humanos son solo una etapa intermedia hacia la inteligencia plena, esto es, la de las máquinas inteligentes. Solo inteligencia, nada de emociones.

En efecto, un algoritmo nos construyó para que nosotros construyéramos su máquina o, dicho de otro modo, el software nos hizo para que nosotros produjésemos su hardware. Somos el medio entre este y aquel. No somos ningún fin. Ella, la máquina, es el fin. Y es esto, precisamente, a lo que más tememos: que por fin el hombre encuentre a su depredador.

*

Nada que temer es un libro que se mueve a contracorriente. Es fruto de una reflexión que arranca de una actividad manifiesta: el temor a las herramientas que creamos. Ya en el Tao Te King (s. VI a.e.c.) se lee:

Cuanto más cortantes sean las armas

tanto más rodeado de tinieblas estará todo el país.

Cuanto más hábiles artífices haya,

más aparatos perniciosos se inventarán.

(Toynbee, 1985, 29)

En el siglo V a.e.c., aparece Prometeo Encadenado atribuida a Esquilo, personaje trágico cuya rebeldía le impondrá un castigo sin término, consistente en yacer anclado a una roca, donde cada día un águila devoraría su hígado (el asiento de las emociones para los griegos de la era clásica), el cual volvería a crecer, para ser devorado otra vez por el águila y así sucesivamente. ¿Cuál había sido el pecado de Prometo? Robar el fuego de los dioses, lo que —en palabras de la historiadora de arte Olga Raggio— equivalía a robar su “poder creativo del taller de Atenea y Hefesto.” Para la misma autora, esta techné, en la visión de Platón, poseía un estatus superior al de los instintos naturales propios de la physis (Raggio, 1958). No resulta aventurado afirmar que el desarrollo de la técnica ponía al ser humano por encima del resto de los animales, pues le otorgaba la posibilidad de valerse de los medios que iba hallando en su entorno. Lo importante para nosotros es que esta posibilidad parecía despertar la desconfianza de los dioses y su propensión al castigo de las faltas. Si bien los seres humanos en todo eran iguales a los dioses, había algo que los diferenciaba y ese algo era el fuego, la técnica, el saber.

El mito griego tiene múltiples ramificaciones. De paso, sus orígenes pueden rastrearse al mito sumerio de Enki, de donde habría llegado a los griegos, importado, probablemente, desde Asia. También es probable que desde los mismos sumerios, el relato hubiese irradiado hacia distintas zonas de Oriente Medio, donde habría sido recogido y modificado para (re)aparecer en la Biblia hebrea bajo la doble denominación de Adán y Eva. Según el libro del Génesis, el mandato divino prohibía comer el fruto del árbol que se hallaba en el medio del jardín. Pero Eva, la mujer de Adán, confía en la serpiente que le hace ver que comer de aquel fruto no le acarrearía la muerte: “«Ciertamente, no morirás», dijo la serpiente a la mujer. «Porque Dios sabe que cuando comas de él, tus ojos serán abiertos, y serás como Dios, conociendo el bien y el mal»”.3

Es probable que el bien y el mal se hallen referidos al aspecto moral (lo que, de paso, les habría provocado la vergüenza de verse desnudos, como se sugiere en Génesis 3, 7), pero también que apunten a la posibilidad de conocer el bien y el mal en función de aquello a lo que puede dar lugar el conocimiento. Conocer, en este sentido, sería equivalente a comprobar que el bien y el mal surgen de lo que hacemos con lo que sabemos. Baste pensar para ello en que las primeras armas fueron herramientas, instrumentos de labranza en último caso, cuya modificación fue dando lugar a diseños más adecuados al combate con otros hombres, que a la siega, la siembra o las labores de pastoreo.

Sin embargo, la misma creación del hombre y la mujer puede interpretarse como instrumentos acerca de los cuales su creador desconfiaba. Y es aquí donde esto empieza a ponerse interesante. La relación entre el creador y lo creado suele proyectar una sombra de duda no solo en el que crea, sino también en aquellos que en adelante se valdrán de lo creado. Para efectos de este trabajo, no vamos a pensar en el creador y en el usuario como elementos escindidos o separados el uno del otro, sino como dos versiones indistintas, quedándonos con lo que realmente importa: la desconfianza frente a lo creado. Los humanos somos, para decirlo en términos míticos, una tecnología de la divinidad. Y la divinidad, en tanto creadora, tendría que desconfiar de su criatura. Así fue cómo, finalmente, desconfiando de ella, decidió castigarla por entrometida o desterrarla del Jardín del Edén.

Nuestra tarea, entonces, consistirá en desandar el camino para saber si lo que llevó al artífice —según los decires remotos— a desterrar a su criatura, es lo que nos llevará a nosotros a desterrar a la nuestra.

*

Es cierto que los seres humanos no crean sus mitos para crear nuevas realidades, sino más bien para completar las existentes. No podemos ver algo y dejarlo en paz, debemos interpretarlo y esta interpretación la hacemos por medio del lenguaje. Ahora, este lenguaje pone de manifiesto anhelos y temores. La suma de todos ellos está contenida en un corpus literario que se ha ido tomando las estanterías de las librerías en todo el mundo, a lo que debemos añadir la prensa, las mismas redes en todas sus formas y la investigación académica. Nosotros nos valdremos de todos estos escenarios para desmenuzar esta región del mundo de modo de poder hacernos una idea acerca de él.

Esperamos poder esbozar un sistema de referencias que nos permita mostrar a nuestros lectores lo que se conoce como tecnofobia, concepto que iremos aclarando a medida que avancemos en el texto, pero que sintetiza una de las ideas centrales de nuestro trabajo. Por contrapartida, nos esforzaremos por dibujar un panorama que atempere lo que para nosotros es una sobrevaloración de las amenazas, sin dejar de poner en evidencia que la humanidad, su naturaleza más íntima, no cambia y que, por lo mismo, nunca será tan temible la creación como el creador.

Otra consideración importante es el foco de nuestra exploración. La tecnología no es un sendero, es más bien un follaje que crece en todas direcciones. Hay tecnologías que engendran otras. Sin la telefonía hubiese sido muy difícil dar con internet y la Web. Sin el desarrollo en electricidad y magnetismo, no hubiese habido teléfonos. Sin las matemáticas —otra tecnología— de los siglos XVII al XIX tampoco habría sido posible realizar avances en física y, sin esta, en termodinámica. Un follaje, como decimos, tan imbricado, es fruto también de un crecimiento en el que el avance es cada vez más dependiente del modo y extensión en que se producen otros avances, ya sea en regiones próximas o alejadas. Ahora bien, en el marco de este campo tan vasto, nos centraremos en las tecnologías de la información, visitando en particular ese espacio que aunque virtual es cada vez más real y que se conoce como ciberespacio.

En consecuencia, en los próximos capítulos el lector podrá enterarse no solo de las posibilidades que plantean todos estos campos tan pródigos y de qué modo nos sentiremos amenazados por ellos, sino cómo, y a pesar de tantos diagnósticos errados o predicciones equivocadas acerca del futuro, ellos se mantendrán igual de apocalípticos y terminales para nuestra especie. Esperamos responder, entonces, a las siguientes preguntas:

•¿Es posible detener o atrofiar el desarrollo tecnológico?

•¿Estamos sembrando las semillas de nuestra propia destrucción?

•¿Tiene sentido cósmico impedirlo?

Procuraremos dar respuestas útiles a todas ellas y, en el camino, recoger unas cuantas lecciones que vale la pena tener en cuenta. No es esta la primera ni la última vez que nos enfrentamos a esta clase de interrogantes; ya otros han recorrido y examinado las huellas en busca del rastro que lleva a la certeza. Pero, qué es la certeza sin la salvedad. Es un hecho que los seres humanos han creado herramientas que nos quitan el aliento, pero también lo es que no siempre crean lo que quieren y que no siempre quieren lo que crean.

*

El libro se encuentra estructurado en cuatro capítulos. En el primero, abordamos nuestra condición natural a través del lenguaje. En el segundo, la aparición de la tecnología como instancia mediadora entre nosotros y el mundo que nos rodea. En el capítulo tercero abordamos las dimensiones humanas del ciberespacio. En el capítulo cuarto nos proponemos responder a las tres preguntas que aparecen más arriba, de manera de saber si tendremos que vivir con miedo o no. El epílogo es una sugerencia acerca de lo que debemos temer, probablemente, más que a nada en el mundo.

Y aquí se acaba el cuento.

—SHAKESPEARE. Como gustéis, II, VII.

El ser humano es el animal que cuenta historias, según nos informa la tradición. Pero esta, pensamos, es solo la mitad del asunto. La otra mitad es tanto o más importante que la primera: a saber, el ser humano es el animal que cree las historias que le cuentan. Es cuestión, pensamos, de simetría. Si nuestra naturaleza hubiese sido diseñada de tal manera de descreer de cualquier narrativa que pretenda acceder a la mente, las historias sencillamente no existirían. Para nosotros es difícil concebir algo así, aunque para efectos prácticos formulamos enunciados con la finalidad de que sean oidos y, lo fundamental, creídos.

El lenguaje no es materia de nuestro trabajo, pero aun así podemos especular acerca de él para avanzar en lo que sí nos ocupa. Piense por un momento nuestro lector en un diálogo tan simple como el siguiente:

HOMBRE—. Vi al oso subir por la ladera y meterse en la caverna.

MUJER—. Cuándo.

HOMBRE—. Hace un momento. Lo que me tomó verlo y bajar hasta aquí.

MUJER—. ¿Crees que siga allí?

HOMBRE—. Espero que sí porque si no está allí, podría estar aquí, muy cerca de nosotros.

Centrémonos en la mujer. Ella no ha visto al oso, pero lo imagina. Es inevitable que lo haga, tal como usted también lo ha hecho. No podemos dejar de representarnos lo que nos dicen, pues nuestro cerebro ha sido entrenado para ello. O yendo un poco más lejos, no necesitamos que nos muestren algo para que lo veamos. El animal que cuenta historias carecería de resonancia si al frente no tuviese al mismo animal dispuesto a creerlas. Esto —qué duda cabe— es una gran ventaja en relación a nuestros depredadores, porque tenemos la capacidad de ver lo que no está allí. Como resultado, escribe Steven Pinker en El instinto del lenguaje, el homo sapiens ha transformado el planeta:

Arqueólogos han encontrado los huesos de diez mil caballos salvajes al fondo de un barranco en Francia, que corresponden a manadas acorraladas sobre el acantilado por grupos de cazadores paleolíticos hace diecisiete mil años atrás. Estos viejos remanentes de una colaboración e ingenio compartido pueden darnos alguna luz acerca de por qué tigres dientes de sable, mastodontes, enormes rinocerontes lanudos, y docenas de otros grandes mamíferos se extinguieron por la época en que los humanos modernos irrumpieron en sus hábitats. Aparentemente, nuestros ancestros acabaron con ellos (Pinker, 2007, 3).

El homo sapiens no solo sobrevivió a un medio hostil, puesto que luego de sobrevivir predominó. Y este predominio, decimos, no hubiese sido posible sin el lenguaje. Su arraigo en nuestra naturaleza es tan hondo que no podemos imaginar la vida sin él, aunque sepamos que de no haberse desarrollado, el mundo no sería como lo vemos, al menos no para nosotros. Sin embargo, el lenguaje en ocasiones es ambiguo, en ocasiones inentendible (como ocurre con las jergas de abogados o médicos) y en ocasiones embustero. Si en el diálogo que hemos propuesto más arriba, la historia que contara el hombre hubiese sido falsa desde el comienzo y si el hombre no confesara a la mujer su falsedad, entonces esta no tendrá descanso posible y no dejará de prever un encuentro con el animal en cualquier momento. En otras palabras, no habrá desahogo para ella y será presa de la ansiedad.

Quizá el poder del lenguaje pueda medirse de un modo negativo, esto es, por la capacidad que tiene de hacernos creer que lo que no está allí sí lo está. Así, mientras más poderoso este efecto, más robusto es el lenguaje. Por el contrario, si a plena luz del día, bajo un cielo azul y sin nubes exclamamos “mira, qué bello día”, el lenguaje se habrá cerrado sobre sí mismo, al hacer que encaje perfectamente lo que decimos con lo que vemos. Nuestros problemas entonces comienzan cuando no hay manera de hacer que lo que decimos encaje con lo que vemos, de manera que lo dicho se abre a espacios que no son los acostumbrados, lugares sin ubicación a los que no tenemos cómo llamar. Por ejemplo, si preguntamos a nuestra esposa “¿has visto mis llaves?”, la respuesta siempre será clara, algo del tipo, “sí, en la encimera”. Eso es algo concreto. Hay identidad entre lo que digo y lo que veo. Pero si en la escena previa, la del oso, resulta que todo fue un invento del hombre para asustar a la mujer, pero la mujer de pronto exclama, “querido, creo haber visto pasar la sombra de un oso”, los límites del lenguaje se disipan, rebasando los de la realidad —la que vemos justo allí (como las llaves en la encimera). Y si fue un invento, ¿cómo hizo ella para ver lo que no estaba? ¿Qué son esos elementos que vemos aunque no estén? No son pocos: amor, espíritu, ideas. ¿Por qué no acabamos nunca de definirlas? ¿Será acaso porque —pese a que las entendemos— no las vemos?

El lingüista David Everett vivió entre los indígenas del Amazonas llamados Piranhã (pronúnciese pira-há), que constituyen una tribu de cazadores recolectores con especiales habilidades lingüísticas. Everett estudió su lengua y basado en sus hallazgos escribió una tesis doctoral que terminó y defendió en 1983, en Brasil. Uno de sus libros se llama No duermas, hay serpientes.4 Al comienzo del mismo nos propone el siguiente diálogo entre los nativos de la tribu:

—¡Mira! Ahí está Xigagai, el espíritu.

—Sí, puedo verlo. Nos está amenazando.

—Todos ustedes. Vengan a ver Xigagai. ¡Rápido! Está ahí, en la playa.

(Everett 2008: XV).

Cuando Everett llega a mirar lo que todos ven, él no puede verlo. Cuando su hija de seis años le pregunta qué es lo que todos están mirando, él le contesta que no lo sabe, que no ve nada. Dos décadas después de esa mañana de verano, Everett escribe, “Nunca pude probar a los Piranhã que la playa estaba vacía. Tampoco pudieron ellos convencerme de que había alguna cosa, mucho menos un espíritu” (Everett, 2008, xvi).

Es curioso el lenguaje, pero más interesante aun es que se trata de una ventaja adaptativa que, a diferencia de otras, nos permitió dominar la biosfera. El punto, en consecuencia, es este: el lenguaje es una capacidad que se abre en todas direcciones y que nos permite ver especialmente lo que no está, incluso lo que no es. Que se expanda en todas direcciones, significa que sus posibilidades y combinaciones son infinitas. Que nos permita ver, incluso lo que no es, es lo que nos importa. En este punto debemos centrarnos. Para lo que vemos, el lenguaje es un complemento irreemplazable. Pero la parte que a nosotros nos interesa es aquella en que en efecto vemos lo que no está allí. Como Xigagai.

El deber hacia lo desconocido

Una de las características más importantes del lenguaje oral (que es la fase que deseamos explorar ahora) es que no lo vemos. Lo escuchamos, pero no lo vemos. Derek Bickerton, un destacado lingüista inglés, lo dice de una manera bastante divertida: “Abro un nuevo libro sobre evolución humana, me voy al índice y encuentro la entrada ‘lenguaje: ver discurso’. Y entonces me veo gritando, «Tú no ves un discurso, idiota»” (Bickerton, 2009, 3). Es cierto, no vemos lo que decimos, al menos en el campo de nuestro interés (que trata sobre ver lo que no está). Si yo le digo que en el futuro las máquinas irán a dominar a los humanos de tal manera que nos harán creer que somos nosotros los que las dominamos a ellas, usted va a generar una imagen mental para ello, pero no va a ver ese futuro ya que está en el lenguaje; de hecho es lenguaje, más aún, un lenguaje solidariamente anclado al presente. Pese a ello, usted se sentirá estremecido. Por alguna razón, quizá propia del lenguaje, no importa qué tan lejos esté el futuro, nosotros inevitablemente estaremos en él. Bastará que lo digamos o que otro lo diga por nosotros y la magia ocurrirá.

Ahora bien, uno de los rasgos más curiosos en la lengua de los Piranhã es que carece de números, de historia y de conexión con el futuro. Tampoco tienen nombres para los colores ni para izquierda o derecha. En consecuencia, su forma de vida, la valoración que hacen de su mundo, de su entorno, es distinta de la nuestra. Everett buscaba, inicialmente, convertirlos al cristianismo. No lo consiguió. ¿Dónde estaba ese dios del que les hablaba, que no lo veían? A Xigagai sí lo veían, pero a aquel dios suyo, a ese no lo veían por ningún lado. No consiguió convertirlos. Pero ellos sí lo convirtieron a él. Eventualmente, Everett perdió su propia fe.

Lo que decimos, la práctica reiterada de aquel decir, configura nuestro mundo. Y, como expresábamos más arriba, nuestra lengua marcará al mismo tiempo los límites de ese mundo. Es como si dijéramos que somos todo lo libre que pudiésemos desear ser adentro de él, mas no podremos aspirar a ir más allá.

Demos otro paso. Nuestra vida posee las formas del lenguaje que hablamos. Con este lenguaje pensamos, valoramos y construimos nuestra realidad. Para simplificar, digamos que esa realidad tendrá un pasado, un presente, un futuro. El tiempo es esencial en nuestra estructura de pensamiento. No obstante, ¿qué pasa en el caso de los Piranhã? ¿Existen el futuro o el pasado remoto si el lenguaje no los expresa? En nuestro caso, cualquier fisura en la línea temporal (o del espacio) despertará nuestras sospechas. Piense en cómo reaccionaría usted si alguien le dijera, «Te lo dije mañana.» o «¿Quieres que vaya para acá?».

Pero dejemos esas estructuras por un momento, para acercarnos un poco más a nuestro objetivo. Pensemos en el ensueño. Cuando queremos recordar el pasado, decía Henry Bergson, debemos hacerle, por decirlo de algún modo, un espacio en nuestro plano consciente. Debemos retirarnos, dar un paso atrás, hacerle lugar. Más aún, escribe: “debemos tener el poder de valorar lo inútil, debemos tener la voluntad de soñar” (Bergson, 1988, 83). Pero, insiste, “si todo nuestro pasado se halla oculto a nuestra vista, inhibido por las necesidades del presente, hallará el impulso para traspasar el umbral de nuestra conciencia en todos los casos en que renunciemos a que la acción efectiva se interponga, por así decirlo, en la vida de los sueños” (Bergson, 1988, 154). En el ensueño, entonces, habría un pie forzado, un empuje proveniente del pasado, que se abre paso entre el tejido de lo situacional o inmediato, que se apodera de nosotros. La preeminencia, entonces, la tiene el entorno, lo que sucede en nuestra inmediatez. Es aquí donde ejercemos nuestra condición, si no humana, cuando menos vital: la de reproducirnos. En el gran negocio de la vida, la reproducción de la especie lo es todo, por lo mismo importará que abarquemos completo el trayecto que nos lleva desde el nacimiento hasta la reproducción y la crianza, cada vez que nos pongamos a la tarea de saber por qué lo que ocurre es así, tal como lo vemos y experimentamos, y no de otro modo. Nuestras armas, como la memoria, la duda, la capacidad de predicción en lo inmediato, nos sirven para completar este círculo que va del nacer no directamente al morir, sino al de terminar la crianza.

Veamos, si usted ha comprado este libro es porque ha asistido a charlas sobre tecnología, sobre redes sociales, sobre big data