Nellie, Las Novias de San Francisco - Cynthia Woolf - E-Book
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Beschreibung

Nellie Wallace es una joven viuda con dos hijos. Después de la guerra civil en Nueva York quedan pocos hombres y como si fuera poco, ninguno de ellos desea cargar con la responsabilidad de una esposa e hijos. La familia de su difunto marido es rica pero cruel y en la desesperación por escapar de esa influencia e impaciente por tener un hogar, un marido y una vida estable para sus hijos, Nellie decide empezar una nueva vida en San Francisco siendo una novia por contrato.  Blake Malone, propietario de un bar, es un solterón pero él se siente bien así. Él trabajó duro para conseguir todo lo que tiene, pero el Consejo Municipal de San Francisco no le aprobará su plan de construir una gran empresa familiar a menos que él sea un jefe de familia. ¿La solución? Una novia por contrato proveniente de Nueva York, quien le dará una familia ya conformada, estabilidad y la aprobación del Consejo Municipal.  Blake espera que su futura esposa cuide de su casa y que además de ayudarlo a dar una buena impresión al Consejo Municipal, no se meta en sus negocios. Él espera que la vida continúe como de costumbre. No obstante, desea ganarse el corazón de Nellie. Además, le surge una peligrosa amenaza que asecha a su nueva novia y la aparición de un millonario benefactor quien está dispuesto a robarle su nueva familia. Blake pensaba que su batalla por alcanzar el éxito había sido una tarea dura. Sin embargo, descubrirá que la batalla por ganarse el corazón de Nellie y mantener a su familia a salvo es aún más dura y le quitará todo lo que tiene.

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EPUB

Nellie

LAS NOVIAS DE SAN FRANCISCO

Tomo 1

Cynthia Woolf

Nellie

Copyright © 2014 Cynthia Woolf

Todos los derechos reservados.

ISBN-13: 978-1-938887-51-2

TABLA DE CONTENIDO

NELLIE, LAS NOVIAS DE SAN FRANCISCO

Copyright

Agradecimientos

Introducción

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Información del Autor

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AGRADECIMIENTOS

Gracias a la ganadora de mi concurso, Amy Bowens, quien me sugirió que escribiera Las novias de San Francisco. Bueno, aquí está el primer libro.

Gracias a mi grupo de escritoras Just Write (Tan Solo Escribe): a Michele Callahan, Karen Docter y Cate Rowan, por brindarme todo su aliento y apoyo. Muchas, pero muchas gracias a Romcon Custom Covers por la hermosa cubierta de mi libro.

INTRODUCCIÓN

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Si todos sus problemas se pudieran solucionar con tan solo una aguja e hilo, ella estaría tan bien. Mientras arreglaba un par de medias, Nellie desvió la mirada hacia arriba, en dirección al golpe que provenía de la puerta principal.

«¿Quién podrá ser?», pensó Nellie. Dejó a un lado las medias, se arregló el vestido, se miró al espejo de la pared, puso su rubio cabello hacia atrás y luego respondió al llamado de la puerta.

—¿Es usted la señora de Roberto Wallace? —preguntó el soldado de uniforme de gala, quien se paraba firme al frente de la galería.

«Ay, Dios. No, por favor, no», se decía Nellie a sí misma.

—Sí —dijo ella, mientras contenía el temblor de su voz—, Yo… yo soy la señora Wallace.

El joven soldado le entregó un sobre y le dijo:

—Lamento informarle que el teniente Roberto Wallace murió en la batalla de Appomattox, el 8 de abril de 1865. Lamento su pérdida, señora Wallace.

Nellie no sabía qué decir y se tragó el nudo que tenía en la garganta. Ella siempre supo que esto podría suceder; desde el momento en que Robert se alistó hasta que partió hacia la guerra, ocho meses antes de que su hija Violeta naciera.

—Yo, ay, gracias, oficial…

—Black, señora. Sargento Black.

—Gracias por hacérmelo saber, sargento —dijo Nellie, mientras se sujetaba con fuerza al picaporte de la puerta—. Me… me tengo que sentar.

—Por supuesto, señora. ¿Necesita ayuda?

Nellie disintió con la cabeza.

—No, gracias. Estaré bien.

El hombre se despidió, se dio media vuelta y se fue en dirección al carruaje que lo esperaba.

En ese momento Nellie pensó: «¿Cuántas de estas noticias habrá tenido que dar hoy este hombre? ¿Habré sido la única en recibir tal noticia? Lo dudo. Al menos aquí, en una ciudad tan grande como Nueva York».

Ella cerró la puerta y se recostó sobre la pared. Sus piernas perdieron fuerza y se dejó caer al piso. Las lágrimas caían sobre su rostro pero por la vida que había tenido ya no sabía lo que era llorar. Gritar y maldecir a Dios, sí, pero llorar, no. En ese momento volvió a considerar: «Si bien nuestro matrimonio no era lo que yo había soñado, esto podría haber sucedido cuando yo era una niña; lo extrañaría, claro. Él tenía su lado bueno, era divertido y me hacía reír. Era amable con todos, excepto… No, no pensaré en eso ahora. Ya lo superé y tengo dos hermosos hijos».

«¿Cómo le diré a Enrique que su padre ha fallecido? Violeta era una pequeña bebe y no conocía a su padre, pero Enrique…», pensaba angustiada. Su hijo perdió a su padre de forma violenta. Roberto mimaba mucho a Enrique y pasaban mucho tiempo juntos, tanto es así que Enrique lloró por días cuando su padre partió por última vez. Nellie continuaba pensando: «Y ahora tengo que decirle que su padre no volverá a casa nunca más. ¿Cómo haré eso?»

Ella limpió sus mejillas con la palma de su mano, tomó el pañuelo del bolsillo de su delantal y se sonó la nariz. No había necesidad de bajonearse. La tarea de superar todo esto ya sería lo suficientemente difícil como para deprimirse. Tal vez ella y Enrique podrían afligirse juntos y así atravesar el luto. En cualquiera de los casos, ella debía ser fuerte por sus hijos, ya que ella era lo único que ellos tenían ahora.

Respiró hondo y subió las escaleras hacia la habitación de juegos de los niños.

CAPÍTULO I

4 de marzo de 1867

Mientras se aproximaba a la puerta de la oficina de Matchmaker & Co., Nellie Wallace se detuvo, tomo un pañuelo de su reticule, una pequeña bolsa de mano, y se secó el sudor de las manos. Ella deseaba tener otra opción, pero con dos hijos que mantener y sin posibilidad de hacerlo, ella necesitaba un esposo. El anuncio decía que aceptaban postulaciones para convertirse en esposas de hombres en San Francisco, California. Eso estaba bien para ella. Cuanto más lejos podía estar de Nueva York y de la familia de los padres de Robert, mejor, al menos a lo que ella le concernía.

Se enderezó e hizo resaltar su estatura de 1,70 metros, aliso la pollera de su vestido de bombazine con sus manos, y giró el picaporte de la puerta de la oficina.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó una chica pelirroja que estaba detrás del escritorio, en el medio del salón.

Ella era atractiva y no mucho mayor que Nellie, de veintiocho años aproximadamente. Tenía puesta una adorable pollera verde y una chaqueta que le sentaban espectacular. La blusa blanca, de cuello alto y con encaje al frente hacía un maravilloso contraste con todo el atuendo que llevaba puesto.

El amueblamiento del salón era simple. Los únicos muebles que habían allí eran: un escritorio, un par de sillas y dos archivadores. En una de las esquinas había una salamandra. Las ventanas de los costados e incluso la principal del frente, estaban cubiertas por unas simples cortinas color beige.

—Sí, vine por el anuncio sobre las novias por encargo, para San Francisco.

—Ah. Sí, siéntese por favor —dijo la mujer, mientras se acomodaba en una estrecha silla de madera frente a su escritorio—. Yo soy la señora Selby. Margaret Selby, propietaria de Matchmaker & Co., y la ayudaré el día de hoy. En primer lugar, cuénteme un poco acerca de usted.

Después de tranquilizarse, Nellie suspiró y comenzó con su relato:

—Mi nombre es Nellie Wallace. Enviudé hace dos años y desafortunadamente, no tengo cómo sustentarme aquí en Nueva York. Dependo de mi familia política quien me da un techo para vivir, pero eso es todo. Es decir, ellos no me ayudan a pagar los gastos y mis ahorros ya se están acabando.

»Si bien tengo suficiente dinero como para mantener a mis hijos y a mí, alimentarnos y vestirnos por un año más, necesito encontrar un marido. —Ella forzó una sonrisa— San francisco me parece un lugar maravilloso.

—Yo no he descrito el lugar en mi anuncio —expresó la señora Selby, mientras inclinaba la cabeza.

—Dice que puede ser en cualquier parte del país, lejos de Nueva York y eso está bien para mí. No puedo aferrarme a los recuerdos, ni a mi familia política, señora Selby. —Y poniéndose firme exclamó—: ¡Me quiero ir de aquí!

—Llámame Margarita. —La mujer abrió el cajón de su escritorio y tomó un papel—. ¿Qué busca en un esposo, señora Wallace?

—Nellie. Soy Nellie. Bien, necesito un hombre que esté dispuesto a recibirme a mí y a mis hijos. Alguien que sea amable, dulce y comprensivo; cualidades que probablemente sean difíciles de encontrar, si es que me guio por mis experiencias pasadas, ya que la mayoría de los hombres que conocí no están interesados en mujeres que ya tienen hijos.

—¿Cuántos años tiene usted, Nellie?

—Veintiocho. Estuve casada durante diez años, hasta que Roberto tuvo la mala suerte de morir en Appomattox.

—La entiendo. Yo también soy viuda. Veo que eres muy adorable por lo que considero que no tendré problemas en unirte con un esposo. De hecho, tengo un candidato aquí y creo que será perfecto para ti, excepto por un pequeño detalle.

El corazón de Nellie se llenó de temor.

—¿Y cuál sería ese pequeño detalle?

—El señor Malone es dueño de un bar.

—¿Un bar? —El asombro la dejó boquiabierta—. ¿Y por qué demonios necesitaría una esposa?

—Bueno, el señor Malone desea expandir su negocio y por esa razón necesita una esposa, para que el Consejo Empresarial de San Francisco lo tome enserio. De hecho, él ha solicitado una viuda con hijos. Pareciera ser que el negocio que él desea abrir es un emporio para las familias y sería mejor si él también tuviera una.

—Ya veo.

«Exitoso. Es más de lo que yo esperaba encontrar. Yo ni siquiera esperaba que sea un hombre de negocios, sino simplemente un minero o un granjero», reflexionó Nellie.

—Cuénteme más acerca del señor Malone.

—Bien, déjeme ver. —Ella buscó entre algunas carpetas hasta que tomó una—. Él es un solterón millonario y nunca se ha casado; es dueño de un bar y tiene una casa en Rusian Hill.

»Parece ser un buen lugar —expresó, mirando fijamente a Nellie—, lo que él busca en una esposa es que ella sea como una especie de anfitriona y que pueda dirigir a los sirvientes de la casa.

Nellie quedó perpleja y un tanto atemorizada. Sirvientes. Ella no estaba acostumbrada a tener sirvientes ya que era ella quien hacía todos los quehaceres de la casa.

—Yo solo he tenido una sirvienta en mi vida y ella hace todo: es niñera, sirvienta y la ama de llaves. Yo hago la comida y juntas mantenemos la casa impecable. No me imagino dando instrucciones a alguien de cómo debe hacer tal cosa, pero creo que no debe ser algo muy difícil.

«Roberto y yo solíamos tener cenas con invitados, ¿cuán diferente podría ser de eso?», consideró Nellie.

—Esa es la actitud —dijo Margarita, mientras asentía con la cabeza—. Ahora el señor Malone tiene cuarenta años. Tiene 1,82 metros de altura, cabello negro y ojos grises. Aquí tiene una fotografía.

Nellie tomó una fotografía ferrotipo, bastante nueva para ese entonces. En la misma había un terrible galán de traje, que si Nellie hubiera sido de esas mujeres que se desmayan con facilidad lo hubiera hecho al momento exacto de ver la foto, ya que el mismo estaba fotografiado de pies a cabeza. Como en realidad era ese tipo de mujer, debía concentrarse en no quedarse boquiabierta.

Nellie entrecerró los ojos.

—Un hombre con esa apariencia no tendría problemas en encontrar una esposa. ¿Por qué necesita una novia por contrato?

—Uno también podría decir lo mismo de usted ya que es una mujer muy atractiva, señora Wallace.

—Los hombres no quieren casarse con alguien como yo; tengo niños y los hombres no quieren criar los hijos de otro hombre, al menos aquí en Nueva York. Aquí ya no se encuentran muchos hombres porque muchos de ellos murieron en la guerra y otros marcharon en la búsqueda del oro. Los pocos que quedaron pueden escoger a la mujer que ellos deseen.

»Ellos no tienen necesidad de establecerse junto a una mujer con familia. —Sacudió su cabeza y jaló con fuerza la bolsa de mano hacia su falda.

—Bueno, el señor Malone necesita una mujer honrada como esposa. Al parecer, no es fácil encontrar mujeres solteras de esa índole en San Francisco, y por eso me escribió.

»¿Estaría interesada en el señor Malone? Me puedo comunicar con él hoy mismo.

Margarita se inclinó hacia adelante y prosiguió:

»Si usted elige al señor Malone, él ya ha enviado dinero para cubrir el pasaje de la mujer y de algún niño, si es que tuviese alguno. Usted debería zarpar en el buque, el 1ero de abril.

Nellie pensó en tal idea y decidió que necesitaba más tiempo.

—Para serle sincera, no pensé que iría a encontrar pareja hoy mismo. Me gustaría meditarlo. Estoy casi segura de que mi respuesta será un «sí», pero necesito estar completamente segura. —Se corrió de su silla y se levantó rápidamente—. Regresaré mañana y le daré mi respuesta.

—Desde luego. La entiendo perfectamente.

Nellie se puso de pie y le extendió la mano.

—Gracias. Hasta mañana.

Nellie pensó que había hecho lo correcto. Salió de la oficina; hacía una tarde hermosa de primavera y ella disfrutó del resplandor del sol. Le gustaban todas las estaciones pero el otoño era su favorito: aire fresco y puro. Los arboles de la plaza empezaban a cambiar su color, como si se prepararan para el próximo invierno. Ella extrañaría todo esto. Por lo que tenía entendido, la temperatura en California era constante. No existían las estaciones, es decir, no había primavera o invierno pero ella podía acostumbrarse a eso; se convenció de que así lo fuera.

Cuando llegó a la casa, los niños corrieron a recibirla.

—Mamá, Enrique me pellizcó. —Se quejó Violeta.

Nellie suspiró porque sabía que su hija era un tanto dramática.

—Enrique, ¿pellizcaste a tu hermana? —preguntó Nellie con delicadeza.

—Sí, mamá.

Él se paró allí, con su cabeza gacha y sus manos agarradas detrás de su espalda. Al observar su carita era difícil contener el llanto. Él se parecía tanto a su padre, con su cabello rubio y sus grandes ojos marrones.

—Porque ella no le hizo caso a Berta.

Berta era la cocinera y niñera de los niños, y también su ayudante, en todos los aspectos. Nellie no sabría qué hacer sin esa mujer, a quien consideraba más como a una amiga que como a una sirvienta.

—Ya veo. Violeta, ¿por qué desobedeciste a Berta?

Ella miró a su pequeña hija mientras pensaba en lo que había hecho. Luego, llevó su mano al mentón de su niña, dejando entrever que era culpable.

—Sip —murmuró su bebé.

—¿Por qué eres tan desobediente últimamente?

—No fue nada, Nellie —dijo Berta, una señora de baja estatura y rellenita, con abundante cabello canoso que apenas podía esconder en su gorro blanco—. Ella solo tomó una galleta, nada más.

—Está bien, Berta, pero no era momento de comer galletas y ella lo sabía muy bien. —Se giró hacia su hija—. Como castigo, hoy no ganarás ninguna galleta a la hora de la merienda. Tomarás tu leche y después te sentarás en la mesa y esperarás a que Enrique termine su leche con galletas.

Los labios de Violeta comenzaron a temblar hasta que comenzó a llorar.

—No quiero oírlo, jovencita. Con tus lagrimas solo obtendrás más castigos, así que si quieres quedarte en tu cuarto el resto del día, ve a llorar allí.

Luego, Nellie bajó la voz porque Violeta era aún una pequeña bebe, en muchos sentidos: tenía tan solo 2 años. Sin embargo, era necesario que conociese las reglas y que supiera que los castigos eran reales, y ponerle límites era la única forma. Nellie sabía que eso era lo mejor para la crianza de sus niños.

Violeta dejó de llorar de inmediato y mientras sollozaba preguntó:

—¿Enrique estará conmigo en la habitación?

Nellie resopló y cerró su boca con fuerza para intentar no reírse. Suspiró hondo y tragó saliva antes de poder responderle.

—No, Enrique no jugará contigo en la habitación. Si quieres jugar con Enrique debes hacer lo que te digo.

Violeta miró a su madre, con su carita de inocente. Sus ojos verdes, al igual que los de Nellie, era como si ella se mirara al espejo cada vez que miraba a su hija.

—¿Y qué dijiste? —preguntó Violeta, con inocencia.

Nellie sonrió, Berta se rio a carcajadas y Enrique solo sacudió la cabeza. Ella suponía que con dos años estaba permitido olvidar los castigos que se le había dado cinco minutos atrás.

—No importa, angelito. Ve a jugar arriba, a tu habitación hasta que mami te busque, ¿está bien?

—Está bien. —Se fue a su habitación dando pequeños saltitos.

—Cuando sea el momento de comer galletas ya lo olvidará —dijo Enrique muy sabiamente mientras sacudía la cabeza.

—Lo sé —expresó Nellie con un gran suspiro—. Por ahora, con que esté en su habitación le servirá de castigo.

—No es justo. —Se quejó Enrique con un gran puchero.

—Lo sé, pero tú también tuviste dos años. —Extendió su brazo y le arregló el cabello, quitándolo del ojo.

En ese preciso momento Nellie pensó: «Debo cortarle el cabello, no lo puedo olvidar», y continuó:

—Y también tuviste tus respectivos castigos, inclusive menos que ella, solo que no lo recuerdas. Ahora ve, toma una galleta y ve a jugar afuera.

Él se animó con la idea de ganarse una galleta extra.

—¡Gracias mamá! —Se dio media vuelta y corrió en dirección a la cocina.

—Consientes mucho a esos niños —dijo Berta, con una ligera sonrisa.

—No más que tú.

Ella necesitaba hablar con Berta, quien había estado junto a ella desde que Violeta había nacido.

—Berta, hay un hombre que desea casarse conmigo. Él es de San Francisco.

—Es «bastante» lejos, Nellie —dijo Berta, mientras fruncía el ceño.

Fue todo lo que dijo, pero fue suficiente para entender lo que quiso decir. Nellie no se iría sin Berta, quien no tenía familia y aunque Nellie daría una buena referencia sobre ella, no había ninguna garantía de que encontraría un trabajo similar. Además… ella era parte de la familia.

—Le diré que sí. —Extendió su brazo y tomó la mano de Berta—. Pero solo si puedo llevarte conmigo. La casamentera dijo que él es un hombre millonario y que ya envió el dinero correspondiente para el pasaje de «la mujer y de algún niño, si es que hubiera alguno».

—¡Eso sería grandioso! —exclamó Berta, con ojos llorosos—. Tu eres mi familia, Nellie. La única familia que tengo.

—Qué bueno que lo hayamos aclarado. Volveré a la oficina de la señora Selby mañana por la mañana. Mientras tanto, podemos empezar a empacar. El buque zarpa hacia San Francisco el 1ero de abril.

—Falta menos de un mes. Llegaremos sobre la hora, pero lo conseguiremos —expresó Berta, mientras se dirigía con prisa hacia la cocina.

Una sensación de alivio y emoción fluía por el cuerpo de Nellie. Mientras ella estuviera junto a sus niños y a Berta podía afrontar lo que sea.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue ir a ver a la señora Selby. Nellie usaba una chaqueta de lana color negra, una camisa blanca de cuello alto y un pequeño sombrero negro con un velo. Ella aún seguía de luto, aunque pronto cerraría esa etapa, tan pronto como zarpase en ese buque. De acuerdo a su suegra, el tiempo tradicional de luto eran tres años pero ella ya estaba cansada de usar atuendos negros, y anhelaba mucho poder usar algún conjunto verde esmeralda como los de la señora Selby. En realidad, cualquier color menos negro.

Ingresó a la oficina de Matchmaker & Co. como si brincara de alegría.

Esa mañana, la señora Selby estaba de pie junto al archivero y se giró en dirección a la puerta al escuchar el sonido de la campanilla de entrada: era Nellie que ingresaba a la oficina.

—Señora Wallace, ¡Qué bueno volver a verla!; ¿ya tomó su decisión?

—Sí, decidí aceptar la oferta del señor Malone pero con una condición.

La señora Selby puso las carpetas que sostenía sobre el archivero.

—¿Y cuál sería esa condición?

—Quiero que la señora Berta, mi sirvienta, venga conmigo. Ella es mi niñera, mi cocinera, mi ama de llaves y mi amiga. Si ella no puede venir tendré que rechazar la oferta del señor Malone.

—No se preocupe. —sonrió la señora Selby—. El señor Malone ha enviado una suma sustancial de dinero para su novia. El pasaje se debía comprar primero, y lo restante se usaría para comprarle ropa nueva a ella y a su familia. Hay suficiente dinero para las demás cosas, incluyendo el pasaje de Berta.

Con una preocupación menos, Nellie sonrió de oreja a oreja y se sentó en la silla, frente al escritorio.

—¡Perfecto! Estoy aún más ansiosa por conocer al señor Malone.

—Bien, comencemos con el papeleo correspondiente. —Sumergió una pluma en un tintero y escribió algunas notas—. Le compraré los pasajes: cuatro en el buque Southern Star hacia San Francisco. Puede pasar a buscarlos la semana que viene. En ese momento le daré el dinero restante para que puedan comprarse ropa apropiada.

»Por lo que me dijeron, el clima en San Francisco es bien marcado: hace mucho frio en invierno y mucho calor en verano. Sin embargo, las temperaturas parecen ser un poco más templadas que aquí en Nueva York. Por ejemplo, allá no nieva de la forma en que lo hace aquí.

—No creo que necesitemos mucho dinero, excepto yo —expresó Nellie—, en mi caso, he usado solo atuendos negros desde que mi marido falleció y no tengo nada novedoso, únicamente ropa negra.

—Entonces tendrá algo de tiempo como para comprarse más ropa.

—No creo que pueda conseguir lo suficiente ya que no tengo mucho tiempo para mandármela hacer, a no ser que las modistas ya tengan algo preparado. —Se inclinó hacia adelante—. Esa será la mejor solución.

—Tome, esta es la dirección de mi modista. Ella te dará una mano y trabaja muy rápido. De hecho, tiene a varias chicas irlandesas que la ayudan en su tienda. Ya le he mandado otras clientas así que sabrá que estás con el tiempo ajustado.

—Gracias, señora Selby. Muchas gracias por todo.

Nellie dejó la oficina, con cierta liviandad en sus pasos. Las cosas se resolverían. Sus niños no estarían arrojados en la calle ya que ella no tendría que pagar más la renta. Sus suegros, con toda gentileza le habían permitido que se quedara en la casa de huéspedes, en donde había vivido desde su casamiento con Roberto. Ella siempre se afligía por eso, porque sentía que estaba en deuda con ellos. De hecho, ellos siempre le recordaban que si no hubiera sido por los niños nunca hubieran sido tan cortés con ella.

Bueno, ahora ya no debían ser cortes porque ella cuidaría de sí misma y de sus hijos. Ella comenzaría una nueva vida, una muy emocionante y linda.

Si ella tan solo no estuviera muerta de miedo.

CAPÍTULO II

Zarparon en el buque el 1ero de abril de 1867 y ya era 2 de junio, del mismo año. Ellos habían navegado durante dos meses completos en ese barco y de más está decir que todos estaban muy alegres por pisar al fin tierra firme. Sin embargo, como suelen decir los marineros, les tomaría algo de tiempo volver a dominar sus piernas, ya que el tambaleo del barco se había aferrado a ellos y tal vez caminarían como si aún estuvieran en la embarcación. No obstante, Nellie estaba segura de que esa especie de temblor y mareo se les pasaría en pocos días.

A los niños parecía no afectarle demasiado. Su hijo de diez años y su hija de tres corrían en círculos por el muelle como si fueran un par de inadaptados. Nellie, por un lado, quería dejar que corrieran un poco, pero ya debían detenerse y por eso se puso firme.

—¡Enrique! ¡Violeta! Deténganse y vengan aquí, ahora —gritó Nellie, para que la puedan escuchar a través del bullicio que ocasionaban los trabajadores portuarios al cargar y descargar los barcos que encallaban en el puerto.

Los niños vinieron de inmediato.

—Lo sentimos, mamá —dijo Enrique, con una sonrisa traviesa—, es que se siente muy divertido estar fuera del barco.

—Lo sé mi niño, pero debemos tomarnos un carruaje hacia el hotel. Ve y encuentra a Cora y a Annie, por favor. —Ella sostuvo la mano de Enrique hasta que su hermana llegara—. Tu quédate conmigo, Violeta.

—Sí, señora —dijo Enrique y corrió en dirección a la popa del barco.

Allí estaban las escaleras hacia los camarotes, justo debajo de la cubierta.

Cora Jones y Annie Markum también eran novias por encargo de Matchmaker & Co. Las tres mujeres se hicieron amigas tan pronto como se conocieron. Nellie las resguardó bajo su ala, y durante el largo viaje formaron una gran amistad.

Cora era costurera y enseñó a Nellie cómo debía ajustar la ropa de los niños. Nellie tal vez tendría que esperar al menos dos meses para comenzar su nueva vida, pero no por eso sus hijos dejaban de crecer. De hecho, ella había llevado ropas de varios tamaños, pero Enrique crecía sin parar. Una de las primeras cosas que haría cuando se casara con el señor Malone era comprar ropa nueva para su niño.

Antes de su partida, y en el poco tiempo que tuvo, resolvió comprar para ella cuatro conjuntos de la modista que le había recomendado la señora Selby. Uno de los vestidos era de satén color rosa, con una especie de babero de encaje blanco; el otro era azul marino de terciopelo, también se había comprado un vestido de noche color negro, de última moda. El cuarto vestido lo tenía puesto, cuya pollera era de color verde esmeralda; además, tenía una chaqueta de pliegues negros que hacía juego con su atuendo. Por debajo tenía una camisa blanca de encaje, de cuello alto. Si bien a ella le gustaba todos vestidos, el que tenía puesto hacía juego con sus ojos y además, ella lo consideraba apto y formal para su primer encuentro con el señor Blake Malone.

Las señoritas tenían habitaciones reservadas en el Hotel Golden State. Esto estaba garantizado y der ser necesario, se podían quedar allí hasta dos meses. La señora Selby les había dicho que ese sería un tiempo suficiente para saber si aún deseaban casarse con el novio que habían escogido. Nellie pensaba que ninguna de esas mujeres tenía otra salida, por lo que no tenían opción con respecto al matrimonio.

Nellie tuvo que tomar otra habitación, por lo que estaba separada de las chicas. Eran cuatro en una habitación, y con todos los equipajes ya no había más lugar, pero Cora y Nellie se pusieron de acuerdo y tomaron la habitación continua a la de Nellie.

El Hotel Golden State era grande y llamativo a la vez, y era evidente que la persona que lo había decorado era muy fanática del color rojo. La alfombra del vestíbulo, las cortinas y los muebles eran rojos, en diferentes tonalidades, pero rojo en fin. Ella suponía que este color se asemejaba al lujo, pero en este caso ya era más bien un tanto espantoso. Por suerte, ella solo debía hacer algunas cosas y ya estaría instalada en la habitación.

Nellie se dirigió a la recepción y registró a cuatro de las chicas, con ella incluida, y antes de regresar al cuarto, un empleado le entregó una carta.

—Esto es para usted, señora Wallace.

—Gracias.

Con curiosidad echó un vistazo al remitente. La carta era del señor Malone, pero primero quería tener a su familia instalada para luego leerla, así que la tomó y la metió en su pequeña bolsa de mano. Esta pequeña bolsa de mano ahora contenía todos sus ahorros y el dinero restante que le había enviado el señor Malone. Antes de consumar su matrimonio, ella tenía la intención de devolverle todo el dinero que él le había enviado.

Justo cuando trataba de juntar a todos sus «polluelos» para poder guiar al botones hacia la habitación, percibió una especie de escándalo que involucraba a Cora. Junto a ella, habían dos hombres elegantes y de voz grave.

—¿Estás bien, Cora? —preguntó Nellie, lista para proteger a su amiga si era necesario.

—Sí, gracias —respondió ella, aunque su voz denotaba a llanto.

Nellie sentía curiosidad, pero por decencia debía respetar los deseos de su amiga. De todas formas, ella se enteraría más tarde qué sucedió.

—Vamos, familia. Estamos instalados en una suite. Vamos a verla.

La habitación que les fue asignada era enorme y tenía una sala de estar en el medio de los cuartos. Berta y los niños se instalarían en el cuarto más grande, y Nellie en el más pequeño.

Ambos cuartos estaban muy bien amueblados, y por suerte los artefactos no eran de color rojo. En este caso, toda la habitación se perfilaba en diferentes tonos de azul, desde un índigo oscuro en las cortinas hasta un celeste pálido en los cubrecamas. Las ropas de cama eran de un blanco radiante, las cuales estaban muy bien dobladas. En el cuarto más grande habían dos camas matrimoniales y en el que Nellie ocuparía había una.

—Berta, ¿podrías arreglar a los niños por mí? Tengo una correspondencia que leer.

Se sentó en la cama, sacó la carta de su bolsa y retiró el sello de la solapa.

«15 de mayo de 1867

Mi estimada señora Wallace:

Al dejar esta carta en recepción dejé dicho que me avisaran apenas llegue al hotel para pasar a recogerla. Iré a visitarla el día de su arribo, teniendo en cuenta que el barco llegará con la marea vespertina, el día previsto. No veo razón para postergar nuestro encuentro y poder conocernos. Por medio de la presente, le propongo pasar a buscarla a usted y a su familia y llevarlos a cenar, la misma noche que lleguen a San Francisco.

Claro que al estar tanto tiempo a bordo de un barco, usted tal vez quiera descansar, y la entiendo. De todos modos, lo podemos discutir antes del encuentro.

Atentamente.

Black Malone»

«Bien, ¿qué quiero hacer?», pensaba Nellie mientras caminaba hacia la sala. Allí había una mesa ovalada de madera oscura y seis sillas acolchadas de respaldo alto alrededor. A simple vista parecía una sala diseñada para familias.

Si lo deseaban, ellos podían comer allí. De hecho, la carta del menú del restaurante, que estaba en el primer piso del hotel, se encontraba sobre uno de los muebles. En lugar de vestirlos e ir a comer afuera, la idea de pedir comida al cuarto era mejor, por los niños. Además, el señor Malone también los podía acompañar en la cena.

Tocaron a la puerta y eso la sacó de su ensoñación y la trajo de regreso a la realidad.

—Ustedes dos, compórtense bien mientras respondo a la puerta —dijo Nellie a sus niños. Caminó hacia la puerta y la abrió—. ¿Puedo ayudarlo?

Delante de ella se encontraba uno de los hombres más elegantes que vio en su vida. En las manos, él sostenía su bombín y su cabello negro estaba peinado hacia atrás, lo cual hacía resaltar sus ojos grises. El traje que llevaba puesto era de color café, y el pañuelo de cuello lo tenía amarrado a la perfección. Nellie presionó con fuerza los labios para no quedarse boquiabierta.

—¿Señora Wallace?

—Sí —respondió Nellie con voz grave.

—Soy Blake Malone. —Extendió la mano para saludarla—. Me complace conocerla.

Ella extendió la mano y en ese mismo instante fue envuelta por la calidez de la mano de tez morena del señor Malone.

—Encantada de conocerlo, señor Malone. ¿Le gustaría pasar? Mis niños y mis sirvienta Berta nos pueden acompañar como chaperones. Aunque dudo que los necesitemos, ¿verdad?