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Una introducción accesible al estudio del lenguaje en el cerebro, que cubre la adquisición y procesamiento del lenguaje, la alfabetización y los trastornos del lenguaje. La neurolingüística, el estudio del lenguaje en el cerebro, describe las estructuras anatómicas (redes neuronales del cerebro) y los procesos fisiológicos (las maneras en que estas redes se activan) que permiten a los seres humanos aprender uno o más idiomas. Se basa en la neurociencia, en la lingüística —especialmente en la lingüística teórica— y en otras disciplinas. En este volumen de la serie Conocimientos esenciales de MIT Press, Giosuè Baggio ofrece una introducción accesible a los fundamentos de la neurolingüística, en la que cubre la adquisición y procesamiento del lenguaje, la alfabetización y los trastornos del lenguaje. Baggio primero entrega una visión general de la evolución de este campo mediante la descripción de los descubrimientos hechos por Paul Broca, Carl Wernicke, Noam Chomsky y otros. Luego, analiza el mapeo del lenguaje en términos de "esfuerzo mental" y "capacidad mental", y las restricciones de los modelos neurolingüísticos. En cuanto a la adquisición del lenguaje, el autor explica que los niños nunca son "páginas en blanco": los infantes y los niños pequeños solo son capaces de adquirir determinados aspectos del lenguaje en etapas específicas de su desarrollo cognitivo. El autor aborda los siguientes temas: las consecuencias neurológicas del bilingüismo; el alfabetismo, del que discute cómo difieren las formas de lenguaje visual en el cerebro de las formas del lenguaje auditivo; la afasia y la necesidad de comprender los trastornos del lenguaje en términos conductuales, funcionales y neuroanatómicos; la neurogenética del lenguaje; y la neuroetología del lenguaje, relacionando los orígenes de los elementos básicos neuronales y conductuales de la comunicación lingüística del ser humano con la evolución de los cerebros de las aves, los mamíferos y los primates.
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Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2025
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
lea.uc.cl
NEUROLINGÜÍSTICA.
MIT Press / Conocimientos esenciales
Giosuè Baggio
© 2022 Massachusetts Institute of Technology
Inscripción N° 2025-A-9023
Derechos reservados
Noviembre 2025
ISBN 978-956-14-3470-7
ISBN digital 978-956-14-3474-5
Traducción: Programa de Magíster en Traducción - Facultad de Letras UC
Ilustración de portada: Joaquín Rosas Sotomayor
Diseño y diagramación: versión productora gráfica SpA
CIP - Pontificia Universidad Católica de Chile
Nombres: Baggio, Giosuè, autor.
Título: Neurolingüística / Giosuè Baggio.
Título original: Neurolinguistics.
Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC | Incluye notas bibliográficas.
Materias: CCAB: Neurolingüística. | Adquisición del lenguaje – Aspectos psicológicos. |Cerebro – Fisiología.
Clasificación: DDC 612.82336 –dc23
Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997685459203396
La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.
Prólogo de la serie
Agradecimientos
Prefacio
Capítulo 1Contexto histórico
Capítulo 2Mapear el lenguaje en el tiempo cerebral
Capítulo 3Mapear el lenguaje en el espacio cerebral
Capítulo 4Modelos del lenguaje en el cerebro
Capítulo 5Crecimiento de las redes lingüísticas
Capítulo 6El bilingüismo y el cerebro
Capítulo 7La alfabetización y el cerebro
Capítulo 8Neurología del lenguaje
Capítulo 9Neurogenética del lenguaje
Capítulo 10Neuroetología del lenguaje
Capítulo 11El futuro de la neurolingüística
Glosario
Notas
La serie de Conocimientos esenciales de MIT Press ofrece libros de bolsillo accesibles, concisos y atractivos sobre temas de interés actual. Escritos por destacados pensadores, los libros de esta colección ofrecen una visión general de expertos sobre los más variados temas que van desde lo cultural e histórico a lo científico y técnico.
En la era actual de información instantánea, tenemos fácil acceso a opiniones, racionalizaciones y descripciones superficiales, mientras que el conocimiento fundamental que entrega una comprensión del mundo basada en principios es mucho más difícil de encontrar. Los libros de esta serie satisfacen esta necesidad. Al sintetizar conceptos especializados para un público no experto y abordar temas críticos a través de los fundamentos, cada uno de estos volúmenes compactos ofrece a los lectores un punto de acceso a ideas complejas.
Bruce TidorProfesor de Ingeniería Biológica e InformáticaInstituto de Tecnología de Massachusetts
Quisiera agradecer a los cinco revisores anónimos que comentaron la propuesta del libro. Sus consejos me ayudaron a organizar la estructura y el contenido del libro en las primeras fases del proceso de redacción, cuando eran más necesarios. También quisiera dar las gracias a los dos revisores anónimos que aportaron comentarios detallados sobre los borradores intermedios del libro. Gregory Hickok merece una mención especial y mi gratitud por su cuidadosa lectura experta del manuscrito. Por último, quiero dar las gracias a mis estudiantes de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología por motivarme, a veces sin darse cuenta, a explorar nuevas formas de presentar la neurolingüística a lectores curiosos más allá del reducido círculo de los investigadores profesionales.
La neurolingüística es el estudio de las bases neuronales del lenguaje humano. Describe las estructuras anatómicas (redes de neuronas en el cerebro) y los procesos fisiológicos (las formas en que estas redes se activan) que permiten a los seres humanos aprender y usar uno o más idiomas. Los neurolingüistas pueden estudiar cómo se procesan en el cerebro idiomas específicos —inglés, francés, lengua de señas estadounidense, o cualquier otro—, pero el objetivo final es describir las bases neuronales de la capacidad humana para el lenguaje en general.
Como sugiere su nombre, la neurolingüística surge de la confluencia entre la neurociencia y la lingüística (junto con otras disciplinas, como veremos). Ocasionalmente, se utilizan denominaciones alternativas, como “neurociencia cognitiva del lenguaje” y “neurobiología del lenguaje”. Estos términos son en gran medida equivalentes, pero enfatizan diferentes contribuciones disciplinares a la investigación sobre el lenguaje y el cerebro, ya sea desde la lingüística, la psicología cognitiva o la neurobiología. El papel de la lingüística teórica es especialmente importante. Para estudiar cómo el cerebro representa y procesa el lenguaje, a menudo es útil saber primero qué es lo que se está representando y procesando: las estructuras formales del lenguaje a nivel de sonido, gramática y significado.La neurolingüística también está estrechamente relacionada con la psicolingüística, que se centra en el procesamiento y la adquisición del lenguaje utilizando una amplia gama de métodos provenientes de la psicología teórica y experimental.
Este libro presenta los fundamentos de la neurolingüística moderna de forma concisa y atractiva, sin por ello perder precisión. Está dirigido principalmente a estudiantes que se acercan por primera vez al tema, a científicos de disciplinas afines y a lectores curiosos que desean entender qué ocurre en nuestro cerebro cuando adquirimos, usamos o perdemos nuestras valiosas habilidades lingüísticas. Un libro de este tipo debería, quizás, mantenerse a una distancia prudente de las fronteras de la investigación actual, donde las teorías son puestas a prueba y se generan y debaten nuevos resultados. Sin embargo, eso no siempre es posible ni deseable. El conocimiento esencial de un campo también puede incluir aquello que aún se desconoce: preguntas que pueden plantearse con confianza y rigor pero que todavía no tienen respuesta. Es responsabilidad del autor señalar contradicciones entre estudios, problemas abiertos o controversias actuales, junto con los métodos y resultados más o menos establecidos.
Al escribir este libro, he asumido el desafío de decidir qué merece ser incluido y qué no. Por ello, me siento obligado a recordar a los lectores (y a mí mismo) que todo conocimiento científico se accede y se presenta inevitablemente desde un punto de vista particular. Este libro no es una excepción. La neurolingüística es demasiado diversa y dinámica como para ser capturada de manera precisa y completa desde una sola perspectiva (y a plena satisfacción de todos sus especialistas). Lo único que puedo hacer es animar a los lectores a leer este libro y luego continuar explorando otras obras sobre el tema. Las notas finales y las lecturas recomendadas al final del libro son un buen punto de partida.
Contexto histórico
Hasta ahora, quizás no hayas escuchado hablar de neurolingüística, pero puede que hayas escuchado hablar de la neuromanía: la reciente fascinación por todo lo neurocientífico, especialmente si va acompañado de imágenes coloridas del cerebro “en acción”.1 ¿Es la neurolingüística solo otro caso de neuromanía? La respuesta breve es no. Hasta donde se sabe, no hay ninguna manía por saber del lenguaje en el cerebro, y cualquier interés que haya sobre el tema ya cuenta con una historia larga y rica, que se alimenta de muchos avances obtenidos por la neurociencia cognitiva (el estudio de las estructuras y funciones del cerebro humano) y por la lingüística (el estudio de los lenguajes humanos). La investigación sobre el lenguaje en el cerebro no requirió que la lingüística y la neurociencia alcanzaran su madurez para ponerse en marcha. De hecho, algunos de los primeros resultados en la neurolingüística fueron decisivos para dar impulso a las iniciativas de la lingüística y de la neurociencia cognitiva modernas.
Todavía está por escribirse una historia exhaustiva de la neurolingüística, y los orígenes del término neurolingüística aún están muy poco documentados.2 Podemos identificar tres puntos de inflexión importantes en la historia de la especulación y, posteriormente, de la investigación sobre el lenguaje en el cerebro. El primero fue un logro empírico: alrededor de 1860, Paul Broca descubrió que el daño de ciertas partes de la corteza frontal puede ir acompañado de alteraciones en la producción del habla. El segundo fue un logro teórico: alrededor de 1960, Noam Chomsky y otros propusieron que el lenguaje es un sistema computacional, definido formalmente por un vocabulario finito y un conjunto finito de reglas que pueden usarse para generar un conjunto infinito de oraciones. El tercero fue un logro tecnológico: alrededor de 1980, se presentaron y difundieron métodos para la medición neuronal in vivo en humanos, además de computadores capaces de analizar y simular datos experimentales.
Para bien o para mal, la neurolingüística hoy está determinada por esas preferencias teóricas y metodológicas. Todavía consideramos al lenguaje como un componente computacional de la mente humana; todavía intentamos mapear procesos lingüísticos específicos con áreas específicas del cerebro, activas en momentos particulares; y todavía confiamos en técnicas de medición y de procesamiento de datos con tecnología de punta para recolectar, analizar y modelar resultados experimentales. Revisemos con más detalle cómo la neurolingüística se convirtió en lo que es actualmente.
Los pioneros y los “creadores de diagramas”
La idea de que el habla y el lenguaje son manifestaciones de capacidades específicas del organismo humano tiene su origen en la antigüedad.3 Durante el Renacimiento y a comienzos de la Edad Moderna, las descripciones de casos de desórdenes del habla en presencia de lesiones traumáticas en la cabeza se volvieron relativamente más frecuentes,4 pero no fue sino hasta el siglo XIX cuando se propuso la existencia de una conexión entre los desórdenes del habla y las lesiones cerebrales. Franz Joseph Gall (1758-1828) se encuentra, probablemente, entre los primeros que explicitó esta conexión. Su versión de la “psicología de las facultades” fue original e influyente.5 Gall argumentó que la mente se organiza como una jerarquía de facultades que: 1) son definidas por su contenido, por ejemplo, lenguaje, matemáticas, música; 2) pueden ser innatas en los humanos y otras especies; 3) son distintas e independientes entre sí; y 4) se ubican en partes del cerebro que son distintas e independientes entre sí. Gall también notó que existen desórdenes que se circunscriben a la “facultad de hablar” y que esto sería imposible si el habla no estuviera localizada en una parte específica del cerebro.6 Gall postuló una idea sencilla que contribuyó —no en virtud de que fuera correcta, sino porque era posible ponerla a prueba con los métodos disponibles en el momento— al surgimiento de la investigación empírica sobre las bases cerebrales del lenguaje.
Entre las doctrinas neurológicas que circulaban a comienzos del siglo XIX, estaba la tesis de que cualquier región de los hemisferios puede hacerse cargo de una función dada (equipotencialidad), propuesta por Jean Pierre Flourens (1794-1867), y también la ley de simetría, de Xavier Bichat (1771-1802), que implica que si existe un área del cerebro para el habla o el lenguaje, debería ser un área en ambos hemisferios (un “área bilateral”).7 En ese entonces, la pregunta no se refería tanto a la ubicación precisa del lenguaje y del habla en el cerebro; las dudas eran, más bien, si acaso era posible localizarlos y, de ser así, si se ubicaban en áreas de un hemisferio pero no del otro. Diferentes posturas eran admisibles, según cómo uno formulara y respondiera cada una de esas dos preguntas. Por ejemplo, Jean-Baptiste Bouillaud (1796-1881), basándose en el análisis de la ubicación donde estaban las lesiones cerebrales de los pacientes con problemas de habla, propuso que el habla se localizaría en el lóbulo frontal del cerebro y concluyó que Gall estaba en lo correcto. Sin embargo, Bouillaud supuso que el cerebro humano era simétrico. Por lo tanto, si el habla se pudiera localizar, sería en el lóbulo frontal de ambos hemisferios.
Suele atribuirse a Paul Broca (1824-1880) el descubrimiento de que los aspectos del habla o del lenguaje no están localizados únicamente en el lóbulo frontal, sino que también están lateralizados en el hemisferio izquierdo. Otros antes de Broca, entre ellos Marc Dax (1770-1837), habían propuesto que el lenguaje hablado estaba en el hemisferio izquierdo. No obstante, Broca tenía los datos y los publicó en lo que, retrospectivamente, parece haber sido el momento y lugar precisos. En una serie de comunicaciones con la Sociedad Anatómica de París en 1861, describió los casos de dos pacientes, Leborgne y Lelong, que tenían una enorme dificultad para producir habla, excepto por unos cuantos “sonidos articulados que son siempre los mismos y siempre producidos de la misma manera”.8 Broca informó que ambos hombres podían “escuchar y comprender” el lenguaje hablado, que podían producir fácilmente “sonidos vocales” y mover sus lenguas y labios más “extensa y enérgicamente” que lo necesario para articular el habla, y que eran “completamente inteligentes”.
Estas observaciones le permitieron concluir que, en ambos pacientes, lo que parecía estar comprometido no eran los sistemas de entrada (auditivo) y de salida (motor), sino la “facultad del habla articulada”.9 Broca examinó los cerebros de Leborgne y Lelong en una autopsia y observó que ambos presentaban un daño extenso en la corteza frontal izquierda, en una región a la que se refirió como “tercera convolución frontal” (Figura 1). Broca concluyó lo siguiente: “La integridad de la tercera convolución frontal, y quizás de la segunda, parece indispensable para el ejercicio de la facultad para articular lenguaje. En Leborgne y Lelong, la lesión se extiende detrás del tercio medio, opuesto a la ínsula y precisamente sobre el mismo lado [el izquierdo]”.10
Figura 1. Fotografías de los cerebros de Leborgne (a, b) y Lelong (c, d).
¿Era el objetivo de Broca probar las hipótesis que afirman que el habla se localiza en los lóbulos frontales y que está lateralizado en el lado izquierdo? ¿Afirmó realmente que tenía evidencia para ambas? Este no es el lugar para controversias históricas, pero puede valer la pena mencionar que las ideas de Broca se desarrollaron entre los años 1860 y 1865. Él nunca había sido un partidario ferviente de las tesis de localización y lateralización: su “conversión” fue “lenta y laboriosa”,11 y se fue desligando gradualmente de las doctrinas de equipotencialidad y simetría de Flourens y Bichat. Para él, los casos de Leborgne y Lelong fueron una oportunidad para poner a prueba la hipótesis de Bouillaud, que propone que el habla reside en los lóbulos frontales, o la predicción de que un paciente incapaz de hablar presentaría lesiones frontales. No era tema de discusión si la facultad del lenguaje se podía localizar frontalmente, si es que se podía localizar, o si la facultad del habla estaba lateralizada en la parte izquierda. Broca sí afirmó que las heridas frontales de Leborgne y Lelong eran “la causa de la pérdida del habla”, con lo que confirmó la opinión de Bouillaud.12 Sin embargo, también tuvo el cuidado de evitar afirmaciones generales acerca de la facultad del lenguaje, y solo hacia el final aceptó la posibilidad de que el habla pudiera estar lateralizada en el hemisferio izquierdo.
El estudio de otros componentes del habla y del lenguaje en el cerebro fue tarea de la siguiente generación de investigadores. Carl Wernicke (1848-1905) pudo examinar casos de pacientes con síntomas y lesiones diferentes a los que padecían los pacientes de Broca, quienes presentaban una capacidad limitada para producir habla, pero tenían una buena comprensión, lo que se volvió conocido como “afasia de Broca”. Wernicke describió pacientes cuya capacidad de habla es rápida y sin esfuerzo, aunque puede faltarle relevancia y coherencia, y cuyas habilidades de comprensión del habla están alteradas; este patrón pasó a denominarse “afasia sensorial” o “afasia de Wernicke”. Wernicke también describió pacientes que todavía podían articular y comprender el habla, pero que tenían problemas con la repetición (“afasia de conducción”). Como lo indica el título de su histórica publicación de 1874, Der aphasische Symptomencomplex, Wernicke estaba consciente de que existía un “síntoma complejo” de la afasia —no un desorden simple o uniforme— a la espera de una explicación.13 La respuesta de Wernicke fue el primer modelo de lenguaje en el cerebro (Figura 2), destinado a tener un impacto enorme que perdura hasta el presente.
Para Wernicke, el lenguaje hablado depende de un conjunto de centros interconectados: ha quedado en el pasado la noción de que una única “gran región” de la corteza es la base de una única “facultad mental”.14 Los centros identificados son dos: uno para “imágenes motoras” de las palabras, correspondiente a la corteza frontal izquierda, según identificó Broca (Figura 2, y), y otro para las “imágenes auditivas” de las palabras, en el giro temporal posterior superior (Figura 2, x). Estos centros están conectados anatómicamente (Wernicke también postuló la hipótesis respecto de las fibras que proveerían el enlace), reciben entradas desde los nervios auditivos (a) y transmiten salidas a través de los nervios motores (m).
Estos centros y conexiones pueden dañarse, y cada lesión puede causar una perturbación específica del habla o del lenguaje.15 La alteración de los nervios auditivos (a) puede causar sordera, mientras qyela alteración de los nervios motores (m) puede causar parálisis del habla (síntomas no afásicos). El daño al centro de imágenes motoras (y) puede causar afasia de Broca, por la cual el habla no se articula correctamente. El daño al centro de imágenes auditivas (x) puede provocar afasia sensorial, en la que el habla no puede decodificarse ni hacerse inteligible. Finalmente, el daño a los enlaces entre los centros motor y auditivo puede causar afasia de conducción: si la transferencia de información entre estos centros falla, el paciente presentará dificultades para expresar pensamientos deseados o repetir las palabras que se le dicen.16
Figura 2. Diagrama del Modelo de Wernicke para el procesamiento del habla en el cerebro.
Wernicke es el último pionero de la neurolingüística y el primero de los llamados “creadores de diagramas” (diagram makers), como Henry Head (1861-1940) denominaría más tarde a los primeros afasiólogos.17Su contribución imperecedera es el primer modelo conexionista del lenguaje en el cerebro, con poder tanto predictivo como explicativo. Hoy consideramos el sistema del lenguaje efectivamente como una red de regiones cerebrales que realizan de forma colectiva ciertas funciones o tareas, y donde las regiones individuales también participan en varias funciones o tareas. Wernicke fue responsable de un cambio temprano hacia esta perspectiva, alejándose de la localización estricta. También creía que los conceptos se distribuían a través del cerebro y que, por lo tanto, no serían localizables, como sí lo eran los centros motor y auditivo. Ludwig Lichtheim (1845-1928) adoptó y desarrolló esta perspectiva.18
Hasta hace poco se han seguido mejorando las versiones del modelo de Wernicke, también conocido como el modelo Broca-Wernicke-Lichtheim o la doctrina Broca-Wernicke. A veces, estas se trataban de auténticas y sustanciales actualizaciones del modelo, como la propuesta por el neurólogo estadounidense Norman Geschwind (1926-1984).19 Pero otras eran caricaturas popularizadas como “el” modelo neurológico estándar del lenguaje. Una simplificación recurrente es que el centro de imágenes auditivas de Wernicke corresponde al centro cerebral para la comprensión del habla, y que el centro de imágenes motoras es el centro cerebral para la producción de habla. Su opinión era, en cambio, que los dos centros (más los centros distribuidos para los conceptos) contribuían con diferentes procesos a la producción del habla, la que siempre es el resultado de la operación conjunta de varios nodos de la red.
Gran parte de la afasiología moderna fue un intento sostenido por probar y revisar el modelo de Wernicke: una serie de notas a pie de página sobre Wernicke, podría decirse. No obstante, la investigación sobre las bases cerebrales del habla realizada en el siglo XIX, ¿fue realmente neurolingüística o fue “solo” neurología o afasiología? Las ideas y resultados de Broca, Wernicke y otros todavía no eran neurolingüística, pero aportaron el impulso inicial para su desarrollo antes de que pudiera integrarse a las teorías lingüísticas durante el siglo XX. Los primeros intentos de integración fueron con el estructuralismo: la teoría del lenguaje como sistema de signos, tales como la alineación sonido-significado formulada por el lingüista suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913).20 Pero el salto hacia adelante llegó solo con el generativismo, la teoría de que el lenguaje es un sistema computacional (un conjunto finito de reglas para generar oraciones), delineada por el lingüista Noam Chomsky.
La neurolingüística y la revolución cognitiva
A principios del siglo XX, a los lingüistas más perspicaces les debe haber parecido claro que el lenguaje residía, de alguna manera, “en” el cerebro. Por ejemplo, Saussure recalcó en su Cours de linguistique generale (1916) que el lenguaje existe como una “suma de huellas depositadas en cada cerebro”.21 Pero una cosa es reconocer que es así, y otra totalmente distinta es demostrarlo con los métodos de las ciencias. Broca, Wernicke y otros habían mostrado que el habla productiva y receptiva se asentaba en el cerebro. Sin embargo, no abordaron el gran problema de la localización de la facultad general del lenguaje, como Broca reconoció tempranamente en 1861. Enfrentar esa pregunta requería un mayor conocimiento del lenguaje, específicamente de la sintaxis y de la semántica, que el disponible durante la mayor parte del siglo XIX. La afasiología y la neurología del lenguaje tuvieron que transformarse en neurolingüística propiamente tal.
Cómo ocurrió eso es una historia compleja y que no se sido contada, pero hubo tres momentos claves. En primer lugar, John Hughlings Jackson (1835-1911), entre otros, señaló que identificar las causas anatómicas de un síntoma no es lo mismo que localizar una función. Esto sentó las bases para que se incluyeran los métodos de la psicolingüística en la afasiología, en particular de experimentos de laboratorio controlados fuera de la clínica. En segundo lugar, quedó claro que el habla y el lenguaje involucraban frases y oraciones, no solo palabras. Heymann Steinthal (1823-1899) estuvo entre los primeros que distinguieron los desórdenes a nivel de palabra (afasia) y a nivel de oración (acatafasia).22 Adolf Kussmaul (1822-1902) introdujo el término agramatismo para referirse a un espectro de los déficits relacionados con la organización sintáctica de las oraciones. En tercer lugar, la lingüística comenzó a introducirse en la afasiología, por ejemplo, a través del trabajo de Roman Jakobson (1896-1982), quien argumentaba que los déficits de salida en la afasia de Broca eran un reflejo de la ruptura del eje sintagmático (secuencial) del lenguaje, y que los déficits de entrada en la afasia de Wernicke eran un reflejo de la ruptura del eje paradigmático (selección léxica).23 El enfoque lingüístico de Jakobson a la afasia, en particular su énfasis estructuralista sobre el lenguaje como un sistema formal, parece hoy mucho más sofisticado que los enfoques de la mayor parte de sus contemporáneos.24 No obstante, es solo con los posteriores progresos de la lingüística, de mediados del siglo XX, que la neurolingüística pudo comenzar a comprender mejor la sintaxis y la semántica en el cerebro.
Un logro importante ocurrió en los años cincuenta, en una serie de artículos escritos por Chomsky en los que combinaba técnicas tomadas de la lógica y de las matemáticas con análisis previos realizados por Zellig Harris (1909-1992) sobre las llamadas transformaciones sintácticas, tales como las reglas que transforman las oraciones activas (“El niño comió el dulce”) en pasivas (“El dulce fue comido por el niño”). Chomsky propuso la gramática generativa transformacional como una teoría de la sintaxis lingüística, que con el tiempo pasó a llamarse simplemente gramática generativa (GG). Una GG no es como la gramática que nos enseñan en la escuela. En esencia, una GG es un procedimiento para construir oraciones.25 Inicialmente, se trataba de un conjunto finito de reglas de reescritura; por ejemplo:
A. O → SN SV
B. SN → Det S
C. SV → V SN
donde O es una oración, SN es un sintagma nominal (por ejemplo, “el niño”), VP es un sintagma verbal (por ejemplo, “comió un dulce”), Det es un determinante, S es un sustantivo y V es un verbo (también es posible incluir reglas de reescritura, donde las palabras son los símbolos terminales; por ejemplo: Det → el, S -> dulce, S → niño, V → comer). Una regla X → Y nos permite reescribir el símbolo del lado izquierdo, X, como el símbolo del lado derecho, Y. Por ejemplo, si aplicamos la regla A, una oración O se puede reescribir como una secuencia de un sintagma nominal y un sintagma verbal [SN SV]. Dejemos pasar la pregunta si acaso esta GG de juguete puede generar todas las oraciones y solamente oraciones en inglés bien construidas (no lo hace), y consideremos cómo genera la estructura sintáctica de “El niño comió el dulce”. Comenzamos desde el símbolo:
O
Aplicamos la regla A a O, y obtenemos:
[SN SV]
Luego, aplicamos la regla B a SN y la regla C a SV, con lo que obtenemos:
[Det S] [V SN]
Finalmente, aplicamos nuevamente la regla B a SN:
[Det S] [V [Det S]]
Cada aplicación de una regla de reescritura deja un rastro en la estructura final: los paréntesis [ ] son las huellas del procedimiento generativo. La estructura final es jerárquica: cada frase (por ejemplo, [Det S]) puede ser incrustada dentro de otra frase (por ejemplo, [V [Det S]]). El procedimiento es recursivo, ya que cada regla puede aplicarse al resultado de aplicaciones de sí misma o de otras reglas: la regla B se usa dos veces, recursivamente, en la derivación. Este enfoque formal puede extenderse más allá de la sintaxis; por ejemplo, a la semántica de frases y a la semántica oracional.
Antes de la llegada de la gramática generativa, los lógicos y los filósofos ya estaban desarrollando sistemas y lenguajes formales para varios propósitos. Pero fue Chomsky, en los cincuenta, quien diseñó sistemas formales que podían usarse para capturar propiedades claves de la sintaxis del lenguaje natural —no se había intentado previamente— y también quien, en los sesenta, vinculó el enfoque formal con una perspectiva de las “gramáticas generativas como teorías de la competencia lingüística humana” (las investigaciones anteriores sobre lenguajes formales eran decididamente antimentalistas).26 Esta mezcla de formalismo y mentalismo en la lingüística contribuyó al surgimiento de la denominada teoría computacional de la mente, más tarde denominada ciencia cognitiva: el estudio interdisciplinario de la mente, que abarca áreas de la filosofía, la psicología, la lingüística y la neurociencia. Algunos se han atrevido a calificar estos avances de “revolución cognitiva”,27 mientras que otros han argumentado que, de hecho, se trataban de un retorno de la lingüística y de la psicología a sus “raíces mentalistas” (europeas).28Muchos estarían de acuerdo con que la teoría computacional de la mente ha cambiado la manera en que los académicos y los educadores comprenden la cognición humana —su estructura y sus capacidades.29
¿Qué consecuencias tuvo esto para la neurolingüística? Esencialmente, llevó a cabo de manera fructífera el paso hacia una neurolingüística madura iniciada varias décadas antes. Primero, los psicolingüistas crearon técnicas experimentales innovadoras, como George A. Miller (1920-2012) en Harvard, estrecho colaborador de Chomsky. Los afasiólogos adoptaron gradualmente esos nuevos métodos, por ejemplo, en el Centro de Investigación de las Afasias de Boston, fundado y dirigido por Norman Geschwind y Harold Goodglass (1920-2002). Segundo, el énfasis cambió de las palabras a las oraciones, y de las asociaciones estímulo-respuesta a la estructura formal y jerárquica de la cognición y comportamiento complejos. Tercero, las teorías lingüísticas se usaron activamente como herramientas predictivas y explicativas en estudios sobre el procesamiento y la adquisición del lenguaje. Por primera vez, a fines de los años sesenta y comienzo de los setenta, fue posible plantearse preguntas sobre la “realidad psicológica y neuronal” de operaciones específicas postuladas por lingüistas teóricos (como las transformaciones).30
En los sesenta, surgió el término neurolingüística:31Eric Lenneberg (1921-1975) propuso la primera “gran síntesis” de la lingüística y la neurobiología,32 y la comunidad comenzó a organizarse, con la fundación de sociedades y de la revista Brain and Language en 1974. En la editorial del primer número, escrita por Harry Whitaker, se lee: “El comienzo de campos como la psicología fisiológica o, más recientemente, la neurolingüística, es clara evidencia de que muchos reconocen el valor de una base conceptual ampliada y de las nuevas herramientas analíticas en la compleja área del lenguaje, el cerebro y las interrelaciones entre ellos”.33 Con una gran previsión, Whitaker anticipó que una transformación tecnológica radical se acercaba al campo de la neurolingüística: “El desarrollo de nuevas técnicas y el refinamiento de las antiguas permite presagiar más progreso y conocimientos extraordinarios para el futuro: los potenciales lentos del cerebro relacionados con eventos, el análisis tridimensional con rayos X del tejido cerebral, los sistemas matemático-lógicos para el análisis lingüístico y los análisis psicolingüísticos de la afasia” son solo algunos ejemplos de las tecnologías y los métodos que darían forma a la neurolingüística como la conocemos hoy.
La neurolingüística y la revolución tecnológica
Durante los años setenta, los investigadores en neurolingüística comenzaron a usar métodos para registrar en línea la actividad eléctrica cerebral de participantes sanos (electroencefalograma, EEG) y para medir las variaciones en las corrientes eléctricas (potenciales relacionados con eventos, PRE) generadas por el cerebro como respuesta a eventos externos (por ejemplo, estímulos) o acciones internas (por ejemplo, decisiones). En los ochenta y los noventa, académicos de Europa y de Estados Unidos mostraron que algunas de estas señales cambiaban rápidamente y de manera sistemática como respuesta a manipulaciones experimentales de estímulos lingüísticos; por ejemplo, si se termina una oración con una palabra inesperada para el contexto (“… comemos pan con calcetines”) o si una oración contiene un error gramatical (“… ellos lanzó el juguete al piso”).34
