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Sumérgete en el seductor mundo de Niebla de Cristal, la última obra maestra de Isabelle Noir. Lira, una curiosa cartógrafa, descubre una grieta oculta en el mundo que la lleva a Elyria, un reino de niebla pulsante y cristales resplandecientes. En el Santuario de la Devoción, se encuentra con dos Guardianes cuyas caricias y hilos de cristal despiertan sus deseos más profundos. Entre un suave bondage y alucinaciones mágicas, Lira se convierte en la dueña de su propia lujuria, pero el santuario exige un precio. ¿Se entregará o dominará la magia? La erótica mística se encuentra con la pasión oscura en esta sensual aventura de fantasía que trasciende los límites de la imaginación. Perfecto para lectores que buscan un intenso cine mental.
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Seitenzahl: 37
Veröffentlichungsjahr: 2025
Niebla de Cristal
Isabelle Noir
Lira estaba al borde del mundo, donde terminaban los mapas y la realidad se desvanecía. Elyria no era un lugar que hubiera encontrado en sus archivos, ni un punto que la aguja de su brújula reconociera. Sin embargo, allí estaba, envuelta en una niebla que parecía viva, palpitando como un latido que le hacía cosquillas en la piel. Su capa, pesada por la humedad, se adhería a sus hombros, pero no era el frío lo que la hacía temblar. Era algo más, algo que flotaba en el aire como una promesa que no podía atrapar.
Ella era cartógrafa, maldita sea. Una mujer que capturaba montañas y valles en líneas, que domaba océanos con trazos de tinta. Pero Elyria desafiaba sus reglas. La brújula en su mano giraba como un bailarín borracho, la aguja jugando un caos entre el norte y la nada. Había encontrado la grieta en el mundo: una rendija brillante en una pared rocosa, descubierta en su última expedición en las ruinas de Veyr. Un paso, un suspiro, y había cruzado hacia este mundo de niebla y secretos.
La niebla era densa, un velo lechoso que se apretaba contra ella como un amante que había estado ausente demasiado tiempo. Olía a resina dulce, a musgo y a algo salvaje que agudizaba sus sentidos. Lira respiró profundamente, y su corazón latía más rápido, un redoble que resonaba en sus venas. “Solo un mapa”, murmuró, su voz un cuerpo extraño en el silencio. Pero era más que eso. Lo sentía en sus huesos, en la forma en que su piel hormigueaba cuando la niebla la rozaba.
Todo comenzó con un susurro, apenas perceptible, como yemas de dedos deslizándose por su nuca. Lira se quedó inmóvil, su mano instintivamente alcanzó la daga en su cinturón, pero no había nada. Solo niebla. Y, sin embargo, volvió a suceder: una caricia, suave pero insistente, que recorrió su columna y se acumuló profundamente en su vientre. “¿Quién está ahí?”, dijo, su voz quebrándose, engullida por el aire denso. No hubo respuesta, solo un zumbido, profundo y melódico, como una canción que surgía de la tierra misma.
Sus dedos temblaron al abrir la bolsa en su cadera. Dentro estaba el cristal, no un simple relicto, sino un disco plano, traslúcido como vidrio, con líneas que brillaban como venas. Lo había encontrado en Veyr, incrustado en una pared cubierta de antiguos glifos. “Santuario de la Devoción”, había susurrado la inscripción en un idioma que ella entendía a medias. El cristal estaba cálido en su mano, palpitando como algo vivo. Cuando lo levantó, brilló en tonos de zafiro y amatista, y las líneas se movieron, formando un camino que se adentraba en la niebla.
Lira se arrodilló, el suelo suave bajo sus rodillas. La niebla se espesó frente a ella, formando siluetas casi humanas: un contorno que se movía y luego desaparecía. Su piel ardía, no de dolor, sino de deseo. Era absurdo, pero no podía negarlo. La niebla sabía algo de ella, algo que escondía en sus noches solitarias, cuando sus dedos se deslizaban bajo las sábanas y evocaba escenas que nunca admitiría en voz alta. Escenas de manos que la sujetaban, de labios que encontraban su pulso.
“Muéstrate”, susurró, mitad desafío, mitad súplica. La niebla respondió con un movimiento: un remolino que rozó sus caderas, tan íntimo que jadeó. Sus rodillas flaquearon, pero no cayó. En cambio, sintió... algo. Una presencia que la envolvía sin tocarla. Una promesa tejida de niebla y tentación. Sus dedos apretaron el cristal con más fuerza, y este brilló más intensamente, como si reflejara su anhelo. Las líneas en él trazaron un camino más claro, un sendero hacia el santuario que la atraía en la distancia.
Lira se puso de pie, su aliento visible en el aire frío. La niebla la envolvió como un telón, pero ya no la temía. La deseaba. Quería lo que le mostraba, lo que le prometía. Sus labios se curvaron en una sonrisa, nerviosa pero ávida. “Entonces, muéstrame lo que tienes”, dijo, su voz más firme de lo que se sentía. Dio el primer paso, con el cristal en la mano, y la niebla la siguió, una sombra danzante que no la soltaba.
