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¿Qué sucede cuando tu comunidad o familia normaliza el abuso y la violación? ¿Cómo enfrentar que se prioricen problemas como la escasez de maestros, comisarios, médicos o dirigentes por encima de tus derechos y dignidad? Distintos lugares de la selva peruana evidencian las respuestas. Indiana, Mazán y Puinahua, en Loreto; y Nieva, en Amazonas, son cuatro distritos del Perú donde denunciar una violación sexual representa una traición a la familia, una ofensa al vecino o el peligro de quedarse sin dirigentes ni maestros. En Niñas sin infancia. La normalización del abuso en la selva peruana de Mayté Ciriaco, se congregan los casos, las historias y los testimonios de niñas y adolescentes víctimas de violación, quienes deben afrontar estas injusticias y vivir con el temor de ver frustrados sus sueños para siempre. Este es el libro que hace visible una realidad que sentimos ajena y le presta una voz a la niñez olvidada de nuestro país.
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Mayté Ciriaco
Periodista, cofundadora de Salud con lupa y reportera en la Unidad de Periodismo de Datos de El Comercio. Es egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC). Trabajó en el sitio de investigación Ojo Público y en la organización SembraMedia. Asimismo, participó en las investigaciones internacionales “Paradise Papers: Secrets of the Global Elite” e “Implant Files”, coordinadas por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). En 2018, ganó el Premio Gabo a la mejor cobertura por el especial “Venezuela a la fuga”. Fue becaria del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ), de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y del Gobierno de India para cubrir el Foro de Salud de Madres y Niños realizado en este país.
ORCID: 0000-0001-6045-7705
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© Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC)
Autora:
Mayté Ciriaco Ruiz
Edición:
Luisa Fernanda Arris
Corrección de estilo:
Claudia Prieto Requejo
Diseño de cubierta y diagramación:
Dickson Cruz Yactayo
Editado por:
Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas S. A. C.
Av. Alonso de Molina 1611, Lima 33 (Perú)
Teléfono: 313-3333
www.upc.edu.pe
Primera edición: agosto de 2021
Versión e-book: agosto de 2021
Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC)
Biblioteca
Mayté Ciriaco Ruiz
Niñas sin infancia. La normalización del abuso en la selva peruana
Lima: Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), 2021
ISBN de la versión epub PDF: 978-612-318-350-9
ABUSO DE MENORES, DELITOS SEXUALES, VIOLACIÓN, VIOLENCIA FAMILIAR, NIÑAS, ADOLESCENTES, PERÚ
362.760985 CIR
DOI: http://dx.doi.org/10.19083/978-612-318-350-9
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú n.° 2021-09063
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo, por escrito, de la editorial.
El contenido de este libro es responsabilidad de la autora y no refleja necesariamente la opinión de los editores.
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A mi familia, cada uno de ustedes escribió estas líneas conmigo. A mi tío Pepe, cuya voz inspira mis pasos en este camino. A mis abuelos Juana y Héctor, las dos personas que más admiro.
Prólogos.Criar como jugando
Mi familia es un matriarcado. De generación en generación, las mujeres nos hemos atrevido a forjar nuestros propios destinos. Las que quisieron ser madres lo han sido; y las que no, viven felices sin el estigma del qué dirán. Mayté, a quien conozco desde siempre, conforma este gremio donde los nombres femeninos no se asocian necesariamente a la reproducción, a la cocina ni a servir la mesa, ni siquiera para jugar. Mujeres que, como otros clanes, tomaron sus propias decisiones cuando así lo desearon. Pertenece al grupo de las muchachas que conduce el timón de su vida y, si se equivoca, frena su coche, mete reversa y cambia de dirección. Con miedo, incertidumbre o pura frescura, construyen su futuro. Son libres para hacerlo. Les pidieron permiso a sus voluntades, a sus conciencias y escucharon con atención los consejos de quienes se acercaron a ellas con amor para ayudarlas a encontrar su camino.
Puedo afirmar que pertenecemos a un clan privilegiado. Las historias de nuestras vidas pueden no tejerse del modo en que soñamos, pero finalmente conseguimos arroparnos con lo que hemos construido con puro esfuerzo y decisión.
A los 13 años, tanto en mi generación como en la de Mayté, nuestros conflictos eran las tareas del colegio, los exámenes sorpresa, el trabajo en grupo, un problema económico familiar y, en algunos casos, la enfermedad de un pariente que nos arrastraba hacia una pena profunda que se disipaba con el canto alegre de otras amigas, quienes llegaban a iluminar nuestras tinieblas. A los 13 años, ninguna de nosotras, ni por asomo, pensaba en embarazarse, criar a un hijo, casarse con su violador o que sus padres la vendan a quien le hizo daño. Esto solo podía ocurrir en las películas de terror, en guiones dignos de un Óscar o en un thriller, de esos que te impiden dormir por varias noches. A los 13 años, ninguna de estas ideas se hubiese asomado ni en el más oscuro de nuestros pensamientos.
Sin embargo, en el Perú, esa espada sobre la cabeza, esa volcadura por la pendiente más alta del mundo recae de generación en generación en otras niñas de 13 años. Escondidas en hermosos parajes selváticos, estas criaturas duermen temblando de miedo en la ribera del río más grande del planeta porque nadie ha querido ver que detrás de esta belleza se puede esconder un infierno verde, donde no solo se mueren los peces, sino que las plantas gritan auxilio y los animales se extinguen. En este mismo lugar, las niñas no pueden hablar ni gritar que les robaron su infancia, les atravesaron la inocencia, las entregaron, las dañaron: destrozaron su alma. Ese titular no existe.
La diferencia de nacer en Lima o en Indiana, Mazán o cualquier otra comunidad nativa de este país no solo se relaciona con la distancia, o con la falta de servicios u oportunidades. Se asocia con algo más terrible. Es como abrir la puerta a un infierno para el cual no estás preparada, donde, así seas una criatura, cada paso que das debe ser en silencio y con cuidado de no ser vista. Si te descubren, una mano te tomará del cuello, te llevará a empellones a un sitio que no querrás recordar, te quitará la ropa y te violará, y no importa que tengas 13 años.
Por ello, es tan importante la lectura de esta publicación, en la cual Mayté encarna el grito desgarrador de las niñas de estas comunidades de Loreto. Transforma en letras el llanto, traduce en cifras el dolor, revela en blanco y negro las leyes que protegen a los violadores y retrata a quienes se plantan delante de ellos para abrirles las puertas de la impunidad. Comisarios, apus y padres de familia: todos amparados en alguna sinrazón. El comisario menciona que la víctima no se mostró nerviosa al contar cómo la violaron; entonces, como ni siquiera parpadeó, es mentira. El apu, desde su trono de poder, sostiene que si el agresor pertenece a la misma etnia no debe ser denunciado porque no se puede oponer a sus propios “hermanos”. Además, si es un profesor, tampoco porque si lo expulsan de la comunidad no se sabe cuándo el Ministerio de Educación (Minedu) enviará su reemplazo. Por lo tanto, es mejor un docente violador que nada. Asimismo, para que el papeleo de la impunidad adquiera un mejor rostro, la solución es la multa: 500 soles en mano o un pequepeque nuevecito. Los padres aceptan, pues si es un profesor sueñan que se “lleve” a su hija. Así será una boca menos que alimentar. Si, por cuestiones del destino, la menor queda embarazada, la negociación puede alcanzar un precio más alto. Ningún adulto pierde: ni el comisario ni el apu ni los padres. Las niñas son como animalitos. Sin chistar, se deben casar con el violador o ver en un pequepeque el precio de su dolor. Nadie voltea a mirar cómo están destrozadas, que ellas permanezcan viviendo en las tinieblas de sus recuerdos, donde nadie quiere entrar a rescatarlas.
¿Cuán apartados estamos de esa realidad? De Lima a Iquitos, a una hora y 52 minutos en avión. Luego, 40 minutos por río hasta Indiana y, de esta localidad a Mazán, 15 minutos en mototaxi. Esta es la distancia que nos separa del infierno descrito con brillantez y precisión por Mayté Ciriaco Ruiz, una periodista que describe con el nervio expuesto la situación que padecen cientos de niñas pertenecientes a las comunidades de la selva peruana. Leer este libro indigna, impacta, enoja y golpea. Después, no se puede seguir viviendo como si esto no existiese, como si no nos hubiéramos enterado de que esta desgracia estalla frente a nuestras narices. En un lugar próximo, las niñas de 13 años son obligadas a entrar, a empujones y sin piedad, en un juego tenebroso. Encontremos en este libro la gran oportunidad de cambiar las reglas por el bien de ellas y de todas, por un país donde las niñas nunca más deban criar a sus hijos como jugando.
Elsa Úrsula Picón
Periodista de investigación y comunicadora para el desarrollo en Unicef Perú
El viaje de Mayté
En Iquitos, el bullicio de las motos ensordece casi todo. Como si el tumulto del progreso, del negocio y de los vendedores apagara la voz de las personas. En este lugar, el ruido moral cubre los gritos de las víctimas, reduce los reclamos, los desaparece e invisibiliza. Esta es la normalidad. En la selva peruana hay niñas que, cuando escuchan el timbre del recreo, salen de sus salones para amamantar a sus hijos recién nacidos. Esta imagen es tan cotidiana como la del mototaxista que reconoce que eres turista y te ofrece sexo barato e ilegal con una menor de edad. Estos relatos aparecen en el presente libro, pero antes es necesario conocer la historia detrás de la historia.
En algunas circunstancias, tu profesión te permite ser testigo de hechos extraordinarios. Desde el periodismo es posible estar muy cerca, en el mismo lugar, de momentos que cambian a un país o que lo marcan para siempre. Desde la docencia sucede algo similar. A veces, un profesor de Periodismo puede visualizar el futuro de sus alumnos, por supuesto, condicionado por diversos factores. En ocasiones, es solo una intuición o corazonada. Sin embargo, en otros casos, hay claridad, como si supiéramos que algo es inevitable. Esto me ocurrió cuando conocí a Mayté Ciriaco.
La vi por primera vez en la clase de Introducción al Periodismo, donde destacaba por sus opiniones y su madurez. Era imposible que pasara desapercibida. En este curso, en el cual aprendió a diferenciar una nota informativa de una crónica, sus intervenciones siempre eran muy precisas y, aunque en ese tiempo todavía combatía contra una timidez propia de la juventud, su voz ganaba autoridad conforme avanzaba el ciclo.
Luego de esta experiencia, no volví a verla hasta unos años después. La encontré en el curso Periodismo Literario, una de las últimas asignaturas de la carrera. La reconocí de inmediato, y comprobé lo que sucede cuando una persona esforzada, apasionada por su vocación y comprometida con la mejora continua se cruza con un programa de formación minucioso y bien estructurado. Era ella, pero algunas cosas habían cambiado. La timidez se había reducido para convertirse en una seguridad sostenida por experiencias previas. Sus ideas seguían siendo claras; sin embargo, se sumaba un mayor conocimiento, referencias y horas de vuelo.
Recuerdo cuando hace algunos años mencionó por primera vez que quería escribir este libro. Fue un sábado en la tarde durante las primeras semanas del ciclo. Acostumbrado a escuchar a los alumnos que quieren cumplir sus sueños de conocer a su futbolista favorito o a su banda de rock preferida, me interesé muchísimo cuando Mayté se refirió a las historias que ya conocía sobre la normalización del abuso sexual en la selva peruana. Su preocupación era legítima.
Desde ese día, he observado la entrega de Mayté por un tema que abrazó y no soltó. He notado su pasión por contar bien una historia, así como visibilizar una realidad tan poco discutida a nivel nacional. He advertido, también, sus momentos de duda, obstáculos que debió superar y circunstancias en las que necesitaba tomar distancia del tema. El viaje de Mayté con este libro es el de alguien que se atreve a conocer de cerca un mundo oscuro, impune, injusto; y que desciende a las profundidades de un abismo, sobrevive y regresa para contar lo que vio, escuchó y sintió.
Mayté es una expedicionaria universal, una narradora submarina que se sumerge hasta donde sus pulmones se lo permiten.
Sobre este libro es necesario mencionar algunos aspectos importantes. Primero, si bien el tema puede haber sido tratado en otros formatos y publicaciones que privilegian las estadísticas patrocinadas por las ONG o entidades del Estado, esta es una obra que cuenta la historia desde adentro. La periodista recorrió pueblos, conversó con víctimas, surcó ríos buscando testimonios y atravesó la selva peruana con el afán de conseguir la fuente más valiosa, además de tener mucha paciencia para lograr las declaraciones oficiales.
Esta publicación es, en cierto sentido, una mecha que enciende el rastro de pólvora. Es el fósforo que debería desencadenar una gran explosión de conciencia y claridad sobre lo que ocurre con las niñas en la selva peruana, quienes frecuentemente son entregadas a su violador para que no sean una carga económica para la familia.
Esta obra debería dolernos a todos; conmovernos; y provocarnos un vacío en el estómago, frío en nuestras manos y calor en el corazón. No hay manera de que la estética de la prosa nos distraiga ni que, al terminar de leer, no sintamos el pecho ardiendo. La autora nos revela nuestras propias cicatrices, heridas abiertas, moretones incurables, vientres abusados, e hijas y hermanas sometidas.
La escritora narra las tinieblas y el horror con la inteligencia, calidez y autoridad de quien ha recorrido las mismas sendas que las víctimas y los victimarios, ha estado en el lugar de los hechos y ha conversado presencialmente con los protagonistas.
El trabajo de Mayté ha sido impecable y, fruto de ello, es este libro: el primero de muchos. Una obra que honra al buen periodismo, a los buenos investigadores, y a todo aquel que busca la verdad y no renuncia ante los obstáculos. Ante ustedes, se abren estas páginas que, estoy seguro, no olvidarán.
Daniel Goya Callirgos
Periodista, escritor y docente universitario
Introducción
“Ana”, una adolescente de metro y medio, cabello negro, ojos marrones oscuros, voz temblorosa y mirada dulce, solo quería ir al colegio para continuar sus estudios de secundaria. Ni su madre ni sus tías ni sus primas los habían culminado. Por ello, sus padres no estaban muy convencidos; pero, como siempre que quiere algo, “Ana” insistió tanto que consiguió que accedieran. Su sonrisa por ese logro no desapareció de su rostro hasta dos semanas después de iniciar las clases.
Ocurrió un viernes de 2019. “Ana” tuvo la mala fortuna de ser la última niña en bajar del pequebús, una movilidad escolar que recoge a los adolescentes del distrito de Indiana para que acudan al colegio en el centro de la ciudad, en Iquitos. Los llamados pequepeques son embarcaciones de madera similares a una canoa o un bote utilizados por los habitantes de la selva peruana para transportarse por los ríos. El pequebús fue creado en 2014 con el objetivo de que más niños asistan a clases y concluyan su educación escolar. Antes de que “Ana” pudiera llegar a tierra, el conductor abusó de ella. La adolescente prefiere no detallar cómo sucedió, aunque asegura que aún tiene pesadillas sobre ese día. “Ojalá los recuerdos se fueran. Tal vez, así podría volver a dormir en paz, descansar”, dice con la mirada baja.
Tras un mes sin asistir al colegio, “Ana” retomó sus clases. Después de todo, la adolescente afirma que se sentía “afortunada”, pues no había quedado embarazada como algunas vecinas a quienes les sucedió lo mismo. “Ana”, con 12 años, aún podía cumplir su sueño: estudiar una carrera universitaria.
El Ministerio de Salud (Minsa) menciona que cada día cinco niñas menores de 15 años se convierten en madres. Según los datos del Registro del Certificado de Nacido Vivo (CNV), en 2020 y en medio de la pandemia por el COVID-19, el número de partos de niñas embarazadas menores de diez años se triplicó, mientras que los de niñas entre 11 y 14 años sumaron 1155.
En 2017, las cifras del Observatorio de Seguridad Ciudadana de la Organización de Estados Americanos (OEA) revelaron que el Perú es el segundo país con mayor violencia sexual en América del Sur. Así, solo durante el primer periodo de confinamiento, debido a la pandemia, se denunciaron 7138 casos de este tipo. El 78% de las víctimas era menor de edad.
En las cárceles peruanas, el número de internos por casos de abuso sexual también ha aumentado. En 2018, los ingresados por abuso sexual a menores de edad ocupaban el segundo lugar (8121), solo después de aquellos recluidos por robo agravado. En enero de 2019, esta cifra subió a 8878; en enero de 2020, a 9511; y, en enero de 2021, a 9674. Este fue el único delito que se incrementó en la población penal entre enero de 2020 y enero de 2021. De esta manera, la pandemia acrecentó los números comprobando que los agresores se encuentran en casa. Según las cifras de la Fundación Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR), en 2021, el 80,8% de los agresores sexuales forma parte del entorno de la víctima. ¿Cómo denunciar a tu padre, abuelo, tío, primo o maestro? A mediados de 2020, el Minedu destituyó a 1103 docentes y trabajadores administrativos sentenciados por este crimen.
Pese a que las cifras en el país son alarmantes, estas no representan la totalidad de los casos de violación y abuso sexual si se considera que solo el 5% de las agraviadas denuncia, según reporta la Organización Mundial de la Salud (OMS). En el Perú, es complicado para la víctima acusar a su agresor, ya que generalmente es alguien de su entorno. Asimismo, lo más probable es que su demanda se pierda (solo 1 de cada 25 recibe condena), y existe un miedo muy fuerte a la revictimización y al juzgamiento social.
María Ysabel Cedano, directora del Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Demus), ha explicado en repetidas oportunidades que “existe un tema de carácter sociocultural e impunidad en el acceso a la justicia”. Las víctimas son denigradas cuando se atreven a denunciar con frases como “con qué ropa vestía”, “por qué caminaba sola por ese lugar” o “qué hizo usted para que su agresor reaccionara así”. Estas preguntas las revictimizan, sobre todo, en las comisarías del país; mientras que la actitud con el acusado es más comprensiva y siempre hay una excusa: “Estaba borracho”, “estaba drogado” o “tiene un problema de salud mental”.
La situación se complica para las niñas, adolescentes y mujeres de Iquitos y Amazonas. ¿Qué sucede cuando tu población, comunidad o familia ha normalizado el delito, y prioriza otros problemas como la escasez de maestros o dirigentes por encima de tus derechos y dignidad?
Distintos lugares de la selva peruana grafican la respuesta a un cuestionamiento que parece increíble. Indiana, Mazán, Puinahua (Loreto) y Nieva (Amazonas) son cuatro distritos donde denunciar por una violación sexual es una traición a la familia, una ofensa al vecino, un peligro de quedarse sin dirigentes y maestros, y un prevalente temor de las adolescentes a convertirse en la próxima víctima que truncará sus sueños no por el abuso —que han normalizado y lo perciben como un hecho que podría sucederles—, sino por quedar embarazadas como consecuencia de ese crimen.
Los estudios antropológicos realizados en estas zonas revelan que el abuso sexual conforma una cadena de hechos en la cual el victimario tantea hasta dónde puede llegar con la víctima. El 83% de los abusadores se encuentra en casa e inicia la prueba con alguna palabra que usualmente no obtiene una respuesta que lo detenga. Luego, seguirá en ascenso y realizará un tocamiento o una propuesta indebidos que tampoco serán frenados. Entonces, terminará en una primera violación que, según el informe Controles domésticos para la prevención de violaciones a mujeres adolescentes (2016), en el 97% de los casos, no será denunciada. La familia de “Ana” no quiso delatar a su agresor a pesar de que lo conocía y la adolescente volvió a subir a un pequebús para ir al colegio, rogando que el conductor no fuera su atacante.
Si ya era complicado vivir en un país donde la justicia favorece al agresor, quien siempre tiene una excusa o motivo para su crimen, y denigra a la víctima con la intención de culparla de lo que le sucedió, es mucho más difícil para estas niñas, adolescentes y jóvenes luchar contra la ideología de una comunidad que cree que posee un sistema de justicia, que el delito no es tan grave, que se puede superar; o cambiar la perspectiva de una víctima resignada a un destino que sabe que no puede controlar.
Lima, mayo de 2021
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Estos son los espacios donde transcurre
Niñas sin infancia. La normalización del abuso en la selva peruana:
https://editorial.upc.edu.pe/recurso-ninas-sin-infancia/
Capítulo 1.Mazán: el pueblo de las niñas que tienen niños
“Bris” se asoma a la ventana, observa con atención y huye.
—¿Sabes lo que ha pasado con “Bris”? —pregunta seriamente Nancy Guerrero, jefa de la Defensoría Municipal del Niño y del Adolescente (Demuna) de Mazán, a la madre de “Bris” una vez que esta la ha recibido en la sala de la pequeña casa que tiene su madre en aquel distrito de Maynas, Loreto, la región más grande del Perú.
