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Hay libros que tienen un argumento que cabe en tres o cuatro frases comunicables y claras; hay otros, en cambio, que, como tratan de dialogar de tú a tú con la vida, son imponderables. Por eso pueden irse por las ramas, como hace este Niño parabólico, y ponerse a hablar de un tomate impreso en 3 d , de la tumba de Goya, de los atardeceres de Madrid en el parque del Oeste, de las virtudes del Pandorino frente al Bollycao, de la búsqueda del auténtico brandy o del perro de Vicente Aleixandre para hablarnos, en realidad, del amor, de la concepción del tiempo, del valor de lo gratuito, de la vida en la gran ciudad, concretamente Madrid, de la pureza, del papel de la cultura en nuestra existencia, de las razones para escribir o de las relaciones que establecemos con los bienes materiales. Niño parabólico tiene el pulso existencial de esos libros que sólo pueden escribirse en la mitad de la vida, una novela sostenida por un sentido del humor, un entusiasmo, unas dotes de observación, una exactitud y un aliento poético deslumbrantes. Las ideas y las hipótesis audaces proliferan en esta novela –tan frenética como reflexiva, tan disparatada como tierna–, y proponen una lectura del mundo que oscila entre el vitalismo a ultranza, la hondura filosófica y los momentos desternillantes. Un acercamiento casi experimental a lo más cotidiano en el que bajar al supermercado puede convertirse en una experiencia reveladora.
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Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LARGO RECORRIDO, 215
Constantino Molina
NIÑO PARABÓLICO
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: octubre de 2025
© Constantino Molina, 2025
© de esta edición, Editorial Periférica, 2025. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-10171-64-0
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
El horizonte es un telón de pomelo y calabaza. Lo veo en este primer paseo del año, que todo es un arder en esta tarde de enero y que más allá del parque del Oeste –y por encima del parque de atracciones que asoma su perfil en la distancia con su noria, su lanzadera y su montaña rusa– todo es un declinar de luz que ya es magenta, azul de metileno y oscuridad encendida de farolas y fluorescentes cuando me vuelvo a casa por el paseo del Pintor Rosales.
Asomarse a esta cornisa de Madrid es asomarse a la metáfora de la media vida: está el cielo, con su transmutación lírica de tonos, y está la tierra firme, que cambia algo menos. Entre medias despuntan las atracciones y todo esto es metáfora de algo que no sé muy bien qué será, pero que algo es y que tiene que ver con la mitad de la vida. Es algo que abduce, que retrotrae y que a la vez despega hacia un tiempo perdido en el tiempo. Si es que el tiempo existe, claro.
Yo fui niño parabólico. Lo recuerdo ahora que, como decía, he vuelto a casa por el paseo del Pintor Rosales y he visto uno de esos chismes apuntando al firmamento desde una terraza. Lo que esa antena de la terraza buscaba no lo sé, pero lo que yo buscaba era muy sencillo.
En aquella llanura mansa y con intenciones ya de sierra en la que yo nací, durante unos años arraigó la costumbre de utilizar a los niños con orejas algo despegadas para pillar la señal del Canal plus. Nadie sabe muy bien cómo alguien dio con el sistema, pero funcionaba. Eran mediados de los noventa del siglo pasado, que dicho así suena como muy lejos en el tiempo, pero que en realidad es hace nada y es nada porque yo creo que el tiempo, como parámetro lineal y hacia delante, no existe. Hacia mil novecientos noventa y seis, por poner una fecha concreta como ejemplo, mi madre untaba la punta del cable de la antena de la televisión en aceite, que era un aceite denso, de garrafa y de almazara, y me lo introducía unos tres o cuatro centímetros en el recto. Luego yo subía a la terraza de casa, me sentaba en una silla y la familia, en la planta de abajo, podía disfrutar del Canal plus. Había familias que abusaban, que ponían a los niños durante horas y horas en terrazas y balcones con su cablecito metido por el culo mientras ellos disfrutaban de las películas de estreno, de los documentales de la National Geographic, de los toros y del fútbol. Pero en mi casa yo fui niño parabólico exclusivamente por el fútbol.
Recuerdo a mi madre, con su cuidado, protectora y algo recelosa de esta actividad porque ella no era aficionada al fútbol, que me abrigaba bien si era invierno y que subía tras de mí las escaleras hasta la terraza, donde me esperaba una silla de plástico blanco con un cojín mullido. Allí estaba el cable de antena, que mi padre había desenrollado un rato antes, unos diez metros que iban desde la televisión del salón, pasando por un pasillo y subiendo por el patio interior, hasta la terraza. Mi madre entonces calentaba con sus manos de madre aquel apéndice, supositorio receptivo, lo aceitaba y me lo introducía hasta que abajo la señal del plus aparecía en la pantalla. Mi hermano daba el aviso desde el patio y allí quedaba yo sentado al sol. Niño parabólico durante noventa minutos de partido.
Aquella hora y media la pasaba, en las primeras sesiones, acompañado de un Tetris y de un Pandorino, que era y sigue siendo mi bollo metafísico preferido. Más tarde me acompañó ya sólo el bollito porque se fue descubriendo que la máquina del Tetris hacía cierta interferencia con la señal televisiva y que sin ella todo era una imagen de calidad suprema. Me chisporroteaban un poco las orejas, energía electroestática, y en el salón todos disfrutaban de la liga española que, en aquellos años, por lo visto, fue maravillosa.
Estaba allí reunido el núcleo familiar, que eran mis cinco hermanos y mis padres (mi madre imagino que andaba por allí un poco más a lo suyo y pensando en el niño que está solo en la terraza, se asomaba cada dos por tres para ver cómo iba todo); también venían mis tíos, mis primos y tres o cuatro vecinos.
¿Cómo iba el niño? Para el niño aquellas sesiones de terraza y Pandorino fueron el primer contacto con el mundo de lo contemplativo y de lo franciscano, porque durante unos años fui niño parabólico, pero desde entonces, y ya para siempre, fui sujeto franciscano. Miraba la luz y pensaba en eso de la luz. Si cerraba los ojos, yo seguía viendo algo. Veía un bermellón iridiscente, una canción de sangre que era la sinestesia del cuerpo escondida en lo de adentro del párpado. Si encontraba una miga que había caído sobre mi chaqueta, pensaba en la miga y en la idea del lugar, que era una cosa y luego otra, movimiento, y, si le daba un golpecito con el dedo, también la miga cambiaba y era una cosa y luego su contraria dependiendo de la luz. Al final la miga caía al suelo, venía una hormiga y se la llevaba por ahí. Sobre los geranios estaba la vida, cíclica, dividida en los movimientos de una sinfonía que según las estaciones son cuatro, pero que según mi experiencia empírica de niño contemplativo eran sólo dos: crecimiento-floración y decrepitud-letargo. Y todo estaba bien, porque acababa una cosa y ya empezaba la otra para que el ojo no se quedara quieto, vago, tuerto y seco, que es como se iban quedando las flores de los geranios y que hubiera sido triste si luego no hubieran ido saliendo más y más. Blancas, rojas y fucsias, se quedaban tuertas y secas, pero luego salían otra vez entre lo verde de la terraza.
Si era primavera, ya volaban por allí las golondrinas, que se posaban en las cuerdas de tender y en la otra antena, la que no pillaba el plus, y que estaba encima del tejado. Con ellas establecí una estrecha relación con lo lírico, porque el vuelo de la golondrina es el vuelo lírico por antonomasia, grácil y algo loco, que se alza sobre las azoteas a cielo abierto y que también se cuela por las calles estrechas volando a ras del suelo, a dos dedos de las colillas y de las mierdas de los perros. Y eso es la lírica, el arte: transmutar los elementos, combinar en un todo el arriba y el abajo, el antes y el después, el amor y la palabra.
La golondrina venía a hablar conmigo, se posaba en la cuerda de tender y yo la miraba desde mi silla de plástico blanco. Aquello era la anunciación. Ella encendía su máquina de gorjeo y yo me ponía bien atento a escucharla, me quedaba absorto en su soniquete hasta llegar a un trance similar al de un buda del canto. Sentado en la silla, cerraba los ojos y mecía las piernas, que pendían en el aire porque no me llegaban los pies al suelo. Veía el bermellón iridiscente y conectaba mi soledad de niño parabólico con la comunión del mundo y todos sus seres. Entraba en lo profundo del canto. Entendí entonces la importancia del eremitismo de pequeña escala, aquel que, frente al otro, el de gran escala y por ello patológico, consiste en pequeños momentos de soledad que nos acercan más al centro de lo nuestro. Son cápsulas de soledad cotidiana. Un aporte vitamínico de consonancia existencial que viene muy bien para cuando uno sale a lo de afuera del mundo, a esa otra parte de la vida que son las calles y sus gentes.
A veces volaban desbandadas de palomos y tordos, y pasaba un F-18 de la base aérea de Los Llanos. El sonido, que era como un rugir de reactores en fiesta, venía después porque el avión era más rápido. La fuerza lírica, cuando se tiene, es algo similar: es como tener un F-18 dentro de la cabeza. Y cuesta un tiempo hacerse con ella, manejarla, saber conducirla, tomar la altura justa y hacer que los pájaros en lugar de volar en desbandada la acompañen. Además, hace falta saber de espera y controlar de fantasmagoría o abstracción, porque casi siempre el sonido también llega después.
Vuelvo a casa. Ya he vuelto. Estoy aquí escribiendo, transmutando las cosas, después de pasar mi rato de eremitismo sano por el parque del Oeste. Es enero y es igual que entonces, cuando estaba solo en la terraza y no había golondrinas y los geranios no tenían flor, pero estaba la miga del Pandorino y también la luz. El abrigo, con la capucha bien cerrada por mi madre, que se asomaba de vez en cuando para ver cómo iba el niño. Yo me sorbía un poquito los mocos, miraba el atardecer igual que ahora, le daba otro bocado al Pandorino y mecía los pies en el aire, que es el espacio de lo que somos. El espacio del vacío y del todo, de la soledad y del canto, del tiempo –que no existe– y del Tetris. El espacio del vivir y de la nada.
Mañanas de Argüelles, barrio de cuadrícula que acaba en un vértice frente a un bosque domesticado. Justo en ese vértice, en la esquina de Rosales con Moret, se alza una torre de trece alturas que es como la proa de Madrid, barco encallado, porque esta ciudad es un lugar que ya no navega, que no se busca, que ya es un todo caleidoscópico, expansivo en su quietud, y que a lo largo de los siglos ha pasado de ser barco a ser océano.
Ahora es la gente la que viene aquí a buscarse dentro de ella, a ser algo en la vida, a olisquear los escaparates y las pantallas de leds que anuncian películas, farmacias, espectáculos, coches, móviles, cantantes, encurtidos culturales o cosméticos. La gente viene aquí a triunfar, a cumplir sus sueños o a acabar con ellos hechos trizas y de vuelta a la provincia.
Yo todavía me busco en ella. He ido circundando su centro, cambiando de casas, pasando por los barrios de Retiro, Salamanca, Lavapiés y Letras. Ahora estoy aquí, en Argüelles, barrio de cuadrícula que como toda cuadrícula céntrica es un lugar acomodado, sitio bien, con pijos que llamaría de segunda división frente a la primera división de la burguesía madrileña que habita en el barrio de Salamanca. Al haber vivido en ambos sitios ya puedo comparar, y ahora sé que el pijo de Argüelles es de tonalidad más conservadora, más de caqui, camel y verde oliva. Sin embargo, el burgués del barrio de Salamanca es de tendencia menos castiza, más disparatada por ser ya un barrio compuesto de grandes fortunas que aterrizan allí desde todo el mundo y desde hace ya unas cuantas décadas. Resumiendo, se podría decir que el tono del pijo de Argüelles entronca todavía con el colorido de lo militar o la flora parda de la meseta, mientras que el pijo de Salamanca es de un colorido abierto al mundo, a las selvas del trópico y a las especias de Oriente. Y eso es algo que se nota mucho en la tercera edad, que es desde donde la genealogía nos habla. Por aquí los viejos andan todavía emparedados en su caqui y en su camel, y por las calles de Serrano y de Lagasca también, pero sorprenden, disparatan, se salen del esquema con un chal fosforito, con unas gafas de montura naranja cantoso o con unos mocasines verde pistacho.
Mañanas de Argüelles. Me bajo a tomar un café, me asomo antes a la cornisa de Rosales y ahí está la naturaleza, quieta y expansiva, el frío de enero y los loritos verdes que colonizan los parques de España. Compro el pan y me paso por el supermercado a comprar también Pandorinos.
Si en Madrid me busco, en el Pandorino tengo la toma de tierra para no perderme. Es mi madalena de Proust, mi enlace originario con lo franciscano, aquello que uno no debe nunca olvidar: que todo está en el desnudo de las cosas, que nosotros, la belleza y el núcleo del ser están en su desnudo.
Como San Francisco de Asís, cuando muerdo el Pandorino, cae mi manto y quedo desnudo ante todo. Vuelvo a ser el niño parabólico que miraba al cielo y hablaba con las golondrinas.
El Pandorino de Dulcesol, cuarenta y cinco gramos de peso y ciento sesenta y cinco calorías de reminiscencias franciscanas, es el bollito metafísico que desde niño yo he preferido frente al más habitual Bollycao de Bimbo. Las causas son, como digo, ante todo metafísicas, pues el Pandorino participa en mayor medida de la verdad de la existencia. El Bollycao es un eje lineal en cuyo interior la crema de cacao se reparte de manera uniforme: del primer al último bocado todo es un previsible avance hacia delante en el que el error, la deriva o la sorpresa no tienen cabida. Sin embargo, el Pandorino participa de la idea del azar. Su forma es esférica y el cacao se reparte de distinta manera en cada uno de ellos. En ocasiones todo queda aglutinado en un mismo lugar, en otras está situado de manera más o menos uniforme o también puede estar dividido equitativamente entre sus dos hemisferios. Por ello, el Pandorino, como la vida y el tiempo, participa de lo azaroso. Uno empieza a comerlo un día y todo es bollo hasta dar con el cacao final, pero al día siguiente puede suceder justo lo contrario, y así también son todas las cosas que se aproximan a la idea de la verdad. Y digo que se aproximan a ella porque alcanzarla por completo no es posible.
La verdad, como el tiempo en su concepto lineal, es algo que no existe. El tiempo es mucho más Pandorino que Bollycao, es una esfera, una nebulosa en la que andamos perdidos y en la que nos vamos moviendo de manera tridimensional. No sólo hacia delante o hacia atrás, sino también hacia arriba o hacia abajo. Sucede que no todo es un evidente ir en un río que va a dar al mar que es el morir, que sí es una gran metáfora que hasta los protozoos de las charcas de Uzbekistán conocen, pero a la que le faltan matices para aproximarse más a la verdad. Le falta al poema de Manrique el grado tridimensional del tiempo, porque no todo es un evidente deterioro hacia delante, sino que muchas veces vemos a alguien y está más joven y más guapo que hace años. Y también puede que hasta más listo o menos tonto.
Me gusta que en Madrid haya de todo, que sea una forma fractal en la que las cosas se multiplican y se dividen y se esparcen y se concentran a la vez. Es como un brócoli romanesco que va desde la tienda Gucci de Serrano hasta las uralitas de la Cañada Real.
Hace una semana descubrí aquí mismo, al lado de casa, una tienda de impresión tresdé. Te imprimen cualquier cosa que les lleves a la escala que quieras. Te escanean un tomate, una cabra o a tu madre –que es lo que yo les he llevado– y te lo imprimen a la escala que elijas y en el color que más te guste. Me enamoré de un tomate que compré en el Carrefour y lo llevé para que me lo imprimieran a escala uno a uno, es decir, a escala natural. Aquí lo tengo ahora, con su forma orgánica, azarosa y bella en su deformidad de huerta y fertilizante, sobre la mesa del escritorio impreso en plástico rojo. El otro, el natural, me lo comí en una ensalada porque aunque era muy bonito se me estaba ya casi pudriendo. No sé si de tanto mirarlo o por eso del tiempo que no existe. También me traje un par de cabras y a mi madre para que me las escanearan porque eso son cosas que en Madrid no las hay aunque haya casi de todo por aquí. Cabras se pueden ver de manera puntual cuando los ganaderos se manifiestan y van con el megáfono y la pancarta, con alguna vaca y unas cuantas cabras a la puerta del Congreso a berrear como animales mientras sus cabras y sus vacas se toman un café en una terraza. La cabra pide un cortado con leche de vaca y la vaca se pide el suyo con leche de cabra. Luego viene el ganadero y se lo pide con leche de soja. Sólo falta que la planta de la soja aparezca en esta fábula y a ver qué leche se pide ella.
También, una vez al año, se pueden ver un montón de ovejas y de cabras cuando es la Fiesta de la Trashumancia, pero a mi madre nunca se la ve por aquí. A ella, aunque sea el Día de la Madre, el cumpleaños de su hijo o el Año Nuevo chino, que este año es el año del chorlito, le da todo lo mismo y dice que no sale de su casa.
Por eso, junto al tomate rojo, tengo a mi madre impresa en termoplástico verde. También dos cabras, una negra y la otra blanca. A mi madre la hice a tamaño oropéndola porque siempre está haciendo ganchillo y así es cómo las oropéndolas tejen su nido. Las cabras las pedí a medida de hámster para poder ponerlas encima del tomate.
Aquí tengo delante el tomate, a las dos cabras y a mi madre. Rojo, blanco, negro y verde que me recuerdan a la paleta de un cuadro de José Guerrero que se llama Litoral y que pintó en mil novecientos setenta y nueve. También podría ser una ensalada de lechuga, tomate, cebolla y olivas negras pero que es una ensalada de tomate, de cabras y de madre.
Un bodegón de plástico que tengo delante y que yo no sé si esto es naturaleza muerta o viva. Si símbolo o juguete. Si Toys R Us o madre.
Yo he tenido miedo. Miedo de nombrar palabras como Pandorino –o, mucho peor, de nombrar Carrefour, que es donde compro los Pandorinos– en mi literatura. Pero aquí están el Carrefour y el Pandorino.
He tenido siempre cierto recelo del topónimo, el nombre propio o la marca registrada no por un ansia de transcendencia, sino más bien por un ansia de pureza en la que ya no creo o en la que creo de otra manera. Ahora sé que la pureza no tiene la forma inmaculada de una perla, su pulcritud y su brillo, sino la forma poliédrica, esquinada y repleta de aristas de un satélite que va girando en torno a la Tierra. También podría ser un meteorito de superficie irregular, repleto de asperezas y cavidades, que amenaza desde la infinitud del universo con un impacto mágico: el de acabar con todo para empezar de nuevo. Y eso, a mi entender, se asemeja más a la pureza que el brillo de la perla.
Hoy por hoy nadie puede creer en la inmortalidad o en transcender con su obra los márgenes de su propio tiempo, pero sí existe un ingrediente en todo esto de la transcendencia que me interesa. Y es que un texto con alma, un artefacto literario con entidad propia, debería ser entendido hacia delante y hacia atrás en el devaneo de los siglos. Quiero decir que debería emocionar al lector de hace doscientos años hacia el pasado y también al de doscientos años hacia el futuro. Debe hablar con los muertos y con los todavía por nacer. No por un afán de transcendencia, ya digo, pues la mayoría de nuestros escritos se perderán en pocas décadas, sino por un vivir el ahora y el instante de una manera más entera, más en consonancia con lo que la vida y la literatura significan. Es decir, el que escribe no debe hablar de su propia vida –campo acotado, reduccionista o paja mal hecha–, sino que debe hablar de la vida, inventarla un poco para salirse de sí mismo y a la vez entrar así de lleno en la existencia. Es decir, mi vida es un segmento con un principio y un fin, y la vida, sin embargo, estaba ya antes y seguirá estando después de mí, lo mismo que la literatura, que va más a su aire de lo que parece y que cuando se la quiere retener en la biografía se da la vuelta y sale corriendo mientras uno sigue jugando a ser su propio cuentacuentos.
Todo esto de la pureza y de la palabra que mancha, que ensucia por perecedera, donde se me hizo patente y se me vino encima como un despertar a la clarividencia fue en el Quijote. Y, concretamente, en posteriores lecturas, algo más detenidas, del libro.
El Quijote es una obra en la que abunda todo aquello antes nombrado y que viene a ser la casquería del verbo: el topónimo, el nombre propio, la marca registrada –que ya existía, porque Jesucristo ya era Jesucristo– y las demás palabras que nombran los elementos circunstanciales del relato. Por sus páginas pasan alcaldes, ingenieros, curas, calles, anécdotas y gastronomías que son coetáneos de la escritura del libro. Elementos secundarios o terciarios que flotan ya desperdigados en el infinito vertedero de la palabra. Morralla y casquería del verbo que por alquimia de la literatura se transforman en parte del oro del botín de Cervantes.
Cervantes encuentra un tesoro, una nueva forma de hacer literatura en lo despreocupado, y un buen peso de ese tesoro recae en la morralla del verbo. Ya dijo Baudelaire que en el arte una mitad es lo moderno, lo transitorio y lo fugaz, lo contingente, y que la otra mitad es lo eterno y lo inmutable.
Eso lo dijo Baudelaire, dos siglos y medio después de que Cervantes escribiera el Quijote, pero al estar Baudelaire hablándole a la vida desde la vida –la que se lleva bien con los muertos y con los que están por nacer y que también se morirán algún día– nada importa. Porque ahí el tiempo no existe y todo se mueve en una esfera, hacia delante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, en todas direcciones y de un modo pluridimensional. Es algo en lo que a veces las cosas se solapan y coinciden. Algo que es un Pandorino inmenso y que participa del azar. La nebulosa del espacio y del tiempo, y que yo no sé por qué nombro tanto si sé que es algo que no existe.
Ya no tengo miedo a decir Pandorino, tampoco Carrefour, pero sí lo tengo a decir que es enero y que hace frío. Porque no quiero escribir un libro estacional, un libro disonante con la lectura de playa y chiringuito. Me gustan los libros que se pueden leer todo el año. Tolstói, por ejemplo, escribió libros muy de invierno, que cuesta leerlos tumbado sobre el césped de la piscina o mientras uno se toma un daiquiri frente al mar Mediterráneo. Pero es enero y hace frío, casi como en la Rusia de Tolstói, y me da más miedo decir eso que cualquier topónimo o marca registrada.
Enero y frío son naturaleza, y la naturaleza es una fuerza ingobernable. De ella nace la palabra, nace todo, y, así como la literatura puede ejercer la alquimia con la casquería verbal, nada puede hacer por alterar la fuerza de la naturaleza.
