No apto para fanáticos - Gorka Maneiro - E-Book

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Gorka Maneiro

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Beschreibung

Aquí reúno mis reflexiones y apuntes sobre mi experiencia vital y política, los cuales no pretenden ser una guía de actuación para nadie, sino una humilde aportación a quien pudiera servirle y, sobre todo, un ejercicio que necesitaba llevar a cabo yo mismo: necesitaba contar cuánto he vivido durante un período que terminó convirtiéndose en los diez años más enriquecedores y apasionantes de mi vida. Aquí están mi trayectoria inicial en los movimientos cívicos de lucha contra ETA, mi trabajo político en el Parlamento Vasco durante dos legislaturas y mi participación en la dirección de UPYD. Aquí están mis miedos y mis dudas, mis recuerdos y mis experiencias vitales y políticas. Éxitos y fracasos, decepciones y alegrías. Subrayo aciertos y errores, hago crítica y autocrítica, pongo en valor el trabajo formidable de tantos, cuento anécdotas, dudo y afirmo y relato problemas que pudieron resolverse y otros que me hicieron más fuerte. No hay nada que sea blanco o negro. No tengo la verdad absoluta. No es palabra de Dios sino mi visión de las cosas, con todas sus deficiencias. No pretendo sentar cátedra ni ajustar cuentas. Y reflejo no solo mi evolución personal y política, sino mi aprendizaje continuo, que hizo que las mismas cosas las viera diferentes según pasaba el tiempo. Claro que estoy orgulloso de mi trayectoria. Y claro que cometí errores que deben ser señalados y reconocidos por honestidad y decencia. Nunca pretendí salvar a España ni cosa parecida, sino aportar lo mejor de mí mismo para mejorar la sociedad en la que vivo. No poseo la verdad absoluta y es seguro que, entre quienes piensan distinto, podemos encontrar infinidad de virtudes. Es una de las cosas más importantes que he aprendido. Fui y sigo siendo un humilde ciudadano comprometido con la sociedad y la gente que me rodea. Esta ha sido, hasta hoy, mi trayectoria.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Gorka Maneiro Labayen

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-17990-06-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

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A mi hermana, Gurutze

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«El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo

sino una obligación para él y para todos los demás».

Fernando SAVATER

Prólogo

Un compromiso político inagotable

«Podemos entender de dos maneras diferentes el atentado sufrido: como una equivocación, un error más en la larga lista de errores cometidos por la kale borroka, o como un acierto, en el sentido de que han atacado la vivienda que pretendían. Si estamos ante el primer caso, queremos solidarizarnos con la persona a la que pretendían atemorizar y reiterar que nadie debe ser acosado por defender unas ideas tan legítimas como cualquier otra.

Si nos encontramos ante el segundo caso, cosa que sospechamos, exigimos a los saboteadores que expliquen las verdaderas razones de tal acto, y que no mientan».

El 11 de octubre del año 2000, ETA seguía matando de la forma vil y cobarde a que siempre nos ha tenido acostumbrados. Mataba y también atemorizaba a todos los que osaban alzar la voz para recordar la enfermedad moral de una sociedad secuestrada por el totalitarismo. El 11 de octubre del año 2000 habían transcurrido unos pocos días desde que una vivienda del Paseo de Ulía de San Sebastián fuese atacada con dos cócteles molotov. A los habitantes de esa vivienda nunca les fue ajeno el compromiso político; tampoco a los chivatos que, días atrás, facilitaron los datos de esta vivienda a los cachorros de la kale borroka para que recordasen —mediante un escarmiento que terminó calcinando la fachada de la misma— el precio oneroso a que estaban expuestos aquellos que se rebelaron contra la omertá criminal de la mafia etarra. El 11 de octubre de 2000, en esa vivienda, junto a sus hermanos y aitas, habitaba Gorka Maneiro Labayen y ese mismo día El País publicaba las palabras que reproduzco en el párrafo precedente.

Gorka Maneiro sabe perfectamente que ETA no atacó a su familia por casualidad; como siempre ocurre con los totalitarios, los ataques son, por el contrario, pura causalidad. ETA conocía, a través de la tupida red de chivatos, delatores y cooperadores necesarios, quiénes de entre los vecinos de Donostia eran incómodos resistentes, ciudadanos dignos que se negaron a plegarse ante la ofensiva indigna de las pistolas. La familia de Gorka no empezó a ir a las marchas contra ETA porque los atacaran, fue exactamente al revés: ETA atentó contra su vivienda porque ellos previamente se habían significado políticamente. Pero el valor primordial de las palabras que reproduzco, las de un Gorka veinteañero, tienen un valor especial que lo radiografían de forma fidedigna: Gorka siempre tuvo claro el contexto social y político en el que nació, en el que creció y en el que se desarrolló, en el que hizo amistades diversas, plurales y de todas las ideologías. Gorka siempre supo vivir y disfrutar de la vida, pero jamás sintió la tentación de aislarse de la anomalía criminal que lo rodeaba, del sanguinario paisaje que ahormó su compromiso político. Si la kale borroka no hubiera hostigado a su familia, si la dirección de esos dos cócteles molotov hubiera sido otra, si el destinatario de dichos ataques hubiera sido otro, Gorka hubiera seguido tomando partido de la misma manera. Ese es Gorka Maneiro y ese, su compromiso político.

Tras una militancia activa en Denon Artean y su paso por el PSE-EE, Gorka se enroló en UPYD. Siempre comprometido desde adolescente, interesado en la política y convencido, rebosante de saludable idealismo, de que nunca dejó de tener fe laica en esta como instrumento de transformación social, el tránsito de Gorka desde su militancia socialista a su compromiso magenta fue una evolución natural, lógica y congruente: para un progresista, los devaneos nacionalistas del PSOE eran una línea roja intransitable.

Desde sus inicios parlamentarios, cuando yo era un mero votante (voluntariamente anónimo y alejado de toda militancia), ya me sorprendió su contundencia y clarividencia discursiva. No fueron pocas las tardes que me asomaba a la pantalla del ordenador y degustaba en YouTube sus desacomplejadas defensas de la igualdad y la ciudadanía compartida. Me recuerdo enseñando a quien me quisiera prestar atención discursos diáfanos contra el concierto económico vasco, en un ejercicio de parlamentarismo sin parangón en el País Vasco, auténticamente revolucionario. ¡Cómo no iba a serlo escuchar a un vasco exigir el fin de los privilegios que disfrutaban todos los vascos, en detrimento —ay— del resto de ciudadanos españoles! O sus contundentes defensas de una política fiscal y económica progresista, reivindicando un impuesto de patrimonio armonizado en todos las partes del País Vasco y, claro, también en el resto de España. Gorka Maneiro nunca renunció a defender el interés general desde un Parlamento autonómico, lo cual fue considerado por no pocos de sus correligionarios como toda una osadía: ¡defender el interés general en el templo de los nacionalismos cerriles y los nacionalismos light, vasquismos y otros miopes particularismos geográficos que inundaban la escena política vasca! Aún recuerdo aquella campaña electoral de 2009 en la que Gorka recibió serias descalificaciones por presentarse por Álava cuando él era donostiarra. Para mayor esperpento, a decir verdad escasamente sorprendente, quien capitaneó aquel burdo intento de descalificarlo fue el Partido Popular y el inefable Oyarzabal. Gorka, flemático, vino a responder que efectivamente él no era alavés, lo cual no le parecía un impedimento para ser elegido por Álava, puesto que no pretendía representar nada parecido al alavesismo o la identidad alavesa, si tal cosa hubiera de existir. En el mitin central de campaña, dejó una frase para la posteridad; simple, directa, incisiva, tan diáfana y carente de circunloquios como irrefutable: «Sí, soy donostiarra, y ni a mucha ni a poca honra, simplemente nací allí».

Azote parlamentario del gobierno nacionalista vasco, e incómodo baluarte de la dignidad constitucionalista cuando el PP y el PSOE decidieron confundirse con el paisaje hegemónico del nacionalismo hasta difuminar dolorosamente su antaño ejemplar comportamiento cívico. Incluso cuando el constitucionalismo clásico relegaba a muchos de sus mejores mujeres y hombres, cuando voluntariamente optaba por desempeñar un papel testimonial y minúsculo, difuminando hasta la superficialidad su fortaleza e inconfundible identidad pasada, Gorka daba un paso al frente para defender la inmaculada hoja de servicios y el imprescriptible compromiso con la libertad y la dignidad de tantos cargos públicos del PP y el PSOE en Euskadi.

Gorka Maneiro no es un hombre perfecto —¡qué obviedad!— y nunca ha pretendido serlo ni aparentarlo. Ningún ser humano lo es. Ha cometido errores —otra tautología— y nunca le dolieron prendas en reconocerlos, algo no tan común por estos pagos políticos. Tal vez el principal fue no prestar la debida atención a lo que ocurría internamente en su partido, mientras focalizaba su trabajo en una inmaculada y heroica labor institucional. Cuando empezaron los problemas internos y las presiones externas, la dirección de UPYD optó por rechazar cualquier ejercicio de autocrítica y señaló taxativamente que todas las causas de su imparable declive eran exógenas. Al calor de esa involución orgánica empezaron a proliferar críticos y traidores en cada esquina. Algunos, ciertamente, lo fueron; muchos otros no dejaron de ser personas valiosas que osaron alzar la voz ante algunos comportamientos que desmentían la credibilidad regeneracionista del partido magenta. En una complicada ambivalencia, un partido que ha sido determinante en la política española a la hora de poner el dedo en la yaga de los problemas estructurales más nucleares de nuestro país, con una labor institucional prácticamente inmaculada, fue en paralelo incapaz de emitir la menor autocrítica respecto a algunas decisiones y comportamientos orgánicos difícilmente justificables. Como bien reclamó Fernando Savater, UPYD debía ser un partido «con más vocación por escuchar y menos obsesión por controlar». Lástima que las palabras del gran Fernando cayeran en saco roto.

En el libro que tienen entre manos, Gorka Maneiro hace un ejercicio genuino e irrepetible de introspección, con luz y taquígrafos, tomando la voz y la palabra para hablarnos de política. De la política en mayúsculas, y de esa otra que tristemente también existe y que debemos escribir siempre en minúsculas. No encontrarán aquí una hagiografía fantasiosa del recorrido del partido magenta, ni una burda crítica movida por el rencor hacia nada ni hacia nadie. Gorka habla de aciertos y errores, no omite ni calla a conveniencia, no expulsa de la historia a los que, en un momento determinado, decidieron tomar caminos dispares, ni tampoco a aquellos otros que un día decidieron que él también se había convertido en un traidor. Craso error. En realidad, la única traición de Gorka hubiera consistido en permanecer silente en un momento trascendental de UPYD, cuando se puso encima de la mesa, a modo de contrato de adhesión, la imperiosa necesidad de disolver el partido a espaldas de la afiliación. Su negativa no se fundaba tanto en la consideración de que quienes eso propugnaban erraran en el fondo de su propuesta, sino en el indubitado rechazo a una forma de proceder que guardaba nula relación con el discurso público —de higiene y ejemplaridad— que siempre mantuvo UPYD.

En diciembre de 2015, el día en que se inició la campaña del 20-D, me acerqué a saludar a Gorka Maneiro. Desde entonces, nuestra sintonía política y personal no ha dejado de crecer. Hoy tenemos una relación de amistad y compartimos anhelos e ilusiones. Para sorpresa de algunos, no siempre hay medro, arribismo o negocio en la política, al menos no en el tipo de política en la que seguimos creyendo. He visto a Gorka Maneiro renunciar a una oferta de Cs para que dirigiera ese partido en el País Vasco, propuesta que le hubiera garantizado hoy, a buen seguro, seguir siendo parlamentario. Algún compañero de UPYD —de los entusiastas por disolver el partido sin consultar a ningún afiliado— ya le dijo que lo mejor para él era permanecer silente ante esa disolución y hacer su carrera política en otro lado. O dejarse de socialdemocracia e izquierda y comulgar con las ruedas de molino liberales que parecen estar tan de moda. O moderar su crítica al nacionalismo y su firme convicción igualitaria, y saltar a otros pagos más fértiles para su desarrollo profesional. No son pocas las opciones ni las ofertas, pero creo no errar si afirmo que Gorka nunca tuvo muchas dudas al respecto. Sigue siendo aquel tipo que grababa debates de radio para escucharlos repetidas veces después y que se enervaba en comidas familiares cuando alguien defendía una injusticia. El chaval jatorra, con estética desenfadada, al que le robaron su Parte Vieja donostiarra durante años por defender memoria, dignidad y justicia para las víctimas del terror. El que tuvo que vivir con escolta los primeros cinco años de la vida de su pequeña. La persona optimista y jovial cuya primera reacción cuando conoce a alguien es pensar bien y resaltar sus virtudes. El conversador incansable, el político vocacional que ama su trabajo. El meticuloso y el concienzudo; el sarcástico, el mordaz y el divertido. El ciudadano comprometido que cree en lo que hace y no tiene la menor intención de dejar de hacerlo.

Qué quieren que les diga… Para mí es un honor seguir caminando al lado de Gorka Maneiro.

Guillermo del Valle

No apto para fanáticos

El partido de Rosa… sin Rosa:¿Un final digno para UPYD?

«Quiero ciudades aliadas, no ciudades sometidas que se rebelen en cuanto nos alejemos. El vínculo del miedo es fuerte pero quebradizo».

BRÁSIDAS

UPYD fuera del Congreso de los Diputados

El viernes 18 de diciembre de 2015, dos días antes de la celebración de las elecciones generales, almorcé en Madrid con Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán y Andrés Herzog, por entonces supuestos amigos míos, en un restaurante de la calle habitual donde solíamos juntarnos, muy cerca del Congreso de los Diputados y de la sede nacional de UPYD.

A un servidor, entonces portavoz adjunto del partido, lo habían mandado fuera de Madrid para hacer campaña electoral con algunos miembros de la entonces dirección nacional de UPYD y otros estupendos compañeros, por lo que había estado alejado del meollo de la campaña auspiciada en los interiores de la sede central, razón por la cual no tenía conocimiento directo de las sensaciones que en la capital del Reino se tenían, circunscripción electoral donde realmente nos jugábamos nuestra permanencia en el Congreso de los Diputados. Solo había participado como espectador en el acto inicial de campaña y en el primer día de la misma, cuando acompañé a Andrés Herzog a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, donde tuvimos la ocasión de charlar con, entre otros, el entonces presidente de la Academia, Antonio Resines, quien, siempre atento y dispuesto a facilitar las cosas, me causó una sensación de lo más grata. Por lo demás, me dediqué a viajar para acompañar y animar a la afiliación, y apoyar a otros candidatos provinciales en distintas partes de España, adonde me destinaron los estrategas electorales. Esto me permitió conocer más de cerca a la afiliación y a personas extraordinarias.

En aquel almuerzo, tanto Carlos Martínez Gorriarán como Rosa Díez se mostraron optimistas en relación a la posibilidad de lograr el ansiado escaño. Andrés Herzog, por su parte, no les llevó la contraria. Según pude comprobar, él también tenía buenas sensaciones de lo vivido durante aquellos días. Rosa Díez vaticinó que el escaño de Andrés Herzog (no aspirábamos más que a mantenernos presentes en el Congreso de los Diputados con ese posible solitario escaño) no sería el último que se repartiría y que lo obtendríamos con cierto margen y desahogo, por lo que en la noche electoral no sufriríamos demasiado o al menos no durante demasiado tiempo. En un momento del almuerzo pregunté por la disposición de los presentes en relación al futuro de UPYD, a lo que Rosa Díez respondió tajantemente: «Pase lo que pase, hay que seguir», a lo que yo respondí, no sé exactamente por qué, con cierta sorpresa: «Ah, ¿sí? Yo, desde luego, pienso lo mismo». La creí… aunque varios meses después varias personas me contaron que, para entonces y desde unos meses antes, la decisión de cerrar UPYD si no manteníamos representación estaba ya más que tomada.

Fue también durante ese encuentro que pude conocer el nombre del hotel de Madrid donde dos días después pasaríamos la noche electoral, algo que desconocía la mayor parte de los miembros del Consejo de Dirección, los cuales, salvo dos o tres excepciones, no recibieron notificación alguna . Como después supimos, no era intención de nuestro candidato a la Presidencia del Gobierno de España vivir la noche electoral, y recibir y analizar los resultados electorales con la ejecutiva nacional de UPYD, sino con algunos familiares cercanos y con aquellas personas que seguían tomando las decisiones estratégicas desde la sombra. Cuando llegué al hotel de encuentro el domingo 20 de diciembre, pude observar que la mayoría de los miembros de la dirección se mezclaba con los periodistas que tomaban posiciones en el espacio reservado para comparecer después y con los clientes que pululaban en la cafetería del hotel, mientras las personas de confianza de Andrés Herzog (con las que tomó las decisiones más importantes del partido desde que fuera elegido portavoz nacional en julio de ese mismo año) se encontraban acomodadas en una sala aparte. Fui a ese lugar cuando nuestra responsable de prensa vino expresamente a buscarme. Y fue entonces cuando vi a Andrés Herzog con algunos de sus familiares más cercanos, los números 2 y 3 de la lista por Madrid y, entre otros colaboradores del candidato y algunas de las personas que habían dirigido el partido desde el inicio, nuestro exgerente jubilado meses antes, Sinforoso Alcalá, Juan Luis Fabo, Carlos Martínez Gorriarán y Rosa Díez, quien ejercía de maestra de ceremonias. No permanecí demasiado tiempo en el lugar, ya que preferí estar con el resto de los miembros del supuesto (o depuesto) Consejo de Dirección el mayor tiempo posible, bien mezclado con los periodistas, bien en el bar del hotel. Con esos restantes miembros de la ejecutiva se contó después cuando hubo que salir a dar la cara ante los medios de comunicación, mientras decenas de simpatizantes, afiliados y voluntarios nos acompañaban y lloraban durante aquella larga noche negra y Andrés Herzog repetía como repitió durante varios días después: «UPYD seguirá existiendo mientras sus ideas sean necesarias… y a día de hoy lo son».

UPYD y el Congreso de Disolución

Al día siguiente a la noche electoral más triste de UPYD, el 21 de diciembre, Andrés Herzog me llamó mientras desayunaba, a eso de las diez de la mañana. Me dijo que Rosa Díez quería que almorzáramos con ella y sus máximos colaboradores después de la reunión oficial que los miembros oficiales del Consejo de Dirección de UPYD teníamos esa mañana.

Esa reunión de la dirección sirvió básicamente para intercambiar sensaciones en relación a los resultados obtenidos… y, visto lo visto, creo que sirvió a Andrés Herzog para observar atentamente las intenciones de cada uno de nosotros y tomar nota. De lo que dijo recuerdo solo una frase: «Si alguien piensa que debo dimitir, que sepa que me da igual». Por lo demás, la idea en la que insistió fue en la de tomarnos un tiempo de reflexión… lo cual podría ser letal para los ánimos de la afiliación, que en esos momentos necesitaba respuestas inmediatas por parte de la dirección del partido en una situación como aquella de emergencia y crisis. En general, los miembros de la dirección apoyamos la continuidad de Andrés Herzog y le mostramos nuestro apoyo, yo incluido.

Tras la reunión, algunos pocos de los miembros del CD (Andrés Herzog, Maite Pagazaurtundua, Julio Lleonart y yo mismo) fuimos al encuentro organizado por Rosa Díez en el restaurante habitual adonde solíamos acudir a almorzar tras las reuniones de la dirección, y también acudieron las personas de máxima confianza de Rosa Díez desde 2007: Carlos Martínez Gorriarán, Juan Luis Fabo, Ramón Marcos, Paco Pimentel y Elvira García.

Aquel encuentro se desarrolló del modo en que habitualmente solían desarrollarse las reuniones de los órganos de dirección dirigidos por Rosa Díez. Tras las bromas iniciales y los comentarios previos, ella entró en faena. En este caso, para explicar su propuesta. Vino a plantear dos opciones: bien seguir adelante a pesar de las dificultades; bien proponer a la afiliación un Congreso de Disolución para finiquitar UPYD, «salvaguardar su legado» e «impedir que caiga en manos poco recomendables». En este segundo caso, los miembros más destacados del partido tendríamos que realizar la correspondiente labor pedagógica para hacer ver a los compañeros que no quedaba otra que convocar el Congreso de Disolución, donde dos tercios de los delegados deberían votar a favor de la propuesta disolutiva y el cierre definitivo del partido. En opinión de Rosa Díez, ambas opciones desembocaban en la misma: eligiéramos la que eligiéramos, los hechos llevarían inexorablemente a la disolución del partido. Su propuesta era que UPYD fuera disuelto cuanto antes: no más tarde del 31 de marzo de ese mismo año. Y añadió, mirándome, que esa misma mañana había hablado con Fernando Savater y este estaba de acuerdo.

Uno a uno, los allí presentes, fueron avalando la opción planteada por Rosa Díez. Todos y cada uno de ellos, sin excepción, salvo un servidor. Es obvio que la mayoría de ellos, si no todos, ya habían previamente hablado con ella sobre la cuestión, así que no creo que a ninguno le sorprendiera ni la propuesta ni la opinión de los presentes, excluida quizás la mía. Como solía ser habitual, únicamente fui yo quien dijo que no estaba de acuerdo… para añadir, entre lágrimas, que no seguiría adelante sin ellos. Al fin y al cabo, habíamos sido durante muchos años una gran familia y un grupo de amigos que había superado unido multitud de dificultades personales y políticas… y separarnos entonces me parecía materialmente imposible. Es decir, en ese momento me parecía inconcebible un UPYD sin Carlos Martínez Gorriarán y sin Rosa Díez, de la misma forma que ya me lo había parecido a comienzos de ese mismo año cuando se me ofreció esa opción por parte de Irene Lozano, quien me dijo que no quedaba otra y que UPYD debía caminar por otros derroteros y cambiar la estrategia llevada hasta entonces. Y eso a pesar de que durante los últimos tiempos yo me había ido sintiendo cada vez más alejado de sus tesis y decisiones, tanto personales como políticas, por las razones que más adelante espero se vayan entendiendo.

Recuerdo además que, una vez que Rosa Díez terminó de explicar su propuesta y puesto que yo ya sabía que estaba terminando de escribir un libro sobre la historia de la formación magenta, cuyo título, por cierto, nos lo adelantó en esa misma reunión (Los aventureros cuerdos), le pregunté: «¿Cuándo sale tu libro?», a lo que ella me respondió: «Hacia el 23 de abril, San Jordi». En ese momento, parecía que yo trataba de relacionar una cosa con la otra (el cierre inmediato de UPYD con la publicación de su libro) y, sin embargo, era una pregunta inocente. Después sucedieron muchas cosas y yo recibí mucha información de la que en ese momento no disponía.

Tras el almuerzo con los que habían sido los históricos dirigentes de UPYD y la mayoría de sus fundadores (los fundadores oficiales fueron Rosa Díez, Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán, Juan Luis Fabo y Arantxa Aranzábal), nos reunimos nuevamente los miembros del CD de UPYD para dar la rueda de prensa en la que Andrés Herzog explicaría la posición del partido y las decisiones que tomaríamos tras el batacazo electoral. En aquella rueda de prensa no se dijo gran cosa, salvo anunciar (otra vez) que abandonábamos todas las causas contra la corrupción que en ese momento abanderábamos (idea de Rosa Díez, sin duda), informar de que nos tomábamos un período de reflexión hasta finales de enero (los periodistas no podían salir de su asombro) y repetir lo que no paró de repetir Andrés Herzog desde la noche anterior hasta el 16 de enero: «UPYD seguirá existiendo mientras las ideas de UPYD sigan siendo necesarias… y a día de hoy lo son». Tras la rueda de prensa, algunos de los miembros de la dirección mantuvimos un acalorado debate sobre lo que debíamos hacer y sobre lo que no… La mayoría nos mostramos convencidos de que debíamos seguir adelante. Eso sí: corrigiendo los errores cometidos y actuando, en muchas cuestiones, de un modo muy diferente a como habíamos actuado. Muchos de nosotros estábamos realmente decepcionados por cómo habían ido las cosas desde nuestra elección como máximo órgano de dirección del partido (casi ninguno tuvimos ni voz ni voto en ese período), tras vencer por los pelos a la candidatura encabezada por Irene Lozano y Toni Cantó en aquel Congreso Extraordinario del 12 de julio de ese 2015. Este descontento tuvo consecuencias después en los debates que se produjeron y en las decisiones que se fueron tomando, como iremos viendo.

Tras aquel 21 de diciembre de 2015, los ánimos de los afiliados se fueron alterando, dado que estos querían una respuesta más clara en relación a lo que la dirección de UPYD pretendía hacer de cara al futuro, respuesta que, ciertamente, no obtuvieron. Los resultados electorales nos habían dejado fuera del Congreso de los Diputados, en el cual habían entrado con enorme fuerza Podemos (con 69 escaños) y Ciudadanos (con 40), logrando de este modo provocar al bipartidismo una vía de agua de imprevisibles consecuencias (PP alcanzaba 123 diputados y PSOE, 90). La irrupción de los dos partidos denominados en aquella época como emergentes en el panorama políticamente nacional y ahora en la máxima institución del país (ambos partidos habían venido copando todos los medios de comunicación —y especialmente las televisiones— durante todo el año 2015) suponía, en principio, un extraordinario cambio político… y dejaba a UPYD profundamente tocado, puesto que había sido sustituido por ambos partidos emergentes como alternativa al bipartidismo y como elemento regenerador del sistema político español.

Aquellos decepcionantes resultados obtenidos por la formación magenta suponían el principal y mayor fracaso electoral de su historia… tras un desastroso año 2015 en el que se cosecharon resultados nefastos en todas las elecciones que se celebraron (elecciones andaluzas del 22 de marzo, elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo y elecciones catalanas del 27 de septiembre, a las que ni siquiera pudimos presentarnos) que nos dejaron fuera de instituciones donde habíamos venido realizando un trabajo político extraordinario, como el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid, entre otras bastantes, siendo, en todo caso, estos dos casos los más significativos (y dolorosos, a su vez, por injustos).

Echando la vista atrás, puedo añadir que la decisión de abrir un período de reflexión tras el varapalo en las urnas (en lugar de tomar dos o tres decisiones de calado y seguramente drásticas) era una obvia decisión pautada más para hacer irremediable la disolución del partido. Como solo después supe (aún siendo durante ese período portavoz adjunto, ese «cargo simbólico»), la decisión estaba tomada y algunas otras trataban simplemente de hacerla irreversible, como el propio período de reflexión de un mes abierto en aquella rueda de prensa.

Durante aquellos días siguientes a la reunión del CD y ya, por tanto, en período navideño, Andrés Herzog nos fue llamando uno a uno a todos los miembros de la dirección (con algunos llevaba meses sin hablar) para explicarnos que no quedaba otra que proceder a convocar un Congreso de Disolución antes del 31 de marzo, lograr el voto de dos tercios de los delegados elegidos a favor de nuestras tesis y cerrar UPYD. Las razones expuestas que se repitieron hasta la reunión del 16 de enero de 2016 fueron aproximadamente las siguientes: fuera como nos habían dejado del Congreso de los Diputados y las consecuencias económicas que ello tenía, no quedaba otra que disolverse, salvaguardar el legado político de UPYD y evitar que el partido cayese en manos poco recomendables.

El deseo de Andrés Herzog de convocar un Congreso de Disolución y cerrar UPYD fue algo que poco a poco se fue conociendo entre los afiliados magenta, lo que hizo que muchos de ellos actuaran para impedirlo, puesto que no estaban de acuerdo en absoluto con esa decisión. No es que quisieran votar en el Congreso de Disolución en contra de la supuesta propuesta del CD, que quizás tomáramos definitivamente en ese mes de enero, sino que no querían ningún Congreso de Disolución y sí, por el contrario, la renovación profunda del partido. Es por ello que durante aquellos días previos a la reunión definitiva recibí decenas de llamadas y mensajes de afiliados de UPYD que me pedían encarecidamente que no permitiera que Rosa Díez disolviera el partido. Tuve decenas de conversaciones con militantes de base de UPYD y pude escuchar sus razones. Tuve decenas de conversaciones con miembros del CD que, como yo, no compartían las razones expuestas por Andrés Herzog ni la posición de Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán. Y me reuní también durante aquellos días en San Sebastián tanto con Carlos Martínez Gorriarán como con Maite Pagazaurtundua para primero escucharlos y después tratar de hacerles ver que sí era posible una especie de refundación de UPYD si cambiábamos drásticamente algunas cosas y se corregían los errores cometidos, los cuales, por cierto, años después, me parecen obvios y múltiples. Porque, además, seguíamos teniendo cargos públicos y el tiempo suficiente para observar lo que daban de sí los partidos nuevos representados en el Congreso de los Diputados, y si su presencia supondría de verdad un cambio político tan relevante y de fondo como el que nosotros queríamos. En aquel momento, no se atisbaba la posibilidad de que las elecciones generales se repitieran.

Tras muchas dudas y noches sin dormir, fui llegando a la conclusión, junto con otros ejemplares miembros de aquel CD, de que había que rechazar la propuesta que Andrés Herzog nos haría en la reunión del 16 de enero. Ni siquiera un prometido puesto de trabajo para después de que me quedara fuera del Parlamento Vasco (lo daban por hecho) logró hacer variar mi posición. No es que no quisiera ser asistente de nadie (y además Europa siempre me ha gustado), sino que creía firmemente en el proyecto de UPYD y en absoluto podía impedir que quienes quisieran pudieran seguir adelante. Y eran muchos los que no querían pedir permiso para continuar… incluido un servidor.

Cinco días antes de la reunión, Andrés Herzog me volvió a llamar para insistir en su posición y en la inviabilidad del proyecto político. Fue el momento en el que le dije que no compartía su planteamiento. Y se sorprendió. A esas alturas ya había un grupo dentro del CD que estaba dispuesto a plantar cara y explicar con argumentos en dicha reunión que no íbamos a apoyar la propuesta de los disolutores. Supe, en ese momento, que temían que no aceptara su propuesta, así que estuvieron vigilantes en relación a mi posición. Según las cuentas que habíamos echado, siendo 21 los miembros del máximo órgano de dirección, la igualdad era casi máxima… y era probable que se rompiera a favor de nuestro planteamiento. No era seguro y dependía de que todos asistieran y de que quienes asistieran aguantaran la presión, cosa ciertamente difícil. De hecho, Andrés Herzog nos informó de que había invitado a esa reunión del CD de UPYD a Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán, lo cual, siendo insólito, en aquel momento no me pareció descabellado, dado que eran los fundadores del partido y la propuesta de disolver este realmente era de ellos.

En un clima de máxima tensión, la reunión comenzó a media mañana. Yo llevaba días hablando con muchos afiliados por una vía y por otra, y muchos de ellos me habían podido transmitir sus opiniones y sentimientos. El joven Guillermo del Valle, a la postre miembro del CD, que yo mismo dirigí durante 2016 y que hoy es portavoz adjunto de Plataforma Ahora, fue, junto con un grupo de jóvenes muy animados, una de las personas más activas en la defensa de la continuidad del proyecto. Fueron muchos quienes así lo hicieron y todos ellos pueden sentirse responsables de que finalmente Andrés Herzog, Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán no lograran convocar el Congreso de Disolución.

Con Ramón Marcos, exdiputado de la Asamblea de Madrid, hablé al menos en dos ocasiones durante aquellos días; la última vez un día antes de la reunión. La idea que me trasladó fue que yo podía, e incluso debía, hacer carrera política donde quisiera… pero que UPYD había que cerrarlo. Enrique Normand, exdiputado en la Asamblea de Madrid, fue una de las personas que con más insistencia defendió la viabilidad del proyecto. Y como él un amplio número de semejantes, con algunos de los cuales nunca había hablado antes y ni siquiera conocía. La fuerza que me trasladaron durante todos aquellos días, en momentos complicadísimos y de muchísimas dudas, es difícilmente descriptible.

Rosa Díez se sentó frente a mí, y clavó sus ojos inquisitoriales y amenazantes durante largos segundos en los míos, razón por la cual tuve que apartar la mirada. Todavía imponía. Andrés Herzog tomó la palabra para explicar su propuesta: convocatoria del Congreso de Disolución y cierre del partido cuanto antes. A partir de ese momento, en el que el Congreso de Disolución se convocara y teniendo en cuenta lo difícil que sería ganarlo, cada uno de nosotros, convertidos nuevamente en mano de obra barata tras meses orillados de la dirección real de UPYD, debíamos salir a explicar a los afiliados las razones expuestas: es lo mejor para todos porque debemos «salvar el legado de UPYD» e «impedir que caiga en manos poco recomendables».

Tras su razonamiento, cada uno de nosotros fuimos dando nuestra opinión, previa dimisión de uno de los miembros que supuestamente defendía la disolución; entiendo que por ahorrarse una reunión eterna y tensa. Cristiano Brown, Isabel González, José Luis García, Águeda Arranz, Julio Lleonart, Román San Emeterio, Maite Pagazaurtundua… fueron dando sus razones a favor o en contra de la propuesta.

Yo pedí datos sobre la situación económica y de la afiliación del partido (los desconocía), y planteé la posibilidad de volver a reunirnos en los próximos días para analizar la información que recibiéramos, y seguir intercambiando opiniones y lograr, además, que aquello no supusiera una nueva ruptura traumática interna, cosa que más que intuirse se palpaba. Hubo quien defendió con ahínco la disolución, dado que la ciudadanía nos había vuelto a dar claramente la espalda. Hubo quien pidió la dimisión de todo el CD como forma de asumir los catastróficos resultados electorales. Hubo quien defendió la continuidad del proyecto. Y todos lo hicieron porque esas eran sus opiniones libres, construidas o surgidas de la experiencia y del análisis realizado por cada uno de ellos. A eso de las cuatro de la tarde se levantó y marchó a coger el tren Carlos Martínez Gorriarán. Su negativa a mirarme y a despedirse de mí era un adelanto de los acontecimientos que se desarrollarían durante los siguientes meses.

Tras escuchar a todos, Andrés Herzog dijo que dimitía porque no había unanimidad para defender con suficiente fuerza la propuesta disolutoria. Tras dos semanas intensas sumando posibles votos contrarios a la disolución, su decisión de no someter a votación la propuesta fue un alivio porque, además, sabía que para muchos de los allí presentes, algunos de ellos muy unidos a Rosa Díez durante años, rechazar o no apoyar una propuesta de ella con ella presente iba a ser ciertamente complicado. No era tanto que ella fuera una persona autoritaria o dictatorial, sino que era más bien una persona de fuerte carácter a la que no era fácil llevarle la contraria. Sin embargo, alguien contrario a la disolución pidió que se votara, a lo que yo respondí que no hacía falta porque Andrés Herzog ya había dimitido y, por tanto, la propuesta decaía. En ese momento, otro alzó su voz temblorosa para apuntar que dimitía, mientras Rosa Díez fijaba nuevamente en mí su mirada. Finalmente, tras pedirlo expresamente uno de los presentes, Andrés Herzog sometió a votación su propuesta y el resultado fue de empate a seis, optando varios, sorprendentemente para nuestros cálculos, por la abstención. Fue entonces cuando una persona recordó a Andrés Herzog que su voto de calidad rompía el empate y le permitía convocar el Congreso de Disolución. Sin embargo, no quiso ejercerlo e insistió en su dimisión inmediata e incondicional. Rosa Díez tomó la palabra para decir que los hechos le volvían a demostrar lo que ya sabía: que aquel CD (conformado realmente por ella) estaba compuesto por personas inmaduras que nunca habían llegado a estar a la altura de las circunstancias.

Tras aquellos momentos de máxima tensión, Rosa Díez, Andrés Herzog y Julio Lleonart marcharon rápidamente al despacho del segundo. Y, mientras tanto, algunos de los presentes nos poníamos de acuerdo en conformar una Gestora que dirigiera el partido hasta la convocatoria y celebración de un Congreso Extraordinario que eligiera una nueva dirección legitimada por los afiliados. No fueron momentos fáciles y no todos a los que pedí que formaran parte de la Gestora aceptaron; y eso a pesar de que no eran conscientes de las enormes dificultades que íbamos a tener que superar a partir de ese momento, dado que todo estaba preparado para disolver UPYD antes del 31 de marzo. Y los obstáculos se fueron multiplicando.

La carta de Rosa Díez

El 22 de enero de 2016, seis días después de finalizar la reunión del CD de UPYD, Rosa Díez me envió una carta.

En esta, cuyo objetivo comprendí después, Rosa Díez lamentaba profundamente que no fuera «sincero» durante la última reunión, denominaba como mis «fieles escuderos» a mis compañeros de dirección y me acusaba de mentir en relación a lo que allí debatimos y se decidió. En la misma, Rosa Díez lamentaba que me faltara «el valor político y personal para defender que UPYD debía seguir adelante» y me acusaba de no reconocer que lo que yo quería realmente era «tener una nueva oportunidad en el Parlamento Vasco». Y que si yo lo hubiera dicho así, ella «lo habría considerado seriamente». En aquella carta, Rosa Díez me acusaba de haberme mantenido «impermeable» a sus argumentos y me reprochaba mi «falta de transparencia». Rosa Díez me pidió que dejara de alentar a personas que insultaban a quienes piensan diferente a mí y me acusaba de «decir una cosa en público y otra en privado» y de «ocultar» mis «verdaderas intenciones».