No es cuento - Pablo Monsanto - E-Book

No es cuento E-Book

Pablo Monsanto

0,0

Beschreibung

¿Por qué sabemos poco o nada de la historia reciente de Guatemala? ¿Hubo masacres, torturas, desapariciones, crímenes de lesa humanidad? ¿Qué oculta la historia "oficial" acerca de esto? ¿Existió un movimiento guerrillero? ¿Quiénes lo integraban? ¿Cómo actuaban? ¿Cómo funcionaba su aparato logístico? Estas y otras respuestas las encontrarán aquí, directamente salidas del lápiz de uno de los protagonistas de la historia de este país: el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Rebeldes de Guatemala, Pablo Monsanto. Pablo se desprende de su verdad a través de un relato ameno y coloquial que expone una historia de dictaduras encubiertas, medios de comunicación serviles al mejor postor, ambiciones, intrigas, traiciones y falsedades que dieron al traste con el sueño de una Guatemala mejor. La guerrilla, sus logros y desaciertos, sus esperanzas de alcanzar la unidad de todas las fuerzas rebeldes para llevar adelante un proyecto social de igualdad y progreso, son desvelos que Monsanto ha decidido dejar impresos aquí porque, como dijo José Martí: la palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 447

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Primera edición: 2022

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Pablo Monsanto

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Corrección de estilo y edición: Belén Cañas López

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

Nota de contraportada: Belén Cañas López

Diseño e ilustración de portada: Víctor Manuel Cañas López

ISBN: 978-84-1144-687-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA

.

Dedicatoria:

Dedico este libro a todas las personas que donaron lo mejor de sus vidas y las vidas mismas, a quienes cayeron combatiendo y a quienes vieron sus vidas sesgadas por las torturas criminales en las cárceles de los gobiernos militares y fascistas durante esos años.

Lo dedico también a mi hija Iskra Ixmukané, a mis hijos Pablo Arnoldo, Jorge Ismael, Nils Eduardo, Marco Antonio y Ángel Odel, quienes son mi vida misma.

Hago un profundo reconocimiento por sus apoyos a Zoila América, madre de tres de mis hijos menores.

Un reconocimiento especial con gran afecto, agradecimiento y valoración a sus aportes y apoyos, sin los cuales no hubiese sido posible que este libro llegara a sus manos, a la licenciada en Letras Belén López y al trovador Karel García, con quienes estoy alta y eternamente agradecido.

Prólogo

A cualquier lector guatemalteco, latinoamericano, o en especial aquel que viva allende nuestros océanos, no le debe caber la menor duda de que este libro que van a leer… «no es cuento» y pronto confirmarán que efectiva y ciertamente… «es historia».

No una historia cualquiera, sino una profunda y conmovedora narración vivida con dignidad y estoicismo no solo por su autor, sino por toda una generación que aún hoy, sesenta y cinco años después de los acontecimientos que aquí se narran y describen diáfanamente y sin tapujos ni justificaciones, siguen vinculadas de muchas maneras con buena parte de los hechos, momentos o períodos de la historia contemporánea durante toda la segunda mitad del sigloxx.

La razón de esa vigencia es contundente: un significativo número de los protagonistas de esta historia aún viven, y no solo viven, sino que todavía comparten sus avatares con las generaciones que les sucedieron. En tal sentido les sugiero que presten mucha atención porque no pocos de aquellos que vivieron la intensidad de la lucha desde la década del sesenta hasta los años noventa, aún mantienen una presencia activa y protagónica en la Guatemala de este sigloxxi. Uno pensaría que es mentira, pero es una realidad. No es cuento.

Aunque nos parezca paradójico o inverosímil, es válido apuntar que más del setenta por ciento de los casi quince millones de guatemaltecos actuales, o bien no habían nacido, o apenas transitaban por su niñez cuando sucedieron estas historias y las desconocen por completo, porque, además, jamás se las han enseñado en las escuelas ni las han visto en la televisión o el cine, tampoco las escucharon en la radio ni siquiera como cuentos, mucho menos como lo que son: historias verdaderas.

Estas cifras de desconocimiento pueden ser muy superiores si lo miramos en las zonas urbanas, cosmopolitas, como Ciudad Guatemala o las principales cabeceras departamentales del país, porque el peso y rigor de la guerra se concentró en las montañas y serranías de la Guatemala profunda, la indígena, la maya con sus más de veinte etnias que sí sufrieron aquella pesadilla. En estas zonas todavía hay muchas personas sobrevivientes que preferirían no recordar esa terrible etapa. Aún hoy, sesenta y cinco años después, sienten miedo de todo aquello. Lamentablemente es así.

A pesar de la existencia de una profusa literatura sobre lo que se conoce como la «etapa del conflicto armado», que duró treinta y seis años —si ubicamos sus inicios en 1960 y lo llevamos hasta la firma de los Acuerdos de Paz, el 29 de diciembre de 1996—, historias como las que aquí se cuentan apenas existen, pues la gran mayoría de esa literatura la han escrito historiadores, investigadores, politólogos, novelistas e incluso enemigos de ese proceso, pero no los que sí vivieron esos hechos, como en este caso, en que todo lo que usted leerá está escrito por uno de sus más identificados protagonistas, Pablo, que con este libro nos acerca a su visión de esta parte de la historia guatemalteca.

Ciertamente no son cuentos que escuchó de otros, son historias vividas por él y por decenas de otros protagonistas que a lo largo de sus más de trescientas páginas Monsanto irá destacando, por pequeño que haya sido el rol desempeñado por muchos de ellos en favor de las causas justas por las que lucharon y hasta dieron sus valiosas vidas, rindiéndoles así un muy merecido homenaje.

Algo que no debemos olvidar es que, en la bellísima Guatemala de la Eterna Primavera, el proyecto contrainsurgente implantado por los EE. UU. junto a los distintos regímenes dictatoriales en esos treinta y seis años fue el más letal y sofisticado de todos cuanto aplicó en Latinoamérica. Esto ocasionó afectaciones irreparables al pueblo de Guatemala con un saldo de más de doscientas mil pérdidas humanas entre asesinatos y desapariciones. Cifra que supera por mucho lo ocurrido en todo el continente con planes similares en etapas paralelas o posteriores.

Las dantescas tácticas de tierra arrasada empleadas, las llamadas Patrullas de Autodefensa Civiles (PAC), las denominadas Aldeas Modelos, los supuestos«polos de desarrollo», todo lo que se concebía en la tenebrosa Escuela de las Américas, en la CIA y en los centros de poder imperial se ensayaron y se aplicaron al máximo en Guatemala, donde llegaron a tener élites militares (kaibiles) con entrenamientos de sobrevivencia que incluían hasta el canibalismo. Estos genocidas llevaron al paroxismo las masacres que hicieron desaparecer una etnia. Eso, estimados lectores, sencillamente no se puede olvidar. Así lo han recogido y testimoniado la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), la CIDH, Minugua y cuantos organismos internacionales han investigado estas historias que no son cuentos.

Monsanto, en su libro, nos las narra en seis capítulos de una manera novedosa, pues a cada uno de ellos los titula con nombres de canciones del trovador cubano —y su amigo personal— Vicente Feliú Miranda y al concluir cada capítulo aparece el texto de la canción. Algo distinto en este tipo de literatura histórica y hasta épica por sus contenidos.

Sin ánimo de anticiparme a las lecturas que ustedes disfrutarán —y aprenderán de ellas— y solo con la intención de motivarlos con cada uno de sus musicalizados capítulos, se los resumo así.

En el Capítulo I tituladoLa balada del guerrillero, que es un poema del poeta y guerrillero peruano Javier Heraud (caído en combate con apenas veintiún años) musicalizado por Feliú, Monsanto va narrando la epopeya que significó establecer la primera columna guerrillera en la Sierra de las Minas.

Fue entre los años 1962 y 1963, con las primeras Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) provenientes de los Movimientos 13 de noviembre y 12 de abril, cuando un grupo de jóvenes del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) junto a la legendaria Guerrilla Edgar Ibarra, con veintiún combatientes, se alzó en la Sierra de las Minas. Al finalizar la etapa, apenas sobrevivieron cinco para continuar en las montañas luchando contra las dictaduras del general Ydígoras Fuentes y del coronel Peralta Azurdia, quienes desatarían una brutalidad contrainsurgente no vista en Guatemala desde la invasión de Castillos Armas —en contubernio con EE. UU.— en el año 1954 para derrocar al legítimo Gobierno de Árbenz.

En el Capítulo II, tituladoA dónde irán a parar mis alaspor otra hermosa canción de Vicente, Pablo se adentra en las contradicciones internas que sufre el movimiento revolucionario entre el Mando de la Resistencia Nacional, situada en la ciudad, y los que«se la jugaban»en las montañas. No obstante, se dan avances de la guerrilla durante el«espejismo democrático»que vive Guatemala con el único gobierno no militar en treinta años, como fue el del presidente Méndez Montenegro(1966/1970). Aquí se logran estructurar los cuatro regionales de las FAR en el sur, norte, occidente y centro del país. Esta etapa significará el reconocimiento de la lucha armada internacionalmente con la participación de Turcios Lima en la antológica Primera Conferencia Tricontinental en La Habana en enero de 1966, donde se crea la OSPAAAL, y en posteriores reportajes en su revistaTricontinental, que circulaba por todo el Tercer Mundo.

Pablo destaca que con la llegada del coronel Arana Osorio al poder no solo se implementaría la represión más atroz contra el pueblo, sino que marcaría a su vez una mayor presencia de EE. UU., financiera, logística y militarmente, en apoyo a las dictaduras chapinas.

En el Capítulo III, nombradoLa cólerapor la emblemática canción de Feliú, Monsanto nos ayuda a comprender la complejidad de Guatemala en la segunda mitad de los años sesenta —desde el último gobierno civil coaccionado por el Ejército— y de los próximos dieciséis años (1970-1986), en que se sucedieron gobiernos de generales y coronelesautogolpeándoseunos a otros. Una etapa muy dura en que aparecen y crecen vertiginosamente los grupos paramilitares y escuadrones de la muerte como La Mano Blanca, Ojo por Ojo, el Buitre Justiciero, etc., que asesinaron a miles de guatemaltecos no solo de la izquierda, sino de la población civil por el simple hecho de coexistir con las guerrillas en ciertas regiones.

Una etapa de pérdidas irreparables para el movimiento revolucionario como las de los comandantes Luis Augusto Turcios Lima, Marco Antonio Yon Sosa y varios catedráticos de la Universidad de San Carlos. El propio Monsanto sufriría un atentado en plena capital del que saldría ileso, pero lamentando la muerte de un compañero de siempre.

En paralelo a este clímax, los militares golpistas ya no pretendían ser solo guardianes de la oligarquía, sino que comenzaron a incursionar directamente no solo en la economía, sino también en la política creando su propio partido (PID) para disputarle espacios a la oligarquía tradicional.

El Capítulo IV se denominaLa mañana despuésparafraseando la hermosa canción que Vicente le dedicara a la capitana María, esposa, madre de sus hijos y compañera de Pablo en la guerrilla. María está sembrada bajo una ceiba en territorio libre de Nuevo Horizonte, en Petén, y Vicente lo refleja como un homenaje en su frase«el árbol que da el mejor fruto es el que tiene debajo un muerto».

Este es el capítulo más largo, donde se analiza la importante década del 70 y los profundos cambios internacionales como el triunfo de Allende en Chile, el reconocimiento del general Torrijos en Panamá y el acercamiento de las relaciones con las guerrillas en El Salvador y Nicaragua y con los movimientos revolucionarios de Honduras y Costa Rica, esto último en respuesta al accionar de las dictaduras centroamericanas que también se cohesionan en sus proyectos contrainsurgentes y agudizan las represiones.

El Capítulo V se titulaEl sueño del Héroecomo laantológica canción de Vicente, dedicada especialmente a los luchadores revolucionarios dispuestos a todo por las justas causas.

En este capítulo Monsanto narra el devastador terremoto de 1976, su impacto político-económico y el fraude electoral de 1978 con tres generales como candidatos, en que se invistió como presidente Romeo Lucas, quien luego sería depuesto por el general Ríos Montt en contubernio con los dictadores del área centroamericana.

Asimismo, hace un detallado recuento de la situación regional y destaca la importancia de la unidad lograda por los sandinistas —lo que los llevaría al triunfo en 1979— y su influencia para el acercamiento paulatino entre las organizaciones armadas en busca de la unidad. A pesar de las continuas divisiones internas dentro de cada organización revolucionaria, con el trotskismo incluido, se logra primero la llamada Tripartita con las FAR, EGP y el PGT de Mario Sánchez, que llegarían entre octubre y diciembre de 1979 a la creación de la URN, y luego el 7 de febrero de 1982 en Managua, con el ingreso de ORPA, conformarían finalmente la URNG. Un buen momento.

Cuando el lector llegue al Capítulo VI, llamadoCréemeen tributo a la canción paradigmática de Vicente, lo que aquí leerán los llevará a creer en lo que leen.

Digo esto porque este capítulo es un resumen de la épica vida guerrillera de Pablo, narrada en una extensa entrevista que le hiciera la politóloga y multipremiada escritora chilena Marta Harnecker en 1981. Esta entrevista tiene una impresionante vigencia por todo lo que en ella aflora de manera muy autocrítica por Pablo y por el duro pero necesario análisis realizado a los graves problemas por los que atravesaron los movimientos revolucionarios, sus causas y, muy lamentablemente, su trascendencia hasta hoy, cuatro décadas después.

Los hechos aquí descritos, estimados lectores, tengan por seguro que no los van a encontrar en ninguna otra literatura —y menos en libros de texto—. No se publican textos históricos escritos con la valentía con que Pablo muestra las nefastas divisiones existentes en las guerrillas y en el movimiento revolucionario guatemalteco desde los años sesenta, cuando apenas quedaron cinco de los veintiún combatientes originales, hasta el año 1981, ya con cuatro guerrillas debidamente estructuradas.

Y es que Guatemala no fue ajena a un escenario mundial de las izquierdas marcado por el nefasto impacto del conflicto chino-soviético durante el trienio 1962-1965, que tanto perjudicó al movimiento revolucionario mundial y en particular a los movimientos de liberación nacional. Tampoco escapó al influjo del trotskismo militante e invasivo ni a la errática postura soviética (y del llamado campo socialista europeo) con su política de«coexistencia pacífica»con Occidente en aras de evitar una nueva conflagración mundial que, para algunos ideólogos de entonces, podía provocarse por el crecimiento de los MLN en el llamado Tercer Mundo.

La agudeza de Marta en su entrevista a Monsanto nos lleva a conocer las profundas reflexiones sobre el quehacer de las FAR durante diecinueve años (1963-1981) a través de noventa y nueve preguntas incisivas que llegan al detalle que ella, con su experiencia, agrupa en sesenta y seis epígrafes —o temas— que ponen sobre la mesa una cruda e hiriente realidad que nos lleva a meditar sobre la enseñanza de los siguientes versos del Che Guevara:Que la dureza de estos tiemposno nos haga perder la ternura de nuestros corazones.Y es que este capítulo-entrevista se convierte, de hecho, en un libro dentro de otro. Algo así como dos libros en uno, del propio autor, pero en formatos diferentes. Si en los cinco capítulos del primero Pablo nos narra cronológicamente sus vivencias con detalles y recuerdos muy queridos, tristes y dolorosos, de él y de los compañeros de su generación, en el segundo lo vemos más valorativo, más generalizador, pues responde a preguntas muy puntuales de Marta, quien con una larga experiencia de entrevistas con combatientes salvadoreños, sandinistas, colombianos, venezolanos, entre otros, encauza las respuestas e historias de Monsanto hacia sus objetivos de esclarecer una etapa de muchas sombras, pero también de hermosas luces que nos han iluminado hasta hoy.

Sin equívocos, una jugada literaria que redondea la idea de Pablo con su libro testimonial.

Finalmente, como de guerrillas y guerrilleros se trata este libro, vale la pena recordar a Paco Ignacio Taibo II (uno de los más importantes escritores mexicanos y latinoamericanos contemporáneos) cuando escribió su excelente libro sobre el mayor exponente de la guerrilla universal y lo tituló:Ernesto Guevara, también conocido como el Che.

Parafraseando a Taibo, podríamos subtitular este libro de forma inversa como:Ismael Soto, también conocido como Pablo Monsanto, porque en la vida política guatemalteca y en casi toda Latinoamérica, pocos, pero muy pocos, conocen al comandante Monsanto por su verdadero nombre de Ismael Soto García.

Permítanme una anécdota sobre esto. En 1985, durante el Evento Continental contra la Deuda Externa, uno de sus organizadores me preguntó,desesperado, si no vendría a presidir su comisión el comandante Monsanto, porque aparecía como«ausente». Al mostrarme el listado, le dije:«compa, ese Ismael Soto García que está ahí, es Monsanto», y respiró feliz.

Lo cierto es que desde la segunda mitad del sigloxxy en estos primeros veintidós años delxxi, la presencia de Monsanto es sencillamente infaltable en el quehacer sociopolítico e ideológico en la hermosa tierra del quetzal.

Junto al nicaragüense Daniel Ortega y el peruano Héctor Béjar conforman una trilogía de comandantes guerrilleros que, aun cuando ya no asumen esos cargos militares ganados en el fragor de sus luchas por la liberación nacional de sus países, continúan honrosamente siendo para amigos, seguidores, admiradores y ¡hasta para sus enemigos!, eternos comandantes.

Por cierto, Monsanto en 2023 cumplirá cincuenta y cincoaños de ostentar orgullosamente su ascenso a comandante,desde que, con apenas veintitrés años, en agosto de 1968 en la Sierra de las Minas, lo nombraron miembro de la Comandancia General de las FAR como tercer comandante.

Monsanto estuvo presente —en 1982— entre los fundadores de la Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca (URNG), junto a los comandantes Ricardo Ramírez León (Rolando Morán, del EGP), Rodrigo Asturias (Gaspar Ilom, de ORPA) y Ricardo Rosales Román (Carlos González, del PGT). Estuvo, asimismo, en los frentes guerrilleros y representando a estos en encuentros internacionales de solidaridad con la revolución guatemalteca y también estuvo presente en todo el largo proceso hasta llegar a los Acuerdos de Paz firmados en el Palacio Nacional el 29 de diciembre de 1996.

Con el retorno a la democracia y ya convertidas las organizaciones guerrilleras en partidos políticos, encontraremos a Monsanto en esas tareas de reconstrucción del movimiento revolucionario en las nuevas condiciones, donde llegaría a ser miembro de la Dirección Nacional de la URNG y luego su secretario general. Posteriormente, también lo sería del partido Alianza Nueva Nación (ANN).

En la vida política fue diputado a la Asamblea Nacional y en los comicios de 2005 fue candidato presidencial de las fuerzas de izquierda.

Ha sido y es un promotor incansable de la unidad del movimiento popular y social, tratando de incorporar a las nuevas generaciones en diferentes etapas del complejo y entreverado mundo político guatemalteco.

Monsanto es —junto a la Premio Nobel Rigoberta Menchú—, probablemente, la figura política de izquierda más conocida del país y quien sostiene y cultiva las diversas relaciones internacionales con otros partidos y organizaciones en el continente, el Tercer Mundo y Europa. Ha sido un activo participante en losencuentros del Foro de Sao Paulo, las batallas contra el ALCA, las articulaciones del movimiento popular en el continente y de cuantas estructuras unitarias, solidarias y sobre todo antimperialistas se encaminen.

Amigo incondicional de la Revolución Cubana desde 1962, año en que vino a Cuba por primera vez con diecisiete años, desde entonces hasta hoy ha estado en todos los procesos y momentos decisivos con una lealtad total a nuestro proceso. Ha ocurrido lo mismo con las revoluciones sandinista y salvadoreña desde sus etapas de liberación y muy especialmente con la revolución bolivariana y con su líder Hugo Chávez.

Con este libro se complementa una visión diferente de las manipulaciones y tergiversaciones que en torno al conflicto armado guatemalteco han versionado infinidad de autores de manera malintencionada.

En su anterior entrega —Somos los Jóvenes Rebeldes(2013)—, Monsanto nos invitaba a conocer las luchas del movimiento revolucionario armado en la tierra del quetzal, luego de haber vivido la hermosa etapa de la Revolución de Octubre del 1944 a 1954 y su posterior frustración por la invasión mercenaria y brutalmente represiva de Castillo Armas y, finalmente, cómo se produjo el reinicio de la lucha armada bajo el influjo de la Revolución Cubana. Otro texto que los invito a leer.

Para quienes hayan soñado y sueñen con un mundo mejor, más humano, solidario, con justicia y equidad, estas lecturas serán sin dudas de interés y satisfacción espiritual y harán crecer su visión de lo que podemos lograr si continuamos el legado de estos hombres —y los que los antecedieron desde las luchas precolombinas— enlas revoluciones independentistas del sigloxixy en las luchas sociopolíticas de todo el sigloxxlatinoamericano y caribeño.

Creo que las generaciones como la nuestra y las dos anteriores, que sí vivieron intensamente casi todo lo que tendrán oportunidad de leer, se sentirán agradecidos y hasta identificados con lo que se les narra en estas páginas, pues de alguna manera muchos de ellos fueron protagonistas, o cuando menos testigos, de partes de esas historias.

Concluyo como comencé: todo lo que nos«cuenta»Monsanto en este libro puede usted estar seguro de queNo es cuento… es historiay, como nos canta y nos convoca Vicente en su antológica canción, créanle.

SantiagoRonyFeliú Miranda

Capítulo I Balada del guerrillero que partió

(…) Disparó con su fusil rayos de esperanza.

Vicente Feliú.

Al final de la década de los sesenta del siglo pasado y a consecuencia de los graves errores políticos cometidos y las derrotas militares sufridas, el movimiento guerrillero guatemalteco estaba dividido. Sobrevivía a una gran ofensiva contrainsurgente, lanzada y sostenida por el Ejército, las policías1y las organizaciones clandestinas integradas por las fuerzas fascistas de la extrema derecha y sus aliados oligarcas: el imperialismo yanqui, Israel, Taiwán y los gobiernos militares de la derecha continental.

En esos años, el terror se hizo patente mediante incontables violaciones de los Derechos Humanos cometidas por las fuerzas enemigas durante las operaciones contrainsurgentes que se concentraban, generalmente, en la región central, y más específicamente en la Ciudad de Guatemala, aunque estos atropellos eran algo cotidiano en la sociedad guatemalteca de entonces.

La contrainsurgencia sacudía a la guerrilla y producía bajas muy sensibles entre los cuadros más valiosos, sobre todo en el sector político-ideológico del organigrama guerrillero. Los elementos negativos que hacían vulnerable al movimiento revolucionario en ese momento eran la fragmentación, la desorganización y la falta de coordinación en la acción, a pesar de contar con objetivos tácticos claros dentro de una estrategia política y militar definida.

Los máximos dirigentes del movimiento guerrillero se encontraban, en su mayoría, fuera del país por diferentes motivos. Correspondió entonces a los cuadros guerrilleros medios —el Mando real— hacer frente a la situación y sentar las bases de la reconstrucción de la guerrilla a nivel nacional y, muy particularmente, en el norte del país.

El gabinete del licenciado Julio César Méndez Montenegro —representante del llamado Partido Revolucionario (PR) a las órdenes de la camarilla militar de turno, la extrema derecha y el imperialismo— gobernaba con estados de excepción y se aplicaba a fondo en reprimir violentamente al pueblo, especialmente a las organizaciones gremiales de obreros, campesinos, maestros y estudiantes de la enseñanza media y universitaria.

En declaraciones de la época, Mario Méndez Martínez, secretario general del PR —partido gobernante—, manifestó en el periódicoEl Gráficodel día 28 de febrero de 1968, de forma desvergonzada, su determinación de combatir lo que llamó «la guerrilla castro-comunista» y aseguró que «nunca antes, ni siquiera el gobierno militar le hizo frente con la energía que lo hace el gobierno revolucionario». Por su parte, el periódicoPrensa Libreen el número del sábado 11 de octubre de 1969 publicó unas declaraciones de Antonio Argueta Guerra —subsecretario de prensa de la Presidencia—, desde Hamburgo, Alemania, donde afirmaba que «el Gobierno del presidente Méndez Montenegro, ha visto desaparecer el peligro guerrillero y confía que las elecciones presidenciales de 1970 transcurran en paz y libertad».

Ese mismo día la guerrilla de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) tomó el campamento petrolero Las Tortugas, al norte de Alta Verapaz, municipio de Chisec. ElGobierno y el Ejército, ante la imposibilidad de asumir y explicar la existencia de estas escaramuzas, trataron de mantenerlas en secreto.En un vano intento de sostener la mentira de que las guerrillas habían sido derrotadas, no aparecieron en prensa alguna hasta cinco días después, el jueves 16 de octubre. Ante tal evidencia, el sábado 18 de octubre de 1969, el vicepresidente Clemente Marroquín Rojas tituló uno de sus editoriales en el diarioLa Horacon la frase: «Ya no se puede ocultar el grupo guerrillero».

Ubicación del campamento petrolero Las Tortugas

En su libroLa estrategia fallida,el general de división Víctor Manuel Ventura Arellano interpreta la toma del campamento Las Tortugas como el resultado lógico de la «revitalizada intención de expandir la corriente revolucionaria armada en América Latina», agregando que «esto se apreciaba en las claras manifestaciones de las organizaciones en la clandestinidad y las acciones de los rebrotes de los grupos armados». Esta aseveración demostraba que se entendían nuestras acciones como la ejecución práctica de decisiones estratégicas tomadas en La Habana y no como resultado del esfuerzo del movimiento revolucionario guatemalteco para recomponer sus fuerzas en la zona norte del país.

El 22 de octubre de 1969 se convocaron las elecciones generales, a efectuarse el 1 de marzo de 1970. El país se convirtió en una feria electoral, y se anunciaba la participación como candidatos a la presidencia de dos militares y un abogado civil: el coronel y licenciado Jorge Lucas Caballeros, postulado por la Democracia Cristiana; el licenciado Mario Fuentes Peruccini, candidato por el partido gobernante (PR); y el coronel Carlos Arana Osorio, de la coalición MLN-PID, formada por el Movimiento de Liberación Nacional y el Partido Institucional Democrático creado por la burocracia de los gobiernos militares. Estos tres candidatos tomaron como eje central de su campaña la «pacificación de Guatemala» y para lograrla enarbolaron múltiples promesas, desde la adopción de políticas de «mano dura» para terminar con el movimiento revolucionario armado hasta ofrecimientos populistas para combatir la pobreza y otorgar «nuevas libertades democráticas». Esas fueron las promesas, pero lo que se hizo en realidad fue incrementar y fortalecer los métodos de contrainsurgencia, reprimir el movimiento popular y social, y proteger, a cualquier costo, las propiedades y los intereses de los terratenientes y capitalistas nacionales y extranjeros, a fin de impedir el triunfo en Guatemala de lo que llamaban «castro-comunismo».

Nosotros, la guerrilla de la Sierra de las Minas —una parte del Frente Guerrillero Edgar Ibarra—, inmediatamente después de la desaparición física del comandante Camilo Sánchez —en agosto de 1968— habíamos tomado la decisión de permanecer en el Petén, con el propósito de reagrupar a los guerrilleros de montaña que se encontraban dispersos. Emprendimos la tarea de reconstrucción de las fuerzas guerrilleras en el norte del país durante los últimos meses de ese año, en La Plaguita, comunidad donde se creó la primera base social y de apoyo logístico a nuestro grupo en la zona: el caserío La Nueva Libertad, nombre que decidieron ponerle los pobladores del lugar. En La Plaguita, ubicada entre Tierra Mojada y El Ceibal, a orillas del río La Pasión, municipio de Sayaxché, se creó también, a finales de 1967, el primer comité clandestino de apoyo a la pequeña agrupación guerrillera que, desde el año 1968, conformábamos los compañeros Otoniel Sosa Chacón —conocido en la guerrilla como Androcles—, Chayo, Marco Tulio Soto García —conocido como Rigo—, Francisco López —conocido como Nicolás Sis—, Feliciano Argueta Rojo —alias Chano—, Guillermo Oliva Oliva —conocido con el sobrenombre de el Hermanito por Dios— y yo, Pablo Monsanto.

Campamento La Plaguita o La Nueva Libertad

Con ese grupo, pequeño en cantidad de compañeros, pero grande en convicción y espíritu de lucha, emprendimos las tareas de exploración hacia el sur del Petén, en dirección a la Franja Transversal del Norte. Nuestro propósito al ubicarnos en Alta Verapaz era empezar a hacer trabajo político con la población y construir una red de apoyo social y logístico en la zona quekchí, pues de acuerdo con los lineamientos políticos escritos por Mario Botzoc junto a Camilo Sánchez en 1967, y en contraposición al documento que se había generado desde La Habana por Rolando Morán y otros revolucionarios,2era esa la región que reunía las condiciones topográficas y sociales para el desarrollo de una fuerza guerrillera revolucionaria.

En ese momento histórico los dirigentes guerrilleros revolucionarios consideraban que:

(…) en el caso de Guatemala el proletariado no juega un papel de fuerza principal de la revolución y no lo juega durante la guerra, aunque es su ideología la que dirige el movimiento revolucionario. Es el campesinado el que va a decidir la guerra en nuestro país, es la fuerza principal de la revolución y no tiene nada que perder porque no tiene tierra. (…) La población mayoritaria está en el campo, es donde la explotación y pobreza se dan con mayor crudeza, hay indígenas que ganan menos de quince centavos de quetzal diarios, los terratenientes ven en el campesino a un siervo a quien ni siquiera se molestan en llamar, sino que los mandan a traer con los administradores o capataces.

Entrevista hecha al comandante Camilo Sánchez por un periodista mexicano, publicada por la Sección Nacional de Propaganda de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). Consultado en Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (Cirma).

En pocos días nuestras veredas llegaban al riachuelo San Martín, en el Petén, zona donde se construyó El Perdido, nuestro primer campamento. Estando allí se incorporaron tres compañeros y seguimos abriendo brecha hasta el río Machaquilá y luego al río San Juan, donde construimos un segundo campamento al que se integraron otros cinco combatientes.

En la medida en que iban ingresando otros compañeros provenientes de la ciudad capital y de otros Departamentos, crecía el asombro entre ellos. Cuando llegaban al campamento manifestaban su sorpresa al ver las condiciones precarias en que se vivía en la selva, desprovistos de equipos y logística. Algunos expresaban su indignación y decían sentirse engañados, ya que, en su participación en las acciones de recuperación de fondos, principalmente en la ciudad capital, se les aseguraba que todo iba asignado para el frente guerrillero, según la consigna «Todo para el frente».

El último campamento —en esa época— en el lado este del río La Pasión se estableció en el río Santa Amelia. A él se incorporaron varios compañeros provenientes de la región central, quienes nos trasladaron la información de que una estructura departamental de las FAR realizaba trabajo político y de organización al norte de los municipios Chajul, San Juan Cotzal y Nebaj, en el Departamento Quiché. Esas tareas de organización política eran coordinadas por Mayen —obrero de la región central— y efectuadas con el apoyo de algunas corporaciones religiosas. Los militantes habían constituido una Organización de Base de las FAR y sugirieron trasladar el grupo guerrillero para el norte del Quiché, donde, además, existía una organización creada por los Padres Maryknoll3y por Cáritas4—esta última estaba dispuesta a apoyar la creación de una Columna Madre Guerrillera en esa región—.

En mayo de 1969 decidimos cambiar el rumbo y colocarnos en la parte suroccidente del Petén. Designamos una pequeña unidad para explorar y abrir una tría5hasta el lugar señalado como «campamento petrolero abandonado», pegado a la quebrada Chinajá. Descrita de manera brillante por Virgilio Rodríguez Macal en su novelaEl mundo del misterio verde, era esa una región cubierta, casi en su totalidad, por la selva tropical húmeda. Por ello, y con el objetivo de no dejar huellas visibles a la orilla del río La Pasión, a los exploradores se les instruyó que buscaran y siguieran el riachuelo El Mico hacia el oeste.

Al mismo tiempo se envió al Mando del Regional Central una orientación para que los compañeros del Quiché construyesen un buzón6en la orilla norte de la laguna Lachuá, con una brecha hacia ella para llevar alimentos enlatados, granos y toda clase de productos alimenticios en envoltorios adecuados para su conservación. También se enviaron coordenadas para que escogieran el lugar con mejores condiciones.

El traslado del grueso de la guerrilla hacia el campamento que se construyó en el nacimiento del riachuelo El Mico se llevó a cabo en cayuco desde el río Santa Amelia, pues, aunque el recorrido solía realizarse por el río La Pasión, este se encontraba crecido por ser época lluviosa y era prácticamente innavegable. Para no ser descubiertos por viajeros, comerciantes o turistas, el trayecto se recorrió de noche.

El campamento La Comandancia, que se convertiría en el punto de partida para iniciar la marcha hacia Chinajá, fue construido en el terreno de mayor altura, cerca del nacimiento de uno de los afluentes del río San Román, entre Las Camelias y El Mirador.

Allí se reunió, en el mes de julio del 69, un contingente de más de cuarenta hombres en medio de tensiones y problemas generados principalmente por la escasez de alimentos y medicinas y la falta de equipamiento adecuado. La malaria y el dengue también nos atacaron despiadadamente y, a pesar de que contábamos con un enfermero de mucha experiencia, las infecciones cutáneas producto de los colmoyotes7y la mosca chiclera8ocasionaron numerosas bajas en la pequeña fuerza guerrillera. A esto habría que agregar el malestar que manifestaron los combatientes llegados de la ciudad por la falta de recursos, ya que los jefes que vinieron con ellos —incluido Ramiro Díaz— no les daban una explicación satisfactoria de qué había pasado con los fondos recuperados en las múltiples acciones realizadas con ese objetivo. En el grupo aumentaba la tensión en la medida que los problemas se agudizaban, aun cuando el Mando había tomado la decisión de postergar la aclaración de esos temas para una reunión futura con representación nacional, que debía llevarse a cabo cuando el grupo guerrillero estuviese asentado y en condiciones estables en otra región.

En esas circunstancias se designaron dos unidades de exploración hacia Chinajá con el objetivo de encontrar comunicación con pobladores de Chisec. Unas semanas después de la primera exploración, una de las patrullas informó del descubrimiento de mojones que las compañías petroleras habían dejado al abandonar el territorio y sellar los pozos de extracción. Esas empresas exploradoras de petróleo se habían retirado del Petén en julio de 1957, tras el asesinato de Castillo Armas, presidente de facto de Guatemala y caudillo del anticomunismo.

Otra patrulla exploró los vestigios de una carretera balastada en el límite entre el Petén y Alta Verapaz. Doce años después de la retirada de las empresas petroleras ese tramo estaba cubierto de árboles de más de diez años de edad, sin embargo, todavía se notaba perfectamente el trabajo realizado por la maquinaría en medio de la selva. De toda esa información tuvo conocimiento el Mando y se difundió entre todos los combatientes. Apoyado en los resultados de esas exploraciones, Ramiro Díaz, que buscaba la forma de escapar de la dura realidad guerrillera y evadir la investigación y análisis que se le exigía por el mal manejo de los recursos de las FAR, decidió desertar con un grupo de cinco combatientes de la ciudad que tampoco soportaban las limitaciones y los sacrificios que implicaba la vida en la selva en condiciones extremas. Además de la deserción, hubo que detener la marcha unos días debido a que el compañero Benedin sufría unas adherencias carnosas en el pecho que le producían dolores insoportables. Por esa razón, pidió al Mando que autorizara al enfermero a que se las extirpara. Al valorar aquella solicitud el Mando autorizó al enfermero a realizar la operación, con advertencias al enfermo sobre el riesgo al que se exponía, que podría, incluso, llevarle a perder la vida como consecuencia de la intervención quirúrgica. Benedin aceptó los riesgos sin pensarlo, para él era preferible morir que seguir sufriendo aquella enfermedad. La operación duró toda una mañana. Al finalizar se le inyectaron algunos antibióticos y a los pocos días estuvo en condiciones de caminar junto a los demás compañeros. No tuvo ninguna complicación y sanó rápidamente, a pesar de todas las limitaciones con que se llevó a cabo el procedimiento en medio de la selva.

El 20 de junio de 1969 las estructuras de las FAR en Nebaj decidieron ajusticiar al finquero9Jorge Brol Galicia, administrador de la finca San Francisco, que había cometido toda clase de atropellos y abusos contra la población, en particular con los hijos e hijas de los campesinos indígenas. A la postre, ese hecho fue un grave error que desató las investigaciones, persecuciones y, finalmente, la captura y muerte de quienes lo perpetraron. En paralelo a esto, y como consecuencia de las investigaciones del hecho, fueron capturados y asesinados algunos dirigentes y responsables de las estructuras de base de las FAR en esos lugares, lo cual echó por tierra los planes de asentamiento de la Columna Madre Guerrillera en aquella región en esa etapa de la guerra.

Nosotros, que nos encontrábamos en medio de la selva y sin comunicación con el resto de las estructuras nacionales de las FAR, no nos enteramos de lo sucedido y seguimos con los planes de reestructuración y organización acordados. Ramiro Díaz y quienes se fueron con él tampoco hicieron ningún esfuerzo para que nos enterásemos de esos hechos lamentables ni nos avisaron de la persecución desatada para que no cayéramos en una situación desventajosa en las montañas de Chajul. Por el contrario, se dedicaron a hacer una labor de desprestigio del Mando guerrillero para así justificar su deserción.

Ajenos a todo eso, dispusimos nuestro traslado en cayuco por el río La Pasión desde Sayaxché hasta el riachuelo El Mico, transportando a cuestas víveres y comestibles enlatados para el campamento. Así fue como, al inicio de la marcha para el Quiché, tuvimos suficiente alimento en cada una de las mochilas de los combatientes para caminar por lo menos una semana. Esa travesía nos mantuvo gastando energías y ocupados durante todo el mes de septiembre. Con voluntad de hierro y a pesar de todas las adversidades, en el Mando mantuvimos la decisión de marchar hacia el Quiché e intentar hacer contacto con los compañeros asentados en esa región. Marchábamos a ciegas sin saber lo que podíamos encontrar en el camino. Ni siquiera teníamos una noción clara de cómo era el terreno y qué podíamos hallar en él. El día 1 de octubre comenzamos las ocho jornadas de marcha continua, rompimos monte en medio de la selva frondosa y cerrada, caminamos por pantanos y humedales desde las fuentes del nacimiento del río San Román y, más adelante, las del río Limón. Así arribamos, el 8 de octubre, a la orilla del río Icbolay, sorprendidos, al principio, de escuchar el ruido de motores y ver pasar cayucos y lanchas a gran velocidad trasladando personas, en su mayoría hombres, con todo el equipamiento de trabajo útil en las minas. También oíamos motores de grandes aviones de carga y nos parecía extraño y alarmante ese gran despliegue de recursos en medio de la selva. No sabíamos nada de aquello ni tampoco se informó nunca a la población guatemalteca sobre los propósitos de esa actividad. Al principio pensábamos que se trataba de la instalación de una base militar con ayuda del exterior.

Acampamos cerca del río y empezamos a trabajar para hacer una balsa pequeña. Elrío crecido era muy ancho y caudaloso y, al ser la época más lluviosa del año, no se podía esperar a que bajase el caudal, por lo que necesitábamos la balsa para trasladarnos.

Al amanecer del 9 de octubre, mientras un compañero derribaba una ceiba mediana a golpe de hacha para hacer el cayuco que nos permitiera atravesar el río con la columna de combatientes y el equipo, enviamos una patrulla de exploración. Esta patrulla, bajo el mando del capitán Androcles, llevaba instrucciones de evadir todo contacto para no ser descubiertos, de modo que pudiéramos desarrollar un operativo acorde con la información que obtuviésemos. Al atardecer regresó la patrulla al campamento y ya casi de noche se terminó de adecuar el cayuco que tenía capacidad para ocho o diez personas.

Ese mismo día, en el campamento se intervino quirúrgicamente de emergencia al compañero Iván, que abriendo brecha con un machete se había encajado una espina de bayal10en su ojo derecho. Fue una operación muy delicada y de mucha precisión. No contábamos, en esas condiciones, con la anestesia adecuada, solo teníamos unas ampollas de pentotal sódico.11El enfermero decidió aplicarle una intravenosa y cuando quedó inconsciente le extrajo la espina con una pinza. Con mucha habilidad logró sacarle del ojo la púa de media pulgada y cubrírselo con una venda. También, para prevenir alguna infección, le inyectó un antibiótico.

Esa noche el Mando se reunió para conocer y evaluar la situación del grupo guerrillero. El capitán Androcles informó de las condiciones en que se encontraba el campamento de exploración petrolera en medio de la selva —llamado Rubelsanto— y ofreció datos sobre la distancia entre la pista de aterrizaje y las oficinas centrales de los jefes y representantes de la empresa; la ubicación de las barracas, comedores y bodegas; el lugar donde se encontraba el radiotransmisor; la distancia hasta el embarcadero a orillas del río Chixoy y la presencia de hombres armados y su posición en el terreno. Se hizo un croquis en tierra para explicar la forma en que se podría tomar el campamento, se diseñó la distribución de nuestra fuerza en grupos, se delimitaron las tareas a cumplir por cada uno y se consensuaron las órdenes que se debían dar según las situaciones a enfrentar.

El día 10 de octubre por la mañana reunimos a todo el colectivo y le informamos sobre los resultados de la exploración y sobre la decisión de ocupar el campamento petrolero que operaba, casi de forma oculta, en el norte del país. Designamos a la pista de aterrizaje una pequeña escuadra con las armas de mayor alcance y la misión de detener a todo aparato y/o personas que llegase o que intentase salir por esa vía. Otra escuadra fue elegida para dirigirse al embarcadero, después de dominar las instalaciones, con la misión de apresar a quien llegase o intentase salir por el río. Se dispusieron, además, dos unidades para que recorrieran todo el campamento con el propósito de agrupar a los trabajadores para hacer una reunión política y explicarles quiénes éramos y por qué luchábamos. Al mismo tiempo, una escuadra bajo mi mando se dirigió al lugar donde estaba el radiotransmisor con el fin de desconectarlo para luego capturar a la jefatura del campamento. Así lo hicimos y el campamento fue tomado. Nuestro colectivo llevaba instrucciones claras de no amenazar a nadie ni violentar ninguna situación a no ser que se evidenciase una oposición o resistencia violenta.

La toma del campamento de Rubelsanto tuvo como primer objetivo desvelar una actividad que se estaba realizando clandestinamente, que ocultaba información al país sobre la existencia de pozos petroleros y su posible explotación en poco tiempo. A partir de ese momento entendimos mejor por qué los militares utilizaban la violencia para repartirse las tierras de la Franja Transversal del Norte, conocida también como Franja de los Generales. Se proponían, en un plan quinquenal, desarrollar la infraestructura, modernizar la agricultura e industrializar toda la Franja. Este sector castrense representaba la contrapartida al poder oligárquico, rancio y tradicional, enquistado principalmente en el área de la Boca Costa y Costa del Sur, aunque ambos bandos compartían intereses en cuanto a la apropiación y explotación de los recursos del país en beneficio propio.

Franja Transversal del Norte

El segundo objetivo de la acción era aprovechar los recursos logísticos del campamento para pertrecharnos y continuar la marcha hacia el Quiché. En esa dirección saldríamos del embarcadero en cayucos de la Compañía Petrolera. De acuerdo con el plan estratégico era en el Quiché donde se estaba intentando crear las condiciones para la formación de una Columna Madre, que fungiera como destacamento principal para consolidar la creación del Ejército Guerrillero en ciernes.

Nuestro tercer objetivo consistía en demostrar con esa acción que la propaganda contrainsurgente del Gobierno, el Partido Revolucionario y el Ejército estaba engañando a todo el mundo al difundir información falsa sobre el exterminio del movimiento guerrillero.

El sábado 11 de octubre de 1969, de madrugada, atravesamos el río Icbolay. El cayuco cumplió su función y en cuatro viajes pasamos todos con nuestro equipamiento. Sacamos el cayuco del río y lo ocultamos con la vegetación tupida de un jimbal12. Se ejecutó la operación completa, tal y como fue planificada. Ocupamos las oficinas de la jefatura del campamento y tuvimos una larga conversación con Erick Petersen, que en ese momento era la figura de mayor autoridad en las instalaciones. Al terminar, Petersen dio la orden de que todos se pusieran a disposición de los jefes guerrilleros.

Durante nuestra conversación Petersen y los suyos hicieron todo lo posible por desinformarnos sobre lo que estaban haciendo en medio de esa selva. Nos dijeron que exploraban una mina de azufre y les hicimos una broma diciéndoles que eran una empresa para abastecer de materia prima al diablo, pero cuando les cuestionamos sobre las torres de perforación petrolera nos confirmaron que esas eran sus verdaderas intenciones y hasta nos facilitaron unas muestras del petróleo que extraían, no de muy buena calidad, pues tenía mucho azufre y plomo. Le pregunté a Petersen por qué todo lo hacían con tanta discreción y me contestó que se debía a que los inversionistas extranjeros y el Alto Mando Militar no querían que se divulgara la operación para no despertar las ambiciones de quienes se quisieran aprovechar de la situación. Es decir, para evitar una especie de «fiebre del petróleo en la zona». También me explicó que, en ese momento, se encontraban midiendo las capacidades del pozo perforado.

Al atardecer reunimos a todos los trabajadores en uno de los amplios salones para explicarles nuestros objetivos de lucha. Comimos juntos y acto seguido solicitamos más de treinta quintales de alimentos —enlatados y no— para llevárnoslos. Los alimentos fueron donados por los jefes del campamento, y los trabajadores colaboraron gustosos en el traslado de toda la carga hasta el embarcadero.

Llenamos tres cayucos grandes, de motores de cuarenta caballos de fuerza, y ocupamos suficiente combustible para subirpor el río Chixoy —o río Negro— hasta donde pudiéramos tomar rumbo y llegar a San Luis Ixcán. Una vez allí, esperábamos tener contacto con las bases de la Organización.

Salimos del campamento de Rubelsanto a las diez de la noche con luna nueva. Fue una noche oscura aquella en que remontamos el río Chixoy dando tumbos violentos por sus corrientes de agua, porque estaba «hasta las cachas» de caudaloso, como dirían los campesinos. Navegamos tres horas contra la corriente hasta desplazarnos sobre un canal formado por un riachuelo crecido. Media hora más de travesía y atracamos cerca de un terreno alto.

Desembarcamos y trasladamos la carga a un punto elevado y seguro. Amarramos las embarcaciones con lazos a los troncos de los árboles más próximos y luego pudimos descansar. Dormimos el resto de la madrugada. El día siguiente —12 de octubre— lo empleamos en preparar la marcha. Se envió una escuadra a explorar con rumbo a Santa María Tzejá. En la tarde, a lo lejos, escuchamos el vuelo de un helicóptero y supusimos que era del Ejército. Reanudamos la marcha convencidos de que el Ejército iba a lanzar una operación de búsqueda y aniquilamiento contra nosotros en la zona de Rubelsanto, aunque estábamos seguros de que, si manteníamos la discreción y no éramos vistos, no nos podrían encontrar.

Por su parte, el Alto Mando Militar y el Gobierno no hallaban la forma de explicar lo que estaba pasando. Pero lo que no podían, a esas alturas,era negar ni ocultar nuestra existencia.

El diarioElImpactocorrespondiente al jueves 16 de octubre de 1969 —cinco días después de nuestra presencia en Las Tortugas— publicaba en su titular principal:

Atacan un campamento. Llegaron como 40 y se identificaron como de las FAR (…) Hasta el momento, los voceros autorizados del gobierno central no han informado nada sobre este suceso de violencia, desconociéndose el motivo, pero aparentemente las autoridades tratan de ocultar los hechos de esta naturaleza.

Elviernes 17 el mismo diario mostraba, también en primera plana, el siguiente titular: «Jefe policiaco confirma asalto de cuarenta guerrilleros a campamento».

Continuaron las crónicas sobre el suceso el sábado 18 de octubre de 1969 en el diarioLa Horacon el titular: «Ya no se puede ocultar el grupo guerrillero». También ese mismo día, en su editorial, Clemente Marroquín Rojas aseveró:

Desde hace varios días se supo (…) que un grueso grupo de gente armada había asaltado un fundo minero en el norte del país, entre las Verapaces y el sur del Petén. Las autoridades negaron aquellos actos, pero la verdad se ha impuesto.

El Alto Mando Militar y el Gobierno no salían de su estupor. Totalmente desesperados decidieron lanzar una operación por tierra y aire. La acción comenzó en una zona de ríos crecidos, selvática e inhóspita. Enviaron una compañía de paracaidistas y cinco de ellos se ahogaron al ser arrastrados por las corrientes de agua. Eran cuatro soldados y un teniente. En la noche oímos por radio la noticia y comentamos que, seguramente, el coronel —o general— que tomó la decisión de llevar a cabo aquella operación en esas condiciones estaría alucinando. Nos pareció una estupidez aventar de esa manera a los paracaidistas con tan alto riesgo y sin ninguna posibilidad de lograr sus objetivos. La operación en Rubelsanto, en términos militares, fue un fracaso para el Gobierno. El ejército no fue capaz de dar con el rumbo que escogimos y no encontró las lanchas ni los motores que utilizamos para la retirada.

Continuamos caminando por la selva, buscando llegar a Santa María Tzejá. El 15 de octubre arribamos a la casa de un campesino indígena en medio de la selva. Su esposa, recién parturienta, se encontraba postrada en un tapesco13con fiebre alta debido a una infección severa en el útero. El enfermero la revisó y dio cuenta de la gravedad de la señora. Su diagnóstico fue que la mujer necesitaba una limpieza e inyectarse antibiótico para curar la infección, pero advirtió que eso podía afectar la lactancia del bebé que apenas tenía un mes y medio de nacido. Le comunicamos esas opiniones al campesino y este, con gran angustia, nos dijo que hiciéramos todo lo posible por curarla. El enfermero le hizo la limpieza y le inyectó el antibiótico.

Pensábamos pernoctar ahí ese día y teníamos la preocupación de que, si el ejército capturaba a Pico Vásquez —que había desertado del grupo un día antes— podríamos tener un enfrentamiento prematuro con ellos en la zona. Efectivamente, el campesino nos informó que vio pasar a un hombre con las características del tránsfuga, que iba en dirección a Xalbal. Mandamos una exploración mientras acampábamos cerca del humilde rancho del campesino, quien nos ofreció lo único que tenía: tamales de maíz. Le pedimos que nos vendiera un coche14grande que estaba en el corral y nos dijo que no podía. Explicó que era del sacerdote que llegaba dos veces al año a dar misa y atención a sus feligreses, y que ellos, en agradecimiento, le criaban su cochito para que se lo llevara como ofrenda por sus atenciones. A pesar de ello, y en agradecimiento por haber curado a su mujer, nos dijo que podía vendernos uno más pequeño. Se lo compramos, lo sacrificamos, limpiamos e hicimos chicharrones y carne frita. Compartimos todo con la familia del campesino.

Durante la comida le explicamos quiénes éramos y cuáles eran los puntos programáticos de nuestra Revolución, y el hombre nos dio toda la información que le pedimos sobre la zona. Nos aseguró que era poco probable que hubiera presencia del ejército. De ser así ya se lo habrían comunicado y hasta entonces nadie se había asomado por allí con tales fines.

A pesar de haber estado luchando durante más de seis años en medio de la selva y de haber comprobado con nuestros ojos la miseria de los campesinos —particularmente de los indígenas—, la situación de aquella familia nos impactó y dolió tremendamente. Sus condiciones de vida paupérrimas y su nivel de indigencia eran algo lacerante e inhumano. Millones de estos campesinos se encontraban aislados de todo, sin vivienda, sin atención médica, sin educación y sin ninguna presencia del Estado, pero aun así sobrevivían. Aún en la actualidad sobreviven en esas deplorables condiciones.

Permanecimos allí dos días más y emprendimos de nuevo la marcha hacia San Luis Ixcán, lugar a donde queríamos llegar con el propósito de hacer contacto con las personas que estaban siendo organizadas por las FAR y quedarnos en la zona apoyados por estas bases ya establecidas.

Caminamos varios días para llegar a Ixcán Chiquito y durante el recorrido nos dimos cuenta de que una parte de la población, principalmente los que poseían parcelas, eran de origen chiantleco. Esto se debía al reparto de tierras que realizó el gobernante Justo Rufino Barrios durante la Revolución Liberal de 1875. Años después, en la década de los sesenta del sigloxx, fueron los chiantlecos quienes introdujeron el cultivo del café en esta zona.

La población local quedaba muy sorprendida por nuestra presencia, pero nos atendían bien, nos ayudaban con la alimentación y nos brindaban información relativa a la presencia de tropas enemigas, confirmando que ni siquiera se habían asomado por allí.

Seguimos rumbo a San Luis Ixcán. Antes de pasar el río Ixcán para poder llegar a la pista de aterrizaje de ese municipio, fuimos informados por uno de los pobladores de que el puente de hamaca para atravesar el río había sido cortado por unos comisionados militares, quienes, además, estaban comunicándose por radio con la base militar de Cobán para denunciar nuestra presencia en la zona. En esa ocasión los jefes militares decidieron enviar aviones C-47 para perseguirnos y tratar de ubicarnos en el terreno. Nosotros nos replegamos y a una distancia prudencial los esperamos emboscados. El Ejército, por su parte, y para garantizar la seguridad de sus naves y sus tropas, bombardeó los alrededores de la pista de aterrizaje con aviones Mustang P-51 previo a su desembarco. La operación aérea tardó una hora más o menos, tiempo que aprovechamos para colocarnos en una mejor posición desde la cual, ya como espectadores, nos divertía ver cómo los aviones se lanzaban ferozmente, ametrallando y bombardeando los cerros situados justo enfrente de nosotros.

Con la tropa que desplazaron en la zona colocaron varias emboscadas. Nuestra Columna, que se dirigía por el camino hacia Nueva Xalbal, penetró en una de ellas. Por suerte la emboscada estaba tan mal colocada que nuestra vanguardia pudo descubrirla fácilmente. Abrimos fuego y pusimos fuera de combate a dos efectivos de las tropas enemigas. Cubriéndonos con el fuego de nuestras armas nos retiramos con solamente un herido leve en un brazo. Esperamos escondidos en la maleza a que nos persiguieran, pero no siguieron nuestro rastro.

La mañana siguiente decidimos comenzar la subida a la Sierra de Chamá con el objetivo de alcanzar la cima para protegernos de las posibles operaciones aéreas. Ya en la cima decidimos caminar hacia el sur para llegar a Amachel, donde fuimos bien recibidos por la población y sus autoridades. Con ellos tuvimos una reunión muy amena en la que les informamos acerca de nuestro programa de lucha. Las autoridades de la aldea agradecieron la presencia de la guerrilla en la zona y nos informaron que el día anterior había llegado una compañía del Ejército con un médico y diversas medicinas y que les habían hecho toda clase de ofrecimientos. Las autoridades de Amachel nos dijeron que, gracias a nuestra presencia, por primera vez los militares llegaban con un médico y medicinas, cosa que nunca hubiera sucedido de no haber estado nosotros por allí. Los militares también les ofrecieron construir una escuela y llevarles maestros.

La estrategia enemiga era utilizar las bondades de nuestro Programa Revolucionario para comprar la lealtad del campesinado. Solo nuestra presencia los llevó a tales ofrecimientos, pero la población, nada ingenua, desenmascaró la treta. Sabían que jamás se hubieran preocupado por ellos de no ser por encontrarnos en la zona. El enemigo solo buscaba el descrédito de nuestros objetivos de lucha. Alertaron a las autoridades locales de nuestra posible llegada a la aldea, así que trataron de crear la peor imagen posible de la guerrilla y de nuestras intenciones. En medio de aquel escenario de total abandono, miseria y atraso, se atrevían a decirles que la situación sería peor si triunfaba nuestra Revolución.

En Amachel comimos muy bien con los alimentos que nos brindaron, todo hecho con maíz, yerbas, guineos y verduras. Después de una fraterna y respetuosa despedida salimos de allí y acampamos en medio de la selva.