No hay vileza sin dulzura - John Saldarriaga - E-Book

No hay vileza sin dulzura E-Book

John Saldarriaga

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Beschreibung

Los nueve cuentos que conforman No hay vileza sin dulzura narran situaciones trágicas, horrorosas, sensuales e hilarantes. Los seres que habitan las historias no son bondadosos ni malévolos, sino dueños de actos y comportamientos llenos de contradicciones. En sus almas un péndulo parece oscilar de la virtud a la perversidad, de un lado a otro sin fin. Bellos, feos, miserables, iracundos, obsesivos, son personajes disimiles, sin duda, como los humanos, y como sucede con ellos, sus debilidades los hacen idénticos.

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Seitenzahl: 107

Veröffentlichungsjahr: 2022

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No hay vileza sin dulzura

No hay vileza sin dulzura

John Saldarriaga

Saldarriaga, John

No hay vileza sin dulzura / John Saldarriaga – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2022.

126 páginas – Colección Literaria

ISBN epub: 978-628-7601-04-8

ISBN pdf: 978-628-7601-03-1

ISBN impreso: 978-628-7601-02-4

1. Cuentos colombianos – 2. Literatura colombiana

C863 (SCDD ed.22)

Colección Literaria

No hay vileza sin dulzura

© John Saldarriaga

© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)

Edición: septiembre 2022

Publicación electrónica: noviembre 2022

Publicación impresa: diciembre 2022

Hechos todos los depósitos legales

Rectora

Blanca Libia Echeverri Londoño

Director de Publicaciones

Jorge Hernando Restrepo Quirós

Coordinadora de Publicaciones

Lina Marcela Patiño Olarte

Asistente editorial

Nube Úsuga Cifuentes

Corrección de texto

Gustavo Otalvaro

Fotografía autor

Emanuel Zerbos

Diseño y diagramación

Leonardo Sánchez Perea

Impresión

Divegráficas S.A.S.

Edición

Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado

Fondo Editorial IUE

[email protected]

Institución Universitaria de Envigado

Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia

www.iue.edu.co

Tel: (+4) 339 10 10 ext. 1524

Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.

Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE.

–¡Oh, Pelegrín –exclamó maese Pulga– la voluntad del hombre es quebradiza, y con frecuencia la dobla la brisa más ligera! ¡Qué abismo hay entre lo que uno se propone y lo que en realidad acaece!

E. T. A. Hoffmann

Maese Pulga

Índice de contenido
Carátula
Portadilla
Nadie está libre de perder la cabeza
El barquero del Volga
I
II
III
IV
V
VI
VII
Hoy no tengo ganas de presentarle a Peter
No estoy de humor
La mujer del espejo
Risa de la risa, llanto del llanto
La visita
La vigilancia del Ogro
Uno cree que el sol es un silfo
Reseña autor
John Saldarriaga

Nadie está libre de perder la cabeza

(...) inferimos que el espíritu del Universo es un tirano atroz, víctima de una monstruosa demencia, el cual solo se complace en el suplicio de sí mismo y de todo lo que contiene.

Maurice Maeterlinck

La muerte

No contaré jamás a ninguna persona lo que pasó anoche. Nadie me creería, porque historias así, no sé, me da la impresión de que abundan en la literatura. Y en la vida. Dirían que estoy contagiado de ideas tenebrosas, desvariando o fumando algo extraño. Tengo reputación de hombre sensato, la cual es conveniente cuidar. Me harían a un lado. En fin, sé que no resultaría apropiado.

Tumbado en mi lecho, en esta habitación pequeña que más parece una celda, oscura y fría –oscura por carecer de ventanas; fría, por estar tan próxima al cauce del río que baja ya muerto, sin albergar ninguna forma de vida–, con los ojos abiertos inútilmente porque nada se ve en esta atmósfera enrarecida, intentaré poner en orden los hechos, narrarlos en mi mente, en mi mente atribulada, para darles algún sentido.

Ayer, al caer la noche, conocí a una mujer en un bar. Una mujer alegre y risueña, de ojos vivaces y cabello en riñas, espontánea y no desprovista de cierta locura, de esa locura encantadora que es más bien una expresión de libertad. Una de esas chicas que parecen estar hechas para la aventura, afectas al arte, desprovistas de mojigaterías y siempre dispuestas a sorprenderse con lo bello o lo extraño. Nos sentimos atraídos desde los primeros minutos de charla, cuando nos enteramos de la mutua admiración hacia los barcos y los cetáceos.

Nos dio la medianoche sin apenas darnos cuenta. Terminé de oírle un relato de su visita a pueblos palafitos del Pacífico, durante su última excursión a observar las ballenas jorobadas cuando vienen del Sur a procrearse en aguas más tibias frente a las costas del Chocó, antes de proponerle echar a andar con una botella de brandi empezado que tenía en mi mochila arhuaca, propicia para espantar el frío que sabe hacer en las noches de octubre. Anduvimos sin rumbo por las calles… ¿Las calles de dónde?... ¿Qué lugar era ese?... Las vías estaban desoladas. Ni un transeúnte, ni un auto se veía por lado alguno. Una llovizna lenta prometía quedarse instalada toda la noche. Recorrimos sin inmutarnos parajes mal iluminados. De pronto, un gato negro cruzó corriendo a toda prisa de un andén al otro y dobló por la esquina y los dos notamos que, en medio de su carrera, disminuyó casi nada la velocidad por un instante para lanzarnos una mirada de fuego.

–¡Brindemos por eso! –dijo risueña.

Nuestra risa fue interrumpida de pronto por la incesante gritería envuelta en llanto de un hombre que no veíamos, pero que de inmediato apareció en la esquina por la que huyó el felino. Un hombre hecho y derecho, un tipo que no podía tener menos de cuarenta, calvo como bola de billar y de aspecto musculoso como el de un fisicoculturista.

Su rostro estaba desencajado por el miedo. Se diría que había visto los demonios más horribles del profundo infierno. Sus ojos apenas si nos veían y veían lo que había alrededor. Gritaba algo sobre una cabeza o de una mujer a quien quiso poseer y había perdido la cabeza.

Mi amiga optó por darle un trago de brandi y después otro, y fue adquiriendo apenas la compostura para explicar que no más al doblar la equina estaba el escenario de un espectáculo macabro... No sin esfuerzo, pudimos entenderle que conoció a una mujer en un bar y después de más conversación que licor se fueron a la casa de ella.

–Y, ustedes entenderán, –decía, una cosa lleva a la otra, nos acariciamos y ahora o, mejor, hace unos segundos, cuando estábamos tendidos en la alfombra, busqué su boca para besarla y… ¡resultó que no tenía!

–¿Boca?

–¡Ni boca, ni cabeza! En el cuello terminaba esa humanidad. Y seguía vestida y agitándose con esos movimientos frenéticos de los cuerpos gobernados por la pasión.

Y lo persiguió, continuó diciendo el sujeto. Él abrió como pudo la puerta de la calle, gritando y gritando, y salió corriendo adonde lo llevaran sus trancos sin control, con el cinturón de los pantalones desabrochado y la camisa desabotonada, tal como lo veíamos ahora, hasta que se topó con nosotros.

Tal vez envalentonados por los pocos tragos que habían mantenido encendida nuestra charla bajo la noche sin luna, dijimos:

–Cálmese, hombre, y más bien díganos dónde está ese lugar. Llévenos allí. Debe tratarse de alguna confusión.

–Tal vez ella quiso gastarle una broma. ¿Acaso cree que existen las personas sin cabeza? El jinete sin cabeza es una historia folclórica que aparece en distintas regiones del mundo. En nuestro medio se habla del cura sin cabeza, pero no pasa de ser una leyenda…

–¿No me creen? ¿Piensan que desvarío? Por supuesto, los llevaré. Vengan conmigo. Es allí, no más, al doblar la esquina, como les dije.

En efecto, caminamos muy poco. Él se arrimó a una puerta, que no estaba abierta. La empujó con un golpe de mano que la hizo astillas, algunas de las cuales cayeron al suelo y otras quedaron colgando del marco como flecos de una cortina hecha girones. En el extremo del paroxismo, el sujeto corrió a situarse detrás de nosotros. No podíamos pasar. El hueco de la puerta estaba obstaculizado por una organeta. No por un piano, ni por un órgano. Por una organeta, con el teclado hacia la calle. Y el tipo ese, señalando el instrumento, como si eso sirviera para probar la veracidad de su relato o, mejor dicho, como si la escena de horror de que nos hablara fuera esa, gritó:

–¿Ven? ¡No les miento! ¡Cómo bromear con cosas como estas!

Su rostro seguía lívido. Lancé una mirada temerosa al fondo de la habitación en penumbra… Temía acaso –lo sé, es una ridiculez– que lo que allí pudiera haber me agarrara por la mirada y no me soltara… jamás. Sentí por una milésima de segundo que allí, en efecto, había algo o alguien y a la milésima siguiente creí ver un fardo en medio del aire negro… pero se desvaneció de inmediato y atribuí aquello a una ilusión óptica producto de la psicosis en que me había sumido al escuchar aquel relato. En fin, no puedo asegurar que haya percibido algo extraño allí. Ni siquiera algo corriente, como muebles, alcancé a vislumbrar sobre la alfombra, la cual sí distinguí debajo de las patas del instrumento musical.

Hice el ademán de hundir una tecla, pero mi mano… ¡ay, mi mano…! con el dedo del corazón en posición de tocar y los otros levantados, se suspendió en el aire, como a unos veinte centímetros de altura del teclado. ¿Qué sucedió después? ¡Por Gerión, cuidador de bueyes! Si lo dejara para que lo adivinaran, si se lo preguntara a la humanidad entera, persona por persona, no darían con la respuesta jamás: el sonido de la tecla se escuchó perfectamente, nítido, limpio, como si la hubiera oprimido y como si la hubiera oprimido se vio también hundirse y salir cual si un dedo invisible la hubiera tocado en lugar del mío. Una nota única, un sonido que tardó una eternidad en morir en esa noche callada. Mi amiga la vio moverse, el hombre la vio, yo la vi; todos la oímos.

Nos miramos los tres en silencio. Al cabo de un rato, largo, corto, no lo sé, hice lo mismo a cierta altura de otra de las teclas… y sucedió lo mismo, con el sonido correspondiente. Y así otra… y después una más. En seguida me propuse hacer como si pasara los dedos, todos menos el pulgar, por el teclado, todavía a cierta altura, dando la idea de tocar todas las teclas en barrido, y ellas, sin que nadie las rozara, hicieron el respectivo sonido y fueron hundiéndose y saliendo por turno como si en efecto una mano invisible les hubiera pasado encima y hecho sonar.

Sentí escalofríos. Un sentimiento entre terror y risa nos invadió a ella y a mí. El sujeto se ofendió por nuestra hilaridad.

No entramos a la casa. Si bien esos aparatos dejan un espacio por debajo del teclado y habría bastado con agacharse y entrar gateando, no sé qué nos hacía suponer que el hueco entero de la puerta estaba tapado. No, no era solamente por el terror: sentíamos o, al menos yo lo sentía, que por más que hubiera intentado no podría lograr pasar hacia el interior de la vivienda.

El sujeto siguió su camino desesperado, diciendo incoherencias. Nosotros, el nuestro, sorprendidos. Ya no pudimos seguir hablando de barcos ni de ballenas. Conversamos del asunto anómalo este de la extraña historia y del instrumento embrujado. Sí, embrujado. ¿Cómo más podría llamársele? Y juro por Dios que no podía ser cosa de los tragos, como le dije a mi amiga, si los tres habíamos presenciado lo mismo.

Unas tres manzanas habíamos recorrido por calles deshabitadas. Seguíamos hablando del asunto, todavía entre risa y pánico, cuando, de repente, unos gritos, esta vez de mujer, alborotaban el aire negro y frío. ¿Cuánto tiempo hacía que había aumentado la llovizna? De pronto, la lámpara de la esquina se encendió como para iluminar la escena correspondiente a la irrupción de una mulata caderona y de formas voluptuosas, que corría tropezando hasta con la superficie plana de la acera, dando alaridos, como demente. Yo hubiera apostado que ella acababa de ver a la misma Bestia, tal como la representan las religiones judeocristianas, con cuernos y cola, y escupiendo fuego por los ollares. Mi amiga le dio un brandi y después otro, le pasó su mano diestra por los cabellos como si acariciara a una niña, y pudo al fin contarnos más o menos que había conocido a una mujer en un bar apenas anoche. Se habían ido a su casa y cuando estaban tendidas en la hamaca, ella buscó su boca para besarla ¡y no tenía!

–Ya sé: no tenía boca –dijo mi amiga.

–Ni boca, ni cabeza; nada sobre los hombros…

Cuando vio nuestros ojos tan abiertos como los de una mojarra en un plato, creyó que se debía a la incredulidad. ¿Cómo no creer? ¿Cómo no creer siquiera un poco aquella truculencia? ¿Cómo no creer al menos que algo extraño, anómalo, estaba sucediendo, cuando un sujeto y una tipa nos habían dicho lo mismo, separados apenas por un breve lapso?

Y nos condujo a una casa cercana, en el fondo de un callejón oscuro y sin salida. Se oía el ruido de nuestros tres pares de pies chapoteando en los charcos, y el del agua corriendo por una canaleta que tal vez habría en uno de los costados de ese pasadizo donde, por momentos, debíamos caminar casi a tientas. La mujer señaló la casa que permanecía, como las demás, a oscuras, y fue a situarse detrás de nosotros. Esta vez fui yo quien empujó la puerta que se deshizo en pedazos y vimos un contrabajo obstaculizando la entrada, recostado en forma diagonal, desde el extremo inferior izquierdo hasta el superior derecho del marco, parado en el soporte y con el mástil hacia arriba, obviamente, y con el encordado hacia la calle.

–¿Lo ven? ¿Acaso creían que era mentira? –dijo la mujer entre sollozos, mientras miraba alternativamente los rostros de mi amiga y el mío.