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El camino de las mujeres norteafricanas o de origen norteafricano hacia la igualdad no está exento de retrocesos. Así, tras décadas de lucha para dejar atrás rémoras culturales patriarcales, la llegada de un nuevo islam fundamentalista, fomentado desde los países del Golfo, está en vías de anular los avances del movimiento feminista. La difusión masiva del velo es el símbolo más claro de este proceso reaccionario: una prenda uniformada, normificada desde Malasia hasta Marruecos, pretende erigirse en símbolo de una "identidad cultural", a la vez que comporta un claro mensaje religioso, ideológico y sexista. Ante esta presión están solas. La derecha las considera simplemente "moras" y, como tal, parte del problema del islam, que entiende como una amenaza mundial. Una buena parte de la izquierda, tras décadas de lucha por la laicidad, se dedica a cortejar a ese mismo islam rigorista en aras de una mal entendida "diversidad", y promueve activamente el velo y, con él, todo un conjunto de actitudes del patriarcado fundamentalista. Este libro pone de manifiesto cómo el colectivo de inmigrantes norteafricanos en España ha abandonado su cultura para arrojarse en brazos de un neoislam más sexista que nunca. Y denuncia cómo empresas y administraciones colaboran con este, fomentando el velo y ahogando la lucha de las mujeres por sus derechos.
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Seitenzahl: 299
Veröffentlichungsjahr: 2021
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akal / a fondo
Director de la colección
Pascual Serrano
Diseño cubierta: RAG
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Nota a la edición digital:
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© Mimunt Hamido Yahia, 2021
© Ediciones Akal, S. A., 2021
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
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facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-460-5051-3
Mimunt Hamido Yahia
No nos taparán
Islam, velo, patriarcado
El camino de las mujeres norteafricanas o de origen norteafricano hacia la igualdad no está exento de retrocesos. Así, tras décadas de lucha para dejar atrás rémoras culturales patriarcales, la llegada de un nuevo islam fundamentalista, fomentado desde los países del Golfo, está en vías de anular los avances del movimiento feminista.
La difusión masiva del velo es el símbolo más claro de este proceso reaccionario: una prenda uniformada, normificada desde Malasia hasta Marruecos, pretende erigirse en símbolo de una «identidad cultural», a la vez que comporta un claro mensaje religioso, ideológico y sexista.
Ante esta presión están solas. La derecha las considera simplemente «moras» y, como tal, parte del problema del islam, que entiende como una amenaza mundial. Una buena parte de la izquierda, tras décadas de lucha por la laicidad, se dedica a cortejar a ese mismo islam rigorista en aras de una mal entendida «diversidad», y promueve activamente el velo y, con él, todo un conjunto de actitudes del patriarcado fundamentalista.
Este libro pone de manifiesto cómo el colectivo de inmigrantes norteafricanos en España ha abandonado su cultura para arrojarse en brazos de un neoislam más sexista que nunca. Y denuncia cómo empresas y administraciones colaboran con este, fomentando el velo y ahogando la lucha de las mujeres por sus derechos.
Mimunt Hamido Yahia (Melilla, 1961) nace en una familia marroquí y pasa los primeros 18 años como apátrida en Melilla. A partir de su mayoría de edad, ya reconocida como española, se establece en la Península y se forma como jefa de cocina. Ha trabajado en España, Francia e Inglaterra, y actualmente vive en Estambul, donde dirige un proyecto de gastronomía mediterránea.
Al presenciar la expansión del islam político en Europa y el Magreb, empieza a crear grupos de debate feministas. Es vocal de la asociación MediterráneoSur (M’Sur) y coordinadora del blog NoNosTaparán (nonostaparan.org). Desde 2018 ha participado en numerosas charlas y mesas redondas en Granada, Valencia y Barcelona.
Presentación
Debatir sobre culturas, religiones y la mujer puede resultar inabarcable. Si a ello le añadimos cómo se insertan unas cuestiones de una cultura en otra, la complejidad se acrecenta.
Por ello quizá, antes de concretar, es necesario plantearnos si apostamos por valores universales o no. Sin duda existirá un conflicto entre dos polos. Habrá potencias geopolíticas y culturales que querrán imponer sus criterios al resto de la humanidad, que considerarán que su modo de vida es el único válido frente a la barbarie del otro y aprovecharán esa excusa para combatir al ajeno, aplastarlo y, ya de paso, saquearlo. No es nuevo. Es lo que hicieron las potencias colonizadoras en los siglos pasados. Todavía hoy es un discurso de sectores ultraderechistas europeos y estadounidenses, unos añorando tiempos imperiales y otros convencidos de que su modo de vida es el único válido.
En el otro polo tendremos a quienes, movidos por un exacerbado sentimiento de culpa colonialista, fascinación por lo distinto y lejano o guiados por el mito del buen salvaje, consideran que todo lo que procede de otra cultura debe ser sistemática y acríticamente aceptado.
En nuestra opinión, estas dos posiciones radicales son peligrosas para la humanidad. Es necesario establecer unos principios y valores comunes para hombres y mujeres. De hecho, es lo que se planteó cuando la ONU aprobó en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es decir, hablamos de unos mínimos elementos, criterios de convivencia, derechos... que debemos exigir a cualquier colectivo en cualquier lugar del mundo y que no pueden ser atropellados en nombre de culturas minoritarias, grupos étnicos o idiosincrasias históricas. Pero que deben ser universales, y no que procedan y se impongan desde una determinada cultura considerada superior.
Obsérvese que todavía no hemos incorporado al debate el elemento que quizá haya generado más enfrentamiento y terror entre culturas: la religión. Es verdad que no todas por igual, pero sí que, en su nombre, los pueblos han sido –y en algunas geografías todavía hoy lo son– arrastrados a la intolerancia al otro y a la imposición violenta de sus dogmas a todo el que se resistiera. Y si los infieles, por no compartir la religión, eran las víctimas habituales de la ira en nombre de algún dios, las mujeres, de la religión propia o ajena, siempre fueron el grupo social más atropellado y cosificado por la mayoría de las religiones.
Y después de este intento de aproximación a un marco de discusión, llegamos a este libro de la colección A Fondo de Ediciones Akal, No nos taparán. En él se plantean el conflicto entre sociedades, el patriarcado de la religión y la defensa valiente de una autora que reivindica unos valores universales y laicos para enfrentar a un islamismo opresor y una determinada izquierda cómplice. Mimunt Hamido sabe de lo que habla, pues nació en Melilla, en el seno de una familia musulmana. En las páginas que siguen, nos cuenta en primera persona su vida amenazada y oprimida por la religión. Una religión, la islámica, y un símbolo de esa opresión, el hiyab. Pero no es sólo un libro meramente testimonial, sino que se trata de un trabajo documentado en el que recoge los testimonios de mujeres que, como ella, han tenido que enfrentarse a ese islam que oprime y cosifica a las mujeres. Por supuesto, hay varios islam, y aquí viene una de las grandes aportaciones de la autora. En contra de lo que muchos creen, ese islam que ahora está avanzando en el mundo, el salafismo, nacido en los sectores más reaccionarios de Arabia Saudí, está teniendo su mejor caldo de cultivo en las sociedades europeas, incubándose en la complacencia de una izquierda que, en nombre de una mal llamada tolerancia, defiende símbolos y opresiones causantes de que muchas mujeres se dejen la vida en el mundo musulmán. Y todo ello bien regado con dinero de las petromonarquías.
Para Mimunt Hamido, el hiyab es el elemento más emblemático de la opresión del islam contra las mujeres y por eso no acepta que existan varias interpretaciones sobre ese símbolo. Ni es cultura, ni etnicidad, es la teología ortodoxa islámica que establece que el pelo de las mujeres es un atributo erótico que puede despertar deseos sexuales malsanos en los hombres, intentarán tocarla, violarla... Con el pañuelo se evita el enfrentamiento entre un hombre y el «propietario» de la mujer, su esposo o su padre si no se ha casado todavía.
En No nos taparán, el debate lo plantea la autora ante el nuevo fenómeno de mujeres musulmanas que en la Europa occidental –muchas de ellas sin pasado religioso– se han convertido en ardientes defensoras del hiyab, lo que Mimunt llama la nueva secta del islam europeo. Años de lucha feminista por la liberación para observar cómo el corazón de Europa, la que parecía que más había avanzado en los derechos de las mujeres, se convierte en vanguardia del islamismo más reaccionario con las mujeres como carne de cañón. Porque el dichoso hiyab no es un mero pañuelo, nos recuerda Mimunt. Detrás de él se encuentra el imperativo de virginidad hasta la llegada al matrimonio, la negación de su sexualidad, el concepto de mujer como objeto de posesión de un hombre, la anulación de cualquier socialización que no sea con los hombres de su familia u otras mujeres...
Que mientras miles de mujeres pierden la vida en países islamistas por liberarse de ese hiyab, con todo lo que él supone, en Occidente surjan conversas y políticos y colectivos progresistas defendiéndolo, incluso fomentándolo, en nombre de riquezas culturales y tolerancias a minorías, supone, en su opinión, uno de los mayores retrocesos a los que se enfrenta el feminismo en Europa. Que levantar la bandera de la laicidad y del feminismo liberado de patriarcado religioso sea calificado de islamofobia por alguna izquierda es otro de los motivos de indignación de la autora. Quienes defienden el hiyab como elemento de tolerancia no se dan cuenta de que, precisamente, están apoyando la existencia de un símbolo de segregación entre hombres y mujeres, entre creyentes y no creyentes, entre pecadoras y virtuosas.
Y no, el hiyab nunca es voluntario, aunque se lo oigamos decir a una adolescente musulmana en una ciudad europea. Quien lo lleva no se lo podrá quitar en público porque será insultada por sus amigas, repudiada por su familia, despreciada por su comunidad y discriminada en cualquier entorno musulmán. A la joven con hiyab nunca la veremos charlando con un grupo de chicos de su edad en un parque, nunca la veremos tomando algo en un pub, no se bañará en bikini en una piscina pública, no bailará música moderna. ¿De verdad nos convencerán de que es sólo un pañuelo, una mera prenda de vestir?
Hamido nos recuerda en este libro valiente y sincero que esto no fue siempre así, que hubo tiempos en que en países como Marruecos, Túnez o Egipto las mujeres, creyentes o no, no llevaban hiyab, vestían igual que en Madrid o París, se relacionaban con sus amigos igual que en cualquier ciudad europea y el imam no tenía ninguna autoridad en la comunidad. En cambio, ha sido en Europa, al calor de un mal entendido respeto y tolerancia, donde el salafismo se ha desarrollado, donde las autoridades han dado carta de autoridad a los imames, legitimándolos como representantes de la comunidad, donde algunos ayuntamientos celebran el Día Mundial del Hiyab, donde se financian conferencias en instituciones públicas sobre el «feminismo islámico», donde las ayudas públicas para emigrantes no son para que creen un sindicato sino para que construyan una mezquita. La izquierda, que tanto ha luchado para eliminar símbolos religiosos de los colegios, está apoyando ahora que sean las adolescentes musulmanas soportes andantes de esos símbolos en sus colegios. La izquierda que en los sesenta llamaba a las mujeres a quemar los sujetadores, llevar minifalda y vivir su sexualidad libremente, ahora dice que hay que respetar el hiyab, cuando no lo aplaude, como elemento multicultural que nos enriquece y ejemplo de respeto a otras comunidades.
Y volvemos al principio de la presentación. Igual que los derechos humanos son universales, también lo es el feminismo que reivindica Mimunt Hamido. Un feminismo laico, un feminismo que no tolera que ni la religión ni el patriarcado condicionen su vida ni limiten sus libertades. Un feminismo que no debe tolerar que tapen a las mujeres.
Pascual Serrano
A mi querido padre,
Hamido Yahia Arras,
que tanto me defendió de su patriarcado
Nota bene
He cambiado los nombres de muchas chicas que aparecen en este libro. Utilizar el auténtico podría acarrearles problemas. No está indicado en cada caso si el nombre es real o ficticio.
I
El cuerpo velado
Velos y desvelos
Cuando yo tenía unos siete años, las niñas de mi colegio fantaseábamos sobre cómo sería todo en el año 2000. Faltaban como 30 años para el cambio de siglo. Unas hablaban de teléfonos donde veríamos las caras de aquellos a quienes llamábamos, otras de coches voladores, algunas se veían habitando Marte. Recuerdo muy bien lo que yo dije: «En el año 2000 todos iremos desnudos». No recuerdo bien lo que dijo la maestra, pero sí recuerdo que, en los días siguientes, cada vez que hablaba me mandaba al cuartito de pensar. Era el baño del cole, un lugar oscuro y que daba algo de miedo.
No pude explicar por qué deseaba eso, ni siquiera creo que en aquella época fuese consciente de por qué lo dije. Pero más tarde, cuando la realidad de la vida se impuso, supe el motivo de aquel deseo.
Yo era una niña musulmana como tantas en mi ciudad, Melilla. Mi educación era como la de mis otras compañeras, con sus pequeñas diferencias: en mi clase había chicas cristianas (la mayoría), dos musulmanas, una india y hasta una evangelista, y a todas nos daban una educación severa y religiosa. Las cristianas iban a misa los sábados y el Miércoles de Ceniza; las demás nos quedábamos en clase al cargo de las más pequeñas. También estábamos exentas de asistir a clase de religión, pero podíamos quedarnos si queríamos.
Yo me quedaba: me encantaban esas leyendas de la Biblia: o Matusalén y su larga vida, la parábola del hijo pródigo, las bodas de Caná… Allí empecé a entender los rituales de esa religión que me era ajena, y a la vez en mi casa empezaba a darme cuenta del porqué de mis diferencias con las otras compañeras de clase.
Comencé a ser consciente de nuestras diferencias a partir de los ocho años. Fue cuando mi cuerpo cambió. Mi madre me dijo que ya era una mujer y se me acabaron los juegos: saltar a la comba, al elástico, ir a la playa... y, sobre todo, que no debía dejarme tocar por un hombre, que no debía mirarlos de frente, que sólo les hiciera caso cuando me pidiesen algo relacionado con las labores domésticas. A todo esto añadió una retahíla de reglas de higiene y sobre lo que podía o no podía hacer esos días. Y empezaron los secretos: mi padre y mis hermanos varones no podían enterarse de que una vez al mes mi cuerpo sangraba, eso era un secreto del que sólo se podía hablar, y poco, entre las mujeres.
Tuve mucha suerte. En aquellos años a nadie se le ocurría que una niña de ocho años, por muy desarrollada que estuviese, tuviera que llevar pañuelo, y digo «pañuelo» porque en mi temprana adolescencia el hiyab, el velo islamista, aún no había colonizado el Magreb. Tenía que observar muchas normas, pero esa, afortunadamente, no era una de ellas. Sí lo fue, por ejemplo, la que me prohibía llevar faldas cortas, camisetas de tirantes y bañadores. Mi vestimenta tenía que ser «decente», muy decente, tampoco podía jugar mucho con niños, si bien me dejaban jugar con mis primos, siempre y cuando no fuesen peleíllas cuerpo a cuerpo o al escondite. Yo obedecía aunque no entendía absolutamente nada, pero sabía que no tenía más remedio.
Mis compañeras seguían con su vida y cada vez nos separaban más cosas; sobre todo nos separaban las normas. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que yo era musulmana, no era como ellas, y tenía que tener mucho cuidado con lo que decía, contaba o hacía.
En mi familia, profundamente creyente, mis tías vestían al modo europeo, la más joven de ellas se atrevía incluso a ir a la playa ¡en bikini! Mi madre ejercía de hermana mayor y la reñía a veces, pero tampoco era ningún drama. Mi abuelo había muerto y ella sólo le rendía cuentas a mi abuela. El resto de mis tías se fueron casando y tampoco se ponían hiyab; se pusieron la pañoleta típica bereber.
De las cuatro hermanas, dos llevan ahora hiyab, una sigue fiel a su pañoleta bereber y la última no se ha puesto jamás ni hiyab ni pañoleta.
Arabia coloniza las cabezas
Recuerdo el día que mi prima Taamanan vino a mi casa a saludar a mis padres. Había venido con su marido de vacaciones, ellos vivían como inmigrantes en Bélgica. Mi prima y mi hermano mayor eran como hermanos, habían crecido y jugado siempre juntos. Cuando Taamanan se casó y se fue a Bélgica con su marido, que ya llevaba viviendo allí varios años, ella vestía a la manera bereber: chilaba y pañoleta. Su padre, mi tío, era muy tradicional, por lo que ella nunca había vestido a la europea, aunque sí salía e iba a la playa vestida con un ligero caftán sin mangas y recogido. Cuando volvió, vino con el hiyab puesto. La tela sólo dejaba al descubierto el óvalo de su rostro. Esa tarde mi hermano no estaba en casa. Cuando regresó, mi madre le habló de la visita de Taamanan.
—Me ha preguntado por ti –le dijo mi madre.
—Ah, pues voy un momento a saludarla.
La casa donde se quedaba Taamanan no distaba más de 100 metros de la nuestra. Mi hermano volvió serio y enfadado.
—Oye, mamá, ¿qué le pasa a esta? No me ha querido abrir la puerta, dice que su marido no está, ¡pero si yo no he ido a ver a su marido!
—Ah –dijo mi madre–, es que su marido es de esos barbudos y le habrá dicho que no puede ver a ningún hombre.
—¡Pero si somos primos!
—Da igual. Eres un hombre, ya la verás cuando venga cualquier tarde aquí.
—¡Pues sí que estamos bien! Tampoco me hace falta verla.
Aquel día creo que mi hermano y yo nos dimos cuenta de que algo había cambiado. A mí me sucedió algo similar: hacía ya tiempo que yo tampoco podía besar o abrazar a mi primo Jaffar. Según él, que se había vuelto un estudioso del Corán, como éramos primos podíamos casarnos, así que yo ya no era su amiga de la infancia, era una mujer intocable y no era decente que nos abrazáramos. A mí me cabreó tanto que hasta hoy –y han pasado más de 30 años– no puedo verlo sin sentir rechazo. Hablo con él lo mínimo, sólo en reuniones familiares, pero siempre nos recuerdo balanceándonos en los columpios, felices y despreocupados. Eso era antes. Hasta que todo cambió: de repente fuimos conscientes de algo que no sabíamos aún nombrar. Hoy sé qué era: nos había colonizado el wahabismo.
El wahabismo es una corriente religiosa del islam creada en Arabia en el siglo xviii. Sus predicadores, seguidores del teólogo Mohamed Abdul Wahab, se aliaron con la poderosa familia Saud, la que luego fundó el reino de Arabia Saudí, para tener un respaldo político. La interpretación wahabí es tan rigorista y puritana que, hasta inicios del siglo xx, los teólogos ortodoxos en los grandes centros de islam clásico, como la Universidad de al Azhar en El Cairo, la consideraban poco menos que una herejía, en todo caso una secta poco recomendable.
Eso cambió cuando en el desierto se descubrió petróleo y los predicadores empezaron a nadar en petrodólares. La alianza de Arabia Saudí con Estados Unidos, firmada en 1951 y vigente hasta hoy, elevó el reino wahabí a potencia política internacional y los dogmas de su secta se convirtieron en el nuevo estándar del islam en todo el mundo.
La cofradía de los Hermanos Musulmanes, fundada en Egipto en 1928 con la intención de introducir las normas del islam en la vida social y política, ha difundido esta interpretación nueva y puritana de la religión por numerosos países. Aunque este movimiento está enemistado con la familia real saudí y rechaza el término «wahabí», su forma de entender el islam, que llaman «salafista» («el de los antepasados»), es tan similar al wahabismo que no cabe diferenciarlo. De hecho, Catar, un país oficialmente wahabí, es el que más respaldo y financiación ofrece a la cofradía.
Fueron esos «Hermanos» quienes se ocuparon de difundir el salafismo entre los inmigrantes magrebíes en Bélgica, Alemania u Holanda. Las marroquíes que se casaban con hombres emigrantes, como mi prima Taamanan, tuvieron que integrarse en una comunidad marcada mucho más por la religión que lo acostumbrado en su barrio de Melilla, Nador o cualquier otra ciudad marroquí. Cuando volvían de vacaciones, ya venían con el hiyab puesto. A mí me llamaba mucho la atención, porque yo siempre había visto en las películas que las chicas europeas eran modernísimas, llevaban minifaldas y hasta había oído hablar algo sobre una guerra de sujetadores, chicas que se los quitaban y ¡lo decían!
No entendía que estas mujeres viniesen de vacaciones y se quedasen metidas en casa, vistiesen la típica chilaba y llevasen ese pañuelo encima del pelo y atado al cuello en verano, con el calor que hace en Melilla. En aquellos años, pensaba que cubrirse era cosa de las abuelas, pero es que a mi abuela se le veían la cara y las trenzas debajo de su pañoleta, a estas mujeres no se les veía ni un mechón de pelo, ni un poquito de cuello.
Pelos y peligros
¿Por qué debe una mujer llevar velo? En la teología ortodoxa islámica está perfectamente explicado: el pelo se considera un atributo erótico de la mujer que puede despertar deseos sexuales en el hombre. Y si un hombre se excita, intentará tener sexo con esa mujer. Puede acosarla, procurará tocarla, incluso puede intentar violarla, todo lo cual creará conflicto y enfrentamientos (por ejemplo, con el marido de la mujer en cuestión o sus familiares). El velo tiene una función sexual: el de evitar despertar la lujuria de los hombres. Si un hombre ve nuestro pelo, lo lógico es que no pueda contenerse y sienta de repente en sus entrañas el primitivo instinto de violarnos.
Es muy desolador que los musulmanes se consideren violadores y que las musulmanas consideren a sus hermanos, primos, padres o tíos potenciales violadores. Hombres que no pueden contenerse ante la visión del pelo de una mujer musulmana. Sólo de una musulmana, curiosamente, porque las otras pueden ir como quieran, nadie tendrá ganas de violentarlas... o bien no importa lo que pueda ocurrirles. Sí importa con las musulmanas: les pertenecemos a esos hombres violadores y, si no vamos decentemente vestidas, se ven en el derecho de amonestarnos o directamente de violarnos. Y nosotras seremos responsables por no haber guardado las normas de decoro imprescindibles para ser catalogadas a primera vista como buenas musulmanas.
Este fundamento teológico del hiyab no es una entre muchas interpretaciones: es la oficial y es la única. Por eso mismo, las mujeres utilizan el velo únicamente en presencia de hombres; cuando sólo hay mujeres presentes, no hay necesidad de tapar nada (ser lesbiana no se contempla). En el hamam es normal estar desnuda. Y en el propio Corán está recogido expresamente ante qué hombres no hace falta cubrirse: «El marido, el padre, el suegro, los hijos, los hijos del marido, los hermanos, los sobrinos, los esclavos, los empleados que no tienen deseo masculino o los niños que aún no son conscientes del aspecto de la mujer». Aparte del marido, que, por supuesto, tiene derecho a excitarse con su mujer, la lista abarca a quienes, o bien no tienen deseo, o bien se supone que no deben tenerlo; en todo caso, coincide con los grados de parentesco en los que el islam prohíbe los matrimonios. Casarse entre primos está bien visto, por eso mismo yo era un posible objeto sexual para Jaffar y, por lo tanto, mujer de la que mantenerse alejado.
Cuento todo esto porque hoy, viendo un programa de la televisión catalana, he visto a una diputada con hiyab intentando convencer a los televidentes de que el hiyab es «ropa», nada más que una forma de vestir, sin la menor connotación religiosa o ideológica. Y no, el hiyab no es «ropa» sin más, es otra cosa.
Sería ropa en lejanas épocas históricas, un trozo de tela en la cabeza que protegía del frío, la arena, el calor. Pero pronto pasó a ser un símbolo de estatus. Hay escritos de la antigua Mesopotamia donde ya se legisla sobre el velo: las mujeres casadas tenían la obligación de ir cubiertas, las solteras, las esclavas y las prostitutas debían ir sin velo; a estas últimas se les podía aplicar un castigo severo si desobedecían esta norma.
Fue con el judaísmo cuando el velo comenzó a tener un significado religioso. Ahora, con algunas series de televisión, hay mucha gente que ha descubierto, asombrada, que las mujeres judías también se cubren el pelo, sobre todo las ultraortodoxas. Ellas pasan por un ritual aún más duro: al prometerse formalmente en matrimonio, les rapan por completo la cabeza y cubren esa desnudez con un turbante, pañuelo o peluca. Para ellas es un mandato divino: el velo implica sometimiento, pureza y modestia, exactamente lo mismo que para una musulmana, pero con ciertos matices.
No le digas a una judía que lleva peluca que esa situación es la misma que la de las musulmanas con hiyab porque se ofendería mucho: el racismo del velo también existe. Las judías casadas deben llevarlo para mostrar que no están disponibles para otros hombres, las solteras que estén prometidas también, y todas, sin excepción, deben llevarlo en la sinagoga y en cualquier acto religioso. O eso dicen los rabinos, porque mi vecina Ana en Melilla, que era hebrea –así los llamábamos, hebreos–, no llevaba. Ella lucía su propio pelo. Otras en el barrio, no.
Más tarde, en el cristianismo, el velo siguió siendo una prenda para mostrar sumisión ante Dios y los hombres. San Pablo, en su primera carta a los corintios (11, 5-8), dice: «Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; es como si se hubiera rapado. Si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; pero si le es vergonzoso cortarse el pelo o raparse, entonces que se cubra. El hombre no debe cubrirse la cabeza porque él es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre».
¿Y en el islam? Encontramos muy pocas referencias al hiyab en el Corán, de ahí todas las discusiones y debates que llevamos viendo desde hace años. En realidad, no hay más que dos referencias y ninguna menciona la palabra «hiyab», un término que aparentemente se refería antiguamente a una cortina para separar en una vivienda el espacio de las mujeres del de los hombres. El verso más citado es el de la sura de La Luz (24, 31). Dice: «Di a las mujeres que bajen la vista con recato, que se guarden la vulva y no muestren más de sus encantos que los que están a la vista, y que cubran su escote con el chal». Otro (Los Aliados, 33, 59) ordena: «¡Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con el manto. Así se las distingue mejor y no se les hará daño».
De esto podemos concluir que lo que se nos pide a las mujeres en el Corán es que nos cubramos con un manto para poder ser reconocidas, para poder ser diferenciadas de las esclavas a las que cubrirse les estaba prohibido. Lo que no especifica en ninguna parte es cuánto tendrá que cubrir ese manto. Lo que parece seguro es que se acabó ir desnuda.
El resto ya son interpretaciones de teólogos diversos; una de las más en boga actualmente es que «los encantos que están a la vista» de forma habitual son cara, manos y pies, pero no cuello, codos ni rodillas. Precisamente este es el parámetro que utiliza el hiyab, tal como se ha estandarizado en la última generación. No es la única interpretación: la corriente wahabí conmina a taparse también la cara y sus seguidoras suelen llevar guantes negros.
También hay teólogos que aseguran que el velo es algo innecesario, sin fundamento en la teología. El último que se atrevió a hacerlo parece haber sido el egipcio Nasr Hamid Abu Zayd, profesor de teología en la Universidad de El Cairo. En 1995, un tribunal egipcio lo declaró apóstata y tuvo que exiliarse a Holanda. Desde entonces parece haberse convertido en dogma la interpretación de que el velo es obligatorio: así lo dictaminó en noviembre de 2019 una fetua de la Comisión Islámica de España, el órgano que el Gobierno español considera su interlocutor oficial.
Castas y putas
Por supuesto, en un país normal, ya sea europeo o magrebí, nadie se abalanza sobre una mujer e intenta violarla sólo porque le ha visto un mechón de pelo. Pero conforme ha ido avanzando la ideología salafista-wahabí, las chicas están obligadas a mostrar públicamente que ellas son decentes, que no van por ahí excitando a los hombres. Si antes, a mediados del siglo xx, en una ciudad marroquí cualquiera era normal ir con el pelo descubierto, ya no lo es: ahora no faltan hombres que interpretan la ausencia del velo como provocación. Una especie de señal: si no me tapo, es porque tengo ganas de excitarte. Porque soy así de puta.
Porque las mujeres del mundo se dividen en dos clases: las castas y las putas. Para pertenecer a la primera categoría hay que mostrar claramente que una ha asumido la responsabilidad de taparse para no ir excitando a los hombres. Y eso no ocurre sólo en todo el norte de África y todo Oriente Próximo, sino también, con más fuerza aún, en las comunidades de inmigrantes musulmanes en Europa. Esto es lo que dice Farida, una chica magrebí hija de inmigrantes que vive en España:
Soy una chica marroquí atea a la que han obligado a llevar hiyab mediante chantaje emocional. Mi día a día se basa en actuar como si fuera musulmana, ya que de otra forma pondría mi vida en riesgo. En los únicos momentos en los que puedo vestir como quiero, decir lo que quiero y ser lo que realmente soy es cuando salgo con amigas. Mi preocupación como atea dentro de una familia musulmana y muy conservadora es que a pesar de estar en un país que debería protegerme de esta situación, no pueda salir nunca de ella, por los factores emocionales y económicos y por lo que conlleva dar el paso de buscar mi libertad.
Ser, hablar, elegir... esto es lo que pide hoy una chica en España. Pero no puede, no tiene derecho a mostrarse como es: se lo quita ese hiyab con todo lo que implica. El hiyab es la señal pública, visible para todo el mundo, que proclama que aquí viene una chica pura, casta, decente.
Y esta señal pública sólo se impone a las mujeres. ¿Han visto ustedes alguna vez a un hombre vestido de chilaba, zaragüelles, babuchas y turbante por la calle en España? Los hay, pero son uno entre mil, normalmente predicadores, y hasta los inmigrantes marroquíes se ríen ante un atuendo tan extemporáneo. Porque esos mismos musulmanes que imponen a «sus» mujeres –esposa, hermanas, hijas y hasta a veces a su madre– el hiyab para mostrar su decencia ven totalmente normal ir por la vida en camiseta y vaqueros.
No hay verso coránico que hable de la vestimenta masculina, aunque sí circulan unas cuantas aseveraciones sacadas de la literatura teológica: hay que taparse entre rodilla y ombligo, no se puede llevar ropa por debajo de los tobillos (supongo que el profeta se había dado cuenta de lo incómodo y sucio que es ir arrastrando ropajes por el barro), hay que empezar a vestirse con la mano derecha y desvestirse con la mano izquierda (esto tiene que ver con la impureza que se atribuye a los zurdos), no hay que ponerse pieles de animales muertos (a no ser que hayan muerto de forma natural...) y la seda está prohibida para los hombres. Ni tampoco, dicen, deben usarse prendas utilizadas por los no creyentes, pero esto parece que lo olvidan casi todos, porque, ya sabemos, los hombres son muy despistados.
Aquí no entra en juego la cuestión del recato para no excitar al otro sexo. ¿Acaso una mujer se puede sentir excitada por ver a un hombre si no se cubre bien?, ¿acaso una mujer puede tener deseo sexual? Eso no se contempla siquiera. Recuerdo la cara de un estudiante marroquí que intentó defender ante una compañera, igualmente marroquí, lo razonable que era llevar velo o, al menos, ropa no ceñida para evitar turbar a los chicos. «Pues a ver si empiezas a taparte tú, en lugar de ir excitándonos a las chicas con esos vaqueros estrechos», le replicó ella. Eso, por supuesto, a él nunca se le había ocurrido.
Cierto es que el Corán exige de los hombres la misma decencia que pide a las mujeres («bajar la mirada y guardar el sexo»), pero siempre queda la pregunta de qué es «decencia». Si decencia es no acosar ni molestar a los demás, pocos lugares hay más decentes que una playa nudista española. Pero esto no es, obviamente, el concepto que tienen los teólogos.
Porque el acoso de los hombres no es algo contra lo que se escuchen prédicas ni se hacen campañas. El acoso de los hombres se considera normal, una reacción natural. Somos nosotras, las mujeres, las que están obligadas a exhibir públicamente su recato mediante el pañuelo en la cabeza, declarar nuestra intención de no excitar a nadie, de mantenernos castas frente a toda tentación.
El velo en la cuna
Melilla, primera década del siglo xxi. He ido a ver a mi madre. Ella, que no se cubría el pelo para salir a la calle cuando yo era joven, ahora lleva hiyab. Una amiga se lo ha aconsejado: es mejor para hacer méritos ante Dios, dice, y mi madre se ha vuelto bastante devota. Reza a diario e intenta cumplir todas las normas que le dicen que manda la religión. Llegamos a casa. Del ascensor sale un vecino con gorrito blanco, barba y casaca hasta los tobillos. Es algo que nunca he visto en mi infancia, pero ahora empieza a abundar en Melilla. Lleva a una niña de la mano, de no más de cinco o seis años. Está tapada con un estricto pañuelo cerrado en torno al cuello.
Mi madre se sulfura en cuanto el vecino se ha alejado dos pasos: «¿Pero has visto a este? ¿Cómo puede hacer eso a la cría?, ¡ponerle un velo! ¡Si es un bebé!… ¡No aguanto a estos!».
No, la fe que profesa este vecino no es el islam de mis padres. Este es el nuevo islam europeo. Nunca antes se había oído hablar de que una niña tuviese que rezar, llevar hiyab; una niña era eso, una niña. Los juegos se acababan al llegar la pubertad; para mí, desgraciadamente, se acabaron muy pronto porque me bajó la regla con ocho años, pero lo normal es tenerla a los doce, trece o catorce. Y hasta ese momento eras una niña, eras libre. Ahora no, ahora ya no eres libre ni cuando naces.
Esto no era algo sólo de mi pueblo o del Magreb: la propia ortodoxia islámica prevé que ninguna regla religiosa vale para los niños: no se deben cumplir las normas antes de entender el por qué, antes de haber entendido la fe. Los rezos, el ayuno del Ramadán... todo eso empieza a partir de la adolescencia, para las chicas un poco antes que para los chicos. Y mientras no llegue ese momento, las niñas son niñas: pueden corretear por donde quieran, meterse en reuniones de hombres y hasta en la mezquita, subirse a los árboles y bañarse en braguitas. Incluso los teólogos más ortodoxos, que consideran obligatorio el velo para toda mujer musulmana, excluyen de esta definición a las niñas antes de la pubertad. El recato es para no excitar: una niña no puede excitar a nadie. Pensar lo contrario es de pedófilos.
A veces pienso que los islamistas recalcitrantes que recomiendan poner el hiyab a las niñas desde que nacen deberían ser llevados a los tribunales por apología de la pedofilia. Pedir ocultar los «encantos» de una cría de cinco años es considerarla un objeto sexual. Esta es la mentalidad en la que viven los salafistas.
Y esta es la mentalidad en la que se educan las chicas musulmanas de hoy, sobre todo en Europa. Las más jóvenes ya no han conocido nada distinto; han visto a sus madres siempre con hiyab, aunque muchas saben que no lo llevaban antes de llegar a España. A veces estas mismas madres añorantes de un pasado más libre les enseñan antiguas fotos:
—Mira, yo en la playa en bañador con tu padre.
—Mira, la foto de bodas [vestido blanco con escote, el hiyab no aparece por ningún lado].
—Aquí, una foto mía en un parque [una chica sonriente con sus amigas, todas vestidas a la europea, pelo al aire y sonrisas felices].
Puedo adivinar por qué esas madres no les cuentan más cosas a sus hijas sobre ese pasado anterior al hiyab. No quieren que sus hijas abandonen el buen camino. No quieren que se les ocurra empezar a pensar que ellas pueden tener un presente distinto. Las madres quieren lo mejor para sus hijas, y eso pasa por tener una excelente reputación. Si las adolescentes fueran por el barrio sin velo, los vecinos dirían que no son buenas chicas, que no son decentes, empezarían a pensar que tal vez no sean ni vírgenes. Y entonces es el desastre: ¿cómo conseguir que aparezca un buen chico que las quiera como madre de sus hijos?
