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A las puertas del siglo XX, la magia de las piedras envueltas en encaje de musgo, de gotas y retales de historia, son testigos de la vida de Manuela, de su amor por José, de cómo la vida le hizo recorrer caminos de tierra y de sentimientos, deseos, sueños, dolor más allá de lo que la mente es capaz de entender, raíces del alma que buscan la calma del bosque. Una cascada de sentimientos recorre esta historia, la de un amor que se repite a lo largo de los tiempos, de mil culturas y rincones, que sobrepasa la razón porque sólo cabe en el corazón. No quiero despertarla, hilos de realidad y ficción en la urdimbre del tiempo, ahora y siempre.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Esther Cepeda Barros
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Leonardo Guerrero Zárate
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-719-6
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Tachu, querida hermana, mi primera lectora,
mi otra alma, sigue leyéndome desde las nubes,
que yo te seguiré escribiendo.
I
Se agarraba a los barrotes de la fría cama como si le fueran a transmitir la fuerza necesaria para parir a su hija. Su cara se contraía y, a pesar de los esfuerzos, no conseguía que la niña empezara a salir de su dolorido cuerpo.
Aprieta, no dejes de apretar aunque te duela, a todas nos duele y a tu madre también le dolió cuando llegaste tú que venías de pies y sin ganas de nacer– le decía la partera mientras, con sus viejas y expertas manos, le apretaba el vientre – Ya viene, aprieta y deja de gemir, ahora no es momento de lloros, ya podrás llorar después todo lo que quieras, pero ahora, por el amor de Dios, empuja. Ya, ya viene, empuja, empuja, ya está aquí. Menuda pieza, es muy hermosa esta niña, es muy grande. No me extraña que te doliera pequeña.
Dejó a la recién nacida sobre el regazo todavía jadeante de la madre mientras la iba limpiando y adecentando para que la viera su padre, don Ramón.
Esta niña va a ser muy guapa, tiene cara de rosa y el porte de una princesa –dijo la partera muy segura de lo que decía.
Mientras, la joven Elvira, que no hacía mucho tiempo aún jugaba con sus muñecas de trapo, miraba embelesada a su pequeña hija rastreando cada milímetro de aquella carita con asombro y ternura. Su cuerpo dolorido después de dos días de parto, dejó de tener importancia, ahora estaba totalmente impresionada por lo que acababa de ocurrir. Pensó en su marido, el buen hombre que se enamoró de ella y que por edad podía ser su padre, pero fue su marido. A pesar de llevarle veinte años, era perfecto para Elvira, la amaba, la respetaba y la protegía. Ahora estaba deseando ver su cara cuando le presentaran a la niña.
Jesusa ayúdame a arreglarme un poco, no quiero que me vea así mi marido, arréglame el pelo y deja que me lave la cara, necesito que vea en mí lo que de verdad siento, no quiero que sufra más de lo que ha sufrido durante estos dos días. Tráeme a la niña y abre bien esas ventanas, quiero mucha luz para que la vea bien – dijo Elvira mientras, a duras penas, conseguía sentarse en la cama.
Un rayo de sol atravesó la estancia y la cama se inundó de la escasa luz que la caída de la tarde iba dejando a su paso por Santa Casta, aquella pequeña aldea gallega cercana a Santiago de Compostela, donde el musgo y la piedra se funden en un abrazo secular. El penetrante olor de la higuera que casi cubría el patio llenó la habitación, a lo lejos se oía un perro ladrar y algún niño jugando, seguramente sería Serafín, el nieto de Jesusa, sabía que algo le darían de comer, así que cuanto más largo fuera el parto, más comería. Siempre lo llevaba con ella, lo había cuidado desde que, tras nacer, su madre murió de mal parto. Del padre nunca se supo nada, ni siquiera sabía quién era.
La partera, una vez que arregló a las dos mujeres, a la recién parida y a la recién nacida, salió a llamar a Don Ramón que no estaba muy lejos, se había quedado dormido en el pasillo con la cabeza apoyada en la pared y la boca abierta, respirando profundamente. Estaba tan dormido que Jesusa no se atrevía a despertarle, no había nadie por allí, ni la criada, ni nadie, después de dos días de parto, todos se habían relajado y andaban por fuera ocupados en las labores de un día cualquiera, ajenos a lo que acababa de ocurrir por fin en el dormitorio de la señora. Menos mal que don Ramón dio un ronquido y se despertó asustado por el ruido.
Jesusa le puso al tanto de lo que había ocurrido, no podía parar de hablar y quería contarle como se había desarrollado todo. Sin escuchar nada de lo que decía, don Ramón llegó hasta la cabecera de la cama, no sabía si besar a su mujer, acariciarla, ver a la niña, hablar o callar, no pudo hacer nada, sólo llorar y llorar.
Mira Ramón, es una niña, no llores más que la vas a mojar, no llores, dame un beso, mírala, es nuestra hija.
Sentado en el borde de la cama, acariciaba el cabello de Elvira, satisfecho y feliz, ya más sereno miraba a su hija convencido de que esa cara la había visto antes. Esa cara de rosa ¿de quién era?.
Es como tú, es como si ya la conociera porque es como tú, tu misma cara, tu cara de cielo. Cómo te quiero mi vida – le decía a Elvira mientras tocaba su pelo y su piel - ¿Cómo la llamaremos?
Manuela, dijo la madre. Manuela es su nombre.
Una sombra se paró ante ella. ¿Mamá? - dijo Elvira sorprendida pero tranquila.
La figura de su madre, fallecida dos años antes, se fue haciendo cada vez más nítida, de pie, ante ella, un poco ladeada, pero mirándola fijamente a los ojos le dijo- Has hecho muy bien en llamarla así, ese es su nombre. Tendrás que ceder, cuando tenga a su hijo tendrás que ceder. Llámame, yo te ayudaré. Adiós.
Elvira no movió ni un músculo de su cuerpo mientras la figura etérea y efímera de su madre desaparecía ante sus ojos. Estaba muy tranquila. Su marido no había visto ni oído nada.
¿Te pasa algo? Te veo muy pensativa- le dijo Ramón preocupado.
No, nada, sólo pensaba en mi madre, le hubiera gustado conocer a Manuela, por eso he querido ponerle su nombre, ella se lo merecía, ella lo sabe.
II
Habían transcurrido quince años desde aquel día, Manuela recostada sobre la mesa de la cocina dejaba pasar el tiempo mientras con el dedo iba dibujando algo en la mesa. Estaba a gusto tarareando una canción con la cara apoyada en el brazo, el pelo castaño le caía sobre sus hombros y sus ojos claros miraban serenos el recorrido del dedo.
Metida como estaba en su ensoñación no se dio cuenta del olor a quemado, a leche quemada, que inundaba toda la casa. Se sobresaltó cuando su madre entró gritando en la cocina- Manuela la leche, mira que te lo he dicho, ¿en qué estarás pensando? Mira toda la leche por fuera, pero bueno andas en las nubes.
La leche quemada cubría casi toda la cocina de carbón, mientras una pota de caldo, ajena a lo ocurrido, seguía con su burbujeante cocción.
Ya puedes ir a por agua y limpiar todo esto, tus hermanos están a punto de llegar de la escuela y tenemos que comer- le decía su madre mientras se subía a un taburete para cortar algunos chorizos para el cocido. Manuela levantó los ojos siguiendo los movimientos de su madre y se encontró con su enorme pecho, un prominente pecho herencia de la madre y de la abuela y que ella misma, evidentemente, heredaría.
Tendría que darse prisa para dejar la cocina limpia antes de que llegara su padre de la escuela y sus tres hermanos pequeños, hoy no estaba Maruja que, por una vez en su vida, había faltado al trabajo porque una calentura infernal la estaba consumiendo en la cama. La gripe no perdonaba a nadie y el que salía adelante podía sentirse afortunado.
Pero Manuela, ¿has ido a buscar el agua al pozo? Esta niña no está bien, algo le debe pasar- decía Elvira mientras que, a través de los cristales empañados por el calor del cocido, veía a su hija sentada en el borde el pilón con la mirada perdida en el suelo. Salió a buscarla mientras gritaba- Manuela despierta ya que no estamos para sueños, en qué estarás pensando.
Era José el que ocupaba su pensamiento, desde el domingo pasado no tenía otra cosa en la cabeza. José se había colado en su vida sin avisar, por las buenas. Fue al salir de misa, Manuela había dado un traspiés al sortear las lápidas para poder llegar al camino y uno de sus zapatos salió volando hasta una charca que la lluvia mantenía llena a lo largo del año. La verdina cubría casi toda la superficie y allí era donde todos los domingos, antes de la misa, los más pequeños se entretenían en pescar renacuajos y en lanzar piedras a las ranas que ni se movían acostumbradas como estaban a lo mismo cada vez que alguien pasaba por allí.
La suerte hizo que José, el chico larguirucho y desgarbado de los Castro, pasara por el borde de la charca en el momento en que el zapato se dirigía al agua. No pudo evitar que cayera, pero sí lo sacó inmediatamente. Con él en la mano, sin saber qué había pasado, buscó a su alrededor hasta que se encontró con la mirada angustiada de Manuela que, a trompicones, intentaba levantarse del suelo con una mezcla de enfado y vergüenza.
Con un gesto de su mano, sin decir nada, exigió que le devolviera su zapato.
Fue un momento de confusión, José no sabía si ayudarla a levantarse o darle el zapato. Le impresionó su mirada. Le cautivó su decisión, su enfado y su cara roja de vergüenza y rabia.
Se conocían de toda la vida, habían jugado muchas veces juntos, pero hacía tiempo que no se veían, tal vez porque José tenía que dedicar gran parte del día a ayudar a su padre, tenía diecisiete años y ya no iba a la escuela, aunque hubiera querido ir a la universidad, pero tuvo que conformarse. Todas las manos eran pocas para sacar adelante a una familia tan numerosa, nueve hijos, la abuela, los padres y poco que llevarse a la boca. Por eso José, que había nacido diez meses después de la mayor, tenía que trabajar en el oficio de su padre arreglando herraduras, un oficio que dominaban y por el que eran conocidos en toda la zona, pero que daba poco de sí para mantener a tanta gente. El que más y el que menos se las arreglaba como podía para calzar a sus caballos sin tener que recurrir a los Castro, a pesar de que hacían su trabajo a cambio de poco, incluso, a veces, ni siquiera cobraban. Para eso eran los dos iguales, les daba pena cobrar a algunos clientes que consideraban con pocos recursos.
José miraba pasmado a Manuela que intentaba arreglarse la ropa de los domingos llena de barro y de hojas secas. Era noviembre y había llovido bastante, aunque aquella mañana brillaba un sol espléndido que hacía que los colores de las hojas lavadas por la lluvia lucieran en todo su esplendor.
En medio de su arrebato, también Manuela sintió algo, su mirada se detuvo un momento al cruzarse con la de José, duró un instante, pero lo suficiente para que luego, después de casi arrancar el zapato de la mano del joven y salir disparada hacia el camino, comenzara el regreso a casa con esa mirada clavada en su retina. Iba como en una nube bajando la cuesta sin ver nada más que aquellos ojos. Caminaba deprisa, pero sin querer llegar, no quería que se rompiera el hechizo.
Iba rozando los matorrales con sus manos, de vez en cuando, arrancaba una hoja y la destrozaba entre sus dedos para luego oler el aroma que le quedaba impregnado. La lluvia de los últimos días había despertado los mil olores que estaban enredados entre las ramas de los árboles, entre la hierba y la tierra. Se paró frente a un limonero y, apoyada en una gran piedra, se quedó extasiada mirando un limón que pendía solitario en una rama. En realidad, no veía, sólo descansaba los ojos en el fruto mientras su mente soñaba con aquella mirada.
Estaba tan distraída que no sintió la presencia de José que la había seguido a lo largo del camino, mejor dicho, había seguido su propio camino de regreso a casa, vivía muy cerca de ella, un poco más abajo. Se asustó al oír su nombre, aunque fue casi un susurro, se sobresaltó. ¿José? ¿qué haces aquí?- dijo mientras volvía la cara y se encontraba de nuevo con aquella mirada.- Menudo susto me has dado.
Perdona, no era mi intención asustarte. Voy hacia mi casa, ya sabes, más abajo de la tuya y he pensado que si quieres vamos junto- No esperó a que contestara porque Manuela ya había empezado a andar despacio sin impedir que éste la acompañara – Has cambiado mucho desde que no nos veíamos. Estás muy guapa y muy, muy…bueno, no sé, vamos que estás diferente. O sea que, quiero decir, muy guapa.
Manuela, a pesar de que el tener tan cerca de José le estaba acelerando el corazón, no pudo evitar el reírse viendo el mal rato que éste estaba pasando. Intentó que no se notara su risa y con la soltura que le caracterizaba, se volvió hacia él.
Gracias, tú también has cambiado, supongo que será porque nos estamos haciendo mayores, ya no somos niños- le dijo muy segura de sí misma y con la sensación de controlar la situación - hacía mucho tiempo que no nos veíamos, ¿Vives fuera? Yo salgo poco, este año no he seguido en la escuela ayudando a mi padre con los más pequeños porque mi madre está bastante delicada, el último embarazo la dejó tocada, perdió al niño y su salud no es la misma. Yo quería haber sido maestra, pero ya ves. ¿Tú vas a la universidad?, querías ser arquitecto, siempre te oí decir que querías ir a Santiago a estudiar una carrera.
No se daba cuenta de que no paraba de hablar, su excitación por la cercanía de José que la miraba embelesado, le producía verborrea.
Así fueron andando cada vez más cerca el uno del otro hasta casi rozarse. Hubo un momento en que sus manos se tocaron sin querer y los dos se miraron un instante como sorprendidos pero fascinados.
Ya estaban llegando a la casa de Manuela. Aquel día había ido sola a misa porque su padre, don Ramón y sus hermanos estaban pasando el fin de semana en casa del abuelo con los demás varones de la familia, algo que repetían cada primer domingo de mes. Se había establecido esa costumbre poco después de morir la abuela siendo muy joven. Decidieron que, a partir de entonces, sus cinco hijos, todos varones ya que no había tenido hijas, irían a verle al menos una vez al mes. Por aquel entonces, estaban todos solteros, unos trabajando y otros estudiando. Poco después de morir la madre, el mayor se fue a América, pero dejó un hijo sin reconocer que el abuelo reclamó y al que dio su apellido.
Aunque el niño vivía con la madre, se sentía querido por todos y acudía religiosamente a la cita mensual. Incluso veinte años después, cuando su padre volvió para instalarse en Galicia, coincidían en casa del abuelo, pero jamás se cruzaron una palabra. Era una cuestión de orgullo.
Con el tiempo los nietos varones, al llegar a los cinco años, también se iban uniendo a grupo, de manera que, los primeros domingos de mes, la casa del abuelo se convertía en una gran reunión de hombres de diferentes edades en la que se compartían todo tipo de actividades, la que más gustaba a todos, especialmente a los niños, eran las tertulias que se organizaban en torno a una enorme bandeja de pasteles y un humeante chocolate caliente servido en las antiguas tazas inglesas del ajuar de la abuela. Presidiendo el salón, en el mejor sitio, justo encima del sillón del abuelo, colgaba de la pared un gran retrato de la abuela ante el que todos iban haciendo una reverencia antes de sentarse a dar buena cuenta de los dulces y la charla.
Ese domingo la madre de Manuela estaba indispuesta como casi siempre, aquel tardío embarazo la había dejado muy mal parada y toda la energía con la que vivió hasta entonces desapareció, convirtiéndose en una mujer enferma que sólo de vez en cuando se sentía con fuerzas para llevar adelante su casa. Su marido Don Ramón siempre solícito y respetuoso con ella, cumplía con su labor de maestro en la escuela de la aldea, cada mañana acudía sin rechistar a su trabajo y jamás se quejaba. Llevaba cuarenta años ya como maestro, casi toda una vida, a pesar de que descubrió tarde su vocación. Estuvo unos años intentando ser escritor sin conseguir editar nada, no porque no escribiera bien que tenía un don especial, sino porque le daba mucha vergüenza que alguien leyera sus poemas y sus historias de amor, sólo fue capaz de enseñárselas a Elvira a la que le dedicaba la mayor parte de sus escritos. No consiguió jamás superar esa timidez, era como desnudarse ante los demás y al final tomó la decisión de estudiar magisterio.
Por suerte para él, su familia gozaba de una buena situación económica ya que su padre había hecho una pequeña fortuna en América siendo muy joven y, después de nacer su tercer hijo, decidió volver a casa para no marcharse nunca más. Así pudo Ramón dedicarse a escribir durante unos años sin que le agobiara la idea de ponerse a trabajar, ya que sus padres no veían nada mal que su hijo fuera escritor. Su madre, una mujer culta y de una educación exquisita que se encargó de transmitir a sus hijos, se murió sin haber conseguido leer ni una sola línea de lo que su hijo escribía. Aun así, se fue de este mundo con la seguridad de que, tarde o temprano, destacaría entre los escritores más prestigiosos del país.
****
José no sabía cómo decirle a Manuela que acababa de enamorarse de ella, de aquella niña con la que había jugado tantas veces y que ahora, de repente, la estaba descubriendo como mujer.
Siguieron andando, recorriendo el camino de vuelta a casa, pero aquella vez era diferente, Manuela seguía hablando, aunque José no la escuchaba, iba absorto en su sorpresa, acababa de enamorarse y no podía pensar en otra cosa. De reojo la miraba, miraba el perfil de su cuerpo, aquellas manos que no paraban de moverse en el aire, el pelo castaño que se movía al mismo ritmo que los pies y la falda, sus ojos que de vez en cuando se cruzaban en su mirada y aquellos dos enormes bultos que emergían del vestido. Eran los pechos, unos pechos muy grandes. Fue al mover las manos cuando la chaqueta de Manuela se abrió y tras los botones aparecieron esos pechos inmensos, que él adivinaba jóvenes y tersos tras la tela de diminutas flores. ¿Cómo podía tener algo tan maravilloso escondido? La cabeza de José le daba vueltas, mientras sus ojos le dolían de tanto mirar de soslayo. Le palpitaba el corazón, sudaba, algo le estaba sucediendo, algo muy grande.
Intentó acercar su mano para que pareciera un roce involuntario, quería tocar su piel aunque sólo fuera un momento, esa piel tan recientemente deseada. Fue alargando muy sutilmente el brazo, todo lo sutilmente que su agitación le permitía, sin saber que Manuela tenía la misma intención y movía su mano en la misma dirección. El esperado roce se convirtió en un sobresalto para los dos, ambos se miraron sorprendidos y azarados al tiempo que retiraban sus manos. Pero se rozaron lo suficiente como para que la adrenalina les invadiera el cuerpo.
Manuela aprovechó el desconcierto para mirar también de reojo a José. En realidad, sólo había podido ver su mirada, ni siquiera había visto el color de su pelo ni la ropa que llevaba, ni tan siquiera si era guapo o no. Vio que llevaba un traje de domingo, algo justito y gastado, pero no estaba mal, mejor dicho, estaba muy atractivo. Le parecía mentira que aquel niño con el que había jugado de pequeña, fuera un hombre tan apuesto. Tenía una cara dulce, a pesar de la barba de más de dos días que oscurecía un poco su piel.
Poco más pudo ver porque ya estaba a muy pocos metros de su casa. Se paró en seco, se volvió y le miró fijamente.
José se acercó y besó su mejilla como si besara a una virgen, con devoción. Sin dejar de mirarla, siguió andando durante unos metros y cuando ya no podía girar más la cabeza, le dijo adiós con la mano mientras en su boca se dibujaba una inmensa sonrisa.
III
Aquella Navidad era diferente, algo ocurría en la cabeza de Manuela, los colores le parecían más nítidos, los olores más intensos, los sentidos se le habían alborotado, pero no podía contárselo a nadie, no la entenderían, ni siquiera ella entendía qué le pasaba. Sentía que éstas serían unas fiestas especiales, además había cambio de siglo, comenzaba el año 1900 y por tanto el siglo XX.
Habían pasado tres años desde aquel domingo de noviembre en qué José apareció en su vida, tres largos años en los que nunca dejó de sentir el calor que aquel beso dejó en su mejilla. Después de aquello, su vida se convirtió en una espera. No volvió a saber nada de José hasta que, algunos meses después, se enteró de que había sido alistado en el ejército por su padre, eran demasiados hijos y muy poco para comer. Aquella manía de no cobrar por su trabajo a los que consideraban más necesitados que ellos, les suponía no tener ni siquiera lo justo para ir tirando.
Como era un buen herrero, aunque estuvo siempre en el frente, se libró de estar en primera línea, eso sí, procuraba que los caballos estuvieran a punto para resistir y combatir al enemigo. Acostumbrado como estaba a cumplir las órdenes de su padre, no fue capaz de negarse a su nueva condición de soldado y aguantó sin rechistar esperando encontrar una disculpa para poder volver a su casa, sobre todo para poder volver al lado de Manuela. La llevaba en su cabeza, en su corazón, su recuerdo se convirtió en su talismán, en algo que daba sentido a su vida. Quería volver para estar con ella para siempre, lo tenía tan claro que, en las largas tardes de invierno al lado de sus compañeros, pasaba el tiempo entretenido en pensar cómo sería su vida con Manuela mientras los demás jugaban a las cartas o charlaban de lo poco que les quedaba por charlar después de tanto tiempo juntos.
Vivía unido a un recuerdo, pero no sabía nada de Manuela, no tenía a quien preguntarle. Recibía cartas de su madre, muy pocas, en las que le contaba como iban las cosas en casa y lo que se acordaban de él, pero nunca le decía que volviera, le mandaba recados del padre, él prefería no tener que escribir para que su hijo no viera lo mal que lo hacía, en los que le decía que no dejara el ejército, que intentara ser alguien, que se labrara un futuro al servicio de la patria, que en casa eran muchos y la comida era poca. Siempre le decían lo mismo, llegó a pensar que ese era su destino e intentó olvidar a Manuela, decidió que lo mejor sería no tener nada que le obligara a volver a su aldea. En aquel tiempo conoció casualmente a Rosa, una joven mujer muy castigada por la vida, se dedicaba a dar placer a los soldados por poco dinero, pero así era como conseguía vivir con cierta solvencia económica. Era de una belleza exuberante, morena, de rasgos fuertes y muy definidos, sus ojos negros y su cabello oscuro le daban un aire sureño, cálido, envolvente.
Fue un compañero el que le convenció para ir a pasar un rato a la casa de Doña Leo, un burdel en el que un grupo de mujeres guapas y muy pintadas hacían las delicias del ejército, soldados y oficiales, todos iban pasando por allí, era el único entretenimiento que tenían. José nunca había tenido intención de ir a un lugar como aquel, el recuerdo de Manuela le llenaba tanto que no quería nada más, mucho menos, enturbiarlo con algo así. Además, nunca había estado con una mujer a pesar de que tenía edad para haber pasado por esa experiencia, pero no se había estrenado y se reservaba para su gran amor.
Sin embargo, la insistencia de sus padres para que siguiera en el ejército y su decisión de olvidar a Manuela le llevaron a las puertas de aquella casa. Así fue como conoció a Rosa, cuando la tuvo delante se sintió tan pequeño y acobardado que no fue capaz de articular palabra, algo innecesario en medio de aquellas mujeres acostumbradas a todo tipo de reacciones por parte de los hombres que iban a visitarlas.
Pasó de la vergüenza al miedo, su cara en un principio roja como un tomate se fue poniendo blanca como la cera cuando Rosa, en una pequeña habitación con muy poca luz, sólo dos velas alumbraban las paredes rojas de la estancia, comenzó a acariciarle el pelo y desabrocharle la camisa mientras sus sensuales labios le mordisqueaban el lóbulo de la oreja. No sabía si tocarla o salir corriendo. La imagen de Manuela le partía el alma, mientras se repetía a sí mismo que todo era inútil que no volvería a verla y tenía que hacer lo que fuera por olvidarla.
Rosa sabía muy bien lo que hacía y, desde que lo vio entrar supo que tenía que tratarlo con ternura, no era uno de tantos, José tenía algo especial, algo que encerraba en su corazón. Le fue quitando la ropa mientras le susurraba al oído que estuviera tranquilo, que disfrutara. Pero su angustia iba creciendo al mismo tiempo que su excitación, las manos expertas de aquella mujer le acariciaban la piel mientras le rasgaban el alma. Se dejaba hacer, pero los recuerdos le vencían y no paraba de temblar. Con los ojos cerrados sintió como Rosa le cogía las manos y le obligaba a recorrer su voluptuoso cuerpo, su piel suave y tersa. Le arrastró hasta rincones insospechados, le acercó su aliento, le rozó con sus pechos, le lamió los labios. Aquello era más de lo que se podía imaginar. Dejó de pensar y comenzó a sentir, sólo a sentir, una especie de locura iba ocupando su mente, los músculos se tensaban, quería gritar y entre espasmos de placer perdió la noción de la realidad, no veía, sólo sentía.
Despierta, no puedes estar aquí todo el día- le decía Rosa mientras intentaba sacarle del profundo sueño en el que llevaba sumido más de dos horas. Durante ese tiempo, le había estado contemplando, le estuvo mirando mientras dormía como un recién nacido. Enroscado sobre sí mismo, parecía recuperarse de un inmenso cansancio - ¿Cómo te llamas? Despierta, no podemos seguir aquí por más tiempo.
José abrió lentamente los ojos y se encontró con la cara de Rosa que le zarandeaba con delicadeza para que se despertara. Sintió su aroma de rosas.
Volvió muchas veces a verla, pero jamás volvieron a hacer el amor, fue su amiga, su confidente, la persona que mejor le llegó a conocer porque pasaron muchas horas juntos. José acudía al burdel al menos una vez al mes y allí daba rienda suelta a sus sentimientos, le hablaba a su amiga de su soledad, de su inmenso amor por Manuela, le contaba que no le gustaba estar en el ejército, que añoraba su tierra y que no entendía su vida fuera de allí. Rosa le daba consuelo, compañía, ternura, le abrazaba a veces, le escuchaba otras, pero entendió que no debía ofrecerle su amor y mucho menos su cuerpo.
*****
Manuela ayudaba a su madre en la cocina a preparar la cena de Nochevieja, después de tres días cocinando, todavía faltaba mucho para tener todo a punto para el día siguiente. Todos los años se reunían en torno a la mesa, no sólo don Ramón con su señora y sus cinco hijos, además la compartían con doña Aurora, tía de Elvira, hermana de su madre, que a su vez iba con un señor que nadie sabía quién era, llevaba muchos años viviendo con ella y le consideraban como de la familia. No sabían nada de él, era tan callado que parecía mudo, la tía había contado que lo encontró pidiendo en la puerta de la iglesia un día al salir de misa y que le dio tanta pena que decidió darle cobijo. Así llevaban más de treinta años, compartiendo techo y, al parecer, algo más. También se sentaba a la mesa la criada Maruja, que trabajaba con los padres de Elvira y se fue con ella tras su boda. Además, invitaban a la maestra, compañera de don Ramón, una solterona que no tenía familia y frecuentaba la casa de los Valiño más que la suya propia.
La cocina era como la sala de máquinas de un inmenso barco de vapor, cazuelas, humo, plumas, los más pequeños correteando, todo estaba en marcha para la gran cena, la más importante de todo el año. Elvira como de costumbre estaba mal, sentada en una silla intentaba organizar todo, mientras bebía una tisana y se pasaba un pañuelo por la frente.
Maruja, hay que matar el pavo, así que empieza a darle anís a ver si se emborracha pronto y podemos con él- decía mientras se daba aire con el mandil.
A Manuela no le gustaba nada lo de matar el pavo. No podía evitar el recordar cómo, cuando era muy pequeña, fueron a visitar a su abuela y después de emborrachar al animal y cortarle la cabeza de un tajo, salió corriendo y manchó de sangre todo lo que encontró a su paso. Decían que era un pavo nervioso, por eso tuvieron que cocinarlo durante tres días y tres noches hasta que quedó en su punto. Aquella escena no se le olvidaría jamás, por eso, cuando había que matar el pavo para la cena de Nochevieja, desaparecía de la cocina hasta que Maruja la iba a buscar asegurándole que ya todo había terminado.
Al día siguiente don Ramón andaba muy preocupado por la salud de su mujer, había pasado toda la noche suspirando y quejándose. Al amanecer se quedó dormida y así siguió hasta bien entrada la mañana. Todo estaba organizado, aunque en la cocina seguía el mismo trajín que el día anterior, pero todo estaba controlado por Maruja y Manuela. Entre los pequeños fueron poniendo la mesa, sabían perfectamente el orden en que debían colocar los cubiertos, los platos, los vasos, cada cosa en su sitio según les había enseñado su padre que a su vez lo había aprendido de su madre, una mujer muy estricta en todo lo relacionado con el protocolo y los correctos modales. Todo quedó preparado para recibir a los invitados.
Pero algo inquietaba a Manuela, algo no la dejaba estar tranquila, pensaba que la indisposición de su madre podía ser la causa de su intranquilidad, aunque lo había vivido tantas veces desde aquel tardío embarazo, que no le parecía suficiente motivo. Según pasaban las horas iba sintiendo en su estómago la sensación de que iba a pasar algo. El pomo de la puerta la sacó de su ensimismamiento, era la tía abuela Aurora que acudía con el señor de siempre y, como todos los años, llegaban cargados de paquetes con regalos para todos. Tenía dinero y nunca dejó de agradecer con aquellos detalles la hospitalidad de sus sobrinos.
Así fueron llegando uno tras otro el resto de los invitados hasta que no faltó nadie y comenzaron a cenar. Elvira, más pálida que de costumbre, ocupó la cabecera de la mesa que su marido le cedió para que pudiera cenar sentada en su sillón de siempre, no hubiera estado cómoda en una silla. A su derecha don Ramón, solícito, le iba acercando las fuentes, aquella noche nadie servía, todos se ocupaban de que no faltara nada, era la única noche del año en que Maruja cenaba con la familia y la misma comida que los demás. Normalmente comía en la cocina y su plato era un maremagno de restos, recortes o huesecillos, eso sí, acompañado de enormes cantidades de pan, era lo que más le gustaba. A veces Manuela se sentaba a su lado a verla comer, era apasionante observar cómo iba apartando cada una de las partes de la cabeza de un capón o de una pescadilla o las gelatinosas patas de pollo, parecía un prestigioso cirujano llevando a cabo una disección en una clase magistral. Comía con tanto gusto y dejaba los huesos tan limpios que para Manuela era un placer estar allí mirándola.
En realidad, había muchas cosas que le llamaban la atención de aquella buena mujer, su paciencia, sus manos hinchadas de lavar la ropa en el pilón con el agua helada del pozo, su alegría y ese halo de misterio que la acompañaba cuando subía al desván, donde tenía un camastro y poco más para pasar las noches de invierno, porque en verano se iba a dormir a su casa, una humilde vivienda en otra aldea a más de una hora de camino. Nunca se olvidaría de la primera vez que subió a verla al desván, estaba con una gran calentura y Elvira le había dicho que no se levantara.
Al abrir sigilosamente la puerta, Manuela se la encontró levantada con un largo camisón y el pelo suelto, un rayo de luz violeta y plateada entraba por un ventanuco y la envolvía como si fuera un manto, parecía un personaje sacado de un cuento, una vieja hada buena con su poco pelo canoso enredado en la luz de la mañana.
Maruja, ¿qué haces levantada?, me ha dicho mamá que te tomes esta infusión para que te baje la calentura – le dijo Manuela recreándose en la imagen casi irreal que tenía ante sus ojos.
No te preocupes, ya estoy bien, fue un aire que me cogió ayer mientras extendía las sábanas en la huerta para solearlas, vino un mal aire y ya ves, pero recé mucho al acostarme, tres rosarios y diez padrenuestros y mira, ya estoy bien –decía mientras acercaba su mano para coger la taza- pero pasa, no te quedes ahí, la tomaré aquí contigo y luego bajaré a hacer mi trabajo, no está tu madre para hacerse cargo de nada, está muy enferma, aquel maldito parto la dejó mal y no se recupera. Ven siéntate aquí en mi cama.
Manuela estaba encantada de ver aquel rincón del desván, era como un espejismo, algo que siempre había tenido tan cerca y que no conocía. Era increíble. La verdad es que no subía porque le daba mucho miedo, a ella y sus hermanos siempre les habían amenazado con encerrarles en el desván si se portaban mal. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para llegar hasta la puerta de la criada, sus pies no le respondían, intentaban no avanzar, pero ya no era una niña y no tuvo más remedio que superar sus temores y cumplir con la orden que le había dado su madre.
En la mesa navideña no faltaba de nada, consomé, bacalao con pasas, pollo, pavo, carne asada, queso con membrillo, dulces, polvorones y otras muchas viandas hicieron las delicias de los comensales. Pásame esto, pásame lo otro, eran las frases más repetidas durante la cena. Incluso se descorchó más de una botella de buen vino que don Ramón guardaba para las ocasiones, además del vino del país no faltaba el rioja al que el cabeza de familia era muy aficionado.
Aquel año era especial, no siempre se tiene la ocasión de cambiar de siglo, todos estaban alegres mientras comían y bebían, incluso a los pequeños se les permitía moverse más de lo habitual y hasta Elvira después de dos copas de vino, que su marido se encargaba de rellenar de vez en cuando, empezó a sentir calor en la cara y a animarse hasta el punto de proponer un brindis por el año que iba a comenzar. Levantó la copa y animó a los demás a hacer lo mismo. Su marido la miró complacido y con la compostura que le caracterizaba, se puso de pie, levantó la copa y brindó con todos los demás.
Sin embargo, Manuela no estaba tranquila, brindó distraída, sin pensar lo que hacía. Maruja roja por la emoción y la cena se volvió hacia ella y su expresión hizo que bajara la copa enseguida - ¿Qué te pasa niña? ¿Estás enferma? Algo te pasa- le dijo preocupada.
Nada, no me pasa nada – respondió en voz baja. Tenía como un presentimiento, una desazón que le hacía sentir como un nudo en el estómago. Ella sabía que algo pasaba o iba a pasar, pero no tenía ni idea de qué se trataba y no quería preocupar a nadie y menos en una noche así. Pero su mano empezó a temblar hasta el punto de tener que dejarla en la mesa para evitar derramar el agua, ella como sus hermanos, todavía no bebía vino.
Estaban recogiendo los últimos platos antes de pasar al postre, todos corrían para poder llegar a tiempo de comer las doce uvas. Como de costumbre se les echaba la hora encima a pesar de que empezaban la cena con mucho tiempo de antelación.
El momento se acercaba, todos estaban pendientes del gran reloj de pie que, como cada nochevieja, presidía la larga mesa de manera que todos pudieran ver como avanzaban las manillas hasta llegar a juntarse en lo más alto de la esfera. Contaban y recontaban las uvas, se mandaban callar unos a otros preocupados porque no iban a oír los cuartos antes de las doce campanadas. Era lo mismo de siempre, los mismos nervios, la misma agitada espera.
Manuela cada vez más nerviosa miró a la ventana en el momento en que comenzaban a sonar las campanadas, cuando llegaba por la octava no pudo comer más, se quedó muda y quieta, con las uvas en la mano, sin poder articular palabra. Al mismo tiempo, la maestra, que estaba a su lado izquierdo, hizo un ruido que más bien pareció un rebuzno, con la boca llena de uvas y el zumo corriéndole por la comisura de los labios y la barbilla, consiguió balbucear la palabra “fantasma” mientras señalaba con el dedo a la ventana.
Nadie la escuchaba, con la octava uva en la boca y el dedo levantado quería gritar pero nadie se daba cuenta de lo que estaba pasando, salvo Manuela que atónita vio una cara asomada a una de las ventanas del comedor – José, es José- decía con un hilo de voz que apenas le salía de la garganta.
Salió corriendo a buscarle sin que nadie se percatara de ello porque estaban acabando de dar las doce campanadas y la emoción embargaba a todos, nadie veía el color morado de la maestra que había caído desplomada en la silla, no se sabe si ahogada por la uva o por la impresión que le produjo aquella cara en la ventana.
Manuela volaba hacia la puerta, cuando por fin salió, allí estaba José.
Se abrazaron, se besaron, se tocaron como intentando comprobar que no era un sueño. Ni siquiera el frío helador de aquel treinta y uno de diciembre impedía que se fundieran en un abrazo y que sus labios se devorasen mutuamente.
Sin más explicaciones, José le dijo en un susurro que la quería y que al día siguiente la buscaría. Sin dejar de mirarse se fueron separando poco a poco. Manuela, con un dulce sabor en los labios, volvió al comedor con la sensación de ir flotando, no sentía el suelo bajo sus pies. Estaba tan impresionada que no vio ni oyó nada hasta que un golpe al tropezar con su padre cuando pasaba corriendo a su lado, la sacó de su ensoñación . La maestra se había muerto sin que nadie supiera por qué. Allí estaba sentada en la silla con los ojos muy abiertos y el zumo recorriendo su cuello hasta llegar al escote y colarse entre sus olvidados y diminutos pechos. Maruja se había llevado a los más pequeños a la cocina para que no vieran a la maestra con la horrible mueca que en su cara se había dibujado. Cuando Manuela entró en el comedor lo primero que hizo después de ver a la muerta, fue mirar a su madre que no paraba de secarse el sudor y las lágrimas mientras la tía abuela le daba aire con una servilleta.
Don Ramón salió corriendo en busca del médico que vivía un poco más abajo, cerca de la casa de José, incluso pasó al lado del joven, pero no le vio. Iba como una exhalación en busca de su buen amigo que seguramente estaría durmiendo pues no era hombre de celebraciones y, como vivía solo, se acostaba temprano si las tareas propias de su profesión no se lo impedían. Aporreó la puerta, pero allí no contestaba nadie. No había ninguna luz encendida. No sabía qué hacer y pensó que lo mejor era ir a buscar al cura, después de todo, la maestra estaba muerta y el médico no iba a poder hacer nada. Se dirigió a la iglesia que estaba a una distancia considerable, pero no reparó en ello hasta que llevaba más de quince minutos andando. Ya no valía la pena volver atrás, su familia al ver que tardaba entendería que estaba cumpliendo con su obligación. Agotado y con mucho frío a pesar de la caminata, llegó a la puerta de la casa del cura, sin más preámbulos y saltándose todo el protocolo, comenzó a dar gritos y golpes en la puerta.
Don Froilán, el cura estaba acostumbrado a atender a las necesidades de los feligreses a cualquier hora, pero nunca había visto a don Ramón en ese estado. Preocupado bajó y trató de calmarle antes de salir hacia la casa del maestro. Hicieron el trayecto a lomos de la mula del cura, un viejo animal que no corría pero que era capaz de aguantar los trabajos más duros.
He ido a buscar a don Gerardo y no estaba en su casa- le dijo don Ramón al cura- es extraño, seguramente estará atendiendo alguna urgencia porque no es hombre de salir y menos a estas horas. ¿No sabrá usted donde está?
El cura se sintió incómodo porque conocía el paradero del médico, pero no podía decir nada porque éste se lo había contado bajo secreto de confesión. Pero tampoco podía decir que no sabía nada porque sería mentir.
Está ocupado, por eso no estaba en casa. Volverá o no, supongo que si, pero no sé cuándo. Está bastante ocupado – dijo.
Don Ramón no entendía nada, pero optó por no seguir preguntando, estaba demasiado preocupado por lo que había ocurrido en su casa. Hacía más de una hora que había salido y quería llegar cuanto antes.
El cura se sintió aliviado al ver que su compañero de viaje no insistía en saber el paradero del médico. Bien sabía él donde estaba o, al menos, se lo imaginaba y sin miedo a equivocarse. Se lo contó pocos días antes en el confesionario porque era consciente de que estaba cometiendo un grave pecado, había empezado a tener relaciones con la mujer del carnicero, un hombre bastante primitivo que padecía de gota y que continuamente requería de sus servicios. A pesar de sus recomendaciones, el carnicero no evitaba comer todo aquello que le podía hacer daño, carnes rojas, chorizos, callos, todo bien regado por enormes cantidades de vino del país, bien rojo y bien espeso, que gustaba de tomar en taza. No atendía a razones y cuanto más le dolía el dedo gordo del pie derecho, más comía y más bebía, hasta caer desmayado y casi sin respiración en cualquier rincón de su casa. En la carnicería cortaba la carne como si fuera su enemiga, hundía el machete en la pieza con saña, cortaba los chorizos con rabia después de emitir todo tipo de improperios con el cuchillo en alto, algo que no parecía importarle a las clientas que, además de estar acostumbradas, apreciaban la calidad de la carne que les vendía. La que no parecía acostumbrarse era la mujer del carnicero, estaba cansada de soportar a su marido, no le quería, nunca le había querido, pero tuvo que casarse con él porque así se lo impuso su padre, era el mejor partido en varios kilómetros a la redonda. A pesar de ser casi una niña cuando contrajo matrimonio con aquel hombre, después de diez años de convivencia por decirlo de alguna manera, había envejecido considerablemente, en su cara se iba dibujando una enorme tristeza, no tenía brillo en los ojos, estaban secos de tanto llanto y su cuerpo se iba doblando bajo la presión de la desesperanza y la desilusión. No habían tenido hijos, el carnicero la culpaba y ella sabía que si no venían era porque no tenían que venir, que aquello no era vida para nadie y menos para un hijo.
