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El libro No regresar al pasado refleja la tradición de la historia oral. En él se escuchan las voces de las mujeres sin ser interrumpidas, interpretadas o analizadas. La autora sólo interviene para ubicar los textos en su tiempo y lugar. Es un libro que le da el espacio a las mujeres campesinas, en su mayoría indígenas, y todas sobrevivientes del Conflicto Armado Interno, para hablar y ser escuchadas. Abarca casi cien años de historia de la mujer. En diez capítulos cronológicos las mujeres hablan de su vida como niñas, adultas y ancianas en los lugares donde nacieron, del trabajo en las fincas, de la colonización de Ixcán y Petén, de la llegada de la guerra y la sobrevivencia en la montaña, del refugio en México y del retorno a Guatemala. Al final hacen la cuenta y reflexionan sobre el dicho "no regresar al pasado". Las mujeres no querían regresar a la violencia, a la persecución, a la guerra, pero tampoco querían regresar a su posición marginada y aislada de antes, sin tener voz y voto en su familia y sus comunidades, sin tener acceso a la información y a la educación y sin reconocimiento de su trabajo y producción como madres de familia y mujeres campesinas. Querían decir que ya no eran las mismas mujeres que vivían antes en sus lugares de origen en Guatemala. "Éramos ciegas, pero ya no estamos ciegas", decían. El libro da sentido y reconocimiento a la vida y la valentía de estas y muchas otras campesinas guatemaltecas. En No regresar al pasado las mujeres cuentan su historia. Hablan sobre las migraciones por la pobreza, la búsqueda de trabajo y de tierra por la violencia y la guerra. Sobre cómo se escondieron en la montaña, se refugiaron en México y regresaron a Guatemala después de años de exilio. Cuentan sobre la vida diaria, sus relaciones con el mundo y los roles de género, los cuales están presentes en cada momento. La base del libro son entrevistas literalmente transcritas y luego redactadas en una historia común. Juntas las mujeres reconstruyen su historia para que sea escuchada y para que no sea tapada por el silencio, el olvido y la marginación.
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Seitenzahl: 1373
Veröffentlichungsjahr: 2023
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No regresar al pasado
Tierra natal, colonización, guerra, refugio y retorno según la perspectiva de la mujer.
Maria Adelaide Menting
Las historias no son inventadas por escritores, revolotean en el viento buscando a alguien que las recoja. Nada más.
Antonio Pennaccchi, 2012
No regresar al pasado
Tierra natal, colonización, guerra, refugio y retorno según la perspectiva de la mujer.
Maria Adelaide Menting
No regresar al pasado representa una experiencia particular de mujeres campesinas guatemaltecas. Conserva la historia de un pueblo lastimado. Va a quedar como un material histórico para nuestros hijos. Un día nos vamos a morir, pero nuestro ejemplo y nuestras huellas se van a quedar. Si este libro se mantiene en las comunidades nuestros nietos van a conocer nuestra historia.
El libro recupera la historia de muchas personas, cada una con una distinta vivencia en distintos lugares y esto enriquece la historia. Da vida a las víctimas que cayeron con o sin razón. Es nuestro derecho como pueblo sobreviviente que quede un relato de nuestra historia. El refugio fue una escuela donde nos hicimos hermanas, donde conocimos nuestras capacidades y a partir de ahí fuimos valorando nuestra participación.
Como refugiadas retornadas a nuestro país ahora decimos que no se puede dar el desarrollo si no existe la participación plena y activa de la mujer. No decimos que la mujer es la pieza más importante, pero si una pieza indispensable para el cambio. La mujer no es un sector, pero es parte de esta gran sociedad. No solo participamos en la comunidad, sino también a nivel nacional.
El libro también lleva el objetivo de sensibilizar el corazón de personas que no han vivido nuestra historia y que viven en países desarrollados en un sistema totalmente diferente. Representa una visión política real para que las organizaciones internacionales vean que no somos una carga y que valoren nuestra capacidad.
María Teresa Aguilar, dirigente indígena, 1949–2009
Introducción
Un día las mujeres guatemaltecas hablaron de la cantidad de casas que ya hicieron en su vida junto con sus familias. La lucha por la sobrevivencia y el desarraigo ha dejado sus huellas en el mapa de Guatemala y de México. Sus fogones han calentado la vida en muchos lugares. Nunca se apagaron a pesar de las condiciones difíciles. Este libro recoge las experiencias de varias de estas mujeres campesinas guatemaltecas, en su mayoría indígenas, quienes son cuidadoras de estos fogones.
Hablan de las condiciones precarias de sobrevivencia en las aldeas donde nacieron y en las fincas donde trabajaron y de cómo se fueron a Ixcán y Petén en los años 60 y 70 para lograr un pedazo de tierra. A inicios de los años 80 tuvieron que dejar todo otra vez cuando el ejército llegó a matar y a destruir sus hogares. Sobrevivieron en la montaña y los fogones se incendiaron, solo de noche para no ser detectados. Siguió un largo período de exilio en México hasta que regresaron otra vez a Guatemala entre 1995 y 1998. Ellas, las sobrevivientes nos comparten sus memorias e historias desde las nuevas comunidades del departamento de Petén.
Son historias de la vida diaria en el campo, de sobrevivencia y lucha por la vida, pero no solo esto. Al mismo tiempo se trata de un proceso de empoderamiento. “No queremos regresar al pasado” se escuchaba antes del retorno de México a Guatemala. Con esto las mujeres no solo expresaban que nunca más querían vivir la persecución, la violencia y la guerra. También señalaban que no querían regresar al aislamiento de antes, a no sentirse valoradas y a no ser escuchadas en la vida familiar y comunitaria. Aunque el sufrimiento y las pérdidas colorean las historias también existe algo valioso que encontraron en su camino. “Ya no estamos ciegas”, resonaba. Con esto decían que la corriente ya no les podía llevar así nada más. Aun con todas sus limitantes y obstáculos habían logrado intervenir en los hechos. Empezaron a conocer y a aplicar sus derechos, y regresaron a Guatemala en la segunda mitad de los 90, después de más de diez años de exilio en México, con otra imagen de sí mismas.
Vivieron en carne propia la persecución y el desarraigo. Al escribir sus historias dieron sentido a estas experiencias de vida para que no sean tapadas otra vez por el olvido y la marginación. Así se incluyen en la memoria histórica de las comunidades y el país, “para que nuestros hijos y nietos sigan guardando y transmitiendo nuestra historia”. Este libro significa un aporte más para que la verdad y la interpretación de los hechos pertenezcan también a personas, en este caso mujeres campesinas indígenas, que históricamente han sido excluidas de este panorama.
Recoger estas experiencias responde también a la necesidad de conocer cada vez más a fondo estos procesos. Los mayores actores en la lucha por la sobrevivencia y el desarrollo son las mismas personas que diariamente viven la realidad de persecución y de pobreza. Los diseños técnicos para promover el desarrollo o para combatir la emergencia tienen que tomar en cuenta la experiencia, los conocimientos y las capacidades de la población. Es fundamental conocer la propia racionalidad y estrategias de sobrevivencia de la población para ser integradas en las propuestas, ejecución y evaluación de acciones. Acercarse a esta realidad tendría que ser una acción permanente para todos los que pretendemos intervenir en estos procesos.
El contenido
En los capítulos 1 y 2, situados entre 1924 y 1965, las mujeres comparten sus memorias de la vida en los pueblos y aldeas en el Altiplano y departamentos del sur de Guatemala, los lugares donde nacieron. Se destacan las duras condiciones de vida en extrema pobreza y la lucha diaria por sobrevivir. Las familias campesinas apenas cuentan con medios propios de subsistencia y se destaca la falta de acceso a todo tipo de servicios como salud y educación. Las mujeres enfatizan el papel marginado que sienten haber tenido en este periodo.
El capítulo 3 abarca el período de los años 70 hasta inicios de los 80. Es el relato de la colonización de Ixcán y el Petén. Es el inicio de una vida bajo condiciones más comprometedoras. Las familias logran tener acceso a la tierra, se organizan en cooperativas o por aldeas de parcelarios. El lugar de la mujer sigue siendo “en la casa”, aunque esto en realidad no representa sus múltiples quehaceres y aportes a la economía familiar.
El capítulo 4 relata cómo se vive la llegada de la guerra en los pueblos. De mediados de los 70 a inicios de los 80 la vida cambia bruscamente. Las mujeres hablan del impacto de la guerra en sus hogares y comunidades. Dan la interpretación que tenían, en este tiempo, de los fenómenos y los actores del conflicto. Al final explican cómo se preparan para la huida y dejan todo “sin cerrar la puerta”.
El capítulo 5 habla de la sobrevivencia en la montaña antes de salir hacia México, entre 1981 y 1986. Recrean imágenes de la lucha por la vida: cómo se esconden en la montaña e intentan no caer en manos del ejército. Aunque fueron meses y años para unas y días para otras, la memoria es cruda y dolorosa. Hay mujeres que hablan de la presencia de la guerrilla en la orilla de los campamentos temporales. Algunas, mujeres jóvenes, se incorporan a la lucha. Se organizan, algunos en grupos grandes otros como familia individual, pero al final coinciden en su camino a México.
En el capítulo 6 se describen los acontecimientos de la recepción y las condiciones físicas y mentales al llegar como refugiados a México. La asistencia de emergencia condiciona la vida. Diferentes grupos étnicos conviven por primera vez. Surge un nuevo campo de participación de las mujeres.
Las incursiones del ejército Guatemalteco en los campamentos motivan al gobierno de México a reubicar a los refugiados en los Estados de Campeche y Quintana Roo. Hay resistencia de la población refugiada. Muchas mujeres hablan de un traslado forzado lejos de su tierra natal. La mitad de los 40,000 refugiados reconocidos en este tiempo fueron reubicados.
El capítulo 7 habla del período de 1984 a 1998. Abarca la vida en los campamentos en Campeche y Quintana Roo y en Chiapas muchas veces integrados en ejidos mexicanos. La vida se empieza a tranquilizar. Con apoyo de instancias externas las mujeres van teniendo nuevas experiencias. Empiezan a cuestionar las relaciones de género en las familias y su ausencia a nivel comunitario. Por primera vez dan valor a sus aportes a la economía familiar. Procesos organizativos, talleres, la convivencia en centros urbanos, contactos con todo tipo de organizaciones nacionales e internacionales, hacen que se rompa con el aislamiento y el papel marginado de antes. Algunas mujeres jóvenes hablan de los efectos de su trabajo en las ciudades y centros turísticos.
En el capítulo 8 las mujeres comparten sus ideas y sentimientos en la toma de decisiones de retornar a Guatemala. Describen las formas organizativas y preparativos como grupo de familias y como mujeres organizadas en la Asociación Nacional de Mujeres Guatemaltecas Ixmucané. Ahora no se trata de un traslado forzado, sin embargo, significa otra vez un rompimiento, otra vez dejar familiares, la casa, el lugar donde vivieron por más de diez años. Recuerdan la llegada a las nuevas comunidades. El primer retorno de las mujeres que fueron entrevistadas para este libro tuvo lugar en abril de 1995 y el último en julio de 1998.
El capítulo 9 aglutina las experiencias de la llegada, la reconstrucción de las comunidades y la reintegración a Guatemala entre 1995 y 1999. Hay atrasos en comparación con la situación en México y cuesta transferir los mismos niveles de participación de la mujer. Reflexionan sobre su derecho a la tierra y su participación en las cooperativas, estructura máxima de toma de decisiones a nivel comunitario. Se preguntan si el retorno rindió y si se están logrando mayores condiciones de vida.
El capítulo 10 resume la interpretación de las mujeres en 1999 sobre lo que para ellas significaba “no querer regresar al pasado” y sobre la expresión “ya no estar ciegas”. Hacen el balance de los cambios que se han dado en las relaciones de género y el acceso que tienen a la participación social, económica y política.
Las mujeres entrevistadas
Las mujeres entrevistadas para el libro no salen con su verdadero nombre como consecuencia de la fragilidad del proceso de paz y de seguridad en Guatemala, y por la intimidad de lo que contaron. El anonimato les dio la protección para poder hablar con toda franqueza. Se representan a sí mismas y a otras cuidadoras de la vida en esa época en Guatemala.
Por su fecha de nacimiento hay: una mujer que nació en los años 20, una en los 30, once en los 40, trece en los 50, diez en los 60 y diez en los 70. Hay algunos comentarios de una mujer que nació en 1990.
Son nueve ladinas y 38 mujeres indígenas de diferentes etnias.
Dos son de la etnia kaqchikel, dos chortiz, una ixil, tres jacalteca, siete kanjobal, doce mam, siete q’eqchí y cuatro quiché.
La mayoría nació en Huehuetenango, Quiché y San Marcos. Otras en Jutiapa, Sacatepéquez, Jalapa, Suchitepéquez, Chiquimula y Retalhuleu.
Se hicieron 59 entrevistas. Se hizo una selección de 47 entrevistas para el libro. Véase en el anexo la lista de las mujeres entrevistadas con su año de nacimiento y la edad que tenían durante la entrevista en 1998 o 1999.
En el libro se respeta el lenguaje de las entrevistadas, un lenguaje popular guatemalteco mezclado con lo mexicano y expresado por mujeres cuya lengua materna es uno de los idiomas mayas y no el español.
Trasfondo del libro
De 1989 hasta mediados de 1995 conviví y trabajé, junto con mi compañero Jan de Rooij, con la población refugiada guatemalteca en México. Trabajé en la “Consultoría Mesoamericana de Asistencia y Desarrollo Popular”. De 1995 a 1998 seguí trabajando con comunidades retornadas en el departamento de Petén en el norte de Guatemala con la “Cooperación Mesoamericana para el Desarrollo y la Paz”.
Durante este tiempo tuve el privilegio de conocer a las cuidadoras de los fogones y a sus familias. La convivencia con ellas ha marcado los diez años de convivencia con la población refugiada y luego retornada.
Junto con mi colega Seidy Sansores Luna trabajé con la Asociación Nacional de Mujeres Guatemaltecas Ixmucané. Se fundó en 1994 en los campamentos de México para promover la participación de la mujer en el proceso del retorno y en la vida en las nuevas comunidades. Esta asociación representa la necesidad de las mujeres de ya “no querer regresar al pasado”. En 1998 las mujeres de Ixmucané me pidieron escribir su historia, una historia según la perspectiva de la mujer; una historia de migraciones promovida por la pobreza, la tierra y la guerra; y una historia de empoderamiento.
La paz se había firmado en Guatemala en diciembre de 1996, el proceso de retorno casi terminado, la reintegración iniciada, momento para hacer un balance. Sobre los fundamentos del pasado, en plena memoria de lo sufrido y lo ganado, vislumbrar un camino hacia un futuro diferente.
En 1998 empecé en Holanda a desarrollar la idea de cómo hacer un libro que pudiera representar las expectativas con apoyo de Lou Keune de la universidad de Tilburg. En noviembre de 1998 me fui a Guatemala y se formó un equipo de trabajo con participación de Seidy Sansores y con aportes de Ixkic Duarte.
De diciembre de 1998 hasta febrero de 1999 se hicieron 59 entrevistas. En el año 1999 me dediqué a la transcripción y codificación de una selección de 47 entrevistas. Por mi trabajo en Holanda y el cuidado de mis padres no logré seguir trabajandolo. Fue hasta mi jubilación que pude concluir el libro. El trabajo duró hasta 2021.
1. La vida en las aldeas donde nacimos,1924-1965
Las memorias de las mujeres que nacieron antes de mediados de 1960. Ellas regresan al Altiplano y a los departamentos del sur de Guatemala, a las aldeas donde nacieron y crecieron. Como niñas, vivieron en esa época en los lugares de origen de su etnia. A estos lugares siempre los llamarán “mi pueblo” porque son parte de su identidad, a pesar de las duras memorias, se muestra en sus rostros el orgullo y la fuerza que les da su verdadera tierra natal.
La tierra
La base de la vida para las familias campesinas es la tierra. Si hay tierra la familia existe, está arraigada en el lugar, tiene trabajo, comida para ellos y sus animales, hay herencia para los hijos, y hay continuidad en las tradiciones y las relaciones. Pero las familias campesinas de las mujeres eran pobres y no tenían este acceso a la tierra para cubrir todas las necesidades y para mantener la unidad familiar. Por eso, migraban por temporadas a las fincas en la Costa Sur para lograr ingresos era común.
Un pedacito de tierra
Macaria: El terreno donde vivíamos con mi abuelo y mi abuelita no era de nosotros. Tenía otro dueño. Solo estábamos posando en esa tierra, mi mamá, mi papá, mi abuela, mi abuelito y yo. Por eso mi papá compró cuatro cuerdas y allí fuimos a vivir. Para sembrar maíz siempre rentaba tierra en las grandes fincas. El pago era dejar sembrado zacate.
Lucrecia: La tierra que teníamos era pobre. Solo una vez al año daba maíz. Era tierra con muchos cerros, puro barranco, pura piedra. Nosotros apenas aguantábamos trabajar allí. Había veces que nos daba miedo que nos podíamos rodar para abajo. Pero teníamos que luchar porque nos llevaba nuestro papá. Yo trabajaba con machete y con azadón.
Lourdes: Mis papás solo tenían el solar de la casa para sembrar. Sembraban allí un poco de maíz. Mi papá prestó más tierra. Había gente que tenía muchos solares. Pero era tierra muy pobre, sin abono no daba nada. Mi papá cargaba olladas de abono a su parcela, así daba maíz y un poco de frijol. A veces caía el hielo cuando el frijol estaba floreando. Entonces se quemaba y no salía el frijol. Daba chile chayote y manzanas, como era tierra fría, no nos alcanzaba. Vivíamos con mis abuelitos y junto con ellos éramos quince en una sola casa. Por eso mi papá se mantenía trabajando en una finca.
Candelaria: Teníamos doscientas cuerdas de tierra. Esa cantidad de tierra no era suficiente para comprar ropa. Nos gustó comer carne de res. A veces comprábamos a fiado dos arrobas de carne. Lo pagábamos cuando regresabamos del trabajo en la costa.
Lucinda: Mi papá tenía una parcela con cerco con dos reses. Allí mi papá también tenía su yunta. Sembró maíz y frijol. Lo vendía para su gasto y también era para comer. Con el dinero compraba más tierra. Era pobre la tierra. Solo si había suficiente lluvia daba milpa y un poco de hierbas.
Prestar tierra
Alicia: En mi pueblo había un señor que tenía bastante tierra y prestaba tierra a cambio de tareas de mano. Quería decir que había que ir a trabajar unos días para él o se daba una parte de la cosecha como un tercio de maíz. Cuando mi papá iba a trabajar de mozo le daban el almuerzo y la cena. Le dejaban frijolitos y nosotros nos poníamos contentos porque íbamos a comer de ahí también. En este lugar había mucha piedra. Mi mamá acostumbraba a amontonar las piedras en ringleras para poder sembrar en medio. Yo trabajaba con ella. Cuando me cansaba de acarrear las piedras me ponía a descansar. Mi mamá no, ella seguía amontonando piedras para poder sembrar suficiente maíz. Solo sembraban maíz. Frijol no tanto, porque si sembrabamos frijol hacía falta el maíz.
Pedir tierra para mi papá
Lucinda: Un día, cuando tenía doce años, mi papá me mandó a pedir tierra en Concepción.
—Mi hijita, quisiera prestar tierra con los hermanos de Concepción. Ojalá usted pueda ir a Concepción.
—Ay no papá —le decía, porque estaba muy lejos y tenía que ir solita.
—Llévate uno o dos perros para que se ayuden un poco. Llévate un machete o un palo.
Cuando llegué con el señor en Concepción, casi no podía hablar.
—¿Qué quiere?
Apenas le pude contestar al hermano de Concepción.
—Pues me manda mi papá. Ojalá que le pueda dar un poco de tierra prestada.
—Bueno, bueno, bueno, tienes que venircon tu papá —dijo el dueño de la tierra.
—Ah bueno.
Ya con esas dos palabras nomás me fui. Le dije a mi papá:
—Tal vez van a dar tierra prestada, pero tiene que ir usted a pedir.
—Ah bueno, bueno, bueno, voy a llegar.
Ellos prestaban tierra. Siempre mi papá trabajaba su tierra del señor como pago. Con su mano de obra mi papá pagaba la renta. También mi esposo tenía que prestar tierra. Dijo mi papá:
—Como es pobre mi yerno, ¿qué vamos a hacer? Mejor que vaya a trabajar un poco con el patrón.
Y así hizo mi esposo. No se mantenía en la casa.
Sembrar en la costa sur
Consuelo: Teníamos un terreno y una casa. Pero siempre íbamos a sembrar milpa en la costa sur, como allá se daba bien el maíz. La cosecha la llevábamos a la casa. Después mi papá vendió la propiedad que teníamos y nos fuimos de una vez para la costa sur. A través de los tiempos compramos allá una parcelita de cinco manzanas. Al principio rentábamos. La renta era de sembrar zacate para los animales del patrón. En la costa logramos tener bastantes animales. Llegamos a tener 150 pollos y cuatro cochinos de engorde.
Carmen: Mis padres decidieron salir de su tierra natal para encontrar vida en otro lugar. Cuando yo tenía tres meses mis padres migraron a la costa sur para lograr tierra para sembrar y para conseguir trabajo asalariado. Allí aprendí la vida de cortar algodón, de cortar café y de sembrar zacate como renta de la tierra donde producíamos el maíz.
Adriana: Mi mamá insistió en comprar tierra en la costa sur. Teníamosuna parcela de cuarenta y cinco cuerdas en tierra fría. Sembraban trigo, papas, habas y frijol. Un día llegó un señor a la casa para avisar a mi mamá que tenía un terreno en la costa sur, que lo comprara. Era una caballería de terreno. Pero mi papá no quería irse a este lugar, porque era en la costa, estaba acostumbrado a vivir en un lugar frío. Entonces mi mamá le dijo:
—Yo sí quiero ir, porque no quiero que mis hijos sufran. Quiero que tengan una herencia para que algún día ellos no anden en la calle sin tener dónde vivir —entonces dijo mi mamá—: si tú no te vas, yo sí me voy.
Sí hubo un poquito de roces, pero al fin mi papá comprendió y dijo que sí, que ella lo había pensado muy bien. Compraron 300 cuerdas de terreno y se fueron a vivir en este lugar. Sembraba mi papá allí 75 cuerdas de maíz y de café. Empezó a tener trabajadores. Les hacía buenas casas con la madera que sacaba de su terreno.
Macaria: En los años setenta fui con mi esposo al sur oriente. El padrino de mi hijo compró una parcela en el sur y dijo:
—Mire compadre, yo no sé, perotengo la esperanza que usted vaya a cuidarme la parcela mientras que logro vender mis cosas acá.
Y nos fuimos a cuidar la parcela. Su mamá no mucho quería, pero yo le dije a mi marido:
—Donde usted vaya, me voy yo.
Esperanza:Crecí con mis tías que lograron tener bastante tierra. Ellas mismas sembraban su tierra. Vendían cigarros y tamales. Cuando lograron tener más dinero, buscaban a gente que les hizo su trabajo. Compraron vacas y empezaron a comprar más tierra. En ese tiempo las tierras eran muy baratas. Y ellas fueron comprando y comprando tierra y llegaron al grado de tener dinero. Pero todo cambió porque me casé y mi esposo no tenía tierra. De allí me dijo él:
—Mira, yo pienso una cosa.
—¿De qué?
—Estamos ganando, andas vendiendo, pero no es igual como tener uno donde sembrar su maíz. Si queremos comer un tamalito de elote tenemos que comprarlo. Todo es comprado, un mango, un jocote, un elote, un tamal, un guineo. Y si no tenemos con qué, tal vez no lo comemos. Mira viejita, hagamos una cosa, en Santa Odilia tal vez haya quien renta tierra. Fíjate, aquí no hacemos nada. Estamos ganando, trabajando, pero no hacemos nada. Mejor voy a ver allá.
—Andate pues.
Se fue. Y casi de noche llegó.
—Mira Esperanza, mira qué bonita la tierra en Santa Odilia. Me encontré con un amigo, con don Chema. Él me da tierra para trabajar. Casa no me da, pero sí me da tierra. Allí estuve un señor que me habló y me dijo que me conseguía casa.
—Está bueno pues, si te consiguen casa, pues nos podemos ir.
El otro día, fue un día domingo, se puso a acarrear todo a puro lomo. Tenía que pasar el río. Pagamos lancha para llegar al otro lado del río. En la tardecita me salí yo con los chamacos. El contratista del lugar nos vio y dijo que no nos fuéramos.
—No, le agradezco mucho, pero no puedo ya más. Que aquí no hago nada, bendito que estoy ganando, pero no tengo un pedazo de maíz sembrado, no tengo un pedacito de frijol sembrado, todo es comprado. Aquí no hago nada. Estoy terminando mi sudor, toda mi fuerza está aquí, toda, por eso vamos a cambiar.
—Está bueno pues —me dijo y nos fuimos.
Vivimos en la parcela. Los dos trabajamos, yo y él. Yo vendiendo en las fincas y él en el campo trabajando siempre sus trabajos. La tierra la teníamos alquilada. El patrón le daba tierra para que lo trabajara y a cambio trabajó su tierra del patrón. Teníamos que cuidar el terreno y su ganado. Por cuidar el guatal no le pagaba, pero para cuidar el ganado sí. Teníamos que ordeñarlos, sacar la leche y ver si había cercos rotos y componerlos. Además nos daba leche.
El engaño
Carmen: Mis abuelos perdieron su tierra por un engaño después de la reforma agraria de 1954. Los finqueros lograron despojar a mis abuelos de su tierra. Como la mayoría de los indígenas, mis abuelos trabajaban la tierra en colectivo. Cuando se daba la oportunidad de la redistribución de estas tierras, mis abuelos por no saber nada de leyes y de derechos, no lograron defenderse. No sabían leer y escribir, ni hablaban el castellano. Su lengua materna era lo único que hablaban. Unos güizaches, que sabían hablar los dos idiomas, se aprovecharon. Lograron expropiar las tierras de los indígenas. Los engañaron cuando levantaron las actas con que habían podido salvar sus tierras. Había un buen amigo de mis abuelos que les trató de ayudar. Les dijo:
—Miren muchá, aquí hay una política que les quieren quitar sus tierras. Ustedes tienen que aprender a defenderse. Lo que les van a preguntar son dos cosas. Les van a preguntar si ustedes están de acuerdo a seguir manteniendo su tierra. Entonces ustedes tienen que decir que sí. Porque si ustedes dicen que no, el güizache levanta un acta y pierden su tierra. Ustedes tienen que decir que no están de acuerdo de perder su tierra y que la van a defender a como dé lugar porque es su propiedad. Es lo que sus abuelos antepasados le dejaron a ustedes y lo tienen que defender.
Y así como dos o tres pláticas tenía con ellos y aprendieron a decir la palabra sí y no. Pero ya cuando llegó el momento que el güizache llegó a avalar el documento que ya había elaborado en su oficina, mis abuelos se confundieron. En vez de decir “no estamos de acuerdo”, dijeron “sí, estamos de acuerdo”.
Y dijo el güizache:
—Como ustedes están de acuerdo, estas tierras pasan a manos del gobierno. Ustedes nos van a firmar aquí y pusieron sus huellas. Lo hicieron como no sabían leer y no entendían el español. El señor que les había orientado manejaba los dos idiomas, pero no estuvo con ellos porque no quería que supieran que él había orientado a la gente. En el preciso momento, entonces, se les olvidó lo que el señor les había dicho. Del gran nerviosismo y la pena de perder su tierra, en realidad perdieron su tierra. Eso es la historia por lo cual mis abuelos tuvieron que migrar a buscar tierra en la costa para la sobrevivencia familiar.
Luchar por los ingresos
Las familias lograron ingresos con la siembra de maíz, frijol y otros productos. El maíz era para comer y para vender. Ha sido siempre la alimentación básica para la gente y sus animales. Lo que sobraba se vendía para pagar los gastos de la casa y de la producción. Por falta de tierra propia rentaban tierra a cambio de trabajo para el dueño de la tierra. Sembraban hortalizas y frutas en los solares de sus casas. Las mujeres criaban animales domésticos logrando así importantes ingresos para la economía familiar al lado del trabajo agrícola. Gallinas nunca faltaban. Los cerdos eran para engorde, como un ahorro donde se invertía el maíz. Además las familias lograron ingresos por medio de pequeñas ventas. Pero lo que sobresalía era que las familias migraban por temporadas de sus pueblos para trabajar en las fincas en la costa sur.
El maíz es para comer y para vender
Lucinda: Siempre acompañaba a mi papá cuando iba a vender maíz. Mi papá sembraba suficiente maíz para poder vender. No lo vendía en nuestro pueblo. Iba a vender en Huehuetenango. Tenía tres bestias y prestaba otras dos o tres más con los vecinos. Junto con mi papá caminaba un día con las bestias a Huehuetenango. A medio camino me decía:
—Mija, aquí te vas a quedar con las bestias. Les voy a sacar zacate.
Regresaba con bastante zacate en su cabeza. En Huehuetenango pedíamos posada con un conocido. Llegando empezaba a vender el maíz. Si había bastante maíz tardábamos hasta el siguiente día para vender. Cuando acabábamos de vender todo, regresamos a la casa, otro día de camino.
Alicia: Mi papá cosechaba tres o cuatro quintales de maíz. Eran mazorcas chiquitas. Usábamos el maíz para comer. Para vender hacíamos petates de las hojas de una planta que había en el oriente. Toda la gente del oriente vivía de esa planta. Los hombres solo ganaban veinte centavos por jornal y lo gastaban en su pasaje y en la compra de una mudada de ropa para sus hijos. Era pobre el lugar allí.
Margarita: El terreno de mi familiaestaba en un barranco donde no tanto daba el maíz. Por eso siempre teníamos que comprar maíz. Lo que daba un poco eran papas. Mi mamá sembraba repollo y hierbas en el solar de la casa. Allí tenía su hortaliza al lado del corral de los borregos.
Francisca: Mi papá tenía su terreno y sembraba maíz, frijol, calabaza o sea ayote, chile y caña. Hacía panela. Cuando me casé no teníamos tierra. Íbamos a sembrar milpa en la Mesilla en tierra de un patrón. A cambio mi esposo trabajaba en su trabajo del patrón. Yo me mantenía en la casa. Cuando había limpia de milpa o cosecha me iba con él.Logramos mucho maíz allí. Entonces ya no fuimos a la costa a trabajar en las fincas.
Ana: Mi papá hacía su milpa y llenaba cinco graneros de maíz. Siempre también había frijol en la casa. Solo era agarrar y cuando había una enfermedad o si a alguien se le habían terminado los zapatos allí había para agarrar. Mi papá también sembraba café. Pero lo que sucedía era que pagaban muy barato la cosecha. Lo que mi papá hacía era vender el café cuando todavía estaba en el campo, verde todavía. Si por ejemplo en aquel tiempo costaba el quintal de café cinco quetzales, le pagaban a dos cincuenta. Muy barato.
Mis papás compraron tierra en la costa sur para sembrar café. Cuando recién habían comprado el terreno sufrieron un poco. Tenían que acarrear todos los almácigos de café y sembrar el terreno. Mi mamá se echaba cinco, seis pilones de café en su canasta y lo cargaba en la cabeza. Lo llevaba al terreno y lo sembraba. Mi papá vio que era muy difícil para ella. No estaba acostumbrada a trabajar así. Entonces arrendó el terreno a gente que no tenía tierra. Les dijo que trabajaran la tierra, que sembraran maíz y que en vez de darle maíz, que le sembraran café en su terreno. Y así fue que logró las 175 cuerdas de café. Cuando ya se había establecido bien el fruto de la huerta tuvieron que pagar a gente para ayudarles. Así tenían para pasarse la vida. Crecimos sin sufrir.
Esperanza: Mi papá cosechaba bastante maíz, pero la familia no aprovechaba. Lo que pasó es que a mi papá le gustaba mucho el guaro. Todo lo que ganaba, lo gastaba solo en tomar nomás. Vendía la cosecha a escondidas. Cuando mi mamá iba a buscarlo, ya no hallaba nada. Ya lo había vendido para chupárselo. Lo que hicimos es irnos a cosechar las siembras antes de que él lo hiciera. Iba junto con mi hermana en la yunta metido en la carreta y jalada por los bueyes. Así mi mamá lograba sus ingresos.
Cardamomo
Rosario: Mi esposo sembraba cardamomo. En Santa María había un campo de aviación. Allí comprábamos semillas de cardamomo. También había una secadora. Vendíamos a treinta o cuarenta centavos la libra. Mi esposo cargaba la cosecha de cardamomo en la espalda. Era medio día de camino. También pagábamos a gente para ir a dejar el cardamomo.
Animales domésticos en el solar
Ana: Mi mamá criaba bastantes pollos. Mi papá compraba cosas para la casa con lo poco que conseguía con la siembra de maíz. Mi mamá conseguía la mayor parte de dinero con la crianza de gallinas. Con eso mantenía la casa. Así seguía haciendo yo. Siempre he tenido pollos.
Susana: Mi mamá tenía muchas gallinas, hasta ciento cincuenta gallinas ponedoras. Mi papá juntaba bastantes blanquillos de la casa y compraba más con los vecinos para venderlos en el pueblo. Y de allí traía todo lo necesario para la casa.
Luisa:Cuando tuve mi primera hija compré mis primeros pollitos y buscamos a compadres. El compadre me regaló dinero, veinticinco centavos. De este dinero compré pollitos, unas hembritas para echar huevos. Con eso fui abundando. Cuando había bastantes pollos, vendía unos. No había enfermedad en los pollos. Vendía pollos y vendía huevos. Así podía comprar jabón, sal, frijol, ropa para la chiquita o una blusa para mí. Todo salió de los pollos, siempre dan dinero los pollos.
Francisca: Había veces que no teníamos nada de comer. Vendía un pollo y entonces podía comprar un poco de maíz o una libra de frijol. Cuando nos fuimos a la costa vendí los pollos. Trabajamos con un patrón. Allí no logré tener pollos, porque no había maíz para mantener muchos animales. No teníamos terreno para sembrar maíz.
Adriana: En mi casa había gallinas, patos, chompipes y coches. Mi mamá juntaba muchos huevos y los llevaba a vender al pueblo. Así le ayudaba a mi papá para comprar la mercancía para la casa.
Margarita: Mi mamá criaba pollos, pero cada vez se murieron. En ese tiempo nunca habíamos escuchado de vacunación. Medicinas no había. Cuando tenía cuatro años, empecé a pastorear los borregos junto con mi hermanito. Mi hermanito estaba chiquito todavía, tenía tres años, pero él ya sabía bien cómo pastorear. Adelante los borregos y nosotros atrás. Teníamos que ver que no entraran en las milpas. Si entraban, te multaban. Mis papás vendían la lana de los borregos por libra. A veces mataban uno para comer y para vender la carne.
Rosario: Mi esposo no lograba dinero con el maíz. Solo logramos dinero con la venta de cochinos. Crecíamos por cien, por cincuenta. Cuando queríamos vender, teníamos que llevar los cochinos al pueblo. A las cinco de la mañana mi esposo sacaba diez, quince cochinos. Caminaba un día con el montón de animales. En el pueblo venían los cocheros de Huehuetenango a comprar. Vendíamos a tres o cuatro quetzales, muy barato. Aunque era un cochino grande, un tamaño que uno podía dormir en su espalda, nomás cuatro quetzales. Para diez cochinos recibíamos entre veinte y cuarenta quetzales. No había como vender el maíz. Solo lo usábamos para crecer los cochinos. Los propios cochinos caminaban al mercado. ¿Quién iba a aguantar de llevar el maíz caminando? Solo un poquito podías llevar.
Lucrecia: Teníamos cerdos para vender. A veces matábamos uno para comer, pero no lo comíamos todo. Vendíamos la carne para sacar un poco de dinero. Las gallinas no se vendían, eran más para comer. Así mi mamá tenía algo si no alcanzaba lo que ganaba mi papá. Más después mi papá compró unos sus borreguitos. Salíamos a pastorear a las nueve de la mañana y regresábamos a las cuatro de la tarde. Antes de salir teníamos que moler los olotes para los cochinos y los perros. Cuando mi papá tenía necesidad vendía un borrego o mataba un animal y vendía la carne. El abono de los borregos lo usábamos en la milpa.
Olivia: Tenía seis años cuando empecé a pastorear cabras y borregos. De los borregos quitábamos la lana. Mi mamá lo usaba para tejer nuestra ropa. Nunca compramos tela. Una parte de la lana la vendíamos y de eso vivíamos porque mi papá no se mantenía en la casa. Nomás de vez en cuando venía a dar vuelta para dejar un poco de dinero para comprar maíz, frijol y sal, y se iba otra vez.
Pequeñas ventas
Teresa: Mi mamá compraba achiote, lo molía y vendía el achiote fino.
Marta: Mi mamá era viuda y vendía tejidos.
Rosario: En mi casa hacíamos jabón de manteca para la venta.
Lourdes: Mi papá tenía un pequeño negocio. Vendía tamales, una o dos arrobas. Mi mamá a veces compraba frutas en el mercado como duraznos, manzanas y tomates, y los vendía.Compraba a un centavo y vendía a dos o tres centavos. Esos tiempos el valor de un quetzal era un gran dinero. De allí nos compraba nuestra ropa, blusas y huipiles.
Blanca: Teníamos una planta que se llamaba tule. Del tule se hacían petates. Era trabajo de nosotras las mujeres. Al lado de todo el trabajo de la cocina, había que hacer algo para conseguir dinero. Una niña de trece años ya podía hacer petates. Primero se contaban las barras y luego mi esposo los vendía en Chiquimula. También la gente pasaba los sábados a las cuatro a comprar en la casa.
Macaria: Cuando no había trabajo en la finca, iba a camaronear y luego los vendía.A veces compraba camarón y volvía a venderlos. Con lo que ganaba compraba mis cuatro, cinco libras de maíz. A veces no alcanzaba para la cena y solo comían los niños. Los grandes aguantábamos.
Luisa: Mipapá compraba parafina para hacer candelas. Hacía grandes candelas para la Semana Santa, para el Día de los Santos, para el cementerio. En este tiempo ya tenía yo marido, pero a mi papá le daba vergüenza que mis dos mudadas de ropa estaban bien rotas. Con lo que ganaba de las candelas me mandó a la plaza a comprar ropa. Además mi papá sacó sus papeles para matar coches. Iba a buscar coches lejos en las aldeas. Compraba un coche de veinticinco, treinta o cuarenta quetzales y lo mataba. Puso su negocio de carne en el mercado. De la manteca mis papás hacían jabón. Se hacía con cal y ceniza. Lo vendía en la plaza a cinco centavos una bolita. Mi abuelita hacía cántaros de barro. Se vendían a veinticinco centavos cada uno. Mi mamá aprendió a hacer trastes de cocina, pero no muy se vendían.
Alicia: Mis suegros molían caña y hacían panela. Mi mamá hacía comales de barro. En el lugar donde vivíamos había pinos. Mi papá aserraba la madera no con motosierra, sino con hacha y sierra de mano. Sacaba tablas y las vendían en el pueblo. Tenía que ir de noche a venderlas, porque sí veían a un campesino vendiendo tablas, lo agarraban. Solo a los que llegaban a sacar madera en un camión les daban permiso. A un campesino que vendía poco, no le daban. Con la ganancia de la venta de tablas mi papá compraba maíz.
Lucrecia: Mi papáera carpintero. Hacía mesas, sillas, bancas, ventanas y camas. Vendía en el pueblo y me iba con él para dejar los muebles.
Josefina: Vendía tamales y arroz con leche. A veces nos salía el dinero, a veces cabal y a veces no salía. Si lograba ganar veinticinco centavos podía comprar una media libra de azúcar, una media libra de frijol o una bolita de jabón. Pasamos una vida muy pobre. Cuando se murió mi papá tenía nueve años y empecé a trabajar en casas de la gente. Ganaba tres quetzales trabajando de las seis hasta las diez de la noche. Lavaba trastes, bastantes trastes, barría la casona y trapeaba. Me daba la patrona a planchar servilletas, delantales, playeras, calzoncillos. Aparte de este trabajo mi mamá me mandaba a vender. En total que nunca tenía descanso. Cuando mi hermana ya estaba acompañada, diario le lavaba su ropa. En cambio me daba una libra de azúcar, una bolita de jabón, así. Me alegraba con todo lo que me daba. Pero llegó el tiempo que me dijo mi otra hermana, que me estaba jodiendo porque los hijos de mi hermana ya estaban grandecitos. Además yo ya tenía mis propios hijos y ya no era justo que trabajara tanto para ella. Y era cierto. Yo estaba criando mis hijos, entre cayendo y levantando, porque ya no aguantaba, me cansaba mucho. Mis hijos en la escuela y yo lavando. No me quedaba tiempo y me cansaba mucho, era muy duro. Cuando crecí llegué a ganar diez quetzales al mes, pero el trabajo era cada vez más duro, hacer la cocina, lavar, planchar, sacar agua del pozo y moler doce tolvas puro en el molino de mano. ¡Ay dios!, por eso es que ahora ya no aguanto trabajar duro. Duelen mis brazos.
Alejandra: Mi mamá sabía tejer bien. Cuando cumplí diez años empecé a aprender a tejer yo también. Según dicen: “cuando la mamá sabe tejer, también las hijas tienen que saber tejer”.
Mi hermana mayor también se dedicó al tejido y aprendí con ella. Éramos tres puras mujeres que vivíamos con mi abuelita. Tejíamos para la gente, negociando. Así empezamos a levantar la vida.
Canastear
Esperanza: Mis tías me enseñaron a hacer negocios. Mis tías tenían tierra con muchos cultivos. Hacían tamales para la venta y vendían chicozapote. Una de las tías hacía ropa, pantalones de manta como usaban en aquel tiempo los hombres. Los hacía por docenas. Y en la noche se ponía a hacer cigarros. Compraba tabaco y lo secaba en el sol. Cuando ya estaba seco, deshacía las hojas. Compraba hojas de higo y también las secaba en el sol. En estas hojas envolvía el tabaco. Compraba esencia de vainilla y lo echaba en el tabaco para que el cigarro quedara bien sabroso. Cuando salía de la escuela le decía a mi tía:
—¿Me pudiera usted hacer un poco de dulcito de nance, de papaya o de coco? Quiero ir a vender.
Me había comparado una botellita chiquita y allí echaba el dulce. Agarraba la botellita, me la ponía en la cabeza y me iba a la calle a vender. Me gustaba andar con dinero en la bolsa. Cuando quería una cosa solo metía la mano en la bolsa, agarraba el dinero y compraba chucherías. Así empecé a tener experiencia con las ventas. Cuando ya fui teniendo mi familia vivíamos en una finca. Allí empecé a canastear y a vender para ayudar a mi esposo. Un día el dueño de la finca le dijo a mi esposo.
—Mire don Pedro, voy a mi casa. Creo que no voy a venir un tiempo. Por favor me cuida el ganado. Hay que utilizar la leche. La puede vender.
Había unas treinta vacas y sacábamos bastante leche. En ese tiempo la leche valía solo diez centavos la botella. Hacíamos queso y mantequilla. A veces hacíamos requesón. Mandaba a mi hija a vender. Ella siempre me acompañaba cuando andaba vendiendo. Así también agarró la costumbre. Ahora mismo, si tiene dinero, compra sus ocho libras de harina y hace pan. Sale a vender en toda la aldea. Sus hijas ya no quieren, les da vergüenza. Muchos años después ya siendo señora grande seguí vendiendo. Hace poco vendí pacaya envuelta en huevo, güisquil, melocotón y conservas.
Buscar vida en las fincas
Por no tener tierra propia o poca tierra de mala calidad, las familias se veían obligadas a buscar vida en las grandes fincas en la costa sur. Se trataba de migraciones temporales según el ciclo agrícola. Familias enteras salieron de sus lugares de origen para trabajar todos, padres e hijos. O las madres e hijos pequeños se quedaban en el pueblo. Así muchos niños en el Altiplano crecieron prácticamente sin presencia del papá. Trabajaban en las fincas algodoneras, cafetaleras y azucareras o rentaban tierra para sembrar maíz a cambio de hacer algunos trabajos para el dueño, como siembra de zacate y cuidar el ganado. Hubo familias que ya no regresaron a su pueblo, se quedaron a vivir de una vez en la finca.
Francisca: Siempre estábamos luchando para conseguir dinero para comprar un poco de maíz. No teníamos terreno donde sembrar maíz. Solo trabajábamos con un patrón en el corte de café. Los patrones mandaban un camión a los pueblos para traer a la gente. Se habían puesto de acuerdo con el contratista cuánta gente iba a llevar la cuadrilla de una camionada. En la finca uno se levantaba a las cuatro de la mañana para alistar las tortillas para llevar de lonche al trabajo. Cuando iba aclarando nos íbamos al monte a cortar café. Cargábamos canastas grandes en la cintura para juntar el café. Y así pasábamos nuestro día. Trabajábamos un mes, dos meses y luego regresábamos a nuestro pueblo. ¿A caso pagaba mucho el patrón ese día? ¡Ay!, solo veinticinco centavos el quintal de café. Era un día de trabajo. Del dinero sacaban lo que el trabajador le debía al contratista. Había prestado viáticos y esta cantidad se quitaba de los jornales. Los patrones nunca pagaban su jornal en mano de las mujeres. Nunca vimos el dinero. Los hombres recibían y dependíamos de ellos si recibíamos algo para nuestros gastos o no.
Olivia: Mi papá no se mantenía en la casa. Cuando acabó de nacer mi hermano, mi papá salió otra vez a la finca. Venía después de seis meses. Al año otro niño. Ya estaba grande cuando venía mi papá. Mis hermanos se asustaban de él, como si no fuera su papá. Mi papá al fin decía:
—Ahora ya me cansé por tanto salir afuera y nunca tener a mis hijos conmigo.
Ahora mi esposo está cerca de mí. Nuestros hijos están muy hallados con su papá. Por eso es que me di cuenta que por esta razón mis hermanos gritaban cuando llegaba su papá de la finca.
Josefina: Si no lográbamos cosechar el maíz de la temporada mi familia buscaba trabajo en las fincas. Los hombres trabajaban jornales y jornales. Mi mamá hacía tortillas, de esas chiquitas, para los de la finca. Puro molía en piedra. Lavaba tinajas de ropa de mezclilla. Diario había mano de obra para los dueños. Mi papá ganaba treinta centavos al día. Por el lavado le pagaban a mi mamá cuatro quetzales al mes. Ahorraban el dinero de mi papá. Con lo que ganaba mi mamá compraban azúcar y sal y compraron dos becerritos.
La dueña de la finca era mi madrina. Era hija de un español que se había casado con una indígena guatemalteca. Mi madrina tenía dos hermanos, hombres, muy altos y grandes. Cuando se murió su papá, ella se quedó de dueña. Era enojada, pero no fue mala con nosotros y con la gente de allí. Festejaba la Navidad con toda la gente a puro costo de ella. Salía la posada y daba candelas por manojos todas las noches. Para la Noche Buena mandaba comprar pavos para hacer tamales. La gente los preparaba y allí todos comían. Luego ella dividió la finca en pedazos para sus hermanos y empezaron los problemas. Ellos se portaron muy mal con la gente. Donde andaban, andaban con la pistola en la mano. Surgieron problemas con los pagos de los trabajadores. Por eso se unió un grupito y se fueron a la justicia. ¡Vaya!, hubo justicia, les dieron los tiempos que habían trabajado. Mucha gente con ese dinero compró un pedacito de tierra de diez, quince cuerdas. Mi papá no participó. Le daba pena pedir, nunca había pedido algo al patrón.
—No voy a pelear mi tiempo, me da pena.
Lo que pasó es que junto con su hermano fue a buscar un pedazo de tierra en venta. Vendió sus dos vaquitas y venimos a vivir en nuestra propia tierra. Pero para sembrar no era suficiente. Rentamos más tierra para sembrar maíz. En el pedacito donde vivíamos mi papá sembraba yuca y un poco de maíz y de frijol. No daba mucho, pero a veces logramos comer algo. De todas maneras no comíamos mucho, porque mis papás eran pobres.
Elena: Me fui con mi familia a cortar algodón. Era un día en puro autobús. ¡Quería ganas trabajar en corte de algodón! Además mi papá rentaba tierra en el sur para sembrar maíz. En marzo esperábamos la lluvia para comenzar a sembrar. Después de la limpia, cuando ya no había trabajo, a veces íbamos a nuestro pueblo. Cuando era tiempo de doblar regresábamos otra vez. Después de la cosecha quemábamos la tierra. Así más o menos nos manteníamos en la costa de marzo hasta junio.
Lucrecia: Toda mi familia trabajaba en la finca, porque la tierra en nuestro pueblo era pobre. Era tierra fría. Hasta el año daba maíz, solo una vez al año. Por eso mi papá nos llevaba a todos a la costa para trabajar. Mi mamá trabajaba de molinera y llevaba las tortillas a los trabajadores. Mantenía a cuarenta personas. Cuando éramos pequeñas la ayudamos a acarrear agua y a lavar maíz, todo. A las tres de la mañana mi mamá se levantaba y nosotras también. Molía a mano una gran cantidad de maíz. Ganaba muy poco. Éramos doce hermanos y todos trabajábamos. Había veces que regresabamos con ganancia y había veces que no.
Guadalupe: Mi mamá me platicaba de los sufrimientos en la finca.
—Mis primeros hijos se enfermaban y no hallamos qué darles. Nos fuimos a trabajar en la finca para conseguir dinero, pero de nada nos sirvió, se murieron los hijos. Casi me iba a morir también. Me hinché de puro cansancio por levantarme temprano para preparar el desayuno y el almuerzo a medio día. Pero gracias a Dios no había llegado mi tiempo todavía. Me recuperé y pensamos mejor ya no ir a la finca. Y por ya no ir a las fincas, les logré a ustedes.
Esperanza: Junto con mi esposo andaba trabajando de finca en finca. A mí me daban mi dinero aparte y a él le daban su dinero aparte. Cuando estábamos en una finca con el nombre de El Chontero, le dije a mi esposo:
—Mira Pedro, hagamos una cosa. Sigues trabajando en el campo en la algodonera siempre. Yo con el dinero que tengo voy a poner mi venta de atol. Mejor me quedo en la casa, porque no puedo con los hijos así.
—Está bueno —me dijo y así quedó.
Los dos hijos más grandecitos trabajaban con su papá. Salían a las tres de la mañana en el camión. Pasaban el río y ya al otro lado ya estaba el tráiler para llevar a la gente a la finca. Yo temprano empezaba a cocer la yuca o hacía moronga de sangre de coche. Había una señora allí que era destazadora. Pedro a veces le apoyaba a destazar y ella me regalaba la sangre de cuatro, cinco animales. Lo echaba pimienta, cebolla, tomate y hierba buena y lo cocía bien, bien. Lavaba bien la tripa, lo echaban en cal y lo echaba en agua de naranja agria. Quedaba muy sabrosa. Cuando mataban res, había veces que me regalaba hasta cuatro panzas. Las cocía bien y también las vendía. Llevaba mi negocio en una canasta grande. Preparaba mi puesto de venta para la hora que llegaba la gente de la algodonera a pesar el algodón. Una parte vendía y otra parte daba fiado para el sábado. Y así pues, día a día, día a día. El sábado nos íbamos al pago. Veníamos como a la una de la mañana. Llegaba mucha gente. A veces tardó el pago hasta el fin de la tarde. Este día llevaba una canasta grande llena de pan para vender con café. Después mi esposo iba a traer leña con los hijos y yo lavando ropa. También lavaba ajeno para unos muchachos Salvadoreños. Había veces que lavaba hasta cuatro docenas de ropa. Planchaba y remendada. Así ganaba otros centavos más.
Lucinda: Caminábamos dos días a San Antonio donde trabajábamos en una finca. Llevaba un cochino, dos pollitos, dos morrales y mi chiquito con su pañal en la espalda. El señor siempre cargaba su bulto. El primer día llegábamos hasta Todos Santos y el siguiente día ya tarde en la noche en San Antonio. Y de regreso a la casa igual. Llegábamos de noche. Llovía siempre mucho en el camino, ¡qué frío! Si mi marido había juntado suficiente dinero para el viaje, bajábamos a la costa a trabajar. Eran otra vez dos días de camino. El primer día ya de noche llegábamos a San Antonio. Allí dormíamos y el siguiente día llegábamos a Huixta en tierra caliente. Agarrábamos dos contratos para corte de café, uno para mi esposo y uno para mí. Salía a trabajar con mi hijo en la espalda. Si no lloraba mi hijo podía llenar tres, cuatro canastas. Pero si mi hijo lloraba lograba llenar solo dos canastas nomás. Mi esposo siempre llenaba cuatro, así que ganaba más que yo. Juntamos el dinero que ganamos para construir una casa en nuestro pueblo. Siempre regresábamos a la casa cuando iba a tener otro hijo. Mi esposo llevaba la cuenta de qué día iba a nacer.
La niña trabajadora
Carmen: Cuando tenía siete años me fui a trabajar con mis papás en la finca. Aprendí la vida de cortar algodón, de cortar café y de sembrar zacate como renta de la tierra donde producíamos el maíz. Cuando tenía doce años mi madre se murió y me quedé con mis tres hermanos más pequeños. Yo era la más grande. Me tocó asumir la responsabilidad de la casa, cocinar y darles de comer a mis hermanos aparte de trabajar duramente en el campo. Tener una vida con el papá no es igual que estar con su madre.
Margarita: Mi papá estaba un mes en la casa y luego se iba otra vez. Cuando tenía ocho años, mi papá me llevó a mí y a mi hermano tres meses a una finca algodonera en la costa sur. En la finca había toda clase de gente, mam, kanjobal y chuj. Pero no entendía lo que decían. Había gente que hablaba conmigo, pero no podía contestar. Fue un poco duro en la costa porque había mucho calor y yo estaba hallada en tierra fría. En mi pueblo había árboles que daban sombra. Allí era bueno para descansar. En cambio en la costa no había árboles, solo algodón. Nos quemamos porque no había sombra. Nuestro trabajo era juntar algodón. Para comer, mi papá compraba tortillas y a veces un poco de hierbas. A veces comíamos tortillas solo con sal con un poco de agua o atol. A las cinco de la mañana ya estábamos en nuestra tarea, en el surco donde tocaba trabajar. Trabajar todo el día en el pleno sol. A las doce comíamos las tortillas con sal y con agua. Solo con eso pasábamos el día. Nunca había descanso. En el día domingo dejaban un poco de tiempo para ir a lavar la ropa y para bañarse, un ratito nomás. Había agua, pero el agua donde lavamos y nos bañamos allí orinaba y cagaba la gente. No había letrinas. Cuando uno tenía necesidad durante el trabajo, lo hacía allí mismo. Por todo esto me enfermé. No estaba hallada en el calor y no había buena alimentación. Mi papá compró medicinas, pero cuando llegamos en el pueblo, todavía estaba enferma. Tal vez también me había enfermado por tanto tristeza, porque me hacía mucho falta mi mamá.
Consuelo: Vivíamos en una finca. Cuando tenía seis años mi tarea era echar tortillas para mantener a la gente. Por eso no pude ir a la escuela. En la finca había producción de café y de ganado. Pero el siguiente año mi papá ya no quiso que yo trabajara. Trabajaba solito él para mantenernos. El trato del patrón era bastante cruel. Solo le pagaban treinta y cinco centavos por medio día de trabajo, de siete a doce de la mañana. No todos los días era así, solo cuando el patrón necesitaba algún trabajo. Lo que a mi papá le interesaba era tener allí tierra para sembrar milpa. Había rentado un terreno. No pagaba con dinero sino con siembra de zacate. Cuando se daba maíz vendía por cantidad. No daba mucho frijol. Sembraba también tomate y pepitoria o chigua como dicen en México. Hubo un año en que mi papá sembró bastante maíz, pero hubo sequía. No se dio el maíz, pero la chigua sí se dio en cantidad. Así logramos mantenernos y comprar maíz. No aprovechamos la primera siembra, pero la segunda sí. Mis papás dilataron treinta años en la finca. Por la gran voluntad de Dios no nos faltaba nada. Tenía ropa, todo. Allí llegué a ser señorita. Después mi papá compró una parcela. Eran como dos o tres leguas y seguimos trabajando allí.
Ángela: Mi papá trabajaba por temporadas en la costa. Cuando tenía cuatro años nos fuimos a vivir todos allá, mis papás y mis dos hermanitas. Si ya no había trabajo, pasamos a otra finca. Andábamos de finca en finca. Cuando tenía ocho años, regresamos un tiempo a la casa en Todos Santos. Regresé otra vez al pueblo con mi mamá cuando tenía once años. Ya sabía trabajar, cortar café, limpiar, todo el trabajo. Entonces nos quedamos en el pueblo. Mi mamá ya no regresó a la finca. Cuando me casé me fui otra vez a la costa con mi marido. Mi primer hijo tenía dos meses cuando nos fuimos. En la costa mi esposo me pegaba diario por culpa de mi hijito. Si estábamos cortando algodón, el niño lloraba. No quería él que regresáramos para darle su leche, para mirar cómo estaba. Quería primero llenar un costal, pero el niño no aguantaba pues. Cuando regresaba para atender al niño, me pegaba. ¡Cómo va ser, solo por mirar a mi hijo! Después de un mes con quince días, regresamos al pueblo. Me fui con mi mamá. Me separé de ese hombre.
Macaria: Tenía once años cuando fui a trabajar en una finca cafetalera con mi mamá y mi hermana. Mi papá solía salir por ocho días a sembrar maíz. Le preparábamos tamalitos, totoposte y masa tiesa para llevar. Nos pagaban ochenta centavos la caja de café. Allí no había descanso. Aun debajo del agua seguíamos trabajando con nuestro naylon. Tal vez por eso se enfermó mi mamá. De cuarenta años se murió. Me casé y seguí trabajando en la finca junto con mi esposo. En puras fincas estábamos viviendo. Ganábamos dinero solo para los gastos. Como la gallina, solo rascando y comiendo, así estábamos nosotros. Si alguien se enfermaba, no había dinero para comprar medicinas. Tal vez por ignorancia, ni él ni yo tenía ideas, se murieron mis dos primeros hijos.
Manuela: Acompañaba a mi papá a la finca para echar tortillas y hacer la comida. Preparaba la comida y todo el santo día trabajaba con mi papá en el campo. En febrero los hombres empezaban a botar el trabajo para sembrar. Cuando terminaban de botar los montes, quemaban y quedaba limpio el trabajadero. Sembraban en marzo. Mi papá también sembraba arroz y ajonjolí. Entonces, no solo trabajaba en la cocina también en el campo.
Angélica: Cuando se murió mi papá, mi mamá me llevó a trabajar a la costa. No teníamos con qué vivir en tierra fría. Había tierra, pero necesitaba demasiado abono. Nos manteníamos junto con mi mamá seis meses en la costa y luego regresábamos a nuestro pueblo. En la costa nos levantábamos a las tres de la mañana. A las cinco de la mañana ya estábamos saliendo a cortar café o a cortar cardamomo. Mi hermanito tenía entonces seis meses. Yo tenía que cuidarlo mientras que mi mamá andaba trabajando. Sufría con él porque todo el día no podía mamar. Lloraba casi todo el día. Pero a pesar de ese sufrimiento, logró crecer.
Santa: Viajábamos puro caminando para ir a la finca. Mi tarea en la finca era cargar a mi hermanita de tres años, mientras que mi mamá cortaba café. Con lo que ganaba, primero tenía que pagar la deuda que tenían con el patrón. Así todos los que trabajaban allí primero solo trabajaron para pagar la deuda. Trabajaban y trabajaban y llegó el momento que dijo mi papá:
—Nos vamos al Ixcán.
Primero mi mamá no mucho quería, le costó dejar su lugar. Cuando mi papá se fue la última vez a la finca, me llevó solo a mí. Tenía siete años. Después de dos meses en la finca regresamos a nuestra casita y nos bajamos todos a Ixcán.
Los choleros
Candelaria: Cuando tenía seis años mi papá me llevó a la costa. Me dijo que iba a ganar dinero y por eso me fui a ayudarle a cortar café. Siempre nos quedábamos un mes o dos meses. Trabajábamos de las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche. Después comíamos. Dormíamos en un rancho en una galera, todos amontonados. En las fincas había choleros. Choleros eran personas que mataban a gente, comían a gente. Siempre andaban cinco o seis choleros juntos. Cuando una persona se quedaba solita abajo del cafetal, lo mataban o lo comían. Quitaban la cabeza o lo sacaban el hígado o el corazón. El cuerpo lo dejaban colgado en el cafetal. Atacaban a mujeres, a niños y a hombres también. No se veían, estaban escondidos, pero si andabas solito, te agarraban. Por eso, si había choleros, nos juntábamos unas quince mujeres. Así no te podían bajar. Una vez nos fuimos a pasear en Santa Lucía. Mi tía decía que allí había choleros. Había una mata grandote.
—Allí se esconden porque allí hay choleros.
Nunca los vimos y no tratamos de buscarlos. Pero siempre andaban los papás atrás y adelante y los niños en medio. Llevábamos a un niño cada quien o a dos niños, según, y así nos íbamos.
—Hay que tener cuidado —decía el ranchero—. Pongan unos platos redondos de peltre llenos de sangre y eso van a llevar.
Por eso teníamos miedo y siempre regresábamos juntos. El patrón no había hecho letrinas. Por eso teníamos que ensuciar en el cafetal. Los niños nos poníamos en un círculo y en medio un niño estaba ensuciando. La cosa era estar organizados. Si andabas solito, ya no ibas a regresar con tu familia.
La casa donde vivíamos
Consuelo, Luisa, Rosario y Margarita: Crecimos lejos de la aldea. No había nada, ni carretera, ni agua potable. Eran casas hechas de adobe y de pox.
Teresa: Vivía en una aldea. Anteriormente solo una carretera pasaba allí. No era una carretera bien hecha, nada más era como una brecha. Pero allí pasaba la gente. Después se hizo una carretera más regular y quedó mi casa al lado donde se partía en cuatro caminos. Entonces mi casa estaba en el cruce, cerca de la carretera.
Esperanza: La casa donde crecí con mis tías era de adobe. Cuando fui con mi esposo a la costa sur primero no tenía casa propia. Vivíamos en la casa de una señora. Ella se levantaba a veces hasta las diez de la mañana. Cuando se levantaba, ya había yo barrido la casa, le había hecho café y su tortilla. Todo había ya limpiado con agua. Pero después de un tiempo nos sacó de su casa y dormíamos afuera entre los palos en el puro sol. A medio día estaba cociendo. ¿Cómo iba a dar de comer a mis criaturas sin casa? Lloraba amargamente. Después un señor que se llamaba Clemente le habló a mi marido:
—Mira don Pedro, le voy a conseguir una casa arribita para que viva. El dueño es familiar mío. Pueden vivir en la casa el tiempo que quieran.
—Está bueno —le contestó Pedro.
Nos consiguió la casa y nos fuimos. Era una casa pequeña. Una sola puerta tenía la casa. Estaba en la esquina del campo donde jugaban futbol. Allí vivimos bien tranquilos. Luego vivíamos en la finca de don Chema. Hicimos una casita pequeña de tabla y con techo de guano y una letrina. Había algunas casas que también tenían una letrina y otras que no. Siempre hemos tenidos la costumbre primero hacer una letrina por donde vamos a vivir.
Adriana: teníamos una casa de madera. La casa de mis papás era bien hechecita de lámina y con forro de tabla. Mi papá era muy trabajador. Sacaba madera con sierra de mano.
Lucrecia: La casa donde crecí era de madera cerca del centro de la aldea. Mi papá era carpintero y gastó bastante en la casa. No había carretera allí y tenían que traer las tejas de lejos en caballo. Las vigas y los horcones, él mismo los sacó. Hizo una casa bastante grande con una cocina por adentro. Cuando me casé, fui a vivir con mis suegros. Ellos estaban muy retirados de la aldea. No era un pueblo, era una aldea, no era grande. Antes no había letrinas, puro en el monte se tenía que retirar uno.
Carreteras y lodo
Rosario:
