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"Nietzsche acabó con el estorbo de Dios –escribe el autor– y desde entonces todo nos está permitido. Algo así le ocurre al adolescente. Acaba de descubrirse a sí mismo y se encuentra maravilloso, lleno de posibilidades, capaz de empezar desde cero y comerse el mundo". Como el adolescente, la sociedad actual busca romper con su pasado, rechazando sus límites. Es el héroe de nuestro tiempo, que idolatra la juventud, el cambio por el cambio. Se opone a la madurez, que asocia con la decadencia inminente. Con lenguaje audaz y fuertemente expresivo, el autor denuncia las fisuras del pensamiento dominante acerca de la culpa y la autoestima, el patriarcado, el "pecado del sufrimiento", el desprecio del pasado o la equiparación del animal al hombre. Ofrece así un libro lleno de reflexión, que interpela y estimula el sentido crítico.
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2022
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EDUARDO GRIS
NO SUFRIRÁS
Y otros mandamientos del Occidente adolescente
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2022 by EDUARDO GRIS
© 2022 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión y realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6161-2
ISBN (versión digital): 978-84-321-6162-9
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PRÓLOGO
CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR
TODOS SOMOS IGUALES
LA CULTURA OS HARÁ LIBRES
NO MATARÁS (ANIMALES)
MUERTE AL PATRIARCADO
EL PECADO DE SUFRIR
¡VÍA LIBRE A LOS JÓVENES, A LOS VIOLENTOS Y A LOS TEMERARIOS!
CONCLUSIÓN
AUTOR
PRÓLOGO
SE DICE CON FRECUENCIA que vivimos en una sociedad infantil. No es cierto. Los niños son caprichosos, no creen en el futuro y tienen dificultades para manejar la frustración, características propias del hombre de nuestro tiempo. Pero los niños también saben confiar y aman los vínculos, dos fortalezas de las que carecemos. La etapa de la vida humana que mejor se corresponde con nosotros es la adolescencia. Y no en sentido etimológico: adolescens (o adulescens)es el participio presente del verbo latino adolesco, que significa «crecer, desarrollarse», cosas que nuestra sociedad dejó de hacer hace tiempo. Nos va mejor la etimología popular que a veces se oye, según la cual el adolescente es el que adolece, el que sufre dolencia o enfermedad.
Nietzsche acabó con el estorbo de Dios y desde entonces todo nos está permitido. Algo así le ocurre al adolescente: quiere que sus padres le dejen en paz para hacer lo que le dé la gana. Acaba de descubrirse a sí mismo y se encuentra maravilloso, lleno de posibilidades, capaz de empezar de cero y comerse el mundo. Sus padres no le entienden porque no se enteran de nada, sus ideas obsoletas no sirven ya para él. Ansía el empoderamiento y la autodeterminación. Es Adán (o Eva) a punto de morder la manzana. Porque el adanismo es uno de nuestros rasgos fundamentales. Como el adolescente, sentimos que nada de lo que nos ha sido entregado sirve, que hay que romper con el pasado, que nuestros predecesores son unos botarates. Quemamos los libros y las naves para arrojarnos sin medias tintas al precipicio incierto de un nuevo amanecer. Porque, como el adolescente, llevamos nuestra poderosa y única idea hasta el extremo dejándonos de contemplaciones y matices. Si un adolescente descubre que le gusta el color negro, lo querrá todo negro, hasta las paredes y el techo de su habitación. Si descubre su afición por el jengibre, querrá cocido madrileño con jengibre. Si una cerveza sienta bien, mil cervezas sentarán mejor. A nosotros nos ocurre algo similar: si los hombres tienen tales derechos, ¿por qué no los animales?; si puedo extirparme un tumor, que solo es un cúmulo de células que amenaza mi futuro, ¿por qué no extirparme un hijo, que solo es un cúmulo de células que amenaza mi futuro?; si puedo perforarme las orejas, ¿por qué no voy a poder cortármelas y arrancarme la nariz, como un tal Anthony Loffredo que quiere convertirse en alienígena? Si el hombre inmaduro no lo tiene todo, prefiere no tener nada; el adolescente no sabe de tonos, de modulación, de límites internos.
Naturalmente, esta visión simplista y estereotipada de la adolescencia no se corresponde siempre con la realidad. El adolescente es también heroico, generoso, arrojado. Tiene empuje y quiere hacer cosas. Ha descubierto el mundo y anhela salir de casa para saborear sus deleites y enfrentarse a él. Por eso nuestra sociedad no es adolescente a secas: somos jóvenes ególatras cuyo horizonte es el espejo, inflados de solipsismo. Y eso nos hace cobardes, porque nadie está dispuesto a arriesgar lo más valioso que tiene (o que cree tener). Somos adolescentes en la cúspide del pavo, en mitad de una pataleta, rabiosos de autocompasión. Somos el hijo pródigo en el momento de la huida hacia adelante, a punto de derrochar su última moneda antes de suspirar por las algarrobas que comen los cerdos. Hemos salido de casa dando un portazo para adentrarnos a solas en lo oscuro. Atrás queda el fuego del hogar, que miramos por encima del hombro con desprecio. Y ahí vamos, sin saber adónde, rebeldes y ateridos.
El adolescente es el héroe de nuestro tiempo, que idolatra la juventud, la fluidez, el cambio por el cambio. No es un adulto ni un niño, vive en la transición. Evoluciona. Y eso nos encanta, porque lo que evoluciona, progresa. Es versátil, flexible y está lleno de posibilidades maravillosas. Se opone a la madurez, que asociamos con la decadencia inminente. Podríamos asociarla con la plenitud y la perfección, llenas también de posibilidades maravillosas, pero la plenitud y la perfección nos hacen pensar en lo anquilosado, en lo muerto. Son aburridas, porque cuando algo alcanza su pleno desarrollo, queda concluido, y ya no puede ser otra cosa. Ya no es relativo, muestra contornos terminantes que nos incomodan porque exigen una mirada, y una respuesta, demasiado unívocas. Lo sólido nos desafía con su concreción y no estamos para desafíos tan exigentes; es más desahogado perderse en lo ambiguo, que no requiere un posicionamiento definido ni un trabajo de comprensión cabal; es más cómodo flotar con la marea, dejarse llevar por la corriente del río de Heráclito.
CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR
EL SINTAGMA «EN PLENOSIGLOXXI» es uno de los lugares comunes más frecuentes e irritantes de nuestro tiempo. Parece reunir toda dignidad ética. Se emite una noticia sobre los alarmantes índices de marginalidad, uno dice: «¡En pleno siglo XXI!» y descansa beatíficamente cabeceando. Muchos no entienden que queden personas religiosas o que estallen conflictos bélicos en nuestra dichosa era. No se comprende que los ecosistemas continúen siendo destruidos «en pleno siglo XXI», que es, precisamente, el momento más propicio a su destrucción.
La coletilla es una de las más exasperantes de todas las que se repiten entre nosotros porque, para empezar, es mentira: no estamos en pleno siglo XXI. Para alcanzar tan gloriosa época habrá que esperar al menos veinte o treinta años, supongo. A no ser que pensemos que el siglo ha alcanzado su plenitud justo cuando nosotros pasamos por él, una idea muy propia del adolescente fatuo, para quien sus padres son antropoides obtusos y sus abuelos apenas alcanzan el umbral de los animales superiores.
A nadie se le escapa que la frase tiene que ver con el mito del progreso, la idea de que la humanidad va siempre a mejor. Esta concepción se apoya, claro está, en los avances científicos: la ciencia, acumulativa por definición, va progresando hacia un conocimiento más completo del mundo físico, como demuestra su creciente capacidad de manipularlo. No había satélites ni vacuna contra el tétanos en el siglo XV, y hoy sí. Tenemos agua corriente, calefacción y surcamos el planeta en pocas horas. En este sentido, indudablemente hemos avanzado.
Pero la coletilla tiene que ver también con la idea cristiana de la historia, que es lineal y no cíclica como en las cosmovisiones paganas. La encarnación de Cristo, su muerte y su resurrección marcan un nuevo comienzo y todos caminamos desde entonces hacia el desenlace final, cuando Dios haga justicia y restaure todas las cosas. Para el cristiano, lo mejor está por llegar, y esta certeza ha dejado un poso en nuestra forma de entender el mundo. El bien es posible, puede alcanzarse, así que lo lógico es que seamos cada vez mejores. Pero el cristianismo atesora otra idea básica que se ha olvidado —o distorsionado— por completo: la del pecado original, que podría sintetizarse en que somos seres esencialmente corrompidos. Estamos rotos, algo no funciona, y esparcimos un extraño veneno por todas partes.
Pero el hombre contemporáneo no acepta que está corrompido. Se trata de una concepción pesimista y oscura, medieval, que no tiene cabida en pleno siglo XXI. Porque trae consigo algo horroroso que conviene desterrar: la culpa. Culpabilizar a la gente es inadmisible, y culpabilizarse a uno mismo es el camino más seguro para perder la autoestima, que, como todo el mundo sabe, constituye el fundamento de la felicidad. Todos hemos oído eso de «yo soy como soy. Al que le guste, bien, y al que no, ahí tiene la puerta». Si mi carácter es despótico, ¿qué culpa tengo yo? Otros, en los que queda un ápice de humildad, se reconocen imperfectos. Pero imperfección es una cosa, y corrupción medular, otra muy distinta.
Sin embargo, no es necesario buscar muy lejos para darse de bruces con esta corrupción medular. No hace falta pensar en crímenes de guerra, en Auschwitz o en las matanzas de los jemeres rojos: basta con mirarse al espejo. Amo profundísimamente a mi esposa, pero tengo un mal día en el trabajo y ya no soy capaz de tratarla con dulzura. Me asalta la ira si alguien, que tal vez ha tenido un día peor que el mío, hace una maniobra extraña con el coche. Me lleno de soberbia a la primera oportunidad, o de envidia, y alimento mis malos deseos con regocijo amparándome farisaicamente en una falsa justicia. Un examen íntimo y sincero debería llevarnos a reconocer esta mancha original. Si no fuera tan mala para la autoestima.
No obstante, oímos también a todas horas que el hombre es el cáncer de la Tierra, un virus, una bestia, la peor de las plagas. Y lo oímos, a menudo, de quienes rechazan categóricamente la culpa original. No hay tal cosa, dicen; solo hace falta meditación, pilates, terapia de grupo, prohibir la carne, feminismo o comunismo (más adelante reflexionaremos sobre algunas de estas soluciones). La visión cristiana de la historia ha generado otras, como la marxista, que también es lineal. Solo necesitamos atender a las cuestiones materiales para instaurar el paraíso en la tierra. Cuando desaparezcan las clases sociales y todo el mundo tenga lo necesario para vivir dignamente, se acabarán nuestros problemas. Progreso es progreso material, el único posible. Pero entonces, ¿cómo es que, en pleno siglo XXI, con todo el progreso material que hemos acumulado, sigue ocurriendo lo que ocurre? Esta contradicción ¿no contradice el planteamiento materialista? Si no somos mejores ni más felices con todo lo que tenemos, ¿no será que no solo de pan vive el hombre? Además, si las soluciones aducidas son tan buenas, ¿por qué nos resistimos a abrazarlas incondicionalmente? Alguien podría pensar que padecemos un oscurecimiento intrínseco, un defecto medular que nos lo impide…
Ya hemos dicho que el desprecio del pasado, tan propio de la adolescencia, es también propio de nuestro tiempo. Las civilizaciones antiguas glorificaban a sus ancestros y hablaban, incluso, de una pretérita Edad de Oro. En la Edad Media se honraban las tradiciones populares y se tenía por sabios eminentes a los filósofos muertos siglos atrás. Los hombres del Renacimiento vieron en el mundo clásico un tesoro de civilización, de saber y de cultura. Pero, para muchos de nosotros, pasado equivale a barbarie. Los clásicos eran unos machistas y unos esclavistas, en la Edad Media no se lavaban y en la Moderna se mataban por cuestiones religiosas. Nosotros, en cambio, nos matamos por coltán, un ideal mucho más alto. Tenemos medicinas, tenemos internet y podemos irnos de vacaciones a la India. Tenemos los Derechos Humanos, la ONU y la democracia. Los hombres del pasado eran criaturas a medio hacer, más cercanas al mono que a nosotros, salvajes y miopes. Tan tontos nos parecen que hay quien juguetea con la posibilidad de que unos extraterrestres construyeran las pirámides, porque los pobres egipcios, sencillamente, no habrían podido. La exquisita poesía china arcaica o la luz multicolor del Gótico extendiéndose por Europa no son sino anomalías. Que hace más de veinte siglos un griego calculara la circunferencia de la Tierra sirviéndose únicamente de un palo no parece impresionarnos. Tal vez porque ya no se enseña.
