Noches de luna fría - Rosa Caceres - E-Book

Noches de luna fría E-Book

Rosa Caceres

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Beschreibung

La decisión de salir a dar un paseo aquella tarde habría de cambiar el curso de las vidas de Román Escalona e Isabel Villamayor. Aburrida de las interminables reuniones sociales que organizaban sus padres y en las que tenía vetada todo tipo de intervención, Isabel Villamayor prefería pasear por los campos que rodeaban el cigarral toledano, único lugar donde se sentía totalmente libre. Testigo impotente del expolio llevado a cabo por su hermano mayor, siempre borracho y en las compañías más deleznables, Román Escalona decidió salir a montar a caballo para calmar su ofuscación. El encuentro parecía ineludible, el flechazo entre ambos sería inmediato. Sin embargo, la sociedad no quería ponérselo fácil a los dos amantes. Román era solo un segundón al que no le quedaba más remedio que emigrar para hacer fortuna. Y los padres de Isabel querían un mejor partido para su bonita hija… - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

www.harlequinibericaebooks.com

© 2013 Rosa Cáceres. Todos los derechos reservados.

NOCHES DE LUNA FRÍA, Nº 11 - julio 2013

Publicada originalmente por Harlequin Ibérica, S.A.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

HQÑ y logotipo son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

I.S.B.N.: 978-84-687-3459-0

Editor responsable: Luis Pugni

Imágenes de cubierta:

Cartas: IURII SOKOLOV/DREAMSTIME.COM

Luna: ZACARIAS PEREIRA DA MATA/DREAMSTIME.COM

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Un cigarral

(Cigarral de Niño Hermoso, Toledo, 1845)

Isabel experimentó un sobresalto casi cercano al miedo cuando apartó la mirada de la hermosa perspectiva del río Tajo, abrazando a la ciudad como un amante mítico, y la dirigió hacia atrás. Había oído el ruido de unos cascos de caballo, no demasiado cerca, pero tampoco muy lejos. Comprobó que no se había equivocado. A unos treinta metros de ella, en una loma apenas elevada por encima del resto del terreno, un jinete estaba parado, sobre su montura, mirándola a ella sin disimulo alguno.

Muchas veces le habían advertido las personas de respetoque la habían educado, incluida su madre, que ciertos desconocidos podían ser peligrosos, en especial en lugares solitarios. Desde luego, aquel hombre era un desconocido y aquel lugar era un sitio solitario. Si el hombre hubiera tenido malas intenciones, de nada le hubiera valido a ella intentar huir, menos aún si consideraba que él montaba un caballo y la hubiera alcanzado en un abrir y cerrar de ojos. El animal era un magnífico ejemplar de pura raza española. Claro que aunque en vez de un pura sangre hubiese sido un mal caballo, sin la elegante estampa que aquel tenía, igualmente habría servido a su jinete para llegar hasta donde ella hubiese logrado correr, si hubiese iniciado cualquier movimiento tendente a escapar. Pero el caso es que aquel hombre no mostraba ninguna actitud de amenaza. Simplemente la miraba con fijeza.

La muchacha no sabía qué hacer, así es que optó por no hacer nada. Continuó como estaba, sentada en aquella suntuosa alfombra de hierba y flores que el preludio de la primavera había extendido para ella al pie del chopo en cuyo tronco apoyaba la espalda. Desde luego, la verdad era que se encontraba muy lejos de la fría impasibilidad que se esforzaba en aparentar, y en cambio, detrás de su máscara de tranquilidad estaba alerta, nerviosa y un tanto asustada.

No deseaba que aquel jinete solitario advirtiera que lo estaba observando, sin embargo, tampoco deseaba ignorar los movimientos que él pudiese hacer. El hombre aún estaba demasiado lejos como para poder leer en la expresión de sus ojos la índole de sus intenciones, que quizás fueran buenas o quizás malas, o tal vez ni siquiera se relacionaran con ella. Podía ser que la estuviera mirando sin ni siquiera darse cuenta de su descaro al hacerlo. Isabel pensó que algunas veces uno está absorto en una idea y se queda mirando fijamente un punto sin verlo realmente, tal vez fuera ese el caso.

El jinete desconocido golpeó ligeramente con los talones los ijares de su caballo, sin clavarle las espuelas, solo presionando lo necesario para que el equino avanzara unos pasos lentamente. Se aproximó así a la muchacha sentada sobre la alfombra vegetal de mil colores, bajo el añoso árbol, que parecía protegerla con sus secos brazos de gigante.

Entonces Isabel no tuvo duda de que la miraba a ella, y muy conscientemente, además. No se trataba de una mirada que se posa al azar sobre algo o sobre alguien, sin curiosidad y sin interés, mientras el que mira está abstraído en sus pensamientos o ensimismado en sus meditaciones.

Al tiempo que el caballo alazán se acercaba, bajo el imperio de las riendas manejadas diestramente por su jinete, se producía un intercambio visual entre el desconocido y la enervada muchacha que se esforzaba con todas sus fuerzas en no hacer caso de su instinto de huida, que la impelía a salir corriendo, pues sabía muy bien que aquella acción hubiese sido del todo inútil.

Los ojos de aquel hombre no se apartaban de ella ni un solo segundo y eran unos ojos como Isabel no había visto otros en su vida, oscuros, imperiosos, penetrantes, autoritarios. Analizaban inquisitivos cada uno de los rasgos de su rostro de mujer y cada centímetro de su anatomía femenina, analizando y valorando de forma expresivamente admirativa. La muchacha no acertaba a hacer otra cosa que no fuera mirarlo también a él, como subyugada por su mirada. Le resultaba imposible apartar la vista, prendida de aquellos ojos negros y profundos como pozos de misterioso fondo. No obstante, no leía en las pupilas masculinas ningún tipo de amenaza. No tenía miedo, sino una desazón interior que no sabía cómo interpretar, puesto que jamás la había sentido antes.

El hombre se aproximó a ella, hasta que quedaron a una distancia de no más de diez pasos. Continuó en silencio, contemplándola, devorándola con sus ojos de hipnótico poder.

Isabel tampoco habló. Se dejó contemplar como se deja contemplar una soberana obra de arte que se exhibe en un lugar de honor, como la Gioconda, como la Venus de Velázquez, como la Maja desnuda de Goya. Sí, desnuda, porque el imperio de aquella mirada la hacía sentirse vulnerable y desnuda. No se trataba de una mirada irrespetuosa o lasciva que ofendiera, pero sí de una mirada que no la dejaba indiferente. Aquellos ojos eran unos ojos que miraban con una intensidad extraordinaria, ojos hambrientos que parecían querer devorarla, fagocitarla, posesionarse de alguna manera de toda su persona. Eran ojos que parecían tener poder para absorber los rasgos de una cara y la geografía de carne y hueso de una figura. Ojos dueños de una mirada poderosa, que la inquietaba y halagaba a partes iguales. Estaba claro que no era usual que un caballero mirara con tal fijeza a una señorita a la que no ha sido presentado, aunque tampoco se advertía en aquella atenta observación descortesía alguna, sino un admirativo homenaje.

La muchacha no podía adivinar qué era lo que pensaba de ella aquel hombre de mirada magnética, pero sí era consciente del efecto que la presencia de él hacía en ella. Sin poderlo evitar, también ella había analizado centímetro a centímetro al desconocido. Había estudiado su rostro y su anatomía.

Aquel hombre frisaría los veintisiete o veintiocho años, según le parecía a ella. Su cabello, que llevaba al aire, sin sombrero, era bastante ondulado y no muy corto, según se usaba entre los caballeros jóvenes seguidores de las tendencias del Romanticismo. Una perilla cuidada y un leve bigote sombreaban su rostro, encuadrado por unas largas patillas, que le daban un cierto aire de bandolero de leyenda. Su tez morena confería a su fisonomía un aspecto sano y enérgico, lejos del aspecto descolorido de los lechuguinos que pululaban por los salones y que eran el único tipo de representantes jóvenes del sexo masculino que Isabel había conocido hasta entonces.

Las manos que sujetaban las riendas del caballo, se mostraban sin guantes, con la piel curtida y los brazos dejaban adivinar una fuerte musculatura bajo las mangas de la elegante chaqueta, algo desgastada por el uso. Los muslos destacaban, igualmente musculosos, a ambos lados de la silla de montar, enfundados en las estrechas perneras de los pantalones. La muchacha tuvo que reconocer en su interior que lo encontraba extremadamente atractivo, hasta tal punto que temió que en su semblante se transparentaran los pensamientos que estaba teniendo acerca de la apostura de él.

Isabel se ruborizó al pensar que él hubiera notado cómo lo estaba analizando. Un encendido color hermoseó sus mejillas sin que ella misma supusiera la belleza que su timidez añadía a la que ya poseía, solo notaba calor en el rostro. Bajó los párpados, cohibida, y el aleteo de sus largas pestañas fue otro involuntario instrumento de seducción para el hombre, que seguía mirándola fijamente. Ni siquiera la más redomada coqueta, ducha en todas las artes del escarceo de salón, hubiese conseguido la eficacia de los gestos espontáneos de Isabel, ademanes de sincera e inocente timidez que resultaban irresistibles en virtud, precisamente, de su falta de fingimiento, artificio y premeditación.

El jinete pensaba viéndola así, atractiva y recatada a la vez, en los versos del toledano Garcilaso de la Vegas (En tanto que de rosa y azucena/ se muestra la color en vuestro gesto/ y que vuestro mirar ardiente, honesto/ enciende el corazón y lo refrena) porque efectivamente, pálida y ruborizada, estaba soberbiamente hermosa e incitante sin pretenderlo. Sin duda, aquella mujer era la más bella que había conocido en su vida. Sin embargo, el rostro masculino permaneció inalterable y no reveló emoción alguna, tan solo los ojos demostraban innegable interés, brillando devotamente admirativos bajo unas negras y pobladas cejas que conferían cierta dureza a los firmes rasgos varoniles. Las largas piernas del jinete, enfundadas en altas botas de cuero oscuro, se movieron con agilidad cuando desmontó para saludar a Isabel con todo respeto.

Inclinó la cabeza en un ademán de cortesía que revelaba su esmerada educación y la joven devolvió el gesto con otra inclinación más leve, tal como correspondía a una señorita. No estaban en un salón ni había quien hiciera las presentaciones de rigor, por tanto tuvieron que conformarse con un «Buenas tardes», pronunciado casi a un tiempo, y nada más. Las reglas sociales no admitían que se estableciera conversación entre dos jóvenes de diferente sexo así como así, en un paraje solitario, sin una persona respetable que los presentara e incluso que los vigilara. Isabel era una muchacha bien educada, honesta y dócil, no se le pasaba por la cabeza contrariar las reglas que le habían inculcado desde niña. El desconocido lo adivinaba, porque sabía muy bien qué clase de educación recibían las damiselas de clase alta, a la cual él también pertenecía, por eso comprendía que lo más natural, después de haberla saludado con toda cortesía, era volver a montar en su caballo y seguir su camino. Pero también comprendía que si se iba sin hablar con aquella preciosidad de mujer perdería la oportunidad de saber quién era, y en caso de no volverla a encontrar por casualidad, no sabría cómo buscarla. Se sintió desazonado por la idea, no estaba dispuesto a dejar pasar la posibilidad de conocerla, hablar con ella y averiguar cuanto pudiese de su persona, por seguir unos ridículos usos sociales que van cambiando con el tiempo y que ahora ordenan una cosa y mañana otra diferente.

Isabel no acertaba a pensar claramente, tan solo fue capaz de percibir una extraña sensación de decepción y de vacío en el estómago cuando él puso un pie en el estribo de su silla de montar y subió otra vez a su alazán. No sabía por qué se sentía como si despidiera a alguien muy importante para ella. Era absurdo, pero sentía el mismo desconsuelo que si se despidiera de sus más queridas ilusiones.

«¡Al diablo con las normas sociales! —pensó él—. El éxito es de los decididos y el que no se arriesga no cruza la mar.»

Y con un impulso enérgico, bajó de nuevo del caballo, atándolo seguidamente por las riendas a un arbusto cercano. El animal se puso inmediatamente a ramonear golosamente los últimos brotes de hojas tiernas que la planta había echado en sus ramas más altas. Por su parte, el jinete se apartó del caballo y se dirigió a Isabel.

La muchacha se encontraba aparentemente serena, sentada como estaba, con las manos enlazadas sobre la amplia falda de su vestido floreado. Pero en realidad se encontraba muy lejos de la tranquilidad que aparentaba, al contrario, estaba todavía mucho más nerviosa que al ver llegar al jinete en un principio. En su interior ahora se había desatado una auténtica tormenta de emociones ambivalentes, satisfacción y nerviosismo, alivio y zozobra, valentía y miedo, pues todos esos sentimientos y aún otros más que ella no hubiera sabido definir, navegaban por su sangre juvenil que corría torrencialmente excitada por sus arterias y sus venas. Jamás se había sentido tan viva y tan alerta a sus percepciones y a lo que pudiera resultar de aquel encuentro inesperado. Ignoraba quién era ese hombre y no se explicaba la alteración que producía en ella, siendo como era un completo desconocido que tal vez nunca más volvería a ver después de esa tarde. Pese a lo ilógico de sus sensaciones, no podía sustraerse a ellas. No sabía tampoco si aquello que le estaba ocurriendo le agradaba o por el contrario le desagradaba. Pero si había de ser sincera consigo misma, tenía que admitir que no hubiera querido que él se marchara sin haberle dicho otra frase que aquel consabido «Buenas tardes», imprescindible entre dos personas que se cruzan en un camino.

No tuvo tiempo de analizar detenidamente nada más, porque el hombre ya estaba junto a ella y le estaba hablando, inclinándose ante ella con suma cortesía.

—Perdone mi atrevimiento, señorita. Pero no quisiera pasar de largo sin ponerme a su servicio y decirle al menos mi nombre.

La voz del extraño le pareció, contradictoriamente, la de un conocido. Desde luego, no la de un conocido de la realidad, sino la de un conocido de sus sueños. Era una voz bien timbrada, agradablemente grave y varonil, la voz que ella adjudicaba al hombre ideal que protagonizaba sus románticas ensoñaciones de muchacha en flor.

—Muy amable— musitó.

—Mi nombre es Román Escalona de Santiponce —se presentó él, con toda la formalidad posible, mencionando su nombre de pila y sus dos apellidos.

—Yo me llamo Isabel Villamayor y Bermúdez —contestó ella, igualmente formal.

—No puedo expresar el placer que recibo al conocerla, señorita.

La frase hubiera parecido una mera fórmula de cortesía si los ojos del hombre no hubieran demostrado la total sinceridad que podía leerse sin esfuerzo en ellos. La mirada masculina no podía esconder que, verdaderamente, estaba complacido de conocer a aquella muchacha tan hermosa. Por su parte, Isabel no pudo menos que pensar que ese caballero —porque sin duda se trataba de un caballero— parecía tan sincero, tan directo y veraz que no podía imaginarlo diciendo una sola mentira. Este pensamiento sobre él la ruborizó intensamente, porque indirectamente la englobaba a ella, puesto que la afirmación que a ella le había provocado la impresión de total sinceridad en él se refería precisamente a su persona y, por cierto, en términos elogiosos.

—Es usted muy gentil —contestó ella con igual apariencia de simple cortesía, aunque revelando su confusión en el delicado rubor que embellecía su rostro en ese momento.

Román Escalona no dejó de observar la reacción de la muchacha y su interés por ella se acrecentó como se hubiera acrecentado una pequeña hoguera a la que se hubiese añadido una brasa más.

—Permítame ofrecerle mi compañía— dijo con un tono de voz que demostraba la honestidad de su ofrecimiento—. El paraje, aunque muy hermoso, es demasiado solitario.

—¡Oh, no es tan solitario! ¿Ve usted aquel cigarral, sobre esa pequeña loma cubierta de almendros? Es el de mi familia. Conozco muy bien estos alrededores.

—Ah, ya veo. Supongo que su familia y usted pasan en su finca de recreo algunas temporadas.

—En efecto, pasamos más de la mitad del año, sobre todo desde que papá se retiró del Ejército y yo acabé mis estudios. Por cierto, he de regresar a casa. Hoy estamos celebrando el santo de mi padre, que se llama José, como habrá podido usted adivinar por la fecha.

—¿Podría ser que nos encontráramos otro día por aquí?— se atrevió a preguntar él.

—No sería extraño, porque este paisaje me encanta. Siempre que venimos a pasar unos días al cigarral disfruto muchísimo con mis paseos. A veces se pueden ver cosas maravillosas.

—En efecto —repuso él con patente galantería—, a veces uno se encuentra aquí con auténticas maravillas.

Isabel se ruborizó, y más aún se hubiese ruborizado si le hubiera podido leer el pensamiento a Román Escalona.

Isabel Villamayor

Isabel respiró profundamente varias veces antes de poder recuperar el aliento perdido. Había regresado casi a la carrera, como si la persiguiera el diablo. Pero lo único que la había perseguido hasta perderla de vista había sido la mirada de aquel Román Escalona que acababa de conocer.

Muy prudentemente, se había negado a ser acompañada por él hasta el cigarral. Alguien podía verlos llegar juntos desde el interior y en tal caso la reprimenda de su madre sería segura. Mil veces le había advertido: nada de aceptar la compañía de hombres que no le hubieran sido debidamente presentados y de los que no se tuvieran completas referencias.

En este punto, doña Milagros Bermúdez de Salas era inflexible. No estaba dispuesta a que su hija se expusiera a las habladurías de las lenguas de doble filo, siempre ansiosas de cortar reputaciones y hacer trizas la buena fama de las mujeres jóvenes. Parecía que algunas personas se alimentaban de eso. Además —advertía también a su hija— había demasiado donjuán de tres al cuarto que se tomaba como un deporte engañar a las ingenuas muchachitas sin sensatez, llevadas por las huecas ensoñaciones propiciadas por esa nueva moda del Romanticismo, que alentaban poetas exaltados que vivían con la cabeza siempre en las nubes, jovencitas tontas y noveleras, sin conocimiento de lo que es la trampa de la vida, que es una selva, sobre todo para la muchacha casadera, que ha de andar con pies de plomo antes de aceptar un pretendiente, y lo mejor que puede hacer es dejarse asesorar por quienes saben más que ella misma acerca de lo que más le conviene.

Isabel se sabía muy bien la lección, aunque pensaba que su madre se había quedado anticuada y no había tanto peligro acechando como temía siempre. Claro, que también era verdad que, de vez en cuando, le llegabas historias —que se le contaban, no por cotillear, sino para que le sirvieran de ejemplo— de una u otra muchacha que se había labrado su desgracia al caer en brazos de un seductor que luego la había abandonado o que había resultado un farsante de baja estofa, en vez de un caballero de buena cuna, como le había hecho creer a la incauta infeliz.

Sin embargo, una vez a salvo en el cigarral, Isabel experimentó una vibrante alegría por todo lo que le había ocurrido esa tarde. Se dirigió a su alcoba para vestirse otra vez de forma adecuada para la merienda y luego para la cena con las que continuaría el agasajo al pater familias en lo que restaba del día de su fiesta onomástica.

Ante el espejo, comenzó a despojarse del sencillo vestido de paseo. Al posarlo sobre el lecho encontró adherida a la tela de la falda una hoja de delicado tono dorado y cobrizo, moteada de puntos grises y marrones. Una auténtica obra de arte pintada por el pincel dorado del invierno que se declara vencido y se bate en retirada para dejar paso a la dulce primavera. La tomó con delicadeza y la acercó a su rostro. Aspiró el casi imperceptible aroma campestre que desprendía, y luego, sin preguntarse por qué lo hacía, la besó suavemente. Tal como estaba, solamente cubierta por su ropa interior, buscó su libro de poesía favorito y depositó la hoja entre sus páginas con delicadeza. Bien sabía que sin la protección de un papel secante las dos páginas que la prensaban quedarían marcadas por la savia que aún contenía la hoja de árbol, pero no le importaba, es más, le agradaba. Quizás se debiera a que ella también había quedado marcada por la impronta que en su libro interior había dejado lo sucedido aquella tarde de luz de oro fino y aroma de tomillo y romero.

Todavía tenía un poco de tiempo antes de que su ausencia se calificara de grosería. Por tanto, se sentó en una butaca baja, después de envolverse en una cálida bata de lanilla. Con el libro de poemas en la mano, cerró los ojos y se dedicó a paladear el recuerdo de aquel maravilloso encuentro con el varón más atractivo que hubiese podido imaginar.

Hubiera prescindido de la merienda de compromiso, que sería tan aburrida para ella como lo había sido la comida, pero no podía hacerles ese feo a los invitados de sus padres ni, claro está, a ellos, que contaban con su presencia de buena hija. Mientras escogía un vestido lo suficientemente lujoso, adecuado para aquella tarde, rememoraba lo que había sido la sobremesa y el deseo imperioso que había experimentado de salir a pasear por los alrededores de Niño Hermoso, apresurada como si tuviera que acudir a una cita. Ahora le venía a la mente la idea de que había sido así, en efecto, porque el encuentro con Román Escalona había sido obra del destino que concierta, si ese es su designio, citas cruciales, sin que nosotros podamos ni siquiera sospechar que quizás estamos llegando a una encrucijada de nuestra vida.

La sobremesa que había seguido a la comida de celebración familiar del santo de su padre había acabado por hastiarla. El banquete había estado bien, ocupados como estaban todos los comensales en saborear las exquisiteces que se ofrecían tanto a la vista, con su magnífica presentación en sus platos de lujosa vajilla de porcelana de La Granja, como al paladar, con su esmeradísima confección. Pero tras el postre, la reunión había derivado en un guirigay de voces que se alzaban cuando los contertulios se quitaban la palabra unos a otros pugnando por imponer puntos de vista irreconciliables. Los caballeros por una parte, con sus copas de buen licor y algunos también con sus cigarros, discutiendo de política, cosa natural en las circunstancias por las que pasaba España, y las damas, por otra, charlando de frivolidades y repasando avatares de vidas ajenas, habían acabado por sumir a la muchacha en un inquieto deseo de escapar de aquel ambiente. Además no había ni una sola muchacha de su edad allí, solamente señoras y señores entre los que se sentía como un apéndice innecesario.

Las damas secreteaban sobre un caso particular que había conmocionado el círculo social de la alta burguesía toledana. Estaban escandalizadas y a la vez extrañamente excitadas por la naturaleza del asunto en cuestión. Y resultaba meridianamente claro que no deseaban que Isabelita, tan joven y tan inocente, se enterara de ciertas cosas de tono subido, aptas para andar en lenguas de damas casadas, que algo sabían de asuntos de lecho, pero no de una muchachita virginal que todavía no sabía lo que erala vida.

Así pues, Isabel, viéndose tácitamente rechazada en el grupo femenino, se sentó al lado de su padre, que al fin y al cabo era el homenajeado del día, asistiendo como testigo mudo a la controversia que mantenían aquellos exaltados señores.

El tema que los tenía tan exacerbados era de orden político y las opiniones andaban divididas en bandos diversos. Se trataba de la necesidad urgente de la boda de la joven reina de España, Isabel II, con el candidato más conveniente para el Reino. Y ese era el tema de conversación de aquel día entero en el cigarral de Niño Hermoso. Parecía que más que el santo del anfitrión aquellos señores estuvieran celebrando un consejo de Estado en que se debatiera el futuro de la Monarquía española. Isabel pensaba que ya podían mostrarse algo menos belicosos en una fecha como esa. Claro que el tema era de candente actualidad y hasta su padre, militar retirado, estaba gozando con aquel debate en los que tomaba parte, tan satisfecho de vociferar al exponer sus opiniones como los demás.

—Será un matrimonio de conveniencia, señores míos, de conveniencia nada más.

—Bueno ¿Y qué? Cuántos matrimonios de conveniencia acaban siendo más felices que los que fueron bodas por amor, porque ya se sabe que el amor es ciego, pero cuando por fin se abren los ojos... ¡Y que es la reina, caramba, y aquí hay que mirar la conveniencia de España!

—¡No diga usted tanta memez, señor mío! Una cosa es la conveniencia de la nación, y otra muy distinta sacrificar a una pobre criatura de dieciséis años, que son todavía muy pocos para verse casada con el que decidan los demás, como si fuese una pieza de ajedrez en una partida de estrategia diplomática.

—Y que lo diga. Lástima me da la pobrecilla, a pesar de ser nada menos que la reina de España desde los trece años.

—Muy prematuramente le llegan todas las cosas a la reina Isabel y más todavía este asunto de la boda.

—Es verdad, además este asunto de la boda,como usted lo denomina, se presentó peliagudo desde el comienzo si analizamos el rifirrafe de candidatos que han ido presentado unos y otros. Unos, como Balmes y el marqués de Viluma pretendían una reconciliación nacional que se lograría gracias al matrimonio de la pequeña Isabel con el conde de Montemolín, hijo de don Carlos, con lo que se acabarían las discordias con los carlistas.

—Pero ese proyecto, por lo que he oído— terció uno de los contertulios—, seguro que ni siquiera lo apoyarían los carlistas ¿No es así?

—En efecto, en efecto, porque significaría que renuncian a sus pretensiones a la corona, pero es uno de los que se han considerado. En fin, como les decía, unos estaban por el de Montemolín, y otros, con Narváez a la cabeza, pensaban en el conde de Trápani, un aristócrata italiano de tendencias conservadoras.

—Pero el conde, según se sabe, fue educado por los jesuitas, y no puede ser que si se les ha expulsado de España... Quiero decir que al conde italiano se le descartó pronto. Pero ¿qué me dicen del candidato que propugnaban los progresistas?

—¿El príncipe Enrique, ese liberal exaltado? ¡Hubiera sido una temeridad! Vamos, hubiera sido como sentarse a fumar encima de un barril de pólvora ¡Pero si hasta tomó parte en pronunciamientos revolucionarios! ¡Un revolucionario en el trono, hasta ahí podíamos llegar!

—¿Le parecería mejor a usted un príncipe extranjero?

—Mejor que un revolucionario, desde luego.

—Pues entonces hemos llegado a la máxima complicación, porque repasando los candidatos, se comprende la opción que han elegido, por muy mala que haya sido.

—No me hable, no me hable, que no me lo puedo ni creer. Si es que como no ha habido medio de ponerlos de acuerdo, pues han tenido que tirar por la calle de en medio, como vulgarmente se dice, porque lo que es Luís Felipe de Francia buscaba la entronización de un Orleáns, pero si Inglaterra se oponía con uñas y dientes era porque allí querían que subiese al trono un Coburgo...

—¡Toma, claro! Cómo que los Coburgo están emparentados con la familia real británica...

—Y la cosa pasó a ser un asunto de calado político internacional, porque entonces ocurrió lo mismo pero a la inversa: se opusieron los franceses. Y para acabar, los de Austria se abstuvieron de presentar candidato.

—Vaya, por lo visto a ningún príncipe austriaco le había parecido atractiva nuestra jovencísima reina.

—Por supuesto no se trataba de eso, que ya sabemos que en los matrimonios de estado tiene muy poca importancia el atractivo, por no decir ninguna, sino que se curaban en salud manteniéndose al margen, porque los franceses y los ingleses se habían puesto de punta y se han pasado momentos que...

—Que se han pasado ya, permítame que le dé la vuelta a su frase.

—¿Y eso? —inquirió don José.

—¿No sabe usted lo último que se ha extendido por los mentideros de la Corte?

—Pues no, mire, aquí aislado como vivo gran parte del año en este cigarral, fuera incluso de Toledo, no me llegan las noticias de Madrid sino con mucho retraso. Lo único que oigo con puntualidad es el canto de las cigarras en el verano —declaró con resignación el anfitrión.

—¡Ah! Tiene usted suerte. Esa es la descansada vida del que huye del mundanal ruido, que decía Fray Luis de León.

—Sí, sí, y antes dijo Horacio, el Beatus ille, sí, todo lo que usted quiera, pero el que ha sido soldado, como yo, echa de menos saber, participar, opinar, debatir, qué sé yo... Y aquí, ya ve, nada de eso— comentó don José con un punto de melancólica frustración—. Pero mi esposa se empeña en que hay que pasar temporadas en Niño Hermoso, que le encanta esta finca de recreo, y aquí estamos, bien tranquilos pero sin enterarnos de nada.

—Bueno, todo en esta vida es como una moneda: tiene doble haz, la parte buena, la parte mala. Pero aquí estamos nosotros para ponerlo al corriente de esta cuestión de interés nacional. Porque, como le decía, hay novedades sabrosas.

—Hable usted, que nos tiene en ascuas— lo apremió don José.

—Pues me refiero a que Inglaterra y Francia se han puesto de acuerdo para no ofrecer ningún príncipe a la Corona de España, para no exacerbar más el ambiente de confrontación europea que ha traído consigo este dichoso asunto.

—¿Pero está usted seguro?

—Y tanto. Todo esto lo han firmado en el Tratado de Eu, este mismo año de 1845 en que estamos.

—¿Pero qué es lo que quieren? ¿Acaso una Reina Virgen, como Isabel I, la de Inglaterra, que no quiso casarse para que no se aliaran contra su país todos los pretendientes despechados?

—¡Jajajaja! ¡La hija de Enrique VIII y de Ana Bolena! Pues no anda usted muy desencaminado. Algo así es lo que pretenden, porque han decidido casarla con su primo don Francisco de Asís, Duque de Cádiz, el año que viene, sin más demora.

—¡Don Francisco de Asís! —exclamó estupefacto don Jacinto Talavera, uno de los contertulios —¡No será verdad! Entonces no sería extraño que además del nombre con la reina inglesa, la nuestra acabara compartiendo el sobrenombre.

Haciendo un significativo gesto hacia la hija del anfitrión, vino a dar a entender que sabía algo que quería comunicar a sus amigos, pero era evidente que no deseaba hablar en presencia de la joven. Don José captó la indirecta implícita en la señal y mandó a Isabel a traer un libro de su despacho.

Isabel ya había ido a traer libros, tapetes bordados, figuritas de porcelana y hasta un abrecartas de artesanía turca, según se iban desgranando secretos en el corrillo de las señoras o en el de los caballeros. Lo que estaba claro es que en ambos círculos se consideraba a la muchacha como un testigo embarazoso, a la hora de abordar ciertos temas.

Isabel se aburría, andando como una zaranda de un lado a otro, sin participar de las conversaciones y sin enterarse de ninguno de los detalles interesantes que se contaban allí, porque era entonces, justamente en el momento en que iban a ser contados, cuando, indefectiblemente, a su madre o a su padre —como era el caso ahora— se le ocurría que trajera cualquier objeto que, al parecer, de repente necesitaba con urgencia.

Sin embargo, esta vez sí alcanzó a oír parte de la revelación de don Jacinto, pues el buen señor era poseedor de un vozarrón de bajo de ópera, y desde el pasillo se le podía escuchar fácilmente. La verdad es que sintió alguna curiosidad, ya que se hablaba del destino matrimonial de una tocaya suya, aunque la susodicha tocaya fuera nada menos que la reina de España.

—Verán ustedes, yo hablo como médico que soy —decía don Jacinto—. Don Francisco de Asís padece hipospadia.

—Pues nos deja usted igual que estábamos, porque aquí ninguno sabemos qué es eso.

—Yo lo explico, y ustedes lo entenderán, y entenderán también lo de Reina Virgen, al menos si la pérdida de la virginidad depende del infante mencionado, porque la hipospadia no es ni más ni menos que una malformación congénita de las vías urinarias del varón por la que la uretra desemboca en la región inferior del pene en vez de hacerlo en su extremo, como ocurre en un sujeto normal.

—¿Quiere usted decir que no puede cumplir las funciones reproductivas que se requieren en el matrimonio?

—Exacto. Tanto es así, que el pobre hombre ni siquiera puede orinar de pie, porque su defecto lo obliga a orinar en cuclillas.

—¡Válgame Dios! ¡Y con ese impotente van a casar a la Isabelita II, pobrecilla! ¿Es que no había otro príncipe español que fuera, como diría yo, más, más...?

—No se canse: más hombre, es lo que intenta usted decir. Sí, claro que lo hay, pero cada candidato ha tenido al menos el veto de un partido. Todos querían un príncipe de nula personalidad, un apocado, manejable a gusto de los que realmente mandan aquí.

—¿Pero la reina... qué piensa la reina?

—La reina qué va a pensar. La reina es una mártir sacrificada por unos y por otros. No ha habido una política exterior capaz de conjurar este desastre, porque esto, amigos míos, es un verdadero desastre, un desastre que ya está en coplas por ahí.

—¡El ingenio español, miedo me da!

Hasta aquí pudo oír Isabel. No entendió bien algunos términos. Se sintió agobiada, desagradablemente impresionada y deseó ardientemente escapar un rato de aquellas conversaciones sobre la desgracia de la reina Isabel II, de Francisco de Asís y de España. Tampoco, en verdad, quiso oír más. Ella llevaba el mismo nombre que la joven reina, aunque no era más que una señorita de la burguesía acomodada y no pesaban sobre sus hombros las mismas responsabilidades, de lo cual se felicitaba. Pero aun así, sentía de manera misteriosa que los destinos de ambas tenían algún parecido. Era una intuición aparentemente disparatada, pero lo cierto es que la había asaltado aquella tarde, al oír debatir a su padre y sus invitados sobre los proyectos matrimoniales impuestos a su regia tocaya.

Pretextando un dolor de cabeza, pidió permiso para salir a dar un paseo por los alrededores. Ni su padre ni su madre vieron impedimento alguno. Libre así, se dirigió sin pérdida de tiempo a su alcoba para cambiarse de ropa. El vestido de ceremonia que se había puesto para la comida de etiqueta era más que incómodo, aparatoso y demasiado lujoso como para llevarlo en un paseo campestre por los alrededores del cigarral. Lo había lucido porque sabía que era el preferido de su madre, pero a ella le gustaba la ropa mucho más sencilla.

Se despojó del vestido que era de seda brocada en tonos azulados, con un escote que dejaba al aire la base de su hermoso cuello de gacela. La suave curva de sus hombros se realzaba con el corte del canesú y se abría luego en unas mangas abullonadas que volvían a estrecharse más abajo, prolongándose hasta las delicadas muñecas y terminando en un remate de encaje crudo. La cintura, extremadamente apretada —según el gusto imperante por los talles de avispa— estaba ceñida por una banda en tono crudo, como los encajes, que se anudaba atrás en un elegante lazo. Luego, la falda se abría en capas de tejido y formaba un ruedo tan amplio como la corola de una exuberante flor, llegando hasta el suelo y descansando en él con sofisticados pliegues cuando se sentaba.

Se desembarazó de todo aquel pesado atavío y escogió en sustitución un fresco vestido de algodón gris perla, de excelente corte, como toda su ropa. La prenda tenía un cuello de encaje blanco de ganchillo y algunas flores de lo mismo, cosidas aquí y allí a modo de aplicaciones, aparentemente casuales, pero con un encantador y estudiado orden, en realidad.

Se miró al espejo sin otra intención que la de comprobar que se había abotonado correctamente la pechera del vestido. Sin embargo, el espejo le devolvió algo más que la imagen de una muchacha correctamente vestida, y es que estaba verdaderamente encantadora. A sus veintidós años recién cumplidos, se hallaba en el esplendor de su belleza, aunque aún prometía esta acrecentarse en los años venideros. Su piel clara, sin defectos, era sedosa, y la tez de su rostro mostraba un delicioso contraste entre su blancura, casi de nieve, y el encendido color de unos labios llenos y turgentes, propensos a la sonrisa. Sus mejillas no carecían de su poco de rubor natural, que ella sabía resaltar cuando lo deseaba utilizando el truco que le había enseñado su madre, que consistía en algo tan simple como pellizcar ligeramente los pómulos para activar así la circulación superficial. Un gracioso lunar, de forma redondeada y tamaño perfecto, lucía como una estrella en la comisura izquierda de su boca, como señalando el sitio idóneo en que debían comenzar los besos.

Isabel tomó un peine de concha y se esmeró en devolver a su lugar un par de mechones rebeldes de su cabello castaño que se habían escapado de las peinetas de carey que los sujetaban al cambiarse ella de vestido. No tardó en recuperar el impecable aspecto de su peinado a la moda romántica imperante. La raya en medio dividía su cabellera en dos crenchas alisadas que tapaban las orejas casi totalmente, excepto la base de los lóbulos, que se adornaban con preciosos pendientes de perlas en forma de lágrima. El cabello se recogía atrás en un moño bajo. Era un peinado que hacía furor entre las damas elegantes de todas las edades porque les confería un aspecto lánguido y poético al gusto de los caballeros y realzaba la esbeltez del cuello y la brevedad de la curva de los hombros.

La joven se dio por satisfecha con su atuendo y procedió a calzar un par de botines de media caña, muy apropiados para caminar por el campo. Tomó un chal ligero, sin sombrero alguno y se dispuso a salir.

—¿Va a salir la señorita sin ponerse un sombrero? —preguntó Dolores, la gobernanta de la casa, que siempre parecía vigilarla, aunque con el mismo cariño que una gallina vigila a sus polluelos.

—Sí, tata Doloricas, no me riñas. ¡Si ya casi no calienta el sol! Déjame que aproveche este hermoso tiempo casi de primavera, que sabes que me encanta.

La buena mujer se retiró rezongando entre dientes, diciendo que allí nadie se ocupaba de la niña de la casa, si no era ella, y que la niña tenía madre, pero que a la hora de la verdad la madre parecía ella, que tenía que estar en todo.

Isabel sonrió con picardía, agradecida en el fondo por los desvelos del ama, que la había idolatrado desde que nació, aunque no supiese demostrárselo más que a base de reconvenciones y reniegos por los motivos más nimios.

Una vez fuera del cigarral, aspiró a pleno pulmón el aire que, ya más que mediado el mes de marzo, comenzaba a estar deliciosamente templado a esa hora de la tarde.

Isabel disfrutaba enormemente paseando por el campo, en especial en primavera, la estación en que se encontraban ahora, y también en otoño. Otras muchachas de su edad no respiraban a gusto sino en los salones alumbrados por suntuosas arañas de cristal en los saraos nocturnos, más interesadas en los cortejos de los dandis que, desde luego, en la naturaleza campestre. No era su caso. A ella la maravillaban detalles como la variedad de tonalidades que adoptan las hojas de los árboles y de los arbustos, el aroma de las matas silvestres de monte, que desprenden sus efluvios con más intensidad en otoño y en primavera, sobre todo después de la lluvia. No le importaba a ella manchar de barro sus botines, sino que respiraba entonces a sus anchas el húmedo aire perfumado con la más hermosa de las esencias, que es la del humus revitalizado por el agua y el tomillo y el romero bendecido por la bendita agua de la lluvia limpia de marzo, cuando la naturaleza empieza a despertar después del letargo invernal, y se despereza en mil pétalos de flor que se abren para mostrar su colorido. Realmente no comprendía cómo todo esto no encantaba también a sus conocidas. A decir verdad, encontraba tan frívolas a las otras muchachas de su generación que trataba habitualmente, que no se hallaba verdaderamente a sus anchas más que en estos solitarios paseos por su campiña toledana, en los que echaba a volar su imaginación como una cometa.

Allí, cerca de su cigarralde Niño Hermoso, tenía sus lugares favoritos, para disfrutar de la maravilla de lo auténtico y recrearse al tiempo con la vista de su amada ciudad. Desde lo alto de una colina que ya era su sitio predilecto, la vista de Toledo parecía la estampa irreal de la ciudad más bella del mundo, creada por la fantasía de un prodigioso artista. En la colina crecían un par de añosos olmos, de generoso ramaje extendido, y un pequeño grupo de delgados chopos, rumorosos cuando el viento soplaba. A esa hora de la tarde, los oblicuos rayos del sol declinante acariciaban la pequeña arboleda y hacían que las sombras de los altos y esbeltos chopos pintarán una alfombra rayada en el terreno. Allí el placer estético que se podía gozar con fruición, si se tenía la suficiente sensibilidad para ello, era múltiple, porque aunaba el placer olfativo (que deparaban las matas silvestres) con el auditivo (que provenía del concierto de trinos de los pájaros en libertad y del rumor apaciguador de los chopos, pulsados por los dedos invisibles de la brisa, como instrumentos musicales de la Naturaleza) y también del visual, pues no solo era precioso lo inmediato, sino lo que se podía ver en la lejanía, que era la ciudad de Toledo, la cual ofrecía un cuadro fantástico y admirable.

La perspectiva de la ciudad imperial desde cada una de las siete colinas que la circundaban como a la ciudad eterna de Roma, le parecían a Isabel la máxima expresión de la poesía hecha a base de edificios de piedra. A veces pensaba que ella tenía la misma mirada que tuvo el Greco cuando inmortalizó a Toledo en sus lienzos, lejana y misteriosa, abrazada por la hoz del Tajo. Los palacios ocres y los tejados rosados armonizaban en perfecta sintonía y abrían su perímetro en forma de águila imperial que deja acariciar sus contornos por el caudal del río, que parece guardarla formando un foso semejante al de un castillo.

Poseer un cigarral en los alrededores de tan monumental prodigio de belleza era una enorme suerte en su opinión. Isabel se sentía tremedamente afortunada por haber nacido en Toledo, de unos padres que velaban por ella y que le podían dar toda clase de comodidades y hasta de lujos, si es que los apetecía, entre los que estaba pasar temporadas enteras en aquel cigarral de Niño Hermoso. Le gustaba el nombre de la finca, a pesar de que nadie sabía de dónde le venía, pues ya lo llevaba cuando lo adquirió su padre, aunque suponían que se debería a la leyenda del Santo Niño de la Guardia, tan difundida en Toledo.

Isabel no era una atolondrada irreflexiva, sino que valoraba mucho cada uno de las cosas buenas que el destino le había deparado. Y el cigarral era una de ellas.

Niño Hermoso era como una villa romana edificada sobre el agreste terreno de una colina toledana. La casona, con su arquitectura de aspecto rústico, podía recordar uno de esos conventos que se levantan en muchos parajes serranos, buscando el aislamiento y la cercanía de la naturaleza. En ese alejamiento del bullicio ciudadano, el espíritu puede elevarse en contemplación de la obra magna del Creador y en sus maravillas y misericordias. Pero la finca de recreo de los Villamayor, en contraste con su austera fachada, no era precisamente pobre por dentro, sino todo lo contrario, porque el cigarral de Niño Hermoso no carecía de ninguna de las comodidades que el más refinado sibarita pudiese apetecer, como eran los patios empedrados interiores, recoletos y frescos, y las terrazas escalonadas exteriores, repletas de macetas, las más altas, y de jardines, las inferiores. Allí florecían en tiestos de terracota los geranios de variado coloridos y las azucenas. En los rincones más umbríos, las humildes violetas escondían su belleza aromática y sentimental. En cuanto a los árboles, la propiedad podía enorgullecerse de sus altos cipreses, su buena cantidad de olivos de nudoso tronco y de almendros que florecían al finalizar el invierno y asomar la primavera en el calendario, regalando su lujo de flores blancas de corazón rosado, heraldos de la dulzura del fruto, materia prima de los exquisitos mazapanes que se degustaban en Navidad en toda la provincia y también en otros lugares que los solicitaban por su calidad inigualable.

El cigarral era, además, de grandes dimensiones. Poseía una decena de habitaciones amplias, las del piso superior abuhardilladas, con fuertes vigas de madera noble. Isabel había escogido una de estas para su uso personal. Era un cuarto no muy amplio, pero con unas vistas privilegiadas desde la ventana que se abría a una estrecha cornisa que acababa en pronunciado desnivel. Le encantaba subir a su refugio, como ella lo llamaba para sí misma, y disfrutar de la hermosura del paisaje que desde el ventanal se dominaba. También le gustaba tumbarse en la cama y contemplar las vigas oscuras que le parecían las enormes cuadernas de un navío vuelto del revés. Ese cuarto era un espacio íntimo en que se sentía más libre que en el suyo habitual y se podía dedicar al dolce far niente (el dulce no hacer nada) aderezado de la ensoñación propia de la edad juvenil, compañera inevitable de andadura en esa etapa de la vida.

A su madre no le importaba que pasara allí el rato de la siesta, pero no le agradaba que durmiera por las noches en el piso de arriba, aislada de los demás, que ocupaban las alcobas del piso principal. No acertaba a comprender la muchacha qué clase de peligros podía ver en ello su madre, pero lo cierto es que la señora no dormía a gusto si no la tenía, por así decirlo, al alcance de la mano. El caso era que, por ser hija única, Isabel podía darse el lujo de tener su alcoba en el piso principal, casi al lado de la de sus padres, y además disfrutar «la alcoba de las siestas de verano», como decía su madre.

En todas estas cosas pensaba Isabel, a solas en la colina —a la que había acudido huyendo de la cháchara política de su padre y sus invitados y de los «secreteos» picantes de las señoras aquella tarde—, cuando apareció en su vida Román Escalona. Y resultaba que desde entonces no había conseguido quitárselo del pensamiento, en donde se había instalado desplazando todo lo demás. Después, por el día, la apostura de Román llenaba sus fantasías y, por la noche, protagonizaba sus involuntarios sueños de naturaleza romántica.

Román Escalona

Román Escalona necesitaba desfogarse aquella tarde. Si se quedaba en su casa, en su cigarral, era capaz de hacer un disparate, porque no respondía de su paciencia, que había llegado al límite. Y es que lo que le ocurría era una verdadera injusticia. Y lo peor es que no tenía remedio. Su hermano mayor, Andrés, se había alzado con los dos títulos nobiliarios que había ostentado su padre en vida. Hacía dos años que el pobre señor había muerto sin arreglar su testamento, por dejadez y falsa creencia de que había tiempo por delante para hacerlo.

Andrés había sido una fuente inagotable de quebraderos de cabeza para toda la familia Escalona. Desde luego, pocas cosas buenas se podían decir de él. Era jugador y vicioso hasta lo inimaginable. No había hecho en su vida, desde que cumplió la mayoría de edad, más que andar de francachelas y meterse en asuntos turbios. Pero era el mayorazgo y, además, don Justo Escalona había decidido ocultar sus andanzas deshonrosas a su esposa, doña María Trinidad, porque como madre que era, adoraba a su hijo mayor, en el que no era capaz de ver tacha alguna. Don Justo sabía lo que hacía, o creía saberlo, al menos, porque lo que pretendía era salvaguardar la débil salud de su esposa, ahorrándole preocupaciones y librándola del disgusto que sufriría si llegara a enterarse de las hazañas de su niño. Lo que pasó al fin fue que, aunque tardíamente, doña María Trinidad terminó por llegar abruptamente a conocimiento de la vida de crápula que llevaba su hijo, ya que lo trajeron una noche medio muerto a causa de una paliza que le habían dado unos individuos nada recomendables por cuestión de deudas de juego.