Nomadía - María Casiraghi - E-Book

Nomadía E-Book

María Casiraghi

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Beschreibung

Este libro constituye una valiosa pieza literaria que ofrece los rasgos más sutiles de una narrativa que se afana en resguardar sus raíces orales a la vez que construye una escritura que, pese a su concisión, refleja imágenes de un lirismo fascinante. En veintitrés relatos que componen una obra plena de estilo y libre de rigores formales, Casiraghi deja fluir una voz que se declara testimonial y que al mismo tiempo es capaz de construir personajes, paisajes y emotividades de una complejidad conmovedora. Por ello, las anécdotas que abrigan estas páginas no pueden considerarse meras transcripciones de una realidad, sino que trascienden este hecho; se transforman, como bien lo expresa la autora, en "bocetos de verdades". Y estos bocetos, gráficas de una Patagonia cálida y misteriosa (por mutable) son, a su vez, en palabras del crítico argentino Noé Jitrik, "un mundo doloroso, cercano y lejano al mismo tiempo, menos mito que tragedia ancestral y pérdida irrecuperable".

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Seitenzahl: 129

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Casiraghi, María

Nomadía / María Casiraghi. - 1a ed . - Florida : El Cedro Azul, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-47627-1-9

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

© 2012, María Casiraghi

Imagen de tapa:

© Marta Caorsi, base del cerro Pico Truncado, Santa Cruz, Patagonia argentina.

Esta edición fue confeccionada por:

versal hacemos libros

[email protected]

ISBN: 978-987-47627-1-9

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, ni transmitida por un sistema fotoquímico, electrónico, magnético, elecrotópico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de los titulares del copyright. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Índice
Inicio
Prólogo por Noé Jitrik
Nota introductoria por la autora
Árida lengua
Vigías
Desalojo
La boca de un hombre desnudo
La casa terminada
Democracia
Identidad
Asuntos sociales
La entrevista
La otra pena
Las voces de atrás
En el lugar equivocado
La herencia secreta
La lluvia que no alivia
La noticia ajena
Una fórmula antigua
El baile postergado
Hibernada
La fama
Palabras del desierto
La orilla común
Mensaje
Sobre la autora

Nomadía: Relatos del fin del mundo

En frecuentes viajes a esa suerte de «tierra prometida» que es la Patagonia, porque es desértica, porque abundan los arbustos espinosos y las ovejas hacen la fortuna y la miseria de esforzados pobladores de todo tipo, María Casiraghi ha ido recogiendo versiones, leyendas, sucedidos, sueños que se le han ido acumulando y que han conformado, sospecho, un imaginario que previamente se deslizaba por el terreno menos áspero de la lírica. Otros viajeros, en diferentes épocas y llevados por diversas tentaciones, han recorrido ese territorio, atraídos por su silencio y su desolación y han dejado testimonios, crónicas, relatos, etcétera. Pero, por lo que veo, lo que hizo Casiraghi es diferente, sale de otra experiencia y de otra mirada y, en consecuencia, despierta otra cosa.

Todo el caudal de palabras y de imágenes que Casiraghi debe haber acumulado tomó forma, por fin, en una serie de relatos de un rigor sorprendente, cada uno de los cuales es como una fotografía en profundidad de la vida y la muerte de ese pedazo de país, desconocido, casi ignorado, pero en el que bulle una secreta y dramática vida. Esa región, que por su extensión equivale a dos países, es una realidad y un mito o, quizás, un conjunto de mitos que irradian una luz espectral, fascinante y misteriosa, refugio de esperanzas y frustraciones que exploradores audaces o escritores atrapados por el atractivo del fin del mundo han intentado penetrar desde hace siglos. Gloriosos ensayos limitados por el viento y el hielo o el abandono de que ha sido objeto por la entidad mayor, el país de la que forma parte.

En cuanto a los relatos de Nomadía, de la delicada poeta que es María Casiraghi, se diría que cada uno está presentado en un doble registro o, mejor dicho, son como dos textos en acorde, uno en cursiva precede al otro y en alguna medida lo anticipa pero, en realidad, aparentando presentarlo o explicarlo pueden ser vistos a la manera de una sonata, dos instrumentos que se conjugan y se requieren. El primero, de tono coloquial, abre el tema, el segundo lo varía, se va para otro lado sin abandonarlo y, de este modo, en esta sutil complementación se va desplegando una música o, en otro plano, una pictórica en la que personajes, lugares, situaciones, fantasías, descripciones, se van sucediendo con armonía y firmeza y una extraña certeza de la escritura.

De la sonata brota algo más, otro rasgo: una suerte de desafío a la ilusión de realidad o, más precisamente, a la idea de ficción que acompaña, como un fantasma, todo intento de narración en el que se reconoce y aun se declara un origen, de observación o de experiencia. Pareciera que un relator sintiera la necesidad de decir de dónde procede el que vendrá, pero la consecuencia no es que se otorgue una importancia especial a lo que se va a narrar, un fragmento de mundo agónico, sino, más bien, lo entiendo como un gesto, poco común o francamente inesperado, implícito, no estridente, de internarse en otra zona narrativa, homólogamente desértica, como lo es siempre la aventura del escribir. Es como si la «escritora» Casiraghi, y no una oportuna antropóloga, sin hacer declaraciones teóricas de principios, nos quisiera hacer creer que, porque lo que nos va a narrar tiene su fuente en narraciones orales recogidas en una zona olvidada y lejana del país, no ha sido «inventado» por ella, en el sentido corriente de la noción de ficción, sino sólo transcrito. Es un «hacer creer», pura ilusión de realidad porque, en realidad, se trata de escritura y de lo que ésta puede transformar y configurar.

Por otra parte, aún admitiendo que los textos fueran producto de esa ilusoria transcripción, podemos dudar de su fidelidad; lo refuta el simple hecho de que nos encontramos frente a relatos ajustados, articulados, dotados de un inusual equilibrio entre un seco lenguaje y felices imágenes líricas. Y si la sequedad del lenguaje puede hacer pensar en efectos de oralidad, como lo propio de transcripciones, lo que queda de ella son meros restos, exteriores, que desaparecen rápidamente en la literaria atmósfera que los engulle: en realidad, me parece, la presunta oralidad originaria ha sido transformada, de modo tal que el efecto que podemos registrar es un dramatismo «artístico», por decir así, propio de la literatura y que, por supuesto, va más allá, o es de otra índole, de la conmoción que la imagen real podría provocar, si tuviéramos la posibilidad o la suerte de escuchar los testimonios que ha recogido y de lo cual nos advierte con tenacidad.

Libro disfrutable y emocionante, por las imágenes que pinta, sin duda, pero también por la seriedad de su lenguaje y ese rigor poético que está en armonía con él, al mismo tiempo que presenta un mundo doloroso, cercano y lejano al mismo tiempo, menos mito que tragedia ancestral y pérdida irrecuperable.

Noé Jitrik

Nota introductoria

En el año 2000 viajé durante seis meses con la fotógrafa Marta Caorsi por el sur de la Patagonia argentina para la realización de dos libros, uno de paisajes y otro de retratos, reuniendo en éste último diversas historias de vida de los habitantes patagónicos. Tal vez por la rapidez de los tiempos de escritura y edición, por el límite de espacio destinado a cada historia o por encontrarme «aprisionada» en el género periodístico, pienso que no pude volcar en el segundo libro toda la densidad y complejidad de las vidas retratadas. El periodismo supone un decir todo, pero muchas veces oculta más de lo que dice; tal vez porque el lector toma como real lo que lee, la censura suele ser mayor. La ficción permite a su autor, aún sin proponérselo, decir aquello que el periodista se ve obligado a suprimir; simplemente porque el lenguaje literario amplía los campos expresivos dando a la realidad su más exacta dimensión, descubriendo su verdad más profunda. Esto es lo que a mí me sucedió al comenzar a narrar esos hechos que oí, vi o experimenté desde este ángulo tan laberíntico como infinito.

Todos estos cuentos se desprenden como micro relatos de historias reales. En la región donde trascurren, el porcentaje poblacional es de los más bajos del país, sin superar los 0,8 habitantes por kilómetro cuadrado. En medio de un clima riguroso, nada los protege contra la soledad, la marginación y el olvido.

La Patagonia, aquel lejano sitio que fue hielo, bosque y mar, permite ser nombrada aquí de otra manera: Nomadía. Es éste el nuevo espacio a habitar; un territorio siempre incierto, huidizo, nómade.

En algunas de las introducciones a los relatos, hablo de un nosotros, incluyendo a mi compañera de ruta; en otras, la voz transcurre sola. Cuando la imaginación ha predominado sobre la realidad, algunos hechos, nombres de personas y lugares han sido modificados. Todos ellos son bocetos de verdades, desesperadamente mutables.

María Casiraghi

“Ya no es superfluo ningún hombre; pues todo individuo es él mismo y la especie.”

Soren Kierkegaard

A los nómades del mundo

La primera vez que vi a Eva, estaba en la ventana. Tomaba mate y no quise interrumpirla. Tenía en su mano un cuaderno amarillo y cuando entré, me lo dio. El cuaderno estaba mojado. Eva se rió diciendo que sólo era vino y me pidió que lamiera las hojas, así nos emborrachábamos un poco. Esta vez reí yo. Después dejé de reírme. Eva hablaba en serio. Me dijo que pronto moriría y que no quería hacerlo sin antes enseñarle a alguien la lengua que una vez aprendió. No quiero que la cadena se corte, me dijo, quédese y oiga.

Árida lengua

Para aprender a hablar tehuelche tuve que emborrachar a mi abuelo Camilo. Era noche cerrada y parecía que pronto llovería porque oíamos cada vez más fuertes los gemidos del cielo. Estábamos solos en el cuarto, mi abuelo y yo. Mi padre no había regresado del pueblo desde aquella última mañana de primavera en la que prometí no repetir jamás la palabra octubre. Mi madre se había dormido antes de lo acostumbrado. Mi hermano, nunca supe dónde hallarlo.

Había querido aprender la lengua tehuelche hacía ya mucho tiempo. Pero mis padres sólo lo hablaban de noche y en la oscuridad para que ni mi hermano ni yo pudiéramos verlos. Decían que así nadie nos molestaría después. Yo no entendía por qué hablar una lengua u otra podía determinar la vida que uno llevara de grande.

Mi padre no era indio sino turco y algunos dicen que por eso se fue. Muchas veces intenté convencer a mamá cuando nos quedábamos solas de que me hablara en paisano ahora que éramos todos indios y nadie nos podía delatar. Mientras se lo pedía sabía que no me estaba escuchando. Ella pasaba las horas en su cuarto durmiendo o llorando para tapar el silencio de esos pasos que no vuelven. Sabía oírla detrás de la puerta cuando se acostaba a rezarle a un Dios que nunca conocí. El resto del tiempo se sentaba en la cocina y me repetía en un español difícil que el pan de los blancos no le hablaba lo que ella quería escuchar. Yo la agarraba de las piernas y la apretaba fuerte rogándole mamá dígame cómo se dice abrazo en tehuelche, cómo se dice azúcar.

Al Camilo lo llamábamos abuelo porque se había hecho cargo de mi madre como un padre de sangre. Conocía la lengua tehuelche como todos los adultos y aunque también la callaba frente a los niños, sabía gritarla bien alto cuando estaba borracho. Así lo descubrí una madrugada en que daba vueltas por el valle tambaleándose y gritando palabras, en aquel entonces incomprensibles para mí.

Esa noche de tormenta fue la primera. Empecé a meter alcohol en la boca del abuelo Camilo lista para mi primera clase. Mientras el abuelo hablaba, yo iba anotando en unas hojas palabra por palabra y sin saber su significado las practicaba de día mientras cosechaba la tierra que mamá había dejado de trabajar. Después, a la noche, se las decía al abuelo cuando ya estaba en su quinto vaso de vino y como él no tenía con quién hablar ninguna lengua, abría su boca riéndose y me decía más palabras que yo seguía anotando en mi nuevo diccionario.

Mi abuelo se convirtió en mi cómplice y maestro. Durante años el ritual se repetía mientras mamá lloraba o dormía en la cocina o en la cama. De día Camilo nunca decía nada. Ni siquiera en español. Yo sabía que sus borracheras eran para él una manera inconsciente de conservarse. Nos embriagábamos en secreto y siempre sabíamos cuándo había que parar.

Pero una noche el abuelo no quiso detenerse. Había tomado bastante y quería más. Yo no quería darle porque entendí que lo que me pedía no era vino sino algún líquido que lo limpiara de sus culpas. Él no me lo dijo pero yo lo sabía. Cuando le negué otra botella se enojó y me la sacó de las manos diciendo en tehuelche que yo era demasiado chica y no podía seguir creciendo todas las noches junto a un viejo borracho y egoísta que siempre estaba hablando de más. Después me dijo que me fuera. Me lo repitió con los ojos, y obedecí.

A la mañana siguiente lo encontré muerto. Estaba tirado sobre unas piedras en una ladera cercana. Tenía la botella en la mano. Llamé a mamá y se lo mostré. Nunca supimos qué fue lo que le pasó. Mamá, que hacía años no salía de la casa, se lo llevó sin decirme a dónde.

Aún hoy practico las palabras del abuelo cada noche y también todas esas que nunca llegó a decirme. No las hablo con nadie porque nadie sabe que las sé, pero sigo escuchándolas cada vez que me siento en la noche a mirar el vino caer por la ladera, humedeciendo la aridez en la que habito.

Todavía puedo vernos, embriagados, los dos. Los ojos del abuelo dibujando círculos de fuego en los que me veía espejada como en un gran lago al caer el sol. Hoy pienso que no debería haberle hecho caso aquella noche. Él fue el que me enseñó que obedeciendo no se aprende. Cuando me lo pidió, debería haber mirado para otro lado, para seguir diciendo en voz fuerte y clara y en todas las lenguas posibles soy nacida en el Lote Seis, paisana, hija de una tehuelche pura que duerme y de un turco que no ha sabido volver.

Esta historia podrá parecerles simple, pero para ellos, que son los protagonistas, no lo es. Esta vez lo que hice fue dejar el grabador encendido sobre su mesa. Primero les pedí permiso a Juana y Olegario, diciéndoles que debía irme y volvería más tarde. Quería que hablaran de sus vidas sin que mi presencia los intimidara. Al volver para buscar el grabador, seguían en la misma posición que al despedirme. Cuando escuché la cinta esa noche, descubrí extrañada que, en lugar de sus diálogos, había un relato, tal como ahora lo leerán. El que narraba no era ninguno de ellos. Tampoco yo. Lo que también me extrañó fue que detrás de la voz grabada se oyera el pedaleo incesante de una bicicleta.

Vigías

—Ya debería estar acá, vieja.

Juana tenía las manos y la boca ocupadas. Oía las palabras de Olegario pero seguía tejiendo pues desconocía las respuestas. No podía precisar la hora en que Eduardito había dejado la casa en bicicleta para comprar querosén. Ya no recordaba si había sido de mañana o si estaba campeando la luz de la siesta. Las horas y la memoria habían ido conformando una masa difusa en ese espacio en donde habían decidido esperar juntos el regreso. Ella tejiendo y preparando la olla para el puchero. Olegario quieto a su lado, sin saber que el viaje y la olla eran pretextos.

Eduardito cumpliría diez años el próximo septiembre. Era junio y ellos no sabían por qué hacía tres meses que no regresaba.

—¿A qué hora dijo que venía?

Juana estaba cansada de oír a Olegario repetir las mismas preguntas, todas las mañanas, desde aquella vez en que Eduardito la agarró del brazo y besándole la frente la despidió diciendo: «cuando vuelva hacemos un enorme puchero para papá que está triste».

—¿Le agregarías papas a la olla, que estoy terminando con el telar? —le preguntó Juana a su marido, sin mirarlo.